Merkel o la fuerza tranquila

Alemania cierra este domingo una historia de 16 años al no concurrir a las elecciones Angela Merkel, varias veces presentada por los medios de comunicación como la mujer con más poder de la comunidad internacional. Sea quien sea el ganador de las elecciones legislativas y se prolonguen lo que se prolonguen las negociaciones para formar un Gobierno de coalición, la cancillera dejará de llevar el timón y el universo democristiano (CDU-CSU) deberá habituarse a no contar con el valor seguro de la líder que se retira. O, si se confirman algunos pronósticos, se verá obligado incluso a actualizar y quizá a refrescar un establishment acomodaticio que en las encuestas da señales de fatiga, quizá de desconexión con una parte del electorado, votante de Merkel más que de los conservadores.

De ser así, como tantas veces ha sucedido en la historia de los partidos, una figura ganadora con una larga trayectoria habrá dificultado la consolidación de figuras solventes que en el futuro la puedan suceder. Los democristianos no escapan a esta impresión, a las tensiones internas que afloraron cuando se abrió el proceso para elegir un candidato a la cancillería y que solo se atenuaron cuando unas primarias dieron la victoria a Armin Laschet, presidente del land de Renania del Norte-Westfalia. Pero esa atenuación puede que sea solo provisional o momentánea si, como presagian los sondeos, cosecha un mal resultado y, como aventuró el semanario Der Spiegel después del primer debate televisado, los conservadores deben afrontar “una debacle histórica en las urnas”.

Son numerosos los analistas que resaltan la incapacidad de Laschet de seguir la estela de Merkel, de emular su estilo de hacer política sin sobresaltos, algo que genera confianza. Y Der Spiegel va más lejos: “Armin Laschet lo ha sido todo menos inspirador y sus tropiezos pueden tener profundas consecuencias para la estabilidad de la política alemana”. Se refiere el analista de la publicación a la consistencia de las grandes coaliciones armadas por la cancillera y a las incógnitas que se abren si la próxima fórmula de Gobierno descansa en un tripartito multicolor con socialdemócratas, verdes y liberales o con los dos primeros más Die Linke (izquierda poscomunista y disidentes de la socialdemocracia).

El caso de Olaf Scholz es justamente el contrario. El aspirante a canciller del SPD ha dado con la tecla para adoptar las maneras de Angela Merkel, ha sabido sacar partido al prestigio ganado al frente del Ministerio de Finanzas durante la pandemia y ha renunciado a una revisión in extenso del hilo argumental de la gran coalición. No es Scholz un candidato especialmente carismático, pero transmite fiabilidad, y las encuestas le dan la razón: el SPD comparecerá en las urnas con una ventaja estimada de entre tres y cinco puntos sobre la CDU-CSU. Si alcanza el 25% de los votos, Scholz no podrá decir que ha logrado un gran resultado, pero sí podrá presumir de haber desatascado al partido, que en mayo llegó a caer al tercer lugar, por detrás de conservadores y verdes, con unas expectativas de voto que en el menos malo de los casos se quedaban en el 17%.

Los frutos cosechados con esa imitación o acercamiento al estilo de Merkel han salido reforzados por el descenso de la candidata de Los Verdes, Annalena Baerbock, salpicada por algunas irregularidades que han dañado su imagen de líder ajena a las debilidades éticas de los dos grandes partidos. Baerbock mantiene su léxico lo más alejado posible de la terminología manejada durante años por la gran coalición, que le permitió ser durante unos meses la candidata con más posibilidades de victoria, pero a nadie se le oculta que los ecologistas hace tiempo que forman parte del sistema en igualdad de condiciones o poco menos que la CDU y el SPD. “Las soluciones deben estar basadas en compromisos”, dijo Joschka Fischer, líder histórico de Alianza 90-Los Verdes, cuando ocupó el puesto de ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller en el Gobierno de Gerhard Schröder (socialdemócrta).

Como ha escrito Héctor Sánchez Margalef, investigador del Cidob, “Olaf Scholz ha conseguido ser reconocido como el candidato más merkeliano de todos” y ha quedado a salvo de errores o precipitaciones, ha salido vencedor de los tres debates electorales y ha asociado su figura a la idea de continuidad, aunque se presente por un partido diferente al de la cancillera. En Armin Laschet se ha cumplido el viejo aserto de Willy Brandt: “Una situación se convierte en desesperada cuando empiezas a pensar que es desesperada”. Quizá se trata de una desesperación precipitada la que posee a los democristianos, pero solo ese estado de ánimo explica la implicación militante de Angela Merkel en la recta final de la campaña.

Willis Sparks, integrante del Eurasia Group, se pregunta por qué la cancillera ha renunciado a presentarse por quinta vez y a renovar su mandato si atesora un índice de aceptación del 80% (el de su Gobierno es muchísimo menor). La única razón que se le ocurre es que Merkel ha puesto su firma a “un período de expansión económica y prosperidad en Alemania que pocos líderes mundiales pueden igualar”, pero teme o intuye que el mundo pospandémico planteara dificultades que acaso podrían emborronar su legado. Es casi una explicación de índole doméstica, sin vínculos con las grandes estrategias políticas y la dinámica de los partidos, pero no deja de ser una explicación verosímil. Y añade Sparks que la continuidad ha permitido a Merkel hacer realidad la máxima según la cual “no es el más inteligente ni el más fuerte el que sobrevive, sino el más adaptable al cambio”. Una flexibilidad o adaptabilidad que sin duda obliga a un fatigoso esfuerzo todos los días.

Sean estas u otras las razones, el legado de Merkel a escala alemana y europea no deja de ser un lastre para quien la suceda, para quienes busquen en el próximo inquilino de la Cancillería el índice de eficacia de su predecesora. Un lastre que tendrá asimismo efectos sobre el comportamiento y percepción de los electores, acostumbrados a una especie de fuerza tranquila que sin duda buscarán en quien ocupe el puente de mando. Un joven dijo hace unas semanas en un programa de televisión: “Frau Merkel ha cometido muchos errores, como todo el mundo, pero ha conseguido que parezcan menos graves que los de los demás”. Se trata, sin duda, de una simplificación, pero algo de eso puede haber en ese éxito universal de la cancillera y en el empeño de Scholz en adoptar su manual de estilo con la esperanza de, con él, alcanzar la victoria.

Puigdemont, en plena escapada

La última salida de pata de banco de Junts ha consolidado una situación paradójica: una parte de la oposición del Govern de la Generalitat forma parte del susodicho Govern, y no hay remedio ni factor de corrección a la vista que acabe con tal anormalidad política. Cualquier otra coalición en cualquier otro lugar no superaría la prueba. Esto es, después de la delegación propuesta el martes por Junts y de la reunión de la mesa de diálogo habida el miércoles, la coalición se rompería y cada parte acudiría en busca de nuevos aliados para gobernar o para perseverar en su oposición, pero en el caso catalán tal cosa no sucede: el president Pere Aragonés informó el jueves al vicepresidente ausente de la mesa, Jordi Puigneró, de Junts, mientras Elsa Artadi y Jordi Turull, asimismo de Junts, desacreditaban cuanto podían la reunión del día anterior, en la que no comparecieron porque el mismo Aragonés informante no aceptó la representación que propuso el partido.

Decir que la mano de Waterloo es muy larga es decir poco. Es insuficiente decir que Carles Puigdemont cree a pies juntillas que cuanto peor, mejor. Decir que el gusto por la extravagancia se ha adueñado del escenario es simplificar la realidad. Decir, como lo hace Ferran Pedret (PSC) que a la coalición no le queda “otro remedio que continuar porque es muy elevado el coste de explicar a sus votantes que la independencia no es posible”, recoge solo una parte de las razones que han llevado a esa inusual pelea en la que los contendientes no aspiran a derrotar al adversario, sino a debilitarlo para tenerlo a merced de sus designios. Desde el bando de ERC, para seguir por la senda posibilista de la Realpolitik sin tener siempre el moscón detrás de la oreja; desde el universo enardecido de Junts, para recuperar la presidencia que, creen, es de su exclusiva propiedad y disfrute desde los días del pujolismo gobernante.

Es fácil descubrir en todo eso una disputa sin cuartel por la hegemonía política y cultural, por mantener la primacía en el reparto del poder y consagrar la idea de que el camino hacia la independencia solo puede ser de naturaleza insurreccional –unilateral, se dice– mientras sean otros quienes fijen el rumbo (ese es el punto de partida de Junts). Luego, cuando se restablezca la normalidad –disponer de la presidencia– ya se verá si no queda otra que instalarse en el posibilismo, habida cuenta las condiciones objetivas y la correlación de fuerzas, tan útiles y a tener en cuenta para no estrellarse contra el muro infranqueable de la realidad.

En plena escapada, que no al final de la escapada, y a mayor abundamiento en la huida hacia adelante, al orbe puigdemontiano le vale cualquier cosa para seguir en la brecha, menos que la mesa de diálogo se traduzca en algo efectivo, constatable y contable, que saque la cuestión catalana de la vía muerta, de esa tierra yerma que lo mismo vale para que las empresas catalanas de referencia lleven sus sedes sociales a plazas seguras que para que la inversión en el aeropuerto de Barcelona quede para quién sabe cuándo. Cualquier pretexto es útil para exaltar la confrontación, para alentarla y ampliarla, aunque lo cierto sea que la mitad del censo, por lo menos, no experimenta tal enconamiento en la vida cotidiana, en la relación con su entorno inmediato. Laura Borràs, presidenta del Parlament, exhibe gran maestría para dar con motivos para encadenar arremetidas.

Decía Josep Tarradellas que todo es admisible en política menos hacer el ridículo. La frase se recuerda con frecuencia, especialmente en estos días de comportamientos tan poco convencionales. Presentar la mesa del miércoles como una reunión de partidos –PSOE y ERC– y no de gobiernos bordea el ridículo; considerar como sobrevenida la legitimidad de Aragonés y auténtica la de Puigdemont, también lo es; es desmesurado creer que todo sacrificio futuro será poco si se alcanza la independencia. Esta última convicción es un rasgo específico de los nacionalismos: si hay que elegir entre la nación y la gente, no hay duda, la nación es lo que realmente importe. Por el contrario, mentes esclarecidas como la de George Steiner desvelaron en su día que la preferencia por la nación no es más que una añagaza: “La muerte de Sócrates pesa más que la supervivencia de Atenas”, escribió.

En las soflamas independentistas exaltadas hay mucho de este poso nacionalista, de la tendencia a soslayar el cálculo de costes. Hay en ello un riesgo grande porque siempre es peligroso tirarse a la piscina sin comprobar si en ella hay agua y si esta es suficiente. Es peligroso agarrase a la bandera y entrañan cierto peligro cuantos están dispuestos a hacerlo, a poner en marcha operaciones divisivas, ajenas a los grandes consensos, que ni son clara y específicamente mayoritarias en Catalunya ni cuentan con el menor respaldo en Europa. Hay poca agua en la piscina para tocar a rebato; hay demasiado en juego para no salir del laberinto y adentrarse por la senda del pacto. Ni siquiera es necesario reconocer en público que se acabó el procés; basta con ajustar los comportamientos al hecho de que efectivamente dio sus últimas bocanadas al dictar el Gobierno los indultos.

Decía el egipcio Butros Butros Ghali que lo más reseñable de los pactos es su existencia. Por encima incluso de su cumplimiento, porque comprometen siempre a dos o más partes en situaciones que, por lo común, son de complejidad extrema para los implicados. El pacto es el compromiso, el punto de encuentro que a nadie satisface del todo, pero permite dar con una salida honorable. Para llegar a un pacto, las partes deben renunciar de antemano a ejercer el enojoso y pueril papel de Pepito Grillo, de guardián de las esencias, de depositario de la verdad y la justicia universales, de guardaespaldas del programa máximo.

Una soleada mañana de la primavera de 2015 desayunaba Alfredo Pérez Rubalcaba en la terracita de la cafetería del Centro de Cultura Contemporània de Barcelona antes de participar en un debate sobre una alternativa federalista para España. Había dejado el veterano político socialista los salones del poder y había vuelto a la docencia universitaria; nada le obligaba a emitir diagnósticos políticamente correctos. El periodista Carles Pastor y yo mismo le preguntamos por la atmósfera que se respiraba en Catalunya, y él fue categórico: “La salida está en Europa, cada vez con menos fronteras y más integrada”. Luego se explayó en consideraciones sobre el porqué de la utilidad de la idea europea para salir del atolladero. Seis años después cabe añadir que fuera de Europa y de los estados europeos hace un frío polar; dentro, hay días de todo –bonancibles unos, tormentosos otros–, pero se mantiene la aspiración de la cesión de soberanías o de las soberanías compartidas, de la construcción de una identidad cultural mestiza. No es la Arcadia feliz, pero es más atrayente que los viejos mitos de la nación irredenta que son solo eso, mitos.

El 11-S, una línea de fractura histórica

Transcurridos veinte años desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, los hechos ratifican que fue aquel momento trágico en Nueva York y Washington una línea de fractura histórica y política en los albores del nuevo siglo. No porque la temperatura de las disfunciones en el seno de la comunidad internacional no hubiese enviado señales elocuentes antes de los atentados, sino porque estas se tradujeron en una sacudida inabarcable en el corazón de la supuesta hiperpotencia –la etiqueta se la colgó Hubert Védrine–, consagrada por el desmembramiento de la URSS solo diez años antes. Todo cambió después de los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono porque la sensación de vulnerabilidad que invadió a los ciudadanos de Estados Unidos se propagó en todas direcciones y los gobiernos se sintieron legitimados para adoptar con pequeños matices formales las doctrinas de seguridad impulsadas por la Casa Blanca.

En un artículo incluido en una recopilación de opiniones publicada por el Council on Foreign Relations a las pocas semanas de los atentados, el analista Michael Mandelbaum escribió: “Pocas de las grandes enfermedades letales de la historia se han erradicado por completo, pero muchas se han puesto bajo control y solo se cobran unas pocas víctimas cada año. Eso es lo que ocurrirá si la guerra contra el terrorismo triunfa. Y no se abandonarán las medidas puestas en práctica para impedir el terrorismo. Igual que no se suspenden las vacunaciones y otras medidas sanitarias incluso después de que una enfermedad mortal haya sido controlada”, El doble vaticinio de Mandelbaum se ha cumplido en todos sus extremos: los zarpazos terroristas se asemejan a los brotes repentinos típicos de un mal endémico –algunos pronósticos sobre el desenlace de la pandemia van por ahí– y nada de cuanto modificó el 11-S en la relación entre gobernantes y gobernados ha caducado, incluso ha aumentado con los sistemas de control que incorporan las nuevas tecnologías.

En estos últimos veinte años, la evolución del léxico ha contribuido a asentar estas nuevas formas limitativas de la autonomía individual y de la privacidad, acaso de las reglas propias de sistemas democráticos. La reiteración de golpes de mano del terrorismo global de inspiración islamista ha llevado a los gobiernos a utilizar en diferentes momentos la palabra guerra para referirse a la lucha antiterrorista, y tal fractura semántica ha hecho posible normalizar una especie de excepcionalidad permanente: si la guerra da pie a un estado moral excepcional, toda excepción en nombre de la seguridad –real o presunta– también lo está. Al mismo tiempo, las referencias a la guerra provocan una forma de inseguridad sobrevenida que hace menos traumática la aceptación de diferentes medidas restrictivas como un inevitable mal menor.

El caso es que tal aceptación no ha evitado que empeore en términos generales la confianza en los gobiernos. En Estados Unidos, el índice se mantiene en torno al 30% desde 2007 –otra cosa es la confianza en el presidente de turno–, y hay un desapego siempre en aumento por cuanto dicen y hacen los políticos. “Haríamos bien en reflexionar este sábado no solo sobre las vidas perdidas ese brillante día de finales de verano hace 20 años, sino también sobre los excesos, errores y flagrante falta de franqueza que siguieron. Sin una seria introspección por parte de los políticos, los encargados de la política exterior y la prensa, nos resultará difícil recuperar la confianza en nuestra democracia necesaria para el autogobierno”, escribe Jennifer Rubin en The Washington Post. La reflexión es aplicable a otras muchas sociedades, sometidas a un falseamiento permanente de la realidad.

Si alguna vez tuvo sentido la opinión de Michael Scott Doran según la cual Estados Unidos se vio enzarzado “en la guerra civil de otras personas” –el desafío yihadista en el seno de la comunidad musulmana–, hoy apenas se sostiene. Es más adecuado fijarse en los resortes emocionales activados por el islamismo radical para modificar sin pausa el paisaje social y ganar en el seno del islam adeptos a su causa o, al menos, dispuestos a justificar el recurso a la acción directa. “Los excesos, errores y flagrante falta de franqueza” que cita Rubin han hecho posible que junto a la contención de Al Qaeda y la derrota del Estado Islámico en Siria e Irak haya arraigado en sectores no precisamente pequeños de la umma –comunidad de los creyentes– un anhelo permanente de reparación. No solo frente a Occidente, sino también frente a gobiernos musulmanes venales que los islamistas tildan de apóstatas.

Dos décadas después del 11-S, alarmada Europa por los atentados en Madrid, Londres, París, Berlín, Bruselas, Barcelona y tantos otros lugares; fracasadas las primaveras árabes, donde se enterraron muchas esperanzas; regresados los talibanes al poder del que fueron desplazados hace también 20 años; sometido Oriente Próximo a los designios concertados de Israel y la Liga Árabe; convertido Irak en un enfermo crónico, todo induce a pensar que la inestabilidad es la enfermedad endémica de nuestro tiempo. El principio de incertidumbre, desarrollado por la mecánica cuántica, desbarata las previsiones de los gobernantes y de las organizaciones internacionales. Daniel Kurtzer, exembajador de Estados Unidos en Israel, sostiene que su país “está dividido más profunda y abiertamente en cuanto a su identidad fundamental, es decir, en cuanto a quiénes somos y a qué aspiramos”; en Francia, el politólogo Julien Fragnon asegura en Le Monde que la unión nacional es cada vez más precaria. Algo sumamente perturbador e inquietante ha contaminado las sociedades democráticas en los veinte años que van del 11-S a hoy; el mundo occidental ve con desconfianza, cuando no con temor, cuanto viene del orbe musulmán.

El 11-S sigue siendo un legado desasosegante para cuantos se sintieron golpeados, afectados o concernidos por la tragedia, dentro y fuera de Estados Unidos. Alain Gresh aventura que en los últimos veinte años Occidente  “perdió la batalla de la legitimidad y del derecho”, y añade: “La guerra contra el terrorismo ha sido la ilusión final de un Occidente que no admite el nuevo estado del mundo y quiere torcer el curso de la historia. Se trata de una tarea quimérica, por supuesto, pero intentar llevarla a cabo solo agrava el desorden mundial, alimenta el choque de civilizaciones y desestabiliza a muchas sociedades, incluso las occidentales, al dividirlas en función de criterios religiosos”. ¿Un diagnóstico radical? Diríase que la confusión es extrema porque desde el 11-S todo es más endiabladamente confuso e insondable, también en el orbe musulmán.

Crisis de certidumbres a causa de Afganistán

El estado anímico de la identidad colectiva se tambalea cuando se dan desenlaces tan imprevistos o indeseados como el de Afganistán. La decisión del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, de atenerse a lo acordado en su día con los talibanes por su antecesor, Donald Trump, ha dado pie a reproches de todo tipo, algunos o bastantes de ellos oportunistas. El “desastre de proporciones épicas” al que alude en The New York Times el congresista demócrata por Massachusetts Seth Multon y la definición de la retirada a toda prisa como “una decisión política” a despecho del consejo de los generales de mayor rango y de la comunidad de inteligencia, recogida en las mismas páginas de boca del congresista republicano por Texas Michael McCaul, orientan a ambos lados de la divisoria el sentimiento de frustración de la opinión pública estadounidense, harta de guerras lejanas, costosas y a menudo desprestigiadas, y, al mismo tiempo, golpeada por el espectáculo ominoso del aeropuerto de Kabul. Un sentimiento extensible a la opinión pública occidental, que ha observado el desarrollo de los acontecimientos como una claudicación sin reservas frente a los yihadistas victoriosos.

El hecho de que Biden haya llevado a la práctica lo que tantas veces defendió sin éxito como vicepresidente durante los dos mandatos de Barack Obama, salir de Afganistán cuanto antes mejor, no atenúa la sensación de que son imprevisibles las repercusiones de la derrota después de 20 años de guerra y de articulación fallida de un nuevo régimen. Para empezar, porque será ineludible alguna vía de comunicación estable con el régimen talibán; para continuar, porque la segunda entrada de los mujahidines en Kabul –la primera fue en 1996– y el desafío del Estado Islámico puede desembocar en una paradoja: el alineamiento en un mismo bando contra el terrorismo global de Estados Unidos y sus aliados –el Pentágono lo ve posible– y de los nuevos gobernantes afganos. A despecho incluso del restablecimiento de la sharia como fuente principal del orden social y de la previsible mutilación de derechos (los de las mujeres y niñas, en primera instancia).

Como afirman muchos conocedores del ethos talibán, el peligro inmediato de alimentar el terrorismo sin fronteras está en la capacidad de movilización de las franquicias del ISIS. El profesor Olivier Roy entiende que los talibanes sacaron provechosas lecciones del error cometido al acoger y asociar su futuro al de Al Qaeda, cuando en la práctica nunca quisieron el mulá Omar y sus secuaces salirse de los límites afganos, al tiempo que la yihad de Osama bin Laden siempre fue a escala mundial, quizá como fórmula o adecuación del combate a la globalización. Y esa posible cohabitación en pos de un mismo objetivo contra un adversario compartido –el universo del ISIS– puede erosionar el estado anímico, emocional de cuantos, fiados en la justificación propagandística que siguió al ataque del 11-S, creyeron que, efectivamente, la intervención en Afganistán y el desalojo del poder de los talibanes eran la última frontera para evitar la consolidación de una teocracia medieval.

Cuanto ha sucedido en Afganistán hasta el 31 de agosto y sucederá en el futuro inmediato acrecienta un sentimiento de vulnerabilidad generalizada y es combustible de primera calidad para activar el discurso ultraconservador en todas partes. “El negocio del populismo que vemos crecer cada día es hacer que la gente tenga miedo”, sostiene la economista Deirdre N. McCloskey. Si sale derrotado todo aquello que parecía asentado en los sólidos pilares de la democracia y la defensa de la autonomía de los individuos, si todo se tambalea, con las redes sociales y la televisión como grandes difusores de la debacle, se abre una ventana de oportunidad para alentar el miedo o, por lo menos, para poner en duda la competencia e intenciones de cuantos gestionaron el descalabro. Se da opción, asimismo, a la proliferación de campañas dirigidas a desacreditar apresuradas justificaciones morales para dejar en la estacada a las víctimas inmediatas de la catástrofe, a la cifra incalculable de afganos que desean salir del país.

Más allá o más acá, según se mire, del rompecabezas geoestratégico, profusamente analizado por las cancillerías, el regreso de los talibanes al puente de mando contribuye a alimentar la sensación de que cuanto se dice y hace procede de un mundo extinto o poco menos. A la acumulación de incertidumbres provocadas por la emergencia climática –véase el último informe (IPCC) auspiciado por la ONU– y por la pandemia, que sigue su marcha sin desenlace inmediato, se suma el estado de excepción emocional provocado por Afganistán. La crisis de identidad no es un estado de ánimo pasajero cuando se acumulan tantas situaciones fuera de control, cuya corrección obliga a escalar muros cuya altura se desconoce. En la evacuación de Kabul por Estados Unidos y sus aliados abundan las imágenes equiparables a las de la salida a toda prisa de Saigón en 1975, pero estaban en vigor entonces una serie de convenciones internacionales, la mayoría no escritas, pero sólidamente arraigadas, características de la guerra fría, que hace decenios saltaron por los aires. Hoy la imprevisibilidad se ha adueñado de los teatros de operaciones no solo en Afganistán.

El semanario The Economist ha invitado, entre otros, a Henry Kissinger para analizar la retirada estadounidense. En su artículo sostiene que no fue posible convertir Afganistán en una democracia moderna, “pero la diplomacia creativa y la fuerza podrían haber vencido al terrorismo”. Ambas aseveraciones son fruto de las convicciones de uno de los grandes actores de la guerra fría, pero los cambios en el ecosistema político del presente son demasiado profundos para que resulte eficaz la mezcla de diplomacia creativa y fuerza. De hecho, tampoco lo fue en Vietnam, aunque quiso aparentarse lo contrario hasta que se produjo la derrota. Puede decirse que, al menos en el plano teórico, el índice de incertidumbre aumenta todos los días y el de desorientación, también, con China como única superpotencia dispuesta a batirse por la hegemonía sin necesidad de plantearse enojosas preguntas porque no hay a las puertas de la Ciudad Prohibida una opinión pública entregada al libre examen crítico de los hechos, sino instalada en una euforia colectiva irrefrenable. Quizá es esta la foto fija de nuestros días.