Sarkozy, aprendiz de brujo

El resultado obtenido por Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional (FN), en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Francia, ha sentado al país ante una triple realidad: la extrema derecha es una fuerza pujante, la derecha convencional la ha legitimado con la radicalización de los mensajes de Nicolas Sarkozy y el desastre puede consumarse en las legislativas de junio si el FN logra sentar un nutrido grupo de diputados en la Asamblea Nacional. Poco consuelo es comprobar que el auge de la extrema derecha no es un fenómeno exclusivamente francés, sino que cruza Europa de parte a parte, cuando el peligro que corre la derecha serena es verse arrastrada hasta las trincheras de la xenofobia y el antieuropeísmo sin que, por lo demás, el presidente Sarkozy se muestre dispuesto a rectificar el tiro. Por el contrario, insiste en atraer al electorado de Le Pen para corregir el vaticinio de las encuestas, que anuncian una victoria holgada del socialista François Hollande el 6 de mayo.

Portada de 'L'Humnité'

Portada del periódico comunista 'L'Humanité' del 25 de abril.

“El primero de mayo organizaremos la fiesta del trabajo, pero la fiesta del verdadero trabajo –anuncia Sarkozy–, la de aquellos que trabajan duro, la de aquellos que corren riesgos, que sufren y que no quieren que, cuando no se trabaja, se pueda ganar más que cuando se trabaja”. Alarma inmediata, portada sangrante en el diario comunista L’Humanité: fue el mariscal Pétain, deshonra de Francia, quien dio a la celebración del primero de mayo el nombre de fiesta del trabajo. ¿Forma esto parte de la estrategia de campaña diseñada por Patrick Buisson? Nadie ha dicho lo contrario y los antecedentes del personaje inducen a pensarlo: fue educado en el aprecio por el mensaje de Charles Maurras, fundador de Action Française, y es el urdidor del manual de argumentos que maneja el estado mayor de la Unión para un Movimiento Popular (UMP) destinado a justificar el incansable acercamiento del presidente a las tesis del FN.

Maurras, Pétain, unas gotas del populismo menestral legado por Pierre Poujade en los años 50, recuerdos ominosos que han dado pie a reacciones exaltadas. “Estoy asustado. No me preocupa nada que Nicolas Sarkozy intente recuperar los electores de Marine Le Pen. Pero, tal como lo hace, recuerda verdaderamente el petenismo: está la oposición entre los verdaderos y los falsos trabajadores, el ataque contra las instituciones intermedias; está todo. Es peor que el discurso de la propia Marine Le Pen”, sostiene Jean-François Kahn, fundador del semanario Marianne, que ha difundido un breve manifiesto para “cortar el paso al aprendiz de brujo”.

El politólogo Jean Daniel, referencia permanente del pensamiento progresista europeo, llama la atención en el semanario Le Nouvel Observateur sobre el significado del resultado obtenido por la candidata del FN: “El éxito de Marine Le Pen no pone en peligro la victoria de la izquierda. Es simplemente un deshonor para Francia. Nuestro país, desde hace siglos, exporta revoluciones. Ahora arriesga ponerse al frente de todos los movimientos populistas y xenófobos de Europa (…) Marine Le Pen ha percibido a propósito de estos dramas (los asesinatos de Montauban y Toulouse cometidos por un fundamentalista islámico) que un viento soplaba en su dirección, y decidió tomar de nuevo la antorcha, abandonada durante un tiempo, de la lucha contra la inmigración y la inseguridad”.

¿Debía Sarkozy hacer algo distinto a rendirse a esta estrategia y entablar con su contrincante una carrera de ofertas populistas? A la vista de la desorientación de parte del electorado conservador de tradición gaullista, del germen de la división en el seno de la UMP y de las expectativas para las legislativas de junio, parece que sí. De acuerdo con la encuesta publicada por Les Échos, según la cual el 64% de los electores de la UMP son partidarios de un acuerdo con el FN en junio, y del tono trágico empleado por el candidato-presidente para seducir a los votantes atraídos por Le Pen –les aplica los apelativos de sufrientes y angustiados–, se diría que no. En todo caso, los datos que se desprenden del escrutinio del día 22 indican que las maniobras presidenciales dejan mucho que desear. Valgan algunos ejemplos para ilustrarlo:

Chiste de Delucq

Dibujo de Delucq difundida por 'Le Huffington Post'. Sarkozy, disfrazado de Juana de Arco, dice: "Voy a expulsar el falso trabajo de Francia".

·En Donzère, la ciudad donde Éric Besson, tránsfuga del PS captado para la causa sarkozyana en el 2007, puso en circulación el debate –de infausto recuerdo– sobre la identidad nacional, el FN sumó más votos que la UMP.

·En Meaux, la ciudad de Jean-François Copé, secretario general de la UMP, Hollande superó a Sarkozy.

·Marine Le Pen ha salido tan fortalecida de la prueba que el 1 de mayo se sentirá inclinada a recomendar el voto en blanco, aunque las encuestas dicen que el grueso de sus electores piensa apoyar a Sarkozy. La líder del FN lo enunció con palabras escuetas en la emisora pública de televisión France 2: “Ya no creo en la sinceridad de Nicolas Sarkozy. Y muchos de cuantos han confiado en mí han dejado de creer en sus posiciones”. Se impone la idea de que tiene al alcance de la mano la oportunidad de reorganizar radicalmente la derecha de pies a cabeza.

·La radicalización del presidente complica enormemente las cosas al centrista François Bayrou, líder del MoDem, para que el 2 de mayo pida a sus votantes –9,13% en la primera vuelta– que el 6 se inclinen por Sarkozy.

·Si el FN repite el 10 de junio los resultados de ahora, la multiplicación de elecciones triangulares –tres candidatos en la segunda vuelta– el 17 dividirá el voto de la derecha en provecho de una izquierda que, salvo sorpresas, pondrá en marcha la maquinaria de los désistement (apoyos a los candidatos progresistas más votados en la primera vuelta). Basta que se repita la lógica seguida por Jean-Luc Mélenchon y Eva Joly la noche del último domingo.

Charles Jaigu, cronista en el Elíseo del periódico conservador Le Figaro, sostiene que si Sarkozy hubiese diseñado otra campaña, “habría hecho correr al país el riesgo de un segundo 21 de abril, que esta vez opondría François Hollande a Marine Le Pen”. Jaigu se refiere al 21 de abril del 2002, cuando Jean-Marie Le Pen quedó en segundo lugar en la primera vuelta de las presidenciales, por delante del socialista Lionel Jospin, y disputó la relección a Jacques Chirac dos semanas más tarde. Claro que Chirac, que obtuvo el 80% de los votos de la segunda vuelta porque la izquierda en bloque se movilizó contra a extrema derecha, desacreditó esta línea argumental en el mismo momento en que anunció que pensaba votar a Hollande y, al hacerlo, inclinó a otras personalidades de la Francia conservadora a dar su voto al aspirante socialista.

En resumen, Sarkozy se ha excedido incluso para la derecha-derecha, y aún más para la derecha moderna y con inquietudes sociales en cuyas filas figuran personajes como la senadora Chantal Jouanno, denostada ahora por Sarkozy y Copé, que ha expresado un temor y ha hecho un anuncio. Al semanario centrista Le Point ha manifestado sus recelos: “Temo que la derechización sea un espejismo doloroso”. A través de su cuenta en Twitter ha adquirido un compromiso público: “Mis principios son claros: en las legislativas, si no hay otra alternativa entre el FN y el PS, mi responsabilidad será votar al PS”. Lo que colea detrás de la corriente de opinión que representa la senadora es el propósito de una parte de los herederos del gaullismo de impedir que se banalice la extrema derecha, los peligros que entraña y la amenaza que se cierne sobre el bloque conservador, entre la implosión y la explosión (depende de cómo se concrete).

El director de la redacción del semanario L’Express, Christophe Barbier, considera inútiles los esfuerzos de Sarkozy para debilitar al FN: “El populismo protestatario tiene una sola cabeza, que es la de Marine”. El presidente desdeña a quienes lo critican e insiste en que su propósito es atraerse a seis millones y medio de franceses –cuantos votaron a Le Pen–, sin atender a más consideraciones. Gérard Courtois da a entender en las páginas del progresista Le Monde que Sarkozy ha logrado lo contrario de lo que perseguía: “Todo sucede como si, lejos de secar al Frente Nacional, Nicolas Sarkozy en realidad haya banalizado y desculpabilizado de alguna forma sus ideas y sus propuestas. Hasta el punto de que es evidente que numerosos electores han preferido el original a la copia, de acuerdo con la esperanza a menudo formulada por Jean-Marie Le Pen”. Sylvie Pierre-Brossolette, en Le Point, va incluso más allá y transmite una imagen no exenta de patetismo: no solo para muchos es preferible el original a la copia, sino que “Sarkozy ha hecho trampas consigo mismo”.

¿Errores estratégicos? ¿Ausencia de principios? La respuesta que da a estos interrogantes Joël Roman en el periódico católico La Croix es perturbadora para el equipo de campaña del aprendiz de brujo: “A cuantos evocan el precedente de las relaciones entre François Mitterrand y los comunistas, a los que hizo descender aliándose con ellos, se les puede subrayar que él actuó a la inversa: no hizo ninguna concesión programática, lo que por lo demás explica por qué la alianza fue provechosa para los socialistas”… ¡Qué tiempo aquel de Maquiavelo!

 

 

 

Peronismo en estado puro

La nacionalización de YPF permite comprobar que el peronismo no ha perdido el pulso. En las huidas hacia adelante sigue siendo tan imprevisible, melodramático y dado a la política de balcón como siempre. Siempre tiene a mano el panteón de ilustres desaparecidos para abrir una tumba cada vez que la ocasión lo requiere, y en la soflama del lunes de la presidenta Cristina Fernández el espectro invocado fue el de Eva Perón, cuya fotografía figuró detrás de la mandataria. Saber qué puede dar de sí de puertas para afuera este populismo desgarrado divide a los argentinos a cada pocos años, pero bastante menos a la comunidad internacional, que vaticina malos tiempos para el crédito de Argentina como Estado y de su Gobierno como institución.

Valga a modo de resumen este pasaje de un comentario sobre la nacionalización colgado en su web por el semanario británico The Economist, nada inclinado al trazo grueso: “Elimina cualquier posible seguridad de las inversiones privadas para desarrollar los campos de esquisto de Argentina, cuya explotación es extremadamente costosa. Y dará pie probablemente a un éxodo de expertos en la industria petrolífera, acelerando la caída de la producción interior (…) No está claro qué otros daños adicionales causará la decisión”.

Rebelión

Viñeta publicada el 19 de abril en la web rebelion.org.

Como se fácil deducir del párrafo anterior, envolverse en la bandera y tocar la  fibra patriótica, algo a lo que tampoco se ha podido resistir el Gobierno español, tiene poco que ver con el quid de la cuestión. Es más bien un asunto técnico, jurídico, financiero, político si se quiere, que un problema de testosterona. La presidenta apoyó con entusiasmo la privatización de 1992 decidida por Carlos Menem, cuando Néstor Kirchner era gobernador de la provincia de Santa Cruz, adonde fueron a parar entre 500 millones y 600 millones de dólares de cuyo destino final nunca se supo. Luego, en 1999, le pareció muy bien que Repsol hiciera acto de presencia en Argentina y a finales del 2010 sacó el botafumeiro para alabar el plan estratégico de la compañía, que alcanzaba hasta el 2014. Más tarde se descubrieron los yacimientos de Vaca Muerta, en la provincia de Neuquén, al mismo tiempo que la economía argentina empezó a dar muestras de agotamiento y la fuga de capitales se disparó. Entonces sí, entonces aparecieron, la bandera, la soberanía nacional y la algarabía populista, que hasta aquel momento habían estado cuidadosamente guardadas en el armario de la soberanía nacional. “El ajuste patriótico”, en palabras de un bloguero argentino rendido a la “energía de Cristina”. Peronismo en estado puro.

Más peronismo del de toda la vida: ahí está Alfredo Zaiat en Página 12 de Buenos Aires, al servicio de la presidenta. “Se pone fin a la libre disponibilidad del recurso extraído del que hoy gozan las compañías privadas (…) El Gobierno conservador de Mariano Rajoy tiene problemas mucho más relevantes que el destino de una empresa petrolera que se dedicó a devastar los pozos de petróleo en Argentina para financiar su expansión global”. No caben matices ni temores en opinión tan concluyente, ni siquiera los que en el Financial Times, altavoz de la City de Londres, esboza Jonathan Wheatley con bastante claridad: “Argentina puede esperar el apoyo de Venezuela y posiblemente Bolivia (menos probablemente de Ecuador), y puede esperar no ser condenada abiertamente por Brasil o Perú. Para las demás grandes economías de Latinoamérica es una paria”. Claro que en el mismo periódico han llamado “lunática populista” a Cristina Fernández, lo que no es precisamente una muestra de contención, mesura y distanciamiento crítico.

Tampoco lo es la invectiva desaforada publicada por Ricardo Roa, editor general adjunto de Clarín, un periódico bonaerense que mantiene una guerra abierta con la Casa Rosada: “Lo malo es que semejante paso se dé solo para quedarse con la caja de la compañía y para recuperar adhesión popular, agitando una bandera nacionalista en un momento en que caen las acciones del Gobierno (…) El modelo económico nacional no está sentado sobre la base de un capitalismo competitivo como el brasileño. Acá está sentado sobre el capitalismo de amigos”.

Aquí, junto a la reacción de un Gobierno debilitado por la galerna económica y sin demasiados puntos de apoyo exterior para combatir la expropiación más allá de las buenas palabras y los gestos simbólicos, ha habido bastantes opiniones a la altura del vocerío peronista. Valga por todas ellas la contenida en la pieza Argentina fuera del G-20, objetivo diplomático por el caso Repsol, firmada en su blog en Expansión por Amparo Polo: “Sería muy de valorar que los países del G-20 se plantearan si Argentina merece estar en este club, en el que por cierto no está España, que siempre acude invitada. A Kirchner sí le importa y mucho estar en este foro”. Dar un puñetazo sobre la mesa permite descargar adrenalina, pero se antoja que no es la mejor idea tentar la suerte con una operación diplomática de altos vuelos que puede acabar fácilmente con los tenores del G-20 simulando una repentina afonía colectiva para no meterse en un jardín que no les atrae en absoluto.

Como ha dicho Iñaki Gabilondo, “ovarios contra testículos, Evita contra Agustina de Aragón, un juego de patriotismos que podría tener bastante sentido desde el punto de vista más básico y humano, pero que, desde luego, carecen de posibilidad alguna en el mundo de la alta política y de la política internacional”. A lo que debe añadirse que España “tiene muchos más intereses en Argentina que Argentina en España, lo que la hace sumamente vulnerable a una escalada de la tensión” (José Ignacio Torreblanca, que titula su comentario Petroperonismo). Dicho de otra forma: tan lógico es que Repsol porfíe para que la implicación del Gobierno español sea la mayor posible como imprudente es que éste confunda la parte con el todo y ponga otras muchas inversiones en una situación de riesgo máximo.

Basta escuchar a Julio de Vido –“el territorio de los argentinos no se rifa”–, ministro argentino de Planificación, y a Axel Kicillof –“los tarados son los que piensan que el Estado debe ser estúpido”–, viceministro de Economía, interventores provisionales de YPF, para llegar a la conclusión de que si el panorama socioeconómico argentino empeora, son más que factibles más golpes de efecto, porque la serenidad y el lenguaje medido no abundan. Prevalece, en cambio, la herencia inspiradora de Evita a propósito del petróleo: “El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses. Donde esos intereses del imperialismo se llamen petróleo basta, para vencerlos, con echar una piedra en cada pozo”. El mensaje que llega del pasado es de una simplicidad inmaculada, emotivo si se quiere, pero con la consistencia del cartón piedra, movilizador a corto plazo, como lo fue el disparate de las Malvinas hace 30 años, cuya mejor y único resultado no fue la conquista imposible del archipiélago a cañonazos, sino un daño colateral liberador: la muerte súbita de la dictadura sanguinaria de los centuriones. ¿Qué aguarda a la agitación peronista a la vuelta de la esquina de esta expropiación y de las que la puedan seguir?

Günter Grass abre las heridas del Holocausto

Manifestación en Fráncfort

Pancarta de apoyo a Günter Grass en la tradicional manifestación de Pascua en Fráncfort, el 9 de abril.

El poema de Günter Grass Lo que hay que decir ha encendido la polémica. Unos versos del premio Nobel han refrescado la memoria histórica de la tragedia inextinguible del Holocausto a la vez que se ha acusado al escritor alemán de albergar sentimientos antisemitas y se ha recordado su afiliación a las Waffen SS cuando contaba 17 años, en los días postreros de la segunda guerra mundial, algo que ocultó hasta hace solo seis años. En Israel y Alemania se han sucedido las críticas hasta que Eli Yishai, ministro israelí del Interior, ha declarado a Grass persona non grata –entraña la prohibición de visitar Israel– y el Gobierno de Benyamin Netanyahu ha tenido que enfrentar, a su vez, críticas por arremeter contra la libertad de expresión y el derecho a la libre circulación.

Aquello del poema que más ha removido las aguas es la equiparación de Irán e Israel en términos políticos, y las acusaciones dirigidas a este último país de “poner en peligro una paz mundial ya de por sí quebradiza”, de tener en mente la aniquilación del pueblo iraní so pretexto de destruir las instalaciones en las que la república de los ayatolás enriquece uranio. La controversia excede con mucho la que provocó en su día la decisión del director de orquesta Daniel Barenboim de interpretar a Richard Wagner, antisemita furioso, en tierra de Israel, agrandada además por el error manifiesto de Grass de asimilar el Gobierno de Israel al Estado de Israel, pero también porque la crítica a Israel, a su Gobierno, a la tradición política israelí, es obra de un autor alemán, referencia moral en muchos sentidos de la cultura de su país y crítico acérrimo de la unificación. Grass ha rectificado en las páginas del influyente periódico muniqués Süddeutsche Zeitung, el mismo que publicó el poema el 4 de abril, en lo que atañe a la referencia genérica a Israel, pero es ilusorio esperar muchas matizaciones más de un tozudo incorregible de 84 años que, por si faltara poco, es autor de una frase tan reveladora como la siguiente: “Cuando algo es moralmente correcto, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”.

Pero ¿es moralmente correcto el poema? Tom Segev, un reputado intelectual israelí que forma en el grupo de los llamados nuevos historiadores –impugnan la historia oficial y más difundida de su país–, ha manifestado en las páginas del conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, que las opiniones de Grass son “desmesuradamente egocéntricas y patéticas”, mientras que en las diario progresista israelí Haaretz ha ido al meollo del asunto: “La comparación de Grass de Israel e Irán es impresentable porque, al contrario de Irán, Israel nunca amenazó con borrar a ningún país del mapa”. La situación de sometimiento sin contemplaciones de la comunidad palestina debería inducir a Segev a introducir alguna matización.

Micha Brumlik, profesor de la Universidad de Fráncfort y exdirector del Instituto Fritz Bauer para el Estudio y la Documentación del Holocausto, es del parecer que la demonización de los judíos que contiene el poema de Grass es típica del antisemitismo y comparte el punto de vista de Segev relativo a los objetivos israelís: “El Gobierno de Netanyahu, que políticamente es muy desagradable para mí, no tiene la intención de exterminar al pueblo de Irán”. A Brumlik le parece más criticable pensar lo contrario que sostener que el Gobierno de Israel pone en peligro la paz mundial.

Todo conspira para que suba la temperatura: el antisemitismo, los clérigos de Teherán, las críticas al Gobierno isrelí. A cada paso surgen Alemania y su pasado, los campos de exterminio y la amenaza de la república islámica: “Alemania vive un tiempo extraño –han escrito Giulio Meotti (italiano) y Benjamin Weinthal (alemán) en el diario conservador israelí Yediot Ajronot–. El último mes, la televisión ZDF ha emitido sin objeción una entrevista en la que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, negó el Holocausto. El entrevistador (…) evitó formular preguntas acerca de la represión de los movimientos democráticos en Irán”. Dicho todo esto antes de ocuparse del poema de la discordia: “Con su trabajo, Grass se convierte en el líder antisraelí de la intelligentsia europea. Es una señal inquietante de una enfermedad intelectual, un pensamiento antidemocrático y nihilista”.

Con la caja de Pandora abierta y una multitud dispuesta a sacar partido de la situación, algunos aplausos deben haber sonado a oídos de Grass como truenos que presagian días tormentosos. Así el Partido Nacional Democrático Alemán, neonazi, “por decir en voz alta lo que muchos piensan calladamente”. Así Javad Shamaqdari, viceministro iraní de Cultura, que se ha molestado en enviar una carta al escritor con la esperanza, dice, de que con el poema “despertará a la dormida conciencia occidental”. Cada una de estas adhesiones ha añadido confusión al debate, porque se trata de mensajes emitidos desde la trinchera ominosa del oportunismo sectario y surten de argumentos a cuantos se han movilizado contra el poema de Grass, como el escritor iraní de expresión francesa Chahdortt Djavann, autor en el 2009 de Ne négociez pas avec le régime iranien: “Para responder al escritor Günter Grass, diría que la paz del mundo se puso en peligro cuando el presidente Jimmy Carter sostuvo en el momento de la revolución iraní, en 1979, a aquel integrista terrorista que era el ayatolá Jomeini: aquello cambió la faz del mundo violando todas las reglas, todas las leyes y todas las convenciones internacionales”.

Submarino Dolphin

Submarino de la clase Dolphin que Alemania construye para Israel en los astilleros de Kiel.

El autor de El tambor de hojalata es dueño de una frase contenida en una conferencia que pronunció en marzo de 1970: “La política mira hacia el futuro, pero la mayoría de las veces fracasa en el presente a causa de su pasado”. La idea es perfectamente aplicable a sí mismo y al Gobierno de Israel, que, como sus predecesores –salvo contadas excepciones– sigue pensando que cualquier crítica que se le dirija es un dardo envenenado contra la existencia misma del Estado. Claro que más allá de la moqueta del poder los heterodoxos como el periodista Gideon Levy niegan que el Gobierno de su país disponga de una especie de bula de la santa cruzada que le pone a salvo de críticas y reproches: “Puede y debe decirse que la política de Israel pone en peligro la paz mundial. Su posición (la de Grass) contra el poder nuclear israelí es también legítima. Puede también oponerse al suministro de submarinos a Israel –acordado con Alemania– (…) Pero Grass exagera innecesariamente y por el camino daña su propia posición”.

Cosa parecida piensa el veterano Uri Avnery, 88 años, que militó en el Irgun cuando adolescente, fue diputado, acudió a Beirut en 1982 para entrevistar con Yasir Arafat, asediado en la capital de Líbano por los soldados que mandaba Ariel Sharon, y fundador en 1993 de la organización pacifista Gush Shalom (el bloque de la paz). El trato dispensado a Grass por el Gobierno israelí le ha llevado a declarar: “Es antisemítico, después de esto, insistir en que Israel no puede ser criticado en Alemania”.

El piropo más frecuente con el que la derecha israelí obsequia a Levy y a Avnery es llamarlos propagandistas de Hamás. A saber qué opinión le merece Jakob Augstein, prestigioso periodista alemán, autor de una columna semana en Spiegel Online, donde ha apoyado lo que llama “el realismo de Grass”. Considera necesario que se abra en Alemania un debate sobre Israel, algo que muchos intelectuales y el establishment político evitan todos los días. Prefieren guardar silencio a tener que afrontar el coste de una actitud menos complaciente con los gobiernos israelís casi 70 años después del final del III Reich y de la pesadilla de los campos de exterminio. Evitan, en suma, verse atrapados en la polémica sobre hasta dónde alcanzan la tradición y los sentimientos antisemitas en la Alemania de hoy, como le ha sucedido a Grass. Un gesto de prudencia que quiere soslayar situaciones embarazosas, como cuando se pregunta al profesor Moshe Zimmermann, de la Universidad Hebraica de Jerusalen, si Grass es un antisemita, y responde. “Este es un asunto complejo que requiere respuestas aún más complejas. Por supuesto, Grass no es un antisemita furibundo, que quiere expulsar o matar judíos. Pero el antisemitismo es mucho más complejo que eso. Y Grass utiliza imágenes y mitos que están teñidos de antisemitismo. La manera en que envuelve las opiniones sobre Israel recuerda la forma en que fueron y son arropados los juicios que se emiten sobre los judíos”.

A Zimmermann le gustaría ver en las páginas de cultura de los periódicos la polémica alimentada por Grass, sus detractores y sus defensores para despojarla de la pasión escenoráfica y la coreografía política que la acompaña, pero esto es poco menos que imposible, como presagiaban las palabras pronunciadas en Berlín por el escritor en mayo de 1970 al inaugurarse la exposición Hombres en Auschwitz: “Una y otra vez, y una vez más, ante una explicación a medias suficiente vuelve a haber motivo para criticar más causas. Y ante las causas piden la palabra otras causas: fuimos nosotros. Sin duda no lo quisimos. Pero lo que hicimos, dijimos y escribimos condujo por caminos extraviados a una localidad que se llama Auschwitz, pero también podría llamarse Treblinka”. La herida de la historia sigue abierta en las dos orillas de la matanza: en la de los descendientes de quienes sobrevivieron a la aniquilación y en la de los hijos y nietos inocentes de cuantos la ejecutaron.

El fantasma del racismo asoma de nuevo en EEUU

Trayvon Martin

Trayvon Martin

El demonio familiar del racismo conmueve una vez más los espíritus en Estados Unidos. Los peores fantasmas reaparecen en los debates políticos, en las tertulias de los medios de comunicación y en las secciones de opinión de los grandes periódicos. En la red resuena el debate apasionado relativo a la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Y, entre tanto, los padres de Trayvon Martin, el adolescente negro de 17 años que el 26 de febrero murió en Sanford (Florida) de un disparo efectuado por el vigilante voluntario blanco George Zimmerman, de 28 años, piden que prevalezca la justicia; piden en suma que Zimmerman comparezca ante el juez.

El propio Zimmerman reconoce que disparó contra Martin. La policía admite que el joven iba desarmado, que regresaba a su casa después de comprar unas golosinas y un refresco y que se cubría la cabeza con la capucha de su sudadera porque llovía. Es decir, que las razones que indujeron a usar el arma al vigilante voluntario son harto confusas y su testimonio –también el de su hermano y el de los portavoces de la policía– resulta muy poco convincente, por no decir francamente sospechoso, y aun así, Zimmerman sigue en libertad en un lugar secreto después de pasar por comisaria y declarar que actuó en legítima defensa. Por si esto fuera poco, una grabación de Zimmerman y los policías que le detuvieron, realizada por las cámaras situadas en el interior de la comisaría y emitida por la cadena de televisión ABC, desmiente al homicida y a sus familiares, que sostienen que recibió un puñetazo en la nariz y dio con la cabeza contra el suelo (en un momento de la grabación parece que se aprecian unos cortes en la parte trasera de la cabeza de Zimmerman).

George Zimmerman

George Zimmerman.

Como es de imaginar, aunque estos y otros detalles forenses son fundamentales para dilucidar el caso en los juzgados –el día 10 un gran jurado decidirá si se procesa o no a Zimmerman–, lo que realmente tiene conmocionada a la sociedad estadounidense es la pulsión racista de cuanto ha sucedido hasta la fecha y, al mismo tiempo, la inseguridad manifiesta que se deduce de la aplicación de la ley Stand your ground (manténgase firmes), aprobada en el 2005 en el estado de Florida. Se trata de dos vertientes aparentemente inconexas, pero que en realidad están íntimamente relacionadas. ¿Por qué? Porque la Stand your ground autoriza a recurrir a la máxima violencia –utilizar un arma– a quien se siente amenazado o sospecha que lo está, y ahí desempeñan un papel principal los prejuicios raciales que aún alientan en la sociedad estadounidense. A la luz de las estadísticas, se diría que la ley es más un coladero penal promovido por la Asociación Nacional del Rifle que un instrumento legal: entre el 2005 y el 2010, la Stand your ground fue invocada en Florida en 93 casos de homicidio, según ha recogido el periódico Le Monde.

Un análisis exhaustivo de la psicóloga Erika Christakis, publicado por la revista Time, resulta esclarecedor: “Los detalles de este caso ocultan una preocupación mayor. La ley manténgase firmes, que permite a una persona usar la fuerza como primer recurso en casi cualquier situación en la que se sienta una amenaza, no tiene en cuenta las importantes limitaciones y distorsiones de la percepción humana (…) Es incomprensible que los legisladores confíen en el buen juicio de los ciudadanos. Por desgracia, nuestros cerebros no están preparados para ser lo suficientemente razonables cuando disponemos de un arma de fuego. Empuñar un arma puede alterar nuestro contacto con la realidad”.

El comedimiento académico de la profesora Christakis se desvanece más allá de las aulas. Para Frederica Wilson, miembro demócrata de la Cámara de Representantes por un distrito de Florida, cuanto ha sucedido en Sanford “es un ejemplo de perfil racial”. La entrevista con Wilson emitida por la CNN durante el pasado fin de semana contiene la misma contundencia argumentativa desplegada por el periodista Jonathan Capehart, prestigioso editorialista de The Washington Post: “La carga de la sospecha sigue pesando sobre nosotros”.

Capehart, autor de una interesante indagación dedicada a las contradicciones en que han incurrido Zimmerman, su hermano y la policía, y Wilson tienen la tez tan oscura como el malogrado Trayvon Martin. Pero ese dato adquiere un valor relativo cuando se observan las imágenes de las manifestaciones que han puesto en tensión a la opinión pública en todo el país: la presencia de blancos en todas ellas, incluso en los estados del sur, es muy nutrida. Para algún comentarista político, la composición social de las manifestaciones “es una foto de la América que eligió a Obama”; para algún otro, el mensaje que transmite la calle es el de la división social entre liberales y ultraconservadores, mientras una mayoría silenciosa prefiere mantenerse al margen, esperar y ver.

Sea como fuere, el caso de Trayvon Martin es para la minoría negra –afroamericana, como gustan decir en Estados Unidos– motivo de alarma justificada porque transmite la idea de que la fractura racista está lejos de haberse superado, de que el reloj de la historia, de repente, atrasa. “Trayvon es un mártir, no va a regresar. Es un mártir, fue asesinado y martirizado y ahora debemos iluminar la oscuridad con la luz que viene del mártir”, dijo el reverendo Jesse Jackson el último domingo en una iglesia de Eatonville (Florida), acompañado de Al Sharpton, histórico activista por los derechos civiles. Jackson y Sharpton compararon al adolescente muerto en Sanford con Emmett Till, un chico negro de 14 años brutalmente torturado y asesinado en Mississippi en 1955, y con Medgar Evers, un veterano de la segunda guerra mundial asesinado en el mismo estado por el Ku Klux Klan en junio de 1963 después de que el presidente John F. Kennedy pronunciara su famoso discurso en defensa de la igualdad de los derechos civiles. En el entorno del reverendo Jackson y en algunos campus han resonado también los nombres de Selma y Brimingham, ciudades sudeñas que son una referencia permanente en la historia de la defensa de los derechos de la comunidad de color.

Robert Gooding-Williams, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago, sostiene que las explicaciones dadas por Bill Lee Jr., jefe de policía de Sanford cuando Zimmerman fue puesto en libertad, remiten a la ley del esclavo fugitivo, que se remonta a 1850 y que hizo posible la siguiente perla de un juez de Michigan: “Si un hombre blanco persigue a un hombre negro, no intervengas”. Cuesta encajar la opinión del profesor de Chicago con la tranquila vecindad de Retreat at Twin Lakes, donde se desarrolló la tragedia, pero el ejemplar reportaje publicado por The New York Times el 1 de abril sobre las circunstancias y el entorno social en el que se produjo la muerte de Trayvon Martin –con un titular tan contundente en la portada del diario como En el ojo de una tormenta de fuego– ayuda a admitir que todo es posible todavía en Estados Unidos aunque el presidente sea Obama y, como ha dicho él mismo, “si tuviera un hijo, se parecería a Trayvon”.

Tracy y Sybrina

Tracy Martin y Sybrina Fulton, padres de Trayvon Martin

Los sentimientos están tan a flor de piel que Geraldo Rivera, un popular presentador de la cadena conservadora Fox, hubo de disculparse en directo con los padres del adolescente muerto después de insinuar que llevar una sudadera con la capucha levantada puede ser un factor de sospecha. “Traté de llamar la atención a los padres que permiten a los chicos vestir sudaderas o prendas similares que en determinadas circunstancias, particularmente si se trata de menores, pueden ser peligrosas (…) Nunca pretendí herir los sentimientos de nadie y menos de Sybrina y Tracy (los padres de Trayvon)”. Los aludidos aceptaron las disculpas.

Pero en la calle sigue vivo el lamento por una realidad que condiciona la vida cotidiana, porque los prejuicios raciales parecen no tener fecha de caducidad a pesar de los progresos registrados desde que el presidente Lyndon B. Johnson firmó en 1965 la ley de derechos civiles. De ahí que en las manifestaciones que estos días han reclamado el procesamiento de George Zimmerman se haya recordado alguna vez el discurso pronunciado por Abraham Lincoln en Gettysburg el 19 de noviembre de 1863: “A nosotros, los que aún vivimos, nos toca consagrarnos a la obra, no terminada, que aquellos valientes adelantaran tan notablemente. A nosotros nos toca consagrarnos a la enorme tarea que aún queda por hacer, y que estos muertos gloriosos nos infundan su devoción a la causa por la cual derramaron hasta la última gota de sangre”. El deseo expresado por Lincoln pronto cumplirá 150 años.