A Obama le recuerdan a Nixon

La maldición del segundo mandato persigue con saña a los presidentes de Estados Unidos. Lograda la reelección, el partido al que pertenecen acoge los primeros codazos entre quienes piensan sucederle, sobre todo si el vicepresidente no ha dado señales de aspirar a la Casa Blanca, el partido en la oposición se dedica a sacar el mayor rédito posible de las torpezas del presidente y, en general, Washington considera al reelegido una figura amortizada. Así se encuentra hoy Barack Obama, con varios líos políticos entre manos, la necesidad acuciante de desembarazarse de todos ellos y el recuerdo de varios gates sobrevolando el Despacho Oval: el Watergate, el Irangate, el caso Lewinsky, la posguerra de Bush y demás material histórico de infausta memoria. Este es el sino del reelegido: andar un largo trecho hasta la puerta de salida sorteando los empujones de quienes en un futuro no muy lejano anhelarán su puesto.

“Nixon actuó como supuso que cualquiera lo haría”, ha escrito Amy Davidson en su blog de The New Yorker. “La gente tiene que saber si su presidente es un criminal. Y bueno, yo no soy un ladrón”, hubo de responder un Obama acuciado por los problemas a un periodista que le recordó a Richard Nixon, a aquel escándalo que dejó al descubierto lo peor de la política. Así están las cosas al principio de un segundo mandato que, en principio, debería beneficiarse de la desorientación de la facción liberal del Partido Republicano, de la recuperación de la economía y de la fama de primero de la clase que acompaña a Obama allá adonde va. Pero en una semana han aparecido en escena la intromisión en el historial de llamadas de la agencia de noticias Associated Press (AP), el celo especial de Hacienda para olisquear las cuentas de los grupos del Tea Party y las dudas relativas al papel del Departamento de Estado en el asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, que costó la vida al embajador en Libia, y el cielo se ha oscurecido como en los peores días de temporal.

Escándalos EEUUEl presidente ha podido salvar razonablemente bien las críticas furibundas por el episodio de Bengasi al hacerse públicos los correos electrónicos enviados desde Washington, que desmienten las informaciones difundidas por la cadena de televisión ABC y el semanario The Weekly Standard sobre la imprevisión de Hillary Clinton, pero en los otros dos casus belli se encuentra atrapado Obama entre la solvencia de sus protestas y los excesos de varios altos funcionarios de su Administración, incluido el fiscal general del Estado (ministro de Justicia), Eric Holder. En el caso del celo escrutador en el universo del Tea Party, porque la dimisión de Steven Miller, director del Internal Revenue Service (IRS), nombre de la Agencia Tributaria de Estados Unidos, está lejos de haber cerrado el escándalo de la inspección discriminatoria; en el caso de AP, la invocación con la boca pequeña de la seguridad nacional para justificar la intromisión en el trabajo de los periodistas suena a algo tan antiguo, desgastado e injustificable que carece de credibilidad.

El comportamiento del IRS, aunque ahora se diga que no obedeció a motivos políticos, causa bochorno por su naturaleza sectaria. Que Obama califique de inexcusable el comportamiento del equipo de Miller tiene un valor relativo, aunque finalmente se confirme que la investigación de las declaraciones de impuestos de organizaciones muy conservadoras, pero perfectamente legales, fue la decisión de alguien que quiso ser más papista que el Papa. Y ese valor relativo obedece al hecho de que los mecanismos de control interno de la Administración no han funcionado como es debido porque no han sido capaces de atajar comportamientos desordenados. Eso si no se descubre alguna implicación de rango superior –los medios con mejores fuentes pondrán manos a la obra– que empeore las cosas. Y en este supuesto no habrá forma de invocar la seguridad nacional para justificar lo que no tiene un pase.

En todo caso, recurrir a las servidumbres de la seguridad nacional en una sociedad adulta, sometida a engaños escandalosos como el de las armas de destrucción masiva, resulta cada día menos eficaz, más indecente incluso. David Bromwich, un profesor de Literatura de la Universidad de Yale, sostiene que las referencias a la seguridad nacional hechas por algunos funcionarios del Gobierno, después de conocerse que habían accedido al historial de llamadas de unos 100 periodistas de AP, responden al perfil de un Estado paternalista que se relaciona con los ciudadanos como si fueran niños. “El paternalismo es la ideología propia de un Gobierno que trata a los gobernados como niños –escribe Bromwich–. El deber de un padre hacia su hijo es, por encima de todo, protegerlo y garantizar su seguridad. De forma parecida, el deber del Estado paternal es custodiar la vida y la seguridad, la salud y la prosperidad del pueblo”. Siguiendo con el símil, el articulista se refiere a que a veces los niños hacen preguntas acerca de asuntos que quedan fuera de su comprensión, y así también el Gobierno considera que solo él está en condiciones de medir el riesgo inherente a algunos asuntos hurtados al conocimiento de la sociedad.

Detrás de la ironía del profesor se agita la crítica a la estrategia seguida por el equipo de Obama para cortar las filtraciones que entiende afectan a la seguridad nacional, sobre todo a partir de los despachos difundidos por Wikileaks, que dejaron al descubierto el aparato digestivo del Departamento de Estado. Una estrategia que es, según Bromwich, una prolongación de la diseñada por el vicepresidente Dick Cheney durante la Administración de George W. Bush: “La continuidad desde el 2001 al 2013 explica algunas otras cosas. El secretismo extremo que prevalece en y alrededor de la Casa Blanca de Obama fue en sí mismo un secreto hasta recientemente, silenciado por una prensa dócil esperanzada en recibir un mejor trato en el futuro”.

¿La referencia a la prensa apunta a la presunta sumisión al poder de los medios liberales? ¿El secretismo remite, sin mencionarla, a la corte de sombras de Nixon? ¿Hasta qué punto el secreto en nombre de la seguridad es compatible con los derechos de los ciudadanos? Porque, en última instancia, “¿podría ser cierto que los americanos están mejor en la medida en que conocen las condiciones reales de vida?”, se pregunta Bromwich al final del artículo. Todas esas preguntas resultan inquietantes y pueden formularse en el seno de todas las sociedades democráticas, sometidas a criterios de seguridad colectiva que obedecen tanto a razones confesables como a supuestos indefendibles. Entre estos últimos figura el recurso a recordar, como hace el politólogo Bob Cesca, que la Administración que precedió a la de Obama también hocicó en las cuentas del campo demócrata y se inmiscuyó en la labor de la prensa. El recordatorio tiene efectos demoledores porque por ese camino se puede llegar a la conclusión de que la opacidad es una condición intrínseca al poder a la que se acoge disciplinadamente el liberal y reformista Obama lo mismo que su antecesor, conservador hasta el último detalle.

Resulta inquietante la conclusión de Peter Baker en The New York Times, cuya cercanía al presidente es indiscutible: “Obama puede tener razón en algunas de las cosas que no puede hacer, pero también ha tenido problemas últimamente para presentar una visión de lo que puede hacer”. En el fondo subyace la eterna pregunta que formulan los electores en cualquier democracia: ¿qué utilización hacen los gobernantes del poder y de qué margen de maniobra disponen para sobreponerse a las tramas de intereses creados, las grandes superestructuras cuya existencia se prolonga en el tiempo más allá de los cambios en el Gobierno, los cambios en los programas y los deseos de los ciudadanos? Si a eso se añade que la autonomía de los medios (caso AP), la igualdad fiscal (caso IRS) y la seguridad exterior (caso Bengasi), pilares de Estados Unidos desde los primeros días de la nación, han resultado dañados casi al mismo tiempo, se entiende que Obama tenga que afrontar una primavera tormentosa.

Si el presidente no diluye los problemas mediante una rápida recuperación de su imagen pública, el camino de aquí a las elecciones de noviembre del 2014 puede ser muchísimo más duro de lo que podía prever. Los republicanos saben que, a falta de mejores argumentos, la figura de un presidente debilitado le priva de influencia en el Congreso, siembra la duda en su partido y desgasta a los posibles candidatos demócratas a sucederle antes de que den el primer mitin. Y esto último puede provocar la quiebra de la sintonía entre el presidente y el partido cuando, más allá de lo que recojan las encuestas, se extienda por Washington la impresión de que el desgaste de Obama puede reflejarse en las urnas, como explica el politólogo Jonathan Bernstein en The Washington Post. Barack Obama es un hombre culto, un político experimentado y un orador brillante, pero no es un líder inmune a las flaquezas y servidumbres derivadas de la complejidad del poder que encarna. Se ha extinguido el resplandor de la victoria histórica de un senador negro en noviembre del 2008 y se impone la realidad del coste diario del poder.

Incertidumbres árabes a las puertas de Israel

Después de bombardear la instalación militar siria de Jamraya y de obtener la consabida comprensión de Estados Unidos, el Gobierno de Israel ha tomado la iniciativa antes de recibir a finales de mes a John Kerry, secretario de Estado. Este se propone respetar la simetría formal al entrevistarse con el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, y cruzar el muro de Cisjordania para hacer lo propio con el presidente palestino, Mahmud Abás. En la práctica, tal simetría no existe, pero es preciso simularla porque la guerra de Siria y la fractura política en Egipto configuran la periferia de Israel como un ecosistema propenso a la inestabilidad, condicionado por las incertidumbres árabes y por la aparición más o menos imprevista de nuevos actores como China.

La política israelí de hechos consumados incomoda a Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, la Casa Blanca se acerca inexorablemente al momento en el cual un presidente cree llegado el día de pasar a la historia por algún hecho notable antes de que su condición de pato cojo –los dos últimos años del segundo mandato– proyecte una imagen de debilidad. El precedente de las negociaciones de Camp David del verano del 2000 –Ehud Barak y Yasir Arafat–, que promovió Bill Clinton y acabaron sin resultado, son el ejemplo más socorrido de las urgencias de un presidente que persigue la gloria histórica urgido por la inexorable marcha del tiempo. Pero hay otro factor que opera a favor de los renovados esfuerzos de Estados Unidos en Oriente Próximo: su deseo de modular su compromiso en la región con la poco menos que total independencia energética que garantizan los últimos yacimientos descubiertos en territorio norteamericano.

Los riesgos que debe medir Barack Obama no son menores. El programa de asentamientos seguido por el Gobierno israelí en Cisjordania amenaza con hacer definitivamente inviable la solución de los dos estados en no más de dos años (Miguel Ángel Moratinos), una situación que invalidaría el posibilismo de la Autoridad Palestina. La guerra en Siria tiene un poder de contaminación que llega hasta la frontera de Israel mediante los milicianos de Hizbulá, asentados en el sur de Líbano. La crisis política y económica en Egipto desgasta el islamismo político y da alas al salafismo, alentado desde los púlpitos de las mezquitas y que atrae a las bases del Partido de la Libertad y la Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes. De todas las rutas trazadas en ese laberinto, la única que Estados Unidos conoce como la palma de la mano es la que lleva a Jerusalén; para las otras carece de una guía de viaje fiable.

El diplomático canadiense Michel Duval, exembajador de su país en la ONU y en el Líbano, sostiene que no es posible encontrar una solución factible al caso sirio fuera del Consejo de Seguridad. Duval habla con conocimiento de causa cuando señala que Rusia y China se oponen a una intervención en Siria autorizada por las Naciones Unidas porque tienen muy presente lo sucedido en Libia, donde la OTAN “fue increíblemente más allá del mandato de la ONU”. Eso debilita a Lajdar Brahimi, el enviado especial despachado al conflicto por la comunidad internacional, porque “lleva dos sombreros incompatibles”, en palabras de Duval a La Presse, el gran periódico centrista de Montreal: el de la ONU, que aspira a la imparcialidad, y el de la Liga Árabe, que ha tomado partido por la oposición siria en armas. Habría que añadir que en la memoria colectiva de la Administración de Obama están muy vivas las desastrosas intervenciones en Afganistán e Irak, que desgastaron la imagen internacional de Estados Unidos y alimentaron las corrientes antioccidentales más radicales en el mundo árabe, incluido el frente yihadista.

Por si esas razones no fueran suficientes, hay una de orden práctico que respetan todas las cancillerías: carece de sentido político intervenir en Siria a cambio de nada. El apoyo que otorgan Rusia y China a Bashar el Asad es a cambio de algo –influencia en la región–; el de Irán está íntimamente relacionado con la praxis del chiismo en tierra hostil y en su pulso con el islam suní del Golfo, más el programa nuclear de la república islámica. La eventual implicación de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se produciría a cambio de muy poco y sería bastante mal recibida por la calle árabe, que vería la mano de Israel, seguramente con razón, en el compromiso de las potencias occidentales. Las mismas que encabezaron la intervención en Libia después de haber rehabilitado a Muamar Gadafi durante la primera década del siglo. Las mismas que, a falta de otros motivos, esgrimen el temor de que quienes con más atributos mueven los hilos de la oposición son los yihadistas curtidos en mil batallas, que se han adueñado de la dirección de las operaciones y son hoy tan sospechosos de recurrir a las armas químicas (Carla Del Ponte) como el Ejército de Asad.

En Egipto, los presagios no son mucho mejores. El Gobierno mantiene unas interminables negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un préstamo de 4.800 millones de dólares que le permita tapar agujeros, pero el martes hubo una remodelación de Gobierno que incluyó, entre otros, el nombramiento de un nuevo ministro de Economía, Fayad Abdel Moneim, un perfecto desconocido especialista en finanzas islámicas. Mientras tanto, la inflación interanual supera el 8%, la libra egipcia se ha depreciado con respecto al dólar el 15% desde primeros de año y el Gobierno ha decidido recortar los subsidios a la energía, que representan un quinto del presupuesto. Se supone que esta y otras medidas futuras, como subir los impuestos sobre las ventas, persiguen el equilibrio fiscal y anticiparse al programa de austeridad que impondrá el FMI, pero los funcionarios de la organización se declaran desconcertados con los cambios de responsables políticos. “Cada vez que conocemos el comportamiento de un ministro, este desaparece”, le manifestaron representantes del FMI a Samir Raduan, primer ministro de Economía después de la caída de Hosni Mubarak, según recoge la edición digital en inglés del diario cairota Al Ahram.

En el baile de nombres desencadenado por el presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ven algunos la presión del ala menos política de los Hermanos Musulmanes, cuya influencia habría crecido a partir de la crisis de diciembre y el endurecimiento de la oposición. Es posible que se haya producido esa deriva de la Hermandad hacia el radicalismo, pero un especialista como Abdalá Schleifer, profesor emérito de la Universidad Americana de El Cairo, pone en duda que se haya producido una hermanización de Egipto, el diario Daily News Egypt destaca que solo un tercio de los ministros procede de la Hermandad y el profesor Shadi Hamid, director de investigación del Brookings Doha Center, concluye con una afirmación contundente un largo artículo en el último número de la revista Foreign Policy: “Las auténticas batallas ideológicas realmente aún no han empezado”.

Esas batallas venideras interesan directamente a los gobernantes israelís, que hasta la fecha han sorteado la inestabilidad egipcia mediante el acuerdo directo entre generales a un lado y otro de la frontera del Sinaí. Se trata de una solución inconcebible fuera de la militarización de los espíritus en Israel y de los privilegios hors catégorie de los que disfrutan los uniformados en Egipto, pero es una alternativa útil, razonablemente estable y de naturaleza técnica hasta donde cabe aplicar este adjetivo al cometido de militares profesionales, teóricamente sujetos a la política de seguridad diseñada por cada Gobierno. Al mismo tiempo, es una fórmula que puede quebrarse en la medida en que el enconamiento político en Egipto lleve a la mesa del Consejo de Ministros el disgusto de la calle árabe por la gestión del problema palestino, algo que por lo demás se percibe en la base de los Hermanos Musulmanes y en las redes sociales, caja de resonancia de una opinión pública disconforme.

Hasta que se consume el acuerdo con el FMI, la pugna entre las dos grandes ramas del islamismo político conocerá un crescendo lleno de riesgos. Tal como explica Hamid en su artículo, la Hermandad mantiene viva la discusión en cuanto a la prevalencia de la sharia como fuente de derecho, a diferencia del rumbo seguido por el partido Ennahda, que gobierna en Túnez, a pesar de su ideología asimismo islamista. Y está lejos de haber cerrado la discusión referida a cuál es el límite aceptable de las condiciones que impondrá el FMI, un factor de división que también se da en las filas de una oposición aglutinada en torno a la defensa de un Estado laico y bastante menos homogénea en cuanto atañe a la economía, el agravio palestino y las relaciones con los vecinos, así se trate de Israel o de las petromonarquías.

Todo esto importa a Israel y afecta a su estabilidad emocional, dañada todos los días por episodios simbólicos, pero de gran repercusión, como la decisión del físico Stephen Hawking de sumarse al boicot académico y no acudir a una conferencia en Jerusalén para protestar contra la política que el Gobierno de Netanyahu sigue con los palestinos. La efervescencia a las puertas de Israel, bastante fuera del control de sus aliados más sólidos, transita entre la institucionalización de la primavera egipcia y la escalada bélica siria, alienta a agitadores armados como Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que se declara dispuesto a ayudar a Siria para que reconquiste el Golán, y lleva a las opiniones públicas árabe e israelí a radicalizarse. Y en esta atmósfera enrarecida desde siempre por pasiones desbordadas, los partidarios de mantener los equilibrios tienen un margen de maniobra más estrecho a cada día que pasa, como si la única elección posible fuese entre lo malo y lo peor.

Una piedra en el zapato de Obama

Guantánamo

Un grupo de presos en el Campo VI del penal de Guantánamo rezan un día de marzo del 2011.

La cárcel de Guantánamo es una piedra en el zapato del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que enturbia sus relaciones con el mundo musulmán, inquieta a una parte de su electorado, comprometido con la defensa a ultranza de los derechos humanos, y es motivo de controversia en los pasillos del Congreso. Obama reiteró a comienzos de semana que es preciso acabar con el limbo legal en el que se encuentran 166 internados en las celdas de Guantánamo, recurrió al discurso de los valores para deplorar la situación, pero se impuso la idea de que la solución al problema no será ni fácil ni inmediata. No solo porque hay obstáculos jurídicos y políticos que parecen insalvables, sino porque el atentado de Boston del día 15 ha refrescado en las memorias la guerra contra el terrorismo y el concepto de combatiente enemigo, que llevó a Guantánamo a un conglomerado variopinto de detenidos a los que se aplicó a partir de la guerra de Afganistán una legislación ajena al derecho internacional.

En la prisión de Guantánamo hay un centenar de individuos en huelga de hambre, que en su mayoría son alimentados por la fuerza. De los 166 internados que permanecen en la base, 86 podrían ser liberados si algún país los acogiese con garantías; el resto están incursos en diferentes situaciones alegales que, en el mejor de los casos, violentan los derechos procesales más elementales y, en el peor, hace años que niegan a los interesados ser sujetos de derechos. Frente al derecho internacional humanitario recogido en las convenciones de Ginebra, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta las últimas especificaciones del 2005, en la base militar estadounidense en la isla de Cuba se ha levantado un penal con leyes propias –pocas– y la arbitrariedad como norma, un lugar que durante años fue “una cámara de tortura” (Noam Chomsky) si es que no lo sigue siendo por el mero hecho de mantener encerradas contra su voluntad a personas contra las que no se ha formado causa penal alguna. Allí se aplicó por sistema la técnica del “interrogatorio reforzado”, método coactivo defendido por el expresidente Richard Cheney en sus memorias que, más allá del universo neocon, no es tiene por otra cosa que por una forma de tortura.

Familiares de Guantánamo

Manifestación en Saná, capital de Yemen, de familiares de presos en Guantánamo, el 1 de abril de este año.

Max Fischer, analista con un blog en el periódico liberal The Washington Post, ha identificado hasta cuatro posibles desenlaces para los presos de Guantánamo: un proceso civil, un tribunal militar, el traslado a una prisión en el extranjero y la liberación, dependiendo de la situación concreta de cada uno de los 166 internados. Pero detrás de la lógica forense se agitan dificultades insalvables, como el propio Fischer admite:  el Congreso mantiene bloqueada la vía judicial en tanto no se sepa dónde y en qué condiciones se aplicarán las condenas –preferiblemente en cárceles fuera de Estados Unidos o en alguna construida ad hoc–; en el que caso mandar a los presos a cárceles de sus países de origen –la mayoría son yemenís–, debe garantizarse que se respetarán sus derechos y no serán torturados; para los 86 a los que se podría dejar en libertad, la Casa Blanca exige garantías a los países de acogida al tiempo que descarta que puedan instalarse en suelo de Estados Unidos. A esos inconvenientes debe añadirse que el Partido Demócrata ha estado lejos de apoyar en bloque el propósito de Obama de sacar los presos de Guantánamo.

En este complejísimo cuadro en el que se mezclan de forma inextricable derecho y política, pesa el resultado de las encuestas, que siempre recogen la oposición de la mayoría de estadounidenses a toda resolución que no implique alejar a los internados. La otra condición irrenunciable es mantener intacta la seguridad nacional, un objetivo que después del atentado de Boston ha vuelto a ser motivo de preocupación y ha rearmado a los partidarios de las soluciones radicales, hasta el punto de que aquí y allá se alzan voces para que a Dzhojar Tsarnaev, el autor superviviente del atentado del día 15, se le aplique la misma figura delictiva –combatiente enemigo– que figura en los expedientes de los presos de Guantánamo. Obama se encuentra así atrapado entre sus convicciones personales, sus propias dudas, una opinión pública de nuevo alarmada y la necesidad política de encontrar una salida. El presidente se apresuró a prometer el cierre del penal de Guantánamo en cuanto se instaló en la Casa Blanca en el 2009, a los pocos meses pronunció en El Cairo un discurso en el que tendió la mano al mundo árabe y al orbe musulmán, pero poco después surgieron las dificultades insuperables que hubo de reconocer, y no ha dado con la fórmula para romper el círculo vicioso.

Aunque los electores de Obama siguen pensando que la culpa de la situación es de la Administración de George W. Bush y de los legisladores republicanos, que mantienen el problema bloqueado, ha empezado a cundir la idea de que el presidente prefiere que no cambien las cosas. “De hecho, Obama es partidario de la detención indefinida –concluye Conor Friedersdorf en la revista The Atlantic–. Pero ofrece su versión menos sincera para preservar la ilusión de que su crítica de Guantánamo no ha cambiado desde que fue candidato”. El profesor Ben Wittes, de la Brookings Institution, recuerda que “el propio Obama impuso una moratoria sobre la repatriación de personas a Yemen”. Y el columnista Glenn Greenwald cree que Obama adoptó un lenguaje contenido con relación al problema de Guantánamo “casi inmediatamente después de llegar a la Casa Blanca y antes de que los legisladores tomaran algunas medida que constreñían sus acciones”.

Kuwait. Apoyo presos

Asamblea de activistas kuwatís celebrada el 31 de marzo para pedir la excarcelación de los presos de Guantánamo. En el cartel se lee: Estados Unidos trata a sus enemigos mejor que a sus amigos.

Esas opiniones soslayan el hecho de que el problema de los presos complica el trato del presidente con los líderes árabes, singularmente aquellos que se han instalado en el poder como resultado de las primaveras y que visten los ropajes del islamismo moderado. Cuando un preso sin cargos publica una carta del estilo de la que apareció en The Guardian, firmada por Shaker Aamer –“He pasado más de 11 años en la bahía de Guantánamo. Para ser preciso, 4.048 días y noches. Nunca estuve acusado de crimen alguno”–, y la red la lleva hasta la opinión pública árabe-musulmana, se registra un fenómeno evocado por Obama: crece el número de radicales. Ese mecanismo de radicalización ideológica repercute directamente sobre el comportamiento de unos gobernantes que, sometidos a los requisitos de la realpolitik, tienen cada día más dificultades para contener a sus bases y a los estados mayores de los partidos islamistas. El dosier de Guantánamo no es el eje en torno al cual gira el entramado diplomático árabe-estadounidense, pero contribuye a mantener vivo el sentimiento antioccidental, cimentado en un largo y conocido memorial de agravios, y facilita el discurso salafista de Marruecos a Irak.

Más que ver en el comportamiento de Obama algo parecido a la doble moral que separa las palabras de los hechos, se vislumbra la imposibilidad cierta de dar salida a un problema con un gran valor simbólico. “Obama no hace nada con Guantánamo porque no sabe qué hacer”, escribió un usuario de una red social después de la última rueda de prensa del presidente. A juzgar por el comentario de Michael Williams, asesor del Departamento de Estado, recogido por el semanario progresista The Nation, algo hay de cierto en esta apreciación: los yemenís –susceptibles de ser puestos en libertad– “permanecerán en Guantánamo durante un futuro indefinido”.

¿Cómo se compagina ese anuncio con la convicción del presidente de que la situación de los presos encerrados en la base caribeña es algo “contrario a nuestros principios”, los de Estados Unidos, se entiende? ¿Cómo se puede prolongar la situación cuando Navi Pillay, comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, recuerda que la mayor violación de esos derechos es mantener encerrados a aquellos cuya liberación ha sido aprobada? En esa misma línea, el analista Jason Linkins considera que el cierre de la prisión de Guantánamo plantea un dilema menor “comparado con el problema de las detenciones indefinidas de quienes debían haber sido puestos en libertad”. Eso último tiene un mayor peso emocional porque, al mantenerse las detenciones, se prolonga una condena por unos delitos que nunca existieron o nunca se pudieron probar, que para el caso es lo mismo. Y si Eric Holder, fiscal general de Estados Unidos, destacó en el pasado como defensor comprometido de los derechos civiles, hoy aparece como un político incapaz de conjugar las exigencias de la política con los requisitos de la moral.

Esa es en última instancia la cuestión que se dilucida. En el seno de una democracia donde el principio de legalidad debe quedar siempre a salvo, incluido el respeto al derecho internacional, el poder no se legitima solo mediante la celebración de elecciones limpias y la gestión honrada de los asuntos corrientes, sino también mediante la aplicación escrupulosa de la ley sin excepciones o normativas ad hominem. La anterior Administración burló esos requisitos con la apertura de la cárcel de Guantánamo, donde quiso aplicar una legislación excepcional que, finalmente, convirtió a los allí encerrados en reos de una sistema ajeno a cualquier norma. La Administración en ejercicio se encuentra atrapada por el doble cepo de una opinión pública con una sensación de vulnerabilidad muy grande y una oposición refractaria al pacto, de forma que se antoja imposible una solución por consenso porque en el bando conservador no hay nada más alejado de sus preocupaciones que los presos de Guantánamo. ¿Justifican las razones de Estado dejar las cosas tal como están? Resulta inquietante, pero realista, admitir la posibilidad de que la respuesta más repetida sea sí.

La austeridad alimenta el desapego a Europa

La hora de la verdad se acerca a toda prisa, asegura el economista alemán Hans-Werner Sinn. Lo que no precisa es cuál es esa verdad que tan cercana está, que produce euroescépticos a la velocidad de la luz, somete la periferia de la UE a las prescripciones del centro y consagra un ambiente de angustiosa decrepitud en el que rivalizan el fundamentalismo neoliberal de unos con el populismo de otros, la inoperancia de bastantes con las voces de alarma de cuantos ven más cerca un estallido social de dimensiones impredecibles. La última encuesta difundida por el Real Instituto Elcano recoge un dato inquietante: la mitad de los alemanes creen que España no es un país de fiar. El clima en España con relación a la UE no es mejor: según el último Eurobarómetro, el 72% de los españoles están más bien en contra de la UE; en 2007 eran solo el 23%.

Cada vez que se suben a la tarima personajes como el comisario Olli Rehn, compendio de todas las ortodoxias que han condenado a la desesperanza a millones de europeos, esas cifras evolucionan a peor. Solo una desfachatez tecnocrática ilimitada explica cómo alguien que es partidario de que la austeridad se aplique a todas horas a mayor gloria del cuadro macroeconómico, aunque conlleve la destrucción masiva de empleos, puede luego decir que el gran empeño de España ha de ser crear puestos de trabajo para cortar la hemorragia del paro. Hace tiempo que en las facultades de Economía se enseña que el paro es consecuencia directa de la austeridad, que yugula la inversión e impide la creación de empleo, como se han hartado de demostrar algunas de las mejores cabezas de la economía mundial, ignoradas desde luego por el Banco Central Europeo, los estrategas de la campaña electoral de Angela Merkel y otros gestores de la crisis.

Si en este clima tormentoso aparecen en España las cifras de la encuesta de población activa (6,2 millones de parados), entonces suena a conclusión insostenible que “la única opción que queda es, por desagradable que pueda ser para algunos países, endurecer las restricciones presupuestarias en la zona del euro”, como sostiene Han-Werner Sinn, integrante del consejo asesor del Ministerio alemán de Economía. Porque el propio Sinn admite que “no es probable que los griegos y los españoles puedan soportar la presión de la austeridad económica durante mucho más tiempo”, pero es incapaz de fijar un techo a la austeridad. Más bien parece dejar este dato crucial al libre criterio de los acreedores que, no se olvide, fueron los primeros en engordar el perro del crédito barato y las plusvalías alocadas cuando la prosperidad parecía no tener fin.

El sanedrín europeo ha olvidado las enseñanzas de los padres fundadores, de mentes esclarecidas como la de Jacques Delors y de pragmáticos capaces de aplicar a Europa su sentido de Estado –François Mitterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi– para dejar el día a día en manos de funcionarios de una grisura alarmante y, al mismo tiempo, reservar las grandes decisiones para las conferencias intergubernamentales, donde prevalece el nacionalismo de todos y el diktat de los poderosos (de Berlín en todo cuanto atañe a la economía). Es esta una realidad comprobable día a día que alimenta dos fenómenos:

-Un populismo euroescéptico vociferante y sin otro programa que decir no a todo –escúchese a Beppe Grillo–, pilotado por personajes cuya única virtud es haber pergeñado un recetario que atrae a las víctimas de la crisis, aunque probablemente es irrealizable; personajes que dicen hablar el lenguaje de la calle –a saber si es cierto–, dotados de un desparpajo ilimitado en la tribuna y de una simplicidad apabullante en cuanto han de bajar al detalle de la letra pequeña. A ese populismo se suma otro, encubierto y oportunista, con clásicos del engaño reconocidos como Silvio Berlusconi.

-La extrema derecha, asimismo euroescéptica, dispuesta a desempolvar las esencias patrias, librar el combate contra el extranjero, contra todo aquello que se sale de los apolillados programas identitarios y que, llegado el caso, está dispuesta a defender que la letra con sangre entra. Ahí están los matones de Amanecer Dorado en Grecia, la demagogia de Marine Le Pen en Francia, que se remonta nada menos que al legado de Juana de Arco para salir al rescate de la clase media, y quién sabe si la recién nacida Alternativa para Alemania, que de momento propone la disolución ordenada de la zona del euro.

Comportamientos irresponsables como el del semanario Der Spiegel y otros medios alemanes, que propalaron el infundio de que los ciudadanos de los socios meridionales de la UE son más ricos que los del norte, incrementan la propensión a que el encaje de las piezas europeas resulte imposible. La mentira de la pobreza. Cómo los países europeos en crisis esconden su riqueza, este fue el titular que alarmó incluso a la cancillera Merkel y la obligó a desmentir al semanario, que cambió de dirección a principios de abril para envolverse inmediatamente en la bandera y publicar una sarta de disparates y de estadísticas sesgadas.

En igual o mayor medida contribuyen al creciente desapego europeísta las maniobras orquestales dirigidas a complacer a quien haga falta, aunque sea a costa de cambiar las previsiones y los programas, acordar nuevos recortes y poner en  entredicho las cifras de hace apenas unas semanas. Ahí están la última corrección de Luis de Guindos y la última improvisación del Gobierno para que finalmente sea posible un alargamiento de los plazos para reducir el déficit, ahí está la llamativa rectificación introducida en las previsiones económicas, que incorpora los vaticinios hechos por instituciones internacionales –un decrecimiento del 1,5% para el 2013– y multiplica por tres los cálculos de la recesión adelantados por el Gobierno al empezar el año. Esa sensación de actuar à bout de souffle, sin más iniciativa que decir a todo que , sin más explicaciones que el argumentario manejado por los agitprop de turno, suministra munición a cuantos han comprendido que la batalla contra la idea de Europa puede rendir buenos réditos en un ambiente irrespirable.

Para cambiar el signo de los tiempos, haría falta corregir por lo menos cuatro déficits estructurales, que no son los que todos los días asoman en los telediarios:

  1. Déficit doble de soberanía. Los ciudadanos-contribuyentes perciben que los gobiernos han dejado de ser soberanos en la medida en que sus programas están sometidos a requisitos externos, pero, al mismo tiempo, tienen la certeza de que no existe una soberanía europea, sino la imposición innegociable de políticas decididas por algunos gobiernos europeos que, por la fuerza de los hechos –más exactamente, por medio de la coacción–, se convierten en políticas europeas que aplican sin rechistar funcionarios-políticos presos en una red de intereses (léase José Manuel Durao Barroso y su equipo de comisarios).
  2. Déficit democrático. La celebración regular de elecciones al Parlamento Europeo está lejos de constituir una gran ceremonia europea de la democracia. Ni la Comisión Europea responde a la aritmética parlamentaria ni la Cámara de Estrasburgo dispone de los poderes habituales de cualquier parlamento democrático. Por el contrario, el Parlamento Europeo es una institución gigantesca y carísima a cuyo control escapa el funcionamiento de una tecnocracia que actúa de espaldas a los europeos. Los contribuyentes no saben qué hacen, en nombre de qué o de quién, en función de qué intereses y al servicio de qué programas. “Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea”, han escrito Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca en varios diarios europeos.
  3. Déficit de tolerancia financiera. En los cinco años de crisis económica se ha pasado de la refundación del capitalismo, publicitada por Nicolas Sarkozy, la creación de una agencia europea de calificación y una reestructuración equilibrada de la zona del euro, a una aceleración de la unión económica, la unión bancaria y la cohesión fiscal dictadas por el Banco Central Europeo, previo paso por el Bundesbank, que consagran el empobrecimiento del sur, sin que, por lo demás, esté asegurado el cumplimiento de los programas de rescate y la devolución de la deuda. Antes al contrario, son mayoría los pronósticos que dan por seguro que los rescates, los ajustes y todo lo demás solo garantizan una cosa: que los deudores nunca se pondrán al día.
  4. Déficit de simetría. Muchas de las medidas aplicadas en el proceso de cambios aplicados en los países de la Eurozona han entrañado en la práctica un trato diferenciado. Cuando el profesor Sinn dice que una eventual salida de Alemania del euro “restablecería la línea del Rhin como frontera entre Francia y Alemania”, lleva razón, pero puede que esta frontera, incluso con el euro, se concrete a través del trato diferenciado de un país a otro. Basta recordar el blindaje de los bancos alemanes medianos y pequeños, en una situación comprometida en muchos casos, que escapan al control europeo. En términos generales, el equilibrio europeo ha descansado en el eje franco-alemán, pero ese eje se forjó con un material que emite señales de agotamiento a causa de la supremacía alemana y de la desorientación francesa. Por ahí empieza la asimetría.

Como afirma Tony Judt en Pensar el siglo XX, “el equilibrio para Keynes era un objetivo” que solo se podía hacer realidad si intervenía el Gobierno. Ese supuesto no es muy diferente a lo expresado varias veces por financieros como George Soros, convencidos de que el capitalismo solo es eficaz si funciona ordenadamente. Lo que está sucediendo en Europa es que los grandes actores de los mercados se han adueñado de una parte de los atributos de soberanía cuyo ejercicio estuvo tradicionalmente reservado a los gobiernos, con lo que se agravan los efectos de los déficits enumerados. Las preocupaciones sociales se han convertido en un incordio para el funcionamiento de unas finanzas globalizadas y los estados europeos, debilitados por la crisis, se han plegado a las exigencias y los objetivos de los actores financieros, que manejan modelos matemáticos en los que, invariablemente, el trabajo figura como una mercancía barata, favorecida la estrategia general por el escandaloso aumento del paro. En esas estamos.

Venezuela consagra la división

Resultados Venezuela

Resultados oficiales finales de la elección presidencial en Venezuela celebrada el 14 de abril.

El fracaso con recompensa de Nicolás Maduro y el éxito sin contrapartidas de Henrique Capriles han llevado a Venezuela a la antesala de la crisis institucional y el caos político. El efecto duelo, tan decisivo en otros casos, fue esta vez un lastre para el heredero ungido en diciembre por el comandante-presidente antes de viajar a Cuba para ser operado: el uso, abuso y utilización exagerada de la memoria del líder desaparecido trasladó a la opinión pública la imagen de un candidato sin proyecto propio, refugiado en una especie de legado mesiánico. El aspirante de la oposición supo sacar partido a las contradicciones del régimen bolivariano, a sus limitaciones para atajar problemas como la inseguridad o la crisis económica, y supo buscar en el frente exterior la proyección cada día más difícil en el interior. Pero la gran brecha social surgió al día siguiente de las elecciones, cuando el establishment chavista se negó a realizar el recuento de votos pedido por Capriles y se apresuró a proclamar la victoria de Maduro por un margen de votos no muy superior al 1,5%.

Así se llegó a una situación que no fue posible gestionar sin costes, incluida la marcha atrás del Consejo Nacional Electoral (CNE), que finalmente accedió a auditar el 46% de los votos que quedaron excluidos del primer recuento. En la trinchera chavista, el precio inmediato a pagar fue que afloraron las primeras señales de división a través de la necesidad de realizar una autocrítica de las causas del retroceso electoral, una iniciativa encabezada por Diosdado Cabello, presidente de Parlamento. En el Ejército, acaso el precio futuro sea descubrir que el pretendido entusiasmo del generalato para seguir por la senda bolivariana está menos extendido de lo que quieren dar a entender el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor. En el conglomerado de oposición Unidad se concreta desde ahora mismo en el hecho de que el reforzamiento de la figura de Capriles no puede ocultar un dato capital: salvo sobresaltos, se abre un periodo de espera de seis años para intentar de nuevo llegar al palacio de Miraflores.

Si se desbordan las pasiones, los costes pueden crecer exponencialmente porque no cicatriza las heridas el recuento aceptado a pocas horas de que Maduro jurara el cargo. En el ánimo de muchos venezolanos, a un lado y otro de la refriega, ha arraigado la idea expresada por el político Oswaldo Álvarez Paz en El Nacional, diario caraqueño que apoya a Capriles: “La naturaleza de la crisis es existencial, de principios y valores que desaparecen en nombre de una revolución socialista a la cubana”. Hay en esa opinión un punto de exageración, pero desde luego pesa en Maduro la enseñanza castrista recibida en La Habana en sus días de joven líder sindical. En cambio, ha olvidado las referencias de una autora clásica del pensamiento revolucionario, Rosa Luxemburgo, recordada por el escritor Carlos Fuentes en su libro póstumo Personas: “La libertad solo para quienes apoyan al Gobierno, solo para los miembros del partido, por numerosos que estos sean, no es de ninguna manera libertad. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para los que piensan distinto”.

Impugnaciones

Datos difundidos por la candidatura de Henrique Capriles.

Los pronunciamientos públicos de las máximas responsables de las cuatro instancias relacionadas con el proceso electoral y la interposición de recursos han contribuido decisivamente a extender la sombra de la sospecha en igual o mayor medida que el memorial de agravios –irregularidades– presentado por Capriles, donde constan los episodios supuestamente impugnables de los que la oposición dice tener constancia. La rapidez de la CNE en dar por bueno el triunfo de Maduro unido a las amenazas más o menos explícitas formuladas por la fiscal general de la República, la defensora del pueblo y la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia, destinadas todas ellas a imputar a Unidad –léase Capriles– actos de desestabilización, no hacen más que llevar al país a un callejón sin salida. Los tecnicismos para oponerse a un recuento de votos erosionaron la legitimación de Maduro que, como ha escrito Marianella Salazar, debía haber sido el primer interesado en despejar cualquier duda para iniciar su mandato sin plomo en las alas. En cambio, prefirió que cundiera la sospecha de componenda electoral antes de que finalmente se accediera al recuento de todos los votos, algo que en última instancia la oposición, a través del Comando Simón Bolívar –el nombre de Bolívar vale para todo–, puede presentar como un triunfo frente a los juegos de manos de los afectos a Maduro

Es evidente que una diferencia de unos 270.000 votos en un universo de casi 15 millones de votos emitidos es suficientemente pequeña como para que el deseo de Capriles de que hubiera un recuento fuese satisfecho. Realizarlo ahora no mejorará la posición de debilidad poselectoral del sucesor de Hugo Chávez, pero sí su legitimidad para ocupar el palacio de Miraflores. Aun así, Maduro tendrá que ganarse todos los días la adhesión de los suyos, porque perdió casi 700.000 votantes que en octubre del año pasado eligieron la papeleta de Chávez, pero quizá pueda ahorrarse la ruidosa erosión de las caceroladas y el desgaste de los reproches a todas horas. Lo que en ningún caso amortizará Maduro es la desconfianza generada por figuras como Luisa Estella Morales, presidenta del Supremo, que invocó “la seriedad, la sindéresis [discreción, capacidad natural para juzgar rectamente]” para que no llegara la lucha a la calle, ni los recelos sembrados por el tono intimidatorio exhibido por el presidente al excluir “un pacto con la burguesía”, amenazar con “radicalizar la revolución” e invocar “el chantaje del fascismo” (algo que también hizo Capriles, poseído por una fogosidad irrefrenable).

La estrategia de Maduro de rescatar de los manuales revolucionarios de antaño la estrategia de clase contra clase hoy puede encender la mecha del enfrentamiento social y de un caracazo de nuevo cuño a poco que se rompan los diques de la contención política. El núcleo duro del chavismo –¿habría que hablar de poschavismo?– se escuda en que hizo “una campaña electoral apegada a la Constitución y ellos [la oposición] hicieron la guerra”, para, acto seguido, manifestar respeto hacia quienes dieron el voto a Capriles, pero desacreditar al candidato y a su entorno, a los que acusa de someterse a los designios de Estados Unidos y de enfangarse en los preparativos de un golpe de Estado. Y esa diferenciación entre el candidato y los votantes no hace más que revelar que hay sectores en el régimen que comprenden que no puede generalizarse el acoso a la oposición siquiera sea porque la mayoría del 49% de los votantes que prefirieron a Capriles están lejos de ser representantes de la oligarquía retardataria. ¿Forma parte esta convicción de la autocrítica que reclama Cabello?

Puestos a formular preguntas inquietantes, vale la pena plantear esta otra: ¿cuánto ha pesado en la decisión de auditar todos los votos el anuncio hecho por el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, de no reconocer la elección de Maduro si no había recuento? Más aún: ¿hasta qué punto el chavismo posibilista ha preferido atender las reclamaciones de Capriles a situar a la república bolivariana en un limbo a causa de las dudas suscitadas por la elección de Maduro? Es el ala posibilista la que tiene más meridianamente claro el hecho de que la Casa Blanca de hoy está lejos de ser la caja de resonancia de la derecha reaccionaria, cuyos pasos guían los latinoamericanos resentidos con domicilio en Miami, y es la que reclama en voz baja que se disipen las sospechas sembradas por académicos venezolanos de prestigio como José Domingo Mujica, coordinador de la Red Observatorio Electoral, porque de paso se desarmará a cuantos piensan que es posible un ataque por ese flanco para liquidar al chavismo por la vía rápida. De poco le valdría a Maduro el botafumeiro agitado en Lima por los jefes de Estado del Unasur si persiste la impresión de que “el resultado pudo ser otro” (Mujica) porque el 5% de los votos emitidos permanece bajo sospecha (Mujica otra vez).

La redención a cualquier precio de las víctimas de la historia está en entredicho en Venezuela desde la noche del 14 de abril porque una parte de los destinatarios del mensaje de Maduro prefirieron a Capriles. Es más, dudaron de que Maduro pueda ser el continuador esclarecido del empeño de Hugo Chávez de rescatar de la miseria a los más débiles. Quizá sea esto lo peor que le puede ocurrir a un líder pretendidamente populista, aunque poco dotado para utilizar las herramientas del populismo y enardecer a la calle. La denegación del recuento y “la sucia trampa” invocadas por el analista Antonio A. Herrera-Vaillant en el conservador El Universal no hicieron más que empeorar las cosas. Llevaba razón el presidente de México Lázaro Cárdenas, un reformador social de referencia, al reclamar el respeto al adversario para dejar a salvo la democracia en América Latina. ¿Acaso Maduro olvidó leer a Cárdenas?

Thatcher o la aversión social

“Ella cambió el paisaje político no solo en nuestro país, sino en el resto del mundo”.

David Cameron, primer ministro del Reino Unido.

Reagan-Thatcher

Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Camp David, en diciembre de 1984.

El impacto que tuvo Margaret Thatcher en el pensamiento conservador del último tercio de siglo XX se refleja estos días en la sensación de orfandad que transmiten cuantos alaban la liberalización de la economía británica que promovió la dama de hierro durante los 11 años que vivió en Downing Street. Detrás de la propuesta neocon del presente alientan el capitalismo popular de la líder fallecida el lunes, el conservadurismo compasivo que encabezó Ronald Reagan y la nebulosa doctrinal de la que sobresale la figura de Milton Friedman. Pero, a diferencia de la mayoría de profetas del nuevo liberalismo, la praxis política de la exprimera ministra resultó ser de una contundencia hasta entonces insólita en las formas, capaz de acumular amores y odios conforme avanzaba el desmantelamiento del statu quo social construido después de la guerra.

Resulta harto arriesgado ir más allá y atribuir a Thatcher las virtudes de una visionaria que fue consciente de la incompatibilidad entre el sistema financiero internacional y el Estado del bienestar, que la crisis ha puesto de manifiesto. Tan en lo cierto están los neoliberales de hoy al considerarse los herederos doctrinales del thatcherismo como exagerado resulta imaginar a la primera ministra, en la década de los 80, vislumbrando las exigencias de la economía global y las debilidades del pacto social sobre el que se construyó la recuperación de Europa durante la posguerra de la mano de dirigentes democristianos y socialdemócratas. Thatcher no fue una ideóloga en el sentido de una intelectual que elabora un cuerpo doctrinal propio, sino una líder enérgica dispuesta a aplicar un programa económico de corte ultraliberal.

“No soy una política de consenso; soy una política de convicción”, le dijo Thatcher a la exprimera ministra ucraniana Yulia Timoshenko, según recuerda esta en un artículo enviado desde la cárcel de Jarkiv. Las convicciones a las que en ningún caso estuvo dispuesta a renunciar fueron la causa de adhesiones y críticas irreconciliables, hasta el punto de que un estudio elaborado por YouGov, un think tank británico, dio el siguiente resultado: el inquilino de Downing Street más valorado de la posguerra –la expresión utilizada fue “el más grande”– es Margaret Thatcher, pero, al mismo tiempo, es también ella quien encabeza la lista de los considerados peores. Esa condición de divisora social tiene su reflejo en los elogios fúnebres institucionales y los mensajes que circulan por la red; en los añorantes que recuerdan la revolución conservadora como un gran hito y en los que otorgan a Thatcher el perfil de un ángel exterminador. “Algunos de nosotros deseamos alguna vez que estuviera dispuesta a regresar”, declaró el obispo anglicano John Pritchard al rendir homenaje a Thatcher. “Maggie trabaja ahora en un plan para privatizar el infierno”, dejó escrito en Twitter el cómico Mick Ferry.

Thatcher Malvinas

Visita de Margaret Thatcher a las islas Malvinas en 1982, recién acabada la guerra.

Aprecio y desprecio al 50%. Quizá sea cierto, como dice el analista Joe Twyman, que la totalidad de los políticos en ejercicio del Reino Unido, con independencia de su registro ideológico, son hijos de Thatcher para lo bueno y para lo malo. Y si se admite que esta es su gran herencia, entonces se comprende mejor que desde los días de la dama de hierro hasta hoy no haya dejado de llevarse a la práctica la corrección neoliberal del pacto social de la posguerra, incluso durante el largo mandato del laborista Tony Blair, favorecida la operación por las recetas anticrisis, asimismo neoliberales, puestas en marcha por la Unión Europea en nuestros agitados días.

Jan Royall, líder laborista en la Cámara de los Lores, abunda en la naturaleza de Thatcher en tanto que polarizadora de pasiones hasta el extremo de “provocar ira”. Esa es quizá la más perturbadora característica de la exprimera ministra: careció de voluntad de pacto, una virtud imprescindible para tranquilizar los espíritus. Creyó firmemente en lo que hacía, vio siempre el poder del Estado como un problema y no como una herramienta para atemperar las desigualdades y puso con frecuencia a sus correligionarios del Partido Conservador en la disyuntiva de seguirla o dar pie a que se reprodujera la atmósfera de crisis de los años 70. Si el Partido Laborista, desgarrado por luchas internas inacabables, hubiese sido otro, el margen de maniobra de Thatcher habría sido menor, pero la desorientación de su gran adversario político, la radicalización de los sindicatos y el episodio de patriotismo febril propiciado por la guerra de las Malvinas le facilitaron las cosas. Tuvo “una profunda aversión al statu quo [social]”, como ha dicho el viceprimer ministro Nick Clegg en los Comunes, pero pudo mantenerse en el empeño sin concesiones porque dispuso de un ecosistema político muy favorable.

El mayor reproche que se puede hacer a Thatcher es que nunca se mostró preocupada por el coste social de su programa económico. Antepuso la idea de que “el problema con el socialismo –se refería a las políticas de los laboristas– es que con el tiempo se le acaba el dinero de los demás” a toda reflexión tendente a mejorar el reparto de la riqueza. La revista conservadora estadounidense National Review no encuentra en ello ningún obstáculo para atribuir a la exprimera ministra la virtud de haber introducido reformas en el mercado en un periodo de dificultades”, y el ensayista Walter Russell Mead, neoliberal, no anda a la zaga en el elogio: “La mayor contribución de Thatcher fue poner al descubierto los límites del modelo social de la posguerra”. Otros muchos, a ambos lados del Atlántico, se sienten halagados cuando se les llama thatcheristas, algo que predijo la interesada: “Históricamente, la expresión thatcherismo se tendrá por un cumplido”.

Heath Thatcher

Edward Heath, de convicciones europeístas, y Margaret Thatcher, en la conferencia del Partido Conservador, el 7 de octubre de 1998.

Hay bastante soberbia en ese vaticinio –aunque lo cierto es que ni siquiera la figura de Winston Churchill dispone en la jerga política internacional de un ismo derivado de su apellido–, pero Thatcher nunca fue una líder contenida y sus once años abundan en ejemplos, de la neutralización de los sindicatos a la supresión del vaso de leche en las escuelas; de su antieuropeísmo vociferante, aunque no siempre taxativo, a la intervención en las Malvinas; de la crisis de las huelgas de hambre de presos del IRA al apoyo dado a Estados Unidos para que la URSS abandonara Afganistán. Nunca se anduvo con medias tintas en todo aquello que constituyó la columna vertebral de su política y nunca mostró mayor preocupación por las pulsiones de la opinión pública que, todo hay que decirlo, no siempre le fue hostil, sino al contrario. Nunca le pareció adecuado a aquella mujer de convicciones acercarse al enunciado de Harold MacMillan, un conservador clásico que fue primer ministro 20 años antes que ella: “La reflexión calmada y tranquila desenreda todos los nudos”. En cierto sentido, rescató del archivo de tópicos nacionales “el orgullo de ser británico” frente a la posibilidad admitida por Edward Heath, un conservador incomprendido, de salvar el legado británico mediante el recurso a Europa.

Si no se profesa la fe thatcherista y confesiones próximas, no hay forma de comprender cómo es posible afirmar: “No existe eso de la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias”. Si se comulga con esta visión del mundo, todo cuanto hizo al frente del Gobierno está doctrinalmente justificado, aunque no haya forma de encontrar respuesta a la gran pregunta: ¿cómo aliviamos las desigualdades si pensamos siempre en individuos y nunca en sociedades? De la misma manera que se achaca al desarrollo de una parte del pensamiento marxista el olvido del individuo, a los seguidores del liberalismo finisecular se les pude oponer el olvido del valor de lo público, de lo comunitario, de lo colectivo, de los factores de corrección que deben aliviar los riesgos de exclusión social. Porque, si no existen: ¿cómo se puede evitar la fractura social?

Esa es hoy una pregunta que se formula todos los días en Estados Unidos, donde la herencia neocon entiende que la redención del individuo está en el individuo mismo y no en la sociedad, sean cuales sean los costes sociales, mientras el reformismo social, los programas de apoyo a la clase media promovidos por Barack Obama y las escuelas neokeynesianas quieren rescatar del olvido el valor de lo público, que incluye socializar la solución de algunos problemas. Frente a un planteamiento de esas características, Thatcher prefirió remitirse al viejo pragmatismo anglosajón, que incluye la muy arraigada creencia de que el todo es la suma de las partes y no una realidad en sí misma; Thatcher buscó la puerta de salida de los males británicos en la presunción de que la sociedad es la suma de individuos. De ahí el entusiasmo en los elogios a la exprimera ministra de una pesimista social como Sarah Palin, que se ve a sí misma como la nueva Margaret Thatcher, algo que a la dama de hierro seguramente no le habría hecho ninguna gracia.

 

 

‘Annus horribilis’ en la Zarzuela

El metabolismo de las monarquías es sustancialmente diferente al de las repúblicas. En las monarquías, la solvencia de la institución descansa en intangibles que tienen que ver más con la adhesión personal que con hechos concretos y palpables. En las repúblicas, por el contrario, la fluidez institucional es inseparable de los resultados: en las presidencialistas, el jefe del Estado es el factótum indispensable; en las restantes, la neutralidad del presidente debe ser útil para enfriar la brega política de todos los días. El único o al menos el más notable elemento común al titular de una monarquía o de una república es el principio de ejemplaridad que los ciudadanos reclaman a quien ocupa la cima de la pirámide institucional con un poder real o simbólico, de ahí que, como dice el psicoanalista Jean-Pierre Winter, sucesos como el affaire Cahuzac en Francia y la imputación de la infanta Cristiana en España causen una “herida narcisista”. En ambos casos, pesa tanto el daño emocional como la concreción material de los hechos.

Cuando el ministro del Presupuesto, Jérôme Cahuzac, aparece como un evasor fiscal con una cuenta en Suiza, los pilares del templo desfallecen y la “república irreprochable” prometida por François Hollande se desvanece sin remedio; cuando un juez cita a declarar a una hija del Rey por un feo asunto de caudales públicos, la monarquía ejemplar de la transición pasa a ser el “reino despuntado” del que habla Le Monde. Si a estos acontecimientos de última hora se suman otros que atañen al funcionamiento de los estados –Francia, España y otros–, la administración del erario y el coste moral y económico de la crisis, el descrédito de los gobernantes alimenta la indignación de los contribuyentes, zozobran las convicciones más arraigadas en un mar de dudas y escepticismo y los demagogos se suben al escenario. Acudiendo al dictamen de Sócrates, la retórica se convierte en el “arte de la mentira”.

La profesora Julie Neveux se remite a otro clásico para referirse a la retórica como sinónimo de mentira: “La metáfora preferida de Platón para hacer comprensible esto es la siguiente: el sofista se ocupa de la cosmética (apariencia ilusoria) allí donde el filósofo, y el buen político, deben ocuparse de la ética y de la verdad, y ejercer su verdad mediante una gimnasia sana y dialogada”. Lo que se preguntan muchos franceses es si cuando el presidente Hollande alude a “una imperdonable falta moral” realiza un ejercicio retórico o pone en marcha una catarsis de urgencia para metabolizar el mal causado por los manejos y las mentiras de Cahuzac. Una duda casi idéntica a la que suscita la disposición de la Zarzuela a aceptar el irrenunciable principio de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, como el mismo Rey recordó en Navidad, pero que luego mediatiza con la crítica al juez que cita a la infanta y el apoyo al fiscal que recurre la imputación.

Aquí acaban las coincidencias entre dos formas de gobierno tan dispares, porque en las repúblicas todo tiene una naturaleza terrenal y en las monarquías, los cimientos descansan en la mitología y el arquetipo del justo sin tacha. Las viejas monarquías europeas constituyen un anacronismo histórico, a menudo popularísimo, que asocia a un grupo muy pequeño de familias en la práctica de ciertas actitudes heredadas. Estas familias no son inmunes al desgaste de la vida cotidiana, a su comportamiento en el seno de sociedades abiertas, pero tienen a su disposición filtros que dejan pasar el agua clara y apartan de los focos los torrentes turbios. Funciona en ellas la estrategia de la sonrisa, de la foto de familia en la cubierta de un yate o en la cola del telesilla, de la rigurosa administración de uniformes y pamelas los días de boda y de retiros calculados si se produce un divorcio. Todo esto suele ser eficaz, marca una distancia de hecho entre las testas coronadas y el resto de la sociedad; solo cuando alguien cambia sin avisar las reglas del juego –la princesa Diana– o no cuadran las cuentas, asoman las grietas en la fachada.

¡Ah, las cuentas! Herida la inmensa mayoría de la sociedad por los zarpazos de una crisis económica cuyo final no se vislumbra, la más mínima sospecha de trapisonda resulta irritante. La actividad evasora de Cahuzac conmueve a los contribuyentes no solo por el fraude cometido, sino también por el agravio comparativo. La desvergüenza enerva a los ciudadanos, pero si quien la ejerce es precisamente quien debía haberla combatido, entonces el dolor es poco menos que insoportable. Y si quienes son sospechosos de haberse lucrado gracias a su nombre y circunstancias personales –Iñaki Urdangarín y compañía– ocupan un sitial con privilegios atávicos, entonces se pasa del dolor a la crisis de identidad. Duele más descubrir las debilidades de una leyenda que las flaquezas morales de un plutócrata como Jean-Jacques Augier, tesorero de la campaña electoral de Hollande, que regatea a la hacienda francesa con una sociedad en un paraíso fiscal. Y lo de Augier duele mucho a sus compatriotas.

En el caso español, la crisis de identidad obedece en no menor medida al “respeto reverencial” que ha hecho de la monarquía “un jarrón chino en lugar de vigorizarla como algunos pretendían”, tal como ha escrito Albert Sáez esta semana. Averiguar, además, si la crisis se debe a la sensación de orfandad de unos ciudadanos turbados por las flaquezas de la familia real, a la torpeza del entorno de la Zarzuela, a una idea trasnochada de la monarquía o a un poco de cada cosa importa menos que la crisis misma. Porque si en los regímenes republicanos en situaciones extremas se habla de cambiar a los gobernantes mediante el concurso de las urnas, en las monarquías en parecidos trances se incorpora al relato el fantasma de la abdicación y, en última instancia, el de la quiebra de la institución. Incluso en Televisión Española, canal 24 Horas, de una prudencia ilimitada cuando de la Corona se trata, se barajó la noche del miércoles como hipótesis no descartable la convocatoria en un futuro indeterminado de una consulta para decidir entre monarquía y república.

Diríase que es ilusorio pensar que se puede vivir siempre de las rentas de la historia y que, por el contrario, el peso de la historia desgasta a los actores si encadenan errores y decepcionan al patio de butacas que les observa. La web de referencia en el Reino Unido politics.co.uk subraya el poco interés que despierta el papel político de la monarquía e insiste, en cambio, en el debate permanente referido al coste de la institución, al régimen fiscal del que disfruta y a la desigualdad entre la tributación de las rentas reales y las de los demás contribuyentes. Aun así, la reina se mantiene por encima de la crítica, pero antes hubo de cambiar el paso y acercar su comportamiento al de los demás mortales para superar sin daños mayores su annus horrobilis.

“¿Por qué los más afortunados en el seno de nuestras sociedades quieren escapar a los impuestos –se pregunta el economista Paul Jorion a propósito de Cahuzac– y por qué han considerado hasta muy recientemente que evitarlos es un pecado venial en el que se complace la gente de la alta sociedad? Porque su sentimiento era que las sumas que les reclaman sirven para una redistribución de la riqueza en la que son los donantes y no los beneficiarios”. ¿Por qué es posible que el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación descubra que 130.000 fortunas guardan el dinero en el calcetín de los paraísos fiscales y ninguno de los interesados se siente avergonzado? La respuesta seguramente se asemeja mucho a la dada por Jorion a la pregunta anterior. ¿Por qué hay quien puede llegar a la conclusión de que se encuentra por encima o al margen del cumplimiento de la ley por el simple hecho de ser quién es? Vale otra vez una respuesta parecida a la de Jorion.

¿Puede encontrarse la puerta de salida del laberinto de un annus horribilis como el de la familia real con reglas del juego que se alejan de las corrientes de opinión dominantes? No, con toda seguridad: la igualdad de los ciudadanos constituye un bien cívico irrenunciable en las sociedades democráticas; es un pilar de la decencia. En asuntos como el caso Nóos, donde la relevancia social de los implicados forma parte de la causa, no valen los juegos de manos porque, a poco que el prestidigitador no ande listo, el truco queda enseguida al descubierto aunque se presente envuelto en la jerga abstrusa del papeleo judicial. Y de esta forma todo se vuelve aún más horriblemente intratable de lo que era de prever.

Un rompecabezas de papel prensa

Hace unos días, César Antonio Molina rescató de las entrañas de la cultura europea esta frase de Albert Camus: “Un país suele valer lo que vale su prensa”. El gran escritor francés apuntó directamente al corazón del papel reservado a la información y a la opinión difundidas por los periódicos y revistas por encima de cualesquiera otros productos que mediado el siglo XX llenaban el mercado. Ni la radio ni la televisión habían dañado el prestigio y el consumo de los periódicos, los noticiarios cinematográficos, muchos de ellos de gran calidad, convertidos en nuestros días en fuentes históricas imprescindibles, eran como estrellas fugaces que resplandecían un instante antes de la proyección de una película, y las demás herramientas informativas eran ingenios exquisitos para minorías ilustradas o para especialistas. ¿Podría Camus decir hoy lo mismo?

En los espacios de comunicación del siglo XXI puede que la letra impresa conserve en gran medida el prestigio intelectual del pasado, pero los nuevos soportes, la red y la dislocación del mercado publicitario la han convertido en el paradigma de lo que se entiende por un sector en crisis. En las sociedades democráticas se ha pasado de un mercado diversificado a un mercado atomizado donde, al mismo tiempo, las nuevas generaciones se sienten progresivamente más cercanas a materiales que encuentran su mejor acomodo en las nuevas tecnologías y, además, no obligan a desembolso alguno. La gratuidad les ha otorgado un plus de aceptación que es independiente de su calidad.

Le Monde

Primer número del diario ‘Le Monde’, fechado el 19 de diciembre de 1944.

El periodista francés Hubert Beuve-Méry, fundador en 1944 del diario Le Monde, contó en 1967, en una de sus contadísimas apariciones en televisión, que el éxito del vespertino de París radicaba en gran medida en los jóvenes: “Estos jóvenes han adquirido la costumbre de buscar en este periódico las informaciones que necesitan”. Casi 50 años después, muchos de aquellos jóvenes, ahora veteranos, siguen fieles a Le Monde, se acercan al quisco a comprarlo, son suscriptores, lo leen en una tableta o en un ordenador, pero Beuve-Méry no podría decir hoy –murió en 1989– que los jóvenes que constituyen la generación del universo digital buscan su periódico para sentirse informados y, de paso, acercarse a las grandes corrientes del pensamiento, la política, la literatura, la economía y todo cuanto hizo de Le Monde una referencia insustituible de la cultura europea.

El caso de Le Monde es extensible a tantas cabeceras honorables que las excepciones son contadísimas. Se ha roto la cadena de complementariedades del pasado o está a punto de romperse: la radio complementó a la prensa, pero no la aniquiló; la televisión complementó a la prensa y a la radio, pero no las destruyó; las nuevas tecnologías se desarrollan a ritmo frenético mediante un melting pot en el que caben la letra impresa, la fotografía, la televisión, las redes sociales, más formas de participación en directo y aun el juego, los concursos y otras manifestaciones de ocio que no precisan de ninguna complementariedad ajena a esos nuevos productos. Y el cambio, la mutación del ADN en el universo informativo, ha nacido y ha crecido en sociedades deliberativas a las que no se puede aplicar el temor expresado por Walter Lippmann, autor eminente de Opinión pública (1922): “Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho”. La variedad de pareceres es ilimitada, pero se canaliza a través de redes alejadas de la lógica y los fundamentos que durante siglos han sustentado la información impresa.

“La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”, ha escrito Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. Es casi tanto como decir que en términos de rapidez, de inmediatez, la información de papel tiene perdida la batalla de la competencia digital, pero puede ganar las de la originalidad y la reflexión, además de admitir que, sin vuelta de hoja posible, una cabecera no puede sobrevivir sin ofrecer una edición en la red, renovada minuto a minuto, multimedia y, ¡ay!, costosísima. Cuando Jill Abramson, directora de The New York Times, se hizo cargo del gran periódico de Estados Unidos, confirmó esa tendencia universal, ineludible, de unir la suerte del papel  a la edición en la red: “Hay que fortalecer siempre la relación entre internet y el papel impreso”. ¿Es esta la complementariedad que soluciona el rompecabezas en los albores del siglo XXI?

Walter Lippmann

Walter Lippmann, autor del libro ‘Opinión pública’ (1922).

El gran desafío económico es cuadrar las cuentas de explotación, que dependen mucho más de las partidas de ingresos de las ediciones impresas –sometidas a una dieta muy baja en calorías a causa de la jibarización del mercado publicitario, provocada por la crisis– que de las digitales. Hay que tener presente, además, que la tradición de la gratuidad presupone que la información y la opinión de las ediciones digitales abiertas generan gastos, pero ningún ingreso diferente al de los anunciantes. Seguramente, hay modelos de negocio por venir que aliviarán esa realidad, pero el presente es así de tozudo, y hay incluso quienes están dispuestos a defender que el pago en la red por un servicio informativo es poco menos que una perversión de la aldea global concretada en internet. Lo que nadie es capaz de explicar es cómo se compagina el acceso gratuito con la sostenibilidad de los medios.

El mayor desafío periodístico es corresponder a las expectativas de los consumidores de papel a partir del diagnóstico hecho por Jean Daniel: “Seguramente habrá menos compradores de prensa escrita en el futuro, pero serán más exigentes”. En realidad, ya lo son porque disponen de una información de base que encuentran en internet, la televisión y la radio en cualquier momento. En los días del asesinato del presidente Kennedy (22 de noviembre de 1963) se dijo que la noticia había tardado 11 minutos en dar la vuelta al mundo; hoy solo cuenta la inmediatez: basta que alguien sepa algo y lo cuelgue en la red para que todo el mundo pueda leerlo, salvo cuando se dan interferencias censoras. La credibilidad o la solvencia de esas informaciones son otro cantar.

Le Nouvel Observateur

Primer número del semanario francés ‘Le Nouvel Observateur’, fechado el 19 de noviembre de 1964.

¿Qué futuro aguarda entonces a la galaxia Gutenberg? Puesto que en los últimos 40 años se han oficiado en su memoria varios funerales pre mortem, pero todas las mañanas aún es posible ir al puesto de periódicos y comprar un ejemplar, es aconsejable no precipitarse con diagnósticos apocalípticos y sí, en cambio, admitir que no todos los problemas se deben a la irrupción de las nuevas tecnologías. “Hay unos valores falsos, unos activos sobrevalorados hasta extremos indecentes, que tienen además un carácter tóxico, es decir, contaminan a los valores de calidad cuando se mezclan. La pérdida de credibilidad y de confianza en los periodistas se debe a la masiva presencia de estos valores tóxicos perfectamente conocidos por el público”, escribe Lluís Bassets en El último que apague la luz. Esa toxicidad incluye el amarillismo, la astracanada, el sectarismo y los comentarios a la ligera, la crítica gratuita y las informaciones caídas del cielo de paternidad desconocida, las conferencias de prensa sin preguntas, los gabinetes de comunicación encargados de enturbiar los hechos y las agendas informativas que convienen a las diferentes manifestaciones del poder. Justo lo contrario de lo afirmado por Jean Daniel y recogido unas líneas más arriba: “La información ya no es solo la noticia, sino los hechos tratados con profundidad”.

Lo contrario de lo que precisa la prensa de papel para convivir con los demás medios y subsistir lo constituyen el basurero de Rupert Murdoch, la patraña de Tommasso Debenedetti, autor de varias decenas de falsas entrevistas publicadas, el servilismo de los grandes medios de Estados Unidos en apoyo de una guerra, la de Irak, justificada mediante la publicación de informaciones triangulares* sobre la existencia de armas de destrucción masiva que nunca existieron, la intromisión descarada en las vidas privadas, como si estas estuviesen condenadas a desaparecer. Nadie dispone de la fórmula mágica para sobrevivir a la crisis que atenaza a la información de papel, pero al menos es posible identificar qué no se debe hacer. Ya es algo. El resto depende del viejo método de la prueba y el error, de no transitar por campos de minas en los que otros se metieron y de blindar la independencia de criterio, porque siempre hay más de lo que se ve y debe trasladarse a la opinión pública. Si no es posible hacerlo, si se rompe la secuencia que une los ciudadanos a los hechos, el sistema democrático se queda a oscuras y a merced de los urdidores de la sociedad del espectáculo, de una ficción deslumbrante encargada de hacer invisibles las alcantarillas y perfumar su pestilencia.

 

Ahmed Chalabi

Ahmed Chalabi.

*Dícese de aquellas informaciones en las que la fuente que las filtra a la prensa es la misma que las suministra a las instancias donde los periodistas las comprueban. En el caso de los prolegómenos de la guerra de Irak, el político iraquí exiliado Ahmed Chalabi fue uno de los vértices del triángulo; los otros dos fueron los periodistas informados por Chalabi y la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, a la que Chalabi proporcionaba la misma información. De forma que cuando los periodistas buscaban la confirmación en alguna agencia federal, esta estaba contaminada por el mismo informante que se había puesto en contacto con ellos.

 

‘Dies irae’ a causa de Chipre

La torpeza de muchos parece encaminada a dar la razón al economista José Carlos Díez: Europa no da muestras de albergar vida inteligente. Entendámonos: la referencia a Europa engloba a cuantos forman parte de la maquinaria que gestiona la crisis y que, a poco que se empeñen, pueden empeorarla con esa sucesión de desatinos inquietantes. Resulta que mientras el 0,5% del PIB europeo –Chipre– pone a todo el mundo contra las cuerdas, el denostado neokeynesianismo de Barack Obama es útil para reactivar incluso el sector inmobiliario de Estados Unidos, según información destacada del jueves en The New York Times. Resulta que casi al mismo tiempo que Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca, vaticina que el 2013 será “un año puente hacia la recuperación”, aparece en Bruselas Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y amenaza con retorcer las condiciones de austeridad –miseria sobre miseria– a aquellos países que pidan el alargamiento de los plazos para sanear las cuentas. Sucede, en fin, como ha escrito Joan Tapia, que la desconfianza entre la Europa del norte y del sur crece todos los días, depositaria una de la ética protestante y de los dies irae, inclinada la otra a cultivar cierto relativismo escéptico.

El paseante

Cartel de la película titulada en España ‘El paseante del Champ de Mars’.

Ese galimatías se completa con temores y rivalidades entre aliados más atentos a la prima de riesgo que a los padecimientos de sociedades deprimidas que albergan a ciudadanos convencidos de que el sistema financiero les ha birlado el Estado del bienestar y, puede, el futuro de una generación obligada a oír promesas sin fundamento sobre la salida de la crisis. Por este camino se ha llegado a la absurda información diaria en la que se compara la mejora o empeoramiento de la prima de riesgo española con la italiana, como si un eventual sorpasso de la de Italia fuese un gran triunfo de la de España, cuando en realidad se trata de una carrera sin meta final entre dos corredores empobrecidos, por no decir arruinados. Lleva razón el François Mitterrand de El paseante del Champ de Mars, de Robert Guidiguian, cuando, más o menos, le dice a un periodista: “Yo soy el último presidente de Francia; los que vendrán a partir de ahora serán contables”.

Ahí están los contables con todas las trazas de que, Alemania mediante, el Bundesbank mediante o lo que sea mediante, oscilan entre la improvisación y los ultimátums. Andan con sus modelos matemáticos en la faltriquera, son inmunes a la tragedia humana y se sienten liberados de contestar a algunas preguntas que cualquier estudiante de primer año de facultad es capaz de formular:

  1. ¿Cómo es posible que la diminuta Chipre, mitad meridional de una isla dividida, reuniera siquiera aproximadamente las condiciones para ingresar en la UE con toda clase de garantías?
  2. ¿Cómo es posible que alguien creyera la fantasía de que Chipre podía adoptar el euro sin mayores problemas?
  3. ¿Cómo es posible que no se atajara la conversión de la banca chipriota en uno de los lavaderos de dinero procedente de Rusia?
  4. ¿Cómo es posible que quieran que creamos que la UE no dispone de recursos para solucionar el problema chipriota sin ponerlo todo patas arriba?
  5. ¿Cómo es posible que nadie cayese en la cuenta de que la quita de Grecia abría una herida en el costado de los bancos chipriotas?
  6. ¿Cómo es posible que cunda el rumor de que todo obedece al deseo de imponer un castigo ejemplar a Chipre por haberse echado en brazos de Vladimir Putin y nadie lo desmienta?
  7. ¿Cómo es posible que el Eurogrupo y Alemania digan que no tienen arte ni parte en el corralito chipriota –confiscación parcial, si se prefiere– aprobado en primera instancia?
  8. ¿Cómo es posible que se osara provocar una enorme inseguridad jurídica que perjudicará las inversiones en la periferia de la UE porque el Eurogrupo ha sentado un precedente alarmante en cuanto a la volatilidad de los depósitos bancarios?

Nadie en su sano juicio cree que el futuro dependa del medio por ciento del PIB europeo cuando se ha movilizado un billón de euros en rescates y otros parches. Es tan desmesurado que no hace falta acudir al servicio de estudios de un gran banco para comprender dentro de qué límites nos movemos. Para ser exacto, nadie cree que su futuro dependa del medio por ciento de sus ingresos; nadie cree que de ello dependa su capacidad de producir, de generar riqueza. Si así fuese, la mayoría de empresarios habrían echado el cerrojo, la mayoría de los trabajadores habrían sucumbido a los tajos en cascada y apenas quedaría piedra sobre piedra. No, no, el rescate de Chipre se ha transformado en un bochornoso espectáculo injustificable porque la fórmula para sanear las finanzas responde solo a la lógica desastrosa que ha condenado al continente al estancamiento o, aún peor, a la recesión, mientras en Alemania se desarrolla una larga campaña preelectoral en la que Angela Merkel resalta todos los días el perfil de dama de hierro que, se supone, le otorgará la victoria.

ChipreEs la misma lógica que lleva a afirmar al economista Hans Werner Sinn, presidente del instituto Ifo, con sede en Múnich, que Mariano Rajoy “debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja”, a imagen y semejanza de lo que en su día hizo Gerhard Schröder, canciller socialdemócrata que, prosigue Sinn, “eliminó el salario mínimo y laminó el Estado del bienestar, privando a millones de personas de sus ayudas sociales”. Aunque no hacía falta recordarlo, es evidente que a los contables que quieren salvar el euro a machetazos, el Estado del bienestar les resulta un incordio insoportable, aunque el modelo europeo y la dignidad de millones de personas dependen de su existencia. Es tan grande la distancia entre Hans Werner Sinn y alguien como Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca –“no vamos a poder salir de la crisis si los ciudadanos no salen de la crisis”–, que el proyecto europeo se vislumbra condenado a la falta de equidad, quizá de vertebración.

¿Por qué está en riesgo la vertebración de Europa? Porque la creencia de que, a falta de la institucionalización solvente de un poder colegiado supranacional, bien está la dirección germánica del continente, aparece ante la opinión pública no alemana como un diktat insoportable. Cada vez que se dice que la solución a los males presentes es más Europa, la calle entiende que se dice más Alemania y menos de todo lo demás. Y así crecen la desafección, los nacionalismos extravagantes, el euroescepticismo y la creencia de muchos de que Europa y el euro han resultado ser una trampa para elefantes. El lenguaje hermético, falsamente académico, de los eurócratas ha situado la construcción de Europa en el terreno de la economía sin alma y el sueño de los padres fundadores y de algunos de sus herederos se desvanece en los ordenadores de los operadores financieros. ¿Quedan aún apóstoles de las crisis europeas como barro moldeable o motor para avanzar en la construcción política de Europa?

A nadie puede sorprender que la reacción visceral, inmediata, de una parte de la calle chipriota haya sido pedir la salida de la UE, el abandono del euro y la asociación con Rusia, que en el pasado prestó más de 2.000 millones a Chipre para tapar agujeros. Si sucediese algo así, la UE haría un triple mal negocio: perdería toda posibilidad de participar en la administración de los yacimientos de gas que duermen bajo el lecho marino, abriría a Rusia la posibilidad de negociar en suelo chipriota la instalación de una base militar que, llegado el caso, sustituyera a la de Tartus (Siria) y apartaría a Europa más de lo que ahora lo está de un área estratégica –el Mediterráneo oriental– donde coinciden una primavera árabe (Egipto), el conflicto palestino-israelí, la guerra civil siria y el afianzamiento de Turquía como potencia regional.

El negocio sería ruinoso. ¿O no? ¿O hay quien barrunta que es más rentable ser intermediario en el negocio del gas que gestionar los yacimientos? ¿O resulta que no está claro quiénes tienen derecho a extraer el gas y Turquía y Grecia pedirán su parte del pastel? Es capital dar una respuesta creíble a estas preguntas, siquiera sea para ahuyentar el fantasma de un nuevo batacazo, que tantos temen cada vez que analizan los datos de crecimiento –mejor, decrecimiento– del último trimestre del 2012. Lo temen algunos grandes inversores, que no se fían de las componendas europeas, pero también los analistas sociales que observan a lo lejos –tampoco tanto– la formación de una borrasca. Así Susan Sontag, que ve indicios de que un huracán es posible: “La falta de control del sector financiero ha incrementado el riesgo de un nuevo crash financiero mundial cuyas consecuencias podrían ser peores que el anterior”. No hay eurócrata capaz de asegurar que se trata de una alarma injustificada.

Makarios III

El arzobispo Makarios III, primer presidente de Chipre (1960-1977).

Recordatorio. No debiera sorprender la oferta de la Iglesia chipriota, de rito ortodoxo griego, de poner sus bienes a disposición de los gestores de la crisis. Se trata de una Iglesia nacional que es, en la práctica, la organización más sólida, potente y bien estructurada de la república, con intereses importantísimos en el sector bancario. Y, además, es una constante histórica la intervención del clero en la política de la isla: el caso más significativo fue el del arzobispo Makarios III (1913-1977), primer presidente del Chipre indepediente (1960-1977), salvo entre julio y diciembre de 1974, cuando ocupó la presidencia Nikos Sampson. Al arzobispo Makarios se le relacionó al final del periodo colonial con la EOKA, organización armada partidaria de la enosis (unión con Grecia).

 

El Papa, frente al ‘establishment’ europeo

¿Qué ha pesado más en la elección del nombre del nuevo Papa, el Francisco de Asís apegado a la pobreza que transita por Las florecillas o el Francisco Javier que, como un profeta predestinado, llevó la prédica cristiana y el mensaje ignaciano hasta los confines de una terra ignota? Y si ha sido el recuerdo del santo de Asís el que ha llevado a Jorge Mario Bergoglio a acogerse al legado de su nombre, ¿se siente más cercano a El juglar de Dios esbozado por Roberto Rossellini, al santo arquetípico de Franco Zeffirelli en Hermano Sol, hermana Luna o a los fratelli que retrata Umberto Eco en El nombre de la rosa, combatidos por Roma como herejes perturbadores del poder temporal? ¿Qué impera más en el pensamiento de un jesuita conservador como Bergoglio: la memoria de las reducciones que aspiraron a salvar al indio mediante el sincretismo cultural, y soliviantaron a reyes y papas –véase La misión, de Roland Joffé–, o aquel otro jesuitismo plegado a la más rigurosa de las ortodoxias, alineado con papas alarmados que se sintieron sitiados por la modernidad? ¿Qué sandalias calza este pescador de Buenos Aires que viaja en metro?

Ratzinger-Bergoglio

Los cardenales Josef Ratzinger y Jorge Mario Bergoglio, en el Vaticano.

De las respuestas que puedan darse a estas preguntas en los próximos meses, quizá años, depende seguramente el tratamiento que el papa Francisco dé al informe que le aguarda en la caja fuerte de sus aposentos, un texto que ha sido la razón última de la renuncia de Benedicto XVI. Sometido este al fuego cruzado de la estructura de poder de la curia, los debeladores de secretos guardados durante decenios bajo siete llaves –los escándalos de pederastia, las irregularidades del IOR, la filtración de documentos– y el de aquellos que todos los días le criticaban por ir más allá o quedarse más acá de lo esperado, el ahora Papa emérito prefirió dar paso a alguien con más energía para la carrera de obstáculos que el titular de la sede petrina está obligado a correr, aunque no sea un atleta de Dios, como se dijo de Juan Pablo II.

Suponer que las sombras que se ciernen sobre la tibieza de la Iglesia católica argentina durante los años ominosos de la dictadura (1976-1983) serán un lastre permanente en la labor del Papa es aventurado, pero no debe descartarse. En el inicio del pontificado de Benedicto XVI hubo un precedente de naturaleza similar: se desenterró el pasado de un Josef Ratzinger jovencísimo, movilizado por el régimen nazi al final de la segunda guerra mundial. Ni aquel episodio fue un obstáculo para que encarara el saneamiento de la institución ni la realpolitik de Bergoglio entre la de otros muchos eclesiásticos parece materia suficiente para que zozobre la nave papal de buenas a primeras. De momento, pesa más en la apreciación del personaje el prestigio que se ha labrado en el arzobispado de Buenos Aires que los deméritos acumulados durante el gobierno de los centuriones, pero, claro, el Vaticano es una madeja de poderes donde cualquier día alguien puede creer oportuno que es hora de aventar historias que de momento duermen el sueño de los justos.

Bergoglio

El cardenal Bergoglio, con una camiseta del club San Lorenzo de Almagro, del que es socio.

Puestas así las cosas, cobra todo el sentido una de las últimas frases del artículo escrito por Ezio Mauro, director del diario progresista romano La Repubblica, publicado al día siguiente de la fumata blanca: “El Papa Francisco deberá comprender que entre sus deberes universales figura el de la plena transparencia en sus relaciones con la dictadura militar argentina (…) Deberá hacerlo para tener las manos libres”. Para cuantos creen que la misión de Bergoglio, para la que ha sido elegido, es remozar el edificio de los cimientos al tejado, es imprescindible desvanecer cualquiera de las sospechas puestas en circulación la misma noche del miércoles. En caso contrario, todos los temores, recelos y desconfianzas se antojarán justificados.

Si el Papa se muestra muy pronto como el reformador que acaso requiere la restauración del prestigio de la Iglesia, quién sabe cuál puede ser la respuesta del establishment, en guardia desde siempre. No es ajena a riesgos futuros la idea expresada por Arnaud Leparmentier de que con la muerte de Juan Pablo II y la renuncia de Benedicto XVI se extingue la secuencia de papas que vincularon sus pontificados a la redención de la Europa surgida de las dos guerras mundiales, de aquella Europa que enterró sus demonios familiares mediante la acción concertada de Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, unidos los tres por un lazo de dos nudos: la cultura alemana, de cuna o adquirida, y el catolicismo. El centro de gravedad se ha desplazado al hemisferio sur y a América, que acoge una comunidad católica movilizada, en competencia diaria con las iglesias evangélicas, y a las familias clásicas del poder curial se les presenta un futuro lleno de incertidumbres por más pactos que hayan hecho posible la elección de Jorge Mario Bergoglio.

Bergoglio

Jorge Mario Bergoglio, en una estación del metro de Buenos Aires.

La mayoría de los integrantes del establishment vaticano suscribirían hoy la siguiente frase de Adenauer, correspondiente a una conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 16 de febrero de 1967: “El peligro en el que se hallan los pueblos europeos se hace bien patente si se examina la distribución del poder sobre la Tierra y se llega a comprobar con qué rapidez ha progresado la pérdida de poder de los países europeos”. Es el mismo establishment que se movilizó para que en el preámbulo de la Constitución europea figurara una referencia expresa a las raíces cristianas de Europa y que se intranquiliza cuando lee diagnósticos como el incluido por la directora de Le Monde, Natalie Nougayrède, en el editorial del jueves al analizar la elección del cardenal Bergoglio: “Digámoslo: para Europa, he aquí un nuevo monopolio que cae. El ascenso del Sur es la señal de nuestro tiempo. El sucesor del Papa alemán Benedicto XVI encarna el mundo emergente, estos países en primera línea en cuanto atañe al desarrollo, la igualdad, la gobernanza”.

Volvamos a las preguntas: ¿atesora este mundo emergente el ímpetu necesario para responder a las siete preguntas que ha formulado en las páginas de EL PERIÓDICO el teólogo Juan José Tamayo para poner la Iglesia al día? ¿Puede entender la gerontocracia vaticana que la secularización de Europa y la competencia entre iglesias en América y otros lugares imponen un aggiornamento en toda regla? ¿Estará al alcance y en los deseos del Papa argentino combatir con la transparencia el vuelo rasante de los cuervos que han anidado en la plaza de San Pedro? ¿O, por el contrario, como se deducía de un artículo firmado en El País por Juan Goytisolo, el índice de elasticidad de la Iglesia impide abordar grandes reformas porque el establishment curial, de tradición europea, controla la institución sin competencia posible?

Se atribuye al fraile de Asís el siguiente juicio: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible”. Y a Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, a la que pertenece el Papa, se le supone autor de este otro: “En tiempos de desolación, no hagas cambios”. Entre ambos transita Bergoglio. A ver.