En nombre de la guerra

La catarsis de La Marsellesa sirve para encauzar la política de las emociones en la vía pública o en un estadio, pero tiene fecha de caducidad; cohesiona inmediatamente después de recibir el golpe, pero oculta la verdadera dimensión del desafío que enfrenta Francia desde la noche del día 13 y, con toda seguridad, el resto de Europa. Lo mismo sucede con el recurso habitual a la palabra guerra: el término enmascara todo aquello que más allá del recurso a las armas se antoja más eficaz y duradero, más equilibrado y sostenible que un mero acto de fuerza. Llamar a la guerra también forma parte de la política de las emociones, aunque los atentados sean, grosso modo, actos de guerra que han costado 130 vidas y han sembrado en París, y desde allí en toda Europa, un sentimiento de inseguridad antes nunca visto. Plantear el falso dilema entre seguridad y libertad es, asimismo, fruto de la política de las emociones, cuando no del oportunismo conservador, que pretende aprovechar el momento para hacer realidad una vieja utopía –distopía, más apropiadamente– que figura de forma encubierta o explícita en muchos programas, no solo de partidos de extrema derecha: ganar en seguridad justifica perder en libertad.

Cuando en sociedades equilibradas por una larga tradición democrática se toma la decisión de suspender un partido de fútbol o de cancelar un concierto, la impresión es que la política de las emociones es la única que se ajusta a la realidad, pero se trata de un espejismo. La política de las emociones no aporta soluciones duraderas, sino que enturbia el análisis con hipótesis de futuro sin apenas fundamento. El desafío plateado por el Estado Islámico o Daesh obliga a internarse en un laberinto político real, del que nadie conoce la ruta de salida, pero que a largo plazo solo admite una solución política que atienda a las exigencias de seguridad de Europa, a las circunstancias políticas en Siria e Irak y, de forma más amplia, a la situación en el orbe árabe-musulmán. Bombardear Raqa, declarar el estado de urgencia y anunciar una reforma constitucional, como ha hecho el presidente François Hollande, tiene un coste elevado y ni siquiera sirve para serenar los espíritus de una opinión pública desorientada y asustada.

Mientras la derecha francesa jalea a cuantos exigen mano dura y pocas contemplaciones –y quizá Hollande quiere neutralizarlos con la proclamación de que Francia está en guerra–, el diario Le Monde ha resumido la situación así: “¿De esta forma se vencerá al yihadismo? No es preciso mentir a la opinión pública. No será suficiente desmantelar la logística paraestatal del EI. Puesto que pone de relieve una patología propia del islam, puesto que es una ideología totalitaria, el islamismo será ante todo derrotado por los musulmanes”. De la historia reciente se desprende esta certidumbre y aun otra: seguir los pasos de George W. Bush a partir del 11-S –ya se acusa a Hollande de ello en algunos foros– lleva directamente a la frustración y al fracaso.

No hay atajos ni vías de escape posibles. Recurrir al ingenio para poner en circulación neologismos –así fascislamismo (Bernard-Henri Lévy)– apenas tiene efectos reconocibles sobre el drama. Incluso tiende a falsear la realidad, a proyectarla sobre espejos deformantes como los que hubo en el callejón del Gato (Luces de bohemia, Ramón María del Valle-Inclán). Hay que comprender a qué obedece todo, en París o en la capital de Mali, sacudida por una carnicería en un hotel. Es más fructífero, aunque menos llamativo, abrazar la realidad, fajarse con los datos y recurrir a la historia como ha hecho el filósofo Edgar Morin (94 años) para precisar cuál es la profundidad del problema:

-La fuente de inspiración del Daesh es endógena del islam. Los yihadistas constituyen “una minoría demoníaca que cree luchar contra el demonio que es Occidente”. Pero Estados Unidos actuó como un aprendiz de brujo al liberar al genio de la lámpara con las intervenciones en Afganistán e Irak.

-Los bombardeos de Occidente causan también “matanzas y terror: aquello que golpean drones y bombarderos no son principalmente militares, sino población civil”.

-La victoria sobre el Daesh no se logrará solamente con la paz en Siria, “sino también mediante la paz en las banlieues”. “Nada se ha hecho de forma continuada y en profundidad para una verdadera integración en la nación a través de una escuela que enseñe la naturaleza histórica de Francia, que es multicultural, y en la sociedad a través de la lucha contra la discriminación”, escribe Morin.

Frente a las corrientes de opinión que lo fían todo o principalmente a la solución militar se alzan las voces de quienes reclaman un mecanismo de pacificación para Oriente Próximo, con puntos de partida muy parecidos a los de Morin: esencialmente, el reconocimiento y la rectificación de los errores cometidos en Irak, Siria y otros lugares, pero también en suelo europeo. Eso incluye preguntarse por la viabilidad futura de Irak, por el papel –dudoso– que puede desempeñar Bashar el Asad en un desenlace político consistente en Siria, por las contradicciones inherentes a una gestión internacional de la crisis que incluya a Estados Unidos, Rusia, Irán y Arabia Saudí, actores necesarios e ineludibles. Eso incluye, también, preguntarse seriamente cuáles son las líneas rojas que en ningún caso deben traspasarse en nombre de la seguridad, mejor dicho, en nombre de una falsa idea de seguridad.

Los errores encadenados para no alterar el statu quo en Oriente Próximo han dado pie a situaciones tan chocantes o preocupantes como el silencio sepulcral en Wembley durante el minuto de silencio por las víctimas de París y, a la misma hora, los silbidos y los gritos de Alá es grande mientras se hacía lo propio en un estadio de Estambul. Hay en el islam, al menos en una parte de él, un sentimiento de agravio, una atmósfera viciada por la herencia colonial, por la epopeya palestina, por la invasión de Irak, por la sujeción a los intereses de Occidente; una atmósfera potenciada y aprovechada por los predicadores del califato y de la necesidad de volver al pasado. Nadie puede poner en duda la gravedad y la profundidad social de tal fenómeno.

Estos mismos errores han desencadenado desastres irreversibles como la destrucción de Siria, Irak, Yemen y Libia y han llenado de incertidumbres indescifrables el futuro de Turquía, Egipto, Afganistán y puede que Pakistán. No es un panorama alentador para remitirse cada cinco minutos a la guerra y olvidar otros factores y frentes de actuación: mejorar la labor de inteligencia, poner en práctica mecanismos de cohesión social en las grandes ciudades europeas, cambiar el vínculo económico y político de Europa con los regímenes de los países de mayoría musulmana, lograr que las estrategias rusa y estadounidense en Oriente Próximo dejen de ser las dos versiones de un misma, estéril y peligrosa rivalidad a las puertas del infierno, más allá de las cuales toda esperanza carece de sentido, según los versos de Dante en La divina comedia.

La conmoción causada por los atentados de París no puede ser la excusa o la ocasión propicia para convertir la seguridad de los ciudadanos, un derecho que deben garantizar los poderes públicos, en el pretexto para degradar la democracia, consagrar la venganza como principio de la acción exterior y militarizar un conflicto de gran complejidad, de naturaleza política y social, hasta convertirlo en la versión actualizada del choque de civilizaciones. Los valores cívicos transmitidos por la cultura francesa y la memoria de los muertos merecen que el desenlace sea menos sórdido.

Reclamaciones de Cameron a la UE

Después de saberse el punto de partida de David Cameron para defender el mantenimiento del Reino Unido en la Unión Europea vuelve a tener sentido la pregunta tantas veces formulada: ¿qué es menos deseable: la aceptación por la UE de las exigencias británicas o una UE sin los británicos? Y lo es porque el premier ha abierto la precampaña del referéndum del 2017 que deberá decidir la permanencia o no del Reino Unido en la UE presentando a Bruselas una serie de condiciones o modificaciones en las relaciones británico-comunitarias que interesan el acervo jurídico paneuropeo y, al mismo tiempo, desnaturalizan futuras etapas en la construcción política de Europa. Así sucede en los campos de la libre circulación de personas, de la relación de la economía de la libra con la del euro y en los atributos administrativos y de Gobierno de las instituciones europeas so pretexto de que las cesiones de soberanía deben acabarse.

La realidad es que Cameron se comprometió en su momento a convocar un referéndum que desea ganar, pero que, en parte por convicción propia y en parte por la presión del euroescepticismo histórico británico –más el posmoderno del UKIP–, ha de plantear como una disputa con la UE de la que salga vencedor con algunos triunfos para contrarrestar la brega de sus adversarios. “La jugada es enormemente arriesgada”, opina el profesor Christopher Tulloch, de la Universitat Pompeu Fabra, quizá porque el primer ministro cree equivocadamente que “puede manejar las cartas de la misma manera que las jugó en Escocia” con ocasión del referéndum independentista. Esta vez la historia va en contra de la propensión de Cameron a practicar las habilidades propias de un judoca, adiestrado para aprovechar la fuerza de sus contrincantes en beneficio propio.

A diferencia de John Major, que entendió que no podía condicionar permanentemente la política europea al toque británico, el conservadurismo que ganó con extraordinaria holgura las últimas elecciones legislativas entiende que es la hora de poner condiciones a la UE. El objetivo es preservar la unidad del partido, con un bloque de euroescépticos nada desdeñable –quizá más de cien diputados en la Cámara de los Comunes– y, de paso, dejar sin argumentos al correoso Nigel Farage, el líder del UKIP, tan propenso a la demagogia como imprevisible. No hay nada genuinamente nuevo en el programa de Farage, sino más bien una remisión al pasado, a aquella creencia muy extendida durante la era victoriana de que todo lo no británico era por lo menos sospechoso, se tratase de una manufactura o de un programa político, pero sigue teniendo aceptación y resonancia en la Inglaterra profunda, más alejada de Londres mentalmente que físicamente.

“En realidad, el referéndum será sobre nuestra identidad nacional”, ha escrito Rachel Sylvester en las páginas del muy conservador The Times. O, lo que es lo mismo, desde el conservadurismo histórico se ve la europeización de la política y la economía como una desnaturalización del toque británico. Como si, frente a la intromisión de los europeos, aún fuese posible publicar titulares como el que apareció en un periódico de Londres el 22 de octubre de 1957 a raíz de un episodio de niebla muy espesa en el canal de la Mancha: Heavy fog in Channel. Continent cut off (Densa niebla en el Canal. El continente, aislado). Si en 1957 el titular podía entenderse como una boutade o una extravagancia ocurrente, hoy se consideraría un gesto de suficiencia injustificable a pesar del peso de la libra, de la influencia de la City y de la densidad histórica del vínculo atlántico por no decir hermandad atlántica (la sintonía de Londres con Washington).

El general Charles de Gaulle, tan conservador como nacionalista, astuto y culto, entendió con admirable anticipación cuál sería el papel del Reino Unido en el seno de la Europa unida esbozada en el tratado de Roma, y así se opuso con obstinación a su ingreso en lo que entonces se conocía como Mercado Común. Esa incomodidad manifiesta y permanente de atenerse a la política comunitaria, unida a la fidelidad británica a la política europea de Estados Unidos, fue adelantada por el general, y cada vez que ha surgido el desacuerdo o el desapego británico a los designios europeos se ha hecho memoria de los vaticinios gaullistas. El presente no es una excepción y el recuerdo del general no está de más.

“Si este es el modelo del primer ministro tory ofreciendo la paz para nuestro tiempo, preparémonos para la guerra civil”, afirma con fina ironía Rafael Behr en The Guardian, un periódico de tradición progresista y europeísta. En la carta de Cameron a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, donde se detallan los cambios que desea introducir en el estatus británico en la UE, el articulista adivina varias maniobras al mismo tiempo encaminadas a neutralizar a los antieuropeístas y euroescépticos de su propio partido y a desmovilizar a una parte del electorado del UKIP. En suma, en la pretensión de revisar la europeidad del Reino Unido ve Behr algo por demás repetido: desactivar el Brexit y los riesgos que conlleva. Claro que si Cameron no consigue acallar a los díscolos se expone a llegar al día del referéndum con la opinión pública dividida y, lo que sería aún peor, con el establishment conservador fragmentado y su liderazgo sometido a discusión.

En Bruselas está muy extendida la impresión de que la propuesta del primer ministro no tiene cabida en la ordenación de la UE, pero, en cambio, un semanario con tanta audiencia como The Economist se atreve a titular así uno de sus análisis: David Cameron está jugando bien una mala mano elegida por él mismo. El problema real es que, como se reconoce en el artículo, el primer ministro debe lograr un acuerdo que mantenga equilibrada la balanza entre quedarse e irse, y ese equilibrio topa de entrada con dos grandes obstáculos: la suspicacia de los europeístas continentales, que consideran incompatibles los tratados de la UE y las exigencias de Cameron y, al mismo tiempo, la convicción de los euroescépticos británicos de que ninguna alternativa es mejor que dejar la UE. Y si es posible que un retoque meramente cosméticos del estatus británico sea aceptable para el europeísmo militante, nunca lo será para los partidarios del repliegue a las islas o para quienes, más contenidos, transigen con permanecer en la UE si se deja de veleidades políticas –institucionalizar y reforzar la unión política– y se limita a ser una zona de libre cambio con mecanismos reguladores comunes.

El historiador Tony Judt dejó escrito en Posguerra: “Europa no es tanto un concepto geográficamente absoluto –que define dónde se encuentran un país o un pueblo– como relativo, es decir, aquel en el que sus habitantes se sitúan con relación con los demás”. En el Reino Unido, en lo que cabe considerar cultura espontánea de muchos británicos, ese sentimiento de pertenencia europeo es difuso, cuando no, inexistente. Es difícil discernir si la crisis ha revitalizado o no tal sensación o estado de ánimo, pero los casi cuatro millones de votos logrados por el UKIP en las últimas elecciones certifica que sigue muy vivo y la apuesta de Cameron no está exenta de riesgos si la política de los sentimientos o la demagogia populista se imponen al realismo y la visión de futuro que guiaron los pasos de Edward Heath, conservador, al negociar la adhesión hace más de 40 años.

 

Otra conspiración vaticana

El llamado Vatileaks 2, que sacude los cimientos de la Iglesia católica y pone a prueba la resistencia del papa Francisco ante sus adversarios –¿acaso sus enemigos?–, certifica la capacidad de maniobra nada santa de los cuervos que sobrevuelan la plaza de San Pedro. Frente al argumento, quizá ingenuo, de que la publicación simultánea de Vía Crucis, de Gianluigi Nuzzi, y de Avaricia, de Emilio Fittipaldi, echa un cabo al Papa, surge el más sensato de cuantos entienden que con filtraciones escandalosas salen beneficiados en primera instancia los poderes fácticos vestidos de púrpura que pretenden transmitir la imagen de que el gobierno de la Iglesia está fuera de control. Es poco probable que en la tradición conspirativa de los pasillos vaticanos quede espacio para las ayudas desinteresadas, los favores sin contrapartidas, se trate de un cardenal muy bien relacionado, de un ecónomo con oficio (monseñor Lucio Ángel Vallejo Balda, bajo arresto) o de una profesional de las relaciones públicas (Immacolata Chaouqui).

Las filtraciones no ayudan a Francisco porque, como dice Ezio Mauro, director del diario progresista italiano La Repubblica, la pretensión de los acosadores de Jorge Bergoglio es “poner en discusión la autoridad del Papa y de su pensamiento”. Pudiera decirse que su ideología, aunque en puridad la suya y la de quienes de él disienten debiera ser la misma o solo divergente en lo secundario, en lo accesorio, en todo aquello que queda fuera del magisterio. La reproducción de frases textuales de Francisco pronunciadas en la residencia de Santa Marta –“si no podemos custodiar el dinero, que se ve, ¿cómo podemos custodiar el alma de los fieles, que no se ve”– lleva la discusión al muy prosaico terreno del IOR, conocido como banco del Papa, al de los paraísos fiscales, al de los gastos suntuarios –el cardenal Tarcisio Bertone y otros menos renombrados–, a esa muy extendida creencia hasta fecha recentísima de que la Ciudad del Vaticano es un Estado-negocio ajeno a lo que la grey espera de sus pastores. Y en esa discusión desaparecen el mensaje, la doctrina, el dogma, el compromiso con los más vulnerables y se obliga a Francisco a encararse con los rostros más torvos de los privilegios del poder y del dinero.

Si la pretensión de Francisco era actuar con discreción y determinación, las dos cosas al mismo tiempo, estos dos libros escritos a partir de filtraciones seguramente muy interesadas lo hace del todo imposible. Lo afirma L’Osservatore Romano en uno de sus comentarios de la última semana: “Hay que evitar del todo el equívoco de pensar que esto es una forma de ayudar a la misión del Papa”. Por el contrario, los acontecimientos de hoy siguen la misma línea argumental que los de un ayer muy cercano, los días de Benedicto XVI, que dejó la silla de Pedro por falta de fuerzas, pero también de apoyos suficientes para seguir en la brega. Basta repasar la rumorología circulante de los últimos meses –una supuesta enfermedad del Papa–, el escándalo de la homosexualidad y la resistencia del último sínodo a dar su beneplácito a un documento sobre la familia menos contenido que el finalmente aprobado para concluir que este Vatileaks 2 no es más que la necesaria continuación del primero para forzar una reforma meramente lampedusiana del gobierno de la Iglesia católica.

La tentación de decir que Francisco ha topado con la Iglesia es muy grande, pero es más exacto afirmar que el Papa se debate entre dos mandatos concretos, aunque de naturaleza diferente: el salido del cónclave que le eligió –una reforma ma non troppo– y el que se ha fraguado como resultado de la popularidad del cura Bergoglio y de su disposición a escuchar. El profesor Massimo Faggioli, de la Universidad de St. Thomas en Minesota (Estados Unidos), lo explica en un artículo recogido por la versión italiana de The Huffington Post, donde empieza por reconocer que no hay nada nuevo en los escándalos de la Curia, a la que otorga la categoría de género literario: “Lo nuevo es –escribe Faggioli– la relación entre el Papa y la Curia romana, algo que no depende de los detalles relativos a esta o aquella revelación contenida en los documentos filtrados. Se trata de cuestiones sobre las que Bergoglio actúa por mandato casi explícito del cónclave que lo eligió: la reforma de la Curia, la transformación del IOR, la depuración de cuantos en la Iglesia a todos los niveles manejan grandes cantidades de dinero”. Lo que realmente perturba la relación es cuanto hace Bergoglio fruto de la popularidad acumulada durante los dos primeros años de pontificado, “asuntos sobre los que el papa Francisco actúa más allá o sin un mandato explícito procedente del cónclave”.

“El Papa empieza a dar miedo”, se dice que reconoció en petit comité un integrante de la Curia. El cardenal Francesco Coccopalmeiro, presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos (ministro de Justicia), ha sido más explícito: las reformas que promueve Francisco afectan a las relaciones del Vaticano con otros poderes terrenales. Dicho por el profesor Faggioli: para el primer Papa “plenamente posconciliar”, la separación entre teología e institución es muy claro, y “una reforma de la Iglesia en sentido conciliar, del concilio Vaticano II, significa también cosas muy concretas y tangibles, como por ejemplo la gestión del dinero y la relación entre Iglesia y política”.

Al final, lo que ha hecho del suelo vaticano un campo de minas es la decisión de reducir la distancia entre la prédica en el púlpito y la vida principesca de algunos monseñores, entre los desposeídos que nada tienen y las finanzas globales. Algo que, con frecuencia, suena mejor en los oídos de muchos no creyentes –así José Mujica, expresidente de Uruguay y ateo– que en los de los instalados en una institución resplandeciente, con un patrimonio universal de valor incalculable, pero con dudas cada vez mayores sobre el comportamiento cotidiano de jerarcas opulentos, ellos sí, fuera de control. Al final, como tantas veces desde tiempo inmemorial, los pasillos vaticanos cobijan una lucha por el poder, una guerra de trincheras desencadenada por quienes se afanan todos los días para preservar sus privilegios en nombre de una mezcla heteróclita de tradición, digresiones teológicas y citas evangélicas.

Mientras el Papa deplora el “apego al dinero” de parte de la jerarquía, en los despachos se desarrolla un combate sin tregua entre la reforma necesaria y los partidarios de no ir más allá de un tratamiento cosmético, de un lifting encaminado a rejuvenecer el rostro y poco más. El vaticanista Giancarlo Zizola, ya fallecido, publicó en el 2009 Santidad y poder, dedicado al pulso milenario entre la Curia y el Papa, siempre con la potestas en primer plano. “Ratzinger transforma la teología en poder”, escribió Zizola, pero ni siquiera este don para la alquimia bajo el baldaquino de la basílica de San Pedro fue suficiente para neutralizar la fronda desencadenada por los documentos filtrados. Y si fue así entonces, tampoco ahora es suficiente la aceptación popular de Francisco para domeñar los poderes fácticos, porque a diferencia del Papa alemán, producto clásico de la máquina administrativa e intelectual del vaticano, el Papa argentino no cuenta con más recursos que su disposición a pilotar la nave y llevarla al puerto por él elegido con la ayuda, seguramente determinante, de la Compañía de Jesús, a la que pertenece, punto de encuentro de algunas de las cabezas más brillantes del orbe católico.

Se subraya con alguna frecuencia que el Papa es el último monarca absoluto, máxima expresión del poder entendido como un atributo personal e intransferible hasta el día de su muerte o de su renuncia. Siendo esto cierto, no lo es menos que dispone de tal poder como resultado del pacto que se fragua en la elección del cónclave, del reparto de fuerzas entre las diferentes visiones (bien pudiera utilizarse el término facciones). Y en las alianzas que llevan a un cardenal a convertirse en Papa hay mucho de transacción política, de arreglo entre tendencias, muchas veces enfrentadas o enemistadas. Bajo los frescos de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina se tejen complicidades cuya vigencia decae en cuanto el elegido se sale del guion acordado, va más allá de él. Quizá Francisco ya haya cruzado el Rubicón.