China induce un nuevo statu quo

La profesora Margaret MacMillan, directora del St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford, publicó el pasado fin de semana en The New York Times un ingenioso ensayo de paralelismos históricos entre las vísperas de la primera guerra mundial y las del año que se avecina, cuando se cumplirá un siglo del inicio de la que fue conocida como Gran Guerra hasta la matanza que se prolongó de 1939 a 1945. La sutileza de la analista, que comparte con Mark Twain la idea de que la historia “no se repite a sí misma, pero tiene rima”, encuentra en la rivalidad entre imperios –hace cien años, el Reino Unido y Alemania; hoy, Estados Unidos y China– el factor común que permite vislumbrar temores y atesorar esperanzas. Y cree adivinar en aquellos inicios del siglo XX rasgos propios de una globalización avant la lettre que lo mismo sirvió para alentar “localismos y nativismos” que para fundamentar los temores de Alemania de convertirse en una potencia sitiada por sus adversarios, un sentimiento que hoy experimenta el establishment político chino.

Artillería de campaña alemana en la primera guerra mundial.

Los sucesos acaecidos en el archipiélago Senkaku –Diaoyu para China–, a solo 70 kilómetros al noreste de Taiwan, con un doble valor económico –cantidades ingentes de petróleo y gas– y estratégico, han proyectado la imagen de una guerra fría de bolsillo entre las dos grandes potencias, aunque la disputa por la soberanía de los islotes deshabitados es entre China y Japón. En esta guerra fría posmoderna Japón desempeña el papel de aliado de Estados Unidos bajo riesgo; el aumento del gasto militar y el incremento de la capacidad naval china, el reservado otrora a la carrera de armamentos; y los cálculos relativos al deseo de China de desafiar a Estados Unidos y convertirse en una potencia en el Pacífico, el de las teorías de la escalada aplicadas a un entorno nuevo. O puede que no tan nuevo si se da marcha atrás en la historia y, como hace MacMillan, se recuerda que de la misma manera que las superpotencias de 1914, antes de sonar el primer disparo, se refirieron a la defensa de su honor, el secretario de Estado, John Kerry, ha invocado la credibilidad y el prestigio de Estados Unidos para movilizar a la flota en el mar de la China.

El trabajo de MacMillan advierte de los riesgos que se corren si, hechas las oportunas distinciones entre el hoy y el ayer, no se extraen lecciones “para construir un orden internacional estable”. Si no el mayor, sí es al menos el más común de los riesgos aceptar el principio según el cual, “gracias a nuestro progreso tecnológico, podemos emprender conflictos armados cortos y de impacto limitado” que reportan victorias decisivas. El desarrollo del conflicto en Afganistán, quizá en Irak, y en Siria con toda seguridad desmienten la efectividad de los conflictos bajo control, con la población a salvo de los males propios de la guerra. Algo parecido sucedió en 1914, cuando los generales creyeron disponer de las herramientas necesarias, pero luego la realidad de la guerra arrastró a la muerte a millones de jóvenes porque el alcance de las armas de teatro había pasado de 100 yardas en tiempos de Napoleón a 1.000, con el aumento consiguiente de su poder de devastación.

Las guerras de efectos limitados, incapaces de contaminar el entorno, son una entelequia elaborada por quienes difunden las teorías de la guerra sin más bajas que las precisas, siempre entre combatientes profesionales. En la práctica, la tecnología y los servicios de inteligencia no han eliminado los daños colaterales, los efectos secundarios y la desestabilización de áreas que exceden con mucho las delimitadas por los generales en los mapas. Y eso es de aplicación tanto en las guerras calientes como en las frías, de ahí que la disputa por las Senkaku-Diaoyu lo sea todo menos un problema menor o una crisis virtual.

Vista aérea del archipiélago de las Senkaku-Diaoyu.

El periodista Ian Buruma, profesor del Bard College, aporta los ingredientes esenciales para comprender los riesgos inherentes al conflicto: “China está en ascenso, Japón es una economía de capa caída y Corea se mantiene como una península dividida. Es natural que China intente restablecer el dominio histórico sobre la región. Y es natural que Japón esté nervioso por la posibilidad de convertirse en una especie de Estado vasallo (los coreanos están más acostumbrados a este papel vis-à-vis con China)”. Hay en todo ello resonancias de añejas rivalidades entre nacionalismos enfrentados a los que no se puede considerar parte del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, expresión acuñada por Sigmund Freud y recordada por MacMillan en su ensayo. Tampoco son nacionalismos construidos a toda prisa por “historiadores, lingüistas y folcloristas que estaban ocupados en crear historias de viejos y eternos enemigos”, según los define MacMillan al hablar de los de 1914, sino más bien otros muy distintos empapados de agravios históricos y tragedias irredentas perfectamente documentadas y a solo una o dos generaciones de distancia de la nuestra.

Para completar la competencia entre egos nacionales y rivalidades regionales, que un día pueden ser mundiales, debe citarse el programa de desarrollo militar de la India, que desde noviembre dispone de un segundo portaviones y aspira a disputar el liderazgo estratégico y económico a China, el gran adversario junto con Pakistán desde los días de la independencia. De forma que frente a quienes piensan que la pulsión aislacionista puede condicionar la diplomacia estadounidense en un futuro no muy lejano, asoman los que creen que la competencia entre China e India otorga a Estados Unidos el perfil de actor indispensable, por no decir de poder arbitral. Dicho en otras palabras: la mayor potencia de Occidente se mantiene como el gran poder global, aunque, como apunta MacMillan, “no es el poder absoluto que fue una vez”. Una afirmación por lo demás discutible, porque la supremacía tecnológica y el control de los flujos de información le garantizan una superioridad indiscutible.

Quizá esta sea la mayor diferencia en la asimetría de la rivalidad en la cuenca del Pacífico: China es una potencia en construcción; Estados Unidos ha sistematizado su influencia. La especialista Martine Bulard ha recogido en Le Monde Diplomatique los desafíos que debe afrontar el gigante asiático, según sus propios dirigentes: desarrollar la economía de mercado, las políticas democráticas, una sociedad armoniosa y una civilización ecológica. Este es un programa para más de doce años, fecha de vencimiento a partir de la cual, según los cálculos más difundidos, el PIB chino superará al estadounidense. Y es, también, un programa cargado de factores adversos habida cuenta del peso inconmensurable del Estado en la economía, del control de la burocracia del partido sobre el funcionamiento de las instituciones, de los peligros de la desigualdad social causada por un desarrollo galopante y de la permisividad de que disfruta la economía productiva.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de China, Xi Jinping, durante su entrevista en Annenberg Retreat (California), el 8 de junio de este año.

Aun así, esta China en construcción se comporta cada día más como una referencia inexcusable de un nuevo mundo bipolar gracias a los excedentes de capital que maneja, su tendencia milenaria a contemplar el mundo desde el interior de su fortaleza y su confianza en la capacidad del partido para dirigir una sociedad disciplinada donde el dúmping social será aún posible durante mucho tiempo a causa de las bolsas de pobreza que surten de mano de obra barata al sector industrial. Decir que la buena salud de los negocios está por encima de todo no es ninguna exageración, sino la certificación de que su propósito es competir con su gran rival en todos los mercados para transformar su potencia económica en poder militar más temprano que tarde. Más todavía: en la última hornada de dirigentes chinos –el presidente Xi Jinping y su equipo– ha arraigado la idea de que el poder militar, instrumento indispensable del poder político, es una derivación directa del poder económico. La muerte por inanición de la Unión Soviética revela hasta qué punto operar en sentido contrario equivale a levantar un edificio sin cimientos.

El alma de historiadora de Margaret MacMillan lleva a la ensayista a preguntarse si es posible sacar conclusiones contemporáneas de los motivos que llevaron a Europa al campo de batalla en 1914; si es posible resistirse a la tentación de comparar las relaciones de Estados Unidos y China con las que mantuvieron el Reino Unido y Alemania antes de que el atentado de Sarajevo que costó la vida al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa (28 de junio de 1914) precipitara la guerra. Y, al hacerlo, se adentra por el camino de las rivalidades nacionales que enturbian los datos concretos de cada momento con la explotación de los sentimientos, un resorte poderoso, ajeno a la razón, tantas veces invocada por René Descartes para evitar estropicios: “Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación, y no te fíes sino de la razón”.

¿Quién puede dudar de que el Partido Comunista Chino, sin necesidad de cambiar de nombre, se ha transformado en una organización nacionalista que es la columna vertebral del Estado? ¿Quién puede dudar de que el sentimiento nacionalista en Estados Unidos está a flor de piel? ¿Estamos en la antesala de una situación de riesgo? En marzo del año pasado, cuando Hu Jintao aún era presidente de China, el exsecretario de Estado Henry Kissinger escribió en su blog lo siguiente: “Aunque la capacidad militar absoluta de China no es formalmente comparable a la de Estados Unidos, Beijing posee la habilidad de plantear riesgos inaceptables en un conflicto con Washington y desarrolla instrumentos cada vez más sofisticados para negar la ventaja tradicional de Estados Unidos”. Aun así, Kissinger subrayó que los objetivos económicos de China atenúan los riesgos y las desavenencias con Estados Unidos no deben ir más allá del “funcionamiento habitual de la rivalidad entre las grandes potencias”. Con todo, cabe preguntarse: ¿cuál es la fecha de caducidad del nuevo statu quo?

Irán cambia el rumbo

Si se presta atención al enfoque que los analistas liberales de Estados Unidos dan a las ofertas de diálogo que el presidente de Irán, Hasán Rohani, dirige a la Casa Blanca desde muy poco después de su elección, no hay duda de que la república de los ayatolás ha cambiado el rumbo. Si se presta oídos a los matices difundidos por el sector duró de los clérigos de Teherán después de las declaraciones del presidente a una cadena de televisión y del discurso pronunciado ante la Asamblea General de la ONU, entonces se tiene la impresión de que estamos ante un gran artificio escénico consentido de mala gana por los halcones. Si, por último, se fija la vista en las necesidades inmediatas del régimen iraní, cabe llegar a la conclusión de que este precisa atenuar la tensión desencadenada por el programa nuclear defendido con entusiasmo por Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Rohani, y bendecido por el líder espiritual Alí Jamenei.

Un breve texto colgado por el analista Stephen M. Walt, profesor de la Universidad de Harvard, en su blog de la edición digital de Foreign Policy inclina la balanza a favor del último de los tres síes enunciados en el párrafo anterior: Rohani hace de la necesidad virtud y quiere aprovechar el momento para encontrar una salida honrosa y rentable al contencioso con Estados Unidos. En el bien entendido de que el presidente iraní no es un reformista encubierto ni cosa parecida, sino más bien un realista incrustado en el aparato de poder de la república islámica, educado en el dogma y en el dicterio antioccidental, pero que entiende que la presidencia de Mohamed Jatami (1997-2005), este sí, un reformista aclamado por los jóvenes y el mundo académico cuando llegó al poder, quedó trufada de frustraciones a causa de la movilización de las mezquitas, algo que metió al país en un callejón sin salida.

El presidente saliente, Mahmud Ahmadineyad, entrega al líder espiritual del regimen iraní, Alí Jamenei, los documentos que oficializan la elección de Hasán Rohani, en una ceremonia celebrada en Teherán el 3 de agosto.

Para abundar en la idea de que, en efecto, algo se mueve en Irán, Walt se remite a la distinción que establece el politólogo Robert Jervis, de la Universidad de Columbia, entre señales e indicios. Las primeras no tienen una “credibilidad inherente”; los segundos son “declaraciones o acciones que acarrean alguna prueba inherente de que la imagen proyectada es correcta”, cabe otorgarles un plus de credibilidad, por así decirlo. La percepción de Walt, que seguramente comparten los analistas más cercanos al presidente Barack Obama y al secretario de Estado, John Kerry, es que Rohani ha pasado de la fase de las señales a la de los indicios. Y le asisten razones de entidad para dar el paso:

  1. La capacidad de influir, llegado el caso, en la resolución de la crisis siria sin vincular su suerte a aquella que corran Bashar el Asad y su régimen.
  2. La necesidad de sanear la economía y animar el bazar en cuanto se avizore la fecha de caducidad de la política de sanciones desencadena por el programa nuclear.
  3. La convicción de que la república islámica debe procurarse un pasaporte de honorabilidad en el seno de la comunidad internacional para sacar más partido de sus inmensos recursos petrolíferos.
  4. La pretensión de abrirse camino para actuar como una potencia regional libre de sospecha en pugna con las monarquías sunís del Golfo.
  5. El propósito de alejar la imagen combativa de la república de los desafueros del fundamentalismo suní en armas (Al Qaeda y sus franquicias).

Desde los atentados del 11 de septiembre del 2001 y, sobre todo, desde que el presidente George W. Bush incluyó a Irán en el eje del mal –discurso de 29 de enero del 2002–, el régimen iraní ha formado parte de un conglomerado informe que ha llevado a la opinión pública estadounidense a incluirlo en la lista de enemigos causantes de la tragedia o conformes con lo sucedido. Ni siquiera sirvió para desvanecer equívocos la comprobación empírica de que la clerecía gobernante puso el mayor interés en aclarar que nada tenía que ver con la estrategia de Al Qaeda, el régimen talibán que dio cobijo a Osama bin Laden y la dictadura de Sadam Husein, y cuando las centrifugadoras se pusieron en marcha para producir combustible nuclear, todo fue a peor. Desandar ese camino será difícil, largo y por momentos confuso, la operación suma un puñado de enemigos que prefieren el conflicto latente –Israel entre ellos– a la diplomacia imaginativa y debe aunar voluntades tan opuestas como el bando del Tea Party del Congreso de Estados Unidos y el bando intransigente del régimen iraní, compendio inextricable de poderes reales y paralelos, tutelado todo por los teólogos-juristas que se remiten a la interpretación del Corán (ijtihad).

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

Cuentas de Facebook y de Twitter del presidente Rohani.

E pur si muove. No solo por la histórica reunión del jueves de los responsables de las diplomacias estadounidense e iraní, la primera desde 1979, ni por la no menos histórica conversación telefónica del viernes de Obama y Rohani, sino porque son demasiado grandes para Irán los riesgos que comporta el aislamiento; es demasiado costoso sostener el esfuerzo de un programa nuclear –civil o militar– sin contrapartidas de ingresos seguras y continuadas –las exportaciones de petróleo sin cortapisas– para desahogar las finanzas. El cálculo inicial iraní de dotarse de un modesto arsenal nuclear para convertirse en una república inexpugnable, a imagen y semejanza de la lógica seguida por Corea del Norte con el beneplácito de China, resultó tan aventurado como desequilibrante porque puso el futuro en manos de la movilización de las masas para responder a las amenazas de intervención procedentes de Occidente. Y, al final, la movilización fue otra: fue la de la calle contra el pucherazo electoral de las presidenciales del 2009 la que dio carta de naturaleza al cambio relativo, pero cambio al fin, incubado en el seno de una parte relevante de la sociedad urbana iraní. Ese es el terreno de juego de Rohani.

El de Estados Unidos remite al deseo de la Casa Blanca de retirarse lentamente de Oriente Próximo y aledaños hasta donde lo permite la necesidad de garantizar la seguridad de Israel. Es este un factor directamente relacionado con los biorritmos iranís, con esa facilidad exhibida por Ahmadineyad para exasperar a los gobiernos israelís y ponerlos a un paso de la intervención encaminada a destruir los complejos industriales encargados de producir combustible nuclear; con esa agilidad del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, para arrastrar a Obama a un campo de minas que no quiere pisar. Las ruinosas experiencias militares y políticas en Afganistán e Irak han decantado hasta tal punto a la sociedad estadounidense a favor de la retirada estratégica del laberinto musulmán que el menor resquicio para hacerlo favorece los planes del presidente e impone la prudencia a cuantos piensan que compete a Estados Unidos ser una vez más el gendarme universal. De ahí nace la disposición de Obama a escuchar a Rohani y, dicho sea de paso, a gestionar la crisis siria con una mezcla de confusión, oportunismo y poquísimas dosis de finezza, condicionado todo el relato por el desprecio por el ser humano que comparten el régimen de Asad y una parte cada vez mayor de la oposición.

El periódico progresista israelí Haaretz entiende que, en este juego de insinuaciones, sería un error de la comunidad internacional y de la diplomacia de Netanyahu desoír la oferta de diálogo de Rohani. Es probable que, en general, se acojan las palabras del presidente iraní con disposición a escuchar, pero es impensable que el primer ministro israelí esté dispuesto a hacerlo porque ni sus votantes ni sus aliados en el Gobierno son partidarios de ello. Prefieren transitar por la maroma de la desconfianza y, a ser posible, condicionar en el futuro las decisiones de Estados Unidos, como lo han hecho en el pasado; prefieren andar por delante de los acontecimientos o, lo que es lo mismo, poner todos los obstáculos posibles al éxito de la operación, aunque sea a costa de suministrar argumentos a los más duros de Teherán.

Cuando Rohani ganó las elecciones en junio, el periódico Le Monde interpretó el resultado como una consecuencia del “descontento de los electores iranís con relación al balance catastrófico del presidente saliente”, de los ocho años de “crisis económica, de aislamiento y de confrontación con Occidente a causa del programa nuclear”. Ese es el capital con el que cuenta Rohani para sustituir el dogmatismo estéril de su antecesor por el realismo que haga posible una solución ad hoc. En caso contrario, el Golfo seguirá siendo el mar donde prevalecen la voluntad de las petromonarquías y la estrategia política diseñada por Al Jazira, música de fondo de la prédica suní frente a la chií. Y en ese conflicto político disfrazado de disputa religiosa, Israel prefiere la hegemonía de las casas reales, porque están adscritas a la estrategia general de Estados Unidos en la región.

 

 

La seguridad fija la agenda

“El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”, ha escrito estos días Mario Vargas Llosa. A saber si la escuela del siglo pasado arraigó de tal manera en la mentalidad colectiva que el presente sigue sumido en el sectarismo ideológico, la supremacía de los comisarios políticos y la proliferación de estructuras opacas destinadas a controlar a los ciudadanos y a domeñar su voluntad mediante una mixtificación permanente de los hechos. Ahí está para enturbiarlos la diaria invocación a la seguridad, permanentemente amenazada, aunque las amenazas se desdibujan con harta frecuencia y en su lugar aparece la pugna por la consolidación de espacios de poder, de control de los recursos y de supremacía estratégica.

Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa: “El siglo XX no fue solo el de las grandes carnicerías humanas, sino también el del fanatismo y la estupidez ideológica que las incitaron”.

La seguridad se ha convertido en una herramienta multiuso que para todo vale. El recurso al espionaje, tan viejo como el Estado mismo, es un deporte universal que hace sonrojar a los reunidos en el G-8; la guerra de Siria se interpreta en términos de seguridad en la región, aunque los muertos pueden superar los 100.000; la victoria de Hasán Rohani en la elección presidencial de Irán se analiza a la luz de las doctrinas de seguridad en boga; la posibilidad de que Estados Unidos negocie con los talibanes en Doha, capital de Catar, se sopesa asimismo en términos de seguridad, y es de parecido tenor la justificación de Barack Obama para que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en inglés) husmee en la red. La gran paradoja es que las referencias permanentes a la seguridad transmiten una sensación de inseguridad global cada vez mayor y la seguridad preventiva se asemeja cada día más a los ojos de un Dios soberbio que todo lo ve.

El informe En defensa de un internet abierto, mundial, seguro y resistente, elaborado por encargo del think tank Council on Foreign Relations por un grupo de expertos entre los que figura John D. Negroponte, un diplomático estadounidense formado en la CIA, concluye: “Hay amenazas que viajan a través de internet y amenazas para internet. El ciberespacio es ahora una arena para la competición estratégica entre los estados, y un creciente número de actores –estados y no estados– utiliza internet en conflictos, espionaje y crimen. Las sociedades son cada día más vulnerables a las intromisiones en energía, transporte, comunicaciones y otras infraestructuras esenciales que están conectadas a través de la red de ordenadores”. Pero en la conclusión no se menciona que las intromisiones alcanzan al control sobre el uso que de la red hacen ciudadanos de todo el mundo y, por esa razón, la amenaza no se limita a la competencia entre adversario, como puede deducirse del informe: la diplomacia ha hecho muy poco para conciliar el punto de vista de quienes opinan que la gestión de internet debe estar en manos privadas y la de aquellos que “quieren un papel más fuerte para los estados en el gobierno del ciberespacio bajo los auspicios de las Naciones Unidas y de la Unión Internacional de Telecomunicaciones”.

Foessel

Portada del libro ‘Estado de vigilancia’, del filósofo francés Michaël Foessel, editado en el 2011.

Hay una diferencia fundamental entre la propuesta de reducción de armas estratégicas hecha en Berlín por Obama para mejorar la seguridad colectiva y ese otro reino de las sombras que ejecuta las intromisiones en la red, los ataques cibernéticos y el escudriñamiento de los ordenadores: la necesidad de empequeñecer los arsenales nucleares remite a una realidad tangible; el funcionamiento de los mecanismos de seguridad a través de la utilización del ciberespacio traslada el debate a un mundo inaprensible al que todos debemos someternos. Los cálculos sobre seguridad aplicados a los conflictos calientes o a las zonas de roce entre contrincantes son cada día mayores porque se mantiene una inestabilidad subyacente con puntos de atención concretos en el hemisferio norte que van de Libia a Corea del Norte, de Turquía a Pakistán, de China a Estados Unidos y viceversa, de Siria a Afganistán y del golfo Pérsico a todos los mercados energéticos. Y ese panorama de desequilibrios de largo alcance se ve agravado por la imposibilidad material de establecer unas reglas del juego en el control del ciberespacio aceptadas por el grueso de la comunidad internacional: “Un gran acuerdo que incluya cuanto atañe a los productores de contenidos y a los innovadores tecnológicos es igualmente improbable –afirman los autores del informe citado más arriba–, así como entre democracias liberales y Estados autoritarios”.

Para los contribuyentes, que con sus impuestos costean los aparatos de seguridad, resultan literalmente incomprensibles la guerra en el ciberespacio y las artes de los espías que se enseñorean de la red. Pero hoy es del todo insuficiente reducir las complejidades de las relaciones internacionales y de la gestión de los conflictos al lenguaje convencional anterior a la revolución telemática. En el análisis de Paul D. Miller, exintegrante del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, sobre el futuro que se vislumbra en Afganistán, las referencias incluyen “la estabilidad de Pakistán y la seguridad de sus armas nucleares”, la necesidad de controlar a los talibanes y evitar una guerra civil en Afganistán, la obligación de combatir el tráfico de drogas y de neutralizar la influencia de Irán; toda la exposición está destinada a explicar por qué su país debe mantener su presencia en el corazón de Asia, y para ello recurre a un léxico que es familiar al lector no iniciado.

Rohani

Hassán Rohani, presidente electo de Irán: “No tenemos más opción que la moderación”.

Por el contrario, las sutilezas de los memorandos acerca de cómo debe encararse la guerra preventiva contra los grupos terroristas asociados al conflicto afgano, redactados por especialistas de la CIA, la NSA y otras agencias federales de seguridad de Estados Unidos, escapan por completo a la lógica de los ciudadanos. Aunque, paradójicamente, son las excursiones de los espías por la red –con el espionaje militar en primer lugar– las que más afectan a los usuarios sin que estos lo sepan, porque son esas prácticas las que hacen saltar por los aires el derecho a la privacidad y vulneran la libertad de expresión al someter a control generalizado el contenido de las comunicaciones.

En Estado de vigilancia, publicado en el 2011, el filósofo francés Michaël Foessel desarrolla dos conceptos que se complementan:

  1. Todo sucede como si, aun conservando un sentido político, la seguridad viniera a resumir el conjunto de las expectativas que se puede albergar de forma legítima respecto al Estado.
  2. Los pensadores modernos de la política elevan el deseo de seguridad al rango de “primer motor” de la institución política.

Cuando oradores tan distintos y distantes como Barack Obama, Mahmud Ahmadineyad –y su sucesor, Hasán Rohani– colocan la seguridad en el centro de todos los discursos parecen empeñados en dar la razón a Foessel sin necesidad de que el auditorio deba recurrir a la política ficción de películas como Minority report, relato inquietante de una sociedad técnicamente capacitada para anticipar el futuro y que dispone de una policía dedicada a detener a los delincuentes antes de que delincan. O quizá ya llegó ese día en Guantánamo, donde siguen encerrados hombres a los que Estados Unidos considera peligrosos para su seguridad, aunque no se ha formado causa contra ellos porque no se les ha podido probar la comisión de acto criminal alguno.

NSA

Cuartel general de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos en Fort Meade (Maryland).

Por razones diferentes y no intercambiables, en el seno de un Estado democrático liberal con más de dos siglos de vida y en una República teocrática muy alejada de un régimen de garantías, tanto Obama como Ahmadineyad recurren a la seguridad para reforzar la legitimidad de sus actos en territorios cuyo acceso probablemente debieran tener restringido. En un caso, porque la Constitución consagra la libertad de opinar, moverse y relacionarse de los individuos; en el otro, porque el programa nuclear enfrenta a Irán con la comunidad internacional y acrecienta la inseguridad de sus vecinos. Que las opiniones públicas de Estados Unidos e Irán se manifiesten fundamentalmente de acuerdo con el comportamiento de sus gobernantes, siquiera sea porque han interiorizado las servidumbres del paradigma securitario, no reduce el alto coste que en materia de libertad pagan las sociedades que aceptan la seguridad como primera referencia.

En el análisis que de la elección de Rohani publicó Thomas Erdbrink en The New York Times, resultó inevitable la referencia al plus de legitimidad para el líder supremo, Alí Jamenei: “Si la elección fue una victoria para los reformistas y los votantes de la clase media, sirvió también a los objetivos conservadores del líder supremo, restaurando con una pátina de legitimidad al Estado teocrático, proporcionando una válvula de seguridad a un público angustiado por años de problemas económicos y aislamiento, y permitiendo el regreso de un clérigo a la presidencia”. Un religioso surgido del aparato del régimen –fue el primer responsable de la negociación del programa nuclear– cuya divisa es esta: “No tenemos más opción que la moderación”. Eso incluye cambiar la orientación del programa nuclear, dar garantías a la comunidad internacional y configurar una nueva política de seguridad. En este sentido, los especialistas Christophe Ayad y Serge Michel son categóricos: “Los electores han rechazado la intransigencia del régimen con el dosier nuclear, que ha conducido a Irán al borde de la quiebra”.

“En el momento en que se hace razonable, el miedo adquiere el estatus de pasión política. La banalidad securitaria se funda sobre esta equivalencia entre un miedo que busca la tranquilidad y un Estado que responde a esta exigencia con los medios de la soberanía”, sostiene Michaël Foessel. Pero ¿existe realmente una sensación generalizada de miedo o más bien son los estados los que alimentan el miedo y acto seguido se afanan en neutralizarlo? ¿Se trata de una de tantas profecías confirmada por los mismos que la formularon? ¿Responde el despliegue de seguridad a una exigencia de los ciudadanos o a una necesidad de las estructuras de poder de los estados? Si así fuese, ¿el Gran Hermano sería algo más que la pesadilla lúcida de un escritor? No hay forma de saberlo.

Un halcón frente a China

La repercusión que en la política exterior de Japón puede tener la victoria del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones legislativas celebradas el último domingo ha sembrado la preocupación en la cuenca del Pacífico. La propensión de Shinzo Abe, líder de los vencedores y primer ministro a partir del día 26, de minimizar las responsabilidades históricas de su país en el periodo comprendido entre 1910 (ocupación de Corea) y la derrota en la Segunda Guerra Mundial (1945), su tendencia a calentar la campaña con un mensaje nacionalista que bordeó la imprudencia y sus promesas electorales han alarmado a sus vecinos y, de rebote, a Estados Unidos. Abe no es un recién llegado –fue primer ministro entre el 2006 y el 2007– y, en su caso, no es una frase decir que el peso de la historia proyecta su figura sobre recuerdos perturbadores. “Quizá el asunto que provoca más ansiedad dentro y fuera de Japón en este momento es el impacto que el corrimiento de tierras conservador tendrá en la política exterior de Japón”, afirma Sheila A. Smith en un artículo colgado en la web del think tank estadounidense Council on Foreign Relations.

Cuadro Japón

Japón es la tercera potencia económica y el segundo tenedor de títulos de deuda pública de Estados Unidos.

El corrimiento de tierras es la espectacular victoria obtenida por el PLD, que ha pasado de 118 escaños en el 2009 a 294 en un Parlamento de 480 diputados, pero es también el éxito cosechado por Shintaro Ishihara, exgobernador de Tokio, que tres meses después de fundar la muy nacionalista Asociación para la Restauración de Japón (ARJ) ha obtenido 54 escaños, solo tres menos que el Partido Demócrata de Japón (PDJ), que hasta el anticipo electoral disponía de una mayoría absoluta apabullante con 308 diputados y ahora precisa respiración asistida. Ni siquiera el papel tradicional de moderador del PLD reservado al Nuevo Komeito –31 diputados–, aliado de los conservadores, tranquiliza a las embajadas, que por lo demás son conscientes de que todo lo no sea gobiernos en manos del PLD constituye una rareza política en una sociedad muy conservadora, apegada a la tradición.

¿Cuáles son los puntos de fricción que se avizoran? La reforma de la Constitución –el Diario del Pueblo, portavoz el Partido Comunista Chino, llama “constitución pacifista” a la que está en vigor–, en la que ahora figura el compromiso de no recurrir a la guerra, la reforma de las fuerzas de autodefensa para transformarlas en una verdadera fuerza defensiva (ejército) y las intenciones que abriga Abe con relación a las islas Senkaku-Diaoyu, cuya soberanía reivindica China. Durante sus años en la oposición, Abe ha defendido la colonización de alguna de las islas por representantes de la Administración, mientras que las autoridades chinas se remontan a razones históricas milenarias para reivindicar la soberanía sobre un archipiélago en apariencia sin interés, pero que parece estar rodeado de un riquísimo subsuelo marino con yacimientos de gas y petróleo.

Hideki Tojo

Hideki Tojo, durante el proceso de Tokio, en el que fue condenado a muerte.

¿Cuál es el origen de los recelos chinos? Ahí entran en juego la historia y los antecedentes familiares de Abe. La ocupación de Manchuria por el Ejército imperial japonés, la creación del reino títere de Manchukúo (1932-1945), la matanza de Nankín (13 de diciembre de 1937) y la crueldad de una guerra donde no tuvo cabida la palabra piedad forman parte de la memoria colectiva china, alimentada por el régimen comunista desde los inicios. Tampoco ayudan a serenar los ánimos las visitas de ilustres políticos japoneses al santuario de Yasukuni, panteón de soldados muertos en combate donde fueron enterrados 20 de los criminales de guerra juzgados por un tribunal internacional en el proceso de Tokio de 1948, entre ellos los siete condenados a muerte: Hideki Tojo, Seishiro Itagaki, Heitaro Kimura, Kenji Doihara, Iwane Matsui, Akira Muto y Koki Hirota. Y aún resulta más preocupante para muchos analistas chinos la ascendencia familiar de Abe: es nieto de Nobusuke Kishi, ministro de Comercio e Industria entre 1941 y 1945 con Tojo de primer ministro. Kishi fue detenido junto con otros integrantes del Gabinete tras la rendición de Japón, fue puesto en libertad sin cargos en 1948 y finalmente, en un juego de manos típico de la posguerra mundial y de la guerra fría, ocupó el puesto de primer ministro entre 1957 y 1960.

Con estos antecedentes, no hizo falta ninguna campaña para que los blogueros chinos saludaran la victoria de Abe con un rosario inacabable de ataques al “halcón japonés” y con llamamientos a boicotear los productos japoneses, según recogió Malcolm Foster en una de sus crónicas para The Huffington Post. La reacción en la red fue incluso útil a Xi Jinping, nuevo líder chino, “para solidificar su situación en el interior” y hacer una demostración de fuerza meticulosamente medida: ordenar que aviones de observación sobrevolaran las islas en disputa, algo que Japón ha descrito como una invasión de su soberanía. Para los editorialistas de The Washington Post, el conflicto por las islas Senkaku-Daoyu no es una disputa territorial más de China con sus vecinos, sino que “es particularmente peligrosa”. “Tanto China como Japón tienen más a ganar desde la cooperación que desde la confrontación –añade el diario–. Es de esperar que los dos nuevos líderes reconocerán esto”.

China Japón

Situación de las islas cuya soberanía se disputan China y Japón.

Poderosas razones fundamentan la esperanza. La mayor de todas ellas es la dependencia cada vez mayor de las economías china y japonesa, segunda y tercera del planeta. El 19% de las exportaciones japoneses viajan a China en reñida competencia con las compañías de Corea del Sur, especialmente en el sector de la electrónica de consumo, un nicho de negocio fundamental para las finanzas japonesas, condenadas al estancamiento desde hace más de 20 años, con tasas de crecimiento equivalentes a cero o próximas a cero. El programa de reactivación de Abe incluye un presupuesto especial de obras públicas por valor de 91.000 millones de euros que acaso puede atraer a inversores chinos (los bancos japoneses no lo descartan), aunque sea a costa de engordar un poco más el endeudamiento del Estado, equivalente hoy al 260% del PIB, el más alto de los países industrializados. Por último, el plan de expansión monetaria que Abe lleva en su cartera, que prevé situar la inflación entorno al 2%, puede favorecer las ventas chinas a los consumidores japoneses.

Para el analista Hiroko Tabuchi, en las páginas de The New York Times, los proyectos económicos de Shinzo Abe, con o sin participación China, remiten peligrosamente a los errores cometidos durante su anterior mandato, trufado de escándalos financieros y cuentas opacas. No ve Tabuchi cómo podrá el Gobierno mantener un esfuerzo presupuestario adicional para financiar sus proyectos civiles, destinados a promover el crecimiento, sin arriesgarse a desbocar la deuda pública y a llevar la inflación más allá de lo previsto. Cierto es que la Bolsa de Tokio acogió bien la victoria del PLD, pero enseguida se oyeron voces que advirtieron del peligro de que en última instancia el peso de la deuda afecte a la dinámica de unas finanzas permanentemente estancadas, que es con lo que Abe quiere acabar.

Kishi y Eisenhower

Nobusuke Kishi, primer ministro de Japón (1957-1960) y abuelo de Shinzo Abe, junto al presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower.

En medio se encuentra Estados Unidos, que todos los días pone una vela a Dios y otra al diablo. No le queda más remedio que ejercitarse en este funambulismo porque Japón es una pieza esencial en su dispositivo económico y de seguridad en Asia, pero China es la gran potencia con la que debe concertar la gestión de la cuenca del Pacífico y, por añadidura, los bancos chinos son los primeros tenedores de títulos de deuda estadounidenses –los bancos japoneses son los segundos– y en los próximos cuatro años están dispuestos a seguir comprando. Estados Unidos no tiene otra forma de afrontar el presente en Extremo Oriente, procurando no abonar en exceso, con su red de alianzas, el sentimiento chino de asedio, agravado por la trama de Rusia en Asia central y la de la India en las costas del Índico y aledaños.

“Con poderosas voces del pasado (y no solo del pasado inmediato) que continúan teniendo la última palabra por encima de la dirección política, y con la reforma económica y aún más la política enfrentadas a intereses clave, no debemos esperar quizá demasiado de Xi Jinping ahora mismo”, afirma Shaun Breslin, del prestigioso instituto británico Chatham House. Dicho de otra forma: la nueva generación de dirigentes chinos está embarcada en la tarea de hacerse respetar de puertas hacia afuera, pero también en el interior, y los gestos de autoridad en la política exterior son utilísimos para cumplir este cometido. Cuando la atmósfera que se respira incluye mensajes en las redes sociales del estilo “sigue el desafío japonés”, cualquier gesto rinde intereses ante la opinión pública, pero de forma especial ante los cuadros del partido y del Ejército, doble columna vertebral del complejo proceso de integración de China en la economía global. Si además Abe se apresura a anunciar que su primer viaje al extranjero será para entrevistarse con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, la componente nacionalista del partido único ocupa la escena para recordar que en el 2006, cuando Abe encabezó por primera vez el Gobierno japonés, rindió en Pekín la primera visita al exterior.

La alarma en Corea del Sur es de diferente tenor porque la cohetería de Corea del Norte, que el día 12 puso en órbita un satélite con el propósito más que verosímil de probar un proyectil de largo alcance susceptible de llevar una carga atómica, funciona como un adhesivo que todo lo une. La cultura coreana mantiene agravios históricos justificados con Japón, sujetos a una cierta dramatización cuando la ocasión lo requiere, pero que en ningún caso deslegitima el recuerdo de la tragedia vivida durante el periodo colonial japonés (1910-1945), con su secuela de arbitrariedades, humillaciones y la ignominia de las 200.000 esclavas sexuales sometidas por el Ejército y los funcionarios imperiales. Al mismo tiempo, el Gobierno de Seúl y el de Tokio comparten horas de intranquilidad cada día que el de Pyongyang decide poner a prueba sus progresos militares y, lo que es tan importante como esto, su interdependencia económica es cada vez mayor: las exportaciones coreanas a Japón se han multiplicado por 2,2 en el periodo 1990-2010; las de Japón a Corea del Sur, por 3,5 durante los mismos años.

La elección de la presidenta Park Geun-hye el día 19 apenas alterará esta doble realidad incontrovertible: los riesgos compartidos en materia de defensa y los intereses subordinados en materia económica. La tradición dice que cuando el presidente de Corea del Sur es conservador –caso de Park–, crecen los gestos de corte nacionalista dirigidos hacia Japón, pero es improbable que la norma se cumpla en esta ocasión: el jefe de Estado saliente, Lee Myung-bak, de perfil liberal, visitó en agosto las islas Dakdo-Takeshima, reivindicadas por Japón, y acto seguido reclamó al emperador de Japón públicas disculpas por la afrenta de la ocupación colonial. Poco más que un guijarro en el camino porque el diseño estratégico de Estados Unidos para el Pacífico Occidental engloba a Corea del Sur y Japón en un mismo sistema defensivo de bases, estaciones de seguimiento y control del programa militar de Corea del Norte.

¿Alcanzan las preocupaciones militares y diplomáticas a los electores que han otorgado el poder al PLD? Más parece que no. Sheila A. Smith señala que la opinión pública japonesa “quiere el nuevo Gobierno concentrado en los desafíos de Japón sin resolver”. Y cita tres: el compromiso de futuro con el bienestar social, la contracción del empleo y la falta de apoyo al trabajo de la mujer. Le Monde añade un cuarto: la energía nuclear, que Japón estaba a punto de abandonar hasta que las elecciones del domingo llevaron al poder a un partido que incluye en su programa poner de nuevo en marcha los 48 reactores fuera de servicio desde el desastre de Fukushima, ocurrido en marzo del 2011. Todo esto pesa más en el ánimo de los súbditos del trono del crisantemo que la herencia ominosa de la guerra, la tragedia urdida por la expansión imperial cuya última pesadilla fue el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, tan ominoso como la guerra misma y que, a ojos de la mayoría de japoneses, canceló las deudas morales con sus vecinos.