Francia mira a la derecha

“La política de la angustia ha colocado a los electores del Reino Unido y de Estados Unidos entre las manos de los populistas”, afirma Alexander Friedman, presidente de la compañía de inversiones GAM, en un artículo publicado por el periódico progresista francés Le Monde. Cuatro puntos del texto resultan especialmente ilustrativos de la situación que atraviesan las economías avanzadas y las sociedades que las cobijan: la crisis de 2008 ha acabado con los juegos de manos de la ingeniería financiera, el envejecimiento de las poblaciones lastra las cuentas de los sistemas de protección social, crecen las desigualdades y, lo que resulta acaso más preocupante, el efecto beneficioso de la nueva economía es posible que requiera una década o más para que sea algo tangible para la mayoría. Conclusión: “La desaceleración actual del crecimiento y la reacción política nos remiten a los años 30”, y la esperanza de Friedman es que el correlato de todo ello no sea el aislacionismo y el proteccionismo que precedió a la hecatombe de la segunda guerra mundial.

La dosis de esperanza que cierra el artículo responde más a un deseo que a una realidad, incluso para alguien como Friedman, un financiero experimentado. El expresidente de Francia, Nicolas Sarkozy, proclamó la necesidad de refundar el capitalismo cuando la crisis se adueñó de todos los escenarios, pero hoy no hay nada más parecido al nacionalismo proteccionista, excluyente y muy poco europeísta de Marine Le Pen, candidata ultra (Frente Nacional) a la presidencia de Francia, que el discurso endurecido de Sarkozy, de esa creencia suya, no confesada o admitida, pero practicada, en que la única forma de contener a la extrema derecha es adoptar su programa. La transformación sarkoziana no es, por lo demás, un gesto original, sino un modelo que atrae voluntades y puede convertirse en una cultura política hegemónica a poco que el conservadurismo clásico se deje llevar por necesidades electorales apremiantes.

El gesto de Emmanuel Macron, hasta fecha reciente estrella rutilante del Gobierno de Manuel Valls, socialdemócrata bastante desteñido este último, marcha en sentido parecido: un corrimiento del pensamiento progresista –si es que Macron militó en él alguna vez– hacia posiciones liberales, neoliberales o posliberales, en cualquier caso partidarias de abundar en un realismo económico de efectos nocivos a tenor de lo vivido hasta ahora en otros países. Macron no solo cree que puede llegar al Eliseo con un programa que para la tradición política del socialismo francés resulta inaceptable, sino que el presidente François Hollande, el fracaso de este, es el argumento central para justificar su propuesta reformadora de perfil conservador. Y así, Macron pretende ocupar el espacio dejado al descubierto por los conservadores, a pesar de que allí se ha instalado el exprimer ministro Alain Juppé, el candidato mejor situado para batir desde la derecha a Marine Le Pen, según todas las encuestas, y también a la izquierda, caída en el desprestigio, la desorientación ideológica y la división.

La situación no es enteramente nueva, porque en 2002 la presidencia se dilucidó entre Jacques Chirac, votado por la izquierda con una pinza en la nariz, y Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional. La diferencia es que entonces ni siquiera se vislumbraba la crisis económica, tampoco los efectos de la crisis migratoria habían abierto una crisis de identidad en las sociedades europeas y solo una minoría nacionalista discutía las reglas del juego de la Unión Europea (el euro era un juguete recién estrenado con fallos estructurales de origen que parecían superables). Además, por aquel entonces, la socialdemocracia era la alternativa conocida de la derecha y hoy lo son diferentes formas de populismo alimentadas por la angustia citada por Friedman en su artículo.

Esa angustia que enajena los análisis mantiene todos los días en el recuerdo la sacudida emocional experimentada por el país desde la matanza en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo (7 de enero de 2015) a los muertos de Niza (14 de julio de este año), con ese punto de no retorno de la noche del 13 de noviembre de 2015 en París (130 muertos), que llevó a Hollande a declarar que Francia está en guerra. Hay en esa secuencia luctuosa de ataques todos los ingredientes para que una parte de una comunidad sin grandes referencias ideológicas en el presente se repliegue sobre sí misma de la mano de la extrema derecha. Ya no son solo las incógnitas de la economía las que desasosiegan a muchos ciudadanos, sino la creencia de que un poderoso adversario se ha metido en el cuarto de estar y debe combatírsele sin contemplaciones.

Francia se encamina así hacia una extraña contienda para elegir presidente la primavera próxima en la que la derecha –al menos una parte de ella– quiere asemejarse a la extrema derecha nacionalista y xenófoba, y la socialdemocracia o quienes de ella proceden creen que la victoria está en adoptar el programa de la derecha con unas gotas de mala conciencia, no muchas, y pequeñas dosis de críticas muy contenidas a la austeridad. Que eso contribuya al desprestigio de la política, es más que probable; que todo ello redunde en la articulación de un confuso reparto de papeles entre partidos y candidatos, donde nadie será lo que parece, es también más que probable. Frente a una sociedad que reclama con razón saber qué le deparará el futuro puede que se alce un telón traslúcido que solo dejará entrever sombras difusas, perfiles confusos (una versión posmoderna y zafia del mito de la caverna).

¿Cómo afecta a la democracia ese corrimiento de tierras hacia la derecha? ¿La adulteración de los programas o su constante incumplimiento deslegitima un sistema democrático? ¿Acaso las exigencias de la revolución tecnológica y la nueva economía requieren un recorte de las culturas democráticas? ¿La globalización amenaza la democracia porque alimenta el descontento en amplias capas sociales, condenadas a empobrecerse? Las preguntas no son solo aplicables a Francia, pero allí tienen todo el sentido y plantean una doble incógnita sobre los efectos del desapego al sistema de capas de población cada vez más nutridas y sobre la aparición de movimientos alternativos de estructura asamblearia –Nuit Debout en especial–, depositarios de reivindicaciones radicales y programas inconcretos, con una incidencia electoral que es también una incógnita si alumbran una candidatura o partido al estilo de Podemos.

Pourquoi désobéir en démocratie?, libro publicado en 2011, escrito por el sociólogo Albert Ogien y la filósofa Sandra Laugier, aborda la desobediencia civil y las nuevas formas de ocupación pacífica de la vía pública como mecanismos legítimos de acción política contra la injusticia, la desigualdad y la dominación. Los autores entienden que ante situaciones extremas “el ciudadano no puede responder más que con la desobediencia, ya que la acción política debe meditarse”. El caso es que las encuestas hechas durante este año registran justo lo contrario: la aceptación por segmentos sociales muy variados –transversales se diría– de formas de poder autoritarias y excluyentes, muy lejos de congregar mayorías las iniciativas estudiadas por Ogien y Laugier. Y esta Francia en la confusión extrema, sacudida por la crisis del Estado de bienestar y el miedo a perder el confort conocido en el pasado, es solo una referencia junto a otras muchas, de Alemania a Holanda, de Polonia a Hungría, de aquí y de allá, en una Europa donde la extrema derecha exhibe un vigor sin parangón durante los últimos setenta años. ¿Puede la UE seguir imponiendo recetas que arrecian el descontento y movilizan a sus adversarios, muñidores de sociedades instaladas en el miedo? Muy pocos parecen dispuestos a rectificar.

 

Trump, un líder para tiempos oscuros

Solo las encuestas de Los Angeles Times sin asomo de duda, el profesor Allan Lichtman, acertante invariable desde hace 32 años, y el documentalista Michael Moore el pasado mes de julio pronosticaron que el vencedor del 8 de noviembre sería Donald Trump. En el caso del periódico californiano, su muestra demostró ser la mejor de cuantas manejaron los medios para vislumbrar el futuro; en el del universitario volvió a funcionar su cuestionario de 13 preguntas; en el acierto de Moore se concretó el conocimiento profundo que tiene de su país, tan presente en Capitalismo: una historia de amor. La sorpresa de la madrugada del miércoles fue una impugnación sin precedentes en Estados Unidos acerca de la utilidad de los sondeos, pero fue también un baño de realismo social que hubieron de encajar a un tiempo todos los grandes medios informativos, salvo Fox News, favorable a Trump, la gran mayoría de la comunidad académica y los defensores de la teoría del mal menor, que debía allegar votos a Hillary Clinton, poco apreciada por sus conciudadanos, pero preferible siempre al candidato republicano. Pocos, como Moore, supieron medir la intensidad del mar de fondo que sacude a las sociedades occidentales y ha llegado con fuerza inusitada a las costas de Estados Unidos para teñir el mapa de la nación con el rojo característico de los republicanos a pesar de la división profunda del partido, un dato nada desdeñable.

Vio Moore cinco razones para la victoria futura de Trump:

  1. Las ‘mates’ del Medio Oeste o bienvenidos a nuestro ‘Brexit’ del cinturón de óxido. Fueron determinantes en la victoria de Trump los estados que en el pasado precisaron mano de obra intensiva en la gran industria: automóvil, acero, bienes de equipo y otros sectores.
  2. La última batalla del hombre blanco enojado. El voto del hombre blanco golpeado por la salida de la crisis y que afronta el futuro con una sensación de incertidumbre y vulnerabilidad cayó del lado de Trump, reforzado por el del 54% de las mujeres blancas.
  3. El problema Hillary Clinton. El perfil de una mujer preparada e inteligente, pero casi siempre distante y a menudo soberbia, tenida por la viva imagen del establishment en un ambiente poco propicio para las familias patricias y las élites políticas, señaladas por los estrategas de campaña de Trump como las responsables de todos los males de la nación. Una encuesta reveló que el 70% de los electores la consideran “mentirosa y deshonesta”.
  4. El voto deprimido de Bernie Sanders. Los seguidores del senador en las primarias se dividieron el martes entre los que hicieron un gran esfuerzo para optar por Clinton y los que prefirieron quedarse en su casa. Para estos últimos, careció de sentido la opción del mal menor.
  5. El efecto Jesse Ventura. Esto es, muchos de cuantos decidieron votar por Trump entendieron que la elección permitía enviar un mensaje de protesta contra sus victimarios o contra quienes creen que lo son, de la misma manera que la victoria en Minnesota del luchador Jesse Ventura en 1998, que fue elegido gobernador del estado, se interpretó como la consecuencia de un acto de rebeldía de la mayoría de votantes contra el establishment local.

Algo consustancial con los equilibrios sociales en los países occidentales se ha quebrado y no lo detectan las encuestas. Se respira una atmósfera de profunda contrariedad por el precio desorbitante de la salida de la crisis después de pagar un precio asimismo desorbitante cuando estalló –paro, recesión, inseguridad, fragmentación del mercado de trabajo, entre otras causas de desasosiego–; el pacto social de la posguerra ha saltado por los aires y la economía global da la impresión –acaso es más que una impresión– de que persigue solo la eficacia (la rentabilidad) y renuncia a la equidad. Mientras tanto, arraigan en sociedades castigas, envejecidas, desorientadas y sin grandes líderes la entera gama de prejuicios asociados a las crisis de identidad: racismo, xenofobia, islamofobia, miedo al otro, oposición a los flujos migratorios, proteccionismo y nacionalismo exacerbados y otras lacras propias de tiempos oscuros.

Es cierto que Trump carece de experiencia política, que no es un líder con la cultura cosmopolita y refinada que distingue a Clinton, pero ha demostrado poseer el instinto primario de un presentador de reality show que sabe echar sal a la herida para que salten las lágrimas cuando decae la audiencia. Trump hizo “una campaña que se parecía más al nacionalismo europeo que al conservadurismo estadounidense”, escribió uno de los cronistas de The New York Times al día siguiente de la elección, y ese fue un acierto suyo porque ajustó el mensaje a la reclamación perentoria de volver a las esencias, intuida en las filas de la baja clase media blanca, que no ha sacado partido del éxito macroeconómico de Barack Obama durante sus dos mandatos.

Ese enojo extremo, inductor de un voto oculto no detectado por las encuestas, no fue percibido por Clinton o no fue tenido en cuenta por su equipo de campaña. Lo que Clinton no entendió es el título del análisis electoral publicado por la escritora Kathleen Parker en The Washington Post. La idea central de Parker, y con ella la de muchos otros, es que la elección de 2016 se planteó como un referéndum sobre la herencia de Obama, y la candidata demócrata insistió en que ella era la depositaria del legado del presidente saliente. “La promesa de Clinton de continuar las políticas de Obama fue una agenda suicida –escribe Parker– para una mayoría de estadounidenses, especialmente para aquellos cuyas vidas no mejoraron durante la recuperación económica en los últimos ocho años”. Insistir en la preservación de la herencia recibida no era solo innecesario, sino que a la postre fue contraproducente.

Dicho de otra forma, la elección se planteó como “la batalla entre lo rural y lo urbano, entre quienes quieren dejar las cosas como están y quienes no forman parte de tal orden y quieren uno nuevo”, sostiene el analista Andrew Rosenthal. En ambos casos ganó Trump: en la llamada América profunda, por la sensación de que la tierra se mueve bajo sus pies sin que nadie haga nada; en los degradados paisajes urbanos del cinturón de óxido, porque el sueño americano –un eslogan o una ilusión– parece haberse desvanecido en la densa atmósfera de las nuevas tecnologías y de las finanzas globales, concentradas en los prósperos estados del noreste y en la costa del Pacífico. Basta contemplar el mapa político que ha dejado la elección de presidente para colegir que Clinton fue sobre todo la candidata de la nueva economía, de los nuevos empleos, de la sociedad posindustrial, y Trump fue en especial el líder proteccionista que quiere cambiar las reglas del juego, sin que se sepa, por lo demás, cómo y con quiénes piensa hacerlo sin poner a Wall Street en un grito.

Tampoco hay demasiadas pistas ciertas acerca de qué propósitos animan a Trump en otros campos, salvo las vaguedades difundidas durante la campaña. Solo algo es seguro: la mutación ideológica del republicanismo iniciada con la revolución conservadora de Ronald Reagan se ha consumado este último martes con una intensidad y en unos términos que solo los neocon muy convencidos, los ideólogos del Tea Party y los profetas de las nuevas iglesias evangélicas pudieron vislumbrar en el pasado. Ese partido de Donald Trump y Mike Pence es tan diferente del de John McCain y Mitt Romney, de Colin Powell y de George H. W. Bush, que se reflejan en él la división social, la fractura que atestigua el cómputo de votos populares –un empate técnico con unos miles de papeletas más para Clinton–, las protestas contra el vencedor que siguieron al escrutinio y esa alarma generalizada ante un personaje imprevisible, del todo desconocido, capaz hasta ahora de cualquier descortés inconveniencia sin que le tiemble la voz.

A cambio de no saber qué futuro deparará el relevo en la Casa Blanca, el populismo ultraconservador dispone desde el martes de un líder de referencia a escala planetaria. De Marine Le Pen a Vikton Orbán, por citar a dos entre muchos, la ultraderecha tiene un espejo donde mirarse, tiene una técnica electoral en la que inspirarse para porfiar en ese gran cambio en curso que desafía los usos democráticos, la convivencia entre diferentes, el mestizaje cultural y el recurso al pacto para no caer en el autoritarismo destemplado. Este parece ser el signo de estos días confusos: proveer de argumentos a la extrema derecha para que sume cada día nuevos adeptos a su causa, que no es la de la mayoría aunque sus líderes así lo venden. ¿O acaso Trump no es tan del establishment como Clinton, como todos los presidentes desde George Washington? Como ha dicho el escritor Richard Ford, pronto echaremos en falta a Obama.

EEUU, la gran fractura

Al encarar la recta final de la campaña electoral en Estados Unidos, a la bolsa le vinieron las angustias: Donald Trump podía ganar, según las encuestas, aunque las diferencias entre la mejor para el republicano (la de Los Angeles Times, seis puntos de ventaja) y la más favorable para Hillary Clinton (la de Reuters, seis puntos de ventaja) fijaban los límites de una horquilla demasiado amplia para deducir que la intervención en la campaña del director de FBI, James Comey, había cambiado básicamente las coordenadas de la elección. Al día siguiente, jueves, la web politico.com hacía pública su propia encuesta y descartaba la existencia de un voto oculto republicano que emergerá el día 8 y The Hunffington Post, otro medio digital con información de primera mano, publicaba un comentario en el que se decía textualmente. “Mucha gente está preparada para alucinar, pero la carrera se mantiene en el lugar que estaba”.

Diríase que la histeria de la campaña se había trasladado a Wall Street, donde echaban la cuenta de cuál puede ser el impacto inicial de una victoria de Trump: pérdida de 13 puntos del índice Dow Jones. Una barbaridad contable, menor en todo caso a la incertidumbre internacional frente a un presidente imprevisible, sin ninguna experiencia política y con una especial habilidad para sembrar la alarma. En esta situación, cobra todo el sentido la afirmación de Paul Krugman hace unas semanas en un artículo en The New York Times: “La obsesión de los medios [las televisiones, sobre todo] por las falsas equivalencias ha impulsado una candidatura sin sentido”. El desafío de Trump quizá haya sido posible en gran medida gracias a otro caso de histeria colectiva: aventar sus despropósitos con el fin de combatirlos, aunque finalmente ha sido una herramienta de propagación de su candidatura que ha movilizado a la América profunda, blanca y defraudada, mientras a Clinton se le han reprochado debilidades que no se han echado en cara a ningún candidato varón, especialmente el hecho de que sea representante genuina del establishment. ¿Acaso no lo fueron todos los presidentes, incluidos los más liberales, simpáticos, populares o eminentes aportados por los dos grandes partidos a la historia del país?

Las encuestas han perdido fiabilidad porque recogen todas el efecto momentáneo de episodios que actúan como excitativos de una opinión pública muy desencantada con los manejos y golpes bajos de una campaña insólita. El desencanto no es solo una deducción académica fruto de la atmósfera que se respira: se pone de relieve en un sondeo difundido el viernes por el Times de Nueva York sobre el estado de ánimo de los electores. El reproche más repetido –ocho de cada diez votantes– es que la campaña ha sido “más repulsiva que interesante” y, algo aún peor, ni Clinton ni Trump transmiten una imagen fiable: “Son vistos como deshonestos y la mayoría de votantes tienen una opinión desfavorable de ellos”. Uno de los dos será el vencedor –alguien debe ganar, no hay otra–, y para él serán la música, los focos y el confeti, pero todo quedará empañado por esa teoría del mal menor, cada día menos teoría y más realidad, según la cual a nadie entusiasmará el próximo presidente, será algo así como un mal consentido, aceptado de antemano, porque no queda más remedio.

En este juego de lo irremediable, ya que no cabe lo deseable o lo políticamente atractivo, Hillary Clinton tiene un mayor margen de maniobra: al ponderar la mayoría de sondeos publicados hasta la fecha, la candidata demócrata aparece con un 86% de posibilidades de ser presidenta y Donald Trump, con solo el 14%. Según uno de los muchos asesores que auscultan el cuerpo electoral, el convencimiento de que solo ella garantiza la continuidad de los programas sociales de Barack Obama explica la ventaja que saca en ese cálculo de posibilidades hecho a una semana del gran día. Pero quizá también tenga que ver el hecho de que 26 millones de estadounidense ya han votado en urnas electrónicas, muchos de ellos antes del último rifirrafe de los correos en manos del FBI, un hecho insólito acorde con una campaña asimismo insólita. O acaso lo realmente determinante sea que Trump neutraliza parte de su capacidad de movilización con su incapacidad para respetar las reglas más elementales de la política convencional.

Al repasar los diferentes cambios climáticos en la política de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial no hay forma de encontrar un aire más viciado, un encono mayor que el de ahora, ni siquiera en los peores días de la guerra de Vietnam, del escándalo Watergate, de la crisis de los rehenes de Irán, del caso Lewinsky, del escrutinio bajo sospecha de Florida en el 2000 que hizo presidente a George W. Bush, de la guerra de Irak y de tantos otros acontecimientos que tensaron las cuerdas. La división es la norma, las políticas bipartidistas apenas tienen sitio en el campo de minas sembrado por ambos bandos, más quizá por el republicano, colonizado por un pensamiento neocon más radical a cada día de pasa; el problema racial reverdece y el llamado por Gunnar Myrdal “gran dilema de América” sigue ensangrentado la calle y desorienta a cuantos creyeron que la elección de Obama cerraba suave y definitivamente el ciclo histórico que empezó con la guerra de secesión, la abolición de la esclavitud y el asesinato de Abraham Lincoln. Algo pesadamente agobiante dicta la agenda y excluye la posibilidad de una reparación de los daños –suturar las heridas de una sociedad fracturada–, sea quien sea el vencedor el próximo martes.

Ni siquiera el dato histórico de que por primera vez una mujer puede ocupar el Despacho Oval tiene la capacidad de movilización política que en su día tuvo la posibilidad de elegir por primera vez a un presidente negro. Han movilizado más al feminismo político las bravuconadas de Trump que los mítines de Clinton; ha habido mayor empeño en la movilización feminista, de larga tradición en Estados Unidos, para desgastar a Trump y sacar a relucir su vertiente machista y rijosa que para apoyar a una de las suyas (o eso creo ser Clinton). En realidad, solo la necesidad de contener a Trump ha llevado al feminismo político a sumarse a la causa de Clinton –otro gesto que debe incluirse en la política del mal menor–, no ha sido la demócrata la que ha cautivado al feminismo con su biografía y mensaje. “No soy tan narcisista como para decir que no puedo ir a votar a Hillary Clinton”, ha dicho Angela Davis, con un único objetivo: “La prioridad para la gente negra en esta elección debe ser parar a Donald Trump”. Ni entusiasmo ni militancia, solo pragmatismo.

¿Puede construirse el futuro sobre este y otros pragmatismos perentorios? ¿Puede apelarse a la serenidad de los contendientes mientras la contienda se encanalla? Ambas preguntas son casi mera retórica. Ninguna de las heridas empezará a cicatrizar el día 9, ni siquiera si los candidatos –al menos, el vencedor– apelan a la unidad de la nación (no es seguro que lo hagan). Quizá la única ventura de este año electoral alocado será que, por fin, conocido el ganador, habrán dejado de escucharse insultos, exabruptos y frases altisonantes. ¿O no, o puede que el día siguiente y los sucesivos sean la continuación de lo oído hasta ahora, tan desabrido?

Escribe el respetado anaista Fareed Zakaria sobre Trump en The Washington Post: “Es un peligro para la democracia americana. Y por esta razón votaré el martes contra él”. El mal menor una vez más; la división como norma antes y después de conocer al vencedor.