China induce un nuevo statu quo

La profesora Margaret MacMillan, directora del St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford, publicó el pasado fin de semana en The New York Times un ingenioso ensayo de paralelismos históricos entre las vísperas de la primera guerra mundial y las del año que se avecina, cuando se cumplirá un siglo del inicio de la que fue conocida como Gran Guerra hasta la matanza que se prolongó de 1939 a 1945. La sutileza de la analista, que comparte con Mark Twain la idea de que la historia “no se repite a sí misma, pero tiene rima”, encuentra en la rivalidad entre imperios –hace cien años, el Reino Unido y Alemania; hoy, Estados Unidos y China– el factor común que permite vislumbrar temores y atesorar esperanzas. Y cree adivinar en aquellos inicios del siglo XX rasgos propios de una globalización avant la lettre que lo mismo sirvió para alentar “localismos y nativismos” que para fundamentar los temores de Alemania de convertirse en una potencia sitiada por sus adversarios, un sentimiento que hoy experimenta el establishment político chino.

Artillería de campaña alemana en la primera guerra mundial.

Los sucesos acaecidos en el archipiélago Senkaku –Diaoyu para China–, a solo 70 kilómetros al noreste de Taiwan, con un doble valor económico –cantidades ingentes de petróleo y gas– y estratégico, han proyectado la imagen de una guerra fría de bolsillo entre las dos grandes potencias, aunque la disputa por la soberanía de los islotes deshabitados es entre China y Japón. En esta guerra fría posmoderna Japón desempeña el papel de aliado de Estados Unidos bajo riesgo; el aumento del gasto militar y el incremento de la capacidad naval china, el reservado otrora a la carrera de armamentos; y los cálculos relativos al deseo de China de desafiar a Estados Unidos y convertirse en una potencia en el Pacífico, el de las teorías de la escalada aplicadas a un entorno nuevo. O puede que no tan nuevo si se da marcha atrás en la historia y, como hace MacMillan, se recuerda que de la misma manera que las superpotencias de 1914, antes de sonar el primer disparo, se refirieron a la defensa de su honor, el secretario de Estado, John Kerry, ha invocado la credibilidad y el prestigio de Estados Unidos para movilizar a la flota en el mar de la China.

El trabajo de MacMillan advierte de los riesgos que se corren si, hechas las oportunas distinciones entre el hoy y el ayer, no se extraen lecciones “para construir un orden internacional estable”. Si no el mayor, sí es al menos el más común de los riesgos aceptar el principio según el cual, “gracias a nuestro progreso tecnológico, podemos emprender conflictos armados cortos y de impacto limitado” que reportan victorias decisivas. El desarrollo del conflicto en Afganistán, quizá en Irak, y en Siria con toda seguridad desmienten la efectividad de los conflictos bajo control, con la población a salvo de los males propios de la guerra. Algo parecido sucedió en 1914, cuando los generales creyeron disponer de las herramientas necesarias, pero luego la realidad de la guerra arrastró a la muerte a millones de jóvenes porque el alcance de las armas de teatro había pasado de 100 yardas en tiempos de Napoleón a 1.000, con el aumento consiguiente de su poder de devastación.

Las guerras de efectos limitados, incapaces de contaminar el entorno, son una entelequia elaborada por quienes difunden las teorías de la guerra sin más bajas que las precisas, siempre entre combatientes profesionales. En la práctica, la tecnología y los servicios de inteligencia no han eliminado los daños colaterales, los efectos secundarios y la desestabilización de áreas que exceden con mucho las delimitadas por los generales en los mapas. Y eso es de aplicación tanto en las guerras calientes como en las frías, de ahí que la disputa por las Senkaku-Diaoyu lo sea todo menos un problema menor o una crisis virtual.

Vista aérea del archipiélago de las Senkaku-Diaoyu.

El periodista Ian Buruma, profesor del Bard College, aporta los ingredientes esenciales para comprender los riesgos inherentes al conflicto: “China está en ascenso, Japón es una economía de capa caída y Corea se mantiene como una península dividida. Es natural que China intente restablecer el dominio histórico sobre la región. Y es natural que Japón esté nervioso por la posibilidad de convertirse en una especie de Estado vasallo (los coreanos están más acostumbrados a este papel vis-à-vis con China)”. Hay en todo ello resonancias de añejas rivalidades entre nacionalismos enfrentados a los que no se puede considerar parte del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, expresión acuñada por Sigmund Freud y recordada por MacMillan en su ensayo. Tampoco son nacionalismos construidos a toda prisa por “historiadores, lingüistas y folcloristas que estaban ocupados en crear historias de viejos y eternos enemigos”, según los define MacMillan al hablar de los de 1914, sino más bien otros muy distintos empapados de agravios históricos y tragedias irredentas perfectamente documentadas y a solo una o dos generaciones de distancia de la nuestra.

Para completar la competencia entre egos nacionales y rivalidades regionales, que un día pueden ser mundiales, debe citarse el programa de desarrollo militar de la India, que desde noviembre dispone de un segundo portaviones y aspira a disputar el liderazgo estratégico y económico a China, el gran adversario junto con Pakistán desde los días de la independencia. De forma que frente a quienes piensan que la pulsión aislacionista puede condicionar la diplomacia estadounidense en un futuro no muy lejano, asoman los que creen que la competencia entre China e India otorga a Estados Unidos el perfil de actor indispensable, por no decir de poder arbitral. Dicho en otras palabras: la mayor potencia de Occidente se mantiene como el gran poder global, aunque, como apunta MacMillan, “no es el poder absoluto que fue una vez”. Una afirmación por lo demás discutible, porque la supremacía tecnológica y el control de los flujos de información le garantizan una superioridad indiscutible.

Quizá esta sea la mayor diferencia en la asimetría de la rivalidad en la cuenca del Pacífico: China es una potencia en construcción; Estados Unidos ha sistematizado su influencia. La especialista Martine Bulard ha recogido en Le Monde Diplomatique los desafíos que debe afrontar el gigante asiático, según sus propios dirigentes: desarrollar la economía de mercado, las políticas democráticas, una sociedad armoniosa y una civilización ecológica. Este es un programa para más de doce años, fecha de vencimiento a partir de la cual, según los cálculos más difundidos, el PIB chino superará al estadounidense. Y es, también, un programa cargado de factores adversos habida cuenta del peso inconmensurable del Estado en la economía, del control de la burocracia del partido sobre el funcionamiento de las instituciones, de los peligros de la desigualdad social causada por un desarrollo galopante y de la permisividad de que disfruta la economía productiva.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de China, Xi Jinping, durante su entrevista en Annenberg Retreat (California), el 8 de junio de este año.

Aun así, esta China en construcción se comporta cada día más como una referencia inexcusable de un nuevo mundo bipolar gracias a los excedentes de capital que maneja, su tendencia milenaria a contemplar el mundo desde el interior de su fortaleza y su confianza en la capacidad del partido para dirigir una sociedad disciplinada donde el dúmping social será aún posible durante mucho tiempo a causa de las bolsas de pobreza que surten de mano de obra barata al sector industrial. Decir que la buena salud de los negocios está por encima de todo no es ninguna exageración, sino la certificación de que su propósito es competir con su gran rival en todos los mercados para transformar su potencia económica en poder militar más temprano que tarde. Más todavía: en la última hornada de dirigentes chinos –el presidente Xi Jinping y su equipo– ha arraigado la idea de que el poder militar, instrumento indispensable del poder político, es una derivación directa del poder económico. La muerte por inanición de la Unión Soviética revela hasta qué punto operar en sentido contrario equivale a levantar un edificio sin cimientos.

El alma de historiadora de Margaret MacMillan lleva a la ensayista a preguntarse si es posible sacar conclusiones contemporáneas de los motivos que llevaron a Europa al campo de batalla en 1914; si es posible resistirse a la tentación de comparar las relaciones de Estados Unidos y China con las que mantuvieron el Reino Unido y Alemania antes de que el atentado de Sarajevo que costó la vida al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa (28 de junio de 1914) precipitara la guerra. Y, al hacerlo, se adentra por el camino de las rivalidades nacionales que enturbian los datos concretos de cada momento con la explotación de los sentimientos, un resorte poderoso, ajeno a la razón, tantas veces invocada por René Descartes para evitar estropicios: “Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación, y no te fíes sino de la razón”.

¿Quién puede dudar de que el Partido Comunista Chino, sin necesidad de cambiar de nombre, se ha transformado en una organización nacionalista que es la columna vertebral del Estado? ¿Quién puede dudar de que el sentimiento nacionalista en Estados Unidos está a flor de piel? ¿Estamos en la antesala de una situación de riesgo? En marzo del año pasado, cuando Hu Jintao aún era presidente de China, el exsecretario de Estado Henry Kissinger escribió en su blog lo siguiente: “Aunque la capacidad militar absoluta de China no es formalmente comparable a la de Estados Unidos, Beijing posee la habilidad de plantear riesgos inaceptables en un conflicto con Washington y desarrolla instrumentos cada vez más sofisticados para negar la ventaja tradicional de Estados Unidos”. Aun así, Kissinger subrayó que los objetivos económicos de China atenúan los riesgos y las desavenencias con Estados Unidos no deben ir más allá del “funcionamiento habitual de la rivalidad entre las grandes potencias”. Con todo, cabe preguntarse: ¿cuál es la fecha de caducidad del nuevo statu quo?

Mandela, un punto de apoyo

“La verdadera paz no es simplemente la ausencia de tensión; es la presencia de justicia”.

Martin Luther King

Los admiradores de Nelson Mandela, los seguidores del pensamiento del gran líder, los inspirados por él, se multiplican a gran velocidad, espectacularmente, con una prodigalidad muy por encima de la que se recoge en el pasaje evangélico de los panes y de los peces. Se trata de la una extraordinaria ceremonia de la confusión consistente en que nadie quiere perderse la foto al lado del féretro, la gloria de la frase redonda reproducida en letras de molde, difundida por la red en la aldea global. La densidad de políticos registrada en la ceremonia del martes en el Soccer City de Johannesburgo tiene poco que ver con la emotividad a flor de piel del homenaje popular que continuó luego en Sudáfrica a través de una manifestación de luto bulliciosamente sincera. Su significado se entiende mejor a la luz de lo que cabe considerar un culto a la personalidad post mortem organizado a beneficio, como es obvio, de quienes rinden el homenaje y no del homenajeado.

El titular de portada dice:

El titular de la portada dice: “El conquistador de la Sudáfrica del ‘apartheid’ como luchador, prisionero, presidente y símbolo”.

Todo esfuerzo es poco en las prisas por incorporar referentes morales a la biografía de cada gobernante para, acto seguido, proyectar sobre multitudes desorientadas –las de cada país– una guía moral actualizada. Claro que no todo fue oportunismo aquel martes lluvioso, pero se dio en dosis considerables, que quizá al propio Mandela le hubiesen movido a risa, como apunta Simon Jenkins, del periódico progresista británico The Guardian, en uno de los artículos más provocadores publicados a raíz de la agenda funeraria oficial que se sigue en Sudáfrica. “Ya es suficiente –escribe Jenkins–. La publicidad de la muerte y el funeral de Nelson Mandela se han convertido en un absurdo. Mandela fue un líder político africano con cualidades adecuadas para una coyuntura crucial en los asuntos de su nación”. Y añade: “Secuestrado por políticos y celebridades, de Barack Obama a Naomi Campbell y Sepp Blatter , ha tenido que ser deificado a fin de sacar el polvo a los demás con su gloria. En el proceso se le ha deshumanizado. Oímos hablar mucho de la banalidad del mal. A veces hay que destacar la banalidad de la bondad”.

El articulista no duda del gran líder fallecido, duda de muchos de quienes se han sumado al homenaje fúnebre; abomina de presencias irritantes a contar a partir de Robert Mugabe, presidente de Zimbabue. ¿Por qué se da una situación tan paradójica: un hombre que evitó siempre el gesto presuntuoso de ponerse como ejemplo es la referencia ideal para una multicolor variedad de perfiles ideológicos: gestores honrados, dirigentes llenos de contradicciones, muñidores del poder, luchadores abnegados y a saber cuántos registros más? ¿Acaso se debe a la escasez de referencias morales transparentes y a un superávit angustioso de moralistas estomagantes? Quizá esta sea la razón.

"Mandela, el combatiente de la libertad", títuló 'Le Monde'

“Mandela, el combatiente de la libertad”, títuló ‘Le Monde’.

La última entrega del International Herald Tribune Magazine, distribuida antes de la muerte de Nelson Mandela, recoge la respuesta de varios personajes notables en su área de actividad acerca de quiénes son los líderes morales de nuestro tiempo. Solo uno de ellos, Salam Fayad, expresidente del Gobierno de la Autoridad Palestina, menciona a Mandela, y lo hace además para relacionarlo con la siembra de la no violencia realizada por Martin Luther King en los años 60. Otros entrevistados transitan por caminos muy distantes de la praxis política de Mandela: la escritora turca Elip Shafak cita a Rumi, poeta de expresión persa del siglo XIII, que en su funeral reunió a cristianos, judíos y musulmanes; el obispo anglicano Rowan Williams menciona a Dag Hammarskjold, segundo secretario general de la ONU, porque “ofreció una perspectiva sin la que todo político está vacío”; el poeta chino Liao Yiwn se remite a Confucio y se acoge a una frase de Mencio, su seguidor más preclaro, para quien “si Confucio no hubiese nacido, la larga noche no tendría ninguna lámpara brillante”.

¿Puede aventurarse que Shafak, Williams y Liao no sienten interés o aprecio por la epopeya de Mandela? No, con toda seguridad, pero a diferencia de muchos de los gobernantes que viajaron a Johannesburgo, no tienen necesidad de hacer ostentación de ello. La remisión al icono es una operación de cirugía estética tentadora, porque tras la imagen del héroe desaparecido, libre de toda sospecha, reconocido por todos, se concentra una masa crítica de utilidad política aún más tentadora: Andrei Sajarov, Václav Havel, las revueltas en las antiguas repúblicas soviéticas, la primavera árabe, la resistencia sin aspavientos de la birmana Aung San Suu Kyi, la teocracia posmoderna del dalái lama y la escuela pacifista que, puestos a citar símbolos ilustres, se remonta a Mahatma Gandhi. 

Para 'The Independent', el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: "

Para ‘The Independent’, el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: “Ser libre no es simplemente librarse uno de las cadenas, sino vivir de forma que se respete y realce la libertad de los otros”.

A eso se refiere la directora del diario francés Le Monde, Natalie Nougayrède, al enumerar la descendencia civil más conocida de Mandela, el autor de frases redondas del estilo “la libertad no se negocia porque solo un hombre libre puede negociar”. Escribe Nougayrède: “Las aspiraciones a la dignidad y a los valores universales deben encarnarse para superar los peores obstáculos”. Y al seguir por esta línea es fácil tener la impresión de que una cierta religiosidad cívica envuelve los elogios fúnebres suministrados estos días por los redactores de discursos, al mismo tiempo que cobra sentido la prevención que expresa Simon Jenkins ante todo lo visto y leído: “El concepto de bondad en un líder político ha fascinado a los estudiosos, de Platón a Nietzsche y más allá. Tenemos que creer en él, no sea que nos deslicemos por el cinismo, pero hemos de tener cuidado para no deslizarnos hacia la idolatría”.

¿Es todo una gran farsa televisada en directo? No lo es, pero la banalización de la bondad de la que habla Jenkins ahí está. ¿Hay que practicar el escepticismo ante todos los discursos? Sin duda, no, pero al beatificar a Mandela en el altar de los grandes valores universales, la peripecia personal se convierte en un relato mágico del que desaparecen algunas referencias obligadas para comprender que entre la condena a cadena perpetua del abogado Nelson Mandela y la elección del primer presidente negro de Sudáfrica transcurren decenios de sinsabores, sacrificios, periodos de ostracismo, contradicciones personales, errores, ausencias, tragedias familiares y, al mismo tiempo, acontecimientos políticos en el plano interior e internacional que hacen posible el gran momento de gloria de la liberación en 1990. El relato mágico acelera la construcción del mito, al que se le otorgan todos los atributos, pero desaparece la historia; la exaltación de la ejemplaridad desdibuja al ser humano.

Las multitudes que se han movilizado para acudir a Pretoria a despedir a Madiba no precisan recurrir a la exaltación de lo sobrehumano. Han rendido tributo a quien sienten que le deben algo, que fue como ellos, que pasó por las mismas angustias que ellos, del apartheid a las matanzas en los suburbios, de la violencia de todos los días al largo olvido a que fueron condenados por la realpolitik durante la guerra fría. En esas largas colas del último adiós la mayoría sabía, desde mucho antes de que lo dijera Barack Obama en Johannesburgo, que Mandela no solo fue su libertador esclarecido, sino el libertador de los carceleros. Y en este gesto supremo se labró su derecho a pasar a la historia como un gobernante sin ira.

 

 

 

 

Putin tira de Ucrania

La decisión del presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, de suspender la firma del acuerdo de asociación con la UE ha hecho bajar a las calles de Kiev a la oposición europeísta y ha puesta en circulación teorías más o menos verosímiles acerca de los proyectos de futuro del presidente de Rusia, Vladimir Putin. Lo menos que puede decirse es que frente a una sociedad dividida en dos mitades iguales –la partidaria de una Ucrania rusificada y la que sueña con la construcción de una identidad genuinamente ucraniana–, a la UE le ha faltado habilidad para cerrar la negociación y a Rusia le han sobrado recursos para presionar al Gobierno ucraniano. Dicho de otra forma: la condición bipolar o de puente de Ucrania con Europa occidental y Eurasia ha sido mejor explotada por Rusia, que avizora la creación de una zona de libre comercio que incluya algunas de las antiguas repúblicas soviéticas con más posibilidades de desarrollo.

La operación puesta en marcha por Putin pretende dar respuesta económica a las dos grandes preguntas que se formula el universo ruso desde los días de Pedro el Grande (siglo XVIII): cuáles son los límites de Rusia y qué acervo cultural debe prevalecer en la construcción de la identidad rusa, el de raíz europea o el de inspiración asiática. Frente a la búsqueda de soluciones románticas para el crucigrama nacional, Putin ha preferido remitirse a la realidad de un espacio económico y político, con piezas complementarias y dirigido por Rusia, que incluya por lo menos a Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán, sin excluir más incorporaciones a poco que sea posible. Y, ante un proyecto de tales características, se multiplican las voces de alarma que advierten de una eventual reconstrucción del imperio soviético a través de la Unión Euroasiática.

El analista Nicolai N. Petro, que fue en su día asesor especial del presidente George H. W. Bush para la política con la Unión Soviética, desacredita estos temores en las páginas de The New York Times: “Rusia será siempre la fuerza dirigente de la Unión Euroasiática, aunque en menor medida conforme se unan más naciones. Pero la idea de que Rusia está dispuesta a restablecer la antigua Unión Soviética mediante el estrechamiento de los lazos económicos y comerciales es simplemente ridículo. Por una razón: la soberanía de los estados es la piedra angular de la Unión Euroasiática”. Petro estima más intrusivo para las soberanías nacionales el funcionamiento de la Unión Europea que la organización que quiere poner en marcha Putin.

Otros ven en los planes del presidente ruso una versión actualizada de la soberanía limitada y motivos suficientes para perseverar en la occidentalización de Ucrania. Al hacerlo, justifican indirectamente la reacción rusa ante el proyecto de asociación de Ucrania con la UE porque enuncian los objetivos para la región de Estados Unidos y sus aliados. El profesor Damon Wilson, vicepresidente del think tank Atlantic Council, concreta tres grandes referencias generales que explican la oferta de asociación hecha por la UE a Ucrania y también la oposición rusa:

  1. Las relaciones de la UE con seis exrepúblicas soviéticas –Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, Georgia, Azerbaiyán y Armenia– tendrán grandes consecuencias estratégicas para Estados Unidos.
  2. La ampliación de la UE y de la OTAN son los dos grandes pilares de la Europa en paz posterior al final de la guerra fría.
  3. Estados Unidos debe tomar la iniciativa en las preocupaciones en materia de seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas.

Consumo de gas ruso en Europa en el 2011 y gasoductos alternativos a la red que cruza Ucrania. Fuente: Novosti.

Visto desde el lado de Rusia, los objetivos enunciados por Wilson son más que suficientes para comprender que las presiones sobre el Gobierno ucraniano no cesaran hasta que el presidente Yanukovich decidió el 28 de noviembre no firmar en Vilna el acuerdo de asociación con la UE. Pero hay otro factor de presión que atañe a la política de las cosas, y que Putin utilizó sin miramientos: los contratos de suministro de gas a Ucrania y las dudas que ensombrecen la vigencia de los firmados por Gazprom con el Gobierno de Yulia Timoshenko, que cumple una condena de prisión de siete años justamente a causa de las condiciones aceptadas, entiéndase los precios, considerados muy gravosos.

Si Ucrania huele a gas desde el día siguiente a su independencia, el abrazo del oso de Putin del que habla Damon Wilson es más que nunca indisociable de la política gasista que Rusia desarrolla desde la primera gran crisis de distribución, en el 2006. La red de gasoductos que construye Rusia para transportar gas desde el corazón del país hacia los mercados de la UE excluye el territorio de Ucrania y, en consecuencia, la priva de un instrumento de presión –el mantenimiento de la red de distribución– a la hora de negociar los precios de un combustible esencial para Europa occidental. Para el Gobierno de Ucrania no hay otra forma de compensar el debilitamiento ante Rusia que dar preferencia a la zona de libre comercio que promueve Moscú: precios del gas más asequibles a cambio de un trato de privilegio para los productos rusos, dicho de forma resumida.

Las especialistas Melinda Haring y Laura Linderman añaden a lo dicho que Ucrania es un ejemplo de libro de lo que se conoce como basket case, expresión aplicada a aquellos países cuya economía se halla en muy mala situación. Se remiten al estudio realizado por el economista sueco Anders Aslund, reputado analista de la transición de las economías planificadas a las de mercado. A tenor de los trabajos de Aslund, “Ucrania tiene una fuerte dependencia de los subsidios de Rusia y los precios reducidos del gas”, afirman Haring y Linderman, que añaden que Yanukovich necesita mantener al país a flote si quiere tener posibilidades de ganar en las elecciones del 2015, que se decidirán por un estrecho margen, según todos los sondeos.

Claro que para llegar a la cita del 2015, el presidente ucraniano tiene que acallar la protesta de la calle con gestos específicos que vayan más allá de las protocolarias excusas dadas por el primer ministro, Mikola Azarov, por la contundencia policial. Sin una aproximación a la parte de la sociedad ucraniana movilizada para reclamar la asociación a la UE, arraigará más y más la impresión de que está en marcha una operación que forma parte de “un tipo de orden neoimperial”, según expresión acuñada por Stephen Sestanovich, integrante del Council on Foreign Relations. Que se corresponda esto más o menos con la realidad carece de importancia si en el ánimo de la opinión pública se asienta la idea, porque esa opinión pública que desea dar la vuelta a la situación cree que el gas no vale una misa (las exigencias de Putin). Al mismo tiempo, los ucranianos que siguen preguntándose por qué un día tuvieron que dejar de ser rusos, entienden que seguir por la senda política de Putin es la forma adecuada de hacer que las cosas vuelven a su sitio en un litigio irresoluble entre comunidades que miran en direcciones opuestas.

Entre unos y otros se encuentra un Gobierno debilitado, del que la UE esperaba más, según Angela Merkel, al que Rusia exige más y al que los estrategas del futuro quieren situar en el mapa de la comunidad occidental y de la comunidad euroasiática, según los casos. ¿Es posible una solución que complazca a todo el mundo? Resulta harto difícil vislumbrarla porque Ucrania es demasiado importante en el imaginario colectivo ruso, que se remonta al Rus de Kiev (siglos IX al XI), porque Rusia aspira a recuperar su condición de potencia necesaria, porque Ucrania necesita que el gas llegue a todas partes a un precio razonable, porque la UE aspira a ampliar los mercados sin recurrir a aventurados procesos de ampliación y porque, en fin, Estados Unidos quiere seguir siendo la potencia que arbitre en el escenario europeo, como explica el profesor Wilson. Demasiados porqués para atemperar las pasiones.