Reflejos esperpénticos de Europa


“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento”.

(‘Luces de bohemia’, escena duodécima)

La representación en el teatro Goya de Barcelona de Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, mueve a reflexión no porque aquellas miserias en las que malviven Max Estrella y Latino de Hispalis, más una corte de perdedores, sean las mismas de hoy, sino porque mucho de cuanto acontece con la crisis de nunca acabar que soportamos se antoja un reflejo esperpéntico de la realidad. Pareciera que volvemos a miranos en los espejos cóncavos del callejón del Gato, aturdidos por un entorno de desastres ingobernables, confiada la suerte de muchos a la impericia de unos pocos, los intereses de otros pocos más y la cantinela tecnocrática de que no hay otra forma de salir de la ciénaga que pasándolas canutas.

Portada de la primera edición de 'Luces de bohemia', del año 1924.

Portada de la primera edición de ‘Luces de bohemia’, del año 1924.

Los cómicos aluden en el escenario a aquellos espejos deformantes que devolvían la imagen contrahecha de una España en perpetua decadencia, y mucho de lo que hoy soportamos nos remite a un mundo grotesco, de valores precarios y episodios vergonzosos. Ahí están el cierre en nombre del ahorro de la televisión pública griega, la reacción histérica de las bolsas al iniciar el Tribunal Constitucional de Alemania el análisis de la compra de deuda de los estados a cargo del Banco Central Europeo, el IVA desbocado en España que arruina la cultura sin otra explicación que la necesidad de ser cumplidores obedientes de los dictados de la troika, el secuestro del lenguaje para subvertir la realidad y llamar reformas a lo que no es más que una destrucción acelerada del Estado social. Ahí está la ocurrencia bárbara del Gobierno irlandés de considerar la supresión del Senado para ahorrar 20 millones de euros. Ahí está todo eso, expuesto a la luz pública y sometido a la matraca de los propagandistas de la más sesgada de todas las explicaciones: todos somos culpables de la situación.

Los dioses del desorden, identificados por Emilio Trigueros en un artículo publicado en El País, son los traders y los altos ejecutivos que manejan los mercados –una quincena de instituciones financieras– y se desenvuelven en un juego con todas las cartas marcadas. “¿Qué ocurriría –se pregunta Trigueros– en una liga de fútbol donde los árbitros fueran los mayores apostantes de quinielas, tuvieran además acceso exclusivo a las listas de jugadores lesionados y pudieran cambiar el calendario de los partidos?” La pregunta es retórica porque solo una respuesta es posible: ganarían siempre quienes quisieran los árbitros, la competición estaría adulterada desde el primer partido y a lo que asistirían los espectadores sería a un esperpento fruto de una realidad deformada. Más o menos, en esas estamos.

Aquello que Trigueros propone para romper los espejos deformantes parece una empresa titánica: “Necesitamos sobre todo encontrar palabras y tomar decisiones para ser más sociedad, más democracia, más Europa”. Ser más sociedad significa sobreponerse al descoyuntamiento social que impregna cuanto se hace; perseverar en la democracia implica regresar a la política y atar corto a los tecnócratas; disponer de más Europa requiere encarar una doble meta: corregir los reflejos nacionalistas y limitar la hegemonía alemana. Nada de eso parece posible a corto plazo. El armazón institucional europeo se ha instalado en el diktat innegociable y no acepta siquiera el mea culpa del Fondo Monetario Internacional (FMI), que no previó en toda su magnitud los efectos sociales y económicos de las condiciones del rescate griego, como resalta Barry Eichengreen, profesor en Berkeley y exasesor del FMI. “Preocupada por la situación de los bancos franceses y alemanes, (la Comisión Europea) sigue argumentando que la reestructuración de la deuda aplazada era lo que debía hacerse. No se arrepiente de haber lanzado Grecia a los lobos”, lamenta Eichengreen.

Incluso aceptando que la admisión de culpa del FMI forma parte del esperpento, cabe preguntarse si es posible imaginar mayor empecinamiento en el error que el de la Comisión, cuyo único motivo de reiterada satisfacción es comprobar que los países cumplen unos programas de austeridad que los condenan a la ruina irrevocable. Y, lo que resulta doblemente esperpéntico, los gobiernos de los países condenados a toda suerte de privaciones, se ufanan con ceñirse al diktat sin asomo de resistencia efectiva. Antes al contrario, acumulan cerebros en los gabinetes de comunicación para construir una realidad virtual mediante análisis forzados, proyecciones estadísticas de dudosa solvencia y argumentos simplificados hasta la caricatura.

“Tenemos una economía desbocada y una política impotente, y nos dedicamos muchas veces a repartir las culpas y no pensamos cómo articularlas de manera que estén equilibradas”, opina el filósofo Daniel Innerarity, último premio Príncipe de Viana. Articular el reparto de las culpas sería una empresa peligrosa y, por esa razón, no se hace. Si se hiciese, el grueso de la reparación caería en espaldas diferentes a las que soportan la mayoría de los costes del desaguisado; no se habría caído en ese otro esperpento trágico de dejar a las víctimas de la crisis a los pies de los caballos. Si se hiciese un reparto equilibrado, habría que sanear los cimientos del entramado europeo, de los entramados nacionales, del funcionamiento habitual de las instituciones, de unas sociedades en las que crecen las desigualdades y se ensancha a distancia entre las convenciones políticas y las pulsiones de la calle.

Las elecciones locales celebradas en Italia han vuelto a dejar esa foto fija de la abstención galopante, fruto del desapego hacia cuanto se entiende como parte de la política. Pero, al mismo tiempo, las elecciones han dejado constancia de la corta esperanza de vida que atesoran las soluciones milagrosas, por muy vociferantes que sean: el Movimiento 5 Estrellas, que encabeza Beppe Grillo, ha perdido nada menos que la mitad del porcentaje de votos atesorados en las legislativas de febrero. Es decir, el electorado italiano ha avisado en voz alta de que recela tanto de lo conocido como de quienes se llenan la boca de promesas y no ofrecen resultados, adscritos a un discurso apocalíptico y estéril.

El próximo año, la solvencia y el arraigo de las instituciones de la UE pasará por una prueba difícil: las elecciones al Parlamento Europeo. Si, como es de temer, el partido mayoritario es el de la abstención, más incluso que en otras convocatorias, irá en aumento la debilidad de la Cámara frente a la conferencia intergubernamental y los eurócratas. En la práctica, el Parlamento de Estrasburgo consumará esa condición no deseada de ser el reflejo de la movilización electoral de una minoría de ciudadanos europeos, mientras que cuantos se ausenten de las urnas repetirán una vez más que no saben cuál es la utilidad de la Cámara. De tal situación no deberá deducirse que el Parlamento Europeo es un mero recurso estético para poner a salvo la división de poderes, sino que el viento italiano sopla por doquier y el hastío gana terreno a la reflexión. Y una pregunta capital inquietará con fuerza renovada: ¿para qué sirve mi voto si todo sigue igual?

Puede que ese sea el mayor de todos los costes de la crisis: que la decepción por lo que sucede suma adeptos a la idea de que todos los políticos son iguales, uno de los lugares comunes más reaccionarios y alejados de la lógica. La extrema derecha recurre a esa idea a todas horas y, con harta frecuencia, lo hacen indirectamente las demás corrientes ideológicas cuando, en el fragor de la pugna partidista, recurren al consabido y tú más, último de los esperpentos. Porque al disculpar las propias miserias con las del adversario se difunde un gran equívoco: dar por supuesto que, efectivamente, gobierne quien gobierne, el relato político no cambiará. Una convicción que lleva a prever que nadie con poder real aludirá a cómo debieran ser las cosas y se mantendrá el pesimismo social que alienta detrás de una única consigna: las cosas son como son.

Mali, ¿y ahora qué?

El conflicto de Mali se internacionalizó el miércoles, sexto día de la intervención francesa (Operación Serval), cuando una partida islamista tomó más de 600 rehenes –unos 40 extranjeros y los demás, argelinos– en la planta de extracción de gas de In Amenas (Argelia). El sangriento corolario de la operación desencadenada al día siguiente por militares argelinos llenó de sentido la pregunta formulada retóricamente, en cuanto se tuvo noticia del secuestro, por el general Carter F. Ham, el militar estadounidense de mayor rango destinado en África: “El auténtico asunto es, ¿ahora qué?” ¿Cómo se afronta la gestión de una guerra que siembra la inquietud en Occidente y amenaza con ampliar el foco de inestabilidad más allá de las fronteras de Mali y de los límites difusos del Sahel para llegar hasta las puertas de las primaveras árabes? ¿Por qué esa guerra que muchos creen que pudo evitarse? ¿Por qué se acogieron con desgana todos los avisos que llegaban del corazón del desierto después de la desbandada islamista que siguió al final de la guerra civil de Libia?

La guerra era “previsible y evitable”, sostiene Bruno Charbonneau, director del Observatorio sobre las Misiones de Paz y Operaciones Humanitarias y profesor de la Universidad de Quebec, porque plantear la crisis de Mali como una operación antiterrorista abocó a una profecía autorrealizable: “A cada nueva amenaza de intervención militar internacional, los islamistas crecieron en número y se estrechó su control del norte del país”. La duda que expresa Charbonneau, y para la que no tiene respuesta, es tan inquietante como la incógnita puesta sobre la mesa por el general Ham: “Queda por saber si nos dirigimos en Mali hacia otra guerra interminable contra el terrorismo o hacia otra intervención internacional (asimismo interminable) de construcción de la paz y reconstrucción del Estado”.

Guerra de Mali

Según los expertos, las operaciones islamistas en Mali son una acción coordinada de AQMI, el MUYAO y AE, más el golpe de mano de Mujtar Belmujtar en Argelia.

En cuanto se tuvo noticia de la operación islamista en Argelia, The New York Times fue en busca de opiniones para aquilatar la repercusión de lo que estaba sucediendo y la posibilidad de que Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y otras organizaciones similares constituyeran una amenaza inminente para intereses estadounidenses. El general Ham constestó  que “probablemente no”; el secretario de Defensa, Leon Panetta, se manifestó en sentido contrario: “Es una operación de Al Qaeda y es por esta razón que estamos afectados por su presencia en Mali”. En realidad, los islamistas acababan de internacionalizar la guerra mucho antes de que el primer soldado del contingente africano multinacional se presentara en el teatro de operaciones y de que el programa de asistencia aprobado por la Unión Europea movilizara a un solo instructor de los que, en un tiempo inverosímilmente corto, debe convertir el Ejército maliense en un instrumento eficaz.

Mientras esto sucede, y es muy posible que tarde mucho en concretarse la eficacia de la operación de adiestramiento de los soldados de Mali, otra pregunta sobrevuela la crisis: ¿hay detrás de las razones oficiales otras menos confesables para recurrir a las armas? Más allá de la teórica unidad de los grandes partidos franceses detrás del presidente François Hollande, de los riesgos de que el yihadismo se haga con el territorio de un Estado fallido, de las peticiones de ayuda dirigidas a Francia por el tambaleante Gobierno de Mali, es legítimo considerar otros motivos, como las planteados por el cooperante Julio Tapia Yagües en una carta dirigida a ELPERIÓDICO: “Lo que ha provocado el actual conflicto en Malí es la gran bolsa de petróleo y gas de su zona norte (…) La negativa a pagar un céntimo a los tuareg, legítimos propietarios de los recursos allí encontrados, es lo que motivó que la oligarquía maliense, alentada por petroleras americanas (y europeas al acecho) forzara un golpe de Estado en marzo del 2012 que derrocó al presidente legítimo del país, que ya negociaba con los tuaregs”.

Incluso si las razones oficiales de Francia se limitan a las expuestas por Hollande y sus ministros, es harto dudoso que las operaciones en curso sean suficientes para evitar que en el corazón del Sáhara se consolide una situación similar a la afgana (triunfo talibán de 1996), a la somalí o –pesadilla de Occidente– a la que sueña el islamismo radical para Pakistán salvo que se haga realidad el temor a la intervención internacional interminable, expresado por Charbonneau. Cuanto está sucediendo en el desierto tiene un efecto llamada evidente para todos los iluminados de la yihad, de forma que los efectivos con los que ahora cuentan las organizaciones que se han adueñado del norte de Mali pueden crecer sin que, por lo demás, los países circundantes puedan garantizar ni remotamente el control de las fronteras para evitar la infiltración. La impresión es justamente la contraria.

Nina Wallet Intalu

Nina Wallet Intalu,una de las dirigentes del MNLA, advirtió en abril del año pasado de los riesgos que se corrían en Azawad.

Para el especialista de la Universidad de Toulouse Mathieu Guidère, tres grupos islamistas complementarios se encuentran en el teatro de operaciones: AQMI, el Movimiento Unicidad y Yihad en África del Oeste y Ansar Edin (Defensor del Islam). Este último “se mueve en columna como un ejército regular; los otros dos grupos funcionan como comandos y fuerzas de choque”. Hay diferencias entre ellos,  fruto de rivalidades personales, pero de las declaraciones hechas por Guidère a la revista Jeune Afrique se desprende que esta trinidad yihadista constituye un bloque eficaz que amenaza con liquidar Mali como Estado.

El bloque combatiente no es un recién llegado al campo de batalla, pero cuando voces autorizadas advirtieron de la amenaza que se cernía sobre el norte de Mali, muy pocos prestaron atención. Así fue con Nina Wallet Intalou, integrante del comité ejecutivo del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), independentista tuareg, que el 19 de abril del año pasado declaró al diario Le Monde desde su exilio en Nuakchott: “[los islamistas] combaten contra nuestra cultura y nuestra identidad, y Mali nunca ha hecho nada contra ellos. Quieren borrarnos con la complicidad de Argelia”. Los hechos parecen confirmar que pesó más en el ánimo de los gobernantes malienses y de sus aliados el objetivo de neutralizar el independentismo de los tuaregs, víctimas como tantos otros grupos de la caprichosa división territorial pergeñada por las metrópolis coloniales antes de marcharse de África, que la necesidad de evitar que la emancipación de facto del Azawad emprendida por el MNLA fuese la ocasión propicia para los yihadistas de hacerse con el territorio, como así fue.

Para redondear la falta de reflejos de los gobiernos y la escasa pericia de los servicios de inteligencia, se dio muy escasa importancia a la constitución de la brigada Al Mutalimin (Los Firmantes por la Sangre), encabezada por Mojtar Belmojtar, un histórico del AQMI. Se creyó que no pasaba de ser la guerrilla particular de su jefe, enemistado con la dirección del AQMI, pero Dominique Thomas, especialista en redes islamistas, tiene una opinión menos simple: según él, Belmojtar buscaba desde hacía tiempo legitimarse junto otros grupos islamistas que pululan por el desierto, discípulos aventajados del desaparecido Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, del que surgió el AQMI. Para Thomas no hay duda: “Las divergencias del pasado, relacionadas especialmente con egos incompatibles, se han borrado en provecho de esta operación [In Amenas], realizada de forma coordinada”.

Carter F. Ham

Carter F. Ham, el general estadounidense que se pregunta cuál es el siguiente paso que hay que dar en Mali.

Así pues, el adversario al que se enfrenta Francia puede que no sea muy numeroso, pero conoce hasta la última roca el terreno que pisa, se adapta a él, atesora una probada capacidad de resistencia en las peores condiciones y no tiene más objetivo que combatir y combatir. En cambio, la capacidad de Francia de mantener el esfuerzo de guerra de forma ilimitada choca con las exigencias presupuestarias, obliga a los socios de la UE a plantear con precisión qué objetivos se persiguen y, en última estancia, estará condicionada por la reacción de la opinión pública a poco que se tuerzan las cosas. Bruno Charbonneau impugna la determinación del presidente Hollande de seguir en Mali todo el tiempo necesario. ‘Serval’ o la elección del mal menor, el editorial de primera página del día 14 del diario Le Monde, que suele apoyar al equipo socialista, era concluyente: intervenciones como la de Mali “no se sabe nunca cómo terminan” y “Francia no puede permanecer sola”. “Ayudar a Mali a reconquistar su territorio es en primer lugar un asunto de los estados de África del oeste”, se decía en el mismo texto, en el que se llamaba la atención sobre los riesgos inherentes a emprender la misión de forjar un Estado nuevo al estilo de las ensoñaciones de los think tanks neocon de Estados Unidos.

Pero los riesgos a que se enfrenta Francia, y por extensión el resto de Occidente, sea mucha o poca la implicación de los aliados en la guerra, es resucitar el fantasma de la Françafrique, donde todo se maneja desde París para exclusivo provecho propio y perjuicio de las antiguas colonias, enfangarse en un conflicto interno en tierra del islam y, aún peor, aparecer como la cabeza de playa de un neocolonialismo explícito. Frente a la opinión pública de los países del norte de África, que ha confiado el Gobierno al islamismo político en Marruecos, Túnez y Argelia, que le otorga un apoyo considerable en Libia y no reniega de él en Argelia, prolongar la presencia occidental en Mali podría soliviantar a la calle, ocupada en dar forma estable al movimiento de cambio que se inició con la caída de los dictadores.

Puede ser que Francia haya elegido el mal menor como el único camino posible en un conflicto enrevesado en el que coinciden las debilidades de un Estado a un paso del desmoronamiento, el independentismo tuareg, la brega yihadista, el temor del Gobierno argelino a que el islamismo inclemente arraigue en su territorio y una geopolítica marcada a fuego por el atraso, la pobreza y la debilidad institucional. Pero la guerra tiene su propia lógica, como ha escrito estos días Alain Frachon, y el fundamentalismo yihadista, tributario de una tradición antioccidental perfectamente identificable, también. Hoy, en el conflicto de Mali, es básicamente aplicable la siguiente frase, incluida por el politólogo canadiense Michael Ignatieff en El mal menor, ensayo del 2004 cuya referencia son los atentados del 11 de septiembre del 2001: “Lo que necesitamos explicarnos es por qué las guerras contra el terror se escapan del control político, por qué caen en la trampa que ponen los terroristas, pero también por qué los propios terroristas pierden el control de sus campañas e imponen terribles pérdidas a los de su propio bando antes que reconocer la derrota”. Y, a pesar de todo esto, las guerras contra el terrorismo “legitiman a los radicales”, según el sombrío diagnóstico de Dominique de Villepin, exprimer ministro de Francia.

En el aire enrarecido por los bombardeos, el golpe de mano en Argelia y las incertidumbres de futuro se abren paso, además de los porqués de Ignatieff, las sospechas de las oportunidades perdidas para evitar el desastre. Peter Rutland, profesor de la Universidad de Wesleyan, ha publicado en su blog de The New York Times una serie de consideraciones sobre los clichés aplicados por Estados Unidos a la génesis de la crisis maliense, extensibles a las potencias europeas. Recuerda Rutland que, durante la guerra fría, Occidente separó comunismo de nacionalismo, y aquel error dio pie a “intervenciones desastrosas, de Cuba a Vietman”. “El mismo error se comete ahora en la guerra del terror –prosigue–. Durante muchos años la comunidad internacional ha soslayado permanentemente las peticiones de autodeterminación de los tuaregs que habitan en la mitad norte de Mali, conocida como Azawad”. Un caso de ceguera política –confundir el nacionalismo tuareg con una forma encubierta de islamismo– que ha permitido a los yihadistas adueñarse de las reclamaciones tuaregs para ocupar el territorio e imponer la sharia. ¿Y ahora qué? Todas las respuestas suenan a improvisación.

El chavismo es el Estado o casi

El debate abierto en Venezuela referido a la constitucionalidad o no del aplazamiento de la toma de posesión de Hugo Chávez tiene el valor jurídico y académico que se le quiera dar, pero siempre será inferior al peso político de la controversia. La Constitución venezolana, y más aún la interpretación que de ella se hace a cada lado de la polémica, está lastrada por su naturaleza ad hominem. Se trata de un texto al servicio de la singularidad del régimen articulado por el presidente Chávez, esa república bolivariana de perfiles difusos en la que se mezclan las rentas del petróleo con un nacionalismo socializante difundido a los cuatro vientos por los resortes de propaganda del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), más la aquiescencia del Ejército en el seno de una sociedad pavorosamente dual.

Nicolás Maduro

Nicolás Maduro, vicepresidente de Venezuela, a quien Hugo Chávez confío la continuidad del régimen.

La estrategia informativa seguida por el vicepresidente Nicolás Maduro para informar del estado de salud del presidente, el comportamiento de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, y el veredicto del Tribunal Supremo, que ha dado por buena la prórroga para que Chávez renueve mandato, responden a las previsiones constitucionales no escritas, pero sobreentendidas, según las cuales la agenda debe ajustarse a las necesidades del comandante-presidente, un apelativo con resonancias castristas. Es este un camino transitado con frecuencia por regímenes latinoamericanos de perfil democrático y no democrático, que en el caso venezolano permite al chavismo organizarse –Maduro y Cabello mediante– para atar las previsiones sucesorias ante la más que probable ausencia definitiva de Chávez del puente de mando. Y a Cuba le da tiempo a garantizar el futuro de la alianza de privilegio que mantiene con el petróleo venezolano, sobre la que descansan las necesidades energéticas más apremiantes de la isla y la reforma económica inaplazable emprendida por Raúl Castro.

Los argumentos jurídicos vertidos por especialistas que militan en el bando bolivariano y en el de sus adversarios admiten toda clase de juicios. Es discutible que a Chávez no se le deban aplicar los plazos para tomar posesión (Luisa Estella Morales, presidenta del Tribunal Supremo), pero no es un dogma de fe que el juramento para desempeñar el cargo sea un requisito que legitima a la institución, no a la persona (Armando Rodríguez García, jurista). Este último va más allá al declarar a Los Angeles Times que “la ausencia de Chávez de la ceremonia puede ser inconstitucional”. En todo caso, el bizantinismo de la discusión no da para mucho más que las conclusiones en las que cada bando se encastilla. “Una especie de traje listo para llevar”, ha llamado a la Constitución venezolana Asdrúbal Aguiar, expresidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en un debate entre personalidades de la oposición emitido por Globovisión, la cadena a la que el chavismo puso la proa y ha de emitir por internet; “una garantía de continuidad institucional”, ha escrito el editorialista de una publicación afecta al chavismo; “ninguna de las personas que está en el poder actualmente fue electa el 7 de octubre”, recuerda con acierto Henrique Capriles, que disputó la presidencia a Chávez.

Diosdado Cabello

Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional del Venezuela, que tutela la continuidad del chavismo al lado de Nicolás Maduro.

Más allá del virtuosismo jurídico está la realidad política, que Capriles ha resumido en una sola frase: “El tribunal tomó una decisión para resolver un problema del PSUV”. Algo en lo que abunda El Nacional, en las filas de la oposición caraqueña: “La crisis política que estamos viviendo tiene su origen en la ausencia de Chávez y en la subsiguiente turbulencia en el interior del PSUV –asegura el sociólogo Heinz Sonntag–. Se ha sabido que una fracción cada vez mayor de oficiales de la FAN [Ejército] ve con creciente irritación la influencia de Cuba. Por otro lado, la alternativa democrática ha logrado construir una corriente de oposición que tiene creciente influencia en la ciudadanía”. En realidad, la “corriente de oposición” está lejos de agavillar las voluntades suficientes para competir con la movilización chavista en la calle y cada vez que se convocan elecciones. Al mismo tiempo, el problema interno del PSUV es solo relativo porque nadie discute de momento que Maduro fue ungido por Chávez antes de marchar a Cuba para operarse por cuarta vez, y tampoco que Maduro es el enlace con La Habana y, por añadidura, con los aliados más próximos: el sandinismo desfigurado por la corrupción de Daniel Ortega, el neoindigenismo de Evo Morales y el populismo petrolero de Rafael Correa, más unas gotas de solidaridad peronista siempre que Cristina Fernández caiga en la cuenta de que la política de balcón y pancarta pasa por Cuba y Venezuela.

En el 2008, el economista venezolano Francisco Rodríguez publicó en Foreign Affairs un artículo de análisis de la situación en su país titulado Una revolución vacía, que dio pie a un prolongado intercambio de opiniones. Poco después, en las páginas del liberal The New York Times, con un título casi idéntico –La revolución vacía de Venezuela–, volvió a la carga para poner en duda el efecto beneficioso de la revolución más allá de los logros alcanzados a caballo del aumento de los precios del petróleo. Rodríguez se refirió a los estereotipos que permiten el arraigo de diferentes formas de populismo y llegó a la siguiente conclusión: “Esos estereotipos refuerzan la opinión de que el subdesarrollo latinoamericano se debe a los vicios de sus clases depredadoras en vez de a algo más prosaico como las políticas equivocadas. Una vez se acepta esto, es fácil olvidarse de la necesidad de elaborar iniciativas en el mundo real que podrían ayudar a América Latina a crecer”. Dando por descontado que en el relato de Rodríguez hay una dosis no pequeña de antichavismo, es lo cierto que las carencias y debilidades del régimen –inflación, desabastecimiento, inseguridad, corrupción– se achacan a una mezcla de adversarios en el interior y en el exterior, y ese enfoque ha calado en segmentos sociales que consideran la dinámica chavista la única vía que les queda para salir de la postración. Y la música que llega de Cuba, de Nicaragua, de Bolivia y de Ecuador ayuda a crear este clima de confianza desmedida en el mensaje del comandante-presidente.

Luisa Estella Morales

Luisa Estella Morales, presidenta del Tribunal Supremo de Venezuela, que no vio inconstitucionalidad en que se aplace el juramento de Hugo Chávez.

Entre tanto, la realpolitik se mueve entre bambalinas con las exigencias de siempre, porque el régimen afronta un gran problema a medio plazo: Estados Unidos, el primer importador de petróleo venezolano, será autosuficiente hacia el año 2020 gracias a la explotación de los esquistos bituminosos. En consecuencia, mientras nadie sabe exactamente más allá de la familia y unos pocos fieles hasta dónde llega la gravedad de Chávez, Maduro ha iniciado los preparativos para asegurar el futuro al poschavismo a través de una fórmula de acercamiento a la Casa Blanca que incluiría la reanudación de las relaciones diplomáticas. Lo cuenta Andrés Oppenheimer en El Nuevo Herald de Miami, con justa fama de portavoz de todos los anticastrismos imaginables, pero con antenas muy bien orientadas en los salones de Washington. O sea que la conversación telefónica de Roberta S. Jacobson, responsable de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, con Maduro, de la que habla Oppenheimer, debió producirse –el pretexto fue la cooperación en la lucha contra el narcotráfico–, decidido el heredero de Chávez a hacer de la necesidad virtud y a dejar la grandilocuencia para los momentos de zozobra.

Se completa así el círculo de los tres poderes fácticos sobre los que se sostiene la república bolivariana: el partido, que encuadra al chavismo militante; el Ejército, cuna de Chávez, que garantiza la continuidad institucional; y la compañía petrolífera PDVSA, que nutre de divisas el experimento social. Esta trinidad de facto enmaraña la clásica división de poderes, pero se ajusta como un guante a una mano a los objetivos socializantes del régimen, al espíritu de la Constitución, que ahora está en boca de todos, y puede que también al propósito inconfesable de controlar a la oposición. Todo esto tiene poco que ver con la búsqueda apresurada de argumentos jurídicos para legitimar la ausencia de Chávez o poner en duda la legitimidad del régimen desde el jueves, cuando el presidente no compareció para jurar el cargo. Y hace aún más estéril la verborrea desquiciada a la que se entregan algunos articulistas, como Antonio A. Herrera-Vaillant en El Universal, de un tremendismo sin límite: “La verdadera tragedia no es que el poder esté en Cuba, sino que está vivito y coleando en la chusma desaforada y procaz de la Asamblea y algunos cuarteles: un atajo de perros sin amo que rápidamente pierde legitimidad. Los cubanos lógicamente intentan que no se caigan a dentelladas entre sí”.

Herrera-Veillant recuerda que en 1952 aparecieron en Buenos Aires pintadas que rezaban ¡Viva el cáncer!, la enfermedad que acabó con la vida de Eva Perón, convertida desde entonces en referencia ideológica y mitológica del justicialismo. Acto seguido, se atreve a decir que aún hoy paga Argentina aquel atrevimiento, porque sigue siendo el peronismo la fuerza hegemónica, y teme que en Venezuela suceda otro tanto –no lo dice, pero es fácil sacar esta conclusión– si la enfermedad vence a Chávez. Sea o no esta una opinión muy extendida en las filas de la oposición, el hilo argumental del articulista es, además de poco respetuoso con la peripecia vital del presidente, bastante inexacto: nada tiene que ver con la carnadura peronista ni el momento histórico ni la cronología de acontecimientos que permitieron a un comandante golpista llegar al poder a través de las urnas. Merece la pena leer en la publicación progresista estadounidense In These Times las reflexiones de Bhaskar Sunkara después de la reelección de Chávez en octubre, discutibles, pero bien argumentadas, para concluir que el peronismo y el chavismo no tienen más nexo de unión genérico que la tradición populista, y aun este debe tomarse con todas las reservas. “Juan [Domingo] Perón y sus seguidores cooptaron una izquierda en ascenso. Chávez aparentemente la ha resucitado y ha tenido a veces dificultades para mantenerse en sintonía con las fuerzas que ayudó a liberar”.

Venezuela. Mapa

Parámetros esenciales de la República Bolivariana de Venezuela.

Lo que la oposición venezolana apenas es capaz de reconocer es que el chavismo es un producto genuino del país, que ha arraigado porque el turno de partidos –un rato para la socialdemocracia (Acción Democrática) y otro para la democracia cristiana (COPEI)– acabó siendo un ominoso negocio familiar que se despeñó por la pendiente de la decadencia a partir del caracazo de 1989. Mucho antes de la asonada de Hugo Chávez, todo dejó de ser chévere, las desigualdades crecieron de forma galopante, pero el bipartidismo permitió que el edificio se hundiera sin que el petróleo alcanzara para atenuar el descontento social. Entonces no hubo debate constitucional ni intervención judicial, cuando era posible y necesario que los hubiera, y hoy los hay, aunque sin que tengan efectos prácticos porque el chavismo es el Estado o casi.

 

Europa mira hacia delante con temor

“El mundo está enfermo de sus bancos” es el mejor resumen de los males que nos afligen. El cambio de año ha dado pie a los acostumbrados diagnósticos y vaticinios de futuro, pero esta frase contundente y escueta de Josep Borrell, incluida en el artículo que publicó el miércoles en EL PERIÓDICO, llega al meollo del asunto, al núcleo del problema, al desasosiego que nos hace mirar hacia atrás con ira y hacia delante con toda clase de temores. El muro que se levanta entre la sociedad y el sistema financiero, entre la mundialización de la economía y la economía doméstica, es cada vez más alto, resulta más amenazante y, a cada día que pasa, degrada la gestión política de los problemas. La debilidad de la política frente a los mercados es abrumadora, las carencias de las instituciones son asimismo apabullantes; en Europa se extienden el pesimismo y la desesperanza de la mano de la austeridad, y en Estados Unidos todo pende de un hilo hasta el último minuto merced al secuestro del Partido Republicano por la derecha montaraz, enfrentada a un presidente ilustrado, pero falto de mayoría en la Cámara de Representantes.

Harry Reid

Harry Reid (izquierda) y John Boehner, durante la negociación ‘in extremis’ para evitar el abismo fiscal.

Lo de Estados Unidos es visceral; lo de Europa, estructural. Los padres fundadores crearon un sistema de contrapoderes para que ni la Casa Blanca ni el Congreso pudieran hacer de su capa un sayo, para que el pacto se impusiera al diktat; los forjadores de la Europa unida confiaron en que sus herederos levantarían un edificio institucional, pero estos, acuciados por los intereses nacionales, quedaron muy por debajo de las expectativas. El presidente Barack Obama ha ganado un asalto, pero en febrero deberá subirse de nuevo al ring; los europeos no bajan del cuadrilátero desde nadie recuerda qué día. Europa vive en una maraña puede que peor que el exabrupto dirigido por John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, a Harry Reid, líder demócrata en el Senado: “¡Que te jodan!”

En un artículo significativamente titulado En 2013 será preciso desconfiar aún de la docta ignorancia de los expertos, firmado por el sociólogo Edgar Morin en las páginas de Le Monde, se citan hasta cuatro condiciones para afrontar la renovación política que precisa Europa en general y, de forma más concreta, la izquierda europea. Una renovación que debe antes superar un espejismo: “Todo nuestro pasado, incluso el más reciente, abunda en errores e ilusiones; ilusión de un progreso infinito de la sociedad industrial, ilusión de la imposibilidad de nuevas crisis económicas, ilusión soviética y maoísta, y hoy reina todavía la ilusión de una salida de la crisis merced a la economía neoliberal, a pesar de haber producido esta crisis. Reina también la ilusión de que la única alternativa se encuentra entre dos errores: el error de que el rigor es el remedio a la crisis y el error de que el crecimiento es el remedio al rigor”.

Edgar Morin

El sociólogo Edgar Morin aconseja desconfiar de la “docta ignorancia de los expertos”.

La primera condición es protegerse de la ignorancia de los expertos: “Nuestra máquina de producir conocimientos, incapaz de proporcionarnos la capacidad de enlazar los conocimientos, produce en los espíritus miopías y cegueras”. La miopía lleva a la “docta ignoracia”, un estado anímico “incapaz de percibir el vacío pavoroso del pensamiento político (…) en Europa y en el mundo”.

El segundo requisito es que la izquierda emerja de la atonía intelectual que la atenaza y elabore un discurso propio que afronte los grandes desafíos de la globalización. “La izquierda es incapaz de extraer de las fuentes libertarias, socialistas, comunistas, un pensamiento que responda a las condiciones actuales de la evolución y la mundialización. Es incapaz de integrar el caudal ecológico necesario para salvaguardar el planeta”.

En tercer lugar, Morin menciona la necesidad de revisar el concepto de laicidad, tan íntimamente vinculado a la tradición política francesa y, por extensión, a la contribución ideológica de Francia al pensamiento político europeo: “Hoy sabemos que el progreso humano no es ni seguro ni irreversible. Conocemos las patologías de la razón y no podemos tachar de irracional cuanto atañe a las pasiones, los mitos, las ideologías”.

Por último, el ilustre pensador reclama una profunda reflexión acerca del individuo y el valor de la solidaridad. “Estamos en una civilización donde se han degradado las antiguas solidaridades, donde la lógica egocéntrica se ha desarrollado en demasía y donde la lógica del nosotros colectivo se ha subdesarrollado. Por este motivo, además de la educación, debe desarrollarse una gran política de solidaridad que comporte el servicio cívico de solidaridad de los jóvenes, chicos y chicas, y la instauración de casas de solidaridad encargadas de socorrer las angustias y las soledades”.

Entra aquí en juego una condición mencionada por Josep Borrell: “La aceptación democrática del esfuerzo colectivo solo se mantiene si se considera justamente distribuido”. ¿Tiene algún ciudadano europeo zarandeado por la crisis la sensación siquiera remota de que sus estrecheces guardan proporción con las de los que desencadenaron la hecatombe? Ciertamente, no. Los buenos propósitos del G-20 para acabar con los paraísos fiscales duermen el sueño de los justos, los escándalos bancarios se suceden, el lavado de dinero y la ocultación de patrimonios son moneda corriente, y todos estos ingredientes y otros más, citados por Borrell, siembran una profunda desazón y abren un precipicio insalvable, con la superestructura financiera y los gestores políticos, de un lado, y el resto de la sociedad, del otro.

Joschka Fischer

Joschka Fischer: “Sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”.

El programa de Morin es un punto de partida, pero queda por elaborar la parte más compleja: un pensamiento renovado que se presente como alternativa al desastre social en curso y que sea capaz de afrontar de forma imaginativa aquello que el texto de Borrell identifica. Puede decirse que el sociólogo francés echa en falta en Europa un plan de largo alcance en el que tengan cabida el rigor presupuestario, el crecimiento, la cohesión social y la renovación intelectual. Joschka Fischer, exministro alemán de Asuntos Exteriores, coincide a grandes rasgos con Morin cuando afirma en Falta de resolución del año nuevo de Europa que las medidas tomadas por Angela Merkel y otros líderes europeos durante 2012, encaminadas a cimentar la homogeneidad fiscal, el control de los bancos y la unidad de la política económica, no obedecen a una estrategia preexistente, sino que son respuestas a la crisis. Sin ella no las habrían adoptado y hubiera seguido la confusión a causa de una doble carencia: la falta de un marco político de referencia para la unión monetaria y la falta de liderazgo para crearlo.

Fischer identifica tres riesgos contra los que la Unión Europea apenas tiene armas para neutralizarlos:

  1. La situación económica de Estados Unidos, donde el galimatías del abismo fiscal pudo acabar en tragedia, con repercusiones en todo el mundo, especialmente en Europa.
  2. La posibilidad de una guerra caliente en Irán, promovida por Israel –más improbable es que Estados Unidos prenda la mecha–, que repercutiría en un aumento generalizado de los precios de la energía.
  3. La posibilidad de que los “intereses contradictorios” aumenten la separación entre los ricos del norte de Europa y los golpeados por la crisis del sur, lo que también hará crecer la distancia entre la Eurozona y el resto de la UE.

Además, Fischer menciona en su artículo dos requisitos ineludibles: que Francia aborde las reformas que debe aplicar a un modelo económico envejecido y que Alemania acepte la institucionalización –mutualización– del papel que desempeña en el euro. Si François Hollande no se decide a reformar, esto afectará al futuro de la UE, porque “sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”, escribe Fischer. Pero es difícil que el presidente de Francia se pliegue a según qué exigencias si Alemania no cede en su fundamentalismo economicista. Y resulta que Alemania estará en campaña electoral hasta septiembre y Angela Merkel desayuna todos los días con encuestas que recogen dos datos inamovibles: obtendrá la victoria, pero seguramente deberá constituir una vez más una gran coalición con los socialdemócratas, habida cuenta del más que probable desplome de los liberales.

Mario Monti

Mario Monti aspira a regresar al poder sin pasar por las urnas.

En tierra de nadie queda otro riesgo: la resurrección de la figura del rey-filosofo platónico que aspira a gobernar y aplicar su programa sin pasar por las urnas, parapetado detrás de una agrupación de fieles reunidos para la ocasión. Este es el caso de Mario Monti, cuyo regate electoral analiza Miguel Ángel Bastenier en El País. La legitimación de Monti mediante una investidura parlamentaria en una situación de emergencia financiera –noviembre de 2011– y el recurso a un Gobierno tecnocrático fue aceptado como un mal menor; el gesto aristocrático de soslayar el enojoso trámite de las elecciones para regresar al puente de mando sin empeñar mayores compromisos con los ciudadanos, degrada la democracia y pone en duda el valor de las urnas. Pero la operación está en marcha y puede ganar adeptos en otros lugares a poco que la crisis divida a la opinión pública entre los partidarios de un populismo de corte antieuropeo y los proclives a la figura del gestor esclarecido, bendecido por Berlín y Bruselas a un tiempo. De proliferar los Montis, ¿dónde quedarán la tradición política europea, el debate ideológico y la confrontación de programas? Viene el 2013 tan parecido al 2012 que no hay forma de dar en qué se diferencian las miserias pasadas de las futuras, aunque Mariano Rajoy anuncie días benignos para la segunda mitad del año sin que se sepa muy bien a qué se deberán.

 

Un halcón frente a China

La repercusión que en la política exterior de Japón puede tener la victoria del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones legislativas celebradas el último domingo ha sembrado la preocupación en la cuenca del Pacífico. La propensión de Shinzo Abe, líder de los vencedores y primer ministro a partir del día 26, de minimizar las responsabilidades históricas de su país en el periodo comprendido entre 1910 (ocupación de Corea) y la derrota en la Segunda Guerra Mundial (1945), su tendencia a calentar la campaña con un mensaje nacionalista que bordeó la imprudencia y sus promesas electorales han alarmado a sus vecinos y, de rebote, a Estados Unidos. Abe no es un recién llegado –fue primer ministro entre el 2006 y el 2007– y, en su caso, no es una frase decir que el peso de la historia proyecta su figura sobre recuerdos perturbadores. “Quizá el asunto que provoca más ansiedad dentro y fuera de Japón en este momento es el impacto que el corrimiento de tierras conservador tendrá en la política exterior de Japón”, afirma Sheila A. Smith en un artículo colgado en la web del think tank estadounidense Council on Foreign Relations.

Cuadro Japón

Japón es la tercera potencia económica y el segundo tenedor de títulos de deuda pública de Estados Unidos.

El corrimiento de tierras es la espectacular victoria obtenida por el PLD, que ha pasado de 118 escaños en el 2009 a 294 en un Parlamento de 480 diputados, pero es también el éxito cosechado por Shintaro Ishihara, exgobernador de Tokio, que tres meses después de fundar la muy nacionalista Asociación para la Restauración de Japón (ARJ) ha obtenido 54 escaños, solo tres menos que el Partido Demócrata de Japón (PDJ), que hasta el anticipo electoral disponía de una mayoría absoluta apabullante con 308 diputados y ahora precisa respiración asistida. Ni siquiera el papel tradicional de moderador del PLD reservado al Nuevo Komeito –31 diputados–, aliado de los conservadores, tranquiliza a las embajadas, que por lo demás son conscientes de que todo lo no sea gobiernos en manos del PLD constituye una rareza política en una sociedad muy conservadora, apegada a la tradición.

¿Cuáles son los puntos de fricción que se avizoran? La reforma de la Constitución –el Diario del Pueblo, portavoz el Partido Comunista Chino, llama “constitución pacifista” a la que está en vigor–, en la que ahora figura el compromiso de no recurrir a la guerra, la reforma de las fuerzas de autodefensa para transformarlas en una verdadera fuerza defensiva (ejército) y las intenciones que abriga Abe con relación a las islas Senkaku-Diaoyu, cuya soberanía reivindica China. Durante sus años en la oposición, Abe ha defendido la colonización de alguna de las islas por representantes de la Administración, mientras que las autoridades chinas se remontan a razones históricas milenarias para reivindicar la soberanía sobre un archipiélago en apariencia sin interés, pero que parece estar rodeado de un riquísimo subsuelo marino con yacimientos de gas y petróleo.

Hideki Tojo

Hideki Tojo, durante el proceso de Tokio, en el que fue condenado a muerte.

¿Cuál es el origen de los recelos chinos? Ahí entran en juego la historia y los antecedentes familiares de Abe. La ocupación de Manchuria por el Ejército imperial japonés, la creación del reino títere de Manchukúo (1932-1945), la matanza de Nankín (13 de diciembre de 1937) y la crueldad de una guerra donde no tuvo cabida la palabra piedad forman parte de la memoria colectiva china, alimentada por el régimen comunista desde los inicios. Tampoco ayudan a serenar los ánimos las visitas de ilustres políticos japoneses al santuario de Yasukuni, panteón de soldados muertos en combate donde fueron enterrados 20 de los criminales de guerra juzgados por un tribunal internacional en el proceso de Tokio de 1948, entre ellos los siete condenados a muerte: Hideki Tojo, Seishiro Itagaki, Heitaro Kimura, Kenji Doihara, Iwane Matsui, Akira Muto y Koki Hirota. Y aún resulta más preocupante para muchos analistas chinos la ascendencia familiar de Abe: es nieto de Nobusuke Kishi, ministro de Comercio e Industria entre 1941 y 1945 con Tojo de primer ministro. Kishi fue detenido junto con otros integrantes del Gabinete tras la rendición de Japón, fue puesto en libertad sin cargos en 1948 y finalmente, en un juego de manos típico de la posguerra mundial y de la guerra fría, ocupó el puesto de primer ministro entre 1957 y 1960.

Con estos antecedentes, no hizo falta ninguna campaña para que los blogueros chinos saludaran la victoria de Abe con un rosario inacabable de ataques al “halcón japonés” y con llamamientos a boicotear los productos japoneses, según recogió Malcolm Foster en una de sus crónicas para The Huffington Post. La reacción en la red fue incluso útil a Xi Jinping, nuevo líder chino, “para solidificar su situación en el interior” y hacer una demostración de fuerza meticulosamente medida: ordenar que aviones de observación sobrevolaran las islas en disputa, algo que Japón ha descrito como una invasión de su soberanía. Para los editorialistas de The Washington Post, el conflicto por las islas Senkaku-Daoyu no es una disputa territorial más de China con sus vecinos, sino que “es particularmente peligrosa”. “Tanto China como Japón tienen más a ganar desde la cooperación que desde la confrontación –añade el diario–. Es de esperar que los dos nuevos líderes reconocerán esto”.

China Japón

Situación de las islas cuya soberanía se disputan China y Japón.

Poderosas razones fundamentan la esperanza. La mayor de todas ellas es la dependencia cada vez mayor de las economías china y japonesa, segunda y tercera del planeta. El 19% de las exportaciones japoneses viajan a China en reñida competencia con las compañías de Corea del Sur, especialmente en el sector de la electrónica de consumo, un nicho de negocio fundamental para las finanzas japonesas, condenadas al estancamiento desde hace más de 20 años, con tasas de crecimiento equivalentes a cero o próximas a cero. El programa de reactivación de Abe incluye un presupuesto especial de obras públicas por valor de 91.000 millones de euros que acaso puede atraer a inversores chinos (los bancos japoneses no lo descartan), aunque sea a costa de engordar un poco más el endeudamiento del Estado, equivalente hoy al 260% del PIB, el más alto de los países industrializados. Por último, el plan de expansión monetaria que Abe lleva en su cartera, que prevé situar la inflación entorno al 2%, puede favorecer las ventas chinas a los consumidores japoneses.

Para el analista Hiroko Tabuchi, en las páginas de The New York Times, los proyectos económicos de Shinzo Abe, con o sin participación China, remiten peligrosamente a los errores cometidos durante su anterior mandato, trufado de escándalos financieros y cuentas opacas. No ve Tabuchi cómo podrá el Gobierno mantener un esfuerzo presupuestario adicional para financiar sus proyectos civiles, destinados a promover el crecimiento, sin arriesgarse a desbocar la deuda pública y a llevar la inflación más allá de lo previsto. Cierto es que la Bolsa de Tokio acogió bien la victoria del PLD, pero enseguida se oyeron voces que advirtieron del peligro de que en última instancia el peso de la deuda afecte a la dinámica de unas finanzas permanentemente estancadas, que es con lo que Abe quiere acabar.

Kishi y Eisenhower

Nobusuke Kishi, primer ministro de Japón (1957-1960) y abuelo de Shinzo Abe, junto al presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower.

En medio se encuentra Estados Unidos, que todos los días pone una vela a Dios y otra al diablo. No le queda más remedio que ejercitarse en este funambulismo porque Japón es una pieza esencial en su dispositivo económico y de seguridad en Asia, pero China es la gran potencia con la que debe concertar la gestión de la cuenca del Pacífico y, por añadidura, los bancos chinos son los primeros tenedores de títulos de deuda estadounidenses –los bancos japoneses son los segundos– y en los próximos cuatro años están dispuestos a seguir comprando. Estados Unidos no tiene otra forma de afrontar el presente en Extremo Oriente, procurando no abonar en exceso, con su red de alianzas, el sentimiento chino de asedio, agravado por la trama de Rusia en Asia central y la de la India en las costas del Índico y aledaños.

“Con poderosas voces del pasado (y no solo del pasado inmediato) que continúan teniendo la última palabra por encima de la dirección política, y con la reforma económica y aún más la política enfrentadas a intereses clave, no debemos esperar quizá demasiado de Xi Jinping ahora mismo”, afirma Shaun Breslin, del prestigioso instituto británico Chatham House. Dicho de otra forma: la nueva generación de dirigentes chinos está embarcada en la tarea de hacerse respetar de puertas hacia afuera, pero también en el interior, y los gestos de autoridad en la política exterior son utilísimos para cumplir este cometido. Cuando la atmósfera que se respira incluye mensajes en las redes sociales del estilo “sigue el desafío japonés”, cualquier gesto rinde intereses ante la opinión pública, pero de forma especial ante los cuadros del partido y del Ejército, doble columna vertebral del complejo proceso de integración de China en la economía global. Si además Abe se apresura a anunciar que su primer viaje al extranjero será para entrevistarse con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, la componente nacionalista del partido único ocupa la escena para recordar que en el 2006, cuando Abe encabezó por primera vez el Gobierno japonés, rindió en Pekín la primera visita al exterior.

La alarma en Corea del Sur es de diferente tenor porque la cohetería de Corea del Norte, que el día 12 puso en órbita un satélite con el propósito más que verosímil de probar un proyectil de largo alcance susceptible de llevar una carga atómica, funciona como un adhesivo que todo lo une. La cultura coreana mantiene agravios históricos justificados con Japón, sujetos a una cierta dramatización cuando la ocasión lo requiere, pero que en ningún caso deslegitima el recuerdo de la tragedia vivida durante el periodo colonial japonés (1910-1945), con su secuela de arbitrariedades, humillaciones y la ignominia de las 200.000 esclavas sexuales sometidas por el Ejército y los funcionarios imperiales. Al mismo tiempo, el Gobierno de Seúl y el de Tokio comparten horas de intranquilidad cada día que el de Pyongyang decide poner a prueba sus progresos militares y, lo que es tan importante como esto, su interdependencia económica es cada vez mayor: las exportaciones coreanas a Japón se han multiplicado por 2,2 en el periodo 1990-2010; las de Japón a Corea del Sur, por 3,5 durante los mismos años.

La elección de la presidenta Park Geun-hye el día 19 apenas alterará esta doble realidad incontrovertible: los riesgos compartidos en materia de defensa y los intereses subordinados en materia económica. La tradición dice que cuando el presidente de Corea del Sur es conservador –caso de Park–, crecen los gestos de corte nacionalista dirigidos hacia Japón, pero es improbable que la norma se cumpla en esta ocasión: el jefe de Estado saliente, Lee Myung-bak, de perfil liberal, visitó en agosto las islas Dakdo-Takeshima, reivindicadas por Japón, y acto seguido reclamó al emperador de Japón públicas disculpas por la afrenta de la ocupación colonial. Poco más que un guijarro en el camino porque el diseño estratégico de Estados Unidos para el Pacífico Occidental engloba a Corea del Sur y Japón en un mismo sistema defensivo de bases, estaciones de seguimiento y control del programa militar de Corea del Norte.

¿Alcanzan las preocupaciones militares y diplomáticas a los electores que han otorgado el poder al PLD? Más parece que no. Sheila A. Smith señala que la opinión pública japonesa “quiere el nuevo Gobierno concentrado en los desafíos de Japón sin resolver”. Y cita tres: el compromiso de futuro con el bienestar social, la contracción del empleo y la falta de apoyo al trabajo de la mujer. Le Monde añade un cuarto: la energía nuclear, que Japón estaba a punto de abandonar hasta que las elecciones del domingo llevaron al poder a un partido que incluye en su programa poner de nuevo en marcha los 48 reactores fuera de servicio desde el desastre de Fukushima, ocurrido en marzo del 2011. Todo esto pesa más en el ánimo de los súbditos del trono del crisantemo que la herencia ominosa de la guerra, la tragedia urdida por la expansión imperial cuya última pesadilla fue el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, tan ominoso como la guerra misma y que, a ojos de la mayoría de japoneses, canceló las deudas morales con sus vecinos.

 

Berlusconi se somete a referendo

Vuelve Silvio Berlusconi. Vuelven la astracanada, el chiste fácil, la comicidad decadente y hortera del peor cine italiano, la cochambre de Mediaset y un mundo exento de grandeza y propósitos honrados. Pero vuelve, por encima de todo, la manipulación de los mecanismos democráticos, utilizados por un político convicto para salvar la piel, aunque para ello tenga que recurrir al catálogo de artimañas que le han hecho famoso. La decisión de Berlusconi de competir en las elecciones de febrero y la dimisión de Mario Monti, privado del apoyo de los parlamentarios del Pueblo de la Libertad (PdL, por sus siglas en italiano), abren la puerta al populismo desenfrenado y las opiniones alocadas –“la prima de riesgo es una estafa que no importa a nadie”–, el oportunismo de los mercados y la desconfianza de todo el mundo con relación al euro, aunque las encuestas pronostiquen un batacazo de Il Cavaliere.

Lo único que cuenta en Italia a partir de ahora y hasta el día de las elecciones es “de parte de quién se está, no qué se hace (…) se juega a berlusconianos contra antiberlusconianos por sexta vez consecutiva”, como ha escrito Antonio Polito en el Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán. “Berlusconi dice que ha vuelto para vencer. Que crea o no sus propias palabras es irrelevante. Lo que cuenta es que la última cruzada berlusconiana se traduce en un elemento de fuerte desestabilización del cuadro político”, añade Stefano Folli en Il Sole 24 Hore, barómetro de la economía italiana. Y en el seno de esta polarización radical, preñada de comportamientos ajenos a las muy a menudo indescifrables sutilezas de la política italiana, alienta algo aún peor: la pretensión de Berlusconi de convertir las elecciones legislativas en un referendo sobre su persona, sobre Europa, sobre el funcionamiento de las estructuras de la UE, sobre las exigencias hechas a Italia por la Eurozona; alienta la pretensión de Berlusconi de utilizar las elecciones como el instrumento de una vendetta por su salida del Gobierno en noviembre del año pasado y la llegada de Monti.

Mario Monti y Silvio Berlusconi

Mario Monti y Silvio Berlusconi, el 15 de noviembre del 2011, día del traspaso de poderes.

“La lucha nunca es entre el bien y el mal; es la de lo preferible contra lo detestable”, sentenció en su día el pensador francés Raymond Aron. En esas se encuentra Italia. Europa no es el mejor de los ejemplos posibles de cómo afrontar una crisis sin dañar irreversiblemente a los más débiles; la legitimidad del Gobierno tecnocrático de Monti, votado en su día en el Parlamento, establece un precedente inquietante porque no se puede desligar de la presión ejercida por el sistema financiero sobre la economía italiana; la germanización de la economía europea, en fin, tiene consecuencias desastrosas. Pero Berlusconi es el peor de todos los agentes políticos imaginables para abrir el debate: carece de la probidad mínima exigible a cualquier dirigente para presentarse como alternativa a los que ahora pilotan la nave.

¿Facilita eso las cosas a sus adversarios? Las encuestas dicen que sí. Según los datos que maneja Ilvo Diamanti en La Repubblica, el diario de referencia de la Italia progresista, el PdL ha perdido en dos años 12 puntos en intención de voto –del 30% al 18%–, Angelo Alfano, sucesor de Berlusconi al frente del partido, ha sido incapaz de “nadar solo” y de evitar la división y, lo que es aún peor, solo el 44% de los electores del PdL quieren ver a Berlusconi en el sillón de primer ministro. Al mismo tiempo, los sondeos concluyen que el PdL “no tiene raíces en el territorio”, sino que es el partido personal de Berlusconi, “donde las relaciones entre el líder y su pueblo son por identificación personal y a través de los medios”. “Imposible para otros interpretar el mismo papel”, sostiene Diamanti. Aun así, siempre hay un pero: no ha dado tiempo de reformar el sistema electoral pergeñado por Berlusconi y cabe la posibilidad de que una victoria del Partido Democrático (PD) –38% de intención de voto– no sea suficiente para constituir una mayoría estable en alianza con algún otro partido.

Berlusconi Merkel

Angela Merkel y Silvio Berlusconi, en el último Consejo Europeo al que este asistió, en octubre del 2011.

El horizonte de una Italia inestable, sometida a la charcutería política que tanto agrada a Berlusconi, pone los vellos como escarpias a los gestores europeos. “El mensaje es claro: a Alemania y al resto de la UE le gustaría ver a Monti continuar. Y los aterroriza que Berlusconi pueda volver a tomar las riendas del Gobierno italiano”, afirman en su blog de Der Spiegel Carsten Volkery y Philipp Wittrock, que recuerdan la animadversión de la cancillera Angela Merkel “por los machos en general” (la palabra machos figura en español en el original). Aquello que para muchos italianos durante bastantes años ha sido suficiente para llevarlo al palacio Chigi, el éxito en los negocios de Berlusconi, no lo es para el resto de gobernantes europeos, según se destaca en un perfil del exprimer ministro emitido por la BBC. El apoyo unánime dispensado el jueves a Monti en Bruselas por el Partido Popular Europeo, internacional del pensamiento conservador, no ofrece dudas en cuanto a la opinión que le merece Berlusconi, presente en la reunión: es un cuerpo extraño que induce los peores presagios.

¿Qué puede hacer Monti después de presentar la dimisión? “Se puede decir que el presidente del Gobierno técnico ha salido de escena y ha nacido el Monti hombre político. Porque el gesto, por cómo se ha formalizado y por el contexto en el que ha madurado, está sin duda lleno de significados políticos. Consolida el centroizquierda, se ha dicho, contra el peligro de que lo haga antes el berlusconismo lepenista”, afirma Stefano Folli. “Se ha convertido en el actor protagonista”, sostiene el articulista de La Repubblica. Pero –un pero más– pudiera suceder que el laberinto italiano fuese demasiado complejo incluso para un italiano –Monti– más habituado al rigor académico y a los registros contables que a la esgrima palaciega.

En el Corriere della Sera vislumbran tres alternativas posibles para Monti:

  1. Retirarse de igual modo a como lo hizo el general Charles de Gaulle, aislado de los partidos de la Cuarta República francesa, “a la espera de que una nueva emergencia lo reclame”.
  2. Convertirse en garante de un futuro Gobierno de la izquierda, que “tendrá necesidad de hacerse avalar, visto que sus credenciales en Europa y en los mercados no son suficientes”.
  3. Apostar que detrás suyo hay “una Italia que considera este año un inicio, no un paréntesis”, en cuyo caso debería participar en las elecciones por cuenta propia y no de terceros.
Bersani Monti

Pier Luigi Bersani y Mario Monti pueden ser el eje del Gobierno de centroizquierda posterior a las elecciones legislativas de febrero.

Cada una de las opciones entraña riesgos ciertos. Emular a De Gaulle podría apartar a Monti para siempre de la vanguardia política; dicho sea de paso, quizá lo desea. Ser el introductor de un Gobierno de centroizquierda inspirado en el programa del PD podría obligarle a perseverar en un funambulismo bastante alejado de la imagen que se tiene de Monti. Debutar en las urnas a pecho descubierto sería una jugada llena de riesgos. Pero Pier Luigi Bersani, líder del PD, que se forjó como ministro en gobiernos encabezados por políticos poco dados a la grandilocuencia –Masimo D’Alema, Giuliano Amato y Romano Prodi–, es seguramente el compañero de aventura más atemperado para que renuncie a la retirada, desista de la aventura en solitario y pruebe suerte, en cambio, en el reformismo contenido.

“Tendremos la mayoría, dialogaremos con el centro”, ha dicho Bersani a la CNBC, definiéndose él mismo como un dirigente de centroizquierda que comprende que debe contenerse el gasto. ¿Necesidad de tranquilizar, realismo sin más? Un poco de ambas cosas: el PD ha sido el punto de apoyo más firme de Monti para sacar adelante su programa técnico, pero Berlusconi ha desenterrado el hacha de guerra y los medios que le son afines volverán con la cantinela de que, detrás de Bersani, están los comunistas, el Estado depredador y la persecución de los jueces. Una respuesta de Bersani a una pregunta sobre el presunto germanocentrismo de Monti, invocado por Berlusconi, resume la previsible orientación de la campaña del PD y los guiños al primer ministro en funciones: “Me parece una estupidez, francamente. Pienso que la prima de riesgo es preocupante, pienso que es preciso discutir con Alemania como amigos, de igual a igual, de forma amistosa”.

Los sondeos dicen que la alianza del centroizquierda, con Monti de valedor, más el apoyo mayoritario de la comunidad católica y el debilitamiento de Italia de los Valores (IdV, por sus ligas en italiano), de Antonio Di Pietro, es el bloque con más posibilidades de neutralizar el 15% que ahora mismo le dan las encuestas a Berlusconi, pero… Un tercer pero: no hay forma de saber cuál es la dimensión real del voto berlusconiano oculto, que lo mismo se puede encontrar en la clase media deprimida de las grandes ciudades que en las filas de los decepcionados por la Liga Norte, los votantes resentidos con el posibilismo del PD y aun entre los votantes católicos que siguen viendo en Bersani y los suyos a los descendientes de Enrico Berlinguer en primer grado de consanguinidad. Es decir, hay un margen de error que puede ser favorable a Il Cavaliere.

“Si los italianos eligen otra vez a Berlusconi, entonces es que se merecían a Mussolini a pesar de que quieren hacerlo olvidar”, ha escrito en un twit Pierre Bergé, accionista del diario Le Monde y de Le Huffington Post, la versión francesa del portal fundado en Estados Unidos. La frase resulta ocurrente, pero es acaso en exceso desabrida. Hila más fino Massimo Cacciari, filósofo y exalcalde de Venecia: “Este personaje es digno de un autor de verdad. Un autor que entiende la relación íntima con los aspectos trágicos de nuestro tiempo, porque el personaje cómico debe poderlos revelar a través de su propio comportamiento. Y este es el caso, si reflexionamos seriamente, de los rasgos narcisistas, hasta cierto punto delirantes, del tipo Berlusconi. Todo parece dispuesto por él en términos de valor de uso y de cambio. Cada cosa existe para adquirirse y disfrutarse despreocupadamente, lista para pasar a otro. El ritmo de la vida es el del movimiento del dinero, de la ‘puta universal de la humanidad’, en palabras de Shakespeare”. La patria de la commedia dell’arte no merece un bufón tan zafio.

El ‘boom’ del ‘boom’, año 50

La reedición de Los nuestros, de Luis Harss, fresco premonitorio del boom literario latinoamericano, permite realizar un ejercicio semejante al de asistir a la proyección de un documental que, rodado hace medio siglo, hubiese adelantado con insólita precisión la realidad de nuestros días. Porque la selección de autores que hizo Harss en los primeros años 60, esos diez escritores a los que unió bajo un solo título en la edición de su libro en 1966, son hoy autores indiscutibles más allá de que se les pueda considerar integrantes del boom o precursores del mismo. Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, ordenados así por el joven e inquieto Harss, constituyeron el elenco de un canon seminal al que, con la perspectiva que dan el tiempo y las lecturas, cabe añadir a Adolfo Bioy Casares, José Lezama Lima, José Donoso, Ernesto SabatoAugusto Roa Bastos, incorporados para siempre a la historia de la narrativa.

Los nuestros

Portada de la reedición de ‘Los nuestros’, de Luis Harss.

“La década del sesenta puede muy bien ser un momento decisivo. Nuestra novela está todavía a prueba. Es demasiado pronto para saber si las pocas figuras realmente notables que asoman en las penumbras son una casualidad o una promesa. Pero si la diferencia entre un accidente y una tradición está en el encadenamiento del esfuerzo común, el futuro se ve propicio”, escribe Harss al presentar la reedición de Los nuestros. Aquel futuro propicio se construía sobre los cimientos sólidos de títulos como La invención de Morel (Bioy Casares, 1940), El Señor Presidente y Hombres de maíz (Asturias, 1946 y 1949, respectivamente), Pedro Páramo (Rulfo, 1955), Hijo del hombre (Roa Bastos, 1960), Sobre héroes y tumbas (Sabato, 1961) y la desmesura renovadora y erudita de Borges, que en 1961 publicó su primera Antología personal. Así se llegó a 1962: aquel año prodigioso, Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve con La ciudad y los perros, Carpentier publicó El siglo de las luces y Fuentes, La muerte de Artemio Cruz. Acaso sea aquella conjunción astral del 62 la que lleva ahora a conmemorar los 50 años del boom, aunque en años sucesivos siguiera la exuberante sucesión de obras maestras –Rayuela (Cortázar, 1963), Paradiso (Lezama Lima, 1966), Cien años de soledad (García Márquez, 1967), El obsceno pájaro de la noche (Donoso, 1970)–, de forma tal que, en un atrevimiento a la altura de las dimensiones del fenómeno, se empezó a hablar del siglo de oro de la letras hispanoamericanas. Cuando Roa Bastos publicó Yo el supremo en 1974, el atrevimiento se antojaba cada día menos desaforado.

La ciudad y los perros

Edición de bolsillo de ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa.

¿Qué desató aquellas fuerzas ocultas en la espesura de una narrativa que durante el siglo XIX y los primeros decenios del XX reunió muy pocos títulos para retener en la memoria? El escritor mexicano Jorge Volpi afirma: “Poco importa si sus antecedentes se encuentran en el romanticismo alemán o en Carpentier, en la fantasía borgiana o en Asturias, en los cuentos infantiles o en Rulfo: el realismo mágico a la García Márquez es la invención más contagiosa surgida de nuestras tierras”. Para los interesados, esa invención contagiosa se remonta a la herencia de Miguel de Cervantes, al influjo de los barrocos, a los universos paralelos de William Faulkner, de Ernest Hemingway, de John Dos Passos, al acopio de experiencias personales contadas en un lenguaje liberado de artificios. Todos, de una forma u otra, aceptan la sentencia de Benedetto Croce recogida por Borges en la conferencia ¿Qué es la poesía?, pronunciada en Buenos Aires en 1977: “El lenguaje es un fenómeno estético”.

Antonio Muñoz Molina lo resume en una frase: “Creo que trajeron simplemente una nueva forma de contar, una relación más libre con el idioma. Siempre lo he comparado a la llegada de la influencia de Rubén Darío a principios del siglo XX”. En esa liberación del idioma como instrumento tiene acomodo la larga digresión de Carpentier sobre el estilo barroco, contenida en una entrevista de 1977 con el periodista Joaquín Soler Serrano. “El estilo barroco, ¿por qué?”,  se preguntó el autor cubano. La respuesta abundó en la correspondencia entre el entorno y el relato: “Porque estamos rodeados de una naturaleza exuberante y barroca. Porque el barroquismo es un lujo en el arte, no es decadencia (…) El barroco se produce, por el contrario, en momentos de máxima fuerza”. Y siguió más adelante: “El barroco es un lujo de la creación (…) Somos escritores de expresión barroca porque yo creo que el barroco corresponde a la sensibilidad americana”.

La muerte de Artemio Cruz

Edición de bolsillo de ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes.

Entre el parecer de Borges y el de Carpentier no hay diferencias a pesar de su gran distancia ideológica. Borges navegó entre dos aguas durante la cruel dictadura militar de Videla y allegados; Carpentier estuvo comprometido con la revolución cubana desde la primera proclama. Borges cruzó con frecuencia las arenas movedizas del elitismo social; Carpentier procuró hacer justo lo contrario. Pero, en última instancia, los dos compartieron el sino del lenguaje como “fenómeno estético”. “La grandeza implica la totalidad”, declaró Sabato a Soler Serrano en otra entrevista memorable de 1977, y así se encontró pisando el mismo terreno del “instrumento ajustado a lo que se quiere expresar”, según definió Carpentier el lenguaje barroco. A pesar de lo cual, Sabato siempre consideró “una osadía ponerse a escribir” después de Cervantes.

Luis Harss afirma en Los nuestros, al abordar la distancia ideológica de Borges con la mayoría de escritores de los primeros días del boom, que el empeño de los más jóvenes se atuvo a la acción social, mientras que el fabulador argentino, nacido en 1899, se embarcó en “el inmenso proyecto de exploración que es el descubrimiento de una ciudad [Buenos Aires]”. Siguiendo por el sendero de Harss, bien pudiera corresponderle a Borges el título de segundo fundador de Buenos Aires, pues fue el conquistador Diego de Mendoza, en 1532, quien la fundó en primera instancia. Si bien se mira, fue Borges quien dio a la ciudad los atributos y distintivos históricos al escribir Fervor de Buenos Aires y La brújula y la muerte. Y fue así porque colocó en la historia a aquella inmensidad urbana surgida entre otras dos inmensidades, el océano y la pampa. Todo esto lo desarrolla el mexicano Carlos Fuentes en un capítulo de La gran novela latinoamericana, en cuyas páginas aventura que llegó un día en que Buenos Aires exclamó “por favor, verbalícenme”, y allí estuvo Borges para hacerlo con la rotundidad inconmensurable de un demiurgo.

El siglo de las luces

Edición de bolsillo de ‘El siglo de las luces’, de Alejo Carpentier.

Los méritos atesorados por Borges en la empresa de fundar de nuevo Buenos Aires fueron semejantes a los contraídos por Carpentier al afrontar idéntica empresa en la densidad húmeda de La Habana, una coincidencia más en la peripecia personal de dos escritores tan aparentemente lejanos. Al dar a la literatura La ciudad de las columnas, Carpentier puso a La Habana en la historia con tanto ahínco como lo hicieron sus primeros fundadores en 1519 entre dos inmensidades no menores a la vecindad bonaerense, pues surgió La Habana de cara al mar y de espaldas al manto inabarcable de la manigua cubana. Carpentier puso a La Habana en la historia porque desarrolló un relato que solo es posible allí. Así como Buenos Aires fue otro Buenos Aires a partir de la intervención literaria de Borges, así también pasó por la misma experiencia La Habana, sometida al trance refundador de Carpentier. La tarea de ambos escritores es fiel al punto de vista de Carlos Fuentes: “Las culturas son su imaginación, no sus archivos”.

La originalidad de Borges y Carpentier reside en que cumplieron con la misión refundadora en el seno de espacios concretos y tangibles a diferencia de lo que hizo García Márquez en Cien años de soledad, pues Macondo es un espacio mitológico dentro del cual es posible construir un relato fundacional sin ataduras con la historia. “Si una cultura no logra crear un tipo de imaginación, resultará históricamente indescifrable”, escribió Lezama Lima, alentador de las eras imaginarias. El propósito extraordinario de García Márquez fue empezar de cero para comprenderse a sí mismo y comprender a sus semejantes más próximos. “El tema lo llevaba dentro desde hacía años. Incluso lo había intentado expresar en un par de ocasiones, pero me reconocía poco preparado y lo abandoné. Era mucha su envergadura para mis escasas posibilidades, hasta que me encontré seguro y me puse a escribir como un obseso”, le contó García Márquez a Robert Saladrigas en 1968 y hoy es posible volverlo a leer en Voces del ‘boom’, selección de 21 entrevistas publicadas en la revista Destino entre los últimos años 60 y los primeros 70.

Cien años de soledad

Primera edición de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez.

¿Por qué festejamos este hipotético primer medio siglo del boom? Un motivo: “Fue una corriente de aire fresco y la demostración de que se podía escribir en español de una forma menos academicista de lo habitual en España”, declara Javier Marías. Otro motivo: “Con esas obras América Latina (como una entidad cultural y geográfica propia) adquirió un lugar reconocido en el imaginario internacional literario, realmente por primera vez”, dice el periodista estadounidense Jon Lee Anderson. Un tercer motivo: desde aquellos días de descubrimiento hasta hoy, las sociedades latinoamericanas han nutrido con nuevas generaciones la empresa literaria. Y, con ellas, han surgido voces críticas autorizadas por su propia experiencia personal, autores inducidos a ponerse a salvo de los aduladores. “Los escritores del boom aceptaron demasiadas invitaciones, demasiados viajes. Hay cierto aspecto de compañía del poder que me parece que puede ser negativo y que puede llegar a un cierto cinismo”, declaró el autor mexicano Juan Villoro después de recibir el Premio José Donoso 2012. ¿Es posible evitar la vecindad del poder en la aldea global? Veamos qué sucede durante los próximos 50 años.

Mohamed Mursi dicta la ley

El presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ha aprovechado el viento de cola de su éxito en la mediación de la última crisis de Gaza para ajustar a sus designios la primavera de la plaza de Tahrir. Como en los prolegómenos de la caída del régimen anterior, la sociedad se ha dividido, ahora entre los partidarios del nuevo establishment político, surgido de las filas de los Hermanos Musulmanes, y aquellos que soñaron en una reforma no confesional del Estado, mientras el Ejército se mantiene a la expectativa como garante indispensable del statu quo con Israel. Así están las cosas desde que Mursi publicó el decreto que, en la práctica, le coloca por encima de cualquier poder del Estado, incluido el de los jueces, so pretexto de que es la única forma de llevar a cabo las reformas y neutralizar a los nostálgicos del anterior régimen, aunque en la práctica crecen los temores de que las orillas del Nilo acojan el nacimiento de un nuevo rey sol.

El exsecretario de Estado Henry Kissinger publicó el 5 de agosto en el liberal  The Washington Post un artículo en el que silueteaba la repercusión de la presidencia de Mursi: “Con una Constitución que todavía es un borrador, la función de las instituciones clave contendiendo entre los Hermanos Musulmanes y el Ejército, y un electorado estrechamente dividido entre visiones radicalmente diferentes del futuro del país, la revolución de Egipto está lejos de haberse acabado. La política de Estados Unidos se debate entre imperativos que compiten entre sí (…) Si Estados Unidos se equivocó en el periodo de la guerra fría por poner un énfasis excesivo en la seguridad, ahora corre el riesgo de confundir el populismo sectario con la democracia”.

Gaza

Población: 1.650.000 habitantes.
Extensión: 365 kilómetros cuadrados.
PIB: 590 millones de euros.
PIB per cápita: 2.400 euros.
Primer ministro: Ismail Haniyá del partido Hamás.

La crisis institucional egipcia confiere al texto de Kissinger un valor renovado. “La presidencia y el poder judicial están atrapados en una confrontación, cada parte con una imagen caricaturesca de su adversario”, afirma Nathan J. Brown, de la Universidad George Washington, en la edición inglesa del diario egipcio Al Masri Al Yum. En realidad, es bastante más lo que sucede, como él mismo reconoce: “Las ambigüedades críticas –un calendario preciso, los poderes del Parlamento, la capacidad de la declaración constitucional para modificar los criterios de selección para la Asamblea Constituyente– han sido desplazadas por decisiones ad hoc realizadas por actores motivados por el miedo a sus adversarios en un contexto polarizado”. Un miedo poco reconocible en el entorno del presidente, que cree que ahora es el momento de afianzar el poder, pero muy presente en los acampados en la plaza de Tahrir, que temen con razón que la realpolitik acabe con el sueño del Estado neutral y dé alas al Estado confesional, pilotado por la Hermandad.

En el plan maestro de Mursi no hay asomo de improvisación. Cuenta con la condescendencia de Estados Unidos desde el mismo instante en que desactivó la bomba de relojería de la operación Pilar Defensivo, desencadenada por el Ejército israelí con un ojo puesto en las elecciones de enero y otro atento al relevo de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, previsto para las próximas semanas. Dispone del margen de maniobra que le otorga haber promovido un borrador de Constitución que no mengua las atribuciones y el poder del Ejército, incluido el económico. Y para acallar o desvirtuar la protesta en curso cuenta con el entusiasmo de la calle a propósito de la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que ha permitido a Palestina convertirse en Estado observador no miembro de la organización.

Está por ver si esa estrategia es tan potencialmente desestabilizadora como hacen temer los muertos en las manifestaciones, la ira en la plaza de Tahrir y la afrenta sufrida por la oposición laica. “El presidente Mohamed Mursi habría podido salvar su presidencia y el futuro de los Hermanos Musulmanes si hubiese sometido a referendo las medidas draconianas”, escribe el escritor egipcio Mohssen Arishie en The Egyptian Gazette, que observa cómo se concreta la fractura social: “Al decidir dirigirse solo a los manifestantes islamistas en Heliópolis y desentenderse de quienes protestan en la plaza de Tahrir y otros lugares, el presidente Mursi ha ensanchado la brecha entre islamistas y musulmanes moderados, que constituyen la mayoría de la sociedad”.

Mursi

Manifestación de apoyo de Mohamed Mursi en El Cairo, el 23 de noviembre.

Es esta una afirmación arriesgada a la luz del análisis social que hace Tamer Wagih, editor del diario Al Masri Al Yum, que se acerca mucho a la creencia muy extendida de que los caladeros de la Hermandad se encuentran en la clase media baja, los sectores más desfavorecidos de las grandes ciudades y el mundo rural, franjas de población muy conservadoras, apegadas a la tradición, que tienen en el islam el núcleo básico de su “ideología espontánea”, en expresión del politólogo francés Sami Nair. Los Hermanos Musulmanes cumplen sobradamente con los requerimientos conservadores de este segmento social –“su base popular es más conservadora y reaccionaria que la de los reformistas tradicionales”, escribe Wagih–, receloso ante cualquier innovación, “donde se mezcla la ira contra la modernización con las tendencias conservadoras que persiguen introducir un cambio ético”. Pero, al mismo tiempo, una parte de la clase trabajadora y de los jóvenes disconformes con Mursi forman parte de la clase media baja, amenazada por una fractura irresoluble si el presidente no levanta el pie del acelerador.

¿Puede Mursi evitar la fractura con su implicación en el problema palestino? La tentación inicial es responder sí; la realidad y las expectativas de futuro no son tan sencillas. Para el profesor Amro Alí, de la Universidad de Sidney, el presidente sigue sujeto a los parámetros establecidos por Estados Unidos e Israel desde los días de los acuerdos de Camp David, que consagraron la paz fría en la frontera del Sinaí. Alí recuerda en Al Ahram Online que Jaled Fahmi, profesor de la Universidad Americana de El Cairo, habla de una israelización de la política egipcia, y añade: “Algunos actores externos quieren más días como los de Mubarak para Egipto ya que satisficieron tan bien sus intereses”. Entiéndase bien: no se trata solo de Israel y de Estados Unidos; también los países del Golfo añoran las certidumbres de la autocracia de Mubarak.

Aun así, es indudable que se la producido un cambio en la aclimatación cairota al agravio palestino. La implicación de Mursi en las operaciones para desactivar los planes dictados para Gaza por el Estado Mayor israelí ha constituido una novedad absoluta; el previsible desfile de gobernantes árabes por la Franja durante los próximos días, también. La israelización se ha modulado porque, en caso de fuerza mayor, las partes saben que siempre es posible la gestión técnica del conflicto mediante las líneas de comunicación que mantienen abiertas los generales a ambos lados de la frontera. Pero esa seguridad en que las aguas no desbordarán el cauce no ha evitado que el equipo de Binyamin Netanyahu haya transmitido algo entre la desorientación y la sorpresa. “Las revoluciones árabes no han agotado el sentimiento de solidaridad –explica el arabista francés Jean-Pierre Filiu en las páginas de Le Monde–, pero se ha visto con este conflicto el gran regreso de lo político. Israel, al mantenerse en el statu quo, no ha comprendido el nuevo dato, y ha sido sorprendido por la posición egipcia. Ahora bien, las revoluciones árabes se han hecho en nombre de la justicia, y en el mundo árabe el símbolo de la justicia absoluta es Palestina”.

Obama Abás

El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, y el de Estados Unidos, Barack Obama, el 20 de marzo en la Casa Blanca.

Esa incomprensión del nuevo dato quizá explica tres presuntas torpezas del Gobierno de Israel, enfrentado al hecho consumado de que Palestina iba a lograr el voto mayoritario de la Asamblea General de la ONU:

  1. Creer que el temor palestino a afrontar un futuro peor, sin negociaciones y con Netanyahu en manos del ala más conservadora de un partido ya de por sí tan conservador como el Likud, llevaría a Mahmud Abás a pensárselo dos veces antes de disgustar al presidente Barack Obama: “Estados Unidos considera [la votación en la ONU] una gesticulación inútil y una huida hacia adelante –escribió Le Monde en su editorial del jueves–. Hace valer que la Autoridad Palestina debería regresar a la mesa de negociación, donde le espera Israel. Salvo que no hay casi nada a negociar con la dirección israelí actual, que tiene posibilidades de ser reconducida en las elecciones de enero, y que los tres últimos presidentes estadounidenses han engañado a aquellos que esperan su estado; George W. Bush y Barack Obama han prometido incluso como un encantamiento un Estado palestino para el 2005, después para el 2011”.
  2. Abordar la conversión de Palestina en Estado observador no miembro de la ONU como un obstáculo para la paz, una paz que, por lo demás, se mantiene a precario desde la independencia de Israel en 1948. “El reconocimiento del Estado Palestino no es un obstáculo para la paz –aseguró en su editorial, el día de la votación, el diario liberal israelí Haaretz–. El presidente Mahmud Abás se ha comprometido a reanudar las conversaciones con Israel inmediatamente después de que su país sea reconocido. Si el primer ministro Binyamin Netanyahu quiere convencer a los israelís de su deseo de paz, debe abandonar su oposición al reconocimiento palestino, ser el primero en felicitar a Abás por un logro histórico y fijar una fecha cuanto antes para reanudar las conversaciones. No son solo los palestinos los que merecen un horizonte diplomático. Los israelís también lo merecen”.
  3. Suponer que, pasadas las elecciones de Estados Unidos, Israel no debería pagar ningún precio por el apoyo dispensado por Netanyahu a Mitt Romney. “Colaboradores del primer ministro explican que, contrariamente a lo que los comentaristas puedan pensar, Obama no guarda rencor a Netanyahu. Pero tengo una explicación diferente: Obama no ha venido al rescate de Netanyahu. Ha venido al rescate de Israel”, afirma Shimon Shiffer, corresponsal en Washington del diario centrista israelí Yediot Ajronot.
Sinaí

Transporte de blindados egipcios camino del Sinaí en agosto pasado.

Nada de esto resulta confortable para Israel, aunque el presidente Abás esté lejos de haber obtenido el apoyo explícito de Estados Unidos al camino del reconocimiento en la Asamblea General de la ONU. El debilitamiento de Netanyahu refuerza la figura de Mursi y, de paso, otorga a Hamás algún tipo de crédito ante el mundo árabe al aceptar los términos del alto fuego que ha contenido la sangría en Gaza, y al apoyar por una vez a Abás. Y, para rematar el despropósito, Sever Plocker, uno de los editores de Yediot Ajronot, destaca que el Gobierno israelí ha perdido una gran ocasión de sacar partido a la osadía diplomática palestina, porque en el borrador presentado en la ONU se hace referencia a un Estado palestino “junto a Israel en paz y seguridad sobre la base de las fronteras anteriores a 1967 [Guerra de los Seis Días]”, pero no se menciona el estatuto de Jerusalén en la parte operativa del borrador. Conclusión: “Israel debería incluso votar a favor de la resolución”.

Netanyahu, sobra decirlo, no ve las cosas de igual forma. El análisis que hace de la situación se acerca más al de Fareed Zakaria, el influyente analista del semanario Time y de la cadena de televisión CNN, que ha colgado en su blog un texto titulado Israel domina el nuevo Oriente Próximo.  “Es cierto que estamos en nuevo Oriente Próximo, pero es uno en el que Israel se ha convertido en la superpotencia de la región”. La condición de potencia nuclear –entre 100 y 500 ingenios nucleares, la mayoría instalados en submarinos– le confiere una situación de privilegio, lo cual explica a ojos de Zakaria por qué Egipto “no va a correr el riesgo de una guerra con Israel”. Y va más allá: “La paz entre los palestinos y los israelís se producirá solo cuando Israel decida que quiere hacer la paz Todos los políticos desde Ariel Sharon a Ehud Olmert y Ehud Barak, han querido arriesgarse para lograr la paz porque estaban preocupados por el futuro de Israel como Estado judío y democrático. Esto es lo que está en peligro, no la existencia de Israel”. ¿Preserva la doble condición judía y democrática de Israel una operación como la desencadenada en Gaza, contenida con el concurso egipcio, o condena a las sociedades israelí y palestina a perseverar en la militarización de los espíritus? Es de imaginar que lo que sucede desde hace decenios es esto último.

 

 

La campaña de las banderas

Cuando lo que más importa son las banderas, la política de las cosas se desdibuja. Así ha pasado con la campaña que acabó el viernes, con los candidatos envueltos en diferentes combinaciones en rojo y amarillo, con los programas para gestionar el desastre que nos acogota ocultos detrás de las emociones y todas las simplificaciones imaginables expresadas desde las tribuna, con la derecha recalcitrante dispuesta a hurgar en el vertedero para sembrar la duda ética. Los candidatos han querido vender el argumento, excesivamente sucinto, de que la única salida posible de la crisis en Catalunya se ha encarnado en la bandera que defienden; los gestores del basurero informativo han optado por desacreditar a los soberanistas, como si esta operación garantizara el éxito de quienes no lo son; los partidarios de la independencia han presentado a sus adversarios como demócratas bajo sospecha.

Así ha discurrido esa alocada carrera en la que han refulgido el rojo y el amarillo de la bandera española, la senyera y la estelada, donde se han barajado, con suerte y rigor dispares, soberanía, independencia, autodeterminación, derecho a decidir, federalismo, confederación y algunos otros vocablos por el estilo, más propios de un seminario de derecho político que de unas elecciones convocadas con un cuarto de la población activa en paro y el Estado del bienestar en estado catatónico. Nadie se ha molestado en aclarar, por ejemplo, a qué momento histórico y político responde el concepto de autodeterminación, incluido en el quinto de los catorce puntos enunciados por el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson los primeros días de 1918. Así se ha llegado a la hora de la verdad sin que nadie sepa demasiado bien qué consecuencias tendrá su voto, sea este soberanista, federalista, autonomista o algún otro ista no explicitado. Se sabe –es de temer, eso sí– que el día siguiente puede ser mareante, habida cuenta de que a una campaña atosigante, cabe esperar que le suceda fácilmente una interpretación evanescente, delicuescente, puede incluso que hermética.

Woodrow Wilson

El presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson (1913-1921) mencionó el principio de autodeterminación, aplicado a las colonias, en su famoso programa de 14 puntos, presentado ante el Congreso el 8 de enero de 1918.

Para Sandrine Morel, del diario progresista francés Le Monde, la confusión no ha lugar: “Sobre esta capa identitaria maltratada por Madrid, la crisis económica ha sembrado sus propios granos. Ha hecho su camino la idea, largamente alimentada por el Gobierno local, según la cual Catalunya se arreglará mejor sin España”. Edward Cody, comentarista del diario liberal The Washington Post, fue de parecida opinión el 13 de octubre cuando se acercó a los acontecimientos que se desarrollaban en Catalunya: La fiebre separatista crece en España en tiempo de crisis, tituló su artículo, pero le pareció detectar en la opinión pública española la sensación de que, en una sociedad del siglo XXI inmersa en la globalización, el deseo de independencia parecía anacrónico. En todo caso, tanto Morel como Cody abrigan pocas dudas en cuanto a la relación entre el flagelo de la crisis y la efervescencia independentista. ¿Para encubrir con las emociones las políticas puestas en marcha y las por venir, todas ellas condenadas a mutilar el Estado del bienestar? Ahí no entran.

En la crónica de los sentimientos en España y en Catalunya, publicada durante la última semana en las páginas y la web del liberal británico The Guardian, pesan tanto la crisis económica, que ha llevado a la Generalitat a tomar el camino soberanista, como los riesgos de fractura social derivados de la mutua incomprensión del bloque  independentista y del que no lo es, de las diferentes aproximaciones al caso que hacen las sociedades española y catalana. Los autores que han participado en el trabajo de The Guardian hilan muy fino, buscan una explicación global y no dejan escapar un detalle por demás significativo: la naturaleza binaria del debate independentista –a favor o en contra, sí o no– carece en Barcelona del dramatismo con que se produce en otros lugares, según cree percibir el periodista Stephen Burgen. “En nuestro tiempo, las ciudades más internacionales son casi repúblicas por sí solas”, declara Ryan Chandler, que lleva 20 años en la ciudad y es editor de la revista Barcelona INK, escrita en inglés.

Lo que ha hecho The Guardian con el caso catalán, imposible de desligar del escocés para un medio británico, es un esfuerzo de descripción para comprender qué está pasando y por qué. En realidad le importan más los porqués que otras consideraciones. Y la instrumentalización o el aprovechamiento de la crisis económica para capitalizar el sentimiento independentista aparece por doquier, en los reportajes de The Guardian y en los análisis de otros medios, como el que firma Brad Plumer en su blog de The Washington Post, donde recoge un informe elaborado por Crédit Suisse que incluye este párrafo: “Es extremadamente improbable que Catalunya elija la opción de declararse unilateralmente independiente”. ¿Por qué motivo? “El punto de partida básico es –escribe Plumer– que sería económicamente desastroso, y por este motivo es improbable que suceda. Para empezar, el resto de España sería mucho, mucho más pobre”. Esto es: el presunto miedo del Gobierno español a que se consume la secesión llevaría a este a extremar las presiones internas y externas, en especial en la Unión Europea, para cercenar el camino hacia la independencia. Menos alarmado, Louis Emanuel, en el liberal de Londres The Independent vislumbra una crisis constitucional en España si la derecha gobernante no admite que ha llegado la hora de abordar la reforma.

Crédit Suisse

La situación del PIB per cápita catalán y español en el seno de la UE después de una eventual independencia de Catalunya.

Lo cierto es que la crisis constitucional es poco menos que insalvable. Solo sería posible evitarla en el caso muy improbable de que todos los actores políticos cayeran del caballo como le sucedió a Saulo camino de Damasco. De momento, las diferencias de criterio entre la Fiscalía General del Estado y la del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya en cuanto a que la segunda da por “radicalmente falsa y mendaz” la información difundida por El Mundo y ha abierto diligencias por presuntas calumnias, pone de manifiesto la sonrojante politización de los tribunales. Es extremadamente complejo desligar el comportamiento, la opinión y el desempeño profesional de ambas fiscalías –Eduardo Torres-Dulce, en Madrid; Martín Rodríguez Sol, en Barcelona– de los ecosistemas circundantes que las observan, salvo que se tenga cierta predisposición natural a pecar de inocente.

Por la misma regla de tres, no hay forma de deslindar la seguridad de los soberanistas relativa a que Catalunya seguiría en la UE en caso de independizarse de la necesidad de minimizar los inconvenientes y resaltar las ventajas de la soberanía, destinado todo a evitar un enojoso debate técnico-político que determine si el futuro que aguarda en Ítaca es de leche y miel o una ruta llena de repechones interminables como los de los puertos hors catégorie del Tour de Francia. Hasta la fecha se han puesto sobre la mesa una variada muestra de reflexiones inconcretas, adulteradas por la imprecisión de los debates apresurados. Entre las afirmaciones hechas en la campaña se cuentan las siguientes:

-Es posible seguir en la UE después de un corto periodo transitorio de salida y vuelta a la organización a la velocidad de la luz.

-Es posible seguir en el seno del euro mientras se serenan las aguas y puede negociarse el reingreso sin mayores alteraciones.

-Es posible seguir en la UE visto que no hay precedente de expulsión de una parte de su territorio (tampoco lo hay de una secesión seguida de readmisión automática).

-Es posible seguir en la UE sin problemas porque Catalunya cumple todas las condiciones.

Dominique de Villepin

El exprimer ministro de Francia Dominique de Villepin, partidario de aprovechar la capacidad de los estados intermedios de facilitar el diálogo.

En muy raras ocasiones se ha ido más allá de enunciados tan esquemáticos para considerar otras realidades que forman parte del acervo político-jurídico de la UE: la interpretación más común de los tratados constitutivos de la UE, la interpretación del Tratado de Àmsterdam, la interpretación del Tratado de Lisboa y el pronunciamiento por escrito del 2004 de la Comisión Europea, mencionado por José Manuel Durao Barroso. El presidente de la Comisión, resulta ocioso recordarlo, no es ninguna autoridad infranqueable, pero no habla a humo de pajas en este caso porque, por encima de todos los textos, exégesis y dictámenes figura el cumplimiento de la regla de unanimidad para que un nuevo Estado pase a formar parte del club. Quiere decirse que los eventuales adversarios de la permanencia automática o casi de Catalunya en la UE disponen de material técnico suficiente para escudarse detrás de él.

La argumentación de Brad Plumer en The Washington Post abona la tesis de que la independencia llevaría aparejada la salida de Catalunya de la UE, aunque no dice explícitamente que tal riesgo exista. Pero, en todo caso, acerca el objetivo de la cámara a las zonas de sombra que nadie ha iluminado durante la campaña. En este mar de banderas convertidas en símbolos del futuro tampoco ha habido tiempo y ganas de explicar y sopesar los riesgos inherentes a cada viaje, la naturaleza irreversible de algunas decisiones y el anquilosamiento del esquema autonómico, innovador en su día, pero hoy injusto e ineficaz.

Para Arnaud Leparmentier, el agotamiento de los modelos destinados a garantizar la unidad de los estados se debe a que “Europa es víctima de la paz”. “Esta paz que fue el cemento de la construcción comunitaria –afirma Leparmentier en Le Monde–, talmente parece que permite a los europeos lanzarse a la fragmentación de las entidades estatales en una carrera sin fin”. Es decir que el rumbo que ha tomado la campaña de las autonómicas obedece tanto a la agenda soberanista catalana, establecida por el president Artur Mas desde que empezaron los preparativos de la manifestación del 11 de septiembre hasta la jornada de reflexión, como a la inercia europea. “El país pequeño parece la vía de futuro, como lo atestigua el éxito en las clasificaciones internacionales de las democracias nórdicas. Es más fácil lograr el consenso para acometer las reformas e integrarse en la mundialización”, según le parece a Leparmentier. Y pone ejemplos: “Es el caso de Irlanda, que reduce el impuesto de sociedades; de Luxemburgo, que se transforma en una plaza financiera offshore; de Dinamarca, que goza de todas las ventajas del euro sin los inconvenientes”.

En la larga digresión de Leparmentier no falta el reproche: reputa “egoístas” a esos pequeños países ricos. “Los candidatos secesionistas no quieren financiar sin límite a sus no-compatriotas menos afortunados y a menudo menos trabajadores [sic]: Catalunya se juzga excesivamente explotada por Madrid; los ricos flamencos, por la Valonia desindustrializada; la Italia del norte, por el Mezzogiorno”. Y, después de los reproches, deja que asomen los peligros: “La atomización de Europa conduce a su desmantelamiento. Solo los grandes estados están en situación de responder a la amenaza militar o a la de los mercados”. “Es Europa y no el euro lo que puede estallar”, previene en el mismo artículo el diplomático danés Jörgen Öström Möller.

Ernest Renan

El pensador francés Ernest Renan (1823-1892) pronunció en La Sorbona el 11 de marzo de 1882 la famosa conferencia ‘¿Qué es una nación?’.

El exprimer ministro de Francia Dominique de Villepin escribe en su blog: “El mundo tiene necesidad de países intermedios que facilitan el diálogo. Es el papel tradicional de Suecia o de Francia. También es hoy el papel de Turquía, de Catar o de Brasil. Estas son las sinapsis que permiten que el mundo evolucione, se convierta en más razonable, esté más conectado consigo mismo”. En la reflexión de Villepin, se trata del “poder de compartir el poder”, que no depende del tamaño de los estados ni de su situación geográfica, sino de otras variables –influencia cultural, capacidad financiera, horizonte de crecimiento, influencia política regional–; a veces depende de verdaderos intangibles. La visión de Villepin se diría que desdramatiza las repercusiones de la propuesta soberanista en términos políticos. Pero ¿es posible desdramatizar el debate de las emociones en la que se ha transformado la campaña de las autonómicas? ¿Hay alguna pócima capaz de serenar los espíritus cuando se barajan propuestas en las que no hay sitio más que para el éxtasis o la frustración?

“La existencia de una nación es (perdonadme esta metáfora) un plebiscito cotidiano”, dijo el pensador francés Ernest Renan en una famosa conferencia pronunciada en La Sorbona el 11 de marzo de 1882, titulada ¿Qué es una nación? ¿Es ese el material ideológico que llevó al president Mas a poner la máquina en marcha y al Gobierno de Mariano Rajoy a hacer lo propio para neutralizar la operación? No parece que quepa otra posibilidad que responder sí, salga lo que salga de las urnas, porque, sea cual sea el resultado, se multiplicarán los analistas que le otorgarán un valor plebiscitario.

 

Más que una huelga general

Cuando el FMI advierte de que la austeridad recetada por Alemania nos lleva directamente al desastre es que la situación es peor de lo intuido. Algo muy grave se debe cocer entre cajas para que la señora Christine Lagarde y tutti quanti lancen la advertencia en plena campaña de relaciones públicas de la cancillera Angela Merkel para llegar a las elecciones de su país con la popularidad por las nubes, aunque Europa esté literalmente en un grito, sometida al fundamentalismo económico que amenaza con hacer saltar por los aires el pacto social trabajosamente ahormado en la posguerra para pacificar el continente. Si la vara de medir de lo que se avecina es el cabreo manifestado la tarde del 14 en la vía pública por españoles, portugueses, italianos, bastantes franceses e incluso… un notable número de alemanes, entonces la alarma de Lagarde y compañía está más que justificada. Lo cual hace aún más grotesco el empeño de la derecha polvorienta española de medir el descontento social mediante la determinación de la caída del consumo de electricidad durante la jornada de huelga general.

14-N“Los últimos acontecimientos ofrecen una nueva oportunidad para dar el vuelco a esta situación. Excepto cierta prensa de Madrid que vive anclada en sus guerras decimonónicas, cualquier observador atento ha visto que el paro del 14-N ha sido también una revuelta de la clase media, que esta vez se ha unido a los trabajadores y a los jóvenes en el clamor contra las consecuencias de las políticas contra la crisis”, escribió el jueves Albert Sáez en su blog de EL PERIÓDICO. En este análisis cuenta poco –por no decir nada– el consumo eléctrico, y en cambio cuenta bastante más la impresión transmitida por las dos grandes manifestaciones de Madrid y Barcelona. ¿Cuál es esa impresión? Que la quiebra social se halla a la vuelta de la esquina y, con ella, la quiebra política que, de producirse, desbaratará el statu quo sobre el que se ha edificado la democracia representativa de las llamadas sociedades avanzadas.

Identificar estos riesgos no es alarmismo ni ganas de molestar. Es la simple certificación de que si el sistema se disloca por completo, puede que se salven las finanzas y la nueva economía, la tecnoeconomía o como se la quiera llamar, pero perecerá todo lo demás. Parece harto trabajoso para algunos comprender que en esas estamos y que cualquier desdramatización del momento tiende a falsear la realidad. Mientras una multitud asustada por el futuro al que debe enfrentarse se manifestaba por los paseos de Gràcia y el de Recoletos, el comisario Olli Rehn echaba un cable al Gobierno al reconocerle los esfuerzos realizados –exigidos, entre otros, por el propio Rehn, claro– para sanear las cuentas, pero el capotazo no hacía más que confirmar todos los miedos y atestiguar que, salvo cambios imprevisibles, la ruta hacia la pobreza es la única que figura en el mapa de la UE.

14-NIncluso la más que previsible oposición del Banco Central Europeo a que España negocie una línea preventiva de crédito con el FMI por si van muy mal dadas, una posibilidad desmentida por el Gobierno, pone de manifiesto que los poderes no electos ejercen una presión inconmensurable sobre los electos. La analista Masa Serdarevic identifica en su blog del Financial Times hasta tres razones para prever que, en última instancia, el Gobierno español optará por olvidarse del asunto:

  1. A los socios de la eurozona no les hará ninguna gracia que uno de los suyos vaya tan lejos en busca de ayuda.
  2. El BCE probablemente no autorizaría la medida, porque la austeridad es el camino fijado, y se desentendería de comprar bonos en el mercado secundario.
  3. Es muy posible que el FMI no quiera verse envuelto en una operación que no incluya a la UE.

A la vista de este tríptico, no resulta exagerado añadir que la única alternativa a las horcas caudinas de la austeridad es la inanición. Algo que no debe sorprender porque el economista ultraliberal alemán Jürgen Donges dijo en su día a Jordi Évole que la única alternativa a la precariedad laboral es el paro, con lo cual se arrogó el papel de repentino regulador de nuestro mercado de trabajo sin mayor representatividad ni títulos democráticos para hacerlo. Y, a pesar de todo, hay quien piensa que el mayor problema es que los sindicatos se atienen a un Modelo caduco, título del artículo colgado por el economista José Miguel Amuedo en la edición digital de Expansión. “Los sindicatos son estructuras caducas, que se siguen moviendo de forma caduca, y utilizan un lenguaje sin duda caduco –opina Amuedo–. Un ejemplo es que siguen organizando las huelgas como hace un siglo. Y la sociedad, sin duda, ha cambiado”. En efecto, ha cambiado tanto que muchos trabajadores no se sienten representados por los sindicatos, tal como sostiene Amuedo en un pasaje de su texto, pero tampoco se sienten atendidos por los cargos electos, a quienes muchos de ellos votaron, y por el Gobierno que administra el país; demasiado a menudo se sienten tripulantes de una nave pilotada a distancia.

14-N“Los ciudadanos europeos perciben cada vez con mayor impotencia que los gobernantes que eligen en sus países tienen menos poder sobre los asuntos que afectan a su bienestar. En el sur de Europa este problema es particularmente agudo. Nos hemos acostumbrado a que decisiones providenciales sobre nuestro futuro las tomen líderes a los que no hemos elegido y sobre los que no tenemos control alguno”, escriben en su blog Carlos Carnicero Urabayen y Antonio Roldán. ¿Es posible imaginar un mecanismo que erosione la democracia más demoledor que ese? Lleva razón Fernando Vallespín cuando sostiene: “Es posible que la huelga sea mala para hacer cuadrar los números. Pero es estupenda para vigorizar la democracia”. Y lo es porque neutraliza aunque solo sea por un día la sensación de indefensión que se ha adueñado de las víctimas de la crisis, afectadas por decisiones tomadas en instancias de poder sin ninguna representatividad, ajenas al dictamen de las urnas, al viejo y saludable juego de las mayorías y las minorías. Hablar de déficit democrático, vistas las consecuencias de lo sucedido hasta la fecha, resulta excesivamente contenido.

El modo imperativo al que recurre el economista Emilio Ontiveros en El País es el adecuado para reclamar un cambio de rumbo lo más rápido posible: “Europa debe escuchar. Sus instituciones, pero de forma destacada el Gobierno alemán, deben asimilar la evidencia de que el ajuste presupuestario indiscriminado y excesivamente concentrado en el tiempo, con bastante independencia del origen de los desequilibrios financieros, no aporta los resultados pretendidos. Destruye posibilidades de recuperación y, también, erosiona la solvencia pública y privada. También, y no menos importante, acerca a millones de ciudadanos a una situación de frustración creciente. A un cuestionamiento de la propia idea de Europa”.

Por desgracia, la cita va en una dirección radicalmente contraria a la expresada el martes en Lisboa por la cancillera alemana, que llenó de parabienes al primer ministro de Portugal, Pedro Passos Coelho, obligado a pauperizar el país mientras la calle enardecida grita “Merkel no manda aquí”. El mensaje de Ontiveros también es incompatible con el sonsonete que repiten el Gobierno de Mariano Rajoy y sus agitprop de papel cuando justifican los tijeretazos, llamados reformas, con las felicitaciones de Rehn por lo bien que se están haciendo las cosas. Nada justifica la confianza gubernamental en el camino emprendido, pero parece que la proletarización de la clase media, base de sustentación de los sistemas democráticos, importa menos que cumplir con un ajuste fiscal que, primero, se antojó duro y hoy merece el calificativo de extravagante, porque resulta “política y socialmente insostenible” en opinión de un foro tan identificado con el establishment financiero como el FMI.

14-NEs de lamentar que el enfoque dado a la crisis por el equipo del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, haya contaminado tan poco los análisis europeos, porque en la estrategia de la Casa Blanca ha prevalecido la necesidad de hacer compatible el saneamiento de las finanzas y la salud del dólar con el rescate de la clase media, como se han ocupado en señalar los analistas liberales y ratificaron las urnas el día 6. Cuando Thomas L. Friedman escribió en The New York Times que los electores prefirieron dar una segunda oportunidad Obama, a pesar de que la tasa de paro bordea el 8%, a otorgar su confianza a Mitt Romney, añadió una frase significativa, reflejo del hipotético pensamiento de la mayoría que hizo posible la reelección del presidente: “Pensamos que lo estás intentado. A partir de ahora será aún más difícil. Aprende de tus errores”. Nadie en Europa da señales de estar dispuesto a aprender de sus errores, y los riesgos que se corren son enormes.

Uno de los mayores, si no el mayor, es el rápido alejamiento de la población de las instituciones y los partidos, de los ámbitos en los que se adoptan las decisiones políticas. “Sería un error interpretar el seguimiento de la huelga de ayer como un escrutinio del grado de irritación de una sociedad. La desafección, la frustración, afecta a un contingente mucho mayor”, opina Emilio Ontiveros en el artículo antes mencionado. “Es un mensaje enviado a los jefes de Estado europeos. Todos están incluidos, se trate del de Francia, del de Alemania, del de Italia. Y hoy son ellos quienes toman decisiones, a escala europea, que nos colocan en una situación imposible”, declaró al semanario francés de izquierdas Le Nouvel Observateur el secretario general del sindicato CFDT, François Chérèque, al final de la jornada del miércoles. Chérèque no es un radical ni cosa parecida, sino más bien alguien apegado al realismo.

Otro riesgo es que llegue al ánimo de los ciudadanos que solo la movilización social rinde frutos. La negociación emprendida por el Gobierno y el PSOE para contener la injusticia lacerante de los desahucios, después de vivirse episodios de un dramatismo apabullante, no puede decirse que sea precisamente una muestra de reflejos; parece sobre todo un tratamiento de choque, de efectos más que modestos, arrancado con fórceps por el descontento social, la protesta ante las sucursales bancarias y las concentraciones frente a los domicilios de los condenados a perder su casa. Es improbable que sirvan el decreto del Gobierno y lo que le siga, si lo hay, para restaurar la confianza en las instituciones y en el compromiso de los gobernantes con los vaqueteados por la crisis, porque ¿puede alguien asegurar que sin las movilizaciones se habría puesto freno a los desahucios? Mal asunto para la salud de la democracia reglada que la gestión directa y en caliente de los problemas sea más eficaz y ejecutiva que la mecánica institucional.

Aun así, toda situación de desconfianza o debilidad democrática es susceptible de empeorar. Por ejemplo, si se confirma que, a ojos de Bruselas, el Gobierno se ha pasado en sus atribuciones al ocuparse de los desahucios sin consultar ni pedir permiso para modificar normas que pueden afectar a la cuenta de resultados de los bancos, los sanos y los enfermos. En este caso, visto que la vocación depredadora de los mercados es incompatible con el Estado del bienestar, y visto también que puede ser incompatible con algo políticamente menos comprometido como la simple caridad, habrá que preguntarse: ¿con qué son compatibles los mercados?