Adiós a la esperanza

“Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cimas de la miseria” (Groucho Marx). El gran cómico fue un artista clarividente a quien las miserias de nuestro tiempo le dan la razón con tanta o más rotundidad que las del suyo. Ahí está el Gobierno cargándose los presupuestos aprobados hace dos semanas para cumplir con los requerimientos germano-bruselenses; ahí está el ministro de Economía, Luis de Guindos, asegurando –grosería extrema y desvergüenza insuperable– que la primera entrega del rescate bancario (30.000 millones) se pone en marcha “sin compromisos adicionales” y en el tránsito de un dolor a un lamento sube el IVA, bajan las prestaciones por desempleo, a los funcionarios les dejan sin la paga de Navidad… y eso es solo el aperitivo de lo que puede venir. Ahí está el presidente Mariano Rajoy subido a la tribuna para anunciar un tajo descomunal de 65.000 millones para los dos próximos años y medio, traducción práctica y a quemarropa de la advertencia lanzada por Angela Merkel como quien no quería la cosa: “No habrá ninguna prestación sin contraprestación”. Ahí está el galimatías de los bancos sin los que no hay forma de salir del atolladero, pero que parten el espinazo de los contribuyentes cuando no cuadran las cuentas y deben ser rescatados, un agravio para la clase de tropa que se suma a la amnistía fiscal para los defraudadores, al castigo infligido a los parados venideros que busquen con poco empeño empleos inexistentes y una larga serie de ofensas que han sido largamente detalladas.

Cuando pasan tantas cosas en tan poco tiempo, casi de un día para otro, la sombra del trabuco de Luis Candelas se proyecta ominosa y delatadora sobre el sistema financiero, la economía global, los marengos mejor cortados y las moquetas más mullidas. Veamos qué sucede de puertas para adentro:

-Bankia está en los huesos y en el juzgado hay una larga lista de imputados.

-Catalunya Caixa, Nova Caixa Galicia y otras hermanas mártires viven sin vivir.

-En lo que llevamos de legislatura, el paro ha seguido su trágica carrera hacia arriba y la actividad económica, su trágica carrera hacia abajo.

-La poda de las finanzas públicas ha adquirido dimensiones grotescas, siempre con la cantinela de que es el camino adecuado para que haya crecimiento, se mantenga el Estado del bienestar y al final seamos un país ahorrador y ejemplar, según las exigencias de los ideólogos de la germanización de Europa.

Evolución PIB

Evolución del PIB de España desde el 2005 comparado con el de la Eurozona. Fuente: Banco de España.

Reacción de alguien tan alejado del reformismo social como Amador G. Ayora, director de El Economista, después de darse por enterado de las medidas anunciadas el miércoles por Rajoy: “Aun así, tengo dudas de que lleguemos a tiempo para restaurar la confianza que hemos dilapidado tontamente en lo que va de legislatura”. Las dudas de Ayora son las de todos: ¿pueden ganarse la confianza de quienes mandan en el negocio los mismos agitprop empeñados en confundir a los ciudadanos?, ¿puede esperarse un atisbo de comprensión por parte de las víctimas de la crisis, que contemplan estupefactas que hay capotillo del santo para los bancos mal administrados, pero no para ellas?, ¿puede alguien pensar en su sano juicio que la tensión social se quedará en leves y esporádicas convulsiones? Que los tecnócratas de la UE aplaudan a Rajoy es el peor de todos los presagios porque nunca los contables estuvieron tan lejos de sus conciudadanos como en este festival de recetas neoliberales que nada curan (obsérvese con detenimiento el caso griego).

Veamos qué sucede de puertas para afuera:

-Barclays se dedicó a manipular el líbor y el euríbor alegremente con el propósito evidente de ganar más dinero sin mayor esfuerzo que promover operaciones especulativas.

-Hace ocho meses se hundió ruidosamente en Estados Unidos el fondo MF Global y ahora lo ha hecho PFGBest, compañía que opera en el mercado de derivados, dirigida por Russell Wasendorf, a quien la autoridad reguladora acusa de haber desviado el dinero de sus clientes. Puede que hayan volado 200 millones de dólares.

-Alemania dispone de dos compañeros de viaje decididos a ayudar siempre que haga falta para complicar –entiéndase endurecer– las condiciones del rescate español y quién sabe de cuántos otros en el futuro. Se trata de Holanda y Finlandia, a las que puede sumarse sin gran esfuerzo Austria.

-El primer ministro del Reino Unido, David Cameron, está dispuesto a hacer lo que convenga para rematar la Eurozona y transformar a la UE en una inofensiva zona de libre cambio que salve a la libra y a la City del ocaso.

Todo esto ha sido publicado en los periódicos y no es ningún secreto de Estado. James Bullard, un ejecutivo de la Reserva Federal de Estados Unidos, ve así el momento: “Una de las cosas que más me preocupan actualmente es que esta crisis opone un mercado que se mueve rápidamente a un proceso que se mueve muy lentamente”.  En The Wall Street Journal, el diagnóstico lleva a Bullard a una conclusión discutible, pero muy extendida: “Está en marcha una desintegración del euro impulsada por los mercados”.

Billete de vuelta a lo que aquí sucede: el presidente del Gobierno debiera ahorrarse la utilización constante del adverbio naturalmente, de expresiones del estilo “como es natural” y de otras estructuras apegadas al lenguaje y la lógica de la derecha, pero alejadísimas de la realidad, como es fácilmente demostrable en los planos teórico y empírico. Nada es natural; todo obedece a una serie encadenada de acontecimientos inducidos por los llamados mercados. Nada es natural porque no lo son el sistema financiero que hay que salvar por encima de todas las cosas, la trapisonda escandalosa de las subprime (2007), el funeral de Lehman Brothers (2008), la rápida nacionalización de bancos para salvar la economía global, los manejos de las agencias de calificación, la burbuja inmobiliaria, las cajas puestas a disposición de a saber quiénes… Nada de eso es natural, siquiera remotamente, salvo que prevalezca alguna forma prelógica de pensamiento. Obedece a los intereses concretos y específicos del universo financiero, que son incompatibles con los del resto del universo.

IPI

Evolución del índice de precios industriales de España desde enero del 2011. Fuentes: Instituto Nacional de Estadística y Marco Antonio Moreno.

El análisis servido por Rajoy se acerca mucho menos a la realidad que la opinión expresada por Martin Wolf en las páginas del Financial Times: “La conclusión obvia es que todos los países afectados por la crisis perdieron en el 2011 cerca de una década de progreso, y hay más malas noticias por venir. De hecho, es muy probable que una fuerte recuperación, caso de que la haya, no será posible durante muchos años. Las posibilidades de que algunos de estos países acaben por perder dos décadas de crecimiento son realmente muy fuertes. Es una historia triste”. Cuando alguien que no es precisamente un neokeynesiano coincide grosso modo con los nobel estadounidenses Joseph Stiglitz y Paul Krugman, que sí lo son, cada uno a su manera, es que el sabor del sopicaldo europeo es el mismo para toda clase de paladares exigentes y no mejora por más explicaciones que den los cocineros.

“Ahora muchos analistas utilizan cada vez más el paradigma de Japón en los 90, los años de crecimiento débil a pesar de que el interés era cero, los años de la deflación. Es el riesgo de una trampa de liquidez” (Antonio Pollio Salimbeni en Il Sole 24 Ore, el diario económico del norte de Italia). “Esto es típico de una dinámica evidente desde el inicio de la crisis, a principios del 2010. Los mercados buscan señales de que Alemania y las demás economías fuertes del euro están dispuestas a comprometer su músculo financiero para ayudar a sus hermanas más débiles, mientras que Alemania y sus aliados se resisten a hacerlo hasta que estén absolutamente seguros de que no escriben cheques en blanco”(Stephen Fidler y Matina Stevis en The Wall Street Journal). “Imaginen lo que ocurrirá si tienen que acudir en ayuda, directamente, de la deuda pública”  (José Miguel Amuedo en Expansión). “Crédito viene del latín creer y nadie cree a los europeos” (José Carlos Díez en EL PERIÓDICO). Y así se podría seguir hasta el aburrimiento o, más probablemente, el desconsuelo.

Paul Krugman ha sintetizado en una sola expresión en The New York Times estas y muchas otras opiniones que se complementan entre sí: “el dolor inútil en España”. Se pueden contar con los dedos de una mano los analistas independientes que creen posible salir del agujero mediante la jibarización del Estado y la institucionalización de la pobreza. La opinión más extendida es que el purgante agravará la recesión, la caída del consumo, la destrucción de empleo y la incapacidad del Estado para hacer frente a sus compromisos. Solo el Gobierno repite ad nauseam que este es el camino para salvar los muebles, que la marca España puede venderse dentro y fuera porque se trata de un país “solvente” y “fiable” –Rajoy dixit–, que el dolor no es inútil y hay que pasar por él cueste lo que cueste. El resto está más cerca de un melancólico pasaje cervantino, contenido en la dedicatoria al conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que de una reconfortante ensoñación infantil: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan”.

España es más problema que Grecia

¿Será posible que algún día nos enteremos de verdad de qué sucede o los que realmente lo saben no están dispuestos a soltar prendan? Puesto que a cada episodio presuntamente tranquilizador le sucede otro profundamente perturbador, no queda otra a los ciudadanos que temer un gran engaño colectivo al que nuestros gobernantes contribuyen por acción o por omisión dependiendo del momento. Si se ajusta a la verdad el sombrío pronóstico de Eugenio Scalfari, mente lúcida y fundador del diario progresista italiano La Repubblica, y “el éxito del voto griego no puede ser utilizado por los especuladores como pretexto, con toda seguridad encontrarán otros para proseguir su ataque a la Eurozona, a las deudas soberanas más expuestas y a los bancos más frágiles”. En resumen: no hay salida.

La sospecha de Scalfari se extiende como epidemia incurable, y mientras se suceden las representaciones y los viajes, la farfolla tecnocrática cubre la realidad con un manto de frases indescifrables. “Lo que sigue ya ha empezado, primero con España y después con Italia –afirma Scalfari–. El objetivo final es la desarticulación de la Eurozona, el aislamiento de Alemania, la cancelación de cualquier regla que tienda a encauzar la globalización en un cuadro de capitalismo democrático y de mercado social”. En suma, el sistema financiero y el Estado del bienestar son incompatibles y la acometida neoliberal pretende reducir el Estado redistribuidor en un ente caritativo destinado solo a atender los casos terminales y dejar el resto en manos del mercado que todo lo puede.

Si Scalfari lleva razón, y no hay grandes argumentos para rechazar su punto de vista, las elecciones griegas del 17 de junio, destinadas a domeñar la opinión pública de un país devastado, la mayoría absoluta de François Hollande en Francia, las largas discusiones del G-20 en Los Cabos (México), el compromiso para rescatar a la banca española doliente y lo que se dice y cuece todos los días apenas importan porque el sistema financiero internacional ha puesto la proa al euro para descoyuntar el pacto social que siguió al final de la segunda guerra mundial. Puede habérsele ido la mano al financiero estadounidense Donald Trump, dado al histrionismo y a los excesos verbales, pero no anda muy desencaminado cuando asegura que es el momento de acudir a Europa para encontrar “suelo barato y ofertas exclusivas” –“hay que aprovecharse de que España tiene fiebre”–, pero esa es una opinión muy extendida. Tanto como la que, con los datos en la mano, manifiesta que Grecia no podrá cumplir nunca las condiciones del famoso memorando.

El helenista español Pedro Olalla, que gasta buena memoria, recuerda que ni siquiera a Alemania después de arruinar a Europa con una guerra de seis años se le impusieron condiciones de reparación tan duras como las que obligan hoy a Grecia. Es más, Grecia se sumó a los países que a principios de los 90 dieron su acuerdo a Alemania para que prolongara la cancelación de las deudas de guerra. Hoy, sin embargo, un pequeño país que representa solo el 2% del PIB de la UE debe hacer frente a unas condiciones de rescate insólitamente exigentes o aceptar que su lugar está extra limes del sistema si se hace cargo del Gobierno alguien que discute el diktat. Lo que importaba en mayo –primeras elecciones–, importa en junio –segundas elecciones– e importará en el futuro es que las urnas consagren y legitimen el statu quo, aunque quienes se hagan cargo de la situación sean los mismos que desacreditaron el país amañando las cuentas (Nueva Democracia, derecha) o fueron incapaces de acabar con un sistema corrupto y sanear el Estado sin provocar su quiebra (Pasok, centroizquierda).

En la víspera de las elecciones griegas, Albert Sáez escribió en EL PERIÓDICO que Alexis Tsipras, líder de Syriza (izquierda), pudo haber sido el Lula griego. Lo pudo ser si él hubiese querido y la UE le hubiese dejado. No se dio ninguna de esas situaciones: Tsipras solo pasó del programa máximo a la realidad incontestable al final de la campaña y a la UE le aterroriza revisar su manual de medidas procíclicas, sometidas al plan de trabajo de Alemania. Al final, los votantes griegos sintieron que debían decidir entre los de siempre y el caos, y muchos optaron por el mal menor que, al mismo tiempo, es el mayor de todos los males. Fue el triunfo del miedo del que habló Pedro Olalla en su blog al día siguiente de las elecciones: “El miedo del bipartidismo secular a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabe el juego, el miedo de unos y otros a que se abran procesos y se depuren responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente se interponga en el camino de su, hasta ahora, implacable plan de conquistas a través de la deuda”.

“Nadie puede alegar ignorancia sobre el hecho de que la nación está en un lío terrible. Nadie puede permitirse el lujo de ser irresponsable solo porque el electorado lo envió a la oposición. Estamos todos en el mismo barco”, afirma Alexis Papachelas, editor del diario Kathimerini, el más próximo al establishment griego, y director general de la Fundación Helénica para la Política Europea y Exterior. Se trata de una verdad a medias porque las consecuencias del naufragio no son las mismas para todos los integrantes de la tripulación y el pasaje, porque es posible que, como en el Titanic, no haya botes salvavidas para todo el mundo; en realidad, todo el mundo sabe que no los hay y, aun así, se consagra el argumento desvergonzado de que solo cabe un camino para salir del embrollo.

El resumen de los temores de los de siempre figura en esta frase de Nikos Konstandaras, coeditor de Kathimerini: “Todas las partes se adhieren a sus propias políticas, ya sea porque se sienten justificados por el resultado de las elecciones o porque sienten que han perdido votos por no defender sus políticas con suficiente energía. Esto dará lugar a un conflicto interminable. En un momento en el que las decisiones difíciles se necesitan para aplicar las reformas en Grecia y llevar a cabo negociaciones con nuestros socios, es muy poco probable que veamos el consenso nacional necesario. En su lugar, es muy probable que tengamos inestabilidad y otra elección. Esperemos que las partes se sobrepongan y demuestren que estamos equivocados”. El artículo de Konstandaras soslaya un aspecto fundamental del rompecabezas griego: ¿es posible el consenso cuando el empobrecimiento de la sociedad griega avanza de forma insólitamente rápida y se multiplican los casos de trágico desespero?, ¿qué consenso puede construirse en un país condenado a no tener futuro?

Si el Gobierno que encabeza Antonis Samaras desde el miércoles sirviera al menos para serenar los espíritus en el resto de Europa, podrían decir los griegos que han sido el chivo expiatorio de todos los males europeos, de la Eurozona y de lo que haga falta. Pero está bastante extendida la impresión de que la catástrofe griega no conjura ninguna de las que asoman en el horizonte. “Se engañan una vez más quienes ensueñan que, cautiva y desarmada la protesta de los griegos ante los ajustes sufridos, los mercados se tranquilizarán tras haber alcanzado sus objetivos militares. Esta historia no ha acabado”, afirma Juan Fernando López Aguilar, vicepresidente del Partido Socialista Europeo. Lo ratifica Gideon Rachman en su blog en el Financial Times, metrónomo de la City de Londres: “Sin embargo, un respiro en la parte griega de la crisis del euro no significa que Europa se ha desenganchado. Por el contrario, es cada vez más claro que Grecia ya no está en el centro del problema. El destino del euro se decidirá en España y, sobre todo, en Italia”.

Esta es la otra cara de la enfermedad griega: es suficientemente aguda para dañar el edificio, pero menos de lo necesario para lograr que se hunda. A Grecia le falta masa crítica, incluso para los agoreros de la City deseosos de que la historia del euro se salde con un fracaso sin precedentes. En cambio, la suma de los males españoles e italianos tendría los efectos de un terremoto de intensidad nueve en la escala de Richter. Por esta razón son cada vez menos los que ven el núcleo del problema en la agonía griega y cada vez más en el agravamiento de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona. Así lo ve Georges Ugeux, una analista especializado en la banca de negocios al calibrar el resultado de las elecciones en Grecia: “La espiral de las tasas de interés que alimentan el déficit presupuestario no puede detenerse solo a golpe de buenas intenciones: la situación de España, y sobre todo de Italia, nos recuerda que el riesgo aumenta todos los días”.

A efectos prácticos, los datos objetivos de la economía española –y de la italiana– importan menos que otros ingredientes que sazonan el sopicaldo cocinado por Berlín, Bruselas y las inconcreciones-dudas de Madrid. The Wall Street Journal, metrónomo de la bolsa de Nueva York, se ha molestado incluso en poner negro sobre blanco algunos parámetros públicos de la economía española para demostrar que su situación no es ni mucho menos la peor de las imaginables y publicar el siguiente resumen del momento hecho por Matt Phillips: “No importa cuál sea el resultado electoral en Grecia, conocedores sofisticados de los mercados ya han pasado a fijar su fuego sobre el próximo gorila del grupo euro: España. Cuarto grande de la Eurozona, su economía tiene en realidad una mucho mejor relación deuda-PIB que las demás naciones arrastradas por la vorágine de la crisis. Pero la situación de su economía y sus bancos parece que son motivo de grave preocupación”. Phillips podía haber añadido, sin que le pudieran acusar de exagerado, que la propensión del Gobierno a secuestrar el lenguaje y dejar siempre cabos suelto detrás de sus cortinas de humo no ayuda precisamente a paliar la presión de los mercados. La operación de Mariano Rajoy destinada a presentar el rescate bancario como una operación especialmente benevolente con España, gracias a no se sabe exactamente qué razones, ha disipado los efectos de la inyección de vitaminas del primer momento –cuando se supo que había hasta 100.000 millones de euros para el rescate– y han reaparecido los amagos de la anemia perniciosa que puede declararse al menor descuido.

El perfil del hidalgo herido en su orgullo es incompatible con la defensa hecha hasta la fecha de una salida –lentísima– de la crisis mediante raciones dobles y triples de austeridad más unas gotas de crecimiento suministradas por la presión de Barack Obama a la Eurozona, en general, y a Alemania, en particular, y el pequeño margen de maniobra de que dispone François Hollande para aparentar algún cambio de Francia en su relación con la cancillera Angela Merkel. El retraso anunciado el jueves por el ministro de Economía, Luis de Guindos, para solicitar el rescate bancario no es “una mera formalidad” porque emite una señal equívoca, ininteligible –incluso si la descifran los ministros de Economía de la Eurozona–, profundamente inconsistente; es un gesto incompatible con el pulso de los mercados, que con gran facilidad proyectan sobre la deuda pública la insolvencia de la banca española que debe sanearse con fondos europeos porque el Estado no pueden hacerlo por sus propios medios. Es inútil que insistan los agitprop del Gobierno: el desbocamiento de la prima de riesgo española se debe al dosier griego solo en una pequeña medida; la parte del león del problema obedece a causas autóctonas. No reconocerlo es incompatible con la lógica más elemental, tal como se puede certificar sobre el terreno.

Es igualmente comprobable de forma empírica que la insistencia en tomar la ruta diseñada por Alemania para salir del atolladero sin entrar en mayores discusiones resulta fructífera para Alemania y asfixiante para los demás. “Lo que comienza a inquietarme –ha escrito en Cinco Días José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España–, partiendo del paso a paso que recomendaba la cancillera alemana hace unos días para completar la Unión Europea, es que estos pasos a tomar son cada vez mayores cuando su efecto tranquilizador dura cada vez menos. En definitiva, el mercado (los inversores… los agentes económicos) ya no tienen tabús a la hora de valorar el escenario futuro del euro. Todo es cuestionable y objeto de debate, lo que no ayuda a recuperar la calma”. En realidad, no todo alimenta dudas: según han recogido Der Spiegel y Financial Times Deutschland, el Kiel Institute for the World Economy calcula que Alemania habrá ahorrado alrededor de 19.000 millones de euros en el 2011 y el 2012 como resultado de los bajos intereses de los títulos de deuda y, gracias a este ahorro, tendrá un presupuesto equilibrado el próximo año. ¿Sería posible el mismo resultado si Berlín aflojara las clavijas a los otros, todos ellos clientes, por cierto, de la industria alemana?

 

 

 

 

Watergate, las alcantarillas del poder

Al cumplirse 40 años del asalto al cuartel general del Partido Demócrata en el edificio Watergate de Washington sigue vigente la pregunta que formuló el senador Sam Ervin al entregar a la Cámara el informe definitivo del caso: ¿qué fue Watergate? Los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward, que el día 8 firmaron conjuntamente por primera vez en 36 años en las páginas de The Washington Post, sostienen que el caso Watergate “fue las cinco guerras de Nixon”. Los historiadores revisionistas se esfuerzan en probar que se trató de una conspiración tramada por el establishment de Washington contra alguien que no era de los suyos. Los estudiosos de la personalidad de Richard M. Nixon aseguran que su mandato (20 de enero de 1969-9 de agosto de 1974) se caracterizó por una desconfianza acérrima hacia cuantos le rodeaban, hacia sus adversarios políticos y hacia el aparato de poder que sobrevive a todos los presidentes.

Las cinco guerras a las que se refieren Woodward y Bernstein apuntaron contra el movimiento antibelicista –quienes se oponían a la guerra de Vietnam–, contra los medios de comunicación –con el aderezo del conocido antisemitismo del presidente–, contra los demócratas, contra la justicia y, después de dimitir, contra la historia. Y resumen qué significaron “las cinco guerras de Nixon” en la siguiente frase: “El Watergate fue un asalto descarado y atrevido, dirigido por el propio Nixon contra el corazón de la democracia estadounidense: la Constitución, nuestro sistema de elecciones libres y el imperio de la ley”. Sin embargo, esa rotundidad de juicio no es tal al final del libro El hombre secreto, escrito por Woodward en el 2005 después de desvelarse que Garganta Profunda era Mark Felt, un exalto cargo del FBI que se sintió despechado y que fue el confidente que proporcionó pistas definitivas a los periodistas del Post para tumbar a Nixon. “Nunca hay una versión final de la historia”, sentencia Woodward.

Los datos esenciales son de sobra conocidos. El 17 de junio de 1972, cinco individuos asaltaron las oficinas del Partido Demócrata en Washington con el propósito de colocar micrófonos. El portavoz de la Casa Blanca, Ronald Ziegler, quisó quitar importancia al asunto y describió el suceso como “un robo de tercera”. En la edición del Post del día 19, Woodward y Bernstein encabezaron la primera información que firmaron juntos con la siguiente revelación: “Uno de los cinco hombres arrestados la madrugada del sábado en el intento de colocar micrófonos en el cuartel general del Comité Nacional Demócrata es un asalariado del coordinador de seguridad del comité para la relección del presidente Nixon”. El dato definitivo apareció publicado el 1 de agosto: “Un cheque de caja de 25.000 dólares, destinado aparentemente a la campaña para la relección del presidente Nixon, fue ingresado en abril en la cuenta bancaria de uno de los cinco hombres arrestados en el asalto a la sede nacional demócrata, el 17 de junio”. A partir de aquel momento, los periodistas siguieron el rastro del dinero, de acuerdo con las indicaciones de Garganta Profunda, y dejaron al descubierto las actividades encubiertas dirigidas desde la Casa Blanca. Sus pesquisas permitieron  conocer en última instancia la existencia de las famosas cintas en las que Nixon grabó las conversaciones con sus colaboradores, una prueba inculpatoria definitiva de los manejos al margen de la ley del presidente, que se vio obligado a dimitir.

Pero, más allá de los datos esenciales del caso, caben otras preguntas además de la del senador Ervin. Preguntas que atañen al papel desempeñado por Woodward y Bernstein, a cuál era el clima político en Washington a raíz de la diplomacia secreta practicada por Nixon por China y Rusia, a qué daños sufrió el sistema y, por último, a por qué Nixon cedió a sus instintos.

Woodward y Bernstein

Más allá de la admiración suscitada por los dos periodistas que desvelaron el escándalo, es forzoso preguntarse si las técnicas convencionales del periodismo de investigación les hubiesen permitido llegar hasta donde lo hicieron sin el concurso de un funcionario herido en su amor propio, tal como explicó en mayo del 2005 el abogado John O’Connor al publicar la historia de su cliente Mark Felt en la revista Vanity Fair con el título Yo soy el tipo al que solían llamar Garganta Profunda: “A pesar de que era una criatura de Washington, estaba agotado por años de batallas burocráticas, era un hombre desencantado con la mentalidad de navaja de la Casa Blanca de Nixon y sus tácticas de politización de los organismos gubernamentales”. En realidad, la versión de O’Connor soslaya el hecho definitivo de que Felt albergaba el deseo de llegar a la cima del FBI, pero finalmente el puesto de director no fue para él. Y en el primer libro escrito por los periodistas, Todos los hombres del presidente, la consistencia del gran reportaje, en la mejor tradición de la prensa anglosajona, no permite aventurar los resortes que pusieron en movimiento a Garganta Profunda.

Woodward y Bernstein

Carl Bernstein y Bob Woodward, frente a la Casa Blanca en los días del 'caso Watergate'.

Dicho de otra forma: sin la contribución de Felt, las pesquisas de los periodistas se habrían atascado como sucedió a sus compañeros en otros medios. Sin el empujón de Felt, el camino hacia los despachos de la Casa Blanca habría sido poco menos que imposible. En cuanto a Garganta Profunda, la decisión de desvelar su identidad a pesar del acuerdo de confidencialidad con Woodward y Bernstein le alejó del personaje mitológico con sólidas convicciones políticas, movido por razones éticas: cedió a las presiones de su familia para que lo contara todo antes de morir –estaba a punto de cumplir 92 años– a cambio de un sustancioso contrato de exclusiva. El compromiso de confidencialidad era tan sólido que Ben Bradlee, director del Post en los días del escándalo, explica lo siguiente en su libro La vida de un periodista (1996): “Solo después de la dimisión de Nixon y del segundo libro de Woodward y Bernstein, Los días finales, sentí la necesidad de conocer el nombre de Garganta Profunda. Y lo supe un día de primavera en un banco de la plaza MacPherson durante la hora de la comida. Nunca se lo he dicho absolutamente a nadie (…) El hecho de que su identidad haya permanecido en secreto durante todos estos años es desconcertante, y verdaderamente extraordinario”.

En el epílogo escrito por Bernstein para el libro de Woodward en el que cuenta su relación con Felt, el ya citado El hombre secreto, hay un propósito manifiesto de rebajar el papel central de Garganta Profunda: “Lo que nos permitió penetrar en el secreto de la presidencia de Nixon fue la convergencia de todas las fuentes y su posición de testigos de primera mano en todos los niveles, y no la información facilitada por una sola”. Pero persiste la duda acerca de las posibilidades que tenían de avanzar sin su famoso confidente, prevalece la incógnita sobre qué intereses guiaron los pasos de Felt, todo lo cual no afecta al hecho de que el trabajo de Woodward y Bernstein se mantiene como la pieza de referencia universal del periodismo de investigación en el escándalo político más difundido y estudiado del siglo XX. A lo que debe añadirse la independencia de criterio y la valentía de la editora de The Washington Post, Katharine Graham, y del equipo de dirección del periódico para capear el temporal, apoyar a los periodistas y resistir todas las presiones.

La atmósfera de Washington

Cuenta Graham en sus memorias Personal History: “Durante estos meses, las presiones sobre el Post para parar y desistir fueron intensas e incómodas. Yo me sentía acosada. Muchos de mis amigos se quedaron perplejos con el enfoque de nuestras informaciones. Joe Alsop [un famoso columnista] me estaba presionando todo el tiempo. Y tuve un encuentro casual, penoso, con Henry Kissinger, justo antes de la elección. ‘¿Qué te pasa? ¿No crees que seamos reelegidos?’, me preguntó Henry. Los lectores también me escribían, acusando al Post de segundas intenciones, mal periodismo y falta de patriotismo”.

Nixon y Kissinger

Richard Nixon y Henry Kissinger, en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Kissinger fue el arquitecto del acercamiento diplomático a China y la URSS. El presidente viajó a Pekín en febrero de 1972 para entrevistarse con Mao Zedong y en mayo de mismo año firmó en Moscú los acuerdos SALT-1 con el líder soviético Leonid Breznev. En ambos casos, la iniciativa de la Casa Blanca disgustó a una parte de los equipos que en los departamentos de Defensa y Estado habían gestionado hasta la fecha la guerra fría. En no menor medida pesó sobre la Administración de Nixon la división entre los partidarios de acelerar el acuerdo para una salida honorable de Vietnam y quienes creían que había que mantener la guerra a pesar de la fractura social que había provocado. Estos últimos tenían a su favor la debilidad de la candidatura demócrata para las presidenciales de 1972: el senador George McGovern era combatido en el seno de su propio partido y sus promesas de salir de Vietnam a toda prisa no le hicieron despegar nunca en las encuestas.

El clima de rebelión en las filas demócratas era de tal naturaleza que se constituyó una asociación llamada Demócratas por Nixon, dirigida por John Connally, a la que se sumaron sobre todo demócratas del sur descontentos con las inquietudes sociales y las políticas de integración racial que defendía McGovern. La prueba definitiva de que el candidato demócrata estuvo siempre a merced de los acontecimientos fue el resultado que obtuvo el 7 de noviembre de 1972: solo ganó en Massachusetts y en el Distrito de Columbia; en los otros 49 estados el triunfo fue para Nixon.

Así pues, ¿debía temer Nixon que alguien le moviera la silla? Lo único cierto es que cuando creció el escándalo y empezaron a caer sus colaboradores más próximos, el presidente apareció huérfano de apoyos. Tal como refleja el libro de Woodward y Bernstein Los días finales, Nixon experimentó la soledad de alguien dejado a su suerte por los poderes de facto y las instituciones, y eso multiplicó la fuerza de los demócratas de tal manera que en la votación del Senado que aprobó abrir el procedimiento de impeachment  (encausamiento), seis republicanos votaron a favor. “Nixon nunca tuvo a nadie a su lado, ni siquiera en sus mejores momentos. Era un profesional astuto, pero no le caía simpático a nadie; era la antítesis de Kennedy y su famosa empatía”, declaró años después de la dimisión de Nixon uno de los periodistas que siguió la campaña presidencial de 1972. El actor Anthony Hopkins reflejó hasta la angustia el estado de ánimo atormentado del presidente en su magnífico trabajo en Nixon, del director Oliver Stone.

El sistema, a prueba

El recorrido que siguió el caso Watergate de las páginas de los periódicos a los tribunales y el Congreso, así como la decisión final del presidente de dimitir para evitar el impeachment, dividió la opinión de los expertos en cuanto a la buena salud del sistema. Porque tan cierto es que el equilibrio de poderes respondió al desafío, como que todos los mecanismos de control efectivo del Ejecutivo fallaron y fueron por detrás de los acontecimientos revelados por la prensa hasta que el escándalo adquirió dimensiones de convulsión nacional. Es más, probablemente nada hubiese sucedido si el asalto a las oficinas demócratas se hubiese podido saldar con el enjuiciamiento de los cinco hombres detenidos el 17 de junio de 1972. El “robo de tercera” de Ronald Ziegler se hubiese consagrado como la versión oficial y única.

Nixon y Ford

Gerald Ford, poco después de haber sido nombrado vicepresidente por Richard Nixon.

“Si nos fijamos en la transformación en dos años en el contexto de Watergate, vemos la creación y la resolución de una crisis social fundamental, una resolución en la que participa la más profunda ritualización de la vida política. Para lograr ese status religioso, hubo una generalización extraordinaria de la opinión pública vis-à-vis con una amenaza política que se inició en el centro mismo del poder establecido”, ha escrito Jeffrey C. Alexander, profesor de Sociología en la Universidad de Yale en The meanings of social life. La afirmación de Alexander se corresponde tanto con la realidad como el hecho de que en la primavera de 1973, con el escándalo ocupando todos los canales informativos, la mitad de los estadounidenses admitían no tener conocimiento del caso Watergate o, peor aún, lo consideraban una invención de los periódicos. En consecuencia, no sentían mayor necesidad de que reaccionaran las instituciones ni tenían la sensación de que el sistema se enfrentara a una prueba de resistencia.

Si esto fue así hasta muy avanzados los acontecimientos, el perdón otorgado por Gerald Ford a su predecesor por cualquier asunto relacionado con las investigaciones y procesos abiertos en relación con el Watergate tampoco suscitó grandes controversias fuera del mundo académico y de la pugna partidista. Pero aún hoy persisten las dudas sobre la consistencia jurídica del perdón, que los constitucionalistas liberales estiman que fue una extralimitación de un privilegio presidencial –conceder indultos–, aplicable solo a condenados. Nixon estaba lejos de haber sido formalmente condenado –dimitió para no ser encausado– y, por lo tanto, la decisión de Ford suscita todo tipo de reservas.

Nadie discute a Ford que con su atrevimiento legal evitó que las secuelas del escándalo Watergate se eternizaran y perturbaran el funcionamiento de las instituciones. Si los tribunales ordinarios hubiesen podido seguir con alguna forma de enjuiciamiento que afectara a Nixon, por ejemplo a partir de las pruebas obtenidas contra él en causas seguidas contra sus colaboradores, el trauma nacional se habría prolongado y los efectos políticos habrían sido devastadores. Si la guerra de Vietnam y la dimisión de un presidente fueron en gran medida la definitiva pérdida de la inocencia de la sociedad estadounidense, como tantas veces se ha dicho, llevar a Nixon ante el juez hubiese resultado demoledor para la confianza de los ciudadanos en el sistema.

¿Cómo era Nixon?

Hay algunos momentos en la vida de Richard M. Nixon que permiten sacar alguna conclusión acerca de su personalidad, pero en general su perfil es indescifrable. Woodward y Bernstein afirman al final de su artículo del día 8 de este mes: “Su odio provocó su caída. Nixon captó aparentemente esa idea, pero fue demasiado tarde. Él se había destruido a sí mismo”. El propio Nixon admitió en 1977, en su famosa entrevista por entregas con el periodista David Frost, que dijo no “en un primer momento a cometer el delito de obstrucción a la justicia”, pero acto seguido se exoneró de cualquier responsabilidad futura con una afirmación del todo discutible: “La dimisión fue un impeachment voluntario”. Con los años porfió para que arraigara la idea de que se había exagerado la gravedad del caso y gozó de una sorprendente rehabilitación pública sin que, por los demás, admitiera nunca que quiso situarse más allá de la ley y del orden institucional.

TWP

Portada de 'The Washington Post' del 9 de agosto de 1974 que da cuenta de la dimisión de Richard Nixon.

Quizá la idea del personaje permanentemente disgustado consigo mismo y con todo el mundo resuma el rasgo más característico de su personalidad desde que empezó su carrera política. El hijo de un modesto agricultor de Yorba Linda (California) se sintió siempre como un outsider incluso cuando llegó a la Casa Blanca, el vicepresidente que suplió con eficacia las ausencias de Dwight D. Eisenhower (1953-1961) debidas a achaques de salud fue superado por el don de gentes y la brillante oratoria de John F. Kennedy en la campaña de 1960, el correoso abogado educado en la lógica del derecho dio su consentimiento a las peores prácticas, pero en la hora de la despedida, la mañana del 9 de agosto de 1974, pronunció un discurso intimista en el transcurso del cual recordó a su padre.

Al día siguiente, un periodista escribió que en su último día en la Casa Blanca Nixon se mostró tan “incómodo y forzado” como en los cinco años y medio anteriores. Sin embargo, aquellas palabras improvisadas del adiós, rodeado de su familia, no estuvieron exentas de cierta patética grandeza: “Recuerdo a mi padre –dijo–. ¿Sabéis qué era? Al principio, conductor de tranvías, después granjero y más tarde propietario de un limonar. Os aseguro que aquel era el limonar más pobre de California. Lo vendió antes de que descubrieran petróleo en el terreno”. La sonrisa forzada de aquellos últimos minutos en la Casa Blanca fue parecida a la que siempre mostró en sus comparecencias públicas, demasiadas veces gélidamente distantes, como la de aquella rueda de prensa posterior a la dimisión de sus ayudantes John D. Haldeman y H. R. Ehrlichman –“dos de los mejores funcionarios públicos que he tenido el privilegio de conocer”–, el 30 de abril de 1973. Quiso ser irónico y mantenerse distendido, pero pareció altivo y desafiante a los periodistas que se encontraban allí. “Caballeros, hemos tenido nuestros desacuerdos en el pasado, y espero que me traten pésimamente cada vez que me equivoque”, soltó Nixon. Nadie rió.

Cuatro décadas después de que se representara el primer acto de aquel gran fresco de las alcantarillas del poder que fue el caso Watergate parece tan irrefutable que Nixon violentó las más elementales normas de la prudencia política, la contención y el respeto a la ley como que, en el ambiente enrarecido y adverso que nunca le abandonó, tomó decisiones similares a las de muchos de sus predecesores y sucesores, pero pagó por ello un precio que otros eludieron. “El que es elegido príncipe con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo”, escribió Maquiavelo. Nixon nunca lo logró.

Los nombres del ‘caso Watergate’.

Libros:

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Todos los hombres del presidente. La primera edición en español data de septiembre de 1974 y apareció con el título El escándalo Watergate (Editorial Euros).

BERNSTEIN, Carl y WOODWARD, Bob: Los días finales. La primera edición en español data de octubre de 1976 (Editorial Argos).

LEWIS, Chester y otros: Watergate. Aymá Editores. Barcelona, junio de 1974. Elaborado por el equipo de reporteros del dominical de Londres Sunday Times.

WOODWARD, Bob: El hombre secreto. Inédita Editores. Barcelona, noviembre del 2005. Incluye al final el texto de Carl Bernstein La valoración de un periodista.

Películas:

Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula. 1976.

Nixon, de Oliver Stone. 1995.

Frost/Nixon, de Ron Howard. 2008.

Nada detiene a Asad

El nombramiento en Siria de un nuevo primer ministro, Riad Farid Hiyab, para suceder a Riad Safar, designado por el presidente Bashar el Asad en abril del año pasado, un mes después de haber empezado las protestas, no pasa de ser una mascarada sin futuro que ni siquiera vale para desviar la atención sobre las dimensiones de la tragedia. Después de la matanza de Hula –108 muertos, incluidos más de 40 niños–, llamada por el lingüista de la Universidad de Columbia Hamid Dabashi “la masacre de los inocentes”, y de la de Al Qubeir –otro centenar de muertos– toda medida meramente cosmética no hace más que afear aún más el rostro de la cleptocracia siria y poner en evidencia a la comunidad internacional, incapaz de detener la degollina. El enviado especial de la ONU y de la Liga Árabe, Kofi Annan, promotor de un plan de paz sin más resultado que la consagración de la guerra civil, ha sido honrosamente sincero: “No hemos tenido éxito en aquello que nos fijamos: acabar con la violencia espantosa y lanzar un proceso político de transición susceptible de responder a las aspiraciones legítimas del pueblo sirio”.

Matanza de Hula

Víctimas de la matanza de Hula, perpetrada por los 'shabiha'.

El desafío es, a un tiempo, político y ético, pero esta doble vertiente de la crisis queda siempre velada por las discrepancias de los grandes actores internacionales, con la negativa explícita de Rusia y China a dar su consentimiento a una intervención autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU y las dudas que paralizan a las otras potencias más allá de la gesticulación diplomática que nada modifica. Rusia quiere asegurarse la presencia en el Mediterráneo a través de la base de Tartus, en la costa siria, mantener una antena en Oriente Próximo e impedir que los Hermanos Musulmanes ocupen algún día el puente de mando; China no quiere incomodar a Irán, protector de Siria hasta la última coma, donde compra ingentes cantidades de petróleo; Occidente entienden que casi todas las alternativas son peores al sentido recuento diario de cadáveres. “En el equipo de Kofi Annan se tiene la sensación de que la actitud de Moscú proporciona una coartada a los países occidentales, que ni tienen intención de intervenir en Siria ni tienen plan B, y no demasiado plan A”, subraya la comentarista Sylvie Kaufmann en el diario progresista francés Le Monde.

Las fundadas suposiciones de Kaufmann coinciden grosso modo con la tendencia dominante en las cancillerías de Europa y en el Departamento de Estado, que parten del convencimiento de que, a las puertas de Israel, en la vecindad de Líbano, la mejor decisión es no tomar ninguna decisión. Pero ¿es conveniente y útil mantenerse a la espera de no se sabe muy bien qué? James P. Rubin, que formó parte de la Administración del presidente Bill Clinton y aplica a sus análisis un realismo sin fisuras, ha publicado un artículo en Foreign Policy en el que explica cuál es, a su juicio, “la razón real para intervenir en Siria”. “El programa nuclear iraní y la guerra civil de Siria puede parecer que no están conectados, pero en realidad están inextricablemente vinculados. El verdadero temor de Israel –la pérdida de su monopolio nuclear y por lo tanto la capacidad de utilizar sus fuerzas convencionales en todo el Oriente Próximo– es el factor no reconocido que impulsa sus decisiones hacia la República islámica. Para los líderes israelís, la verdadera amenaza de un Irán con armas nucleares no es la perspectiva de un líder iraní loco que lanzara un ataque nuclear no provocado contra Israel que llevaría a la aniquilación de ambos países, sino el hecho de que Irán no necesita ni siquiera probar un arma nuclear para socavar la influencia militar israelí en Líbano y Siria. Con solo alcanzar el umbral nuclear, los líderes iranís podrían envalentonarse para llamar a su representante en Líbano, Hizbulá, para que atacara a Israel, sabiendo que su adversario tendría que pensárselo bien antes de devolver el golpe”.

El análisis de Rubin forma parte de la doctrina clásica de seguridad aplicada por los gobiernos de Estados Unidos en cuanto atañe a Israel –se trata de garantizar el statu quo y dejar a salvo la superioridad estratégica de israelí–, pero va más allá porque descarta que Asad acepte dejar el poder como resultado de una negociación y previene ante los peligros inherentes a una institucionalización de la guerra civil. Rubin esboza un cuadro general desalentador, construido a partir de la degradación del régimen sirio y la radicalización de sus adversarios: “La rebelión en Siria dura más de un año. La oposición no desaparecerá, y está claro que ni la presión diplomática ni las sanciones económicas obligarán a Asad a aceptar una solución negociada a la crisis. Con su vida, su familia y el futuro de su clan en juego, solo la amenaza o el uso de la fuerza cambiarán la actitud del dictador sirio. En ausencia de intervención extranjera, la guerra civil en Siria solo empeorará a medida que los radicales se apresuren a explotar el caos y se intensifique el efecto indirecto en Jordania, Líbano y Turquía”.

Tartus

Vista aérea de la base naval rusa de Tartus, en la costa de Siria.

Lo que sostiene Rubin es que la región corre el peligro de contraer una enfermedad crónica llamada Siria, caracterizada por una guerra civil irresoluble, como sucedió en Líbano entre 1975 y 1990, y muchos actores externos interesados en prolongarla para preservar su cuota de influencia en el desarrollo de los acontecimientos en la región. Este horizonte tenebroso tiene poco que ver con la defensa de los derechos humanos y la preocupación por la suerte que corren los civiles, víctimas propiciatorias de sus gobernantes, pero se antoja bastante cercano a lo que sucede y, aún más, prueba que los mismos argumentos esgrimidos en la crisis Libia para desencadenar una intervención militar con el acuerdo de la ONU no surten efecto en el caso de Siria o no valen mucho más que para producir una abundante literatura de lamentos sin ningún efecto práctico.

Así pues, el riesgo de que se enquiste el conflicto y de que Asad administre la guerra como una herramienta más del sistema mediante el recurso permanente a la represión militar –operaciones reconocidas contra lo que el régimen llama “grupos terroristas”– o represalias sin paternidad –las acometidas de los shabiha, matones del régimen–, lleva directamente a preguntarse cómo y quién puede romper el círculo vicioso. Rubin sugiere una operación internacional en dos tiempos, pilotada por Estados Unidos:

1º Anunciar la disposición del Gobierno de entrenar a las fuerzas de la insurrección siria con el concurso de aliados en la región como Catar, Arabia Saudí y Turquía. Cree Rubin que tal declaración podría acelerar las deserciones en el Ejército de Asad y acercar a las diferentes facciones de la oposición, ahora bastante divididas, por no decir enfrentadas, y con los Hermanos Musulmanes en situación de sacar partido de la desunión.

2º Lograr un acuerdo singular de Estados Unidos y algunos de sus aliados en Occidente con países de Oriente Próximo para iniciar una “operación aérea de la coalición”, que da por seguro que nunca contará con el apoyo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a causa de la oposición de Rusia y China, y tampoco de la OTAN, debido a la desconfianza que acompaña a la repetición de una experiencia como la de Libia (coste de la intervención y situación posbélica).

El objetivo final identificado por Rubin es evitar “una guerra mucho más peligrosa entre Israel e Irán”. Pero el camino para alcanzarlo incluye comprometer a casi toda la región, operar al margen de la legalidad internacional, alentar la prédica antioccidental y exacerbar la pugna histórica entre sunís y chiís, concretada en Arabia Saudí e Irán. Y, al encrespar el enfrentamiento en el campo del islamismo político, la seguridad de Israel, causa última del relato tejido por Rubin, volvería a estar amenazada, de forma que Estados Unidos, de seguir la misma pauta intervencionista, debería tomar de nuevo parte activa en el conflicto.

El renombrado sociólogo de la Universidad de Georgetown Norman Birnbaum descarta la oportunidad y la eficacia de una intervención directa encabezada por Estados Unidos: “Sería bueno que los ciudadanos y las élites intenten no exagerar el poder de un país imperial que está profundamente dividido y debe hacer frente a problemas nacionales e internacionales que someten a una gran tensión su capacidad actual de abordar sus propios asuntos”. Esta conclusión de Birnbaum suma bastantes adeptos en los departamentos de Estado y Defensa. Sobre todo si cunden los contactos más o menos explícitos con los ayatolás y estos acceden a delimitar su programa nuclear dentro de parámetros aceptables y comprobables que desvanezcan el riesgo de un ataque preventivo israelí por sus propios medios.

Entre las alternativas a la intervención directa se cuenta remedar el modelo yemení: el presidente Asad dejaría el cargo con toda clase de garantías para él, su familia y bienes, marcharía a un exilio dorado, un albacea del régimen dirigiría un proceso constituyente rápido dentro del cual legitimaría su poder en las urnas y de esta forma se garantizaría la continuidad de la política siria en la región y el apego a sus aliados. Esta fórmula es la que más partidarios tiene en la Administración de Barack Obama, no disgustaría a Rusia y tampoco complicaría las cosas a China. Guenadi Gatilov, viceministro ruso de Asuntos Exteriores, ha recordado que su país “nunca puso como condición que Asad debía necesariamente seguir en el poder al final del proceso político”, pero parece que la hora de la solución yemení pasó hace tiempo, y especialistas de tanta reputación como Georges Corm la dan por imposible. “Diplomáticos occidentales tienen la esperanza de que esta solución podría funcionar en Siria, y que lograría la aprobación de Rusia, dado que Moscú ha rechazado hasta ahora cualquier cambio violento de régimen”,  pero, al dar cuenta del estado de ánimo en las capitales europeas, Corm no soslaya el hecho cierto de que la solución yemení “se está convirtiendo cada vez en más improbable” a causa de la radicalización de la crisis.

Esta radicalización que hace saltar por los aires cualquier forma sensata de sacar a Siria de la lógica perversa de la guerra, obedece a razones locales de una enorme complejidad, desde la realidad indiscutible de que el establishment que apoya a Asad desborda el marco estricto de las estructuras de poder –con el partido Baaz y el Ejército en primerísimo lugar– hasta la lucha sectaria entre la minoría alauí, a la que pertenece el presidente, y la mayoría suní, expuesta a la seducción del fundamentalismo. “Es muy difícil desalojar a un tirano que tiene una base real de apoyo si él está dispuesto a matar a su propio pueblo”, ha declarado Richard Haass, presidente del Consejo para las Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Salvo que, por algún motivo, se esté dispuesto “a ir a la guerra, se siga allí durante bastante tiempo y se construya un Estado”, una empresa que queda lejos del programa del presidente Obama para los países árabes.

Sin el apoyo social del que aún disfruta Asad y que invoca Haass, la agresividad del régimen sería mucho menor y quizá adquiriera el perfil de una resistencia numantina de corta duración. Pero el Ejército es una institución con la solidez que le otorga su vinculación al mundo de los negocios, como sucede en Egipto, y el Baaz es al mismo tiempo la columna vertebral de la Administración y la organización encargada de mantener en pie una red clientelar tejida de pequeños y grandes favores en la que se mezclan los intereses del Estado y la vida cotidiana de muchos ciudadanos que dependen del paraguas protector baazista. Gracias a eso, el presidente puede mantener la ficción de la normalidad –cambios en el Gobierno, reformas constitucionales, referendos, elecciones, sesiones en el Parlamento– y neutralizar a los emisarios internacionales puestos al servicio del plan de paz que defiende Kofi Annan.

“Lo que ocurre ahora en el mundo árabe es una verdadera revolución que apenas empieza. Va a durar muchísimo. Eso no significa inestabilidad duradera, pero significa que los dictadores son la principal causa de inestabilidad, y si queremos reanudar el hilo del desarrollo de esas sociedades, hay que hacer que estos dictadores se vayan lo antes posible”, dice el especialista Jean-Pierre Filiu. La crónica siria de todos los días le da la razón.

 

Vatileaks o la soledad del Papa

Un clima de sospecha y desconfianza se ha adueñado de la Curia vaticana para desgracia del Papa y desconcierto de los creyentes. La Iglesia católica viaja en un convoy que circula marcha atrás, hasta los ominosos días de la logia P2, los manejos del obispo Paul Marcinkus al frente del Instituto para las Obras de Religión (IOR), apodado banco del Papa, y la mezcla de intereses financieros, tráfico de influencias, opacidad y muerte de aquel entonces. Benedicto XVI, un anciano de 85 con las fuerzas propias de su edad, aparece en el centro de una trama urdida, se dice, para rescatarle de la red de intereses que maneja el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, pero que debilita la figura del pontífice frente a una estructura de poder temporal y espiritual adaptada desde hace siglos a las artes conspirativas y los complots de palacio. El Vatileaks o Vatigate, como se prefiera, no es un acontecimiento sustancialmente nuevo en la historia vitacana; al contrario, forma parte de alguna de las más añejas tradiciones del papado.

Este gen constitutivo de la historia de la Iglesia ha sido identificado por analistas creyentes y no creyentes con rara unanimidad. Las últimas semanas se han podido leer y oír varios comentarios en este sentido, entre ellos el de Philippe Levillain, director del Diccionaire historique de la papauté, publicado por el diario católico francés La Croix: “Se han conocido otras veces enfrentamientos en la cima del Vaticano, a veces muy violentos. Así fue cuando la mayor parte de la Curia, después de la guerra, era atlantista, favorable a Estados Unidos, y estimaba que monseñor Montini (el futuro Pablo VI) estaba demasiado abierto a los países comunistas”. A decir verdad, el ejemplo al que recurre Levillain es de los menos dramáticos, pero es ilustrativo de la pugna cotidiana por orientar el gobierno de la Iglesia, como contó en su día el teólogo católico italiano y respetado vaticanólogo Giancarlo Zizola, fallecido en el 2011, en el libro Santidad y poder, dedicado a la lucha permanente entre la Curia y los papas.

La realidad práctica del poder del Papa es del todo singular porque él es, a la vez y de forma indivisible, la cabeza de un pequeño Estado, la referencia espiritual y dogmática de una comunidad que supera los mil millones de personas, el gestor de un patrimonio inmenso repartido por todo el planeta y el administrador último de una red asistencial y prestadora de servicios, imprescindible e insustituible en muchos países y segmentos sociales. Este poder procede de la decisión que toma un colegio electoral que se reúne a puerta cerrada a la muerte de cada Papa –la asamblea de cardenales menores de 80 años, el cónclave–, que elige a uno de entre ellos para gobernar la institución con atribuciones omnímodas, propias de un régimen absolutista y que solo decaen con la muerte de quien las encarna. La frase de Zizola “Ratzinger transforma la teología en poder” se ajusta por completo a los hechos y al legado de la tradición porque es perfectamente aplicable a la inmensa mayoría de papas desde el edicto de Milán (año 313).

La concordancia con la tradición no hace el momento menos grave. Está muy extendida la opinión de Andrea Tornielli, expresada en la web Vatican Insider, de que estamos ante un caso peor que el de los curas pederastas. La razón salta a la vista: aunque los implicados en las filtraciones de documentos dirigidos al Papa aseguran que actúan para defenderlo de sus adversarios en los salones del Vaticano, “son pocos los que creen que sea verdad, porque si durante estos meses de Vatileaks se ha obtenido un resultado, este es la pérdida de prestigio generalizada de la Santa Sede, cuya imagen sale devastada”. Ciertamente, transmiten una imagen de descontrol, improvisación y deslealtad a todas horas el libro Su Santidad. Los papeles secretos de Benedicto XVI, del periodista Gianluigi Nuzzi; la destitución fulminante de Ettore Gotti Tedeschi, presidente del IOR especialmente apreciado por el Papa; el nombramiento de Carlo Maria Viganò para ocupar la nunciatura de Washington y alejarlo así de Roma –era el responsable del gobernatorato del Vaticano– y del Papa, a quien el año pasado envió dos cartas en las que denunciaba situaciones de corrupción en el gobierno de la Iglesia, y, por último, la detención de Paolo Gabriele, el mayordomo del pontífice que aparece como el correo que filtró a la prensa los documentos procedentes de los aposentos papales.

Ettore Gotti Tedeschi

El Instituto para las Obras de Religión (IOR) fue fundado por el papa Pío XII el 27 de junio de 1942. Su patrimonio se cifra en 5.000 millones de euros, registrado casi todo él a nombre de monasterios, congregaciones y conferencias episcopales radicados en Europa. Solo el Papa, el consejo de vigilancia, los cuatro administradores y los comisarios de cuentas tienen acceso a la totalidad de los balances. El consejo de vigilancia está formado por los cardenales Attilio Nicora, Jean-Louis Tauran, Télesphore Zoppo y Odilo Scherer. En la foto, Ettore Gotti Tedeschi, expresidente del IOR.

Cada uno de estos capítulos no hace más que revelar la debilidad extrema del Papa como cabeza visible de la Iglesia, según la definición de la figura forjada por la cultura eclesial. El libro de Nuzzi es posible porque alguien –puede que sea más exacto decir algunos– están interesados en que se conozcan determinados hechos, el apartamiento de Gotti Tedeschi del IOR es posible porque hay sectores de la Curia capaces de imponerse al Papa, la suerte de Viganò pone al descubierto una estructura de poder paralelo que hace y deshace, y el papel de Gabriele certifica de forma alarmante que el camino hasta la mesa de trabajo de Benedicto XVI está al alcance de demasiados. Lo que se antoja menos creíble es que sea el mayordomo Gabriele el gran motor de la conspiración. “Resulta bastante difícil pensar que lo sucedido haya surgido de un acuerdo de cuatro amigos en un bar”, escribe Tornielli. “El mayordomo no sería más que un lampista más o menos manipulado”, sostiene Dominique Greiner en La Croix.

La pregunta es, entonces, ¿quiénes mueven los hilos y por qué? Ambas incógnitas solo admiten respuestas conceptuales. Solo integrantes de la Curia y aledaños a ella tienen la posibilidad teórica de interferir en el laberinto por el que circula la documentación destinada al Papa; solo aquellos que piensan que ha llegado la hora de preparar la sucesión de Benedicto XVI en un cónclave corto y controlado tienen verdadero interés en neutralizar al cardenal Bertone, que aspira a lo mismo que sus adversarios. “La idea del papado de transición flotaba en el ambiente desde el inicio porque se pensaba que iba a ser un papado breve. Una parte del Vaticano veía este hecho con buenos ojos porque significaba un respiro para las fuerzas más conservadoras”, explicó en marzo el prestigioso vaticanólogo Marco Politi a la revista mexicana Proceso. Pero luego, cabe añadir, quedó patente la posibilidad de que el pontificado de Benedicto XVI se prolongara y empezaron los cabildeos; ahora el temor de muchos es que con el Papa alemán se repita la situación de incertidumbre causada por la longevidad de León XIII, que cumplió los 93 años en la silla de Pedro.

La paradoja mayor es que el escándalo ha reforzado la posición de los colaboradores del Papa, a quienes reiteró el miércoles la confianza depositada en ellos, incluido Bertone, supuesto objetivo de los cuervos que revolotean sobre las nobles piedras de la plaza de San Pedro y del topo que dio curso a información reservada dirigida al Papa. Así lo entiende Marco Tosatti, del periódico moderado turinés La Stampa, que no hace más que invocar el principio común a todas las estructuras de poder: en cuanto se produce una injerencia externa, desaparecen las divisiones y se protegen de la intromisión mediante una reafirmación de su unidad.

Al fondo de este escenario se recorta la silueta del IOR, urgido por el Consejo de Europa a aclarar sus cuentas, a desvanecer la sospecha de que es un instrumento para blanquear dinero con conexiones inconfesables en paraísos fiscales. Cuando el Papa puso a Gotti Tedeschi al frente de la institución le dijo: “Debemos ser irreprochables”. Fue tanto como decir que el banco debía someterse a una gestión más transparente y rigurosa que durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, marcados por la confusión. “En la gestión cotidiana de la Iglesia universal, esto –la confusión– se traduce en cierta inconcreción en las decisiones, una impresión de improvisación y de inacabado, pero también un recurso a los pequeños arreglos ‘a la italiana’ para sortear los requisitos burocráticos, es decir, métodos poco ortodoxos para hacer que las cosas avancen a pesar de todo”, indica Dominique Greiner.

La tendencia a lo borroso, a lo inconcreto, se repite en el Vatileaks porque se trata de un partido que se disputa no solo en el campo de las finanzas, sino que lo que hay en juego es “la imagen misma de Ratzinger y el poder de los purpurados que ambicionan su solio”, han afirmado Tommaso Cerno y Marco Damilano en el semanario progresista italiano L’Espresso. Es, pues, un partido que se juega en el campo de los bienes tangibles, el IOR y el mundo de las finanzas, pero también de los intangibles, el de la Iglesia como referencia moral e instrumento de poder. De ahí que algunas de las sombras que se mueven entre cajas estén interesadas en subrayar que actúan con espíritu evangélico, sin más concreciones, aunque lo cierto es que el Papa “se encuentra solo ante la opinión pública” (Levillain) y resulta poco menos que grotesca la apelación hecha desde L’Osservatore Romano por Giovanni Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado: “Un poco de honestidad intelectual y de respeto de las más elemental ética profesional no le vendría mal al mundo de la información”.

El planteamiento de Becciu es preocupante para el orbe católico porque no se lamenta de la lucha por el poder, sino de que se haya sabido que tal lucha existe y el entorno del Papa no se comporta siempre con la limpieza y lealtad debidas. Esta propensión al secretismo más acérrimo, incluso en aquellas situaciones en las que es imposible mantenerlo o, más aún, en las que la prudencia aconsejaría olvidarse de él para rehabilitar a la institución, hipoteca el futuro y el papel de la Iglesia en la economía y la sociedad globales. Como destacan diferentes autores, la Iglesia acepta así formar parte inseparable del statu quo internacional y olvida lo que la tradición define como misión profética, una renuncia esta que distancia cada vez más a la jerarquía de los creyentes, cuando no alimenta el escepticismo.

 

La hiperpotencia imprescindible teme dejar de serlo

Cumbre de la OTAN en Chicago

Sesión de la cumbre de la OTAN celebrada en Chicago el pasado fin de semana.

¿Es inexorable que decline la influencia de Estados Unidos a escala planetaria? ¿El multilaterialismo, el realismo defensivo y otras formas de poder compartido son el futuro inevitable de las relaciones internacionales? ¿Se acabaron para siempre las certidumbres de la pax americana y nos encaminamos hacia fórmulas multipolares menos estables y menos seguras? Estas y otras preguntas de parecido tenor se formulan una vez más en Estados Unidos al socaire de la campaña electoral, ocasión ideal para que la comunidad académica, los think tank y los lobis alienten el debate. La derecha radical, anclada al Tea Party, se alarma ante la perspectiva de una supremacía de Estados Unidos forzosamente compartida o menguada; el pensamiento liberal se inclina por el poder blando, el poder inteligente, si se prefiere llamarlo así, y el mantenimiento del vínculo atlántico –la OTAN– como máxima expresión de la seguridad colectiva de Occidente.

Para politólogos como el profesor John J. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, las superpotencias “buscan siempre oportunidades para ganar poder por encima de sus rivales, con la hegemonía como objetivo final”. La idea está contenida en el libro The Tragedy of Great Power Politics, publicado en el 2001, y fue impugnada dos años después por Charles A. Kupchan en The International History Review al comentar el mencionado libro y oponer el concepto realismo ofensivo, forjado por Mearsheimer, al realismo defensivo que sostiene que los estados “buscan seguridad antes que poder, haciendo el sistema internacional menos depredador y menos inclinado al conflicto”. Los dos modelos son perfectamente aplicables a Estados Unidos: la búsqueda de la hegemonía y la búsqueda de la seguridad. Pero ambos anhelos se atienen a lógicas y comportamientos a menudo incompatibles.

A estas dos posibilidades hay que añadir los costes de la hegemonía y la superioridad estratégica como una dificultad insalvable en el seno de una crisis económica de desenlace tan lejano como incierto. Si en 1987 Paul Kennedy planteaba en The Rise and the Fall of the Great Powers el “dilema estratégico” de la aportación de Estados Unidos a la seguridad internacional, igual a la de un cuarto de siglo antes, “cuando su porcentaje en el PIB mundial, producción manufacturera, gasto militar y personal de las fuerzas armadas era mucho mayor”, ¿qué decir hoy en pleno auge de las potencias emergentes?

La cumbre de la OTAN celebrada en Chicago ha obligado al presidente Barack Obama a plantear el espinoso asunto del coste de las operaciones en Afganistán más allá del 2014, cuando se haya completado la evacuación del contingente despachado al corazón de Asia por Estados Unidos y sus aliados; esto es, se ha visto en la necesidad de abordar el precio de un capítulo inseparable de la hegemonía de la superpotencia. Los cálculos más contenidos sitúan en más de 2.700 millones de dólares al año el precio de garantizar la seguridad afgana, una cifra que el Pentágono pretende compartir con los aliados europeos después de asumir que deberá hacerse cargo de la mitad del gasto.

Las restricciones económicas también forman parte de las ambigüedades encadenadas en Siria y de las oportunidades dadas a la diplomacia en Irán, con independencia de que los analistas del Departamento de Estado temen que excederse con la república de los ayatolás podría sacudir el orbe islámico con resultados del todo imprevisibles. Pero este realismo de la Administración de Obama es percibido por los depositarios del legado neocon como una muestra de debilidad impropia de la “hiperpotencia imprescindible”, a la que se refiere el ensayista Robert Kagan en The World America Made;  para ellos se trata de una signo de flaqueza, denostado entre otros por Lee Smith, editor senior del semanario conservador The Weekly Standard: “El Gobierno dice que la posición de Israel con respecto al programa iraní de armas nucleares no tiene vuelta atrás, pero su posición en Siria deja claro que la Casa Blanca está dispuesta a mirar hacia otro lado. Obama ha demostrado que es capaz de no hacer nada para ayudar a pueblos en la línea de fuego, incluso cuando hay intereses nacionales en juego y compartimos adversarios comunes: con Israel es Irán; con la oposición siria es Asad, un hombre que ha ordenado el asesinato de soldados estadounidenses y apunta a los aliados de Estados Unidos desde hace más de una década”.

Más allá del ruido electoral del momento, el alegato contra la Casa Blanca de Smith no queda muy lejos del análisis de Kagan comentado por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial: “La estabilidad del orden realmente existente y sus corolarios –la extensión de la democracia, la prosperidad y la paz– ‘depende fuertemente, de forma directa o indirecta, de la influencia ejercida’ por EEUU, la hiperpotencia imprescindible, la única que puede afrontar simultáneamente los inmensos desafíos en todos los continentes”.  Y añade Madridejos: “El ensayo histórico –cuyo título se ha citado más arriba– es una diatriba implícita contra los declinólogos”.

Karzai y Obama

El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, y el de Estados Unidos, Barack Obama.

En este ambiente intelectual, dedicado a negar el ocaso relativo de la superpotencia, se excluye la posibilidad de entablar un diálogo con los talibanes para alejar a Afganistán de los riesgos de un Estado fallido en cuanto el último soldado de la OTAN haya abandonado el país. Ni siquiera convencen los cinco objetivos que los islamistas radicales creen ver detrás de las maniobras de Estados Unidos. Alissa J. Rubin los ha enumerado en The New York Times al analizar el acuerdo de cooperación cerrado en abril por Estados Unidos y Afganistán. Esos son los verdaderos objetivos de la diplomacia de Obama a ojos de los fundamentalistas:

1º Asegurar las comunicaciones en los campos de petróleo de Asia central y el Caspio.

2º Prevenir un movimiento en favor de un auténtico Gobierno islámico.

3º Llevar a Afganistán el secularismo y el liberalismo.

4º Establecer un ejército hostil al islam y que proteja los intereses occidentales.

5º Amenazar permanentemente a los países islámicos de la región y prevenir un vínculo político y militar entre ellos y Afganistán.

Es poco probable que Mitt Romney, el candidato in péctore a la Casa Blanca de los republicanos, se sienta molesto con estos objetivos que, por lo demás, formar parte de la tradición política de Estados Unidos. Pero los estrategas de campaña no transigen con el método para alcanzarlos “si constituye una rendición ante los enemigos de América, como algunos han sugerido”, opina Stephen J. Hardley, que fue asesor de Seguridad Nacional con George W. Bush. Lo cierto es que Obama se expone a llegar al día de las elecciones, el 6 de noviembre, con unos 68.000 soldados en suelo afgano, casi el doble de los 38.000 que había allí el 20 de enero del 2009, cuando tomó posesión de la presidencia, según recuerda el periodista Glenn Thrush, de la web Politico.

Planteado en términos electorales, el presidente asume el riesgo de llegar a las urnas con una política exterior que incite a sus adversarios a recurrir a la demagogia o al populismo antibelicista, atrapado Obama en una doble realidad difícil de manejar: la de los costes políticos y económicos de mantener miles de soldados en Afganistán y la de los costes, asimismo económicos y políticos, de precipitar la retirada y dar pábulo a cuantos le afean haberse plegado a los dictados de la decadencia. Pero ¿es posible soslayar las señales de debilidad que emite la economía de Estados Unidos? ¿Puede Romney construir un argumento de campaña en el que el orgullo nacional se imponga a otros designios más tangibles?

Francis Fukuyama

El profesor Francis Fukuyama se pregunta ahora por 'El futuro de la historia'.

El profesor Francis Fukuyama, en un artículo titulado significativamente El futuro de la historia, se pregunta en Foreign Affairs si la democracia liberal puede sobrevivir a la decadencia de la clase media. Se trata de una pregunta poco menos que retórica porque, trasladada al presente en Estados Unidos –probablemente también a cualquier otro país occidental– , solo admite un no como se desprende del análisis de Fukuyama:La democracia liberal es la ideología por defecto en gran parte del mundo de hoy, debido en parte a que responde y la facilitan ciertas estructuras socioeconómicas. Los cambios en esas estructuras pueden tener consecuencias ideológicas, así como los cambios ideológicos pueden tener consecuencias socioeconómicas”. Después de anunciar en el pasado el final de la historia, Fukuyama teme ahora que la continuidad de la historia tome una senda en la que el descoyuntamiento de la economía desequilibre un orden mundial basado en la supremacía de Estados Unidos, y un sistema político sostenido por la complicidad de la clase media con las estructuras de poder y la tradición de la América mesiánica –el pueblo elegido–, que se remonta a los padres fundadores y llega hasta nuestros días. Temen, Fukuyama y otros muchos, que el orden que configurarán las economías emergentes, con China a la cabeza de todas ellas, obligue a aceptar un multilateralismo exacerbado, con la debilidad de Estados Unidos agravada por la del andamiaje social de la clase media.

Añádase un dato que no es ningún secreto: el grueso de los títulos de deuda pública de Estados Unidos se almacenan en las cajas fuertes de bancos chinos y japoneses, una ingente cantidad de dinero de la que depende, entre otras variables, la salud del dólar, que es tanto como decir el sistema monetario internacional más los mercados de la energía, donde todas las operaciones se consignan en dólares. “La mitad de los préstamos a más de un año del Tesoro americano los detentan bancos centrales extranjeros. Desde el 2002, las instituciones públicas extranjeras financian la totalidad de las necesidades netas americanas –asegura Ousmène Mandeng, un alto ejecutivo del banco suizo de inversiones UBS–. Cabe preguntarse si semejante dependencia es sostenible de forma duradera”. De esta incógnita sin despejar se desprende otra: ¿puede la hiperpotencia imprescindible seguir siéndolo en unas condiciones de dependencia financiera exterior cada vez mayores? Y aun otra: ¿pesará más en el ánimo futuro de los acreedores de Estados Unidos la necesidad de proteger el valor del dólar para no depreciar su cartera de títulos o la oportunidad de erosionar irremediablemente la economía norteamericana y, a través de ella, recortar las atribuciones propias de la potencia hegemónica?

Thierry de Montbrial, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, ha declarado al Council on Foreign Relations, un think tank independiente con sede en Nueva York: “Estados Unidos es en la práctica el poder número uno en el mundo”, y esto será así en los próximos 20 años, pero el gran desafío que debe enfrentar es mantenerse en este lugar. La desastrosa presidencia de George W. Bush partió de la hipótesis de que solo Estados Unidos podía articular la seguridad internacional y exportar un modelo universal de democracia representativa, pero la realidad demostró que ambos presupuestos carecían de fundamento y daban como resultado más inseguridad y más inestabilidad. El primer mandato de Obama se ha inclinado por admitir que la complejidad de los problemas que tiene planteados la comunidad internacional requieren tanto el concurso de la hiperpotencia imprescindible como el de los aliados necesarios. ¿Es este reconocimiento un síntoma de decadencia o un ejercicio de realismo aplastante?

¿Se irán a los cuarteles los generales egipcios?

Egipto de dispone a tener por primera vez un presidente civil desde la instauración de la república en 1953. Desde aquella fecha y hasta el próximo 21 de junio se habrán sucedido uniformados al frente del país: Muhamad Naguib (1953-1954), Gamal Abdel Naser (1954-1970), Anuar el Sadat (1970-1981), Hosni Mubarak (1981-2011) y un consejo militar, encabezado por el mariscal Mohamed Tantaui, desde el 11 de febrero del año pasado, cuando Mubarak fue depuesto durante el levantamiento popular que se concentró en la plaza Tahrir de El Cairo. Las elecciones del 23 y 24 de mayo (primera vuelta) y del 16 y 17 de junio (segunda vuelta) implican en teoría un cambio radical porque, una vez el generalato haya transferido el poder al presidente electo, debe retirarse a los cuarteles y renunciar a la potestad tutelar que ha ejercido sobre el proceso de transición.

Pero eso es solo la teoría porque la influencia del Ejército dentro del complejo militar-industrial es enorme y fuera de él las Fuerzas Armadas son omnipresentes en la comercialización de los productos agrarios, los bienes raíces y el sector servicios. Así pues, los militares tienen en sus manos la mayoría de los resortes del poder económico y aún son para Estados Unidos y Occidente en general el aliado necesario para mantener el statu quo en Oriente Próximo. Dicho de otra manera: constituyen el sillar sobre el que se levanta el entramado diplomático-militar construido a partir de los acuerdos de Camp David y de la normalización de relaciones de Egipto e Israel, intercambios comerciales incluidos.

“En Egipto, no hemos estado en presencia de un proceso verdaderamente revolucionario como en Túnez –sostiene en Alternatives Internationales el arabista francés Gilles Kepel, profundo conocedor de la sociedad egipcia–. La ocupación de la plaza Tahrir a principios del año 2011 era más el espectáculo de la revolución que una auténtica movilización revolucionaria. Fue llevada a cabo esencialmente por una juventud articulada, moderna, insertada en el mercado de trabajo, que habla inglés o francés y cuya relación con la masa de la población no fue más que muy gradual. La presión popular de la plaza Tahrir indujo a los iguales de Mubarak, es decir, a la jerarquía militar, a empujar a su jefe hacia la salida. Pero el poder sigue en manos del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas”.

Así pues, según Kepel, no hubo revolución en Egipto, a diferencia de Túnez, donde los comandantes de su modesto Ejército se mantuvieron al margen del conflicto abierto entre la cleptocracia del general Sine el Abidine ben Alí y la población enardecida. Según Georges Corm, prestigioso intelectual libanés de confesión cristiana maronita, aunque nacido en Alejandría (Egipto), es demasiado pronto para sacar conclusiones: “Yo siempre digo que la Revolución Francesa estalló en 1789 y no dio sus frutos finales hasta un siglo más tarde, cuando se estableció la Tercera República, acabó el régimen monárquico y los principios republicanos quedaron asegurados (…) Pienso que estamos al principio del camino”.

Debate electoral en Egipto

Un grupo de ciudadanos de El Cairo sigue en una pantalla instalada en la calle el debate electoral televisado el 10 de mayo.

Para una sociedad sometida a la arbitrariedad despótica de los gobernantes, seguir por el camino que adivina Corm es bastante más que salir del callejón de los milagros, por recurrir al título de la gran novela del egipcio Naguib Mahfuz. Aunque sea mucho aventurar, parece que los objetivos últimos son la consolidación de un Estado moderno, estructurado, donde se respete la división de poderes, convivan en paz musulmanes y cristianos coptos, esté garantizada la libertad de expresión y prevalezca la neutralidad del Estado si surgen conflictos intercomunitarios. Y ahí surge uno de los grandes asuntos de la campaña en curso: dónde queda la religión, cuáles son los propósitos que abrigan los Hermanos Musulmanes si completan su espectacular éxito en las legislativas con la elección de uno de sus dos candidatos afines mejor situados: el islamista moderado, exmilitante de la Hermandad, Abdel Moneim Abul Fotú, o Mohamed Mursi, que pertenece a ella. Este es el gran asunto a dilucidar a juzgar por el enfoque de la campaña y el contenido de buena parte del debate televisado de cuatro horas –el primero celebrado en Egipto– que enfrentó el día 10 a Abul Fotú con Amr Musa, exministro de Asuntos Exteriores de Mubarak, exsecretario general de la Liga de Estados Árabes y candidato predilecto del establishment cairota laicista.

Escribe el periodista Kim Amor en Fragmentos de El Cairo, recopilación de sus artículos en EL PERIÓDICO: “El Cairo transpira islam por todas partes”. Amor tiene un conocimiento exquisito –un punto sentimental si se quiere– de la capital de Egipto, el justo para que en todo el libro surja el sentimiento religioso aquí y allá, no solo como un factor permanente de la vida cotidiana, sino como una seña de identidad irrevocable. Lo mismo sucede con los textos del escritor nacionalista Alaa al Aswany, articulista pugnaz en la oposición a Mubarak. Aswany añade en sus textos un lamento: la progresiva invasión de predicadores wahabís sufrida por la comunidad musulmana, en las mezquitas y en las cadenas de televisión mantenidas con petrodólares, y el auge salafista, que induce al creyente a no revelarse contra el poder si este lo ejerce un musulmán.

Basta una sola frase salida de la pluma de Aswany para desvelar qué temores abriga: “Parece que la Hermandad está destinada a no aprender jamás de sus errores. Todo aquel que lea su historia se sorprenderá del gran abismo que hay entre sus posiciones nacionalistas contra la ocupación extranjera y sus actitudes hacia el despotismo” (Egipto: las claves de una revolución inevitable). ¿Teme acaso Aswany que los Hermanos Musulmanes, llegado el caso, entre defender la reforma o pactar con los militares, accedan a esto último si les garantiza mantenerse en el poder? Una respuesta categórica es imposible porque la Hermandad ha pasado por todos los estados emocionales imaginables en sus relaciones con el Ejército, incluido el terrorismo, y ha sufrido durante largo tiempo la dura prueba de la represión sin tregua.

¿A qué aspiran los islamistas enfrascados en la carrera electoral? El analista de Foreign Policy Marc Lynch afirma en su blog. “La Hermandad siempre se ha preocupado por la percepción de que busca dominar la política egipcia y trató de evitar el proceso de cristalización de un frente antiislamista. La mayoría de los analistas espera que la Hermandad practique el autocontrol con el fin de no provocar estos miedos, y este fue en general el mensaje que intentan enviar los líderes de la Hermandad. Pero no hay duda de que la Hermandad se ha hecho cada vez más fuerte, ya que ha asentado su poder en el ambiente de la transición, y está menos dispuesta a alejarse de la confrontación o de dar marcha atrás en sus preferencias”. Quizá esta determinación renovada, alimentada por la victoria en las legislativas, explique que los Hermanos Musulmanas decidieran finalmente luchar por el sillón presidencial después de haber anunciado que no aspiraban a ocupar el puesto.

Las encuestas no permiten vislumbrar cuál será la fuerza real en las urnas del islamismo político. La última que se conoce carece de valor porque solo otorga el 9% de las intenciones de voto a Fotú, el 8% a Ahmed Shafiq, último primer ministro de Mubarak, el 7% a Musa y el 4% a Mursi, con un porcentaje de indecisos del 39% y sin posibilidad material de predecir cómo influirá en el reparto del voto la prohibición de la comisión electoral de que se presentaran Omar Suleimán, el último vicepresidente de Mubarak, Hazem Abú Ismail, aspirante de los salafistas, y Jairal al Shater, el candidato elegido en primera instancia por los Hermanos Musulmanes. Tampoco es posible aventurar en qué medida afectará al voto laico la ausencia de Mohamed el Baradei, el brioso exdirector general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica que en enero decidió no participar en la carrera presidencial. En última instancia, está por ver cuál es el peso real del factor religioso con candidatos únicos en una elección a escala nacional.

Al otro lado de la frontera del Sinaí, el proceso se sigue en un ambiente alterado por la repentina gran coalición de centroderecha formada por los partidos Likud y Kadima, la presencia de varios generales vestidos de civil sentados en el Consejo de Ministros y el debate recurrente acerca de sí Israel debe poner en marcha una operación preventiva contra Irán para cercenar el presunto propósito de los ayatolás de disponer de la bomba atómica. Para el Gobierno israelí, la democratización del gran vecino árabe es un factor de desasosiego porque todos los candidatos relevantes, incluido Musa, el más posibilista, son partidarios de revisar el modus vivendi con Israel. “Durante años, el discurso israelí fue que una verdadera paz con el mundo árabe solo sería posible cuando la región abrazara la democracia. Pero la perspectiva de una democracia árabe se ha convertido ahora en una preocupación para los líderes israelís –sostiene Shlomo ben Ami, que fue ministro de Asuntos Exteriores con Ehud Barak, en un artículo que titula El dilema egipcio de Israel–. Lograron acuerdos con autócratas de El Cairo, Damasco y Ammán, y ahora temen las consecuencias de una política exterior árabe que responda genuinamente a la voz del pueblo”.

El análisis de Ben Ami se hace eco de los recelos del Gobierno israelí, que tuvo en el régimen de Mubarak un aliado muy cercano en el combate contra Hamás en Gaza y en la neutralización del proyecto iraní de ser una potencia regional hegemónica. “Es inconcebible, por ejemplo, que una democracia egipcia en la que los Hermanos Musulmanes sean una fuerza política legítima, mantenga la complicidad de Mubarak con Israel en el asedio de Hamás, que controla Gaza”, afirma Ben Ami. Y recuerda este episodio revelador: “Una de las primeras decisiones tomadas por el Gobierno interino de Egipto fue permitir a un barco iraní cruzar hacia el Mediterráneo a través del canal de Suez por primera vez en tres décadas”.

El veterano periodista Mohamed Heikal, que fue amigo personal y asesor del presidente Naser y dirigió entre 1957 y 1974 el diario Al Ahram, el más importante en lengua árabe, opina que cada revolución –para él la ha habido en Egipto– “está condicionada por dónde empieza y por dónde se mueve”. En el caso de la que ha acabado con el régimen de Mubarak, entiende que demuestra que “es posible desafiar al terror del Estado”. “Y pienso que eso revolucionará al mundo árabe”, deduce Heikal. Un punto de vista que se puede compartir fácilmente, porque si Túnez plantó la simiente de la primavera árabe, el poder de propagación de Egipto es infinitamente mayor en el seno del universo árabe y fuera de él.

En este sentido, la alarma de Israel se corresponde con los pronósticos que hace Heikal de una generalización del cambio en los países árabes. Al mismo tiempo, la estrategia que propone el profesor Henry Kissinger, de un realismo aplastante, aspira a hacer de la necesidad virtud: “Estados Unidos debe prepararse para pactar con los gobiernos islamistas democráticamente elegidos”. Añade, claro, que sin violentar los “objetivos de seguridad” que han guiado la política de Estados Unidos en la región desde hace más de medio siglo, a saber: prevenir la aparición de un poder hegemónico, asegurar el flujo de las fuentes de energía, esencial para la economía mundial, y “negociar una paz duradera entre Israel y sus vecinos, incluido un acuerdo con los árabes palestinos”.

La gran incógnita es si para preservar estos “objetivos de seguridad” es preciso que el Ejército egipcio se mantenga por encima y al margen del entramado institucional democrático o si, por el contrario, el nuevo presidente y el Parlamento cultivarán la imagen y la política que corresponde a un aliado necesario más allá del mundo árabe. Tan necesario que la Administración del presidente Barack Obama optó por dejar caer a Mubarak para consagrar la tutela de los cuarteles sobre un proceso en el que corrían el riesgo de que escapara a su control.

 

 

 

Hollande agita la crisis de la UE

Solo la versión más garbancera de la prensa española de derechas ha despachado con cuatro brochazos el significado de la elección de François Hollande –Fernando Sánchez Dragó lo ha llamado “bobo ilustrado”–, cuyo mandato se iniciará el próximo martes. Incluso moderó sus ímpetus el semanario británico The Economist (conservador), que alarmado de antemano por un posible triunfo socialista en Francia tildó al candidato de “peligroso” por creer “genuinamente en la necesidad de crear una sociedad más justa”, pero unas horas después de acabado el escrutinio despidió al presidente saliente sin demasiados miramientos: “La tragedia de la presidencia de Sarkozy es que parece que al final él fue su peor enemigo. Disparó en tantas direcciones que dejó confundidos a los franceses, mareados y agotados. Pareció incapaz de canalizar su energía en una dirección coherente. Absolutamente convencido de todo lo que hizo, luego se convirtió en el defensor apasionado de todo lo contrario”.

La razón principal del cambio de registro es de sobra conocida: nada será como antes en la UE por más empeño que ponga la cancillera de Alemania, Angela Merkel, en afectar que todos los ingredientes de la austeridad a ultranza son intocables. Se acabó Merkozy y seguramente llega Merkollande, acaso con más peso del entramado institucional comunitario y menos opacidad intergubernamental, se adelanta al 23 la cumbre europea que abordará fórmulas de crecimiento y, por lo demás, en ningún lugar está escrito que un eje franco-alemán socialista-conservador deba funcionar peor y ser menos útil que su predecesor conservador-conservador.

Mitterrans Hollande

Cartel electoral en el que se asocia la imagen de Hollande a la de Mitterrand, que fue su mentor político en los años 80.

Los antecedentes históricos inducen a pensar exactamente lo contrario. Los dúos Valéry Giscard d’EstaingHelmut Schmidt –liberal conservador-socialdemócrata– y François MitterrandHelmut Kohl –socialista-conservador– engranaron bastante mejor que otros monocolores como el formado por Kohl y Jacques Chirac y el desaparecido el domingo a causa de la derrota de Nicolas Sarkozy, con todos los rasgos de un matrimonio de conveniencia, obligado a simular una gran complicidad por la fuerza de los hechos. Para Hollande no es aventurado imaginar que es una referencia permanente la orientación que Mitterrand dio a las relaciones con Alemania: el primer presidente socialista de la V República (1981-1995) y Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea, son dos de sus más reconocidas fuentes de inspiración.

Aun en el caso de que los antecedentes históricos no conspiren a favor de la coordinación franco-alemana, los requerimientos de ahora mismo la hacen imprescindible, con el galimatías griego en primer lugar y sin asomo de que el electorado corrija el tiro si en junio hay nuevas elecciones. Aunque el diario conservador alemán Die Welt lamente con pasión militante que “el problema real se encuentra en François Hollande”, lo cierto es que sin el nuevo presidente es imposible encontrar una salida a tres problemas concatenados: los desequilibrios presupuestarios, la montaña rusa de la deuda y la consolidación del euro. Dice bien Clemens Wergin en el mismo periódico cuando afirma: “Los resultados de las elecciones también son una derrota para Alemania. Griegos y franceses se han rebelado contra lo que perciben como una imposición alemana y los dictados de la reforma”.

Pero esta no es la única percepción que marca el futuro. La otra es la recogida por The New York Times en los despachos de Wall Street: los inversores temen que la situación de la economía francesa contamine el núcleo duro de la UE, en el que figura junto a Alemania y los países nórdicos, y que enlace con “las débiles economías grandes de España e Italia, y con los problemas del borde sur de Europa”. De ahí que el prestigioso economista Jacques Attali, íntimo colaborador de Mitterrand, haya dirigido el siguiente consejo a Hollande desde las páginas del semanario centrista francés L’Express: “El principal desafío del mandato que empieza será justamente la supervivencia de la Unión Europea: más que nunca, está amenazada de ruptura porque el euro no puede resistir sin el apoyo de un presupuesto europeo de inversiones. Y es la Unión, y solo ella, la que permitirá establecer los márgenes de maniobra financiera necesarios para los eurobonos, para financiar el crecimiento, es decir, el empleo, las transferencias sociales y las inversiones públicas”.

Las características específicas de la economía francesa plantean en sí mismas un enorme desafío para la corrección del tiro en el seno de la UE. Nada menos que el 55% del PIB de Francia depende del gasto público y el crecimiento, así en el sector público como en el privado, está a expensas del dinamismo presupuestario. Se trata de un caso único en la eurozona que responde a la herencia dejada por los dos grandes pilares ideológicos de la V República, los presidentes De Gaulle y Mitterrand, cuyos principios generales nadie pretende revisar por el riesgo de profunda crisis social que entrañaría tal empresa. Otra cosa es que Hollande se vea urgido a enviar señales de corrección de los desequilibrios para que los mercados se tranquilicen y Alemania acepte que si el crecimiento no contrapesa la austeridad, la crisis se convertirá en el mal crónico de Europa. “Para negociar con el resto de Europa, Francia debe dar prueba rápidamente de su voluntad y de su capacidad de reducir su deuda y su déficit”, ha escrito Erik Izraelewicz, director del progresista Le Monde.

Toda la tramoya de la campaña electoral quedó guardada en un almacén en cuanto se supo el nombre del vencedor y lo que ahora importa es ajustar las promesas a la realidad. “No es preciso dejarse encerrar en un programa, por razonable que sea –sostiene Laurent Joffrin, director del semanario de izquierdas Le Nouvel Observateur–. Para enderezar el país, es necesario un poder de salud pública, inflexible y pragmático a la vez. Una reactivación europea, una reforma francesa: todo esto es bueno y necesario. Pero es preciso no retroceder ante la confrontación con las feudalidades financieras o los dogmatismos de Bruselas. Ni frente a las medidas dolorosas: es preciso también hacer el Estado más eficaz y menos costoso, salvo que sucumbamos bajo el peso de la deuda; será preciso animar a la empresa, que crea empleos; será preciso flexibilizar el mercado de trabajo, que protege a los protegidos y humilla a los excluidos del empleo”.

Este realismo poselectoral no excluye la confrontación política que se avecina dentro y fuera de Francia. La interior se sustanciará a la vuelta de un mes, cuando se hayan celebrado las elecciones legislativas –10 y 17 de junio–, que son en la práctica la tercera vuelta de las presidenciales. La exterior tiene dos citas a pocos días vista: la reunión del G-8 en Camp David –18 y 19 de mayo– y la convocada el 23 en Bruselas para que los socios de la UE debatan qué mecanismos de crecimiento pueden ponerse en marcha para rescatar al continente de la recesión. La batalla electoral se dilucidará entre la necesidad de Hollande de disponer de una mayoría holgada en la Asamblea Nacional y la necesidad de la derecha clásica, englobada por la heteróclita formación  de los herederos del gaullismo (UMP) e impugnada por la extrema derecha (Frente Nacional), de no iniciar una larga travesía del desierto con todas las instancias de poder en manos de la izquierda. La discusión económica se atendrá a la resistencia de Alemania a introducir medidas anticíclicas para salir de la crisis (vía estadounidense) o a que las acepte con la boca pequeña y bajo denominaciones que no hieran a nadie.

¿Es posible el cambio, aunque sea limitado? Esto mismo se pregunta Nicolas Démorand, director del diario izquierdista Libération: “¿Podrá Francia doblegar el consenso de Berlín o ya no tiene bastante influencia en Europa? El quinquenato se juega y se jugará sobre este asunto, que excede de lejos las fronteras desaparecidas de nuestro país, pero dibuja el único camino posible para ponerlo de nuevo en movimiento”. Si son ciertas las sospechas del analista conservador Pierre Rousselin de que los colaboradores de Hollande se pusieron en contacto durante la campaña con los asesores de Merkel “para que no se tomaran al pie de letra las opiniones” del candidato, la suerte está echada, la pregunta de más arriba carece de sentido y la cancillera no cejará: “Quiere atar corto toda tentativa de Francia de sustraerse a sus obligaciones de vuelta al equilibrio presupuestario. Quiere levantar toda ambigüedad antes de que la campaña de las legislativas desencadene una nueva deriva electoralista”, afirma Rousselin en el conservador Le Figaro. Así, Francia habría entrado el domingo “en la era de la ilusión, es decir, de la catástrofe, como decía Bayrou antes de alinearse (con Hollande), o de la falsa promesa, es decir, de la mentira”, según el vaticinio apocalíptico del analista Philippe Tesson.

En la trinchera neoliberal suscriben este diagnóstico hasta la última letra. Esto es, bien aplica Hollande sus propósitos de neutralizar los efectos de la austeridad con fórmulas de crecimiento, y Francia se convierte al poco tiempo en el nuevo homme malade de Europa, bien se olvida de los eslóganes de campaña y se suma al programa prescrito por los economistas de Berlín, y en este caso el país puede levantar cabeza. La opinión del profesor de Economía Internacional Theo Vermaelen en la revista estadounidense Forbes es uno de tantos ejemplos de lo antedicho: “Por supuesto, mi pesimismo se basa en el supuesto de que Hollande hará lo que dijo que haría. Aún tengo esperanza de que simplemente mintiera para ser elegido”. El pulso es apasionante y el desenlace afectará a toda Europa, pero en el punto de partida de Hollande figura una referencia insoslayable: los dos presidentes de la V República que no han resultado reelegidos –Giscard d’Estaing (1974-1981) y Sarkozy– son también aquellos más alejados de la tradición socioeconómica francesa y más próximos al pensamiento liberal de matriz anglosajona. El dato no es una anécdota.

Entre el ‘colapso’ y el crecimiento

A los indómitos predicadores de la austeridad a toda costa les aparecen adversarios por todas partes dentro y fuera de Europa. Mientras la cancillera de Alemania, Angela Merkel, y sus economistas de cabecera imparten doctrina y la recesión se adueña del futuro –el calificativo de “impresionantes” aplicado con Wolfgang Schäuble a las medidas adoptadas por el Gobierno de Mariano Rajoy se antoja más un sarcasmo que un elogio–, crece el bando de los partidarios de estimular el crecimiento y dejar de escuchar solo a los fundamentalistas del ajuste fiscal, alias recortes, que han impuesto un diktat innegociable. El énfasis que ponen en sus recomendaciones es más decidido que los proyectos de reactivación económica tímidamente apoyados por los agitprop de la germanización de la economía europea, cuyos efectos son de momento demoledores. Frente a la aniquilación sin pausa del Estado del bienestar proponen abrir la escotilla de las medidas de estímulo para evitar la asfixia. Claro que tal camino discurre en la dirección contraria a la utopía neoliberal, instalada en el puente de mando de la crisis: reducir el Estado a su mínima expresión mediante la jibarización de sus atribuciones.

Obama y Summers

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y Lawrence Summers, en la Casa Blanca.

El último detractor de la austeridad sin paliativos es Lawrence Summers, profesor de la Universidad de Harvard, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos (1999-2001) y expresidente del Consejo Nacional de Economía con Barack Obama (2009-2010). El diagnóstico de Summers, contenido en un artículo difundido el 30 de abril en la red por The Huffington Post, abunda en las mismas ideas expresadas por personalidades de registros tan diferentes como el nobel de Economía Paul Krugman y la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde: “Los altos déficits son mucho más un síntoma que una causa de los problemas. Y el tratamiento de los síntomas y no de las causas es generalmente una buena manera de hacer que un paciente empeore (…) La causa de los problemas financieros de Europa es la falta de crecimiento. En cualquier situación financiera en la que las tasas de interés son muy superiores a las tasas de crecimiento, la espiral de los problemas de la deuda queda fuera de control. El enfoque correcto para Europa se encuentra en el crecimiento. En esta situación, una mayor austeridad es un paso en la dirección equivocada”.

John Maynard Keynes cabalga de nuevo a través de los consejos de Summers, que da la razón a Lagarde. “Habrá que estar atento para no matar el crecimiento”, ha dicho al Financial Times la directora del FMI. Lagarde no hace más que reiterar lo declarado el 10 de febrero a Les Échos, el periódico económico francés de referencia: “Los políticos denuncian la insuficiencia de las medidas de austeridad tomadas (…) Y, al mismo tiempo, estiman imperativo relanzar el crecimiento con medidas de apoyo financiero”.

Tim Jackson

Tim Jackson, autor de 'Prosperidad sin crecimiento'.

El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, que no es precisamente un keynesiano desbocado, considera “muy difícil” para los países europeos alcanzar los objetivos que se han fijado –reformas estructurales y reequilibrio de las cuentas públicas– sin crecimiento. Li Keqiang, viceprimer ministro chino, apenas oculta su intranquilidad al prometer que “China continuará estudiando medios posibles y eficaces para cooperar con las partes implicadas a fin de hacer una contribución conjunta para ajustar el problema de la deuda soberana de Europa”. Al mismo tiempo, los analistas certifican que en el transcurso del mes de abril se ha contraído de nuevo la actividad industrial y el índice PMI (Purchasing Managers Index), que mide las compras en el sector de las manufacturas, ha bajado del 47,7 en marzo al 45,9 en abril, el peor desde el 2009. Con la vista puesta en el futuro, el Instituto de Estudios Fiscales del Reino Unido prevé que “el peso de la deuda” generada por el presente periodo de recesión puede prolongarse hasta más allá del 2030, según recoge el profesor Tim Jackson, de la Universidad de Surrey, en el libro Prosperidad sin crecimiento.

Summers se apoya en las “comparaciones sistemáticas”: las medidas políticas de reducción del déficit con relación al PIB entre un punto y un punto y medio o un aumento equivalente de los impuestos recortan el PIB entre el 1% y el 1,5%. Sigue Summers: “En esencia, los recortes del déficit tendrán un efecto desproporcionadamente adverso sobre el PIB (…) Estas consideraciones se multiplican en el ámbito continental”. La recesión en España y el Reino Unido, los datos que maneja el FMI y las estadísticas de destrucción de empleo dadas a conocer por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) parecen darle la razón. Al cruzar todas las cifras se concreta el riesgo de sacrificar toda una generación en el altar de la austeridad. De momento, hay suficientes indicios para temer que la desaceleración en los países periféricos –sobre todo en España e Italia, que en conjunto representan más del 20% del PIB nominal de la UE– se extienda a Francia y Alemania, según una encuesta efectuada por la consultora Markit entre directores de compras de grandes empresas.

“El enorme éxito de Alemania de los últimos años se ha logrado al convertirse en un exportador neto a gran escala –escribe Summers–, que no habría sido posible sin los préstamos a gran escala y las importaciones de la periferia de Europa. La periferia no puede tener éxito en reducir sustancialmente su endeudamiento a menos que Alemania siga políticas que permitan contraer su superávit (…) Solo si se restablece el crecimiento, el euro puede aguantar y los europeos, resolver sus problemas financieros”. George Soros, que no bebe en fuentes keynesianas, sostiene lo mismo con meridiana sencillez: “Hace falta también una agenda de crecimiento para la zona del euro”.

Paul Krugman

Paul Krugman, autor de '¡Acabad ya con esta crisis!'.

Se trata de moderar los ímpetus de los austeríacos, tal como explicaba el 29 de abril Josep Maria Ureta al reseñar en EL PERIÓDICO el último libro de Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis! ¿A quién se tilda de austeríaco? El término fue acuñado en inglés –austerian– por Robert Parenteau, funde las palabras austerity y Austrian School of Economics  –Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, entre otros– y tiene el siguiente significado, recogido en el texto de Ureta: “Dícese de los partidarios de una política fiscal centrada en el déficit antes que en la creación de empleo, una política monetaria que combata obsesivamente el mínimo signo de inflación y que eleve las tasas de interés incluso frente al desempleo elevado”. Exactamente lo contrario de los remedios que propone Krugman: más gasto y mayor equidad Norte-Sur, que Alemania sea más expansiva si quiere recuperar lo que su banca prestó a España y a otros socios de la UE.

Los consejos de Krugman están enraizados en la historia de Estados Unidos y en la realidad del momento, porque las políticas de estímulo aplicadas desde el bienio 2008-2009 han dado algunos resultados llamativos que en Europa no se adivinan ni por asomo. Pero no son tan radicalmente solo estadounidenses como para considerar el punto de vista del nobel absolutamente incompatible con la situación europea. El programa de François Hollande, que el lunes puede ser presidente de Francia, no está tan lejos de la música de fondo neokeynesiana; el centro griego se encuentra muy cerca de porfiar por el equilibrio entre austeridad y crecimiento, aunque el resultado de las legislativas puede configurar un Parlamento ingobernable; la socialdemocracia alemana apunta en parecida dirección y si Angela Merkel sale debilitada de las elecciones en Renania del Norte Westfalia, el 13 de mayo, lo hará más; incluso Mariano Rajoy ha reclamado con sordina políticas europeas de crecimiento.

¿Hace falta un nuevo Plan Marshall en el seno del cual tengan cabida austeridad y crecimiento? De momento, hace falta que el estado mayor de la eurozona admita que el camino elegido por Europa es por lo menos insuficiente para levantar cabeza, conviene que ponga en duda la ortodoxia calvinista que impera en nuestros dies irae y que reconozca que la dieta alemana sienta bien casi en exclusiva… a Alemania. Carmelo Cedrone, profesor de la universidad romana de La Sapienza, sostiene en el diario económico Cinco Días: “Tenemos ante nosotros un plan concreto (la emisión de eurobonos), disponemos del marco jurídico e institucional necesario y resulta evidente que los europeos no quieren renunciar a su modelo económico y social. Se dan cita todos los elementos para un cambio de modelo (…) excepto por la voluntad política”.

Si falta esta voluntad política, para la emisión de eurobonos o para concretar alguna otra fórmula que estimule la economía y fortalezca el euro, sin renunciar al ajuste fiscal, pueden hacerse realidad los temores expresados por Alexis Papachelas en las páginas del diario conservador griego I Katimerini: “Si Francia es el objetivo de los mercados después de una victoria del candidato presidencial François Hollande, esto también tendrá efecto en España e Italia, y puede hacer muy difícil para Berlín y Bruselas tirar de Grecia. De nuevo, Grecia correrá el riesgo de convertirse en el Lehman Brothers de Europa”. Unos temores que no son muy diferentes de los enumerados por Antonio Polito en Corriere della Sera, el gran diario conservador del norte de Italia: “Los mercados han castigado primero el poco rigor de los países deudores, después han castigado el exceso de rigor impuesto a los países deudores, y ahora parecen temer que los electores detengan las políticas de rigor”.

Martin Shulz, presidente del Parlamento Europeo, expresó en los Desayunos de Primera Plana del último miércoles una preocupación cada día más extendida: “Por primera vez, estamos en una situación en la que la Unión Europea puede fracasar”. Y cabe añadir que, de producirse, no se tratará solo de un fracaso económico, sino también moral, porque millones de ciudadanos deberán soportar más “sufrimientos absurdos”, según acertada expresión utilizada en este diario por José Carlos Díez, y porque la retórica al uso “libera de responsabilidad” de cuanto ha sucedido hasta hoy “al sistema financiero y a su flagrante desregulación, imputando la culpa de la crisis a los que son sus víctimas”, tal como ha escrito en EL PERIÓDICO el profesor Xavier Martínez Celorrio. Si la cumbre europea de junio es algo más que un baile de salón, algún cambio de rumbo debería vislumbrarse.

En realidad, reclamar políticas de crecimiento no es el colmo de la heterodoxia, sino todo lo contrario. El profesor Jackson, en el libro citado con anterioridad, se refiere al crecimiento como algo consustancial al sistema capitalista: “La respuesta a la pregunta de si el crecimiento es esencial para la estabilidad sería: sí, en una economía basada en el crecimiento, este es esencial para alcanzar la estabilidad. El modelo capitalista no dispone de una vía sencilla para lograr un estado estacionario. Su dinámica natural lo impulsa hacia uno de estos dos estados: la expansión o el colapso”. Más que de colapso –una mala traducción del término inglés collapse– habría que hablar de derrumbe, hundimiento o caída, pero, hecha esta salvedad, hay que admitir que la línea argumental de Jackson es perfectamente coherente y se ajusta a todos los precedentes históricos. Además, la proletarización de la clase media a través del desmantelamiento del pacto social alumbrado en Europa después de la segunda guerra mundial, lleva directamente al colapso o, lo que es aún peor, a una crisis en la escala de valores de las sociedades democráticas avanzadas (véanse los éxitos cosechados por la extrema derecha xenófoba y antieuropeísta en países tan diferentes como Francia, Holanda y Finlandia). El presidente Barack Obama sabía muy bien qué estaba en juego al inicio de su mandato, en el 2009, cuando insistió en que urgía acudir al rescate de la clase media para evitar males mayores.

Sarkozy, aprendiz de brujo

El resultado obtenido por Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional (FN), en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Francia, ha sentado al país ante una triple realidad: la extrema derecha es una fuerza pujante, la derecha convencional la ha legitimado con la radicalización de los mensajes de Nicolas Sarkozy y el desastre puede consumarse en las legislativas de junio si el FN logra sentar un nutrido grupo de diputados en la Asamblea Nacional. Poco consuelo es comprobar que el auge de la extrema derecha no es un fenómeno exclusivamente francés, sino que cruza Europa de parte a parte, cuando el peligro que corre la derecha serena es verse arrastrada hasta las trincheras de la xenofobia y el antieuropeísmo sin que, por lo demás, el presidente Sarkozy se muestre dispuesto a rectificar el tiro. Por el contrario, insiste en atraer al electorado de Le Pen para corregir el vaticinio de las encuestas, que anuncian una victoria holgada del socialista François Hollande el 6 de mayo.

Portada de 'L'Humnité'

Portada del periódico comunista 'L'Humanité' del 25 de abril.

“El primero de mayo organizaremos la fiesta del trabajo, pero la fiesta del verdadero trabajo –anuncia Sarkozy–, la de aquellos que trabajan duro, la de aquellos que corren riesgos, que sufren y que no quieren que, cuando no se trabaja, se pueda ganar más que cuando se trabaja”. Alarma inmediata, portada sangrante en el diario comunista L’Humanité: fue el mariscal Pétain, deshonra de Francia, quien dio a la celebración del primero de mayo el nombre de fiesta del trabajo. ¿Forma esto parte de la estrategia de campaña diseñada por Patrick Buisson? Nadie ha dicho lo contrario y los antecedentes del personaje inducen a pensarlo: fue educado en el aprecio por el mensaje de Charles Maurras, fundador de Action Française, y es el urdidor del manual de argumentos que maneja el estado mayor de la Unión para un Movimiento Popular (UMP) destinado a justificar el incansable acercamiento del presidente a las tesis del FN.

Maurras, Pétain, unas gotas del populismo menestral legado por Pierre Poujade en los años 50, recuerdos ominosos que han dado pie a reacciones exaltadas. “Estoy asustado. No me preocupa nada que Nicolas Sarkozy intente recuperar los electores de Marine Le Pen. Pero, tal como lo hace, recuerda verdaderamente el petenismo: está la oposición entre los verdaderos y los falsos trabajadores, el ataque contra las instituciones intermedias; está todo. Es peor que el discurso de la propia Marine Le Pen”, sostiene Jean-François Kahn, fundador del semanario Marianne, que ha difundido un breve manifiesto para “cortar el paso al aprendiz de brujo”.

El politólogo Jean Daniel, referencia permanente del pensamiento progresista europeo, llama la atención en el semanario Le Nouvel Observateur sobre el significado del resultado obtenido por la candidata del FN: “El éxito de Marine Le Pen no pone en peligro la victoria de la izquierda. Es simplemente un deshonor para Francia. Nuestro país, desde hace siglos, exporta revoluciones. Ahora arriesga ponerse al frente de todos los movimientos populistas y xenófobos de Europa (…) Marine Le Pen ha percibido a propósito de estos dramas (los asesinatos de Montauban y Toulouse cometidos por un fundamentalista islámico) que un viento soplaba en su dirección, y decidió tomar de nuevo la antorcha, abandonada durante un tiempo, de la lucha contra la inmigración y la inseguridad”.

¿Debía Sarkozy hacer algo distinto a rendirse a esta estrategia y entablar con su contrincante una carrera de ofertas populistas? A la vista de la desorientación de parte del electorado conservador de tradición gaullista, del germen de la división en el seno de la UMP y de las expectativas para las legislativas de junio, parece que sí. De acuerdo con la encuesta publicada por Les Échos, según la cual el 64% de los electores de la UMP son partidarios de un acuerdo con el FN en junio, y del tono trágico empleado por el candidato-presidente para seducir a los votantes atraídos por Le Pen –les aplica los apelativos de sufrientes y angustiados–, se diría que no. En todo caso, los datos que se desprenden del escrutinio del día 22 indican que las maniobras presidenciales dejan mucho que desear. Valgan algunos ejemplos para ilustrarlo:

Chiste de Delucq

Dibujo de Delucq difundida por 'Le Huffington Post'. Sarkozy, disfrazado de Juana de Arco, dice: "Voy a expulsar el falso trabajo de Francia".

·En Donzère, la ciudad donde Éric Besson, tránsfuga del PS captado para la causa sarkozyana en el 2007, puso en circulación el debate –de infausto recuerdo– sobre la identidad nacional, el FN sumó más votos que la UMP.

·En Meaux, la ciudad de Jean-François Copé, secretario general de la UMP, Hollande superó a Sarkozy.

·Marine Le Pen ha salido tan fortalecida de la prueba que el 1 de mayo se sentirá inclinada a recomendar el voto en blanco, aunque las encuestas dicen que el grueso de sus electores piensa apoyar a Sarkozy. La líder del FN lo enunció con palabras escuetas en la emisora pública de televisión France 2: “Ya no creo en la sinceridad de Nicolas Sarkozy. Y muchos de cuantos han confiado en mí han dejado de creer en sus posiciones”. Se impone la idea de que tiene al alcance de la mano la oportunidad de reorganizar radicalmente la derecha de pies a cabeza.

·La radicalización del presidente complica enormemente las cosas al centrista François Bayrou, líder del MoDem, para que el 2 de mayo pida a sus votantes –9,13% en la primera vuelta– que el 6 se inclinen por Sarkozy.

·Si el FN repite el 10 de junio los resultados de ahora, la multiplicación de elecciones triangulares –tres candidatos en la segunda vuelta– el 17 dividirá el voto de la derecha en provecho de una izquierda que, salvo sorpresas, pondrá en marcha la maquinaria de los désistement (apoyos a los candidatos progresistas más votados en la primera vuelta). Basta que se repita la lógica seguida por Jean-Luc Mélenchon y Eva Joly la noche del último domingo.

Charles Jaigu, cronista en el Elíseo del periódico conservador Le Figaro, sostiene que si Sarkozy hubiese diseñado otra campaña, “habría hecho correr al país el riesgo de un segundo 21 de abril, que esta vez opondría François Hollande a Marine Le Pen”. Jaigu se refiere al 21 de abril del 2002, cuando Jean-Marie Le Pen quedó en segundo lugar en la primera vuelta de las presidenciales, por delante del socialista Lionel Jospin, y disputó la relección a Jacques Chirac dos semanas más tarde. Claro que Chirac, que obtuvo el 80% de los votos de la segunda vuelta porque la izquierda en bloque se movilizó contra a extrema derecha, desacreditó esta línea argumental en el mismo momento en que anunció que pensaba votar a Hollande y, al hacerlo, inclinó a otras personalidades de la Francia conservadora a dar su voto al aspirante socialista.

En resumen, Sarkozy se ha excedido incluso para la derecha-derecha, y aún más para la derecha moderna y con inquietudes sociales en cuyas filas figuran personajes como la senadora Chantal Jouanno, denostada ahora por Sarkozy y Copé, que ha expresado un temor y ha hecho un anuncio. Al semanario centrista Le Point ha manifestado sus recelos: “Temo que la derechización sea un espejismo doloroso”. A través de su cuenta en Twitter ha adquirido un compromiso público: “Mis principios son claros: en las legislativas, si no hay otra alternativa entre el FN y el PS, mi responsabilidad será votar al PS”. Lo que colea detrás de la corriente de opinión que representa la senadora es el propósito de una parte de los herederos del gaullismo de impedir que se banalice la extrema derecha, los peligros que entraña y la amenaza que se cierne sobre el bloque conservador, entre la implosión y la explosión (depende de cómo se concrete).

El director de la redacción del semanario L’Express, Christophe Barbier, considera inútiles los esfuerzos de Sarkozy para debilitar al FN: “El populismo protestatario tiene una sola cabeza, que es la de Marine”. El presidente desdeña a quienes lo critican e insiste en que su propósito es atraerse a seis millones y medio de franceses –cuantos votaron a Le Pen–, sin atender a más consideraciones. Gérard Courtois da a entender en las páginas del progresista Le Monde que Sarkozy ha logrado lo contrario de lo que perseguía: “Todo sucede como si, lejos de secar al Frente Nacional, Nicolas Sarkozy en realidad haya banalizado y desculpabilizado de alguna forma sus ideas y sus propuestas. Hasta el punto de que es evidente que numerosos electores han preferido el original a la copia, de acuerdo con la esperanza a menudo formulada por Jean-Marie Le Pen”. Sylvie Pierre-Brossolette, en Le Point, va incluso más allá y transmite una imagen no exenta de patetismo: no solo para muchos es preferible el original a la copia, sino que “Sarkozy ha hecho trampas consigo mismo”.

¿Errores estratégicos? ¿Ausencia de principios? La respuesta que da a estos interrogantes Joël Roman en el periódico católico La Croix es perturbadora para el equipo de campaña del aprendiz de brujo: “A cuantos evocan el precedente de las relaciones entre François Mitterrand y los comunistas, a los que hizo descender aliándose con ellos, se les puede subrayar que él actuó a la inversa: no hizo ninguna concesión programática, lo que por lo demás explica por qué la alianza fue provechosa para los socialistas”… ¡Qué tiempo aquel de Maquiavelo!