La extenuación saharaui

La muerte de Mohamed Abdelaziz, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), devuelve a un lugar destacado el tan a menudo olvidado conflicto del Sáhara Occidental, que se remonta a 1975. Ninguna de las iniciativas promovidas por la comunidad internacional para rescatar al pueblo saharaui de la vida precaria en los campos de refugiados de Tinduf (Argelia) ha desatascado un conflicto que Marruecos, de facto, da por amortizado, y sucesivos gobiernos argelinos han sustentado como parte de su disposición a mantener la vigencia de su enfrentamiento con Marruecos. Tampoco han sido especialmente fructíferos los intentos de varios gobiernos españoles de mediar en el conflicto, y demasiadas veces la política de las emociones se ha impuesto a la de los hechos, al dato ineludible de que 40 años de resistencia no han aportado mejoras reconocibles a los saharauis acampados en el desierto.

Como ha explicado Beatriz Mesa en EL PERIÓDICO, la estrategia política del Frente Polisario, fundado en 1973, emite señales de agotamiento, defrauda desde hace tiempo a una parte importante de la juventud saharaui y ha perdido el prestigio del que gozó en el pasado. El anquilosamiento de las estructuras del movimiento y la voluntad de sus dirigentes de perpetuarse en el poder han inducido cada día a más refugiados a preguntarse qué sentido tiene seguir en el desierto si, a la hora de la verdad, la posibilidad de que se celebre un referéndum de autodeterminación forma parte de los sueños irrealizables. Dicho de otra forma: a qué puerto de llegada conduce encastillarse en la reivindicación de la independencia.

Aunque la Unión Africana ha reconocido a la RASD, la causa saharaui despierta simpatías en Europa, singularmente en España, y los programas sociales sirven para atenuar los efectos del exilio, lo cierto es que el bloqueo de la situación, las relaciones de Marruecos con España y los argumentos a favor de la anexión esgrimidos por el grueso de la comunidad académica y de los intelectuales marroquís apenas dejan margen de maniobra. Un autor tan relevante de la cultura marroquí de expresión francesa como Tahar ben Jelloun ha escrito: “Cada vez que Marruecos propone una solución, es seguro que Argelia se opondrá. Este escenario simplista es desgraciadamente cierto. Lo que está en juego en este caso no es ni la autodeterminación del pueblo saharaui, que vive bajo la presión de Argelia en las tiendas de Tinduf, ni el respeto a los principios y valores democráticos, sino el rechazo sistemático a lo que es Marruecos: un vecino incómodo al que no se puede mover de sitio”.

Incluso admitiendo que el parecer de Ben Jelloun es discutible, y que recoge en todos sus extremos la posición de palacio y de todos los gobiernos de Rabat desde 1975, hay en la opinión pública marroquí un sentimiento poco menos que unánime en cuanto a la pertenencia histórica del Sáhara Occidental al reino. Más allá de la fantasía desbocada que invoca el gran Marruecos que existió en un pasado del todo confuso, ha arraigado la sensación de que la salida al conflicto saharaui debe buscarse en formas que excluyan la independencia y garanticen, al mismo tiempo, que los acampados en Tinduf no serán absorbidos o asimilados y su cultura no se disolverá en el entramado sociopolítico marroquí. Otros caminos son teóricamente posibles, pero no se adivina quiénes pueden forzar la situación para que sean viables y para que Marruecos se resigne, llegado el caso, a perder la gestión de los recursos naturales –fosfatos, pesca y otros– de la excolonia española.

La multiplicación de declaraciones, resoluciones, gestiones diplomáticas con participación de nombres de peso como el de James Baker, idas y venidas de los líderes saharauis y toda clase de campañas internacionales han tenido una eficacia que tiende a cero. Es más que posible que los argumentos morales estén del lado de los saharauis, pero estos son insuficientes para desenredar la madeja según se puede comprobar. No falta razón a quienes entienden que el pueblo saharaui fue víctima de un doble atropello: el de una descolonización sin garantías por parte de España y el causado por Hasán II al poner en movimiento una multitud para ocupar el territorio, pero la comunidad internacional se puso de perfil y las reglas de juego de la guerra hicieron el resto. Que luego la ONU concluyera que no podía considerarse a Marruecos potencia administradora tuvo tanto valor jurídico como nulos efectos prácticos.

Al mismo tiempo, es perfectamente reconocible la utilización del conflicto por Argelia y, por tal razón, el porvenir incierto que aguarda a los instalados en campos de refugiados. La protección argelina de la causa saharaui responde a intereses reseñables relacionados con la influencia regional, con las ventas de petróleo y gas como armas de presión sobre terceros y como método para contrapesar la importancia de Marruecos en términos de seguridad (control del yihadismo en el Magreb) y de atenuación de los flujos migratorios. Esa lógica argelina responde a las necesidades y al cálculo de riesgos de hoy, que pueden no ser los de un futuro lleno de incógnitas a causa del cambio generacional que se avecina en los pasillos del poder en Argel y del ocaso del presidente Abdelaziz Buteflika.

La alternativa autonomista, denostada por los ideólogos de la independencia, queda lejos de los objetivos iniciales de la resistencia, pero se antoja factible, que no fácil. Desde que el 21 de abril del 2008, Peter van Walsum, enviado especial del secretario general de la ONU, declaró que “un Sáhara Occidental independiente no es una proposición realista”, ha ganado enteros la opción autonomista y se ha debilitado la de la autodeterminación, con la consiguiente controversia interna en el seno de la comunidad saharaui entre los jóvenes que propugnan romper la tregua de 1991 y volver a las armas y los que forman en el bando partidario de aceptar la autonomía como la solución menos mala para disfrutar de condiciones de vida dignas y despejar el camino a las generaciones venideras. Ni siquiera el rebrote de la resistencia en el 2010 ha modificado los términos de estos dos enfoques excluyentes y que entrañan el riesgo cierto de fractura en la sociedad saharaui.

Se dan en el conflicto del Sáhara Occidental factores históricos que sustentan el deseo de lograr la independencia, pero hay demasiados datos que operan en su contra: debilidad demográfica –cerca de 600.000 habitantes–, ensimismamiento de la RASD, el sistema de alianzas de Marruecos, la atonía argelina y varios factores de índole económica. Frente a ese marco de referencia, tienen menos importancia efectiva a cada año que pasa las discusiones sobre la legitimidad de la ocupación marroquí a partir de la Marcha Verde (1975), de la guerra, del alto el fuego y de la división del territorio mediante una barrera defensiva que se extiende de norte a sur. Y, al mismo tiempo, son cada día más los saharauis que no han conocido otro hogar que campamentos en medio del desierto, educados en una cultura de la resistencia agotadora y sin más horizonte que subsistir en medio de la nada desde hace 40 extenuantes años. El precio pagado parece demasiado alto como para no rectificar el rumbo aunque se tenga razón.

El año del califa Ibrahim

Si algún medio informativo decidiese distinguir a Abú Bakr el Bagdadi –el califa Ibrahim para la militancia– como el personaje más relevante del año vencido, tendría a su alcance una gran variedad de argumentos para justificar su decisión. El Estado Islámico se ha situado en el centro de la atmósfera de desorden que se ha adueñado de las relaciones internacionales, de esa sensación de improvisación frente al desafío que impregna lo mismo la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que promueve la negociación en Siria de una solución política, que las apelaciones a la guerra de Francia, a la reiterada indeterminación de Estados Unidos cuando debe ir más allá de mantener el compromiso en el combate contra los yihadistas mediante la campaña de bombardeos contra sus dominios en Siria e Irak. El año 2015 puede que sea el del Bagdadi porque ha llevado el pánico al corazón de Europa, al norte de África y, más allá, hasta el otro lado del Atlántico; ha dado aire a Bashar el Asad, comandante en jefe de una carnicería, y ha contribuido decisivamente a desatar un flujo incontenible de refugiados que huyen de la guerra y buscan cobijo en una Europa con una opinión pública atemorizada y desorientada.

Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations, escribió hace un año un ensayo titulado ¿Cómo responder a un desorden mundial? En él afirma: “En el presente, el equilibrio entre orden y desorden se desplaza en dirección a este último. Algunas razones son estructurales, pero algunas son el resultado de malas elecciones hechas por importantes actores, y al menos algunas de ellas pueden y deben corregirse”. ¿Qué decir doce meses después, con Oriente Próximo consagrado como el cruce de caminos de todas las grandes crisis: la de la inseguridad colectiva a causa del dinamismo del terrorismo global, la de los refugiados, la de la guerra fría en el golfo Pérsico, la de convivencia entre dos legados culturales más que milenarios, el cristiano y el musulmán?

La proclamación del califato en junio del 2014 fue algo más un acto de propaganda amenazante: proporcionó al yihadismo una referencia territorial a la causa, a la prédica contra Occidente y a la vuelta a los orígenes del islam, se correspondan estos con la realidad o con la mitología de una edad de oro en la que resplandeció la justicia mediante una aplicación estricta de las enseñanzas del profeta Mahoma. Frente a la disolución de la estrategia de Al Qaeda por carecer de un espacio reconocible como propio se afianzó la del Estado Islámico, secundada más allá de sus dominios por muyahidines dispuestos a imponer la lógica de las armas. Quizá haya retrocedido el califato en Siria e Irak, pero su estrategia ha cuajado como aquella más adecuada para perpetuar la lucha y condicionar por entero las relaciones internacionales; quizá el califato tenga fecha de caducidad, pero ha minado de tal manera el ánimo de sus adversarios y ha afianzado de tal forma a sus seguidores en sus convicciones más conocidas que, en caso de derrota, la empresa del Bagdadi seguramente tendrá continuidad. Ese es, al menos, el vaticinio de cuantos, dentro y fuera del orbe musulmán, entienden que el conflicto hunde sus raíces muy profundamente en la complejidad laberíntica del islam, de las frustraciones de sociedades condenadas a la postración por actores políticos que las han utilizado en estricto beneficio propio.

La estrategia seguida por El Bagdadi ha llevado al ánimo de los yihadistas que están en condiciones de imponer su agenda siempre que siga en vigor la mitología del martirio, el recurso a la acción directa sin importar el coste que entrañe. Se afianza así la idea expresada por el arabista francés Olivier Roy: “El yihadismo es una revuelta generacional y nihilista”. Según el mismo autor, la motivación religiosa de los muyahidines es poco más que un resorte que permite arremeter contra cualquier referencia cultural, social o política con el sello de Occidente. “Ninguno está interesado en la teología, ni siquiera en la naturaleza de la yihad o en la del Estado Islámico”, afirma Roy, mientras otros análisis de tenor parecido presentan el factor religioso como una coartada o pretexto ideológico.

Como es fácil comprobar en Afganistán, donde la ineficacia exasperante del Gobierno ha permitido a los talibanes ganar terreno sin modificar una coma la simplificación de los enunciados religiosos que los llevaron al poder, la victoria militar no es ninguna garantía de que no surjan aquí y allá otros movimientos que sustituyan al eventualmente vencido. Tomar Ramadi, reducir el ámbito territorial del califato, no diluye la base social atraída por los fundamentalistas ni liquida la estructura militar del Estado Islámico, heredada en gran parte del Ejército de Sadam Husein, disuelto por Estados Unidos en el 2003 sin reparar en las consecuencias que tal decisión tendría en el futuro. Y, desde luego, no neutraliza la proliferación en Europa de células durmientes y lobos solitarios –también en Estados Unidos–, la floración de organizaciones islamistas en África y la incongruencia de que la aristocracia teocrática saudí, asociada ahora –no en el pasado– al combate contra los yihadistas, se acoge a una aplicación de la sharia apenas diferenciada de la que distingue al Daesh.

Cuando una autoridad moral como el papa Francisco, a la luz de los atentados perpetrados por los yihadistas, se refiere a la existencia de una tercera guerra mundial fragmentada, es poco menos que inevitable admitir que El Bagadadi ha sido el hombre del año que expiró. A él se deben modificaciones sustanciales en el desarrollo de la vida cotidiana, en las políticas de control y seguridad, en el peligro de fractura en sociedades con un porcentaje significativo de musulmanes, en la desconfianza generalizada ante situaciones que hasta hace muy poco no se consideraban de riesgo, en la tentación de muchos gobiernos, en fin, de estrechar el ámbito de la libertad.

“El máximo objetivo de los terroristas yihadistas es convencer a la juventud musulmana en todo el mundo de que no hay una alternativa para el terrorismo”, sostiene el financiero George Soros. Para él, “abandonar los valores y principios que subyacen en las sociedades abiertas y ceder ante un impulso antimusulmán dictado por el miedo no es la respuesta, realmente, aunque puede resultar difícil resistirse a la tentación”. El  Estado Islámico, ha logrado en parte alcanzar ambos objetivos: ha capturado la voluntad de una minoría de jóvenes musulmanes, por herencia familiar o conversos, y ha alentado sentimientos islamófobos que lo mismo valen a Marine Le Pen para apuntar al Eliseo que a Viktor Orbán para sembrar la frontera meridional de Hungría de concertinas (un ejemplo imitado luego por otros). ¿Qué logros avizora el califato para el año que empieza? Quizá perpetuar el miedo como un sentimiento irrefrenable y compartido.

Reparto de refugiados en la UE

La solidaridad por cuotas a la que se ha referido el diario progresista francés Libération al dar cuenta de la propuesta elaborada por Bruselas para hacer frente al drama de los refugiados deja al descubierto, con un punto de maliciosa ironía, el enfoque que la Unión Europea da a un problema que la desborda, la incomoda y la divide, pero que debe encarar de forma ineludible para no abundar en la impresión de que han impuesto su criterio los partidarios de la Europa balneario, de la Europa fortaleza y de la Europa encerrada en sí misma. Los flujos migratorios irregulares, las guerras, la pobreza y la porfía de las mafias que trafican con seres humanos han llevado hasta las puertas de la prosperidad europea la realidad que se vive al otro del Mediterráneo, a unas pocas millas de nuestras costas, donde la única salida es huir y dejar atrás el pasado. Al mismo tiempo, la presión migratoria se ha transformado en un arma política rentable en las contiendas electorales de sociedades asustadas y envejecidas, que no entienden el futuro que vislumbran o que reciben mensajes manipulados con descaro por organizaciones políticas depositarias de toscos nacionalismos xenófobos: así UKIP en el Reino Unido (cuatro millones de votos en las elecciones legislativas del día 7), el Frente Nacional en Francia, la Liga Norte en Italia y otras etiquetas de parecido tenor.

Algo debe hacer Europa cuando el mar es, a la vez, tumba de muchos que no logran llegar a ella y autopista para muchos más que tocan tierra en Italia, Malta y Grecia. Algo debió haber hecho hace bastante tiempo Europa y no lo hizo, como reconoce implícitamente Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo: “Si cojo mis discursos de hace 20 años y les pongo fecha de hoy, podría mantenerlos perfectamente”. Algo más de lo hecho debió hacer Europa cuando las sucesivas crisis de las pateras y de los cayucos hicieron del estrecho de Gibraltar el pasadizo más utilizado para llegar a ella desde África, cuando Libia era un territorio poco menos que inaccesible para las mafias y no había guerra en Siria. Mucho quedó por hacer cuando los estados de la UE decidieron recortar la partida destinada a controlar el trasiego de seres humanos, y hoy vuelve a situarse el debate en el campo de los costes económicos y políticos del reparto de refugiados, así los llegados a la UE como los procedentes de terceros países, aunque todo se revista con giros del lenguaje que persiguen encubrir tal enfoque.

Cuando la vicepresidente del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, manifiesta que es prioritario llegar a acuerdos con los países de origen, elude el hecho de que algunos de estos países –Libia, Somalia– son pocos menos que un nombre en un mapa, sumergidos en un caos permanente donde el Estado se ha esfumado y el futuro está en manos de una variedad inabarcable de actores políticos, y otros –Siria es el ejemplo más notable– están sometidos a la arbitrariedad de gobernantes al margen de todas las convenciones políticas. El planteamiento de la vicepresidenta es quizá inatacable desde la lógica institucional –a España le tocaría el 9,1% de los refugiados si se aprueba el proyecto de la Comisión–, pero queda muy lejos de cualquier análisis de la realidad que se vive en los países de origen. Ni es posible comprometer a gobernante libio alguno en el control efectivo de las costas desde la que parten personas de todas partes de África hacia Europa ni hay nadie en Somalia preocupado en contener la diáspora en un país desquiciado. Ni hay noticia de que alguien en Eritrea intente retener a la población que huye de la miseria ni tampoco la hay en Etiopía, y aún menos en los países del Sahel, sometidos a la triple plaga del caudillismo, la intervención extranjera y la presión del yihadismo, por no hablar de la fuga permanente con destino al norte de ciudadanos procedentes de países subsaharianos.

Portada de ‘El Periódico’ deljueves, 14 de mayo.

La posición española y los argumentos esgrimidos por el Gobierno no son, por lo demás, excesivamente originales. Son, eso sí, bastante más contenidos que los del Reino Unido: la ministra del Interior, Theresa May, es simplemente partidaria de devolver a los inmigrantes a sus lugares de origen, un procedimiento alejado de toda inquietud humanitaria que ni siquiera se justifica con la contaminación por el UKIP de la política británica. Suponer a estas alturas, como hace el Gobierno de David Cameron, que la articulación de mecanismos de acogida tendrá un efecto llamada –“solo servirá para fomentar que la gente arriesgue sus vidas”, dice May– es soslayar adrede las causas de los flujos migratorios, eludir los datos esenciales del problema: no hace falta estimular el viaje a Europa con medidas como las propuestas por la Comisión Europea porque está ahí, inamovible, la necesidad de huir de según qué lugares en busca de seguridad y de futuro.

No es este un fenómeno nuevo, extraño y característico de nuestros días. Más bien todo lo contrario: forman parte de la historia de Europa los movimientos migratorios, en ocasiones de una intensidad superior a la del presente, con destino a América, y, en el siglo XX, son una constante los desplazamientos forzados de población a causa de las guerras (el exilio republicano español), de las persecuciones (las comunidades judías en Europa central y oriental) y de la ruina económica que siguió al final de la segunda guerra mundial. Esa cicatería de muchos estados es un ejercicio de negación de la propia historia de Europa, que si hoy es tierra de llegada de multitudes desposeídas antes lo fue de salida de generaciones condenadas a la nada; esa proclama dramatizada por Theresa May sobre el provecho que las mafias sacan de la inmigración irregular es poco más que una cortina de humo para que no se perciba que, lisa y llanamente, es partidaria de cerrar el acceso a la UE bajo siete llaves sean cuales sean las consecuencias que de ello se deriven.

En todo caso, el Reino Unido, Irlanda y Dinamarca, de acuerdo con el Tratado de Lisboa y la cláusula de exención que se incluyó en él, no se verán afectados por el eventual reparto de refugiados. Algo que plantea una vez más la viabilidad conceptual de una unión política que los conservadores británicos ven con desconfianza desde los tiempos de Margaret Thatcher, que los laboristas sobrellevan como un proyecto en el que se sienten incómodos y que una parte no determinada pero muy significativa de la opinión pública inglesa observa como una disolución de la identidad insular en el minestrone de nacionalidades del continente. Agravado todo con los nuevos flujos migratorios que presagian un cambio progresivo del perfil cultural de Europa, de su composición social y de su identidad colectiva, pues las antenas parabólicas y la sociedad digital garantizan a cuantos emigraron una relación afectiva en directo con sus lugares de origen.

La fotografía de portada de EL PERIÓDICO del jueves (españoles en el sur de Francia, 1939) es un buen recordatorio de qué significa ser refugiado, por encima incluso de la definición que figura en la convención aprobada por la ONU en 1951. Como ha dicho el papa Francisco, “emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad”, sometidos al juego de la conveniencia política, siempre cambiante. El refugiado es alguien desvalido, extremadamente vulnerable, perseguido o marginado por razones muy diversas que requiere la ayuda de alguien para salir del pozo. Que esa ayuda tiene un precio es indudable, que esa precio hay que pagarlo si queremos mirarnos al espejo sin vergüenza todos los días, también. Dejar a su suerte a quienes nada tienen, y alguien persigue u hostiga, es una forma extrema de egoísmo que lleva directamente a un peligroso relativismo moral.

Insolidaridad europea en el Mediterráneo

A la vista de las dimensiones de la tragedia de la inmigración en las costas de Italia y de Malta, lo menos que puede decirse es que la cumbre de la UE del jueves resultó decepcionante. Mientras los especialistas entienden que los aspectos relacionados con la seguridad son solo una parte del problema, los gobiernos se han limitado casi en exclusiva a comprometerse en el reforzamiento de los mecanismos de control de fronteras, pero no se han adentrado en el drama humano, en el espinoso problema de la acogida de refugiados y, en última instancia, en la necesidad de aplicar la solidaridad europea para no dejar a la Europa meridional sola ante una crisis cuya gestión excede con mucho la capacidad de dos estados, de los que uno –Malta– apenas dispone de recursos y el otro –Italia– está desbordado.

Las cifras son por demás elocuentes. Según la Organización Internacional para las Migraciones, los muertos contabilizados en el Mediterráneo en lo que va de año, pasajeros de embarcaciones de fortuna en manos de mafias especializadas en el tráfico de seres humanos, alcanzan los 1.727, una cifra que seguramente es muy superior porque no hay forma de saber cuántos inmigrantes se ha tragado la mar sin que nadie pueda dar noticia de ello. La misma organización calcula que los intentos de entrada a Europa por el sur sumaron 75.000 en el 2012 y 107.000 en el 2013, de lo que es fácil deducir que los datos de 2014 superarán los de años anteriores y los de 2015 serán aún más alarmantes. No se trata solo de una proyección estadística: la desaparición de facto del Estado en Libia y la carnicería siria, más diferentes crisis de subsistencias en África, permiten imaginar un horizonte cada vez más tormentoso.

Frente a esto, reducirlo todo a triplicar los recursos de la Operación Tritón –de tres millones de euros mensuales a nueve millones– y aprobar un programa para acoger 5.000 refugiados –ponerlos “bajo protección”, se dice– no da ni para tranquilizar las conciencias. Cuando se sabe, como recuerda un editorial del diario Le Monde, que Europa se enfrentará en el próximo decenio a la llegada potencial de un millón de inmigrantes procedentes de Libia, Siria, Irak, el África subsahariana y del cuerno de África, lo acordado en Bruselas se asemeja a la pretensión de que una aspirina cure una neumonía.

“La UE no ha tenido una política de inmigración coherente desde siempre, y la situación ha ido a peor desde la primavera árabe”, declaró al International New York Times Camilo Mortera-Martínez, investigador en Londres del Centro para la Reforma Europea. La historia le da la razón: los recursos puestos a contribución de la Operación Tritón en el 2013 fueron los mismos que ahora se han aprobado, pero que en octubre del año pasado fueron drásticamente reducidos por “falta de solidaridad financiera con Italia”, según un funcionario de la UE citado por el diario La Repubblica. Entonces, como ahora, una “tragedia de proporciones épicas”, según la ONU, solo contó con la solidaridad europea en materia de seguridad –control de la frontera meridional de la UE–, y dejó para un mejor momento sin precisar la acogida de los inmigrantes llegados de todas partes a las costas de Lampedusa, Sicilia y, en menor medida, Malta.

La Fundación Migrantes, vinculada a la Conferencia Episcopal Italiana, llega a la siguiente conclusión: “De la cumbre europea de ayer [el jueves] sale la Europa de los nacionalismos. Se aplaza la construcción de la Europa social y solidaria”. En el editorial de Le Monde se llega a idéntica conclusión por cinco motivos:

-El programa Frontex (control de fronteras de la UE) dispone solo de la milésima parte del presupuesto comunitario.

-Los estados no quieren adoptar una política de asilo común.

-Los estados no están de acuerdo en el reparto de inmigrantes en el conjunto de la UE.

-Los estados rechazan la idea de ceder sus competencias en materia migratoria (política de visados).

-La UE carece de una política común para los países de procedencia de los inmigrantes y los países de tránsito.

“De una parte somos Europa como cuerpo político –reflexiona la escritora italiana Paola D’Agostino en Corriere della Sera–, de la otra, una miríada de cuerpos excluidos y fagocitados por el mar”. He aquí la gran decepción: más allá de la solemnidad de algunas declaraciones, el cálculo político, la actitud de una parte de la opinión pública, que recela ante cuanto tiene que ver con los movimientos migratorios, no da para más que para aprobar medidas insuficientes. “No tenemos necesidad de la histeria. La clase política debe asumir su responsabilidad y guiar a los ciudadanos a pesar de que esto no es muy popular”, sostiene la excomisaria europea Emma Bonino. Pero la histeria se adueña con frecuencia de los debates sobre la emigración, y la presión de la extrema derecha xenófoba lleva a muchos gobiernos a hacer equilibrios para que nadie los pueda acusar de favorecer a los de fuera y perjudicar a los de casa.

Esta aproximación al problema es inadecuada, por no decir catastrófica. La UE carece de recursos para ser el apóstol de todas las causas perdidas, pero no puede contentarse con la gestión contenida de un desafío que apela a la conciencia de los europeos. “La cuna de nuestra civilización corre el riesgo de transformarse en un cementerio”, ha dicho Sergio Mattarella, presidente de Italia, al referirse al Mediterráneo, bautizado Mare Mortum por El Roto en su viñeta-editorial de El País. En muchos lugares, al otro lado del mar, no hay con quien hablar porque el Estado –la idea de Estado– se ausentó hace tiempo y las mafias campan a sus anchas, y mientras todo siga así, y seguramente así seguirá por mucho tiempo, los tratamientos homeopáticos están llamados al fracaso, como coinciden en opinar la mayoría de especialistas independientes.

Cuando el primer ministro de Italia, Matteo Renzi, afirma que nos encontramos ante una nueva forma de esclavitud, pues este es el efecto del tráfico de seres humanos, no exagera un ápice. Deryck Browne, de la organización African Health Policy Network le da la razón en las páginas de The Guardian, pero estas reflexiones apenas modifican el curso de los acontecimientos si, al mismo tiempo, no se pasa de la teoría a la acción. Porque, de no darse este salto, puede cumplirse el pronóstico de la Organización Internacional para las Migraciones: que los muertos en el mar lleguen a 30.000 al acabar 2015. Con el riesgo añadido de que la cotidianidad de la tragedia en los telediarios agote la capacidad de asombro de los espectadores que siguen los acontecimientos desde la sala de estar de sus casas y los haga inmunes al desastre.

Boko Haram, la obscenidad del sectarismo

Algo profundamente abyecto y obsceno alienta detrás del secuestro de más de 200 niñas y adolescentes nigerianas, la mayoría de confesión cristiana, perpetrado por el grupo islamista Boko Haram. Al asalto a un internado en Chibok, en el noreste del país, el 14 de abril, siguió el 6 de mayo la captura de ocho niñas de entre 12 y 15 años en Warabe, una aldea del norte. El destino de las menores no es otro que el de ser vendidas como esclavas sexuales, tal como ha anunciado el líder del grupo terrorista, Abubakar Shekau, ejemplo acabado de qué es un líder sectario, parapetado en este caso en el Corán para sembrar el odio a través de la religión. “Por Alá que las venderé en el mercado”, ha anunciado Shekau, convencido de ser el depositario único de la verdad, signo común a todas las sectas, sea cual sea su fuente inspiradora.

La organización Boko Haram fue fundada en el 2002 por Mohamed Yusuf, un predicador de la yihad y del odio a Occidente, que se presentó como el regenerador de la política nigeriana mediante la batalla para imponer la sharia. El nombre de la organización en lengua hausa significa “la educación occidental es pecado”, declaración de principios que llevó a la práctica con ataques a centros educativos públicos y privados de credo cristiano, pero también con atentados de toda clase contra civiles en el norte y centro del país. En el 2009, Yusuf fue capturado y ejecutado sin que mediara juicio, y fue sustituido por Shekau, que intensificó las acciones en todas partes, ayudado con toda seguridad por Al Qaeda del Magreb Islámico, una organización yihadista muy activa en el Sahel; en el 2012, Ansaru, una escisión de Boko Haram, internacionalizó la causa del islamismo nigeriano mediante secuestros y ataques a intereses extranjeros, en especial a partir de enero del 2013, cuando el Ejército francés intervino en Mali. Resultado de todo ello en los últimos doce años: ataques en más de 40 lugares diferentes, 160 atentados y al menos 2.600 muertos, de los que dos tercios –gran paradoja– eran musulmanes.

NigeriaLa simplicidad del programa de Boko Haram, establecer un califato en el norte de Nigeria, el desprecio por el género humano y el fanatismo religioso excluyen toda posibilidad de acuerdo. Percibe el laicismo en la enseñanza como “una herramienta para mantener el dominio de las élites sobre las masas”, explica en la publicación Jeune Afrique el analista nigeriano Bala Liman, especialista en la secta. Poco importa que las víctimas escogidas sean militares, policías, funcionarios públicos, los vendedores y clientes de un mercado o niñas y adolescentes de un internado, el caso es alcanzar la meta fijada, envuelta a menudo en el lenguaje que en otro tiempo manejaron revolucionarios y reformistas sociales surgidos –he aquí otra gran paradoja– del desarrollo del pensamiento político en Occidente. A ojos de ese extraño mundo regido por iluminados con un fusil a su alcance, el fin justifica sobradamente los medios, aunque el precio sea la vida de inocentes o la humillación execrable de las escolares que ahora tienen en su poder.

Nadie puede afirmar hoy que la movilización internacional –#BringBackOurGirls– para evitar que se consume la fechoría y vean la luz otras de parecido tenor, además de la ayuda de Estados Unidos y el Reino Unido al Gobierno nigeriano para dar con los yihadistas, arroje algún resultado tangible. Incluso cabe conjeturar que varias de las solidaridades de los últimos días responden más a la exigencia de la opinión pública de que se haga algo que a la disposición real de algunos de los movilizados a poner manos a la obra y afrontar el desafío sin reservas. Pero sí puede afirmarse que frente a un adversario que desconoce los fundamentos del humanismo, el respeto genérico a las otras gentes del libro –judíos y cristianos– que prescribe el Corán y los derechos humanos, entendidos como valores de alcance universal, es imposible albergar siquiera la remota esperanza de vencer por la vía del diálogo y la negociación.

Goodluck Jonathan, presidente de Nigeria.

El Gobierno del presidente Goodluck Jonathan ha ofrecido, por lo demás, un recital de incapacidad, incompetencia e ineficacia que facilita mucho las cosas a Boko Haram en su propósito de sembrar el pánico y desmoralizar a la población. Hay también algo abyecto y obsceno en la falta de resultados que presenta la hoja de servicios de un régimen que gestiona la primera economía de África en cifras absolutas, gracias a las rentas del petróleo, y que debe responder de la suerte de unos 170 millones de habitantes, integrantes de un mosaico cultural cuyas piezas tienden a no encajar. Hay algo decididamente escandaloso e injustificable en la imposibilidad del Estado de garantizar razonablemente la seguridad de los ciudadanos o, si se prefiere, de obstaculizar la vesania de los islamistas, dispuestos a todo, conmuevan o no sus acciones a la comunidad internacional.

El profesor nigeriano Muibi O. Opeloye se acerca con acierto al núcleo del problema de la neutralización por el momento imposible de Boko Haram a causa de las limitaciones del Estado, cuyas instituciones se perciben como una máquina de poder que, al carecer de otros atributos, carece asimismo de prestigio –¿de legitimidad? – y está siempre bajo sospecha. “La percepción nigeriana es –afirma Opeloye– que la política de partido es venenosa; es una política de guerra y no de paz; de acritud, odio y difamación, no de amor y fraternidad; es de anarquía y desacuerdo, no de orden y concordia; es una política de división, facciones y desunión, no de cooperación, consenso y unidad; es una política de hipocresía y charlatanería, no de integridad y patriotismo; es una política de bellaquería, no de madurez; es de chantaje y gansterismo, no de contribución constructiva y honesta”.

No es difícil concluir que los nigerianos se sienten integrantes de una comunidad desvalida, tutelada por gobernantes incompetentes, puede en ocasiones que venales. No es este un estado moral exclusivo de Nigeria, pero las dimensiones del problema que debe afrontar estos días lo hace más visible y la obligación del Estado de reaccionar es más urgente que nunca. Es cierto que los efectos perniciosos de la herencia colonial –división incongruente del territorio, élites acomodaticias, corrupción, explosión demográfica, urbanismo insostenible, rivalidad entre comunidades, litigios religiosos, etcétera– son más visibles en África que en cualquier otro lugar, pero remontarse a la noche de los tiempos para utilizar el pasado como coartada moral de las disfunciones del presente es con frecuencia un ejercicio de cinismo político. Parece más honrado y útil admitir que la ignominia del secuestro de las niñas es el fruto más amargo de un largo proceso de contemporizaciones, debilidad y, por qué no, ausencia del Estado, que ha facilitado la proliferación de un islamismo despiadado en el que las mujeres –niñas, adolescentes, adultas– están condenadas a vivir una minoría de edad permanente y a ser moneda de cambio en cualquier momento.

Si la presencia del Estado fuese en Nigeria una realidad comprobable sobre el terreno, es improbable que la sharia hubiese sido adoptada en la práctica en los territorios del norte, como ahora sucede, porque, como explica el profesor Opeloye, la naturaleza heterogénea del país hace imposible la aplicación de un sistema islámico de gobierno. Tampoco hubiese cosechado tantos adeptos el sueño califal y aún menos la acción directa. En cambio, el proselitismo yihadista apenas ha tenido que vencer obstáculos menores para adueñarse de forma bastante segura de una porción del país y controlar una parte de la frontera con Camerún. Ante esta realidad, la condena del secuestro emitida por la Universidad de Al Azhar en El Cairo, máximo autoridad religiosa de la rama suní del islam, sirve para preservar la dignidad de los musulmanes de buena voluntad, pero para poco más.

El poder de la imagen y los prejuicios acrecentados por la visibilidad de un islam agresivo, unidos a la política occidental posterior al 11 de septiembre de 2001, y aun antes, es infinitamente superior al de las condenas ad hoc. Y la imagen de Shekua y sus secuaces es tan convincente que la de los doctores de la ley islámica apenas les inquieta, porque no afecta a su visión binaria del mundo, antes al contrario, les ratifica en su convencimiento de que solo ellos y sus aliados del orbe musulmán pueden liberar al islam del sometimiento a Occidente, de la pretensión de los reformistas de consagrar la neutralidad del Estado para garantizar la libertad de culto de todas las creencias y el derecho de los no creyentes a manifestarse como tales. Eso también forma parte de la tragedia en un remoto lugar del corazón de África.

Mandela, un punto de apoyo

“La verdadera paz no es simplemente la ausencia de tensión; es la presencia de justicia”.

Martin Luther King

Los admiradores de Nelson Mandela, los seguidores del pensamiento del gran líder, los inspirados por él, se multiplican a gran velocidad, espectacularmente, con una prodigalidad muy por encima de la que se recoge en el pasaje evangélico de los panes y de los peces. Se trata de la una extraordinaria ceremonia de la confusión consistente en que nadie quiere perderse la foto al lado del féretro, la gloria de la frase redonda reproducida en letras de molde, difundida por la red en la aldea global. La densidad de políticos registrada en la ceremonia del martes en el Soccer City de Johannesburgo tiene poco que ver con la emotividad a flor de piel del homenaje popular que continuó luego en Sudáfrica a través de una manifestación de luto bulliciosamente sincera. Su significado se entiende mejor a la luz de lo que cabe considerar un culto a la personalidad post mortem organizado a beneficio, como es obvio, de quienes rinden el homenaje y no del homenajeado.

El titular de portada dice:

El titular de la portada dice: “El conquistador de la Sudáfrica del ‘apartheid’ como luchador, prisionero, presidente y símbolo”.

Todo esfuerzo es poco en las prisas por incorporar referentes morales a la biografía de cada gobernante para, acto seguido, proyectar sobre multitudes desorientadas –las de cada país– una guía moral actualizada. Claro que no todo fue oportunismo aquel martes lluvioso, pero se dio en dosis considerables, que quizá al propio Mandela le hubiesen movido a risa, como apunta Simon Jenkins, del periódico progresista británico The Guardian, en uno de los artículos más provocadores publicados a raíz de la agenda funeraria oficial que se sigue en Sudáfrica. “Ya es suficiente –escribe Jenkins–. La publicidad de la muerte y el funeral de Nelson Mandela se han convertido en un absurdo. Mandela fue un líder político africano con cualidades adecuadas para una coyuntura crucial en los asuntos de su nación”. Y añade: “Secuestrado por políticos y celebridades, de Barack Obama a Naomi Campbell y Sepp Blatter , ha tenido que ser deificado a fin de sacar el polvo a los demás con su gloria. En el proceso se le ha deshumanizado. Oímos hablar mucho de la banalidad del mal. A veces hay que destacar la banalidad de la bondad”.

El articulista no duda del gran líder fallecido, duda de muchos de quienes se han sumado al homenaje fúnebre; abomina de presencias irritantes a contar a partir de Robert Mugabe, presidente de Zimbabue. ¿Por qué se da una situación tan paradójica: un hombre que evitó siempre el gesto presuntuoso de ponerse como ejemplo es la referencia ideal para una multicolor variedad de perfiles ideológicos: gestores honrados, dirigentes llenos de contradicciones, muñidores del poder, luchadores abnegados y a saber cuántos registros más? ¿Acaso se debe a la escasez de referencias morales transparentes y a un superávit angustioso de moralistas estomagantes? Quizá esta sea la razón.

"Mandela, el combatiente de la libertad", títuló 'Le Monde'

“Mandela, el combatiente de la libertad”, títuló ‘Le Monde’.

La última entrega del International Herald Tribune Magazine, distribuida antes de la muerte de Nelson Mandela, recoge la respuesta de varios personajes notables en su área de actividad acerca de quiénes son los líderes morales de nuestro tiempo. Solo uno de ellos, Salam Fayad, expresidente del Gobierno de la Autoridad Palestina, menciona a Mandela, y lo hace además para relacionarlo con la siembra de la no violencia realizada por Martin Luther King en los años 60. Otros entrevistados transitan por caminos muy distantes de la praxis política de Mandela: la escritora turca Elip Shafak cita a Rumi, poeta de expresión persa del siglo XIII, que en su funeral reunió a cristianos, judíos y musulmanes; el obispo anglicano Rowan Williams menciona a Dag Hammarskjold, segundo secretario general de la ONU, porque “ofreció una perspectiva sin la que todo político está vacío”; el poeta chino Liao Yiwn se remite a Confucio y se acoge a una frase de Mencio, su seguidor más preclaro, para quien “si Confucio no hubiese nacido, la larga noche no tendría ninguna lámpara brillante”.

¿Puede aventurarse que Shafak, Williams y Liao no sienten interés o aprecio por la epopeya de Mandela? No, con toda seguridad, pero a diferencia de muchos de los gobernantes que viajaron a Johannesburgo, no tienen necesidad de hacer ostentación de ello. La remisión al icono es una operación de cirugía estética tentadora, porque tras la imagen del héroe desaparecido, libre de toda sospecha, reconocido por todos, se concentra una masa crítica de utilidad política aún más tentadora: Andrei Sajarov, Václav Havel, las revueltas en las antiguas repúblicas soviéticas, la primavera árabe, la resistencia sin aspavientos de la birmana Aung San Suu Kyi, la teocracia posmoderna del dalái lama y la escuela pacifista que, puestos a citar símbolos ilustres, se remonta a Mahatma Gandhi. 

Para 'The Independent', el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: "

Para ‘The Independent’, el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: “Ser libre no es simplemente librarse uno de las cadenas, sino vivir de forma que se respete y realce la libertad de los otros”.

A eso se refiere la directora del diario francés Le Monde, Natalie Nougayrède, al enumerar la descendencia civil más conocida de Mandela, el autor de frases redondas del estilo “la libertad no se negocia porque solo un hombre libre puede negociar”. Escribe Nougayrède: “Las aspiraciones a la dignidad y a los valores universales deben encarnarse para superar los peores obstáculos”. Y al seguir por esta línea es fácil tener la impresión de que una cierta religiosidad cívica envuelve los elogios fúnebres suministrados estos días por los redactores de discursos, al mismo tiempo que cobra sentido la prevención que expresa Simon Jenkins ante todo lo visto y leído: “El concepto de bondad en un líder político ha fascinado a los estudiosos, de Platón a Nietzsche y más allá. Tenemos que creer en él, no sea que nos deslicemos por el cinismo, pero hemos de tener cuidado para no deslizarnos hacia la idolatría”.

¿Es todo una gran farsa televisada en directo? No lo es, pero la banalización de la bondad de la que habla Jenkins ahí está. ¿Hay que practicar el escepticismo ante todos los discursos? Sin duda, no, pero al beatificar a Mandela en el altar de los grandes valores universales, la peripecia personal se convierte en un relato mágico del que desaparecen algunas referencias obligadas para comprender que entre la condena a cadena perpetua del abogado Nelson Mandela y la elección del primer presidente negro de Sudáfrica transcurren decenios de sinsabores, sacrificios, periodos de ostracismo, contradicciones personales, errores, ausencias, tragedias familiares y, al mismo tiempo, acontecimientos políticos en el plano interior e internacional que hacen posible el gran momento de gloria de la liberación en 1990. El relato mágico acelera la construcción del mito, al que se le otorgan todos los atributos, pero desaparece la historia; la exaltación de la ejemplaridad desdibuja al ser humano.

Las multitudes que se han movilizado para acudir a Pretoria a despedir a Madiba no precisan recurrir a la exaltación de lo sobrehumano. Han rendido tributo a quien sienten que le deben algo, que fue como ellos, que pasó por las mismas angustias que ellos, del apartheid a las matanzas en los suburbios, de la violencia de todos los días al largo olvido a que fueron condenados por la realpolitik durante la guerra fría. En esas largas colas del último adiós la mayoría sabía, desde mucho antes de que lo dijera Barack Obama en Johannesburgo, que Mandela no solo fue su libertador esclarecido, sino el libertador de los carceleros. Y en este gesto supremo se labró su derecho a pasar a la historia como un gobernante sin ira.

 

 

 

 

Túnez da ejemplo otra vez

El acuerdo alcanzado por los partidos representados en la Asamblea Nacional Constituyente de Túnez para desatascar la redacción y aprobación de una nueva Constitución contrasta con el galimatías libio, que culminó este jueves con la retención durante unas horas del primer ministro, Alí Zeidán, y aún más con el otoño Egipto, donde sigue sin conocerse el paradero de Mohamed Mursi, presidente depuesto por el Ejército el 3 de julio. No todo tiene el mismo tono regresivo en el norte de África, y otra vez, como sucedió a principios del 2011, son los tunecinos quienes dan muestras de sentido político al buscar una salida ordenada al problema planteado por una Cámara zarandeada por desacuerdos insolubles y unas fuerzas laicas emocionalmente sacudidas por los asesinatos de Chokri Belaid y Mohamed Brahmi, dos de las voces más influyentes de la izquierda. Mientras tanto, nadie sabe hacia dónde se dirige la reforma libia, a expensas de los designios de grupos incontrolados que no hay forma de desarmar, y cada día es más evidente que en el horizonte egipcio se consolida la silueta de una dictadura militar encubierta.

Quizá sea cierto que la operación desencadenada por Estados Unidos para sacar de Libia a Abú Anás al Libi, presunto responsable de las matanzas en las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar Es Salaam, el 7 de agosto de 1998, haya echado más leña al fuego a la falta de vertebración del país surgido del final de la guerra civil. Es seguro que la política contemplativa de Occidente en el desarrollo de los acontecimientos en Egipto a partir del golpe de Estado ha favorecido a los generales, movilizados en defensa de los intereses de una casta que controla más del 30% de la economía del país. Pero no es menos cierto que frente a la debilidad del núcleo laico en ambos países, la disposición del sindicato Unión General de Trabajadores Tunecinos (UGTT) ha suplido las carencias de unas fuerzas políticas laicas inexpertas, enfrascadas con frecuencia en estériles debates bizantinos, y condicionadas por la disciplina de Ennahda (islamista moderado), que representa a la sumo a un cuarto de la población del país, aunque obtuvo más del 40% de los votos en las elecciones de octubre del 2011.

Habib Burguiba, padre de la independencia de Túnez, en Bizerta, en el norte del país, en 1952.

En definitiva, el equilibrio entre laicos e islamistas moderados, más allá de la aritmética electoral, se ha restablecido en Túnez, con el consiguiente apaciguamiento de las pasiones, al tiempo que en Libia no hay forma de desentrañar dónde se encuentran en verdad los resortes del poder legítimo o, peor aún, cunde la sospecha de que estos no existen, sometido todo el andamiaje político a las milicias armadas, la pugna tribal y la exigencia del este –región petrolífera– de disfrutar de mayores cuotas de poder. Y, en Egipto, los notables presididos por Amr Musa, encargados de redactar una nueva Constitución a la medida de los cuarteles, tienen cada día más la apariencia de máscaras cuyo destino es ocultar el torvo rostro de la dictadura militar que pilota el general Abdel Fatá al Sisi.

Como recordaba Jean Daniel, fundador del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur, en un artículo publicado el 13 de febrero de este año, en momentos de gran incertidumbre, la herencia de Habib Burguiba, padre de la independencia tunecina, la crisis de “ese pequeño país desborda con mucho sus fronteras”. “De su resolución –añadía Daniel–, dependerá la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”.  El mismo autor reconocía en aquel artículo que Burguiba fue con el paso del tiempo “un déspota cada vez menos ilustrado”, pero sus primeros años “fueron esenciales en dos apartados: sus decisiones relativas al estatuto de la mujer y la forma de practicar y respetar el islam”. La UGTT ganó influencia y prestigio en aquella atmósfera de compromiso aconfesional, y aún hoy agavilla voluntades enfrentadas gracias a la herencia recibida.

A la izquierda, Gamal Abdel Naser, presidente de Egipto, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en la conferencia de no alneados de Belgrado, en 1961.

“El aspecto más significativamente singular de lo sucedido en Túnez es la capacidad de todos los actores políticos importantes, incluido el partido Ennahda, que dirige un Gobierno de coalición, para dialogar, negociar y comprometerse cuando es necesario para mantener la transición hacia una democracia plural que alcance a todos los grupos para competir por el poder”, destaca el analista Rami Khouri. Esa es una cualidad del entramado tunecino que de momento carece de licencia de exportación y que, con toda probabilidad, deriva de la secularización de la cultura política deseada por Burguiba en los años que siguieron a la independencia (1956). Burguiba sucumbió a la tentación del culto a la personalidad y de un paternalismo acrítico, pero suministró antídotos civiles para neutralizar otras tentaciones: el cesarismo, el dogmatismo religioso, la postergación de la mujer y el comunitarismo.

Si se compara esa herencia con el relato emancipador de Gamal Abdel Naser, padre del Egipto moderno, surge enseguida la gran diferencia: Naser, al frente del mayor de los estados árabes, aspiró a dirigir el orbe árabe; Burguiba, líder de un pequeño país, no soñó nunca con encabezar grandes aventuras más allá de sus fronteras. La modesta ambición política de Burguiba tuvo un carácter estrictamente nacional; el proyecto panarabista de Naser, a menudo grandilocuente, requirió la construcción de un régimen basado en la supremacía del Ejército para hacer frente a Israel y redimir el agravio de 1948. Medio siglo más tarde, de la suerte del modelo tunecino, con todas las vicisitudes que se quiera, depende “la posibilidad de mantener una verdadera democracia en tierra del islam”, como se recoge más arriba, mientras que los uniformados de El Cairo aparecen como una sociedad cerrada cuyo primer objetivo es gestionar sus negocios y garantizar el poder de los centuriones.

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983,

A la izquierda, Muamar Gadafi, líder de Libia, y Habib Burguiba, presidente de Túnez, en 1983.

Si la comparación es con el caos libio, entonces el contraste es aún mayor. El Estado de masas de Muamar Gadafi, la Yamahiriya, nunca fue mucho más que un nombre. En la práctica, solo fue útil para que prevalecieran las rivalidades tribales cuyo fragor confería al dictador un poder arbitral permanente del que dependía su supervivencia. A diferencia de Burguiba y Naser, que construyeron identidades políticas –nacionales– indiscutiblemente vigentes, Gadafi no tuvo el mayor interés en hacerlo, sino que fomentó la división. El caso es que hoy, después de una sangrienta guerra civil, un proceso constituyente instalado en la confusión y la exportación de petróleo –la capacidad extractiva de Libia es de 1,6 millones de barriles diarios– afectada por la pugna política, el país tiene la imperiosa necesidad de impulsar la socialización nacional para evitar que la adscripción tribal siga siendo la barrera infranqueable que se levanta entre los individuos y el Estado. Sin la construcción de una identidad colectiva que se extienda por encima de localismos y fidelidades personales, será muy difícil que pueda oponerse un poder homogéneo a las milicias surgidas durante la guerra, con presencia muy activa del islamismo radical.

Aún así, sigue en vigor el aserto más repetido desde que todo empezó entre los últimos días del 2010 y los primeros del 2011: nada será como antes. Acaso Egipto haya vuelto a la casilla de salida y acaso ese otoño de los generales se prolongue en un gobierno de los uniformados de duración imprevisible. Acaso Libia se haya salido del tablero y deba superar grandes dificultades y contratiempos antes de volver a él. Acaso, en fin, Túnez no consiga en mucho tiempo alcanzar la velocidad de crucero de la democratización y tenga que remontar cuestas interminables. Acaso todo eso suceda, pero la calle árabe perdió el miedo, según subrayan los sociólogos políticos, y lo que ahora acontece no es más que la confirmación empírica de que se quedaron cortos en sus cálculos cuantos diagnosticaron en los primeros días de las primaveras que haría falta una generación para que cuajaran.

Mali, ¿y ahora qué?

El conflicto de Mali se internacionalizó el miércoles, sexto día de la intervención francesa (Operación Serval), cuando una partida islamista tomó más de 600 rehenes –unos 40 extranjeros y los demás, argelinos– en la planta de extracción de gas de In Amenas (Argelia). El sangriento corolario de la operación desencadenada al día siguiente por militares argelinos llenó de sentido la pregunta formulada retóricamente, en cuanto se tuvo noticia del secuestro, por el general Carter F. Ham, el militar estadounidense de mayor rango destinado en África: “El auténtico asunto es, ¿ahora qué?” ¿Cómo se afronta la gestión de una guerra que siembra la inquietud en Occidente y amenaza con ampliar el foco de inestabilidad más allá de las fronteras de Mali y de los límites difusos del Sahel para llegar hasta las puertas de las primaveras árabes? ¿Por qué esa guerra que muchos creen que pudo evitarse? ¿Por qué se acogieron con desgana todos los avisos que llegaban del corazón del desierto después de la desbandada islamista que siguió al final de la guerra civil de Libia?

La guerra era “previsible y evitable”, sostiene Bruno Charbonneau, director del Observatorio sobre las Misiones de Paz y Operaciones Humanitarias y profesor de la Universidad de Quebec, porque plantear la crisis de Mali como una operación antiterrorista abocó a una profecía autorrealizable: “A cada nueva amenaza de intervención militar internacional, los islamistas crecieron en número y se estrechó su control del norte del país”. La duda que expresa Charbonneau, y para la que no tiene respuesta, es tan inquietante como la incógnita puesta sobre la mesa por el general Ham: “Queda por saber si nos dirigimos en Mali hacia otra guerra interminable contra el terrorismo o hacia otra intervención internacional (asimismo interminable) de construcción de la paz y reconstrucción del Estado”.

Guerra de Mali

Según los expertos, las operaciones islamistas en Mali son una acción coordinada de AQMI, el MUYAO y AE, más el golpe de mano de Mujtar Belmujtar en Argelia.

En cuanto se tuvo noticia de la operación islamista en Argelia, The New York Times fue en busca de opiniones para aquilatar la repercusión de lo que estaba sucediendo y la posibilidad de que Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y otras organizaciones similares constituyeran una amenaza inminente para intereses estadounidenses. El general Ham constestó  que “probablemente no”; el secretario de Defensa, Leon Panetta, se manifestó en sentido contrario: “Es una operación de Al Qaeda y es por esta razón que estamos afectados por su presencia en Mali”. En realidad, los islamistas acababan de internacionalizar la guerra mucho antes de que el primer soldado del contingente africano multinacional se presentara en el teatro de operaciones y de que el programa de asistencia aprobado por la Unión Europea movilizara a un solo instructor de los que, en un tiempo inverosímilmente corto, debe convertir el Ejército maliense en un instrumento eficaz.

Mientras esto sucede, y es muy posible que tarde mucho en concretarse la eficacia de la operación de adiestramiento de los soldados de Mali, otra pregunta sobrevuela la crisis: ¿hay detrás de las razones oficiales otras menos confesables para recurrir a las armas? Más allá de la teórica unidad de los grandes partidos franceses detrás del presidente François Hollande, de los riesgos de que el yihadismo se haga con el territorio de un Estado fallido, de las peticiones de ayuda dirigidas a Francia por el tambaleante Gobierno de Mali, es legítimo considerar otros motivos, como las planteados por el cooperante Julio Tapia Yagües en una carta dirigida a ELPERIÓDICO: “Lo que ha provocado el actual conflicto en Malí es la gran bolsa de petróleo y gas de su zona norte (…) La negativa a pagar un céntimo a los tuareg, legítimos propietarios de los recursos allí encontrados, es lo que motivó que la oligarquía maliense, alentada por petroleras americanas (y europeas al acecho) forzara un golpe de Estado en marzo del 2012 que derrocó al presidente legítimo del país, que ya negociaba con los tuaregs”.

Incluso si las razones oficiales de Francia se limitan a las expuestas por Hollande y sus ministros, es harto dudoso que las operaciones en curso sean suficientes para evitar que en el corazón del Sáhara se consolide una situación similar a la afgana (triunfo talibán de 1996), a la somalí o –pesadilla de Occidente– a la que sueña el islamismo radical para Pakistán salvo que se haga realidad el temor a la intervención internacional interminable, expresado por Charbonneau. Cuanto está sucediendo en el desierto tiene un efecto llamada evidente para todos los iluminados de la yihad, de forma que los efectivos con los que ahora cuentan las organizaciones que se han adueñado del norte de Mali pueden crecer sin que, por lo demás, los países circundantes puedan garantizar ni remotamente el control de las fronteras para evitar la infiltración. La impresión es justamente la contraria.

Nina Wallet Intalu

Nina Wallet Intalu,una de las dirigentes del MNLA, advirtió en abril del año pasado de los riesgos que se corrían en Azawad.

Para el especialista de la Universidad de Toulouse Mathieu Guidère, tres grupos islamistas complementarios se encuentran en el teatro de operaciones: AQMI, el Movimiento Unicidad y Yihad en África del Oeste y Ansar Edin (Defensor del Islam). Este último “se mueve en columna como un ejército regular; los otros dos grupos funcionan como comandos y fuerzas de choque”. Hay diferencias entre ellos,  fruto de rivalidades personales, pero de las declaraciones hechas por Guidère a la revista Jeune Afrique se desprende que esta trinidad yihadista constituye un bloque eficaz que amenaza con liquidar Mali como Estado.

El bloque combatiente no es un recién llegado al campo de batalla, pero cuando voces autorizadas advirtieron de la amenaza que se cernía sobre el norte de Mali, muy pocos prestaron atención. Así fue con Nina Wallet Intalou, integrante del comité ejecutivo del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), independentista tuareg, que el 19 de abril del año pasado declaró al diario Le Monde desde su exilio en Nuakchott: “[los islamistas] combaten contra nuestra cultura y nuestra identidad, y Mali nunca ha hecho nada contra ellos. Quieren borrarnos con la complicidad de Argelia”. Los hechos parecen confirmar que pesó más en el ánimo de los gobernantes malienses y de sus aliados el objetivo de neutralizar el independentismo de los tuaregs, víctimas como tantos otros grupos de la caprichosa división territorial pergeñada por las metrópolis coloniales antes de marcharse de África, que la necesidad de evitar que la emancipación de facto del Azawad emprendida por el MNLA fuese la ocasión propicia para los yihadistas de hacerse con el territorio, como así fue.

Para redondear la falta de reflejos de los gobiernos y la escasa pericia de los servicios de inteligencia, se dio muy escasa importancia a la constitución de la brigada Al Mutalimin (Los Firmantes por la Sangre), encabezada por Mojtar Belmojtar, un histórico del AQMI. Se creyó que no pasaba de ser la guerrilla particular de su jefe, enemistado con la dirección del AQMI, pero Dominique Thomas, especialista en redes islamistas, tiene una opinión menos simple: según él, Belmojtar buscaba desde hacía tiempo legitimarse junto otros grupos islamistas que pululan por el desierto, discípulos aventajados del desaparecido Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, del que surgió el AQMI. Para Thomas no hay duda: “Las divergencias del pasado, relacionadas especialmente con egos incompatibles, se han borrado en provecho de esta operación [In Amenas], realizada de forma coordinada”.

Carter F. Ham

Carter F. Ham, el general estadounidense que se pregunta cuál es el siguiente paso que hay que dar en Mali.

Así pues, el adversario al que se enfrenta Francia puede que no sea muy numeroso, pero conoce hasta la última roca el terreno que pisa, se adapta a él, atesora una probada capacidad de resistencia en las peores condiciones y no tiene más objetivo que combatir y combatir. En cambio, la capacidad de Francia de mantener el esfuerzo de guerra de forma ilimitada choca con las exigencias presupuestarias, obliga a los socios de la UE a plantear con precisión qué objetivos se persiguen y, en última estancia, estará condicionada por la reacción de la opinión pública a poco que se tuerzan las cosas. Bruno Charbonneau impugna la determinación del presidente Hollande de seguir en Mali todo el tiempo necesario. ‘Serval’ o la elección del mal menor, el editorial de primera página del día 14 del diario Le Monde, que suele apoyar al equipo socialista, era concluyente: intervenciones como la de Mali “no se sabe nunca cómo terminan” y “Francia no puede permanecer sola”. “Ayudar a Mali a reconquistar su territorio es en primer lugar un asunto de los estados de África del oeste”, se decía en el mismo texto, en el que se llamaba la atención sobre los riesgos inherentes a emprender la misión de forjar un Estado nuevo al estilo de las ensoñaciones de los think tanks neocon de Estados Unidos.

Pero los riesgos a que se enfrenta Francia, y por extensión el resto de Occidente, sea mucha o poca la implicación de los aliados en la guerra, es resucitar el fantasma de la Françafrique, donde todo se maneja desde París para exclusivo provecho propio y perjuicio de las antiguas colonias, enfangarse en un conflicto interno en tierra del islam y, aún peor, aparecer como la cabeza de playa de un neocolonialismo explícito. Frente a la opinión pública de los países del norte de África, que ha confiado el Gobierno al islamismo político en Marruecos, Túnez y Argelia, que le otorga un apoyo considerable en Libia y no reniega de él en Argelia, prolongar la presencia occidental en Mali podría soliviantar a la calle, ocupada en dar forma estable al movimiento de cambio que se inició con la caída de los dictadores.

Puede ser que Francia haya elegido el mal menor como el único camino posible en un conflicto enrevesado en el que coinciden las debilidades de un Estado a un paso del desmoronamiento, el independentismo tuareg, la brega yihadista, el temor del Gobierno argelino a que el islamismo inclemente arraigue en su territorio y una geopolítica marcada a fuego por el atraso, la pobreza y la debilidad institucional. Pero la guerra tiene su propia lógica, como ha escrito estos días Alain Frachon, y el fundamentalismo yihadista, tributario de una tradición antioccidental perfectamente identificable, también. Hoy, en el conflicto de Mali, es básicamente aplicable la siguiente frase, incluida por el politólogo canadiense Michael Ignatieff en El mal menor, ensayo del 2004 cuya referencia son los atentados del 11 de septiembre del 2001: “Lo que necesitamos explicarnos es por qué las guerras contra el terror se escapan del control político, por qué caen en la trampa que ponen los terroristas, pero también por qué los propios terroristas pierden el control de sus campañas e imponen terribles pérdidas a los de su propio bando antes que reconocer la derrota”. Y, a pesar de todo esto, las guerras contra el terrorismo “legitiman a los radicales”, según el sombrío diagnóstico de Dominique de Villepin, exprimer ministro de Francia.

En el aire enrarecido por los bombardeos, el golpe de mano en Argelia y las incertidumbres de futuro se abren paso, además de los porqués de Ignatieff, las sospechas de las oportunidades perdidas para evitar el desastre. Peter Rutland, profesor de la Universidad de Wesleyan, ha publicado en su blog de The New York Times una serie de consideraciones sobre los clichés aplicados por Estados Unidos a la génesis de la crisis maliense, extensibles a las potencias europeas. Recuerda Rutland que, durante la guerra fría, Occidente separó comunismo de nacionalismo, y aquel error dio pie a “intervenciones desastrosas, de Cuba a Vietman”. “El mismo error se comete ahora en la guerra del terror –prosigue–. Durante muchos años la comunidad internacional ha soslayado permanentemente las peticiones de autodeterminación de los tuaregs que habitan en la mitad norte de Mali, conocida como Azawad”. Un caso de ceguera política –confundir el nacionalismo tuareg con una forma encubierta de islamismo– que ha permitido a los yihadistas adueñarse de las reclamaciones tuaregs para ocupar el territorio e imponer la sharia. ¿Y ahora qué? Todas las respuestas suenan a improvisación.