La campaña de las banderas

Cuando lo que más importa son las banderas, la política de las cosas se desdibuja. Así ha pasado con la campaña que acabó el viernes, con los candidatos envueltos en diferentes combinaciones en rojo y amarillo, con los programas para gestionar el desastre que nos acogota ocultos detrás de las emociones y todas las simplificaciones imaginables expresadas desde las tribuna, con la derecha recalcitrante dispuesta a hurgar en el vertedero para sembrar la duda ética. Los candidatos han querido vender el argumento, excesivamente sucinto, de que la única salida posible de la crisis en Catalunya se ha encarnado en la bandera que defienden; los gestores del basurero informativo han optado por desacreditar a los soberanistas, como si esta operación garantizara el éxito de quienes no lo son; los partidarios de la independencia han presentado a sus adversarios como demócratas bajo sospecha.

Así ha discurrido esa alocada carrera en la que han refulgido el rojo y el amarillo de la bandera española, la senyera y la estelada, donde se han barajado, con suerte y rigor dispares, soberanía, independencia, autodeterminación, derecho a decidir, federalismo, confederación y algunos otros vocablos por el estilo, más propios de un seminario de derecho político que de unas elecciones convocadas con un cuarto de la población activa en paro y el Estado del bienestar en estado catatónico. Nadie se ha molestado en aclarar, por ejemplo, a qué momento histórico y político responde el concepto de autodeterminación, incluido en el quinto de los catorce puntos enunciados por el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson los primeros días de 1918. Así se ha llegado a la hora de la verdad sin que nadie sepa demasiado bien qué consecuencias tendrá su voto, sea este soberanista, federalista, autonomista o algún otro ista no explicitado. Se sabe –es de temer, eso sí– que el día siguiente puede ser mareante, habida cuenta de que a una campaña atosigante, cabe esperar que le suceda fácilmente una interpretación evanescente, delicuescente, puede incluso que hermética.

Woodrow Wilson

El presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson (1913-1921) mencionó el principio de autodeterminación, aplicado a las colonias, en su famoso programa de 14 puntos, presentado ante el Congreso el 8 de enero de 1918.

Para Sandrine Morel, del diario progresista francés Le Monde, la confusión no ha lugar: “Sobre esta capa identitaria maltratada por Madrid, la crisis económica ha sembrado sus propios granos. Ha hecho su camino la idea, largamente alimentada por el Gobierno local, según la cual Catalunya se arreglará mejor sin España”. Edward Cody, comentarista del diario liberal The Washington Post, fue de parecida opinión el 13 de octubre cuando se acercó a los acontecimientos que se desarrollaban en Catalunya: La fiebre separatista crece en España en tiempo de crisis, tituló su artículo, pero le pareció detectar en la opinión pública española la sensación de que, en una sociedad del siglo XXI inmersa en la globalización, el deseo de independencia parecía anacrónico. En todo caso, tanto Morel como Cody abrigan pocas dudas en cuanto a la relación entre el flagelo de la crisis y la efervescencia independentista. ¿Para encubrir con las emociones las políticas puestas en marcha y las por venir, todas ellas condenadas a mutilar el Estado del bienestar? Ahí no entran.

En la crónica de los sentimientos en España y en Catalunya, publicada durante la última semana en las páginas y la web del liberal británico The Guardian, pesan tanto la crisis económica, que ha llevado a la Generalitat a tomar el camino soberanista, como los riesgos de fractura social derivados de la mutua incomprensión del bloque  independentista y del que no lo es, de las diferentes aproximaciones al caso que hacen las sociedades española y catalana. Los autores que han participado en el trabajo de The Guardian hilan muy fino, buscan una explicación global y no dejan escapar un detalle por demás significativo: la naturaleza binaria del debate independentista –a favor o en contra, sí o no– carece en Barcelona del dramatismo con que se produce en otros lugares, según cree percibir el periodista Stephen Burgen. “En nuestro tiempo, las ciudades más internacionales son casi repúblicas por sí solas”, declara Ryan Chandler, que lleva 20 años en la ciudad y es editor de la revista Barcelona INK, escrita en inglés.

Lo que ha hecho The Guardian con el caso catalán, imposible de desligar del escocés para un medio británico, es un esfuerzo de descripción para comprender qué está pasando y por qué. En realidad le importan más los porqués que otras consideraciones. Y la instrumentalización o el aprovechamiento de la crisis económica para capitalizar el sentimiento independentista aparece por doquier, en los reportajes de The Guardian y en los análisis de otros medios, como el que firma Brad Plumer en su blog de The Washington Post, donde recoge un informe elaborado por Crédit Suisse que incluye este párrafo: “Es extremadamente improbable que Catalunya elija la opción de declararse unilateralmente independiente”. ¿Por qué motivo? “El punto de partida básico es –escribe Plumer– que sería económicamente desastroso, y por este motivo es improbable que suceda. Para empezar, el resto de España sería mucho, mucho más pobre”. Esto es: el presunto miedo del Gobierno español a que se consume la secesión llevaría a este a extremar las presiones internas y externas, en especial en la Unión Europea, para cercenar el camino hacia la independencia. Menos alarmado, Louis Emanuel, en el liberal de Londres The Independent vislumbra una crisis constitucional en España si la derecha gobernante no admite que ha llegado la hora de abordar la reforma.

Crédit Suisse

La situación del PIB per cápita catalán y español en el seno de la UE después de una eventual independencia de Catalunya.

Lo cierto es que la crisis constitucional es poco menos que insalvable. Solo sería posible evitarla en el caso muy improbable de que todos los actores políticos cayeran del caballo como le sucedió a Saulo camino de Damasco. De momento, las diferencias de criterio entre la Fiscalía General del Estado y la del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya en cuanto a que la segunda da por “radicalmente falsa y mendaz” la información difundida por El Mundo y ha abierto diligencias por presuntas calumnias, pone de manifiesto la sonrojante politización de los tribunales. Es extremadamente complejo desligar el comportamiento, la opinión y el desempeño profesional de ambas fiscalías –Eduardo Torres-Dulce, en Madrid; Martín Rodríguez Sol, en Barcelona– de los ecosistemas circundantes que las observan, salvo que se tenga cierta predisposición natural a pecar de inocente.

Por la misma regla de tres, no hay forma de deslindar la seguridad de los soberanistas relativa a que Catalunya seguiría en la UE en caso de independizarse de la necesidad de minimizar los inconvenientes y resaltar las ventajas de la soberanía, destinado todo a evitar un enojoso debate técnico-político que determine si el futuro que aguarda en Ítaca es de leche y miel o una ruta llena de repechones interminables como los de los puertos hors catégorie del Tour de Francia. Hasta la fecha se han puesto sobre la mesa una variada muestra de reflexiones inconcretas, adulteradas por la imprecisión de los debates apresurados. Entre las afirmaciones hechas en la campaña se cuentan las siguientes:

-Es posible seguir en la UE después de un corto periodo transitorio de salida y vuelta a la organización a la velocidad de la luz.

-Es posible seguir en el seno del euro mientras se serenan las aguas y puede negociarse el reingreso sin mayores alteraciones.

-Es posible seguir en la UE visto que no hay precedente de expulsión de una parte de su territorio (tampoco lo hay de una secesión seguida de readmisión automática).

-Es posible seguir en la UE sin problemas porque Catalunya cumple todas las condiciones.

Dominique de Villepin

El exprimer ministro de Francia Dominique de Villepin, partidario de aprovechar la capacidad de los estados intermedios de facilitar el diálogo.

En muy raras ocasiones se ha ido más allá de enunciados tan esquemáticos para considerar otras realidades que forman parte del acervo político-jurídico de la UE: la interpretación más común de los tratados constitutivos de la UE, la interpretación del Tratado de Àmsterdam, la interpretación del Tratado de Lisboa y el pronunciamiento por escrito del 2004 de la Comisión Europea, mencionado por José Manuel Durao Barroso. El presidente de la Comisión, resulta ocioso recordarlo, no es ninguna autoridad infranqueable, pero no habla a humo de pajas en este caso porque, por encima de todos los textos, exégesis y dictámenes figura el cumplimiento de la regla de unanimidad para que un nuevo Estado pase a formar parte del club. Quiere decirse que los eventuales adversarios de la permanencia automática o casi de Catalunya en la UE disponen de material técnico suficiente para escudarse detrás de él.

La argumentación de Brad Plumer en The Washington Post abona la tesis de que la independencia llevaría aparejada la salida de Catalunya de la UE, aunque no dice explícitamente que tal riesgo exista. Pero, en todo caso, acerca el objetivo de la cámara a las zonas de sombra que nadie ha iluminado durante la campaña. En este mar de banderas convertidas en símbolos del futuro tampoco ha habido tiempo y ganas de explicar y sopesar los riesgos inherentes a cada viaje, la naturaleza irreversible de algunas decisiones y el anquilosamiento del esquema autonómico, innovador en su día, pero hoy injusto e ineficaz.

Para Arnaud Leparmentier, el agotamiento de los modelos destinados a garantizar la unidad de los estados se debe a que “Europa es víctima de la paz”. “Esta paz que fue el cemento de la construcción comunitaria –afirma Leparmentier en Le Monde–, talmente parece que permite a los europeos lanzarse a la fragmentación de las entidades estatales en una carrera sin fin”. Es decir que el rumbo que ha tomado la campaña de las autonómicas obedece tanto a la agenda soberanista catalana, establecida por el president Artur Mas desde que empezaron los preparativos de la manifestación del 11 de septiembre hasta la jornada de reflexión, como a la inercia europea. “El país pequeño parece la vía de futuro, como lo atestigua el éxito en las clasificaciones internacionales de las democracias nórdicas. Es más fácil lograr el consenso para acometer las reformas e integrarse en la mundialización”, según le parece a Leparmentier. Y pone ejemplos: “Es el caso de Irlanda, que reduce el impuesto de sociedades; de Luxemburgo, que se transforma en una plaza financiera offshore; de Dinamarca, que goza de todas las ventajas del euro sin los inconvenientes”.

En la larga digresión de Leparmentier no falta el reproche: reputa “egoístas” a esos pequeños países ricos. “Los candidatos secesionistas no quieren financiar sin límite a sus no-compatriotas menos afortunados y a menudo menos trabajadores [sic]: Catalunya se juzga excesivamente explotada por Madrid; los ricos flamencos, por la Valonia desindustrializada; la Italia del norte, por el Mezzogiorno”. Y, después de los reproches, deja que asomen los peligros: “La atomización de Europa conduce a su desmantelamiento. Solo los grandes estados están en situación de responder a la amenaza militar o a la de los mercados”. “Es Europa y no el euro lo que puede estallar”, previene en el mismo artículo el diplomático danés Jörgen Öström Möller.

Ernest Renan

El pensador francés Ernest Renan (1823-1892) pronunció en La Sorbona el 11 de marzo de 1882 la famosa conferencia ‘¿Qué es una nación?’.

El exprimer ministro de Francia Dominique de Villepin escribe en su blog: “El mundo tiene necesidad de países intermedios que facilitan el diálogo. Es el papel tradicional de Suecia o de Francia. También es hoy el papel de Turquía, de Catar o de Brasil. Estas son las sinapsis que permiten que el mundo evolucione, se convierta en más razonable, esté más conectado consigo mismo”. En la reflexión de Villepin, se trata del “poder de compartir el poder”, que no depende del tamaño de los estados ni de su situación geográfica, sino de otras variables –influencia cultural, capacidad financiera, horizonte de crecimiento, influencia política regional–; a veces depende de verdaderos intangibles. La visión de Villepin se diría que desdramatiza las repercusiones de la propuesta soberanista en términos políticos. Pero ¿es posible desdramatizar el debate de las emociones en la que se ha transformado la campaña de las autonómicas? ¿Hay alguna pócima capaz de serenar los espíritus cuando se barajan propuestas en las que no hay sitio más que para el éxtasis o la frustración?

“La existencia de una nación es (perdonadme esta metáfora) un plebiscito cotidiano”, dijo el pensador francés Ernest Renan en una famosa conferencia pronunciada en La Sorbona el 11 de marzo de 1882, titulada ¿Qué es una nación? ¿Es ese el material ideológico que llevó al president Mas a poner la máquina en marcha y al Gobierno de Mariano Rajoy a hacer lo propio para neutralizar la operación? No parece que quepa otra posibilidad que responder sí, salga lo que salga de las urnas, porque, sea cual sea el resultado, se multiplicarán los analistas que le otorgarán un valor plebiscitario.

 

Más que una huelga general

Cuando el FMI advierte de que la austeridad recetada por Alemania nos lleva directamente al desastre es que la situación es peor de lo intuido. Algo muy grave se debe cocer entre cajas para que la señora Christine Lagarde y tutti quanti lancen la advertencia en plena campaña de relaciones públicas de la cancillera Angela Merkel para llegar a las elecciones de su país con la popularidad por las nubes, aunque Europa esté literalmente en un grito, sometida al fundamentalismo económico que amenaza con hacer saltar por los aires el pacto social trabajosamente ahormado en la posguerra para pacificar el continente. Si la vara de medir de lo que se avecina es el cabreo manifestado la tarde del 14 en la vía pública por españoles, portugueses, italianos, bastantes franceses e incluso… un notable número de alemanes, entonces la alarma de Lagarde y compañía está más que justificada. Lo cual hace aún más grotesco el empeño de la derecha polvorienta española de medir el descontento social mediante la determinación de la caída del consumo de electricidad durante la jornada de huelga general.

14-N“Los últimos acontecimientos ofrecen una nueva oportunidad para dar el vuelco a esta situación. Excepto cierta prensa de Madrid que vive anclada en sus guerras decimonónicas, cualquier observador atento ha visto que el paro del 14-N ha sido también una revuelta de la clase media, que esta vez se ha unido a los trabajadores y a los jóvenes en el clamor contra las consecuencias de las políticas contra la crisis”, escribió el jueves Albert Sáez en su blog de EL PERIÓDICO. En este análisis cuenta poco –por no decir nada– el consumo eléctrico, y en cambio cuenta bastante más la impresión transmitida por las dos grandes manifestaciones de Madrid y Barcelona. ¿Cuál es esa impresión? Que la quiebra social se halla a la vuelta de la esquina y, con ella, la quiebra política que, de producirse, desbaratará el statu quo sobre el que se ha edificado la democracia representativa de las llamadas sociedades avanzadas.

Identificar estos riesgos no es alarmismo ni ganas de molestar. Es la simple certificación de que si el sistema se disloca por completo, puede que se salven las finanzas y la nueva economía, la tecnoeconomía o como se la quiera llamar, pero perecerá todo lo demás. Parece harto trabajoso para algunos comprender que en esas estamos y que cualquier desdramatización del momento tiende a falsear la realidad. Mientras una multitud asustada por el futuro al que debe enfrentarse se manifestaba por los paseos de Gràcia y el de Recoletos, el comisario Olli Rehn echaba un cable al Gobierno al reconocerle los esfuerzos realizados –exigidos, entre otros, por el propio Rehn, claro– para sanear las cuentas, pero el capotazo no hacía más que confirmar todos los miedos y atestiguar que, salvo cambios imprevisibles, la ruta hacia la pobreza es la única que figura en el mapa de la UE.

14-NIncluso la más que previsible oposición del Banco Central Europeo a que España negocie una línea preventiva de crédito con el FMI por si van muy mal dadas, una posibilidad desmentida por el Gobierno, pone de manifiesto que los poderes no electos ejercen una presión inconmensurable sobre los electos. La analista Masa Serdarevic identifica en su blog del Financial Times hasta tres razones para prever que, en última instancia, el Gobierno español optará por olvidarse del asunto:

  1. A los socios de la eurozona no les hará ninguna gracia que uno de los suyos vaya tan lejos en busca de ayuda.
  2. El BCE probablemente no autorizaría la medida, porque la austeridad es el camino fijado, y se desentendería de comprar bonos en el mercado secundario.
  3. Es muy posible que el FMI no quiera verse envuelto en una operación que no incluya a la UE.

A la vista de este tríptico, no resulta exagerado añadir que la única alternativa a las horcas caudinas de la austeridad es la inanición. Algo que no debe sorprender porque el economista ultraliberal alemán Jürgen Donges dijo en su día a Jordi Évole que la única alternativa a la precariedad laboral es el paro, con lo cual se arrogó el papel de repentino regulador de nuestro mercado de trabajo sin mayor representatividad ni títulos democráticos para hacerlo. Y, a pesar de todo, hay quien piensa que el mayor problema es que los sindicatos se atienen a un Modelo caduco, título del artículo colgado por el economista José Miguel Amuedo en la edición digital de Expansión. “Los sindicatos son estructuras caducas, que se siguen moviendo de forma caduca, y utilizan un lenguaje sin duda caduco –opina Amuedo–. Un ejemplo es que siguen organizando las huelgas como hace un siglo. Y la sociedad, sin duda, ha cambiado”. En efecto, ha cambiado tanto que muchos trabajadores no se sienten representados por los sindicatos, tal como sostiene Amuedo en un pasaje de su texto, pero tampoco se sienten atendidos por los cargos electos, a quienes muchos de ellos votaron, y por el Gobierno que administra el país; demasiado a menudo se sienten tripulantes de una nave pilotada a distancia.

14-N“Los ciudadanos europeos perciben cada vez con mayor impotencia que los gobernantes que eligen en sus países tienen menos poder sobre los asuntos que afectan a su bienestar. En el sur de Europa este problema es particularmente agudo. Nos hemos acostumbrado a que decisiones providenciales sobre nuestro futuro las tomen líderes a los que no hemos elegido y sobre los que no tenemos control alguno”, escriben en su blog Carlos Carnicero Urabayen y Antonio Roldán. ¿Es posible imaginar un mecanismo que erosione la democracia más demoledor que ese? Lleva razón Fernando Vallespín cuando sostiene: “Es posible que la huelga sea mala para hacer cuadrar los números. Pero es estupenda para vigorizar la democracia”. Y lo es porque neutraliza aunque solo sea por un día la sensación de indefensión que se ha adueñado de las víctimas de la crisis, afectadas por decisiones tomadas en instancias de poder sin ninguna representatividad, ajenas al dictamen de las urnas, al viejo y saludable juego de las mayorías y las minorías. Hablar de déficit democrático, vistas las consecuencias de lo sucedido hasta la fecha, resulta excesivamente contenido.

El modo imperativo al que recurre el economista Emilio Ontiveros en El País es el adecuado para reclamar un cambio de rumbo lo más rápido posible: “Europa debe escuchar. Sus instituciones, pero de forma destacada el Gobierno alemán, deben asimilar la evidencia de que el ajuste presupuestario indiscriminado y excesivamente concentrado en el tiempo, con bastante independencia del origen de los desequilibrios financieros, no aporta los resultados pretendidos. Destruye posibilidades de recuperación y, también, erosiona la solvencia pública y privada. También, y no menos importante, acerca a millones de ciudadanos a una situación de frustración creciente. A un cuestionamiento de la propia idea de Europa”.

Por desgracia, la cita va en una dirección radicalmente contraria a la expresada el martes en Lisboa por la cancillera alemana, que llenó de parabienes al primer ministro de Portugal, Pedro Passos Coelho, obligado a pauperizar el país mientras la calle enardecida grita “Merkel no manda aquí”. El mensaje de Ontiveros también es incompatible con el sonsonete que repiten el Gobierno de Mariano Rajoy y sus agitprop de papel cuando justifican los tijeretazos, llamados reformas, con las felicitaciones de Rehn por lo bien que se están haciendo las cosas. Nada justifica la confianza gubernamental en el camino emprendido, pero parece que la proletarización de la clase media, base de sustentación de los sistemas democráticos, importa menos que cumplir con un ajuste fiscal que, primero, se antojó duro y hoy merece el calificativo de extravagante, porque resulta “política y socialmente insostenible” en opinión de un foro tan identificado con el establishment financiero como el FMI.

14-NEs de lamentar que el enfoque dado a la crisis por el equipo del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, haya contaminado tan poco los análisis europeos, porque en la estrategia de la Casa Blanca ha prevalecido la necesidad de hacer compatible el saneamiento de las finanzas y la salud del dólar con el rescate de la clase media, como se han ocupado en señalar los analistas liberales y ratificaron las urnas el día 6. Cuando Thomas L. Friedman escribió en The New York Times que los electores prefirieron dar una segunda oportunidad Obama, a pesar de que la tasa de paro bordea el 8%, a otorgar su confianza a Mitt Romney, añadió una frase significativa, reflejo del hipotético pensamiento de la mayoría que hizo posible la reelección del presidente: “Pensamos que lo estás intentado. A partir de ahora será aún más difícil. Aprende de tus errores”. Nadie en Europa da señales de estar dispuesto a aprender de sus errores, y los riesgos que se corren son enormes.

Uno de los mayores, si no el mayor, es el rápido alejamiento de la población de las instituciones y los partidos, de los ámbitos en los que se adoptan las decisiones políticas. “Sería un error interpretar el seguimiento de la huelga de ayer como un escrutinio del grado de irritación de una sociedad. La desafección, la frustración, afecta a un contingente mucho mayor”, opina Emilio Ontiveros en el artículo antes mencionado. “Es un mensaje enviado a los jefes de Estado europeos. Todos están incluidos, se trate del de Francia, del de Alemania, del de Italia. Y hoy son ellos quienes toman decisiones, a escala europea, que nos colocan en una situación imposible”, declaró al semanario francés de izquierdas Le Nouvel Observateur el secretario general del sindicato CFDT, François Chérèque, al final de la jornada del miércoles. Chérèque no es un radical ni cosa parecida, sino más bien alguien apegado al realismo.

Otro riesgo es que llegue al ánimo de los ciudadanos que solo la movilización social rinde frutos. La negociación emprendida por el Gobierno y el PSOE para contener la injusticia lacerante de los desahucios, después de vivirse episodios de un dramatismo apabullante, no puede decirse que sea precisamente una muestra de reflejos; parece sobre todo un tratamiento de choque, de efectos más que modestos, arrancado con fórceps por el descontento social, la protesta ante las sucursales bancarias y las concentraciones frente a los domicilios de los condenados a perder su casa. Es improbable que sirvan el decreto del Gobierno y lo que le siga, si lo hay, para restaurar la confianza en las instituciones y en el compromiso de los gobernantes con los vaqueteados por la crisis, porque ¿puede alguien asegurar que sin las movilizaciones se habría puesto freno a los desahucios? Mal asunto para la salud de la democracia reglada que la gestión directa y en caliente de los problemas sea más eficaz y ejecutiva que la mecánica institucional.

Aun así, toda situación de desconfianza o debilidad democrática es susceptible de empeorar. Por ejemplo, si se confirma que, a ojos de Bruselas, el Gobierno se ha pasado en sus atribuciones al ocuparse de los desahucios sin consultar ni pedir permiso para modificar normas que pueden afectar a la cuenta de resultados de los bancos, los sanos y los enfermos. En este caso, visto que la vocación depredadora de los mercados es incompatible con el Estado del bienestar, y visto también que puede ser incompatible con algo políticamente menos comprometido como la simple caridad, habrá que preguntarse: ¿con qué son compatibles los mercados?

 

Obama y compañía

Obama Biden

El presidente Barack Obama y el vicepresidente Joe Biden, acompañados de sus respectivas familias, celebran la victoria en Chicago la madrugada del miércoles.

La victoria obtenida el martes por el presidente Barack Obama ha consolidado el núcleo electoral constituido por un nuevo mapa de minorías, bastante diferente al que manejaron los sociólogos desde los días de Franklin D. Roosevelt hasta la derrota de Michael Dukakis en 1988. El perfil del electorado que llevó a Bill Clinton a la Casa Blanca y a punto estuvo de repetir el resultado con Al Gore en el 2000 fue un anticipo de las minorías transversales que hicieron posible la elección de Obama en el 2008 y su relección ahora. El Partido Demócrata de los sindicatos, el mundo de la cultura y la industria del espectáculo, la clase media urbana y una parte importante de la comunidad afroamericana se ha enriquecido con electorados con una composición interna más heterogénea, interclasista si se quiere; sigue siendo el partido de las minorías, pero de minorías con una mayor complejidad social. Al decir que la mayoría de mujeres, de jóvenes entre los 18 y 29 años, de hispanos, de homosexuales y de movimientos sociales independientes votaron por Obama, se afirma a un tiempo que el presidente ha logrado extender su base electoral más allá de los límites tradicionales. Así, el apoyo del AFL-CIO se ha diluido, pero ha aparecido el de los blue collars, una etiqueta más amplia; los demócratas mantienen la influencia en la clase media, pero esta ha decrecido 20 puntos –hace 40 años englobaba al 71% de la población y hoy incluye solo al 51%– y en su lugar aparecen las clases emergentes vinculadas a la nueva economía.

Esta cualidad inclusiva del Partido Demócrata se halla en las antípodas del perfil exhibido por el Partido Republicano durante la campaña, incluso después de limar las aristas más cortantes del conservadurismo a ultranza impuesto por el Tea Party a través de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia. Al mismo tiempo, la diversidad social y cultural convierte a los demócratas en un colectivo más expuesto a la crítica y a las contradicciones, como ha explicado Ross Douthat en su blog en The New York Times. Pero la misma comentarista admite que, por el momento, las virtudes inclusivas de la propuesta de Obama mantienen desorientados a los republicanos, que solo son un adversario cuando entienden cómo construyó Obama su mayoría, “por qué los votantes se unieron y por qué la mayoría conservadora de los tiempos de Reagan y Bush lo descifró”.

El éxito de Obama se resume en un dato rotundo: es el primer presidente demócrata desde Roosevelt que consigue ganar con más del 50% de los votos populares. En cambio, Mitt Romney no ha obtenido ni un solo voto electoral más de los 206 que le adjudicaron las encuestas más solventes hasta el día antes de la elección. A Romney le perjudicó tanto la imagen proyectada por el Partido Republicano, demasiado blanco, demasiado viejo y demasiado masculino, como ha recogido EL PERIÓDICO, como el lastre ultraconservador en el debate de la moral y los valores. Las proclamas antiabortistas, la brega contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, todo cuanto hace referencia a la autonomía del individuo en el ámbito más íntimo, dañaron tanto la campaña de Romney como la incapacidad del equipo de campaña de comprender que la demografía de la nación ha sufrido un cambio profundo e irreversible. Creyeron los republicanos que con los argumentos de ayer se puede vencer hoy, según interpreta Douthat: “[Romney] fue finalmente derrotado menos por sus propias limitaciones como líder y más por el hecho de que su partido no quiso reinventarse, prefirió creer que la retórica y las posiciones de 1980 y 1984 –triunfos de Ronald Reagan– podían ganar de nuevo en la América del 2012”.

Al hilo de argumentos similares, el analista Joel Benenson llega a la conclusión de que el triunfo de Obama no fue el propiciado por el cambio experimentado en la demografía estadounidense, sino más bien por una nueva moral colectiva combinada con el empeño de rescatar a la clase media de la postración: “Ganó porque articuló un conjunto de valores que definen una América en la que la mayoría de nosotros desea vivir”. La coalición de Obama, llamada así por la antes citada Ross Douthat, habría empezado a configurarse en 1972, cuando George McGovern fue el candidato demócrata a la presidencia, derrotado con estrépito por Richard Nixon, pero en aquel tiempo aún alentaba en el seno de la sociedad estadounidense la inercia política wasp (white, anglosexon and protestant) por encima de cualquier otra. Hoy la textura  social dominante es muy diferente.

Romney Ryan

Cartel electoral de Mitt Romney y Paul Ryan.

Los republicanos no percibieron el cambio o se vieron arrastrados por la escala de valores inspirada por la herencia wasp, que el Tea Party administra. No se percataron de que muchos votantes estaban dispuestos a contestar con un a la más elemental y repetida de todas las preguntas: ¿estoy hoy mejor que hace cuatro años? Incluso en una publicación tan declaradamente conservadora como el semanario Time, E. J. Dionne Jr. ha reconocido que el presidente ha dado la vuelta a las tendencias heredadas: “Se han creado 4,5 millones de empleos desde enero del 2010, la bolsa ha doblado su valor desde su índice más bajo y el mercado de la vivienda se ha estabilizado. Mitt Romney pudo prometer 12 millones más de empleos en los próximos cuatro años porque las políticas de Obama han marcado el camino para producirlos gracias a un renacimiento de la industria, un aumento de las exportaciones y una nueva oleada de investigación e innovación”.

En términos parecidos analiza Thomas L. Friedman el error cometido por los republicanos al considerar que el reformismo económico de Obama era el flanco más débil del presidente: “Un país con cerca del 8% de paro prefirió dar al presidente una segunda oportunidad antes que a Mitt Romney la primera. El Partido Republicano necesita hoy sincerarse consigo mismo”. Cabe añadir que solo Roosevelt, durante la gran depresión logró la relección con una tasa de paro superior al 7%. Y también fue Roosevelt el primer gran convencido de que sin la implicación del Estado no había salida a la crisis, un convencimiento idéntico al que ahora exhibe Obama frente al propósito republicano de recortar el Estado para dejar más recursos en manos privadas. El objetivo de Romney es lograr la reactivación económica enseguida, aunque el precio sea una inquietante fractura social; el de Obama es fundamentar el crecimiento en una vuelta a la cohesión social. Obama es un pragmático ilustrado sin antecedentes en el mundo financiero; Romney, un financiero conservador urgido por la cuenta de resultados y por los ideólogos del Tea Party.

Leo Strauss

El filósofo conservador Leo Strauss (Kirchain, Alemania, 1899-Annapolis, EEUU, 1973), intérprete del pensamiento político de Platón y Aristóteles.

Las élites republicanas, instruidas en el conservadurismo compasivo, reconocen en privado que la alianza con el Tea Party ha resultado desastrosa. Alexander Burns y Jonathan Martin explican en la web politico.com que han recogido en los pasillos republicanos la opinión de algunos veteranos del partido que ven cómo parte de la base “está envuelta en un universo mental paralelo, con Fox News como su única fuente de información  de confianza y la memoria del deslizamiento conservador del 2010 como su marco básico para entender la política”. Este distanciamiento de la realidad circundante tiene que ver con la dualidad social estadounidense, configurada por el papel que desempeñan el Gobierno y los programas federales y por el peso del poder local en los estados poco poblados, tan alejados de Washington como de los grandes debates acerca de la sociedad del futuro.

Menos comedido que los periodistas de politico.com, John Nichols afirma en la revista progresista The Nation que el reclutamiento de Paul Ryan para acompañar a Mitt Romney ha dado un “resultado miserable”. Decir Ryan es decir Tea Party, y ahí radica una de las grandes incógnitas: descifrar hasta qué punto la extrema derecha perjudicó las aspiraciones republicanas en igual o mayor medida que la capacidad del presidente para agavillar una mayoría social. Thomas L. Friedman pronostica que si el centro derecha no se desembaraza de la extrema derecha, el Partido Republicano “esta condenado a ser un partido minoritario durante mucho tiempo”. Dicho de otra forma por Jennifer Rubin en su blog en el liberal The Washington Post, que pidió sin tapujos el voto para Obama: “Si el partido va totalmente a la derecha, con una selección de candidatos aún menos atractivos para las mujeres, las minorías y una sociedad cada vez más secularizada, es difícil ver cómo mejorará su situación”. En el mismo periódico, Stephen Stromberg concluye que de persistir en la promoción de personalidades como Paul Ryan, el Grand Old Party (GOP) no hará otra cosa que “dar permiso a los derechistas para ser más firmes y más imprudentes en su oposición a Obama”.

Irving Kristol

Portada de la revista ‘Esquire’ de febrero de 1979 dedicada al politólogo conservador Irving Kristol. “Este intelectual desconocido es el padrino de la más poderosa nueva fuerza política en América: el neoconservadurismo”, dice el titular.

El analista Jonathan Haidt, extremadamente crítico con el funcionamiento de la maquinaria de los partidos, saca a relucir la incapacidad de muchos dirigentes de anteponer el interés nacional al del partido, de favorecer un auténtico debate de ideas. “Esto es muy malo –comenta Haidt– porque amplifica otros problemas como la crisis de la deuda, la falta de una política de inmigración racional y el envejecimiento de nuestras infraestructuras”. Pero alimenta también la desconfianza hacia el sistema, condenados los electores a soportar el espectáculo de la pelea del poder por el poder. Un mecanismo de distanciamiento de la política que, después de la derrota, intentan frenar los republicanos con la oferta de diálogo lanzada el jueves por John Boehner, su líder en la Cámara de Representantes, alguien que, por lo demás, se distinguió en la anterior legislatura por su cerrazón.

Los editores de la revista National Review, difusora de la causa republicana, ven en la derrota el inicio de un largo periodo de estancamiento electoral si los conservadores no van más allá del análisis demográfico de los resultados. “Hasta que los conservadores no diseñen una agenda nacional y la forma de venderla, que vincule los principios de un Gobierno pequeño con resultados atractivos, estarán en grandes dificultades para mejorar su situación con las mujeres, los latinos, los blancos o los jóvenes –escriben los editores–. Y los conservadores serán muy imprudentes si cuentan con la mera disponibilidad de jóvenes militantes conservadores carismáticos para maquilar este problema”. Diríase que la publicación propone un compromiso ideológico más detallado, pero esta primera impresión se desvanece cuando asoma el pragmatismo a ultranza: mantener a Todd Akin, el del aborto legítimo, en la carrera por un escaño en el Senado es presentado como un error y la insistencia en introducir una enmienda en la Constitución que impida los matrimonios homosexuales, como una empresa quijotesca.

Los depositarios de la herencia intelectual de Leo Straus, Irving Kristol y el resto de precursores del neoconservadurismo abundan en la necesidad de oponer una resistencia sin tregua al reformismo de Obama. “El presidente ha retratado a Romney como el extremista. La lección debe ser clara: cuando los republicanos no luchan, simplemente permiten a los liberales demócratas que parezcan centristas”, afirma Jeffrey H. Anderson en The Weekly Standard, el semanario fundado por William Kristol a la medida del pensamiento neocon. Y ahí reside una de las grandes divergencias entre los republicanos clásicos y sus compañeros de viaje: los primeros reniegan de la lucha sin cuartel y abogan por el compromiso bipartidista; los segundos ponen por delante la derrota del adversario aunque la nación corra el riesgo de precipitarse por el abismo fiscal (fiscal cliff), algo que puede suceder las próximas semanas si en el Congreso no se concreta un pacto que lo evite.

Romney no es el arquetipo del conservador clásico, pero tampoco es alguien que tiene como única referencia las enseñanzas de la escuela dominical. De forma que debió resultarle especialmente doloroso leer el comentario tajante de Richard Cohen en The Washington Post al día siguiente de la derrota: “Mitt Romney podía haber ganado. Tenía el oponente adecuado, pero el partido político equivocado”. Las cifras solo confirman en parte esta afirmación: en el 2008, el senador John McCaine quedó a 10 millones de votos del senador Barack Obama; el martes, tres millones de votos separaron a Obama y Romney. Quienes ven la botella medio llena pueden afirmar sin equivocarse que el giro ideológico republicano ha consolidado un núcleo de electores con futuro; quienes la ven medio vacía piensan que las filas de Obama han resistido cuatro años de desgaste, las deserciones han sido escasas y, tan importante como eso, los más de 8,5 millones de votos perdidos por el presidente han engordado la abstención antes que las expectativas republicanas. Pueden ser muchos los defraudados por Obama, pero son muchas más las víctimas de la crisis a las que asusta la perspectiva de que los republicanos se hagan cargo de la situación inspirados por el Tea Party. Obama y compañía cotizan al alza incluso cuando pierden votos. ¿Es cierto que lo mejor está por venir?

 

‘Sandy’ cambia la campaña

La sorpresa de octubre capaz de modificar el rumbo de la campaña electoral en Estados Unidos se llamaba Sandy. La tormenta tropical que golpeó con fuerza inusitada los estados de Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania puede haber alterado la suerte del gran combate de forma más determinante que el despliegue de estrategias políticas diseñadas por los asesores del presidente Barack Obama y de Mitt Romney, el candidato republicano renacido en las encuestas en las semanas inmediatamente anteriores a la llegada de Sandy. Después de largas digresiones sobre cómo podía remediar Obama el debilitamiento de su candidatura, fue la situación de emergencia provocada por el huracán lo que permitió al candidato demócrata sacar lo mejor de su reconocida capacidad para mostrarse ante la opinión pública como un pragmático ilustrado con dotes de mando. En sentido contrario, Romney se vio obligado a dar explicaciones sobre asuntos rodeados de polémica y que dividen al cuerpo electoral: el papel y las dimensiones del Estado, el cambio climático y la eficacia de la iniciativa privada en situaciones extremas.

La constancia en el esfuerzo de Romney para despegarse de la sombra proyectada sobre la anterior campaña presidencial por la derecha ágrafa, encarnada en Sarah Palin; el concurso de Paul Ryan, candidato a la vicepresidencia, extremadamente conservador, estrella del Tea Party, pero alejado de las reflexiones de mesa camilla de muchos de sus seguidores; la buena nota media obtenida por los republicanos en los debates, todo se diluyó en la lluvia torrencial, en el metro inundado, los domicilios anegados, la lista de muertos y la aparición del comandante en jefe al frente de las operaciones. Solo analistas como Charles Krauthammer (Fox News, derecha infatigable), movidos más por sus deseos que por el escrutinio de la realidad, pueden sostener que la aparición de Sandy “no afectará a la elección”. Todos los sondeos posteriores al desastre reflejan la recuperación del presidente, su ventaja en votos electorales y a menudo en votos populares y, lo que es más importante, una ventaja apreciable, aunque no definitiva, en ocho de los nueve estados clave. “Obama ha habitado la Casa Blanca durante cuatro años; ahora la Casa Blanca habita en él”, ha escrito Jonathan Schell, profesor en The National Institute, una traducción posmoderna en el seno de una república presidencialista de “l’État c’est moi”, el famoso aserto que la cultura popular atribuyó sin fundamento a Luis XIV de Francia.

EncuestasPero acaso lo peor para Romney sea la concreción de las fisuras en las filas republicanas y la debilidad estructural del partido, el apoyo del exsecretario de Estado Colin Powell a la relección del presidente, los elogios del gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, republicano, dirigidos a Obama –escribió un tweet de agradecimiento a la Casa Blanca que fue un verdadero picotazo a Romney sin mencionarlo–, el reconocimiento del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, asimismo republicano, por los esfuerzos de la Administración demócrata para luchar contra el cambio climático y, por encima de todo, el clamoroso interés de Romney de mantener a George W. Bush lo más alejado posible de la campaña. El pronunciamiento de Powell se comprende porque su paso por el Departamento de Estado fue inseparable de las agrias diferencias de criterio que mantuvo con los neocon, la prodigalidad de Christie en el elogio tiene que ver con sus aspiraciones presidenciales en el 2016, incluso lo dicho por Bloomberg es comprensible en el fragor agobiante de los destrozos causados por el huracán, pero la ausencia de Bush es más dañina. Significa, como argumenta el asesor político independiente Robert Creamer, que el expresidente “está en una Siberia política”. “Romney hace todo lo humanamente posible –afirma– para tranquilizar a los votantes”, que recelan ante la posibilidad de que quiera restaurar “algunas de las políticas fracasadas de Bush cuando estuvo en la Casa Blanca”. Significa que el pasado más inmediato es una referencia molesta para el aparato electoral republicano, justo lo contrario de lo que sucede en el campo demócrata, donde Bill Clinton hace campaña en un ambiente de aceptación permanente y sin que quepa interpretarse como una necesidad familiar; significa que los republicanos andan en busca de algo los más cercano posible a la derecha compasiva para serenar el voto conservador independiente, mientras los demócratas explotan la idea de que acaso el primer presidente negro para todas las minorías fue Clinton.

Las “políticas fracasadas” a las que alude Creamer incluyen la desastrosa gestión del paso del huracán Katrina, que el 29 de agosto del 2005 arrasó Nueva Orleans y dejó 1.800 muertos. Es posible que muchos electores piensen como el asesor de inversiones John MacIntosh, entrevistado por la CNN, que votará a los demócratas como “el menor de dos males”, pero cuando el recuerdo del Katrina irrumpe en la campaña, también ocupan la primera página algunas declaraciones de Romney que ahora le pasan factura. Dice Creamer: “El fallo de Bush para responder rápida y efectivamente al Katrina no fue solo un reflejo de la incompetencia de su Administración. Fue un reflejo del hecho de que su Administración no creía en el Gobierno [en la gestión pública]”. ¿Qué declaró Romney en junio a John King, de la CNN?: que había que privatizar la función encomendada a la Federal Emergency Management Agency (FEMA), encargada de hacer frente a situaciones como los estragos de un huracán y cuya labor ha sido elogiada con rara unanimidad durante esta semana. ¿Qué diferencia hay entre la actitud de Bush y los propósitos de Romney? Parece que ninguna.

El nobel de Economía Paul Krugman sostiene en su blog que la fijación de Romney con la FEMA es patológica. Ari Melber, un fiscal que frecuenta la publicación progresista The Nation, opina que “ha llegado el momento de explicar en términos simples y humanitarios que en materia de salvamento y seguridad, el Gobierno no es una opción, es una necesidad”. La analista Sally Kohn, en politico.com circula por la misma carretera: “Los planes de Romney para recortar la asistencia para desastres y muchos de los programas en los que confían los estadounidenses parecían imprudentes antes del huracán; ahora parecen francamente desastrosos”. Después del paso del Sandy, Jared Bernstein, asesor del vicepresidente Joe Biden, no desaprovechó la ocasión para desacreditar el debate abierto por los republicanos sobre las dimensiones del Estado: “Al final del día, no necesitamos un Gobierno grande o un Gobierno pequeño. Aquello que necesitamos es un Gobierno financiado con amplitud que afronte desafíos como el que hemos encarado hoy, algo que me temo que Romney y Ryan no entienden”.

EstadosEn el fragor de la discusión, el aspirante republicano se mantuvo a medio camino entre la rectificación y la perseverancia en el error. “Creo que la FEMA tiene un papel clave”, declaró cuando arreciaba la tormenta. “Es interesante ver cómo se une la gente en circunstancias como estas”, enfatizó en Tampa (Florida) cuando escampaba. Más tarde, el silencio, la promesa deslizada por su equipo de campaña de que en el futuro la FEMA dispondrá de los recursos necesarios, pero también la repetición de consignas sobre el valor de la iniciativa privada y el recurso a las autoridades estatales y locales. Una forma confusa, no exenta de prudencia, de responder a las encuestas: la de The Washington Post situó en el 80% los ciudadanos que consideran acertada la gestión que Obama hizo de la crisis. Así las cosas, ¿qué efecto tienen en la dinámica final de la campaña pronunciamientos como el Kevin D. Williamson, en  National Review, una de las biblias de la derecha impertérrita?: “La presencia de un huracán no es un argumento contra la reforma del incontinente gasto federal”.

Es posible que, con las urnas a la vuelta de la esquina, tengan poco impacto opiniones de este tenor, pero pueden poner en un brete a Romney y, desde luego, explican una vez más por qué Bush no es invitado a los mítines. Lo primero entra dentro de lo posible porque entre los errores cometidos por el candidato figura haber discutido los rescates federales a la industria del automóvil, algo criticado incluso por Joe Klein en el semanario conservador Time; un enorme inconveniente ahora que debe acudir a Ohio en busca de votos de los blue collars y los white collars, cuyas economías se han salvado de la ruina gracias precisamente a la recuperación del sector de la automoción con ayudas –préstamos– federales. Lo segundo es consecuencia directa de un dato histórico incontrovertible: la dislocación del presupuesto se debió al esfuerzo de guerra acometido por Bush, que consumió el superávit dejado por Clinton y disparó el déficit de forma imparable. Pueden alegar los republicanos que los últimos días de Bush en la Casa Blanca fueron los primeros de la crisis, pero la decisión de no evitar la quiebra de Lehman Brothers (14 de septiembre del 2008) un año después de la sacudida de las subprime se antoja que fue una opción tan ideológica como insensata.

Tampoco parece que deba tener efecto en el comportamiento del electorado la falta de referencias al cambio climático, aunque la reiteración de episodios extremos ha llevado al 70% de los estadounidenses a inquietarse por la situación, según una encuesta de la Universidad de Yale citada por Le Monde. Ni siquiera los estragos de esta semana –el Frankenstorm, en expresión acuñada por la Asociación Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos– han metido en la campaña este asunto capital. “Esta sucesión [de catástrofes], ¿se debe al cambio climático? Es, a buen seguro, la pregunta que se impone, incluso aunque preocupa poco o nada a Barack Obama y Mitt Romney, que en ningún momento de la campaña presidencial han abordado la cuestión del calentamiento”, ha escrito el editorialista del diario Le Monde. Darrel Moellendorf, director del Instituto para la Ética y los Asuntos Públicos, ha sido más taxativo en la revista estadounidense de izquierda Dissent al referirse al origen del Sandy: “Este monstruo, como el de la novela de Mary Shelley, es una creación humana”. Las campañas electorales también lo son y, en este caso, surge una incompatibilidad manifiesta entre el cortejo de los candidatos con una industria que se recupera lentamente de la crisis y la necesidad de tomar medidas para proteger el medio ambiente.

Obama-Romney

El candidato republicano, Mitt Romney, y el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante el debate sobre política exterior celebrado en la Universidad de Lynn, en Florida, el 22 de octubre.

Puede que, en última instancia, los candidatos no puedan ser, al mismo tiempo, ideólogos, o solo puedan serlo en la medida en que no alteren en demasía los equilibrios sociales. Ángel Martínez, del think tank New America Foundation, ha emitido un diagnóstico tajante de la campaña a punto de terminar: “Los desafíos rara vez fueron más bajos que en esta carrera presidencial. Eso significa que esta es una de las elecciones presidenciales menos consecuente en mucho tiempo”. En el trabajo de Martínez coexisten las acotaciones impuestas al debate político por los candidatos, destinadas a no correr riesgos excesivos, con la confirmación de prejuicios políticos que afectan a los comportamientos cívicos, como “los constantes esfuerzos” para deslegitimar al presidente “por no ser realmente estadounidense, cristiano, uno de nosotros (…) lo que hace realmente desagradable este periodo electoral”.

Pero lo más relevante del análisis de Martínez es que encuentra en el perfil de los contrincantes más afinidades de las que se desprenden de las caricaturas partidistas que manejan sus estados mayores: un socialista frente a un plutócrata. Y así afirma: “Son dos moderados pragmáticos. Barack Obama y Mitt Romney son solucionadores de problemas de forma deliberada que se deleitan con la recopilación y análisis de datos para tomar decisiones informadas. Romney se acerca a cada problema  como un caso de estudio en la Harvard Business School; Obama, como un caso de la escuela de Derecho para ser socráticamente desentrañado (…) Ninguno de los candidatos es un ideólogo: Romney sigue siendo en el fondo un consultor e inversor dispuesto a cambiar las cosas a su alrededor –en este caso el Gobierno– para extremar la eficiencia y el retorno de la inversión. Obama es en el fondo un mediador deseoso de salvar las diferencias entre las facciones en guerra, en casa y en el extranjero, mediante compromisos viables”.

Si la realidad es esta, ¿dónde radica la esencia de la división profunda que transpira la sociedad estadounidense? ¿O no se puede aspirar a la presidencia sin reunir una serie de requisitos mínimos y esenciales, iguales en los dos grandes partidos, donde las grandes divisiones ideológicas no tienen cabida? ¿O quizá el statu quo bipartidista precisa de tal división social para ofrecer una versión eficaz y unida de la nación cuando la naturaleza arremete contra los rascacielos de Manhattan? ¿O las campañas son sobre todo grandes castillos de fuegos artificiales, cada día más alejadas de la vida cotidiana? A juzgar por la desgana con la que el viernes acogieron los candidatos el leve aumento de una décima en el índice de paro de octubre –7,9%, una décima más que en enero de 2009, cuando Obama llegó a la Casa Blanca–, se diría que sí; a juzgar por la atención prestada a los problemas de una clase media desfallecida, se diría que no. A juzgar por el griterío con el que la América profunda acogió desde el primer día a Obama, se diría que el debate ideológico está definitivamente más vivo que nunca.