La hiperpotencia imprescindible teme dejar de serlo

Cumbre de la OTAN en Chicago

Sesión de la cumbre de la OTAN celebrada en Chicago el pasado fin de semana.

¿Es inexorable que decline la influencia de Estados Unidos a escala planetaria? ¿El multilaterialismo, el realismo defensivo y otras formas de poder compartido son el futuro inevitable de las relaciones internacionales? ¿Se acabaron para siempre las certidumbres de la pax americana y nos encaminamos hacia fórmulas multipolares menos estables y menos seguras? Estas y otras preguntas de parecido tenor se formulan una vez más en Estados Unidos al socaire de la campaña electoral, ocasión ideal para que la comunidad académica, los think tank y los lobis alienten el debate. La derecha radical, anclada al Tea Party, se alarma ante la perspectiva de una supremacía de Estados Unidos forzosamente compartida o menguada; el pensamiento liberal se inclina por el poder blando, el poder inteligente, si se prefiere llamarlo así, y el mantenimiento del vínculo atlántico –la OTAN– como máxima expresión de la seguridad colectiva de Occidente.

Para politólogos como el profesor John J. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, las superpotencias “buscan siempre oportunidades para ganar poder por encima de sus rivales, con la hegemonía como objetivo final”. La idea está contenida en el libro The Tragedy of Great Power Politics, publicado en el 2001, y fue impugnada dos años después por Charles A. Kupchan en The International History Review al comentar el mencionado libro y oponer el concepto realismo ofensivo, forjado por Mearsheimer, al realismo defensivo que sostiene que los estados “buscan seguridad antes que poder, haciendo el sistema internacional menos depredador y menos inclinado al conflicto”. Los dos modelos son perfectamente aplicables a Estados Unidos: la búsqueda de la hegemonía y la búsqueda de la seguridad. Pero ambos anhelos se atienen a lógicas y comportamientos a menudo incompatibles.

A estas dos posibilidades hay que añadir los costes de la hegemonía y la superioridad estratégica como una dificultad insalvable en el seno de una crisis económica de desenlace tan lejano como incierto. Si en 1987 Paul Kennedy planteaba en The Rise and the Fall of the Great Powers el “dilema estratégico” de la aportación de Estados Unidos a la seguridad internacional, igual a la de un cuarto de siglo antes, “cuando su porcentaje en el PIB mundial, producción manufacturera, gasto militar y personal de las fuerzas armadas era mucho mayor”, ¿qué decir hoy en pleno auge de las potencias emergentes?

La cumbre de la OTAN celebrada en Chicago ha obligado al presidente Barack Obama a plantear el espinoso asunto del coste de las operaciones en Afganistán más allá del 2014, cuando se haya completado la evacuación del contingente despachado al corazón de Asia por Estados Unidos y sus aliados; esto es, se ha visto en la necesidad de abordar el precio de un capítulo inseparable de la hegemonía de la superpotencia. Los cálculos más contenidos sitúan en más de 2.700 millones de dólares al año el precio de garantizar la seguridad afgana, una cifra que el Pentágono pretende compartir con los aliados europeos después de asumir que deberá hacerse cargo de la mitad del gasto.

Las restricciones económicas también forman parte de las ambigüedades encadenadas en Siria y de las oportunidades dadas a la diplomacia en Irán, con independencia de que los analistas del Departamento de Estado temen que excederse con la república de los ayatolás podría sacudir el orbe islámico con resultados del todo imprevisibles. Pero este realismo de la Administración de Obama es percibido por los depositarios del legado neocon como una muestra de debilidad impropia de la “hiperpotencia imprescindible”, a la que se refiere el ensayista Robert Kagan en The World America Made;  para ellos se trata de una signo de flaqueza, denostado entre otros por Lee Smith, editor senior del semanario conservador The Weekly Standard: “El Gobierno dice que la posición de Israel con respecto al programa iraní de armas nucleares no tiene vuelta atrás, pero su posición en Siria deja claro que la Casa Blanca está dispuesta a mirar hacia otro lado. Obama ha demostrado que es capaz de no hacer nada para ayudar a pueblos en la línea de fuego, incluso cuando hay intereses nacionales en juego y compartimos adversarios comunes: con Israel es Irán; con la oposición siria es Asad, un hombre que ha ordenado el asesinato de soldados estadounidenses y apunta a los aliados de Estados Unidos desde hace más de una década”.

Más allá del ruido electoral del momento, el alegato contra la Casa Blanca de Smith no queda muy lejos del análisis de Kagan comentado por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial: “La estabilidad del orden realmente existente y sus corolarios –la extensión de la democracia, la prosperidad y la paz– ‘depende fuertemente, de forma directa o indirecta, de la influencia ejercida’ por EEUU, la hiperpotencia imprescindible, la única que puede afrontar simultáneamente los inmensos desafíos en todos los continentes”.  Y añade Madridejos: “El ensayo histórico –cuyo título se ha citado más arriba– es una diatriba implícita contra los declinólogos”.

Karzai y Obama

El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, y el de Estados Unidos, Barack Obama.

En este ambiente intelectual, dedicado a negar el ocaso relativo de la superpotencia, se excluye la posibilidad de entablar un diálogo con los talibanes para alejar a Afganistán de los riesgos de un Estado fallido en cuanto el último soldado de la OTAN haya abandonado el país. Ni siquiera convencen los cinco objetivos que los islamistas radicales creen ver detrás de las maniobras de Estados Unidos. Alissa J. Rubin los ha enumerado en The New York Times al analizar el acuerdo de cooperación cerrado en abril por Estados Unidos y Afganistán. Esos son los verdaderos objetivos de la diplomacia de Obama a ojos de los fundamentalistas:

1º Asegurar las comunicaciones en los campos de petróleo de Asia central y el Caspio.

2º Prevenir un movimiento en favor de un auténtico Gobierno islámico.

3º Llevar a Afganistán el secularismo y el liberalismo.

4º Establecer un ejército hostil al islam y que proteja los intereses occidentales.

5º Amenazar permanentemente a los países islámicos de la región y prevenir un vínculo político y militar entre ellos y Afganistán.

Es poco probable que Mitt Romney, el candidato in péctore a la Casa Blanca de los republicanos, se sienta molesto con estos objetivos que, por lo demás, formar parte de la tradición política de Estados Unidos. Pero los estrategas de campaña no transigen con el método para alcanzarlos “si constituye una rendición ante los enemigos de América, como algunos han sugerido”, opina Stephen J. Hardley, que fue asesor de Seguridad Nacional con George W. Bush. Lo cierto es que Obama se expone a llegar al día de las elecciones, el 6 de noviembre, con unos 68.000 soldados en suelo afgano, casi el doble de los 38.000 que había allí el 20 de enero del 2009, cuando tomó posesión de la presidencia, según recuerda el periodista Glenn Thrush, de la web Politico.

Planteado en términos electorales, el presidente asume el riesgo de llegar a las urnas con una política exterior que incite a sus adversarios a recurrir a la demagogia o al populismo antibelicista, atrapado Obama en una doble realidad difícil de manejar: la de los costes políticos y económicos de mantener miles de soldados en Afganistán y la de los costes, asimismo económicos y políticos, de precipitar la retirada y dar pábulo a cuantos le afean haberse plegado a los dictados de la decadencia. Pero ¿es posible soslayar las señales de debilidad que emite la economía de Estados Unidos? ¿Puede Romney construir un argumento de campaña en el que el orgullo nacional se imponga a otros designios más tangibles?

Francis Fukuyama

El profesor Francis Fukuyama se pregunta ahora por 'El futuro de la historia'.

El profesor Francis Fukuyama, en un artículo titulado significativamente El futuro de la historia, se pregunta en Foreign Affairs si la democracia liberal puede sobrevivir a la decadencia de la clase media. Se trata de una pregunta poco menos que retórica porque, trasladada al presente en Estados Unidos –probablemente también a cualquier otro país occidental– , solo admite un no como se desprende del análisis de Fukuyama:La democracia liberal es la ideología por defecto en gran parte del mundo de hoy, debido en parte a que responde y la facilitan ciertas estructuras socioeconómicas. Los cambios en esas estructuras pueden tener consecuencias ideológicas, así como los cambios ideológicos pueden tener consecuencias socioeconómicas”. Después de anunciar en el pasado el final de la historia, Fukuyama teme ahora que la continuidad de la historia tome una senda en la que el descoyuntamiento de la economía desequilibre un orden mundial basado en la supremacía de Estados Unidos, y un sistema político sostenido por la complicidad de la clase media con las estructuras de poder y la tradición de la América mesiánica –el pueblo elegido–, que se remonta a los padres fundadores y llega hasta nuestros días. Temen, Fukuyama y otros muchos, que el orden que configurarán las economías emergentes, con China a la cabeza de todas ellas, obligue a aceptar un multilateralismo exacerbado, con la debilidad de Estados Unidos agravada por la del andamiaje social de la clase media.

Añádase un dato que no es ningún secreto: el grueso de los títulos de deuda pública de Estados Unidos se almacenan en las cajas fuertes de bancos chinos y japoneses, una ingente cantidad de dinero de la que depende, entre otras variables, la salud del dólar, que es tanto como decir el sistema monetario internacional más los mercados de la energía, donde todas las operaciones se consignan en dólares. “La mitad de los préstamos a más de un año del Tesoro americano los detentan bancos centrales extranjeros. Desde el 2002, las instituciones públicas extranjeras financian la totalidad de las necesidades netas americanas –asegura Ousmène Mandeng, un alto ejecutivo del banco suizo de inversiones UBS–. Cabe preguntarse si semejante dependencia es sostenible de forma duradera”. De esta incógnita sin despejar se desprende otra: ¿puede la hiperpotencia imprescindible seguir siéndolo en unas condiciones de dependencia financiera exterior cada vez mayores? Y aun otra: ¿pesará más en el ánimo futuro de los acreedores de Estados Unidos la necesidad de proteger el valor del dólar para no depreciar su cartera de títulos o la oportunidad de erosionar irremediablemente la economía norteamericana y, a través de ella, recortar las atribuciones propias de la potencia hegemónica?

Thierry de Montbrial, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, ha declarado al Council on Foreign Relations, un think tank independiente con sede en Nueva York: “Estados Unidos es en la práctica el poder número uno en el mundo”, y esto será así en los próximos 20 años, pero el gran desafío que debe enfrentar es mantenerse en este lugar. La desastrosa presidencia de George W. Bush partió de la hipótesis de que solo Estados Unidos podía articular la seguridad internacional y exportar un modelo universal de democracia representativa, pero la realidad demostró que ambos presupuestos carecían de fundamento y daban como resultado más inseguridad y más inestabilidad. El primer mandato de Obama se ha inclinado por admitir que la complejidad de los problemas que tiene planteados la comunidad internacional requieren tanto el concurso de la hiperpotencia imprescindible como el de los aliados necesarios. ¿Es este reconocimiento un síntoma de decadencia o un ejercicio de realismo aplastante?

¿Se irán a los cuarteles los generales egipcios?

Egipto de dispone a tener por primera vez un presidente civil desde la instauración de la república en 1953. Desde aquella fecha y hasta el próximo 21 de junio se habrán sucedido uniformados al frente del país: Muhamad Naguib (1953-1954), Gamal Abdel Naser (1954-1970), Anuar el Sadat (1970-1981), Hosni Mubarak (1981-2011) y un consejo militar, encabezado por el mariscal Mohamed Tantaui, desde el 11 de febrero del año pasado, cuando Mubarak fue depuesto durante el levantamiento popular que se concentró en la plaza Tahrir de El Cairo. Las elecciones del 23 y 24 de mayo (primera vuelta) y del 16 y 17 de junio (segunda vuelta) implican en teoría un cambio radical porque, una vez el generalato haya transferido el poder al presidente electo, debe retirarse a los cuarteles y renunciar a la potestad tutelar que ha ejercido sobre el proceso de transición.

Pero eso es solo la teoría porque la influencia del Ejército dentro del complejo militar-industrial es enorme y fuera de él las Fuerzas Armadas son omnipresentes en la comercialización de los productos agrarios, los bienes raíces y el sector servicios. Así pues, los militares tienen en sus manos la mayoría de los resortes del poder económico y aún son para Estados Unidos y Occidente en general el aliado necesario para mantener el statu quo en Oriente Próximo. Dicho de otra manera: constituyen el sillar sobre el que se levanta el entramado diplomático-militar construido a partir de los acuerdos de Camp David y de la normalización de relaciones de Egipto e Israel, intercambios comerciales incluidos.

“En Egipto, no hemos estado en presencia de un proceso verdaderamente revolucionario como en Túnez –sostiene en Alternatives Internationales el arabista francés Gilles Kepel, profundo conocedor de la sociedad egipcia–. La ocupación de la plaza Tahrir a principios del año 2011 era más el espectáculo de la revolución que una auténtica movilización revolucionaria. Fue llevada a cabo esencialmente por una juventud articulada, moderna, insertada en el mercado de trabajo, que habla inglés o francés y cuya relación con la masa de la población no fue más que muy gradual. La presión popular de la plaza Tahrir indujo a los iguales de Mubarak, es decir, a la jerarquía militar, a empujar a su jefe hacia la salida. Pero el poder sigue en manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas”.

Así pues, según Kepel, no hubo revolución en Egipto, a diferencia de Túnez, donde los comandantes de su modesto Ejército se mantuvieron al margen del conflicto abierto entre la cleptocracia del general Sine el Abidine ben Alí y la población enardecida. Según Georges Corm, prestigioso intelectual libanés de confesión cristiana maronita, aunque nacido en Alejandría (Egipto), es demasiado pronto para sacar conclusiones: “Yo siempre digo que la Revolución Francesa estalló en 1789 y no dio sus frutos finales hasta un siglo más tarde, cuando se estableció la Tercera República, acabó el régimen monárquico y los principios republicanos quedaron asegurados (…) Pienso que estamos al principio del camino”.

Debate electoral en Egipto

Un grupo de ciudadanos de El Cairo sigue en una pantalla instalada en la calle el debate electoral televisado el 10 de mayo.

Para una sociedad sometida a la arbitrariedad despótica de los gobernantes, seguir por el camino que adivina Corm es bastante más que salir del callejón de los milagros, por recurrir al título de la gran novela del egipcio Naguib Mahfuz. Aunque sea mucho aventurar, parece que los objetivos últimos son la consolidación de un Estado moderno, estructurado, donde se respete la división de poderes, convivan en paz musulmanes y cristianos coptos, esté garantizada la libertad de expresión y prevalezca la neutralidad del Estado si surgen conflictos intercomunitarios. Y ahí surge uno de los grandes asuntos de la campaña en curso: dónde queda la religión, cuáles son los propósitos que abrigan los Hermanos Musulmanes si completan su espectacular éxito en las legislativas con la elección de uno de sus dos candidatos afines mejor situados: el islamista moderado, exmilitante de la Hermandad, Abdel Moneim Abul Fotú, o Mohamed Mursi, que pertenece a ella. Este es el gran asunto a dilucidar a juzgar por el enfoque de la campaña y el contenido de buena parte del debate televisado de cuatro horas –el primero celebrado en Egipto– que enfrentó el día 10 a Abul Fotú con Amr Musa, exministro de Asuntos Exteriores de Mubarak, exsecretario general de la Liga de Estados Árabes y candidato predilecto del establishment cairota laicista.

Escribe el periodista Kim Amor en Fragmentos de El Cairo, recopilación de sus artículos en EL PERIÓDICO: “El Cairo transpira islam por todas partes”. Amor tiene un conocimiento exquisito –un punto sentimental si se quiere– de la capital de Egipto, el justo para que en todo el libro surja el sentimiento religioso aquí y allá, no solo como un factor permanente de la vida cotidiana, sino como una seña de identidad irrevocable. Lo mismo sucede con los textos del escritor nacionalista Alaa al Aswany, articulista pugnaz en la oposición a Mubarak. Aswany añade en sus textos un lamento: la progresiva invasión de predicadores wahabís sufrida por la comunidad musulmana, en las mezquitas y en las cadenas de televisión mantenidas con petrodólares, y el auge salafista, que induce al creyente a no revelarse contra el poder si este lo ejerce un musulmán.

Basta una sola frase salida de la pluma de Aswany para desvelar qué temores abriga: “Parece que la Hermandad está destinada a no aprender jamás de sus errores. Todo aquel que lea su historia se sorprenderá del gran abismo que hay entre sus posiciones nacionalistas contra la ocupación extranjera y sus actitudes hacia el despotismo” (Egipto: las claves de una revolución inevitable). ¿Teme acaso Aswany que los Hermanos Musulmanes, llegado el caso, entre defender la reforma o pactar con los militares, accedan a esto último si les garantiza mantenerse en el poder? Una respuesta categórica es imposible porque la Hermandad ha pasado por todos los estados emocionales imaginables en sus relaciones con el Ejército, incluido el terrorismo, y ha sufrido durante largo tiempo la dura prueba de la represión sin tregua.

¿A qué aspiran los islamistas enfrascados en la carrera electoral? El analista de Foreign Policy Marc Lynch afirma en su blog. “La Hermandad siempre se ha preocupado por la percepción de que busca dominar la política egipcia y trató de evitar el proceso de cristalización de un frente antiislamista. La mayoría de los analistas espera que la Hermandad practique el autocontrol con el fin de no provocar estos miedos, y este fue en general el mensaje que intentan enviar los líderes de la Hermandad. Pero no hay duda de que la Hermandad se ha hecho cada vez más fuerte, ya que ha asentado su poder en el ambiente de la transición, y está menos dispuesta a alejarse de la confrontación o de dar marcha atrás en sus preferencias”. Quizá esta determinación renovada, alimentada por la victoria en las legislativas, explique que los Hermanos Musulmanas decidieran finalmente luchar por el sillón presidencial después de haber anunciado que no aspiraban a ocupar el puesto.

Las encuestas no permiten vislumbrar cuál será la fuerza real en las urnas del islamismo político. La última que se conoce carece de valor porque solo otorga el 9% de las intenciones de voto a Fotú, el 8% a Ahmed Shafiq, último primer ministro de Mubarak, el 7% a Musa y el 4% a Mursi, con un porcentaje de indecisos del 39% y sin posibilidad material de predecir cómo influirá en el reparto del voto la prohibición de la comisión electoral de que se presentaran Omar Suleimán, el último vicepresidente de Mubarak, Hazem Abú Ismail, aspirante de los salafistas, y Jairal al Shater, el candidato elegido en primera instancia por los Hermanos Musulmanes. Tampoco es posible aventurar en qué medida afectará al voto laico la ausencia de Mohamed el Baradei, el brioso exdirector general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica que en enero decidió no participar en la carrera presidencial. En última instancia, está por ver cuál es el peso real del factor religioso con candidatos únicos en una elección a escala nacional.

Al otro lado de la frontera del Sinaí, el proceso se sigue en un ambiente alterado por la repentina gran coalición de centroderecha formada por los partidos Likud y Kadima, la presencia de varios generales vestidos de civil sentados en el Consejo de Ministros y el debate recurrente acerca de sí Israel debe poner en marcha una operación preventiva contra Irán para cercenar el presunto propósito de los ayatolás de disponer de la bomba atómica. Para el Gobierno israelí, la democratización del gran vecino árabe es un factor de desasosiego porque todos los candidatos relevantes, incluido Musa, el más posibilista, son partidarios de revisar el modus vivendi con Israel. “Durante años, el discurso israelí fue que una verdadera paz con el mundo árabe solo sería posible cuando la región abrazara la democracia. Pero la perspectiva de una democracia árabe se ha convertido ahora en una preocupación para los líderes israelís –sostiene Shlomo ben Ami, que fue ministro de Asuntos Exteriores con Ehud Barak, en un artículo que titula El dilema egipcio de Israel–. Lograron acuerdos con autócratas de El Cairo, Damasco y Ammán, y ahora temen las consecuencias de una política exterior árabe que responda genuinamente a la voz del pueblo”.

El análisis de Ben Ami se hace eco de los recelos del Gobierno israelí, que tuvo en el régimen de Mubarak un aliado muy cercano en el combate contra Hamás en Gaza y en la neutralización del proyecto iraní de ser una potencia regional hegemónica. “Es inconcebible, por ejemplo, que una democracia egipcia en la que los Hermanos Musulmanes sean una fuerza política legítima, mantenga la complicidad de Mubarak con Israel en el asedio de Hamás, que controla Gaza”, afirma Ben Ami. Y recuerda este episodio revelador: “Una de las primeras decisiones tomadas por el Gobierno interino de Egipto fue permitir a un barco iraní cruzar hacia el Mediterráneo a través del canal de Suez por primera vez en tres décadas”.

El veterano periodista Mohamed Heikal, que fue amigo personal y asesor del presidente Naser y dirigió entre 1957 y 1974 el diario Al Ahram, el más importante en lengua árabe, opina que cada revolución –para él la ha habido en Egipto– “está condicionada por dónde empieza y por dónde se mueve”. En el caso de la que ha acabado con el régimen de Mubarak, entiende que demuestra que “es posible desafiar al terror del Estado”. “Y pienso que eso revolucionará al mundo árabe”, deduce Heikal. Un punto de vista que se puede compartir fácilmente, porque si Túnez plantó la simiente de la primavera árabe, el poder de propagación de Egipto es infinitamente mayor en el seno del universo árabe y fuera de él.

En este sentido, la alarma de Israel se corresponde con los pronósticos que hace Heikal de una generalización del cambio en los países árabes. Al mismo tiempo, la estrategia que propone el profesor Henry Kissinger, de un realismo aplastante, aspira a hacer de la necesidad virtud: “Estados Unidos debe prepararse para pactar con los gobiernos islamistas democráticamente elegidos”. Añade, claro, que sin violentar los “objetivos de seguridad” que han guiado la política de Estados Unidos en la región desde hace más de medio siglo, a saber: prevenir la aparición de un poder hegemónico, asegurar el flujo de las fuentes de energía, esencial para la economía mundial, y “negociar una paz duradera entre Israel y sus vecinos, incluido un acuerdo con los árabes palestinos”.

La gran incógnita es si para preservar estos “objetivos de seguridad” es preciso que el Ejército egipcio se mantenga por encima y al margen del entramado institucional democrático o si, por el contrario, el nuevo presidente y el Parlamento cultivarán la imagen y la política que corresponde a un aliado necesario más allá del mundo árabe. Tan necesario que la Administración del presidente Barack Obama optó por dejar caer a Mubarak para consagrar la tutela de los cuarteles sobre un proceso en el que corrían el riesgo de que escapara a su control.

 

 

 

Hollande agita la crisis de la UE

Solo la versión más garbancera de la prensa española de derechas ha despachado con cuatro brochazos el significado de la elección de François Hollande –Fernando Sánchez Dragó lo ha llamado “bobo ilustrado”–, cuyo mandato se iniciará el próximo martes. Incluso moderó sus ímpetus el semanario británico The Economist (conservador), que alarmado de antemano por un posible triunfo socialista en Francia tildó al candidato de “peligroso” por creer “genuinamente en la necesidad de crear una sociedad más justa”, pero unas horas después de acabado el escrutinio despidió al presidente saliente sin demasiados miramientos: “La tragedia de la presidencia de Sarkozy es que parece que al final él fue su peor enemigo. Disparó en tantas direcciones que dejó confundidos a los franceses, mareados y agotados. Pareció incapaz de canalizar su energía en una dirección coherente. Absolutamente convencido de todo lo que hizo, luego se convirtió en el defensor apasionado de todo lo contrario”.

La razón principal del cambio de registro es de sobra conocida: nada será como antes en la UE por más empeño que ponga la cancillera de Alemania, Angela Merkel, en afectar que todos los ingredientes de la austeridad a ultranza son intocables. Se acabó Merkozy y seguramente llega Merkollande, acaso con más peso del entramado institucional comunitario y menos opacidad intergubernamental, se adelanta al 23 la cumbre europea que abordará fórmulas de crecimiento y, por lo demás, en ningún lugar está escrito que un eje franco-alemán socialista-conservador deba funcionar peor y ser menos útil que su predecesor conservador-conservador.

Mitterrans Hollande

Cartel electoral en el que se asocia la imagen de Hollande a la de Mitterrand, que fue su mentor político en los años 80.

Los antecedentes históricos inducen a pensar exactamente lo contrario. Los dúos Valéry Giscard d’EstaingHelmut Schmidt –liberal conservador-socialdemócrata– y François MitterrandHelmut Kohl –socialista-conservador– engranaron bastante mejor que otros monocolores como el formado por Kohl y Jacques Chirac y el desaparecido el domingo a causa de la derrota de Nicolas Sarkozy, con todos los rasgos de un matrimonio de conveniencia, obligado a simular una gran complicidad por la fuerza de los hechos. Para Hollande no es aventurado imaginar que es una referencia permanente la orientación que Mitterrand dio a las relaciones con Alemania: el primer presidente socialista de la V República (1981-1995) y Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea, son dos de sus más reconocidas fuentes de inspiración.

Aun en el caso de que los antecedentes históricos no conspiren a favor de la coordinación franco-alemana, los requerimientos de ahora mismo la hacen imprescindible, con el galimatías griego en primer lugar y sin asomo de que el electorado corrija el tiro si en junio hay nuevas elecciones. Aunque el diario conservador alemán Die Welt lamente con pasión militante que “el problema real se encuentra en François Hollande”, lo cierto es que sin el nuevo presidente es imposible encontrar una salida a tres problemas concatenados: los desequilibrios presupuestarios, la montaña rusa de la deuda y la consolidación del euro. Dice bien Clemens Wergin en el mismo periódico cuando afirma: “Los resultados de las elecciones también son una derrota para Alemania. Griegos y franceses se han rebelado contra lo que perciben como una imposición alemana y los dictados de la reforma”.

Pero esta no es la única percepción que marca el futuro. La otra es la recogida por The New York Times en los despachos de Wall Street: los inversores temen que la situación de la economía francesa contamine el núcleo duro de la UE, en el que figura junto a Alemania y los países nórdicos, y que enlace con “las débiles economías grandes de España e Italia, y con los problemas del borde sur de Europa”. De ahí que el prestigioso economista Jacques Attali, íntimo colaborador de Mitterrand, haya dirigido el siguiente consejo a Hollande desde las páginas del semanario centrista francés L’Express: “El principal desafío del mandato que empieza será justamente la supervivencia de la Unión Europea: más que nunca, está amenazada de ruptura porque el euro no puede resistir sin el apoyo de un presupuesto europeo de inversiones. Y es la Unión, y solo ella, la que permitirá establecer los márgenes de maniobra financiera necesarios para los eurobonos, para financiar el crecimiento, es decir, el empleo, las transferencias sociales y las inversiones públicas”.

Las características específicas de la economía francesa plantean en sí mismas un enorme desafío para la corrección del tiro en el seno de la UE. Nada menos que el 55% del PIB de Francia depende del gasto público y el crecimiento, así en el sector público como en el privado, está a expensas del dinamismo presupuestario. Se trata de un caso único en la eurozona que responde a la herencia dejada por los dos grandes pilares ideológicos de la V República, los presidentes De Gaulle y Mitterrand, cuyos principios generales nadie pretende revisar por el riesgo de profunda crisis social que entrañaría tal empresa. Otra cosa es que Hollande se vea urgido a enviar señales de corrección de los desequilibrios para que los mercados se tranquilicen y Alemania acepte que si el crecimiento no contrapesa la austeridad, la crisis se convertirá en el mal crónico de Europa. “Para negociar con el resto de Europa, Francia debe dar prueba rápidamente de su voluntad y de su capacidad de reducir su deuda y su déficit”, ha escrito Erik Izraelewicz, director del progresista Le Monde.

Toda la tramoya de la campaña electoral quedó guardada en un almacén en cuanto se supo el nombre del vencedor y lo que ahora importa es ajustar las promesas a la realidad. “No es preciso dejarse encerrar en un programa, por razonable que sea –sostiene Laurent Joffrin, director del semanario de izquierdas Le Nouvel Observateur–. Para enderezar el país, es necesario un poder de salud pública, inflexible y pragmático a la vez. Una reactivación europea, una reforma francesa: todo esto es bueno y necesario. Pero es preciso no retroceder ante la confrontación con las feudalidades financieras o los dogmatismos de Bruselas. Ni frente a las medidas dolorosas: es preciso también hacer el Estado más eficaz y menos costoso, salvo que sucumbamos bajo el peso de la deuda; será preciso animar a la empresa, que crea empleos; será preciso flexibilizar el mercado de trabajo, que protege a los protegidos y humilla a los excluidos del empleo”.

Este realismo poselectoral no excluye la confrontación política que se avecina dentro y fuera de Francia. La interior se sustanciará a la vuelta de un mes, cuando se hayan celebrado las elecciones legislativas –10 y 17 de junio–, que son en la práctica la tercera vuelta de las presidenciales. La exterior tiene dos citas a pocos días vista: la reunión del G-8 en Camp David –18 y 19 de mayo– y la convocada el 23 en Bruselas para que los socios de la UE debatan qué mecanismos de crecimiento pueden ponerse en marcha para rescatar al continente de la recesión. La batalla electoral se dilucidará entre la necesidad de Hollande de disponer de una mayoría holgada en la Asamblea Nacional y la necesidad de la derecha clásica, englobada por la heteróclita formación  de los herederos del gaullismo (UMP) e impugnada por la extrema derecha (Frente Nacional), de no iniciar una larga travesía del desierto con todas las instancias de poder en manos de la izquierda. La discusión económica se atendrá a la resistencia de Alemania a introducir medidas anticíclicas para salir de la crisis (vía estadounidense) o a que las acepte con la boca pequeña y bajo denominaciones que no hieran a nadie.

¿Es posible el cambio, aunque sea limitado? Esto mismo se pregunta Nicolas Démorand, director del diario izquierdista Libération: “¿Podrá Francia doblegar el consenso de Berlín o ya no tiene bastante influencia en Europa? El quinquenato se juega y se jugará sobre este asunto, que excede de lejos las fronteras desaparecidas de nuestro país, pero dibuja el único camino posible para ponerlo de nuevo en movimiento”. Si son ciertas las sospechas del analista conservador Pierre Rousselin de que los colaboradores de Hollande se pusieron en contacto durante la campaña con los asesores de Merkel “para que no se tomaran al pie de letra las opiniones” del candidato, la suerte está echada, la pregunta de más arriba carece de sentido y la cancillera no cejará: “Quiere atar corto toda tentativa de Francia de sustraerse a sus obligaciones de vuelta al equilibrio presupuestario. Quiere levantar toda ambigüedad antes de que la campaña de las legislativas desencadene una nueva deriva electoralista”, afirma Rousselin en el conservador Le Figaro. Así, Francia habría entrado el domingo “en la era de la ilusión, es decir, de la catástrofe, como decía Bayrou antes de alinearse (con Hollande), o de la falsa promesa, es decir, de la mentira”, según el vaticinio apocalíptico del analista Philippe Tesson.

En la trinchera neoliberal suscriben este diagnóstico hasta la última letra. Esto es, bien aplica Hollande sus propósitos de neutralizar los efectos de la austeridad con fórmulas de crecimiento, y Francia se convierte al poco tiempo en el nuevo homme malade de Europa, bien se olvida de los eslóganes de campaña y se suma al programa prescrito por los economistas de Berlín, y en este caso el país puede levantar cabeza. La opinión del profesor de Economía Internacional Theo Vermaelen en la revista estadounidense Forbes es uno de tantos ejemplos de lo antedicho: “Por supuesto, mi pesimismo se basa en el supuesto de que Hollande hará lo que dijo que haría. Aún tengo esperanza de que simplemente mintiera para ser elegido”. El pulso es apasionante y el desenlace afectará a toda Europa, pero en el punto de partida de Hollande figura una referencia insoslayable: los dos presidentes de la V República que no han resultado reelegidos –Giscard d’Estaing (1974-1981) y Sarkozy– son también aquellos más alejados de la tradición socioeconómica francesa y más próximos al pensamiento liberal de matriz anglosajona. El dato no es una anécdota.

Entre el ‘colapso’ y el crecimiento

A los indómitos predicadores de la austeridad a toda costa les aparecen adversarios por todas partes dentro y fuera de Europa. Mientras la cancillera de Alemania, Angela Merkel, y sus economistas de cabecera imparten doctrina y la recesión se adueña del futuro –el calificativo de “impresionantes” aplicado con Wolfgang Schäuble a las medidas adoptadas por el Gobierno de Mariano Rajoy se antoja más un sarcasmo que un elogio–, crece el bando de los partidarios de estimular el crecimiento y dejar de escuchar solo a los fundamentalistas del ajuste fiscal, alias recortes, que han impuesto un diktat innegociable. El énfasis que ponen en sus recomendaciones es más decidido que los proyectos de reactivación económica tímidamente apoyados por los agitprop de la germanización de la economía europea, cuyos efectos son de momento demoledores. Frente a la aniquilación sin pausa del Estado del bienestar proponen abrir la escotilla de las medidas de estímulo para evitar la asfixia. Claro que tal camino discurre en la dirección contraria a la utopía neoliberal, instalada en el puente de mando de la crisis: reducir el Estado a su mínima expresión mediante la jibarización de sus atribuciones.

Obama y Summers

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y Lawrence Summers, en la Casa Blanca.

El último detractor de la austeridad sin paliativos es Lawrence Summers, profesor de la Universidad de Harvard, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos (1999-2001) y expresidente del Consejo Nacional de Economía con Barack Obama (2009-2010). El diagnóstico de Summers, contenido en un artículo difundido el 30 de abril en la red por The Huffington Post, abunda en las mismas ideas expresadas por personalidades de registros tan diferentes como el nobel de Economía Paul Krugman y la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde: “Los altos déficits son mucho más un síntoma que una causa de los problemas. Y el tratamiento de los síntomas y no de las causas es generalmente una buena manera de hacer que un paciente empeore (…) La causa de los problemas financieros de Europa es la falta de crecimiento. En cualquier situación financiera en la que las tasas de interés son muy superiores a las tasas de crecimiento, la espiral de los problemas de la deuda queda fuera de control. El enfoque correcto para Europa se encuentra en el crecimiento. En esta situación, una mayor austeridad es un paso en la dirección equivocada”.

John Maynard Keynes cabalga de nuevo a través de los consejos de Summers, que da la razón a Lagarde. “Habrá que estar atento para no matar el crecimiento”, ha dicho al Financial Times la directora del FMI. Lagarde no hace más que reiterar lo declarado el 10 de febrero a Les Échos, el periódico económico francés de referencia: “Los políticos denuncian la insuficiencia de las medidas de austeridad tomadas (…) Y, al mismo tiempo, estiman imperativo relanzar el crecimiento con medidas de apoyo financiero”.

Tim Jackson

Tim Jackson, autor de 'Prosperidad sin crecimiento'.

El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, que no es precisamente un keynesiano desbocado, considera “muy difícil” para los países europeos alcanzar los objetivos que se han fijado –reformas estructurales y reequilibrio de las cuentas públicas– sin crecimiento. Li Keqiang, viceprimer ministro chino, apenas oculta su intranquilidad al prometer que “China continuará estudiando medios posibles y eficaces para cooperar con las partes implicadas a fin de hacer una contribución conjunta para ajustar el problema de la deuda soberana de Europa”. Al mismo tiempo, los analistas certifican que en el transcurso del mes de abril se ha contraído de nuevo la actividad industrial y el índice PMI (Purchasing Managers Index), que mide las compras en el sector de las manufacturas, ha bajado del 47,7 en marzo al 45,9 en abril, el peor desde el 2009. Con la vista puesta en el futuro, el Instituto de Estudios Fiscales del Reino Unido prevé que “el peso de la deuda” generada por el presente periodo de recesión puede prolongarse hasta más allá del 2030, según recoge el profesor Tim Jackson, de la Universidad de Surrey, en el libro Prosperidad sin crecimiento.

Summers se apoya en las “comparaciones sistemáticas”: las medidas políticas de reducción del déficit con relación al PIB entre un punto y un punto y medio o un aumento equivalente de los impuestos recortan el PIB entre el 1% y el 1,5%. Sigue Summers: “En esencia, los recortes del déficit tendrán un efecto desproporcionadamente adverso sobre el PIB (…) Estas consideraciones se multiplican en el ámbito continental”. La recesión en España y el Reino Unido, los datos que maneja el FMI y las estadísticas de destrucción de empleo dadas a conocer por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) parecen darle la razón. Al cruzar todas las cifras se concreta el riesgo de sacrificar toda una generación en el altar de la austeridad. De momento, hay suficientes indicios para temer que la desaceleración en los países periféricos –sobre todo en España e Italia, que en conjunto representan más del 20% del PIB nominal de la UE– se extienda a Francia y Alemania, según una encuesta efectuada por la consultora Markit entre directores de compras de grandes empresas.

“El enorme éxito de Alemania de los últimos años se ha logrado al convertirse en un exportador neto a gran escala –escribe Summers–, que no habría sido posible sin los préstamos a gran escala y las importaciones de la periferia de Europa. La periferia no puede tener éxito en reducir sustancialmente su endeudamiento a menos que Alemania siga políticas que permitan contraer su superávit (…) Solo si se restablece el crecimiento, el euro puede aguantar y los europeos, resolver sus problemas financieros”. George Soros, que no bebe en fuentes keynesianas, sostiene lo mismo con meridiana sencillez: “Hace falta también una agenda de crecimiento para la zona del euro”.

Paul Krugman

Paul Krugman, autor de '¡Acabad ya con esta crisis!'.

Se trata de moderar los ímpetus de los austeríacos, tal como explicaba el 29 de abril Josep Maria Ureta al reseñar en EL PERIÓDICO el último libro de Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis! ¿A quién se tilda de austeríaco? El término fue acuñado en inglés –austerian– por Robert Parenteau, funde las palabras austerity y Austrian School of Economics  –Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, entre otros– y tiene el siguiente significado, recogido en el texto de Ureta: “Dícese de los partidarios de una política fiscal centrada en el déficit antes que en la creación de empleo, una política monetaria que combata obsesivamente el mínimo signo de inflación y que eleve las tasas de interés incluso frente al desempleo elevado”. Exactamente lo contrario de los remedios que propone Krugman: más gasto y mayor equidad Norte-Sur, que Alemania sea más expansiva si quiere recuperar lo que su banca prestó a España y a otros socios de la UE.

Los consejos de Krugman están enraizados en la historia de Estados Unidos y en la realidad del momento, porque las políticas de estímulo aplicadas desde el bienio 2008-2009 han dado algunos resultados llamativos que en Europa no se adivinan ni por asomo. Pero no son tan radicalmente solo estadounidenses como para considerar el punto de vista del nobel absolutamente incompatible con la situación europea. El programa de François Hollande, que el lunes puede ser presidente de Francia, no está tan lejos de la música de fondo neokeynesiana; el centro griego se encuentra muy cerca de porfiar por el equilibrio entre austeridad y crecimiento, aunque el resultado de las legislativas puede configurar un Parlamento ingobernable; la socialdemocracia alemana apunta en parecida dirección y si Angela Merkel sale debilitada de las elecciones en Renania del Norte Westfalia, el 13 de mayo, lo hará más; incluso Mariano Rajoy ha reclamado con sordina políticas europeas de crecimiento.

¿Hace falta un nuevo Plan Marshall en el seno del cual tengan cabida austeridad y crecimiento? De momento, hace falta que el estado mayor de la eurozona admita que el camino elegido por Europa es por lo menos insuficiente para levantar cabeza, conviene que ponga en duda la ortodoxia calvinista que impera en nuestros dies irae y que reconozca que la dieta alemana sienta bien casi en exclusiva… a Alemania. Carmelo Cedrone, profesor de la universidad romana de La Sapienza, sostiene en el diario económico Cinco Días: “Tenemos ante nosotros un plan concreto (la emisión de eurobonos), disponemos del marco jurídico e institucional necesario y resulta evidente que los europeos no quieren renunciar a su modelo económico y social. Se dan cita todos los elementos para un cambio de modelo (…) excepto por la voluntad política”.

Si falta esta voluntad política, para la emisión de eurobonos o para concretar alguna otra fórmula que estimule la economía y fortalezca el euro, sin renunciar al ajuste fiscal, pueden hacerse realidad los temores expresados por Alexis Papachelas en las páginas del diario conservador griego I Katimerini: “Si Francia es el objetivo de los mercados después de una victoria del candidato presidencial François Hollande, esto también tendrá efecto en España e Italia, y puede hacer muy difícil para Berlín y Bruselas tirar de Grecia. De nuevo, Grecia correrá el riesgo de convertirse en el Lehman Brothers de Europa”. Unos temores que no son muy diferentes de los enumerados por Antonio Polito en Corriere della Sera, el gran diario conservador del norte de Italia: “Los mercados han castigado primero el poco rigor de los países deudores, después han castigado el exceso de rigor impuesto a los países deudores, y ahora parecen temer que los electores detengan las políticas de rigor”.

Martin Shulz, presidente del Parlamento Europeo, expresó en los Desayunos de Primera Plana del último miércoles una preocupación cada día más extendida: “Por primera vez, estamos en una situación en la que la Unión Europea puede fracasar”. Y cabe añadir que, de producirse, no se tratará solo de un fracaso económico, sino también moral, porque millones de ciudadanos deberán soportar más “sufrimientos absurdos”, según acertada expresión utilizada en este diario por José Carlos Díez, y porque la retórica al uso “libera de responsabilidad” de cuanto ha sucedido hasta hoy “al sistema financiero y a su flagrante desregulación, imputando la culpa de la crisis a los que son sus víctimas”, tal como ha escrito en EL PERIÓDICO el profesor Xavier Martínez Celorrio. Si la cumbre europea de junio es algo más que un baile de salón, algún cambio de rumbo debería vislumbrarse.

En realidad, reclamar políticas de crecimiento no es el colmo de la heterodoxia, sino todo lo contrario. El profesor Jackson, en el libro citado con anterioridad, se refiere al crecimiento como algo consustancial al sistema capitalista: “La respuesta a la pregunta de si el crecimiento es esencial para la estabilidad sería: sí, en una economía basada en el crecimiento, este es esencial para alcanzar la estabilidad. El modelo capitalista no dispone de una vía sencilla para lograr un estado estacionario. Su dinámica natural lo impulsa hacia uno de estos dos estados: la expansión o el colapso”. Más que de colapso –una mala traducción del término inglés collapse– habría que hablar de derrumbe, hundimiento o caída, pero, hecha esta salvedad, hay que admitir que la línea argumental de Jackson es perfectamente coherente y se ajusta a todos los precedentes históricos. Además, la proletarización de la clase media a través del desmantelamiento del pacto social alumbrado en Europa después de la segunda guerra mundial, lleva directamente al colapso o, lo que es aún peor, a una crisis en la escala de valores de las sociedades democráticas avanzadas (véanse los éxitos cosechados por la extrema derecha xenófoba y antieuropeísta en países tan diferentes como Francia, Holanda y Finlandia). El presidente Barack Obama sabía muy bien qué estaba en juego al inicio de su mandato, en el 2009, cuando insistió en que urgía acudir al rescate de la clase media para evitar males mayores.