About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.

Baviera marca el camino

El batacazo de la CSU en las elecciones celebradas en Baviera es una señal más de la transformación de los partidos y los electores de perfil conservador. La irrupción de la extrema derecha en la política alemana, con una confortable presencia en el Bundestag, ha llevado a la CSU a asumir parte de la gesticulación pública y los eslóganes de Alternativa para Alemania (AfD por sus siglas en alemán), pero como suele suceder casi siempre en los casos de imitación oportunista del adversario, es este quien sale beneficiado y no el imitador. O lo que es lo mismo, entre el original y la copia, muchos votantes prefieren al primero.

Si hasta la fecha se ha dicho que la izquierda tradicional europea no sale de su desorientación y pena su incapacidad para disponer de un programa propio poscrisis, ahora cabe decir lo mismo del universo conservador, zarandeado por la extrema derecha. Los flujos migratorios, la convivencia con el islam en suelo europeo y el terrorismo global, más una eurofobia sin descanso, han alimentado los programas ultra, simplificando al máximo los problemas y las soluciones, como si la complejidad extrema del momento pudiera gestionarse con enunciados tan genéricos como cerrar las fronteras, salir del euro o poner en marcha un proceso masivo de repatriaciones. El líder de la CSU, Horst Seehofer, ministro del Interior –y de Patria, una aportación suya de inquietante significado–, da la impresión de haber olvidado la sentencia de Konrad Adenauer: “La historia es la suma total de todas aquellas cosas que hubieran podido evitarse”.

El contagio del virus ultra se extiende entre las derechas convencionales a la velocidad propia de las grandes epidemias. El caso de Vox, con un Vistalegre lleno en el zurrón, no es ajeno a los giros hacia la derecha de la derecha del PP y de Ciudadanos, temerosos de que finalmente la segmentación del voto conservador les condene a la derrota electoral. El temor a aparecer demasiado blandos, demasiado contemporizadores, demasiado liberales y poco nacionalistas lleva a algunos de sus dirigentes a subrayar sus coincidencias con los propósitos que animan a Vox, retardatarios cuando no claramente contrarios a la Constitución (la supresión de las autonomías, por ejemplo).

Se frustra así el papel moderador de la democracia cristiana y afines en entornos tan distintos como Alemania, Italia, Austria y en España al final del franquismo al neutralizar los ímpetus de la extrema derecha en sus diferentes versiones. Una operación que condenó a los irreductibles a la irrelevancia durante décadas, convertidos poco menos que un pintoresco residuo del pasado. Carente de líderes asentados y de una base electoral suficiente, el universo ultra hubo de recorrer una larga travesía del desierto hasta que el coste social de la salida de la crisis económica, la decepción de una parte de los más vulnerables con los partidos tradicionales y la insensibilidad de los tecnócratas de la UE al hacer el recuento de bajas puso en bandeja el renacimiento de los partidos con una nueva generación de líderes: Marine Le Pen, Frauke Petry, Matteo Salvini, Geert Wilders, Heinz-Christian Strache y otros menos renombrados.

La mayoría de ellos remaron contracorriente durante muy poco tiempo: si las elucubraciones del Tea Party fueron una primera fuente de inspiración, junto con el legado de la extrema derecha de entre guerras, la victoria de Donald Trump les procuró un líder universal, predicador de la nación agresiva frente al multilateralismo pactista, liquidador del statu quo y de la globalización. Puestos a minar la UE y las exigencias políticas de Bruselas, hallaron en Trump el pilar adecuado para debilitar la propuesta europeísta y sumarse a la labor de zapa de estrategas como Steve Bannon y otros ideólogos del nacionalismo de última generación, tan ajeno al cosmopolitismo que alienta en el proyecto europeo.

Basta sumar la inclusión de programas sociales en las arengas de la extrema derecha para comprender lo atractivo de la oferta en caladeros tradicionales de la izquierda golpeados por la crisis, sometidos a las políticas de austeridad y condenados a  sufrir un mercado laboral precario (pobres con trabajo). Los resultados en la periferia de París de la elección presidencial de mayo de 2017 –victoria de Emmanuel Macron– ilustran sobradamente este fenómeno de transferencia del voto de izquierdas al lado opuesto del espectro político y contribuyen en todas partes a ahondar la desorientación de la izquierda tradicional, a dar vida a proyectos políticos de influencia limitada –los insumisos en Francia– y a alentar diferentes formas de populismo progresista que impugnan el reparto de papeles en los regímenes democráticos.

La más genuina diferencia entre Alemania y casos como los de Francia y España, es que la configuración del Parlamento está lejos de compensar el afloramiento de la extrema derecha con una similar capacidad de movilización de nuevas formas de la izquierda –Die Linke es un partido estancado–, capaces de retener una parte del electorado que ha abandonado a la socialdemocracia (SPD). Los resultados de Baviera tienden a consolidar ese modelo y ahora la mayor de las incógnitas es saber hasta qué punto el traspiés bávaro de la democracia cristiana puede repetirse a escala federal. Porque si, como parece, Angela Merkel se ve obligada a adelantar las elecciones, someterá a su partido, la CDU, a una dura prueba de resistencia frente a las acometidas de AfD y a la prédica nacionalista y poco menos que xenófoba de la CSU, cada vez más presunta aliada y menos aliada sin más de la CDU.

Resulta innecesario subrayar que una Alemania enfrentada al desafío de AfD influiría en el curso de los acontecimientos en el resto de la UE y daría alas a la extrema derecha en todas partes. No es ni exagerado ni grandilocuente imaginar que los sucesivos ascensos en los resultados obtenidos por AfD mejoran las perspectivas del voto ultra, amenazan el proyecto político europeo y contribuyen a endurecer los programas de la derecha tradicional por esa tendencia suya a intentar la neutralización de sus adversarios ultraderechistas mediante la asimilación de parte de sus programas. Y sobre todo de su lenguaje, de un léxico agresivo y extemporáneo que lo mismo le vale a Pablo Casado para referirse a un supuesto efecto llamada en el Estrecho, que a Horst Seehofer para amenazar con el cierre de fronteras.

Quienes se adueñan del lenguaje, siquiera sea para amedrentar, tienen mucho camino recorrido, porque al final es el instrumento para prometer la Luna, desacreditar a los rivales y administrar las victorias. Si la apropiación se produce en entornos marcados por las desigualdades y la decepción de los ciudadanos, entonces se dan dos de las condiciones básicas para que los demagogos sin escrúpulos se suban a la tribuna y atraigan voluntades.

Desafío ultra en Brasil

La espectacular victoria del candidato ultraderechista Jair Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas desvela el alcance del desgaste del sistema de partidos, el cansancio de una opinión pública harta de asistir a la degradación acelerada de los gobernantes y enfrentada al estancamiento económico. A un paso de la presidencia y muy por delante del candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, la fuerza de su acercamiento al poder se corresponde a un tiempo con su habilidad para utilizar las redes sociales y desacreditar a sus adversarios, incapaces de despegarse de los escándalos que menudean en los salones del poder sin distinción de colores y desde tiempo inmemorial.

No es que de forma inesperada y repentina el grueso del electorado brasileño se haya convertido al racismo, la homofobia y otras lacras aborrecibles, sino que busca una salida al laberinto, y Bolsonaro, un admirador de la dictadura militar, la mano dura y la política de tierra quemada, defiende una propuesta extramuros del sistema, un populismo desacomplejado y ruidoso que promete lo que otros prometieron antes sin éxito o con eficacia limitada, sin vínculos que se sepa –quedan dos semanas de campaña– con las vergüenzas del establishment. En todo caso, los tenga o no, la carrera de Bolsonaro, sacudida por el ataque que sufrió durante un mitin en plena calle, se resume en un puñado de propuestas de corte neoliberal –privatizaciones, capitalización de las pensiones a través de los bancos, reforzamiento de los estándares de seguridad, etcétera– que atraen por un igual al mundo financiero y a las clases medias urbanas sometidas todos los días a la ducha escocesa de las promesas por cumplir y la multiplicación de escándalos por dilucidar.

A todo lo cual debe sumarse el apoyo indisimulado de los grandes holdings de comunicación, de la Bolsa de Sao Paulo y de las finanzas globales arraigadas en Brasil. Un apoyo que obedece tanto al deseo de desembarazarse de los programas sociales sostenidos por la izquierda con desigual suerte como al hartazgo de las clases medias, que han observado desalentadas cómo Brasil se ha convertido en un foco de contagio de varias formas de corrupción rampante en la periferia –Perú y Ecuador, los escenarios más recientes–, sin que el sistema haya sido capaz de sanearse a pesar de las proclamas de todos los líderes.

En un artículo publicado en el periódico O Estado de Sao Paulo, el historiador Alberto Aggio analiza lo sucedido en su país el 7 de octubre y concluye que ha consagrado la desaparición de facto del centro político, disputado por la izquierda y la derecha durante treinta años mediante un sistema de alianzas que se ha hundido. “El fuera esto o fuera aquello y el nosotros contra ellos produjeron un campo de hostilidades que hizo prosperar la intolerancia y el odio –escribe Aggio–. El rechazo a los políticos y a los partidos ganó corazones y mentes e instauró el reino de la antipolítica en sus diferentes versiones: de las visiones plebeyas a las neoliberales, todas pasaron a buscar un mundo a su imagen y semejanza. Es una victoria de la cultura narcisista y una derrota de la cultura democrática”.

Es también el resultado de una sociedad extremadamente dual, polarizada, con desigualdades lacerantes, que hizo del PT de Lula da Silva la esperanza de los desposeídos y del Movimiento Democrático Brasileño y sus herederos del siglo XXI, la referencia política de las clases acomodadas. Lula llegó a la presidencia con el objetivo de que todos sus conciudadanos tuvieran garantizadas tres comidas al día y de que la pobreza extrema dejara de ser una de las señas de identidad del país: lo consiguió en parte, pero entre la sospecha, la conspiración política y la sentencia condenatoria, la estrella de Lula se apagó. Se apagó asimismo la de la presidenta Dilma Rousseff, apartada del cargo, pero el mandato de Michel Temer, tan bajo sospecha como sus antecesores, anduvo lejos de mejorar las expectativas del centroderecha.

De tal manera se encadenaron los acontecimientos que, salvo enorme sorpresa, un exmilitar ajeno a los compromisos democráticos ganará la poltrona del palacio de Planalto en Brasilia y se cerrará un nuevo ciclo en América del Sur, con todos los grandes países del continente en manos de conservadores, pero ninguno tan extremo como Bolsonaro. A través de una ley del péndulo, la hegemonía política en el universo latinoamericano la tendrá la derecha, y la izquierda posibilista solo retendrá un escenario influyente: México. Justo lo contrario de lo que sucedía hace una década, cuando era México el único gran país de la región gobernado por un conservador. Todo lo cual pone de manifiesto la incapacidad de los líderes de la izquierda de aproximar el cumplimiento de los programas a lo prometido en campaña y, al mismo tiempo, su propensión a caer en las mismas servidumbres y manejos que sus adversarios de la derecha.

Para Alberto Aggio, la conquista del centro por uno de los extremos es el único mecanismo que puede moderar la ley del péndulo, de derecha a izquierda, y vuelta a la derecha, dando bandazos cada pocos años, con promesas inaplicables o decepciones encadenadas de los electores. “La llegada de dos polos excéntricos a la segunda vuelta no fue un rayo de luz en el cielo azul –afirma Aggio–. El hundimiento del centro político acabó produciendo una situación paradójica: el centro pasó a ser el objeto del deseo de los dos extremos. El centro está muerto. ¡Viva el centro! Su conquista será lo que definirá la segunda vuelta. Y, en el caso brasileño, no solo la futura gobernabilidad, sino la posibilidad real de que el país continúe viviendo en democracia”.

La pregunta obligada es casi imposible de responder: ¿quién está en mejor situación de atraer el centro y condicionar su acción de gobierno? En todo caso, la respuesta alterará en gran medida la evolución de los dirigentes de Colombia, Chile y Argentina, con programas económicos tan cercanos al de Bolsonaro como alejados del de Haddad. Porque Brasil es, sin duda, el país más influyente del continente, un gigante económico en crisis, pero gigante al fin, con independencia de quién dé órdenes en el puente de mando.

El programa de Macron, en duda

El debilitamiento de la presidencia de Emmanuel Macron después de menos de año y medio en el palacio del Eliseo pone de manifiesto las dificultades para configurar experimentos políticos que pretenden ser una versión poscrisis de las en otro tiempo llamadas terceras vías. La República En Marcha (LREM), el partido creado por Macron para convertirse en jefe del Estado, es un conglomerado heterogéneo en el que conviven exsocialistas, centristas, ecologistas templados, liberales y aspirantes a políticos sin adscripción ideológica precisa. Es también un recinto en el que junto a debutantes en el oficio figuran veteranos en la brega política diaria –Édouard Philippe, Gerard Colomb, ministro del Interior hasta que dimitió el miércoles–, con claro predominio de la familia europeísta liberal, dispuesta a hacer pasar a Francia por un proceso de reformas guiadas por la austeridad presupuestaria, un cambio radical del mercado de trabajo y una revisión no menos radical de los privilegios de que disfrutan los empleados de la función pública.

El compromiso europeísta de los integrantes de LREM nadie lo discute, pero el corte merkeliano del programa de Macron para Francia, tampoco. Bruno Le Maire, un enarca clásico, es el ejecutor de este programa, apegado al rigor económico y poco dado a girar la vista atrás y adaptarse a algunas de las más arraigadas tradiciones políticas francesas: la fuerza de los sindicatos, el conservadurismo católico con inquietudes sociales, el legado comunista, las referencias de Charles de Gaulle y François Mitterrand para quienes conservan una “cierta idea de Francia” –la frase es del general en sus memorias–, el poder de facto de los funcionarios y otros factores esenciales en la configuración del perfil de la república. Muchos de estos ingredientes son lastres objetivos para la modernización del Estado, de la economía y de la viabilidad de los programas sociales, pero arramblar con todos es una empresa inmoderada, por no decir perniciosa para preservar la cohesión social y dejar a salvo el pacto republicano.

La pérdida de popularidad sin freno de Macron es consecuencia directa de esta idea de renovación del Estado desde la trinchera liberal –¿neoliberal quizá?–, que persigue la modernidad, pero alarma a los jóvenes sin trabajo o con empleos precarios, a las rentas más bajas de las sociedades urbanas, a una parte del mundo académico y las fuerzas en orden disperso que un día se sintieron representadas por las izquierdas clásicas y el nacionalismo socializante concretado en el gaullismo. Como escribía un editorialista a raíz de la dimisión del ministro de Transición Ecológica, Nicolas Hulot, Macron ha hecho demasiados enemigos en demasiado poco tiempo y ahora, cuando se impone una renovación del Gobierno –Colomb es el séptimo en dejar su cartera–, la pregunta de la portada del progresista Le Monde, “¿qué remodelación para salir de la crisis?”, es casi una forma encubierta de preguntar si el presidente y su Gobierno están en condiciones de salir de la crisis (de esta y de las futuras y previsibles).

El debilitamiento de Macron enardece a la extrema derecha, suministra argumentos a Marine Le Pen para calentar sus proclamas eurófobas y mantiene a Francia en la lista de países en los que el desafío del populismo ultra puede alterar el perfil del Parlamento Europeo que se elegirá en mayo. Esto es, la crisis francesas es, al mismo tiempo, una crisis europea en potencia, o acaso no tan en potencia habida cuenta de que coincide con las dificultades cada vez mayores que afronta Angela Merkel en Alemania, donde debe torear con las tensiones lógicas en toda coalición con las menos lógicas con los aliados históricos de la CDU, los democristianos bávaros de la CSU. Dicho de otra forma: sin estabilidad para que funcione la complicidad franco-alemana, con el brexit sin un desenlace tranquilizador y demasiados socios de la UE dispuestos a saltarse las reglas básicas del club, la debilidad de la pareja Macron-Merkel es, al mismo tiempo, la debilidad de Europa.

La energía y audacia que observa Jack Lang, exministro de Educación y Cultura de Mitterrand, en el comportamiento de Macron se antojan insuficientes para salvar el momento sin graves daños. Como el propio Lang reconoce en una entrevista con el periódico conservador Le Figaro, en un régimen parlamentario, después de la renuncia de Colomb, la crisis de Gobierno estaría servida y acaso zozobrara la cohesión de la mayoría con una composición tan variada como la de LREM. Una reflexión que no le impide alabar el “estilo de acción” del presidente, algo que apreció en Nicolas Sarkozy el establishment francés, del que Lang forma parte, y que echó en falta en François Hollande.

La pregunta que cabe formular en relación con la crisis francesa, entre otras muchas, es si una maquinaria electoral de perfil ecléctico, que pretende ser una herramienta política de renovación sin entrar en demasiados detalles ideológicos, puede ser también un instrumento de gestión política cohesionado, en cuyo seno sean más numerosas las certidumbres y los cambios viables que las contradicciones. La misma o parecida pregunta se planteó a las terceras vías, barridas por la victoria de George W. Bush en 2000, la complicidad británica en la estrategia de seguridad de Estados Unidos –la guerra de Irak– y el desastre aún no superado de la crisis iniciada en 2008, entre otros muchos sucesos que dejaron desnudos a los teóricos de aquella no tan lejana propuesta.

La modernidad de Macron presta muy poca atención al recuento de posibles víctimas provocadas por un pretendido cambio de paradigma que acaso tenga justificación contable, incluso puede ser necesario para salvar los muebles del Estado del bienestar, pero también puede dejar a muchos en la cuneta de la historia. Por lo demás, bastantes de los objetivos del presidente de Francia suenan a cosa sabida, bajo sospecha, apegados a las indicaciones de los think tank, pero alejados del pulso de la calle, instalada en la decepción y donde es tan importante el voto a favor de alguien como el voto contra alguien. Algo cada vez más frecuente cuya consecuencia inmediata es que apenas existe complicidad e identificación con el ganador –Macron en 2017– y al primer contratiempo se rompe el tenue hilo que une a los votantes con el candidato que votaron. Eso sucede en Francia y no hay pistas para creer que se corregirá la tendencia.

 

El ‘brexit’ ahonda las divisiones

Si el voto a favor del brexit en el referéndum de junio de 2016 fue un factor de división en la sociedad británica, la negociación de los términos de la salida lo es doblemente porque ha dañado la cohesión de los dos grandes partidos del Reino Unido y figuras políticas relevantes, una parte importante de la comunidad académica y en términos generales el mundo de la cultura han levantado un muro frente a la provocación de Theresa May: es preferible un brexit sin acuerdo que un mal acuerdo. Al llamado plan de Chequers, defendido por la primera ministra y rechazado por la Unión Europea, apenas le quedan partidarios, las encuestas delatan una disparidad radical de criterios entre jóvenes y mayores y el griterío populista sube el volumen –Boris Johnson, uno de los oradores más destemplados–, mientras el mundo financiero se tienta la ropa y teme que se consume el disparate desencadenado por David Cameron.

A medio año de distancia del fatídico 29 de marzo, día en el que, si nada lo remedia, se consumará el brexit, laboristas y conservadores andan buscando la cuadratura del círculo, y al mismo tiempo, personajes como los alcaldes de Londres y Manchester reclaman la celebración de otro referéndum que permita saber si de verdad divorciarse de la UE es la opción que prefieren más británicos o, por el contrario, son muchos los arrepentidos, los deseos de rectificar su voto y ahuyentar el fantasma de la ruptura. Lo que parecía imposible en junio de 2016 se ha producido: la tozuda realidad se ha impuesto y los temores a un fiasco económico aumentan a cada día que pasa.

Jeremy Corbyn, líder laborista instalado en la duda hamletiana desde su euroescepticismo poco menos que confeso, reconoce ahora que salir de la UE sin un acuerdo “corre el riesgo de ser un desastre nacional”. Y lo dice después de deshojar la margarita antes, durante y después del congreso de su partido en Liverpool, del que salió debilitado por no decir desairado por los remainers (los que quieren seguir en la UE), encabezados por Keir Starmer, responsable de seguir las negociaciones del brexit en el Gobierno en la sombra. Quizá podía haberse referido al “desastre nacional” antes del referéndum, cuando su tibieza facilitó la labor de los promotores de la salida, pero lo dice ahora porque no le queda más remedio, porque en el congreso fue manifiesta la mayoría partidaria de celebrar una nueva consulta, no sobre el acuerdo final que alcance May, sino sobre la cuestión de fondo: nos quedamos o nos marchamos.

Lo que le gustaría a Corbyn sería un adelanto electoral si los Comunes votan en contra del acuerdo que arranque la premier a Bruselas, cada día más improbable. Pero, como se dice ahora, esta pantalla quedó atrás hace tiempo, la discusión ya no es sobre la bondad o el daño que causará el brexit –más, esto último–, sino cómo evitarlo o cómo perseverar en él, aunque sea a un altísimo precio. Además, la perspectiva de un adelanto electoral es un futurible que atemoriza a los conservadores, enzarzados en una batalla por el poder más cruenta si cabe que la de los laboristas habida cuenta de la energía desplegada por los euroescépticos para presentarse ante la opinión pública como los defensores de un brexit duro, sin concesiones o pactos con la UE (eso dicen al menos).

Cuando esta próxima semana sea Theresa May la que se someta al dictamen del congreso conservador contarán sus competidores con el apoyo entusiasta del trumpismo, de los adscritos a la operación dirigida por Steve Bannon para unir a las diferentes extremas derechas europeas para minar la UE y del conglomerado de adversarios de todo pelaje y condición cosechados por la Europa unida. El programa de Chequers quedará tan lejos a pesar de su corta vida, que la discusión sobre el mantenimiento del Reino Unido dentro de la unión aduanera y el problema de la frontera entre las dos Irlandas, tan debatidos ambos asuntos, acaso se desvanezca y lo que domine las discusiones sea simplemente la punga entre aspirantes a ocupar la silla de May. Cuando la secretaria de Interior, Amber Rudd, se refiere a los enemigos surgidos en el Parlamento para un posible arreglo parecido al tratado de libre comercio Canadá-UE, parece hacer referencia a esta guerra de trincheras desatada y su imprevisible desenlace.

La presencia de Jeremy Corbyn en Bruselas para entrevistarse con Michel Barnier, el negociador de la UE, y con Martin Selmayr, secretario general de la Comisión Europea, no está exenta de la ambigüedad practicada por el líder laborista. ¿Va Corbyn a prometer el apoyo a un brexit decoroso, sin sobresaltos irremediables? ¿Acude a Bruselas con algún programa propio bajo el brazo, parecido quizá al programa de Chequers, pero con mejores anclajes y compromisos con la UE? ¿O se trata simplemente de un gesto para que no se diga que es insensible a las inquietudes del congreso del partido y que prefiere esperar y ver? Conocer las respuestas a estas preguntas es esencial para saber qué papel desempeñara el laborismo a partir de ahora en este laberinto sin salida, en este viaje hacia lo desconocido.

El Financial Times, portavoz de una City alarmada, ha publicado un estudio sobre las posibilidades de celebrar un nuevo referéndum a partir de la situación creada por Theresa May, al ver rechazado el plan de Chequers, y por la militancia laborista, al dar su apoyo entusiasta a los remainers. Aunque en el análisis del periódico hay una dosis evidente de preferencia por una nueva consulta, ciertamente nunca se dieron tantos factores para que sea posible preguntar de nuevo: ¿quieren abandonar la UE? Pero a nadie escapa que una nueva convocatoria entraña un elevado coste político, puede dar pie a una crisis constitucional de gran alcance y no suturará las heridas abiertas por el resultado de 2016: el voto diferente en Inglaterra y Escocia, la división tajante entre las grandes ciudades y el resto del país y la sensación de que, si no hay brexit, subsistirá una incomodidad manifiesta en segmentos importantes de la sociedad británica que seguirán reclamándolo, que siguen pensando que el canal de la Mancha es el mejor regalo que la naturaleza hizo a las islas para mantenerlas separadas del continente.

 

Acercamientos y recalentamiento del ‘procés’

El último episodio del procés, el de los mensajes difundidos en un chat por jueces de perfil presumiblemente conservador, no hace más que avivar el fuego, enardecer la controversia y dañar la imagen global de unos funcionarios públicos que más parecen adscritos a las pasiones de la política y los políticos que a la tantas veces invocada fría ecuanimidad de quienes tienen por misión aplicar la ley a quienes la infringen. Las informaciones de eldiario.es y elmon.cat confirman, además, la división tajante dentro de la carrera judicial –críticas dirigidas a las organizaciones de orientación progresista: Jueces para la Democracia y Ágora Judicial– entre lo que bien cabe calificar de togas airadas y cuantos manifiestan su preocupación frente a lo que entienden que se trata de una minoría –el chat tiene más de 5.000 usuarios– que expresa “un pensamiento tan ofensivo”.

En pleno calendario recordatorio de los sucesos de hace un año, de aquella sucesión de jornadas alejadas de todas las convenciones políticas conocidas, los mensajes divulgados contribuyen a agrandar las dificultades para sistematizar la crisis y acotar el terreno de juego. Si cada día surgen nuevos factores de inestabilidad o desconcierto que modifican lo hasta entonces sabido, engordan los respectivos memoriales de agravios y enriquecen las arengas de los hiperventilados a ambos lados de la divisoria, mal puede serenarse el debate, la negociación o los acercamientos en curso.

De nada vale apelar a la consabida recomendación de que no debe confundirse la parte –los autores de los mensajes– con el todo –los integrantes de la carrera judicial– cuando toda ocasión es buena para desacreditar al adversario, haya o no motivos suficientes para hacerlo. Resulta por lo demás ingenuo dar pábulo a la creencia de que las opiniones contenidas en los mensajes no recogen el sentir de una parte de la judicatura, defraudada con la suerte corrida por las euroórdenes del magistrado Pablo Llarena y asaeteada por las críticas movilizadoras del independentismo catalán más un conglomerado de voces de diferentes izquierdas.

El desaparecido Butros Butros-Ghali, viejo zorro de la política, sostenía que para iniciar una negociación con futuro hay que dejar a un lado cuanto sucede a partir del momento en que se empieza a hablar, porque toda negociación, decía, tiene siempre enemigos que se oponen a ella. Pero en el procés no se ha llegado a este punto, sino más bien a una terra ignota en la que cada día surge una nueva trampa para osos, un exabrupto ofensivo, una convicción desmadrada o cualquier otro ingrediente que llena de riesgos la exploración para hablar y acordar. Lo mismo vale bloquear una moción en el Congreso para negociar con el Gobierno de acuerdo con la ley –victoria del independentismo fundamentalista– que asegurar la presencia de la Generalitat en la Comisión de Financiación Autonómica –triunfo del nacionalismo posibilista– para alterar los biorritmos: cada parte se frota las manos o se rasga las vestiduras según los casos, el momento, las mayorías y la política de las emociones en la vía pública.

En este terreno abonado a la simplificación de los argumentos, los populismos de nuevo cuño (quizá no tan nuevo) fundamentan su discurso a voces y creen que pueden erosionar de una sola tacada la imagen del Gobierno y la facción más realista del independentismo. Las piezas a cobrar son Pedro Sánchez, con las encuestas de cara, y la voluntad electoral de la España alarmada por el desafío catalán al orden constitucional, y ahí vale todo o poco menos, llenas las tribunas de exaltados que piden la vuelta al 155 y su aplicación sine díe mientras la ANC, Òmniun Cultural, los CDR, la CUP y un variado tutti fruti de siglas reclama la república exprés en medio de un mar de lazos amarillos.

Estos jueces del chat, con su recurso a adjetivos hirientes y consideraciones más propias de los excesos verbales de una sobremesa que del ilustre colectivo al que pertenecen, han rendido un impagable servicio a los exaltados adscritos al cuanto peor mejor. Lo dejado por escrito por estas señorías vale lo mismo para un roto que para un descosido, es tan útil a los que se mudaron a Bélgica hará pronto un año como a los que creen que la defensa de la unidad ha quedado en manos de los jueces, y cualquier alternativa no es más que blandenguería posmoderna. Ahí están las cuatro exigencias hechas por Quim Torra a renglón seguido de la publicación de los mensajes de los jueces y los aplausos de la derecha para confirmar que en este laberinto de pasiones todo el mundo es capaz de sacar tajada de cualquier situación. Y aun así resulta poco realista suponer que el tropiezo puede cercenar los movimientos de aproximación o de tanteo entre Madrid y Barcelona, que existen y tienen en un grito al independentismo sin fisuras y al nacionalismo español.

Por más que Carles Puigdemont pida a los catalanes afectos a su causa que “se planten” –poco antes declaró que la independencia será para dentro de 20 o 30 años– y que el president Torra, auxiliado por la ANC y Òmnium, haya convertido el primer aniversario del 20-S en un alegato contra el sistema judicial (una multitud frente a la Conselleria de Economia), solo una componenda presentable y defendible puede sacar al convoy de la vía muerta en el que quedó aparcado después del choque de trenes. Si no fuera así, carecerían de sentido el bloqueo del Parlament, que sigue cerrado por el desacuerdo entre independentistas, las palabras de Josep Borrell y Meritxell Batet lamentando las prisiones preventivas, tan inconvenientes para lograr que baje el souflé, y tantas declaraciones solemnes que luego no se traducen en nada, pero que alimentan la política del balcón tan diferente siempre a lo que se cuece entre bambalinas.

Fuego cruzado sobre Trump

La publicación en The New York Times de un artículo anónimo en el que un alto funcionario de la Casa Blanca cuenta el empeño de una parte del personal del Ala Oeste en diluir bastantes iniciativas del presidente Donald Trump, de forma especial aquellas que interesan las políticas exterior, de defensa y económica, no hace más que reforzar la imagen de conjunto de la presidencia que transmite el libro Fear (miedo), de Bob Woodward, próximo a publicarse. Atendiendo a la solvencia del diario y del veterano periodista de The Washington Post, solo cabe concluir que la situación que se da en el Despacho Oval es insólita o solo comparable con aquella otra que envolvió en una densa niebla envenenada el segundo mandato de Richard Nixon. La gran diferencia entre Nixon y Trump es que el primero fue un profesional de la política, conocedor de los códigos y los detalles de la guerra fría, y en cambio quien hoy ocupa el puente de mando muestra permanentemente un desconocimiento enciclopédico de asuntos cruciales sobre los que debe tomar decisiones.

Aunque no deja de ser una anormalidad la publicación de un artículo sin firma –una decisión que incluso puede considerarse discutible aunque el medio afirma conocer la identidad del autor–, su contenido es tan explícito y se aproxima de tal manera a revelaciones anteriores que es difícilmente impugnable como testimonio de una realidad demasiadas veces insinuada o descrita por otros autores. Las “decisiones imprudentes” a las que se refiere el alto funcionario confirman algunos detalles aportados por Michael Wolff en Fuego y furia, lleno de pirotecnia sensacionalista, y, desde luego, se antojan del todo consistentes con el minucioso trabajo de investigación de Woodward, el mismo que junto a Carl Bernstein destapó el escándalo Watergate (junio de 1972-agosto de 1974). El twit del presidente en el que se pregunta si el prestigioso periodista es “un operativo demócrata” apenas sirve para contrarrestar el efecto que sobre la campaña de las elecciones midterm –a dos meses vista– puede tener el caudal de informaciones por lo menos preocupantes que degradan la imagen de Trump más allá de los límites de sus adeptos irreductibles (el 35% del electorado, según algunas encuestas).

“La lucha surrealista entre Trump y al menos algunos miembros de su propio equipo ha caracterizado su mandato desde el principio, pero se extendió a la opinión pública esta semana de una manera que plantea preguntas sobre la capacidad del presidente para gobernar y las responsabilidades y deberes de las personas que trabajan para él”, se afirma en The New York Times. Es tanto como decir que en la Casa Blanca se da una doble inconsistencia: la del presidente, carente de la formación y el carácter necesarios para desempeñar el cargo, y la de un equipo de colaboradores y asesores que cobija a no pocos expertos que disienten de Trump y porfían para evitar que se lleven a la práctica ideas descabelladas, inoportunas o altamente peligrosas para la seguridad nacional (un ataque preventivo contra Corea del Norte, una operación para asesinar a Bashar al Asad, la retirada del contingente desplegado en Corea del Sur y otros disparates supuestamente evitados por funcionarios civiles y militares de alta graduación).

Es improbable o poco creíble que lo desvelado esta última semana sea fruto de la inquina y el sentimiento de frustración de personas resentidas. Muchos de los nombres citados por Woodward en su libro son políticos experimentados, militantes del Partido Republicano o cercanos a él a quienes es casi imposible imaginar sometidos a la estrategia electoral del Partido Demócrata, y militares educados en el sometimiento a las decisiones del comandante en jefe. Si se ha quebrado ahora esta tradición, si se ha instalado en el Ala Oeste la creencia de que es necesario controlar al presidente –incluso neutralizarlo– si corre riesgos excesivos, poco meditados o sin fundamento, es a causa del desbarajuste, la tendencia de Trump a la sal gruesa y al desplante sistemático y la desorientación de los aliados, que cada vez con mayor frecuencia no dan crédito a cuanto procede de Washington.

Hay, al mismo tiempo, una creciente desconfianza en los salones del poder en relación con el conflicto de intereses entre el programa político de Trump y los objetivos financieros de un millonario de Manhattan con un currículum empresarial no siempre ejemplar y transparente. Pasó en Italia con Silvio Berlusconi, pasa ahora con Mauricio Macri en Argentina, sucede en Chile con Sebastián Piñera, pero en ningún lugar tiene el eco que en Estados Unidos, con la constante exhibición de opulencia que hace el presidente mientras se dispone a recortar cuando no eliminar los modestos programas sociales puestos en marcha por su predecesor. Y esa desconfianza es especialmente relevante en cuanto atañe a las relaciones de Estados Unidos con Rusia, de Trump con Vladimir Putin, tan opacas y poco convencionales, alarmantes en algunos momentos para cuantos piensan que el presidente debe ser alguien previsible, que no defraude a los aliados ni los debilite.

Las señales que emite el entorno ciegamente fiel a Trump, que incluye a una de sus hijas y al marido de esta, no hace más que alimentar las sospechas de que en la cúspide del Estado se cruzan a todas horas los planes de un hombre de negocios, los objetivos de un gobernante ultraconservador y la falta de preparación de este para aceptar que no puede arramblar con todas las reglas y servidumbres del statu quo sin quebrantar el sistema de pesas y medidas heredado. Como escribió en su día Walter Lippmann, “la prueba final de un líder es que deja tras de sí en otros hombres la convicción y la voluntad de seguir adelante”, algo que está lejos de las posibilidades de Trump, siempre agresivo con las reglas escritas y no escritas de la política, la opinión de los entendidos y los instrumentos de la crítica (la prensa, en primer lugar). Cada vez que alguien intenta blindar la figura del presidente –el juez Brett Kavanaugh, elegido por Trump para ocupar una plaza en el Tribunal Supremo, el último de ellos– no hace más que erosionarla y recalentar el clima de sospecha generalizada.

Indira A. R. Lakshmanan, una comentarista del diario The Boston Globe, resume el momento en muy pocas palabras: “Si incluso la mitad de las historias que describen a Trump como no apto para el cargo son verdaderas, es la historia de terror de no ficción del año. Un escenario aún más aterrador es que todas las historias sean verdaderas”. El artículo se titula Crazytown [ciudad loca], USA: por fin hemos coronado la cima Trump, un recurso a la ironía que en nada reduce la sensación experimentada a menudo de que el inquilino de la Casa Blanca es un presidente peligroso.

Trump desconcierta a los aliados

Dos artículos publicados en días sucesivos –martes y miércoles– por The Washington Post reflejan con precisión la inseguridad y el desconcierto inducidos por la entrevista del lunes en Helsinki del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con el de Rusia, Vladimir Putin. Titular del primero de los análisis: La diplomacia disruptiva de Trump inspira temores sobre la posición de Estados Unidos en el exterior. Titular del segundo análisis: Mientras los rusos describen los “acuerdos verbales” en la cumbre, los funcionarios de EEUU luchan para aclararlos. Puede decirse que detrás de ambas piezas alienta una gran duda, desdoblada en dos preguntas: ¿hacia dónde nos lleva Trump? y ¿qué objetivos persigue?

La desorientación no se reduce a los medios de comunicación, incluida la más que conservadora Fox News. En el seno del Partido Republicano se alzan voces representativas de diversas facciones que no aciertan a comprender cómo Trump se atreve a denostar a la comunidad de inteligencia de su país y, al mismo tiempo, acepta la versión de Putin de que Rusia no interfirió en la campaña de 2016 aunque reconoce que prefería la victoria del candidato republicano a la de Hillary Clinton. El Partido Demócrata alerta de la presunta venalidad de Trump en este galimatías, del conflicto de intereses entre los negocios del presidente y su responsabilidad como comandante en jefe y de la imagen que proyecta en todo el mundo: la de un líder sometido o que coordina su estrategia internacional con los designios del Kremlin mientras las agencias de seguridad detienen a espías rusos en territorio estadounidense.

“El presidente Trump ha dado la vuelta al orden global establecido”, aseguran dos relevantes seguidores de la política de la Casa Blanca en las páginas de The Washington Post, y una escogida lista de entendidos en la materia corroboran esta afirmación. “El diálogo es útil, pero la cuestión es con qué fin”, declara Thomas Graham, un experto en Rusia que trabajó en la Administración de George W. Bush. Trump “ha basado su política exterior en su afinidad con el nacionalismo, reduciendo las relaciones globales a una transaccional suma cero de competencia entre naciones”, afirma Daniel Fried, diplomático especializado en Rusia y los países de Europa del este. “Trump está haciendo un daño enorme a un orden internacional que ya se deshacía”, subraya Ian Bremmer, del Eurasia Group.”Es increíblemente hostil para nuestros intereses y valores”, se lamenta Suzanne Maloney, de la Brookings Institution.

Si una organización tan conservadora como el American Enterprise Institute se preocupa hasta el punto de que Dan Blumenthal ve riesgos de todas clases en los tratos con Corea del Norte y entiende que el presidente está dispuesto “a hacer grandes apuestas y a agitar las cosas”, es que las incertidumbres son mayores de las previstas cuando empezó el mandato de Trump. Algo que corrobora la política impuesta por Mike Pompeo en el Departamento de Estado, que ha desorientado a los veteranos de la casa, a los diplomáticos que, con diferentes gobiernos y diferentes programas, supieron siempre que algunas reglas nunca variarían. En palabras de Thomas Graham, resulta especialmente desconcertante que se articule un espacio de diálogo con China, Corea del Norte y Rusia al mismo tiempo que “se socaba el diálogo históricamente muy productivo entre Estados Unidos y sus aliados europeos y de Extremo Oriente”.

Ninguna de las aclaraciones posteriores de Trump acerca de su acercamiento a Putin desvanece el recuerdo de su sorprendente comportamiento en Helsinki. Pesa más su opinión, difundida a través de Twitter, de que fue “una tontería y una estupidez” recelar siempre de Rusia –algo, por cierto, falso– que su ejercicio de hermeneuta de sus propias palabras. Ni siquiera la posibilidad deslizada por los departamentos de Estado y Defensa de nuevos acuerdos en materia de desarme ha serenado el ambiente, entre otras cosas porque ha trascendido que Rusia ha iniciado el desarrollo de un misil indetectable por el escudo antimisiles (un programa compensatorio de eventuales acuerdos para la reducción de arsenales).

El desmantelamiento del statu quo surgido del final de la segunda guerra mundial, corregido con el desmembramiento de la URSS y la quiebra de los regímenes socialistas, y definitivamente modificado por la economía global y las tecnofinanzas, lleva la nave del orden internacional a una terra ignota llena de peligros. Si toda la estrategia que sigue Trump obedece a su deseo de cambiar por completo las reglas que han regido hasta ahora sin contar con la complicidad de los aliados de siempre de Estados Unidos, hay que preguntarse quién o quiénes serán sus nuevos aliados instrumentales y con qué propósitos. Si el gran objetivo es neutralizar la competencia de la Unión Europea, limitar la expansión de China y contar con Rusia para alcanzar ambas metas, entonces es ineludible preguntarse hasta qué punto el presidente está dispuesto a ceñirse a las exigencias de Putin, un viejo zorro del KGB con una idea clásica de cuál debe ser el papel de su país en el trato con los occidentales y con China.

Dice el senador republicano John McCain, afectado de un cáncer incurable en el cerebro, que el comportamiento de Trump en Helsinki fue vergonzoso. Pero la altanería presidencial tuvo que ver con el propósito cada vez más notorio de desprestigiar, desbaratar o desacreditar las investigaciones en curso, que retratan a un personaje totalmente convencido de que el cargo justifica cualquier desmán si se alcanzan determinadas conquistas. Sería injusto atribuir a Trump la primacía en la consideración de que el fin justifica los medios, pero sería ingenuo no ponerle en el top ten de la lista siquiera sea por su reconocida habilidad para calentar la red con mensajes y juicios en los que las noticias falsas y los exabruptos son cosa de todos los días.

Cuando durante la presidencia de George W. Bush se multiplicaron los análisis dedicados a desentrañar su línea de conducta, se creyó que se habían rebasado para siempre todos los límites del conservadurismo sectario. Lo cierto es que, de acuerdo con la frase hecha, toda situación es susceptible de empeorar y el precipitado de la cumbre de Helsinki lo corrobora con pasmosa exactitud. El director de la Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Dan Coats, dijo en febrero que las elecciones del próximo noviembre para la Cámara de Representantes y el Senado son un objetivo de los hackers rusos –del Kremlin, debería quizá decirse–, pero Trump cree a Putin o simula creerle porque entiende que la intromisión rusa beneficiará a su círculo de extrema derecha para retener la mayoría en el Congreso. Los medios y los fines; el diseño de un orden nuevo e inquietante.

Lo peor del ‘brexit’ está por llegar

Las dimisiones de David Davis y Boris Johnson han dado carta de naturaleza a la impresión muy extendida desde hace tiempo de que la eurofobia fija la agenda de las negociaciones para la salida ordenada de la UE del Reino Unido. Colegir de la inmediata sustitución de ambos por Dominic Raab y Jeremy Hunt que la primera ministra, Theresa May, se mantiene en el puente de mando y controla la situación carece de fundamento: se desmorona el plan discutido el pasado fin de semana en Chequers para un brexit sin estridencias y el Gobierno británico aparece perdido en un laberinto de incongruencias y contradicciones. El artículo publicado el jueves en The Guardian por Henry Newman, director de Open Europe, en forma de carta dirigida a los embajadores y comisarios de la UE no hace más que subrayar algo por demás sabido: los europeos deben tomarse en serio el brexit blando defendido por May porque no hay alternativa mejor, menos hiriente.

Al recordar Newman que el interés británico por ingresar en la UE estuvo siempre relacionado con los intercambios económicos, y que esto es lo que pretende ponerse a salvo –“siempre hemos estado más interesados en las relaciones comerciales que en el proyecto político”–, no hace más que dar la razón a cuantos se alarman en la City con el brexit. ¿Por qué? Por el sencillo argumento de que incluso en el mejor de los desenlaces posibles, los británicos quedarán al margen de las decisiones que tomen los socios de la UE en el ámbito de la economía, pero deberán actuar en los términos aprobados en Bruselas, y aun estarán sujetos a lo que dictaminen o sentencien los tribunales europeos.

Es cierto, como afirma Newman en su carta-artículo, que si fracasa el brexit blando salido de Chequers, y por ahí van los tiros ahora, los perjuicios se percibirán a ambos lados del Canal en “el crecimiento económico y en la futura cooperación en materia de seguridad”, pero acaso la capacidad de reacción de las economías europeas sea mayor y más rápida, especialmente en la zona euro, y acaso también las políticas de seguridad se atengan a nuevos parámetros –una cooperación reforzada–, menos dependientes en todo caso de la estrategia de la OTAN. Y ahí también teme la City que la libra zozobre, el independentismo escocés se rearme, con efectos económicos inmediatos, y finalmente quede al descubierto la naturaleza fantasiosa de las ventajas de la salida proclamadas por los promotores del referéndum de 2016, aquel que nunca debió celebrase, según también opinan los gurús de la City.

La obsesión por la recuperación de cotas de soberanía exhibida por los brexiters más radicales apenas importa en una economía globalizada en la que el desarrollo de las potencias emergentes, un crecimiento raquítico de la demografía europea y el desafío tecnológico obligan a perseverar en los mecanismos de cooperación y en reducir el concepto clásico de soberanía a los asuntos con una repercusión estrictamente estatal o local, si es que tal cosa es posible (hay dudas sobre ello). La UE está minada por los achaques, las rivalidades entre gobernantes y el griterío nacionalista, pero es la única salida que tienen los viejos estados europeos para no caer en la irrelevancia o el servilismo.

Si el Gobierno británico sucumbe a la presión de los eurófobos, será aún más débil de lo que lo es ahora, quizá encadenará varias crisis y por último caerá. En este caso o con esta posibilidad en el horizonte inmediato, cabe preguntarse cuál es la alternativa verosímil. ¿Arreglarían algo unas elecciones anticipadas que dividirían a los conservadores más de lo que ya lo están? ¿Puede el Partido Laborista salir al rescate? ¿Es posible un nuevo referéndum? Ninguna de estas preguntas puede responderse con una afirmación: nada bueno presagian para el Gobierno unas elecciones anticipadas; nada se sabe de una alternativa laborista para destensar la negociación con la UE –Jeremy Corbyn, tan silencioso o contemplativo–; más impensable es aún abrir el melón de un nuevo referéndum después de asegurarse ad nauseam que no lo habrá.

Entonces, qué. Entonces está Donald Trump y su empeño de debilitar a Europa cuanto antes, de dividirla si es posible, de liquidar el statu quo y encabezar un nuevo sistema de alianzas que minimicen el papel de la UE. En esto cuenta con la cooperación inestimable de Vladimir Putin, con los propagadores de falsas estadísticas –las cifras manejadas por el presidente en la cumbre de la OTAN de esta semana eran completamente falsas– y con los teóricos del vínculo especial que debe unir al Reino Unido con Estados Unidos. Que esto suponga recuperar algunas migajas de soberanía es harina de otro costal, incluso es posible simular que tal cosa sucede con tal de reforzar la prédica eurófoba. Pero tal posibilidad sigue siendo un factor de preocupación de la City –el proteccionismo de Trump no tiene vuelta de hoja–, del mundo académico, de cuantos creen que el canal de la Mancha es un accidente geográfico, pero no la línea divisoria, el muro, la frontera culturalmente infranqueable entre ellos y nosotros.

“Un gobierno realmente sensato habría elaborado un plan sobre cómo abandonar la Unión Europea antes de convocar un referéndum”, se dice en el último número de The Economist. Incluso para este semanario, comprensivo con el brexit, el último plan discutido en Chequers “profundiza el caos”, y aunque reclama de los europeos, en igual medida que a los negociadores de May, sensatez para evitar la anarquía, admite que exigirán más de lo que la primera ministra ofrece para seguir en el mercado único. Y no le sorprende habida cuenta del enfoque dado a la negociación por Michel Barnier desde que Jean-Claude Juncker afirmó tajante: “Brexit is brexit”.

Diríase que lo peor del brexit está por llegar. Cuando un articulista del Financial Times compara la posible relación futura del Reino Unido con la UE con la que ahora tiene Ucrania, no hace más que emitir un diagnóstico realista y perturbador para las finanzas británicas, para el comercio exterior, para los consumidores y para cuantos piensan que la economía británica es suficientemente grande como para poner condiciones y suficientemente dependiente como para necesitar de sus socios europeos para no gripar el motor. Lo peor está por llegar, pero los profetas de la salida no cejarán en su empeño de acosar al sector más templado del Gobierno, porque para ellos, como ha dicho Boris Johnson en su carta de dimisión, “el sueño se está muriendo”, aunque para otros muchos tal sueño se asemeje enormemente a una pesadilla.

 

AMLO saca a México de la rutina

La elección de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) para suceder a Enrique Peña Nieto en la presidencia de México certifica el agotamiento de un modelo político dinamitado por la corrupción sin tregua, el narcotráfico y las lacras inherentes a una sociedad extremadamente dual que sufre índices de pobreza insostenibles. Después de los mandatos fallidos de Felipe Calderón y de Peña Nieto, del todo estériles, que confirmaron hasta la última coma los temores manifestados por el escritor Carlos Fuentes poco antes de morir en mayo de 2012, asoma en el horizonte el reformismo del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), un conglomerado heteróclito donde coinciden los defraudados por el izquierdismo sin triunfos del Partido de la Revolución Democrática (PRD), los conservadores muy conservadores movilizados por la Iglesia Evangélica, los añorantes del programa primigenio del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y una parte muy significativa de la clase media urbana, harta de la venalidad de los gobernantes.

Los electores parecen haberse dicho a sí mismos: son preferibles las incertidumbres que plantea la llegada al poder de AMLO que cualquiera de las alternativas ligadas al pasado más reciente, sean estas presuntamente reformistas (las del PRI) o de corte conservador (las del PAN). Los votantes han preferido rescatar de la historia del país viejas promesas de cambio e innovación social a seguir apresados en una madeja de ineficacia y lenidad. López Obrador ha querido enhebrar su nombre con el de algunos ilustres antecesores, representantes de familias políticas movidas por el deseo de innovar y de rescatar a México de la postración: de Francisco Madero a Plutarco Elías Calles, de José Vasconcelos a Lázaro Cárdenas, todos ellos muy diferentes, pero con atributos que los hacen dignos de recuerdo. Es harina de otro costal que las remisiones al panteón nacional sirvan para desarticular la trama de complicidades que ha hecho de la gestión del Estado un inmenso negocio que ha empobrecido al Estado mismo.

“El mensaje de la jornada es de repudio a una clase gobernante –la cofradía mexiquense– que resultó excepcionalmente voraz e inepta”, afirma un articulista del diario conservador El Universal, que se edita en la capital de México. Es un resumen escueto y preciso de lo sucedido, que tiene un valor singular porque se publica en un medio muy alejado de la propuesta de López Obrador, pero entronca con la atmósfera de final de ciclo que se respira desde el 1 de julio (en realidad, desde que las encuestas vaticinaron el descalabro de los partidos tradicionales). Cosa distinta es que las contradicciones internas del Morena interfieran en la disposición del nuevo presidente a poner al día el Estado, atender las necesidades sociales más apremiantes y encarar dos grandes desafíos: el del narcotráfico y el de las redes de corrupción, asociadas con frecuencia a los circuitos de la droga. Sin tener éxito en ambos frentes es imposible la regeneración y el combate contra la pobreza.

Según entrevió Carlos Fuentes en 2012 y piensan muchos analistas, sin un gran pacto nacional, una solución rooseveltiana de los problemas mediante un new deal, no es posible salir con bien de ambos envites. El disparate cometido por Felipe Calderón de militarizar la neutralización de los narcos no ha hecho más que estimular en muchos estados un clima de guerra civil con un número incalculable de muertos sin que, por lo demás, haya decrecido el tráfico, cuyo principal destino es Estados Unidos. En una sociedad con unos ocho millones de ninis, con gravísimos problemas de subsistencia en el medio rural y déficits educativos escandalosos, los cárteles de la droga se han convertido en nichos de empleo para algunos de los muchos fatalmente condenados a una economía de mera supervivencia. Lo mismo puede aplicarse a cuantos se mueven en los peldaños inferiores de la corrupción, dentro y fuera de las instituciones del Estado.

La “repetición de cacatúa” –otra vez Carlos Fuentes– de fórmulas o soluciones enunciadas por Peña Nieto que le llevaron a la presidencia demostraron no ser más que eslóganes sin contenido. En la campaña de Claudia Sheinbaum, ganadora del Gobierno de Ciudad de México con una coalición que incorpora al Morena, el gran resorte para atraer a los electores fue subrayar la vacuidad de las promesas presidenciales y el hecho indiscutible de que quienes fijan la agenda política de forma más o menos encubierta son los señores de la droga, las familias en la sombra que controlan el gran negocio. Un sistema de poder clandestino que es como un enorme bloque de hormigón que se interpone entre los supuestos buenos propósitos de los ganadores del 1 de julio y la Realpolitik practicada durante décadas.

Esta situación se da, además, en un momento de manifiesto retroceso del reformismo en el espacio latinoamericano y de revitalización de la oferta conservadora, favorecida por la elección de Donald Trump. El perfil ideológico del presidente de Estados Unidos, su propósito de levantar un muro para contener los flujos migratorios, es un gran problema para AMLO, una amenaza para su presidencia, un quebranto que puede dañar muy pronto su imagen pública de gobernante transformador. A la vista del desprecio de Trump por las tradiciones políticas y por el respeto debido a los aliados, es improbable que esté dispuesto a tratar mejor a un presidente con vitola progresista que a su antecesor, tan apegado a la rutina y al cambalache.

Si las cosas son como parece que son, ¿está AMLO condenado a pilotar un proceso de reformas lampedusianas? La gran pregunta no permite una gran respuesta. El optimismo con que se ha acogido la victoria de López Obrador no sirve como vara de medir porque se registra cuando el interesado aún no ha pasado la prueba de fuego del desgaste político asociado a las primeras decisiones si estas, en aras de la realidad, se alejan demasiado de lo prometido. Tampoco sirve como calibrador de lo venidero la moderación con que la victoria del Morena se ha encajado en los medios más acostumbrados a convivir y sacar provecho de todos los vicios nacionales. Ni siquiera la heterogeneidad de su movimiento justifica hacer pronósticos apocalípticos sobre el margen de maniobra de AMLO cuando se haga cargo del timón porque quizá el hartazgo de la sociedad mexicana sea su mejor punto de apoyo, el más fiable.

Siria no sabe de treguas

Las prisas que se dio en hablar de Siria el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en cuanto se confirmó su reelección el domingo último rescató del olvido la guerra que no cesa con millones de refugiados y desplazados, unos 400.000 muertos y un país en ruinas, sin futuro y que no sabe de treguas. “Esta especie de guerra mundial a pequeña escala” (Mikel Ayestaran, Las cenizas del califato) no es un conflicto amortizado o en vías de extinción porque, entre muchos otros problemas, todos los implicados en él son al mismo tiempo parte del problema y parte de la solución. Una situación perversa que excluye la posibilidad de una mediación más o menos neutral y, al mismo tiempo, asegura el pasteleo permanente de la matanza, sometida a los intereses de actores políticos irreconciliables.

Así sucede que al mismo tiempo que Turquía ve en la guerra siria la ocasión ideal para neutralizar a las facciones kurdas adscritas a la acción directa, Irán entiende la situación como el gran momento para afianzar su posición a las puertas de Israel, Hizbulá se consolida como la fuerza determinante e ineludible del tablero libanés, Rusia dispone de una plataforma inmejorable para recuperar la influencia perdida en Oriente Próximo al esfumarse la Unión Soviética y los dos grandes adversarios de la península Arábiga, la teocracia saudí y el emirato de Catar, dirimen sus diferencias en casa ajena, aunque aparentemente prestan su apoyo a las mismas organizaciones de la oposición a Bashar al Asad. Un análisis publicado en Foreign Affairs ve en todo ello la ocasión para que Estados Unidos compruebe sobre el terreno el alcance de las ambiciones iranís en Siria, de la misma manera que un comentarista de la televisión rusa RT afirma que el Kremlin será finalmente el árbitro en medio del galimatías.

Ambas opiniones son en parte verosímiles y en parte una simplificación de la realidad. La ofensiva del Ejército sirio contra la ciudad de Deraa –unas 200.000 personas están en riesgo de verse expulsadas de sus casas por la batalla–, la última gran operación emprendida por los generales de Asad, no hace más que subrayar la victoria de una de las partes sin esperanza para las restantes, sean estas las que sean. Desde la desaparición de facto del califato, los avances del régimen sirio son un cruento paseo militar que otorga al presidente todos los triunfos para imponer sus condiciones –las de sus aliados para mayor precisión– el día siguiente al final de la guerra, una fecha probablemente lejana.

La profesora rusa Nina Khrushcheva se escandaliza por la pérdida de liderazgo ético de Occidente a propósito de la crisis de los refugiados en Europa y Estados Unidos, pero cabe también escandalizarse cuando la materia objeto de análisis es la crisis siria: por la crueldad de lo sucedido, por la tragedia vivida durante tres años por quienes fueron sometidos a toda clase de sevicias por el Estado Islámico, por el aprovechamiento de la guerra como desagüe de conflictos preexistentes, por la incapacidad para contener a Asad cuando se reveló como el más sañudo perseguidor de la oposición, por tantas razones que son consustanciales a la prolongación de la carnicería. ¿Cuándo quebró el compromiso con la ética? ¿Quizá cuando el presidente Barack Obama dejó al régimen sirio cruzar las líneas rojas que él mismo había marcado? ¿Puede que cuando el análisis europeo de la situación llegó a la conclusión de que el reconocimiento de la oposición en armas la fortalecería y le otorgaría la victoria? ¿Acaso cuando nadie quiso aceptar que Rusia y China no consentirían quedar al margen del desenlace de la guerra, como sucedió en Libia en 2011?

La decisión de la Administración de Donald Trump de no prestar ayuda a los combatientes de la oposición en Deraa constituye un apoyo implícito a la estrategia de acoso de los presidente Asad y Putin, un aliado-adversario-amigo de la Casa Blanca en proporciones variables según el momento y el lugar. La comprensión de Estados Unidos con el comportamiento de Turquía frente a la oposición kurda al régimen sirio anda por parecido camino. Y así no solo evita choques de trenes de difícil gestión, sino que abandona a su suerte a una población exhausta. Todo encubierto con el léxico del equilibrio regional y la necesidad de no llevar la lógica de la guerra más allá de los límites de Siria, aunque en la práctica hace tiempo que la militancia a favor y en contra de Asad ha desbordado las fronteras.

En la práctica, la degradación de Siria como Estado y su dependencia absoluta de la tutela de terceros para subsistir lo convierte en una entidad fallida, como lo son Libia, Irak, Yemen y Somalia, socios de la Liga Árabe. Es decir, hace de Siria un Estado fácilmente manipulable, como ha explicado Rami Khouri, profesor de la Universidad Americana de Beirut. Frente a la apariencia de que la capacidad de resistir de Asad, ayudado por sus aliados, ha reforzado el régimen, lo cierto es que este es esclavo de las exigencias de quienes lo sostienen y todas las iniciativas que pone en marcha responden a intereses de terceros, sean estos los de Rusia, Irán, Hizbulá, China o una suma de todos ellos, a menudo contradictorios.

Hace cinco años, Alain Gresh, periodista de Le Monde Diplomatique, escribió en el libro Siria, las complejidades de una guerra por encargo: “Irak, Jordania y Líbano se encuentran atrapados en el conflicto. Combatientes iraquís y libaneses, sunitas y chiitas, se enfrentan en Siria. Las rutas de la internacional insurgente por las que, de Afganistán al Sahel, circulan combatientes, armas e ideas, están saturadas. Mientras los protagonistas externos sigan viendo el conflicto como un juego de suma cero, el calvario sirio continuará. Con el riesgo de arrastrar a toda la región en la tormenta”. Su diagnóstico se ha cumplido con dramática precisión sin que, por lo demás, resulten convincentes los portavoces oficiales que claman por el fin de una guerra que, para muchos, sigue siendo útil.