Todo el poder para Xi Jinping

La equiparación de Xi Jinping a Mao Zedong y a Deng Xiaoping como referente ideológico absoluto del régimen chino ha puesto en manos del presidente una acumulación de poder del que carecieron sus antecesores, ha cercenado las aspiraciones de quienes podían ansiar sucederle en el 2022 y da pie a toda clase de especulaciones acerca de su propósito de seguir en el poder más allá de este año. Contra lo que se ha convertido en un hábito en la China del capitalismo tutelado por el partido, la limitación a dos mandatos de cinco años del presidente es ahora una incógnita, la edad de los cinco nuevos miembros del comité permanente de siete del Partido Comunista Chino (PCCh) –tienen todos más de 60 años, los inhabilita para la sucesión– no incluye ningún tapado y es imposible saber si entre los jóvenes del politburó lo hay. Como ha titulado un artículo Chris Patten, último gobernador británico de Hong Kong, Xi es en muchos sentidos el nuevo emperador chino.

¿Cómo es posible tal entronización, acompañada del inevitable culto a la personalidad? Un largo análisis publicado por Foreign Policy subraya la preocupación de Xi por combatir a sus adversarios antes de 2012, cuando alcanzó la presidencia. Urgido por el descontento social a causa de la corrupción, el contagio momentáneo de las primaveras árabes y algunas señales de agotamiento del modelo de crecimiento, el futuro presidente se desembarazó de sus competidores o de quienes podían limitar su poder en el seno del PCCh, algo que no estuvieron en situación de hacerlo sus predecesores, Hu Jintao y Jiang Zemin. La purga de Bo Xilai, cabeza de una tupida red de corrupción fue, en este sentido, un episodio determinante para que Xi llegara a la cima sin grandes contrincantes que pudieran discutirle su autoridad.

Claro que tal acumulación de poder es “una espada de doble filo” (Patten), aunque las imágenes del 19 congreso del PCCh, rendidos los delegados ante las proclamas de Xi, pueden inducir a pensar justo lo contrario. Y lo es porque la concentración de competencias entraña una contrapartida no escrita: sus adversarios actuales o futuros descargarán sobre el presidente toda la responsabilidad política si se tuercen las cosas. Una posibilidad que en absoluto debe descartarse habida cuenta de los desafíos que deberá afrontar durante los próximos cinco años en tres frentes: el asentamiento de China como potencia global en todos los ámbitos, no solo en el económico, la atenuación de las desigualdades sociales, siempre en aumento, y la corrección que los efectos del desarrollo a toda máquina ha tenido en el medio ambiente (contaminación de las aguas y del aire en las grandes ciudades, destrucción de cultivos, crecimiento desordenado de las periferias urbanas, etcétera).

Se dice que su gran aliado para vender ante el mundo la consistencia del modelo de “socialismo con características chinas” es Donald Trump, ensimismado por una política errática, empeñado en liquidar cuanto hizo su antecesor en el plano internacional y en promover un modelo de crecimiento económico del todo permisivo con las agresiones al medio natural. Pero esa hipótesis de trabajo –la involuntaria complicidad de Trump en la consagración de Xi como líder mundial con inquietudes sociales– no es mucho más que una posibilidad basada en datos aislados, imprecisos las más de las veces. Hay otros muchos, desde la crisis desencadena por Corea del Norte con su programa nuclear hasta las reivindicaciones chinas en el Pacífico occidental que pueden otorgar a Trump en algún momento el inesperado perfil de renovado protector de los intereses de terceros desde Corea del Sur a Filipinas.

Pesa sobre China y su éxito económico del último cuarto de siglo la desconfianza de sus vecinos, persuadidos de que su papel hegemónico en Asia tiene el perfil de la amenaza o la presión a largo plazo, algo que favorece a Trump y perjudica a Xi. La concentración de poder, que desentierra el modelo de dictadura leninista como característica esencial del régimen chino, y el presupuesto de Defensa alarman a países esenciales en el dispositivo de seguridad de Estados Unidos, caso de Japón. Nadie es capaz de vaticinar, por lo demás, cuál es el verdadero significado de la etiqueta “socialismo con características chinas” mientras crecen las desigualdades y los inversores extranjeros se pregunta cada vez con más frecuencias qué riesgos correrá el modelo a poco que el ciclo económico le sea adverso.

Un dato no desmentido es que con un aumento del PIB por debajo del 7% anual –una barbaridad–, la maquinaria económica china es incapaz de absorber los 15 millones de habitantes del campo que cada año se trasladan a las grandes ciudades (cifras de 2011). La decisión del partido de legitimar el enriquecimiento, mantenerse nominalmente como comunista, pero comportarse como un conglomerado nacionalista, y aceptar el papel de gran fábrica del mundo ha permitido hasta la fecha que la nueva China mantenga un crecimiento sostenido sin tensiones inflacionistas, pero la pretensión de que aumente el consumo interno y de que se acorte algo la distancia entre los muy ricos y los rematadamente pobres –una multitud inconmensurable– puede desajustar el engranaje. De hecho, son varios los economistas que afirman que el modelo solo es viable en sus características actuales con una mano de obra extremadamente barata y sin amortiguadores asistenciales (las prestaciones sociales habituales en el Estado del bienestar).

Que esto preocupara poco a los inversores y consumidores occidentales hasta hace unos pocos años no quiere decir que hoy pueda soslayarlo Xi como un molesto dato marginal. Si hasta hace unos pocos años nadie aplicaba a China la convicción de John Mearsheimer de que las superpotencias buscan constantemente “demostrar su fuerza ante sus rivales más allá de sus esferas de influencia”, hoy precisa Xi hacerlo para acallar a cuantos más o menos quedamente, en nombre de la naturaleza nacionalista del partido, exigen una política de mantequilla y cañones. Y en ambos frentes debe actuar Xi para que los destellos del poder absoluto no se conviertan en una cortante espada de doble filo, tan monolíticamente compleja y opaca la estructura del poder en China como un jeroglífico demasiadas veces indescifrable.

 

El ‘Irma’, otro síntoma grave

La devastación causada por los huracanes Harvey e Irma añade argumentos a cuantos se esgrimieron durante la presidencia de Barack Obama para que finalmente Estados Unidos firmara el acuerdo trabajosamente negociado en París en 2015. No hay un solo informe que niegue la contribución humana al cambio climático capaz de refutar la realidad y de poner en duda la solidez de las pruebas. El empeño del presidente Donald Trump de favorecer la minería del carbón, autorizar las explotaciones petrolíferas en ecosistemas especialmente delicados y justificar tales medidas en la necesidad de que la economía se reactive en entornos sociales deprimidos –uno de sus nichos de votos– no es más que una forma de agravar el problema y hacerlo quizá irresoluble.

Salvo los productores de informes adscritos a la estrategia de algunas multinacionales del sector de la energía, no todas por fortuna, que presentan los efectos del calentamiento global como uno de tantos episodios de cambio climático vividos por el planeta y niegan que la acción del hombre tenga algo que ver, todos los modelos elaborados por la comunidad científica coinciden en el diagnóstico. Ningún estudio solvente descarta el factor humano en el aumento de la temperatura media con su correlato de ascenso del nivel del mar, avance del desierto y lluvias torrenciales de efectos catastróficos, por no hablar de la calidad del aire en las grandes conurbaciones, de la sobreexplotación de los mares y de la acumulación incontrolada de residuos. Esto es, no hay modelo o previsión de futuro que no plantee una revisión en profundidad del modelo económico, de las formas de crecimiento y de la sostenibilidad del sistema productivo.

Los grandes países contaminantes han aceptado tomar medidas acordes con el acuerdo de París, siquiera sea por preservar su imagen ante la opinión pública y ganar influencia ante la comunidad internacional. Este es el caso de China, cuyo Gobierno se ha convertido en paladín de las inquietudes climáticas después de años de vulneración sistemática del Protocolo de Kioto (1997) en nombre del desarrollo económico que precisaba el país. A diferencia del rumbo fijado por el Gobierno indio por razones parecidas a las esgrimidas con anterioridad por el chino y de la doctrina defendida por la Casa Blanca, el presidente Xi Jinping ha tomado la iniciativa y ha asociado su nombre al de la Unión Europea para reducir el calentamiento global, promover las energías renovables y detener la depauperación del medio ambiente. Se trate de una maniobra oportunista o de una sincera conversión a la causa ecologista, algo improbable, el compromiso chino pone en evidencia la insensibilidad de Trump ante sociedades cada día más preocupadas por la degradación galopante de los ecosistemas y las hipotecas de futuro que ello conlleva.

Declaraba el escritor José Luis Sampedro al final de su vida –murió el 8 de abril del 2013– que nos hallamos “al final de una cultura” y en “el inicio de algo muy diferente”.  Y mencionaba a China, India, Rusia y Brasil como actores determinantes de esta cultura o mundo diferentes: “En estas circunstancias se mezclan –decía– la evolución del sistema en sí mismo, la endógena, con las influencias externas que pueden ser absorbentes o disolventes con los resultados que en cada caso se produzcan”. Sampedro intuyó, con su habitual brillantez, que la hegemonía cultural en la aldea global no estaría solo al alcance de los grandes poderes consagrados en el pasado, sino de aquellos emergentes que sintonizaran con procesos de cambio muy rápidos, entre ellos la panoplia de problemas relacionados con el cambio climático.

Trump y su equipo navegan por mares bastante alejados de tal percepción de futuro y desprecian o ignoran los argumentos de las distopías más difundidas relacionadas con la mutación genética del medio ambiente desencadenada por el hombre y perceptible en todas partes. Cuando George Steiner afirma que el progreso de Europa obedece a que “la naturaleza nunca aplastó al ser humano”, invoca una condición en proceso de cambio alarmante: basta repasar los momentos de catástrofe en lo que llevamos de siglo XXI para concluir que algo grave nos amenaza y solo serán eficaces a largo plazo las soluciones globales. Aunque los asesores de cabecera de Trump lo pongan en duda, el efecto mariposa es algo más que una mera hipótesis; la necesidad de un análisis holístico del medio ambiente y de acciones a escala planetaria es una exigencia irrenunciable.

De hecho, renunciar a ello lleva directamente a la crisis pronosticada por la fallecida nobel de la Paz Wangari Maathai: “En pocas décadas, la relación entre el medio ambiente, los recursos y el conflicto puede parecer casi tan evidente como la conexión que vemos hoy entre los derechos humanos, la democracia y la paz”. Hay ejemplos que ilustran esa deriva hacia la tensión entre estados o grupos de estados por el control de los recursos naturales –petróleo, agua y minerales–, y son numerosísimos los ejemplos que ilustran el choque entre intereses privados y responsabilidades públicas para preservar el futuro viable del planeta. Es este uno de los grandes debates éticos del presente y uno de los terrenos de juego en los que el neoliberalismo se siente más incómodo cuando debe confrontar sus teorías del crecimiento con la prueba del nueve de la sostenibilidad.

A raíz de la arremetida del huracán Katrina, que devastó Nueva Orleans a finales de agosto del 2005, se creyó que los neocon se habían visto obligados a someter a revisión sus opiniones sobre el estado de salud del ecosistema planetario. Fue un espejismo o una opinión precipitada. En el pensamiento conservador, en general, y en el estadounidense en particular, prevalece la creencia y defensa del crecimiento ilimitado, de la sostenibilidad mediante el progreso tecnológico y del derecho de los individuos a gestionar los recursos de la Tierra en función de sus necesidades. Que cualquier trabajo de campo medianamente riguroso desautorice tal esquema importará muy poco mientras los intereses económicos en juego se impongan a cualquier otra consideración. Esta situación no solo se da en Estados Unidos, donde el punto de vista de Trump es heredero de una larga lista de negacionistas, sino en la mayoría de lugares en los que la preservación del medio es incompatible con las finanzas globales… Y como en toda enfermedad, la ecológica se agrava a cada día que pasa sin actuar.

 

 

Cartas marcadas en Corea

Alguien ha dicho que Kim Jong-un y Donald Trump son dos pirómanos a quienes corresponde apagar un fuego. El escritor Paul Auster ve en Trump el perfil de un neurótico y dice rezar para que no repita mandato. Vladimir Puntin vislumbra una “catástrofe global” a causa de la escalada de la crisis con Corea del Norte, pero se opone a nuevas sanciones. China ha dejado de ver en Kim al aliado necesario, pero sigue viéndolo como el peón indispensable. En el Consejo de Seguridad de la ONU, mientras tanto, suenan las alarmas y Japón y Corea del Sur sienten el calor de las llamas, de esa hoguera encendida por los generales norcoreanos para hacer de su pequeño país un territorio invulnerable gracias a su arsenal nuclear de bolsillo, pero de Pekín y Moscú llega la orden de no sumar más sanciones a las ya aprobadas.
Donald Trump declaró, recién elegido, que no tenía inconveniente en entrevistarse con Kim. Pasados los meses, las pruebas con misiles intercontinentales, la detonación de bombas atómicas y la amenaza de un ataque contra la isla de Guam llevaron al presidente de Estados Unidos a amenazar asimismo a Corea del Norte con una lluvia de “furia y fuego”. Cundió el desasosiego en el Pentágono y el secretario de Defensa, James Mattis, apeló a la diplomacia para superar la crisis, pero no se desvaneció la intranquilidad porque es el presidente quien gestiona su cuenta de Twitter y, como tantos usuarios, sus mensajes parecen responder a impulso primarios, poco reflexivos, carentes de un plan surgido del análisis de la situación. Se puede decir que Trump está empeñado en dar la razón a los que ven en él a alguien poco o nada preparado para ocupar el lugar que ocupa.
Así están las cosas, envueltas en la improvisación permanente y la imposibilidad de acogerse a precedentes más o menos útiles para afrontar la crisis con imaginación, prudencia y realismo (tampoco desde la trinchera norcoreana, sobra decirlo). No valen aquí los hábitos de la guerra fría, tantas veces citados con poco fundamento, a pesar de la lejana inspiración de los esquemas mentales de la dictadura de Kim en los mecanismos de acción-reacción que prevalecieron hasta la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS. Tampoco vale fiarlo todo a la creencia de que, si China se lo propone, el desafío de Pyongyang tiene una salida relativamente fácil y rápida. En ningún caso, en fin, se pueden minimizar los riesgos con la simple creencia de que Estados Unidos y Corea del Norte son conscientes de que una guerra es imposible.
Como ha escrito Katharine H. S. Moon en Foreign Affairs, atrapada en medio de la escalada se halla Corea del Sur, con una capacidad muy limitada para gestionarla, con su capital, Seúl, a 50 kilómetros de la divisoria vigente desde 1953 –la zona desmilitarizada que tiene como referencia el paralelo 38– y al alcance de la artillería de largo alcance del norte, y con el primer socio comercial, China, al lado de su adversario. A lo que quizá debe añadirse el desconocimiento absoluto de los auténticos planes de la Casa Blanca para contener la peor de las inercias: la que margina la negociación y opta por la acción directa. Un disparate absoluto según todas las teorías de la escalada militar tal y como se deduce fácilmente de conflictos archiestudiados –Vietnam, Afganistán, Irak, etcétera– en los que la voluntad negociadora fue a menudo poco más que una simulación para justificar lo injustificable ante la opinión pública.
A primera vista resulta desconcertante que el presidente Trump haga coincidir la última prueba nuclear norcoreana –la detonación de una bomba de hidrógeno– con reproches a Corea del Sur a causa de la disposición al diálogo y al apaciguamiento del Gobierno liberal de Seúl. Pero detrás de la crítica presidencial se adivina el propósito de vincular la crisis de seguridad a los objetivos económicos de la Casa Blanca, según ha puesto de relieve The New York Times; esto es, hacer frente a la competencia asiática siempre creciente en el comercio global, en cuyo núcleo se encuentran China y Corea del Sur. Cuando el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, anuncia un plan para cortar los lazos económicos con “cualquiera que haga negocios con Corea del Norte” se dirige indirectamente tanto al Gobierno de Pekín como al de Seúl, al menos teóricamente, y refuerza la hipótesis de una posible respuesta dura a la exhibición nuclear norcoreana (las maniobras con fuego real en Corea del Sur, un ejemplo).
Hay en todo ello una mezcla del populismo servido por los estrategas de la campaña de Trump en 2016 más la dificultad manifiesta de la Casa Blanca para aceptar las convenciones más elementales y el código de señales en vigor en la península de Corea desde el armisticio de 1953, que creó una zona desmilitarizada de cuatro kilómetros de anchura que separa los dos países. Desde entonces, todo es excepcional y complejo, y ha dado pie al desarrollo de dos regímenes antagónicos, representantes de dos comunidades con designios opuestos: al norte, una dinastía heredera del stalinismo más hermético y propulsora de un nacionalismo extremo; al sur, una república decidida a seguir los pasos de Japón, una suma de tradición, tecnología de última generación y disciplina sin excepciones. Pero esa dualidad evidente no ha roto la unidad cultural a pesar de la propaganda a ambos lados de la frontera, del esfuerzo estéril por separar a ambas comunidades, utilizadas hasta la saciedad por las grandes potencias para sus propios fines a cambio de una prosperidad deslumbrante.
Que los últimos presidentes de Estados Unidos no hayan logrado destensar la situación mediante la negociación y proyectos de cooperación económica no significa que la brocha gorda entrañe mayores posibilidades de éxito. De hecho, la nuclearización de la crisis ha confirmado cuanto se ha dicho del poder de disuasión de los arsenales atómicos: que quienes los poseen ponen a salvo su existencia a causa de su capacidad para desencadenar una respuesta devastadora. La gran diferencia entre el equilibrio del terror de hoy y el de la guerra fría es que este obedecía a un sistema que desde 1962 (crisis de los misiles de Cuba) quedó resguardado de sobresaltos inesperados y el de ahora se da en ausencia de un sistema o acuerdo tácito que regule, paute, module las desavenencias entre adversarios en situaciones límite.
“No ha habido ninguna generación anterior de hombres de Estado que haya tenido que dirigir los asuntos públicos en un ambiente tan desconocido y al borde del Armagedón”, dijo en cierta ocasión Henry Kissinger, convencido de que la coexistencia pacífica era la única forma posible de riesgo calculado entre contrincantes con arsenales nucleares. Hoy el aserto sigue teniendo todo su sentido, aunque en el entorno de Trump haya quien cree en una posible victoria militar o destrucción del régimen norcoreano sin que, por lo demás, Rusia y China pidan explicaciones. Esta crisis es tan antigua y está tan manoseada que todas las cartas están marcadas y ningún tahúr logró nunca ganar la partida.

 

Trump, en la hora de la ‘finezza’

Para alguien tan poco dado a las sutilezas de la política exterior como Donald Trump, el desafío norcoreano del 4 de julio resulta doblemente complejo porque se trata de una amenaza real a la seguridad de Estados Unidos y porque no puede afrontarse con una exuberante exhibición de fuerza. El lanzamiento de un misil balístico intercontinental (ICBM) Hwasong 14 ha cambiado por completo los términos de la ecuación coreana hasta el punto de que el presidente ha reconocido por primera vez que no afecta solo a la seguridad del noreste de Asia y a la de sus dos principales aliados, Corea del Sur y Japón, sino directamente a Estados Unidos: las islas Aleutianas y el territorio continental de Alaska. Y ha dado especial valor a la puntualización hecha por Philip Bump en The Washington Post: “Olvidamos a veces que la retórica del presidente Trump no se forjó durante años de análisis políticos o en discusiones con expertos en política exterior y asuntos internos, sino en la entrevista telefónica semanal con Fox and Friends (un talk show)”.

El recordatorio resulta pertinente porque es una forma simple y rápida de prever el acercamiento a la crisis que puede realizar el presidente más allá de los factores que objetivamente la delimitan:

-Corea del Norte ha dejado de ser una amenaza potencial para convertirse en real, gestionada además por un dirigente imprevisible, Kim Jong-un, necesitado de gestos contundentes para mantenerse al frente del régimen fundado por su abuelo.

-China y Rusia preservan el régimen de Corea del Norte y lo utilizan por razones diferentes, pero igualmente eficaces, en su competición a escala planetaria con Estados Unidos y más específicamente en el este de Asia.

-Cualquier recurso a la fuerza de Estados Unidos afectaría directamente a Corea del Sur y a Japón.

-La artillería pesada de Corea del Norte, situada a un tiro de piedra de la línea de armisticio, tiene a Seúl a su alcance, según le consta al Departamento de Defensa de Estados Unidos.

En fecha tan relativamente lejana como el 22 de junio del 2006, Ashton B. Carter, futuro secretario de Defensa de Barack Obama, y William J. Perry, uno de los secretarios de Defensa de Bill Clinton, firmaron un artículo en The Washington Post, recordado ahora por The New York Times, que contenía la siguiente afirmación: “Si Corea del Norte persiste en sus preparativos para el lanzamiento [de misiles], Estados Unidos debe dejar clara inmediatamente su intención de bombardear y destruir” las instalaciones en tierra. Eran los tiempos de George W. Bush, tan aguerridos, pero en el caso coreano prevaleció la creencia de que carecía el país de capacidad para dotarse de un pequeño arsenal nuclear que lo convirtiera en un territorio inatacable ante el riesgo de una respuesta con armas atómicas.

Hoy puede decirse que Estados Unidos renunció a limitar la capacidad de su adversario mediante la adaptación al caso de la doctrina de contención del enemigo, desarrollada por George F. Kennan en los albores de la guerra fría con la Unión Soviética, y en cambio ahora parece la única salida apropiada para un conflicto que ha crecido exponencialmente, aunque “esto no soluciona el problema; es solo una forma de vivir con él”, según el análisis de David E. Sanger en The New York Times. Pero esta contención del enemigo debe excluir un análisis meramente militar o especialmente militar de la situación por las antedichas implicaciones; debe, por el contrario, buscar la negociación y la complicidad internacional para evitar riesgos mayores, tal como ha transmitido a Trump el presidente surcoreano, Moon Jae-in. Un camino complejo, pero más seguro que el recurso a los generales, y al alcance de la mano de los tres tenores (en la reunión en Hamburgo del G20, el presidente de Estados Unidos tiene cita con Xi Jinping, presidente de China, y Vladimir Putin, presidente de Rusia).

En este enfoque con predominio de la diplomacia, respaldada por la potencia de fuego, la finezza es esencial. ¿La tiene Trump, exigido por los halcones del Partido Republicano, pero aconsejado por el general Herbert R. McMaster, un analista bastante respetado en Washington? Las dudas ensombrecen el cielo de la Casa Blanca. Philip Bump ha recordado esta semana, en un análisis que se remite a la cuenta de Twitter del presidente, algunos de sus mensajes más rotundos, como este del 8 de abril del 2013: “Pienso que China tiene un control total de la situación (…) [Corea del Norte] no podría existir ni un mes sin China. Y pienso francamente que (…) China no es nuestro amigo”. Ni absolutamente falso ni absolutamente cierto, sino más bien una simplificación de una realidad llena de matices no siempre evidentes, desaparecidos definitivamente en el fragor de la campaña –marzo del 2016–, cuando tachó al líder norcoreano de maníaco y reprochó a Obama no despachar una fuerza de choque al teatro de operaciones (él dijo haberlo hecho en abril del año en curso, pero en realidad nunca hubo barcos en ruta).

No es la primera vez que una Administración siente a su espalda el aliento de la amenaza nuclear. El presidente John F. Kennedy tuvo que afrontar en octubre de 1962 la crisis provocada por la instalación en Cuba de silos de misiles soviéticos de alcance medio, y en aquella ocasión, a pesar de las presiones de una parte del generalato, esa finezza de la que ahora se duda hizo posible una salida que conjuró el Armagedón y, de paso, sistematizó para siempre la guerra fría, la alejó de situaciones altamente peligrosas o ingobernables. Hoy no hay sistema o el sistema está poco asentado, depara sorpresas todos los días y, por esta razón, requiere más que nunca la intervención de gestores que rehúyan los planteamientos binarios, que no comulguen con la creencia de que es posible aplicar soluciones fáciles a problemas enrevesadamente complejos.

“Para un presidente casado con su propia versión de las fake news –pudiera decirse posverdad–, la manera más fácil de afrontar una verdad inconveniente puede ser redefinir o simplemente soslayar la línea roja original”, aquel presupuesto a partir del cual solo es posible una respuesta o reacción contundente, sostiene el analista John Nilsson-Wright, del think tank Chatham House. Pero, en el caso norcoreano, es poco menos que imposible no darse por enterado de que el lanzamiento del misil intercontinental ha ido más allá de cualquier previsible amenaza o línea roja, es imposible consagrar la improvisación para gestionar el problema sin tomar decisiones que blinden la seguridad de Estados Unidos y de sus aliados sin agravar la situación, grave de por sí.

David Talbot recuerda en su libro La conspiración que el presidente Kennedy creía que la guerra en la era nuclear “constituía un asunto demasiado importante” como para que quedara en manos de los generales. Eran los tiempos de Curtis LeMay y otros uniformados de gatillo fácil, dispuestos a desencadenar una hecatombe planetaria con tal de barrer a la Unión Soviética de la faz de la Tierra. ¿En qué papel se siente más a gusto Trump: en el de Kennedy o en el de LeMay; en el de posibilista paciente o en el de comandante en jefe desbocado? A saber.

 

Información frente a populismo

“Soy lo bastante viejo para recordar cuando lo mejor acerca del populismo fue que no fue popular”, recuerda Chris Patten, canciller de la Universidad de Oxford, en un artículo difundido esta semana por diferentes medios. Hay en las primeras líneas del texto, titulado Populismo contra los medios, una sombra de añoranza muy parecida a la que se proyecta sobre una gran variedad de cabeceras, emisoras de radio, canales de televisión, plataformas digitales y toda clase de canales informativos que, de repente, sienten haber asumido el papel de última frontera frente a las estrategias de intoxicación informativa puestas en marcha por los conglomerados populistas que encabezan el asalto a las sociedades abiertas, a los valores de la democracia y al derecho a discrepar.

Mientras el diplomático español Emilio Menéndez del Valle se pregunta, sin asomo de retórica o provocación, si “está el régimen que Donald Trump comienza a establecer en EE.UU. a medio camino entre el tinglado de Putin y el de Xi”, el diario The Washington Post, una de las Biblias liberales de Estados Unidos, crea un equipo para desvelar las mentiras construidas por el equipo presidencial. Mientras Marine Le Pen, líder ultra francesa, fuerza una situación imposible en Beirut al visitar una mezquita, varias televisiones salen al paso de la provocación y se ocupan de recordar que mujeres con responsabilidades de gobierno o representación, han accedido a cubrirse la cabeza, entendiendo que el huevo muchas veces es más importante que el fuero. Mientras el corresponsal de Die Welt en Turquía, Deniz Yücel, es detenido bajo una extravagante acusación de terrorismo después de informar sobre la existencia de correos electrónicos comprometedores para un ministro, familiar del presidente Recep Tayyip Erdogan, varios periódicos europeos se movilizan para conjurar la arbitrariedad. Por no hablar de las autoridades de Polonia y Hungría, “ejemplos preocupantes de políticos que utilizan la retórica nacionalista y populista para alcanzar objetivos que apestan a autoritarismo incipiente”, dice Patten.

La diferencia entre Trump y Le Pen, por un lado, y Erdogan o los gobernantes húngaros y polacos, por otro, es que mientras estos últimos pertenecen a democracias degradadas (Turquía) o recién llegadas, las tradiciones democráticas en Estados Unidos y Francia cubren un muy largo recorrido. Puede decirse que el presidente de Estados Unidos y la líder del Frente Nacional han crecido en dos de las culturas democráticas más antiguas e influyentes, piedras sillares de las sociedades abiertas, de los regímenes deliberativos y de la libertad de opinión. Y en ambos casos, sin embargo, ven en el papel desempeñado por los medios, en el control de la prensa sobre el funcionamiento del sistema, el “partido de la oposición” en palabras de Steve Bannon, un demagogo de ultraderecha instalado por Trump en el Casa Blanca y en el Consejo de Seguridad Nacional.

Así es cómo la misión de la prensa en sociedades con un reparto pautado del poder ha cobrado de pronto una relevancia desconocida, más próxima a los periodos de excepción –la guerra de Vietnam, el caso Watergate, la transición española, entre otros momentos– que aquellos otros que transcurren sin grandes sobresaltos. Donald Trump ha activado los resortes de la contestación en los términos descritos por Antonio Franco el último viernes en EL PERIÓDICO: “Lo único que vertebra a quienes le plantan cara son las verdades que explican algunos medios de comunicación. Por eso el nuevo presidente los insulta y ha abierto un debate nacional sobre su legitimidad con dos eslóganes: Deben mantener la boca cerrada y Son los enemigos internos del país”.

En la agresividad ejercida desde el Despacho Oval advierte Patten una guerra contra los medios, y en la obsesión de considerar noticias falsas todas las que se apartan del halago, percibe el germen de una situación muchas veces repetida: “En los sistemas autoritarios o casi autoritarios, los medios se ven siempre como una amenaza, cuando no como objetivos para la represión”. Al mismo tiempo, los grandes medios razonablemente independientes adoptan una doble posición defensiva (de protección) y de escrutinio permanente de cuanto procede del poder. Una actitud muy próxima a la “moral del inconformista”, en expresión de Michel Foucault; una forma de contrarrestar la realidad virtual en construcción mediante hechos alternativos, un eufemismo desvergonzado que encubre lo que no son más que falsedades.

“Pensar es duro. La verdad es complicada. El enfoque es frágil. No hay duda: los tuits son excelentes para robar nuestra atención”, escribe el profesor Marty Kaplan. Pero aclara enseguida que la última frase no es un halago; es más bien una certificación, cabría añadir: la profusión de mensajes de 140 caracteres, una cadena interminable de parainformaciones, no da respiro a los seguidores, es una forma como cualquier otra de desviar la atención, de enturbiar la realidad sustentada en datos y de bloquear los mecanismos de análisis de los acontecimientos. Frente a esta fenomenología de lo que no da tiempo a comprobar, los medios cumplen una función crucial de esclarecimiento, sin que en ningún caso puedan pretender que son depositarios de una verdad absoluta e indiscutible, una característica de los tuiteros compulsivos que operan desde los despachos del poder o en su nombre.

Al mismo tiempo, los medios se asignan en muchas ocasiones la misión contraria al acercamiento a la realidad empírica: desafían algunos de los valores que desde hace mucho tiempo apuntalan “la salud y la vitalidad de la democracia”, subraya Chris Patten. Se refiere el articulista a algunos periódicos e informativos británicos a propósito del Brexit, pero no resulta especialmente difícil hacer extensivo el panorama a otros lugares, así se trate de Fox News, de la prensa que pilota Rupert Murdoch o de las televisiones rusas, controladas desde el despacho de Vladimir Putin sin ningún disimulo. No se trata de deslegitimar el pensamiento conservador frente al progresista, de ver en todas partes el fantasma del populismo o de poner bajo sospecha todo lo que queda fuera de la tradición liberal, sino de proteger la herencia liberal frente a quienes quieren destruirla utilizando, por cierto, instrumentos que solo existen en las sociedades democráticas de tradición liberal. Algo que ha descubierto demasiado tarde el republicanismo clásico en Estados Unidos, que transigió con la colonización del partido por la ultraderecha nacionalista en nombre de su eficacia electoral y que hoy no se reconoce en las bravuconadas amenazantes de Trump a todas horas.

May, pareja de Trump

Las características generales del Brexit expuestas el martes por Theresa May, primera ministra del Reino Unido, y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump tres días después han alentado el pesimismo en los foros internacionales, en el mundo académico y entre los analistas del futuro inmediato. Al mismo tiempo, una opinión pública entre incrédula, sorprendida y escéptica se tienta la ropa mientras proliferan los diagnósticos catastrofistas y las profecías apocalípticas. ¿Exageración, alarmismo, ganas de hablar por no callar? “Confieso tener muchos problemas para mantenerme optimista”, declara Stephen Martin Walt, profesor de la Universidad de Harvard, al semanario progresista francés L’Obs (Le Nouvel Observateur para los clásicos). Peor aún, en los objetivos de Trump y May avizora que “se reúnen todos los ingredientes de un desastre”.

Se diría que un nacionalismo destemplado y agresivo pretende suplantar la globalización, tan llena de imperfecciones como de posibilidades. El “Brexit is Brexit” descrito por May es “Brexit is hard Brexit” –sin posibilidades de adaptar la salida al modelo de asociación de Noruega y Suiza con la UE–; el proteccionismo prometido por Trump pone el sistema de intercambios económicos tutelado por la Organización Mundial de Comercio bajo la amenaza de una guerra comercial de imprevisible virulencia. Los promotores de cambios tan radicales como los que se avecina han puesto en marcha mecanismos que, salvo rectificación, conducen directamente a un clima permanente de confrontación y desconfianza, con la UE, China y las economías emergentes obligadas a seguir una senda que es la contraria a la se entendía consolidada con la apertura de los mercados.

Frente a la unión aduanera y el mercado único, May plantea un juego de manos imposible: mantener un diálogo o relación fluidos con la UE sin disponer de ninguna de las herramientas que lo hacen posible. Frente a la herencia de Barack Obama –recuperación de la economía a través, entre otros instrumentos, de la fluidez en los intercambios comerciales– Trump predica un proteccionismo resumido en una simplificación tan llamativa como superficial: para que los BMW sigan siendo habituales en la Quinta Avenida de Nueva York deben verse Chevrolet por la Unter der Linden de Berlín. En ambos casos, la banalización de las propuestas no desfigura ni la hondura ni los riesgos asociados a ellas, entre otros el de un choque de trenes –Estados Unidos y China– y otro choque no menos ruidoso entre el Reino Unido y las grandes economías europeas. Ahí están las palabras de Xi Jinping en Davos, de Angela Merkel y de François Hollande para deducir sin esfuerzo que nada bueno se oculta a la vuelta de la esquina.

El profesor Philippe Legrain, de la London School of Economics, asesor durante tres años de José Manuel Durao Barroso, anterior presidente de la Comisión Europea, comparte una idea bastante extendida fuera de las filas del Brexiteers: en ningún lugar está escrito que el apoyo de Trump a la salida del Reino Unido de la UE sea finalmente favorable a los planes de May. El planteamiento general de la primera ministra es cerrar acuerdos bilaterales de comercio, en especial con Estados Unidos, pero tal propósito se compagina mal con el de la nueva Casa Blanca de corregir el déficit comercial con sus principales competidores. Dicho de forma resumida: la industria británica exporta bastante más a Estados Unidos de lo que la industria estadounidense vende al Reino Unido. Brexit en Trumpland se titula el artículo en el que Legrain advierte de la contradicción entre lo que proyecta May y lo que promete el presidente.

El financiero George Soros, que apoyó a Hillary Clinton, ha hecho dos vaticinios en Davos: que Donald Trump “es un estafador y fracasará” y que los británicos “pronto se darán cuenta de que tomaron una decisión equivocada y que les lleva en una mala dirección”. Aun reconociendo a Soros su demostrada habilidad para prever el futuro, sus palabras se antojan sobre todo un reflejo de sus deseos. Ni Donald Trump se encontrará todos los días la vía pública tomada por sus detractores ni la victoria de Hillary Clinton en votos –cerca de tres millones más que su oponente– neutraliza la mayoría republicana en las dos cámaras del Congreso. Y aún menos parece que Theresa May y su Brexit duro deban afrontar alguna respuesta seria de la calle a pesar de que el 52% de los partidarios de la salida de la UE lo son también de mantenerse en el mercado único, al que ella renuncia.

El poder es, además de un afrodisíaco, un eficaz mecanismo de persuasión. Si antes de jurar el cargo Trump logró que algunas compañías que pensaban invertir en México dieran marcha atrás, temerosas de tener que afrontar alguna forma de penalización, ¿qué no sucederá a partir de ahora? Cosa distinta es la negociación del Brexit –aquí la persuasión no cuenta– a partir de la aplicación del artículo 50 del Tratado de la Unión, un proceso sin precedentes, lleno de dificultades técnicas, inevitablemente afectado por el clima político, siempre cambiante, y que en teoría deberá cerrarse en menos de dos años a partir de marzo próximo. Philippe Legrain es categórico: “Es imposible negociar y ratificar un acuerdo comercial sector por sector” con tan poco tiempo. ¿Qué coste político puede tener para May llegar a 2019 con la negociación abierta?

El periódico alemán Die Welt, siempre moderado, ve en los propósitos de May el aislamiento del Reino Unido. La Repubblica, expresión del pensamiento socialdemócrata en Italia, entiende que el Gobierno británico quiere levantar un muro. Le Monde, europeísta sin fisuras, interpreta que la estrategia de Trump contra Europa ha envalentonado a la primera ministra, que porfía por construir un vínculo nuevo y diferente con Estados Unidos. ¿La complicidad de antaño entre Margaret Thatcher y Ronald Reagan inspira a los herederos del conservadurismo más conservador? ¿Vuelve la agresividad de las identidades nacionales para cuartear la aldea global?

Detrás de tantas incertidumbres concatenadas asoma el fantasma de la inestabilidad política y de los mercados, una agudización de la crisis que zarandea el proyecto europeo y una fractura aún más profunda en la sociedad estadounidense, cuya foto fija más reciente es la composición de la multitud que asistió al juramento de Trump, tan llena de ausencias destacadas. Hay en todo ello muchos motivos para el desasosiego, para que cunda la impresión de que se inicia la marcha más o menos larga y decidida hacia una tierra desconocida, que no figuraba en los planes de los think tank hace solo cinco años. Hay también en todo ello una confirmación del lóbrego vaticinio que hicieron intelectuales progresistas de diferentes tradiciones políticas a raíz de la crisis económica aún vigente: el éxito contable de la globalización es un enorme fracaso social a causa de la desregulación sin cautelas, la presión del mundo financiero, la revolución tecnológica y la devaluación del trabajo. Nadie diría que la enfermedad es pasajera y pronto remitirá la amenaza contra la esencia de las sociedades abiertas.

Una tregua bombardeada

La degollina de Alepo certifica la debilidad de la gestión política de la guerra en Siria a partir de la aprobación en diciembre de 2015 de la resolución 2254 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuyos frutos más visibles hasta la fecha han sido la tregua acordada a finales de febrero y las negociaciones iniciadas en Ginebra entre el Gobierno y la oposición. El único resultado tangible de las conversaciones es que han sobrevivido a toda clase de vacilaciones y zozobras; los bombardeos de la última semana amenazan con sepultar el alto el fuego aunque el pretexto para martirizar Alepo es acabar con los focos de resistencia terrorista que cobija y que alimentan la guerra. Al sumar la atmósfera de Ginebra a la matanza en curso, una más, se adueña de los análisis la idea expresada por diferentes integrantes del Alto Comité de Negociaciones, que engloba a la oposición y varios grupos armados apoyados por Occidente, Arabia Saudí, Catar y Turquía: el desarrollo de los acontecimientos en Ginebra depende de las acciones sobre el terreno en Siria. Dicho de otra forma: el riesgo de que sucumban las negociaciones es hoy mayor que nunca.

Como ha manifestado Basma Kodmani, uno de los delegados de la oposición desplazado a Ginebra, la continuidad del diálogo “depende de cuanto pasa sobre el terreno y del mando que controlan rusos y estadounidenses” a distancia, o según conviene a la barroca complejidad de las desavenencias entre la Casa Blanca y del Kremlin. Para Vladimir Putin, salvar el régimen de Bashar al Asad es el objetivo principal y el combate contra el Estado Islámico es secundario, al menos por el momento; para Barack Obama, lo que más importa es acabar con el califato e insertar a Siria en el dispositivo general de seguridad de Oriente Próximo. Para el presidente de Rusia, nada es más importante que asegurarse un papel relevante en la región; para el de Estados Unidos, en año electoral, toda muestra de debilidad se convierte en un arma que carga el diablo y pone en manos de los republicanos, singularmente del imprevisible Donald Trump, promotor exaltado de un incremento del presupuesto de defensa para disponer de una force de frappe amedrentadora en cualquier lugar y circunstancia.

De acuerdo con la descripción de Dmitri Trenin, del Carnegie Moscow Center, Rusia actúa en Siria para restaurar su papel de gran potencia en la región,  condición que perdió cuando el último presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, se retiró del escenario al comienzo de la primera guerra del Golfo. Además, sostiene Trenin, la política de Putin persigue otros objetivos menos llamativos, pero no menos importantes: contener y disminuir la presión del islamismo radical; apoyar a regímenes y fuerzas aliadas en la región; asentar el despliegue militar en y alrededor de la región; ampliar la presencia militar rusa en los mercados de armas, nuclear, de gas, de petróleo y de alimentos de Oriente Próximo; atraer a inversores de los países del Golfo y concertar con los grandes productores del Pérsico una política de precios sostenible en los mercados energéticos. En suma, el objetivo ruso es consolidarse como un interlocutor ineludible de igual manera a como Estados Unidos lo es, con la diferencia de que Obama intenta ahorrarse el coste económico y político de otra guerra.

La percepción del conflicto que tiene la opinión pública europea es sustancialmente diferente al que manejan rusos y estadounidenses. La capacidad de actuación del Estado Islámico en suelo europeo a través de una red muy dinámica de militantes dispuestos a inmolarse, la presencia de los refugiados en el Egeo, y de allí al corazón del continente, y el efecto que todo ello tiene en las políticas nacionales sitúa la neutralización de los yihadistas en el centro del debate. Pero tal operación es inseparable de una implicación decidida en la guerra –qué hay que hacer, en qué condiciones, en cuánto tiempo, etcétera–, y ahí las sociedades europeas se muestran reticentes. Y aunque cada día son más las voces que consideran ineficaz el combate contra el islamismo en armas si se afronta solo como un problema de seguridad, las iniciativas relacionadas con la presencia activa en Siria son tan modestas o más que aquellas necesarias para actuar en un entramado económico que es de facto un criadero de muyahidines, en Europa y en el orbe musulmán.

Salvo en la coordinación cada vez más estrecha de la comunidad de inteligencia europea y en el almacenamiento de refugiados en Turquía, sigue en pie la pregunta de Henry Kissinger: ¿qué número hay que marcar para conocer la posición de Europa? En la laberíntica guerra siria, en la que coinciden en el campo de batalla los generales de un régimen vesánico, diferentes islamismo políticos, musulmanes deseosos de construir un Estado laico, profetas del Apocalipsis, los socios de Al Qaeda (Al Nusra) y los combatientes del califato, las actitudes contemplativas son clamorosamente estériles, y las reacciones viscerales o emocionales –la de François Hollande después del 13 de noviembre, por ejemplo– apenas sirven para modificar el curso general de los acontecimientos; puede que ni siquiera sean útiles para tranquilizar a sociedades asustadas. El poder blando europeo es un valor en sí mismo, pero solo es eficaz cuando se fundamenta en la unidad de acción, algo que está lejos de haber logrado la Unión Europea después de más de cinco años de guerra en Siria.

La carnicería en un hospital de Médicos sin Fronteras y en una clínica deslegitima a quienes ordenaron el bombardeo, invalida toda justificación y pone en evidencia una vez más la textura moral del régimen sirio, pero es improbable que las imágenes de la tragedia y el testimonio de las víctimas modifiquen el comportamiento de las partes implicadas en la crisis y sus asociados. Por el momento, no hay una alternativa a la guerra y al sectarismo que contente a los aliados respectivos del Gobierno sirio y de las oposiciones, representantes de un variopinto espectro ideológico. El propósito alentado en febrero por Staffan de Mistura, mediador de las Naciones Unidas, para celebrar en 18 meses unas elecciones sometidas a control o tutela internacional estuvo tan cargado de buenas intenciones como falto de realismo. Como dijo en su momento Kofi Annan, ninguna de las partes está dispuesta a salir con heridas visibles de un proceso en el que, además de la presencia inevitable de Bashar al Asad o de sus herederos, apoyados por Rusia, tendrían algo que decir y defender Irán, China, Turquía, la Unión Europea y, desde luego, Estados Unidos, directamente o a través de sus respectivos socios en las trincheras. Aquella idea angelical de las elecciones que todo debían curarlo se antoja una utopía; es ilusorio creer que bandos irreconciliables pueden aceptar el dictamen de las urnas, puestas en medio de los cascotes humeantes de la guerra civil.

El escritor sirio Basel al Awadat ha descrito la falta de resultados en el foro de Ginebra con una frialdad muy precisa: “Rusia siguió apoyando la posición del régimen [sirio] y comenzó a decantarse por otras oposiciones. Además, hizo propuestas para sustituir a la principal delegación negociadora de la oposición por otra que incluya a otros opositores menos extremistas y más próximos a la visión del régimen. Mientras tanto, este seguía violando la tregua y bombardeando las ciudades que apoyan a la oposición. Estados Unidos, por su parte, se limitó a contemplar lo que sucedía sin reaccionar en señal de apoyo a la oposición, e incluso el enviado de la ONU para Siria y encargado de la supervisión de las negociaciones, Staffan de Mistura, se tomó a la ligera la decisión de la oposición de abandonar las negociaciones, que lo calificó de ‘show diplomático’, y confirmó que las negociaciones seguirían su curso con quienes estuvieran presentes”. Diríase que se impusieron las actitudes políticamente correctas, aquellas del todo previsibles, sin que fuesen alteradas ni por un momento por la hecatombe de Alepo. Hay demasiado en juego, según parece, para que alguien ose romper las perversas reglas de un juego que puede llegar a considerar la guerra un mal menor.

 

Panamá, un universo paralelo

La teoría de los universos paralelos se ha concretado en las finanzas globales mediante el goteo de nombres que destilan todos los días los papeles de Panamá. Ha dejado de ser una suposición o sospecha que por debajo de la superficie del ya de por sí hermético mundo del dinero fluye un caudaloso río de oro que escapa al común de los mortales, aquellos que todos los años dan con los impresos en una ventanilla de Hacienda para pagar lo que les corresponde. Hay dos sistemas tributarios, pero solo tenemos conocimiento de uno de ellos –y no se trata de un conocimiento exhaustivo y comprensible–, mientras que el otro, el paralelo, no hay forma de localizarlo. O sí la hay, pero se trata de una mera aproximación a la realidad cuando el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación u otro grupo de esforzados logra internarse en el laberinto de las sociedades offshore, en la espesa trama que permite acumular fortunas exorbitantes sin tributar o haciéndolo de forma poco menos que simbólica en paraísos fiscales.

También el mito de la caverna tiene aquí su aplicación: encadenados a la suposición de que Hacienda somos todos, de espaldas a la entrada de la cueva, se deslizan sombras en la pared que son solo una aproximación confusa de la realidad. Sabemos que el mundo de la política, de los negocios, de las élites cultural, deportiva y del papel cuché desfilan sin cesar por detrás nuestro, pero no podemos saber cuántos son, de dónde proceden, cuánto guardan en la faltriquera. Una sensación de impotencia, cuando no de burla grotesca, se adueña de los contribuyentes al contemplar el espectáculo; unas clases medias desposeídas por la crisis económica se preguntan qué desvergüenza es esta farsa de pillos perfumados que acuden en procesión a Panamá, a Belice, a las islas Vírgenes, a las Bahamas, al archipiélago de las Caimán, a Jersey, a Gibraltar, al silencioso discurrir de Luxemburgo, al resplandor de Mónaco, al encubrimiento de los testaferros y de las sociedades fantasma para eludir impuestos.

Ha quedado al descubierto la vulnerabilidad de los estados o las pocas ganas de muchos de ellos de controlar las cuentas de según quién, algo asimismo intuido o sospechado. En muchos casos, solo la falta de voluntad política de perseguir a los contribuyentes huidizos explica la facilidad con la que han podido exportar el dinero. Y lo que de ello se deriva no es solo un debate legal o jurídico –puede incluso que algunas de las evasiones no sean tales, sino operaciones de ingeniería contable amparadas por la ley–, sino moral y ético acerca de la viabilidad de modelos sociales que descansan sobre el principio de la redistribución de una parte de la riqueza, de la obligación tutelar del Estado para garantizar que el mecanismo funcione y para neutralizar las vías de escape de cuantos, al viajar a los paraísos fiscales, se desentienden de la suerte de sus conciudadanos.

Desde el mismo momento en que los papeles de Panamá ocuparon las portadas, los gobiernos aparecieron ridículamente desnudos ante la opinión pública. La multiplicación de declaraciones y promesas de actuación para dar con cuantos buscan refugio en el confort panameño es de una pobreza moral y política execrable; el compromiso de abrir de nuevo la lista de paraísos fiscales y someterlos a estricta vigilancia, no lo es menos. ¿Por qué se hará ahora lo que no se hizo antes, por qué los ideólogos de las amnistías fiscales (en España y en otros lugares) extremarán ahora el celo fiscalizador (de fisco)? Ambas preguntas están doblemente justificadas: porque en la documentación de Panamá aparecen políticos de diferentes lugares, cuya función, entre otras muchas, es evitar que engorden las finanzas globales opacas, y porque, sin la iniciativa de unos particulares que porfiaron hasta obtener la información, ninguna de esas promesas hubiese llegado a los telediarios. Es más, las artes prestidigitadoras del bufete Mossack Fonseca alcanzaron fama universal en según qué ambientes mucho antes de que estallara el escándalo, el despacho dispone de una web como cualquier sociedad mercantil, opera en 40 países y, por si no fuera suficiente, en fecha tan reciente como el mes de enero las autoridades brasileñas acusaron a cinco de sus empleados de blanqueo de dinero y corrupción.

Remitirse simplemente a lo que prescribe la ley, a los agujeros que en ella hay y a la habilidad de algunos bufetes para adentrarse en las finanzas globales paralelas no es más que una aproximación incompleta, insuficiente, diríase que casi oportunista, hija de una doble moral o moral de situación insostenible ante un auditorio atónito y conmocionado por la desfachatez imperante. Cuando el consorcio de periodistas se hace con más de once millones de documentos y los cálculos más moderados elevan el valor de la riqueza opaca a seis billones de euros, algo rematadamente podrido huele en todas partes. Si a ello se suma, como en España, una tasa de corrupción escandalosa, el riesgo de desmoralización colectiva es evidente, por no decir que el relativismo moral se adueña de los comportamientos. Alcanzar la opulencia es motivo de admiración; cómo se llega a ella, cada día importa menos (en algunos salones, pagar impuestos debe tenerse poco menos que por una extravagancia de millonario aburrido).

La dimisión del primer ministro de Islandia, Sigmundur David Gunnlaugsson, conectado con Panamá, hizo pensar a algunos que quizá la filtración pusiera en marcha un mecanismo de saneamiento automático de los hábitos económicos. Pero cuando la enfermedad alcanza a un mínimo de 50 países, incluidos China (la familia del presidente), Rusia (los plutócratas afectos a Vladimir Putin), el Reino Unido (el primer ministro David Cameron), España (una variada gama de personajes), Argentina (los negocios de Mauricio Macri), pero no se registran más episodios significativos que la dimisión de José Manuel Soria después de la de Gunnlaugsson, y la movilización de las policías y los tribunales es más que contenida, solo puede concluirse que pecaron de ingenuos quienes creyeron que iba a desencadenarse la catarsis. No la hubo y sí abundaron, en cambio, las excusas de mal pagador.

El caso es especialmente sangrante en España, donde un vendaval incontenible zarandea a un Gobierno en funciones y al partido que lo sostiene, el PP, que desde el 20 de diciembre contabiliza hasta siete escándalos y decenas de detenidos e investigados (antes imputados). Las aguas turbias han llegado a la sala de reuniones del consejo de ministros a través de José Manuel Soria y sus confusas explicaciones hasta el momento de la renuncia, y del expresidente José María Aznar, descubierto en una maniobra de encubrimiento de parte de sus ingresos a través de una sociedad para tributar el 25% a Hacienda y no cerca del 50%, correspondiente al IRPF. El principio de ejemplaridad, inseparable de la función pública desempeñada por cargos electos, ha saltado una vez más por los aires y, lo que es aún peor, cada día suma más militantes el bando de quienes opinan que la doble moral es inseparable del ejercicio de la política, una doble moral, culminación del cinismo político, que consiste en predicar sin dar trigo (llamar a la responsabilidad fiscal y, acto seguido, buscar cobijo en Panamá y otros paraísos acogedores).

Como ha recordado el periódico The New York Times, cuatro años mediaron entre la publicación en sus páginas del primer artículo dedicado a los papeles del Pentágono y el final de la guerra de Vietnam, dos años transcurrieron entre la primera noticia del caso Watergate en The Washington Post y la dimisión de Richard Nixon, pero no hay forma de prever siquiera vagamente cuánto tiempo será necesario para acabar con esa lacra social de los paraísos fiscales. Y no la hay porque la red de intereses que los utilizan es de tal magnitud que ni siquiera los estados mejor pertrechados pueden removerles la tierra bajo los pies más que de forma simbólica. En este universo paralelo de las finanzas globales a oscuras, proteger el dinero es el primero de los preceptos, y no se admiten excepciones. ¿En nombre de que principios está alguien en situación de pedir nuevos sacrificios, recortes y disciplinas cuando quienes en mayor medida debieran contribuir, o al menos una parte de ellos, practican sin rubor ni mala conciencia un disimulo obsceno? ¿En qué momento la obscenidad recibirá justo castigo en las urnas?

Rusia, condenada a una crisis

“Si Rusia no empieza hoy su modernización, corre el riesgo de convertirse mañana en un país del Tercer Mundo”, vaticinó en el 2012 el analista IgorYurgens. Dos años antes, varios líderes políticos, exdirigentes de la Unión Soviética, economistas y empresarios habían dado público apoyo a un proceso de modernización acelerada de la economía rusa, excesivamente dependiente de la exportación de energía y, por esa razón, de las fluctuaciones de un mercado sometido o influido a todas horas por los vaivenes de la política. La caída de los precios del petróleo a finales de 2008 puso en evidencia la debilidad de los países dependientes del monocultivo del petróleo, fuente principal de los ingresos en dólares, y hoy como ayer vuelven a cernirse sobre la economía rusa los peores presagios –la caída en picado del rublo, la escalada inflacionista y la contracción del mercado interior–, agravados por las sanciones de Occidente a causa de la crisis de Ucrania.

En realidad, el rosario de datos concatenados que determinan las dificultades de la economía rusa revelan hasta qué punto es esta vulnerable. No solo porque carece de alternativas rentables e inmediatas para compensar el efecto de las sanciones impuestas por Occidente, sino porque está a merced de las fluctuaciones del precio del petróleo, que está condicionado por la capacidad de producción y distribución de la OPEP y la acumulación de reservas en todo el mundo. Por utilizar la terminología al uso, Rusia tiene una muy limitada capacidad de resistencia, aunque durante la presidencia de Dmitri Medvédev, gracias al buen momento de las relaciones ruso-estadounidenses, la impresión fuese otra.

Según un artículo de William E. Pomeranz distribuido por la agencia Reuters, “la espectacular caída del precio del petróleo supone un descenso de las rentas del Estado y menos dinero para los ambiciosos proyectos de gasto militar y social de Putin”, que debe unirse a la fuga de capitales, cuya cuantía es imposible calcular. En cualquier otro escenario que no fuera el ruso, se diría que se dan las condiciones para una crisis social o, al menos, hay el riesgo cierto de que se produzca, pero en el proceso de rearme moral colectivo emprendido por el Kremlin a raíz de la crisis ucraniana y del consiguiente distanciamiento de Estados Unidos y de la Unión Europea, es posible que, a pesar de los pesares, siga influyendo más el reflejo nacionalista que el efecto inmediato de la crisis económica.

Eso es, al menos, lo que daban a entender las encuestas de hace solo un mes, que otorgaban a Putin un índice de aceptación de alrededor del 80%. Cosa distinta es que el restablecimiento de la grandeza de Rusia como gran potencia sea viable sin una economía que no dependa solo de las fluctuaciones del precio del petróleo y de la exportación de gas. Porque cuando la propaganda rusa amenaza con buscar otros clientes para sustituir a los recelosos europeos, oculta un dato: solo China puede compensar una disminución significativa de las ventas en el mercado europeo, como ha entendido Vladimir Putin, que ha firmado acuerdos de suministro con los gobernantes chinos que empezarán a aplicarse en el 2018. E incluso así, la falta de acuerdo para el gaseoducto South Stream, que debe conectar la red rusa a la de la UE por Bulgaria después de cruzar el lecho del mar Negro, daña sin remisión la política de ventas diseñada por Gazprom, la primera empresa rusa, para evitar el paso del combustible por Ucrania.

De ahí a concluir que la decisión de la OPEP de mantener la producción –30 millones de barriles diarios– está relacionada con la situación de Rusia media solo un paso. A pesar de los datos que reflejan una caída del consumo, un aumento de las reservas y un descenso de las importaciones en Estados Unidos a raíz de la explotación de los yacimientos de esquisto, indicadores todos ellos que aconsejarían una disminución de las extracciones, la reacción ha sido justamente la contraria y el barril de Brent se ha situado por debajo de los 70 dólares –llegó en junio a los 115 dólares–, con grave perjuicio para monocultivadores de energía como Venezuela o Irán, sin otro producto que exportar, o para aquellos con una presencia muy limitada en otros campos, caso de Rusia. Dicho de otro modo: la decisión impuesta a la OPEP por Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo es hija seguramente de la determinación de Estados Unidos y sus aliados de presionar indirectamente a Rusia sin sufrir o afrontar el desgaste político de un nuevo motivo de tensión después del de Ucrania.

Hay en este relato ingredientes suficientes para vislumbrar una nueva guerra fría posmoderna en la que ya no cuentan tanto la ocupación de áreas específicas, con la consiguiente parafernalia nuclear y la rivalidad entre modelos económicos diferentes, sino el recurso a la economía global para domeñar voluntades. La economía rusa dejó de ser, con el hundimiento del bloque socialista, la isla no contaminada o no relacionada con la red de intereses de la economía occidental, y no puede sostener por tiempo ilimitado la situación actual so pena de aceptar un empobrecimiento acelerado de la clase media surgida de las privatizaciones, las inversiones extranjeras y la exportación de energía como instrumento casi exclusivo para financiar la modernización del país. Las compras de propiedades hechas en dólares y euros, que son ahora inasumibles a causa de la devaluación incesante del rublo hasta perder un 40% de su valor, constituyen el ejemplo más llamativo de una situación que puede llegar a ser insostenible para el grupo social que ha asentado en el poder el nacionalismo encarnado por Putin.

En el trabajo Rusia en el siglo XXI. Una visión para el futuro, del año 2010, varios autores insisten en que las élites no lograron llevar a la práctica el programa de modernización necesario para no ser un país diferente. Pero enseguida surgió en aquel entonces la respuesta del bando contrario a cambiar las coordenadas políticas rusas con el argumento harto discutible de que los fracasos en materia económica no significan que sea necesario un cambio en el sistema. Por el contrario, el artilugio constitucional que llevó a Medvédev a la presidencia para permitir luego el regreso de Putin al frente del Estado se entendió como una garantía de progreso, cuando en la práctica cegó las vías de acceso a cambios políticos significativos, a la alternancia en el poder de diferentes opciones y a la competencia entre programas. Que esto fuese útil en un primer momento, final de la década de los 90, para atajar la decadencia sin remisión de la Rusia de Boris Yeltsin no significa que lo sea ahora para guardar los estandartes en el cuarto de banderas, abordar la crisis ucraniana con realismo y dar con una solución equilibrada que no sea una claudicación, pero que permita acabar con la incertidumbre de una economía en caída libre.

Es posible que en algún momento pensara Putin que podía derrocar al Gobierno de Ucrania, como ha escrito Paul Krugman, pero tal ensoñación se desvaneció en cuanto se multiplicaron en Occidente los valedores del Gobierno de Kiev. Se trató de un gesto lleno de oportunismo, de un desafío a la convicción de Putin de que sólo él tiene derecho a mantener ordenado y a su conveniencia el vecindario más inmediato, pero fue un acontecimiento decisivo para consagrar la división ucraniana, hacer de la guerra una enfermedad crónica y abrir un paréntesis para reflexionar. Lo que se cruzó luego en el camino del presidente ruso fue el cambio acelerado en el mercado de la energía, la falta de alternativas para cobrar en otros caladeros los dólares de menos obtenidos en los yacimientos de gas y petróleo.

Aun así, no creía Krugman este último verano que se diesen en el libro de ruta de las finanzas globales las condiciones necesarias para la concreción de una nueva guerra fría. Aludía el economista a la probada capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de situaciones, pero, y siempre hay un pero, en aquel tan cercano como lejano último agosto no ensombrecía las murallas del Kremlin la densa nube de la crisis social que ahora se teme o se presiente. Y Occidente no estaría libre de culpa si se cumpliera la sabia creencia de que cualquier situación siempre es susceptible de empeorar.

Putin mira a China sin olvidar Europa

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha encontrado el mejor antídoto a las sanciones acordadas por Occidente a raíz de la crisis de Ucrania: la firma de un contrato para suministrar gas a China durante 30 años a partir del 2018 por un valor de 300.000 millones de euros. Si ya era muy limitada la disposición europea de imponer sanciones a Rusia antes de suscribirse el acuerdo, a partir de entonces aún es menor. Mientras en las cancillerías de la Unión Europea se sigue sin disponer de una respuesta clara a la gran incógnita del impacto que la situación en Ucrania tendrá en el suministro de gas y en el precio, el contrato firmado por Putin y por el presidente de China, Xi Jinping, a razón de unos 260 euros los mil metros cúbicos, induce a pensar que se avecinan tiempos difíciles. O, quizá, días de pactos inaplazables para evitar que el gas se convierta en un elemento de presión recurrente.

Aunque en la campaña de las legislativas europeas se ha hablado a veces de Ucrania, pero casi nunca del gas, es obvia la íntima relación entre los dos dosieres. Los candidatos que han aludido a Ucrania en sus discursos se han quedado, en general, en las vaguedades clásicas del derecho que asiste al Gobierno ucraniano a que se cumpla la Constitución y se respete su integridad territorial, pero apenas han ido más allá: el primer exportador de gas para la UE es Rusia, y una parte muy importante del suministro cruza territorio ucraniano. Con lo que, en manos de Putin está no solo una eventual revisión de las tarifas, que siempre es posible, aunque ahora parece improbable, sino el riesgo de que, según evolucione la situación, en algún momento se cierre la espita de Gazprom –no sería la primera vez que sucede–, con el consiguiente perjuicio para empresas y particulares.

“El impacto económico de una confrontación profunda con Rusia es una de las razones por las que los países fundamentales de la Unión Europea están más interesados en disminuir las tensiones con Rusia que en ampliar las sanciones”, ha afirmado en el diario Moscow Times el asesor de inversiones Chris Weafer. Se trata de una conclusión que avalan los hechos: la desgana europea para castigar la osadía de Putin en Ucrania y la determinación del presidente ruso, capaz de pasar del nacionalismo duro al poder blando según sea el día de la semana. Cuando Rusia se anexionó Crimea en un suspiro, Putin echo mano de las más viejas tradiciones de la santa Rusia y del líder ungido; cuando simuló no manejar las hilos de la trama en Donetsk y otros lugares –vigilia de la elección presidencial en Ucrania–, se ejercitó en una forma de poder blando sui géneris no exenta de habilidad. La UE transmitió, por el contrario, la misma imagen de desunión y debilidad cuando acordó sanciones en dosis homeopáticas que cuando se presentó como el adalid de su propia versión del poder blando, dispuesto a influir en el desarrollo de los acontecimientos mediante la persuasión.

Nadie piensa que de repente, como por ensalmo, la vieja rivalidad ruso-china se ha tornado luna de miel, sino que Putin y Xi han hecho de la necesidad virtud para contrarrestar los efectos de sus problemas en otros frentes. La Rusia emergente que mira con recelo a Occidente y recuerda los fundamentos de la política de contención puesta en práctica durante la guerra fría, busca una alternativa en Asia, al tiempo que la China que mantiene litigios territoriales con sus vecinos, apoyados por Estados Unidos, se afana por encontrar aliados que se sumen a su causa. Ni para Rusia es suficiente recuperar el orgullo perdido a causa del desmembramiento de la URSS, si no incorpora contrapartidas económicas, ni para China es útil mirarse en el espejo de la historia y perseverar en la tradición del imperio del centro, una visión aristocrática y etnocéntrica del mundo, incompatible con la globalización. Esta alianza del gas, como todas las alianzas, es fruto de intereses cruzados y complementarios, servidos con la retórica grandilocuente que conviene al caso.

Media un mundo de ahí a considerar el contrato sino-ruso un gesto oportunista. Cuando se cierra un compromiso por 30 años que implica una ingente movilización de recursos financieros y tecnología –construcción de un gaseoducto en Siberia y de otro en suelo chino conectado a la red de distribución–, lo menos que puede hacerse es dar por descontado el deseo de dar continuidad a la alianza. En el caso de Rusia, se trata, otra vez, de sacar el máximo partido a las necesidades más perentorias de crecimiento económico y de distanciamiento del dólar. La profesora Meghan L. O’Sullivan, de la Universidad de Harvard, lo ha subrayado en un comentario recogido por el Atlantic Council: si la economía rusa quedara expuesta a nuevas sanciones y mantuviera una dependencia excesiva del dólar, podría ver frustrado su deseo de convertirse en un gran operador financiero internacional.

¿Pueden los europeos conformarse con contemplar el paisaje a distancia? Lo menos que puede decirse es que no debieran caer en la tentación del conformismo con el único objetivo de proteger los negocios en marcha con Rusia, muchos de ellos pilotados desde Alemania. Los antecedentes sobre los efectos de crisis energéticas recientes, con el gas en el centro del problema, obliga a dar un enfoque realista a la crisis de Ucrania y a evitar las simplificaciones. La certidumbre cada vez mayor de que cuanto sucede es fruto de una lucha enconada entre dos oligarquías enfrentadas, dispuestas a manipular a la opinión pública y a sacar partido de las emociones colectivas, obliga a prescindir de la división entre buenos y malos, si es que alguna vez estuvo justificada, y aun autoriza a buscar el equilibrio para garantizar que nadie tiritará el próximo invierno por falta de gas a causa de la crisis ucraniana de esta primavera y de lo que esté por venir.

La realidad es que la economía rusa, a efectos prácticos, depende en todo y por todo de la exportación de energía; en cierto sentido, es un monocultivo que estará a expensas de las necesidades de sus clientes occidentales durante los próximos cuatro años, por lo menos. Hacer efectivo el contrato de exportación de gas a China obliga a una inversión inicial de decenas de miles de millones de euros, que deberán salir en parte de la venta de gas y petróleo a sus clientes tradicionales –europeos–, sin alternativas de suministro a corto plazo, pero si a medio (importación de gas del Magreb a través de la red española y desarrollo de otras conexiones con el norte de África). Esos son datos que se han manejado solo de pasada en la campaña de las europeas, pero que están sobre la mesa y que debieran ser suficientes para ahuyentar el fantasma de los problemas de suministro a corto plazo, como se insinúa con demasiada frecuencia.

Sacar otras conclusiones precipitadas del contrato de Rusia con China resulta tan arriesgado como estéril. La facilidad pasmosa con la que algunos han querido ver la decantación definitiva de Rusia por la parte asiática de su alma en detrimento de la europea, carece de rigor porque pretende que el desenlace de un debate que dura siglos se ha producido justamente ahora mediante un acuerdo económico inscrito en la mundialización de la economía. Más atinado se antoja el diagnóstico de quienes entienden que la dualidad rusa, europea y asiática a un tiempo, es una realidad ineludible, impuesta por la geopolítica de un Estado-continente que se extiende desde la frontera este de la UE al Pacífico Occidental, y los europeos deben amoldarse a convivir con ella.