‘Annus horribilis’ en la Zarzuela

El metabolismo de las monarquías es sustancialmente diferente al de las repúblicas. En las monarquías, la solvencia de la institución descansa en intangibles que tienen que ver más con la adhesión personal que con hechos concretos y palpables. En las repúblicas, por el contrario, la fluidez institucional es inseparable de los resultados: en las presidencialistas, el jefe del Estado es el factótum indispensable; en las restantes, la neutralidad del presidente debe ser útil para enfriar la brega política de todos los días. El único o al menos el más notable elemento común al titular de una monarquía o de una república es el principio de ejemplaridad que los ciudadanos reclaman a quien ocupa la cima de la pirámide institucional con un poder real o simbólico, de ahí que, como dice el psicoanalista Jean-Pierre Winter, sucesos como el affaire Cahuzac en Francia y la imputación de la infanta Cristiana en España causen una “herida narcisista”. En ambos casos, pesa tanto el daño emocional como la concreción material de los hechos.

Cuando el ministro del Presupuesto, Jérôme Cahuzac, aparece como un evasor fiscal con una cuenta en Suiza, los pilares del templo desfallecen y la “república irreprochable” prometida por François Hollande se desvanece sin remedio; cuando un juez cita a declarar a una hija del Rey por un feo asunto de caudales públicos, la monarquía ejemplar de la transición pasa a ser el “reino despuntado” del que habla Le Monde. Si a estos acontecimientos de última hora se suman otros que atañen al funcionamiento de los estados –Francia, España y otros–, la administración del erario y el coste moral y económico de la crisis, el descrédito de los gobernantes alimenta la indignación de los contribuyentes, zozobran las convicciones más arraigadas en un mar de dudas y escepticismo y los demagogos se suben al escenario. Acudiendo al dictamen de Sócrates, la retórica se convierte en el “arte de la mentira”.

La profesora Julie Neveux se remite a otro clásico para referirse a la retórica como sinónimo de mentira: “La metáfora preferida de Platón para hacer comprensible esto es la siguiente: el sofista se ocupa de la cosmética (apariencia ilusoria) allí donde el filósofo, y el buen político, deben ocuparse de la ética y de la verdad, y ejercer su verdad mediante una gimnasia sana y dialogada”. Lo que se preguntan muchos franceses es si cuando el presidente Hollande alude a “una imperdonable falta moral” realiza un ejercicio retórico o pone en marcha una catarsis de urgencia para metabolizar el mal causado por los manejos y las mentiras de Cahuzac. Una duda casi idéntica a la que suscita la disposición de la Zarzuela a aceptar el irrenunciable principio de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, como el mismo Rey recordó en Navidad, pero que luego mediatiza con la crítica al juez que cita a la infanta y el apoyo al fiscal que recurre la imputación.

Aquí acaban las coincidencias entre dos formas de gobierno tan dispares, porque en las repúblicas todo tiene una naturaleza terrenal y en las monarquías, los cimientos descansan en la mitología y el arquetipo del justo sin tacha. Las viejas monarquías europeas constituyen un anacronismo histórico, a menudo popularísimo, que asocia a un grupo muy pequeño de familias en la práctica de ciertas actitudes heredadas. Estas familias no son inmunes al desgaste de la vida cotidiana, a su comportamiento en el seno de sociedades abiertas, pero tienen a su disposición filtros que dejan pasar el agua clara y apartan de los focos los torrentes turbios. Funciona en ellas la estrategia de la sonrisa, de la foto de familia en la cubierta de un yate o en la cola del telesilla, de la rigurosa administración de uniformes y pamelas los días de boda y de retiros calculados si se produce un divorcio. Todo esto suele ser eficaz, marca una distancia de hecho entre las testas coronadas y el resto de la sociedad; solo cuando alguien cambia sin avisar las reglas del juego –la princesa Diana– o no cuadran las cuentas, asoman las grietas en la fachada.

¡Ah, las cuentas! Herida la inmensa mayoría de la sociedad por los zarpazos de una crisis económica cuyo final no se vislumbra, la más mínima sospecha de trapisonda resulta irritante. La actividad evasora de Cahuzac conmueve a los contribuyentes no solo por el fraude cometido, sino también por el agravio comparativo. La desvergüenza enerva a los ciudadanos, pero si quien la ejerce es precisamente quien debía haberla combatido, entonces el dolor es poco menos que insoportable. Y si quienes son sospechosos de haberse lucrado gracias a su nombre y circunstancias personales –Iñaki Urdangarín y compañía– ocupan un sitial con privilegios atávicos, entonces se pasa del dolor a la crisis de identidad. Duele más descubrir las debilidades de una leyenda que las flaquezas morales de un plutócrata como Jean-Jacques Augier, tesorero de la campaña electoral de Hollande, que regatea a la hacienda francesa con una sociedad en un paraíso fiscal. Y lo de Augier duele mucho a sus compatriotas.

En el caso español, la crisis de identidad obedece en no menor medida al “respeto reverencial” que ha hecho de la monarquía “un jarrón chino en lugar de vigorizarla como algunos pretendían”, tal como ha escrito Albert Sáez esta semana. Averiguar, además, si la crisis se debe a la sensación de orfandad de unos ciudadanos turbados por las flaquezas de la familia real, a la torpeza del entorno de la Zarzuela, a una idea trasnochada de la monarquía o a un poco de cada cosa importa menos que la crisis misma. Porque si en los regímenes republicanos en situaciones extremas se habla de cambiar a los gobernantes mediante el concurso de las urnas, en las monarquías en parecidos trances se incorpora al relato el fantasma de la abdicación y, en última instancia, el de la quiebra de la institución. Incluso en Televisión Española, canal 24 Horas, de una prudencia ilimitada cuando de la Corona se trata, se barajó la noche del miércoles como hipótesis no descartable la convocatoria en un futuro indeterminado de una consulta para decidir entre monarquía y república.

Diríase que es ilusorio pensar que se puede vivir siempre de las rentas de la historia y que, por el contrario, el peso de la historia desgasta a los actores si encadenan errores y decepcionan al patio de butacas que les observa. La web de referencia en el Reino Unido politics.co.uk subraya el poco interés que despierta el papel político de la monarquía e insiste, en cambio, en el debate permanente referido al coste de la institución, al régimen fiscal del que disfruta y a la desigualdad entre la tributación de las rentas reales y las de los demás contribuyentes. Aun así, la reina se mantiene por encima de la crítica, pero antes hubo de cambiar el paso y acercar su comportamiento al de los demás mortales para superar sin daños mayores su annus horrobilis.

“¿Por qué los más afortunados en el seno de nuestras sociedades quieren escapar a los impuestos –se pregunta el economista Paul Jorion a propósito de Cahuzac– y por qué han considerado hasta muy recientemente que evitarlos es un pecado venial en el que se complace la gente de la alta sociedad? Porque su sentimiento era que las sumas que les reclaman sirven para una redistribución de la riqueza en la que son los donantes y no los beneficiarios”. ¿Por qué es posible que el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación descubra que 130.000 fortunas guardan el dinero en el calcetín de los paraísos fiscales y ninguno de los interesados se siente avergonzado? La respuesta seguramente se asemeja mucho a la dada por Jorion a la pregunta anterior. ¿Por qué hay quien puede llegar a la conclusión de que se encuentra por encima o al margen del cumplimiento de la ley por el simple hecho de ser quién es? Vale otra vez una respuesta parecida a la de Jorion.

¿Puede encontrarse la puerta de salida del laberinto de un annus horribilis como el de la familia real con reglas del juego que se alejan de las corrientes de opinión dominantes? No, con toda seguridad: la igualdad de los ciudadanos constituye un bien cívico irrenunciable en las sociedades democráticas; es un pilar de la decencia. En asuntos como el caso Nóos, donde la relevancia social de los implicados forma parte de la causa, no valen los juegos de manos porque, a poco que el prestidigitador no ande listo, el truco queda enseguida al descubierto aunque se presente envuelto en la jerga abstrusa del papeleo judicial. Y de esta forma todo se vuelve aún más horriblemente intratable de lo que era de prever.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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