Paz colombiana sin alternativa

La proximidad de la firma del acuerdo de paz alcanzado por el Gobierno de Colombia y las FARC y del referéndum que debe aprobarlo (26 de septiembre y 2 de octubre respectivamente) han avivado la controversia sobre la legitimidad o derecho del presidente Juan Manuel Santos de hacer tabla rasa a decenios de combates, secuestros, extorsión y narcotráfico. Se trata de un debate jurídico, pero también político; de un debate entre lo ideal y lo real, pero también entre adversarios políticos irreconciliables; de un debate entre la esperanza depositada en el futuro y el lastre que procede del pasado, pero también de los sentimientos que albergan las víctimas. Frente a la idea de que todo desenlace de una guerra sin vencedores obliga a hacer concesiones que quedan fuera del Código Penal se alza el argumento ético del respeto a la ley, cueste lo que cueste –dura lex, sed lex–, esgrimido por los contrarios al acuerdo, sospechosos a su vez de acogerse a la máxima del derecho romano para no desvelar o poner sobre la mesa otras razones de índole personal, de rivalidad política o simplemente de mal disimulado oportunismo.

Cuando es posible dar con las primeras dosis de envenenamiento de una sociedad no más cerca de 1948 –el bogotazo, el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán–, un tratamiento convencional para desintoxicarla apenas tiene posibilidades de éxito. Todos los caminos explorados antes de los cuatro años de negociaciones que han alumbrado el acuerdo han sido intentos fallidos, episodios de frustración colectiva, oportunidades perdidas en un crucigrama plagado de enunciados abstrusos. “Los enemigos del diálogo están enfermos de resentimiento y de ira”, ha dejado dicho en el diario bogotano El Espectador el escritor Héctor Abad Faciolince, cuyo padre fue asesinado por los paramilitares en 1987. Al mismo tiempo, comprende Abad los celos de los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, humanamente explicables, dice, porque Santos logró lo que ellos persiguieron y no alcanzaron, pero no ve otro camino para silenciar las armas que empezar de cero y dejar de buscar cobijo en la negra espalda del tiempo (el concepto está tomado de Javier Marías que a su vez lo tomó de William Shakespeare).

En ese largo conflicto que quizá se encamina hacia su fin nadie es inocente salvo las víctima atrapadas en la refriega, en el fuego cruzado entre una utopía emancipadora que fue al fin distopía y la soberbia de un Estado a menudo venal, insensible ante la pobreza y el desamparo de comunidades campesinas dejadas a su suerte desde la noche de los tiempos. Acaso se acerquen a su final las guerras del coronel Aureliano Buendía, aquellas cuyo cronista fue Gabriel García Márquez, guerras interminables noveladas, pero no siempre de ficción o imaginadas, que llegaron hasta nuestros días debidamente transformadas hasta no tener cabida en la literatura, o puede que sí –Noticia de un secuestro–, y aparecer desde hace un par o tres de generaciones en las secciones más ensangrentadas de los noticiarios.

“Ambos lados –el del sí y el del no– se revelan como unos abanderados del bien y con ínfulas de superioridad moral sobre el otro, como si cada uno fuera dueño de la verdad y por eso tuviera el derecho a mandar y a pisotear”, ha escrito Catalina Gallo en El Tiempo de Bogotá. No hay superioridad moral alguna en ninguno de los dos bandos, pues ambos, en algún momento, fueron actores principales en la producción de cadáveres y la difusión de prácticas abominables; no es posible plantear el referéndum en estos términos porque sería tanto como suponer que la limpieza de espíritu de una parte de los colombianos –importa poco cuál– condena a la otra, la deja marcada con un estigma imborrable y para siempre. Todo cuanto rehúye el análisis político de un conflicto político que solo admite respuestas políticas tiende a enturbiar la realidad si no es que la adultera por completo.

Aun así, el recurso presentado ante el Consejo de Estado contra la pregunta a la que deberán responder los ciudadanos se acoge a dos formalismos de naturaleza jurídica para eludir los ingredientes políticos que se dan en el caso: la impunidad de quienes delinquieron y la inclusión de la palabra paz en la pregunta por ser “una inducción directa al votante”. Contra la creencia del presidente Santos de que tiene la facultad de redactarla según mejor le parece, los recurrentes entienden que la paz es un derecho y “no se puede usar con el sentido” que se ha hecho, como si la única vía para alcanzar “una paz estable y duradera” fuese la aprobación de lo acordado trabajosamente en La Habana. “No me trago el sapo de los delitos atroces, el de la justicia, el de la impunidad y el del narcotráfico”, proclama el senador Everth Bustamante, exintegrante de la guerrilla urbana M19 y hoy en las filas del Centro Democrático, el partido fundado por Uribe, pero al manifestar su oposición al acuerdo soslaya un dato capital: las condiciones mediante las cuales aceptó la vía institucional el grupo al que pertenecía el hoy senador tuvieron un impacto emocional considerable a comienzos de los 90, hubo también un debate jurídico que discurrió en paralelo al desenlace político.

Al internarse en el laberinto de los razonamientos jurídicos, los contrarios a dar por buenos los términos de la paz negociada con las FARC evitan las complejidades inherentes a ofrecer una alternativa a lo pactado. Descartada la victoria militar absoluta del Estado y admitidos los riesgos propios de la aplicación de unos acuerdos llenos de complejidades, a ojos de los negociadores, de los intermediarios, de los partidarios de dar el sí el 2 de octubre, no hay otro sendero practicable; no es posible salir del enredo si se quiere abrir una causa general contra la guerrilla que la señale como única responsable de la matanza. Los riesgos de enquistamiento, de dolencia crónica e incurable –el caso del ELN, que sigue intransigente en la selva–, son mayores que aquellos que pueden desprenderse de la pervivencia de una facción irreductible de combatientes, de la dificultad misma de convertir a los militantes de las FARC en ciudadanos desarmados y aceptados en las instituciones por el establishment.

Una última razón ilustra la conveniencia de apoyar el compromiso de La Habana: mientras las situaciones abruptas se han adueñado de la política en Venezuela, Brasil y Bolivia, y esa tendencia al drama nacional diseña un futuro indescifrable, por lo menos poco halagüeño, la opción colombiana transmite la idea de un futuro verosímil, de un espacio político habitable a pesar de todo. No hay nada especialmente innovador en la apuesta colombiana más que la apuesta misma por un desenlace basado en un posibilismo extremo que da sentido al convencimiento de que cualquier alternativa es peor a lo pactado, sobre todo si entraña judicializar la política, llevar a Timochenko y a sus seguidores ante un tribunal para que den cuenta de lo sucedido. “Este no es el viejo mundo jodido por los demonios del pasado”, declaró hace dos años el periodista Jon Lee Anderson a El Tiempo. Ese es el reto.

 

El chavismo, en el ocaso

La crisis política, económica y social que zarandea Venezuela se ha adentrado en el frondoso bosque del referéndum revocatorio (cancelación del mandato del presidente Nicolás Maduro), lleno de trampas para elefantes y propicio para los debates bizantinos. Los esfuerzos de la oposición para reunir las firmas necesarias para que se celebre la consulta chocan con la predisposición del Comité Nacional Electoral a bloquear el proceso; las proclamas del Gobierno de someterse a lo dispuesto en la ley del 2007 son escasamente convincentes al predominar en ellas el indisimulado propósito de evitar a Maduro la prueba; ambos bandos, en fin, aparecen enfrentados en un litigio que difícilmente admite una gestión estrictamente institucional.

Se respira en Venezuela el aire viciado por un Parlamento abiertamente hostil al presidente y viceversa, una gestión económica errática cuando no insostenible y el hartazgo de una población que debe amoldar su vida cotidiana a tres desafíos: la inseguridad sin remedio, una inflación galopante y la escasez de productos de primera necesidad. Algunas de las medidas adoptadas para ahorrar energía –en realidad se deben a los cortes en el suministro eléctrico–, señal inequívoca de la gravedad del momento, y la sensación de que las teorías conspirativas se han convertido en la gran justificación para todas las penalidades inducen a pensar que el Gobierno marcha muy por detrás de los acontecimientos, improvisa todos los días y aspira a salvar los muebles con la movilización del núcleo de adeptos que aún le quedan.

Si la inflación superó en el 2015 el 200%, según datos que maneja la oposición, y el Fondo Monetario Internacional prevé que la de este año llegue al 700% –cien puntos de más o de menos poco importan–, no es exagerado decir que el bolívar ha dejado de tener valor y todos los aumentos salariales anunciados por Maduro no son mucho más que un brindis al sol. Si el precio del petróleo se mantiene en los parámetros actuales, no es desmesurado decir que el país se encuentra ante un problema irresoluble, típico de economías basadas en un monocultivo: a corto plazo, no hay alternativas visibles para superar la escasez y la crisis social en ciernes. Si el Gobierno no admite la realidad de que el Parlamento le es hostil –la oposición dispone de una mayoría aplastante–, se condena a sí mismo a convertirse en una máquina de poder cada día más alejada de la calle y con menos medios para forjar complicidades.

Mientras Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), se dispone a recibir en Washington a una delegación de parlamentarios de la oposición venezolana, la cancillera Delcy Rodríguez considera ridícula la pretensión de activar la Carta Democrática Interamericana. “Además de la profunda ignorancia que significa esta solicitud, además de esta profunda ignorancia que demuestra la derecha, lo único que está en su corazón y en su pretensión es la intervención de Venezuela. Eso no procede. No nos dejemos presionar por esos fantasmas que no existen”, declaró la titular de Relaciones Exteriores a Globovisión. Y la referencia a la derecha apareció entrecomillada en la frase recogida por diario El Universal, altavoz de la oposición, porque es bastante cierto que el conglomerado de los descontentos ha dejado de ser solo el punto de encuentro de los conservadores alarmados desde el principio por el chavismo, y es hoy un movimiento que acoge un amplio abanico ideológico.

Da la impresión de que los herederos de Hugo Chávez han ahuyentado o defraudado a una parte importante de la base social sobre la que se levantó un proyecto de naturaleza populista destinado a refundar la república. El nacionalismo panamericano representado en su día por Simón Bolívar fue el santo y seña genérico de un programa reformista, si no viable, sí al menos posible, financiado con las rentas de un petróleo caro. El rescate de una parte de la población, condenada hasta entonces a vivir en condiciones de pobreza extrema, llevó a los rescatados a aspirar a unas condiciones mínimas de estabilidad para consolidar su nueva situación, pero entre tanto el Estado no buscó en otros campos ingresos diferentes a los del petróleo, y cuando estos menguaron, el mecanismo reformista empezó a fallar por falta de recursos. Si a lo dicho se suman una fiscalidad desconcertante, la corrupción y la tendencia a simplificar los problemas del equipo de Maduro, todo lleva a pensar que el experimento ha llegado al ocaso de su existencia.

El desplome del PIB contabilizado por el Banco Central de Venezuela presagia lo peor. En el 2014 cayó el 4%; en el 2015, el 5,7%; para el 2016 se estima que la caída será del 8%. Con estas cifras no hay sistema económico que resista, y menos en un entorno poco propicio en el que Cuba mira a Estados Unidos y a la Unión Europea, Brasil se debate en una crisis existencial, Argentina emite las primeras señales de conflicto social desde la llegada a la presidencia de Mauricio Macri y en Bolivia no prosperó en las urnas el deseo de Evo Morales de aspirar a un nuevo mandato. No es solo que Chávez tuviese un poder de atracción del que carece Maduro, es que además se movió en un ecosistema político latinoamericano propicio, muy diferente al presente.

La incontinencia verbal del presidente venezolano, que lo mismo arremete contra Mariano Rajoy que contra Barack Obama, contra la oposición o contra los defensores –Felipe González entre otros– de los líderes encarcelados, ha dejado de ser el resorte adecuado para desviar la atención de los problemas internos. Cuando la cultura de las colas frente a los comercios desabastecidos se suma a la falta de medicamentos, a los apagones y muchas pequeñas carencias presentes en todas partes, solo los muy convencidos siguen pensando que la culpa es de los otros y no de quienes gobiernan y se obstinan en perseverar en un programa que no aporta ninguna solución o solo una: una permanente y estéril huida hacia adelante.

La demanda por traición a la patria que los diputados chavistas interpondrán en el Tribunal Supremo contra los de la oposición que han instado a la OEA a activar la Carta Democrática Interamericana no es más que una maniobra de evasión para soslayar la realidad. Diosdado Cabello, expresidente del Parlamento y promotor de la iniciativa, es la viva imagen del distanciamiento de la realidad que cultiva el régimen. Ni siquiera la izquierda ilustrada que apoyó al chavismo en sus inicios ve hoy en sus continuadores el remedio a los males que atenazan a la sociedad venezolana. Tampoco se vislumbra una receta eficaz en las proclamas de la oposición, bastante menos cohesionada de lo que pudiera pensarse, pero de momento está legitimada por el apoyo de las urnas y por su apego a los usos democráticos. Si este punto de partida es suficiente para rescatar al país de la postración y evitar la fractura social, nadie lo sabe, pero es de temer que no baste si no es posible un pacto político en el que participe el chavismo, que controla todos los resortes del Estado y tiene por el momento al Ejército de su parte. O eso parece.

 

El poschavismo, en el laberinto

El féretro de Hugo Chávez, camino de la Academia Militar, el miércoles en Caracas.

El féretro de Hugo Chávez, camino de la Academia Militar, el miércoles en Caracas.

La América irredenta vuelve al laberinto del que quizá nunca logró salir. La pluma de Gabriel García Márquez metió en él a Simón Bolívar, y el libertador cerró los ojos para siempre sin dar con la salida. Desde entonces, cada generación tiene su libertador, real o no, que acaba siendo víctima de sus propios errores o de la persecución incansable de sus enemigos. Nicolás Maduro se atiene al guion hasta la última coma cuando imagina y denuncia una conspiración para llevar a Hugo Chávez a la tumba. Pero el guion no se agota en este primer acto de campaña electoral en pleno luto, porque los candidatos a ocupar el asiento de Chávez para prolongar el chavismo aspiran también a ser algo más que el presidente de un país, aspiran a proyectar su mensaje a toda América. Sumido en el fracaso el legado castrista, convertido Brasil en una gran potencia regional con responsabilidades mayores, decididos otros a guarecerse bajo el paraguas del statu quo, el régimen venezolano se aferra al mito para seguir siendo la fuente de inspiración de los gestores de lo que cabe denominar la otra América, mezcla abigarrada de nacionalismo, religiosidad, indigenismo y diferentes formas de populismo. Pero ¿puede ser Maduro el maestro de ceremonias adecuado para el poschavismo?

La respuesta remite directamente a las cualidades de Chávez para ser Chávez y no un líder político más o menos ruidoso como tantos ha habido. El presidente comandante llevó hasta el límite las nuevas reglas del juego en el espacio latinoamericano, aureolado con los atributos del héroe renacido, cabecilla de un golpe de Estado que fracasó (1992) y de una carrera política corrida siempre a ritmo de sprint hasta la victoria de 1998. Como afirma Julia E. Sweig, del think tank Council on Foreign Relations, los 14 años de Chávez en el poder coinciden con “un consenso continental que favorece un crecimiento económico socialmente inclusivo, representación democrática e independencia de la seguridad nacional de Estados Unidos y de las prioridades en política exterior” del siglo anterior. Pero, como señala la misma autora, la originalidad de Chávez es su capacidad para ocupar el escenario, la “retórica inflamada” de los mítines y del programa Aló presidente, que era una de sus grandes herramientas para la comunicación política a través de un culto a la personalidad de corte paternalista o populista, dependiendo de las emociones del momento y del tema tratado. Chávez construyó un personaje que desde el principio estuvo dispuesto a llenar el vacío dejado por la extinta guía espiritual castrista, decidido a sumar partidarios más allá de sus fronteras con su discurso bolivariano, de perfil ideológico tan difuso que apenas le obligaba a ser más concreto porque no había forma de precisarlo. El empeño de Bolívar en una América emancipada y unida, a dos siglos de distancia, vale lo mismo para un barrido que para un fregado.

Este discurso fue útil para poner en marcha un programa de asistencia social sufragado con las rentas del petróleo y legitimado por la rapiña del bipartidismo inmoral de los cuarenta años anteriores. Después de vivir el escándalo permanente del expolio perpetrado por el Copei (democristiano) y la Acción Democrática (socialdemócrata), los seguidores de Chávez no mostraron ningún interés en echar la cuenta de lo que iba a costar rescatar de la miseria a una sociedad paupérrima, qué efectos generales iba a tener la organización de una economía subvencionada. De hecho, la inflación, las devaluaciones, el déficit fiscal, el desequilibrio de la balanza comercial y otros problemas inherentes al sistema se ausentaron del debate público, mientras los ideólogos que gestionaban el experimento de Chávez confiaban en que el petróleo llegase a los 200 dólares/barril, un deseo expresado por el presidente en persona cuando se acercó a los 150 dólares (verano del 2008).

El despliegue propagandístico también facilitó el camino para exportar el mensaje bolivariano a otros lugares, previa escala en La Habana, donde el castrismo entendió que, para beneficiarse de la ayuda venezolana –importación de petróleo a precio simbólico por no decir gratuita–, debía pasar el testigo de las consignas revolucionarias a Chávez. De esta manera, los reformadores desprestigiados (Daniel Ortega), atascados (Evo Morales), en periodo de pruebas (Rafael Correa), imprevisibles (Cristina Fernández) y alguno más de proyección limitada (José Mújica) se acogieron a la prédica bolivariana, perfectamente capaz de englobar a todos cuantos aceptasen la dirección política de Chávez. La otra América encontró en el chavismo la dosis de afinidad que antes administraron en Buenos Aires (peronismo), La Habana (castrismo), Managua (sandinismo), quién sabe si en otros lugares donde de forma efímera se alzó una voz aglutinadora. Los formalismos del lenguaje político decayeron en favor de una jerga que Morales llevó hasta sus últimas consecuencias al llamar a Chávez hermano comandante en el homenaje fúnebre que le dedicó.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en su última comparecencia juntos, el 8 de diciembre del 2012.

Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en su última comparecencia juntos, el 8 de diciembre del 2012.

Que Nicolás Maduro pueda abarcar esa variedad de funciones y mantener las brújulas latinoamericanas orientadas hacia Caracas constituye un enigma. Dando por descontada la elección del heredero designado por Chávez, su primer objetivo será construir un espacio político propio que de momento no tiene más que por delegación del líder desaparecido. Una vez pasado el efecto de las multitudes entristecidas, el funeral de Estado y los grandes discursos, deberá sumergirse en la grisura del día a día y dar muestras de que es depositario de un discurso propio que no se limita a reproducir las consignas de Chávez, de que es capaz de introducir cambios en aquellos apartados de la economía más manifiestamente en peligro, de que está en situación de convivir pausadamente con el Ejército sin ser un militar y de que puede preservar la cohesión social, aunque no es un liberal y teme a la clase media. Todo eso tendrá Maduro que afrontar en cuanto acabe el luto oficial y experimente la misma sensación que un piloto el primer día que vuela sin la compañía del instructor.

Las tres misiones o frentes de actuación económica prioritaria establecidos por Chávez para atraer a los más pobres a su causa –la vivienda, la red de hipermercados a precios solidarios y la red sanitaria primaria– emiten señales preocupantes: o son insostenibles, o son ineficaces, o son ambas cosas al mismo tiempo. La investigadora Paula Vasquez Lezama opina que el cambio estructural no será duradero porque Venezuela no dispone de una auténtica economía de mercado, sino que a partir de la huelga general de 2002 se ha registrado un cierre continuado de empresas, ha habido expropiaciones y una política fiscal agresiva se abate sobre la iniciativa privada. Para corregir el tiro, Maduro debiera llegar a conclusiones parecidas a las de Vasquez Lezama y aligerar la carga de los gastos del Estado, convertido en primer empleador y benefactor de una nueva clase social, la de los funcionarios públicos, cuyos salarios dependen de las rentas del petróleo, siempre menguantes por errores en la gestión. Pero es imposible dar un giro a la economía sin dañar la figura del nuevo libertador en el imaginario colectivo interior y exterior, y ni en el equipaje ideológico ni en la administración de la herencia chavista incluye Maduro la revisión de lo hecho hasta hoy.

Este es el laberinto personal del sucesor de Chávez, diseñador en gran parte del programa seguido por el presidente comandante, donde convive la reforma social con el pragmatismo de las ventas de petróleo a Estados Unidos y la trabazón de una nueva red de alianzas con China, Irán y Rusia para contrarrestar la influencia estadounidense. Y el laberinto de Maduro lo es, a la vez, de esa otra América que se ha personado en Caracas para participar desde el primer momento en la coreografía fúnebre del líder mitificado, que está dispuesta a ocupar el vacío dejado por Chávez mediante una nueva referencia –¿puede ser Rafael Correa?– si la interpretación que Maduro hace del chavismo no resulta políticamente convincente. Por eso el primer gran desafío para Maduro no es convocar elecciones, participar en ellas y ganarlas, sino conservar el capital político recibido cuando surjan inevitablemente las dificultades derivadas de un modelo económico que todos los días emite señales de agotamiento y que ha dividido al país, pero que es, al mismo tiempo, la gran seña de identidad del régimen junto con la jerga antiimperialista rescatada de los prontuarios revolucionarios que hicieron fortuna en los años 60 del siglo pasado.

Oposiciones para suceder a Chávez

Nadie es capaz de aventurar si el regreso de Hugo Chávez a Caracas es el penúltimo acto de la angustiosa representación ofrecida a la opinión pública por los herederos del presidente o cualquier otra cosa remotamente relacionada con la vuelta de este al puente de mando, quizá para jurar el cargo y, acto seguido, renunciar. El secretismo, mezclado con un abigarrado misticismo religioso y la camiseta de Nicolás Maduro con la imagen del líder enfermo, hacen presagiar lo peor, pero en la escenografía barroca de la república bolivariana todo es posible menos un desarrollo más o menos convencional de los acontecimientos. Mientras tanto, se ha dado la salida en la carrera para llenar el vacío que previsiblemente dejará Chávez dentro y fuera del país al frente de una tercera vía latinoamericana de perfiles ideológicos profusos, difusos y confusos, situada a medio camino entre el Brasil que se avizora como la gran potencia regional durante muchos años y el club de países que, con intensidad variable, se atienen a los designios de Estados Unidos mediante diferentes tipos de alianzas.

Es esta una carrera en la que ninguno de los contendientes tiene de momento el empaque resolutivo de Chávez, ataviado siempre con el populismo a todo volumen desarrollado a través de una red de medios fieles, hábil administrador de los resortes emocionales destinados a retener la atención de un auditorio convencido de antemano, orador caudaloso hasta que le enmudeció la crisis posoperatoria. Así como Chávez llenó el hueco dejado por un Fidel Castro a quien los achaques retiraron de la política y por una revolución cubana en fase crepuscular, sometida a la inercia política de la gerontocracia de La Habana y cada vez más denostada por quienes durante años fueron sus honrados defensores, así también de entre los aspirantes a la sucesión puede despuntar alguien que tome el relevo si el universo bolivariano es incapaz de encontrar en casa un sustituto convincente a escala continental.

Chávez. Montaje

Murales de Caracas dedicados al presidente Hugo Chávez.

Por el momento, las maniobras orquestales caraqueñas ponen más empeño en ahondar en el culto a la personalidad del líder enfermo, algo típico del populismo, que en poner en el disparadero a quien con toda probabilidad deberá sustituirle más temprano que tarde. En la densidad de una atmósfera espesada por la falta de información y la más que previsible pugna entre herederos in péctore, con las Fuerzas Armadas como gran mudo en medio del escenario, asoma todos los días la figura de Nicolás Maduro, vicepresidente, legatario señalado por Chávez antes de viajar a Cuba para ser operado y guardián de las esencias, pero no hay forma de saber si es Maduro el personaje mejor situado para representar el papel que hasta diciembre desempeñó el presidente o si, por el contrario, es un líder por defecto cuyas virtudes están por probar. Puede incluso que la situación de la economía venezolana, extremadamente difícil, sea la primera de las variables a considerar por la dirección bolivariana para alargar los plazos hasta donde lo permita la capacidad de resistencia de Chávez a fin de que la sucesión se produzca una vez sustanciadas y liquidadas las rivalidades internas, con las riendas del régimen en manos de alguien capaz de ejercer de gran hermeneuta de la llamada revolución bolivariana. Por lo demás, los problemas de las economía venezolana son de tal envergadura que el manual de combate cubano, al que Maduro es afecto, parece muy poca cosa para moderar la inflación, combatir el desabastecimiento, cercenar la corrupción y garantizar las rentas del petróleo más allá del 2020, cuando Estados Unidos será autosuficiente en materia energética según los cálculos más verosímiles.

“Al parecer, necesitan el tiempo suficiente para convertirlo en un mito cohesionador, en medio de una crisis económica que puede transformarse en un polvorín a causa de la escasez de alimentos, la inflación, la devaluación de la moneda, una creciente deuda, la escasísima producción nacional y el mal manejo del sector petrolero, principal fuente de ingresos y dádivas estatales”, ha escrito el editorialista del diario Hoy, que se publica en Quito. “Vencer la desunión, parece ser la verdadera consigna, y solo será posible si Chávez vive para siempre o, por lo menos, hasta que una de las facciones haya prevalecido”, ha subrayado la misma mano, con un ojo puesto en el hospital de Caracas donde está internado Chávez y otro siguiendo los pasos del recién reelegido Rafael Correa, uno de los posibles sucesores del presidente venezolano en esta especie de bloque latinoamericano de no alineados en el que conviven perfiles dispares, pero consignas muy próximas; donde coinciden objetivos no siempre coincidentes, pero que recurren a un léxico redentorista común, aderezado todo con un crecimiento ininterrumpido del sector público y un programa de subvenciones de sostenibilidad discutible.

Correa

Simpatizantes de Rafael Correa en Quito después de salir reelegido presidente.

Correa tiene a su disposición los ingresos del petróleo, que en 14 años ha pasado de los 9 dólares/barril a más de 100, y los efectos de la dolarización, que ha facilitado una rápida expansión de la economía, ha reducido los índices de pobreza, ha detenido la fuga de cerebros y ha animado el consumo. El analista Andrés Oppenheimer sostiene en un artículo publicado en El Nuevo Herald, diario conservador de Miami: “Tal vez estas autocracias no duren mucho tiempo más, porque la enfermedad de Chávez, la disminución de los precios de las materias primas y sus desastrosas políticas económicas pueden debilitarlas. Pero por ahora, nadie debería sorprenderse de la arrasadora victoria de Correa”. Esto es, Oppenheimer considera que la dirección política de Chávez del nuevo populismo latinoamericano no tiene un continuador a la vista, pero el vaticinio resulta arriesgado porque hay una franja muy amplia de la opinión pública continental que solo discute quién debe ocupar el puesto de Chávez, pero no duda ni por un segundo de que es preciso seguir por el mismo camino y mostrarse como un bloque unido por las mismas cosignas.

“Puede ser verdaderamente doloroso ver el calvario individual de algún protagonista político convertido en pieza de ajedrez de un juego donde intervienen muchas manos –casi todas interesadas– para manipular la situación del enfermo en beneficio de una u otra persona o tendencia”, sostiene Antonio Herrera-Vaillant en las páginas de El Universal, diario conservador de Caracas. Y aunque el articulista se refiere a la situación en el seno del Gobierno venezolano y del Partido Socialista Unido de Venezuela, la frase es perfectamente aplicable a lo que sucede de puertas para afuera. La visita de Cristina Fernández al presidente convaleciente en La Habana, el tono empleado por el boliviano Evo Morales después de no poder saludar a Chávez durante una escala en Caracas el último miércoles –“mi deseo es que ojalá muy pronto el hermano Hugo Chávez esté nuevamente al frente del Gobierno de la revolución bolivariana”–, el verbo desgarrado –“si mañana no está: unidad, paz y trabajo”– del presidente de Uruguay, José Mújica, más propio de un mitin para consumo de los militantes que de una declaración de Estado, todo adquiere las formas de una oposición convocada para administrar el poschavismo, entendido este no como la continuidad doctrinal del régimen venezolano, sino como la dirección ideológica de la América Latina irredenta.

Para los adversarios de la experiencia venezolana, se trata de un esfuerzo vano porque la vía chavista es un camino sin estación de llegada, una experiencia fracasada que conduce a sociedades subvencionadas, intervenidas por el Estado e incapaces de crear riqueza. Las referencias al desastre cubano o a la triste transformación del sandinismo en un potaje de corrupción, ineficacia y citas bíblicas fundamentan las arremetidas de cuantos como Herrera-Vaillant critican, al mismo tiempo, la utilización del paciente sin demasiados miramientos: “Lamentablemente, el excesivo culto a la personalidad inexorablemente desemboca en un callejón sin salida que convierte a quien alguna vez mandó mucho en pieza impersonal dentro del choque de intereses que sigue a su desaparición física”. En algo llevan razón cuantos comparten esa opinión sobre el espectáculo que se representa: si Chávez recorre los últimos tramos, como parece desprenderse del secretismo que envuelve su regreso a casa, poder y oposición debieran atemperar sus instintos para no enzarzarse en una pugna obscena antes de que la historia pase página.

Bolívar. Murales

Murales de Caracas dedicados a Simón Bolívar.

El profesor Frank Tannenbaum publicó en 1962 Ten keys to Latin America, publicado en español cuatro años más tarde con el título América Latina: revolución y evolución. Al referirse a la figura del caudillo, perfil político inseparable de la historia del continente desde el final de la colonia, Tannenbaum escribió: “En ausencia de un sistema de partidos políticos enraizados en los gobiernos locales, el presidente debe ser su propio partido, manteniéndose en el poder con su sinceridad y habilidad política, dependiendo de la lealtad de sus seguidores inmediatos, y recurriendo al compromiso, a los favores, y si estos no bastan, a la fuerza y al fraude. Esto significa en realidad que el presidente no es primer poder ejecutivo, sino también el político más activo, casi el único político. En estas circunstancias, nadie, excepto el presidente, goza de influencia política”. Así siguen siendo hoy las cosas cuando, en ausencia de un sistema deliberativo, se impone la dirección del líder predestinado, figura tan frecuentemente encarnada por Chávez, silenciado ahora por la enfermedad. Y así lo entienden cuantos esperan el desenlace junto a su cama para llenar el vacío de poder, administrar su herencia, mantenerse al frente del Estado bolivariano o subir en el escalafón del entramado político latinoamericano.

Es casi ocioso señalar que en este entorno de pasiones desbordadas es irrelevante dilucidar si Chávez puede llegar a tomar posesión del cargo de presidente para el que fue reelegido o si, por el contrario, una interpretación forzada de la Constitución permite dejar las cosas tal cual están. La discusión no está exenta de interés en el plano teórico, pero en la práctica se ha producido el inicio del nuevo mandato mediante persona interpuesta –Nicolás Maduro–y la legitimación del proceso se ha cumplido de facto con la exaltación en la calle del líder ausente. Todo lo cual tiene poco que ver con el funcionamiento convencional de un sistema democrático asentado, pero no es radicalmente antidemocrático en la medida en que la ratificación en las urnas del mandato de Chávez fue básicamente transparente. Venezuela es una democracia con máculas y el relato de los últimos meses es la primera derivada de las imperfecciones que la caracterizan, pero eso no constituye una novedad porque los tics de un régimen populista con un diseño institucional forzosamente confuso son conocidos desde mucho antes de que a Chávez le diagnosticaran un cáncer. Por eso carece de sentido ahondar ahora en formalismos.

El chavismo es el Estado o casi

El debate abierto en Venezuela referido a la constitucionalidad o no del aplazamiento de la toma de posesión de Hugo Chávez tiene el valor jurídico y académico que se le quiera dar, pero siempre será inferior al peso político de la controversia. La Constitución venezolana, y más aún la interpretación que de ella se hace a cada lado de la polémica, está lastrada por su naturaleza ad hominem. Se trata de un texto al servicio de la singularidad del régimen articulado por el presidente Chávez, esa república bolivariana de perfiles difusos en la que se mezclan las rentas del petróleo con un nacionalismo socializante difundido a los cuatro vientos por los resortes de propaganda del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), más la aquiescencia del Ejército en el seno de una sociedad pavorosamente dual.

Nicolás Maduro

Nicolás Maduro, vicepresidente de Venezuela, a quien Hugo Chávez confío la continuidad del régimen.

La estrategia informativa seguida por el vicepresidente Nicolás Maduro para informar del estado de salud del presidente, el comportamiento de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, y el veredicto del Tribunal Supremo, que ha dado por buena la prórroga para que Chávez renueve mandato, responden a las previsiones constitucionales no escritas, pero sobreentendidas, según las cuales la agenda debe ajustarse a las necesidades del comandante-presidente, un apelativo con resonancias castristas. Es este un camino transitado con frecuencia por regímenes latinoamericanos de perfil democrático y no democrático, que en el caso venezolano permite al chavismo organizarse –Maduro y Cabello mediante– para atar las previsiones sucesorias ante la más que probable ausencia definitiva de Chávez del puente de mando. Y a Cuba le da tiempo a garantizar el futuro de la alianza de privilegio que mantiene con el petróleo venezolano, sobre la que descansan las necesidades energéticas más apremiantes de la isla y la reforma económica inaplazable emprendida por Raúl Castro.

Los argumentos jurídicos vertidos por especialistas que militan en el bando bolivariano y en el de sus adversarios admiten toda clase de juicios. Es discutible que a Chávez no se le deban aplicar los plazos para tomar posesión (Luisa Estella Morales, presidenta del Tribunal Supremo), pero no es un dogma de fe que el juramento para desempeñar el cargo sea un requisito que legitima a la institución, no a la persona (Armando Rodríguez García, jurista). Este último va más allá al declarar a Los Angeles Times que “la ausencia de Chávez de la ceremonia puede ser inconstitucional”. En todo caso, el bizantinismo de la discusión no da para mucho más que las conclusiones en las que cada bando se encastilla. “Una especie de traje listo para llevar”, ha llamado a la Constitución venezolana Asdrúbal Aguiar, expresidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en un debate entre personalidades de la oposición emitido por Globovisión, la cadena a la que el chavismo puso la proa y ha de emitir por internet; “una garantía de continuidad institucional”, ha escrito el editorialista de una publicación afecta al chavismo; “ninguna de las personas que está en el poder actualmente fue electa el 7 de octubre”, recuerda con acierto Henrique Capriles, que disputó la presidencia a Chávez.

Diosdado Cabello

Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional del Venezuela, que tutela la continuidad del chavismo al lado de Nicolás Maduro.

Más allá del virtuosismo jurídico está la realidad política, que Capriles ha resumido en una sola frase: “El tribunal tomó una decisión para resolver un problema del PSUV”. Algo en lo que abunda El Nacional, en las filas de la oposición caraqueña: “La crisis política que estamos viviendo tiene su origen en la ausencia de Chávez y en la subsiguiente turbulencia en el interior del PSUV –asegura el sociólogo Heinz Sonntag–. Se ha sabido que una fracción cada vez mayor de oficiales de la FAN [Ejército] ve con creciente irritación la influencia de Cuba. Por otro lado, la alternativa democrática ha logrado construir una corriente de oposición que tiene creciente influencia en la ciudadanía”. En realidad, la “corriente de oposición” está lejos de agavillar las voluntades suficientes para competir con la movilización chavista en la calle y cada vez que se convocan elecciones. Al mismo tiempo, el problema interno del PSUV es solo relativo porque nadie discute de momento que Maduro fue ungido por Chávez antes de marchar a Cuba para operarse por cuarta vez, y tampoco que Maduro es el enlace con La Habana y, por añadidura, con los aliados más próximos: el sandinismo desfigurado por la corrupción de Daniel Ortega, el neoindigenismo de Evo Morales y el populismo petrolero de Rafael Correa, más unas gotas de solidaridad peronista siempre que Cristina Fernández caiga en la cuenta de que la política de balcón y pancarta pasa por Cuba y Venezuela.

En el 2008, el economista venezolano Francisco Rodríguez publicó en Foreign Affairs un artículo de análisis de la situación en su país titulado Una revolución vacía, que dio pie a un prolongado intercambio de opiniones. Poco después, en las páginas del liberal The New York Times, con un título casi idéntico –La revolución vacía de Venezuela–, volvió a la carga para poner en duda el efecto beneficioso de la revolución más allá de los logros alcanzados a caballo del aumento de los precios del petróleo. Rodríguez se refirió a los estereotipos que permiten el arraigo de diferentes formas de populismo y llegó a la siguiente conclusión: “Esos estereotipos refuerzan la opinión de que el subdesarrollo latinoamericano se debe a los vicios de sus clases depredadoras en vez de a algo más prosaico como las políticas equivocadas. Una vez se acepta esto, es fácil olvidarse de la necesidad de elaborar iniciativas en el mundo real que podrían ayudar a América Latina a crecer”. Dando por descontado que en el relato de Rodríguez hay una dosis no pequeña de antichavismo, es lo cierto que las carencias y debilidades del régimen –inflación, desabastecimiento, inseguridad, corrupción– se achacan a una mezcla de adversarios en el interior y en el exterior, y ese enfoque ha calado en segmentos sociales que consideran la dinámica chavista la única vía que les queda para salir de la postración. Y la música que llega de Cuba, de Nicaragua, de Bolivia y de Ecuador ayuda a crear este clima de confianza desmedida en el mensaje del comandante-presidente.

Luisa Estella Morales

Luisa Estella Morales, presidenta del Tribunal Supremo de Venezuela, que no vio inconstitucionalidad en que se aplace el juramento de Hugo Chávez.

Entre tanto, la realpolitik se mueve entre bambalinas con las exigencias de siempre, porque el régimen afronta un gran problema a medio plazo: Estados Unidos, el primer importador de petróleo venezolano, será autosuficiente hacia el año 2020 gracias a la explotación de los esquistos bituminosos. En consecuencia, mientras nadie sabe exactamente más allá de la familia y unos pocos fieles hasta dónde llega la gravedad de Chávez, Maduro ha iniciado los preparativos para asegurar el futuro al poschavismo a través de una fórmula de acercamiento a la Casa Blanca que incluiría la reanudación de las relaciones diplomáticas. Lo cuenta Andrés Oppenheimer en El Nuevo Herald de Miami, con justa fama de portavoz de todos los anticastrismos imaginables, pero con antenas muy bien orientadas en los salones de Washington. O sea que la conversación telefónica de Roberta S. Jacobson, responsable de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, con Maduro, de la que habla Oppenheimer, debió producirse –el pretexto fue la cooperación en la lucha contra el narcotráfico–, decidido el heredero de Chávez a hacer de la necesidad virtud y a dejar la grandilocuencia para los momentos de zozobra.

Se completa así el círculo de los tres poderes fácticos sobre los que se sostiene la república bolivariana: el partido, que encuadra al chavismo militante; el Ejército, cuna de Chávez, que garantiza la continuidad institucional; y la compañía petrolífera PDVSA, que nutre de divisas el experimento social. Esta trinidad de facto enmaraña la clásica división de poderes, pero se ajusta como un guante a una mano a los objetivos socializantes del régimen, al espíritu de la Constitución, que ahora está en boca de todos, y puede que también al propósito inconfesable de controlar a la oposición. Todo esto tiene poco que ver con la búsqueda apresurada de argumentos jurídicos para legitimar la ausencia de Chávez o poner en duda la legitimidad del régimen desde el jueves, cuando el presidente no compareció para jurar el cargo. Y hace aún más estéril la verborrea desquiciada a la que se entregan algunos articulistas, como Antonio A. Herrera-Vaillant en El Universal, de un tremendismo sin límite: “La verdadera tragedia no es que el poder esté en Cuba, sino que está vivito y coleando en la chusma desaforada y procaz de la Asamblea y algunos cuarteles: un atajo de perros sin amo que rápidamente pierde legitimidad. Los cubanos lógicamente intentan que no se caigan a dentelladas entre sí”.

Herrera-Veillant recuerda que en 1952 aparecieron en Buenos Aires pintadas que rezaban ¡Viva el cáncer!, la enfermedad que acabó con la vida de Eva Perón, convertida desde entonces en referencia ideológica y mitológica del justicialismo. Acto seguido, se atreve a decir que aún hoy paga Argentina aquel atrevimiento, porque sigue siendo el peronismo la fuerza hegemónica, y teme que en Venezuela suceda otro tanto –no lo dice, pero es fácil sacar esta conclusión– si la enfermedad vence a Chávez. Sea o no esta una opinión muy extendida en las filas de la oposición, el hilo argumental del articulista es, además de poco respetuoso con la peripecia vital del presidente, bastante inexacto: nada tiene que ver con la carnadura peronista ni el momento histórico ni la cronología de acontecimientos que permitieron a un comandante golpista llegar al poder a través de las urnas. Merece la pena leer en la publicación progresista estadounidense In These Times las reflexiones de Bhaskar Sunkara después de la reelección de Chávez en octubre, discutibles, pero bien argumentadas, para concluir que el peronismo y el chavismo no tienen más nexo de unión genérico que la tradición populista, y aun este debe tomarse con todas las reservas. “Juan [Domingo] Perón y sus seguidores cooptaron una izquierda en ascenso. Chávez aparentemente la ha resucitado y ha tenido a veces dificultades para mantenerse en sintonía con las fuerzas que ayudó a liberar”.

Venezuela. Mapa

Parámetros esenciales de la República Bolivariana de Venezuela.

Lo que la oposición venezolana apenas es capaz de reconocer es que el chavismo es un producto genuino del país, que ha arraigado porque el turno de partidos –un rato para la socialdemocracia (Acción Democrática) y otro para la democracia cristiana (COPEI)– acabó siendo un ominoso negocio familiar que se despeñó por la pendiente de la decadencia a partir del caracazo de 1989. Mucho antes de la asonada de Hugo Chávez, todo dejó de ser chévere, las desigualdades crecieron de forma galopante, pero el bipartidismo permitió que el edificio se hundiera sin que el petróleo alcanzara para atenuar el descontento social. Entonces no hubo debate constitucional ni intervención judicial, cuando era posible y necesario que los hubiera, y hoy los hay, aunque sin que tengan efectos prácticos porque el chavismo es el Estado o casi.

 

Hugo Chávez tiene rival

Multitudes, la movilización de las masas en su más rotundo significado; Caracas vitorea a Henrique Capriles; Caracas aclama a Hugo Chávez; la grandiosidad de la naturaleza alimentada por el Orinoco proyectada sobre una sociedad de una grandilocuencia inagotable. La campaña que ha precedido a la elección presidencial en Venezuela se ha vestido con los ropajes del dramatismo radical de dos candidatos condenados a no detenerse un segundo en los detalles, apuntar al adversario y sacar el máximo partido a la poco menos que ciega fidelidad de los seguidores. Quizá el rigor haya quedado olvidado en la larga refriega, pero acaso salga el país fortalecido del reto, sea la victoria para la ensoñación bolivariana que cautiva a los chavistas o para la socialdemocracia templada que ha unido a la oposición; sea para la Mesa de la Unidad Democrática, que sostiene a Capriles, o para el conglomerado que encabeza el Partido Unido de Venezuela, hogar de Chávez.

El analista Andrés Oppenheimer comparte el parecer de otros muchos que, al día siguiente de la refriega, avizoran el triunfo colectivo de una sociedad hasta la fecha agitada de forma a menudo enloquecida, con frecuencia, colérica, por líderes adscritos a la política de balcón o a la descalificación sin tregua de todo y de todos. Ni siquiera una derrota bajo sospecha, barrutan Oppenheimer y otros, llevaría a Capriles a desbordar las aguas porque, por primera vez desde el hundimiento del bipartidismo innoble –a cada poco se turnaban en el poder el Copei y la Acción Democrática–, la oposición al chavismo tiene cuotas de poder que proteger y cuotas de poder que conquistar. “Si [Capriles] perdiera –ha escrito Oppenheimer en el conservador El Nuevo Herald de Miami–, lo más probable es que no alegue que hubo fraude, porque eso instalaría una matriz de opinión de que existe un fraude sistemático, y haría que millones de opositores se queden en su casa para las elecciones de gobernadores del 16 de diciembre y las de alcaldes de abril del 2013”.

Boleta electoral

Anuncio aparecido en la prensa venezolana en el que se avisa de las opciones de voto anuladas en las papeletas, que se contabilizarán como votos nulos a pesar de que muestran la imagen de Henrique Capriles.

Tampoco una victoria liberará a Chávez de la obligación de ser muy otro: “A partir de esta elección, nunca más podrá ser igual al anterior presidente borracho de triunfalismo y de la falsa creencia que tenía un apoyo total del pueblo venezolano”, imagina Oscar Peña en El Nuevo Herald. Desde luego, las encuestas están lejos de asegurar una victoria fácil al presidente –dos de ellas le dan perdedor por un pequeño margen de votos–, y aunque es imposible deslindar en muchos sondeos la militancia política de los datos difundidos, el simple hecho de que uno de los trabajos de prospectiva, el de Consultora 21, dé a Capriles un suplemento de papeletas de por lo menos dos puntos procedentes del voto oculto –le darían el triunfo, según la BBC–, revela que el chavismo está lejos de conservar la aplastante hegemonía de que disfrutó en otro tiempo en la calle y en las urnas.

Esa disposición final a contenerse que se atribuye a los candidatos es una novedad absoluta en una sociedad herida por la desigualdad y acostumbrada a índices de violencia extremos. Ni siquiera el populismo omnipresente de Chávez es capaz de ocultar o alterar el dato cierto de que la sociedad venezolana enfermó de violencia hace tiempo y nadie ha dado con la medicina para que baje la fiebre. La fractura social, la pobreza humillante, la ineficacia de los gobernantes y la corrupción ilimitada, engordada con las rentas del petróleo, han permitido crecer al monstruo y confiere vigencia permanente al análisis que el mexicano Carlos Fuentes dedicó en La gran novela latinoamericana a la obra del más renombrado de los escritores venezolanos: “El tema central de Rómulo Gallegos es la violencia histórica y las respuestas a esta violencia impune: civilización o barbarie. Respuesta que puede ser individual, pero que se enfrenta a las realidades políticas de la América Latina”. Tal como recoge Fuentes, Gallegos se refiere a un tiempo al “primaveral espanto de la primera mañana del mundo” y a la violencia que impregna la historia toda de la novela Canaima, alegato contra el caudillismo, a partir de la noche en la que “los machetes alumbraron el Vichada”.

Los machetes de hoy son la tensión social, los suburbios a merced de las bandas y la sensación permanente de inseguridad. Las encuestas son concluyentes: nada preocupa más a los venezolanos que la violencia sin tregua, la inseguridad urbana, la incapacidad de las fuerzas del orden para tranquilizar las calles. Cuando es posible afirmar que la muerte de tres seguidores de Capriles es lo menos que cabía esperar de una campaña dominada por la pasión, cuando se sabe de antemano que las armas están al alcance de la mano y la policía es ineficaz, entonces el problema reviste una trágica gravedad. Oliver Stone cuenta en su película Al sur de la frontera que Chávez “nació en una casita de barro y creció en la pobreza”, y “esto afectó a su visión sobre Venezuela”. ¿Incluía esta visión la violencia a pie de calle? La respuesta ha de ser forzosamente .

Canaima

Portada de una edición de 'Canaima', novela de Rómulo Gallegos.

Lo mismo vale para Capriles. Aunque nació en el confort de una familia de la burguesía empresarial caraqueña de ascendencia judía, la realidad de la violencia a todas horas no puede ser ajena a su experiencia personal. Más allá de las lindes del Country Club de la capital, lugar de encuentro de la sociedad acomodada, se extiende un laberinto de desigualdades sociales que ningún discurso político ha logrado corregir hasta la fecha. Ni el de los patiquincitos a los que alude en Últimas Noticias de Caracas Asalia Venegas, chavista convencida, ni el del “militarote de verbo asaltante y ruidoso” al que se refiere Elizabeth Araujo en el conservador Tal cual, asimismo de Caracas. Así se ha impuesto el populismo a todo volumen que emborrona la política hasta convertirla en un ejercicio de adhesión personal al que se suman con entusiasmo las páginas de opinión, los blogueros, los estrategas electorales y, claro, los propios candidatos.

Hay una larga tradición de caudillismo en América Latina, atenuada estos últimos años por el renacer democrático. Pero en Venezuela ha brotado de nuevo mediante la radicalización de los oradores, los medios sometidos disciplinadamente a uno u otro bando, las extrañas alianzas tejidas por Chávez y la contrapropaganda emitida desde Estados Unidos. Hay una conexión causal, una relación dialéctica imposible de soslayar entre dos frases recogidas por Oliver Stone en la película. Dice el presidente en un mitin: “El Gobierno no será el Gobierno de Chávez porque Chávez es el pueblo”. Condoleezza Rice, a la sazón secretaria de Estado, afirma: “Creo que tenemos que ver en este momento que el Gobierno de Venezuela es una fuerza negativa en la región”.

Hay una segunda conexión dialéctica que robustece la tendencia al populismo: el objetivo permanente de mantener la calle ocupada, de contar en cientos de miles, en millones, si ello es posible, la participación en los grandes mítines. Todo Caracas, tituló un periódico de la oposición después de un gran mitin de Capriles; Siete avenidas llenas, reclamó un diario chavista antes de la gran concentración anunciada para el día 4. “Si gobierna Capriles, volverán la burguesía y el imperio”, aseguró Chávez desde una tribuna con la voz alterada por el énfasis propio de los grandes trágicos; “Chávez perdió la calle”, proclamó Capriles desde otra tarima ante una masa extasiada. “Con Capriles renacen los mejores instintos de la gente buena y decente de este país en contraste con el deslave de odios y vulgaridad desatado durante 14 años por un irresponsable delirante”, escribió Antonio A. Herrera-Vaillant en el opositor El Universal. “Para un país, es peor que un mal Gobierno, una mala oposición. Y lo es porque cuando esto ocurre no hay camino, no hay alternativa, no hay futuro. La suerte de Venezuela en esta materia es que puede marchar, salir adelante, sin necesidad de oposición”, se afirmó en el presidencialista Diario Vea con absoluto desparpajo.

Pompeyo Márquez

Pompeyo Márquez, un histórico de la izquierda venezolana, rompió con Hugo Chávez en 1999 y hoy le acusa de ser "un autócrata militar".

Es dudoso que sin oposición sea posible el ejercicio saneado del poder. Pompeyo Márquez, exguerrillero, exmilitante comunista, exministro, fundador del Movimiento al Socialismo, alude indirectamente a esa carencia de adversarios que han permitido radicalizar la brega de Chávez: “Ahora se siente con el monopolio del izquierdismo, cuando en la práctica es un autócrata militar que hace depender a un país de la voluntad de un solo hombre, haciéndonos regresar a los viejos caudillismos del siglo XIX”. Parece que Márquez no comparte la idea de que una cuota importante del izquierdismo de Chávez es sobrevenida; obedece a la desconfianza manifestada por Estados Unidos frente al nacionalismo socializante que llevó al poder a quien antes quiso llegar a él por la fuerza. De ser esta la razón última de la radicalización de Chávez, habría que convenir que su acercamiento a la experimentación social de Evo Morales en Bolivia, de Rafael Correa en Ecuador y, aún más, de Daniel Ortega en Nicaragua, convertido en caricatura del sandinismo de los primeros años ochenta, fue más fruto de la necesidad que de otras consideraciones, más fruto de la urgencia por no aparecer solo en el escenario que del convencimiento ideológico. De la misma manera que los apretones de manos de Chávez con Lula da Silva, antes, y Dilma Rousseff, ahora, no han ido más allá porque Brasil no necesita a Venezuela para salir en la foto y otros países, en cambio, sí la precisan.

Todo esto asoma en la campaña de Capriles, pero es el perfil de Fidel Castro el que más pesa en las frases destinadas a desacreditar a Chávez. El brasileño José Sarney fue inmisericorde cuando dijo que al presidente venezolano “le falta historia y le sobra petróleo” para poderse equiparar con el anciano líder cubano. Pero no es descabellado pensar que lo que busca Chávez en la gerontocracia cubana es la legitimación histórica que no ha logrado hasta la fecha con las rentas del petróleo destinadas a suturar las heridas sociales. Chávez ha llegado a decir que votar por él es hacerlo por Fidel Castro, un reflejo preciso de hasta qué punto quiere asociar su mensaje al prestigio acumulado en el pasado por la revolución cubana, a la que hoy le quedan poquísimos defensores. Dicho todo en medio de la confusión provocada por la mezcla de las proclamas que remiten a Castro y la realidad económica que mantiene a las refinerías y redes de distribución de carburantes de Estados Unidos como las primeras compradoras de petróleo venezolano. Resumen de la socióloga Colette Capriles, recogido por Luis Prados y Maye Primera en El País: “No existe un chavismo ideológico. Chávez se suma al castrismo por la necesidad de tener una genealogía de izquierdas y mucha gente se le une porque piensa que obtendrá algún beneficio del Gobierno por modesto que sea”.

Puede que todo dependa de esto y que la elección se decida según sea el volumen del voto cautivo que retiene Chávez en las filas de quienes esperan obtener “algún beneficio” del Gobierno. Puede que el cansancio de una parte de la progresía venezolana desencantada, de los defraudados por promesas que nunca llegaron a cumplirse, de la clase media recelosa, de las víctimas de la inseguridad y de los empobrecidos por la inflación no sean resortes suficientes para evitar que se imponga el gancho de Chávez. Aunque se enfrenta al rival más sólido de cuantos se han medido con él hasta la fecha, el presidente ha logrado mantener el vigor escénico a pesar de que en junio del 2011 le diagnosticaron un cáncer, fue operado dos veces y el único parte de curación es el del propio enfermo. El politólogo Alberto Barrera ha explicado a Prados y Primera que “Chávez tiene un talento especial para la empatía con los sectores populares y además no tiene escrúpulos”. Y ha añadido: “Ha convertido al Estado en una agencia de publicidad personal”. Pero ¿es esto suficiente para neutralizar la compleja maquinaria electoral puesta en marcha por la oposición unida? El ruido ensordecedor de los candidatos impide saberlo.