El ‘establishment’ presiona al PSOE

La movilización del panteón de vivos ilustres, jarrones chinos y otros clásicos retirados de la política no es más que la punta de lanza de otra movilización, esta de europeos ilustres en activo, encaminada a encarrilar la formación de una mayoría de gobierno en España a gusto del establishment. El enigmático deseo manifestado por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, “quiero que España esté a la altura”, es en realidad poco enigmático: confía en que el desenlace se ajuste a lo que se espera en los despachos de la UE. Que se atenga a la manifiesta voluntad de cambio expresada por los electores el 20 de diciembre pasado es menos importante; lo que realmente cuenta es que nada perturbe la ortodoxia.

La proclama o manifiesto de la Fundación España Constitucional, donde se exalta la necesidad de que las negociaciones en curso garanticen “la unidad de España, la igualdad de los españoles, la estabilidad política, el progreso económico, el desarrollo social y la regeneración democrática” mediante una coalición de dos o más “partidos constitucionalistas” –es innecesario enumerarlos–, desprende el mismo aroma que las palabras de Juncker. Habida cuenta de la procedencia de los integrantes de la fundación, exministros de UCD, del PSOE y del PP, no es exagerado concluir que estar a la altura consiste justamente en cumplir con los objetivos prefijados en el texto: la gran coalición o algo parecido, una reforma constitucional contenida para parchear el problema catalán y un enfoque de la economía que respete hasta la última coma la voluntad de los llamados mercados.

Otra proclama en forma de artículo, esta de Luis Solana en elplural.com, completa la de la fundación. Dice su autor que compete al PSOE educar a Podemos, “un partido imposible de encajar en una democracia europea”, pero necesario, “porque es imposible llegar a mayorías democráticas de cambio sin Podemos y porque el PSOE sabe muchísimo de cómo hay que educarse para lograr una izquierda eficaz para los desfavorecidos”. ¿Se refiere Luis Solana al PSOE de la chaqueta de pana de Felipe González o al de Alfonso Guerra cuando amenazaba –no le faltaba razón– con aplicar a algunos latifundistas la ley de fincas manifiestamente mejorables? Porque si se remonta a aquel PSOE, el que sometió a Adolfo Suárez a una moción de confianza sin posibilidades, el de La OTAN de entrada, no y otros eslóganes osados, hay que decir que no le pudo ir mejor su falta de educación política: en 1982 obtuvo 202 diputados, una mayoría absoluta nunca igualada ni de lejos.

Esto es, quizá las presiones para encauzar las cosas mientras se educa a Podemos sea el modo más directo para que este partido llene con más votos el zurrón en el próximo asalto, puede que dentro de un par de años, cuando, consumada la reforma constitucional, según se prevé, se disuelva el Parlamento y se convoquen elecciones. La inquietante idea expresada en su día por Artur Mas a tenor de la cual había que corregir aquello que las urnas no habían otorgado, se diría que hace escuela, gana adeptos que desoyen a quienes advierten de que forzar las cosas más allá de toda lógica puede ser pan para hoy y hambre para mañana (Gobierno para hoy, oposición dentro de un tiempo). Podemos es un conglomerado ideológico con frecuencia imprevisible, pero con una capacidad de movilización que no permite hacer vaticinios sobre cuál es su techo electoral si, mientras se le educa, se mantienen algunas constantes en la reforma económica vigente: crecimiento de las desigualdades, desregulación del mercado de trabajo, aumento de la frustración entre los más jóvenes e insensibilidad social de los gobernantes, trufado todo con una corrupción endémica.

Las presiones para esa coalición de lo previsible soslayan esos datos; sus urdidores se remiten a las cifras macroeconómicas, tan engañosas con frecuencia, a las estadísticas y a la actuación de la policía y los jueces para dejar al descubierto a los corruptos. Pero al parapetarse detrás de tales muros dejan sin respuesta la pregunta formulada por Tony Judt en el 2009: “En nuestro tiempo, ¿cómo hemos llegado a pensar en términos exclusivamente económicos?” Porque detrás de la opinión de cuantos creen, con Felipe González a la cabeza, que ni el PP ni el PSOE deben impedir que el otro gobierne, se adivina la convicción no confesa de que lo que más importa es poner a salvo el statu quo –el económico en primer lugar– y, en cambio, es menos acuciante ser eficaz en auxiliar a los desfavorecidos, el término elegido por Luis Solana.

Claro que no hay forma de situar la multiplicación de gestos y declaraciones de Podemos en el terreno de lo razonable, sino más bien en el de la prepotencia, cuando no de la burla o del desprecio, pero promover su aislamiento no hace más que alentar el discurso fácil, aquel que, prescindiendo de la realidad, desgasta al adversario. Desde la descalificación de la casta a la reclamación de todos los ministerios importantes en una hipotética coalición con el PSOE ha transcurrido muy poco tiempo, suficiente en todo caso para que, guste a no a Pablo Iglesias y su equipo, Podemos se haya adecuado a los peores hábitos de la charcutería política o educado según ella demanda. De ahí que resulte particularmente sorprende que Albert Rivera diga con gesto convincente que no se puede arrinconar al partido que ha obtenido más de siete millones de votos (el PP) a pesar de las últimas pestilencias –el gang valenciano, Acuamed– y, al mismo tiempo, actúe convencido de que sí se puede arrinconar al que ha obtenido más de cinco millones (Podemos), tan acogido a las reglas del sistema, aunque se le tilde de fuerza radical, de extrema izquierda o de antisistema.

Todo lo cual lleva a suponer que las presiones de los poderes fácticos, es decir, financieros, para un pronto desenlace aspiran a que cuanto tenga que suceder no vaya más allá de un reformismo lampedusiano o cosmético para que nada cambie demasiado, aunque vaya en ello la supervivencia de algunas siglas venerables como las del PSOE. ¿Por qué el PSOE? Cuando se invoca la gran coalición que gobierna en Alemania para justificar aquí la conveniencia de imitar el modelo se parte de dos falsos supuestos: que la CDU que fundó Konrad Adenauer es equiparable al PP que creó Manuel Fraga y que el SPD responde a la misma peripecia histórica que el PSOE. No hace falta ser doctor en ciencias políticas para comprender que lo que en Alemania resulta más o menos útil, aquí tiene todas las trazas del abrazo del oso, de una operación que defraudaría al grueso de los votantes socialistas, más de cinco millones también, integrantes de la izquierda clásica española hasta donde alcanza la memoria. A modo de resumen: para el PSOE, la gran coalición pudiera ser una inmolación; la gran coalición de hoy pudiera ser causa primera del desfondamiento de mañana.

“El poder es como un explosivo: o se maneja con cuidado o estalla”, opinaba Enrique Tierno Galván, mente lúcida. El poder no es una entelequia, es algo concreto, tangible, expresión de una compleja trama de intereses y presiones, y lo que se negocia en este cursillo acelerado de pactismo que realizan los partidos para resolver el crucigrama del 20 de diciembre es exactamente eso, el poder. Para algunos, correr el riesgo de que le estalle en las manos puede significar un viaje hacia la nada; para otros, contemplar el estallido desde el patio de butacas puede ser una inyección de votos para pasmo del establishment que ahora presiona desde Bruselas y más acá.

Salman calienta el Golfo

La guerra fría del golfo Pérsico se ha calentado con consecuencias impredecibles. La ruptura de relaciones de Arabia Saudí e Irán, seguida de otros gestos hostiles de los gobernantes sunís dirigidos a la teocracia de los ayatolás, no es más que el primer episodio de un enrarecimiento de la atmósfera cada vez más irrespirable en una región condenada a encadenar crisis. La monarquía saudí, parapetada detrás de la mayor de las distinciones asumida por el rey, protector de los santos lugares de La Meca y Medina, está dispuesta a hacer cuanto está a su alcance, y es mucho, para disputar la hegemonía regional a la república islámica. A punto de cumplir su primer año en el trono de Riad, Salman bin Abdelaziz no ha dejado pasar la ocasión de hostigar al régimen iraní con la ejecución junto con otras 46 personas del clérigo chií Nimr Baqir al Nimr, condenado a la pena capital por terrorista (en realidad, sometido a juicio por promover la primavera árabe en la más influyente de las petromonarquías).

Como tantas veces desde la noche de los tiempos, la religión, el litigio teológico y la remisión a los profetas no es más que un pretexto encubridor de ambiciones políticas, de la disputa por el poder. Desde que a mediados del año pasado se registró una rehabilitación de facto del Gobierno de los clérigos iranís a través de una negociación en la que se comprometieron a no desarrollar un arsenal nuclear, ha sido manifiesta la incomodidad saudí con la nueva situación. Comprometido con la alianza encabezada por Estados Unidos que combate al Estado Islámico en Siria e Irak, con el sostenimiento del régimen yemení zarandeado por el levantamiento de los hutis (chiís), con el apuntalamiento de la carcomida economía egipcia y con la tutela de la débil monarquía de Baréin –familia real suní para un pequeñísimo país con el 80% de la población chií–, el rey Salman se ha embarcado en una operación de afianzamiento personal dentro y fuera de Arabia Saudí, jaleado por el coro de aliados de la Liga Árabe.

Lejos de ahondar en su llamamiento de primera hora para restablecer la unidad en el orbe musulmán, dividido por la guerra, Salman ha dado pasos cruciales para exacerbar las pasiones, favorecido todo por el asalto a la embajada saudí en Teherán, un movimiento al que no son ajenos los sectores más duros del entorno del guía espiritual Alí Jamenei, defraudados con el realismo político del presidente Hasán Rohani. A diferencia del desafío permanente practicado por Mahmud Ahmadineyad, anterior presidente de Irán, su sucesor ha optado por el compromiso, pero eso ha alarmado a los guardianes de la revolución, a los herederos ideológicos del ayatolá Jomeini, que temen que en la transición del enfrentamiento con Occidente a la convivencia pierda el país parte de su influencia en el Golfo y en la gestión de las crisis en Oriente Próximo. Un temor compartido por los saudís, que sospechan que el precio de la rehabilitación iraní puede ser el debilitamiento saudí en su área de influencia.

“Por encima de las diferencias sectarias entre Arabia Saudí e Irán, aquello que más enfrenta a los dos países es lo que tienen en común. Ambos regímenes han basado su legitimidad en una misión transnacional de exportación de la religión y salvaguarda del islam. Después del despertar árabe y del hundimiento del sistema regional de estados que le siguió, la competencia por el poder se ha vuelto más urgente”, afirma el especialista Ray Takeyh en un artículo publicado en el Financial Times. Para Takeyh, el acuerdo nuclear está lleno de deficiencias y activa la desconfianza saudí, pero la Administración de Barack Obama entiende que es una herramienta política indispensable para incorporar a Irán a una solución política futura de la carnicería siria, si es que la hay. Es ese un viejo planteamiento que se remonta a los años 2012 y 2013, y que no ha dejado de tener adeptos desde entonces.

El planteamiento de la Casa Blanca no está exento de riesgos hasta ahora poco atendidos. En especial el efecto que en la cohesión de Irak puede tener el conflicto abierto por saudís e iranís, según se ha ocupado en destacar The New York Times. Para muestra, un botón: la reconquista de Ramadi, ocupada por el Estado Islámico durante año y medio, ha sido posible por la contribución suní a las operaciones del Ejército iraquí, mayoritariamente chií, pero ese tipo de colaboración podría saltar por los aires si se agria más y más la disputa entre Salman y los ayatolás. Irak tiene una larga experiencia de guerras sectarias desde la caída de Sadam Husein –la más sangrienta fue la del 2006-2007–, que han erosionado la identidad colectiva iraquí.

Las digresiones religiosas apenas tienen espacio en ese andamiaje levantado sobre la lógica de la seguridad, la diplomacia y los intereses económicos (las exportaciones de petróleo). Esa especie de política de las emociones aplicada a la religión tiene poco que ver o que decir cuando las referencias son otras, cuando incluso los retos planteados por el Estado Islámico, presentados dentro de un envoltorio de naturaleza religiosa, son perfectamente explicables fuera de él, con lo que, de nuevo, la sacralización del momento adquiere la condición de simple coartada. Tan cierto es que sigue vigente un litigio religioso más que milenario –sunismo frente a chiismo y viceversa– como que lo que más pesa en el presente es la disputa por la hegemonía regional.

¿Es eso todo? Quizá no; acaso Salman precisa pertrecharse con una dosis suplementaria de autoridad dentro de palacio y atenuar las tensiones familiares. Seguramente él es el último en reinar de los hijos de Abdelaziz, fundador de Arabia Saudí en 1932; su sucesor será uno de los muchos nietos del padre de la dinastía de los Saud, y es improbable que la llegada al poder de una nueva generación se haga sin tensiones en el seno de una familia real que suma la friolera de 25.000 miembros, una trama inextricable de intereses y privilegios. Algún think tank baraja incluso la hipótesis de que el tránsito de los hijos a los nietos de Abdelaziz entrañará inevitablemente un debilitamiento del núcleo de poder saudí, articulado desde los inicios en torno a la figura de un monarca absoluto. ¿Pueden evitarlo las rentas del petróleo que todo lo sofocan?

 

El año del califa Ibrahim

Si algún medio informativo decidiese distinguir a Abú Bakr el Bagdadi –el califa Ibrahim para la militancia– como el personaje más relevante del año vencido, tendría a su alcance una gran variedad de argumentos para justificar su decisión. El Estado Islámico se ha situado en el centro de la atmósfera de desorden que se ha adueñado de las relaciones internacionales, de esa sensación de improvisación frente al desafío que impregna lo mismo la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que promueve la negociación en Siria de una solución política, que las apelaciones a la guerra de Francia, a la reiterada indeterminación de Estados Unidos cuando debe ir más allá de mantener el compromiso en el combate contra los yihadistas mediante la campaña de bombardeos contra sus dominios en Siria e Irak. El año 2015 puede que sea el del Bagdadi porque ha llevado el pánico al corazón de Europa, al norte de África y, más allá, hasta el otro lado del Atlántico; ha dado aire a Bashar el Asad, comandante en jefe de una carnicería, y ha contribuido decisivamente a desatar un flujo incontenible de refugiados que huyen de la guerra y buscan cobijo en una Europa con una opinión pública atemorizada y desorientada.

Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations, escribió hace un año un ensayo titulado ¿Cómo responder a un desorden mundial? En él afirma: “En el presente, el equilibrio entre orden y desorden se desplaza en dirección a este último. Algunas razones son estructurales, pero algunas son el resultado de malas elecciones hechas por importantes actores, y al menos algunas de ellas pueden y deben corregirse”. ¿Qué decir doce meses después, con Oriente Próximo consagrado como el cruce de caminos de todas las grandes crisis: la de la inseguridad colectiva a causa del dinamismo del terrorismo global, la de los refugiados, la de la guerra fría en el golfo Pérsico, la de convivencia entre dos legados culturales más que milenarios, el cristiano y el musulmán?

La proclamación del califato en junio del 2014 fue algo más un acto de propaganda amenazante: proporcionó al yihadismo una referencia territorial a la causa, a la prédica contra Occidente y a la vuelta a los orígenes del islam, se correspondan estos con la realidad o con la mitología de una edad de oro en la que resplandeció la justicia mediante una aplicación estricta de las enseñanzas del profeta Mahoma. Frente a la disolución de la estrategia de Al Qaeda por carecer de un espacio reconocible como propio se afianzó la del Estado Islámico, secundada más allá de sus dominios por muyahidines dispuestos a imponer la lógica de las armas. Quizá haya retrocedido el califato en Siria e Irak, pero su estrategia ha cuajado como aquella más adecuada para perpetuar la lucha y condicionar por entero las relaciones internacionales; quizá el califato tenga fecha de caducidad, pero ha minado de tal manera el ánimo de sus adversarios y ha afianzado de tal forma a sus seguidores en sus convicciones más conocidas que, en caso de derrota, la empresa del Bagdadi seguramente tendrá continuidad. Ese es, al menos, el vaticinio de cuantos, dentro y fuera del orbe musulmán, entienden que el conflicto hunde sus raíces muy profundamente en la complejidad laberíntica del islam, de las frustraciones de sociedades condenadas a la postración por actores políticos que las han utilizado en estricto beneficio propio.

La estrategia seguida por El Bagdadi ha llevado al ánimo de los yihadistas que están en condiciones de imponer su agenda siempre que siga en vigor la mitología del martirio, el recurso a la acción directa sin importar el coste que entrañe. Se afianza así la idea expresada por el arabista francés Olivier Roy: “El yihadismo es una revuelta generacional y nihilista”. Según el mismo autor, la motivación religiosa de los muyahidines es poco más que un resorte que permite arremeter contra cualquier referencia cultural, social o política con el sello de Occidente. “Ninguno está interesado en la teología, ni siquiera en la naturaleza de la yihad o en la del Estado Islámico”, afirma Roy, mientras otros análisis de tenor parecido presentan el factor religioso como una coartada o pretexto ideológico.

Como es fácil comprobar en Afganistán, donde la ineficacia exasperante del Gobierno ha permitido a los talibanes ganar terreno sin modificar una coma la simplificación de los enunciados religiosos que los llevaron al poder, la victoria militar no es ninguna garantía de que no surjan aquí y allá otros movimientos que sustituyan al eventualmente vencido. Tomar Ramadi, reducir el ámbito territorial del califato, no diluye la base social atraída por los fundamentalistas ni liquida la estructura militar del Estado Islámico, heredada en gran parte del Ejército de Sadam Husein, disuelto por Estados Unidos en el 2003 sin reparar en las consecuencias que tal decisión tendría en el futuro. Y, desde luego, no neutraliza la proliferación en Europa de células durmientes y lobos solitarios –también en Estados Unidos–, la floración de organizaciones islamistas en África y la incongruencia de que la aristocracia teocrática saudí, asociada ahora –no en el pasado– al combate contra los yihadistas, se acoge a una aplicación de la sharia apenas diferenciada de la que distingue al Daesh.

Cuando una autoridad moral como el papa Francisco, a la luz de los atentados perpetrados por los yihadistas, se refiere a la existencia de una tercera guerra mundial fragmentada, es poco menos que inevitable admitir que El Bagadadi ha sido el hombre del año que expiró. A él se deben modificaciones sustanciales en el desarrollo de la vida cotidiana, en las políticas de control y seguridad, en el peligro de fractura en sociedades con un porcentaje significativo de musulmanes, en la desconfianza generalizada ante situaciones que hasta hace muy poco no se consideraban de riesgo, en la tentación de muchos gobiernos, en fin, de estrechar el ámbito de la libertad.

“El máximo objetivo de los terroristas yihadistas es convencer a la juventud musulmana en todo el mundo de que no hay una alternativa para el terrorismo”, sostiene el financiero George Soros. Para él, “abandonar los valores y principios que subyacen en las sociedades abiertas y ceder ante un impulso antimusulmán dictado por el miedo no es la respuesta, realmente, aunque puede resultar difícil resistirse a la tentación”. El  Estado Islámico, ha logrado en parte alcanzar ambos objetivos: ha capturado la voluntad de una minoría de jóvenes musulmanes, por herencia familiar o conversos, y ha alentado sentimientos islamófobos que lo mismo valen a Marine Le Pen para apuntar al Eliseo que a Viktor Orbán para sembrar la frontera meridional de Hungría de concertinas (un ejemplo imitado luego por otros). ¿Qué logros avizora el califato para el año que empieza? Quizá perpetuar el miedo como un sentimiento irrefrenable y compartido.