La visita del Papa a Cuba defrauda a la disidencia

La estancia del papa Benedicto XVI en Cuba ha decepcionado a la disidencia en igual medida que no ha causado mayores incomodidades al régimen. El minuto concedido a Fidel Castro y negado a las Damas de Blanco quizá sea fruto del realismo abrumador de la diplomacia vaticana, pero el resultado final de la visita a la isla ha quedado bastante lejos de la sensación de cambio de ciclo –real o no– que dejó Juan Pablo II hace 14 años. La contención del Papa en todas las referencias a los presos y a la disidencia, salvo mientras volaba de Italia a México –“el comunismo ya no funciona en Cuba”–, han conferido a las tres jornadas un sesgo esencialmente pastoral, criticado por el exilio de Miami y lamentado en la red por la oposición de todos los colores que vive en Cuba.

Para esta oposición interior, con un componente católico centrista nada despreciable, tuvo un indudable impacto emocional el artículo firmado por Castro en el que dio cuenta de que iba entrevistarse con el Papa. El texto, cercano al de algunos teólogos de la liberación sin compromisos de poder ni ataduras políticas, sorprendió a muchos, aun conociendo la formación religiosa del comandante, educado en un colegio de jesuitas. “Fueron las experiencias vividas durante más de 15 años –escribió Castro– desde el triunfo de la revolución cubana (…) cuando llegué a la convicción de que marxistas y cristianos sinceros, de los cuales había conocido muchos, con independencia de sus creencias políticas y religiosas, debían y podían luchar por la justicia y la paz entre los seres humanos”.

El complemento a este punto de partida de Castro fue el planteamiento que el Papa dio a sus jornadas caribeñas, más acorde con lo conseguido por la Iglesia –la liberación de presos políticos gracias a la mediación del cardenal Jaime Ortega y del secretario de Estado, Tarcisio Bertone; la mejora del estatus de la jerarquía y la presencia del credo católico en la vida cotidiana– que con lo esperado por los adversarios del régimen. De ahí que mientras L’Osservatore Romano subrayó los ingredientes meramente eclesiales del viaje, los blogs de la disidencia proyectaron hacia el exterior la imagen de una oposición que se siente defraudada cuando no dolida. Y muchos de ellos se preocuparon de recoger la carta enviada al Papa por Lech Walesa, fundador de Solidaridad, expresidente de Polonia y altavoz del pensamiento político de Juan Pablo II: “Suplico a Vuestra Santidad que interceda por los que, a causa de sus convicciones, caen en las prisiones. Le ruego a Vuestra Santidad que tome la defensa de estos cubanos que al reclamar la libertad se arriesgan a persecuciones y vejaciones”.

En los días previos a la llegada de Benedicto XVI a Santiago de Cuba, otros prefirieron resaltar la predisposición acomodaticia de la jerarquía. Myriam Márquez escribió en The Miami Herald, caja de resonancia en inglés del exilio cubano: “Juan Pablo II, que vivió bajo el comunismo en Polonia cuando era sacerdote, trajo la esperanza hace 14 años, aunque no pudo dar la libertad a los cubanos. Casi una generación más tarde, el espacio que la Iglesia ha sabido ganarse está sujeto al perfeccionamiento del régimen”. Más de lo mismo en el análisis de Gina Montaner en El Nuevo Herald, clon en español de The Miami Herald: “Hoy la consigna del arzobispo Jaime Ortega es la de no contrariar al Gobierno y se ha notado en las semanas previas a la visita de Ratzinger. A diferencia de otros lugares (…) los activistas que se han encerrado en las iglesias para protestar por la violación de los derechos humanos han sido desalojados por la policía política con la mediación eclesiástica”.

Una vez más, la defensa de un espacio propio y la competencia entre confesiones –la santería, las iglesias evangélicas, una variopinta gama de credos a la carta– aparecieron en la línea argumental de Montaner, vistiendo en este caso los ropajes del márketing y la conquista de mercados. Una imagen tan sorprendente como rotunda dirigida a unos auditorios educados en gran medida en la tradición católica: “Si alguna vez la Iglesia estuvo cerca de la causa de pueblos azotados por la violencia y la opresión, queda poco de esa piedra angular que fundó San Pedro. Sus estrategias pueden llegar a confundirse con las de un holding que busca desesperadamente clientes”.

Aunque el símil del holding no es el más feliz de todos los posibles, lo cierto es que tanto el cardenal Ortega en Cuba como la jerarquía vaticana han llegado a la conclusión de que es el momento de que la Iglesia consolide espacios de influencia más allá de la brega política diaria, que adjudica a los clérigos católicos el papel de intermediarios en la dialéctica Gobierno-oposición. Estos espacios de influencia remiten a una presencia pública más visible de los católicos en todas partes, incluido el ámbito de la educación. Las formas versallescas observadas por el cardenal, y correspondidas sin reservas por Raúl Castro y su entorno, apuntan a este objetivo a medio plazo en el seno de un proceso de reformas en el que el aggiornamento de la economía para superar la quiebra del Estado es improbable que alcance a la política más allá de lo estrictamente cosmético.

De ahí la alarma apenas disimulada de Yoani Sánchez, impulsora del blog Generación Y y voz respetada de la oposición cubana, unos días antes de que el Papa llegara a la isla: “En sus ojos está la capacidad de darse cuenta de que entre los fieles reunidos en las plazas faltan numerosas ovejas del rebaño cubano que han sido impedidas de llegar hasta las cercanías de su báculo. En sus oídos está la decisión de escuchar otras voces más allá de las oficiales o de las estrictamente pastorales (…) En sus manos, en su voz, en sus oídos queda entonces el confirmarnos que comprende lo trascendental del momento”. Una alarma expresada en términos parecidos a la del periodista disidente Reinaldo Escobar: Resulta cuando menos paradójico que la Seguridad del Estado actúe como si tuviera la convicción de que las autoridades eclesiásticas no van a protestar  (por la actuación contra las Damas de Blanco)”.

Deducir de esta serie de opiniones que se trata de una decepción circunscrita a la disidencia militante resultaría por lo menos precipitado. Basta comprobarlo con un texto tan poco sospechoso como el editorial del periódico progresista francés Le Monde, fechado el día 28, significativamente titulado La muy pastoral visita de Benedicto XVI a Cuba: “Benedicto XVI no es Juan Pablo II, sus misiones son diferentes y los tiempos han cambiado. Esta vez, otro arzobispo, el de San Cristóbal de La Habana, monseñor Jaime Lucas Ortega, ha dibujado un cuadro casi idílico de la situación cubana en una entrevista en L’Osservatore Romano, el periódico del Vaticano. La jerarquía religiosa cubana, que ha obtenido estos últimos años la liberación de numerosos detenidos, busca ahora reforzar su implicación en la sociedad y en la enseñanza”.

La pregunta ausente del debate es esta: ¿cabía un planteamiento más agresivo del viaje? O, más aún: ¿se hubiese producido el viaje en el caso de prepararse de forma más agresiva? De la misma manera que tiene sentido preguntarse si mereció la pena una visita tan acotada por la corrección política. Y al formular esta última pregunta y buscar respuestas en las filas de la oposición al régimen, no hay forma de dar con alguna que sostenga que, a tenor de lo sucedido, hubiese sido mejor que el Papa volara directamente de México a Roma sin hacer escala en Cuba.

Un posible ataque contra Irán alarma a intelectuales israelís

La conmoción causada por la tragedia del colegio de Toulouse ha conferido un valor especial a las preocupaciones expresadas durante los últimos tiempos por tres eminentes escritores israelís, referencia forzosa en la literatura y en la ética política en el seno de un conflicto inacabable. Abraham B. Yehoshua (Jerusalén 1936), David Grossman (Jerusalén, 1954) y Amos Oz (Jerusalén, 1939) han levantado su voz para advertir de los peligros que impregnan el debate apasionado provocado por el deseo de Irán de poseer la bomba atómica. Un debate dominado por voces conservadoras –la del AIPAC, lobi judío de Estados Unidos; la del primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahu– que han ahogado opiniones más contenidas como las de la organización J Street, Paz Ahora y otras, y que quizá han radicalizado en algún momento el discurso de la Casa Blanca y del Departamento de Estado más allá de lo aconsejable en año electoral.

 

Grossman, Yehoshua y Oz.

De izquierda a derecha, David Grossman, Amos Oz y Abraham B. Yehoshua.

Los tres temen que los generales impongan su criterio en un ambiente dominado por la emotividad del momento, el relato interesado del pueblo permanentemente acosado y la creencia tradicional de que Israel no se puede permitir una sola derrota en el campo de batalla si quiere sobrevivir a todas las amenazas que le acechan. Los tres creen que hay otras vías para afrontar el desafío iraní. “Hay otra forma de neutralizar la amenaza iraní, una que es al mismo tiempo más apropiada y más normal: un acuerdo de paz con los palestinos”, ha declarado Yehoshua al periódico Haaretz, el más alejado de las posiciones oficiales del Gobierno israelí y también el más respetado. “Podríamos destruir la oportunidad de la paz para varias generaciones”, ha escrito Grossman, alarmado ante la posibilidad de una operación de castigo contra las instalaciones iranís destinadas a producir combustible –¿munición?– nuclear. “No estoy preocupado, sino que tengo miedo. Estoy viendo procesos y tendencias que amenazan todo lo que yo aprecio. También la existencia del Estado de Israel”, ha declarado Oz.

El caso es que mientras una parte de la sociedad israelí se moviliza para ahuyentar el fantasma de la guerra, otra suma su voz a la de los estrategas que calculan hasta qué punto es posible una acción de castigo efectiva contra Irán. Para los partidarios de entrar en acción, importa menos preguntarse por la conveniencia de intervenir que por la efectividad de la intervención. Se trata de un asunto no menor, porque la oportunidad o no del recurso a las armas depende en gran medida de que, al día siguiente, los resultados obtenidos justifiquen el paso dado. Este es el planteamiento de los analistas que, como los requeridos por la revista Foreign Affairs a favor y en contra de la intervención, confieren tanta importancia al eventual debilitamiento militar de la república de los ayatolás como al más que probable reforzamiento de los clérigos ante una opinión pública que resultaría conmocionada por un ataque.

“A Israel no le gustaría que lo vieran como el que echó a perder una solución diplomática a una disputa que, en cualquier caso, no se puede resolver solo por medios militares”, sostuvo en el 2010 Shlomo ben Ami, exministro de Asuntos Exteriores extremadamente crítico con el derrotero belicista del Gobierno de Netanyahu. Ben Ami se cuenta entre los intelectuales conmovidos por la comparación entre la Alemania nazi y la teocracia iraní puesta en circulación por el primer ministro y algunos de sus ministros más conservadores, un recurso a la sal gruesa que falta al respeto debido a la memoria de los mártires  de la Shoa. “Cualquiera que compara el Irán de hoy con Hitler, e Israel con Auschwitz, perpetra un acto que es antisionista y demagógico”, dice Oz. “Irán no es la Alemania nazi: no con respecto a su régimen político, no con respecto a su ideología y ciertamente no con respecto a sus capacidades económica y militar”, dice Yehoshua.

Estas declaraciones, preñadas de realismo, debieran ser innecesarias en la madeja de conflictos que tienen desquiciadas a las sociedades de los Orientes Próximo y Medio, desde las playas de Líbano e Israel hasta el corazón de Asia. Pero hace falta que se repitan todos los días, incluso cuando, como hace Grossman, prefiere reconocer la existencia de una situación de riesgo: “Ya existe un equilibrio de terror entre Israel e Irán. Los iranís han anunciado que tienen cientos de misiles apuntados contra ciudades israelís, y es de suponer que Israel no está de brazos cruzados. Este equilibrio de terror, dicen los expertos, abarca armas no convencionales, biológicas y químicas. Hasta ahora, nunca se ha roto”. Un artículo de Grossman en el último número de la publicación mensual progresista estadounidense The Nation insiste en la fuerza de lo poco menos que inevitable: “No quiero que Irán tenga armas nucleares, pero pienso que si las sanciones no dan resultado, Israel y el resto del mundo, desgraciadamente, tendrán que vivir con ello”. El criterio de Grossman es especialmente respetable y respetado porque ni siquiera la muerte de su hijo en la guerra del Líbano del 2006 le ha desviado del camino que se trazó mucho antes.

¿Son voces solitarias las de los intelectuales citados hasta aquí? Desde luego que no. Salvo en las mesas camilla del Tea Party y aledaños, donde las respuestas contundentes son las únicas que se barajan, en el mundo académico y en el establishment político de Estados Unidos son muchos los que ponen en tela de juicio la conveniencia de recurrir a una operación militar. El error estratégico cometido en Irak y las consecuencias que de él se derivaron están presentes en la mayoría de análisis, estimulados incluso por el presidente Barack Obama, que ha reconocido que todas las opciones entran en sus cálculos. El punto de vista de Jonathan Granoff, presidente del Global Security Institute, resume bastante bien qué conviene hacer: “En el periodo previo a la guerra de Irak, las voces de quienes se oponían fueron ignoradas por los medios de comunicación. Ahora, con los tambores de guerra contra Irán en aumento, que defienden su eficacia para mejorar la seguridad, las opciones no militares de resolución de conflictos no deben desoírse  de manera similar. Es hora de que nuestros líderes y nuestros medios de comunicación pongan también estas opciones sobre la mesa”. No hacerlo puede ser dramáticamente imprudente.

Karzai estimula las ganas de salir de Afganistán cuanto antes

La degradación de la imagen de Estados Unidos a ojos afganos adquirió los atributos de una tragedia cuando un soldado dio muerte a sangre fría a 16 personas, la mayoría mujeres y niños, el día 11 en las inmediaciones de Kandahar. Sucedió poco después de otro episodio injustificable, la quema de ejemplares del Corán en la base de Bagram, y algunas semanas más tarde de que unos soldados orinaran sobre los cadáveres de varios talibanes. La agitación que ha seguido a cada uno de estos episodios ha alarmado tanto a los ocupantes –la ISAF, encabezada por Estados Unidos–, como al Gobierno afgano, de una debilidad a menudo patética. Porque si, desde hace años, se ha abandonado la idea de regenerar el Estado y liquidar la posibilidad de que regresen los talibanes, ahora son cada vez más los que discuten la necesidad de permanecer allí hasta finales del 2014, con los posibles costes de todo tipo que conllevará prolongar la agonía de una misión sin horizontes.

En realidad, habría que decir sin horizontes, pero con enormes riesgos potenciales así que la ISAF dé su misión por terminada. Henry Kissinger  publicó en junio del año pasado un artículo en el diario The Washington Post en el cual adelantó alguno de estos riesgos: “Sin un acuerdo sostenible que defina el papel de la seguridad regional en Afganistán, cada vecino importante apoyará a las facciones rivales a través de antiguas líneas étnicas y sectarias, y estará obligado a responder a crisis inevitables bajo la presión de los acontecimientos. Esa es una fórmula para un conflicto más amplio. Afganistán podría desempeñar así el papel de los Balcanes antes de la Primera Guerra Mundial”. De lo que es fácil deducir que Kissinger no es partidario de abandonar el avispero a toda prisa.

Otros sí lo son. Por lo menos, no les parece una hipótesis descabellada, ni siquiera en el seno del Ejército. Basta con leer lo que sigue, publicado en Stars and Stripes, el periódico oficial de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos: “Los incidentes plantean la cuestión de si el anuncio del 2014 como la fecha para la retirada de Afganistán, hecho por la Casa Blanca, que se vio como un rápido fin de la guerra, es ahora demasiado lento para una misión que algunos críticos afirman que está fuera de control”. Supuesto que la publicación no da puntada sin hilo, es de imaginar que en el Pentágono deben ser bastantes los que piensan que la aventura afgana no da más de sí. Son los mismos que, después de una fase de denodados esfuerzos para controlar el territorio, prefirieron atenerse a objetivos más realistas: garantizar la propia seguridad y llegar a acuerdos con los señores de la guerra para evitar la multiplicación de conflictos locales.

Lo que más o menos se pregunta todo el mundo es qué resultados arrojan las limitadísimas ambiciones de la misión que desempeña la ISAF para prolongarla hasta los últimos días del 2014. John Rentoul, un profesor de la Universidad de Londres, sostiene que solo caben dos alternativas: “repetir las acciones de siempre y esperar un resultado diferente” o dejar Afganistán dentro de un año y “prepararse para entonces”. Lo primero se antoja condenado al fracaso; lo segundo es lo que aconseja un análisis desapasionado de la situación. El Gobierno del presidente Hamid Karzai es demasiado débil y los talibanes son demasiado fuertes como para creer que prolongar la estancia en el país puede cambiar la situación.

¿Desconfianza? ¿Cansancio? ¿Errores de gestión? Un poco de todo más la complejidad de una sociedad sumida en la tradición, el poder de los ejércitos particulares y el apoyo dispensado por las Fuerzas Armadas y los servicios secretos de Pakistán a los islamistas radicales. Brillantes gestores como el general David Petraeus, ahora director de la CIA,  se han tenido que conformar con ocuparse del día a día sin mayores ambiciones, mientras el Departamento de Estado debía aceptar que quizá sí es posible un acuerdo del Gobierno de Karzai con talibanes moderados (?).

Thomas Ruttig, cofundador y codirector del think tank Afghanistan Analysts Network, escribió después del sangriento episodio de Kandahar: “Esta matanza es también un síntoma de una política fracasada. Los superiores del soldado en la esfera política han enviado soldados a Irak y Afganistán en misiones imposibles. Los ejércitos no son simplemente los instrumentos adecuados para el cumplimiento de las tareas que les han encomendado en situaciones como la de Afganistán, con su mezcla de elementos de conflicto y posconflicto: de matar al enemigo a la reconstrucción física (lo que los alemanes llaman trabajos humanitarios con uniforme), de la protección de infraestructuras a la construcción de las instituciones”.

El descenso al caos, expresión que da título de un libro de Ahmed Rashid, uno de los grandes especialistas en Afganistán, fue afrontado por Estados Unidos y sus aliados sin la determinación necesaria para asumir los costes políticos de la operación y el impacto ante la opinión pública. Muy a menudo se presentó la función de los ejércitos desplazados al corazón de Asia como la de oenegés encargadas de rescatar a los afganos de las penalidades de la posguerra. En realidad, la guerra nunca se acabó del todo y el parte de bajas no dejó de aumentar. Tampoco mejoró sustancialmente la relación entre la población afgana y sus supuestos protectores, que antes y después de casos como el de la última matanza descubrieron que los enemigos eran ellos para una población zarandeada por diferentes formas de violencia. “Habíamos encontrado al enemigo y el enemigo éramos nosotros –ha escrito Vittorio Zucconi, director de la edición digital del diario progresista italiano La Repubblica–. Lo que ha sucedido en Afganistán es la consecuencia inevitable de la guerra demencial conducida bajo premisas demenciales (…) La democracia no se exporta, no es un automóvil ni un contenedor de zapatos”.

Conclusiones tan rotundas como la de Zucconi son cada día más frecuentes en los despachos de los estados mayores. El coste de la presencia en Afganistán, unido a la falta de resultados y a los peligros inherentes a una guerra, ha multiplicado a los partidarios de la evacuación. Karzai y su Gobierno, parapetados en Kabul, no piensan en otra cosa porque creen que es la única forma de serenar los ánimos.

 

Las presidenciales de EEUU y Francia alientan el debate sobre el laicismo

La separación de la religión y el Estado, el perfil mismo del Estado laico, se ha colado en las campañas electorales de Estados Unidos y Francia con el vigor y la pasión militante que suele acompañar la controversia histórica entre la manifestación de las creencias y la gestión de los asuntos públicos. Que suceda precisamente en Estados Unidos y en Francia, dos de los estados con una más antigua y arraigada tradición laica, confiere a los debates una mayor significación: los padres fundadores que encabezaron la epopeya nacional de la independencia en las colonias de Nueva Inglaterra dieron al nuevo Estado una Constitución que establece que la religión no puede interferir en la política; en Francia, además de la tradición laica, de muy largo recorrido, la ley aprobada en 1905 consagra la separación entre los ámbitos religioso y civil.

Claro que, en paralelo, se han desarrollado realidades en parte contradictorias con el espíritu de las leyes. La primera es que la estadounidense es la sociedad occidental más apegada a la práctica religiosa y a la influencia intelectual de la religión en la vida cotidiana y en la academia: defensores del creacionismo y del diseño inteligente, telepredicadores a la carta, megachurch en muchos lugares, impugnación permanente de las políticas del cuerpo –anticonceptivos, aborto, eutanasia, uniones homosexuales– y altos índices de asistencia a los oficios religiosos. Nadie puede sorprenderse si luego aparece Rick Santorum, fundamentalista católico, aspirante a la candidatura republicana en las presidenciales de noviembre, y declara que la defensa del laicismo hecha por John F. Kennedy, asimismo católico, en la campaña de 1960, le provoca ganas de vomitar. Resulta tan poco sorprendente que Stanley Fish, profesor de Derecho en varias universidades de Estados Unidos, que se define como un antifundamentalista, ha publicado en el liberal The New York Times una larga digresión con el título Rick Santorum no está loco. Recuerda Fish a respetados jueces como William O. Douglas, que en 1952 formuló la siguiente idea: “Somos un pueblo religioso cuyas instituciones dar por supuesto un ser supremo”. O a otros, como Potter Stewart, que llegó a advertir de la “amenaza de la religión del secularismo”.

El último eslogan de Mitt Romney, que encabeza el recuento de delegados en las primarias celebradas hasta la fecha, se limita a reclamar Más empleos, menos deuda, Gobierno más pequeño, pero él no pierde ocasión de recordar la primera enmienda de la Constitución, que consagra la libertad de expresión y, por esta razón, da por supuesto que autoriza la presencia de la religión en las instituciones. Romney, mormón, fue misionero de esta iglesia en Francia entre 1966 y 1968, y está más cerca de la religiosidad militante que del pragmatismo reformista que exhibió en sus días de gobernador en el estado de Massachusetts. Las convicciones personales, pero también la rentabilidad electoral en la América más conservadora, justifican este comportamiento.

William Kristol, una de las referencias permanentes del pensamiento neocon y muy apegado a la prédica de Santorum, sostiene en The Weekly Standard, de la que es editor: “Santorum necesita ser el portavoz de la gente frente al establishment, del Tea Party frente a la élite del GOP –Grand Old Party–, del espíritu del 2010 frente al espíritu del 2008 (victoria de Barack Obama)”. Aunque Kristol no cita la religión ni impugna explícitamente el Estado laico, la invocación del Tea Party es suficiente. Porque en este movimiento profundamente conservador, que se ha adueñado de la atmósfera de la campaña republicana, el pensamiento de los presidentes James Madison y Thomas Jefferson, recordado constantemente por los partidarios de la tradición laica, es una molesta referencia del pasado. Ni que decir tiene que en el campo republicano nadie se acuerda del reverendo Roger Williams, pastor baptista que en el siglo XVII asentó en el territorio de Rhode Island la separación entre la fe y la política, se pronunció en defensa de la libertad de conciencia y fue el primero en levantar “un muro de separación entre la religión y el Estado”.

Romney no ha conseguido desvanecer la impresión de que es un apparatchik, un genuino representante de la burocracia política de siempre, y ni siquiera su triunfo del martes en seis estados, incluido Ohio, le permite darse un respiro. “Si alguien ganó el supermartes, fue –por los pelos– Rick Santorum en virtud de sus victorias en Tennessee y Oklahoma, y su magnífico resultado en Ohio (38% para Romney, 37% para Santorum)”, ha escrito en el semanario liberal Newsweek Michael Tomasky. ¿En qué se basa el analista para considerar ganador a Santorum? En que ahora vienen las primarias de Alabama, Mississippi, Kansas y Missouri, donde la vertiente religiosa, unida a la defensa del Estado pequeño, rendirán más intereses que entre los blues collar de la industriosa Ohio.

¿Son suficientes las herramientas ideológicas que maneja Santorum para disputar la nominación a Romney? James Taranto, el comentarista más leído de la web del conservador The Wall Street Journal, responde a esta pregunta con otra no menos inquietante: ¿el conservadurismo se ha hecho obsoleto? Dicho de otra forma: la orientación de la campaña de los candidatos republicanos, ¿es la adecuada para movilizar al electorado independiente en noviembre? Da qué pensar la respuesta de una joven en un reportaje emitido por la BBC: “Creo en Dios, pero no pienso en él a todas horas”.

La identidad francesa

La efervescencia religiosa en la campaña francesa está íntimamente relacionada con el debate abierto por el presidente Nicolas Sarkozy, referido a la recuperación de las señas de identidad nacionales, y con los vaticinios de las encuestas, que pronostican la victoria del socialista François Hollande el 6 de mayo. También en Francia vale formular la pregunta de James Taranto, aunque por razones diferentes a las de Estados Unidos. El equipo de campaña de Sarkozy y su Gobierno han abierto la caja de los truenos de la defensa de la neutralidad del Estado en materia religiosa, pero, al hacerlo, han puesto en marcha una defensa confesional del laicismo, que opone a la presencia en el espacio público de las confesiones importadas, en especial la musulmana. El objetivo es arañar votos al Frente Nacional, de Marine Le Pen, pero en las filas del pensamiento conservador tradicional cunde la desorientación o aflora la crítica interna.

Cuando el primer ministro François Fillon sostiene que las religiones deben reflexionar sobre “sus costumbres más ancestrales”, y pone como ejemplo las carnicerías halal y kosher, de las comunidades musulmana y judía, respectivamente, sale inmediatamente a escena la eurodiputada Rachida Dati, educada en el islam y rescatada por Sarkozy para esta campaña, y acusa a Fillon de tener “un concepto loco del laicismo que no es el del presidente de la República”. Cuando el ministro del Interior, Claude Guéant, pisa terreno parecido, lleva a los intelectuales más respetados a recordar que la neutralidad del Estado en materia religiosa es la única garantía de respeto para todas las confesiones. Así lo ha hecho Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur: “La laicidad no ha sido nunca el descreimiento y jamás ha estigmatizado la religión. Es lo contrario. Incluso si en sus inicios se concibió para limitar la hegemonía de la Iglesia católica, se transformó en una disposición jurídica que garantiza la libertad de todas las religiones, pero también el derecho a no creer. Los artesanos de la ley de 1905 estaban lejos de ser todos unos descreídos (…) Para ellos, se redujo a una fuerte y simple proclamación: la separación total de la Iglesia y el Estado”.

Daniel y otros muchos suscriben el principio según el cual “cuando se trata de llevar el velo o de rezar en la calle, cabe sostener que la práctica de la fe debe ser un asunto privado y limitarse a la intimidad del hogar o de los lugares de culto”. Pero disienten radicalmente de la operación de Sarkozy, que apunta a una cristianización de la defensa de la identidad nacional, aunque el pretexto sea la salvaguarda del Estado laico. Sihem Habchi, expresidenta de la asociación Ni Putas Ni Sumisas, sostiene que los relativistas de izquierda y de derecha y los islamistas persiguen el mismo objetivo, y apunta a Sarkozy y su círculo: “En nuestro tiempo, en el nivel más alto del Estado, se legitima esta demolición de la laicidad organizada, reduciendo los valores universales a la protección de la sociedad occidental y de sus raíces cristianas (…) ¿Cómo pretender que nuestros valores, cívicos e ilustrados, son universales si no somos capaces de demostrar antes que son universalizables”.

La profesora Karen Armstrong afirma en Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam, publicado en el 2004: “En Norteamérica, la religión ha liderado la oposición durante mucho tiempo. Su ascenso y caída siempre han sido cíclicos y los acontecimientos de los últimos años indican que todavía hay un estado de guerra incipiente entre los conservadores y los liberales, que a veces llega a ser aterradoramente explícito”. ¿Puede pasar Francia por una experiencia similar si se concretan los riesgos de fractura social derivados de las oleadas migratorias?

 

 

 

 

 

Putin toma el camino de regreso al Kremlin

Manifestación en Moscú.

Concentración celebrada el 4 de febrero en Moscú por la oposición a Vladimir Putin.

Vladimir Putin prepara la vuelta a casa. Para quien a ojos de muchos de sus conciudadanos restauró la dignidad nacional y salvó a Rusia de la decadencia irrefrenable en los días de Boris Yeltsin, el Kremlin y el despacho de la presidencia son sus moradas naturales. Cualquier otro lugar -incluida la oficina del primer ministro, que ha ocupado durante cuatro años- queda muy por debajo de sus merecimientos. La tradición del zar predestinado se cumple de forma inexorable y, frente a las virtudes que lo adornan, cualquier otra consideración carece de valor. Claro que contra ese determinismo prelógico se levantan algunas voces, que a veces constituyen una multitud, y entonces chocan las élites gobernantes y las élites emergentes que quieren mejorar la calidad democrática del sistema.

Fareed Zakaria, editor del semanario conservador estadounidense Time, atisba señales de cambio, aunque también admite  el peso de la tradición. De acuerdo con esta última, se explica el interregno de cuatro años de Dmitri Medvédev en la presidencia del país, porque la teoría más extendida es que el Estado ha sido y es desde tiempo inmemorial propiedad de una élite ajena a las pulsiones de la sociedad. En cambio, a tenor de las protestas en la calle a partir del 4 de diciembre del 2011, posteriores a unas elecciones legislativas de una opacidad impenetrable, es precipitado suponer que Rusia cobija una sociedad adormecida: “Siempre ha habido una sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante, defensora de valores universales y de los derechos humanos. Se trata de la Rusia de Tolstoi y Pasternak, Sajarov y Gorbachov, y siempre ha creído que el destino de Rusia se encuentra en Occidente. Esta Rusia no ha muerto bajo Putin. De hecho, ha ido creciendo en silencio, pero con vigor, en la última década. En un artículo publicado en Journal of International Affairs, de la Universidad de Columbia, Debra Javeline y Sarah Lindemann-Komarova describen una Rusia en la que la sociedad civil tiene un impacto cada vez mayor. Hoy hay más de 650.000 organizaciones no gubernamentales en Rusia. Muchos de estos grupos no son abiertamente políticos, sino que desafian la autoridad gubernamental y sus decisiones -por razones ambientales, por ejemplo-, y algunas veces prevalecen”.

Lo cierto es que esta “sociedad civil rusa pequeña, pero vibrante” ha de contrarrestar una coreografía de campaña en la que Putin ha mezclado la gesticulación del líder populista con los baños de masas, promesas de rearme para devolver a Rusia la potencia de fuego de los días de la Unión Soviética, un complot checheno para asesinarle descubierto in extremis e incluso una oferta gradilocuente para salvar a Europa de la decadencia, se supone que mediante los ingresos siempre en aumento del petróleo y del gas. En este ambiente, el Informe del estatus de la sociedad civil, elaborado en el 2008 entre oenegés que operan en Rusia, proporciona datos propios de una sociedad más dinámica de lo que se suele pensar: el 49% de las entidades consultadas respondió que influyen en las decisiones que toma el Gobierno; el 64%, que contribuyen a formar la opinión pública, y el 56%, que influyen en sus conciudadanos.

De ahí que no sorprenda que el título de un post escrito por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial sea Algo se mueve en Rusia. En el texto se recoge la pregunta por demás sugestiva formulada por Robert Service, una autoridad mundial en historia de Rusia: ¿estamos en los comienzos de la nueva revolución rusa? Habida cuenta de que es imposible una respuesta inequívoca, Madridejos se remite a los mensajes que envía la calle: “Resulta evidente que Putin y sus epígonos no han podido crear una Administración moderna y eficaz en el inmenso país, ni unas instituciones sólidas que canalicen las reformas sin temor al desbordamiento; pero un sistema liberal y democrático, parecido al de Europa occidental, no está inscrito en los augurios del futuro inmediato. La prudencia interpretativa es de rigor ante los últimos acontecimientos. Porque lo que ocurre en Moscú no puede extrapolarse al inmenso país, los resortes del poder son apabullantes y la pregunta retórica del profesor Service no tiene respuesta por el momento”.

La vuelta a casa -al Kremlin- de Putin contiene todos los elementos de un auto sacramental destinado a impresionar al país-continente con un poder inabarcable y paternal. De tal manera que lejos de los grandes centros urbanos, de los lugares que más han sentido la implantación del capitalismo a toda máquina, con su secuela inevitable de corrupción a todas horas y clientelismo político, la figura del zar protector sigue rindiendo intereses. Para esta mayoría silenciosa, alejadísima de los centros del poder, carece de sentido preguntarse por la conveniencia o no de un gobernante fuerte, de una presidencia fuerte, al estilo de lo sucedido en Francia en la campaña de las primarias del Partido Socialista. En estos ambientes está del todo justificado que Putin tenga en su despacho un retrato de Pedro el Grande, según publicó la revista Forbes.

Además, sigue vigente un pacto tácito entre una parte de los sectores sociales políticamente activos y el poder. Así lo han explicado en Foreign Affairs Maria Lipman, directora de Pro et contra, publicación de análisis que edita en Moscú el Carnegie Center, y Nikolai Petrov, politólogo de largo recorrido que colabora con la misma organización: “Durante años, las relaciones entre el Estado y la sociedad en la Rusia de Putin se rigen por lo que podría describirse como un pacto tácito de no injerencia. En muchos ámbitos -entre ellos sustituir cargos de elección popular con personas designadas-, con la introducción de restricciones que impiden los jugadores no deseados en el campo político, el Gobierno envió un mensaje implícito a la gente de que no debe inmiscuirse en los asuntos de Estado. A su vez, el Gobierno no interfirió en actividades individuales, y las clases creativas y empresariales del país disfrutaron de oportunidades bastante amplias para sentirse realizadas. De esta manera, el Gobierno y el pueblo vivieron en mundos paralelos. La clase política de Rusia no tuvo que preocuparse en rendir cuentas. La corrupción, la ilegalidad y el abuso de autoridad fueron omnipresentes, mientras que el desempeño del Gobierno fue cada vez más ineficaz. En los últimos años, las infraestructuras deficientes y las normas poco estrictas de seguridad han llevado a desastres de gran magnitud que han dejado cientos de muertos”.

El análisis de la situación que hace Gérard Fuchs, integrante de la Fundación Jean-Jaurès, en la órbita del socialismo francés, complementa el de Lipman y Petrov: “La situación social del país se desprende de forma bastante lógica de su situación económica. ¿Cómo invertir con continuidad en la educación, léase simplemente pagar regularmente los salarios de los profesores, con un presupuesto del Estado dependiente en gran medida de las fluctuaciones de los precios de las materias primas? ¿Cómo garantizar el poder adquisitivo de los jubilados? ¿Cómo desarrollar un sistema sanitario moderno? En este contexto no es sorprendente el ascenso de un voto comunista o nacionalista que refleja menos la nostalgia de una época superada que el rechazo de las desigualdades escandalosas”. Esto es: el equilibrio entre el poder y el segmento social más crítico y activo puede romperse ante la flagrante debilidad que muestra el Estado como prestatario de servicios a los contribuyentes.

Las preguntas de Fuchs no excluyen en ningún caso el triunfo de Putin. Porque a pesar de que encabeza su reflexión con un interrogante -¿Es posible una primavera rusa?- próximo al de Service, no soslaya un dato determinante: la primavera árabe, a la que parece aludir, solo se concretó en un movimiento popular después de un largo periodo de degradación del poder. En Rusia, la prosperidad del mercado energético y las inversiones occidentales constituyen un espectacular muro de contención.