About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.

Arabia Saudí, un socio incómodo

La decisión de la Administración de Joe Biden de desclasificar el informe elaborado por la CIA sobre el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el Consulado de Arabia Saudí en Estambul entraña una revisión escalonada de la relación de la Casa Blanca con el trono de Riad. La investigación del caso realizada por la agencia llega a la conclusión de que la muerte de Khashoggi fue autorizada por Mohamed bin Salman, hijo del rey y gobernante de facto, que quiso silenciar una voz crítica con la teocracia de los Saud, un respetado columnista de The Washington Post. Nada nuevo aporta el informe de la CIA, habida cuenta el convencimiento generalizado de que la desaparición del periodista fue decidida en los salones más exclusivos del poder; lo verdaderamente novedoso es que, al contrario de lo dispuesto en su día por Donald Trump, su sucesor ha hecho públicas las conclusiones.

Si durante décadas Arabia Saudí ha sido solo el aliado necesario, ahora es además el socio incómodo. Quizá debió haberlo sido antes, sobre todo a partir de las muy fundamentadas sospechas de que algunas ramas del árbol genealógico de la familia real saudí tuvieron comunicación, contacto, incluso información de los planes de Al Qaeda antes del 11-S, pero el Gobierno de George W. Bush optó por una aplicación extrema de la Realpolitik y dejó sin efecto la posibilidad de ahondar en algo que parecía más que probable. Quizá también hubiese sido saludable cierta voluntad anticipatoria para preservar el espíritu democratizador de las primaveras árabes, combatidas con denuedo por Arabia Saudí, pero de nuevo la Realpolitik se impuso a cualquier otra consideración.

Durante el mandato de Trump se hizo aún más evidente la inmunidad de los gobernantes saudís mientras se atuvieran a la política de acoso a Irán y a la necesidad de salvaguardar la seguridad de Israel. El príncipe Bin Salman se convirtió en el aliado necesario ideal: promovió cambios cosméticos en su país para pasar por un reformista y se sometió con entusiasmo a las directrices de Washington para Oriente Próximo. Fue así como la muerte de Khashoggi quedó por esclarecer o, por decirlo de forma más precisa, quedó pendiente la difusión de las conclusiones de la investigación de la CIA.

Lo cierto es que Arabia Saudí es, con Israel y Egipto, el ingrediente determinante en la estructura de seguridad y control político de Oriente Próximo diseñado por Estados Unidos. Es decir, es improbable que Joe Biden renuncie a este aliado, pero es posible que cambie el ADN de la relación (de momento, ha suspendido la ayuda militar destinada a la guerra de Yemen). Hay varias razones para que tal cosa suceda, entre ellas el deseo del presidente de resucitar, aunque sea en otros términos, el plan para contener el programa nuclear iraní mediante una rehabilitación más o menos oficial de la república de los ayatolás ante la comunidad internacional. Es algo necesario para diluir los efectos del disparate cometido por Trump al denunciar y salirse del acuerdo negociado en su día por Barack ObamaHasán Rohani.

Pero no es este el único factor trascendente en la repercusión que puede tener la nueva modulación del vínculo de Estados Unidos con Arabia Saudí. De producirse, lo será también para el reformismo político árabe, emparedado entre fracaso de las primaveras y la complicidad de Arabia Saudí en la restauración de la autocracia en Egipto –con influencia en toda la región–, y para el reformismo musulmán. Es esto último algo fundamental para que decrezca la presión del islamismo retardatario en sociedades como la tunecina, objetivamente secularizadas, y para que dispongan de nuevos medios de expresión los promotores de un islam puesto al día, que existen, aunque su voz deba vencer casi siempre enormes obstáculos.

El título de protector de los santos lugares de La Meca y de Medina ha conferido históricamente a los monarcas saudís un poder e influencia añadidos que han facilitado la labor a un islam anclado en el pasado, ajeno a inquietudes básicas para adecuarse al presente. Son muchas las voces que comparten la opinión expresada en 2018 por la eminente historiadora Karen Armstrong en una conferencia pronunciada en Madrid: “El apoyo que los gobiernos occidentales han dado a Arabia Saudí ha hecho mucho daño al mundo musulmán”. Armstrong señaló la expansión del wahabismo, favorecida por el régimen durante decenios, que ha cambiado a una generación de jóvenes musulmanes, como un factor determinante en la percepción que del islam se tiene en Occidente. Basta comparar la situación actual con la que se daba hace medio siglo en lugares tan diferentes del mundo árabe –en general en cualquier lugar del islam– como Marruecos, Egipto e Irak para concluir que el influjo saudí ha sido determinante.

En cierta ocasión, un imán marroquí cenó en Casablanca con cuatro periodistas españoles. Uno de ellos le preguntó cuál podía ser la repercusión de un cambio de régimen en Arabia Saudí o simplemente una apertura de la monarquía al concepto de modernidad (cultural, cabe añadir). El imán no hubo de meditar ni un segundo: “Sería una liberación”, respondió. Es poco menos que innecesario aclarar que probablemente no es mayoritaria esta opinión entre el establishment político y religioso del mundo árabe, pero resulta significativa siquiera sea porque cuanto procede de Riad es indisociable del mensaje religioso, de esa pretensión de palacio de ser una referencia siempre.

El príncipe Salman es una figura clásica del poder absoluto en todos los órdenes de la vida que encarna la monarquía saudí. Es invulnerable porque no está sujeto a ningún control externo a la institución de la que forma parte, y ha sido hasta la fecha un actor político necesario para Occidente –especialmente para Estados Unidos– para garantizar la sucesión a la corona sin sobresaltos. Pero acaso la utilidad saudí de hoy, pilotada por el príncipe, sea el obstáculo árabe de mañana para la revisión o adecuación del statu quo en el golfo Pérsico, para responder a la crisis social extrema en muchos países árabes y para evitar que la lógica del autoritarismo sin tregua dé alas a los promotores de soluciones extremas incontrolables. Nada es para siempre y la influencia saudí, gestionada por el príncipe Mohamed bin Salman, no tiene por qué ser una excepción.

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El ‘caso Hasél’, otro síntoma de crisis

Los disturbios que han seguido al encarcelamiento del rapero Pablo Hasél ponen sobre la mesa por enésima vez la libertad de expresión como un ingrediente esencial de la democracia, pero también qué instrumentos son legítimos para defender tal derecho y, asimismo, cuáles son los límites reconocibles y aceptables de la libertad de expresión. Las imágenes de calles con barricadas en llamas, manifestantes enardecidos y cargas policiales que se suceden en diferentes ciudades españolas no hacen más que alimentar el debate con la pasión propia de cualquier crisis social, induce a los partidos o al menos a algunos de ellos a manejar versiones bastante alejadas de los consensos académicos básicos y causan estupor a una opinión pública alarmada por comportamientos iracundos cuando cae la noche.

Como ha escrito Rafael Jorba en las redes a propósito de la arremetida del jueves contra la sede de EL PERIÓDICO, es un oxímoron defender la libertad la libertad de expresión y apedrear  y pintarrajear un medio que, por definición, es un ingrediente esencial en la concreción práctica de la libertad de expresión. Está igualmente fundamentada la apreciación hecha por Ernesto Ekaizer en el programa Aquí amb Josep Cuní según la cual, a la luz de la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, no cabe aplicar sanciones penales a los delitos de opinión (“en España se está aplicando muy mal el derecho penal”, dice Ekaizer). Y tiene muy pocos adversarios el convencimiento generalizado de que la violencia deslegitima a quienes recurren a ella para defender o reivindicar un derecho.

Tales opiniones configuran un acuerdo básico, compartido por capas sociales e ideologías de muy variada procedencia, tradición y signo. Son instrumentos de cohesión social que tienen que ver con uno de los muchos principios enunciados por el politólogo Maurice Duverger en su libro Los partidos políticos (1951). Duverger se pregunta qué define la democracia; la libertad, responde sin dudarlo. Pero añade la siguiente precisión: “No solo la libertad de los privilegiados por el nacimiento, la fortuna, la función, la educación, sino la libertad real de todos, lo que supone cierto nivel de vida, cierta instrucción general, cierta igualdad social, cierto equilibrio político. La distinción marxista de libertades formales y libertades reales no es más que parcialmente exacta”.

¿Hay riesgo de que se rompa un “cierto equilibrio político”? Con tuits tan desafortunados, estridentes e inadecuados como el de Pablo Echenique, ideal para avivar las llamas en las barricadas, seguramente se suma un ingrediente más a los desequilibrios que zarandean una parte no menor de la sociedad, baqueteada por una vulnerabilidad cada vez mayor y cuyo horizonte de futuro no es otro que el de una borrasca permanente. El hecho de que los inductores de los disturbios de Barcelona, Madrid y otras ciudades sean una minoría exigua para la que cualquier pretexto vale para ponerse en acción no reduce los riesgos, porque son demasiados los elementos, reales o intuidos, que permitan allegar voluntades a su propósito de arremeter contra todo. De ahí la impresión de que el episodio en curso no será el último, que habrá en lo venidero nuevos escenarios de violencia en la vía pública, como los ha habido en el pasado con dramática intensidad.

Indagar el origen de la movilización de jóvenes exaltados –“estamos muy enfadados”, declaró una menor a una emisora de radio–, analizar el mar de contradicciones en el que se mueven y su potencial poder de atracción, no es sinónimo de justificar los destrozos, sino la única forma de poder explicar con solvencia qué está pasando y por qué. Es claramente insuficiente darse por satisfecho con explicaciones tan someras y caricaturescas como las de Isabel Díaz Ayuso –“unos niñatos” o algo así–, o reducirlo todo a jóvenes profesionales de la gresca, una versión actualizada de la kale borroka. Con toda seguridad, hay entre los agitadores algunos que se suman a las manifestaciones pacíficas para, antes o después, desencadenar la violencia por el simple gusto de desafiar a los antidisturbios y entregarse a toda clase desmanes, pero hay también desesperanza, amargura y desorientación en algunos otros que creen que el sistema, sea cual sea este, los ha abandonado a su suerte.

Walter Lippmann escribió en su libro La opinión pública (1922): “Todas las personas viven en el mismo mundo, pero piensan y sienten de forma diferente”. El gran ensayista adelantó hace un siglo que el comportamiento humano obedece a “un falso entorno que le induce a actuar en el mundo real” de una determinada manera. De lo que cabe deducir que un mismo entorno es percibido y sentido de diferente forma por diferentes personas que construyen una realidad a la medida de sus anhelos, necesidades y objetivos. Hoy esa construcción de la realidad está más diversificada que nunca y nada se entiende si no se admite tal variedad de versiones.

Una de estas versiones, llamadas ahora relatos, se presenta como una movilización en defensa de la libertad de expresión a propósito del caso Hasél, pero hay demasiadas contradicciones, demasiado ruido, demasiadas inconsistencias para que sea solo eso. La mera impugnación del statu quo por los manifestantes violentos transmite la imagen confusa de un colectivo tan harto del presente como desorientado. Es la imagen de un segmento muy minoritario, pero también muy activo, de una generación que ha pasado de las promesas del Estado del bienestar que conocieron sus padres y abuelos a los daños no reparados causados por varias crisis encadenadas.

Si del asalto al Capitolio de Washington, instigado por Donald Trump, se dijo que había dañado uno de los consensos sociales básicos –la inviolabilidad de los representantes electos de los ciudadanos–, lo menos que puede decirse de los sucesos de estos días en España es que la defensa de la libertad de expresión mediante la acción directa es solo un pretexto que remite a problemas sociales que la pandemia no ha hecho más que agudizar. Hay demasiadas señales de desapego con el entorno –aunque se trate del falso entorno del que habla Walter Lippmann o entorno irreal–, como para quedarse en lo obvio, la violencia es inaceptable y no merece otra reacción que la condena, y no buscar otras pistas explicativas de cuanto sucede. La salud de la democracia requiere realizar este ejercicio de introspección colectiva.

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La derecha agreste se enfrenta a la UE

El Gobierno de Hungría ha cerrado la emisora independiente Klubrádió con una serie de argumentos típicos de los censores, de los regímenes autoritarios, de los aspirantes a detentar un poder omnímodo. Una infracción administrativa que debe sancionarse con una multa ha sido pretexto suficiente para Viktor Orbán y sus secuaces para expulsar a Klubrádió de las ondas y consumar una pretensión nunca ocultada: silenciar a la oposición sin contemplaciones. Nada hay de nuevo en el comportamiento de un sistema político y un Gobierno que hace tiempo dejó de ser democrático, y nada hay tampoco de nuevo en la cuidadosa condescendencia de la Unión Europea para no molestar en demasía a quienes cometieron el atropello, triste confirmación de que la vigilancia para preservar derechos elementales escapa al control efectivo de Bruselas.

Klubrádió tenía medio millón de oyentes hasta el día de la desconexión, una cifra  equivalente al 5% de la población de Hungría, y era de largo el medio más significado en la crítica y rastreo del populismo ultraderechista de Orbán. ¿Qué revela su cierre?: que la inoperancia de las instituciones europeas para parar los pies al primer ministro y los regates en corto del Partido Popular Europeo para no condenarlo de forma categórica arriesgan una vez más la consistencia moral de una liga de estados que se caracterizan, entre otras muchas cosas, por ser los herederos del acervo democrático europeo. El caso de Polonia y la amenaza subyacente al auge de partidos ultras en Alemania, Francia, Italia, Holanda y España, por citar solo unos cuantos socios de la Unión Europea, entraña riesgos de naturaleza moral y política que no pueden soslayarse.

Un cierto relativismo se ha adueñado de los defensores necesarios de la cultura democrática, de cuanto se tiene por intrínsecamente unido a la idea de democracia, a la idea misma de Europa. Stefan Zweig caracterizó el nacionalismo como “la peor de todas las pestes”, la que “envenena la flor de nuestra cultura europea”. La opinión del gran escritor remite al primer tercio del siglo pasado, pero es de aplicación a nuestros días con harta frecuencia a causa de los silencios ominosos cada vez que se agrede la decencia. Y el mensaje difundido desde Estados Unidos durante el mandato de Donald Trump ha contribuido de forma decisiva a avivar el nacionalismo rampante mediante la exaltación de una identidad histórica preexistente a la europea y con frecuencia en abierto conflicto con ella.

Lo cierto es que los precedentes inducen al pesimismo, a los riesgos que corre Europa al practicar la contención frente al desafío. Basta leer atentamente a Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo para descubrir aquí y allá rasgos patógenos del pasado que asoman en el presente, que envenenan la atmósfera y se acogen a los sistemas democráticos con el único propósito de acabar con ellos o, por lo menos, degradarlos. La vieja discusión sobre el derecho que asiste a los partidos manifiestamente antidemocráticos a moverse sin cortapisas dentro del marco de las instituciones democráticas adopta así la forma de un laberinto sin salida. No hay en la conducta de Orbán y sus correligionarios El asalto a la razón, título de un libro del filósofo marxista György Lukács, sino que se atienen a una forma elemental de la razón para simplificar los problemas y encubrir sus propósitos. Hoy es insuficiente preguntarse solo por la “marea de tinieblas” (George Steiner en 1960) que permitió el alumbramiento de los grandes totalitarismo; es un requisito imprescindible indagar en las causas del renacimiento de la extrema derecha en todas partes.

Es preciso ceñirse a los hechos y rehuir las conclusiones apresuradas; es necesario ceñirse a los sucesos posteriores a la gran crisis financiera que se desencadenó en el bienio 2008-2009 –trienio si nos remontarse a la zozobra de las subprime en 2007– para llegar a la conclusión de que hay en Europa una multitud de decepcionados, de azotados por toda clase de ajustes que desconfían por principio, más que nunca, de las convenciones políticas, de las ofertas clásicas, del discurso de los grandes pilares de la reconstrucción europea de la posguerra. Parafraseando a José Ortega y Gasset, en Europa está el problema, pero solo en Europa es posible encontrar la solución mediante el saneamiento y actualización del pacto social y el blindaje de las normas básicas de la democracia representativa.

George Steiner declaró en su día, intentado vislumbrar el porvenir: “La verdad, creo, tiene futuro; que lo tenga también el hombre está mucho menos claro. Pero no puedo evitar un presentimiento en cuanto a cuál de los dos es más importante”. En las dudas del gran intelectual alientan la incertidumbre y las amenazas que se avizoran a lo lejos o no tan lejos. Es este un sentimiento compartido, agravado por la pandemia, por el coste social de la pandemia, que ha desbaratado todas las previsiones y ha hecho saltar por los aires todos los modelos matemáticos. Y esta inseguridad sobrevenida es el ambiente más propicio para que la excitación populista atraiga auditorios que recelan de que el futuro ansiado sea un razonable y confortable retorno al pasado.

Hay una vulnerabilidad a pie de calle, presente en todas partes, que propicia el mensaje nacionalista, la hostilidad frente al extranjero, frente a lo foráneo, frente a todo aquello que no forma parte de una identidad primaria y elemental. Justamente lo contrario de lo que el filósofo Daniel Innerarity plantea en La democracia en Europa, que resumió así en una entrevista con La Vanguardia en 2019: hace falta “una reconstrucción de la teoría de la democracia que la despoje de todo lo que se le ha ido vinculando como si fuera parte esencial de ella: soberanía, territorialidad, homogeneidad o estatalidad, por ejemplo”. Hace falta, quizá, reconstruir la teoría de la democracia para que dejen de tener sentido acartonadas teorías de la nación. Acaso tal operación no haga enmudecer a la derecha agreste, pero la privará de argumentos creíbles.

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El Partido Republicano, en la encrucijada

El paso de Donald Trump por la Casa Blanca ha dejado al Partido Republicano en un estado en el que se mezclan la perplejidad y la desorientación, la división y la necesidad de recuperar espacios de influencia perdidos sin soliviantar a los partidarios del expresidente que aplaudieron el asalto al Capitolio de Washington el 6 de enero. El comportamiento de la minoría republicana en la Cámara de Representantes en la votación para expulsar de dos comisiones a Marjorie Taylor Greene, diputada por un distrito de Georgia y afecta al movimiento conspiranoico QAnon, ha retratado la situación: solo 11 congresistas del Grand Old Party (GOP) votaron a favor de la medida; 199 lo hicieron en contra. El a menudo melifluo Kevin McCarthy, líder de la minoría, definió en su día a Greene como un cáncer dentro del partido, pero a la hora de verdad fueron muy pocos los que se significaron en su contra, temerosos de perder votos en las filas del trumpismo exaltado.

Como dice la analista Michelle Cottle en The New York Times, McCarthy acaso carece “de valores discernibles más allá de sus propias ambiciones (…) es débil y se preocupa demasiado por agradar”,  pero “no tiene ni la visión ni el estómago para jugar a largo plazo”. Justo lo contrario que Mitch McConnell, líder republicano en el Senado, un político profesional sin demasiados compromisos ideológicos, pero rocoso y sibilino en grado sumo que, sin embargo, tampoco ha logrado que el partido defienda una posición común en la Cámara sobre el proceso de impeachment contra Donald Trump activado por los legisladores del Partido Demócrata. Cottle llega a una conclusión transparente: esto puede mantener estable al electorado, “pero es un mal augurio para los esfuerzos de los republicanos serios por recuperar su partido”. Más o menos, pan para hoy y hambre para mañana.

La situación da la medida de la toxicidad del cuatrienio de Trump, que ha contaminado el partido hasta el tuétano de los huesos. El temor latente a que el expresidente decida fundar un movimiento político si se siente defraudado por el comportamiento republicano sobrevuela todos los días el establishment del GOP, y solo una minoría es capaz de sobreponerse a los peores presagios. Más allá de las interesadas reflexiones jurídicas relativas a la consistencia legal del impeachment después de vencer el mandato presidencial, alienta el deseo de dejar las cosas como están; más allá de las rectificaciones de Taylor Greene para desdecirse de algunas de sus más disparatadas declaraciones se esconde la necesidad del ala ultraconservadora del partido de mantener intacta su influencia y condicionar todas las decisiones.

El debate abierto por el segundo impeachment contra Trump remite la discusión a cuanto se dijo y defendió a partir de la dimisión de Richard Nixon el 9 de agosto de 1974 a raíz del escándalo Watergate y del perdón que le otorgó su sucesor, Gerald Ford, el 8 de septiembre del mismo año. La revista The Atlantic ha publicado estos días en su web un artículo encargado a finales del verano de 1974 por The New York Times Magazine al eminente jurista Harry Kalven, profesor de la Universidad de Chicago, sobre la posibilidad o no de perseguir penalmente a Nixon por los delitos cometidos en el ejercicio del cargo de presidente. La pieza nunca vio la luz porque el perdón de Ford modificó sustancialmente muchos de los parámetros del análisis hecho por Kalven, que murió a finales de otoño de aquel año, pero son perfectamente válidos hoy –Trump no se puede beneficiar de indulto preventivo alguno– de acuerdo con el siguiente principio general: los delitos eventualmente cometidos durante el mandato presidencial no quedan sin efecto al expirar este.

Según el elaborado trabajo de Kalven, la gravedad de los hechos conocidos como caso Watergate requería una sanción pública y formulaba la siguiente pregunta: ¿sería comprensible que los seis procesados pendientes de juicio por encubrimiento acabaran en la cárcel y a Nixon lo dejaran en paz? La pregunta era y es inquietante a la luz del principio de igualdad ante la ley consagrado por la Constitución. Pero lo es aún más cuando la respuesta del autor es de orden moral: “Para mí –escribió Kalven– el factor decisivo para pedirle también a Nixon que comparezca en juicio  reside (…) en asegurar el consenso moral”. Y acababa: “El país debería mostrar el valor de su convicción moral redescubierta”. Es decir, la respuesta no se limita a considerar el asunto en términos estrictamente políticos y jurídicos, sino asimismo éticos (la probidad de quien ejerce el poder).

Los argumentos de Kalven, prolijos en detalles y consideraciones, son igualmente aplicables a la diputada Taylor Greene y a cuantos por acción o por omisión pusieron en el disparadero a la turba que asaltó la soberanía nacional. Si el impeachment no prospera, como así parece, y el Partido Republicano se da por satisfecho con las rectificaciones de la congresista, la herida no cicatrizará, sino que el republicanismo clásico dará otro paso atrás en beneficio del trumpismo. Como alguien dijo en un debate televisivo, el legado del fallecido senador John McCain, una referencia del conservadurismo ilustrado, se desvanece un poco más cada día en medio de cálculos electorales a corto y medio plazo.

No cabe duda de que la inhabilitación de Donald Trump mediante la aprobación del impeachment en el Senado no tendría un efecto cauterizador, puede que incluso exacerbara los ánimos de sus seguidores más radicales y dispuestos a ejercitarse en la acción directa, pero sería un instrumento efectivo para sanear la moral pública. El simple anuncio hecho por Trump de un pronto regreso a la palestra tiene el tono amenazante de los desafíos a las instituciones, a las convenciones democráticas y al Estado de derecho. El expresidente ha confirmado la precisión de Abraham Lincoln al opinar sobre la naturaleza humana: “Si queréis poner a prueba de verdad el carácter de un hombre, dadle poder”. Pero son demasiados los líderes republicanos que ven la amenaza de Trump como algo difuso y, al mismo tiempo, ven en él al único capaz de asegurar futuras victorias. Lo segundo es probablemente cierto; lo primero es negar la realidad y presentar los hechos del 6 de enero como un mero accidente. Y no lo fue.

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Una crisis muy italiana

Cada día es más difícil dilucidar si el comportamiento de los partidos en Italia obedece a la herencia histórica de las sutileza florentinas o a la lógica de una partida de póker en la que no hay forma de prever los movimientos de los jugadores, competidores herméticos que no cambian el gesto vayan de farol o tengan una escalera de color. La crisis desencadenada por Matteo Renzi cabe inscribirla en la peor tradición de la política italiana desde los lejanos días de las coaliciones cambiantes, unida a la frustración en un líder condenado a desempeñar un papel marginal en una mayoría parlamentaria variopinta. Se siente Matteo Renzi forzado a ser un secundario en una representación en la que él cree, probablemente sin fundamento, que atesora méritos para ocupar con su Italia Viva (IA) un lugar relevante, acaso determinante.

La realidad es que el exprimer ministro cometió un error político clamoroso al embarcarse en una reforma constitucional que sometió a referéndum en 2016 y que fue rechazada por sus conciudadanos. Con independencia de la bondad de los cambios propuestos, la derrota llevó a Matteo Renzi, líder entonces del Partido Democrático (PD, centro izquierda), a presentar la dimisión al frente del Gobierno y abrió un periodo de incertidumbre que desembocó en las elecciones legislativas de 2018 que hicieron posible la formación de un Ejecutivo sostenido por los diputados de La Liga (LL, extrema derecha) y el Movimiento 5 Estrellas (M5E, populista arcoíris). El PD pasó a la oposición y el país se sumergió en un experimento sumamente inconsistente y volátil: el ultra Matteo Salvini del brazo de Luigi Di Maio; el radicalismo xenófobo y aurófobo y un conglomerado presuntamente antisistema aparecieron alineados en el mismo equipo.

La duración de aquel extraño ensamblaje se presumió desde el principio de vida breve y lo fue. Afloraron las contradicciones y la voluntad de Salvini de forzar situaciones extremas –el bloqueo en el sur de Italia a la acogida de embarcaciones con migrantes rescatados de la muerte por barcos de onegés, uno de los casos– llevó a una situación imposible con el M5E, aprisionado entre el pacto con LL y el cordón sanitario alrededor del PD. La quiebra del Gobierno fue inevitable, interesado Salvini en provocarla para seguir creciendo desde la oposición, al tiempo que se agrandó la figura de Giuseppe Conte, un profesor de Derecho de la Universidad de Florencia que hasta la fecha había ejercido como un jefe de Gobierno meramente instrumental. Y fue Conte quien se mostró capaz de articular una nueva alianza, esta vez con los estrellados y el PD más algunas aportaciones menores como la de IA, fundado por Renzi después de pasar por tres fases: la silenciosa, tras dimitir y anunciar que dejaba la política; la fundacional, que le llevó a crear IA, y la dinámica, encaminada a recuperar la relevancia perdida.

Entre tanto, el nuevo líder del PD, Nicola Zingaretti, emprendió un proceso de regeneración del partido, aún en curso, para consolidar las diferentes corrientes de izquierda que confluyeron en él a partir de la desaparición del Partido Comunista y la creación de formaciones que adoptaron un programa de perfil socialdemócrata, pero acusaron con demasiada frecuencia y de forma ostentosa falta de cohesión interna. Zingaretti puso en marcha un proceso de saneamiento del partido, a un tiempo realista y respetuoso con la herencia ideológica del socialismo y del comunismo democráticos para poner remedio al retroceso de la izquierda en orden disperso. Fruto del realismo fue la disposición a pactar con el M5E, a olvidar los agravios del pasado.

Al desencadenarse la pandemia, los dos políticos que consolidaron mejores índices de aceptación fueron Sergio Mattarella, presidente de la República, y Giuseppe Conte. Pareció así que Italia ponía los cimientos de un Gobierno de larga duración –las elecciones legislativas están previstas para el 2023– con el que afrontar los desastres de la enfermedad. Lo que ha sucedido en realidad es que mediante un pretexto sin recorrido –el desacuerdo con la gestión de la parte del fondo de reconstrucción de la UE que corresponde a Italia– Renzi ha provocado una crisis de Gobierno incomprensible (varios analistas han recurrido al adjetivo) sin que, por lo demás, parezca que el líder de IA mejora su imagen o influencia. Más parece que refuerza en sus convicciones y perspectivas a Mattarella y Conte para salir de la prueba reforzados y con un nuevo Gobierno que sea poco menos que un clon del caído, incluso con participación de ministros de IA a falta de otros mimbres que permitan reforzar la mayoría parlamentaria.

¿Frivolidad, oportunismo, insensibilidad de Renzi en medio de la tercera ola de la pandemia? Quizá un poco de todo eso más la fragmentación sin parar del arco parlamentario, algo que facilita ese juego de espejos deformantes que permite que los más pequeños, las facciones menos representativas, puedan disfrutar de un día de gloria. En la acometida de Renzi a la estabilidad del Gobierno italiano hay una dosis extrema de irresponsabilidad que degrada la política, descoloca a sus aliados potenciales y alarma a la UE porque sienta un precedente al convertir el programa de reconstrucción en una herramienta política útil para que salten por los aires gobiernos en apariencia sólidos.

“Creíamos haberlo visto todo en la política italiana, pero aún nos faltaba una crisis de Gobierno en plena emergencia sanitaria, sin un propósito, sin una estrategia creíble, sin un resultado que no sea peyorativo en comparación con el ya cuestionable status quo. Y lo bonito es que al final de esta crisis existe el riesgo de elecciones que todos, de palabra, están convencidos que hay que evitar”, escribe el analista Francesco Cancellato en fanpage.it. El riesgo que corre Renzi es enorme al oponerse obstinadamente –de momento– a que Conte sea de nuevo el primer ministro, porque si todos los dedos le señalan ahora como el responsable del desaguisado, un eventual adelanto electoral permitirá a todos sus adversarios sin excepción presentarlo como el malo de la película, como quien ha llevado al país a un callejón sin salida.

Es muy larga la nómina de políticos italianos a los que en algún momento se les ha presentado como escurridizos o peligrosos, pero en la mayoría de los casos han sobrevivido al estigma. Decía Giulio Andreotti, uno de los más sibilinos, que es cierto que el poder desgasta, “sobre todo cuando estás en la oposición”. Y aunque este no es el caso de Renzi, con ministros de su partido en el Gabinete, su posición no es muy diferente a la de personajes del pasado que entraban y salían del Gobierno con suma facilidad y sin mayor desdoro. Todo en medio de un baile de nombres y de azarosos pactos a oscuras. Sigue siendo vigente la opinión expresada por Giorgio Napolitano al asumir la presidencia (2006): “Debemos limpiar el subsuelo podrido y corrosivo de nuestra sociedad”. En caso contrario, cabe añadir, cualquier crisis es posible.

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La pandemia desgasta la democracia

Las cifras de la pandemia después de fiestas transmiten en Europa y en Estados Unidos una sensación de desbordamiento, de descontrol, de ineficacia e insuficiencia objetivas en la mayoría de las medidas adoptadas por los gobiernos para alcanzar dos metas: doblegar la curva de contagios y no dañar en exceso la economía. Lo cierto es que la marcha de los negocios sigue dejando damnificados todos los días y los datos de contagiados y muertos no menguan en medio de una atmósfera de cansancio y pesimismo que apenas palían las esperanzas depositadas en la vacunación masiva. Que el nuevo presidente de Estados Unidos haya hecho de la lucha contra el mal el primero de sus grandes objetivos no deja de ser significativo habida cuenta de los despropósitos heredados de su antecesor.

Al mismo tiempo, la opinión pública asiste aquí y allá a la utilización política y la pelea de gallos entre adversarios desencadenada por la pandemia –España, uno de los ejemplos más resonantes–, mientras los llamamientos a la unidad caen en saco roto, los países tienden a combatir la covid-19 en orden disperso y la opinión pública se siente a menudo defraudada por la falta de coordinación de esfuerzos. Nadie sabe a ciencia cierta  dónde se ha acertado con las medidas adoptadas, cuándo darán un resultado tangible y qué hace falta para que cesen la política de balcón, las declaraciones destempladas y la estela de oportunismo que dejan a su paso tantos gobernantes, agravado de vez en cuando por quienes se benefician de una situación de privilegio (cuantos se vacunan sin que les corresponda por el simple hecho de manejar los resortes administrativos que les permiten cometer tal tropelía).

Han pasado demasiados meses desde que se tuvo noticia de la aparición del virus como para que, con harta frecuencia, se improvise, se tomen decisiones sobre la marcha, infructuosas las más de las veces, mientras sus promotores las presentan como el resultado acabado y preciso de un plan meditado. De tal manera que la disposición de los ciudadanos en muchos lugares a sentirse requeridos en el combate contra la enfermedad deja paso al escepticismo; de tal forma que la unidad europea reclamada por los expertos nunca llega a concretarse y la española resulta del todo imposible. Y sin embargo, el grado de disciplina, paciencia y disposición al sacrificio de la mayoría no decae a pesar de personajes divisivos y aguijoneadores como Isabel Díaz Ayuso, una émula castiza del trumpismo con mascarilla, o la Administración catalana, atrapada en la tela de araña de un decreto para el aplazamiento o suspensión de las elecciones –la confusión es grande– que no ha pasado de momento la prueba del nueve del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya.

Con esa propensión en todas partes a no salir del atasco, sino de agravarlo, los gobiernos occidentales dañan el aprecio por algunas de las conquistas de la democracia y alientan el discurso admirativo de la fructífera gestión china de la pandemia, como si las diferencias culturales no contasen y fuese preferible la disciplinada militarización de los espíritus, como si el éxito chino no tuviese nada que ver con el perfil de un régimen de partido único con un poder omnímodo y no sometido a control. “La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes”, dejó dicho Charles Bukowski, y tal circunstancia conlleva un cierto número de debilidades y vulnerabilidades reconocibles, pero quienes gestionan la crisis bajo el paraguas de la democracia, deberían reducirlas al mínimo para evitar daños mayores a los de la pandemia. Lograr una eficacia razonable a cuanto se hace es una necesidad acuciante porque las democracias ineficaces vulneran la idea misma de democracia.

Hay esparcidos por Europa, y no digamos en Estados Unidos, demasiados profetas del Apocalipsis como para creer que el universo democrático podrá salir sin mácula de la prueba. Mientras los medios se sigan viendo obligados a suministrar el parte diario de muertos envuelto en el número creciente de contagios, la discusión entre adversarios políticos sobre las medidas a adoptar y las proclamas de demagogos de diferentes estirpes, la desconfianza irá en aumento. Si tal desconfianza no se ha impuesto por completo, es a causa de lo que Jean-Philippe Vincent llama en Le Figaro “la lógica del miedo”, el sentimiento muy extendido de que la muerte ronda por la calle oculta en un enemigo invisible, pero aniquilador.

Esa lógica del miedo no es especialmente deseable en las sociedades democráticas. Es preferible el imperio de la razón, afrontar la enfermedad con datos precisos y medidas realistas, admitiendo que hay un margen de error, que no hay certidumbres absolutas en ese desigual combate para domeñar un adversario sigiloso y adaptativo. La lógica del miedo da pie, en cambio, a una paulatina renuncia de la razón en los comportamientos colectivos. Como dijo Franklin D. Roosevelt, solo hay que tener miedo al miedo; el resto debe fiarse al análisis de los hechos y las conclusiones correspondientes. Sin dar por supuesto que, de tal ejercicio, surgirán decisiones y medidas infalibles.

Hace un siglo, durante la llamada gripe española, llevar mascarillas, lavarse las manos y mantener la distancia social fueron las medidas dispuestas por los especialistas para evitar el contagio. Aquella pandemia dejó 50 millones de muertos en un mundo que salía muy herido de la primera guerra mundial. Para los agoreros recalcitrantes, hoy estamos donde estuvieron entonces las sociedades atacadas por la enfermedad y apenas hemos avanzado; para las mentes despiertas, un siglo de ciencia ha hecho posible que dispongamos de vacunas a la vuelta de menos de un año de que se declarara en España el estado de alarma. Pero para que esa realidad incontrovertible prevalezca sobre cualquier otra y el mal deje de dañar la calidad de la democracia es preciso que la sanidad de emergencia quede fuera de la pugna política cotidiana, porque la plaga ha descoyuntado la cotidianidad y todo lo condicionará hasta que acabe la pesadilla.

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Trump zarandea el sistema

El estupor y la desorientación que han seguido al asalto al Capitolio de Washington de una multitud de seguidores de Donald Trump tardará mucho tiempo en metabolizarlo una sociedad enfrentada a sus demonios familiares, a esa incompatibilidad poco menos que orgánica entre la tradición liberal y la conservadora, entre dos universos con visiones radicalmente diferentes de la nación, de la identidad colectiva, del papel de Estados Unidos en un mundo cambiante, cada vez más alejado de las grandes certidumbres de antaño, acaso del legado de los padres fundadores. Nada de cuanto ha destilado el paso de Donald Trump por la Casa Blanca ha atenuado el clima de confrontación extrema que empezó a gestarse en tiempos de Bill Clinton y que se agravó durante los dos mandatos de George W. Bush, con el auge de los neocon en la Administración y con la sensación creciente de que el Partido Republicano claudicó ante el éxito electoral de un conservadurismo extremo, todo ello en mitad del entusiasmo por la consagración de una hiperpotencia a escala global sin adversario posible que le pudiera discutir tal papel.

Pareció que la América mesiánica, cuya presunta misión debe ser siempre difundir la democracia cueste lo que cueste, había llevado con éxito al puente de mando a los herederos de Leo Strauss, de cuantos asumieron el mensaje del profesor de la Universidad de Chicago: la impugnación de la modernidad como una ruptura con los fundamentos del pensamiento clásico. Lo que realmente sucedió fue que fraguó en el crisol del conservadurismo la impresión de que era posible una cierta vuelta al pasado, a un país blanco, condescendiente con las minorías y al servicio de un capitalismo sin cortapisas. De ahí que la victoria de Barack Obama en 2008 fuese interpretada por el grueso del mundo conservador como una derrota sufrida por la nación clásica frente a un conglomerado de minorías movilizadas por un presidente afroamericano, moderadamente reformista. Así las cosas, el grueso del establishment republicano aceptó el deslizamiento hacia la extrema derecha con la vista puesta en la reconquista de la Casa Blanca.

La llegada al poder de un populista megalómano como Donald Trump fue a partir de entonces solo una cuestión de tiempo y de los errores cometidos por el Partido Demócrata en la campaña de 2016. Hillary Clinton nunca consiguió arrastrar a las minorías que siguieron a Obama en los estados industrializados más dañados por el coste social que para las clases medias tuvo la salida de la crisis financiera de 2007-2008. Trump tomó prestados los votos de un electorado especialmente decepcionado y, al mismo tiempo, supo encarnar el arquetipo del estadounidense de la llamada América profunda, receloso del poder federal, de la libertad de costumbres, que nunca ha dudado de la excepcionalidad de la nación a la que pertenece.

Lo que ha propiciado el asalto al Capitolio es que una parte de la multitud de portavoces desinteresados con los que ha contado Trump han comprendido que los exaltados, alentados por el presidente, han puesto el sistema al borde del precipicio. Si en las filas republicanas del trumpismo se han multiplicado las deserciones –Mitch McConnell, uno de los casos más destacados por su apoyo al presidente hasta fecha reciente–, fuera de ellas, entre los electores que creyeron de verdad que se produjo un fraude electoral, han aumentado las dudas en cuanto a la idoneidad y limpieza del método escogido para protestar. Aunque, según las encuestas, el 75% de los votantes de Trump sigue pensando que se manipuló el escrutinio, seguramente un porcentaje significativamente menor está de acuerdo con arremeter contra las instituciones. Y hay quien incluso se arrepiente públicamente de haber seguido a Trump en su prédica apocalíptica en las redes sociales posterior al 3 de noviembre.

Es especialmente significativo de la fractura en las filas trumpistas la reacción de clérigos evangelistas blancos analizada por David Brooks en The New York Times a la luz de las últimas encuestas, que registran entre los seguidores de Trump una caída media de diez puntos en el índice de aceptación de su comportamiento. El predicador Jeremiah Johnson, muy conservador, escribió el día 7 en su cuenta de Facebook, que “Dios destituyó a Donald Trump de su cargo por su orgullo y arrogancia, para humillar a quienes lo habían apoyado fervientemente” (Johnson, uno de ellos). Otro pastor, Tim Remington, asimismo muy conservador, exige que “se acabe esta basura”, y Brooks concluye con una idea harto repetida: la sinrazón “es una bestia voraz” que puede devorar no solo a un partido (el republicano), sino a una nación.

Esa sin sinrazón a la que alude el analista da pie a diferentes supuestos –nacisistas secundado a un narcisista (Joshua Hart y Nathaniel Stekler), terrorismo interior o diferentes formas de nacionalismo extremo–, posibles todos ellos gracias a las redes sociales, herramientas ideales para la demagogia, la intoxicación política y el sectarismo. Lo que lleva directamente a preguntar por el papel desempeñado en la red por Twitter, Facebook, Instagram y otras aplicaciones de alcance universal, por la tolerancia extrema con Trump y sus disparates cotidianos, por cuáles deben ser los límites de la libertad de expresión cuando un usuario de las redes tan relevante como el presidente de Estados Unidos defiende desde el inicio de su mandato la existencia de una “realidad alternativa”. La pregunta que formula Joyce White Vance, profesora se la Universidad de Alabama, en el semanario Time cabe hacerla extensiva a los gestores de las redes sociales: ¿puede haber una responsabilidad penal por la inducción de actos violentos limitada solo al autor de los mensajes o es extensible a los responsables de las plataformas que han consentido su difusión?

El mismo o parecido planteamiento tiene sentido cuando se trata de calibrar si la responsabilidad de Trump en el asalto obliga a incluir su nombre en la lista de los investigados por el FBI y que en su día pueden ser juzgados, acusados de un delito de terrorismo interior. La profesora White se remite a la definición de terrorismo consagrada por el FBI: actos de naturaleza violenta y criminal cometidos de forma individual o por grupos con diferentes objetivos ideológicos. Para Eugene Robinson, en The Washington Post, los republicanos “están fuera de tiempo para repudiar las mentiras electorales de Trump”, pero puede que no para contribuir a que se sustancien responsabilidades dentro y fuera de las redes sociales, para esclarecer quién apretó el botón del asalto a la democracia,

Esta es en última instancia la cuestión esencial para que el mandato de Joe Biden no empiece en una atmósfera viciada por el encubrimiento de responsabilidades. Porque es evidente que ni todo el conservadurismo es responsable del disparatado final de Trump ni nadie es responsable de nada; porque no hay duda que de que las redes sociales no pueden seguir siendo el refugio de difusores de todas las formas imaginables de odio y manipulación hasta que una insurrección como la del 6 de enero las obliga a actuar a toda prisa (Trump disfrutó en ellas de barra libre durante cuatro años). Si la democracia es un modelo pautado de derechos y libertades, es preciso dar con la tecla para que años de mensajes divisivos, de descalificaciones del sistema y del principio de legalidad, no vuelvan a zarandear las libertades y a inspirar a otros, en los cuatro puntos cardinales, dispuestos a imitar a Trump para asaltar el poder.

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La Primavera Árabe se atascó

Diez años después del estallido de las primaveras árabes el cambio se ha registrado en el mapa geopolítico de Oriente Próximo, pero no se concretaron las expectativas de regeneración política que debían seguir a la movilización popular. Lo cierto es que hoy la situación objetiva en muchos países del orbe árabe ha empeorado más allá de cualquier previsión que pudiera hacerse en el bienio 2010-2011: Egipto es una dictadura militar tanto o más represiva que la que encabezó durante 30 años Hosni Mubarak; Libia, Siria y Yemen viven sumergidas en guerras que no parecen tener fin; el reformismo de los monarcas de Marruecos y Jordania apenas ha alterado el esquema básico de reparto del poder en ambos países; la Liga Árabe se atiene al diktat de Arabia Saudí, que incluye normalizar las relaciones con Israel y, de rebote, agrandar el agravio palestino; el estatus de Irak sigue dependiendo de Estados Unidos como potencia tutelar, pero está muy lejos de haber conjurado las tensiones sectarias.

Solo Túnez mantiene viva la promesa de las primaveras, aunque debe afrontar enormes dificultades para superar una situación económica que favorece la frustración, especialmente en el segmento de población menor de 30 años. Donde todo empezó y donde el desafío yihadista no logró vencer los propósitos reformistas, puede irse todo al traste a causa de la decepción que ha seguido a las grandes esperanzas. La lección tunecina que dio título a un ensayo de Sami Naïr queda muy lejos de la realidad presente, con tasas de paro diabólicas, el sector turístico en hibernación forzosa a causa de la pandemia y el partido Ennahda, islamista moderado, convertido seguramente en el gran beneficiado por los efectos de una crisis de compleja resolución.

La Primavera Árabe tuvo en un primer momento un componente de movilización colectiva de la identidad árabe por encima de los rasgos de identidad de cada Estado que los poderes fácticos consiguieron neutralizar, demasiadas veces a sangre y fuego y en algunas ocasiones mediante reformas cosméticas. El resultado final es perfectamente reconocible y ha sido útil para alterar el ecosistema regional con actores con intereses específicos –Rusia, Turquía, Irán–, junto a otros con una capacidad desestabilizadora –el Daesch– y de captación de voluntades en el mundo musulmán que sigue siendo vigente aunque ha desaparecido el califato. El desafío de los muyahidines no ha cesado porque no ha desaparecido ninguno de los factores que lo hizo posible, que lo legitimó y lo legitima a ojos de una parte no pequeña de la comunidad musulmana, en general, y de la árabe, en particular.

En los inicios de las primaveras se repitió mucho la idea de que Occidente no había previsto el acontecimiento y no sabía cómo encararlo. Lo cierto es que hizo fortuna la fórmula wait and see (esperar y ver) y fueron excepciones los gobiernos que anduvieron más allá y se comprometieron abiertamente con la nueva situación. En la práctica, esta actitud meramente contemplativa perjudicó el afianzamiento de los movimientos democratizadores. Al mismo tiempo que se decía que la calle árabe había perdido el miedo, debía haberse añadido que había aumentado en Occidente el temor a que los cambios redundaran en un aumento de la inestabilidad y una quiebra de la seguridad, puesta en parte en manos de autócratas zarandeados por los acontecimientos a partir de diciembre del 2010.

Algunas voces que llamaron la atención no fueron atendidas o solo lo fueron de forma episódica y cada vez fue mayor la distancia entre la movilización árabe y las cancillerías occidentales. La caída de Zine el Abidine ben Alí (Túnez) de Hosni Mubarak (Egipto) hizo sonar todas las alarmas, las guerras de Libia y Siria hicieron el resto junto a la brega saudí para dejar sin efecto la marea reformista. Puede decirse en el presente que la Primavera Árabe estuvo condenada al fracaso por la falta de complicidad occidental.

Mientras el profesor Henry Kissinger escribió en su momento que Estados Unidos debía habituarse a convivir con los nuevos gobernantes árabes si estos no dañaban los intereses estratégicos de Estados Unidos, otros entendieron que el cambio que se anunciaba iba a perjudicar grandemente la estrategia de seguridad occidental, el papel desempeñado por Israel en la región desde su nacimiento y la exportación de petróleo. Al final, la opinión más compartida a ambos lados del Atlántico fue que las primaveras podían poner en marcha mecanismos incontrolables de renovación de las élites políticas árabes con una afectación completa de la relación de Occidente con Oriente Próximo.

El agravamiento de la intensidad y complejidad de los flujos migratorios con destino a Europa, la crisis de seguridad provocada por el islamismo radical, la fractura social en las sociedades árabes y las disputas por la hegemonía regional tanto en el Mediterráneo Oriental como en golfo Pérsico están íntimamente relacionadas con el descalabro de las primaveras. Muchos de los factores de desestabilización que se identificaron como inherentes al cambio perseguido por los levantamientos populares se han concretado a causa justamente de la falta de apoyo externo que padecieron las primaveras en aras de una Realpolitik de consecuencias desastrosas.

Los líderes de las protestas cometieron, desde luego, errores enormes cuando se impuso la necesidad de hacer política, y la competencia de las organizaciones islamistas fue decisiva. Pero también lo fue la descomposición inmediata de los bloques opositores en cuanto pareció que las movilizaciones habían vencido, unido al apresuramiento de algunos líderes para disponer de cuotas personales de influencia y poder. Los bloques históricos de Túnez y Egipto se cuartearon poco menos que al día siguiente de la victoria y enseguida se hizo evidente la pugna entre los partidarios de secularizar el Estado y sus adversarios declarados. Con el vaticinio hecho entonces de que si en Egipto no se asentaba la reforma, difícilmente lo haría en la mayoría de países árabes, algo que ha confirmado en todos sus extremos el relato de lo sucedido a partir del golpe de Estado en Egipto de los generales, el 3 de julio de 2013, que liquidó el experimento de Gobierno de los Hermanos Musulmanes.

La cadena de acontecimientos no debe inducir a creer, sin embargo, que las sociedades árabes han caído en un conformismo estéril. Antes al contrario, la frustración generada por la ocasión perdida ha instalado en el ánimo de amplias capas sociales un clima de desaprobación y disgusto que alimenta la tensión que de vez en cuando se manifiesta en la vía pública –Líbano, Sudán– y puede estallar en cualquier momento, en cualquier lugar por el motivo más insospechado. Lo que es imposible adelantar es quiénes y en qué condiciones encabezarán en el futuro las muestras de descontento.

 
 
 
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Golpe de Trump a los saharauis

La operación de Donald Trump destinada a acolchar la relación de Israel con el mundo árabe ha cubierto una nueva etapa con el reconocimiento de la soberanía marroquí en el Sáhara Occidental a cambio de que el reino alauí establezca relaciones diplomáticas con Israel. Con independencia de lo que disponga la Administración de Joe Biden a partir del 20 de enero, el paso dado por el presidente saliente debilita enormemente las de por sí menguadas fuerzas de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) para hacer efectiva la celebración de un referéndum de autodeterminación en el territorio, la vía defendida por la ONU para una descolonización efectiva de la excolonia española.

Asiste a la RASD el derecho moral, respaldado por el derecho internacional, de no cejar en su propósito de que se celebre la consulta; no hay duda de que Trump ha actuado una vez más de espaldas al derecho internacional, pero es asimismo indiscutible que sobre el terreno la situación política es cada vez más adversa a las reivindicaciones políticas de la comunidad saharaui. El encomiable testimonio de resistencia de los campamentos de Tinduf  –más o menos, un microestado en el exilio– se ha convertido en la práctica en un coto cerrado con un relativamente reducido número de complicidades externas, más resonantes en las iniciativas particulares –intelectuales, artistas, onegés– que en la movilización de las cancillerías. Por decirlo suavemente, Tinduf es un instrumento en manos de Argelia al que algún recurrirá si es preciso para relajar las relaciones con Marruecos, aunque de momento es la cobertura argelina la que procura alguna esperanza a los refugiados del desierto.

Cumplidos 45 años de la Marcha Verde, sumadas las diferentes situaciones que ha conocido la crisis saharaui –la última de ellas, la de la frontera con Mauritania–  y comprendida la necesidad de implicar a Marruecos en asuntos tan relevantes para los europeos como el control de los flujos migratorios y la seguridad en el flanco sur, está fuera de toda duda que la formalización de un referéndum está muy lejos de ser viable. Nunca aceptará Marruecos una revisión del censo que maneja y que la RASD impugna. Desde que el Frente Polisario se avino a negociar la consulta, la lista de posibles votantes presentada por Rabat ha sido rechazada por los dirigentes saharauis, que echan en falta decenas de miles de nombres de quienes en su día abandonaron sus hogares camino de Argelia y de sus descendientes, y en cambio incluye a los colonos llegados al territorio durante décadas y que, a todos los efectos legales, son ciudadanos marroquís.

El caso es que, con ser ciertas estas formalidades, los saharauis que viven en Tinduf son las víctimas de una situación a la que se han habituado, pero sin buenos vaticinios de futuro. Si resulta desoladora la creciente insensibilidad de la mayoría de regímenes árabes con relación al porvenir de la comunidad palestina, no lo es menos la inoperancia efectiva del reconocimiento de la RASD por más de 80 países. Es reseñable que España haya acordado con Marruecos aplazar la cumbre bilateral fijada para el 17 de diciembre, pero no deja de tener un valor meramente simbólico cuando el Gobierno vincula el cambio de fecha con la necesidad de concentrar los esfuerzos en la gestión de la epidemia y, acto seguido, se sabe que la reunión se incluirá en la agenda de febrero de 2021. Es significativo que muchos países, entre ellos España, se remitan a las resoluciones de la ONU relativas a la descolonización del Sáhara Occidental y a la creación de un Estado palestino, pero no es menos significativo que tales declaraciones no tengan nunca un efecto práctico.

La propuesta marroquí de convertir el Sáhara Occidental en una autonomía, presentada por Trump como la única salida realista y viable, ha sido repetidamente rechazada por los dirigentes saharauis, y quizá ahora lo sea aún más habida cuenta del perfil político de su último valedor. Pero la única posibilidad de que los exiliados del desierto vislumbren un futuro más confortable es dar con una solución intermedia entre la situación actual y el referéndum de autodeterminación. Por lo demás, hay en Marruecos un nutrido grupo de personalidades de la cultura, el arte y la academia que tienen el Sáhara por parte irrenunciable de su país. Así el escritor Tahar ben Jelloun, tajante en sus opiniones: “Ningún ciudadano puede aceptar que su país sea privado de una parte. Sobre todo cuando hay otro país, Argelia, que se esconde tras el llamado movimiento de liberación y lo sostiene. Esa es una estafa histórica que ningún marroquí puede aceptar. Ni siquiera yo, que jamás he sentido ese nervio patriótico y nacionalista”.

No hay ningún dato referido al futuro inmediato que permita detectar una mejora de ese clima de confrontación radical. Ni siquiera una hipotética rectificación de Estados Unidos cerrando el consulado en Dajla, que Trump piensa abrir, cambiará el enunciado del problema. Ni Estados Unidos ni Europa pueden renunciar a la complicidad de Marruecos en diferentes ámbitos, todos ellos relevantes y trascendentales. Esa es otra realidad incontrovertible que hace impensable retrasar varias décadas el reloj de la historia y volver al punto de partido. Lo cierto es que el rey Hasán II supo aprovechar con diligencia la debilidad de España –agonía del franquismo– y puso en marcha una dinámica que ha seguido su camino desde entonces a despecho de los pronunciamientos de la antigua potencia colonial y de la comunidad internacional a través de las Naciones Unidas.

La consolidación de anexiones territoriales de facto son una malísima noticia que violenta los fundamentos del derecho internacional, pero la Realpolitik se impone casi siempre. Las condiciones en que se dan tales anexiones son muy variadas, pero corregirlas o revisarlas es inviable con harta frecuencia a pesar de que en cada una de ellas sale perjudicada una comunidad que se ve forzada a pechar con un destino que no ha elegido. No hace falta entrar en detalles para comprender que los saharauis de Tinduf ni decidieron poner su futuro en manos de Marruecos ni optaron por el exilio en el desierto entre varias opciones posibles. Es decir, condenados a ser víctimas en una situación que no controlaban, los saharauis se vieron forzados a adaptarse a ella. Y hoy, tantos años después, el Frente Polisario debe reflexionar sobre el coste humano de cuanto ha sucedido y sopesar hasta qué punto el programa máximo debe adecuarse a la correlación de fuerzas sobre el terreno para rescatar a las víctimas de su condición de tales.

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Bloqueo ultra al presupuesto europeo

La división de poderes y la defensa de los derechos humanos son divisas distintivas de la Unión Europea, que es tanto como decir que para ser socio del club hay que aceptar una regla básica: dejar siempre a salvo el Estado de derecho. El compromiso con el equilibrio de poderes y la autonomía de los individuos no admite medias tintas ni un relativismo moral ad hoc para cada momento y circunstancia, que es justamente lo que pretenden los gobiernos de extrema derecha de Hungría y Polonia al negarse a vincular el acceso al plan de reconstrucción económica de los Veintisiete con el respeto escrupuloso al Estado de derecho. Se trata de una pretensión o exigencia que, de aceptarse, dañaría de forma irreparable la naturaleza del proyecto europeo y, sin duda, contaminaría el comportamiento futuro de estados, partidos, instituciones, movimientos y particulares con convicciones democráticas poco o nada arraigadas.

Al mismo tiempo que la negociación de la relación futura de la UE con el Reino Unido encalla en asuntos esenciales y cada día es menor el margen de maniobra para que salga un conejo de la chistera antes de que caiga el telón el último día del año, se cruza en el camino para la recuperación de la economía europea, dañada por la pandemia con una intensidad y coste desconocidos, el bloqueo de la aprobación del presupuesto plurianual. Es decir, se pone el freno de mano a la secuencia de acontecimientos que deben permitir la emisión de deuda europea con la que financiar las subvenciones y préstamos –un total de 750.000 millones de euros– que deben contribuir de forma decisiva a rescatar la economía del estado catatónico en el que se encuentra. Y ahí no caben los atajos ni las falsas esperanzas, resulta muy poco alentador que Alemania no haya logrado doblar la resistencia de Viktor Orbán y Mateusz Morawiecki y pesa como una losa la regla de la unanimidad para sacar adelante las cuentas.

Como dice el profesor Philippe Legrain, de la London School of Economics, los socios de la UE deben “poner contra las cuerdas” a los regímenes populistas para poder sacar adelante medidas urgentes, lograr un acuerdo estable franco-alemán para abordar la crisis y asegurar que la acogida de refugiados se traduce en rendimientos económicos. Se lograría así salir del atasco presupuestario, dibujar un horizonte razonable de recuperación a medio plazo y acabar con la desconcertante política migratoria europea. El enfoque de Legrain parte de la sensatez y de la lógica –dos países no pueden dejar en la estacada a otros veinticinco–, pero con la regla de la unanimidad es inviable salvo que quepa doblegar la voluntad húngaro-polaca y desactivar nacionalismo demagógicos, útiles para encubrir cualquier atropello.

Peter S. Goodman asegura en The New York Times que las vacunas han abierto una brecha en el laberinto sin salida de la pandemia, pero “las perspectivas de una recuperación mundial significativa no se esperan hasta mediados del próximo año y, para algunas economías, deberá pasar mucho más tiempo”. En el ámbito europeo, si el presupuesto no sale del callejón sin salida en el que se encentra, los plazos se alargarán con toda seguridad, las economías más vulnerables verán agravada su vulnerabilidad y los segmentos de población más castigados serán prisioneros de una situación imposible.

También Hungría y Polonia sentirán los efectos perniciosos del estancamiento, pero es evidente que la preocupación de sus gobernantes por ese dato es irrelevante frente a la perspectiva de perseverar en un discurso nacionalista capaz de movilizar a electorados desorientados, dispuestos a agrandar el poder de quienes quieren reducir el proyecto político europeo a su más mínima expresión. Sin duda, el ejemplo británico les ha llevado a radicalizar el mensaje de que, más allá de lo meramente económico, las exigencias de Bruselas son una intromisión inaceptable en la soberanía nacional, de lo que se colige que no es de recibo que la UE imponga condiciones de índole política a lo que es solo un mecanismo para activar la economía.

Es innecesario subrayar que mientras la economía espera sin fecha la respiración asistida, aumenta la sensación de ahogo. Traducción práctica: un aumento acelerado de las desigualdades, del número de empresas al borde del abismo, de la renta familiar en caída libre y del derrumbe estruendoso de sectores clave como el turismo y los servicios. Las campañas de vacunación masivas salvarán muchas vidas y acaso a la vuelta de un año la relación con la enfermedad haya cambiado de forma radical, pero con ser este un factor necesario, no es suficiente. Basta recordar que, con pequeñas diferencias porcentuales, las rentas familiares europeas destinan dos tercios al consumo para comprender que urge a la UE romper el bloqueo ultra.

No es fácil dar con la salida de esta encrucijada, pero hay que encontrarla sin dañar las señas de identidad europeas. No hay alternativas a la preservación del Estado de derecho ni es asumible un trato deferente o contemporizador que permita a los gobernantes húngaros y polacos abundar en un autoritarismo siempre en aumento. Ni es aceptable eliminar condiciones que la tradición democrática ha consagrado. El artículo 7 del Tratado de la Unión prevé un sistema de vigilancia y sanción de un socio cuando vulnere los fundamentos del Estado de derecho, pero impone que las penalizaciones se aprueben por unanimidad de los demás socios. No hace falta decir que la unanimidad es imposible en este caso porque Polonia nunca se sumará a la hipotética imposición de sanciones a Hungría y viceversa. El sistema es en cierto modo perverso, pero es el que es y modificarlo supone escalar un muro de altura desconocida.

La situación pone en evidencia una vez más dos hechos relevantes: la debilidad institucional de la UE cuando es necesaria la unanimidad y la complejidad sobrevenida a raíz de la ampliación de 2004. Ciertamente, la complejidad ha sido desde los días fundacionales una característica de la construcción europea; la novedad es que surja en su versión más absoluta y menos manejable en un momento de urgencias manifiestas. Lo que lleva directamente a concluir que Europa necesita de forma perentoria hallar el desvío que permita desactivar el chantaje húngaro y polaco, un desafío que entusiasma a las extremas derechas en ebullición.

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