Otra huida hacia adelante de Maduro

La decisión de la oposición venezolana de ausentarse de la elección presidencial fijada para el próximo 22 de abril es motivo de controversia dentro del bloque enfrentado al régimen chavista y en las filas de su electorado potencial. Si no cambian las cosas de aquí al próximo jueves, fecha límite para la presentación de candidatos, Nicolás Maduro prolongará su mandato sin mayores esfuerzos y competencia, reelegido por los suyos sin adversario con el que medirse, mientras los ciudadanos sin candidato se quedarán en sus casas con la frustración de no haber podido siquiera forzar al chavismo a echar toda la carne en el asador y sin necesidad alguna de manipular el recuento.

Frente a la idea de que es mejor presentarse, perder y, en última instancia, provocar el fraude, ha prevalecido la suposición de que el amaño está asegurado de antemano y no merece la pena desgastar a nadie en una batalla de costes políticos impredecibles. Con el candidato presidencial de las últimas convocatorias, Henrique Capriles, inhabilitado, la Asamblea Constituyente neutralizando al Parlamento elegido en 2015 y todo el sistema orbitando alrededor del núcleo duro del PSUV, la decisión tomada por los líderes de la oposición –los encarcelados, los vigilados y los exiliados– resulta comprensible, pero políticamente es más estéril que presentarse y perder, porque desaparece la posibilidad de medir la capacidad de movilización de los rivales de Maduro. Y condena a la frustración a una parte importante del electorado, desorientada y sin espacio político en el que encontrar cobijo.

La degradación del experimento venezolano ha convertido la apuesta populista en una pesadilla: ha destruido la economía, ha ahondado en la fractura social y ha adulterado la planta institucional mediante una exuberante proliferación de organismos paralelos a los oficiales o convencionales cuyo único fin es neutralizarlos. Cuando el cambio oficial del dólar ronda los 240.000 bolívares, nada es posible: la crisis de subsistencias se agrava todos los días, el petróleo ha dejado de ser el bálsamo de Fierabrás que cura todos los males y el régimen se escuda en su propaganda, en las proclamas grotescas de su presidente y en las referencias constante al padre fundador. Por eso resulta especialmente chocante la decisión de la oposición de dejar el campo libre a Maduro para consagrarse en el poder, incluso admitiendo que han sido muchas las ocasiones en las que el Gobierno se ha saltado todas las reglas y demasiadas las ocasiones en las que el Tribunal Supremo y el Consejo Nacional Electoral han actuado como simples correas de transmisión de las necesidades del chavismo.

“O enfrentamos el fraude con el apoyo de la comunidad internacional y evitamos que esa elección ilegal se realice, o participamos con un candidato de consenso que sea capaz de convertir el descontento de la mayoría en una verdadera rebelión de votos que saque a Maduro de Miraflores”, reclama el editorialista de Tal Cual, el periódico fundado por Teodoro Petkoff, prestigioso líder de la izquierda y fundador del Movimiento al Socialismo. Puesto que evitar la elección resulta harto improbable por no decir imposible, la única vía es participar mediante una acción concertada de toda la oposición, subraya el diario, sean más o menos buenas las relaciones en el variopinto conglomerado de siglas que reúne la Mesa de la Unidad Democrática.

En los artículos de Andrés Oppenheimer, columnista del Miami Herald, resuena el punto de vista de la Administración de Trump, que es partidaria de utilizar la campaña como altavoz de los males presentes y resorte para una gran movilización popular, aunque al final, si las circunstancias lo exigen, no quede más remedio que retirarse de la contienda. Todos los think tank acreditados descartan la posibilidad, siquiera sea remota, de una intervención militar, según se molesta en subrayar Oppenheimer. No se trata de una renuncia ética, sino que es resultado de un análisis aplastantemente realista: una intervención encabezada por Estados Unidos silenciaría las voces latinoamericanas críticas con el régimen venezolano y reforzaría a sus últimos aliados, con Cuba en cabeza.

Se dice que la Casa Blanca espera que la presión de la calle, unida a las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea, acabe por desestabilizar al régimen y provocar su implosión. Pero es este un esquema que contradicen experiencias anteriores en las que regímenes dictatoriales monolíticos, apoyados en la movilización de sus afectos, han dado pruebas de una resistencia casi ilimitada a pesar de las hambrunas, las enfermedades y otras lacras fruto del aislamiento. Cierto que el ambiente en Latinoamérica ha dejado de ser propicio a los herederos de Hugo Chávez, pero ellos confían en que una conjunción de fenómenos favorables les permita salir del pozo. Confían, por ejemplo, en un ascenso del precio del petróleo; confían también en una victoria de Andrés Manuel López Obrador en México, que proporcionaría a la causa un aliado de peso; confían, en fin, en que se aligere la protesta en la calle mediante el incesante flujo migratorio de descontentos en todas direcciones.

Puede que tales esperanzas no sean más que un remedo del cuento de la lechera, pero son las que hace creer al grupo de Maduro que el tiempo corre a su favor. Más aún, en la vecindad de Maduro son varios los que piensan –Diosdado Cabello, el primero de ellos– que permanece viva en la memoria de los sectores sociales más vulnerables el recuerdo de la pobreza en los años de abundancia, cuando se turnaban en el palacio de Miraflores presidentes del Copei y de Acción Democrática. No cree Antonio Ledezma, exalcalde de Caracas exiliado en Madrid, que la rememoración del pasado consuele o justifique a nadie en el presente, tampoco lo cree el círculo de Leopoldo López, en arresto domiciliario, a pesar de que el aparato de propaganda del chavismo ha dado muestras de una eficacia y poder de convicción nada desdeñables a partir del momento en que la revolución bolivariana emitió las primeras señales de agotamiento.

Si fueron ciertas las estadísticas referidas a la situación social en Venezuela antes de 1999 (elección de Chávez), en aquel entonces el 65% de la población vivía en el umbral de la pobreza o en sus aledaños, y en este caso el tiempo transcurrido para olvidar el pasado es insuficiente y la base argumental de la arenga revolucionaria sigue plenamente vigente. Si es cierto que los ascensores sociales apenas funcionaban en Venezuela al producirse el caracazo (27 de febrero de 1989), entonces es más que factible que el chavismo disfrute todavía de un importante y dinámico apoyo popular. Y si es así, el empeño de la oposición en negar las debilidades del pasado como causa primera de los problemas del presente es del todo preocupante.

Nada justifica el viaje a ninguna parte o, aún peor, hacia el gran desastre, emprendido por el régimen, pero su permanente huida hacia adelante no sería posible sin que desigualdades lacerantes hicieran posible hace casi 20 años que los electores llevaran en volandas a Chávez hasta la presidencia a pesar de su pasado golpista. Por aquel entonces, con un sistema de partidos minado por la corrupción y una economía descoyuntada, movimientos políticos de todos los colores, los empresarios, la Iglesia y organizaciones civiles de todos los ámbitos creyeron que la única forma de salir del atolladero era ventilar los salones del poder. Y aunque la atmósfera hoy está tanto o más emponzoñada que entonces, el recuerdo de aquel oscuro pasado sigue siendo útil para la legitimación propagandística de las directrices chavistas, presentadas como el instrumento para la redención de los oprimidos.

Una gran coalición a la fuerza

El acuerdo para dar continuidad a la gran coalición de democristianos y socialdemócratas, pendiente de que lo ratifiquen los 400.000 militantes del SPD, coloca a los dos grandes partidos de Alemania frente a una incógnita inquietante: ¿cuál será en el futuro el coste político y electoral de la operación? Por más que la cancillera Angela Merkel se esfuerce en presentar el logro como una muestra de su capacidad de liderazgo, difícilmente convencerá a la parte más conservadora de su electorado, que quién sabe con qué intensidad puede sentirse tentada a pasarse al campo de la ultraconservadora y xenófoba Alternativa para Alemania. Por mucho que Martin Schulz se afane en subrayar los compromisos sociales apalabrados, incluido un impreciso final de la austeridad como regla de oro de la economía europea, no menguará el descontento en el campo de la socialdemocracia clásica, de aquella que cree que bastante hubo con el desastroso precio pagado en votos por la última gran coalición.

La presión sobre Merkel de la CSU, el ingrediente bávaro de la democracia cristiana, es solo equiparable al que ejercen las juventudes socialdemócratas –los jusos– y cuantos creen que la única forma de recuperar el favor del electorado es un periodo de retiro en la oposición, lejos de las exigencias y el dogmatismo económico de los conservadores. Por no hablar de la creencia, abonada por las encuestas, de que el futuro electoral puede ser aún peor a ambos lados de la gran coalición y de que el desgaste sufrido en las negociaciones hace temer que el Gobierno se instale en una falta de cohesión permanente, más ocupados los aliados en someterse a vigilancia mutua que a compartir el coste de las decisiones menos populares, que inevitablemente las habrá.

Los “compromisos dolorosos” a los que se ha referido Merkel no hacen más que reforzar esta impresión y la opinión de quienes ven en la líder de la CDU una figura amortizada, desgastada y débil para resistirse a las exigencias de Schulz para formar Gobierno y para retener carteras que finalmente han sido para sus aliados. Al mismo tiempo, el “gesto de responsabilidad” evocado por Schulz aparece como una derrota a ojos de los críticos de su partido, que han visto cómo se difumina la imagen del SPD en compañía de una democracia cristiana cada día más acosada por la extrema derecha, a partir de ahora la primera fuerza de la oposición en el Bundestag, con barra casi libre desde la tribuna para desenterrar algunos de los peores tics de la peor Alemania del pasado.

El carácter irremediable de la gran coalición como única fórmula capaz de evitar unas nuevas elecciones no ablanda el ánimo a cuantos, en ambos bandos, despotrican a todas horas. Todas las encuestas culpan a Schulz de ser el responsable de la larga interinidad que ha seguido a las legislativas del pasado 25 de septiembre, pero también recogen los denuestos dirigidos a Merkel por someterse a los requisitos socialdemócratas. Poco importa que la gran coalición sea una solución impuesta por la Realpolitik, por la necesidad de salir del atolladero, atender las urgencias alemanas y acordar con Francia un programa para la UE. En el horizonte poselectoral de la facción más conservadora de la CDU se sigue reprochando a Angela Merkel haber perdido el tiempo persiguiendo una coalición tripartita imposible con liberales y verdes –no dice cuál era su opción en cuanto el SPD anunció que pasaba a la oposición–; entre los socialdemócratas más inquietos se da a entender que Schulz, al desdecirse de su anuncio de retirar el partido a los cuarteles de invierno, pone a la organización frente a las patas de los caballos sin margen de justificación posible, ni siquiera al presentar la operación como un sacrificio para garantizar la gobernabilidad.

Ni siquiera atempera los ánimos el anuncio de que el líder socialdemócrata dejará la presidencia del partido –la líder del grupo parlamentario, Andrea Nahles, le sucederá– para que sean otros quienes dirijan la renovación. Hay en la operación en marcha una mar de fondo, de desapego por lo acordado, que no contrarresta las contrapartidas logradas por Schulz en forma de ministerios capitales, un resultado que está muy por encima de las expectativas iniciales de acuerdo con el resultado electoral de septiembre. Pero a nadie escapa que este puede ser un regalo envenenado porque el grado de responsabilidad en la marcha del Gobierno será proporcional a su peso en él.

“Una situación se convierte en desesperada cuando empiezas a pensar que es desesperada”, una afirmación de Willy Brandt, se hizo realidad en cuanto Alemania se vio condenada a nuevas elecciones ante la ausencia de acuerdo para disponer de un Gobierno con mayoría en el Parlamento. Una perspectiva insólita en la tradición política alemana desde la posguerra, excluida de entrada la posibilidad de constituir un Gobierno en minoría o de geometría variable, algo aún más impensable en un país  habituado a una estabilidad poco menos que pétrea. Cierto es que ni a Alemania ni a Europa le sentaría bien una interinidad prolongada, pero el desagrado de la propia Merkel con algunas de las concesiones que ha debido hacer en política social y economía presagian días complejos, inadecuados por lo menos para una Europa que tiende a navegar siempre en un mar de dudas.

“Angela Merkel ha cambiado la política alemana más de lo que puede parecer a primera vista”, escribe un analista del semanario Der Spiegel. “La generación más joven no puede recordar –sigue el comentarista– cuándo hubo otro canciller”, y añade que, sin embargo, solo la supera en popularidad el ministro de Asuntos Exteriores en funciones, Sigmar Gabriel, socialdemócrata. Datos del todo relevantes que atestiguan la acomodación de la sociedad a un liderazgo prolongado, fruto puede de cierta desconfianza con la nómina de aspirantes a sucederla, así sean de la CDU o del SPD. ¿Sirven estos ingredientes para desvanecer la sensación de que la gran coalición es resultado exclusivo de la necesidad, sin mayores afectos y complicidades? Las repetidas justificaciones en público de Merkel y Schulz para consumo de sus militantes y electores apuntan en sentido justamente contrario.

La crisis de la política desfigura Europa

Dice el profesor Daniel Innerarity que “la democracia está bastante bien” y que “lo que está mal es la política”, una forma concisa, provocativa si se quiere, de describir dentro de qué laberinto transita Europa –Occidente en general– después de una crisis que ha desfigurado su rostro. Esto es, siguiendo con el razonamiento de Innerarity, la tradición democrática salvaguarda los derechos a protestar, a votar, a opinar, a ir de un sitio a otro, a mandar un twit, en general a expresarse y a vigilar los poderes públicos, a veces de una forma radical e innovadora, pero falla la política, “la capacidad de recoger todas esas reivindicaciones caóticas, a veces contradictorias e incluso incompatibles, y darles un formato positivo”, según manifestó el último lunes en el programa Millennium de La 2, emitido en horario solo apto para insomnes.

La mezcla de escepticismo, desconfianza y auge de la extrema derecha, tan visible en las elecciones celebradas en Europa durante el 2017, le dan en gran parte la razón: las referencias clásicas de la política han dejado de producir ideas nuevas y en su lugar se han dedicado a gestionar miedos colectivos –los flujos migratorios, el desafío islamista, la degradación del mercado de trabajo, etcétera– y a someterse a las exigencias de la economía global. Mientras, los movimientos sociales surgidos durante el desenlace de la crisis –el 15-M en España, fenómenos de similar naturaleza en otros lugares– han quedado como “una indignación un poco improductiva, como un gesto desesperado o desesperanzado porque lo que no está bien es la política” (otra vez Innerarity). La política no funciona para encauzar inquietudes y situaciones nuevas.

La crisis del sistema de partidos en varios países se atiene a la doble lógica de desgaste e ineficacia de organizaciones incapaces de interpretar los mensajes que envían los movimientos sociales, las oenegés, la comunidad académica y los medios de comunicación. En Francia dispone de mayoría absoluta un partido creado deprisa y corriendo por el presidente Emmanuel Macron al tiempo que los instrumentos clásicos de la derecha y de la izquierda languidecen o se enfrascan en estériles batallas internas. En Alemania, la formación de Gobierno es un calvario para regocijo de Alternativa para Alemania, un grupo de extrema derecha tan cercano a los peores momentos de la historia del país que causa desasosiego imaginarlo como primer partido de oposición subido a la tribuna de oradores del Bundestag. En España, el salto de un bipartidismo imperfecto a un tetrapartidismo no menos imperfecto resulta escasamente productivo o atractivo para una sociedad decepcionada, con las heridas de la crisis sin curar. En Austria y Holanda, el populismo ultra lleva a los partidos que no lo son o no lo fueron a abrazar el canon ultraconservador; en Polonia, Hungría y otros lugares la prédica ultranacionalista gana adeptos sin cesar.

La democracia funciona, pero la política se ensimisma y desoye las voces que creen indispensable una mise à jour. Jean Daniel recogió el año pasado, en uno de sus comentarios en el semanario L’Obs, párrafos como el que sigue de la introducción de Pierre Rusch para el libro La idea del socialismo, del alemán Axel Honneth: “Hace menos de cien años, el socialismo era un movimiento tan pujante en el seno de la sociedad moderna que no había ningún gran representante de las teorías sociales que no estimara necesario consagrarle un estudio profundo”. Para John Stuart Mill, Emile Durkheim y Max Weber, explica el prologuista, el socialismo era “un desafío intelectual que sin duda acompañaría de forma duradera al capitalismo”. “Hoy las cosas dejaron de ser así”, añade.

En parecidos términos se expresa Fareed Zakaria desde el campo liberal en un artículo publicado en The Washington Post: Estados Unidos ha decidido dejar de ser el instrumento que da forma al mundo mediante un multilateralismo de amplio espectro. Si para el pensamiento liberal y conservador europeo, la inspiración vino de Estados Unidos en muchas ocasiones desde el final de la segunda guerra mundial, con Donald Trump en la Casa Blanca todo es completamente diferente. Zakaria se refiere a esta nueva situación como un problema “casi existencial” para dirigentes como el socialdemócrata alemán Sigmar Gabriel, y aporta un dato determinante para entender el alcance del repliegue estadounidense, su ausencia de la política exterior salvo cuando es estrictamente necesario: Donald Trump es “el primer presidente en cerca de un siglo en cumplir su primer año en el cargo sin haber celebrado una cena de Estado con un líder extranjero”.

Norberto Bobbio explicó a principios de siglo la quiebra del modelo liberal, antiperfeccionista, porque “cree que la historia de la libertad es una historia de continuos pasos del bien al mal, de intentos logrados y fallidos”, en favor de las utopías reaccionarias, que persiguen un fin último predeterminado y, en este sentido cabe calificarlas de perfeccionistas. En estas utopías, acaso distopías, “de transformación radical de la sociedad está implícita una idea antiliberal”, sostuvo Bobbio. Y no hay duda de que en el seno de este pretendido perfeccionismo ultraconservador, donde los equilibrios sociales deben funcionar como un mecanismo de relojería, sucumbe el dinamismo social, esa característica de las sociedades abiertas en las que nada está escrito de antemano, ni siquiera los rasgos de identidad que el nacionalismo de última generación ha resucitado para reconstruir comunidades homogéneas y contener el mestizaje a medio y largo plazo, fruto de los flujos migratorios que tienen como destino Europa.

En un seminario celebrado en noviembre en Madrid por el Comité Económico y Social de la Unión Europea se debatió largamente cuál debería ser el papel de los movimientos sociales frente al auge populista ultraconservador y a la crisis de la política, un factor siempre implícito en las discusiones. De aquellas reflexiones en voz alta surgió una conclusión bastante repetida: Europa arriesga su identidad política si las instituciones, los resortes políticos de que dispone, no dan con la tecla que permita poner a salvo, con errores y aciertos, su condición de sociedad acierta, antiperfeccionista puede decirse. “No nos engañemos –afirma Daniel Innerarity en una entrevista en La Vanguardia–: en última instancia son los Estados y sus democracias quienes están en cuestión en este proceso. La integración europea comenzó después de la segunda guerra mundial como un instrumento para salvar al Estado de los excesos del nacionalismo. El desafío actual es continuar esta misión en un mundo muy diferente”. Una empresa urgente y al mismo tiempo compleja en pleno cambio del modelo productivo, condicionado todo por la primacía de las finanzas globales sobre cualquier otra consideración.