Berlusconi, penúltimo acto

Entre las posibles conclusiones derivadas de la exclusión de Silvio Berlusconi del Senado de Italia, la más precipitada es anunciar un saneamiento institucional inmediato. Que Il Cavaliere haya quedado desprovisto del paraguas protector de la inmunidad parlamentaria, que el renacimiento de Forza Italia se haya producido como resultado de una defección de Angelino Alfano, mezcla indigesta de todos los vicios de la política italiana, que el presidente de la República haya conjurado el intento de Berlusconi de manipularlo, que hayan sucedido todas estas cosas y al final haya prevalecido el Estado de derecho, no significa que se imponga la sensatez y se diluyan los males acumulados por el sistema. Desde antes de la votación del miércoles en el Senado, la lucidez de los analistas independientes ha excluido una regeneración exprés; los agitadores a sueldo del hólding de medios de comunicación propiedad de Berlusconi adelantan de forma más o menos encubierta lo que su jefe ha dicho con claridad meridiana: salir a la calle es solo el primer paso para reconquistar el poder.

Como tantas veces ha sucedido con situaciones de excepción en las cuales el poder, todas las formas de poder, se encarnan en una persona, la herencia del berlusconismo no se extingue con la caída en desgracia de su creador porque la mayor repercusión social del sistema berlusconiano es la berlusconización efectiva de una parte de la sociedad. Sin caer en comparaciones históricas sin sentido, bueno es recordar la herencia dejada por el nazismo –la nazificación de la sociedad alemana, perceptible durante la posguerra– y por el franquismo –el llamado franquismo sociológico, que se adecuó a la transición– para entender que el legado del culto a la personalidad sobrevive siempre al personaje de referencia, más aún cuando este llega al poder a través de las urnas y no como resultado de una gran degollina.

“No lo habéis matado”, recuerda Barbara Spinelli que escribió en 1944 el periodista Herbert Matthews acerca del fascismo cuando este ya había perdido el poder. La hija del eminente europeísta Altiero Spinelli va incluso más allá cuando se acoge al diagnóstico del escritor Sylos Labini en el 2004: “No hay un poder político corrupto y una sociedad sana”. “Todos estamos inmersos en la corrupción”, sostuvo Labini, aunque solo una parte de la sociedad italiana le riese las gracias a Berlusconi, a la mezcla de vulgaridades formales, chistes fáciles y desprecio por las instituciones. Esa inmersión fue el mecanismo que permitió a Berlusconi aprovecharse de una situación tan volátil como el vacío institucional y la crisis de identidad desencadenados por la operación Manos Limpias –primeros 90– para, a su vez, blindar sus intereses, rescatar sus negocios de las sombras de sospecha que se cernían sobre ellos y construir un “círculo mágico de egolatría propio de un dictador”, según afortunada frase de Eugenio Scalfari, fundador del diario progresista La Repubblica.

Desmontar el andamio que cubre la fachada institucional y abrir las ventanas para que circule el aire será largo y penoso. El berlusconismo ha hecho escuela al acogerse a un relativismo moral sin límites. Se ha adueñado de muchas conciencias la creencia de que la moral fija unas reglas ajenas a la política, cuando no contrapuestas a ella, de forma que la preocupación moral “es motivo de desprecio”, escribe Barbara Spinelli, porque es un instrumento poco práctico para hacer política. En este ambiente, la pérdida de la inmunidad parlamentaria de Berlusconi es un triunfo de la decencia, pero la herencia que deja el exsenador justifica la preocupación del político y periodista Antonio Polito en las páginas del Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán: “Se confirma la maldición de la historia italiana, en la que parece imposible cerrar una era política sin un trauma y un rastro de odio”.

En el punto de vista de Spinelli, de Polito, de las declaraciones del presidente de la República, Giorgio Napolitano, alienta el temor a que Berlusconi opte por la política de tierra quemada al igual que hasta ahora mantuvo un pulso con las instituciones para lograr un trato de favor después de veinte años en los que consiguió adaptar a sus necesidades el principio de legalidad. Claudio Tito sostiene que en la pugna de Berlusconi con los jueces, que le condenaron por fraude fiscal, y con el Senado, que le desposeyó de su escaño, quiso forzar la aplicación del principio necessitas non habet legem (la necesidad carece de ley), incluido en Código Penal italiano, aunque esto significara “arrastrar al abismo de la irresponsabilidad el mínimo de cultura de la legalidad que ha sobrevivido a estos veinte años de total destrucción del sistema normativo y ético del país”. Intentó, en suma, escribir un nuevo capítulo en el relato de las situaciones de excepción por las que siempre transitó desde que en 1994 ocupó por primera vez la jefatura de Gobierno, unas excepciones en las que mezcló política y negocios, intereses privados y necesidades públicas; un conflicto de intereses de nunca acabar que adulteró el juego político.

Dice Barbara Spinelli que para superar la herencia berlusconiana solo hay un camino: “De un veinteno amoral, inmoral e ilegal solo saldremos si al mirar en el espejo nos vemos a nosotros mismos detrás del monstruo. En caso contrario, deberemos decir, parafraseando a Remarque: nada nuevo en el frente italiano”. Será este un camino complejo, no exento de trampas, porque está por demostrar que Berlusconi sea un juguete político roto cuando, a pesar de la crisis provocada por su condena, las perspectivas electorales de Forza Italia andan por encima del 20%, cuando la primera fortuna de Italia dispone de un formidable entramado de medios de comunicación a su entero servicio. Y será también un camino complejo porque no está ni mucho menos garantizada la estabilidad del Gobierno de Enrico Letta, aunque la escisión de berlusconianos que Angelino Alfano, viceprimer ministro, ha encuadrado en el Nuevo Centroderecha se presenta como el aliado seguro para gestionar la salida de la crisis.

Frente al anuncio hecho por Eugenio Scalfari de que “ha nacido la derecha republicana”, la de Alfano y otros antiguos berlusconianos pasados al campo del conservadurismo moderado, surge la posibilidad de que la presión extramuros de Il Cavaliere afecte a la cohesión del Gobierno. Frente al deseo de que el país se halle a las puertas de una segunda República bis, al quedar Berlusconi fuera del entramado institucional, asoma el fantasma de un Berlusconi sin otro objetivo que desgastar a todo el mundo mediante la movilización de la base social que en un pasado muy reciente le dio el poder, mediante una política de balcón sin nada que le frene. Berlusconi “vive en el terror de su desaparición”, ha escrito Ugo Magri en La Stampa, el gran periódico de Turín; el interesado le da la razón al sentirse víctima, en frase suya, de una damnatio memoriae (desaparecer de la memoria), pena aplicada en la Roma imperial a quienes caían en desgracia.

Pudiera pensarse que la pieza tragicómica representada por Il Cavaliere durante las últimas semanas no confunde a nadie. Pero esa percepción, fruto de una lógica política elemental, queda bastante lejos de la realidad porque Berlusconi ha adulterado la política hasta tal punto que para muchos ciudadanos, convencidos de que se hallan ante el italiano por antonomasia, darle el voto es poco menos que una responsabilidad nacional. El embrutecimiento de la política a través del culto a la personalidad de un líder carismático que encarna el espíritu de la nación no es una novedad en ninguna parte, y en Italia menos. Porque la gran nación de la imaginación desbordante, la renovación permanente y la reverencia ante los maestros del arte de todos los tiempos, forjada sobre el telón de fondo de la cultura clásica en la que todos nos reconocemos, es, al mismo tiempo, la de la marcha sobre Roma, la del éxtasis fascista, la de las ejecuciones de Benito Mussolini y Chiara Petacci y la de la política en las sombras de la primera República. Y esa amalgama de precedentes históricos opera a favor de Berlusconi, aunque el deseo de muchos es que ese argumento lleno de episodios truculentos haya llegado a su fin y la política deje de ser cuanto antes un cometido para caudillos vociferantes.

 

 

 

 

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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