Trump, en la hora de la ‘finezza’

Para alguien tan poco dado a las sutilezas de la política exterior como Donald Trump, el desafío norcoreano del 4 de julio resulta doblemente complejo porque se trata de una amenaza real a la seguridad de Estados Unidos y porque no puede afrontarse con una exuberante exhibición de fuerza. El lanzamiento de un misil balístico intercontinental (ICBM) Hwasong 14 ha cambiado por completo los términos de la ecuación coreana hasta el punto de que el presidente ha reconocido por primera vez que no afecta solo a la seguridad del noreste de Asia y a la de sus dos principales aliados, Corea del Sur y Japón, sino directamente a Estados Unidos: las islas Aleutianas y el territorio continental de Alaska. Y ha dado especial valor a la puntualización hecha por Philip Bump en The Washington Post: “Olvidamos a veces que la retórica del presidente Trump no se forjó durante años de análisis políticos o en discusiones con expertos en política exterior y asuntos internos, sino en la entrevista telefónica semanal con Fox and Friends (un talk show)”.

El recordatorio resulta pertinente porque es una forma simple y rápida de prever el acercamiento a la crisis que puede realizar el presidente más allá de los factores que objetivamente la delimitan:

-Corea del Norte ha dejado de ser una amenaza potencial para convertirse en real, gestionada además por un dirigente imprevisible, Kim Jong-un, necesitado de gestos contundentes para mantenerse al frente del régimen fundado por su abuelo.

-China y Rusia preservan el régimen de Corea del Norte y lo utilizan por razones diferentes, pero igualmente eficaces, en su competición a escala planetaria con Estados Unidos y más específicamente en el este de Asia.

-Cualquier recurso a la fuerza de Estados Unidos afectaría directamente a Corea del Sur y a Japón.

-La artillería pesada de Corea del Norte, situada a un tiro de piedra de la línea de armisticio, tiene a Seúl a su alcance, según le consta al Departamento de Defensa de Estados Unidos.

En fecha tan relativamente lejana como el 22 de junio del 2006, Ashton B. Carter, futuro secretario de Defensa de Barack Obama, y William J. Perry, uno de los secretarios de Defensa de Bill Clinton, firmaron un artículo en The Washington Post, recordado ahora por The New York Times, que contenía la siguiente afirmación: “Si Corea del Norte persiste en sus preparativos para el lanzamiento [de misiles], Estados Unidos debe dejar clara inmediatamente su intención de bombardear y destruir” las instalaciones en tierra. Eran los tiempos de George W. Bush, tan aguerridos, pero en el caso coreano prevaleció la creencia de que carecía el país de capacidad para dotarse de un pequeño arsenal nuclear que lo convirtiera en un territorio inatacable ante el riesgo de una respuesta con armas atómicas.

Hoy puede decirse que Estados Unidos renunció a limitar la capacidad de su adversario mediante la adaptación al caso de la doctrina de contención del enemigo, desarrollada por George F. Kennan en los albores de la guerra fría con la Unión Soviética, y en cambio ahora parece la única salida apropiada para un conflicto que ha crecido exponencialmente, aunque “esto no soluciona el problema; es solo una forma de vivir con él”, según el análisis de David E. Sanger en The New York Times. Pero esta contención del enemigo debe excluir un análisis meramente militar o especialmente militar de la situación por las antedichas implicaciones; debe, por el contrario, buscar la negociación y la complicidad internacional para evitar riesgos mayores, tal como ha transmitido a Trump el presidente surcoreano, Moon Jae-in. Un camino complejo, pero más seguro que el recurso a los generales, y al alcance de la mano de los tres tenores (en la reunión en Hamburgo del G20, el presidente de Estados Unidos tiene cita con Xi Jinping, presidente de China, y Vladimir Putin, presidente de Rusia).

En este enfoque con predominio de la diplomacia, respaldada por la potencia de fuego, la finezza es esencial. ¿La tiene Trump, exigido por los halcones del Partido Republicano, pero aconsejado por el general Herbert R. McMaster, un analista bastante respetado en Washington? Las dudas ensombrecen el cielo de la Casa Blanca. Philip Bump ha recordado esta semana, en un análisis que se remite a la cuenta de Twitter del presidente, algunos de sus mensajes más rotundos, como este del 8 de abril del 2013: “Pienso que China tiene un control total de la situación (…) [Corea del Norte] no podría existir ni un mes sin China. Y pienso francamente que (…) China no es nuestro amigo”. Ni absolutamente falso ni absolutamente cierto, sino más bien una simplificación de una realidad llena de matices no siempre evidentes, desaparecidos definitivamente en el fragor de la campaña –marzo del 2016–, cuando tachó al líder norcoreano de maníaco y reprochó a Obama no despachar una fuerza de choque al teatro de operaciones (él dijo haberlo hecho en abril del año en curso, pero en realidad nunca hubo barcos en ruta).

No es la primera vez que una Administración siente a su espalda el aliento de la amenaza nuclear. El presidente John F. Kennedy tuvo que afrontar en octubre de 1962 la crisis provocada por la instalación en Cuba de silos de misiles soviéticos de alcance medio, y en aquella ocasión, a pesar de las presiones de una parte del generalato, esa finezza de la que ahora se duda hizo posible una salida que conjuró el Armagedón y, de paso, sistematizó para siempre la guerra fría, la alejó de situaciones altamente peligrosas o ingobernables. Hoy no hay sistema o el sistema está poco asentado, depara sorpresas todos los días y, por esta razón, requiere más que nunca la intervención de gestores que rehúyan los planteamientos binarios, que no comulguen con la creencia de que es posible aplicar soluciones fáciles a problemas enrevesadamente complejos.

“Para un presidente casado con su propia versión de las fake news –pudiera decirse posverdad–, la manera más fácil de afrontar una verdad inconveniente puede ser redefinir o simplemente soslayar la línea roja original”, aquel presupuesto a partir del cual solo es posible una respuesta o reacción contundente, sostiene el analista John Nilsson-Wright, del think tank Chatham House. Pero, en el caso norcoreano, es poco menos que imposible no darse por enterado de que el lanzamiento del misil intercontinental ha ido más allá de cualquier previsible amenaza o línea roja, es imposible consagrar la improvisación para gestionar el problema sin tomar decisiones que blinden la seguridad de Estados Unidos y de sus aliados sin agravar la situación, grave de por sí.

David Talbot recuerda en su libro La conspiración que el presidente Kennedy creía que la guerra en la era nuclear “constituía un asunto demasiado importante” como para que quedara en manos de los generales. Eran los tiempos de Curtis LeMay y otros uniformados de gatillo fácil, dispuestos a desencadenar una hecatombe planetaria con tal de barrer a la Unión Soviética de la faz de la Tierra. ¿En qué papel se siente más a gusto Trump: en el de Kennedy o en el de LeMay; en el de posibilista paciente o en el de comandante en jefe desbocado? A saber.

 

China induce un nuevo statu quo

La profesora Margaret MacMillan, directora del St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford, publicó el pasado fin de semana en The New York Times un ingenioso ensayo de paralelismos históricos entre las vísperas de la primera guerra mundial y las del año que se avecina, cuando se cumplirá un siglo del inicio de la que fue conocida como Gran Guerra hasta la matanza que se prolongó de 1939 a 1945. La sutileza de la analista, que comparte con Mark Twain la idea de que la historia “no se repite a sí misma, pero tiene rima”, encuentra en la rivalidad entre imperios –hace cien años, el Reino Unido y Alemania; hoy, Estados Unidos y China– el factor común que permite vislumbrar temores y atesorar esperanzas. Y cree adivinar en aquellos inicios del siglo XX rasgos propios de una globalización avant la lettre que lo mismo sirvió para alentar “localismos y nativismos” que para fundamentar los temores de Alemania de convertirse en una potencia sitiada por sus adversarios, un sentimiento que hoy experimenta el establishment político chino.

Artillería de campaña alemana en la primera guerra mundial.

Los sucesos acaecidos en el archipiélago Senkaku –Diaoyu para China–, a solo 70 kilómetros al noreste de Taiwan, con un doble valor económico –cantidades ingentes de petróleo y gas– y estratégico, han proyectado la imagen de una guerra fría de bolsillo entre las dos grandes potencias, aunque la disputa por la soberanía de los islotes deshabitados es entre China y Japón. En esta guerra fría posmoderna Japón desempeña el papel de aliado de Estados Unidos bajo riesgo; el aumento del gasto militar y el incremento de la capacidad naval china, el reservado otrora a la carrera de armamentos; y los cálculos relativos al deseo de China de desafiar a Estados Unidos y convertirse en una potencia en el Pacífico, el de las teorías de la escalada aplicadas a un entorno nuevo. O puede que no tan nuevo si se da marcha atrás en la historia y, como hace MacMillan, se recuerda que de la misma manera que las superpotencias de 1914, antes de sonar el primer disparo, se refirieron a la defensa de su honor, el secretario de Estado, John Kerry, ha invocado la credibilidad y el prestigio de Estados Unidos para movilizar a la flota en el mar de la China.

El trabajo de MacMillan advierte de los riesgos que se corren si, hechas las oportunas distinciones entre el hoy y el ayer, no se extraen lecciones “para construir un orden internacional estable”. Si no el mayor, sí es al menos el más común de los riesgos aceptar el principio según el cual, “gracias a nuestro progreso tecnológico, podemos emprender conflictos armados cortos y de impacto limitado” que reportan victorias decisivas. El desarrollo del conflicto en Afganistán, quizá en Irak, y en Siria con toda seguridad desmienten la efectividad de los conflictos bajo control, con la población a salvo de los males propios de la guerra. Algo parecido sucedió en 1914, cuando los generales creyeron disponer de las herramientas necesarias, pero luego la realidad de la guerra arrastró a la muerte a millones de jóvenes porque el alcance de las armas de teatro había pasado de 100 yardas en tiempos de Napoleón a 1.000, con el aumento consiguiente de su poder de devastación.

Las guerras de efectos limitados, incapaces de contaminar el entorno, son una entelequia elaborada por quienes difunden las teorías de la guerra sin más bajas que las precisas, siempre entre combatientes profesionales. En la práctica, la tecnología y los servicios de inteligencia no han eliminado los daños colaterales, los efectos secundarios y la desestabilización de áreas que exceden con mucho las delimitadas por los generales en los mapas. Y eso es de aplicación tanto en las guerras calientes como en las frías, de ahí que la disputa por las Senkaku-Diaoyu lo sea todo menos un problema menor o una crisis virtual.

Vista aérea del archipiélago de las Senkaku-Diaoyu.

El periodista Ian Buruma, profesor del Bard College, aporta los ingredientes esenciales para comprender los riesgos inherentes al conflicto: “China está en ascenso, Japón es una economía de capa caída y Corea se mantiene como una península dividida. Es natural que China intente restablecer el dominio histórico sobre la región. Y es natural que Japón esté nervioso por la posibilidad de convertirse en una especie de Estado vasallo (los coreanos están más acostumbrados a este papel vis-à-vis con China)”. Hay en todo ello resonancias de añejas rivalidades entre nacionalismos enfrentados a los que no se puede considerar parte del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, expresión acuñada por Sigmund Freud y recordada por MacMillan en su ensayo. Tampoco son nacionalismos construidos a toda prisa por “historiadores, lingüistas y folcloristas que estaban ocupados en crear historias de viejos y eternos enemigos”, según los define MacMillan al hablar de los de 1914, sino más bien otros muy distintos empapados de agravios históricos y tragedias irredentas perfectamente documentadas y a solo una o dos generaciones de distancia de la nuestra.

Para completar la competencia entre egos nacionales y rivalidades regionales, que un día pueden ser mundiales, debe citarse el programa de desarrollo militar de la India, que desde noviembre dispone de un segundo portaviones y aspira a disputar el liderazgo estratégico y económico a China, el gran adversario junto con Pakistán desde los días de la independencia. De forma que frente a quienes piensan que la pulsión aislacionista puede condicionar la diplomacia estadounidense en un futuro no muy lejano, asoman los que creen que la competencia entre China e India otorga a Estados Unidos el perfil de actor indispensable, por no decir de poder arbitral. Dicho en otras palabras: la mayor potencia de Occidente se mantiene como el gran poder global, aunque, como apunta MacMillan, “no es el poder absoluto que fue una vez”. Una afirmación por lo demás discutible, porque la supremacía tecnológica y el control de los flujos de información le garantizan una superioridad indiscutible.

Quizá esta sea la mayor diferencia en la asimetría de la rivalidad en la cuenca del Pacífico: China es una potencia en construcción; Estados Unidos ha sistematizado su influencia. La especialista Martine Bulard ha recogido en Le Monde Diplomatique los desafíos que debe afrontar el gigante asiático, según sus propios dirigentes: desarrollar la economía de mercado, las políticas democráticas, una sociedad armoniosa y una civilización ecológica. Este es un programa para más de doce años, fecha de vencimiento a partir de la cual, según los cálculos más difundidos, el PIB chino superará al estadounidense. Y es, también, un programa cargado de factores adversos habida cuenta del peso inconmensurable del Estado en la economía, del control de la burocracia del partido sobre el funcionamiento de las instituciones, de los peligros de la desigualdad social causada por un desarrollo galopante y de la permisividad de que disfruta la economía productiva.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de China, Xi Jinping, durante su entrevista en Annenberg Retreat (California), el 8 de junio de este año.

Aun así, esta China en construcción se comporta cada día más como una referencia inexcusable de un nuevo mundo bipolar gracias a los excedentes de capital que maneja, su tendencia milenaria a contemplar el mundo desde el interior de su fortaleza y su confianza en la capacidad del partido para dirigir una sociedad disciplinada donde el dúmping social será aún posible durante mucho tiempo a causa de las bolsas de pobreza que surten de mano de obra barata al sector industrial. Decir que la buena salud de los negocios está por encima de todo no es ninguna exageración, sino la certificación de que su propósito es competir con su gran rival en todos los mercados para transformar su potencia económica en poder militar más temprano que tarde. Más todavía: en la última hornada de dirigentes chinos –el presidente Xi Jinping y su equipo– ha arraigado la idea de que el poder militar, instrumento indispensable del poder político, es una derivación directa del poder económico. La muerte por inanición de la Unión Soviética revela hasta qué punto operar en sentido contrario equivale a levantar un edificio sin cimientos.

El alma de historiadora de Margaret MacMillan lleva a la ensayista a preguntarse si es posible sacar conclusiones contemporáneas de los motivos que llevaron a Europa al campo de batalla en 1914; si es posible resistirse a la tentación de comparar las relaciones de Estados Unidos y China con las que mantuvieron el Reino Unido y Alemania antes de que el atentado de Sarajevo que costó la vida al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa (28 de junio de 1914) precipitara la guerra. Y, al hacerlo, se adentra por el camino de las rivalidades nacionales que enturbian los datos concretos de cada momento con la explotación de los sentimientos, un resorte poderoso, ajeno a la razón, tantas veces invocada por René Descartes para evitar estropicios: “Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación, y no te fíes sino de la razón”.

¿Quién puede dudar de que el Partido Comunista Chino, sin necesidad de cambiar de nombre, se ha transformado en una organización nacionalista que es la columna vertebral del Estado? ¿Quién puede dudar de que el sentimiento nacionalista en Estados Unidos está a flor de piel? ¿Estamos en la antesala de una situación de riesgo? En marzo del año pasado, cuando Hu Jintao aún era presidente de China, el exsecretario de Estado Henry Kissinger escribió en su blog lo siguiente: “Aunque la capacidad militar absoluta de China no es formalmente comparable a la de Estados Unidos, Beijing posee la habilidad de plantear riesgos inaceptables en un conflicto con Washington y desarrolla instrumentos cada vez más sofisticados para negar la ventaja tradicional de Estados Unidos”. Aun así, Kissinger subrayó que los objetivos económicos de China atenúan los riesgos y las desavenencias con Estados Unidos no deben ir más allá del “funcionamiento habitual de la rivalidad entre las grandes potencias”. Con todo, cabe preguntarse: ¿cuál es la fecha de caducidad del nuevo statu quo?

Un halcón frente a China

La repercusión que en la política exterior de Japón puede tener la victoria del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones legislativas celebradas el último domingo ha sembrado la preocupación en la cuenca del Pacífico. La propensión de Shinzo Abe, líder de los vencedores y primer ministro a partir del día 26, de minimizar las responsabilidades históricas de su país en el periodo comprendido entre 1910 (ocupación de Corea) y la derrota en la Segunda Guerra Mundial (1945), su tendencia a calentar la campaña con un mensaje nacionalista que bordeó la imprudencia y sus promesas electorales han alarmado a sus vecinos y, de rebote, a Estados Unidos. Abe no es un recién llegado –fue primer ministro entre el 2006 y el 2007– y, en su caso, no es una frase decir que el peso de la historia proyecta su figura sobre recuerdos perturbadores. “Quizá el asunto que provoca más ansiedad dentro y fuera de Japón en este momento es el impacto que el corrimiento de tierras conservador tendrá en la política exterior de Japón”, afirma Sheila A. Smith en un artículo colgado en la web del think tank estadounidense Council on Foreign Relations.

Cuadro Japón

Japón es la tercera potencia económica y el segundo tenedor de títulos de deuda pública de Estados Unidos.

El corrimiento de tierras es la espectacular victoria obtenida por el PLD, que ha pasado de 118 escaños en el 2009 a 294 en un Parlamento de 480 diputados, pero es también el éxito cosechado por Shintaro Ishihara, exgobernador de Tokio, que tres meses después de fundar la muy nacionalista Asociación para la Restauración de Japón (ARJ) ha obtenido 54 escaños, solo tres menos que el Partido Demócrata de Japón (PDJ), que hasta el anticipo electoral disponía de una mayoría absoluta apabullante con 308 diputados y ahora precisa respiración asistida. Ni siquiera el papel tradicional de moderador del PLD reservado al Nuevo Komeito –31 diputados–, aliado de los conservadores, tranquiliza a las embajadas, que por lo demás son conscientes de que todo lo no sea gobiernos en manos del PLD constituye una rareza política en una sociedad muy conservadora, apegada a la tradición.

¿Cuáles son los puntos de fricción que se avizoran? La reforma de la Constitución –el Diario del Pueblo, portavoz el Partido Comunista Chino, llama “constitución pacifista” a la que está en vigor–, en la que ahora figura el compromiso de no recurrir a la guerra, la reforma de las fuerzas de autodefensa para transformarlas en una verdadera fuerza defensiva (ejército) y las intenciones que abriga Abe con relación a las islas Senkaku-Diaoyu, cuya soberanía reivindica China. Durante sus años en la oposición, Abe ha defendido la colonización de alguna de las islas por representantes de la Administración, mientras que las autoridades chinas se remontan a razones históricas milenarias para reivindicar la soberanía sobre un archipiélago en apariencia sin interés, pero que parece estar rodeado de un riquísimo subsuelo marino con yacimientos de gas y petróleo.

Hideki Tojo

Hideki Tojo, durante el proceso de Tokio, en el que fue condenado a muerte.

¿Cuál es el origen de los recelos chinos? Ahí entran en juego la historia y los antecedentes familiares de Abe. La ocupación de Manchuria por el Ejército imperial japonés, la creación del reino títere de Manchukúo (1932-1945), la matanza de Nankín (13 de diciembre de 1937) y la crueldad de una guerra donde no tuvo cabida la palabra piedad forman parte de la memoria colectiva china, alimentada por el régimen comunista desde los inicios. Tampoco ayudan a serenar los ánimos las visitas de ilustres políticos japoneses al santuario de Yasukuni, panteón de soldados muertos en combate donde fueron enterrados 20 de los criminales de guerra juzgados por un tribunal internacional en el proceso de Tokio de 1948, entre ellos los siete condenados a muerte: Hideki Tojo, Seishiro Itagaki, Heitaro Kimura, Kenji Doihara, Iwane Matsui, Akira Muto y Koki Hirota. Y aún resulta más preocupante para muchos analistas chinos la ascendencia familiar de Abe: es nieto de Nobusuke Kishi, ministro de Comercio e Industria entre 1941 y 1945 con Tojo de primer ministro. Kishi fue detenido junto con otros integrantes del Gabinete tras la rendición de Japón, fue puesto en libertad sin cargos en 1948 y finalmente, en un juego de manos típico de la posguerra mundial y de la guerra fría, ocupó el puesto de primer ministro entre 1957 y 1960.

Con estos antecedentes, no hizo falta ninguna campaña para que los blogueros chinos saludaran la victoria de Abe con un rosario inacabable de ataques al “halcón japonés” y con llamamientos a boicotear los productos japoneses, según recogió Malcolm Foster en una de sus crónicas para The Huffington Post. La reacción en la red fue incluso útil a Xi Jinping, nuevo líder chino, “para solidificar su situación en el interior” y hacer una demostración de fuerza meticulosamente medida: ordenar que aviones de observación sobrevolaran las islas en disputa, algo que Japón ha descrito como una invasión de su soberanía. Para los editorialistas de The Washington Post, el conflicto por las islas Senkaku-Daoyu no es una disputa territorial más de China con sus vecinos, sino que “es particularmente peligrosa”. “Tanto China como Japón tienen más a ganar desde la cooperación que desde la confrontación –añade el diario–. Es de esperar que los dos nuevos líderes reconocerán esto”.

China Japón

Situación de las islas cuya soberanía se disputan China y Japón.

Poderosas razones fundamentan la esperanza. La mayor de todas ellas es la dependencia cada vez mayor de las economías china y japonesa, segunda y tercera del planeta. El 19% de las exportaciones japoneses viajan a China en reñida competencia con las compañías de Corea del Sur, especialmente en el sector de la electrónica de consumo, un nicho de negocio fundamental para las finanzas japonesas, condenadas al estancamiento desde hace más de 20 años, con tasas de crecimiento equivalentes a cero o próximas a cero. El programa de reactivación de Abe incluye un presupuesto especial de obras públicas por valor de 91.000 millones de euros que acaso puede atraer a inversores chinos (los bancos japoneses no lo descartan), aunque sea a costa de engordar un poco más el endeudamiento del Estado, equivalente hoy al 260% del PIB, el más alto de los países industrializados. Por último, el plan de expansión monetaria que Abe lleva en su cartera, que prevé situar la inflación entorno al 2%, puede favorecer las ventas chinas a los consumidores japoneses.

Para el analista Hiroko Tabuchi, en las páginas de The New York Times, los proyectos económicos de Shinzo Abe, con o sin participación China, remiten peligrosamente a los errores cometidos durante su anterior mandato, trufado de escándalos financieros y cuentas opacas. No ve Tabuchi cómo podrá el Gobierno mantener un esfuerzo presupuestario adicional para financiar sus proyectos civiles, destinados a promover el crecimiento, sin arriesgarse a desbocar la deuda pública y a llevar la inflación más allá de lo previsto. Cierto es que la Bolsa de Tokio acogió bien la victoria del PLD, pero enseguida se oyeron voces que advirtieron del peligro de que en última instancia el peso de la deuda afecte a la dinámica de unas finanzas permanentemente estancadas, que es con lo que Abe quiere acabar.

Kishi y Eisenhower

Nobusuke Kishi, primer ministro de Japón (1957-1960) y abuelo de Shinzo Abe, junto al presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower.

En medio se encuentra Estados Unidos, que todos los días pone una vela a Dios y otra al diablo. No le queda más remedio que ejercitarse en este funambulismo porque Japón es una pieza esencial en su dispositivo económico y de seguridad en Asia, pero China es la gran potencia con la que debe concertar la gestión de la cuenca del Pacífico y, por añadidura, los bancos chinos son los primeros tenedores de títulos de deuda estadounidenses –los bancos japoneses son los segundos– y en los próximos cuatro años están dispuestos a seguir comprando. Estados Unidos no tiene otra forma de afrontar el presente en Extremo Oriente, procurando no abonar en exceso, con su red de alianzas, el sentimiento chino de asedio, agravado por la trama de Rusia en Asia central y la de la India en las costas del Índico y aledaños.

“Con poderosas voces del pasado (y no solo del pasado inmediato) que continúan teniendo la última palabra por encima de la dirección política, y con la reforma económica y aún más la política enfrentadas a intereses clave, no debemos esperar quizá demasiado de Xi Jinping ahora mismo”, afirma Shaun Breslin, del prestigioso instituto británico Chatham House. Dicho de otra forma: la nueva generación de dirigentes chinos está embarcada en la tarea de hacerse respetar de puertas hacia afuera, pero también en el interior, y los gestos de autoridad en la política exterior son utilísimos para cumplir este cometido. Cuando la atmósfera que se respira incluye mensajes en las redes sociales del estilo “sigue el desafío japonés”, cualquier gesto rinde intereses ante la opinión pública, pero de forma especial ante los cuadros del partido y del Ejército, doble columna vertebral del complejo proceso de integración de China en la economía global. Si además Abe se apresura a anunciar que su primer viaje al extranjero será para entrevistarse con el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, la componente nacionalista del partido único ocupa la escena para recordar que en el 2006, cuando Abe encabezó por primera vez el Gobierno japonés, rindió en Pekín la primera visita al exterior.

La alarma en Corea del Sur es de diferente tenor porque la cohetería de Corea del Norte, que el día 12 puso en órbita un satélite con el propósito más que verosímil de probar un proyectil de largo alcance susceptible de llevar una carga atómica, funciona como un adhesivo que todo lo une. La cultura coreana mantiene agravios históricos justificados con Japón, sujetos a una cierta dramatización cuando la ocasión lo requiere, pero que en ningún caso deslegitima el recuerdo de la tragedia vivida durante el periodo colonial japonés (1910-1945), con su secuela de arbitrariedades, humillaciones y la ignominia de las 200.000 esclavas sexuales sometidas por el Ejército y los funcionarios imperiales. Al mismo tiempo, el Gobierno de Seúl y el de Tokio comparten horas de intranquilidad cada día que el de Pyongyang decide poner a prueba sus progresos militares y, lo que es tan importante como esto, su interdependencia económica es cada vez mayor: las exportaciones coreanas a Japón se han multiplicado por 2,2 en el periodo 1990-2010; las de Japón a Corea del Sur, por 3,5 durante los mismos años.

La elección de la presidenta Park Geun-hye el día 19 apenas alterará esta doble realidad incontrovertible: los riesgos compartidos en materia de defensa y los intereses subordinados en materia económica. La tradición dice que cuando el presidente de Corea del Sur es conservador –caso de Park–, crecen los gestos de corte nacionalista dirigidos hacia Japón, pero es improbable que la norma se cumpla en esta ocasión: el jefe de Estado saliente, Lee Myung-bak, de perfil liberal, visitó en agosto las islas Dakdo-Takeshima, reivindicadas por Japón, y acto seguido reclamó al emperador de Japón públicas disculpas por la afrenta de la ocupación colonial. Poco más que un guijarro en el camino porque el diseño estratégico de Estados Unidos para el Pacífico Occidental engloba a Corea del Sur y Japón en un mismo sistema defensivo de bases, estaciones de seguimiento y control del programa militar de Corea del Norte.

¿Alcanzan las preocupaciones militares y diplomáticas a los electores que han otorgado el poder al PLD? Más parece que no. Sheila A. Smith señala que la opinión pública japonesa “quiere el nuevo Gobierno concentrado en los desafíos de Japón sin resolver”. Y cita tres: el compromiso de futuro con el bienestar social, la contracción del empleo y la falta de apoyo al trabajo de la mujer. Le Monde añade un cuarto: la energía nuclear, que Japón estaba a punto de abandonar hasta que las elecciones del domingo llevaron al poder a un partido que incluye en su programa poner de nuevo en marcha los 48 reactores fuera de servicio desde el desastre de Fukushima, ocurrido en marzo del 2011. Todo esto pesa más en el ánimo de los súbditos del trono del crisantemo que la herencia ominosa de la guerra, la tragedia urdida por la expansión imperial cuya última pesadilla fue el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, tan ominoso como la guerra misma y que, a ojos de la mayoría de japoneses, canceló las deudas morales con sus vecinos.