Siria o la estrategia del horror

Si alguien pensó alguna vez que el grado de embrutecimiento en la guerra de Siria había alcanzado cotas nauseabundas, el bombardeo de un convoy con ayuda para los sitiados de Alepo ha demostrado que ninguna villanía es insuperable sin que, por lo demás, la comunidad internacional disponga de un instrumento eficaz para contener el horror. La ineficacia de las Naciones Unidas es tan clamorosamente palpable como la indolencia de Rusia y Estados Unidos, enzarzados sus diplomáticos en un intercambio de acusaciones y reproches que descansan sobre las espaldas de una población martirizada, la siria, convertida en carne de cañón. Cualquier excusa tiene cabida para encubrir la verdad: el Pentágono dice que fue un error el bombardeo de soldados sirios, el Gobierno de Siria niega haber bombardeado con bidones que contenían gas de cloro, Rusia se desentiende del ataque a los camiones de la Media Luna Roja. Se diría que las víctimas, repentinamente poseídas por institutos suicidas, han sido a su vez victimarios, se han bombardeado a sí mismas y han optado por aniquilarse por iniciativa propia.

Sostiene Laurent Bigorgne, director del Instituto Montaigne, de orientación liberal, que la sociedad francesa ha enfermado a causa de su relación disfuncional con la realidad. Quizá no se trata solo de un fenómeno francés, sino de una epidemia que se extiende en todas direcciones y que oculta una realidad, la profundidad de la crisis siria, crisol en el que cristalizaron el Estado Islámico y la crisis de los refugiados, que se encadena a su vez con la crisis de identidad europea, y esta, también a su vez, con el desafío –otra crisis– de los populismos vociferantes de extrema derecha, del renacer de la nación como fin primero y último de identidades colectivas que se remontan a la noche de los tiempos, a edades de oro que nunca existieron, pero dotadas de un poder hipnótico extraordinario.

En la tragedia siria se ha producido un empate histórico entre adversarios que contamina el presente, mantiene al mundo árabe-musulmán uncido a sus peores demonios familiares, justifica o facilita la extensión de la yihad a cualquier lugar y siembre la semilla de la división en las sociedades occidentales. Pero en la Asamblea General de la ONU esta semana, y siempre en el Consejo de Seguridad, se impone la lógica de la parálisis provocada por una estructura de poder en la que nada es posible sin la complicidad de las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial o la inhibición de alguna de ellas. Nada puede detener el trasiego de ataúdes, el flujo incesante de refugiados, la influencia de predicadores iluminados que llaman a la guerra santa y todo cuanto procede de Siria –Irak también– y aledaños si no se dan por lo menos estas  condiciones:

-Un acuerdo sin reservas de Estados Unidos y Rusia, aceptado por Irán y China, para detener los combates contras las diferentes oposiciones sirias legitimadas por la comunidad internacional.

-Neutralizar al Estado Islámico y a Al Nusra mediante una alianza internacional con un mando razonablemente unificado.

-Desarmar a las milicias en cuanto cesen las hostilidades.

-Acordar un mecanismo de liquidación del régimen de Bashar al Asad y su sustitución por otro transitorio en el que tengan cabida todas las ideologías, incluido el islamismo político.

-Crear un fondo para la reconstrucción del país que permita el retorno de quienes lo dejaron acosados por la guerra.

-Poner sobre la mesa el espinoso asunto de los Altos del Golán, ocupados por Israel desde 1967, tierra irredenta con un valor propagandístico nada desdeñable en el universo yihadista.

Pero este programa de mínimos o de máximos, según se mire, barajado por think tanks de prestigio, es inalcanzable: responde al escenario internacional de nuestros días, pero en la ONU se aborda con un reparto de papeles heredado del pasado –la victoria aliada frente Alemania, el poder ilimitado de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad para bloquear toda decisión que entiendan contraria a sus intereses, el poso dejado por la guerra fría–, cuando los riesgos de una confrontación nuclear hicieron posible la consolidación de un sistema con reglas precisas. Hoy no hay sistema o funciona a precario, el vector de la inestabilidad y la inseguridad –dos caras de la misma moneda– todo lo condiciona y el multilateralismo promovido por la Administración de Barack Obama es más una adaptación a las circunstancias que una herramienta para la resolución de conflictos acuciantes, asimétricos, que desafían a las naciones, a los actores políticos reconocidos por la comunidad internacional.

La restauración del orgullo nacional ruso emprendida por Vladimir Putin, que incluye su defensa del régimen sirio frente a cualquier oposición, incluida la no yihadista, es viable en gran medida por la ausencia de sistema, por la falta de equilibrio entre actores políticos enfrentados, cuyo precedente más antiguo cabe situar en la paz de Westfalia (1648), de acuerdo con el argumento desarrollado con rigor por Henry Kissinger en Orden mundial, su último libro. Puede que sea esta una conclusión excesivamente eurocéntrica o un enfoque solo occidental, pero el bloqueo de la situación en Siria induce a pensar que la segunda guerra fría en ciernes tiende a ser un remedo incompleto y bastante más inestable de la primera, cuando la delimitación de bloques y de alianzas militares permitió desarrollar una lógica negociadora, con frecuencia brutal y desabrida, es cierto, pero con códigos precisos.

La primera conclusión a la que llega Natalie Nougayrède en un artículo publicado en el diario liberal británico The Guardian no hace más que reforzar la idea de que la Casa Blanca acepta con resignación que Putin sea quien fije la agenda. Entiende la analista que Obama aceptó hace tiempo que la seguridad de Estados Unidos y de Occidente en general no está en juego en la guerra civil siria y que, en consecuencia, es preferible adoptar una política de contención antes que solucionar el conflicto mediante una implicación más decidida en las operaciones militares. Esto es, Estados Unidos acepta como mal menor que prevalezca la estrategia rusa si de esta forma evita enfangarse en una nueva guerra en Oriente Próximo. El altísimo precio de tal planteamiento es sacrificar a la comunidad siria en el altar del posibilismo, otorgar a la guerra la categoría de crisis crónica y dejar a los refugiados en tierra de nadie entre la división europea, el oportunismo turco y la brega de las onegés para evitar que la tragedia sea aún mayor.

Hay varios aspectos discutibles en el análisis de riesgos al que se acoge el equipo de Obama. El más relevante tiene que ver con la exportación de muyahidines desde Siria al resto del mundo (expansión del terrorismo global), que siembran el pánico en Europa y Estados Unidos sobre todo, alimentan la islamofobia, justifican la aplicación de estrategias de seguridad invasivas de la vida cotidiana de los ciudadanos e incitan la fractura social. Todo lo cual, con ser extremadamente grave, lo es acaso menos que la actitud vesánica de Asad y de Putin, que “no son solo indiferentes a los crímenes contra la humanidad, sino que creen que sirven a sus propósitos”, como escribe Nougayrède. El horror de Kurtz, el personaje de El corazón de las tinieblas, hecho realidad.

 

Una campaña medicalizada

El espectáculo de la campaña electoral en Estados Unidos ha ganado en confusión a través de la proliferación de partes médicos, del debate sobre la salud de los candidatos y de la música de fondo de los talk show de las grandes cadenas de televisión, que se han sumado con entusiasmo a la evaluación de los análisis clínicos de dos veteranos como Hillary Clinton (68 años) y Donald Trump (70 años). La obsesión posmoderna por parecer más joven de lo que realmente se es se ha adueñado del alma de la campaña, y todo se quiere que gire en torno a la opinión y a los informes de los facultativos. Desde el general Washington hasta nuestros días ha tenido el país presidentes de todas las edades y nunca ha sido la edad el dato esencial para sopesar su competencia: los ha habido en forma o con la salud muy quebrantada (así Woodrow Wilson y Franklin D. Roosevelt), pero lo que de todos ellos se recuerda, de los sanos y de los dolientes, es lo que hicieron o dejaron de hacer, no sus visitas a la consulta o a la farmacia; los hubo también con un aspecto inmejorable a pesar de sus muchos achaques (John F. Kennedy) y otros alicaídos, pero con una salud de hierro (James Buchanan, según parece). De forma que cuanto se dice, escribe y analiza desde el desvanecimiento de Clinton en Nueva York la calurosa mañana del día 11 es comprensible a veces y chocante casi siempre.

La última encuesta elaborada por The New York Times y la cadena de televisión CBS acerca a Trump a solo dos puntos de Clinton –46% en intención de voto frente a 44%–, a todas luces un empate técnico, pero cuesta dar por buena la interpretación inicial de que el acercamiento del republicano a la demócrata se debe a la neumonía no revelada en primera instancia por esta, o quizá ocultada por el equipo de campaña para no alarmar a votantes indecisos o convencidos de que mejor es sentar en el Despacho Oval a un joven presumiblemente duradero que a alguien con una larga biografía tras de sí. Puede, en cambio, que la ocultación o silenciamiento de la neumonía, más que la enfermedad misma, haya dañado de momento las expectativas de Clinton, y es también muy posible que el encubrimiento de todo con el aducido golpe de calor haya sido de gran ayuda para el republicano.

Forma parte de la tradición política de Estados Unidos que la opinión pública soporta mejor a los líderes que reconocen sus debilidades y errores que a aquellos que los ocultan o los ensombrecen con falsedades. Padecer una neumonía no es ni una debilidad ni un error; disimularla, ocultarla o comunicarla a destiempo ha tenido mala acogida. Y si así ha sido es porque una parte de los ciudadanos han entendido que se quería construir un relato alejado de la realidad; nadie mintió o eso parece, pero el equipo de Clinton puso manos a la obra para difuminar los hechos.

Lo cierto es que mientras en el republicanismo clásico –Colin Powell, el último– se multiplican los testimonios desaprobatorios de la verborrea de Trump, este se ha sentido liberado por unos días de ahondar en el debate ideológico y programático gracias a la relevancia de los historiales médicos. A menos de ocho semanas de la gran cita, con tres debates televisados en el horizonte y el partido en un grito por sus desplantes imprevisibles, Trump siente que recobra el aliento y, como ha dicho uno de sus asesores, cree haber demostrado que está en mejor situación para “resistir el desgaste de la presidencia” –en el sentido de desgaste físico, de corredor de fondo– que su oponente. La duración de este impulso inesperado es una incógnita que en gran parte despejará el vigor con el que Clinton regrese a la arena después de su obligado retiro neumónico.

Aun dando por descontado que los electores tienen derecho a estar informados del estado de salud de los candidatos, al menos de una forma genérica, y que estos tienen la obligación de aportar una información fiable y concreta, la disputa o la polémica pone de manifiesto la falta de complicidad de los candidatos con los ciudadanos (falta de empatía se dice ahora con bastante imprecisión). Cualquier pretexto es bueno para dudar de su cercanía a quienes deben votarlos, y cualquier suceso inesperado degrada su imagen o la pone en entredicho. Es esta una situación infrecuente en la elección de presidente, incluso en contiendas tan poco atractivas como la de 1968 entre Richard M. Nixon y Hubert H. Humphrey, dos personajes poco dotados para las relaciones públicas. Algo irremediablemente cansino ensombrece la campaña en curso como si se tratara de un rito que debe cumplirse a toda costa, pero que no logra atraer a la feligresía después del impacto emocional de las dos elecciones de Barack Obama.

El escritor Richard Ford pronostica que los estadounidenses echarán de menos a Obama en cuanto se acoja a su retiro prematuro y obligado. “En nuestro absurdo momento histórico y político, con sus candidatos de concurso de antibelleza –el estridente, demagogo, casi cómico Donald Trump, y la pasmada gritona Hillary Clinton, con sus palmaditas en la espalda–, es un alivio que Obama no se tome a la ligera su puesto de presidente”, afirma Ford. Pero resulta más concluyente que esa probable frivolización del trabajo presidencial acometida por los aspirantes la creencia de Ford en que “no hace falta saber quién es o qué es de verdad” Obama y, en cambio, hay una necesidad perentoria de desvelar quién o qué son los políticos que pugnan por sucederlo. Y no hay forma de llegar al fondo, de saberlo de una forma aproximada, porque es infranqueable la distancia que los separa de todos los auditorios, incluidos los agavillados por sus seguidores.

Los esfuerzos por simplificar la campaña –Trump, el outsider frente a Clinton, la profesional– contribuyen a fomentar la atmósfera de desorientación en la que han irrumpido los informes médicos. El semanario Time se atiene al dato de que los humoristas que presentan los programas nocturnos de más audiencia han tomado partido y Trump va perdiendo, pero Trump aparece en un canal de gran audiencia para certificar, papel en mano, que todos sus problemas de salud se reducen a algo de sobrepeso y un índice de colesterol inadecuado. Mientras, los asesores de Clinton prevén que Trump saldrá mal parado de los tres debates televisados, pero los que preparan al republicano creen que las dotes histriónicas de su jefe neutralizarán las cualidades oratorias de su adversaria. Todo tiene un aire superficial, bastante alejado de aquello que se tiende a pensar que es lo sustancial para decidir el voto: qué proponen los candidatos, a quién favorece y cómo se consigue. O eso al menos se creyó hasta la fecha, no ahora, según se ve.

 

 

Paz colombiana sin alternativa

La proximidad de la firma del acuerdo de paz alcanzado por el Gobierno de Colombia y las FARC y del referéndum que debe aprobarlo (26 de septiembre y 2 de octubre respectivamente) han avivado la controversia sobre la legitimidad o derecho del presidente Juan Manuel Santos de hacer tabla rasa a decenios de combates, secuestros, extorsión y narcotráfico. Se trata de un debate jurídico, pero también político; de un debate entre lo ideal y lo real, pero también entre adversarios políticos irreconciliables; de un debate entre la esperanza depositada en el futuro y el lastre que procede del pasado, pero también de los sentimientos que albergan las víctimas. Frente a la idea de que todo desenlace de una guerra sin vencedores obliga a hacer concesiones que quedan fuera del Código Penal se alza el argumento ético del respeto a la ley, cueste lo que cueste –dura lex, sed lex–, esgrimido por los contrarios al acuerdo, sospechosos a su vez de acogerse a la máxima del derecho romano para no desvelar o poner sobre la mesa otras razones de índole personal, de rivalidad política o simplemente de mal disimulado oportunismo.

Cuando es posible dar con las primeras dosis de envenenamiento de una sociedad no más cerca de 1948 –el bogotazo, el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán–, un tratamiento convencional para desintoxicarla apenas tiene posibilidades de éxito. Todos los caminos explorados antes de los cuatro años de negociaciones que han alumbrado el acuerdo han sido intentos fallidos, episodios de frustración colectiva, oportunidades perdidas en un crucigrama plagado de enunciados abstrusos. “Los enemigos del diálogo están enfermos de resentimiento y de ira”, ha dejado dicho en el diario bogotano El Espectador el escritor Héctor Abad Faciolince, cuyo padre fue asesinado por los paramilitares en 1987. Al mismo tiempo, comprende Abad los celos de los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, humanamente explicables, dice, porque Santos logró lo que ellos persiguieron y no alcanzaron, pero no ve otro camino para silenciar las armas que empezar de cero y dejar de buscar cobijo en la negra espalda del tiempo (el concepto está tomado de Javier Marías que a su vez lo tomó de William Shakespeare).

En ese largo conflicto que quizá se encamina hacia su fin nadie es inocente salvo las víctima atrapadas en la refriega, en el fuego cruzado entre una utopía emancipadora que fue al fin distopía y la soberbia de un Estado a menudo venal, insensible ante la pobreza y el desamparo de comunidades campesinas dejadas a su suerte desde la noche de los tiempos. Acaso se acerquen a su final las guerras del coronel Aureliano Buendía, aquellas cuyo cronista fue Gabriel García Márquez, guerras interminables noveladas, pero no siempre de ficción o imaginadas, que llegaron hasta nuestros días debidamente transformadas hasta no tener cabida en la literatura, o puede que sí –Noticia de un secuestro–, y aparecer desde hace un par o tres de generaciones en las secciones más ensangrentadas de los noticiarios.

“Ambos lados –el del sí y el del no– se revelan como unos abanderados del bien y con ínfulas de superioridad moral sobre el otro, como si cada uno fuera dueño de la verdad y por eso tuviera el derecho a mandar y a pisotear”, ha escrito Catalina Gallo en El Tiempo de Bogotá. No hay superioridad moral alguna en ninguno de los dos bandos, pues ambos, en algún momento, fueron actores principales en la producción de cadáveres y la difusión de prácticas abominables; no es posible plantear el referéndum en estos términos porque sería tanto como suponer que la limpieza de espíritu de una parte de los colombianos –importa poco cuál– condena a la otra, la deja marcada con un estigma imborrable y para siempre. Todo cuanto rehúye el análisis político de un conflicto político que solo admite respuestas políticas tiende a enturbiar la realidad si no es que la adultera por completo.

Aun así, el recurso presentado ante el Consejo de Estado contra la pregunta a la que deberán responder los ciudadanos se acoge a dos formalismos de naturaleza jurídica para eludir los ingredientes políticos que se dan en el caso: la impunidad de quienes delinquieron y la inclusión de la palabra paz en la pregunta por ser “una inducción directa al votante”. Contra la creencia del presidente Santos de que tiene la facultad de redactarla según mejor le parece, los recurrentes entienden que la paz es un derecho y “no se puede usar con el sentido” que se ha hecho, como si la única vía para alcanzar “una paz estable y duradera” fuese la aprobación de lo acordado trabajosamente en La Habana. “No me trago el sapo de los delitos atroces, el de la justicia, el de la impunidad y el del narcotráfico”, proclama el senador Everth Bustamante, exintegrante de la guerrilla urbana M19 y hoy en las filas del Centro Democrático, el partido fundado por Uribe, pero al manifestar su oposición al acuerdo soslaya un dato capital: las condiciones mediante las cuales aceptó la vía institucional el grupo al que pertenecía el hoy senador tuvieron un impacto emocional considerable a comienzos de los 90, hubo también un debate jurídico que discurrió en paralelo al desenlace político.

Al internarse en el laberinto de los razonamientos jurídicos, los contrarios a dar por buenos los términos de la paz negociada con las FARC evitan las complejidades inherentes a ofrecer una alternativa a lo pactado. Descartada la victoria militar absoluta del Estado y admitidos los riesgos propios de la aplicación de unos acuerdos llenos de complejidades, a ojos de los negociadores, de los intermediarios, de los partidarios de dar el sí el 2 de octubre, no hay otro sendero practicable; no es posible salir del enredo si se quiere abrir una causa general contra la guerrilla que la señale como única responsable de la matanza. Los riesgos de enquistamiento, de dolencia crónica e incurable –el caso del ELN, que sigue intransigente en la selva–, son mayores que aquellos que pueden desprenderse de la pervivencia de una facción irreductible de combatientes, de la dificultad misma de convertir a los militantes de las FARC en ciudadanos desarmados y aceptados en las instituciones por el establishment.

Una última razón ilustra la conveniencia de apoyar el compromiso de La Habana: mientras las situaciones abruptas se han adueñado de la política en Venezuela, Brasil y Bolivia, y esa tendencia al drama nacional diseña un futuro indescifrable, por lo menos poco halagüeño, la opción colombiana transmite la idea de un futuro verosímil, de un espacio político habitable a pesar de todo. No hay nada especialmente innovador en la apuesta colombiana más que la apuesta misma por un desenlace basado en un posibilismo extremo que da sentido al convencimiento de que cualquier alternativa es peor a lo pactado, sobre todo si entraña judicializar la política, llevar a Timochenko y a sus seguidores ante un tribunal para que den cuenta de lo sucedido. “Este no es el viejo mundo jodido por los demonios del pasado”, declaró hace dos años el periodista Jon Lee Anderson a El Tiempo. Ese es el reto.

 

Hillary Clinton, opción por defecto

La demagogia incontenible de Donald Trump ha transformado la carrera hacia la Casa Blanca en una extraña contienda. En un país dividido entre quienes fían su futuro en el populismo exacerbado del candidato republicano y cuantos prefieren cualquier cosa antes que a Trump, Hillary Clinton es para estos últimos la opción por defecto, mientras la abstención es un voto para Trump, asimismo por defecto, porque es un voto de menos para Clinton, que es la única que puede evitar que su oponente se siente en el Despacho Oval. Es esta una situación infrecuente, pero no del todo original, con precedentes sonados, como la movilización electoral en Francia, año 2002, en apoyo de Jacques Chirac para evitar que el ultra Jean-Marie Le Pen llegara al Eliseo, y guarda cierta semejanza con la segunda vuelta de las última elección presidencial en Perú, que dio la victoria a Pedro Pablo Kuczynski frente a Keiko Fujimori, hija del dictador encarcelado.

Aunque las comparaciones se tengan por odiosas y la sociedad estadounidense tiene poco que ver con la francesa y la peruana, en ambos casos lo menos malo se impuso a lo peor, a alguien que el electorado percibió mayoritariamente como la más indeseable de todas las alternativas posibles. Hillary Clinton no es la más cercana, accesible y simpática de las personalidades demócratas de los últimos decenios, es una veterana de la política, experta e inteligente, pero a menudo apabullante, y saca menos beneficios de lo esperado del hecho histórico de ser la primera mujer que aspira a la Casa Blanca en nombre de un gran partido. Pero, aun así, solo ella puede acabar con el inquietante experimento de Trump: política a brochazos, atención de los medios y exabruptos a todas horas.

El discurso de Michael Bloomberg en la convención demócrata fue especialmente significativo de la lógica del mal menor asociada a la candidatura de Clinton. Que un multimillonario, exalcalde de Nueva York, exdemócrata, exrepublicano, hoy independiente, apareciera en el escenario de Filadelfia para pedir el voto para la aspirante sin perderse en elogios que no siente, compendia esa tendencia nueva, más visible en las sociedades urbanas que en la América profunda, destinada a parar a Trump mediante Clinton a pesar de todo. Algo que quizá debe completarse con las ausencias significativas de la convención republicana –los Bush, John McCain–, con el discurso crítico de Ted Cruz en Cleveland y con las dudas de John Kasich, gobernador republicano de Ohio y candidato en las primarias durante algunos meses, que admite en público que no sabe a quién votar.

¿O sí lo sabe? Sabe al igual que otros muchos del establishment de ambos bandos que el “demagogo peligroso” (palabra de Barack Obama) pondría en riesgo los equilibrios de todas las convenciones políticas interiores y exteriores, sabe que no es posible mantener cohesionado al país –más fragmentado todos los días– en medio del galimatías ensordecedor que provocan las opiniones de Trump. Y ahí asoma la gran palabra: establishment. Porque, hasta la fecha, la campaña que lleva a la votación del 8 de noviembre es también la campaña contra los establishments, contra los políticos de siempre, y no solo a causa de la presencia de Trump, sino de Bernie Sanders, que resistió el despliegue de medios de Hillary Clinton más allá de toda previsión.

Por más disparates que coleccione Trump y por más llamamientos a la unidad demócrata que haga Sanders, el ascenso de ambos, con perfiles tan diferentes, responde al hartazgo con la política de siempre, con los comportamientos previsibles y con las promesas intercambiables, con la timidez reformista para atender a las víctimas irredentas de la crisis y con cuanto tiene el aspecto perfectamente reconocible de lo déjà vu. Un hartazgo que puede perjudicar más a Clinton –una parte de los electores de Sanders puede preferir quedarse en casa– que a Trump, tan ajeno a los ritos más conocidos y desgastados de la política. La candidata es prisionera de las reglas que imponen el sentido de Estado y los vínculos con el pasado (la presidencia de Bill Clinton); Trump se complace en hacerlos saltar por los aires.

Al candidato republicano le resulta especialmente motivador contemplar la alarma que se ha adueñado de un sector del partido, aquel que se presenta como depositario del legado conservador y de la historia del republicanismo desde los días de Abraham Lincoln. Después del desembarco neocon, de la colonización del Tea Party, de la tolerancia con el cristianismo más integrista y sectario, después de tantos errores tácticos, Donald Trump navega por aguas encrespadas a sabiendas de que carece de adversarios que le puedan obligar a corregir el rumbo, capaces de restaurar la transversalidad del Partido Republicano. De la misma manera, Hillary Clinton se aferra a la solidez de las propuestas reconocibles, ni demasiado progresistas ni demasiado conservadoras, para retener los votos de cuantos aspiran a que nada cambie en exceso, para atraerse a todas las minorías que tradicionalmente apoyan a los demócratas y temen que el populismo de Trump las arrincone o, peor aun, las hostigue.

Lo que no ha conseguido la exsenadora, y es muy probable que ni siquiera lo intente, se diría que no va con su carácter, es unir el afecto al voto, tal como escribe Charlotte Alter en el semanario Time: “Si Bernie Sanders inició una cruzada de base para una genuina reforma progresista, la revolución de Obama fue más personal: para millones de americanos que le apoyaron en el 2008 y el 2012, el acto de votar se convirtió en un acto de amor. Su movimiento no fue necesariamente sobre una agenda específica o una filosofía, fue acerca de un sentimiento: la idea de que votar es un acto personal, algo que solo debe hacerse extensivo, con exuberancia, a un candidato que de verdad amas. Obama transformó el voto de apretón de manos en abrazo”.

¿Pueden pesar más las limitaciones o condicionantes de Hillary Clinton que la desinhibición de Donald Trump, dispuesto a disparar contra cuanto se mueve? ¿Puede llegar a presidente alguien que pide a Vladimir Putin que persevere en el espionaje de los correos electrónicos enviados por su adversaria? Nadie está en condiciones de contestar con un o con un no rotundos; algunas encuestas antes de la convención demócrata daban hasta cinco puntos de ventaja a Trump en intención de voto y algún sondeo pronostica que una parte menor, pero significativa de los seguidores de Sanders prefiere al republicano o no está dispuesto a dar su voto a la demócrata. Quedan lejos los vaticinios de invierno, cuando Clinton salía ganadora frente a todos los aspirantes republicanos, entonces legión, y falta demasiado tiempo para los tres debates que enfrentarán a los dos candidatos y que, según sea la atmósfera del momento, pueden decidir a muchos indecisos. Mientras tanto, cabe preguntarse si el desprestigio de la política, también en Estados Unidos, arrinconó las ideologías y todo está en manos de las peores técnicas del marketing.

Erdogan saca partido

El estado de emergencia decretado el jueves por el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, no hace más que oficializar la atmósfera que se respira en el país desde el día 15, cuando fracasó un extraño golpe de Estado dado por uno de los ejércitos más entrenado y expeditivo de la OTAN. Pareciera que el cuartelazo se convirtió en horas 24, o acaso menos, en la ocasión propicia para que Erdogan pudiese llevar a la práctica su programa máximo, aquel destinado a neutralizar a todos sus adversarios –reales o presentidos– y a rediseñar el Estado de acuerdo con criterios autoritarios, de culto a la personalidad y de elusión de los derechos humanos. Nunca transmitió Erdogan la imagen o las convicciones de un demócrata sin reservas, pero a partir de aquella noche de sobresaltos, más que en ningún otro momento de su carrera, justifica toda clase de desconfianzas dentro y fuera de Turquía.

Nada de lo sucedido desde que los uniformados regresaron a los cuarteles y Erdogan aterrizó en el aeropuerto de Estambul para hacerse cargo de la situación tiene el empaque y las formas de los golpes clásicos, sino más bien de las chapuzas convenientes para que alguien o algunos –el presidente, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, los añorantes del legado otomano– dispongan de un pretexto para llevar a cabo una rectificación acelerada de la historia. Se trata de una perversión política nada original y a menudo eficaz que, en el caso turco, pone en duda la viabilidad del islamismo político como alternativa de gobierno libre de toda sospecha. Más exactamente obliga a dudar de su validez democrática al comportarse como un motor de depuración política que persigue despojar al Estado de cuanto no se ajusta a los designios de sus gestores.

La sensación de que el concepto erdoganiano de democracia se resume en un cheque en blanco que se entrega a los vencedores de las elecciones después de lograr la mayoría absoluta y en que, hasta la siguiente elección, nadie puede impugnar su comportamiento, resulta tan inquietante como cercana a la realidad a la vista de los mecanismos de depuración política puestos en marcha en el Ejército, la judicatura, la carrera fiscal, el sector educativo, los medios de comunicación y diferentes ámbitos políticos, especialmente aquellos que engloban al nacionalismo kurdo (sin armas) y a los seguidores del clérigo Fetullah Gülen, exiliado en Estados Unidos.

Todas las referencias que el Gobierno turco hace de este personaje recuerdan las técnicas de construcción de un enemigo identificable para invocar el derecho a la defensa cuando no el recurso a la violencia, pero resulta tan enigmática la eventual relación de Gülen con el golpe como su capacidad para dirigir desde tan lejos una trama encaminada a apartar a los islamistas del poder. Nadie pone en duda el derecho que asiste al Gobierno turco de poner en marcha la maquinaria judicial para depurar responsabilidades a través de tribunales independientes; lo que los aliados de Turquía estiman inaceptable es que ese golpe indescifrable sea la excusa o el pretexto para estimular una represión sin límites ni garantías que incluirá, quizá, la reinstauración de la pena de muerte.

Si esta ha de ser la evolución del modelo turco, invocado hasta ahora por algunos teóricos del islamismo político como ejemplo a seguir, entonces el proceso resulta doblemente decepcionante. Cuantos pensaron, con razón o sin ella, que el islamismo moderado podía desempeñar en las sociedades musulmanas un papel equiparable al de la democracia cristiana europea, aunque no igual o similar, sienten hoy que Erdogan ha cercenado este camino. Porque la mezcla de conservadurismo sin exageraciones, inquietudes sociales y respeto por las reglas de la democracia representativa da la sensación de que queda bastante lejos de la vía turca y, en cambio, se asienta en ella un totalitarismo encubierto por la celebración regular de elecciones que, según vaya todo, pueden adquirir el papel de consultas plebiscitarias.

El periódico The New York Times recogió en su edición del 18 de julio un interesante estudio sobre los riesgos de golpe de Estado, realizado por Jay Ulfelder, un analista que durante un tiempo trabajó para la CIA. El trabajo de Ulfelder, tan discutible como metodológicamente riguroso, sitúa a Turquía en el puesto 56º entre 160 países en el apartado de posibilidades de sufrir un golpe de Estado, equivalentes a una estimación del 2,5% de que tal suceso se produzca. Esto es, resulta muy improbable que se registre un golpe y, lo que es más importante, no se dan en Turquía las condiciones clave para que se concrete un levantamiento contra el Gobierno. La información del Times se titula Turquía: un candidato improbable a un golpe de Estado improbable, y contiene la siguiente afirmación: “En retrospectiva, el golpe parecía tan condenado al fracaso que solo surgen más preguntas. Aún no está claro qué provocó el intento, quién lo lideró y por qué pensaron que tenían suficientes posibilidades de éxito como para arriesgar sus vidas”.

No hay respuestas verosímiles para despejar estas tres incógnitas esenciales. Ni siquiera vale la suposición de que midieron mal sus fuerzas algunos generales, herederos de la tradición constitucional turca, que otorga al Ejército la misión de tutelar el carácter laico del Estado, porque también forma parte de la tradición del generalato turco encabezar asonadas en las que todo está previsto, incluido el éxito de la operación. Y aún vale menos creer que una parte de las Fuerzas Armadas confío en que arrastraría al resto a la aventura en el seno de una sociedad dividida entre el legado europeizante de Mustafá Kemal Ataturk y el recuerdo del sultanato, de la sublime puerta como principio y fin de todo (política, religión, derecho, vida cotidiana).

El proceso de islamización a toda máquina de las convenciones políticas en Turquía, criticado por la Unión Europea y Estados Unidos casi siempre con la boca pequeña, quizá haya llevado a una situación imposible. Para los europeos, porque precisan a los gobernantes turcos para externalizar la gestión de la crisis de los refugiados; para Estados Unidos, porque el Ejército turco es una pieza clave en el dispositivo de seguridad de la OTAN en el sudeste de Europa y a las puertas de Siria. Los recordatorios de la cancillera alemana, Angela Merkel, y del secretario de Estado, John Kerry, sobre la necesidad de que Erdogan respete las reglas básicas del juego democrático son al mismo tiempo un síntoma inequívoco de que el clima de excepcionalidad arrastra a Turquía hacia un territorio desconocido, a medio camino entre la política de balcón y un nacionalismo incontinente, al que la propaganda islamista quiere adjudicar un carácter trascendente a través de su impregnación religiosa.

Surgen así, una vez más, las preguntas que de una u otra forma aparecen en todos los debates: ¿es posible garantizar la pervivencia del Estado de derecho en una democracia islamista?, ¿es posible poner a salvo la neutralidad de las instituciones cuando los islamistas llegan al poder?, ¿puede sobrevivir el Estado laico en una sociedad mayoritariamente musulmana, gobernada por un partido confesional? En definitiva, el modelo tunecino, una democracia sin calificativos, ¿tiende a ser una excepción en el orbe musulmán? Entendido el comportamiento de Erdogan como una respuesta a estas preguntas, el futuro induce a la intranquilidad, a vislumbrar una decantación del islamismo político hacia versiones reñidas con el pluralismo sin cortapisas y el libre examen, requisitos ineludibles de la democracia.

 

Niza, punto y seguido

Todo puede servir como arma en esta guerra en todas partes desencadenada por el Estado Islámico a través de lobos solitarios o células durmientes, el nombre es lo de menos. Vale lo mismo un teléfono móvil para detonar explosivos que un camión para arremeter contra una multitud pacífica que disfruta de unos fuegos artificiales, porque en esta guerra asimétrica lo que importa es sembrar el terror y descoyuntar una sociedad como la francesa, donde la comunidad musulmana constituye una minoría relevante. Frente a esta lógica del yihadista solitario, del suicida que acarrea explosivos en un chaleco, del camionero que utiliza su vehículo como una apisonadora de seres humanos, todos los dispositivos de seguridad son insuficientes o ineficaces: pueden evitar muchos atentados, pero no pueden evitar todos los atentados; pueden tener bajo vigilancia a unos cuantos, pero no pueden controlar ni tan siquiera conocer a cuantos están dispuestos a desencadenar una matanza.

Los instrumentos de seguridad de los que disponen los estados modernos operan de acuerdo con la existencia de amenazas identificables y localizables en el espacio y en el tiempo, funcionan con criterios de prevención, disuasión y represión en caso extremo. En esta yihad que atemoriza a los europeos y persigue adueñarse de las conciencias en el orbe musulmán, la amenaza tiene una dimensión inabarcable y los militantes de la causa pueden estar en cualquier lugar, movilizarse en cualquier momento y sembrar la desolación en unos minutos sin que hasta entonces nadie haya sospechado de ellos. Dicho de otro modo: los instrumentos de prevención no pueden aspirar más que a éxitos parciales; al final de una serie de actos terroristas neutralizados se abren siempre las puertas del infierno y la muerte se adueña del espacio público.

La carnicería de Niza tiene además un valor simbólico indiscutible: el 14 de julio es el día en que Francia celebra la libertad política y los derechos del hombre, “es decir, todo cuanto da miedo a los titulares del último de los totalitarismos en curso”, como afirmaba Le Monde en su editorial del viernes. Resulta bastante sorprendente que el exprimer ministro Alain Juppé sostenga que “si se hubiesen tomado todas las medidas, el drama de Niza no se habría producido”; resulta bastante sorprendente incluso en el caso hipotético de que se detecten fallos en el despliegue de seguridad dispuesto en el paseo de los Ingleses de Niza, porque matar es extremadamente fácil para quien no tiene ningún interés en salir con vida de su fechoría. Y lo es aún más cuando el victimario está convencido de servir a una causa trascendente, que escapa a toda lógica; cuando el muyahidín observa el mundo a través del prisma de un nihilismo extremo.

Al día siguiente de que el presidente François Hollande anunciara para el 26 de julio el final del estado de emergencia, decretado después de los atentados del 13 noviembre, decidió prolongarlo otros tres meses. Por primera vez desde 1958, el Ejército francés está en la calle de forma visible y permanente. La República piensa movilizar a los reservistas. En resumen, Francia vive en una situación de excepcionalidad angustiosa, algo que objetivamente otorga varios triunfos a los secuaces del Estado Islámico: fijar la agenda política, condicionar el comportamiento de los gobernantes y someter a la sociedad a una presión psicológica permanente (nada es seguro, salir a la calle es arriesgado, tratar con desconocidos también lo es).

Al día siguiente del atentado de Niza, el profesor Jean-François Bayart, del Graduate Institute de Ginebra, llamaba la atención en el diario Libération sobre la inutilidad de esa excepcionalidad permanente: “Frente a la amenaza terrorista, adoptamos malas respuestas al golpear militarmente en Oriente Próximo y al llevar a la práctica una política de seguridad total que se demuestra ineficaz. Los estados-nación occidentales se han convertido hoy en estados de seguridad nacional en los que la obsesión se extiende, más allá del ámbito terrorista, a la inmigración, a la extrema izquierda, a quienes lo denuncian”. Y recuerda cuál es la impresión de muchos especialistas, tan inquietante como probablemente cierta: “Occidente ha caído en la trampa que le tendieron Al Qaeda y después el Daesh, y sus políticas de seguridad alimentan la yihad en lugar de contenerla”.

Que la opinión pública exija a los gobernantes medidas efectivas para acabar con la pesadilla, y que estas medidas tengan una visibilidad y repercusión inmediatas, no significa que las que se han adoptado hasta la fecha cubran los objetivos que persiguen. Que no se diese ninguna situación de alarma durante la Eurocopa, al menos que se sepa, no implica que lo dispuesto ahuyentara a los terroristas –puede que así fuese–, sino que también pudiera deberse a que los yihadistas no tenían previsto golpear durante el campeonato. Que en Niza un camión irrumpiera en medio de una celebración multitudinaria permite suponer que Bayart y muchos otros están en lo cierto cuando les invade la duda. A menudo parece que cuanto se hace, aun teniendo una explicación técnica, responde sobre todo a la política de las emociones.

En cambio, va en aumento la sensación de que el Estado Islámico cada vez está más cerca de provocar la fractura en sociedades con una presencia importante de musulmanes. Desde los primeros ataques en suelo europeo, y especialmente en Francia, el objetivo es alimentar la islamofobia para quebrar la convivencia y desencadenar un choque de culturas en el corazón de Occidente, hacer imposible un entramado intercultural y laico en el que convivan diferentes herencias políticas y religiosas, con el propósito final de atraer a su causa a los musulmanes europeos.

Se olvida un hecho decisivo cuando se dice que los ataques del Estado Islámico en Francia son la respuesta a la implicación francesa en la lucha contra los yihadistas en Siria e Irak: el asalto a la redacción de Charlie Hebdo y a un supermercado kosher y la matanza del 13 de noviembre son anteriores a la orden dada por Hollande de bombardear posiciones del califato en Siria. No hay una relación causa-efecto entre la partida al Mediterráneo oriental del portaaviones Charles de Gaulle y la locura desencadena en Francia durante el último año y medio; sí puede haberla entre las últimas derrotas sufridas por los muyahidines en el campo de batalla y la multiplicación de golpes de mano en Europa; sí la hay con toda seguridad entre el recuento de víctimas y la islamofobia creciente, un vínculo perverso explotado ad nauseam por la extrema derecha ultranacionalista (Marine Le Pen) a diez meses de la elección presidencial.

Hay otro vínculo que no puede soslayarse, siquiera sea por respeto a los muertos siempre en aumento en esta guerra que enturbia el presente: se trata de los efectos que a medio y largo plazo ha tenido la guerra de Irak, aquel conflicto justificado con un conglomerado de embustes. Cuantos secundaron al presidente George W. Bush en el atropello –Tony Blair y José María Aznar, los primeros–, adeudan a la opinión pública internacional una satisfacción que sea algo más que una disculpa apresurada (la fórmula elegida por el expremier después de conocerse el informe Chilcot). Fiarlo todo al dictamen de la historia cuando la red se inunda con las imágenes de Niza y antes de Madrid, Londres, Bagdad, París, Bruselas, Estambul, Dacca y tantos otros lugares equivale a parapetarse en un silencioso innoble. Desde luego, no todo empezó en Irak, pero mucho de cuanto atenaza nuestra vida cotidiana tuvo allí su origen. Y porque existe tal vínculo, la opinión pública europea sabe que el de Niza no será el último golpe, sabe que habrá otros tan mortíferos o más que el de este sangriento e inolvidable 14 de julio.

 

 

 

 

Daños irreversibles en la UE

Algo parecido al arrepentimiento se ha adueñado de una parte de la opinión pública británica que votó alegremente a favor del brexit envuelta en la Union Jack y ahora se percata de que todo será más complejo fuera que dentro de la UE. Ni siquiera las reflexiones de Timothy Garton Ash acerca de la división de los europeos para diseñar el futuro sirven como bálsamo reparador. Aquí y allá aparecen en todos los medios votantes que lamentan haberse inclinado por la salida mientras el contador de los electores que piden que se repita la consulta (para dar una segunda oportunidad al remain) ha superado las previsiones. Y a pesar de todo, hay quien cree ver en la presidencia eslovaca de la UE, que empezó el viernes, la confirmación post mortem de la Europa grata al Reino Unido, aquella con poca ambición política y una recuperación por los gobiernos de los estados de atributos de soberanía que, en nombre de la integración, deberían gestionar las instituciones europeas.

La suposición de que Eslovaquia carece de entidad política y económica para inclinar la balanza del lado del europeísmo atemperado es tan cierta como que el grueso de los socios de Europa Oriental nunca aspiraron a otra cosa que no fuera una zona de libre cambio para oxigenar y modernizar sus economías; eso y solo eso. La construcción de un entramado político, con instituciones potentes, no formaba parte del futuro que vislumbraban, y mucho del interés británico por ampliar hacia el este la UE, deprisa y sin entrar en detalles –salvo para Bulgaria y Rumanía, ¡qué remedio!–, obedeció a la voluntad del Reino Unido de neutralizar el reforzamiento político de Europa.

La creencia de David Cameron de que la desorientación de unos y la confusión de otros le permiten establecer el calendario de la desconexión no deja de tener sentido, aunque los seis países fundadores de la UE han exigido celeridad y no un largo compás de espera hasta septiembre, cuando el Reino Unido tendrá un nuevo primer ministro o primera ministra, más probable esto último con la pugnaz Theresa May. “Fuera es fuera”, dijo Jean-Claude Juncker en la vigilia del referéndum, aunque aún hoy hay quienes piensan en Londres que bien pudiera ser el brexit el punto de partida de un estado intermedio, ni sólido ni líquido, ni frío ni caliente, ni dentro ni fuera. Una solución o salida tan inconcreta sería insostenible, reforzaría a los euroescépticos de toda clase y haría del principio de pertenencia a la carta, tan ajena al europeísmo, un mecanismo de descomposición de la UE en manos de quienes quieren acabar con ella. O persiguen, al menos, dejarla irreconocible.

Son demasiadas las incertidumbres que se han adueñado de la UE –el crucigrama del euro, la crisis de los refugiados, la efervescencia nacionalista, el euroescepticismo, la competencia de las economías emergentes, entre otras– como para añadir un interrogante de futuro más. Las guerras fratricidas que se han desencadenado en el seno de los partidos Conservador y Laborista, profundamente divididos, no pueden ser la razón última de un aplazamiento de decisiones acuciantes: la comunicación por el Gobierno británico de que desea abandonar la UE, la aplicación del artículo 50 del Tratado de la Unión y el diseño de un mecanismo de vinculación del Reino Unido a la UE a través seguramente del mercado único, como Noruega y Suiza. Ir por otro camino, no activar el artículo 50, “sería bastante dañino”, dice Grégory Claeys, del think tank alemán Bruegel; eso mismo piensan el presidente de Francia, François Hollande, y la cancillera de Alemania, Angela Merkel, que inmediatamente después del triunfo del brexit fue cautelosa en exceso.

A la cumbre informal del 16 de septiembre en Bratislava, anunciada por Donald Tusk, es de desear que los jefes de Estado y de Gobierno lleguen con el ánimo resuelto para no convertir la salida británica en una subasta a la baja de las condiciones para pertenecer al mercado único. Los 27 están políticamente obligados a transmitir la imagen de unidad que tantas veces se ha echado en falta, pero están también obligados en el plano económico a serenar los mercados y a dar garantías de que el brexit será un proceso ordenado, sin improvisaciones y sin gestos oportunistas. Marek Dabrowski, profesor de la London School of Economics, se cuenta entre los muchos que estiman que la salida no entrañará ningún beneficio para los británicos, pero tampoco para los europeos, y solo un proceso pautado puede limitar los daños (nunca eliminarlos).

Esta es la realidad: los daños son inevitables y cuantificarlos de antemano es francamente aventurado. ¿Por qué, entonces, ganó el brexit? ¿Por qué tantas falsas hipótesis de independencia nacional sedujeron a la mayoría de Inglaterra y Gales? ¿Dónde radica el poder de atracción de personajes tan poco convencionales como Boris Johnson y Nigel Farage? ¿Por qué sigue viva en las islas la impresión de que el invento europeo no es cosa suya? Al buscar respuestas se mezclan los tópicos del british way of life con el peso de la historia, la cercanía de lo que fue el Reino Unido y ya no es, la convicción británica desde antiguo de que es preferible arbitrar en las disputas continentales antes que participar en ellas y la sensación cada vez mayor en la Inglaterra profunda de que la cultura propia corre grave riesgo de disolverse en un magma multicultural, impresión agrandada por la crisis de los refugiados. Nada de todo ello remite a la economía, al pulso de la City, alterado por el brexit, salvo quizá la supervivencia de la libra, tan seña de identidad para muchos británicos como la monarquía o la Premier League.

Este es un buen caldo de cultivo para el desarrollo de los populismos. Hans Kundnani, de la German Marshall Found, sostiene en The New York Times que “estamos en territorio desconocido”, y reprocha a los gestores europeos haber insistido en la integración, mientras la opinión pública –la británica ahora– no se reconoce en el andamiaje, no acierta a comprender por qué debe someterse a una estructura de poder confusa y con evidentes déficits democráticos. Pero ese arrepentimiento o congoja poselectoral de algunos o bastantes de los que apoyaron el brexit en las urnas pone de manifiesto la confusión sembrada por la demagogia antieuropeísta, que ha llevado los europeos, continentales e insulares, a preguntarse sin obtener respuesta: ¿en qué incierto desafío nos han metido?

 

 

El ‘Brexit’ siembra el pánico

La Unión Europea se tienta la ropa conforme se acerca el 23 de junio, esa fecha fatídica o punto de inflexión o de no retorno, depende de cómo se mire. El Brexit ha puesto las bolsas en un grito, ha desencadenado sombríos vaticinios en las finanzas mundiales si el Reino Unido deja la UE y ha movilizado a todo el mundo –instituciones, políticos, medios de comunicación– para evitar que las urnas confirmen las encuestas, según las cuales son mayoría los partidarios de la salida. Cómo afectará o corregirá el pronóstico la muerte de la diputada laborista Jo Cox a manos de un presunto ultra –Gran Bretaña primero– con problemas psíquicos es algo que escapa a los modelos matemáticos y a los análisis demoscópicos, y lleva quizá la campaña hacia los sentimientos a flor de piel, tan poco medibles.

El choque incruento de dos flotillas en aguas del Támesis, a favor y en contra de seguir en la UE, la refriega en los periódicos alentada por Rupert Murdoch, eurófobo sin fisuras, la reacción previsora de los técnicos del Banco de Inglaterra y del Banco Central Europeo para hacer efectivo un plan de choque si vence el Brexit, la intranquilizante política de recortes presupuestarios que anuncia George Osborne, el éxito de Nigel Farage, tan enaltecido por Murdoch, configuran un panorama desasosegante y, al mismo tiempo, bastante apegado a las tradiciones políticas británicas: nosotros y el continente; sus disputas y nuestra disposición a arbitrarlas. Y, a renglón seguido, el debate sobre la pertenencia a la UE pone de manifiesto la fractura de una sociedad en la que, en términos generales, los jóvenes (políticamente poco activos) se inclinan por quedarse y las generaciones que los precedieron (más resueltas a ir a votar) se sienten atraídas por el repliegue, por reconquistar los atributos de soberanía del pasado y contemplar las refriegas entre europeos desde la orilla norte del canal.

Claro que la crisis de identidad no es solo británica, también es europea o de la Unión Europea para mayor precisión. Porque al plantear siquiera la posibilidad de dejar la organización, el Reino Unido deja al descubierto la debilidad estructural o la descohesión que mina el proyecto político. Para los europeístas que, no sin cierta ingenuidad, creían que la adhesión a la EU era una carretera de sentido único, cuanto ahora sucede los coloca ante la evidencia de que nada es para siempre, y menos en política: es posible salir de la EU sean cuales sean los costes que tal operación puede conllevar. No solo eso: el europeísmo y la necesidad de pertenecer a una organización política –no solo económica– paneuropea han dejado de ser anhelos ampliamente mayoritarios (cuando menos, hay una minoría de disidentes o desafectos cada vez mayor).

Las conclusiones que pudieron sacar los electores británicos del referéndum de Escocia del 2014 apenas valen ahora. Si entonces se dijo que los beneficios y los perjuicios de la independencia inclinaron el voto del lado unionista, hoy ese cálculo pesa poco. A pesar de la caída de la cotización de la libra, de la alarma de los bancos, del apoyo de muchas grandes empresas a seguir en la UE, de la intranquilidad de la City, la mezcla de nacionalismo trasnochado y hartazgo con Bruselas se ha adueñado del escenario con evidente desparpajo. Aunque, como escribe Dominique Moisi y proclama el laborista Gordon Brown, “en realidad, el Reino Unido no tiene otra vía que seguir en la UE si desea asegurarse un porvenir digno de su pasado”. No tiene otro camino pensando incluso en la más que posible reacción que puede suscitar el Brexit en la sociedad escocesa, manifiestamente proeuropea, que muy probablemente exigirá poner de nuevo a votación la independencia para, de lograrla, iniciar de inmediato los trámites para ingresar en la UE.

En el compromiso de David Cameron de convocar un referéndum hubo siempre cierta disposición al desafío, aunque en su partido los síntomas de división eran más que manifiestos. Para muchos conservadores, fue un trago amargo acudir a la UE en 1973, aunque Edward Heath, el firmante de la adhesión, era uno de los suyos. Aquellos conservadores de hace más de cuarenta años que, al igual que muchos de sus compatriotas, seguían pensando como la mayoría de sus más ilustres antepasados que el galimatías o crucigrama continental era mejor observarlo y tutelarlo desde fuera, aquellos conservadores que vieron en la política de Heath un gesto de debilidad, son los padres de este otro galimatías o crucigrama de hoy. Cuatro décadas largas no son nada en términos históricos para cambiar una mentalidad política de siglos, y lo cierto es que el Reino Unido nunca se ha sentido cómodo en la UE, sumergido en las querellas de familia a las que tan habituado está el continente; nunca ha aceptado de buen grado que sus instituciones estén a merced de una superestructura política radicada en Bruselas no siempre descifrable.

Aun así, la cuestión o el asunto que se dilucidará el día 23 no será solo el ser o no ser británico en la Unión Europea, sino también el de la Unión Europea misma. El dilema shakespeariano no afectará solo al futuro del Reino Unido, sino también al del proyecto europeo. Abierta la veda de la fuga, nadie puede prever quiénes serán los siguientes en abandonar el barco o, al menos, en someter el caso a consulta a causa de la presión euroescéptica. Puede que no surjan imitadores, pero si aparece alguno –¿Dinamarca?, ¿Holanda?–, puede animar a otros o abrir otra veda, la de las adhesiones a la carta mediante la revisión de las vigentes, que es justo el camino contrario al favorecido por las llamadas cooperaciones reforzadas, que debían estimular la cohesión económica y política, y atraer a la larga a los europeístas más tibios.

Durante la campaña de las europeas de 1989, el politólogo Maurice Duverger, que salió elegido en una lista socialista, insistió varias veces en la necesidad de construir la europeidad poco a poco, con suavidad. Pensaba, seguramente con razón, que cualquier atajo podía alarmar a los custodios de los atributos de la nación, pero daba por descontado que no había socios dispuestos a retirarse, sino más bien una mayoría ansiosa de avanzar en un sentido unitario. Puede que así fuese entonces, incluso aceptando la propensión al escepticismo europeísta de las islas, pero es más aventurado suponer que los disidentes eran poco menos que una facción marginal. La cultura política del Estado-nación, tan difundida y alentada, era entonces tan sólida como ahora, se conservaba intacta y cobijaba en su seno los odios étnicos, el chovinismo nacionalista, los regionalismos y otros desafueros que justifican el pesimismo de George Steiner en La idea de Europa más que el optimismo de Mario Vargas Llosa en el prólogo a la edición española del libro.

Quizá incluso Cameron, con su carrera y liderazgo tan comprometidos, sea un euroescéptico, pragmático, eso sí. Porque si no fuese un europeísta accidental, habría hecho hincapié en la unidad de Europa como proyecto político, pero cuanto ha dicho y reiterado en campaña ha sido anunciar un apocalipsis económico si gana el Brexit, sin internarse en otros campos que le incomodan o por los que no quiere transitar. Porque si no fuese un europeísta a su pesar, forzado por las circunstancias, hubiese invertido más tiempo en europeizar a la opinión pública británica y bastante menos en renegociar los términos de la pertenencia a la UE, siempre tan en discusión, como si permanecer en ella fuese una necesidad ineludible, pero no un deseo. Que, por cierto, para Jo Cox sí lo era.

Rusia regresa a las esencias

Las maniobras de la OTAN en Polonia han dado renovados bríos al léxico de la guerra fría, tantas veces enterrada. Frente a la idea más común de que la atmósfera de recelos y confrontación entre el Este y el Oeste se desvaneció en el momento en que la URSS dejó de existir y el modelo occidental ganó el envite, se alza la realidad: la reaparición de formas bastante abruptas en las relaciones de dos mundos poco o nada reconciliados. Frente a la estrategia de la OTAN de llevar sus fronteras hasta el límite occidental de Rusia se alza el renacimiento de un nacionalismo ruso que otorga a Vladimir Putin los atributos de guía predestinado que en el pasado, por diferentes razones, fueron patrimonio de los grandes líderes de la consolidación de Rusia, primero, y de la URSS, después.

¿O no hubo tal consolidación y el universo ruso no dejó de emitir señales de debilidad incluso en sus periodos más resplandecientes? Esa es la tesis que sostiene Stephen Kotkin, profesor de las universidades de Princeton y Stanford, en el último número de Foreign Affairs, idea reforzada a partir de diciembre de 1991 por una menor influencia a causa del desmoronamiento soviético, la pérdida de territorios, la adhesión a la OTAN de los antiguos aliados y de las pequeñas repúblicas bálticas (antes parte de la URSS), la frecuente marginación en las crisis internacionales y, en última instancia, por las dificultades económicas derivadas de las sanciones impuestas por Occidente y por el hundimiento de los precios del petróleo. Pero también por la sensación de vulnerabilidad o de acoso provocada por el despliegue del escudo antimisiles, por su relativa incomparecencia en las crisis encadenadas en Oriente Próximo hasta que decidió intervenir en Siria y por su ausencia de Asia central, salvo unas pocas bases militares.

Si es una constante histórica de Rusia por los menos desde Pedro el Grande (siglos XVII y XVIII), sino antes, que se pregunte a sí misma cuáles deben ser sus límites, hoy es cada vez más frecuente plantear una segunda incógnita: ¿a partir de qué momento la seguridad del país está en juego? Que en ambos casos el nacionalismo sea el punto de partida ideológico no quita importancia a esa especie de duda existencial permanente que Putin ha puesto al día y que su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, ha resumido en una sola frase: “No ocultamos nuestra actitud negativa al movimiento de infraestructura militar de la OTAN hacia nuestras fronteras y a la inclusión de nuevos estados [Suecia, Finlandia y Ucrania] en la actividad militar del bloque”.

No es menor la importancia de la OTAN en la configuración de ese escenario de referencia. Desde la anexión de Crimea por Rusia y la guerra en Ucrania, ahora en fase letárgica, el cálculo de riesgos elaborado por Estados Unidos y sus aliados se concentra en las tres repúblicas bálticas y en el flanco sur. Ese es el análisis de los generales que, al mismo tiempo, niegan que el escudo antimisiles debilite la capacidad de disuasión del arsenal estratégico ruso (armas nucleares), una opinión diametralmente diferente a la manifestada por los analistas del Kremlin.

El multilateralismo practicado por la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama tampoco es ajeno al éxito de Putin como defensor de las esencias, de una determinada concepción de la Rusia eterna o de la santa Rusia, citada a menudo por el clero ortodoxo y bendecida por él. Con razón o sin ella, los dirigentes rusos se han sentido marginados en la revisión del sistema de relaciones internacionales, han recordado la debilidad enfermiza del país en tiempos de Boris Yeltsin y su repliegue de todas partes y a toda prisa y han optado por prometer a la opinión pública que la Rusia inexpugnable está de vuelta. Favorecido todo por un fenómeno de despolitización de la calle, que acepta sin asomo de duda un proyecto de renacimiento nacional que, por lo demás, debiera ser compatible con una economía aquejada de anemia y minada por la corrupción. “Ahora las autoridades creen que no tienen necesidad de cambiar sus políticas a no ser que la popularidad de Putin caiga dramáticamente. Pero es precisamente su profunda aversión a cambiar lo que mantiene altos estos índices”, ha escrito Gleb Pavlovsky en The Moscow Times.

Al mismo tiempo que no son pocos los análisis relativos a la viabilidad futura de la política de Putin, una sociedad conservadora y que en el pasado se sintió humillada cree llegado el momento de recuperar el tiempo perdido, y esa nueva guerra fría o diplomacia fría con Occidente le parece la mejor señal de que el presidente hace lo debido. Los éxitos alcanzados por la aviación rusa en apoyo del régimen de Bashar al Asad, el derribo de un caza que violó el espacio aéreo turco, las medidas anunciadas por Lavrov, aunque no detalladas, para contrarrestar las maniobras en Polonia son episodios que dan pie a una permanente política de las emociones y evitan hacer frente a datos tan definitivos y determinantes como que el PIB nominal ruso equivale a la trigésima parte de los 36 billones de dólares que suman Estados Unidos y la Unión Europea.

“Rusia lleva razón al pensar que la posguerra fría fue desequilibrada, incluso injusta. Pero no fue a causa de ninguna humillación intencionada o traición. Fue el resultado inevitable de la victoria decisiva de Occidente en la contienda con la Unión Soviética. En una rivalidad multidimensional global –política, económica, cultural, tecnológica y militar–, la Unión Soviética perdió en todos los ámbitos”, subraya Stephen Kotkin. Pero son justamente los desequilibrios que llevaron a la humillación, fuese o no intencionada, los que han permitido a Putin ser la última encarnación del nacionalismo y han animado a los nuevos teóricos del eurasianismo, doctrina o escuela que ni considera europea ni asiática la cultura rusa, sino una fusión de ambas. Lo que lleva directamente a considerar acuciante la necesidad de que la relación de Rusia con su entorno no se atenga a la lógica europea, sino que sea independiente de esta y le discuta la hegemonía. Con maniobras o sin ellas; vaya la economía mejor o peor.

La extenuación saharaui

La muerte de Mohamed Abdelaziz, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), devuelve a un lugar destacado el tan a menudo olvidado conflicto del Sáhara Occidental, que se remonta a 1975. Ninguna de las iniciativas promovidas por la comunidad internacional para rescatar al pueblo saharaui de la vida precaria en los campos de refugiados de Tinduf (Argelia) ha desatascado un conflicto que Marruecos, de facto, da por amortizado, y sucesivos gobiernos argelinos han sustentado como parte de su disposición a mantener la vigencia de su enfrentamiento con Marruecos. Tampoco han sido especialmente fructíferos los intentos de varios gobiernos españoles de mediar en el conflicto, y demasiadas veces la política de las emociones se ha impuesto a la de los hechos, al dato ineludible de que 40 años de resistencia no han aportado mejoras reconocibles a los saharauis acampados en el desierto.

Como ha explicado Beatriz Mesa en EL PERIÓDICO, la estrategia política del Frente Polisario, fundado en 1973, emite señales de agotamiento, defrauda desde hace tiempo a una parte importante de la juventud saharaui y ha perdido el prestigio del que gozó en el pasado. El anquilosamiento de las estructuras del movimiento y la voluntad de sus dirigentes de perpetuarse en el poder han inducido cada día a más refugiados a preguntarse qué sentido tiene seguir en el desierto si, a la hora de la verdad, la posibilidad de que se celebre un referéndum de autodeterminación forma parte de los sueños irrealizables. Dicho de otra forma: a qué puerto de llegada conduce encastillarse en la reivindicación de la independencia.

Aunque la Unión Africana ha reconocido a la RASD, la causa saharaui despierta simpatías en Europa, singularmente en España, y los programas sociales sirven para atenuar los efectos del exilio, lo cierto es que el bloqueo de la situación, las relaciones de Marruecos con España y los argumentos a favor de la anexión esgrimidos por el grueso de la comunidad académica y de los intelectuales marroquís apenas dejan margen de maniobra. Un autor tan relevante de la cultura marroquí de expresión francesa como Tahar ben Jelloun ha escrito: “Cada vez que Marruecos propone una solución, es seguro que Argelia se opondrá. Este escenario simplista es desgraciadamente cierto. Lo que está en juego en este caso no es ni la autodeterminación del pueblo saharaui, que vive bajo la presión de Argelia en las tiendas de Tinduf, ni el respeto a los principios y valores democráticos, sino el rechazo sistemático a lo que es Marruecos: un vecino incómodo al que no se puede mover de sitio”.

Incluso admitiendo que el parecer de Ben Jelloun es discutible, y que recoge en todos sus extremos la posición de palacio y de todos los gobiernos de Rabat desde 1975, hay en la opinión pública marroquí un sentimiento poco menos que unánime en cuanto a la pertenencia histórica del Sáhara Occidental al reino. Más allá de la fantasía desbocada que invoca el gran Marruecos que existió en un pasado del todo confuso, ha arraigado la sensación de que la salida al conflicto saharaui debe buscarse en formas que excluyan la independencia y garanticen, al mismo tiempo, que los acampados en Tinduf no serán absorbidos o asimilados y su cultura no se disolverá en el entramado sociopolítico marroquí. Otros caminos son teóricamente posibles, pero no se adivina quiénes pueden forzar la situación para que sean viables y para que Marruecos se resigne, llegado el caso, a perder la gestión de los recursos naturales –fosfatos, pesca y otros– de la excolonia española.

La multiplicación de declaraciones, resoluciones, gestiones diplomáticas con participación de nombres de peso como el de James Baker, idas y venidas de los líderes saharauis y toda clase de campañas internacionales han tenido una eficacia que tiende a cero. Es más que posible que los argumentos morales estén del lado de los saharauis, pero estos son insuficientes para desenredar la madeja según se puede comprobar. No falta razón a quienes entienden que el pueblo saharaui fue víctima de un doble atropello: el de una descolonización sin garantías por parte de España y el causado por Hasán II al poner en movimiento una multitud para ocupar el territorio, pero la comunidad internacional se puso de perfil y las reglas de juego de la guerra hicieron el resto. Que luego la ONU concluyera que no podía considerarse a Marruecos potencia administradora tuvo tanto valor jurídico como nulos efectos prácticos.

Al mismo tiempo, es perfectamente reconocible la utilización del conflicto por Argelia y, por tal razón, el porvenir incierto que aguarda a los instalados en campos de refugiados. La protección argelina de la causa saharaui responde a intereses reseñables relacionados con la influencia regional, con las ventas de petróleo y gas como armas de presión sobre terceros y como método para contrapesar la importancia de Marruecos en términos de seguridad (control del yihadismo en el Magreb) y de atenuación de los flujos migratorios. Esa lógica argelina responde a las necesidades y al cálculo de riesgos de hoy, que pueden no ser los de un futuro lleno de incógnitas a causa del cambio generacional que se avecina en los pasillos del poder en Argel y del ocaso del presidente Abdelaziz Buteflika.

La alternativa autonomista, denostada por los ideólogos de la independencia, queda lejos de los objetivos iniciales de la resistencia, pero se antoja factible, que no fácil. Desde que el 21 de abril del 2008, Peter van Walsum, enviado especial del secretario general de la ONU, declaró que “un Sáhara Occidental independiente no es una proposición realista”, ha ganado enteros la opción autonomista y se ha debilitado la de la autodeterminación, con la consiguiente controversia interna en el seno de la comunidad saharaui entre los jóvenes que propugnan romper la tregua de 1991 y volver a las armas y los que forman en el bando partidario de aceptar la autonomía como la solución menos mala para disfrutar de condiciones de vida dignas y despejar el camino a las generaciones venideras. Ni siquiera el rebrote de la resistencia en el 2010 ha modificado los términos de estos dos enfoques excluyentes y que entrañan el riesgo cierto de fractura en la sociedad saharaui.

Se dan en el conflicto del Sáhara Occidental factores históricos que sustentan el deseo de lograr la independencia, pero hay demasiados datos que operan en su contra: debilidad demográfica –cerca de 600.000 habitantes–, ensimismamiento de la RASD, el sistema de alianzas de Marruecos, la atonía argelina y varios factores de índole económica. Frente a ese marco de referencia, tienen menos importancia efectiva a cada año que pasa las discusiones sobre la legitimidad de la ocupación marroquí a partir de la Marcha Verde (1975), de la guerra, del alto el fuego y de la división del territorio mediante una barrera defensiva que se extiende de norte a sur. Y, al mismo tiempo, son cada día más los saharauis que no han conocido otro hogar que campamentos en medio del desierto, educados en una cultura de la resistencia agotadora y sin más horizonte que subsistir en medio de la nada desde hace 40 extenuantes años. El precio pagado parece demasiado alto como para no rectificar el rumbo aunque se tenga razón.