España es más problema que Grecia

¿Será posible que algún día nos enteremos de verdad de qué sucede o los que realmente lo saben no están dispuestos a soltar prendan? Puesto que a cada episodio presuntamente tranquilizador le sucede otro profundamente perturbador, no queda otra a los ciudadanos que temer un gran engaño colectivo al que nuestros gobernantes contribuyen por acción o por omisión dependiendo del momento. Si se ajusta a la verdad el sombrío pronóstico de Eugenio Scalfari, mente lúcida y fundador del diario progresista italiano La Repubblica, y “el éxito del voto griego no puede ser utilizado por los especuladores como pretexto, con toda seguridad encontrarán otros para proseguir su ataque a la Eurozona, a las deudas soberanas más expuestas y a los bancos más frágiles”. En resumen: no hay salida.

La sospecha de Scalfari se extiende como epidemia incurable, y mientras se suceden las representaciones y los viajes, la farfolla tecnocrática cubre la realidad con un manto de frases indescifrables. “Lo que sigue ya ha empezado, primero con España y después con Italia –afirma Scalfari–. El objetivo final es la desarticulación de la Eurozona, el aislamiento de Alemania, la cancelación de cualquier regla que tienda a encauzar la globalización en un cuadro de capitalismo democrático y de mercado social”. En suma, el sistema financiero y el Estado del bienestar son incompatibles y la acometida neoliberal pretende reducir el Estado redistribuidor en un ente caritativo destinado solo a atender los casos terminales y dejar el resto en manos del mercado que todo lo puede.

Si Scalfari lleva razón, y no hay grandes argumentos para rechazar su punto de vista, las elecciones griegas del 17 de junio, destinadas a domeñar la opinión pública de un país devastado, la mayoría absoluta de François Hollande en Francia, las largas discusiones del G-20 en Los Cabos (México), el compromiso para rescatar a la banca española doliente y lo que se dice y cuece todos los días apenas importan porque el sistema financiero internacional ha puesto la proa al euro para descoyuntar el pacto social que siguió al final de la segunda guerra mundial. Puede habérsele ido la mano al financiero estadounidense Donald Trump, dado al histrionismo y a los excesos verbales, pero no anda muy desencaminado cuando asegura que es el momento de acudir a Europa para encontrar “suelo barato y ofertas exclusivas” –“hay que aprovecharse de que España tiene fiebre”–, pero esa es una opinión muy extendida. Tanto como la que, con los datos en la mano, manifiesta que Grecia no podrá cumplir nunca las condiciones del famoso memorando.

El helenista español Pedro Olalla, que gasta buena memoria, recuerda que ni siquiera a Alemania después de arruinar a Europa con una guerra de seis años se le impusieron condiciones de reparación tan duras como las que obligan hoy a Grecia. Es más, Grecia se sumó a los países que a principios de los 90 dieron su acuerdo a Alemania para que prolongara la cancelación de las deudas de guerra. Hoy, sin embargo, un pequeño país que representa solo el 2% del PIB de la UE debe hacer frente a unas condiciones de rescate insólitamente exigentes o aceptar que su lugar está extra limes del sistema si se hace cargo del Gobierno alguien que discute el diktat. Lo que importaba en mayo –primeras elecciones–, importa en junio –segundas elecciones– e importará en el futuro es que las urnas consagren y legitimen el statu quo, aunque quienes se hagan cargo de la situación sean los mismos que desacreditaron el país amañando las cuentas (Nueva Democracia, derecha) o fueron incapaces de acabar con un sistema corrupto y sanear el Estado sin provocar su quiebra (Pasok, centroizquierda).

En la víspera de las elecciones griegas, Albert Sáez escribió en EL PERIÓDICO que Alexis Tsipras, líder de Syriza (izquierda), pudo haber sido el Lula griego. Lo pudo ser si él hubiese querido y la UE le hubiese dejado. No se dio ninguna de esas situaciones: Tsipras solo pasó del programa máximo a la realidad incontestable al final de la campaña y a la UE le aterroriza revisar su manual de medidas procíclicas, sometidas al plan de trabajo de Alemania. Al final, los votantes griegos sintieron que debían decidir entre los de siempre y el caos, y muchos optaron por el mal menor que, al mismo tiempo, es el mayor de todos los males. Fue el triunfo del miedo del que habló Pedro Olalla en su blog al día siguiente de las elecciones: “El miedo del bipartidismo secular a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabe el juego, el miedo de unos y otros a que se abran procesos y se depuren responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente se interponga en el camino de su, hasta ahora, implacable plan de conquistas a través de la deuda”.

“Nadie puede alegar ignorancia sobre el hecho de que la nación está en un lío terrible. Nadie puede permitirse el lujo de ser irresponsable solo porque el electorado lo envió a la oposición. Estamos todos en el mismo barco”, afirma Alexis Papachelas, editor del diario Kathimerini, el más próximo al establishment griego, y director general de la Fundación Helénica para la Política Europea y Exterior. Se trata de una verdad a medias porque las consecuencias del naufragio no son las mismas para todos los integrantes de la tripulación y el pasaje, porque es posible que, como en el Titanic, no haya botes salvavidas para todo el mundo; en realidad, todo el mundo sabe que no los hay y, aun así, se consagra el argumento desvergonzado de que solo cabe un camino para salir del embrollo.

El resumen de los temores de los de siempre figura en esta frase de Nikos Konstandaras, coeditor de Kathimerini: “Todas las partes se adhieren a sus propias políticas, ya sea porque se sienten justificados por el resultado de las elecciones o porque sienten que han perdido votos por no defender sus políticas con suficiente energía. Esto dará lugar a un conflicto interminable. En un momento en el que las decisiones difíciles se necesitan para aplicar las reformas en Grecia y llevar a cabo negociaciones con nuestros socios, es muy poco probable que veamos el consenso nacional necesario. En su lugar, es muy probable que tengamos inestabilidad y otra elección. Esperemos que las partes se sobrepongan y demuestren que estamos equivocados”. El artículo de Konstandaras soslaya un aspecto fundamental del rompecabezas griego: ¿es posible el consenso cuando el empobrecimiento de la sociedad griega avanza de forma insólitamente rápida y se multiplican los casos de trágico desespero?, ¿qué consenso puede construirse en un país condenado a no tener futuro?

Si el Gobierno que encabeza Antonis Samaras desde el miércoles sirviera al menos para serenar los espíritus en el resto de Europa, podrían decir los griegos que han sido el chivo expiatorio de todos los males europeos, de la Eurozona y de lo que haga falta. Pero está bastante extendida la impresión de que la catástrofe griega no conjura ninguna de las que asoman en el horizonte. “Se engañan una vez más quienes ensueñan que, cautiva y desarmada la protesta de los griegos ante los ajustes sufridos, los mercados se tranquilizarán tras haber alcanzado sus objetivos militares. Esta historia no ha acabado”, afirma Juan Fernando López Aguilar, vicepresidente del Partido Socialista Europeo. Lo ratifica Gideon Rachman en su blog en el Financial Times, metrónomo de la City de Londres: “Sin embargo, un respiro en la parte griega de la crisis del euro no significa que Europa se ha desenganchado. Por el contrario, es cada vez más claro que Grecia ya no está en el centro del problema. El destino del euro se decidirá en España y, sobre todo, en Italia”.

Esta es la otra cara de la enfermedad griega: es suficientemente aguda para dañar el edificio, pero menos de lo necesario para lograr que se hunda. A Grecia le falta masa crítica, incluso para los agoreros de la City deseosos de que la historia del euro se salde con un fracaso sin precedentes. En cambio, la suma de los males españoles e italianos tendría los efectos de un terremoto de intensidad nueve en la escala de Richter. Por esta razón son cada vez menos los que ven el núcleo del problema en la agonía griega y cada vez más en el agravamiento de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona. Así lo ve Georges Ugeux, una analista especializado en la banca de negocios al calibrar el resultado de las elecciones en Grecia: “La espiral de las tasas de interés que alimentan el déficit presupuestario no puede detenerse solo a golpe de buenas intenciones: la situación de España, y sobre todo de Italia, nos recuerda que el riesgo aumenta todos los días”.

A efectos prácticos, los datos objetivos de la economía española –y de la italiana– importan menos que otros ingredientes que sazonan el sopicaldo cocinado por Berlín, Bruselas y las inconcreciones-dudas de Madrid. The Wall Street Journal, metrónomo de la bolsa de Nueva York, se ha molestado incluso en poner negro sobre blanco algunos parámetros públicos de la economía española para demostrar que su situación no es ni mucho menos la peor de las imaginables y publicar el siguiente resumen del momento hecho por Matt Phillips: “No importa cuál sea el resultado electoral en Grecia, conocedores sofisticados de los mercados ya han pasado a fijar su fuego sobre el próximo gorila del grupo euro: España. Cuarto grande de la Eurozona, su economía tiene en realidad una mucho mejor relación deuda-PIB que las demás naciones arrastradas por la vorágine de la crisis. Pero la situación de su economía y sus bancos parece que son motivo de grave preocupación”. Phillips podía haber añadido, sin que le pudieran acusar de exagerado, que la propensión del Gobierno a secuestrar el lenguaje y dejar siempre cabos suelto detrás de sus cortinas de humo no ayuda precisamente a paliar la presión de los mercados. La operación de Mariano Rajoy destinada a presentar el rescate bancario como una operación especialmente benevolente con España, gracias a no se sabe exactamente qué razones, ha disipado los efectos de la inyección de vitaminas del primer momento –cuando se supo que había hasta 100.000 millones de euros para el rescate– y han reaparecido los amagos de la anemia perniciosa que puede declararse al menor descuido.

El perfil del hidalgo herido en su orgullo es incompatible con la defensa hecha hasta la fecha de una salida –lentísima– de la crisis mediante raciones dobles y triples de austeridad más unas gotas de crecimiento suministradas por la presión de Barack Obama a la Eurozona, en general, y a Alemania, en particular, y el pequeño margen de maniobra de que dispone François Hollande para aparentar algún cambio de Francia en su relación con la cancillera Angela Merkel. El retraso anunciado el jueves por el ministro de Economía, Luis de Guindos, para solicitar el rescate bancario no es “una mera formalidad” porque emite una señal equívoca, ininteligible –incluso si la descifran los ministros de Economía de la Eurozona–, profundamente inconsistente; es un gesto incompatible con el pulso de los mercados, que con gran facilidad proyectan sobre la deuda pública la insolvencia de la banca española que debe sanearse con fondos europeos porque el Estado no pueden hacerlo por sus propios medios. Es inútil que insistan los agitprop del Gobierno: el desbocamiento de la prima de riesgo española se debe al dosier griego solo en una pequeña medida; la parte del león del problema obedece a causas autóctonas. No reconocerlo es incompatible con la lógica más elemental, tal como se puede certificar sobre el terreno.

Es igualmente comprobable de forma empírica que la insistencia en tomar la ruta diseñada por Alemania para salir del atolladero sin entrar en mayores discusiones resulta fructífera para Alemania y asfixiante para los demás. “Lo que comienza a inquietarme –ha escrito en Cinco Días José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España–, partiendo del paso a paso que recomendaba la cancillera alemana hace unos días para completar la Unión Europea, es que estos pasos a tomar son cada vez mayores cuando su efecto tranquilizador dura cada vez menos. En definitiva, el mercado (los inversores… los agentes económicos) ya no tienen tabús a la hora de valorar el escenario futuro del euro. Todo es cuestionable y objeto de debate, lo que no ayuda a recuperar la calma”. En realidad, no todo alimenta dudas: según han recogido Der Spiegel y Financial Times Deutschland, el Kiel Institute for the World Economy calcula que Alemania habrá ahorrado alrededor de 19.000 millones de euros en el 2011 y el 2012 como resultado de los bajos intereses de los títulos de deuda y, gracias a este ahorro, tendrá un presupuesto equilibrado el próximo año. ¿Sería posible el mismo resultado si Berlín aflojara las clavijas a los otros, todos ellos clientes, por cierto, de la industria alemana?

 

 

 

 

Watergate, las alcantarillas del poder

Al cumplirse 40 años del asalto al cuartel general del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington sigue vigente la pregunta que formuló el senador Sam Ervin al entregar a la Cámara el informe definitivo del caso: ¿qué fue Watergate? Los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, que el día 8 firmaron conjuntamente por primera vez en 36 años en las páginas de The Washington Post, sostienen que el caso Watergate “fue las cinco guerras de Nixon”. Los historiadores revisionistas se esfuerzan en probar que se trató de una conspiración tramada por el establishment de Washington contra alguien que no era de los suyos. Los estudiosos de la personalidad de Richard M. Nixon aseguran que su mandato (20 de enero de 1969-9 de agosto de 1974) se caracterizó por una desconfianza acérrima hacia cuantos le rodeaban, hacia sus adversarios políticos y hacia el aparato de poder que sobrevive a todos los presidentes.

Las cinco guerras a las que se refieren Woodward y Bernstein apuntaron contra el movimiento antibelicista –quienes se oponían a la guerra de Vietnam–, contra los medios de comunicación –con el aderezo del conocido antisemitismo del presidente–, contra los demócratas, contra la justicia y, después de dimitir, contra la historia. Y resumen qué significaron “las cinco guerras de Nixon” en la siguiente frase: “El Watergate fue un asalto descarado y atrevido, dirigido por el propio Nixon contra el corazón de la democracia estadounidense: la Constitución, nuestro sistema de elecciones libres y el imperio de la ley”. Sin embargo, esa rotundidad de juicio no es tal al final del libro El hombre secreto, escrito por Woodward en el 2005 después de desvelarse que Garganta Profunda era Mark Felt, un exalto cargo del FBI que se sintió despechado y que fue el confidente que proporcionó pistas definitivas a los periodistas del Post para tumbar a Nixon. “Nunca hay una versión final de la historia”, sentencia Woodward.

Los datos esenciales son de sobra conocidos. El 17 de junio de 1972, cinco individuos asaltaron las oficinas del Partido Demócrata en Washington con el propósito de colocar micrófonos. El portavoz de la Casa Blanca, Ronald Ziegler, quisó quitar importancia al asunto y describió el suceso como “un robo de tercera”. En la edición del Post del día 19, Woodward y Bernstein encabezaron la primera información que firmaron juntos con la siguiente revelación: “Uno de los cinco hombres arrestados la madrugada del sábado en el intento de colocar micrófonos en el cuartel general del Comité Nacional Demócrata es un asalariado del coordinador de seguridad del comité para la relección del presidente Nixon”. El dato definitivo apareció publicado el 1 de agosto: “Un cheque de caja de 25.000 dólares, destinado aparentemente a la campaña para la relección del presidente Nixon, fue ingresado en abril en la cuenta bancaria de uno de los cinco hombres arrestados en el asalto a la sede nacional demócrata, el 17 de junio”. A partir de aquel momento, los periodistas siguieron el rastro del dinero, de acuerdo con las indicaciones de Garganta Profunda, y dejaron al descubierto las actividades encubiertas dirigidas desde la Casa Blanca. Sus pesquisas permitieron  conocer en última instancia la existencia de las famosas cintas en las que Nixon grabó las conversaciones con sus colaboradores, una prueba inculpatoria definitiva de los manejos al margen de la ley del presidente, que se vio obligado a dimitir.

Pero, más allá de los datos esenciales del caso, caben otras preguntas además de la del senador Ervin. Preguntas que atañen al papel desempeñado por Woodward y Bernstein, a cuál era el clima político en Washington a raíz de la diplomacia secreta practicada por Nixon por China y Rusia, a qué daños sufrió el sistema y, por último, a por qué Nixon cedió a sus instintos.

Woodward y Bernstein

Más allá de la admiración suscitada por los dos periodistas que desvelaron el escándalo, es forzoso preguntarse si las técnicas convencionales del periodismo de investigación les hubiesen permitido llegar hasta donde lo hicieron sin el concurso de un funcionario herido en su amor propio, tal como explicó en mayo del 2005 el abogado John O’Connor al publicar la historia de su cliente Mark Felt en la revista Vanity Fair con el título Yo soy el tipo al que solían llamar Garganta Profunda: “A pesar de que era una criatura de Washington, estaba agotado por años de batallas burocráticas, era un hombre desencantado con la mentalidad de navaja de la Casa Blanca de Nixon y sus tácticas de politización de los organismos gubernamentales”. En realidad, la versión de O’Connor soslaya el hecho definitivo de que Felt albergaba el deseo de llegar a la cima del FBI, pero finalmente el puesto de director no fue para él. Y en el primer libro escrito por los periodistas, Todos los hombres del presidente, la consistencia del gran reportaje, en la mejor tradición de la prensa anglosajona, no permite aventurar los resortes que pusieron en movimiento a Garganta Profunda.

Woodward y Bernstein

Carl Bernstein y Bob Woodward, frente a la Casa Blanca en los días del 'caso Watergate'.

Dicho de otra forma: sin la contribución de Felt, las pesquisas de los periodistas se habrían atascado como sucedió a sus compañeros en otros medios. Sin el empujón de Felt, el camino hacia los despachos de la Casa Blanca habría sido poco menos que imposible. En cuanto a Garganta Profunda, la decisión de desvelar su identidad a pesar del acuerdo de confidencialidad con Woodward y Bernstein le alejó del personaje mitológico con sólidas convicciones políticas, movido por razones éticas: cedió a las presiones de su familia para que lo contara todo antes de morir –estaba a punto de cumplir 92 años– a cambio de un sustancioso contrato de exclusiva. El compromiso de confidencialidad era tan sólido que Ben Bradlee, director del Post en los días del escándalo, explica lo siguiente en su libro La vida de un periodista (1996): “Solo después de la dimisión de Nixon y del segundo libro de Woodward y Bernstein, Los días finales, sentí la necesidad de conocer el nombre de Garganta Profunda. Y lo supe un día de primavera en un banco de la plaza MacPherson durante la hora de la comida. Nunca se lo he dicho absolutamente a nadie (…) El hecho de que su identidad haya permanecido en secreto durante todos estos años es desconcertante, y verdaderamente extraordinario”.

En el epílogo escrito por Bernstein para el libro de Woodward en el que cuenta su relación con Felt, el ya citado El hombre secreto, hay un propósito manifiesto de rebajar el papel central de Garganta Profunda: “Lo que nos permitió penetrar en el secreto de la presidencia de Nixon fue la convergencia de todas las fuentes y su posición de testigos de primera mano en todos los niveles, y no la información facilitada por una sola”. Pero persiste la duda acerca de las posibilidades que tenían de avanzar sin su famoso confidente, prevalece la incógnita sobre qué intereses guiaron los pasos de Felt, todo lo cual no afecta al hecho de que el trabajo de Woodward y Bernstein se mantiene como la pieza de referencia universal del periodismo de investigación en el escándalo político más difundido y estudiado del siglo XX. A lo que debe añadirse la independencia de criterio y la valentía de la editora de The Washington Post, Katharine Graham, y del equipo de dirección del periódico para capear el temporal, apoyar a los periodistas y resistir todas las presiones.

La atmósfera de Washington

Cuenta Graham en sus memorias Personal History: “Durante estos meses, las presiones sobre el Post para parar y desistir fueron intensas e incómodas. Yo me sentía acosada. Muchos de mis amigos se quedaron perplejos con el enfoque de nuestras informaciones. Joe Alsop [un famoso columnista] me estaba presionando todo el tiempo. Y tuve un encuentro casual, penoso, con Henry Kissinger, justo antes de la elección. ‘¿Qué te pasa? ¿No crees que seamos reelegidos?’, me preguntó Henry. Los lectores también me escribían, acusando al Post de segundas intenciones, mal periodismo y falta de patriotismo”.

Nixon y Kissinger

Richard Nixon y Henry Kissinger, en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Kissinger fue el arquitecto del acercamiento diplomático a China y la URSS. El presidente viajó a Pekín en febrero de 1972 para entrevistarse con Mao Zedong y en mayo de mismo año firmó en Moscú los acuerdos SALT-1 con el líder soviético Leonid Breznev. En ambos casos, la iniciativa de la Casa Blanca disgustó a una parte de los equipos que en los departamentos de Defensa y Estado habían gestionado hasta la fecha la guerra fría. En no menor medida pesó sobre la Administración de Nixon la división entre los partidarios de acelerar el acuerdo para una salida honorable de Vietnam y quienes creían que había que mantener la guerra a pesar de la fractura social que había provocado. Estos últimos tenían a su favor la debilidad de la candidatura demócrata para las presidenciales de 1972: el senador George McGovern era combatido en el seno de su propio partido y sus promesas de salir de Vietnam a toda prisa no le hicieron despegar nunca en las encuestas.

El clima de rebelión en las filas demócratas era de tal naturaleza que se constituyó una asociación llamada Demócratas por Nixon, dirigida por John Connally, a la que se sumaron sobre todo demócratas del sur descontentos con las inquietudes sociales y las políticas de integración racial que defendía McGovern. La prueba definitiva de que el candidato demócrata estuvo siempre a merced de los acontecimientos fue el resultado que obtuvo el 7 de noviembre de 1972: solo ganó en Massachusetts y en el Distrito de Columbia; en los otros 49 estados el triunfo fue para Nixon.

Así pues, ¿debía temer Nixon que alguien le moviera la silla? Lo único cierto es que cuando creció el escándalo y empezaron a caer sus colaboradores más próximos, el presidente apareció huérfano de apoyos. Tal como refleja el libro de Woodward y Bernstein Los días finales, Nixon experimentó la soledad de alguien dejado a su suerte por los poderes de facto y las instituciones, y eso multiplicó la fuerza de los demócratas de tal manera que en la votación del Senado que aprobó abrir el procedimiento de impeachment  (encausamiento), seis republicanos votaron a favor. “Nixon nunca tuvo a nadie a su lado, ni siquiera en sus mejores momentos. Era un profesional astuto, pero no le caía simpático a nadie; era la antítesis de Kennedy y su famosa empatía”, declaró años después de la dimisión de Nixon uno de los periodistas que siguió la campaña presidencial de 1972. El actor Anthony Hopkins reflejó hasta la angustia el estado de ánimo atormentado del presidente en su magnífico trabajo en Nixon, del director Oliver Stone.

El sistema, a prueba

El recorrido que siguió el caso Watergate de las páginas de los periódicos a los tribunales y el Congreso, así como la decisión final del presidente de dimitir para evitar el impeachment, dividió la opinión de los expertos en cuanto a la buena salud del sistema. Porque tan cierto es que el equilibrio de poderes respondió al desafío, como que todos los mecanismos de control efectivo del Ejecutivo fallaron y fueron por detrás de los acontecimientos revelados por la prensa hasta que el escándalo adquirió dimensiones de convulsión nacional. Es más, probablemente nada hubiese sucedido si el asalto a las oficinas demócratas se hubiese podido saldar con el enjuiciamiento de los cinco hombres detenidos el 17 de junio de 1972. El “robo de tercera” de Ronald Ziegler se hubiese consagrado como la versión oficial y única.

Nixon y Ford

Gerald Ford, poco después de haber sido nombrado vicepresidente por Richard Nixon.

“Si nos fijamos en la transformación en dos años en el contexto de Watergate, vemos la creación y la resolución de una crisis social fundamental, una resolución en la que participa la más profunda ritualización de la vida política. Para lograr ese status religioso, hubo una generalización extraordinaria de la opinión pública vis-à-vis con una amenaza política que se inició en el centro mismo del poder establecido”, ha escrito Jeffrey C. Alexander, profesor de Sociología en la Universidad de Yale en The meanings of social life. La afirmación de Alexander se corresponde tanto con la realidad como el hecho de que en la primavera de 1973, con el escándalo ocupando todos los canales informativos, la mitad de los estadounidenses admitían no tener conocimiento del caso Watergate o, peor aún, lo consideraban una invención de los periódicos. En consecuencia, no sentían mayor necesidad de que reaccionaran las instituciones ni tenían la sensación de que el sistema se enfrentara a una prueba de resistencia.

Si esto fue así hasta muy avanzados los acontecimientos, el perdón otorgado por Gerald Ford a su predecesor por cualquier asunto relacionado con las investigaciones y procesos abiertos en relación con el Watergate tampoco suscitó grandes controversias fuera del mundo académico y de la pugna partidista. Pero aún hoy persisten las dudas sobre la consistencia jurídica del perdón, que los constitucionalistas liberales estiman que fue una extralimitación de un privilegio presidencial –conceder indultos–, aplicable solo a condenados. Nixon estaba lejos de haber sido formalmente condenado –dimitió para no ser encausado– y, por lo tanto, la decisión de Ford suscita todo tipo de reservas.

Nadie discute a Ford que con su atrevimiento legal evitó que las secuelas del escándalo Watergate se eternizaran y perturbaran el funcionamiento de las instituciones. Si los tribunales ordinarios hubiesen podido seguir con alguna forma de enjuiciamiento que afectara a Nixon, por ejemplo a partir de las pruebas obtenidas contra él en causas seguidas contra sus colaboradores, el trauma nacional se habría prolongado y los efectos políticos habrían sido devastadores. Si la guerra de Vietnam y la dimisión de un presidente fueron en gran medida la definitiva pérdida de la inocencia de la sociedad estadounidense, como tantas veces se ha dicho, llevar a Nixon ante el juez hubiese resultado demoledor para la confianza de los ciudadanos en el sistema.

¿Cómo era Nixon?

Hay algunos momentos en la vida de Richard M. Nixon que permiten sacar alguna conclusión acerca de su personalidad, pero en general su perfil es indescifrable. Woodward y Bernstein afirman al final de su artículo del día 8 de este mes: “Su odio provocó su caída. Nixon captó aparentemente esa idea, pero fue demasiado tarde. Él se había destruido a sí mismo”. El propio Nixon admitió en 1977, en su famosa entrevista por entregas con el periodista David Frost, que dijo no “en un primer momento a cometer el delito de obstrucción a la justicia”, pero acto seguido se exoneró de cualquier responsabilidad futura con una afirmación del todo discutible: “La dimisión fue un impeachment voluntario”. Con los años porfió para que arraigara la idea de que se había exagerado la gravedad del caso y gozó de una sorprendente rehabilitación pública sin que, por los demás, admitiera nunca que quiso situarse más allá de la ley y del orden institucional.

TWP

Portada de 'The Washington Post' del 9 de agosto de 1974 que da cuenta de la dimisión de Richard Nixon.

Quizá la idea del personaje permanentemente disgustado consigo mismo y con todo el mundo resuma el rasgo más característico de su personalidad desde que empezó su carrera política. El hijo de un modesto agricultor de Yorba Linda (California) se sintió siempre como un outsider incluso cuando llegó a la Casa Blanca, el vicepresidente que suplió con eficacia las ausencias de Dwight D. Eisenhower (1953-1961) debidas a achaques de salud fue superado por el don de gentes y la brillante oratoria de John F. Kennedy en la campaña de 1960, el correoso abogado educado en la lógica del derecho dio su consentimiento a las peores prácticas, pero en la hora de la despedida, la mañana del 9 de agosto de 1974, pronunció un discurso intimista en el transcurso del cual recordó a su padre.

Al día siguiente, un periodista escribió que en su último día en la Casa Blanca Nixon se mostró tan “incómodo y forzado” como en los cinco años y medio anteriores. Sin embargo, aquellas palabras improvisadas del adiós, rodeado de su familia, no estuvieron exentas de cierta patética grandeza: “Recuerdo a mi padre –dijo–. ¿Sabéis qué era? Al principio, conductor de tranvías, después granjero y más tarde propietario de un limonar. Os aseguro que aquel era el limonar más pobre de California. Lo vendió antes de que descubrieran petróleo en el terreno”. La sonrisa forzada de aquellos últimos minutos en la Casa Blanca fue parecida a la que siempre mostró en sus comparecencias públicas, demasiadas veces gélidamente distantes, como la de aquella rueda de prensa posterior a la dimisión de sus ayudantes John D. Haldeman y H. R. Ehrlichman –“dos de los mejores funcionarios públicos que he tenido el privilegio de conocer”–, el 30 de abril de 1973. Quiso ser irónico y mantenerse distendido, pero pareció altivo y desafiante a los periodistas que se encontraban allí. “Caballeros, hemos tenido nuestros desacuerdos en el pasado, y espero que me traten pésimamente cada vez que me equivoque”, soltó Nixon. Nadie rió.

Cuatro décadas después de que se representara el primer acto de aquel gran fresco de las alcantarillas del poder que fue el caso Watergate parece tan irrefutable que Nixon violentó las más elementales normas de la prudencia política, la contención y el respeto a la ley como que, en el ambiente enrarecido y adverso que nunca le abandonó, tomó decisiones similares a las de muchos de sus predecesores y sucesores, pero pagó por ello un precio que otros eludieron. “El que es elegido príncipe con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo”, escribió Maquiavelo. Nixon nunca lo logró.

Los nombres del ‘caso Watergate’.

Libros:

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Todos los hombres del presidente. La primera edición en español data de septiembre de 1974 y apareció con el título El escándalo Watergate (Editorial Euros).

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Los días finales. La primera edición en español data de octubre de 1976 (Editorial Argos).

LEWIS, Chester y otros: Watergate. Aymá Editores. Barcelona, junio de 1974. Elaborado por el equipo de reporteros del dominical de Londres Sunday Times.

WOODWARD, Bob: El hombre secreto. Inédita Editores. Barcelona, noviembre del 2005. Incluye al final el texto de Carl Bernstein La valoración de un periodista.

Películas:

Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula. 1976.

Nixon, de Oliver Stone. 1995.

Frost/Nixon, de Ron Howard. 2008.

Nada detiene a Asad

El nombramiento en Siria de un nuevo primer ministro, Riad Farid Hiyab, para suceder a Riad Safar, designado por el presidente Bashar el Asad en abril del año pasado, un mes después de haber empezado las protestas, no pasa de ser una mascarada sin futuro que ni siquiera vale para desviar la atención sobre las dimensiones de la tragedia. Después de la matanza de Hula –108 muertos, incluidos más de 40 niños–, llamada por el lingüista de la Universidad de Columbia Hamid Dabashi “la masacre de los inocentes”, y de la de Al Qubeir –otro centenar de muertos– toda medida meramente cosmética no hace más que afear aún más el rostro de la cleptocracia siria y poner en evidencia a la comunidad internacional, incapaz de detener la degollina. El enviado especial de la ONU y de la Liga Árabe, Kofi Annan, promotor de un plan de paz sin más resultado que la consagración de la guerra civil, ha sido honrosamente sincero: “No hemos tenido éxito en aquello que nos fijamos: acabar con la violencia espantosa y lanzar un proceso político de transición susceptible de responder a las aspiraciones legítimas del pueblo sirio”.

Matanza de Hula

Víctimas de la matanza de Hula, perpetrada por los 'shabiha'.

El desafío es, a un tiempo, político y ético, pero esta doble vertiente de la crisis queda siempre velada por las discrepancias de los grandes actores internacionales, con la negativa explícita de Rusia y China a dar su consentimiento a una intervención autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU y las dudas que paralizan a las otras potencias más allá de la gesticulación diplomática que nada modifica. Rusia quiere asegurarse la presencia en el Mediterráneo a través de la base de Tartus, en la costa siria, mantener una antena en Oriente Próximo e impedir que los Hermanos Musulmanes ocupen algún día el puente de mando; China no quiere incomodar a Irán, protector de Siria hasta la última coma, donde compra ingentes cantidades de petróleo; Occidente entienden que casi todas las alternativas son peores al sentido recuento diario de cadáveres. “En el equipo de Kofi Annan se tiene la sensación de que la actitud de Moscú proporciona una coartada a los países occidentales, que ni tienen intención de intervenir en Siria ni tienen plan B, y no demasiado plan A”, subraya la comentarista Sylvie Kaufmann en el diario progresista francés Le Monde.

Las fundadas suposiciones de Kaufmann coinciden grosso modo con la tendencia dominante en las cancillerías de Europa y en el Departamento de Estado, que parten del convencimiento de que, a las puertas de Israel, en la vecindad de Líbano, la mejor decisión es no tomar ninguna decisión. Pero ¿es conveniente y útil mantenerse a la espera de no se sabe muy bien qué? James P. Rubin, que formó parte de la Administración del presidente Bill Clinton y aplica a sus análisis un realismo sin fisuras, ha publicado un artículo en Foreign Policy en el que explica cuál es, a su juicio, “la razón real para intervenir en Siria”. “El programa nuclear iraní y la guerra civil de Siria puede parecer que no están conectados, pero en realidad están inextricablemente vinculados. El verdadero temor de Israel –la pérdida de su monopolio nuclear y por lo tanto la capacidad de utilizar sus fuerzas convencionales en todo el Oriente Próximo– es el factor no reconocido que impulsa sus decisiones hacia la República islámica. Para los líderes israelís, la verdadera amenaza de un Irán con armas nucleares no es la perspectiva de un líder iraní loco que lanzara un ataque nuclear no provocado contra Israel que llevaría a la aniquilación de ambos países, sino el hecho de que Irán no necesita ni siquiera probar un arma nuclear para socavar la influencia militar israelí en Líbano y Siria. Con solo alcanzar el umbral nuclear, los líderes iranís podrían envalentonarse para llamar a su representante en Líbano, Hizbulá, para que atacara a Israel, sabiendo que su adversario tendría que pensárselo bien antes de devolver el golpe”.

El análisis de Rubin forma parte de la doctrina clásica de seguridad aplicada por los gobiernos de Estados Unidos en cuanto atañe a Israel –se trata de garantizar el statu quo y dejar a salvo la superioridad estratégica de israelí–, pero va más allá porque descarta que Asad acepte dejar el poder como resultado de una negociación y previene ante los peligros inherentes a una institucionalización de la guerra civil. Rubin esboza un cuadro general desalentador, construido a partir de la degradación del régimen sirio y la radicalización de sus adversarios: “La rebelión en Siria dura más de un año. La oposición no desaparecerá, y está claro que ni la presión diplomática ni las sanciones económicas obligarán a Asad a aceptar una solución negociada a la crisis. Con su vida, su familia y el futuro de su clan en juego, solo la amenaza o el uso de la fuerza cambiarán la actitud del dictador sirio. En ausencia de intervención extranjera, la guerra civil en Siria solo empeorará a medida que los radicales se apresuren a explotar el caos y se intensifique el efecto indirecto en Jordania, Líbano y Turquía”.

Tartus

Vista aérea de la base naval rusa de Tartus, en la costa de Siria.

Lo que sostiene Rubin es que la región corre el peligro de contraer una enfermedad crónica llamada Siria, caracterizada por una guerra civil irresoluble, como sucedió en Líbano entre 1975 y 1990, y muchos actores externos interesados en prolongarla para preservar su cuota de influencia en el desarrollo de los acontecimientos en la región. Este horizonte tenebroso tiene poco que ver con la defensa de los derechos humanos y la preocupación por la suerte que corren los civiles, víctimas propiciatorias de sus gobernantes, pero se antoja bastante cercano a lo que sucede y, aún más, prueba que los mismos argumentos esgrimidos en la crisis Libia para desencadenar una intervención militar con el acuerdo de la ONU no surten efecto en el caso de Siria o no valen mucho más que para producir una abundante literatura de lamentos sin ningún efecto práctico.

Así pues, el riesgo de que se enquiste el conflicto y de que Asad administre la guerra como una herramienta más del sistema mediante el recurso permanente a la represión militar –operaciones reconocidas contra lo que el régimen llama “grupos terroristas”– o represalias sin paternidad –las acometidas de los shabiha, matones del régimen–, lleva directamente a preguntarse cómo y quién puede romper el círculo vicioso. Rubin sugiere una operación internacional en dos tiempos, pilotada por Estados Unidos:

1º Anunciar la disposición del Gobierno de entrenar a las fuerzas de la insurrección siria con el concurso de aliados en la región como Catar, Arabia Saudí y Turquía. Cree Rubin que tal declaración podría acelerar las deserciones en el Ejército de Asad y acercar a las diferentes facciones de la oposición, ahora bastante divididas, por no decir enfrentadas, y con los Hermanos Musulmanes en situación de sacar partido de la desunión.

2º Lograr un acuerdo singular de Estados Unidos y algunos de sus aliados en Occidente con países de Oriente Próximo para iniciar una “operación aérea de la coalición”, que da por seguro que nunca contará con el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a causa de la oposición de Rusia y China, y tampoco de la OTAN, debido a la desconfianza que acompaña a la repetición de una experiencia como la de Libia (coste de la intervención y situación posbélica).

El objetivo final identificado por Rubin es evitar “una guerra mucho más peligrosa entre Israel e Irán”. Pero el camino para alcanzarlo incluye comprometer a casi toda la región, operar al margen de la legalidad internacional, alentar la prédica antioccidental y exacerbar la pugna histórica entre sunís y chiís, concretada en Arabia Saudí e Irán. Y, al encrespar el enfrentamiento en el campo del islamismo político, la seguridad de Israel, causa última del relato tejido por Rubin, volvería a estar amenazada, de forma que Estados Unidos, de seguir la misma pauta intervencionista, debería tomar de nuevo parte activa en el conflicto.

El renombrado sociólogo de la Universidad de Georgetown Norman Birnbaum descarta la oportunidad y la eficacia de una intervención directa encabezada por Estados Unidos: “Sería bueno que los ciudadanos y las élites intenten no exagerar el poder de un país imperial que está profundamente dividido y debe hacer frente a problemas nacionales e internacionales que someten a una gran tensión su capacidad actual de abordar sus propios asuntos”. Esta conclusión de Birnbaum suma bastantes adeptos en los departamentos de Estado y Defensa. Sobre todo si cunden los contactos más o menos explícitos con los ayatolás y estos acceden a delimitar su programa nuclear dentro de parámetros aceptables y comprobables que desvanezcan el riesgo de un ataque preventivo israelí por sus propios medios.

Entre las alternativas a la intervención directa se cuenta remedar el modelo yemení: el presidente Asad dejaría el cargo con toda clase de garantías para él, su familia y bienes, marcharía a un exilio dorado, un albacea del régimen dirigiría un proceso constituyente rápido dentro del cual legitimaría su poder en las urnas y de esta forma se garantizaría la continuidad de la política siria en la región y el apego a sus aliados. Esta fórmula es la que más partidarios tiene en la Administración de Barack Obama, no disgustaría a Rusia y tampoco complicaría las cosas a China. Guenadi Gatilov, viceministro ruso de Asuntos Exteriores, ha recordado que su país “nunca puso como condición que Asad debía necesariamente seguir en el poder al final del proceso político”, pero parece que la hora de la solución yemení pasó hace tiempo, y especialistas de tanta reputación como Georges Corm la dan por imposible. “Diplomáticos occidentales tienen la esperanza de que esta solución podría funcionar en Siria, y que lograría la aprobación de Rusia, dado que Moscú ha rechazado hasta ahora cualquier cambio violento de régimen”,  pero, al dar cuenta del estado de ánimo en las capitales europeas, Corm no soslaya el hecho cierto de que la solución yemení “se está convirtiendo cada vez en más improbable” a causa de la radicalización de la crisis.

Esta radicalización que hace saltar por los aires cualquier forma sensata de sacar a Siria de la lógica perversa de la guerra, obedece a razones locales de una enorme complejidad, desde la realidad indiscutible de que el establishment que apoya a Asad desborda el marco estricto de las estructuras de poder –con el partido Baaz y el Ejército en primerísimo lugar– hasta la lucha sectaria entre la minoría alauí, a la que pertenece el presidente, y la mayoría suní, expuesta a la seducción del fundamentalismo. “Es muy difícil desalojar a un tirano que tiene una base real de apoyo si él está dispuesto a matar a su propio pueblo”, ha declarado Richard Haass, presidente del Consejo para las Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Salvo que, por algún motivo, se esté dispuesto “a ir a la guerra, se siga allí durante bastante tiempo y se construya un Estado”, una empresa que queda lejos del programa del presidente Obama para los países árabes.

Sin el apoyo social del que aún disfruta Asad y que invoca Haass, la agresividad del régimen sería mucho menor y quizá adquiriera el perfil de una resistencia numantina de corta duración. Pero el Ejército es una institución con la solidez que le otorga su vinculación al mundo de los negocios, como sucede en Egipto, y el Baaz es al mismo tiempo la columna vertebral de la Administración y la organización encargada de mantener en pie una red clientelar tejida de pequeños y grandes favores en la que se mezclan los intereses del Estado y la vida cotidiana de muchos ciudadanos que dependen del paraguas protector baazista. Gracias a eso, el presidente puede mantener la ficción de la normalidad –cambios en el Gobierno, reformas constitucionales, referendos, elecciones, sesiones en el Parlamento– y neutralizar a los emisarios internacionales puestos al servicio del plan de paz que defiende Kofi Annan.

“Lo que ocurre ahora en el mundo árabe es una verdadera revolución que apenas empieza. Va a durar muchísimo. Eso no significa inestabilidad duradera, pero significa que los dictadores son la principal causa de inestabilidad, y si queremos reanudar el hilo del desarrollo de esas sociedades, hay que hacer que estos dictadores se vayan lo antes posible”, dice el especialista Jean-Pierre Filiu. La crónica siria de todos los días le da la razón.

 

Vatileaks o la soledad del Papa

Un clima de sospecha y desconfianza se ha adueñado de la Curia vaticana para desgracia del Papa y desconcierto de los creyentes. La Iglesia católica viaja en un convoy que circula marcha atrás, hasta los ominosos días de la logia P2, los manejos del obispo Paul Marcinkus al frente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), apodado banco del Papa, y la mezcla de intereses financieros, tráfico de influencias, opacidad y muerte de aquel entonces. Benedicto XVI, un anciano de 85 con las fuerzas propias de su edad, aparece en el centro de una trama urdida, se dice, para rescatarle de la red de intereses que maneja el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, pero que debilita la figura del pontífice frente a una estructura de poder temporal y espiritual adaptada desde hace siglos a las artes conspirativas y los complots de palacio. El Vatileaks o Vatigate, como se prefiera, no es un acontecimiento sustancialmente nuevo en la historia vitacana; al contrario, forma parte de alguna de las más añejas tradiciones del papado.

Este gen constitutivo de la historia de la Iglesia ha sido identificado por analistas creyentes y no creyentes con rara unanimidad. Las últimas semanas se han podido leer y oír varios comentarios en este sentido, entre ellos el de Philippe Levillain, director del Diccionaire historique de la papauté, publicado por el diario católico francés La Croix: “Se han conocido otras veces enfrentamientos en la cima del Vaticano, a veces muy violentos. Así fue cuando la mayor parte de la Curia, después de la guerra, era atlantista, favorable a Estados Unidos, y estimaba que monseñor Montini (el futuro Pablo VI) estaba demasiado abierto a los países comunistas”. A decir verdad, el ejemplo al que recurre Levillain es de los menos dramáticos, pero es ilustrativo de la pugna cotidiana por orientar el gobierno de la Iglesia, como contó en su día el teólogo católico italiano y respetado vaticanólogo Giancarlo Zizola, fallecido en el 2011, en el libro Santidad y poder, dedicado a la lucha permanente entre la Curia y los papas.

La realidad práctica del poder del Papa es del todo singular porque él es, a la vez y de forma indivisible, la cabeza de un pequeño Estado, la referencia espiritual y dogmática de una comunidad que supera los mil millones de personas, el gestor de un patrimonio inmenso repartido por todo el planeta y el administrador último de una red asistencial y prestadora de servicios, imprescindible e insustituible en muchos países y segmentos sociales. Este poder procede de la decisión que toma un colegio electoral que se reúne a puerta cerrada a la muerte de cada Papa –la asamblea de cardenales menores de 80 años, el cónclave–, que elige a uno de entre ellos para gobernar la institución con atribuciones omnímodas, propias de un régimen absolutista y que solo decaen con la muerte de quien las encarna. La frase de Zizola “Ratzinger transforma la teología en poder” se ajusta por completo a los hechos y al legado de la tradición porque es perfectamente aplicable a la inmensa mayoría de papas desde el edicto de Milán (año 313).

La concordancia con la tradición no hace el momento menos grave. Está muy extendida la opinión de Andrea Tornielli, expresada en la web Vatican Insider, de que estamos ante un caso peor que el de los curas pederastas. La razón salta a la vista: aunque los implicados en las filtraciones de documentos dirigidos al Papa aseguran que actúan para defenderlo de sus adversarios en los salones del Vaticano, “son pocos los que creen que sea verdad, porque si durante estos meses de Vatileaks se ha obtenido un resultado, este es la pérdida de prestigio generalizada de la Santa Sede, cuya imagen sale devastada”. Ciertamente, transmiten una imagen de descontrol, improvisación y deslealtad a todas horas el libro Su Santidad. Los papeles secretos de Benedicto XVI, del periodista Gianluigi Nuzzi; la destitución fulminante de Ettore Gotti Tedeschi, presidente del IOR especialmente apreciado por el Papa; el nombramiento de Carlo Maria Viganò para ocupar la nunciatura de Washington y alejarlo así de Roma –era el responsable del gobernatorato del Vaticano– y del Papa, a quien el año pasado envió dos cartas en las que denunciaba situaciones de corrupción en el gobierno de la Iglesia, y, por último, la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del pontífice que aparece como el correo que filtró a la prensa los documentos procedentes de los aposentos papales.

Ettore Gotti Tedeschi

El Instituto para las Obras de Religión (IOR) fue fundado por el papa Pío XII el 27 de junio de 1942. Su patrimonio se cifra en 5.000 millones de euros, registrado casi todo él a nombre de monasterios, congregaciones y conferencias episcopales radicados en Europa. Solo el Papa, el consejo de vigilancia, los cuatro administradores y los comisarios de cuentas tienen acceso a la totalidad de los balances. El consejo de vigilancia está formado por los cardenales Attilio Nicora, Jean-Louis Tauran, Télesphore Zoppo y Odilo Scherer. En la foto, Ettore Gotti Tedeschi, expresidente del IOR.

Cada uno de estos capítulos no hace más que revelar la debilidad extrema del Papa como cabeza visible de la Iglesia, según la definición de la figura forjada por la cultura eclesial. El libro de Nuzzi es posible porque alguien –puede que sea más exacto decir algunos– están interesados en que se conozcan determinados hechos, el apartamiento de Gotti Tedeschi del IOR es posible porque hay sectores de la Curia capaces de imponerse al Papa, la suerte de Viganò pone al descubierto una estructura de poder paralelo que hace y deshace, y el papel de Gabriele certifica de forma alarmante que el camino hasta la mesa de trabajo de Benedicto XVI está al alcance de demasiados. Lo que se antoja menos creíble es que sea el mayordomo Gabriele el gran motor de la conspiración. “Resulta bastante difícil pensar que lo sucedido haya surgido de un acuerdo de cuatro amigos en un bar”, escribe Tornielli. “El mayordomo no sería más que un lampista más o menos manipulado”, sostiene Dominique Greiner en La Croix.

La pregunta es, entonces, ¿quiénes mueven los hilos y por qué? Ambas incógnitas solo admiten respuestas conceptuales. Solo integrantes de la Curia y aledaños a ella tienen la posibilidad teórica de interferir en el laberinto por el que circula la documentación destinada al Papa; solo aquellos que piensan que ha llegado la hora de preparar la sucesión de Benedicto XVI en un cónclave corto y controlado tienen verdadero interés en neutralizar al cardenal Bertone, que aspira a lo mismo que sus adversarios. “La idea del papado de transición flotaba en el ambiente desde el inicio porque se pensaba que iba a ser un papado breve. Una parte del Vaticano veía este hecho con buenos ojos porque significaba un respiro para las fuerzas más conservadoras”, explicó en marzo el prestigioso vaticanólogo Marco Politi a la revista mexicana Proceso. Pero luego, cabe añadir, quedó patente la posibilidad de que el pontificado de Benedicto XVI se prolongara y empezaron los cabildeos; ahora el temor de muchos es que con el Papa alemán se repita la situación de incertidumbre causada por la longevidad de León XIII, que cumplió los 93 años en la silla de Pedro.

La paradoja mayor es que el escándalo ha reforzado la posición de los colaboradores del Papa, a quienes reiteró el miércoles la confianza depositada en ellos, incluido Bertone, supuesto objetivo de los cuervos que revolotean sobre las nobles piedras de la plaza de San Pedro y del topo que dio curso a información reservada dirigida al Papa. Así lo entiende Marco Tosatti, del periódico moderado turinés La Stampa, que no hace más que invocar el principio común a todas las estructuras de poder: en cuanto se produce una injerencia externa, desaparecen las divisiones y se protegen de la intromisión mediante una reafirmación de su unidad.

Al fondo de este escenario se recorta la silueta del IOR, urgido por el Consejo de Europa a aclarar sus cuentas, a desvanecer la sospecha de que es un instrumento para blanquear dinero con conexiones inconfesables en paraísos fiscales. Cuando el Papa puso a Gotti Tedeschi al frente de la institución le dijo: “Debemos ser irreprochables”. Fue tanto como decir que el banco debía someterse a una gestión más transparente y rigurosa que durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, marcados por la confusión. “En la gestión cotidiana de la Iglesia universal, esto –la confusión– se traduce en cierta inconcreción en las decisiones, una impresión de improvisación y de inacabado, pero también un recurso a los pequeños arreglos ‘a la italiana’ para sortear los requisitos burocráticos, es decir, métodos poco ortodoxos para hacer que las cosas avancen a pesar de todo”, indica Dominique Greiner.

La tendencia a lo borroso, a lo inconcreto, se repite en el Vatileaks porque se trata de un partido que se disputa no solo en el campo de las finanzas, sino que lo que hay en juego es “la imagen misma de Ratzinger y el poder de los purpurados que ambicionan su solio”, han afirmado Tommaso Cerno y Marco Damilano en el semanario progresista italiano L’Espresso. Es, pues, un partido que se juega en el campo de los bienes tangibles, el IOR y el mundo de las finanzas, pero también de los intangibles, el de la Iglesia como referencia moral e instrumento de poder. De ahí que algunas de las sombras que se mueven entre cajas estén interesadas en subrayar que actúan con espíritu evangélico, sin más concreciones, aunque lo cierto es que el Papa “se encuentra solo ante la opinión pública” (Levillain) y resulta poco menos que grotesca la apelación hecha desde L’Osservatore Romano por Giovanni Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado: “Un poco de honestidad intelectual y de respeto de las más elemental ética profesional no le vendría mal al mundo de la información”.

El planteamiento de Becciu es preocupante para el orbe católico porque no se lamenta de la lucha por el poder, sino de que se haya sabido que tal lucha existe y el entorno del Papa no se comporta siempre con la limpieza y lealtad debidas. Esta propensión al secretismo más acérrimo, incluso en aquellas situaciones en las que es imposible mantenerlo o, más aún, en las que la prudencia aconsejaría olvidarse de él para rehabilitar a la institución, hipoteca el futuro y el papel de la Iglesia en la economía y la sociedad globales. Como destacan diferentes autores, la Iglesia acepta así formar parte inseparable del statu quo internacional y olvida lo que la tradición define como misión profética, una renuncia esta que distancia cada vez más a la jerarquía de los creyentes, cuando no alimenta el escepticismo.