Romney se marca solo

Mitt Romney se marca solo, como en ocasión no muy afortunada dijo Helenio Herrero de Juanito, jugador del Real Madrid. Para desespero del universo conservador estadounidense, la campaña del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos es un compendio insólito de equivocaciones, pasos en falso, rectificaciones poco convincentes y confusión creciente que tienen un fiel reflejo en las encuestas, tanto a escala federal como en los estados clave, en todos los cuales el presidente Barack Obama disfruta de ventajas confortables. Mientras Paul Ryan, el compañero de ticket de Romney, sigue con su prédica del Estado empequeñecido y la superpotencia engrandecida en todas partes, la derecha clásica se muestra desolada por el secuestro del Partido Republicano a manos del Tea Party, por la rendición con armas y bagajes del GOP (Grand Old Party) a la extrema derecha. La debilidad de la estrategia y de la aceptación popular de Romney son tan llamativas que han dejado de tener importancia los disparates de otros candidatos republicanos –no solo Todd Akin, diputado por Missouri y candidato al Senado–, zarandeados por la intelligentsia liberal, porque lo que de verdad aturde a los conservadores sensatos es que no hay forma de que el oponente de Obama establezca un programa electoral a la búsqueda del cual salió David E. Sanger en mayo y que, al igual que entonces, se mantiene en una nebulosa llena de inconcreciones, contradicciones y lugares comunes.

Cartel Romney

Este cartel apareció en el exterior de la convención republicana y ataca las contrataciones exteriores. Las tres leyendas dicen: 'Plan de empleo de Romney: 39.000 empleos para México'; 'Plan de empleo de Romney: 26.000 empleos para la India'; 'Plan de empleo de Romney: 73.000 empleos para China'.

Desde antes de la convención de Tampa, Romney abusó del flip-flop (cambios bruscos de opinión), volteretas de campaña que disgustan bastante a los votantes independientes, y dejó la iniciativa ideológica en manos de Ryan. Este tampoco evitó rectificar y cambiar de dirección, pero la militancia de sus seguidores, movilizados por el viento de popa del Tea Party, neutralizó el desgaste del personaje. Al mismo tiempo, las dos caras de la candidatura republicana perseveraron en opinar en direcciones opuestas en asuntos tan importantes como la posibilidad de abortar en caso de violación, la exigencia a China de que corrija la cotización falseada de su moneda o la petición cursada a Obama de que destinara cerca de 800 millones de dólares a estimular la economía. Y así fue cómo, mediado agosto, el periódico USA Today, de registro conservador, adelantó que los 90 millones de electores que en aquel entonces estaban decididos a ir a votar en noviembre preferían a Obama antes que a Romney en una proporción de 2 a 1, un resultado muy por encima de los pronósticos de los encuestadores en el “oscuro camino a la Casa Blanca” (Charles M. Blow en The New York Times), un dato que había tiempo para corregir mediante el efecto convención, que nunca se produjo, y el supuesto desparpajo del aspirante para llegar a los tres debates televisados con algunos triunfos en la mano. No sucedió nada de lo esperado.

Con ser esto grave, no es lo peor. Lo verdaderamente perturbador para el pensamiento conservador clásico norteamericano es que Romney ha incurrido en errores flagrantes en el enfoque emocional de la campaña: despreciar al 47% de los votantes, que dependen de ayudas o programas federales, dar por liquidada la negociación de un Estado palestino, resistirse a hacer públicas sus declaraciones de renta del último decenio, aprovechar la muerte en Bengasi (Libia) del embajador Christopher Stevens y tres funcionarios más para atacar al Gobierno, verter opiniones infantiles sobre la seguridad de los aviones y otros deslices injustificables. David Winston, principal asesor de los republicanos en la Cámara de Representantes, ha realizado un estudio de campo entre los votantes para saber qué les importa más para decidir el voto: si están mejor que hace cuatro años o si estarán mejor en el futuro. El 77% se deja guiar por las perspectivas de futuro y solo el 18%, por lo sucedido durante los últimos cuatro años. Como ha escrito Alexander Burns, autor de un análisis finísimo de las campañas demócrata y republicana, el eslogan de Obama es Adelante, y su equipo “ha hablado intermitentemente acerca de ganar el futuro”. Según lo ve Burns, “el resultado ha sido una lucha asimétrica de mensajes, con Obama mirando hacia adelante y Romney insistiendo mucho en el pasado y en el presente”.

Cartel impuestos

Cartel contra el programa fiscal de Mitt Romney. Dicen los textos: 'El plan de impuestos de Romney en una página. ¿Gana más de 200.000 dólares al año? Sí->sus impuestos bajan. No->sus impuestos suben'.

La situación es tan manifiestamente grave a ojos del republicanismo tradicional que una figura tan desdibujada como Dan Quayle, apenas recordado a pesar de haber sido cuatro años vicepresidente con George H. W. Bush (1989-1993), ha manifestado su preocupación por la marcha de la campaña: “Romney quizá intenta ganar el voto indeciso, pero no modifica sus puntos de vista”, ha declarado a Fox News, una cadena de televisión opuesta a la más mínima distracción progresista. Más contención imposible en alguien que sufrió en carne propio el dinamismo de Bill Clinton en la campaña de 1992 y dejó para la historia la siguiente frase recogida por The Miami Herald: “Si gobierna tan bien como hizo la campaña, el país irá por el buen camino”. De lo que es fácil inferir que si Romney llegará a gobernar con la misma impericia mostrada hasta la fecha, Estados Unidos conocería días difíciles.

Clarence Page plantea en el conservador Chicago Tribune el problema republicano con bastantes menos miramientos: “Mientras la convención nacional demócrata es recordada por el expresidente Bill Clinton, que vendió la presidencia de Obama mejor de lo que Obama suele hacerlo, la convención republicana se recuerda sobre todo por la conversación de Clint Eastwood con una silla vacía”. La comparación es tan absolutamente demoledora que es más que comprensible el grito de alarma lanzado a través de su blog por Peggy Noonan, que fue redactora de discursos de Ronald Reagan y a la que se refiere Page junto a otro ilustre analista republicano, Rod Dreher, de The American Conservative. El texto de Noonan es tan rotundo –“es hora de admitir que la campaña de Romeny es del todo incompetente”– que su difusión en la edición digital del súmmum de la prensa conservadora, The Wall Street Jornal, ha abierto otra brecha en la campaña de Romney.

Entre tanto, Paul Ryan, portavoz de un derechismo sin complejos, sigue con su retórica desbordada, al servicio de un nacionalismo que casa mal con el multilateralismo promovido por la Casa Blanca. “Si somos fuertes –clama Ryan–, nuestros adversarios no nos probarán y nuestros aliados nos respetarán”. Incluso el muy conservador The Miami Herald cree que no es este el mejor camino para atraer un electorado sumido en las estrecheces económicas del presente y poco inclinado a apoyar ensoñaciones imperiales en el futuro. En la campaña de Ryan, que arrastra inevitablemente la de Romney, parece imponerse un mesianismo trasnochado que desaprovecha los efectos de la crisis sobre la vida cotidiana de la clase media y ni siquiera cuando Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, anuncia compras masivas de deuda mediante el viejo sistema de poner en marcha la máquina de imprimir dólares, es capaz de sacar partido a la operación durante más de 24 horas.

Cartel Seals

Cartel contra la candidatura republicana en el que se lee: 'Los seals apartaron una amenaza a América. Aparta la otra en noviembre'. La primera amenaza se refiere a Osama bin Laden; la segunda, a Mitt Romney.

Los conservadores que temen lo peor piden a los estrategas de Romney que el candidato disponga de un plan y lo exponga, que sea “persuasivo e irrestible”, en expresión del encuestador republicano Whit Ayres, citado por Alexander Burns en el análisis colgado en Politico.com. Pero el último plan, destinado a presentar una alternativa a la política exterior de Obama, se ha estrellado contra el hecho insuperable de que el electorado no está interesado en los entresijos de la diplomacia y sí, en cambio, en los pormenores de la reforma sanitaria, las ayudas a los desempleados, el crecimiento de la actividad industrial y el final verosímil de la pesadilla que empezó hace cinco años con la sacudida de las subprimes. Y los encuestados en Ohio, Florida y Pensilvania –sondeo de la Universidad de Quinnipiac para The New York Times y la CBS–, que otorgan a Obama una ventaja sobre Romney de entre 9 y 12 puntos, confirman que aquello que realmente les importa es aquello en lo que el presidenciable republicano es menos convincente o se muestra más alejado de la realidad.

¿Puede haber algo peor que los vaticinios de las encuestas? El periodista Jean-Sébastien Stehli, formado en Estados Unidos, se refiere a ello en las páginas del diario francés Le Figaro, adscrito al campo conservador: “Lo más duro para Romney es que incluso entre quienes dicen sentirse decepcionados por Obama son más y más numerosos los que desean su relección. El desafío de Romney es pues doble: convencer a los indecisos, si aún los hay, y atraerse a quienes se han hecho a la idea estas últimas semanas de un segundo mandato de Obama”. Pero, como indica Stehli, cabe preguntarse si hay indecisos. Y la tendencia es considerar que no quedan muchos, y en todo caso no es posible pensar que pueden inclinarse masivamente por uno u otro candidato salvo que se produzca la siempre temida sorpresa de octubre, que erosione la figura del presidente.

Los riesgos que corre el Partido Republicano son enormes si Romney no levanta el vuelo y, si no logra la victoria, consigue al menos una derrota honrosa. Clarence Page recuerda el panorama al día siguiente de que Lyndon B. Johnson venciera a Barry Goldwater en 1964, las guerras intestinas en que se sumió el partido. El establishment republicano siente hoy que, incluso conservando la mayoría en la Cámara de Representantes –algo perfectamente posible–, serán devastadoras las consecuencias de las tensiones entre el núcleo tradicional del partido y el bloque más derechista, abrazado al Tea Party. Este establishment, que quisiera encontrar una figura confortable del perfil que, cada uno a su manera y de acuerdo con su tiempo, tuvieron Dwight D. Eisenhower (1953-1961) y Ronald Reagan (1981-1989), está convencido de que el extremismo desorbitado conduce directamente a la derrota.

El analista Alex Castellanos, que asesoró a Romney en la campaña del 2008, sostiene que “un trabajo del presidente es ser Moisés”, ocupado en llevar a la nación a la tierra prometida. Evocaciones bíblicas al margen, los poderes que la Constitución confiere al jefe del Ejecutivo son de tal calibre que el electorado tiende a desconfiar por principio de quien rehúye el compromiso. Si, además, resulta que multiplica las muestras de desconfianza el sector social que se supone que ha de apoyar a un candidato –los conservadores en el caso de Romney–, es inevitable dudar de las posibilidades que tiene el interesado de salir airoso del lance. Como señalan cuantos siguen la campaña al minuto, Obama pecha con el desgaste de cuatro años con más promesas que resultados, pero retiene grosso modo el apoyo de las minorías que lo llevaron a la Casa Blanca y mantiene tras de sí un partido razonablemente cohesionado; Romney, por el contrario, ha retraído a un segmento de electores alarmado por la suma de fundamentalismos que se han adueñado del Partido Republicano y no ha incorporado hasta ahora a los independientes defraudados por el moderado reformismo de Obama. Romney recuerda más al profeta extraviado en el Sinaí que a quien condujo a los suyos hasta las puertas de Canaán.

Mahoma solo es la excusa

La película La inocencia de los musulmanes es un producto deleznable realizado en Estados Unidos, pensado solo para perturbar a cuantos profesan la fe del islam, pero la libertad de expresión es un derecho indivisible, un legado de las Luces cuya acotación debe limitarse a garantizar el derecho a la intimidad –véase el caso del top-less de la duquesa de Cambridge– y poco más. Todas las religiones, creencias e ideologías no violentas tienen derecho a ser respetadas, pero la libertad de crítica es también un derecho fundamental, una de las herramientas básicas para el progreso moral y material del género humano. Resulta fatigoso tener que recordar tan elementales y sumarios principios, así como la posibilidad irrevocable en los estados de derecho de acudir al juzgado de guardia para denunciar a quienes se estima que han causado grave perjuicio, pero la campaña de protestas contra sedes diplomáticas de Estados Unidos en países de mayoría musulmana, con la tragedia añadida de varios muertos, incluidos el embajador norteamericano en Libia, Christopher Stevens y otros tres funcionarios, obliga a hacerlo. El director, los financiadores y los difusores de La inocencia de los musulmanes abrigan propósitos inconfesables y son depositarios de un sectarismo repulsivo, pero cualquiera que sea la operación que barruntan quedaría desactivada si no se les prestara atención por más que colgaran su zafiedad en YouTube.

Ciudadanos libios

Ciudadanos libios se manifiestan para protestar por el asesinato del embajador Christopher Stevens, perpetrado por manifestantes salafistas que el 11 de septiembre asaltaron el Consulado de Estados Unidos en Bengasi.

La decisión del semanario francés Charlie Hebdo de caricaturizar al profeta Mahoma al hilo del levantamiento salafista en curso no es en ningún caso la mejor y más prudente de todas las decisiones posibles, pero está en su derecho hacerlo y, en última instancia, como ha dejado escrito el diario Le Monde en su editorial del último miércoles, “desde un lado quieren hacer reír y vender; desde el otro se lanzan anatemas”. Si se tiene por insuficiente este razonamiento, basta preguntarse dónde habría quedado la dignidad de Salman Rushdie si después de publicar Los versículos satánicos se hubiese plegado al totalitarismo vociferante de los ayatolás que emitieron la fatua que lo condenó a muerte. Y esta pregunta puede hacerse extensiva al dogmatismo exacerbado de los cristianos que pusieron el grito en el cielo cuando se estrenaron películas como La vida de Brian, de los Monty Python, y La última tentación de Cristo, la adaptación de Martin Scorsese de la novela de Nikos Kazantzakis.

“La libertad de expresión, y de información, es un principio universal –recuerda Christophe Deloire, director general de Reporteros sin Fronteras, aunque acepta que nadie se sirve de ella “a la perfección”–. Si la exijo para mí, la quiero para los otros. Si la rechazo para los otros, ellos me la negarán a mí”. En cambio, cuando un especialista en el mundo árabe como Robert Fisk admite en el diario progresista británico The Independent que “hay un espacio para una discusión seria entre musulmanes acerca, por ejemplo, de una reinterpretación del Corán”, pero que “la provocación occidental” ciega esta posibilidad, excluye la posibilidad de que desde fuera del islam –desde otras religiones, desde el pensamiento agnóstico o simplemente desde el ateísmo– quepa la crítica, el análisis, la discusión universal relativa al mensaje moral, la escala de valores y los fundamentos de la fe musulmana. En un mundo globalizado por internet, este punto de vista resulta sorprendente.

También lo es reducir la discusión de la crisis de las embajadas al ejercicio de la libertad de expresión, aunque este es el resorte más poderoso que el Gobierno de Estados Unidos ha encontrado para manifestar la imposibilidad de prohibir o censurar la película desencadenante del levantamiento, como reclaman los fundamentalistas a sabiendas de que se trata de algo imposible. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, es consciente de que este no es el quid de la cuestión, y aun así prefiere no entrar en el fondo del problema: la ocasión que se le ha presentado al salafismo de reavivar la prédica antioccidental, sobre todo antiestadounidense, y poner en un brete a los islamistas moderados que han ganado el poder en las urnas y persiguen un modus vivendi política y económicamente provechoso con Estados Unidos y la Unión Europea. Ese es el quid, pero Clinton prefiere remontarse a los grandes principios: “Sé que es difícil para algunos comprender por qué Estados Unidos no puede prohibir esta clase de vídeos. Subrayo que en el mundo de hoy, con la tecnología de hoy, esto sería imposible. Pero, incluso si lo fuera, nuestra Constitución lo impediría”.

Olivier Roy

Olivier Roy: "No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda".

Estos argumentos, la invocación de la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que consagra la libertad de expresión, son suficientes y convincentes en las páginas del semanario conservador estadounidense Time y en la pluma de profesores como Adam Cohen, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale –“Vivir en un mundo en el que el discurso del odio queda sin castigo está lejos de ser ideal, pero es peor vivir en un mundo donde el Gobierno decide lo que no podemos decir”–, pero en el ámbito estrictamente político, el artículo publicado en Le Monde por Alain Frachon resulta más ilustrativo: “Barack Obama rechaza la idea de una guerra de civilizaciones. Quizá lleva razón, pero hay al menos un desafío. En la ONU, los países musulmanes se baten para imponer su concepción de los derechos del hombre: en ella se excluye la libertad de denigrar una religión. En Teherán, el régimen acaba de renovar su llamamiento para dar muerte a Rushdie”. Y, entre tanto, el discurso de Obama en El Cairo de junio de 2009, que se interpretó como el final de los recelos entre Estados Unidos y los países árabes, la retirada de Irak, la determinación de una fecha para salir de Afganistán y el apoyo a la primavera árabe parecen haber tenido solo un efecto –limitado– en las élites, pero apenas apreciable en la calle.

Es verdad que “con los medios de comunicación en el mundo árabe mayoritariamente controlados por el Estado, resulta inexplicable para muchos musulmanes que el Gobierno de Estados Unidos rehúse censurar material antiislámico ofensivo en nombre de la libertad de expresión”, como subrayó un editorial del International Herald Tribune. Tan verdad como que los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, con diferentes muestras de debilidad o de falta de asentamiento se enfrenten a una situación sumamente comprometida para dejar sus primaveras a salvo del discurso incendiario en algunas mezquitas. Esa es la opinión del arabista Olivier Roy: “La violencia contra las embajadas estadounidenses, por minoritaria que sea, es muy política. (…) No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda; son, por el contrario, aquellos para quienes la primavera árabe ha desviado a los países árabes de su verdadero combate. (…) La calle árabe, de Alepo a Trípoli, tiene otros combates que librar que el de las caricaturas del profeta”.

Tahar ben Jelloun

Tahar ben Jelloun: "Lo vulnerable en el islam no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias".

El escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, autor de L’étincelle (la chispa), uno de los primeros libros consagrado a las revueltas árabes, diagnostica una decantación del islamismo político moderado hacia posiciones menos contenidas a causa de la presión y la competencia de los salafistas, que tienen su mejor base de operaciones en las masas iletradas y empobrecidas a las que pretenden movilizar. “Lo vulnerable en el islam –escribe Ben Jelloun en Le Monde– no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias. Cuantos han intentado leer el Corán con el corazón de la razón han fracasado, y han ganado terreno la irracionalidad, lo absurdo y el fanatismo. Recordemos, en fin, que el islam es sumisión a la paz, a una forma superior de paciencia y de tolerancia; al menos es lo que a mí me enseñaron”.

En los puntos de vista de Oliver Roy y de Tahar ben Jelloun se concretan varias realidades complementarias:

1. Una minoría ha encendido la llama del paroxismo antiestadounidense.

2. Los gobiernos de mayoría islamista se encuentran en la tesitura de reprimir a los levantiscos sin dañar las convicciones religiosas de unas sociedades en las que, como afirma el politólogo Sami Naïr, el islam constituye el núcleo de la cultura tradicional.

3. La suerte de los países de la primavera árabe depende en buena medida de que las relaciones con Estados Unidos sean fluidas y estén exentas de sorpresas.

4. El salafismo dispone de arraigo social suficiente para plantar cara al posibilismo político de los islamistas moderados.

5. En última instancia, el salafismo siempre podrá invocar el agravio palestino para fustigar las relaciones del mundo árabe con Estados Unidos, algo en lo que están de acuerdo todos los especialistas.

La gran diferencia entre esta crisis y la desencadenada en el 2006 por la publicación de caricaturas de Mahoma en un diario danés es que, en aquel entonces, Zine el Abidine ben Alí (Túnez), Muamar Gadafi (Libia) y Hosni Mubarak (Egipto) vigilaban la calle hasta el último peatón, Bashar el Asad gobernaba Siria sin adversarios, Irak era un país ocupado, Pakistán se sometía a las directrices del general Pervez Musharraf y George W. Bush tenía a su disposición mecanismos de control de los que ahora carece Obama. La ofensa al profeta era la misma, pero sus exaltados defensores apenas podían respirar. Hoy Al Qaeda es mucho menos de lo que fue, pero el salafismo recalcitrante es bastante más de lo que nunca se pensó, y donde antes se impuso el totalitarismo del Estado, sustituto del espíritu tribal, ahora renace la utopía de la umma (comunidad de creyentes) en ambientes donde “el yo del individuo permanece diluido en un borroso nosotros comunitario”, según la explicación que el rector de la mezquita de Burdeos, Tareq Oubrou, da a la implantación del salafismo en algunas franjas de población. “El problema del islam lo son ante todo estos musulmanes –señala Oubrou–. Y, como dice el proverbio árabe, el ignorante es más peligroso consigo mismo que su peor enemigo”.

Hay quien ve en la defensa desbocada del honor del profeta la manifestación más rotunda de una lógica regresiva que no es nueva en el orbe musulmán. Varias veces desde el siglo XVI ha asomado en él la tentación de la vuelta a los orígenes, volver a la literalidad del Corán a despacho de los cambios en el entorno; en esas anda hoy el salafismo de nuevo cuño. “Algo ha ido mal en el seno del islam –se lamenta en Le Monde Salman Rushdie, que estos días presenta su autobiografía–. Es bastante reciente. Recuerdo que, cuando era joven, muchas ciudades en el mundo musulmán eran lugares cosmopolitas, de gran cultura. Se apodaba a Beirut el París de Oriente. El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad. Para mí es una tragedia que esta cultura retroceda de tal manera, como una herida autoinfligida. Y pienso que hay un límite más allá del cual no se puede seguir culpando a Occidente”.

Salman Rushdie

Salman Rushdie: "El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad".

Las palabras de Rushdie, víctima él mismo de la intransigencia, se recogen estos días en medios de todo el mundo. Pero aunque el escritor, muy a su pesar, se ha convertido en un símbolo de los peligros derivados del fundamentalismo despiadado, está lejos de resultar convincente para comentaristas como Seumas Milne, del diario progresista británico The Guardian. Dice Milne: “Sería absurdo no reconocer que la magnitud de la respuesta no se debe solo a un vídeo repulsivo o a reverenciar al profeta. Como es evidente a partir de las consignas y objetivos fijados, estas protestas encendidas obedecen al hecho de que el daño a los musulmanes se ve una vez más que procede de una superpotencia arrogante que ha invadido, subyugado y humillado al mundo árabe y musulmán desde hace décadas. Los acontecimientos de la semana pasada son un recordatorio de que un mundo árabe despojado de dictaduras será más difícil de mantener en la esclavitud por las potencias occidentales”.

El columnista soslaya que el embajador Stevens, muerto en el asalto de los fanáticos al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, era un estudioso y admirador de la cultura árabe. Además, apoyó el levantamiento libio contra Gadafi y luego se comprometió con la democratización del país. Salvo que esté muy extendida la idea de que su desaparición fue un daño colateral imprevisible en el combate por una causa superior, hay que concluir que análisis del tenor del de Milne quedan lejos de los parámetros esenciales del conflicto que afronta el mundo árabe-musulmán: una inestabilidad permanente azuzada por el islam retrógrado, la pugna histórica entre sunís y chiís y la capacidad de contaminarlo todo inherente a la guerra civil siria.

La inefable levedad de Rajoy

Tribunal Constitucional alemán

Inicio de la sesión celebrada el miércoles por el Tribunal Constitucional de Alemania, que dio el visto bueno a la participación alemana en el Mecanismo Europeo de Estabilidad, aprobada previamente por las dos cámaras del país.

El Tribunal Constitucional de Alemania dijo , dijo que la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) no vulnera la soberanía del país, y pareció que escampaba la tormenta porque bajaron las primas de riesgo, repuntó el euro y las bolsas de la Europa doliente mantuvieron el buen tono de los días precedentes. En realidad, la inquietud creciente a la espera de la sentencia no hizo más que subrayar la debilidad de las instituciones europeas, sujetas a la lógica de las instituciones de los estados, que, cuando se trata de Alemania, resulta determinante. Mientras el presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, predica la necesidad de que la UE evolucione rápidamente hacia una federación de estados, la hegemonía germánica apunta hacia una asociación condicionada por los intereses alemanes y una opinión pública que recela cada día más de la bondad de acudir al rescate del euro –“el euro es irreversible”, se dice–, de reflotar a los bancos en estado catatónico y de salvar de paso las finanzas de los meridionales.

La cancillera Angela Merkel debe convivir con esa doble realidad: la hegemonía alemana precisa que se salve la Eurozona, pero una parte importante de sus compatriotas añora el marco y la libertad de movimientos de antaño. En apoyo del planteamiento del Gobierno ha acudido la sentencia de los magistrados y en auxilio de los contribuyentes desconfiados se mantiene siempre alerta el Bundesbank (Buba), el banco central alemán, contrario a la compra de deuda pública de los estados, anunciada por el Banco Central Europeo (BCE), “estrictamente condicionada” y si la reclaman las tesorerías con problemas. Dos caras de una misma realidad: nada es posible sin el compromiso alemán, pero la sociedad alemana está lejos de apuntar en una sola dirección. Como escribió en El País Xavier Vidal-Folch con ocasión del viaje de la cancillera a Madrid, el peor enemigo del euro no es anglosajón, es el Bundesbank, “pero no es Alemania”. El recorrido por las decisiones del Buba de los últimos decenios, base argumental del artículo de Vidal-Folch, no deja lugar a dudas en cuanto a la orientación seguida por los gestores del banco frente al europeísmo de cancilleres de referencia –Helmut Schmidt (socialdemócrata) y Helmut Kohl (democristiano)– y a la lectura de la Constitución abierta a las innovaciones realizada por los magistrados de Karlsruhe.

¿Cuánto hay de desinhibición nacionalista y cuánto de fundamentalismo monetarista en los economistas del Buba? La historia del banco no es ejemplar en cuanto al esfuerzo para mantener apartados de los despachos a los tecnócratas que durante el nazismo se acomodaron a la vesania, pero seguir por este camino podría llevar a conclusiones tan superficiales como precipitadas. Es más fácilmente demostrable que forma parte del ADN de los responsables del banco central alemán no dar ni medio cuerpo de ventaja a la inflación, controlar la masa monetaria hasta el último céntimo y liquidar las deudas mediante la contención a toda costa del gasto. Por eso le parece insuficiente que el presidente del BCE, Mario Draghi, se comprometa a retirar del mercado tantos euros como deuda compre, pero la cancillera Merkel acepta el mecanismo de compra de deuda anunciado por el BCE gracias precisamente a la promesa de Draghi.

Jean Maxime, un experto en gestión de activos, ha colgado en su blog un comentario titulado El euro, ¿divisa esquizofrénica? donde justamente aborda los efectos inmediatos de lo que otros presentan como una posible política expansiva: “Al abrir la perspectiva de la monetarización de una parte de la deuda de la zona (emisión de dinero), el BCE aumentaría la oferta de euros, lo que debería afectar teóricamente al valor de la divisa… al menos mientras los otros bancos centrales, adeptos a la misma receta, no retomaran la iniciativa. En este sentido, el probable lanzamiento en el futuro [se concretó el jueves] de una tercera ola de QE por la FED (Quantitative Easing, un programa que permite al banco central estadounidense monetarizar parcialmente las deudas públicas) es materia de reflexión”. Ni que decir tiene que queda fuera de los cálculos del banco central alemán un QE a la europea que, por lo demás, escapa del todo a las atribuciones del BCE.

Weidmann Merkel

Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, y Angela Merkel defienden dos enfoques diferentes del papel que debe desempeñar Alemania para acabar con los movimientos especulativos en la Eurozona.

Al mismo tiempo, crece la inquietud entre los empresarios alemanes cuyos clientes tienen cada día más problemas para comprarles a causa de la restricción del consumo, la contracción del crédito y las dudas acerca de qué futuro aguarda a una Europa sumida en la austeridad sin miramientos. Al equipo de Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, le apoya una corriente de opinión muy consolidada en los grandes medios y de carácter transversal. Así, el columnista Joachim Jahn, del conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, recurrió al mismo lenguaje de Weidmann al analizar la sentencia del Tribunal Consitucional, en especial el límite de 190.000 millones de euros impuesto a la contribución alemana al MEDE, salvo votación expresa de las dos cámaras (Bundestag y Bundesrat) para aumentarla: “Los jueces han reducido por lo menos el daño potencial a los contribuyentes”. Pero Wolfgang Janisch, Heribert Prantl y Ronen Steinke, tres analistas prestigiosos del Süddeutsche Zeitung, diario de Múnich en la órbita de la socialdemocracia, no se alejaron mucho de la reflexión de Jahn: “Europa está cada vez más cerca de grandes riesgos financieros y políticos. (…) El Parlamento alemán debe seguir siendo el lugar donde se deciden de forma independiente los ingresos y gastos, en particular con respecto a los compromisos europeos”.

¿Por dónde anda el Gobierno de España en medio de esos debates? Lo menos que puede decirse es que el equipo de Mariano Rajoy amaga, pero no se decide, de forma que la inefable levedad del presidente del Gobierno se impone a la urgencia del momento, aunque en periódicos como Le Monde, europeísta sin fisuras, se afirma que la ocasión es bastante propicia a los intereses españoles. “El Bundestag está formalmente en posición de fuerza frente al Gobierno español, pero tiene todas las de perder la batalla. Explicación: los alemanes han exigido garantías para que no se repita el episodio del verano del 2011, cuando Silvio Berlusconi enterró a toda prisa sus promesas de reformas después de que el BCE acudió en su ayuda –escribe Armand Leparmentier–. Se han tomado precauciones: la ayuda del MEDE debe acompañarse de compromisos firmes y de un control por los europeos de la política española. En cuando Rajoy adopte sus compromisos, el Bundestag se encontrará en la casi imposibilidad de desentenderse, al igual que el BCE”.

Por eso causa asombro la resistencia a dar el paso de pedir al BCE que compre deuda española, so pretexto de que el Gobierno desconoce qué condiciones nuevas se derivarán de la petición. La “condicionalidad estricta” a la que ha aludido Draghi remite más al cumplimiento escrupuloso de los compromisos adquiridos que a la imposición de medidas suplementarias, algo que sabe el Gobierno tan bien como los comisarios de la UE que hablan de ello –Joaquín Almunia y Olli Rehn, entre otros–, que no se cansan de alabar la presteza de Rajoy cuando se trata de empuñar el podón. En cambio, sí muestran cierta fatiga ante la indeterminación española –esperemos al próximo Consejo Europeo, esperemos a que pasen las elecciones gallegas y vascas, esperemos…– y algunas explicaciones exóticas para justificarla, como la caída de la prima de riesgo en cuanto el BCE dijo estar dispuesto a comprar deuda y antes de que Rajoy haya dicho esta boca es mía. “El riesgo país disminuye porque los mercados están convencidos de que habrá rescate y de que este es factible, pero no por una mejora de la resistencia española a las operaciones en los mercados”, ha escrito un editorialista del semanario británico The Economist.

Merkel, Rajoy, Hollande y Monti

Reunión de Angela Merkel con Mariano Rajoy, François Hollande y Mario Monti celebrada en Roma el 22 de junio para abordar la crisis del euro y la presión sobre las deudas de España e Italia.

“Todos los dedos apuntan hacia España, pero Madrid pone el freno”, subrayó Antonio Pollio Salimbeni en Il Sole 24 Hore, el gran periódico económico de Italia, en cuanto se supo que el BCE estaba dispuesto a intervenir en el mercado secundario. Las prisas de Italia para que Rajoy se pronuncie tienen una razón inequívoca: “Si la intervención del BCE tiene un sentido, el objetivo principal es despegar a Italia de España, intentar el decoupling (desacoplamiento) en la percepción de los inversores, de los mercados, e incluso en los hechos”, precisó el articulista. Hay solo un paso de ahí a diagnosticar la agonía, frente a las exigencias alemanas, del tándem Mario Monti-Mariano Rajoy, François Hollande mediante.

Las proyecciones de futuro juegan a favor de Italia y contra los riesgos que corre España. “Si puede, el rescate ha de evitarse. Nadie quiere ver a la tercera mayor economía de la eurozona [Italia] con respiración asistida. En los intereses actuales, la deuda italiana parece al menos sostenible: Roma necesitaría un crecimiento nominal del 2,4% del PIB y un superávit primario del 3% del PIB, que el FMI espera para este año”, destaca Neil Unmack, columnista del servicio Breakingviews de la agencia Reuters. Para España, las cosas pintan menos bien: según el boletín de septiembre del BCE, si las operaciones en curso no surten efecto, incluida la reducción del déficit por debajo del 3% del PIB, la cuantía de la deuda en el 2016 podría equivaler al 104% del PIB –la de Italia está ahora en torno al 125%–, más de 20 puntos por encima de su valor actual.

Cuando un periódico tan puesto a disposición de Rajoy como La Razón publica un comentario de Julián Lirola, analista de Self Bank, en el que se subraya que, en caso de que los magistrados alemanes hubiesen dicho no, “las consecuencias habrían sido dramáticas, ya que la ayuda al sector bancario dependía de la aprobación del instrumento”, la parsimonia del Gobierno resulta aún más incomprensible a cada día que pasa. Porque, entiéndase bien, El plan alemán no cambia, según tituló su último artículo el economista Pierre Briançon: “Por encima de todo, Merkel cree que el principal problema de Europa es que los países con déficits no cambiarán. La corte ha hablado. Y la crisis perdura”. Y el convencimiento de que en la austeridad está el remedio de los males de la Eurozona sigue siendo la doctrina oficial en Berlín, aunque luego los hechos siembren dudas todos los días por razones éticas y prácticas: el empobrecimiento a toda máquina de los deudores, sin obtener ningún resultado a cambio, obliga una y otra vez a zurcir lo ya zurcido. En Portugal, sin ir más lejos; en Grecia, en medio de una descomposición social galopante. ¿Hasta dónde y hasta cuándo?

A la medida de Obama

El Partido Demócrata ha vuelto a fiar su suerte en la mezcla de emotividad, pragmatismo, diversidad cultural y unos gramos de utopía social que tan bien maneja el presidente Barack Obama. La convención de Charlotte (Carolina del Norte) ha reunido y combinado estos ingredientes con una asombrosa facilidad y eficacia, desde el recuerdo al senador Edward Kennedy, fallecido en el 2009, a la oratoria desbordada del candidato a la reelección y al servicio impagable rendido por Bill Clinton, cada día mejor expresidente y más útil a los suyos en los momentos decisivos. Este es el partido de Obama, con toda la grandeza del 2008, pero también con todos los lastres de cuatro años con la economía en la uvi y los republicanos movidos por un único sentimiento: acabar con el moderado reformismo promovido por el presidente.

Este es el Partido Demócrata de Obama porque quizá es el único posible cuando el déficit público acumulado se eleva a 16 billones de dólares, el paro no baja del 8% y es urgente acudir al rescate de la clase media sin dejar a su suerte a los pobres de solemnidad. Este es el Partido Demócrata de Obama con todas las contradicciones que atesora por ser el refugio ineludible de las minorías y verse obligado todos los días del año a poner una vela a Dios y otra al diablo. Este es el Partido Demócrata de Obama, que recurre al realismo cuando los rivales se alarman por el estado de las finanzas federales –“es más que la deuda por habitante en Portugal, Italia, España y Grecia”, recuerda el senador republicano por Alabama Jeff Sessions–, y se nutre del experimentado argumentario de David Axelrod, asesor de cabecera de la Casa Blanca: “No se puede equilibrar el presupuesto a corto plazo porque podría desplomarse la economía”. Este es, en fin, el partido de un presidente que aspiró a formar un Gobierno de los adversarios, a imitación de Abraham Lincoln, y al final tuvo que convivir con la hostilidad sin tregua de los republicanos y la consiguiente polarización.

Newsweek

Portada de 'Newsweek' con el título 'Sal de la carretera, Barack' y el subtítulo '¿Por qué necesitamos un nuevo presidente?'.

No hay mejor ejemplo de esa polarización, en las antípodas de las políticas bipartidistas que precisa Estados Unidos, que la sorprendente portada del 27 de agosto dedicada por el semanario liberal Newsweek a un trabajo del historiador del claustro de Harvard Niall Ferguson, ejercicio sorprendente de provocación periodística titulado Sal de la carretera, Barack y subtitulado de forma no menos contundente ¿Por qué necesitamos un nuevo presidente? Ante la sorpresa y, por qué no, la indignación de los estrategas demócratas, Newsweek puso cuatro páginas a disposición del autor de un libro con un título tan expresivo como Civilization: The West and the Rest (Civlización: Occidente y el resto) para que denostara los cuatro años de Obama con una afirmación contundente: “El presidente rompió sus promesas y el sendero de Romney-Ryan hacia la prosperidad es nuestra única esperanza”.

¿Dónde reside, según Ferguson, el desastre perpetrado por el presidente? En la administración de las cuentas públicas, lo cual incluye la reforma sanitaria, que causa alarma en la clase media. “El fallo de liderazgo en política económica y fiscal –escribe Ferguson– durante los pasados cuatro años ha tenido consecuencias geopolíticas. El Banco Mundial espera que el crecimiento sea apenas del 2% en el 2012. China crecerá cuatro veces más; la India, tres veces más deprisa. Para el 2017, el Fondo Monetario Internacional predice que el PIB de China sobrepasará el de Estados Unidos”. La narración de Ferguson de los problemas económicos llega a un puerto impensable en las páginas de una publicación liberal: “Conozco, me gusta y admiro a Paul Ryan [el candidato republicano a la vicepresidencia]. Para mí, lo que tiene a su favor es simple: es el único de un puñado de políticos en Washington que es auténticamente sincero acerca de la rectificación de la crisis fiscal del país”. Y enseguida recurre al gran temor que alienta en las filas conservadores, la europeización de los males de Estados Unidos, “con un crecimiento bajo, desempleo alto, una deuda incluso mayor y una real decadencia geopolítica”. Conclusión final acerca de qué está en juego el 6 de noviembre: “Es una elección entre les États Units y la república del Himno de Batalla [canción patriótica del siglo XIX]”.

Al margen de la grandilocuencia de Ferguson, envuelto en la bandera, de que Ryan se ha convertido a todos los efectos en el director ideológico de la campaña republicana, lo cierto es que una parte de la clase media, dañada por la crisis y desorientada, suscribe las ideas del ensayista y teme que el futuro sea peor que el presente. Para contrarrestar a los muñidores del desencanto, una de las grandes bazas de que dispone Obama es el recurso al pasado, a la popularidad de Clinton, a los días felices del final de la guerra fría y el superávit presupuestario (William McGurn en The Wall Street Journal). Importa relativamente poco que Richard Cohen escriba en las páginas de The Washington Post que “el presidente tiene muchos enemigos; uno de ellos, sorprendentemente, es él mismo”, si después sube a la tribuna Bill Clinton y expone la idea esperada: ni él ni ninguno de sus predecesores hubiera enderezado en cuatro años la situación heredada. Heredada, ¿de quién? De George W. Bush, que vació la caja en un esfuerzo de guerra insensato y estéril; el mismo Bush ausente de las referencias históricas del pasado republicano para no invocar los fantasmas del desprestigio, el desastre de Irak, la tragedia del Katrina y los diques de Nueva Orleans y el enorme error de cálculo que cometió al dejar caer Lehman Brothers cuando la metástasis de las subprime había minado el sistema financiero global.

Claro que Obama no tiene bastante con el gancho de Clinton y sus dotes de orador sin rival. Porque, en última instancia, las encuestas coinciden en que la clase media da por descontado el legado de Bush y solo desea que alguien salve los muebles, aunque sea mediante el regreso republicano y la contracción del Estado a su mínima expresión. Según un informe de agosto del prestigioso Pew Center, citado por The Charlotte Observer, el periódico de la ciudad que acogió la convención demócrata, la clase media es más pequeña, se ha empobrecido y es más pesimista. Taylor Batten, del mismo diario, cita unas declaraciones hechas a Los Angeles Times por Paul Taylor, del Pew Center, que insinúan el riesgo de fractura social: “La idea de que somos una sociedad con una amplia clase media, con mucha movilidad económica y social y que cree que cada generación está mejor que la anterior, es algo que forma parte del núcleo de lo que significa ser americano. Pero esa no seguirá siendo la situación (…) Sin una respuesta del próximo presidente y del Congreso, es posible que la clase media se desgaste aún más”.

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, que trabajan juntos diariamente entre cuatro y seis horas.

Para los analistas Edward-Isaac Dovere y Darren Samuelsohn, ahí entra en juego el “factor Joe Biden”, otra de las grandes bazas de Obama. Biden no es un ideólogo, tampoco es un líder y mucho menos un orador a la altura de la tradición demócrata, pero es un profesional, un legislador experimentado que conoce la letra menuda de Washington y es “hijo de la clase media de América”. Biden es tan imprescindible para dar la batalla en el Congreso después de que la brillante Nancy Pelosi perdiera la presidencia de la Cámara de Representantes en las legislativas del 2010, que hubo de archivarse el gran proyecto de los estrategas demócratas para estas elecciones: situar a Hillary Clinton en la vicepresidencia, para saltar a la carrera presidencial en el 2016, y enviar a Biden al Departamento de Estado, donde estaría en su salsa. De entre los colaboradores más próximos de Obama, Biden es el que mejor puede responder con convicción a la pregunta que se formula todos los días la clase media urbana: ¿estamos mejor ahora que hace cuatro años? Y Obama precisa del olfato de Biden, como cuentan Dovere y Samuelshon: “Entre las sesiones informativas y otras reuniones, Obama y Biden ocupan normalmente de cuatro a seis horas diarias, con Obama pidiendo casi siempre la opinión de Biden”.

Claro que Biden tampoco es suficiente. Aunque los sondeos aseguran que Obama es el favorito de la minoría negra –una obviedad–, las mujeres, los hispanos y cuantos dependen para subsistir de un programa federal –aunque la mayoría de esta franja de población no se inscribe para votar–, “dos tercios de los votantes, con sensatez suficiente, piensan que el país va por el camino equivocado”, según Robert L. Borosage, presidente del conservador Instituto para el futuro de América. Es decir, piensan que el país está peor que hace cuatro años, algo que facilita el mensaje de Mitt Romney, el aspirante republicano. “La esencia del mensaje de Romney es: la economía apesta; Obama ha fallado; soy un hombre de negocios; puedo arreglar esto”, escribe Borosage en su blog.

A lo que el analista y exasesor de la Casa Blanca Keith Boykin responde: “Hace cuatro años, Estados Unidos estaba empantanado en dos guerras costosas y mortíferas, la economía perdía 800.000 empleos al mes, la bolsa se ​​estrelló, Wall Street tuvo que ser rescatado con 700.000 millones [de dólares], la industria del automóvil estaba a punto de hundirse y, de diferentes maneras, el terror nos recordó la amenaza persistente de Osama Bin Laden”. Un laberinto del que cree que Obama ha dado con la salida: “Hemos terminado la guerra en Irak, creado 4,5 millones de empleos nuevos, se duplicó el índice industral Dow Jones, que generó ganancias récord para la industria del automóvil, y hemos acabado con Osama Bin Laden”. ¿Es este un análisis verosímil del presente o se trata de la opinión de alguien que prefiere ver la botella medio llena, mientras Borosage la ve medio vacía, por no decir vacía del todo?

Ross Douthat, un analista de pluma sensible, llega a una conclusión en el liberal  The New York Times alejada de toda militancia: “Los tiempos son difíciles y el camino de la reeleción, duro, pero este es el Partido Demócrata de Obama tanto como los republicanos fueron el partido de Ronald Reagan en los años 80”. Que esa personalización del partido resulte atractiva y convincente para los votantes independientes, es algo diferente, acaso inescrutable, porque, como indica Douthat, las campañas del presidente y de Romney “parecen destinadas mucho más a movilizar a las bases que a apoderarse de cualquier tipo de centro”. Dicho de otra forma, las campañas están poseídas por una radicalización en la que cuentan más los gestos que los datos. Es difícil compartir la opinión del profesor Niall Ferguson de que Obama se enfrenta a su némesis (Romney), “un político que cree más en el contenido que en la forma, más en la reforma que en la retórica” –en la convención estuvo bastante retórico–, pero no es más fácil creer que los tres debates televisados que aguardan a los candidatos “descubrirán al verdadero Romney y lo dejarán fuera de combate”, una opinión deslizada en Charlotte por un empleado del Partido Demócrata.

Todo es más endiabladamente complejo. Quizá por eso la militancia que acudió a Charlotte no pudo resistirse a la parábola de la venida del mesías, Edward Kennedy, cuando apareció en la pantalla gigante de la convención (Kennedy logró el 58% de los votos frente al 41% de Romney en la elección de 1994 de un escaño en el Senado por Massachusetts). “Es como si regresara para ayudarnos a vencer a Mitt una veces más”, dijo Karen Packer, delegada de Portland (Oregón), según recogió John Nichols en la web del mensual progresista The Nation. Este también es el partido de Obama.

Obama Romney

Evolución del apoyo a Barack Obama y Mitt Romney desde diciembre del 2011 a agosto del 2012 (antes de las convenciones), según un estudio de Gallup.

El Tea Party fija el rumbo

Detrás del confeti de la convención de Tampa se ha consagrado una realidad que admite poca discusión: el Tea Party se ha hecho con la orientación ideológica del Partido Republicano con más determinación que nunca. No solo mediante la elección de Paul Ryan, miembro de la Cámara de Representantes por un distrito de Wisconsin, figura en ascenso de los más conservadores de entre los conservadores elegida por Mitt Romney para que lo acompañe en el largo camino hacia la Casa Blanca, sino por la autonomía de movimientos de la extrema derecha en el seno del GOP (grand old party), el partido de Abraham Lincoln, en el que no se reconocería por más que se esforzara. Una mezcla heteróclita de populismo rudimentario, individualismo, fundamentalismo cristiano, neoliberalismo, pesimismo social y dosis intensivas de ignorancia supina –repásense las opiniones de Sarah Palin, de Todd Akin y de Tom Smith, entre otros, para abrir boca– han colocado entre las cuerdas la sólida tradición del pensamiento conservador estadounidense. Estos son los ingredientes con los que los republicanos se disponen a dar la batalla a Barack Obama, cuyo pragmatismo parece cada vez más un reformismo de altos vuelos visto el contenido de la utopía reaccionaria que el ticket Romney-Ryan se dispone a defender desde ahora y hasta el 6 de noviembre.

Romney-Ryan

Montaje del mural con los nombres del 'ticket' republicano nominado en la convención celebrada en Tampa (Florida).

Lo peor para el electorado republicano tradicional y para las esperanzas del estado mayor del partido de atraer a una parte de los votantes independientes, que a fin de cuentas son los que decantan las elecciones, es que la derecha ágrafa desgaste inútilmente la imagen conservadora en batallas que la sociedad estadounidense da por descontadas –aborto, células madre, matrimonios homosexuales y, en general, las políticas del cuerpo– y solo movilizan el fanatismo exacerbado de los púlpitos de las megachurch y de los predicadores especializados en vaticinar el Armagedón si Obama logra mantenerse en el puente de mando. Dicho y resumido por el liberal The New York Times en su editorial del 27 de agosto: “Una larga historia de extremismo social hace de Paul Ryan un emblema del cambio de la política republicana hacia la extrema derecha”.

El estado de ánimo de los republicanos instalados en el centro conservador queda expresado de sobras en el comentario suscrito por el exrepresentante del partido por Pensilvania Philip English en el transcurso de un debate promovido por la web politico.com a propósito de los disparates de Todd Akin acerca de la llamada por él “violación legítima”: “Akin debe abandonar inmediatamente la carrera [para ser elegido senador por Misuri] para permitir al Partido Republicano que reemplace su candidatura zombi con una alternativa viable en una carrera de gran importancia estratégica”. Lo que sucede es que la candidatura zombi ha recaudado más de 100.000 dólares desde que se difundió el exabrupto a preguntas de Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas que pasea su biografía de pastor de almas metido en política por los mismos salones del Tea Party que frecuenta Akin. Y no hay forma de que ceje en su empeño para así remansar las aguas entre las electoras, cuya intención de voto por Obama supera ahora mismo en 13 puntos al de las partidarias de Romny.

Sarah Palin

Sarah Palin llama "panel de la muerte" a los funcionarios que deberán llevar a la práctica la reforma sanitaria de Barack Obama, bautizada despectivamente Obamacare.

¿Cómo es posible que el viejo partido haya llegado a esta orilla? El editorial de The New York Times citado antes es bastante certero al sacar conclusiones del desparpajo cada vez mayor de la extrema derecha: “La multitud en la Convención Nacional Republicana de esta semana apoyará fielmente la nominación de Romney, pero su corazón estará más cerca del hombre joven con las ideas más radicales que estará de pie a su lado”. Se refiere a Ryan, claro, cuyo documento de enero del 2010 Un libro de ruta para el futuro de América, versión 2.0 es un plan presupuestario “doblado en manifiesto [ideológico] de Ryan”, como recuerda Joel Achenbach en The Washington Post, el gran periódico liberal de la capital federal. En dicho manifiesto, el candidato a vicepresidente se dirige a una clase media empobrecida y desorientada, que teme que las inquietudes sociales de Obama –con la reforma sanitaria en primer lugar– se traduzcan en más impuestos y menos oportunidades. Sostiene Ryan que los ciudadanos “están agotados por un Gobierno que cada vez más cuida de ellos y cada vez toma más decisiones por ellos”.

En esta línea, para los delegados en la convención de Tampa resultó tan importante exaltar el gran momento del Tea Party como transfigurarse en una asamblea anti-Obama. Una pirueta en la que el papel de Ryan fue determinante, porque en su condición de presidente de la Comisión de Presupuestos de la Cámara de Representantes ha delimitado su perfil de fustigador incansable de los planes económicos de la Casa Blanca. Para tal fin ha contado con la ayuda inapreciable de The Wall Street Journal y del entramado de medios que controla Rupert Murdoch, adversarios irreductibles de los mecanismos de control del sistema financiero que tímidamente quiere introducir Obama para evitar futuros episodios con el efecto siniestro de la crisis de las hipotecas subprime (verano del 2007) o de la quiebra del banco Lehman Brothers, cuyo cuarto aniversario se cumplirá el día 14.

Todd Akin

Todd Akin ha recaudado más de 100.000 dólares desde que hizo mención de la "violación legítima" y piensa mantener su candidatura al Senado por el estado de Misuri.

El manifiesto de Ryan está bastante lejos de la política a brochazos de la derecha desabrida, pero en el fondo se alimenta de los mismos recelos frente a las prerrogativas del Estado que la exgobernadora Sarah Palin manifiesta en su web oficial mediante textos exaltados: “La América que conozco y quiero no es aquella en la que mis padres o mi bebé con síndrome de Down tendrán que presentarse frente al panel de la muerte de Obama para que sus burócratas pueden decidir, de acuerdo con un juicio subjetivo, su nivel de productividad en la sociedad , y si son dignos de que se atienda su salud. Este sistema es francamente el mal”. Esta tendencia a la desconfianza hacia cuanto viene de Washington tiene profundas raíces históricas, pero es también un instrumento permanente de manipulación de las conciencias que permite justificar situaciones tan diferentes como la tenencia de armas –más de 200 millones de armas cortas en poder de particulares–, la libertad de los padres para no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa o poner en plano de igualdad la enseñanza del creacionismo y del evolucionismo.

El debate que sostienen los dos grandes partidos acerca de los límites del Estado se remonta a los días del New Deal, porque Franklin D. Roosevelt (1933-1945) llevó la intervención del Gobierno en la economía más allá de lo que ningún otro presidente lo había hecho hasta la fecha para rescatar al país de las penalidades de la Gran Depresión. Pero, como señala Joel Achenbach al dibujar el perfil ideológico de Ryan, nunca como hasta ahora tuvo tal virulencia. Esa virulencia lleva a los demócratas a poner en aprietos a Mitt Romney todos los días por su negativa a hacer pública in extenso su declaración de la renta, lleva a los republicanos a dudar medio en broma medio en serio de la ascendencia estadounidense de Obama, e induce a todos a buscar el coup de théâtre que noquee al adversario antes del 6 de noviembre. Entre tanto, se recurre a recordar los pecados del pasado para mantener viva la llama de la sospecha en el campo del rival y, de paso, atenuar la penitencia por los pecados propios, como hace Jonah Goldberg, editor de la publicación muy conservadora National Review, al sacar del archivo las historias poco edificantes vividas por el senador Edward Kennedy, ya fallecido, en la isla de Chappaquiddick, donde perdió la vida la secretaria Mary Jo Kopechne, y por el presidente Bill Clinton con la becaria Monica Lewinsky.

“¿Y si todos estamos equivocados?”, se pregunta William Kristol, uno de los analistas más perspicaces de la derecha-derecha cultivada, en el semanario The Weekly Standard, del que es editor. Las respuestas de Kristol son de un realismo sin concesiones:

  1. Todo el mundo sabe que los estadounidenses “no pueden entender un debate sobre abstracciones como la deuda nacional, los derechos, Obamacare y el sonido del dinero”, pero los candidatos republicanos, inspirados por el Tea Party, lograron en el 2010 la mayor victoria en décadas centrados en estos temas, incluso cuando “la mayoría de los votantes siguen echando la culpa a un republicano, George W. Bush, de la debilidad de la economía”.
  2. “Todo el mundo sabe que los problemas sociales son la muerte para los republicanos”, pero, en cambio, los electores son conscientes de que “el matrimonio tradicional ha sufrido en los estados donde los candidatos presidenciales republicanos pierden”, “prefieren que los abortos sean infrecuentes” y no se realicen en “niños parcialmente nacidos (?) o a punto de nacer”, y se preocupan de que “la libertad religiosa sea protegida y no frenada”.
  3. “Todo el mundo sabe que de lo que se trata en una campaña es de encontrar un camino a la victoria”, y eso significa “tomarse muy en serio los pequeños objetivos”.
Tom Smith

Cartel electoral de Tom Smith, candidato al Senado por Pensilvania, que ha comparado el embarazo fruto de una violación con el nacimiento del hijo de una pareja que no está casada.

El programa de Kristol puede resumirse en pocas palabras: dejemos las grandes digresiones para otro momento y centrémonos en cuestiones prácticas. Dejemos la herencia de los pioneros, de la América mesiánica a la que la historia reserva un lugar de honor, y vayamos a lo que realmente importa que es desalojar a los demócratas de la Casa Blanca para poner punto final a un reformismo que para el Tea Party no es otra cosa que socialismo. Por lo demás, remontarse a la exaltación del individuo en los primeros tiempos de la epopeya nacional, liberado de las ataduras del Estado, es tan novelesco como inexacto y, en todo caso, resulta fácilmente rebatible cuando se pasa del mitin a la cátedra. El mito del héroe que forja su destino sin más ayuda que sus propios recursos ha llenado de obras maestras la cultura estadounidense, pero es insostenible narrar la entera historia del nacimiento de la gran potencia sin recurrir a más mimbres que los de un individualismo acérrimo.

El historiador Tony Judt dejó dicho en Pensar el siglo XX: “La confianza en uno mismo es parte del mito de la frontera americana. Si destruyes eso o, más bien, dejas que se destruya, destruyes parte de nuestras raíces. Este es un argumento defendible e incluso razonable (…) Pero como argumento no tiene nada que ver con el capitalismo, el individualismo o el libre mercado. Por el contrario, es un argumento en pro de un cierto Estado del bienestar, sobre todo debido a su incuestionable premisa de que un cierto tipo de individualismo sostenible requiere una buena cantidad de ayuda del Estado”. Este razonamiento corresponde seguramente al tipo de debate sobre abstracciones que a Kristol le parece impropio de una campaña electoral.

El liberal Robert Putman, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Harvard, es más jocoso en sus juicios, pero no menos certero al dar su opinión a Joel Achenbach sobre la defensa del individualismo que hace Paul Ryan y la herencia de los pioneros. “Los estadounidenses siempre han mitificado al cowboy solitario en su caballo, cabalgando en su silla en dirección al Oeste; un carácter a lo John Wayne, un individualismo resistente”, dice Putman. Pero añade: “En realidad, el Oeste fue colonizado por las caravanas de carretas”. Es decir, fue una empresa colectiva promovida y protegida por el Estado, de la misma manera que hoy la agricultura familiar, esencial en la estructura social de la América profunda a la que se dirige el Tea Party, puede sobrevivir gracias a las subvenciones federales, las vías de comunicación, que dependen del presupuesto federal, y otros servicios que financia el Gobierno desde Washington, como razonó Tony Judt al final de sus días. ¿En algún momento antes del 6 de noviembre se hablará de economía en estos o parecidos términos o la presunta “intromisión del Estado en casa” (Rick Santorum) se adueñará de la campaña?