Erdogan corta la línea

Las elecciones municipales que se celebran este domingo en Turquía tienen mucho de ceremonia de paso, de prueba de fuego para el primer ministro Recep Tayyip Erdogan, cabeza visible de un experimento de islamismo moderado que emite señales de fatiga o de miedo al futuro. Si las manifestaciones en la plaza Taksim de Estambul, en junio del año pasado, alarmaron a muchos de cuantos hasta entonces creyeron que el modelo turco podía ser una referencia para todo el orbe musulmán, la decisión del primer ministro de bloquear Twitter, mentidero rugiente de los casos de corrupción en los que está directamente implicada la familia Erdogan, y Youtube ha dejado al descubierto la propensión del régimen a ejercer un autoritarismo destemplado. Si en junio Erdogan colgó a las redes sociales la etiqueta de “amenazas para la sociedad”, ahora es él quien se comporta como una amenaza cierta para unas herramientas consideradas el paradigma de la libertad de expresión en la aldea global. Con el añadido de que un tribunal declaró el miércoles ilegal el bloqueo de Twitter, ha apremiado al Gobierno para que lo levante y se ha reproducido la vieja trifulca entre los jueces, adscritos a la tradición laica, y el ideario islamista.

El escritor Mustafá Akyol teme que Erdogan aguarde a que acabe el escrutinio de las municipales para desencadenar una purga contra sus oponentes de características mccarthystas a partir de un leitmotiv que resume así: “La guerra contra el Estado paralelo –aquellas personas e instituciones que no le apoyan– es en el presente la segunda guerra de liberación de Turquía”. El temor de Akyol tiene que ver con la “arrogancia extrema” de Erdogan, mencionada por otro escritor, Orhan Pamuk, nobel de Literatura y genuino representante de la tradición y el pensamiento laico en la Turquía que se siente heredera y depositaria del legado de Mustafá Kemal Ataturk.

Fethullah Gülen se ha convertido en el gran adversario exterior de Recep Tayyip Erdogan.

Solo esa arrogancia irreflexiva exhibida por una estructura de poder amenazada explica la absurda pretensión del primer ministro de poner puertas al campo, que otra cosa no es su decisión de bloquear Twitter y Youtube y, quizá en el futuro, de hacer lo propio con Facebook. Cualquier usuario de internet mínimamente informado sabe que las barreras anunciadas son extraordinariamente vulnerables –en las calles de las principales ciudades turcas hay carteles en los que se explica cómo evitar el bloqueo–, salvo que el Gobierno decida encarar una operación a gran escala para aislar por completo la red de telecomunicaciones del país. En cualquier caso, y sin haber llegado aún a tal extremo, lo que ha hecho Erdogan es dejar al descubierto su escaso compromiso con la preservación de los valores democráticos –incluidos la libertad de expresión y el libre examen–, cuyo menoscabo sitúa en la senda de la sospecha al gobernante que los vulnera.

El pretexto al que ha recurrido el primer ministro turco responde al más elemental de los manuales seguidos desde siempre por los autócratas cuando deben afrontar una crisis que les afecta personal y directamente, como el rosario de episodios de corrupción, bastante bien documentados por la prensa internacional, que sitian a Erdogan. Se trata de una conspiración contra él, sostiene el interesado, contra su Gobierno, su partido y su familia; hay detrás de todo un adversario político exterior –Fethullah Gülen–, que mueve los hilos desde el exilio voluntario en Estados Unidos; los añorantes del pasado –de la república laica–, añade, quieren aprovechar la ocasión para lograr desbancarle con malas artes después de no haberlo conseguido en las urnas. La simplificación del caso es tan rudimentaria que, incluso si hay algo de verdad en cuanto denuncia Erdogan, prevalece la impresión de que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) ha preferido la huida hacia adelante al realismo para sanear el Gobierno y su entorno. Algo de verdad hay en la porfía permanente desde las sombras de una oposición condenada a una larga travesía del desierto, algo de verdad hay también en los movimientos sigilosos de Gülen para disputar a Erdogan el liderazgo del islamismo político mediante la movilización de los afectos al hizmet (actividad altruista para el bien común), pero al presentarse todo como una batalla decisiva en la que solo el AKP es capaz de hacerse eco de las necesidades de la nación, el experimento islamista se acerca peligrosamente a un populismo vociferante con rasgos totalitarios que, por lo demás, no tiene mayor interés en esclarecer quiénes son los corruptos y qué dimensiones tiene la trama corrupta puesta al descubierto.

Cuantos en algún momento han vislumbrado en el papel futuro del islamismo político algo remotamente parecido a la función desempeñada por la democracia cristiana en Europa después de la segunda guerra mundial, sienten hoy que el modelo turco emite señales preocupantes. Y, al hacerlo, ratifica en sus convicciones a quienes estiman que entre la tradición islámica y el Estado moderno se alza la barrera invisible del integrismo, que interfiere en la vida privada de los individuos e imposibilita la neutralidad del Estado en materia religiosa, moral, jurídica, de ordenamiento del espacio público. Se trata seguramente de una conclusión precipitada, sesgada incluso, porque abundan los intelectuales musulmanes que la desmienten todos los días en la teoría y en la práctica, pero cuando la vía pública se enciende con la protesta y el Estado responde con la represión o con el bloqueo de las redes sociales, todos los relatos de la situación tienen cabida, también aquellos no exentos de prejuicios y tópicos alimentados desde antiguo por la escuela orientalista.

El escritor Orhan Pamuk atribuye a Recep Tayyip Erdogan una “arrogancia extrema” en su forma de gobernar.

Salvo que las autoridades turcas corrijan el tiro o que las elecciones municipales castiguen al AKP, crezca el descontento en segmentos importantes de la población y se haga inevitable un adelanto de las legislativas, Turquía corre el riesgo de perder una gran ocasión para asumir el papel de potencia hegemónica en el Mediterráneo oriental por ausencia de contrincantes. Con Egipto construyendo un régimen autoritario bajo custodia militar y con el erario exhausto, el único Estado de la zona con peso demográfico, económico y estratégico es Turquía, pero para ser una potencia regional, y no solo un socio de la OTAN en la región, precisa tener estabilidad política, normalidad institucional y fiabilidad exterior. Hoy no reúne ninguna de estas tres condiciones a pesar de su dinamismo económico y de la presión de la bolsa de Estambul para que más temprano que tarde se suavice la relación con Israel: no es posible la estabilidad con la oposición en ascuas; no es posible la normalidad institucional cuando el presidente del país, Abdullah Gül, disiente de las medidas adoptadas por Erdogan para silenciar los altavoces que procura la red, y no hay forma de proyectar una imagen fiable sin estabilidad y sin normalidad institucional.

Aun en el caso de que se cumpla la previsión del profesor Zeynep Tufekci –la victoria del AKP en las municipales–, no se corregirá el debilitamiento de la influencia de Turquía entre sus vecinos. Cuenta Tufekci que, paradoja de las paradojas, la misma clase media que hace un año pidió a sus hijos que le enseñara a utilizar Twitter para dar a conocer la protesta en la plaza Taksim, y que hoy se indigna con el bloqueo, puede decantarse una vez más por los candidatos del AKP en el último momento, un poco porque Erdogan ganó fama de buen gestor cuando fue alcalde de Estambul y otro poco a causa de la dispersión de mensajes de la oposición laica. Pero un gesto in extremis de tales características no es suficiente para contrarrestar el desgaste sufrido por el Gobierno turco ante la opinión pública internacional, incluidas la Unión Europea y Estados Unidos.

La misma pregunta que el 6 de julio del año pasado formulaba Murat Yetkin en las páginas del diario estambulí Hurriyet, de centro izquierda, a raíz del golpe de Estado que depuso en Egipto al presidente Mohamed Mursi, es extrapolable a la situación de hoy en Turquía: “¿Nos hallamos ante el final del islamismo moderado?” Después de la intervención de los generales en Egipto y del atrincheramiento de Erdogan, ¿hay que concluir que solo el islamismo político bajo vigilancia, caso de Marruecos, se atiene al compromiso de modernizar el Estado y renuncia a poner en marcha una islamización a destajo? Puede que las respuestas tajantes no tengan sentido y sí, en cambio, aquellas que se remiten a un dato determinante: es demasiado pronto para sacar conclusiones acerca de la capacidad del islamismo político de gobernar sin alarmar en Turquía y en otros lugares.    

Crimea desorienta a Occidente

La anexión de Crimea por Rusia ha operado como el excitativo ideal para poner en marcha a los gabinetes de análisis, que pretenden dar respuesta a las preguntas que mantienen en vigilia permanente a las cancillerías de Occidente. Después del gesto de autoridad del presidente Vladimir Putin parece casi inconcebible que un especialista de solvencia de Charles A. Kupchan planteara hace solo cuatro años el ingreso de Rusia en la OTAN. Afirmaba Kupchan en las páginas del ejemplar de mayo-junio del 2010 de la publicación Foreign Affairs que se cometía “una equivocación histórica tratando a Rusia como un paria estratégico”, y le parecía deseable y verosímil “anclar a Rusia en un orden euroatlántico ampliado”.

Lo cierto es que en aquel momento, con Putin retirado momentáneamente en la función de primer ministro, se tenía la impresión de que había margen de maniobra para establecer cierto grado de complicidad con los gobernantes rusos a pesar de todos los pesares, aunque el texto de Kupchan, incluso entonces, sonó algo despegado de la realidad. Tenía más consistencia la opinión ya muy extendida de que la macroampliación de la UE hacia el este y el alistamiento en la OTAN de los antiguos socios de la URSS había equivalido a meter el dedo en el ojo del Kremlin. Y hoy se repite a todas horas que el rumbo seguido por el Occidente europeo para atraerse la voluntad de los países que un día fueron comunistas fue una estrategia contra Rusia a la que hay que sumar la determinación del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de poner en pie el escudo antimisiles en Polonia y la República Checa. El Centro Internacional de Estudios Estratégicos sostiene hoy este punto de vista con idéntico fundamento que los que llegaron a la misma conclusión antes de que se desencadenara la invasión de Crimea.

Si se está ante una versión revisada y puesta al día de la guerra fría o estamos ante algo genuinamente diferente, compete más a los especialistas en sacar punta a la jerga política que a los analistas de la situación. Cuando uno de ellos, Peter Baker, que escribe en The New York Times, se aproxima a la cuestión, pergeña un título que no saca de dudas: Si no es una guerra fría, es una vuelta a una rivalidad fría. “Si no estamos en la nueva guerra fría que algunos temen, parece probable que nos adentramos en un periodo sostenido de confrontación y alineación que será duro superar”, afirma Baker. Razones no le faltan para llegar esa conclusión a tenor de las opiniones recogidas por él entre antiguos funcionarios del Gobierno, a menudo sinceramente desorientados, reflejo fiel de la sorpresa de Occidente ante la determinación de Putin, aplicado en rectificar alguna de las consecuencias del hundimiento de la URSS y la proliferación de estados nuevos nacidos gracias a aquel cataclismo. Una desorientación resumida en una frase por Toby T. Gati, que trabajó en el Departamento de Estado durante la presidencia de Bill Clinton: “No sabemos cómo reaccionar a esto”.

Hay una sensación muy extendida de que, a diferencia de episodios anteriores en los que se tensó la cuerda, en esta ocasión no es posible destensarla con el consabido recurso a la diplomacia secreta y a la contención pública de los líderes pasado el momento de paroxismo. Si este método fue útil otras veces –después de la guerra de Georgia (verano del 2008), por ejemplo–, ahora no es posible aplicarlo, siquiera sea porque el dinamismo de Putin ha dejado en evidencia la debilidad de la diplomacia europea y de Estados Unidos, una vez quedó descartada la movilización efectiva de la OTAN. Y si no cabe una componenda para superar el momento, entonces es de temer, obligada por las circunstancias, una revisión in extenso de las relaciones de Estados Unidos y la UE con Rusia –algo así está sucediendo–, incluido cuanto atañe al ámbito militar.

Es este un camino lleno de riesgos, que requiere consumir dosis inagotables de realismo para evitar que se imponga una osadía irreflexiva del estilo de la de Kurt Volker, exembajador de Estados Unidos en la OTAN. Para Volker, es preciso establecer que “cualquier otro asalto a la integridad territorial de Ucrania, más allá de Crimea, representa una amenaza directa para la seguridad de la OTAN y tendrá una respuesta de la organización”. Para Yochi Dreazen, especialista de la revista Foreign Policy, “nuestra preocupación es que Rusia no quiera parar”. Para el exsecretario de Estado Henry Kissinger, resulta más útil acercarse al pensamiento y las convicciones de Putin, a quien conoce bien, para comprender que no podía ser indiferente a los sucesos que se desarrollaron en Ucrania. En general, para los analistas de situaciones de riesgo, una vez Occidente ha decidido aplicar sanciones económicas, carece de utilidad práctica la escalada verbal gratuita, que enrarece la atmósfera sin obtener ningún resultado.

Es más fructífero sacar conclusiones objetivables y extraer algunas lecciones, de acuerdo con la radiografía realizada por Piotr Smolar en Le Monde:

  1. La operación de Crimea “marca la afirmación de una Rusia desacomplejada frente a un Occidente que cree arruinado, militarmente impotente y corrompido en el ámbito moral”.
  2. No hay dos bloque cara a cara, “sino un vacío, una ausencia de autoridad, un mundo roto, puesto a subasta”. En este panorama, consecuencia de una perturbadora falta de liderazgo global, “los náufragos” son los europeos, que mantienen una tupida trama de intereses económicos con Rusia.
  3. Ha dejado de ser viable a corto plazo el propósito de Obama de relanzar las relaciones con Rusia y, en cambio, ha quedado maltrecha la capacidad de anticipación de la Casa Blanca.
  4. El precio de los riesgos que asume Putin para saciar “la sed de revancha geopolítica de una parte de las élites” puede recaer sobre la sociedad rusa, en general, y muy particularmente sobre la disidencia en cuanto esta vuelva a dar señales de vida, una vez atemperados los ardores nacionalistas.

Conclusión de Smolar: “Doctrina militar, organizaciones supranacionales, intercambios comerciales, alianzas: todo parece que de pronto debe revisarse”. Parece que el sistema que siguió a la liquidación de los regímenes comunistas de Europa ha dejado de ser eficaz, ha puesto al descubierto debilidades estructurales de todas clases y justifica que, a causa de la desorientación subsiguiente, surjan dudas en cuanto al camino seguido por Occidente. Pero también en cuanto a la capacidad rusa de mantener el desafío sin dañar la economía. Hasta la fecha, los logros de la política exterior de Putin no han castigado las finanzas; ahora, en cambio, pueden resultar perjudicadas.

¿Adónde puede llevar una revisión exhaustiva del sistema? ¿Cuál debe ser el límite? Cuando el pensador francés Raymond Aron publicó Paz y guerra entre las naciones (1962) se tendió a achacarle cierto desprecio por el derecho internacional en favor de la potencia de los estados. En aquel mundo bipolar, sometido a la pugna a escala planetaria entre Estados Unidos y la URSS, lo que hizo Aron fue un ejercicio de realismo que quizá hoy, medio siglo después, deba realizarse de nuevo, aunque el coste del ejercicio sea reconocer que, salvo contadísimos casos, las apelaciones al derecho internacional tienden a encubrir la violación del mismo. Poco importa que esto se corresponda con la guerra fría o con una situación nueva, compleja y arriesgada que todavía no tiene nombre.

 

Pugna en Crimea de identidades europeas

El historiador Tony Judt afirmó en 1995, en una conferencia pronunciada en Bolonia: “Los analistas occidentales siempre se han mostrado ambivalentes frente a la europeidad de Rusia, como muchos de los propios rusos”. A pesar de que, según el mismo Judt, “hay muchas Europas, todas ellas con derecho a reclamar el título”, solo los países situados al oeste del Elba “han sido durante mucho tiempo Europa, mientras que las tierras al este (…) siempre están de alguna manera inmersas en el proceso implícito de llegar a serlo”. El análisis de Judt se atiene al hecho de que Rusia y lo que Vladimir Putin llama el extranjero próximo son tierras de frontera entre la Europa que se reconoce a sí misma como tal y aquella otra cuya europeidad geográfica no se completa con otros factores de identidad común.

En este sutil juego de identidades y referencias históricas, algunos casos son especialmente significativos y, a la vez, conflictivos: durante siglos, Polonia hubo de pechar con el coste político de hallarse entre Rusia y Alemania; hoy el papel de nación bisagra recae en Ucrania, con el futuro dividido entre la vinculación a la UE, al que aspira el nacionalismo ucraniano, y la vuelta a casa con el que se sueña la minoría rusa, especialmente en la península de Crimea. Las formalidades procesales en curso –declaración de independencia de Crimea, modificación de la ley rusa para incorporar comunidades que decidan acogerse a la autoridad de Moscú, referendo en Crimea y finalmente anexión de la península por Rusia– son útiles para comparecer ante la opinión pública y defender posiciones favorables y contrarias al desgajamiento de Crimea de la Ucrania surgida de la caída de Viktor Yanukóvich, pero lo que realmente ocupará a medio y largo plazo el análisis de los acontecimientos son tres factores íntimamente relacionados entre sí:

-La ausencia de un liderazgo global, capaz de articular un universo político global, a causa de la pérdida de parte de los resortes coactivos que suministró el desmembramiento de la Unión Soviética a la hiperpotencia –Estados Unido– del pasado más reciente.

-Las limitaciones del poder blando para gestionar situaciones extremas que desembocan en periodos de inestabilidad y desconfianza entre los grandes actores internacionales.

-El renacimiento ruso impulsado por Vladimir Putin, convertido en restaurador del orgullo nacional perdido durante el desbarajuste que siguió a la liquidación del régimen comunista y al final de la guerra fría, que el presidente ruso considera “la mayor catástrofe” de la historia de su país.

Con relación al primero de los factores, Ali Wyne, profesor asociado de la Universidad de Harvard, hace notar en The New York Times que incluso en los periodos considerados de hegemonía de Estados Unidos –algo discutible en el mundo bipolar de la posguerra– se dieron episodios que impugnan el concepto mismo de hegemonía. “¿Cómo se puede conciliar esta idea –se pregunta Wyne–con la pérdida de China, el estancamiento de la guerra de Corea, la invasión soviética de Checoslovaquia, la caída de Saigón y la ascensión del ayatolá Ruhollá Jomeini, por citar solo unos pocos contratiempos estratégicos?” Acaso la respuesta sea que las reglas del juego de la guerra fría incluían la predeterminación de áreas de influencia en cuyo seno el éxito estaba reservado a la potencia administradora: Estados Unidos, en Occidente; la URSS, en el Este. Pero acaso sea cierta también la impresión de Wyne de que reacciones muy enérgicas en un primer momento “crean expectativas poco razonables y desalientan a los aliados [Europa] para que desempeñen un papel más activo” en encrucijadas en las que predomina el realismo.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos rusos.

La estrategia de respuesta contenida está lejos de colmar las pretensiones de los hegemonistas convencidos o de los que adoptan este perfil por estricta necesidad de supervivencia política. En el Partido Republicano, incluso entre los moderados, abundan las críticas dirigidas al presidente Barack Obama, cuya política exterior le parece irresponsable al senador John McCaine y al congresista Mike Rogers le da para realizar una comparación hiriente: “Rusia juega al ajedrez y pienso que nosotros jugamos a las canicas”. Para el profesor Joseph S. Nye, analista y precursor del poder blando, la determinación de la política que deben seguir los líderes “depende, en parte, de la colectividad a la que se sienten moralmente obligados”. Y es indudable que la complejidad y la lejanía de la crisis ucraniana no figura entre las preocupaciones inmediatas de la opinión pública de Estados Unidos, que, en el mejor de los casos, sigue los acontecimientos como algo que atañe a los europeos.

Estos, a su vez, dan muestras de desorientación ante la agilidad de Putin para fortalecer su perfil de regenerador del orbe ruso. Ni las amenazas de sanciones ni las invocaciones del derecho internacional ocultan el dato de que Rusia lleva la iniciativa, la UE cometió un error de apreciación al creer que podía firmar un acuerdo con Viktor Yanukóvich sin importunar a Rusia y la historia europea está llena de lances poco respetuosos con el principio de legalidad, incluida la intervención en Kosovo, aunque la cancillera Angela Merkel sostenga lo contrario. Putin se ha procurado una guía ideológica y moral en la que pesa el legado de pensadores como el ruso blanco Iván Ilyin, un filosófo que al final de su vida denostó por igual los totalitarismos y la democracia, y propuso una tercera vía de características difusas para levantar un Estado en la Rusia que él abandonó a raíz de la revolución de 1917.

En un artículo publicado en El País, Nathan Gardels, director de The WorldPost, se refiere a las fuentes en las que beben los filósofos de cabecera de Putin –Nikolai Berdiaev, Vladimir Soloviev y el propio Ilyin– cuando vislumbran la Rusia que desean: “Al estilo de Dostoievski, y más tarde de Aleksandr Solzhenitsyn, todos ellos se consideraban custodios del modo de vida ruso. Místicos cristianos ortodoxos, les preocupaba que la democracia aplastara la noble alma rusa –preferían la monarquía o la autocracia como guardianes familiares de la sociedad– y que la cultura cosmopolita del Occidente materialista contaminara su espíritu. Además, tenían una fe mesiánica en el destino eurasiático de Rusia como civilización situada entre Oriente y Occidente”. La utilidad práctica de estas referencias para alentar el sentimiento nacional es evidente, y si todo se envuelve en la misión trascendental de devolver a la nación el brillo que ostentó en el pasado, aunque fuese bajo las siglas de la URSS, es improbable que se alcen voces que se opongan a las operaciones en curso en Crimea.

La movilización del Ejército en la cercanía de Ucrania y el recurso a la prédica religiosa con tintes nacionalistas –la apelación a la santa Rusia es casi un tópico–  completan la estrategia de movilización de las conciencias. De la misma manera que Lenin entendió que el despotismo de la nobleza y la burocracia zaristas eran los mejores instrumentos para sumar multitudes a su causa, así también hoy el enfrentamiento verbal con Occidente pone sordina a las carencias del Estado, al déficit democrático de un sistema que alienta el culto a la personalidad, a la corrupción y a tantas otras debilidades de la nueva Rusia, y otorga a Putin la posibilidad de convertirse en el líder indiscutido, dispuesto a corregir la marcha de la historia mediante una operación de riesgo calculado.

¿Esta patina de nacionalismo renacido es la señal definitiva para entender que, detrás de él, llega una nueva versión de la guerra fría, corolario inevitable la de paz fría que ha caracterizado durante los últimos años las relaciones de Estados Unidos y Rusia? ¿Cabe la lógica de la guerra fría en la economía global? Al formular estas preguntas se admite como seguro el objetivo de Rusia de disponer y gestionar un área de influencia propia, pero, al mismo tiempo, cobra sentido una afirmación de Tony Judt de 1995: “Los vínculos que les importan [a los europeos del este], y las conexiones que buscan, son con las civilizaciones y las potencias que quedan al oeste de ellos”. Y pasan a formar parte del presente los reproches dirigidos a Occidente por Mijail Gorbachov en el 2005, cuando se lamentó de que el compromiso de 1989 para no llevar los límites de la OTAN y de la UE a las puertas de Rusia, a cambio de que la URSS no se opusiera a la unificación de Alemania, fue sistemáticamente incumplido por Estados Unidos y los europeos.

Claro que, al mismo tiempo que Crimea llama a Rusia y el nuevo Gobierno de Ucrania, a la UE; al mismo tiempo que algunas voces consideran el episodio crimeo como el más grave desde la anexión de los Sudetes por la Alemania nazi (1938), Gazprom, el gigante ruso de la energía, patrocina la UEFA Champions League y nadie se rasga las vestiduras, y la superestructura conocida como economía financiera tiende a limar aristas para mantener los balances saneados. Nada de esto se le escapa a Putin, de nuevo más decidido que sus competidores-adversarios, que se ha apresurado a recordar que, si se imponen sanciones a Rusia, los perjuicios se extenderán a los sancionadores. Y no hay duda de que está en lo cierto, porque para la UE es imprescindible tener garantizado el suministro de gas en las condiciones de regularidad, eficacia y precio ahora vigentes, 6.000 empresas alemanas operan en Rusia y, cuando llega el verano, los turistas rusos son de los más dispendiosos, por citar solo algunos de los vínculos más conocidos entre las economías rusa y occidental. ¿Puede saltar por los aires esa trama de intereses a causa de Crimea?

Marc, un tipo indispensable

“La primera víctima de la guerra es la verdad”

Hiram Warren Johnson, político estadounidense

Los tipos como Marc Marginedas son indispensables. En su mochila de campaña, de aquí para allá, de guerra en guerra y de matanza en matanza, guardan un manual no escrito que les permite distinguir con diáfana claridad entre víctimas y verdugos, entre sometidos y victimarios, entre multitudes honorables y sinvergüenzas escondidos en sus torres de marfil. Sin Marc y quienes hasta el último domingo fueron sus compañeros de cautiverio, andamos a tientas, faltos de referencias, sometidos a los manejos de la propaganda que enturbia los hechos y los aleja de la realidad (de la verdad).

Por esa simple y sencilla razón secuestraron a Marc Marginedas el 4 de septiembre y le sometieron a la peor de las postraciones: privarle de su libertad durante casi medio año en nombre del sectarismo político y el fundamentalismo religioso adscrito a la prédica de Al Qaeda y sus franquicias. Y, al hacerlo, dañaron irremediablemente la causa de la oposición al régimen de Bashar el Asad, y aun reforzaron a este, de acuerdo con el análisis del especialista Brian Whitaker aplicado a otros momentos calamitosos de la calamidad siria: “La ironía de todo esto es que da como resultado el éxito de la propaganda del régimen para persuadir a sus partidarios de que el conflicto tiene que ver con el terrorismo patrocinado desde el extranjero y no tiene nada que ver con la política interna de Siria”.

Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.

Una vez más, la lógica de la guerra ha acabado por deslegitimar a los bandos enfrentados. En medio de la matanza, los matarifes se han impuesto y se ha hecho dolorosa realidad la sentencia de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. En el seno de la destrucción, la propaganda desdibuja el relato de la tragedia y la suerte de las víctimas queda emborronado por los movimientos tácticos de los contendientes y de sus aliados. Marc Marginedas fue justamente a Siria a neutralizar la propaganda mediante la narración de los hechos; su bloc de notas se llenó de datos extraídos de los dramas de la vida cotidiana, y esa libreta, el ordenador cuyas tripas guardan los detalles de la carnicería, puso en movimiento a sus captores. Cuando la ONU confirmó que régimen y oposición andan a la par en cuanto a crueldad y bajeza, hacía tiempo que todos sabíamos que esta es la situación.

Cicerón escribió hace 2.000 años: “Cuando hablan los tambores de guerra, las leyes callan”. El resto, el léxico manejado por los expertos para hablar de guerras de necesidad, guerras de elección, guerras justas, guerras inevitables y otras guerras hasta llenar los manuales con un largo etcétera, no deja de ser un pretexto para justificar lo injustificable. ¿Quién puede poner hoy en duda la idea de Frank Herbert de que “una buena causa no hace que la guerra sea justa”? ¿Quién puede dudar de la conclusión de François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”?

Frank Herbert: “Una buena causa no hace que la guerra sea justa”.

En sus andanzas de testigos de las guerras de nuestro tiempo, los periodistas que van al frente movidos por una gama muy personal de sentimientos, descubren enseguida que las guerras honorables no resisten la prueba del nueve. Pueden encontrarse en plena refriega a personas honorables, pueden asistir a gestas honorables, pero lo que en verdad prevalece es el objetivo aniquilador de eliminar al adversario. El periodista que presencia una batalla es lo menos parecido al entomólogo que observa un hormiguero desde fuera y saca conclusiones; el periodista sumergido en la desolación es una hormiga más a la que las otras han confiado la tarea de contar sus penalidades, de transmitir el riesgo que corren de ser aniquiladas. El periodista cercado por el desmoronamiento de una sociedad en armas es con frecuencia el Godot a quien las víctimas aguardan a la puerta de sus casas destruidas.

Hay en todo esto unas gotas de ingenuidad, un punto de idealismo y mucho de respeto al ser humano, un concepto que no admite el distanciamiento crítico, sino que obliga a la crítica comprometida. Ninguna guerra ha sido el punto de partida para la construcción de un paraíso. Cuando Emil Cioran sostiene que “el sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”, no se comporta como un pesimista incorregible, sino como el lúcido desmitificador de los falsos paraísos, tarea para la que hace falta ser depositario de cierta gallardía. Quienes retuvieron a Marc quieren vender a la opinión pública que pretenden alumbrar el paraíso, pero he aquí que él impugna con su bloc de notas la veracidad de sus eslóganes publicitarios.

François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”.

Tragedia sobre la tragedia: el arte de la crueldad ya no se reduce a las armas químicas del bando de Bashar el Asad, a los ataques con bidones bomba y a otras tropelías. En Raqa, fundamentalistas islámicos se dedican a encarcelar y golpear a quienes lucharon a su lado para hacerse con la ciudad; en otros lugares del país, los libros sagrados influyen más en el ánimo de los guerreros que el llanto de los desposeídos. En realidad, influye una versión esquemática y zafia del compromiso religioso y desaparece la fundamentación “del principio de la acción moral y social sobre el principio teológico de la justicia y de la libertad del hombre” (Henry Corbin en Historia de la filosofía islámica). Solo cuenta la mitología de la guerra, del presunto héroe esclarecido que en lo alto de una montaña de cadáveres señala con el dedo el camino a seguir para liberar a la multitud oprimida.

La guerra civil siria se atiene a esa norma. Todo cuanto ha seguido al ataque con armas químicas del 21 de agosto del año pasado rezuma la peor versión del realismo, que es el conformismo: puesto que pinta que la guerra será larga y extenuante, gestionémosla con el menor coste político posible, aunque el precio en vidas se haya desbocado; puesto que nadie quiere enfangarse en un litigio que alimente los sueños de Al Qaeda y adláteres, dejemos que el desgaste de los combatientes convierta un trastorno multiorgánico en una dolencia crónica más o menos llevadera. Si de vez en cuando surge un comentario que humilla a las víctimas –la comunidad alauí reprocha a la ONU que esté más preocupada por llevar alimentos y medicinas a la población civil y a los rebeldes que por dar con el paradero de 740 de los suyos, desaparecidos (The Wall Street Journal)–, encajémoslo como un inevitable daño colateral de orden moral que el tiempo sanará.

Emil Cioran: “El sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”.

Por eso hacen falta testigos in situ: para dejar el engaño al descubierto, para rasgar la cortina que oculta el oportunismo de unos, el cinismo de otros y el conformismo de la mayoría en la comunidad internacional mientras hablan las armas. Sin ellos, sin esos testigos armados con un bloc de notas y una idea esclarecida de la decencia, no hay forma de saber qué pasa de verdad en Siria y de desacreditar a los propagandistas, a los especialistas en construir un mundo virtual, como si la guerra fuese un juego de rol. Aquí estamos, Marc, esperando leerte.

 

El futuro divide a Ucrania

La paz fría que siguió a la euforia de Estados Unidos como única potencia global puede ser menos gélida de lo que los teóricos previeron. La concreción de China como la otra gran potencia del futuro inmediato y la pretensión del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de restaurar el orgullo nacional y la influencia política de la que disfrutó en su día el Kremlin comunista conduce inexorablemente a una nueva forma de rivalidad entre los grandes del planeta, que en Ucrania se ha traducido en una crisis de identidad de consecuencias quizá continentales. Ucrania se enfrenta a los fantasmas de su historia, real o imaginaria, con la dramática radicalidad de los muertos en la plaza de la protesta y el choque de dos comunidades acaso irreconciliables, ambiente ideal para que medren cuantos creen que Ucrania bien vale un pulso.

La movilización del Ejército ruso en la vecindad ucraniana, el ballet diplomático representado por Europa y el perfil bajo mantenido hasta la fecha por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que deja la gestión del problema en manos europeas, no hacen más que subrayar las mil caras de un conflicto del que todo el mundo quiere salir con la cabeza alta. El presidente Putin, porque entiende que Ucrania es un asunto de Rusia, del patio trasero ruso, de la historia y la tradición de la Rusia ortodoxa e imperial, de su geopolítica, de aquella URSS presente en todas partes y de la legitimación de su papel de restaurador del orgullo patrio; Europa, porque se siente obligada a atender los requerimientos del occidente ucraniano, que fía su futuro en el manto protector y la relación con la UE; la Casa Blanca, porque supone que, sin una Ucrania sometida a sus designios, Putin será menos Putin.

Para que nadie pierda en el envite, la salida menos mala es aplicar los principios de la neutralidad política y estratégica al territorio en disputa, así como la URSS la exigió para Finlandia y Austria y las potencias occidentales la aceptaron al final de la segunda guerra mundial. La partición –un Occidente ucraniano vinculado a Europa y un oriente incorporado a Rusia–, posible, pero arriesgada, podría tener efectos desestabilizadores de larga duración. “¿Conflicto de valores? Menos que de pasiones nacionales y materialidades geopolíticas. El interrogante es: ¿qué Ucrania es la que sale de todo esto, y si son dos, cómo se reparten?”, se pregunta Miguel Ángel Bastenier en El País. El analista parte de una doble constatación: “El nacionalismo ruso vería como traición histórica la europeización exprés de sus hermanos ucranios, y, aun más, habida cuenta de que, según la versión oficial de Moscú que Washington desmiente, Mijail Gorbachov se plegó a la unificación de Alemania a condición de que la OTAN no se extendiera hacia el Este. Lo contrario de lo ocurrido. Y el otro nacionalismo, el ucraniano, no tiene tanto que ver con los llamados valores europeos”. Un cruce de caminos históricos demasiado enrevesado para depositar esperanzas en un desenlace sereno.

Cuando historiadores de la entidad de Tony Judt vaticinaron, mediados los años 90, que era bastante improbable que los antiguos estados comunistas se encuadraran en la UE (Una gran ilusión, 1996), se dejaron llevar por las inercias políticas procedentes del pacto entre las potencias que derrotaron a la Alemania nazi. Judt y otros dieron por seguro que una Europa verdaderamente unida era algo “demasiado improbable como para que insistir en ello no resulte insensato y engañoso”, pero la gran ampliación de la UE a principios del siglo XXI desmintió pronósticos seguramente apresurados. Al mismo tiempo, pocos ahondaron en la realidad cierta de que la heterogeneidad cultural de la URSS degeneraría en tensiones sociales crecientes en las repúblicas surgidas del gran imperio comunista. Y así es como hoy el choque de identidades en Ucrania se antoja un rompecabezas sobre el que se proyectan intereses y realidades enfrentadas.

Para Rusia, más allá de desencadenar emociones, el nombre de Ucrania es sinónimo de dos ingredientes igualmente importantes: los contratos de suministro de energía (gas), esenciales para una economía en quiebra como la ucraniana, y la base naval de Sebastopol, donde fondea la flota rusa del mar Negro. Ambos factores son igualmente útiles a Putin para presionar a los nuevos gobernantes de Kiev, pero allí donde los vínculos de sangre y las fidelidades de familia se ponen más de manifiesto es en Sebastopol, en la península de Crimea, tierra rusa regalada a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954 y en la que, contra la política ficción de la novela La isla de Crimea, de Vasily Aksiomov, la población exige la integración en la madre patria, mientras en Kiev la calle clama por cortar amarras.

Nina L. Khrushcheva, profesora del World Policy Institute y descendiente de Jruschov, disculpa a su antepasado, nacido en Ucrania, por haber regalado la península: de hecho, fue solo un gesto porque siguió en el seno de la URSS, que todo lo englobaba. Al mismo tiempo, cita la novela de Aksiomov como uno de tantos vaticinios poco meditados, y llega a una conclusión mediante la cual da un salto de la geopolítica a la legitimación moral de Putin ante la opinión pública rusa para actuar con energía en apoyo de aquellos hermanos de idioma y cultura que sienten su identidad amenazada por una más que previsible Ucrania solo ucraniana. Frente a la retórica de la Europa unida exhibida por la task force encargada por Bruselas de ocuparse de la crisis, la emotividad en nombre de la solidaridad eslava tiene una capacidad de movilización que acaso fue enmascarada por los concentrados en la plaza de Maidan hasta la huida-caía del presidente Viktor Yanukóvich.

“Ucrania es un país dividido entre su pasado y su futuro”, ha escrito Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, en el semanario estadounidense Time. En el pasado, durante nada menos que tres siglos y medio, el destino de Rusia y de Ucrania fueron una misma cosa; incluso el desmoronamiento de la URSS y la fundación de un ectoplasma político conocido como Comunidad de Estados Independientes (CEI) contó con una activísima participación de los políticos ucranianos que en aquel momento (1991) se hicieron cargo de la situación, todos ellos rusófonos. En el futuro, como Bremmer subraya, Ucrania seguirá necesitando que fluya la energía desde Rusia, con tanta o más urgencia que los estados de Europa occidental. Y si las cosas son así, cabe formular dos preguntas:

– ¿Es viable una Ucrania desligada de Rusia y gobernada solo por los depositarios del capital político acumulado en la plaza de Maidan por una multitud hostil a Rusia?

– ¿Cabe pensar que el compromiso de la UE con las nuevas autoridades ucranianas será tal que ponga en riesgo el cumplimiento de los contratos suscritos con Rusia –con Gazprom– que garantizan el suministro?

Para Bremmer, “los líderes políticos y las instituciones europeas (…) están lejos de desear una confrontación con Rusia por un país cuya potencia es insuficiente para unirse a la UE”. ¿Significa que quienes aplaudieron a Yulia Timoshenko de regreso del cautiverio pueden comprobar más temprano que tarde que se quedaron sin apoyos importantes? ¿Significa que la capacidad de Putin para ocuparse de su patio trasero desborda la capacidad de respuesta europea? ¿Significa que, como sucedía durante la guerra fría, Ucrania es a todos los efectos territorio político ruso y, en última instancia, la realpolitik se impondrá a cualquier otra consideración? Significa, quizá, que es de aplicación una reflexión de Tony Judt: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Y en la crisis de Ucrania, al menos en las apariencias, solo Putin confía en sí mismo.