Baviera marca el camino

El batacazo de la CSU en las elecciones celebradas en Baviera es una señal más de la transformación de los partidos y los electores de perfil conservador. La irrupción de la extrema derecha en la política alemana, con una confortable presencia en el Bundestag, ha llevado a la CSU a asumir parte de la gesticulación pública y los eslóganes de Alternativa para Alemania (AfD por sus siglas en alemán), pero como suele suceder casi siempre en los casos de imitación oportunista del adversario, es este quien sale beneficiado y no el imitador. O lo que es lo mismo, entre el original y la copia, muchos votantes prefieren al primero.

Si hasta la fecha se ha dicho que la izquierda tradicional europea no sale de su desorientación y pena su incapacidad para disponer de un programa propio poscrisis, ahora cabe decir lo mismo del universo conservador, zarandeado por la extrema derecha. Los flujos migratorios, la convivencia con el islam en suelo europeo y el terrorismo global, más una eurofobia sin descanso, han alimentado los programas ultra, simplificando al máximo los problemas y las soluciones, como si la complejidad extrema del momento pudiera gestionarse con enunciados tan genéricos como cerrar las fronteras, salir del euro o poner en marcha un proceso masivo de repatriaciones. El líder de la CSU, Horst Seehofer, ministro del Interior –y de Patria, una aportación suya de inquietante significado–, da la impresión de haber olvidado la sentencia de Konrad Adenauer: “La historia es la suma total de todas aquellas cosas que hubieran podido evitarse”.

El contagio del virus ultra se extiende entre las derechas convencionales a la velocidad propia de las grandes epidemias. El caso de Vox, con un Vistalegre lleno en el zurrón, no es ajeno a los giros hacia la derecha de la derecha del PP y de Ciudadanos, temerosos de que finalmente la segmentación del voto conservador les condene a la derrota electoral. El temor a aparecer demasiado blandos, demasiado contemporizadores, demasiado liberales y poco nacionalistas lleva a algunos de sus dirigentes a subrayar sus coincidencias con los propósitos que animan a Vox, retardatarios cuando no claramente contrarios a la Constitución (la supresión de las autonomías, por ejemplo).

Se frustra así el papel moderador de la democracia cristiana y afines en entornos tan distintos como Alemania, Italia, Austria y en España al final del franquismo al neutralizar los ímpetus de la extrema derecha en sus diferentes versiones. Una operación que condenó a los irreductibles a la irrelevancia durante décadas, convertidos poco menos que un pintoresco residuo del pasado. Carente de líderes asentados y de una base electoral suficiente, el universo ultra hubo de recorrer una larga travesía del desierto hasta que el coste social de la salida de la crisis económica, la decepción de una parte de los más vulnerables con los partidos tradicionales y la insensibilidad de los tecnócratas de la UE al hacer el recuento de bajas puso en bandeja el renacimiento de los partidos con una nueva generación de líderes: Marine Le Pen, Frauke Petry, Matteo Salvini, Geert Wilders, Heinz-Christian Strache y otros menos renombrados.

La mayoría de ellos remaron contracorriente durante muy poco tiempo: si las elucubraciones del Tea Party fueron una primera fuente de inspiración, junto con el legado de la extrema derecha de entre guerras, la victoria de Donald Trump les procuró un líder universal, predicador de la nación agresiva frente al multilateralismo pactista, liquidador del statu quo y de la globalización. Puestos a minar la UE y las exigencias políticas de Bruselas, hallaron en Trump el pilar adecuado para debilitar la propuesta europeísta y sumarse a la labor de zapa de estrategas como Steve Bannon y otros ideólogos del nacionalismo de última generación, tan ajeno al cosmopolitismo que alienta en el proyecto europeo.

Basta sumar la inclusión de programas sociales en las arengas de la extrema derecha para comprender lo atractivo de la oferta en caladeros tradicionales de la izquierda golpeados por la crisis, sometidos a las políticas de austeridad y condenados a  sufrir un mercado laboral precario (pobres con trabajo). Los resultados en la periferia de París de la elección presidencial de mayo de 2017 –victoria de Emmanuel Macron– ilustran sobradamente este fenómeno de transferencia del voto de izquierdas al lado opuesto del espectro político y contribuyen en todas partes a ahondar la desorientación de la izquierda tradicional, a dar vida a proyectos políticos de influencia limitada –los insumisos en Francia– y a alentar diferentes formas de populismo progresista que impugnan el reparto de papeles en los regímenes democráticos.

La más genuina diferencia entre Alemania y casos como los de Francia y España, es que la configuración del Parlamento está lejos de compensar el afloramiento de la extrema derecha con una similar capacidad de movilización de nuevas formas de la izquierda –Die Linke es un partido estancado–, capaces de retener una parte del electorado que ha abandonado a la socialdemocracia (SPD). Los resultados de Baviera tienden a consolidar ese modelo y ahora la mayor de las incógnitas es saber hasta qué punto el traspiés bávaro de la democracia cristiana puede repetirse a escala federal. Porque si, como parece, Angela Merkel se ve obligada a adelantar las elecciones, someterá a su partido, la CDU, a una dura prueba de resistencia frente a las acometidas de AfD y a la prédica nacionalista y poco menos que xenófoba de la CSU, cada vez más presunta aliada y menos aliada sin más de la CDU.

Resulta innecesario subrayar que una Alemania enfrentada al desafío de AfD influiría en el curso de los acontecimientos en el resto de la UE y daría alas a la extrema derecha en todas partes. No es ni exagerado ni grandilocuente imaginar que los sucesivos ascensos en los resultados obtenidos por AfD mejoran las perspectivas del voto ultra, amenazan el proyecto político europeo y contribuyen a endurecer los programas de la derecha tradicional por esa tendencia suya a intentar la neutralización de sus adversarios ultraderechistas mediante la asimilación de parte de sus programas. Y sobre todo de su lenguaje, de un léxico agresivo y extemporáneo que lo mismo le vale a Pablo Casado para referirse a un supuesto efecto llamada en el Estrecho, que a Horst Seehofer para amenazar con el cierre de fronteras.

Quienes se adueñan del lenguaje, siquiera sea para amedrentar, tienen mucho camino recorrido, porque al final es el instrumento para prometer la Luna, desacreditar a los rivales y administrar las victorias. Si la apropiación se produce en entornos marcados por las desigualdades y la decepción de los ciudadanos, entonces se dan dos de las condiciones básicas para que los demagogos sin escrúpulos se suban a la tribuna y atraigan voluntades.

Otra vez la guerra fría

El cruce de expulsiones entre los aliados occidentales de un lado y Rusia del otro ratifica el calentamiento de la nueva guerra fría, tantas veces citada y desmentida. Cuando Sergei Narishkin, jefe de los servicios secretos rusos, alerta del riesgo de una escalada que desemboque en “una nueva crisis como la de Cuba” (la de los misiles, octubre de 1962) no hace más que abundar en la gravedad de la situación y los riesgos que entraña. El caso del envenenamiento del espía ruso –doble agente– Sergei Skripal y de su hija Yulia en suelo inglés ha emponzoñado la atmósfera, ahora más volátil que nunca, y ha resucitado los usos y costumbres a los que Estados Unidos y la Unión Soviética se atuvieron durante décadas.

El caso Skripal y sus consecuencias inmediatas semeja a los refinados argumentos de las novelas de Graham Green y remite a precedentes inquietantes, en especial el envenenamiento con polonio-210 y muerte de Alexander Litvinenko en Londres (2006). Nunca desde el hundimiento de la URSS se había degradado el clima político entre Este y Oeste con tan rápida y amenazante velocidad, con decenas de diplomáticos expulsados de ambos bandos. Nunca tampoco en el último cuarto de siglo un conflicto de estas características se había desarrollado con dos personajes tan poco convencionales como Vladimir Putin y Donald Trump al frente de las operaciones, adscritos ambos a una jerga nacionalista tan a menudo beligerante.

El hecho de que el escenario del suceso sea el Reino Unido y de que los primeros capítulos los escribiera Theresa May, tan discutida dentro y fuera de su partido, no es determinante. Sí lo es que la estrategia a seguir se acoja al modelo de la tensión entre bloques antagónicos, de acuerdo con el diseño general guardado en un armario por Estados Unidos en los no tan lejanos días en que creyó ser la única superpotencia realmente existente, con Rusia en caída libre y China en pleno aggiornamento. Sí lo es también la enésima debilidad mostrada por la Unión Europea, con solo la mitad de sus miembros unidos a la estrategia de las expulsiones y la otra mitad instalada en una confortable neutralidad: esperar y ver. No, por cierto, porque la estrategia de confrontación les parezca la peor de todas las posibles, sino porque los euroescépticos hallan en situaciones como el caso Skripal el mejor ecosistema para subrayar su autonomía y minar la unidad política de la UE.

Un diario como The Guardian, tan poco afecto a los planes de May, ha puesto de manifiesto esta división europea, apenas encubierta por la declaración conjunta de apoyo de Estados Unidos y de los aliados europeos más cercanos al Reino Unido –Francia y Alemania– a la gestión británica de la crisis, toda vez de que, al mismo tiempo, países como Austria –la extrema derecha instalada en el Gobierno– han apelado a su neutralidad so pretexto de preservar su condición de “constructores de puentes entre el Este y el Oeste, manteniendo abiertos canales de comunicación”.

El renacimiento del nacionalismo ruso, que compensa las debilidades estructurales de la nación, con planes de rearme y gestos desafiantes, ha pillado casi por sorpresa a Occidente, convencido hasta hace poco de que Rusia se había convertido en una potencia de segundo orden y bajo control. Que el país sea un Estado-continente con graves problemas de sostenibilidad –la economía depende por completo de la exportación de gas y petróleo– y una demografía en rápido retroceso, no afecta de momento a su disposición de seguir siendo una gran potencia militar con el segundo arsenal nuclear más importante del planeta después del de Estados Unidos, y la voluntad manifiesta de renovarlo. Como se ha dicho en alguna ocasión, los analistas de la OTAN equivocaron por completo sus vaticinios en cuanto a la evolución de la Rusia surgida del final de la URSS, y la nueva versión de la guerra fría lo confirma.

Poco importa que resulte inescrutable cuál es la relación personal de Trump con algunos políticos –Putin entre ellos– y oligarcas rusos si en momentos de crisis se desentierra el léxico de la guerra fría, la lógica de la escalada, los obstáculos clásicos en la coexistencia pacífica y otros pormenores de un pasado que parecía haber quedado solo como materia de análisis para los historiadores. Mientras hasta fecha recientísima los jóvenes estudiantes de relaciones internacionales, diplomacia y otras disciplinas pedían dedicar menos tiempo a la guerra fría, poco menos que liquidada, y más horas a lo que la siguió, la realidad oculta era que nuevos ingredientes de confrontación se sumaban a la configuración de un presente con muchas reminiscencias del pasado, incluido un catálogo inagotable de gestos intemperantes.

El hecho de que el laboratorio militar británico de Porton Down reconozca que no ha podido demostrar que el agente nervioso Novichok, causante del envenenamiento, ha sido fabricado en Rusia, recuerda otros muchos casos en los que la simple sospecha ha puesto en marcha la maquinaria de la tensión fría. La acusación rusa de que Estados Unidos y el Reino Unido urdieron el ataque contra Skripal y su hija se ha ceñido a la misma lógica, y la oferta posterior de una investigación conjunta –hoy de factura imposible–, ha seguido el mismo camino. El resultado de este libro de estilo, compartido por ambas partes, es una situación bloqueada en la que, como en tantas otras ocasiones, incluida la crisis de los misiles en Cuba, solo es posible un desenlace en el que prevalezca la apariencia de que nadie cede a cambio de nada.

“Como estadista, uno tiene que obrar con la suposición de que los problemas se tienen que resolver”, declaró Henry Kissinger en cierta ocasión. Y Andrei Gromico, ministro de Asuntos Exteriores de la URSS y tantas veces contrincante de Kissinger, hizo hincapié en la necesidad de “dejar siempre una puerta abierta”. Uno y otro contribuyeron decisivamente a convertir la guerra fría en un sistema estable, donde las sorpresas eran infrecuentes. ¿Es este el futuro que nos aguarda? Quizá valga como respuesta esta frase de Willy Brandt: “Las barreras mentales sobreviven por lo general más tiempo que las de hormigón”. A ambos lados de la barrera, del muro si se quiere.

 

 

 

 

Crisis de identidad europea

Las elecciones europeas del día 25 pueden agravar la crisis de identidad de la UE si, como se prevé, la participación es muy baja y las candidaturas euroescépticas y las de extrema derecha logran visibilidad política y minutos en la tribuna de oradores del Parlamento Europeo. Una encuesta difundida por Pollwatch, una web que computa los sondeos a escala nacional para elaborar un pronóstico de cuál puede ser la composición del nuevo Europarlamento, no deja lugar a dudas en cuanto a la igualdad entre socialdemócratas y centristas (208 a 217), que impide aventurar un vencedor, y da por hecho que la suma de eurófobos, euroescépticos y la alianza de siete partidos de extrema derecha, que oscilan entre el nacionalismo a gritos, la xenofobia y la ideología neonazi, superará seguramente los 70 diputados, suficientes para acentuar la desorientación de no pocos europeístas. La nacionalización de las campañas facilita las cosas a los agitadores que se oponen a la idea de una Europa con identidad política. Les basta con descargar en la interferencia, la incompetencia o la tutela de UE el origen de los males de la nación en crisis, sin necesidad de comprometerse con programas y datos concretos; les basta con exigir la vuelta a los orígenes, el regreso al Estado-nación con todos los resortes de la soberanía a su alcance. Les es suficiente una simple remisión de los problemas presentes a la incapacidad de los dirigentes europeos para reconocer que han estado lejos de acertar en muchas de sus decisiones. Como ha manifestado un funcionario de la UE, “no hay ningún mea culpa en las instancias dirigentes”, y eso facilita las cosas a sus adversarios.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

El profesor Christoph Meyer, del King’s College de Londres, al analizar las expectativas electorales del United Kingdom Independence Party (UKIP), eurófobo, se refiere a la nacionalización de las campañas promovida por los grandes partidos para explicar el ascenso de los candidatos que aspiran a deseuropeizar la política. A pesar de que, más que en ninguna otra ocasión desde 1979, las próximas elecciones tienen una gran importancia política e institucional porque el nuevo Parlamento será el encargado de elegir al presidente de la Comisión de entre los candidatos que compiten, los partidos depositarios del statu quo político europeo han diseñado campañas cuya referencia son los problemas específicos de cada Estado. De tal manera que su proyecto europeo, de existir, queda oculto detrás de la charcutería política del día a día, del corto plazo y de la supervivencia de los estados mayores de los partidos y de los gobiernos. Es así como Europa se difumina y la única crítica acerca de ella es una crítica destructiva, sin alternativas, que muy a menudo toma prestados argumentos que manejan con sentido bien diferente los europeístas decepcionados con la marcha de la UE. “Con los líderes europeos que tenemos hoy, divididos, lentos y nada estimulantes, no me hago ninguna ilusión de que vayamos a poder detener la cascada [de los candidatos antieuropeístas]”, admite Timothy Garton Ash, un europeísta decepcionado con la marcha de los asuntos europeos. “Los partidos antieuropeos nacionalistas y xenófobos seducen a electores descorazonados por una Europa que estiman incapaz de protegerlos”, han escrito en el diario progresista francés Le Monde los analistas Claire Gatimois y Alain Salles. En esa desazón, en ese desánimo provocado por el comportamiento de los gobernantes europeos, subyace la sensación de que el pacto social de la posguerra –si se quiere, la preocupación social compartida con intensidad variable por socialdemócratas y democristianos– ha caído en el olvido a raíz o a causa de la globalización de la economía financiera. La austeridad se ha convertido en el estribillo machacón de los gestores de Europa de forma similar a como los predicadores de antaño prometían el paraíso en la otra vida a cambio de pasarlas canutas en esta. Cuando es posible que un partido político afirme sin mayor empacho –para el caso, el PP español– que España sale de la crisis, pero la Encuesta de Población Activa fija la tasa de paro en el 25,9%, cobra visos de realidad la impresión que tienen muchos de que han sido abandonados a su suerte, y las exigencias de las instituciones europeas, guiadas por las exigencias del modelo macroeconómico, tienen bastante de castigo inhumano, de cura de adelgazamiento que,a partir del propósito inicial de combatir la obesidad, provoca una anemia perniciosa. ¿A quién puede extrañar, entonces, que en siete países –Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Holanda, Hungría, Italia y Reino Unido– tenga la extrema derecha posibilidades ciertas de ganar las elecciones europeas o quedar en segundo lugar? La alianza cerrada hace un par de meses por Marine Le Pen (Frente Nacional, Francia) y Geert Wilders (Partido por la Libertad, Holanda) ha atraído a otras formaciones nacionalistas radicales y xenófobas, dispuestas a explotar los sentimientos políticos más primarios de segmentos sociales hartos de esperar una bonanza que nunca llega. Lo sorprendente no es esto, sino que los amortiguadores sociales que han sobrevivido a la poda del Estado del bienestar y la solidaridad familiar hayan evitado una extensión del fenómeno a otros países europeos, especialmente a España, donde la composición social del electorado del PP –con una facción muy conservadora, poco europeísta y muy influyente– quizá haya sido determinante para evitar la eclosión del huevo de la serpiente. Aun así, si se concreta en las urnas un ascenso de la extrema derecha como el que se pronostica, habrá que concluir, como hace Le Monde, que se tratará de “una honda de choque comparable a la provocada por la presencia de Jean-Marie Le Pen, dirigente entonces del Frente Nacional, en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa del 2002”. Entonces, la alarma de los demócratas sumó votos para apoyar la reelección de Jacques Chirac, pero el coste fue altísimo: la batalla de las ideas, esencia de los sistemas deliberativos, se diluyó en las urgencias del momento. Hoy, un Parlamento Europeo colonizado por varias decenas de diputados antieuropeos puede inducir a los grandes partidos a cerrar filas –la gran coalición– a costa de renunciar al debate de los programas, de las propuestas de futuro que determinarán qué Europa nos espera, a quiénés beneficiará y quiénes deberán esperar por tiempo indefinido a ser rescatados del marasmo de la crisis. La esperanza de Garton Ash de que “quizá el éxito de esos partidos [la extrema derecha] movilice por fin a una generación de europeístas más jóvenes y les anime a defender unos logros que ahora dan por descontados”, diseña un futuro estimulante, pero ese quizá al principio de la frase justifica abrigar todo tipo de dudas. El distanciamiento de los europeos de las instituciones de la UE, recogido en las encuestas, es suficientemente expresivo como para temer que tenga reflejo en las urnas: con una alta abstención, signo inequívoco de que millones de ciudadanos entenderán el 25 de mayo que importa poco quien encabece a partir de entonces el Gobierno europeo; con el ascenso del tutti frutti antieuropeo, porque hay una corriente de opinión de fondo que favorece el voto contra la idea misma de la unidad europea. “Europa ha de ser fundamental”, dijo hace poco Javier Solana en un coloquio organizado por Esade, pero cada día son más los que lo ponen en duda, mientras que cada día son menos los que confían en que Europa sea capaz de ser “una especie de laboratorio de lo que pudiera ser un sistema de Gobierno mundial”, en frase del mismo conferenciante. Es cierto, como asegura Herman Van Rompuy, que el populismo antieuropeo no nació con la crisis del euro, derivada de la crisis económica general, pero fue esa crisis, inmersos en la cual aún vivimos sin que nadie sepa cuál es su fecha de vencimiento, el resorte principal que ha acelerado la crisis de identidad y ha suministrado argumentos a los propagandistas del nacionalismo destemplado. Nada es nuevo del todo en ese decorado, pero nunca antes unas elecciones europeas se celebraron en un momento menos propicio para la reflexión y más viciado por la incertidumbre social. Porque solo admitiendo que el clima de inseguridad social se ha adueñado de Europa es posible entender cómo los sondeos otorgan la victoria al Frente Nacional en Francia, el segundo lugar al UKIP en el Reino Unido y el mismo resultado al Movimiento 5 Estrellas en Italia, por citar los pronósticos en tres de los grandes estados y de las grandes economías de la UE. Hablar, en suma, de crisis de identidad en la empresa europea hacia la unidad no es solo una frase: responde a una realidad precisa con efectos potencialmente muy lesivos para el futuro, porque el funcionamiento institucional de Europa será extremadamente débil si, al mismo tiempo, una parte significativa de los europeos no desean ser cómplices, sino que, antes al contrario, prefieren ser reconocidos como contrarios al proyecto político llamado Europa.