Todo ha fallado en Irak

Los peores presagios se han hecho realidad en Irak, al borde del abismo a causa de la irrupción irrefrenable de los yihadistas sunís del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el sectarismo del primer ministro Nuri al Maliki (chií) y el alejamiento de Estados Unidos del campo de batalla. Lo que se apuntó como una posibilidad en el 2003 a raíz de la invasión anglo-estadounidense, la quiebra del Estado y el desmembramiento de la comunidad iraquí, se avizora hoy en un horizonte sembrado de cadáveres, rivalidades regionales, enfrentamiento religioso y la sensación de que se está en el comienzo de un proceso paulatino de desestabilización cocinado a fuego lento por la guerra de Siria, que en marzo cumplió tres años, y la incapacidad de los gobernantes iraquís de salirse del comunitarismo para asentar el Estado. Todo cuanto ha sucedido en Irak desde que el EIIL tomó Mosul se ajusta a un guion donde el punto de partida es la ausencia de un Estado eficaz: la huida en desbandada del nuevo Ejército iraquí, el concurso de antiguos baazistas en el bando suní para combatir a los gobernantes de Bagdad, el llamamiento desgarrado del ayatolá Alí al Sistani para que la grey chií se sume a la lucha contra los islamistas sunís, el apoyo de los peshmergas –combatientes kurdos– a la ofensiva y una serie prodigiosamente variada de matrimonios de conveniencia que solo se sostienen en la atmósfera de la guerra.

De todas estas uniones por interés, la más razonada, razonable y previsible es la de Estados Unidos y Occidente en general con Irán. La rehabilitación a toda máquina de la república teocrática es posible porque, en el descoyuntamiento de la región, los ayatolás pueden desempeñar el papel de aliados estables en el golfo Pérsico, aunque sea a costa del disgusto de los saudís (sunís muy conservadores), que mantienen una pugna histórica con los chiís –los iranís– por la hegemonía en medio de un mar de petróleo. A punto de acotarse el alcance del programa atómico impulsado con entusiasmo por el anterior presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el pragmatismo de su sucesor, Hasán Rohani, puede transformar a Irán en el socio necesario para desespero del frente neocon, que en el 2002 colocó a Irán en el eje del mal.

Barack Obama “habla de cambio climático mientras Irak vive a sangre y fuego”, clama Dick Cheney, vicepresidente con George W. Bush y primer promotor de la invasión de Irak en el 2003. “La intervención del 2003 no es responsable del caos iraquí”, ha escrito el exprimer ministro británico Tony Blair en las páginas del diario francés Le Monde. Algunos diputados conservadores alarman al establishment al buscar algún resquicio legal para llevar a Blair ante el juez por haberse sumado a la campaña del 2003. El escritor franco-marroquí Tahar Ben Jelloun se lamenta de que “Bush hijo no sea procesado por sus crímenes”. Y Dominique de Villepin, ministro francés de Asuntos Exteriores en los aciagos días de la invasión que se opuso a ella sin concesiones, se permite señalar tres fracasos en aquella operación que cambió el semblante de Oriente Próximo: la guerra contra el terrorismo, el cambio de régimen y la ausencia de una construcción nacional según la pensaron la Casa Blanca y el Departamento de Estado al poner en marcha la maquinaria militar.

Quizá sea cierto que hay en marcha una operación para desmembrar Irak, como ha declarado Al Maliki a la emisora de televisión Al Manar, instrumento del movimiento chií libanés Hizbulá, pero al emitir ese diagnóstico soslaya su propia responsabilidad en la crisis y, al mismo tiempo, refuerza la idea de los fracasos enumerados por Villepin. La publicación progresista británica New Statesman se refiere sin tapujos a la “desgracia de tener a Nuri al Maliki de primer ministro”. “Los chiís que dominan el Gobierno –explica– han trabajado de forma asidua para alienar la minoría suní y su mal gobierno ha contribuido profundamente a las presentes dificultades”. Y la decepción que transmiten los diplomáticos y funcionarios extranjeros que han estado en Irak abunda en mensajes de parecido tenor, como si la crisis de las mezquitas de 2006-2007 y la fractura social después de tres guerras –contra Irán (1980-1988), la intervención internacional de 1991 y la invasión del 2003– no hubiesen emitido suficientes señales de alarma para buscar un punto de encuentro de las tres comunidades que engloba Irak: sunís, chiís y kurdos.

Pero quizá la señal más elocuente del estrepitoso fracaso cosechado por Al Maliki y, de rebote, por Estados Unidos sea la debilidad de un Ejército que ha respondido a la presión islamista ausentándose del campo de batalla y dejando armas y bagajes a disposición del enemigo. Si alguien dudó alguna vez de que uno de los grandes errores cometidos por la Administración de George W. Bush fue desmantelar el Ejército de Sadam Husein, la suerte de los combates en Mosul, Tikrit y otros lugares no puede ser más esclarecedora: llevaban razón quienes dijeron que asentar un Ejército de nueva planta requiere un mínimo de 20 años; es una labor que no se puede improvisar aunque Estados Unidos se encargue de la operación y destine a ella grandes cantidades de dinero en forma de instructores y material de última generación. Lo que sucedió al desvanecerse el Ejército de Sadam Husein fue que creció exponencialmente la capacidad de resistencia al invasor de diferentes formas de guerrilla y, al mismo tiempo, las nuevas fuerzas armadas aparecieron ante una parte muy importante de la opinión pública iraquí como el brazo represor de un régimen impuesto, sometido a intereses foráneos. Y esa percepción sigue vigente.

La posibilidad de que se pase del rompecabezas a una guerra civil ahora incipiente depende de varios factores. El primero de ellos es comprobar hasta qué punto la calle iraquí, no las milicias organizadas de sunís y chiís, se suma a la lucha en cada bando con sus propios medios, como aventura que podría suceder Hayder al Khoei, investigador asociado al think tank británico Chatham House. Solo una intervención significativa de Estados Unidos puede evitar o al menos limitar una escalada cualitativa como la apuntada por Al Khoei, algo que, por lo demás, queda bastante lejos de las intenciones del presidente Obama, partidario que apoyar al Gobierno iraquí sin que un solo soldado ponga pie a tierra, y previo abandono del sectarismo por parte de Al Maliki. ¿Acaso se está ante una nueva muestra de que los tiempos de la unipolaridad y de la hiperpotencia han pasado a la historia? La respuesta del politólogo francés Dominique Lagrange se acerca bastante a la realidad: “No hay un polo en el sentido de un líder con capacidad de atracción, ni siquiera varios. Hay una centralidad de Estados Unidos en la estructuración de lo internacional”. Nunca la posguerra fría estuvo más lejos de constituir un sistema estable de relaciones entre los estados.

Al favor de esos vientos de guerra que de Siria han llegado a Irak, y acaso sigan su curso en busca de nuevos horizontes, se concretan dos realidades que, no por esperadas, resultan menos deplorables. La primera es el reforzamiento de Bashar el Asad, que combate a una oposición en la que el EIIL es de largo el grupo armado más dinámico, mejor instruido y que dispone de mejor material. La segunda es la tensión en los mercados energéticos, con un ojo puesto en la suerte final del gas ruso que debe fluir hacia Europa Occidental a través de Ucrania y otro atento al futuro de los pozos de petróleo iraquís. Resulta tan escabrosa la hipótesis de una tolerancia indirecta del régimen sirio, por tratarse de un mal menor, como la probabilidad de que las víctimas más vulnerables de la crisis económica vean agravada su situación por la arrogancia de cuantos se sumaron a la soberbia del trío de las Azoras para desmantelar Irak.

Por más recursos que dediquen los gabinetes de propaganda a deformar la realidad política presente, es improbable que gane adeptos el estado de ánimo de Blair: “Debemos desprendernos de la idea de que nosotros hemos provocado esta situación. No es cierto”. A cada muerto que se suma al parte de bajas crece la convicción de que el relato de la guerra de Irak partió de una falsedad –la existencia de armas de destrucción masiva–, dio pie a otra falsedad –el apoyo popular a la edificación de un nuevo régimen– y se ha instalado en una tercera falsedad –la viabilidad del nuevo Estado–, que ha quedado al descubierto en cuanto los fundamentalistas islámicos han dado la orden de ataque. Y esa construcción en paralelo a la versión oficial es tan convincente que es imposible imaginar que pueda imponerse la otra, la que pretende desviar el foco hacia causas y circunstancias locales.

¿Qué ha fallado en Irak? fue el título de la edición española de un libro firmado por el general estadounidense Wesley K. Clark. La respuesta hoy no puede ser más simple: todo. Las palabras pronunciadas por el presidente Bush poco antes de empezar la guerra suenan hoy a dramático sarcasmo: “Un Irak liberado puede poder de manifiesto el poder que tiene la libertad para transformar una región tan importante”. En la práctica, la liberación adquirió la naturaleza de guerra preventiva y la transformación llevó al país al desorden. La capacidad de contagio de ese desorden es inconmensurable.

Terremoto republicano, efervescencia demócrata

El Tea Party se ha cruzado en el camino de la presentación de las memorias de Hillary Clinton, un acontecimiento con aires de estreno mundial de una superproducción de Hollywood y gran profusión de efectos especiales. Lo mismo ha sucedido con la efervescencia socialdemócrata –llamada populista, sin connotación negativa alguna– en el Partido Demócrata a dos años y medio del relevo en la Casa Blanca. Y aun el republicanismo clásico ha tenido que pasar por la misma experiencia cuando, no sin cierta precipitación, creía haber domeñado a la extrema derecha con algunos éxitos en las primarias correspondientes a las elecciones legislativas de noviembre que renovarán la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de Estados Unidos. La victoria de Dave Brat, un economista ultraconservador perfectamente desconocido, sobre Eric Cantor, el presidente de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, en las primarias del 7º distrito del Estado de Virginia ha puesto patas arriba lo que el establishment de Washington y los aparatos de los dos grandes partidos entienden que es el fundamento del sistema parlamentario de Estados Unidos.

Para calibrar la fuerza del golpe propinado por el Tea Party al clásico esquema bipartidista basta apuntar un dato: nunca desde 1899 se había dado el caso de que un líder del Congreso fuese desbancado de la carrera electoral en unas primarias. El éxito de los ultraconservadores, vestidos con los ropajes de un grupo antisistema que aspira a cambiar las reglas del juego en el Congreso después de colonizar al Partido Republicano, no preocupa solo a quienes lo dirigen, sino a los estrategas demócratas. Alguno de ellos ha confesado a la web Politico.com que los republicanos precisarán que alguien les eche una mano para evitar la implosión, la fractura o la desnaturalización de su cultura política. La alarma demócrata es doble: en primer lugar, responde al temor de que de las elecciones de noviembre salga una Cámara de Representantes polarizada hasta el paroxismo; en segundo lugar, es tributaria del rumbo desquiciado que puede adquirir la campaña de las presidenciales del 2016 (Hillary Clinton es una de las grandes fijaciones de los muy, muy conservadores).

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

Hillary Clinton, unas memorias antes de aspirar a la Casa Blanca.

“¿Es posible que Eric Cantor no sea lo bastante conservador?”, se pregunta en su blog Sam Stein. La respuesta puede estar contenida en una columna de Adam Kirk Edgerton reproducida por la edición estadounidense de The Huffington Post: “[Los neoconservadores] creen, como dijo Ronald Reagan de forma ruinosa, que el Gobierno es el problema. La consecuencia de esta ideología insana es la elección del Tea Party, que no está interesado en absoluto en gobernar, sino en desmantelar el Gobierno”. Entiéndase bien, desmantelar no significa abolir, sino reducir el Gobierno a su más mínima expresión, limitar al máximo su capacidad de intervenir y dejar al individuo sometido a las obligaciones que él mismo se impone.

Esa aproximación a un individualismo sin concesiones no es de hoy ni de ayer, sino que se remonta a los primeros días de la independencia, a la desconfianza casi orgánica de sucesivas oleadas de inmigrantes europeos, víctimas en muchos casos de los resortes del poder de los estados europeos, que cruzaron el océano en busca de una tierra en la que la presión del Estado fuese lo menos perceptible posible. Luego, en la práctica, Estados Unidos se articuló como una formidable máquina de poder institucionalizado, y su consolidación como gran potencia descansó en la robustez del Estado, como han significado tantos autores, pero en el pensamiento conservador bajo influjo de iglesias evangélicas poco jerarquizadas y apegadas a la literalidad del mensaje bíblico, prevaleció el mito del individuo, dueño absoluto de su destino.

Dave Brat, la última estrella en la constelación 'neocon'.

Dave Brat, la última estrella en la constelación ‘neocon’.

Si al trasfondo ideológico del Tea Party se añade la inquina permanente que el mundo neoconservador siente por el presidente Barack Obama desde el día siguiente a su elección, por lo que representa, por el moderado reformismo social que practica –la reforma sanitaria es el mayor de los motivos de polémica–, por la iniciativa para rectificar los aspectos menos presentables de la leyes que pautan los movimientos migratorios, entonces se llega a la jornada del martes y a la derrota de Cantor. Un desenlace envenenado, inesperado y de difícil gestión para el aparato republicano, que creía tener en Cantor al sucesor natural de John Boehner para presidir la Cámara de Representantes, y quizá a un buen aspirante para enfrentarse a Hillary Clinton en noviembre del 2016, y ahora siente que un terremoto ha movido la tierra bajo sus pies y ha dejado en mantillas el partido del no, etiqueta-resumen a la que Ryan Grim recurre para definir el comportamiento del Partido Republicano durante la última legislatura. Una estación de llegada que, como ha explicado en The New York Times Peter T. King, diputado republicano por un distrito del estado de Nueva York, “moverá al partido más hacia la derecha, lo que nos hará más marginales como partido nacional”.

Lo que dice King en esencia es que todos los esfuerzos del republicanismo clásico para atender los requerimientos del Tea Party han sometido al partido a un conservadurismo muy alejado de su tradición política, y presentar credenciales propias de la extrema derecha es incompatible con la pretensión de dirigirse a toda la nación. Después de algunas victorias significativas de candidatos republicanos sobre aspirantes del Tea Party –los senadores John Cornyn (Texas) y Mitch McConnell (Kentucky)–, el triunfo de Brat ha puesto una nueva estrella en el firmamento neocon al lado de los senadores Ted Cruz (Texas) y Mike Lee (Utah), ha amortizado la recuperación momentánea del republicanismo de toda la vida y lo lleva por una senda que, con la vista puesta en la elección de presidente en el 2016 conduce al partido, según su parecer, a una derrota poco menos que segura. Figuras de la talla y la proyección del senador John McCain, excandidato a la presidencia, son de este parecer y el pesimismo se ha extendido como reguero de pólvora en el staff republicano.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Eric Cantor, la última víctima de la estrategia del Tea Party.

Los analistas que trabajan para el GOP (Grand Old Party) opinan que es claramente insuficiente fundamentar una campaña contra Hillary Clinton basada en la salud, la edad y el paso de la posible candidata por el Departamento de Estado durante el primer mandato de Obama. La presidencia de este, con todas sus limitaciones y motivos para desencantar a muchos de sus seguidores, ha consolidado más que nunca el papel del Partido Demócrata como el de las minorías, incluso ha penetrado bastante en la opinión pública la idea de que el partido del no ha impedido llevar a la práctica algunas iniciativas presidenciales de gran alcance, y la acusación de socialista dirigida al presidente ha dejado de impresionar a una opinión pública curada de espantos. Los índices de popularidad de Obama en torno al 45% están por debajo de las expectativas manejadas por los estrategas demócratas después de la reelección, pero los asesores republicanos se encuentran en una situación más desalentadora: no saben cuál es el mejor camino para atraer a una parte de las clases medias urbanas sin las que la victoria no es posible.

Como cuenta Jay Newton-Small en el semanario Time, de orientación conservadora, la salida de Cantor crea un vacío de liderazgo republicano en el Congreso. Esa es la sensación dentro y fuera del partido, un estado de ánimo que difícilmente puede contrarrestarse con el recetario neocon de Brat, sus ataques a Cantor en tanto que “partidario sólido del gran Gobierno”; en tanto que presunto defensor de abrir la frontera a la inmigración y decretar una amnistía para los millones de residentes extranjeros en Estados Unidos que no han regularizado su situación. Ni siquiera el episodio del asalto al Consulado de Estados Unidos en Bengasi (Libia) el 11 de septiembre del 2012, que costó la vida al embajador Chris Stevens y a tres funcionarios, es suficiente para llevar a Clinton contra la cuerdas. Más bien parece una aventura arriesgada porque si, como apuntan algunos medios, la exsecretaria de Estado supera la prueba, aumentarán exponencialmente sus posibilidades de llegar a la Casa Blanca.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

John McCain, el republicanismo clásico teme lo peor.

¿Puede el ala izquierda demócrata atenuar los temores republicanos en la medida en que imponga su toque populista a las primarias para elegir el candidato a la presidencia? Habida cuenta de la vinculación de la senadora Elizabeth Warren y de otros miembros destacados de esta facción al programa máximo expuesto en su día por Obama, es poco probable que el Partido Demócrata acoja una lucha fratricida. El recuerdo vivísimo del coste que tuvo para el partido la división interna en los días de la candidatura de George McGovern (1972) y de Walter Mondale (1984) se impone a otras consideraciones de índole personal, y aún pesa en el ánimo colectivo de los demócratas que un candidato con todos los atributos del ala progresista como Al Gore no llegó a la Casa Blanca a causa de los oscuros manejos que contaminaron el escrutinio de Florida en el año 2000 (elección de George W. Bush).

Un exasesor de los republicanos teme que, a corto plazo, el apoyo de la cadena Fox, de los periódicos de Rupert Murdoch y de los agitadores de la galaxia audivisual –Glenn Beck, Laura Ingraham y otros– sea insuficiente para llegar a noviembre con la posibilidad cierta de mejorar la mayoría que hoy tienen los republicanos en la Cámara de Representantes. Puesto que la casilla de salida es la mayoría presente, el estado mayor republicano parte del supuesto de que se podrá mantener, pero sostiene este exasesor que lo peor que les puede pasar a los candidatos republicanos es encarnar en la vida real la caricatura neocon que difunden muchos medios de comunicación añorantes del bipartidismo sin extravagancias del pasado.

El enfoque que Brat da a la política justifica estos temores. “Dios actuó en mi nombre a través de la gente”, declaró después de la victoria, y al recurrir a la intercesión divina para explicar las razones de su elección se acercó a aquella secuencia de una teleserie en la que dos amigos, acodados en la barra de un bar, siguen, entre cerveza y cerveza, un discurso televisado de Bush hijo. “¿Quién es ese tipo que dice cosas tan raras?”, pregunta uno de ellos. Y el otro se encoge de hombros y responde: “No sé. Yo no le he votado”.

Una abdicación llena de urgencias

El botafumeiro accionado por el cosmos monárquico en cuanto se anunció la abdicación del Rey tiene poco que ver con la gravedad del momento y las razones que presumiblemente han llevado a Juan Carlos I a dar el paso. Puesto que el proceso abierto obedece a una necesidad acuciante, inaplazable, de renovación para ventilar un andamiaje institucional que emite desde hace años señales de debilidad, cuando no de agotamiento, los solos de violín están de más y, en cambio, se echa de menos la contención afectiva como norma de conducta. Es poco saludable encubrir los sentimientos, incluidos los políticos, pero aún es peor multiplicar los gestos de cercanía y apoyo cuando, como en el caso de la Corona, lo adecuado es que prevalezcan el sentido de Estado y la oportunidad política.

Basta salirse del relato de los telediarios y de los articulistas con blasón para comprobar que dentro y fuera de España se percibe la abdicación como un momento crítico desde la restauración de la monarquía en noviembre de 1975. Es imposible concretar en unos pocos enlaces con textos de autores de muy variada orientación la atmósfera de urgencia cierta que acompañará, mediado el mes, la llegada de Felipe VI. Cuando alguien tan poco sospechoso de radicalidades políticas como Paul Preston, biógrafo del Rey, expresa su deseo de que la renuncia del monarca no sea “demasiado tardía”, es que cabe la posibilidad de que sí lo sea o de que, aun no siéndolo, entrañe unos costes políticos e institucionales impensables cuando bastaba con que Juan Carlos I fuera un personaje simpático –campechano, se decía– para alimentar el juancarlismo, que no el monarquismo.

El Rey y el Príncipe de Asturias, el día 3, en un acto militar en El Escorial, la primera ocasión en la que aparecieron juntos después de que Juan Carlos I anunciara que abdicaba.

Hoy no basta con la simpatía personal, con la empatía y con otras armas propias de los relaciones públicas y los capitanes de empresa. Hoy el anacronismo monárquico solo se sostiene mediante una compleja mezcla de sentimientos y complicidades colectivas de origen remoto –el Reino Unido– o a través del principio de ejemplaridad. En el primero caso, los datos objetivos, cuantificables –a la reina Isabel le han regalado una carroza que vale tres millones de euros–, poco importan por más duro que sea el presente; en el segundo, la institución debe ceñirse a las reglas del momento: si la austeridad acogota a los ciudadanos, el Rey debe ser el primero de los austeros; si la corrupción degrada la política, el Rey y su entorno deben ser la viva imagen de la probidad más estricta; si la opinión pública da muestras de cansancio y desapego, debe la Corona sacar a relucir habilidad y artes nuevas para reconstruir los puentes. A juzgar por los índices de popularidad en circulación, nada de eso se ha producido.

Al mismo tiempo, los cambios en la estructura social de España desde los albores de la transición hasta el presente han dejado en los huesos el pacto que alumbró la Constitución de 1978 y el sistema de partidos sobre el que se asentó el puzzle institucional, aunque el Gobierno de Mariano Rajoy no se da por enterado de esa realidad constatable a pie de calle. Puesto que entonces no fue ni posible ni conveniente alargar en exceso el debate sobre la forma de Estado, este se cerró en falso, aunque proporcionó estabilidad y continuidad a la monarquía parlamentaria. Pero, 39 años después, la abdicación ha devuelto la discusión a primer plano, y aunque los fervores republicanos de estos días no están exentos de oportunismo político, responden a una corriente de fondo y a una memoria histórica ahogada por la transición que se remite a aquello que España pudo ser y nunca fue a causa de la guerra civil. El realismo de la transición fue suficiente para que la izquierda parlamentaria aceptara la monarquía sin mayores aspavientos, con Santiago Carrillo en primer lugar, y el Rey legitimó su compromiso con la democracia el 23-F, pero ahora el terreno de juego no es el mismo.

La carroza de tres millones de euros regalada por Australia a Isabel II con la que la soberana del Reino Unido se dirigió el jueves al Parlamento.

Se puede sostener, y con bastante razón, que no puede plantearse la discusión sobre la forma de Estado a cada ocasión en que, por la razón que sea, el sistema da señales de fatiga. Pero tan cierto como esto es que ese es un asunto pendiente que siempre se ha abordado de forma apresurada, como si fuese necesario no ahondar en él para no abrir la caja de los truenos. Dicho todo lo cual, no deja de resultar sorprendente que se quiera promover el debate mediante un atajo –la celebración de un referendo– y no a través de una reforma constitucional que, una vez aprobada, se sometería a consulta. Y si mueve a sorpresa, es porque tanto los partidarios como los detractores del sistema se han atenido hasta la fecha a lo establecido en la Constitución y en las leyes que de ella se derivan, y practicar en democracia el relativismo jurídico no es el mejor de todos los caminos posibles.

Tan sorprendente resulta esta pauta política como la repetición ad nauseam de que el 90% del Congreso, punto arriba, punto abajo, aprobará la ley que sancionará la abdicación del Rey y la proclamación de Felipe VI. Si en vez de este porcentaje se diese otro menos determinante, entonces habría que concluir que, más que ante un sistema en crisis, estaríamos ante un sistema en descomposición. Tan tranquilizador resulta el pacto PP-PSOE para salir del atolladero sin graves quebrantos como preocupante se antoja la ceguera de quienes soslayan el hecho de que quienes se opondrán o se abstendrán en el Parlamento reflejan la doble fractura social y política que lastra el futuro del país. En la decisión de IU-ICV de votar no en nombre de su republicanismo militante, en la abstención de CiU en nombre del soberanismo sin descanso, en la agitación de Podemos en nombre de realidades emergentes y en las declaraciones de los líderes sindicales es posible dar con la foto fija del descontento, de ese voto de castigo permanente contra un entramado institucional que ha acabado decepcionando a los ciudadanos.

Concentración republicana en la Puerta del Sol de Madrid al atardecer del lunes.

Ninguno de los tres factores principales que han llevado a Juan Carlos I hasta la abdicación –la incesante pérdida de popularidad de la Corona, el caso Nóos y la brega soberanista en Catalunya– justificaría por sí solo el relevo en la Jefatura del Estado, pero la suma de los tres la ha hecho inevitable porque de esa suma emerge la decepción. Y de la decepción, si se sigue el hilo del análisis publicado en estas páginas por Javier Pérez Royo, se llega con presteza a la deslegitimación. “El sistema político español ha dejado de ser legítimo. La sociedad española no se reconoce en él. Se avergüenza de él y, como consecuencia de ello, se avergüenza de sí misma”, sostiene el profesor Pérez Royo al realizar un diagnóstico del momento y del ambiente en que llegará al trono Felipe VI.

En ese clima enrarecido, ¿es posible dar con un punto de encuentro para concertar una regeneración del sistema que no dependa solo de los estados mayores de los partidos que constituyen el establishment parlamentario? Es de temer que no, y razones objetivas no faltan a los gabinetes de asesores que contemplan con estupor el coste político que seguramente pagará el PSOE por apoyar sin reservas el relevo en el trono. Las voces fuera del control de la dirección que se han levantado en el campo socialista para que se someta a discusión la forma de Estado incuban la simiente de la división y proporcionan munición pesada a la izquierda que se opone a la operación sucesoria. Esa es la realidad: no hay forma de predecir el precio que pagará el partido a cuenta de lo que Alfredo Pérez Rubalcaba y su equipo han entendido que es tener sentido de Estado.

Por el contrario, en el sostenella y no enmendalla ha depositado la mayoría de partidos grandes esperanzas de que cunda en las urnas. Los partidos más manifiestamente enfrentados al sistema tal cual está suman mejores resultados a cada elección que se convoca, el PP sabe que un colchón muy importante de sus votos depende de que no ceje su oposición a cualquier modificación que se entienda como una concesión al soberanismo catalán, a CiU la atenaza la presión asfixiante de disputar todos los partidos en el campo de ERC… Y así se puede seguir hasta el último rincón del Grupo Mixto para entender que, a pesar de la crisis institucional, la desafección y todas sus secuelas, nada da más y mejor rendimiento que no rectificar. Eso también afecta a la solvencia de la monarquía, porque el sistema es uno y al final todos los ingredientes forman parte del mismo caldo.

El título de una brillante crónica publicada por The New York Times el 28 de septiembre del 2012 contiene, quizá, la palabra más acertada para referirse a la necesidad más acuciante de la política española en la Zarzuela, en la Moncloa, en el Parlamento, en las autonomías y en cuantos lugares de la res publica acuden a la mente: esa palabra es redención. En aquella información publicada por el gran periódico liberal se afirmaba que el Rey buscaba “la redención para España y su monarquía”, y aunque en esta frase solemne alienta cierto dramatismo shakespeariano, quizá sea esto lo que espera la opinión pública: que los gestores del sistema lo rediman mediante una renovación en la cumbre. Pero si esta no es suficiente, entonces, ¡ay!, se avecinarán tiempos aún más borrascosos que los actuales.