Los Juegos nunca pinchan

El desapego de los ciudadanos de Londres hacia los Juegos Olímpicos es una consecuencia del ciclo depresivo de la economía británica y de las estrecheces que impone. Tiene que ver con eso y con cierto sentimiento de pérdida de la inocencia olímpica que poseyó las citas de 1908, cuando Londres era la capital de un gran imperio colonial, y de 1948, cuando la ciudad se recuperaba del martirio de los bombardeos de la segunda guerra mundial. En ambos casos, el llamado espíritu olímpico todavía cobijaba el legado de aquellos caballeros de mostacho, terno con chaleco y aire distinguido que a finales del siglo XIX dieron en restaurar los Juegos, inspirados en el remoto ejemplo de los deportistas de la Grecia y la Roma clásicas, que se conformaban con una corona de laurel y una oda de Píndaro. Hoy todo tiene el aire inconfundible del gran negocio, y el Comité Olímpico Internacional (COI) se debate entre el citius, altius, fortius y los despachos de presidencia de las multinacionales.

Londres 1908

Un momento de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908.

Todo esto parece pesar en el ánimo londinense y el dato de desaceleración de la economía británica dado a conocer el miércoles, solo dos días antes de prender la llama en el pebetero. Ahí están los agrios comentarios de la prensa, andanadas dirigidas al canciller del Tesoro, George Osborne, y los euroescépticos dispuestos a dar la gran batalla contra las miserias de la UE mientras la antorcha pasaba de mano en mano por las calles de Londres. El sobrecoste astronómico de la empresa olímpica, los fallos en la organización, los atascos, la ridícula incapacidad de la empresa encargada de la seguridad para cumplir sus compromisos, debilidades detectadas en los prolegómenos del gran espectáculo, tendrían menor relieve si el Reino Unido no encadenara tres trimestres de caída del PIB y nadie viese adónde llevan los programas puestos en marcha por el Gobierno. Pero la realidad es la que es: el PIB español cayó el 0,4% de abril a junio; la contracción en la zona del euro fue del 0,2%; la británica ascendió al 0,7%.

El descontento con el Gobierno ha sumado los grandes medios a la crítica, cuando no al desaliento. “Aparte de los atletas, poca gente, fuera de la construcción y las empresas de seguridad, saca beneficio de los Juegos Olímpicos. Así que los ministros recurren a la mendicidad. Hacen propaganda de los Juegos más allá de toda medida, y contratan consultores para reivindicar una inverosímil herencia en pago por el desembolso de 9.000 millones de libras. Es basura la jactancia del alcalde de que cada día un millón de turistas adicionales invadirá Londres. En cuanto a la promesa de David Cameron de que las empresas británicas ganarán 13.000 millones de libras en los contratos que de otro modo no hubieran obtenido, ello implica el soborno y la trapacería en una proporción olímpica”, ha escrito en el diario progresista The Guardian el comentarista Simon Jenkins.

Londres 1948

La ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de 1948, llamados de la austeridad, celebrada en el estadio de Wembley.

Ni este párrafo demoledor ni otros de parecido tenor publicados aquí y allá, ni siquiera la hipercrítica esparcida por los medios audiovisuales o el enfado de muchos que circula por las redes sociales –“el estadio es muy bonito, pero nuestros trenes son una porquería”– afectan en realidad al éxito –muy probable– o al fracaso –bastante improbable– de los Juegos. Estos han sobrevivido a situaciones de extrema gravedad con apenas unos rasguños, y no es preciso remontarse a principios del siglo pasado, cuando a menudo fueron un caos organizativo y un espectáculo trufado con episodios de gusto más que dudoso. Basta con repasar los acontecimientos que rodearon a los Juegos Olímpicos durante un largo periodo de la segunda mitad del siglo XX:

-México 68. El 2 de octubre, diez días antes de la ceremonia inaugural, se produjo la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. Los Juegos estuvieron a punto de cancelarse, pero finalmente se celebraron.

-Múnich 72. El 5 de septiembre, en pleno desarrollo de los Juegos, terroristas palestinos de la organización Septiembre Negro asaltaron el edificio de la delegación israelí. Murieron once deportistas y cinco asaltantes; otros tres sobrevivieron. Las competiciones continuaron hasta el último día.

-Montreal 76. La negativa del COI de excluir a Nueva Zelanda de los Juegos porque su selección de rugby había jugado un partido contra la de Sudáfrica, expulsada de la familia olímpica a causa de la política de apartheid, llevó a 24 países africanos a no participar. Los Juegos se celebraron sin mayores contratiempos, aunque fueron un desastre económico.

-Moscú 80. Estados Unidos y bastantes de sus aliados boicotearon los Juegos, pero las competiciones que organizaron como alternativa a la cita olímpica no dejaron huella.

-Los Ángeles 84. La Unión Soviética y la mayoría de sus aliados devolvieron la moneda a Estados Unidos con un boicot que, como cuatro años antes, perjudicó a los deportistas que debieron quedarse en casa, pero no a los Juegos.

La vitalidad transformadora de las ciudades que entraña la celebración de los Juegos -véase Barcelona-, los criterios de gestión empresarial que adoptó el COI al ocupar la presidencia Juan Antonio Samaranch, el aumento exponencial de los derechos de televisión, las vías de comercialización y un entramado socio-económico de alcance universal han hecho posible que el estado de ánimo de los anfitriones tenga solo una remota relación con la cuenta de resultados. Afirma Tristam Hunt en el Financial Times: “Lo más sorprendente con relación a anteriores Juegos es el desinterés del público y de la clase política. Estamos acostumbrados a que los Juegos, comandados por los medios de comunicación, sean una forma de geoestrategia de poder blando. Estados Unidos y la Unión Soviética representaron el juego de su guerra fría en los de Moscú y Los Ángeles; España enterró los fantasmas de Franco en Barcelona; China consagró la era de Pekín. La oferta británica fue un intento de forjar una moderna identidad posimperial: el Reino Unido como una nación global, multicultural, capaz de golpear por encima de su peso (una visión cruelmente refutada al día siguiente por los ataques del 7/7) [se refiere a los atentados islamistas del 7 de julio del 2005]”.

Londres 2012

Vista del parque olímpico de Londres. Fuente: Official London 2012 Website.

Todo esto puede ser muy cierto, pero en cuanto lleguen las primeras marcas, un británico se cuelgue una medalla o surja en la densidad competitiva de estos días una singular muestra de sacrificio, la lentitud de los autobuses o los objetivos que movieron a la ciudad de Londres a solicitar los Juegos, y que luego no se han cumplido, ocuparán un modesto y recogido segundo plano. Las alusiones al fracaso del modelo multicultural, las encuestas que vaticinan una debacle conservadora si mañana se celebraran elecciones y el enfado de todos los días de los contribuyentes con un Gobierno desconcertado y desconcertante quedarán para después de estas dos semanas, incluso en el caso más que imaginable de que los medios más influyentes no cejen en la crítica. Este es uno de los secretos de los Juegos Olímpicos: a última hora, por difícil que sea el momento, nadie quiere ausentarse de ellos, nadie está dispuesto a llevar su oposición tan lejos como para quedar completamente al margen de un acontecimiento tocado por el éxito, que nunca pincha, cuya razón de ser es justamente la promesa de disfrutar de los beneficios del éxito de un acontecimiento universal, salvo cataclismo imprevisible. Esta es la cultura del COI, que Samaranch y su equipo llevaron hasta sus últimas consecuencias y que Jacques Rogge y sus colaboradores cultivan sin alterar una coma.

Cuando el muy conservador The Daily Telegraph compara lo hecho en España y en el Reino Unido para enderezar la economía, y de paso suministra munición a los euroescépticos, alimenta la enemiga de una parte de los londinenses con los Juegos, pero este respingo en un sector de la opinión pública empieza y termina en la isla; el resto del planeta solo espera que empiece la gran epopeya en el estadio. “Como suele suceder, el programa de austeridad español es bastante más duro que el del Reino Unido, por lo que no es creíble como se afirma que la causa de nuestros problemas es una prematura reducción del déficit. Por otra parte, España no cuenta con la mitigación de una política monetaria muy acomodaticia o una moneda devaluada. No, el problema es mucho más profundo y estructural. Y tiene que ver también con la deuda pendiente, que sigue siendo inmensa, y con el profundo deterioro de la banca dejado por la anterior Administración”, señala Jeremy Warner en el periódico antes citado. Y eso, ¿qué significa? Porque para el resto del planeta olímpico, para el éxito universal de los Juegos, hoy no son relevantes los aciertos o desaciertos de George Osborne, aunque cuando cese la fanfarria quizá tengan un gran impacto en la economía global.

Los Juegos son la gran evasión transversal, la gran exaltación de los estados-nación y del orgullo colectivo. De momento, no hay forma de competir con ellos y el grado de exigencia impuesto a los organizadores es muy alto porque el beneficio para la ciudad que los acoge suele ser asimismo muy alto. Si pasadas las dos semanas de rigor no se cumple esta regla, es que algo se hizo mal, porque los espectadores estuvieron allí, los deportistas, también, las inversiones se cumplieron y los patrocinadores en sus múltiples modalidades difundieron sin descanso la imagen y la marca de la ciudad olímpica. Y todo esto se produjo fuese más o menos favorable el ambiente local; fuese mayor o menor la complicidad de los ciudadanos con los Juegos disputados a la puerta de sus hogares.

¿Deslegitima o devalúa esa realidad la crítica de los medios? Desde luego que no. El periódico liberal norteamericano The Washington Post publicó un análisis de Jackson Diehl, responsable de las páginas de opinión, al hacerse eco del ambiente en Londres, de los beneficios que reporta la crítica y de algunas frases empleadas por políticos y periodistas: “debacle humillante”, “caos predecible” y otras por el estilo. Diehl escribió bajo el título Medalla de oro para la prensa libre: “Estos juicios no provienen de franceses dispépticos u otros anglófobos, sino de altos funcionarios del Gobierno británico, miembros del Parlamento y, por supuesto, de la prensa londinense (…) Un mundo que estaba impresionado sobre todo por el espectáculo autoritario puesto en escena por Pekín en el 2008 verá una demostración muy diferente (…) En cumplimiento de promesas hechas en el vacío al Comité Olímpico Internacional, Pekín estableció tres áreas para las manifestaciones políticas, y luego se negó a conceder un solo permiso para entrar en ellas. Cuando dos mujeres de 70 años pidieron autorización para protestar por haber sido expulsadas de sus casas, fueron condenadas a pasar un año en un campo de trabajo (…) El Gobierno [británico] ha tenido que recurrir a las unidades militares y policiales. Parece probable que el resultado será una mejora neta de la seguridad en los Juegos gracias a la oleada de noticias y airadas audiencias parlamentarias en las que han sido sometidos a interrogatorio fulminante el secretario británico del Interior y el director ejecutivo de la empresa privada de seguridad”.

Efectivamente, esos son los beneficios de la crítica sin cortapisas. Pero los fallos detectados por los críticos y las correcciones de última hora, ¿afectan al impacto y al éxito universal de los Juegos? Una vez más, la respuesta es no. Valga el relato sucinto de un episodio de los de Seúl 88: el primer o el segundo día de competiciones, el autobús de un grupo de funcionarios olímpicos se extravió de vuelta al hotel donde residían. Un integrante de la organización comunicó el incidente a un miembro del COI que, sin inmutarse, dejó para la posteridad el siguiente comentario: “No se preocupe, no salen en los periódicos”.

 

 

 

Legitimidad en discusión

La portada del jueves de EL PERIÓDICO era suficientemente expresiva de la distancia entre el programa electoral del PP y la praxis política del Gobierno para considerarla un elemento más de discusión incorporado al debate que se ha abierto en Europa sobre la legitimidad moral de los gobernantes para tomar según qué medidas en según qué circunstancias. Solo aquellos que se den por satisfechos con la tesis de Max Weber sobre la legitimidad, según la cual esta se fundamenta en el ejercicio del poder conforme a las leyes, pueden sostener que no caben dudas ni discusiones. En cambio, cuantos dan por bueno el punto de vista del filósofo italiano Norberto Bobbio sobre la materia sienten que ha llegado el momento de poner en duda algunos supuestos. De acuerdo con Bobbio, “cuando el poder está en crisis, porque su estructura ha entrado en contradicción con el desarrollo de la sociedad, entra también en crisis el principio de legitimidad que lo justifica”.

Norberto Bobbio

Norberto Bobbio (Turín, 1909-2004): "El Estado será más o menos legítimo en la medida en que realice el valor de un consenso manifestado libremente por parte de una comunidad de hombres autónomos y conscientes". ('Diccionario de política')

¿En esas estamos? Juan Alberto Belloch (PSOE), alcalde de Zaragoza, sostiene que “la mayoría absoluta del PP descansa sobre un vacío de legitimidad”, toda vez que “ni uno solo de los programas del PP se está realizando”. Incluso si se admite que la opinión de Belloch obedece a una decantación política evidente, debe aceptarse que manifiesta una opinión ampliamente extendida y que constituye el meollo del asunto: ¿acaso una victoria electoral, con mayoría absoluta o sin ella, otorga un cheque en blanco para actuar en dirección absolutamente contraria a lo prometido? Y, si no es así o, aun peor, si los redactores del programa eran conscientes de que no se podía aplicar y armaron un artificio político con un objetivo meramente electoral, ¿se produce una quiebra de la legitimidad democrática, aunque, como en el caso español, la elección fuera escrupulosamente limpia y los procedimientos seguidos para aprobar los recortes se atengan rigurosamente a la ley?

La discusión trasciende con mucho el hachazo dictado por la tecnocracia germano-bruselense y los mercados, y aplicado por el Gobierno de Mariano Rajoy, porque la misma pregunta se formula en muchos lugares, salvo en los foros poseídos por el fundamentalismo contable neoliberal o por aquellos que creen a pies juntillas que no hay posible alternativa viable al recetario de la cancillera Angela Merkel, salvo el precipicio de la quiebra financiera del Estado. Se lo pregunta la comunidad académica en Italia, a pesar de que Mario Monti ha obtenido un apoyo bastante multicolor en el Parlamento; se lo preguntan en Grecia, donde la gran coalición se ha puesto manos a la obra a pesar de que el país se precipita por el pozo de la miseria. Se lo preguntan, en suma, cuantos creen que Europa ha tomado el peor de todos los caminos posibles y arriesga degradar la preservación de la democracia representativa como sistema político.

El pensador alemán Jürgen Habermas expresó claramente sus temores en los mejores días del dúo Merkozy: “Si no me equivoco, intentan consolidar el federalismo ejecutivo implícito en el Tratado de Lisboa en un control intergubernamental del Consejo Europeo contrario al tratado. Con un régimen así sería posible transferir los imperativos de los mercados a los presupuestos nacionales sin ninguna legitimación democrática”. Algo de eso sospechamos en España, aunque Nicolas Sarkozy haya perdido la presidencia de Francia. Hay tal asimetría en el impacto social de las medidas aprobadas por el Gobierno, que en la práctica institucionalizan la pobreza entre millones de personas y, por esta razón, hacen dudar legítimamente –esta vez sí– de que cuentan con un apoyo social razonable, ya que carecen de la coartada del anuncio previo en la campaña electoral, durante la cual los propagandistas de la derecha se dedicaron a prometer todo lo que después no han podido cumplir.

Jürgen Habermas

Jürgen Habermas (Düsseldorf, 1929): "Angela Merkel y Nicolas Sarkozy han llegado a un acuerdo entre el liberalismo económico alemán y el estatismo francés, que tiene un contenido totalmente distinto".

Habermas se refiere a una “Europa posdemocrática” o “vía posdemocrática” en cuyo seno la traducción de la democracia en medidas concretas depende de factores externos a los programas de los partidos y al propósito de los gobiernos. En esa realidad posdemocrática, las instituciones reducen su función a la configuración de una mayoría dispuesta a poner en práctica las medidas estipuladas por terceros, carentes de representación democrática y subordinados a intereses externos al Estado, a sus necesidades y a las de los ciudadanos, pero dotados de un mecanismo de presión inapelable: un sistema financiero globalizado, opaco y fuera de control.

“Un Estado será más o menos legítimo en la medida en que realice el valor de un consenso manifestado libremente por parte de una comunidad de hombres autónomos y conscientes”, dejó escrito Bobbio en el Diccionario de política. ¿Se da este “consenso manifestado libremente” en la aplicación del hachazo o es fruto de un cambio de rumbo sobre la marcha, algo así como cambiar las reglas del juego una vez empezada la partida? ¿Se ha fijado el Gobierno español algún imperativo categórico moral o el imperativo presupuestario es el único que cuenta? Si es así, ¿se da por satisfecho el Gobierno con constituirse en una entidad meramente caritativa mientras el Estado social y democrático de derecho, que figura definido en la Constitución, se desdibuja y los impuestos se convierten en un mecanismo de redistribución de la pobreza?

El profesor Javier Sádaba afirmó el 16 de julio en Onda Cero: “La legitimidad democrática es inseparable de la moral”. Y fue aún más allá: “Cuando alguien ha prometido en un programa algo, ha hecho un pacto con los electores y, si no lo cumple, eso desde luego es inmoral y está perdiendo legitimidad (…) No vale decir no me gusta, pero lo hago”. Incluso es posible admitir que no todo lo prometido se puede cumplir; en cambio es bastante menos admisible hacer justo lo contrario de lo que se prometió. Visto así existe desde luego alguna forma de imperativo categórico, que en el caso que nos ocupa ha saltado por los aires; visto así no es posible aplicar sistemáticamente una moral de situación ajena a todo compromiso cuyas consecuencias recaen en el segmento más indefenso y dañado de la población. Visto de esta forma no estrictamente instrumental o formalista, la legalidad de los procedimientos se antoja claramente insuficiente para legitimar las decisiones que se adoptan de igual forma a como la aplicación irreprochable y textual del derecho se aleja muchas veces de la justicia (valga para comprobarlo la epidemia de desahucios).

Los gobiernos europeos, en general, se han mantenido al margen de este tipo de digresiones, y el español no es una excepción. Salvo la actitud del presidente de Francia, François Hollande, cuya estación de llegada no se vislumbra, los demás gobernantes han optado por la funcionalidad –puede que eficacia– de las decisiones que adoptan, y han obviado una cuestión capital, planteada por pensadores y politólogos a raíz de la crisis y del desmantelamiento del Estado del bienestar, siempre negado y tozudamente evidente: ¿cómo es posible lograr el equilibrio entre democracia, legitimidad y funcionalidad? El profesor Daniel Innerarity, de la Universidad del País Vasco, plantea el problema de una forma por demás transparente: “La globalización está despolitizada, discurre sin dirección o con una dirección no democrática, impulsada por procesos ingobernables o con autoridades no justificadas. Numerosas materias de decisión se están desacoplando del espacio de la responsabilidad estatal y democrática, lo que plantea dificultades de legitimidad y aceptación”.

Daniel Innerarity

Daniel Innerarity (Bilbao, 1959): "¿Cómo se justifican demcráticamente las presiones de los mercados especulativos, las prohibiciones para que ciertos países desarrollen determinados armamentos o las exigencias europeas de austeridad presupuestaria?"

La despolitización a la que alude Innerarity es la más preocupante de todas porque es extremadamente política. La paradoja obedece al hecho de que el funcionamiento de la economía globalizada, de las tecnofinanzas y de la especulación financiera escapa al control y reglamentación de la política institucionalizada, pero constituye una superestructura con una ideología concreta que persigue reducir el Estado a su más mínima expresión y desviar a la iniciativa privada el grueso de la gestión de los servicios distintivos del Estado del bienestar. Todo ello aliñado con la correspondiente prédica referida a la ineficacia del Estado como prestatario de servicios, aunque la realidad desmienta por completo tal aseveración, caso de la sanidad pública en España, por poner solo un ejemplo.

La pregunta que se formula Innerarity es tan sutil como perturbadora: “¿hay alguna vía intermedia entre la tecnocracia y la demagogia?” Las referencias parlamentarias de la última semana parecen haber encorsetado el mensaje del Gobierno español entre la pura realidad contable y el recurso a la soberbia absolutista de Luis XIV: “Después de mí, el diluvio”. Algo bastante diferente a la contención en las formas y el léxico de Mario Monti, mucho más a salvo de las críticas gracias a una rara mezcla de conocimientos técnicos y tradición humanista que se echa muy en falta en esta esquina de la UE. Cuando suena en el Congreso la voz de la vulgaridad más abyecta –“que se jodan”–, es casi un sarcasmo contentarse con afirmar que manca finezza (la del profesor Monti). Vuelva pues la inquietante pregunta: “¿hay alguna vía intermedia entre la tecnocracia y la demagogia?”

Es de desear que la haya y que, a pesar de todos los pesares, alguien piense en algún momento que no se puede echar por la borda la inquietud social que ha impregnado la política española desde la restauración democrática. Esa inquietud es un ingrediente más, y no menor, de la legitimación del poder, pero también es el único agarradero al alcance de los más vulnerables, porque su vida cotidiana depende de preservar el cumplimiento de las leyes que los protegen –el Estado del bienestar– y de la compasión de los poderosos y de quienes gobiernan, que no siempre coinciden en las mismas personas. Si alguien duda de que es este un imperativo categórico legitimador, que se remita al artículo publicado el último domingo por el profesor Reyes Mate y anote en un cuaderno: “Eso que unos autosuficientes ministros presentan como ‘valientes medidas que hay que tomar y que este Gobierno tomará’ (la vicepresidenta Soraya dixit) significa de hecho humillación para padres sin trabajo ante sus hijos, miseria en la familia, enfermedad para muchos, hambre en algunos casos, angustia, renuncia a proyectos de vida…”. ¿Alguien es capaz de ponerlo en duda sin recurrir al cinismo?

 

Adiós a la esperanza

“Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cimas de la miseria” (Groucho Marx). El gran cómico fue un artista clarividente a quien las miserias de nuestro tiempo le dan la razón con tanta o más rotundidad que las del suyo. Ahí está el Gobierno cargándose los presupuestos aprobados hace dos semanas para cumplir con los requerimientos germano-bruselenses; ahí está el ministro de Economía, Luis de Guindos, asegurando –grosería extrema y desvergüenza insuperable– que la primera entrega del rescate bancario (30.000 millones) se pone en marcha “sin compromisos adicionales” y en el tránsito de un dolor a un lamento sube el IVA, bajan las prestaciones por desempleo, a los funcionarios les dejan sin la paga de Navidad… y eso es solo el aperitivo de lo que puede venir. Ahí está el presidente Mariano Rajoy subido a la tribuna para anunciar un tajo descomunal de 65.000 millones para los dos próximos años y medio, traducción práctica y a quemarropa de la advertencia lanzada por Angela Merkel como quien no quería la cosa: “No habrá ninguna prestación sin contraprestación”. Ahí está el galimatías de los bancos sin los que no hay forma de salir del atolladero, pero que parten el espinazo de los contribuyentes cuando no cuadran las cuentas y deben ser rescatados, un agravio para la clase de tropa que se suma a la amnistía fiscal para los defraudadores, al castigo infligido a los parados venideros que busquen con poco empeño empleos inexistentes y una larga serie de ofensas que han sido largamente detalladas.

Cuando pasan tantas cosas en tan poco tiempo, casi de un día para otro, la sombra del trabuco de Luis Candelas se proyecta ominosa y delatadora sobre el sistema financiero, la economía global, los marengos mejor cortados y las moquetas más mullidas. Veamos qué sucede de puertas para adentro:

-Bankia está en los huesos y en el juzgado hay una larga lista de imputados.

-Catalunya Caixa, Nova Caixa Galicia y otras hermanas mártires viven sin vivir.

-En lo que llevamos de legislatura, el paro ha seguido su trágica carrera hacia arriba y la actividad económica, su trágica carrera hacia abajo.

-La poda de las finanzas públicas ha adquirido dimensiones grotescas, siempre con la cantinela de que es el camino adecuado para que haya crecimiento, se mantenga el Estado del bienestar y al final seamos un país ahorrador y ejemplar, según las exigencias de los ideólogos de la germanización de Europa.

Evolución PIB

Evolución del PIB de España desde el 2005 comparado con el de la Eurozona. Fuente: Banco de España.

Reacción de alguien tan alejado del reformismo social como Amador G. Ayora, director de El Economista, después de darse por enterado de las medidas anunciadas el miércoles por Rajoy: “Aun así, tengo dudas de que lleguemos a tiempo para restaurar la confianza que hemos dilapidado tontamente en lo que va de legislatura”. Las dudas de Ayora son las de todos: ¿pueden ganarse la confianza de quienes mandan en el negocio los mismos agitprop empeñados en confundir a los ciudadanos?, ¿puede esperarse un atisbo de comprensión por parte de las víctimas de la crisis, que contemplan estupefactas que hay capotillo del santo para los bancos mal administrados, pero no para ellas?, ¿puede alguien pensar en su sano juicio que la tensión social se quedará en leves y esporádicas convulsiones? Que los tecnócratas de la UE aplaudan a Rajoy es el peor de todos los presagios porque nunca los contables estuvieron tan lejos de sus conciudadanos como en este festival de recetas neoliberales que nada curan (obsérvese con detenimiento el caso griego).

Veamos qué sucede de puertas para afuera:

-Barclays se dedicó a manipular el líbor y el euríbor alegremente con el propósito evidente de ganar más dinero sin mayor esfuerzo que promover operaciones especulativas.

-Hace ocho meses se hundió ruidosamente en Estados Unidos el fondo MF Global y ahora lo ha hecho PFGBest, compañía que opera en el mercado de derivados, dirigida por Russell Wasendorf, a quien la autoridad reguladora acusa de haber desviado el dinero de sus clientes. Puede que hayan volado 200 millones de dólares.

-Alemania dispone de dos compañeros de viaje decididos a ayudar siempre que haga falta para complicar –entiéndase endurecer– las condiciones del rescate español y quién sabe de cuántos otros en el futuro. Se trata de Holanda y Finlandia, a las que puede sumarse sin gran esfuerzo Austria.

-El primer ministro del Reino Unido, David Cameron, está dispuesto a hacer lo que convenga para rematar la Eurozona y transformar a la UE en una inofensiva zona de libre cambio que salve a la libra y a la City del ocaso.

Todo esto ha sido publicado en los periódicos y no es ningún secreto de Estado. James Bullard, un ejecutivo de la Reserva Federal de Estados Unidos, ve así el momento: “Una de las cosas que más me preocupan actualmente es que esta crisis opone un mercado que se mueve rápidamente a un proceso que se mueve muy lentamente”.  En The Wall Street Journal, el diagnóstico lleva a Bullard a una conclusión discutible, pero muy extendida: “Está en marcha una desintegración del euro impulsada por los mercados”.

Billete de vuelta a lo que aquí sucede: el presidente del Gobierno debiera ahorrarse la utilización constante del adverbio naturalmente, de expresiones del estilo “como es natural” y de otras estructuras apegadas al lenguaje y la lógica de la derecha, pero alejadísimas de la realidad, como es fácilmente demostrable en los planos teórico y empírico. Nada es natural; todo obedece a una serie encadenada de acontecimientos inducidos por los llamados mercados. Nada es natural porque no lo son el sistema financiero que hay que salvar por encima de todas las cosas, la trapisonda escandalosa de las subprime (2007), el funeral de Lehman Brothers (2008), la rápida nacionalización de bancos para salvar la economía global, los manejos de las agencias de calificación, la burbuja inmobiliaria, las cajas puestas a disposición de a saber quiénes… Nada de eso es natural, siquiera remotamente, salvo que prevalezca alguna forma prelógica de pensamiento. Obedece a los intereses concretos y específicos del universo financiero, que son incompatibles con los del resto del universo.

IPI

Evolución del índice de precios industriales de España desde enero del 2011. Fuentes: Instituto Nacional de Estadística y Marco Antonio Moreno.

El análisis servido por Rajoy se acerca mucho menos a la realidad que la opinión expresada por Martin Wolf en las páginas del Financial Times: “La conclusión obvia es que todos los países afectados por la crisis perdieron en el 2011 cerca de una década de progreso, y hay más malas noticias por venir. De hecho, es muy probable que una fuerte recuperación, caso de que la haya, no será posible durante muchos años. Las posibilidades de que algunos de estos países acaben por perder dos décadas de crecimiento son realmente muy fuertes. Es una historia triste”. Cuando alguien que no es precisamente un neokeynesiano coincide grosso modo con los nobel estadounidenses Joseph Stiglitz y Paul Krugman, que sí lo son, cada uno a su manera, es que el sabor del sopicaldo europeo es el mismo para toda clase de paladares exigentes y no mejora por más explicaciones que den los cocineros.

“Ahora muchos analistas utilizan cada vez más el paradigma de Japón en los 90, los años de crecimiento débil a pesar de que el interés era cero, los años de la deflación. Es el riesgo de una trampa de liquidez” (Antonio Pollio Salimbeni en Il Sole 24 Ore, el diario económico del norte de Italia). “Esto es típico de una dinámica evidente desde el inicio de la crisis, a principios del 2010. Los mercados buscan señales de que Alemania y las demás economías fuertes del euro están dispuestas a comprometer su músculo financiero para ayudar a sus hermanas más débiles, mientras que Alemania y sus aliados se resisten a hacerlo hasta que estén absolutamente seguros de que no escriben cheques en blanco”(Stephen Fidler y Matina Stevis en The Wall Street Journal). “Imaginen lo que ocurrirá si tienen que acudir en ayuda, directamente, de la deuda pública”  (José Miguel Amuedo en Expansión). “Crédito viene del latín creer y nadie cree a los europeos” (José Carlos Díez en EL PERIÓDICO). Y así se podría seguir hasta el aburrimiento o, más probablemente, el desconsuelo.

Paul Krugman ha sintetizado en una sola expresión en The New York Times estas y muchas otras opiniones que se complementan entre sí: “el dolor inútil en España”. Se pueden contar con los dedos de una mano los analistas independientes que creen posible salir del agujero mediante la jibarización del Estado y la institucionalización de la pobreza. La opinión más extendida es que el purgante agravará la recesión, la caída del consumo, la destrucción de empleo y la incapacidad del Estado para hacer frente a sus compromisos. Solo el Gobierno repite ad nauseam que este es el camino para salvar los muebles, que la marca España puede venderse dentro y fuera porque se trata de un país “solvente” y “fiable” –Rajoy dixit–, que el dolor no es inútil y hay que pasar por él cueste lo que cueste. El resto está más cerca de un melancólico pasaje cervantino, contenido en la dedicatoria al conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que de una reconfortante ensoñación infantil: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan”.