El ‘efecto Trump’

La alocada acumulación de candidatos que aspiran a la nominación republicana para disputar a Hillary Clinton la Casa Blanca el 8 de noviembre del próximo año alarma al conservadurismo clásico y envalentona a los estrategas de los aspirantes menos convencionales, con el extravagante ultraconservador Donald Trump en primer lugar. Mientras la mayoría de encuestas no dejan de pronosticar que la candidata in péctore de los demócratas ganaría a cualquier aspirante republicano si hoy se celebraran elecciones, el viejo partido –GOP (Grand Old Party)– ha malgastado los dos primeros debates de sus aspirantes con digresiones absurdas, argumentos falaces y la sensación de que, en medio de la farsa, los asesores afectos al Tea Party son los que mejor se mueven. Como ha escrito Paul Krugman, “ahora tenemos unos candidatos presidenciales [republicanos] que hacen que Bush parezca Lincoln”, y que su hermano Jeb, cabe añadir, se perfile como el menos inconsistente de todos ellos.

Empujados o condicionados por el efecto Trump, si así puede llamarse, los precandidatos republicanos parecen haber llegado a la conclusión de que cuanto más a la derecha se instalen, más posibilidades tendrán en las primarias que empiezan en enero. Esa suposición choca con dos precedentes que atestiguan que, en efecto, esa estrategia vale para ganar la nominación, pero es insuficiente, cuando no dañina, para llegar a la presidencia. El error en el 2008 del senador John McCain, un republicano clásico, de unir su suerte a la de la gobernadora Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia, representante de un conservadurismo rudimentario y ágrafo, resulta tan ilustrativo como el de Mitt Romney en 2012, que formó ticket con Paul Ryan, un neocon subido al tren de la austeridad y la restricción del gasto público. Si McCain y Romney perdieron claramente frente a Barack Obama, a pesar de recluir a la ultraderecha en la vicepresidencia, ¿cuál podría ser el resultado si el candidato respondiera a los parámetros de Donald Trump o a los de alguien de su misma cuerda?

Steve Schmidt, asesor político de McCain en la campaña del 2008, cree ver en la debilidad financiera de candidatos inexpertos como Ben Carson y Carly Fiorina un vivero de votos para Donald Trump antes que para políticos profesionales como Jeb Bush, Marco Rubio, Ted Cruz o Chris Christie, integrantes del establishment republicano, aunque de los cuatro, solo Bush forma parte de la aristocracia del partido. El análisis de Schmidt parte de la idea de que los políticos convencionales, incluso los vinculados al Tea Party y opuestos frontalmente al reformismo moderado de Barack Obama, arrastran el desprestigio de las derrotas de 2008 y 2012, y su incapacidad para bloquear las iniciativas de la Casa Blanca más aborrecibles a ojos del electorado ultraconservador: la reforma sanitaria, el acuerdo con Irán, las relaciones diplomáticas con Cuba, los programas relacionados con el cambio climático y el control de las emisiones de gases, la política migratoria, etcétera. Sea o no acertado el argumento de Schmidt, lo cierto es que Donald Trump es de largo el precandidato con mayor capacidad de movilización y recaudación a pesar de la tosquedad de su comportamiento y de sus argumentos.

Lo que resulta impredecible es cuál es la capacidad de destrucción de un candidato como Trump o de un candidato como Bush sometido a las exigencias del sistema planetario de Trump. En la película Game change, reconstrucción de la campaña de Sarah Palin (Julianne Moore), John McCain (Ed Harris) le pide a su compañera de candidatura, después de reconocer la derrota frente a Obama, que no se alíe con quienes pueden destruir el partido. Hoy sigue vigente ese temor a que una derechización sin freno lo ponga en riesgo; “la profunda preocupación por mi país”, expresada en un blog por un votante republicano, coronel retirado, refleja en términos muy sencillos un estado de ánimo muy extendido entre el republicanismo tradicional.

La quincena aproximada de precandidatos que parecen dispuestos a probar suerte contribuye a sembrar la inquietud, porque salvo en el caso de Trump –las encuestas le atribuyen un apoyo ligeramente por encima del 25%–, fragmenta el voto hasta lo indecible. Con el efecto añadido de que candidatos con posibilidades frente a Hillary Clinton o frente al vicepresidente Joe Biden, si finalmente opta a la nominación demócrata, tienen en cambio poco respaldo entre la militancia del partido –por debajo del 17%–, lo que en ningún caso les permitiría obtener la nominación republicana. Así, mientras un articulista de The Washington Post se pregunta dónde están las nuevas caras de los demócratas, un editorial de hace varias semanas lamentaba la ausencia de “republicanos reconocibles” en los prolegómenos de la larga carrera a la Casa Blanca. Como si todo lo que hasta la fecha ha aportado el desafío de Trump fuese la desnaturalización acelerada del partido a causa del deseo incontenible de liquidar la herencia de Obama y abundar en las recetas más derechistas, resumidas en el mantra menos Gobierno, menos Washington.

La consolidación de algunas figuras que cree ver Joe Klein, columnista del semanario Time, detrás de la confusión que se ha adueñado del escenario, parte de la idea de que Trump se ha convertido en un pesado que distorsiona la precampaña, pero no impide que se prefigure un reparto de papeles con Ted Cruz a la derecha, Jeb Bush y John Kasich en el centro y una posición intermedia para Marco Rubio, un neocon tenaz que no recurre al vitriolo para combatir a sus adversarios. Lo malo para quienes aspiran a racionalizar la lucha es que Trump dobla las expectativas de voto de todos ellos, ninguno tiene garantizado el apoyo mayoritario de un segmento concreto de los electores del partido y, además, su fortuna personal le confiere al pesado una autonomía de la que carecen sus oponentes.

El Partido Republicano dispone del gran capital político de la mayoría en las dos cámaras del Congreso, pero corre el riesgo de gastarlo en fuegos de artificio a causa del recurso permanente al no. Quien aspira a encabezar el Ejecutivo no debe solo tener su propio programa, sino que ha de demostrar su voluntad de compromiso para acordar soluciones bipartidistas para problemas concretos, algo que forma parte de la tradición política de Estados Unidos, pero que el republicanismo apenas ha practicado durante los dos mandatos de Obama. Y aunque nada garantiza la victoria ni presagia la derrota a más de un año de distancia del día D, la coincidencia cuatrienal de la elección del presidente con la renovación de toda la Cámara de Representantes y de un tercio del Senado entraña más riesgos que las elecciones legislativas de midterm (a mitad de un mandato presidencial). De ahí, también, la alarma de los más veteranos, de aquellos que temen que el efecto Trump asuste a una parte del electorado y se quede en casa o, lo que sería peor, cambie el color de su voto.

‘Realpolitik’ a la griega

Las elecciones legislativas que este domingo se celebran en Grecia pueden ser un ejercicio de realismo político o un reflejo de la decepción acumulada por una parte de la opinión pública, movilizada por el ala izquierda de Syriza para hacer frente a las exigencias de la Unión Europea y finalmente defraudada por las condiciones aceptadas por el ala moderada del partido para disponer de los fondos de un tercer rescate. Las últimas encuestas reflejan una ventaja apenas apreciable de Nueva Democracia (derecha) frente a Syriza, resultado probable de un aumento de la abstención en el electorado progresista y de mejora de la imagen conservadora gracias a su nuevo líder, Vangelis Meimarakis. Pero prevalece la creencia en el empate técnico y en el desenlace en un pañuelo, con el resto de candidaturas condenadas a desempeñar el papel de comparsas, ocasionalmente imprescindibles si no es posible la gran coalición –Syriza no la quiere– y es viable alguna otra fórmula de Gobierno.

La mayor paradoja es que después de meses de litigio, Alexis Tsipras se ha convertido en casi imprescindible para la UE pues solo él, respetado aún por una parte considerable de las víctimas inmediatas de la crisis, puede dar garantías razonables no solo de que serán atendidos los compromisos pactados –algo por lo demás insalvable–, sino que lo serán en un clima entre moderadamente hostil y moderadamente favorable. Por el contrario, una coalición de las derechas, incluso con el aditamento improbable del Pasok (socialdemócrata), de ser suficiente –es improbable–, podría ser también el punto de partida de un nuevo periodo de agitación social. Ese es el temor de Bruselas, y no faltan pruebas de que el desencanto causado por la realpolitik no llega al extremo de desear “la vuelta de lo de siempre”, en afortunada frase de un editorialista griego.

En un artículo por demás interesante publicado en el periódico ateniense I Kathimerini (centrista) por Konstantinos Tasoulis, profesor del American College de Atenas, el autor afirma: “En esta orgullosa piedra angular de Europa, muchos ciudadanos se sienten avergonzados al escuchar los llamamientos que piden ‘dar a Grecia una oportunidad’. Parafraseando a [Nikos] Kazantakis, si Grecia se pierde, será culpa nuestra”. Al mismo tiempo, el autor reprocha que Europa haya tratado a Grecia como el garbanzo negro de la UE y a los gobiernos conservadores, haberse comportado como padres que castigan el mal comportamiento. Pero en esa doble vertiente, el comportamiento propio y el trato recibido, en la percepción de las dos caras de un mismo momento, se decidirá la elección del domingo, porque todas las debilidades, flaquezas, imposiciones e injusticias que soportan los griegos tendrían efectos aún peores fuera de la UE. O es esa al menos la creencia más extendida como parte de esa vuelta previsible, no segura, de la calle a la realpolitik.

Alexis Tsipras ha planteado la cita con las urnas como un plebiscito: a favor o en contra de su persona y de su política, convencido de que los griegos ni quieren volver al pasado, a la alternancia en el poder de partidos y familias, ni quieren rehuir su cuota de responsabilidad colectiva para sacar al país de la maraña en que se encuentra. Tsipras comparte con Tasoulis la seguridad de que los electores (una mayoría de ellos) saben que dar con la salida requiere primero aceptar que el futuro inmediato no es el deseado, pero no hay ninguna alternativa mejor. Y si es este el estado de ánimo, ¿cómo se explica el resultado del referéndum del 5 de julio, el rechazo frontal a las condiciones impuestas por la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo para un nuevo rescate?

Pareciera que aquel fue el último acto de la utopía, de la ilusión, y el de la elección de un nuevo Parlamento será el primero del realismo impuesto por los poderes de facto de las finanzas globales, aquel que causó la escisión de Syriza, menos dañina para el futuro del partido como instrumento de Gobierno de lo que se previó en un principio. “Nada diferencia hoy fundamentalmente a los partidos de gobierno en Grecia –afirma el asesor financiero Christopher Dembik–. Han aceptado el tercer plan de ayuda y se han comprometido a aplicarlo en sus líneas maestras. Serán la virginidad política y el carisma los que desempeñarán un papel primordial para impulsar una dinámica positiva”. Y en este apartado, como dice Dembik, Tsipras parte con la doble ventaja de conservar una cuota de popularidad resaltable y de no haberse visto salpicado por los escándalos que ensombrecen la historia reciente de sus adversarios.

¿Puede Unidad Popular alterar sustancialmente los pronósticos? Parece improbable que sea una misión al alcance de la escisión de Syriza concretada el pasado agosto con la formación del nuevo partido. Las encuestas le otorgan un resultado modesto, con una presencia en el Parlamento poco más que testimonial, porque la creencia de su líder, Panaiotis Lafazanis, de que puede atraer a muchos de los votantes del no en julio, que se sintieron estafados con el pacto por el tercer rescate, no tiene en cuenta la heterogeneidad del electorado. Esto es, muchos de los partidarios del no están lejos de la radicalidad de Unidad Popular; su voto fue, por así decirlo, de protesta contra las exigencias de Bruselas más que de apoyo a la línea representada hasta entonces por Yanis Varoufakis. En consecuencia, es poco verosímil imaginar un desplazamiento significativo del voto de izquierdas hacia un programa que a la postre se reveló tan atrevido como inviable frente a las exigencias inclementes de los eurócratas dictadas desde Berlín.

Después de vivir durante varias semanas el ahogo del control de capitales, de temer el hundimiento del sistema bancario y de no dar con las ventajas de la resurrección de la dracma, el primer objetivo de los votantes es garantizarse algunas certidumbres. En términos de calidad de vida y de confianza en el futuro, Grecia ha retrocedido 15 años desde que se aprobó el primer rescate, y la disposición de los grandes partidos –Syriza también– de atenerse a lo acordado con la UE, limita el alcance de las incógnitas que plantea toda elección. Y aunque una sociedad moderna puede adaptar su funcionamiento a la ausencia de comodidades, según un reportaje aparecido en The Economist, lo cierto es que después de siete meses de sobresaltos, la sociedad griega aspira a estabilizar sus biorritmos a pesar de la tasa de paro, por encima del 24%, la jibarización de los servicios públicos y los recortes en todas partes. Las grandes preguntas han pasado a segundo término; lo que realmente importa hoy es sobrevivir de la forma más decorosa posible, sin que por lo demás nadie pueda garantizar que este es el buen camino o que ni con ella –la UE– ni sin ella tienen sus males remedio.

 

El otro futuro de Europa

Ese perfil perentorio, de urgencia extrema, que tiene la multiplicación de refugiados que llegan a Europa o que pretenden hacerlo se ha agravado con las zancadillas de la reportera húngara Petra Laszlo a quienes huían en desbandada hacia ninguna parte. Porque hay otra perentoriedad que precisa ser atendida cuanto antes: llevar al ánimo de los europeos reticentes que la única solución inaceptable es perseverar en la Europa fortaleza, aquella en la que seguramente sueña el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, pero que es políticamente inviable y humanamente indefendible; desalentar a cuantos, aun condenando las zancadillas de Petra Laszlo, se oponen a que los refugiados que llaman a la puerta encuentren cobijo.

El filósofo Jürgen Habermas sostiene en Le Monde que Francia y Alemania deben ponerse al frente de las operaciones para restablecer la unidad de acción europea y respetar el imperativo categórico de asistir a cuantos huyen de las miserias de la guerra –de las guerras– y de la persecución política. La variedad de reacciones nacionales –de los gobiernos y de las opiniones públicas– revelan, dice Habermas, la complejidad de realidades muy diversas: “La antigüedad en la pertenencia a la Unión, las diferencias económicas importantes –a menudo demasiado importantes– entre países miembros y, sobre todo, las diferentes historias nacionales y las diferentes culturas políticas”. Pero esa complejidad no debe ser el pretexto o la causa que lleve al fracaso o al ensimismamiento, tan alejado del compromiso moral que se supone sigue vigente en el proyecto europeo.

Al lado de Habermas, el escritor italiano Erri De Luca establece un paralelismo entre el tráfico de seres humanos en el pasado y ahora: multitudes que se hacinan en embarcaciones precarias –“el peor de los transportes marítimos de la historia humana”– para perecer muchas veces a la vista de la costa de Lampedusa, de Malta, de Lesbos, de Kos, de tantos lugares. “Los esclavos deportados por los negreros viajaban mejor –escribe De Luca– porque eran una mercancía que se pagaba contra entrega. Si moría antes, se perdía el beneficio. Los deportados de hoy pagan por adelantado, y poco importa si llegan a destino”. La comparación es devastadora, pero hay en ella un trasfondo de verdad perturbadora, de impotencia desgarradora de Europa para afrontar el problema desde el punto de vista de las víctimas, que deben superar mil obstáculos hasta llegar a tierra firme y, ya en ella, se encuentran con otras mil barreras envueltas en una retórica política destinada a enmascarar lo dispuesto en el derecho internacional en materia de asilo y de aplicación del estatuto de refugiado.

El primer reparto de acogida decidido esta semana tendrá una efectividad limitada, porque el flujo migratorio no cesará y las actuaciones en origen, de ponerse en marcha, solo darán resultados a medio y largo plazo. La Willkommenskultur, digna de elogio, honra a los alemanes movilizados en todas partes, pero encarar el problema requiere algo más que el dinamismo autónomo de una sociedad próspera. La proliferación de iniciativas asistenciales es asimismo insuficiente para acumular recursos a gran escala. Hace falta establecer un sistema pautado que parta del hecho cierto de que Europa tiene ante sí el mayor problema de refugiados desde el final de la segunda guerra mundial, con el dato añadido de que los de hoy, a diferencia de los de la posguerra, no son europeos y las crisis de encaje surgirán enseguida y no se resolverán en cuatro días. Dicho con palabras de la periodista alemana de ascendencia yugoslava Doris Akrap en The Guardian: “¿Llegará el final de la Willkommenskultur cuando no implique solo cantar Aleluya juntos, sino ayudar a la gente a convertirse en autónoma y articular sus propios deseos?”

La pregunta de Akrap apunta a la gran incógnita de futuro: ¿cuál es la capacidad de absorción de la sociedad alemana y, por extensión, de la europea? Si Alemania ha recibido en lo que llevamos de año 450.000 refugiados y está dispuesta a llegar a los 500.000, pero no más allá, ¿cuál debe ser la hipótesis de trabajo de los demás estados de la UE si, como es de prever, el flujo migratorio no cesa? Soslayar el asunto queda tan lejos de la realpolitik como lo estuvo antes imaginar que el trasiego de refugiados en la periferia de las áreas de conflicto iba a quedarse allí, no tendría la fuerza expansiva que en la práctica tiene. Y la que tendrá en el futuro si, como más voces aceptan todos los días, es inevitable un acercamiento o negociación con Bashar el Asad ya que no es posible hablar y entenderse con el Estado Islámico, convertido en árbitro indirecto de la situación que impone su agenda por la vía de los hechos: guerra sin cuartel, sectarismo, asesinatos colgados en Youtube y una próspera economía basada en las rendijas del sistema por donde se cuelan el contrabando de petróleo y el mercado de armas.

Muchos europeos sienten que sus países están sitiados”, afirma Daniel Gros, director del Centro para Estudios de Política Europea, y tal sensación va en aumento en la medida en que los estados están lejos de dar una respuesta conjunta, global y sostenida en el tiempo. Esa sensación alimenta la propaganda de los partidos de extrema derecha, que reclaman que los refugiados sean devueltos a sus lugares de origen, y paraliza a los gobiernos, que temen ver desgastadas sus expectativas electorales ante una parte de la opinión pública potencialmente hostil a las políticas de acogida. Pero no hay otra salida que aceptar los hechos tal como son: esa oleada migratoria no es un fenómeno esporádico, un hecho aislado posible de solucionar con algo de tiempo y unos millones de euros.

Jean-Christophe Dumont, alto funcionario de la OCDE, defiende que el coste de los movimientos migratorios –de refugiados– debiera ser visto como una inversión: “A largo plazo serán comparables a los inmigrantes económicos y aportarán una contribución fiscal neta. Es decir, que pagarán más impuestos y cotizaciones sociales que las prestaciones anuales que recibirán”. Y el economista francés Thibault Gajdos se pregunta si sus compatriotas, que dejan cada año 45.000 millones de euros en la caja de la Française des Jeux, la sociedad que gestiona las loterías, no están en condiciones de gastarse 10.000 millones de euros en atender a los refugiados. Claro que detrás de las reservas de una parte de los europeos no alienta solo o principalmente la preocupación por el coste de la operación, sino un doble temor: tener que aceptar a corto plazo nuevos competidores en el mercado de trabajo y diluir la identidad cultural propia en una mezcla variopinta de identidades importadas.

Desde la noche de los tiempos, los movimientos migratorios forman parte de la historia de la humanidad al igual que las guerras, los ciclos económicos y la competencia entre imperios. Nada hay de realmente nuevo en cuanto está sucediendo salvo el dramatismo que se deduce de contemplar los acontecimientos en directo en toda clase de soportes, medios y géneros informativos. Sí es novedad esa reacción espectacular de acogida y ayuda en el continente y debiera serlo, cuanto antes mejor, la reacción coordinada, unitaria y eficaz de los gobiernos ante una situación en la que están en juego la vida y la muerte de demasiados. Ahí también está el futuro de Europa.

Vigilias ruidosas

A saber si se ha dado el salto de la política de las emociones a los fundamentalismos obsesivos que nublan el juicio y arrinconan la razón, el caso es que en las vigilias tormentosas de la campaña electoral que se avecina, previsiblemente ruidosa, se han adueñado del puente de mando los fabricantes de frases rotundas, que suministran a  los líderes políticos para que las suelten a diestro y siniestro. Nadie está dispuesto a bajar la pelota a ras de suelo –que alguien la baje gritaba Alfredo Di Stefano cuando el balón circulaba cerca de las nubes– o eso parece antes de que se abran las urnas el día 27 y Catalunya pase por ellas en medio de un clima entre confuso y estrambótico, propenso a los excesos verbales, a la demagogia y a despreciar la realidad. Las voces sensatas son inaudibles a causa del griterío y cuando alguna de ellas trata de abordar el asunto con solvencia académica es inmediatamente sometida al arbitraje destemplado de las redes sociales –a favor y en contra–, canchas ideales para que el ruido sea aún mayor.

De todo esto hay muestras sobradas en los periódicos, las radios, las televisiones, las webs y demás circuitos de la aldea global, y es de temer que el guirigay tendrá un crescendo a la medida del momento a partir de la tarde del día 11, cuando la Meridiana hará las veces de aplausómetro del independentismo o del procés. Si se toma como referencia el ambiente en las postrimerías de agosto, quedan pocas esperanzas de que se serenen los estrategas de campaña, los tribunos, los presuntos agraviados de cada bando y otras categorías de agitadores presentes en la contienda. Pásese revista a lo sucedido en un suspiro:

Jordi Sánchez dice que una Catalunya independiente quedaría fuera de la UE y debería negociar su ingreso desde cero, pero enseguida rectifica y matizan, él y su entorno, que no fue bien interpretado, que no quiso decir lo que dijo, aunque lo dijo.

Felipe González publica en El País una carta dirigida al electorado catalán y velozmente sale al quite Josep Antoni Duran Lleida con otra carta en el mismo diario. Cada uno ellos cosecha los parabienes y las críticas esperadas (el proceso no admite sorpresas).

-La Guardia Civil asoma por domicilios de Convergència y aledaños en búsqueda afanosa del 3% y la dirección del partido ve en ello una maniobra política, electoralista, de utilización de las instituciones con fines inconfesables.

-El Gobierno anuncia que tramitará una reforma de la ley orgánica del Tribunal Constitucional para que este tenga capacidad sancionadora. El propósito es que la reforma quede aprobada el 29 de septiembre, dos días después de las elecciones catalanas, por si es preciso aplicar cirugía de urgencia al proceso o contra el proceso. La oposición se lleva las manos a la cabeza y los victimistas ponen en marcha el victimismo.

Artur Mas comparece en el Parlament para explicar por qué anticipa las elecciones y para dar explicaciones por el 3%, y no encuentra mejor línea de defensa que acusar a otros partidos, no dice cuáles, de haber cobrado de Teyco (se antoja una variable ad hoc de la vieja táctica y tú más).

Salvo una milagrosa rectificación colectiva no prevista en el guion, con estos moldes es de esperar que, ya ahora, los autores de los argumentarios –¡qué palabro!– de todos los partidos, coaliciones y candidaturas hayan puesto manos a la obra para presentarse como vencedores la noche del 27, solos o en compañía de terceros, sea cual sea el resultado. Sobra decir que no todos pueden ganar, menos cuando unos se dan por satisfechos con tener mayoría de escaños, otros exigen que solo la mayoría de votos otorgue la victoria, y aun hay quienes entienden que, salga lo que salga, no quedará otra que negociar una salida airosa en la que imperen la prudencia y la razón. Pero la tentación de cantar victoria será tan poderosa que cuesta imaginar que alguien reconozca haber perdido.

O puede que no. Puede que la multiplicación de declaraciones en la Unión Europea de aquí al 27 sea más efectiva que cualquier otro mecanismo de rectificación imaginable. El significado de las palabras de Angela Merkel en Berlín al final de la visita de Mariano Rajoy no admite dudas: Europa entiende que los estados-nación son los actores políticos de la Unión y todo cambio debe atenerse a la ley. Puede gustar más o menos, ser más o menos justo y aceptable, pero así están las cosas. Colegir de lo dicho por la cancillera que no está en contra “de lo que supone el 27-S” (Neus Munté) es una falta de realismo que bordea la manipulación. Lo dicho por Merkel ni es ambiguo ni confuso, sino un gesto político cuyo significado no da pie a barrocas interpretaciones. Ni puede medirse con el mismo rasero que la alarma expresada por la patronal Foment del Treball ni puede atenderse con la misma actitud con que se acoge el diagnóstico de un jurista tan experimentado y prestigioso como Jean-Claude Piris: “Desde el punto de vista de los dirigentes de muchos estados miembros, como Reino Unido, Francia, Italia, Bélgica, etcétera, nadie va a defender esa posición [la de los promotores del proceso], sería tanto como arriesgarse a abrir la puerta a un posible contagio y provocar problemas políticos internos, por no hablar de los estados que se han negado a reconocer a Kosovo por razones parecidas (Chipre, Grecia, Rumanía, Eslovaquia)”. Y la declaración de Merkel no se puede aquilatar de igual forma que otras porque no es un dictamen técnico, sino un compromiso político público y sin reservas de la gobernante más poderosa de la Unión Europea, que influye en todos los ámbitos de la organización para bien y para mal (pregúntese a los griegos).

Sería tranquilizador que los argumentos de autoridad puestos a disposición del electorado fueran los que se desprenden de solventes trabajos académicos y sería asimismo un tributo a la serenidad que se fuese respetuoso con el significado de las palabras. Pero al prevalecer la propaganda política y la simplificación de conceptos, resulta más eficaz o ilustrativo para el debate en curso una frase de Merkel que el libro de Josep Borrell y Joan Llorach, que induce a reflexionar sobre Las cuentas y los cuentos de la independencia, o El llarg procés, la esclarecedora digresión histórica de Jordi Amat. Cuando unas elecciones autonómicas como las del día 27 mutan en plebiscitarias o Xavier García Albiol, que no es diputado, se presenta en el Congreso de acompañante de Rafael Hernando en el momento de presentar el proyecto de reforma de las atribuciones del Tribunal Constitucional, es que la veda de la mixtificación se ha levantado oficialmente y, en ese trance, entrar en detalles es menos efectivo que la escueta sintaxis de Angela Merkel.

Si alguien creyó alguna vez que un gran Estado de la Unión Europea podía ser desairado por algún otro gran Estado, o frecuenta poco Bruselas o cree con una fe inasequible al desaliento que cuenta con recursos suficientes para superar todos los obstáculos sin sufrir grave daño. Lo primero es un error de escala fácilmente remediable; lo segundo es un caso de autosuficiencia injustificable. Todos los juegos de manos destinados a presentar la continuidad de Catalunya en la Unión Europea como algo remediable y a bajo coste están tan alejados de la realidad como la creencia del Gobierno de que tiene un cheque en blanco para utilizar la Constitución como un arma arrojadiza contra algo que, como señalan las encuestas y se verá en la Meridiana, moviliza a una multitud (el último sondeo del CEO otorga un 42% al independentismo).

Al final, quizá todo se reduce a dos nacionalismos antagónicos, el catalán y el español, que han llegado a la infeliz conclusión de que cuanto más enconamiento más votos –cuánto peor, mejor, en la escuela clásica–, así en el 27-S como en el domingo de diciembre que se celebren las elecciones legislativas españolas. En medio, en tierra de nadie, quedan los estupefactos, los equidistantes, los sorprendidos y los hartos por esa disparatada transformación de la política en un diálogo de sordos, en un entremés o en un sainete, en un tan estéril como aparatoso intercambio de declaraciones a cual más altisonante o desdeñosa con el rival. Diríase que, sin darnos cuenta, hemos pasado del golpe de Estado permanente, que François Mitterrand atribuyó al general Charles de Gaulle, al disparate diario, que nadie se atribuye, pero que asoma por todas partes acompañado de los peores presagios.