Esperando a Marine Le Pen

Los resultados obtenidos por el Frente Nacional (FN) en la primera vuelta de las elecciones regionales celebradas en Francia el día 6 no hicieron más que confirmar que Marine Le Pen, más pronto que tarde, puede ser una candidata con posibilidades reales de ganar la presidencia de la República. El hecho de que la abstención llegase el último domingo al 50%, voto más voto menos, y el vaticinio de las encuestas para la segunda vuelta de este fin de semana, que otorgan a la derecha y a la izquierda tradicionales capacidad de reacción para moderar la victoria de la extrema derecha, son datos insuficientes para no admitir que el viento sopla de popa en el campo ultra mientras que para sus adversarios sopla de frente. El cansancio político se ha adueñado de una parte de la Francia profunda, de aquella que ve con desconfianza, cuando no con temor, la articulación de una sociedad multicultural, con riesgos cada vez mayores de fractura, con el pacto republicano puesto en discusión por minorías cada día más activas, menos dispuestas a asumir como propios los valores constitutivos de la nación.

Nada de eso es poca cosa en una comunidad poseída históricamente por el debate político y el don de la palabra. De ahí la sorpresa de muchas voces que critican a los socialistas y a los seguidores de Nicolas Sarkozy, su propensión a las soluciones de emergencia cuando se tuercen unas elecciones y su nula disposición a analizar qué sucede en Francia hoy sin perderse en estériles discusiones ideológicas o, lo que es peor, en rectificaciones sobre la marcha encaminadas a neutralizar a la extrema derecha mediante propuestas inspiradas en la prédica ultra. Así los republicanos de Sarkozy, con su conservadurismo extremo, y así también el insistente recurso de François Hollande a la palabra guerra a partir del ataque terrorista de París del 13 de noviembre.

“A riesgo de parecer ciegos y sordos, el primer ministro [Manuel Valls] y el presidente de los republicanos [Nicolas Sarkozy] han cerrado secamente la puerta a todo examen de conciencia inmediato y se han parapetado en su postura de ‘mejor fortaleza’ ante el Frente Nacional”, se afirma en un editorial del diario progresista Le Monde. No hay sitio para la autocrítica, todo se aplaza hasta después de la segunda vuelta, pero entonces, habida cuenta de que las elecciones regionales apenas atraen el interés de los electores, es improbable que alguien vaya más allá de la retórica. Mientras, Marine Le Pen pronostica que el auge de los suyos contaminará el comportamiento electoral de otros países hasta poner en jaque la idea misma de la unidad europea, que la extrema derecha, ultranacionalista y xenófoba, denuesta mañana, tarde y noche.

Nadie puede llamarse a engaño: Francia es uno de los pilares esenciales del proyecto europeo y Martín Schulz, presidente de la Eurocámara, está en lo cierto cuando afirma que la multiplicación de resultados como los de Francia pone en peligro la construcción europea. La suposición expresada por Sarkozy en el periódico conservador Le Figaro de que los suyos “son la única alternativa creíble” resulta tan discutible como el convencimiento de Valls de que el posibilismo del Gobierno corregirá la tendencia de un electorado cada día más alejado de las fuerzas convencionales, de las que creen, quizá equivocadamente, que serán ellas las que se disputarán la jefatura del Estado la primavera del 2017.

Hay suficientes instrumentos de análisis sobre la mesa para pensar que el futuro puede ser muy otro. Después de los impactos de la diversidad cultural, de la zozobra de la crisis económica y de los síntomas de fractura social, el periodo transcurrido entre el atentado contra Charlie Hebdo y la noche de pesadilla del 13 de noviembre, más la crisis de los refugiados y la concentración de simpapeles en Calais, han llenado de argumentos el zurrón de la demagogia populista del Frente Nacional, en una atmósfera de inseguridad colectiva y de crisis de identidad. Si se dijo en el 2002, cuando Jean-Marie Le Pen disputó el sillón del Eliseo a Jacques Chirac en la segunda vuelta de la elección presidencial, que el éxito del líder ultra respondía a la reacción de una sociedad envejecida y asustada por un futuro incierto, ¿qué decir hoy, a qué atribuir ese lento, pero permanente afianzamiento de Marine Le Pen como cabeza visible de un segmento social cada vez más amplio?

Una respuesta verosímil se encuentra en el reportaje publicado por el semanario de izquierdas L’ObsLe Nouvel Observateur para los clásicos– antes de la primera vuelta de las regionales. Consistió en una recopilación de las opiniones de doce nuevos electores del FN que dio pie a una conclusión de quien lo firmaba: “De entrada, su carburante, el motor de sus sentimientos, aquello que los arroja en brazos de Marine Le Pen, ha quedado desvelado: el miedo. Siempre, en todas partes”. En el último número del mismo semanario, Jean Daniel llama a votar para evitar que cambie completamente el rosto de Francia, para que no quepa preguntarse a partir del lunes, “al cruzarse con alguien en la calle, si él es o no un elector del FN”. Pero el miedo está ahí y el escepticismo también, ese estado de ánimo que induce a muchos a quedarse en casa y a entender su ausencia de las urnas como un castigo al establishment.

Otra respuesta verosímil se oculta detrás de la campaña de relaciones públicas emprendida por la líder de la extrema derecha para limar las aristas más cortantes del programa de su partido y para alejarse de la figura de su padre, compendio absoluto del peor pasado de Francia. El Frente Nacional ha dejado de tener a ojos de muchos el perfil ominoso de la extrema derecha; se ha convertido en una formación nacionalista conservadora, con algunas inquietudes sociales y dispuesta a poner a salvo de la globalización, de la unidad europea, de la multiculturalidad y del mestizaje los rasgos esenciales de Francia. Se ha despoblado a ritmo constante el bando de cuantos, desde diferentes registros ideológicos, creen que la llegada de Marine Le Pen a la presidencia cambiaría el ADN de la República más allá de todo cálculo; la hija de Jean-Marie Le Pen no es la figura exótica que fue su padre desde 1974, cuando se presentó por primera vez a unas presidenciales, y hasta el 2002.

A muchos a quienes el futuro les inspira miedo, el Frente Nacional no se lo da. Por el contrario, ven en él la estabilidad emocional y cultural que asocian con el pasado, cuando debates aventados hoy por todos los partidos como los silbidos durante la interpretación de La Marsellesa en un campo de fútbol, el uso del velo, la discriminación social o la islamofobia, por citar solo algunos, apenas traspasaban los muros de los recintos académicos. Y esos añorantes del pasado esperan que la primavera del 2017 sea la de Marine Le Pen, la de su llegada al Eliseo para preservar la nación de quienes están dispuestos a disolverla, suelen decir, en un universo que les resulta indescifrable.

Ceremonia de tránsito en Venezuela

La determinación del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, de seguir con el programa bolivariano sea cual sea el resultado de las elecciones legislativas alarma a la oposición y pone en guardia a los adversarios del régimen fundado por Hugo Chávez, pero no deja de ser un síntoma inequívoco del agotamiento del modelo. Al parapetarse detrás de la memoria del gran ausente, en un gesto característico de los populismos en circulación, el establishment poschavista da la razón o eso parece a cuantos dentro y fuera del país piensan que el experimento no da más de sí, que solo le queda recurrir a la épica de la resistencia, de enrocarse en sus propias convicciones sin atender a la reacción de la calle, a los riesgos cada vez mayores de fractura social, a la quiebra económica y al veredicto de las urnas.

La efervescencia en los medios y la controversia sobre el rumbo que debe tomar la revolución si el escrutinio da el triunfo a la oposición encuadrada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD) –pronóstico de las encuestas– alienta el debate sobre el compromiso del bando bolivariano con los usos democráticos. Al mismo tiempo, el debate ensombrece o empequeñece la debilidad poselectoral que se atribuye a la MUD a causa de su diversidad y de la pugna no extinta entre personalidades a menudo incompatibles. De tal manera que el entorno de Maduro no solo no ha sabido explotar en su beneficio tal circunstancia, sino que ha permitido a los interesados –democristianos, socialdemócratas, liberales, diferentes izquierdas decepcionadas– soslayarla y exacerbar la crítica al madurismo, si así puede llamarse, en especial a partir de la condena impuesta a Leopoldo López al final de un proceso preñado de sospechas.

“Esto no es la fiesta del Chivo [Leónidas Trujillo, dictador dominicano] ni la de Blas [canción popular en los 60], pero todos pretenden colearse [adelantarse a alguien quitándole el puesto en una fila]. El 7 de diciembre, víspera de aquel 8 de luna llena [primera victoria de Chávez], el pueblo celebrará, mientras los entrometidos de todo el mundo sufrirán la decimonovena resaca que les provoca la soberana patria de Bolívar y Chávez”, escribe Earle Herrera en Últimas Noticias. Pero esa ensoñación, esa victoria presentida o deseada está lejos del vaticinio de los sondeos y, en consecuencia, presagia un pospartido lleno de tensiones en el tránsito de las ilusiones a la realidad.

Si hasta ahora las limitaciones del sistema –desabastecimiento, inseguridad, inflación, entre otros– han tenido una repercusión limitada en los comportamientos políticos de la calle, todo puede cambiar a poco que se resquebraje el mito del chavismo invencible, sostenido por los desheredados. Maduro carece del poder de convicción, de movilización y de resistencia que demostró tener Chávez, y que varias veces atenuó el descontento de una clase media urbana exhausta. El trono de Chávez sigue vacío más allá de los formalismos del poder, y han bastado menos de tres años para dejar en evidencia las limitaciones de su sucesor, transmutado con demasiada frecuencia en caricatura extemporánea del fundador del régimen bolivariano.

Ese tránsito de las ilusiones a la realidad puede realzar el perfil depresivo del momento, la esperanza poco fundamentada puesta por los ideólogos del poschavismo en una pronta subida, poco menos que milagrosa, del precio del petróleo en la franja de los 70-80 dólares el barril (ahora se mueve alrededor de los 45 dólares; Chávez soñó en el 2008 que llegaría a los 200 dólares). Las proyecciones son muy otras, aunque en Caracas se esgrima como un acto de justicia histórica el ascenso de la cotización del oro negro. El clima en la OPEP es más propicio a mantener las vigentes cuotas de producción que a reducirlas el 5%, como quiere Venezuela, y el petroislam sigue en la porfía de retrasar la autonomía energética de Estados Unidos mediante un abaratamiento del barril que, dicho en corto, hace imposible que sean rentables los yacimientos que requieren el costoso recurso a la tecnología del fraking.

“Hoy Maduro, proclamado como su hijo [de Fidel y de Raúl Castro], conduce el país al peor barranco de su historia”, sostiene Nelson Baracanda en El Universal, el diario caraqueño de oposición más leído. Más allá del gesto militante del articulista, deseoso de que la victoria sea para la MUD, lo cierto es que la falta de realismo en una situación económicamente insostenible deja el campo libre a los críticos acérrimos, a cuantos arremetieron contra el chavismo antes de que vieran la luz las primeras reformas sociales. Y esa negación de la realidad incluye no admitir la vulnerabilidad de un modelo que fió gran parte del éxito en el monocultivo petrolero, asociado, para mayor contradicción, a la exportación masiva a Estados Unidos, un negocio en el ocaso y a punto de pasar a la historia. Venezuela carece hoy de alternativas, de lo que los expertos llaman explotación de nuevos nichos de negocio.

La experiencia chavista se ha sumido en un ensimismamiento autocomplaciente, ha renunciado a la crítica desde dentro y ha echado mano todos los días a la redención de los pobres para encubrir sus fracasos, sus contradicciones y su tendencia a enrocarse en su prontuario ideológico. Si esto sirvió hasta la fecha para sumar adeptos y desarrollar una política clientelar no siempre saludable y mucho menos sostenible, ahora tiene todas las hechuras de una pesada carga que da alas a la oposición sin que, por lo demás, esta haya concretado cuáles son los grandes objetivos materiales que persigue.

“Nunca antes una votación electoral tuvo la importancia de medir verdaderamente cuánto han calado en el ánimo del ciudadano las presiones, el miedo y la incapacidad para gobernar y echar para adelante al país más prometedor del nuevo mundo”, concluye Álvaro G. Requena en un artículo publicado en el periódico de oposición El Nacional. Con independencia de la adscripción ideológica del firmante, esta es otra realidad ineludible. Nunca antes fue tan grande la sensación de que Venezuela celebra este domingo una ceremonia de tránsito, uno de esos ritos políticos que, como la victoria de Chávez en 1998, abren o cierran un ciclo político, según se mire; abren o cierran un cambio de régimen, de pacto social o de encaje social, como se prefiera, y sitúan a la comunidad ante un desafío nuevo e inaplazable. Las elecciones tienen ese poder taumatúrgico, de modificación de la hegemonía política al final de un proceso de maduración de cambios sociales que casi siempre pasan desapercibidos a ojos del poder, pero ahí están y dislocan un ecosistema político que hasta aquel momento parecía inalterable. Eso parece ocurrir en Venezuela.