Siria, una guerra por poderes

El simulacro de tregua aceptado por el Gobierno sirio con ocasión de la fiesta musulmana del sacrificio (Aid el Kebir o Adha) al final de una extenuante tanda de negociaciones completada por el diplomático argelino Lajdar Brahimi, mediador nombrado por la ONU para que intente que se detenga la carnicería, fue de vida tan breve que nadie se molestó en respetarla. La lógica de la guerra se mantiene en todo su apogeo, la manipulación de la tragedia desde el exterior es más evidente a cada día que pasa y la extensión de la crisis siria a Líbano constituye un riesgo inmediato después del asesinato del general Wisam al Hasán, jefe de los servicios secretos del pequeño país y figura destacada de la comunidad suní. Y así, aunque el miércoles dijese en Barcelona el economista sirio Samir Aita, redactor jefe de la edición árabe de Le Monde Diplomatique, que la sociedad de su país es fuerte, avanza con inusitada rapidez la doble perspectiva de una libanización de la guerra y de una vuelta de Líbano a las luchas sectarias.

Un artículo publicado por Aita en el diario británico The Guardian el 22 de julio planteaba una serie de incógnitas que no permiten responder sí o no sin más matices. Se preguntaba entonces Aita, y sigue en ello: “La verdadera cuestión aquí es si Estados Unidos quiere una Siria estable y unida, incluso después de un largo periodo de transición. ¿Dispone de los medios para influir en el resultado a través de los poderes regionales emergentes de Catar, Arabia Saudí y Turquía? (…) La salida de Asad, ¿es suficiente para los emires de Catar y Arabia Saudí, así como para el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo en Turquía? ¿O quieren más? En esencia, ¿podrían aceptar una Siria unida que solo es posible que se mantenga sobre la base de un Estado laico con igualdad de ciudadanía? ¿Aceptarían un Estado fuerte, democrático y libre, incluso después e una larga transición? Está por aclarar”.

Samir Aita

Samir Aita, integrante de la oposición laica siria y redactor jefe de la edición árabe de ‘Le Monde Diplomatique’.

Aunque las preguntas las formula un intelectual de la oposición laica siria instalado en París, que cree que la unidad de Siria y la paz civil solo se pueden preservar mediante la neutralidad del Estado, son pertinentes porque tanto en la guerra en curso como en el complejo rompecabezas libanés, se configuran bandos irreconciliables, fruto de alianzas históricas y oportunismos recientes. En la batalla siria, el bloque afecto al presidente lo constituyen, con más o menos nitidez, la minoría alauí –la de la familia del presidente Bashar el Asad–, que controla el Ejército –unos 200.000 combatientes, una vez descontados los desertores–, más las fuerzas paramilitares (shabiha) –otros 100.000 efectivos–, la minoría cristiana, más asustada que movilizada, y la minoría kurda, con parecido estado de ánimo; enfrente, la mayoría suní forma el núcleo de la oposición al régimen, aunque está lejos de ser un bloque compacto y ordenado. En Líbano, la muerte del general Hasán ha hecho asomar todos los demonios familiares del pasado: un Ejército débil e ineficaz, el estado dentro del Estado de Hizbulá y sus milicias, sostenido el andamiaje por Irán, la desconfianza suní, los recelos cristianos y la sensación muy extendida de que el país no es dueño de su destino, sino que se mantiene sujeto al humor de terceros.

A todo esto debe añadirse el diagnóstico de la situación efectuado por Vali Nasr, profesor de la Universidad John Hopkins y exasesor de la Casa Blanca, recogido en su blog por el politólogo francoiraní Milad Jokar: “Si Asad cae mañana, eso no detendrá a los combatientes y la comunidad internacional aún no ha asumido esta realidad”. Jokar añade de su propia cosecha: “No se trata de un movimiento democrático contra una dictadura, ni de una guerra civil que opone a dos bandos. Siria se ha convertido en el teatro de una guerra proxy (o guerra por poderes) que se extiende a sus vecinos, y concentrarse solo en la salida de Bashar el Asad es una estrategia condenada al fracaso, porque no arreglará el conflicto”. El primero en referirse a una “guerra por poderes” fue el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, el 3 de agosto, y entonces a muchos les pareció un diagnóstico excesivo.

Bandar bin Sultán

El príncipe Badar bin Sultán, embajador de Arabia Saudí en Estados Unidos entre 1983 y 2005 y jefe del espionaje saudí desde el pasado verano.

Por aquellas fechas, David Ignatius escribió en el diario liberal estadounidense The Washington Post, después de que el Gobierno saudí nombrara jefe del espionaje al príncipe Bandar bin Sultán, embajador en Estados Unidos de 1983 a 2005: “La instalación de un nuevo jefe de inteligencia muestra cómo Arabia Saudí intensifica su apoyo a los insurgentes en Siria que persiguen derrocar el régimen del presidente Bashar el Asad. En este esfuerzo encubierto, los saudís trabajan con Estados Unidos, Francia, Turquía, Jordania y otras naciones que desean echar a Asad”. Samir Aita amplía las referencias: en el esfuerzo encubierto debe contarse también a Catar y la cadena de televisión Al Jazira, indispensable para difundir el nombre del Consejo Nacional Sirio (CNS) como núcleo político a partir del cual debe forjarse la unidad de la oposición, aunque, en la práctica, el Ejército Sirio Libre (ESL), los salafistas de Al Nosra –suburbio de Al Qaeda que no aceptó desde el principio la tregua negociada por Lajdar Brahimi– y otros contingentes irregulares están lejos de ceñirse a la estrategia del CNS y, con frecuencia, es este el que anda de forma apresurada detrás de la iniciativa de los combatientes.

¿Dónde quedan Irán, Rusia y China en este juego sin reglas escritas? El periodista Ibrahim Musaui, responsable en el seno de Hizbulá de las relaciones con los medios informativos, lo explica con total desinhibición en las páginas de la edición inglesa de Al Manar: “Los distintos actores regionales e internacionales que apoyan a los grupos armados se han estrellado en la roca iraní-ruso-china, ya que estos tres países se han comprometido a hacer todo lo posible para prevenir y resistir cualquier acción militar exterior. Ellos han dado muchos pasos más en la intermediación, el apoyo y la facilitación de las iniciativas políticas dirigidas a que la oposición y los representantes del Gobierno se sienten y alcancen soluciones de carácter nacional, y no dictadas o importadas de fuera”. Musaui advierte que si los arreglos políticos no dejan a salvo el régimen de Asad, seguirá el derramamiento de sangre, y hay que imaginar que habla con conocimiento de causa porque su grupo tiene desde siempre línea directa con Damasco, esto es, con Teherán.

En todo cuanto hace y dice Hizbulá, que controla al Gobierno de Líbano y tiene en un puño al presidente del país, Michel Suleiman, hay grandes dosis de desafío al entorno, incluso cuando se da una situación como el asesinato del general Hasán, seguido del amago de dimisión del primer ministro, Naguib Mikati, y con todos los dedos señalando al Gobierno sirio como inductor del atentado, si no es que fueron directamente agentes sirios quienes perpetraron la fechoría. Sucedió con el bombazo que costó la vida a Rachid Hariri, pasó con otras muertes menos notables, y se repite ahora. La impresión que queda es siempre la misma, algo así como sabemos que lo sabéis, pero no tenéis forma de probarlo. Ibrahim al Amín, editor del diario beirutí Al Akhbar, próximo al universo de Hizbulá, ha enunciado cuatro supuestos para descartar que fuese siria la mano que colocó la bomba que segó la vida de Hasán: que podía beneficiar a fuerzas libanesas con conexiones exteriores, que los autores procedieran del exterior y calcularan que las consecuencias no serían importantes, que los autores del atentado fuesen israelís –asegura Amín que servicios de información árabes habían informado a Hasán de que los israelís estaban molestos con él por cooperar con Hizbulá en el descubrimiento de redes de espionaje israelís en Líbano–, que fuese, en fin, el largo brazo de Al Qaeda el que causara la muerte por la disposición de Hasán de intercambiar información con Estados Unidos relativa a las actividades del grupo islamista en Líbano y Siria. Cuatro razones tan ingeniosas como cualesquiera otras cuatro pergeñadas por profesionales de la intoxicación informativa para apartar las miradas de Siria y dirigirlas hacia otros lugares.

Wisam al Hasán

Funeral del general Wisam al Hasán, jefe del servicio de inteligencia libanés y personalidad de la minoría suní, asesinado el día 19 en Beirut.

Entre quienes quedan atrapados entre dos fuegos, a un lado y otro de la frontera, se encuentran las minorías cristianas, especialmente débiles en Siria. La incertidumbre de la guerra y la experiencia relativamente confortable vivida bajo los Asad ha hecho posible la pasividad, estimulada por la jerarquía religiosa, que disfruta de una situación de privilegio al igual que la de otras confesiones. Aunque el politólogo de ascendencia siria Salam Kawakibi, profesor en París I, ha declarado a la periodista Aude Lorriaux que “los cristianos no han sido nunca pro-Asad”, Fabrice Balanche, profesor en la Universidad de Lyón, tiene una opinión bastante diferente: “Si los cristianos se unieran [a la oposición], sería una señal de que el régimen está verdaderamente perdido”. La ultima ratio de la posición de las comunidades cristianas es que temen que, como por lo demás es fácil presumir, el fundamentalismo islámico que forma en las filas de la oposición cercene la libertad de culto y les someta a presión. ¿Queda muy lejos la guerra confesional? Tanto como días faltan para que se hunda el régimen de Asad, cabe aventurar, salvo que se cumpla el deseo de Samir Aita y el Ejército, a pesar de todo, se mantenga unido, sea capaz de desermar a los shabiha y de incorporar a quienes ahora luchan en las filas del ESL. En caso contrario, el sectarismo, estimulado por los apoyos que vengan de fuera, puede adueñarse de una situación de por sí endiablada.

Los libaneses tienen una larga experiencia en mantener equilibrios inestables más allá de toda lógica, fruto de rivalidades sectarias inextinguibles, algo que Issa Goraieb, editorialista del diario de Beirut de expresión francesa L’Orient le Jour, llama “este cínico e incesante chantaje al que está sometido Líbano después de decenios”. Incluso ahora, con las relaciones intercomunitarias tensadas por la muerte de un general, los combates callejeros en Trípoli y el riesgo de que el país salte por los aires una vez más. “El árbol de la estabilidad no debe ocultar el bosque del crimen”, ha escrito Goraieb, pero lo cierto es que el Gobierno libanés respira la densa atmósfera de la extorsión, que no permite otorgar a la seguridad “el interés primordial que se merece”. Es este ambiente de complicidades encubiertas y silencios elocuentes el que impide desvelar la identidad de quienes pretenden meter a Líbano en el mismo saco de la crisis siria para romper el juego de contrapesos que garantiza la razonable normalidad institucional del país, desgarrado por una guerra civil que se prolongó 15 años (1975-1990).

Brian Whitaker resume en la web al-bab.com el camino que debe seguirse en el laberinto que lleva hasta la conexión siria: “La suposición es que Hasán había cruzado una línea roja fatal (por lo que se refiere a Damasco) con la persecución del exministro de Información libanés Michel Samaha –un aliado muy conocido del régimen de Asad–, quien ha sido acusado de planear ataques terroristas en Líbano y contra quien hay una sustancial prima facie probatoria. Sabiendo que el jefe de seguridad era el blanco, en lugar de la población libanesa en general, el ataque es un poco menos alarmante. Pero solo un poco. La impresión es que el ataque fue un ejemplo más de una larga historia de injerencias sirias, un intento deliberado de enredar a Líbano en el actual conflicto interno de Siria. Incluso si esta vez no se pretendió, aún se mantiene el riesgo de que se intente de nuevo”. Y, en este caso, de tener éxito la operación, la opinión más extendida es que la sociedad libanesa se desharía por las costuras.

Mapas de Oriente Medio

Fuente: Web Mapas de Oriente Medio.

¿’Catalonia, capital Edinburgh’ o ‘Spain, capital London’?

Ahora resulta que el modelo a imitar es el anglo-escocés: formas versallescas, apretones de manos y un referendo para la independencia comprometido para antes de que acabe el 2014 y que organizará el Gobierno de Escocia. Catalonia, capital Edinburgh o algo así. La verdad es que las similitudes entre la peripecia escocesa y la catalana, más allá de las emociones, son inexistentes y las del Gobierno británico con el español, imposibles de concretar. La vinculación de Inglaterra con Escocia se remite a la Act of Union de 1707, que cerró un proceso iniciado un siglo antes, cuando el rey de Escocia se convirtió en soberano de Inglaterra. Es lo que el ministro José Manuel García-Margallo, de forma delicuescente, denomina “proceso tasado”, homenaje innecesario al legado literario de Eugeni d’Ors, a quien se atribuye la expresión “oscurezcámoslo un poco” después de haber escrito un texto que a su secretaria le pareció meridianamente claro.

Los ingredientes constitutivos del Reino de España se remiten a tantas posibles variables y memoriales de agravios, más la brega de la sociedad catalana por salvar del naufragio su identidad cultural, que no hay forma de aplicar aquí lo que vale para las islas, salvo, claro, la voluntad manifiesta de ambas partes –David Cameron y Alex Salmond– de renunciar a la política vociferante y las frases hirientes… Al menos, de momento, porque no es oro todo lo que reluce y en cuanto se pongan en marcha los engranajes del referendo habrá que ver dónde quedan la flema británica y la ironía, legada, entre muchos, por George Bernard Shaw, que además era irlandés: “Hemos tomado prestado el golf de Escocia, y pedimos prestado el whisky”. Aunque, cuando Shaw se ponía serio, se ponía muy serio: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

Act of Union

Original de la Act of Union, firmada el 16 de enero de 1707, que consumó la unión de Inglaterra y Escocia.

Se dan, eso sí, coincidencias escenográficas entre Escocia y Catalunya. Por ejemplo, el Partido Nacionalista Escocés (SNP, en sus siglas inglesas) sostiene que la independencia haría de Escocia la sexta economía del mundo. ¿A causa de qué o cómo se obraría el milagro? ¿Mediante un incremento de la explotación del petróleo del mar del Norte? ¿Mediante un cambio radical en la política fiscal? “Es un reclamo poderoso”, reconoce Michael White en el progresista londinense The Guardian, pero, acto seguido, ondula la superficie de las tranquilas aguas del estanque con este guijarro lanzado con toda la intención: “Habría que ver cómo se han hecho las sumas”. Todo muy parecido al diagnóstico referido a España de Kenneth Rogoff, execonomista jefe del FMI, recogido por la revista Capital en abril del año pasado: “Tiene multinacionales que son excelentes, tiene regiones como Catalunya que, aislada, sería uno de los países más ricos del mundo…”. Sin pérdida de tiempo, los periódicos soberanistas Ara (papel) y e-Notícies (en la red) recogieron la profecía de Rogoff, cuyo método de cálculo es tan desconocido en este caso como el del SNP para aquilatar la riqueza de Escocia.

Sin llegar al extremo de inquirir si la patria es un negocio o el negocio, todo eso suena a economía de mercado más que a patriotismo, lo mismo que la perdigonada disparada por La Gaceta, extrema derecha de toda la vida, mediante la remisión a un estudio elaborado por Mikel Buesa, catedrático de la Universidad Completense: “El PIB catalán sufriría una caída de 50.580 millones de euros o del 23,4% si se independizara de España”. En realidad, no hay forma de saber si se trata de una excursión por la fría realidad contable de un futuro posible o, por el contrario, de una amenaza envuelta en consideraciones académicas. O de contribuir a la confusión, la ambigüedad y los razonamientos expuestos a medias por las partes implicadas en el asunto: los políticos que operan a escala española, los que lo hacen a escala catalana, los que opinan desde Bruselas. O, peor aún, no hay forma de saber si obedece todo a la desorientación generalizada, que cada bando gestiona a su gusto, a causa de la movilización independentista escocesa, vasca, flamenca, quizá quebequesa, y alguna más de la que por el momento no se tiene noticia.

En los análisis asoma ese batiburrillo de confusión interesada del que no se salva nadie, esa propensión a exigir la Luna un día, amenazar con las siete plagas de Egipto al otro, bajar el volumen al siguiente, poner mala cara una jornada más tarde, y así sucesivamente. En Escocia y en Inglaterra, también, aunque ahora sean el modelo a emular. Por ejemplo, el analista Peter Kellner, contrario a la secesión escocesa, sostiene en un artículo colgado en su web que Alex Salmond nunca pensó en obtener la mayoría que le obligaría a cumplir con la promesa de convocar un referendo para separarse de Inglaterra, y ahora se encuentra atrapado en su propia trampa para elefantes: “Al ganar la mayoría absoluta, ha disparado contra sí mismo. En vez de derramar lágrimas de cocodrilo por su incapacidad para convocar un referendo, ahora debe poner el tema a prueba. Como un hombre astuto e inteligente –de hecho, uno de los más astutos y más inteligente en la política británica–, debe saber que su misión es imposible, que dentro de dos años su país votará seguir en el Reino Unido, y que, lejos de alcanzarse, la independencia se aplazará durante al menos una generación”.

¿Explica la seguridad de los unionistas en ganar el referendo las prisas de David Cameron en llegar a un acuerdo y celebrar la consulta cuanto antes? ¿La actitud del premier sería la misma si las encuestas no vaticinaran la derrota de los secesionistas o se asemejaría más a la del Gobierno español, sin la trágica grandilocuencia de manual que gastan en la Moncloa y aledaños? ¿Podría ser todo más sutil, menos sumario y esquemático, si la crisis económica y las consecuencias que se derivan de ella no quemaran en las manos de los gobernantes en todos los peldaños de responsabilidad? ¿Se ahondaría más en las repercusiones que eventualmente puede tener la secesión en cuanto atañe a la permanencia en la Unión Europea? Las preguntas se agolpan y los ideólogos de cada bando prefieren disparar por elevación y soslayar estos interrogantes o darles una respuesta de argumentario de campaña, en Escocia y en Catalunya.

Surgen de vez en cuando, eso sí, voces tranquilas que aportan material para la reflexión. Así la de Margo MacDonald, en el Evening News, de Edimburgo: “Catalunya se halla ahora en la misma situación que Escocia: en la UE, pero representada por otro poder con diferentes prioridades”. Así también Michael White cuando cree adivinar en Francia una oposición frontal a la multiplicación de nuevos y pequeños estados en un ambiente en el que 27 socios ya son muchos, o cuando el mismo comentarista se atreve a aventurar que la idea de los pequeños estados ejemplares, bastante difundida en el pasado, ha pasado a mejor vida: “Ese modelo no se ve tan claro con la crisis de la eurozona, cuando los pequeños países periféricos como Irlanda están teniendo más problemas –y por consiguiente, menos independencia del control de la UE– para que se sientan cómodos”.

George Bernard Shaw

George Bernard Shaw: “Patriotismo es tu convencimiento de que este país es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

Más allá de los tamaños, merece la pena detenerse un instante en la documentadísima secuencia de datos contenidos en un artículo de Jean-Pierre Stroobants en Le Monde:

  1. Si una región o nación histórica decidiera independizarse, parece ser que estaría obligada a “formular una nueva demanda de adhesión, seguir el difícil recorrido impuesto a todos los candidatos”.
  2. “Una Catalunya independiente no podría integrarse en la Europa comunitaria más que con el aval de Madrid”.
  3. “El Tratado de Lisboa ha previsto un derecho, no a la escisión, sino a la denuncia de la adhesión”, una exigencia del Reino Unido para no transmitir a los euroescépticos la impresión de un matrimonio eterno, en expresión del profesor Pierre Argent, de la Universidad de Lovaina.
  4. “El Tratado de Ámsterdam, que entró en vigor en 1999, evocaba, por el contrario, la integridad del territorio de la Unión, una noción que podía dar a entender que la secesión de un Estado era imposible y que la Unión podía hacer cualquier cosa para que una región no la dejara”.
  5. Ninguno de estos preceptos comunitarios responde de manera nítida a la gran pregunta: “¿qué hacer exactamente si una región quiere dejar un país miembro y acto seguido ingresar de nuevo en la Unión Europea?”

Todo dicho y analizado de forma bastante más sosegada a cómo lo hace en nuestro entorno Carlos Carnero, director gerente de la Fundación Alternativas: “Si en España se fuera hacia atrás como el cangrejo, el horizonte federal de la Unión se vería directamente perjudicado. Por eso, la UE debe ser clara: una secesión unilateral no cabe jurídicamente en su seno, pero además no la vería con buenos ojos. Catalunya, nuevo estado europeo es una contradicción evidente con los objetivos básicos de la UE”. Lo más discutible de la opinión de Carnero es que dé por bueno el objetivo federalizante de la UE, que lo es, y en cambio el así llamado núcleo duro del Estado no quiera afrontar la transformación del Estado en un sentido federal e insista en perpetuar el modelo autonómico simétrico que contiene la Constitución, como si se tratara de un texto revelado e intocable que, por lo demás, ha sido corregido varias veces (la última, en el verano del 2011 para incorporar la famosa regla de oro presupuestaria).

Manca finezza. Por desgracia, en todas partes. Bernat Dedéu, periodista, filósofo y musicólogo de registro independentista, asoma en BTV y suelta la siguiente andanada, dedicada a Pere Navarro, líder de los socialistas catalanes: “Con la gente que me engaña no soy respetuoso. Y este señor nos está engañando. Quiere un referendo validado por el Gobierno español, y esto no sucederá nunca. Él lo sabe”. Vaya. Aparece José Ignacio Wert y anuncia y enuncia sus propósitos españolizadores. Surje de cualquier parte un energúmeno, tira de fotoshop y viste a Artur Mas con el negro uniforme de las SS. Se sube a la tarima Felip Puig y hace juegos de manos con los Mossos. Se sube a otra peana Esperanza Aguirre y otorga a la historia de España 3.000 años de antigüedad. Todo esto resulta tan lamentablemente pintoresco e inconsistente como aquella extraña película en la que aparecía Arturo Pendragón (el del ciclo artúrico, la reina Ginebra, el mago Merlín, la Dama del Lago, Fata Morgana, los caballeros de la mesa redonda y toda la parentela) convertido en general romano de descubierta por Escocia o cerca de ella. Y, a todo eso, no hay día en el que Mas dé el mismo significado a las palabras soberanismo e independencia.

Parlamento de Escocia

El Parlamento de Escocia, en Edimburgo.

En medio de esa ilimitada capacidad para diversificar el disparate, surgen espacios de sólida reflexión. El Centre d’Estudis Jordi Pujol cumple este cometido cuando reproduce el editorial publicado el día 15 por The Guardian. “España y Canadá se han sorprendido por la disposición del Gobierno del Reino Unido a facilitar ese movimiento [el referendo] –escribió el diario de Londres–. En un momento en que el sentimiento separatista catalán y quebequés es alto, Madrid y Ottawa no han actuado de forma tan relajada como Londres. El Gobierno del Reino Unido merece crédito por este enfoque. Es el camino democrático. Pero puede parecer imprudente y un exceso de confianza si Escocia vota sí. No hay que subestimar este momento”.

¿Es de desear un Spain, capital London o algo así? Por lo menos, es de desear que el rigor político prevalezca para que sean imposibles comentarios tan demoledoramente certeros como el que sigue de Sandrine Morel en las páginas de Le Monde: “¿Hay un independentista catalán infiltrado en el Gobierno español? ¿Cómo explicar si no es así las recientes declaraciones del ministro de Educación, José Igancio Wert, quien afirmó el 10 de octubre ante el Congreso de los Diputados que era preciso ‘españolizar a los alumnos catalanes’?” Si se acabara este griterío, se acabaría también con la polisemia a todas horas, la anfibología interesada, la tendencia de todos a envolverse en la bandera y remontarse a pasados gloriosos que siempre lo fueron menos de los que se dice. Y así sería más fácil indagar por qué, de momento, Inglaterra y Escocia se atienen al british way of life; estaríamos más cerca de preguntarnos cuál es el truco y de apartarnos de las respuestas fáciles e inverosímiles, que en este asunto más que en ningún otro carecen de validez.

 

 

 

 

Europa, atrapada en el laberinto

Si algún ingrediente faltaba para que la depresión emocional completara la material, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha llegado dispuesto al descabello para alertarnos de que España no recuperará los índices económicos del 2008 hasta el 2018. La década perdida, la confirmación de nuestros peores presagios; la consagración del fatalismo y el determinismo económicos, aunque el ministro de Economía, Luis de Guindos, se haya apresurado a decir que los modelos macroeconómicos solo “tienen cierta capacidad predictiva”. ¿Quiere decirse que, puesto que el vaticinio se remite a cinco o seis años vista, su fiabilidad es discutible? Nadie lo sabe. La única certidumbre realmente existente es que el horizonte se llena de restricciones, recortes, vueltas de tuerca y más miserias cotidianas; el Estado del bienestar es una entelequia en la acepción de “cosa irreal”; por el desagüe de la economía posindustrial se deslizan la seguridad jurídica de los ciudadanos y la esperanza en el futuro.

“¿Cuál es la resistencia de la sociedad? -se pregunta Iñaki Gabilondo– ¿Cuál es el coste social que la sociedad puede resistir?”. No es una pregunta retórica porque la crisis social forma parte de la vida diaria y no hay un solo síntoma que induzca a pensar que dejará de agravarse en los próximos años. Al contrario, el mismo FMI teme que si no se adoptan soluciones rápidas, la prima de riesgo española escale hasta los 750 puntos y el PIB disminuya el 3,1% en el 2013, con la consiguiente inviabilidad de todo el modelo, si es que tal modelo existe. ¿Cabe, pues, pensar en que es posible la hecatombe en nuestras cuentas públicas y privadas? Nadie lo sabe. Lo único que si saben bastantes –dentro y fuera del área de gestión de la crisis– es que, “sin cambios económicos, habrá fractura social” (Àngels Guiteras, presidenta de la Taula d’Entitats del Tercer Sector Social de Catalunya, en el desayuno de Primera Plan@ del 5 de octubre).

FMI

Sesión de la asamblea del Fondo Monetario Internacional, celebrada en Tokio.

Son un mal presagio la mezcla de realismo académico y cinismo social exhibidos por el profesor Jürgen Donges, asesor de varios gobiernos alemanes, en el programa Salvados del último domingo. Y lo son porque las víctimas meridionales de la crisis hace tiempo que se hartaron de recibir lecciones de ética y de buen comportamiento, los analistas temen que la vía germánica para la salvación de Europa lleve a una vía muerta y, entre tanto, el orbe financiero se debate entre la necesidad de salvar al euro del estallido y la necesidad de imponer la ley de los mercados, si es que existe tal ley o, por el contrario, la única ley es la ausencia de leyes. A todo eso, ¿dónde quedan España y su Gobierno? En tierra de nadie, entre las pocas ganas de Alemania de que se acoja al rescate y la resistencia a pedirlo de Mariano Rajoy, atrapado en la maraña de la duda hamletiana, el patetismo del hidalgo arruinado y las elecciones a la vista en Galicia, el País Vasco y Catalunya, más la degradación de la calificación de la deuda española decidida por Standard & Poor’s.

¿Dónde está la salida de ese laberinto para que la crisis no descoyunte los equilibrios sociales sin asegurar, por lo demás, el futuro político y económico de Europa? “En última instancia, se trata de esbozar conjuntamente una visión política de Europa”, opina el joven analista francés Cyril Novakovic. En caso contrario, Novakovic describe una situación de pesadilla: “En ausencia de tal esclarecimiento, los hombres políticos del Viejo Continente estarán condenados a ser gestores de la crisis, hundiéndose irremediablemente en las arenas movedizas del corto plazo, ahogados hasta el punto de no poder pensar un proyecto y anticipar el futuro”.

Esta visión política conjunta incluye necesariamente la reclamación hecha por José Viñals, responsable del departamento de finanzas del FMI: “El Mecanismo Europeo de Estabilidad y el programa de compra de bonos deben ser percibidos por los mercados como reales, no virtuales”. Lo de Viñals es de una lógica aplastante, sobre todo porque la crisis espolvorea la miseria de forma nada virtual, pero el léxico de cuanto se relaciona con el antedicho mecanismo se acoge a la exuberancia barroca de un lenguaje herméticos, de elucubraciones indescifrables, de conceptos que se anulan entre sí y que ningún ciudadano ajeno a los entresijos de la crisis es capaz de comprender. Sí entienden los afectados de qué se les habla cuando se menciona la década perdida, sí saben qué significa que, incluso si se reactiva la economía, la tasa de desempleo seguirá siendo terrorífica, pero se ven incapaces de sacar conclusiones de la confusión terminológica reinante. Solo tienen por seguro, y hacen bien, que cuanto se avecina será peor de lo que ahora viven.

“Espíritu empresarial, religión, justicia, información, partidos, sindicatos… son vistos hoy más que nunca con la tristeza y agotamiento de una sociedad desilusionada y traicionada”, escribe en su blog un empresario italiano, Guiseppe Iudici, atrapado en la crisis. Y sigue: “El elenco merece ser repudiado y con él, el engaño: con la excusa de que la prioridad era salvar las cuentas públicas, han olvidado el verdadero significado de la economía real, y aún peor, con sus políticas irresponsables de ayer y restrictivas de hoy han determinado el cierre de muchas empresas. Muchos empresarios han muerto en la indiferencia y soledad absolutas, y es triste que se les haya olvidado”. ¿Cuántos empresarios españoles que dejaron de serlo suscribirían esas palabras? ¿Cuántos trabajadores sin trabajo estamparían su firma al pie de esas frases?

Europa consolida a toda velocidad su condición de enfermo del planeta y, en su seno, algunos organismos emiten señales ininterrumpidas de agravamiento. El resultado es la viva imagen de la decadencia, con efectos secundarios en todas partes, incluidas las economías emergentes, que hasta la fecha han sorteado la crisis. “Para calmar la ansiedad sobre el despilfarro gubernamental, el BCE ha impuesto condicionalidad en su programa para compra de bonos. Pero si las condiciones tienen efectos como las medidas de austeridad –impuestas sin grandes medidas de crecimiento que las acompañen–, será algo parecido al derramamiento de sangre: el paciente arriesgará la muerte antes de recibir una verdadera medicina”, asegura el nobel de Economía Joseph E. Stiglitz en el artículo colgado en la web Project Syndicate, una plataforma de opinión estadounidense que acoge firmas consagradas.

Los analistas que publican en Project Syndicate ven pocas alternativas para que Europa se recupere. Ashoka Mody, de la Universidad de Princeton, solo vislumbra tres opciones: “Más austeridad para los países muy endeudados, la socialización de la deuda en Europa o un creativo nuevo perfil de la deuda, con los inversores dispuestos a aceptar pérdidas antes o después”. En el primer caso, sociedades exhaustas -entre ellas, España- se verían condenadas a la inanición o poco menos. En el segundo, el Bundesbank debería cambiar por completo su código genético y Angela Merkel dejar de ser Angela Merkel. El último atajo se adivina inviable salvo cambios imprevisibles en el comportamiento de los grandes tenedores de deuda.

Kemal Dervis, vicepresidente de la Brooking Institution y exministro de Economía de Turquía, observa que si los políticos conservadores del norte de Europa insisten en sus políticas macroeconómicas, pueden “provocar el fin de la Eurozona y con él, el fin del proyecto europeo de paz e integración [el que ha ganado el Premio Nobel de la Paz] que hemos conocido durante décadas”. Dervis no soslaya la necesidad de introducir reformas estructurales en las economías europeas del sur, sino que resalta las consecuencias resultantes de su fracaso. El profesor de la Universidad de Harvard Dani Rodrik va más allá: “Si los líderes europeos quieren conservar la democracia, deberán elegir entre la unión política y la desintegración económica. O bien renuncian explícitamente a la soberanía económica o bien comienzan a emplearla activamente en beneficio de sus ciudadanos. Lo primero supone sincerarse con los respectivos electorados y construir un espacio democrático por encima del nivel de los estados-nación. Lo segundo, renunciar a la unión monetaria y poner en marcha políticas monetarias y fiscales de nivel nacional que sirvan a una recuperación sostenida”.

Así de simple y así de rotundo. Según sea la salida de la crisis, los cimientos de la democracia pueden verse dañados más allá de toda previsión. ¿Estamos ante una exageración o ante una proyección verosímil? Parece que ante lo segundo. En realidad, el agravamiento de España marca la frontera entre lo gestionable y lo insostenible por el entramado europeo, incluso dando por supuestos los costes sociales de la manejabilidad de la crisis. Megan Greene, colaboradora del economista Nouriel Roubini, el enfant terrible del claustro de la Universidad de Nueva York, lo plantea en términos meramente académicos en la web del think tank Council on Foreign Relations a partir de cifras bastante incontestables: el rescate completo de España ascendería a 200.000 millones de euros, y entonces todos los ojos mirarían a Italia, otra gran economía, pero “los fondos de rescate disponibles no son lo suficientemente grandes para rescatar a España e Italia”. Según Greene, “en realidad, España es la puerta de entrada de la crisis para pasar de sostenible y manejable –cuando solo había alcanzado a países más pequeños como Grecia, Portugal e Irlanda– a ser compleja e inmanejable”. A decir verdad, es imprevisible qué puede suceder si España cruza la puerta con una tasa de paro próxima al 25% y el 20% de la población por debajo del umbral de la pobreza.

Edgar Morin

Portada de 'La vía para el futuro de la humanidad', último libro del filósofo francés Edgar Morin.

Cuando la directora general del FMI, Christine Lagarde, pide más tiempo para que España cumpla con sus compromisos no hace otra cosa que reclamar medidas para que el parte de bajas no alcance cifras escandalosas. Lagarde va bastante más allá que la cancillera Merkel al acudir a Atenas: reconoce que los griegos andan con la lengua fuera, pero, al mismo tiempo, sostiene que deben agravar su estado para cumplir con sus compromisos o con los que les impusieron. Pero Lagarde se queda también mucho más acá que el filósofo francés Edgar Morin, que invoca el “humanismo global” para oponerlo a la crisis, porque Morin antepone la suerte de los condenados por la crisis a la de quienes les han condenado. ¿Utopía, caridad, justicia? Un poco de todo para impedir que Europa se suma en un largo invierno de pobreza y desigualdades.

Hugo Chávez tiene rival

Multitudes, la movilización de las masas en su más rotundo significado; Caracas vitorea a Henrique Capriles; Caracas aclama a Hugo Chávez; la grandiosidad de la naturaleza alimentada por el Orinoco proyectada sobre una sociedad de una grandilocuencia inagotable. La campaña que ha precedido a la elección presidencial en Venezuela se ha vestido con los ropajes del dramatismo radical de dos candidatos condenados a no detenerse un segundo en los detalles, apuntar al adversario y sacar el máximo partido a la poco menos que ciega fidelidad de los seguidores. Quizá el rigor haya quedado olvidado en la larga refriega, pero acaso salga el país fortalecido del reto, sea la victoria para la ensoñación bolivariana que cautiva a los chavistas o para la socialdemocracia templada que ha unido a la oposición; sea para la Mesa de la Unidad Democrática, que sostiene a Capriles, o para el conglomerado que encabeza el Partido Unido de Venezuela, hogar de Chávez.

El analista Andrés Oppenheimer comparte el parecer de otros muchos que, al día siguiente de la refriega, avizoran el triunfo colectivo de una sociedad hasta la fecha agitada de forma a menudo enloquecida, con frecuencia, colérica, por líderes adscritos a la política de balcón o a la descalificación sin tregua de todo y de todos. Ni siquiera una derrota bajo sospecha, barrutan Oppenheimer y otros, llevaría a Capriles a desbordar las aguas porque, por primera vez desde el hundimiento del bipartidismo innoble –a cada poco se turnaban en el poder el Copei y la Acción Democrática–, la oposición al chavismo tiene cuotas de poder que proteger y cuotas de poder que conquistar. “Si [Capriles] perdiera –ha escrito Oppenheimer en el conservador El Nuevo Herald de Miami–, lo más probable es que no alegue que hubo fraude, porque eso instalaría una matriz de opinión de que existe un fraude sistemático, y haría que millones de opositores se queden en su casa para las elecciones de gobernadores del 16 de diciembre y las de alcaldes de abril del 2013”.

Boleta electoral

Anuncio aparecido en la prensa venezolana en el que se avisa de las opciones de voto anuladas en las papeletas, que se contabilizarán como votos nulos a pesar de que muestran la imagen de Henrique Capriles.

Tampoco una victoria liberará a Chávez de la obligación de ser muy otro: “A partir de esta elección, nunca más podrá ser igual al anterior presidente borracho de triunfalismo y de la falsa creencia que tenía un apoyo total del pueblo venezolano”, imagina Oscar Peña en El Nuevo Herald. Desde luego, las encuestas están lejos de asegurar una victoria fácil al presidente –dos de ellas le dan perdedor por un pequeño margen de votos–, y aunque es imposible deslindar en muchos sondeos la militancia política de los datos difundidos, el simple hecho de que uno de los trabajos de prospectiva, el de Consultora 21, dé a Capriles un suplemento de papeletas de por lo menos dos puntos procedentes del voto oculto –le darían el triunfo, según la BBC–, revela que el chavismo está lejos de conservar la aplastante hegemonía de que disfrutó en otro tiempo en la calle y en las urnas.

Esa disposición final a contenerse que se atribuye a los candidatos es una novedad absoluta en una sociedad herida por la desigualdad y acostumbrada a índices de violencia extremos. Ni siquiera el populismo omnipresente de Chávez es capaz de ocultar o alterar el dato cierto de que la sociedad venezolana enfermó de violencia hace tiempo y nadie ha dado con la medicina para que baje la fiebre. La fractura social, la pobreza humillante, la ineficacia de los gobernantes y la corrupción ilimitada, engordada con las rentas del petróleo, han permitido crecer al monstruo y confiere vigencia permanente al análisis que el mexicano Carlos Fuentes dedicó en La gran novela latinoamericana a la obra del más renombrado de los escritores venezolanos: “El tema central de Rómulo Gallegos es la violencia histórica y las respuestas a esta violencia impune: civilización o barbarie. Respuesta que puede ser individual, pero que se enfrenta a las realidades políticas de la América Latina”. Tal como recoge Fuentes, Gallegos se refiere a un tiempo al “primaveral espanto de la primera mañana del mundo” y a la violencia que impregna la historia toda de la novela Canaima, alegato contra el caudillismo, a partir de la noche en la que “los machetes alumbraron el Vichada”.

Los machetes de hoy son la tensión social, los suburbios a merced de las bandas y la sensación permanente de inseguridad. Las encuestas son concluyentes: nada preocupa más a los venezolanos que la violencia sin tregua, la inseguridad urbana, la incapacidad de las fuerzas del orden para tranquilizar las calles. Cuando es posible afirmar que la muerte de tres seguidores de Capriles es lo menos que cabía esperar de una campaña dominada por la pasión, cuando se sabe de antemano que las armas están al alcance de la mano y la policía es ineficaz, entonces el problema reviste una trágica gravedad. Oliver Stone cuenta en su película Al sur de la frontera que Chávez “nació en una casita de barro y creció en la pobreza”, y “esto afectó a su visión sobre Venezuela”. ¿Incluía esta visión la violencia a pie de calle? La respuesta ha de ser forzosamente .

Canaima

Portada de una edición de 'Canaima', novela de Rómulo Gallegos.

Lo mismo vale para Capriles. Aunque nació en el confort de una familia de la burguesía empresarial caraqueña de ascendencia judía, la realidad de la violencia a todas horas no puede ser ajena a su experiencia personal. Más allá de las lindes del Country Club de la capital, lugar de encuentro de la sociedad acomodada, se extiende un laberinto de desigualdades sociales que ningún discurso político ha logrado corregir hasta la fecha. Ni el de los patiquincitos a los que alude en Últimas Noticias de Caracas Asalia Venegas, chavista convencida, ni el del “militarote de verbo asaltante y ruidoso” al que se refiere Elizabeth Araujo en el conservador Tal cual, asimismo de Caracas. Así se ha impuesto el populismo a todo volumen que emborrona la política hasta convertirla en un ejercicio de adhesión personal al que se suman con entusiasmo las páginas de opinión, los blogueros, los estrategas electorales y, claro, los propios candidatos.

Hay una larga tradición de caudillismo en América Latina, atenuada estos últimos años por el renacer democrático. Pero en Venezuela ha brotado de nuevo mediante la radicalización de los oradores, los medios sometidos disciplinadamente a uno u otro bando, las extrañas alianzas tejidas por Chávez y la contrapropaganda emitida desde Estados Unidos. Hay una conexión causal, una relación dialéctica imposible de soslayar entre dos frases recogidas por Oliver Stone en la película. Dice el presidente en un mitin: “El Gobierno no será el Gobierno de Chávez porque Chávez es el pueblo”. Condoleezza Rice, a la sazón secretaria de Estado, afirma: “Creo que tenemos que ver en este momento que el Gobierno de Venezuela es una fuerza negativa en la región”.

Hay una segunda conexión dialéctica que robustece la tendencia al populismo: el objetivo permanente de mantener la calle ocupada, de contar en cientos de miles, en millones, si ello es posible, la participación en los grandes mítines. Todo Caracas, tituló un periódico de la oposición después de un gran mitin de Capriles; Siete avenidas llenas, reclamó un diario chavista antes de la gran concentración anunciada para el día 4. “Si gobierna Capriles, volverán la burguesía y el imperio”, aseguró Chávez desde una tribuna con la voz alterada por el énfasis propio de los grandes trágicos; “Chávez perdió la calle”, proclamó Capriles desde otra tarima ante una masa extasiada. “Con Capriles renacen los mejores instintos de la gente buena y decente de este país en contraste con el deslave de odios y vulgaridad desatado durante 14 años por un irresponsable delirante”, escribió Antonio A. Herrera-Vaillant en el opositor El Universal. “Para un país, es peor que un mal Gobierno, una mala oposición. Y lo es porque cuando esto ocurre no hay camino, no hay alternativa, no hay futuro. La suerte de Venezuela en esta materia es que puede marchar, salir adelante, sin necesidad de oposición”, se afirmó en el presidencialista Diario Vea con absoluto desparpajo.

Pompeyo Márquez

Pompeyo Márquez, un histórico de la izquierda venezolana, rompió con Hugo Chávez en 1999 y hoy le acusa de ser "un autócrata militar".

Es dudoso que sin oposición sea posible el ejercicio saneado del poder. Pompeyo Márquez, exguerrillero, exmilitante comunista, exministro, fundador del Movimiento al Socialismo, alude indirectamente a esa carencia de adversarios que han permitido radicalizar la brega de Chávez: “Ahora se siente con el monopolio del izquierdismo, cuando en la práctica es un autócrata militar que hace depender a un país de la voluntad de un solo hombre, haciéndonos regresar a los viejos caudillismos del siglo XIX”. Parece que Márquez no comparte la idea de que una cuota importante del izquierdismo de Chávez es sobrevenida; obedece a la desconfianza manifestada por Estados Unidos frente al nacionalismo socializante que llevó al poder a quien antes quiso llegar a él por la fuerza. De ser esta la razón última de la radicalización de Chávez, habría que convenir que su acercamiento a la experimentación social de Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en Ecuador y, aún más, de Daniel Ortega en Nicaragua, convertido en caricatura del sandinismo de los primeros años ochenta, fue más fruto de la necesidad que de otras consideraciones, más fruto de la urgencia por no aparecer solo en el escenario que del convencimiento ideológico. De la misma manera que los apretones de manos de Chávez con Lula da Silva, antes, y Dilma Rousseff, ahora, no han ido más allá porque Brasil no necesita a Venezuela para salir en la foto y otros países, en cambio, sí la precisan.

Todo esto asoma en la campaña de Capriles, pero es el perfil de Fidel Castro el que más pesa en las frases destinadas a desacreditar a Chávez. El brasileño José Sarney fue inmisericorde cuando dijo que al presidente venezolano “le falta historia y le sobra petróleo” para poderse equiparar con el anciano líder cubano. Pero no es descabellado pensar que lo que busca Chávez en la gerontocracia cubana es la legitimación histórica que no ha logrado hasta la fecha con las rentas del petróleo destinadas a suturar las heridas sociales. Chávez ha llegado a decir que votar por él es hacerlo por Fidel Castro, un reflejo preciso de hasta qué punto quiere asociar su mensaje al prestigio acumulado en el pasado por la revolución cubana, a la que hoy le quedan poquísimos defensores. Dicho todo en medio de la confusión provocada por la mezcla de las proclamas que remiten a Castro y la realidad económica que mantiene a las refinerías y redes de distribución de carburantes de Estados Unidos como las primeras compradoras de petróleo venezolano. Resumen de la socióloga Colette Capriles, recogido por Luis Prados y Maye Primera en El País: “No existe un chavismo ideológico. Chávez se suma al castrismo por la necesidad de tener una genealogía de izquierdas y mucha gente se le une porque piensa que obtendrá algún beneficio del Gobierno por modesto que sea”.

Puede que todo dependa de esto y que la elección se decida según sea el volumen del voto cautivo que retiene Chávez en las filas de quienes esperan obtener “algún beneficio” del Gobierno. Puede que el cansancio de una parte de la progresía venezolana desencantada, de los defraudados por promesas que nunca llegaron a cumplirse, de la clase media recelosa, de las víctimas de la inseguridad y de los empobrecidos por la inflación no sean resortes suficientes para evitar que se imponga el gancho de Chávez. Aunque se enfrenta al rival más sólido de cuantos se han medido con él hasta la fecha, el presidente ha logrado mantener el vigor escénico a pesar de que en junio del 2011 le diagnosticaron un cáncer, fue operado dos veces y el único parte de curación es el del propio enfermo. El politólogo Alberto Barrera ha explicado a Prados y Primera que “Chávez tiene un talento especial para la empatía con los sectores populares y además no tiene escrúpulos”. Y ha añadido: “Ha convertido al Estado en una agencia de publicidad personal”. Pero ¿es esto suficiente para neutralizar la compleja maquinaria electoral puesta en marcha por la oposición unida? El ruido ensordecedor de los candidatos impide saberlo.