La Europa de la desconfianza

Una de las peores señales que emite el acuerdo in extremis impuesto a Grecia por los acreedores es que en él es de aplicación la opinión vertida por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a propósito del compromiso de Irán con el grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania), con la Unión Europea de mensajera de la paz: “El pacto no se basa en la confianza, sino en la verificación”. Y es una de las peores señales porque Irán aparece en las convenciones políticas de Occidente como un adversario y Grecia, en cambio, no debiera serlo para los otros miembros del Eurogrupo, que la tratan como tal. O como algo peor, como un siervo (Joan Manuel Perdigó, el martes en EL PERIÓDICO), como un ente extraño obligado a pasar por las horcas caudinas e inclinar la cabeza,  jaleados los victimarios por un coro de voces que creen que solo hay futuro en la germanización de Europa y la tradición puritana protestante.

Ese empeño de desarmar a Syriza ante sus electores para que no cunda el ejemplo y otras Syrizas pongan la casa patas arriba es más que una declaración de intenciones: manifiesta el propósito de no tolerar más heterodoxias que las previamente pactadas o consentidas por los eurócratas, habida cuenta de que en cualquier momento un partido socialdemócrata puede salir vencedor aquí o allá y no se le puede dejar indefenso ante las patas de los caballos. Para las demás heterodoxias solo vale la receta impuesta a Grecia, esa consideración de que el deudor debe plegarse sin rechistar a lo que dicten los acreedores, sin consideraciones morales ni digresiones ideológicas que valgan, convencida la derecha europeísta de que no hay más Europa viable que la suya. No hay otra forma de analizar los cuatro folios del acuerdo del Eurogrupo con el Gobierno griego, “lo que para algunos es el documento de rendición más humillante desde que Alemania firmó la paz de Versalles en 1919” (Perdigó), de infausto recuerdo, dicho sea de paso, porque fue el primer eslabón de la cadena de errores que culminaron con la gran carnicería (1939-1945).

Carlos Elordi ha recurrido a la pregunta de Lenin “¿Libertad para qué?” para plantear una incógnita no menos inquietante: “Esta Europa, ¿para qué?”. Las respuestas son asimismo inquietantes: el euro se reduce a un simple mecanismo de tipo de cambio sin mayor futuro, los ciudadanos cada vez ven menos claro qué sacan en limpio de sus sacrificios y “Merkel pasará a la historia como la política que se cargó un sueño, porque le venía grande”. Las conclusiones de Elordi son todo lo matizables que se quiera, pero están en sintonía con la muy extendida opinión de que la componenda griega es lo más parecido a un castigo jupiterino y lo más alejado que imaginarse pueda de los propósitos que animaron a los padres fundadores.

Decir esto no es justificar la disparatada gestión de la economía perpetrada por sucesivos gobiernos griegos desde tiempo inmemorial sin distinción de colores e ideologías, conocida con más o menos detalle desde antiguo en los despachos de Bruselas, pero consentida por razones no siempre evidentes. Decir esto no es considerar la convocatoria del referéndum hecha por Alexis Tsipras como la mejor de las iniciativas posibles. Decir esto es subrayar que la construcción de la Europa política, si así se la puede llamar, ha quedado definitivamente sometida a las exigencias de las finanzas globales y al nuevo eje franco-alemán, que es nuevo porque es alemán siempre y sin descanso y solo franco de vez en cuando y a media voz.

El panorama resulta desolador salvo que se profese una inmoderada veneración al establishment europeo. “Tomado en su conjunto –se dice en un editorial del diario francés Le Monde–, se ofrece el retrato de una zona euro totalmente disfuncional, incapaz de encauzar la cuestión de la deuda de un país que pesa menos del 2% de la riqueza del club [el Eurogrupo]. Falto de presupuesto propio, falto de un mecanismo rodado de resolución de los conflictos, no consiente transferencias en provecho de algunos de sus miembros si no es en la amargura, el psicodrama y la división. Hubo un tiempo en el que el espíritu europeo rimaba con inteligencia, pero esto fue hace mucho tiempo”. Quizá el mismo tiempo que Europa anda en manos de políticos que no están a la altura del proyecto o que entienden que el proyecto debe arrojar inevitablemente un saldo de vencedores y vencidos; sobre todo de ciudadanos vencidos –hoy griegos, mañana, ¿quién sabe?–, sometidos a la lógica implacable de un europeísmo que haría caer los palos del sombrajo de los propagadores del ideal europeo, va para 60 años.

Ese acuerdo, trágala o castigo impuesto a Grecia vaticina, en el mejor de los casos, un futuro sin futuro para una generación o más. Si las cosas van a peor, y abundan quienes creen que empeorarán, puede darse en Grecia un estallido social que a la vuelta de no muchos meses lleve la crisis a la casilla de salida una vez más. Salvo en los modelos matemáticos, las hojas de Excel y otras herramientas virtuales, las condiciones del tercer rescate –unos 86.000 millones de euros– más las deuda acumulada hasta la fecha hacen “altamente insostenible” la factura que se exige a los griegos que paguen, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), que puede ser muchas cosas, pero no, desde luego, un aliado encubierto del Gobierno griego. El caso es que la doctrina de la quita y un periodo de gracia de 30 años, que el FMI enumera como condiciones sine qua non para que Grecia pueda afrontar sus compromisos, están en las antípodas del credo económico de un fundamentalista de la austeridad luterana como Wolfgang Schäuble, ministro alemán de Finanzas.

¿Nos hallamos en alguno de aquellos momentos tan nuestros en los que los europeos nos volvemos contra nosotros mismos? ¿Vuelve a tener sentido, aunque sin guerras de por medio, la frase de Salvador de Madariaga “cuando Ortega nos había convencido de imitar a Europa, la modelo se volvió loca?” A saber. Lo cierto es que la falta de realismo de cuantos están implicados en el galimatías griego –deudores y acreedores, tecnócratas y políticos, ideólogos y funcionarios– transmite malas vibraciones, pone en duda la esencia misma de los compromisos democráticos y de la autonomía de los ciudadanos, margina la ética en el apartado de las utopías y pone en entredicho la solidaridad de Europa con los europeos más vulnerables, sometidos a las exigencias de una política deshumanizada. Signos todos de una debilidad estructural oculta bajo las negociaciones a cara de perro de las últimas semanas.

Cuando entre socios no hay confianza, la asociación tiene fecha de caducidad. Cuando todo queda supeditado a un sistema de vigilancia intensiva para comprobar que discurre según lo pactado, cobran más sentido que nunca las dudas sobre el objetivo político que persigue la Europa de nuestros días, si es que avizora alguno. Cuando la cesión de soberanía responde a un acuerdo entre iguales, el cambio está legitimado; cuando es resultado de una rendición inevitable con armas y bagajes, entonces reúne todos los ingredientes de una imposición a quien, siendo un socio en los orígenes, se ha convertido en un subordinado o siervo –¿molesto? – al que se aplica cirugía de hierro (valga aquí más que nunca el léxico prusiano).

Ahora que una de las modas más difundidas es echar todas las culpas de los males del euro a François Mitterrand, Helmut Kohl y Giulio Andreotti por lo poco preocupados que anduvieron en precisar el marco institucional y la cohesión interna del grupo de países que adoptaron posteriormente la moneda única, conviene tener presente que quienes han hecho gala de una falta de visión de futuro no fueron ellos, sino quienes, con escasa fortuna, les han sucedido en la aventura. Un periódico tan poco sospechoso de eurofobia como The Guardian insiste estos días en que el gran error, inducido por Alemania y vitoreado por sus incondicionales, fue fiarlo todo a la austeridad mientras en Estados Unidos se ponía en marcha un programa de expansión monetaria para favorecer el crecimiento y el consumo. Es decir, se equivocaron los gestores de hoy, no quienes, 20 años atrás, pusieron los cimientos, y siguen equivocándose al no aceptar que no está al alcance de los griegos pagar lo que se les reclama, salvo que acepten sumergirse por tiempo indefinido en una pobreza lacerante.

Nadie es inocente al caer el telón de esa representación inclasificable e incalificable, y menos que nadie el Gobierno griego, que creyó que podía ganar la prueba de resistencia a la Unión Europea realmente existente. Si alguien se siente satisfecho con el desenlace, es que es insensible a los padecimientos que van a soportar quienes desde el 2010 viven a un paso de la asfixia; si alguien se siente vencedor, es que desconoce cuál es el verdadero sabor de la victoria. Nadie podía ganar en este litigio entre socios, pero sí podían salir todos vencidos de él, puede que deslegitimados. La construcción de Europa como entidad política vive una de sus peores horas, olvidada junto con otras muchas la afirmación hecha en su día por Edmund Husserl y recordada por George Steiner: “Europa designa la unidad de una vida, de una actividad, de una creación espiritual”.

Grecia, penúltimo acto

Nada puede ser peor para el futuro de la Eurozona que la salida de Grecia del euro y quizá de la Unión Europea. Por malo que sea el acuerdo que se pergeñe para que Grecia se mantenga en la moneda única, siempre será mejor que el tormentoso horizonte más o menos intuido por todo el mundo si el Grexit se hace realidad. Quizá sea este el juego de los gobernantes griegos, que, como tantas veces ha sucedido en la historia de la UE, han llevado a la organización al borde del abismo con la inestimable ayuda de varios de los negociadores que han dado voz al Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europa. Quizá sea este el juego griego o quizá al primer ministro Alexis Tsipras no le quede más juego que este, presionado por el ala más radical de Syriza, alianza heteróclita donde coexisten tantas interpretaciones de la crisis, de la deuda y del pago de la deuda como izquierdas quepa imaginar.

Esa es una posibilidad que no hay que descartar, antes bien, resulta más que verosímil que el gran obstáculo para Tsipras esté en Atenas y no en Bruselas. Esto es, que aquello que confusamente sale de la mesa de negociación europea podría ser asumido por una parte del Gobierno griego como un mal menor, pero podría adquirir la naturaleza de casus belli para la facción de Syriza menos dispuesta a aceptar una solución que no incluya una quita y que no blinde lo que queda –cada día menos– del Estado de bienestar antes de hablar de más reformas. Un informe-auditoria de la deuda elaborado por el Parlamento griego, y filtrado el jueves, ha suministrado munición a quienes están menos dispuestos a transigir: se dice en el texto final que una gran parte de lo adeudado es ilegal, ilegítimo y odioso. Pero la deuda existe y adjetivarla sirve para arrancar los aplausos durante un mitin en la plaza Syntagma, pero no para dar con una puerta de escape o para conjurar el gran riesgo: que la herida de Europa sea más grave con Grecia fuera del euro que con Grecia dentro de él.

Más grave para Europa y para la propia Grecia, cabe precisar. Pues es una incógnita absoluta saber qué consecuencias de futuro tendría en la economía y en la sociedad griegas la salida del euro y, debe repetirse, puede que de la UE. Es un enigma indescifrable dar un valor de cambio a una dracma resucitada, aventurar quién y cómo prestaría dinero al Estado griego, hasta qué punto sería inevitable un corralito, cuál sería la capacidad de resistencia de los bancos griegos antes de desplomarse y cómo se podría contener la fuga de capitales y la retirada de depósitos, que con intensidad creciente –1.000 millones al día esta semana– forma parte de la historia griega de los últimos años. La suposición de que la banca rusa acudiría en ayuda de las finanzas griegas, inducida por el presidente Vladimir Putin, deseoso de incomodar a la UE, resulta tan efectista como improbable (las sanciones a raíz de la crisis ucraniana han dañado la economía de Rusia); en todo caso sería una operación entre simbólica e insuficiente para limitar los daños (suministro de gas y petróleo como parte de la cooperación energética acordada el viernes). Esa es la realidad y no otra.

“Europa debe salvar a Grecia. Las consecuencias de que permanezca en la Eurozona serán malas, pero las de que se vaya serían aún peores. No solo económicas, sino humanas, geopolíticas e históricas. Europa no volvería a ser la misma”, escribía hace unos días alguien tan alejado de las visiones apocalípticas como Timothy Garton Ash. Es muy verosímil que tenga razón, que una exclusión de Grecia del tablero europeo resultase más costosa en términos de estado de ánimo colectivo, de raíces culturales y de identidad común que en términos económicos. Porque todo el mundo sabe que la deuda griega es impagable, salvo una renegociación realista de las cantidades y los plazos. Es imposible que pueda pagar un país de 11 millones de habitantes, con un PIB de 180.000 millones de euros, una deuda equivalente al 180% del PIB y un entramado social y productivo devastado por la crisis. Resulta más que difícil que los acreedores dispongan de un modelo matemático humanamente soportable para recuperar el dinero que se les adeuda (por encima de los 300.000 millones de euros).

Deuda griegaDe aquí al 30 de junio, cuando Grecia deberá pagar 1.600 millones de euros al FMI, es de prever una guerra de nervios en el seno de la UE, pero también en las bolsas y en el mercado de la deuda, potencialmente muy costosa esta última para países como España. Si al acabar junio el Gobierno griego no ha percibido los más de 7.000 millones de euros correspondientes al último tramo del segundo rescate, es poco probable que pueda eludir la suspensión de pagos y, a partir de ahí, todos los males imaginables hasta llegar a la quiebra financiera después de no atender el reembolso de 3.200 millones de euros al BCE previsto para el 20 de julio. ¿Está la UE preparada para afrontar ese desaguisado sin sufrir daños irreparables en su solvencia como organización en el presente y en su viabilidad como proyecto de futuro? ¿Está la opinión pública griega preparada para adaptarse a las consecuencias de una marginación o exclusión de su país del relato europeo?

Desde un punto de vista meramente técnico, la reforma de las pensiones, estimular el crecimiento, rebajar el presupuesto de defensa, lograr este año un superávit primario del 1% y acelerar la reforma fiscal son medidas con sentido para salir del atolladero. Pero lo son menos en un paisaje dominado por el dato dramático de que un tercio de la economía griega –el 25%, según los más optimistas– se ha esfumado de una forma u otra en los últimos siete años. El diagnóstico publicado en EL PERIÓDICO por el profesor Josep Oliver llega a la conclusión de que “es momento de proyectos políticos de largo alcance”, pero no puede evitar una sombra de pesimismo razonado: “A la luz de los fracasos de estos últimos años, asistiendo a una debacle, la griega, que nadie desea, pero que parece cada vez más probable, se me hace difícil imaginar si nuestros líderes serán capaces de tomar la alternativa”. Una realidad que ensombrece de antemano el Consejo Europeo extraordinario del lunes, donde lo peor que puede suceder es que el léxico economicista se imponga una vez más al pacto necesario después de medio año de diálogo de sordos.

Otras voces comparten el pesimismo razonado de Oliver. Jeffrey D. Sachs, profesor de la Universidad de Columbia, considera “petulantes, ingenuas y fundamentalmente autodestructivas” las demandas de Europa destinadas a asegurar el reembolso de la deuda griega. “Al rechazarlas –dice Sachs–, los griegos no están jugando; están intentando sobrevivir”. “Grecia afronta una tragedia económica”, opina Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos. Para el nobel Paul Krugman, debería existir “una alternativa medianamente decente”, que evitara la salida de Grecia del euro y el terremoto subsiguiente en toda Europa. Sachs, Summers y Krugman, desde trincheras ideológicas bastante diferentes, coinciden, sin embargo, en un reproche más o menos implícito: la torpeza política de la UE. Acaso debiera añadirse la mezcla de bisoñez y altanería del Gobierno griego al creer que la contundencia de su victoria electoral le reportaba un plus de fortaleza negociadora más allá de sus fronteras (tesis de Yanis Varoufakis) que, a la hora de la verdad, ha brillado por su ausencia.

Lo cierto es que ha pasado la hora de los análisis del pasado, de los errores cometidos en el nacimiento del euro, de la permisividad del sistema financiero en la concesión de créditos durante el ciclo expansivo, de la prestidigitación con las estadísticas practicada por varios gobiernos griegos, de la tolerancia o la complicidad de Europa en todo ello, del precio pagado por la austeridad. La teoría de juegos, de la que Varoufakis es un brillante especialista, tampoco tiene cabida ahora, salvo que se trate de jugar al tres en raya, donde la victoria entre contendientes avisados es imposible. Porque no queda tiempo más que para poner un parche y evitar que progrese la enfermedad hasta matar al enfermo.

El profesor Sachs recuerda en su diagnóstico del problema griego un pasaje del libro de John Maynard Keynes Las consecuencias económicas de la paz, publicado al final de la primera guerra mundial, cuando el Gobierno de Estados Unidos porfió para asegurarse sustanciosas reparaciones de guerra: “¿Querrán los pueblos descontentos de Europa, en la generación venidera, ordenar sus vidas de tal forma que una parte apreciable de su producción diaria se dedique a hacer un pago externo? En una palabra, no creo que ninguno de estos tributos se siga pagando más que, en el mejor de los casos, unos pocos años”. ¿Es posible que el Consejo Europeo no sea capaz de comprender, como Keynes en su día, que ningún acuerdo puede descansar sobre el futuro de, por lo menos, una generación? ¿Cree el Gobierno griego que puede salir airoso del lance sin presentar un plan técnicamente consistente y políticamente defendible? ¿Están dispuestos, en suma, a aceptar unos y otros que, sea cual sea el desenlace, tendrá por fuerza un altísimo coste político que habrán de justificar ante la opinión pública, y que deberán pechar con sus consecuencias? Si no lo están, el proyecto europeo quedará malherido y no solo el futuro de Grecia.

 

Desquite de la clase media

“Lo realmente antisistema es la pobreza masiva que nos deja en herencia esta crisis”.

Xavier Martínez Celorrio, profesor de Sociología de la UB

Toda situación es susceptible de empeorar, y ese principio es aplicable al PP a poco que las ocurrencias de Esperanza Aguirre se adueñen del debate poselectoral. Esa sucesión de descalificaciones, propuestas apresuradas y análisis desorbitados contiene algo de profundamente malsano y mucho de sectarismo o de desprecio por lo que el domingo votaron los ciudadanos. Y hay también bastante desconocimiento de qué ha sucedido en este país a causa de la austeridad a rajatabla, la insensibilidad social y el hartazgo de una clase media vapuleada por la crisis que se ha desquitado en las urnas de sus victimarios  o de quienes percibe como tales. No hay en ello asomo de desprecio por el sistema, por el pluralismo y por los usos democráticos, sino más bien la exigencia de que se desanden algunos caminos para que el pago de la factura del desmoronamiento o jibarización del Estado del bienestar quede más repartido.

Las elecciones del último domingo fueron municipales y autonómicas, pero fueron también la primera vuelta de las legislativas de finales de año. Hubo en la cita del 24 de mayo una advertencia, un avance de lo que muy probablemente será el hemiciclo del Congreso a la vuelta de medio año, sin soviets ni cosa parecida, como cree Esperanza Aguirre que se verá en los distritos de Madrid dentro de unas semanas, pero sí con el bipartidismo imperfecto –PP y PSOE– que gestionó la restauración democrática sustituido por un nuevo mosaico ideológico a cuatro bandas. A eso en las facultades de Ciencias Políticas lo llaman evolución del sistema, y es fruto del desgaste de un modelo que fue útil para poner el país al día, pero ha sucumbido al paso del tiempo, a la corrupción, al amaneramiento y al cansancio de unos electores a los que se ha querido convencer de las bondades de la recuperación económica con la buena marcha del Ibex-35 y con la suposición de que, como en mala hora dijo Mariano Rajoy, ya no se habla del paro (Pamplona, 19 de mayo).

Los resultados de las elecciones municipales en Madrid, Barcelona y Valencia no constituyen victorias de las extrema izquierda, como repiten todos los días algunos tertulianos que TVE invita a sus programas, son, eso sí, la reacción democrática a la fractura social provocada por la crisis y las recetas aplicadas para superarla. La Encuesta de Condiciones de Vida difundida el martes por el Instituto Nacional de Estadística (INE) explica con cifras la reacción de los ciudadanos en las urnas de forma mucho más precisa que los análisis encaminados a aislar a Podemos o a desacreditar a candidatos –Manuela Carmena (Madrid), Ada Colau (Barcelona), Joan Ribó (Valencia)– que no son conservadores, pero tampoco son portavoces de la revolución, cualquiera que esta sea. Cuando, según los datos del INE, el 22,2% de la población vive bajo riesgo de pobreza –el 30,1% en el caso de los menores de 16 años–, los remedios lampedusianos no tienen sentido o son un insulto a la inteligencia. Los ciudadanos, los electores, los votantes, los contribuyentes, cuantos saben lo que vale un peine, no se conforman con cambios aparentes para que nada cambie, sino que, a lo que se ve, exigen cambios manifiestos para que algo cambie.

El temor de Yolanda Barcina, presidenta en funciones de Navarra, de que “las cosas pueden cambiar como cambiaron en la Alemania de antes de las guerras mundiales”, pueden cambiar como cambiaron en la Venezuela de Hugo Chávez o en la Argentina de Juan Domingo Perón, parece tan fuera de foco como el apresuramiento de Rafael Hernando en anteponer la victoria en votos del PP –algo más de seis millones– a la pérdida de votos –2,5 millones– con relación al 2011. No, estos acercamientos sin matices a los resultados carecen del mínimo de consistencia exigible a quienes, por oficio, debieran desdramatizar el futuro y atenerse al hecho de que la opinión pública no quiere seguir como hasta ahora, pero tampoco quiere hacer saltar al Estado por los aires. Esas elecciones del 24-M no han sido como aquellas otras de abril de 1931 que liquidaron la monarquía, sino que se han atenido a un procedimiento pautado, empezando por la lealtad al sistema de los grandes contendientes, incluidas las llamadas fuerzas emergentes.

Por lo demás, es preciso relativizar el peso de estos partidos, agrupaciones o marcas políticas recién llegados porque ninguno de ellos ha obtenido el primer o el segundo lugar en las autonómicas, donde el distrito electoral es la provincia. El caso de Madrid es especialmente ilustrativo: mientras Manuela Carmena ha obtenido el 31,85% de los votos con la etiqueta Ahora Madrid (conglomerado de Podemos y varias fuerzas progresistas y de izquierdas), Podemos en solitario no ha pasado del 18,59% en las autonómicas de la Comunidad de Madrid, bastante por detrás de Cristina Cifuentes (PP, 33,1%) y Ángel Gabilondo (PSOE, 25,44%). Ha pesado más en el ánimo de los votantes el compromiso con los vulnerables de la jueza Carmena que la oferta ideológica del equipo de Pablo Iglesias; ha pesado más la persona que la marca. Lo mismo puede decirse de Ada Colau en Barcelona, aupada por una nebulosa ideológica en la que la militancia de la candidata contra los desahucios ha sido más determinante que cualquier otra consideración.

Que esto guste poco al establishment es comprensible; que en el reparto de etiquetas políticas se adjudique la de extrema izquierda a Carmena y a Colau es una exageración. O acaso es útil para sopesar el conservadurismo extremo de quienes creen que, en efecto, dos grandes ciudades europeas han caído en manos radicales, como alguien dijo una de estas noches poselectorales en un debate televisado. O acaso sirve para medir la incomprensión de una parte de la generación que hizo la transición frente a la siguiente, la que desea ajustar el modelo, el sistema, a su enfoque del futuro mediante la generalización de la cultura del pacto, algo no tan nuevo a poco que se repase la composición histórica de los gobiernos de muchos ayuntamientos y comunidades autónomas. O, quién sabe, quizá ilumine las presiones de una parte del mundo financiero y explique la reacción de personajes tan poco dados a la improvisación y a los excesos como Xavier Trias, que de repente, a toda prisa, propuso un pacto municipal al estilo todos contra Ada Colau, como si la victoria de esta amenazara con secar las fuentes, con ahuyentar los cruceros y con dejar sin clientes las tiendas de lujo del paseo de Gràcia.

Nada de lo sucedido es ajeno a los usos democráticos: ni el cambio de configuración del mapa político, ni las incógnitas relativas a la situación en que queda el PSOE dentro del laberinto de la izquierda, ni la desorientación del PP, que debe mover ficha y, al mismo tiempo, teme que la cita electoral de otoño sea aún peor de lo que ha sido la de primavera, Ciudadanos de Albert Rivera mediante. Todo forma parte de la capacidad de reacción democrática de una sociedad condenada demasiadas veces a asistir a debates estériles y a la gesticulación desmesurada de los líderes, atrapada la calle en las redes de una política superestructural, sin alma, con costes sociales desbocados y un aumento insoportable de las desigualdades, más la metástasis de la corrupción. Si alguien creyó que nada de esto tenía una importancia determinante, el cambio de decorado salido de las urnas le ha señalado el camino de vuelta a la realidad.

Grecia, en el laberinto

A juzgar por la gesticulación de los mercados después de las primeras medidas adoptadas por el nuevo Gobierno griego, se diría que los propósitos de Alexis Tsipras eran poco conocidos o se tomaron como un mero enunciado de objetivos que se guardan en el armario al día siguiente de la victoria. Es posible que las bolsas y el mercado secundario de la deuda esperaran una mayor contención de la coalición Syriza, recién llegada al poder, pero nada de lo anunciado después del primer consejo de ministros se aleja de lo que cabía prever en un país baqueteado por la crisis y que ha hecho saltar por los aires el sistema tradicional de partidos para, por lo menos, recobrar el aliento. Hace tiempo que Tsipras olvidó la quimera de ser el Andreas Papandreu del siglo XXI, como ha recordado el diario conservador de Atenas I Kathimerini, pues él nadó en el mar de ayudas comunitarias que recibió Grecia al ingreso en la Comunidad Económica Europea y el nuevo primer ministro, en cambio, ha encontrado la caja vacía, pero la victoria es demasiado reciente para imaginar que enterrará en el olvido cuanto le llevó al triunfo.

Por la misma regla de tres, la sorpresa causada por el anuncio de Yanis Varoufakis, responsable de los planes económicos del Gobierno griego, de que este no reconoce a la troika –Fondo Monetario Internacional, Comisión Europea y Banco Central Europeo– como interlocutor para renegociar la deuda tiene muy poco de sorpresa y bastante de dificultad previsible o conflicto previsible. De hecho, antes que Varoufakis, Giorgos Katrougalos, ministro de la Reforma Administrativa, declaró sin tapujos al diario Le Monde: “No reconocemos  ni el memorándum ni la troika”. De hecho, ni el ala más radical de Syriza ni Griegos Independientes, sus socios de Gobierno, hubiesen aceptado como punto de partida algo distinto a tan rotunda declaración: los unos, por sus convicciones socializantes; los otros, por su confeso nacionalismo antieuropeo.

A mayor abundamiento, Varoufakis es autor de un libro de título sugestivo: El minotauro global. En él reclama la convocatoria de una conferencia internacional para crear un mecanismo asimismo global de reciclaje de excedentes, una herramienta destinada a evitar que vaya en aumento el empobrecimiento de unos y la opulencia de otros, algo así como un factor de rectificación permanente para evitar que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres, dicho sea sin ánimo de simplificar. Varoufakis no oculta su desconfianza en el mercado como factor de corrección de los desequilibrios y discute su utilidad para aminorar las desigualdades favorecidas por la crisis de 2007-2008. Es difícil que quien así piensa pueda de buenas a primeras echar al cesto de los papeles aquello que siempre ha defendido y que ha caracterizado su discurso de intelectual comprometido.

De momento, nadie ha pedido a Tsipras y a Varoufakis que dejen de serlo para tranquilizar al establishment europeo, cuyos sueños perturba la victoria de Syriza desde la noche del 25 de enero. Pero incluso en el caso de que tal cosa sucediera, los asustados seguirían asustados y los euros seguirían en fuga –fuga de capitales–, tal cual está sucediendo en Grecia desde hace tiempo. Porque existe una incompatibilidad manifiesta entre el antedicho establishment, que dicta el camino a seguir para sanear las cuentas griegas, y el equipo de Tsipras, y existe otra incompatibilidad, histórica esta, entre la nebulosa social que ha dado la victoria a Syriza y la cortísima lista de apellidos ilustres, dueños de facto del Estado y de sus vicios, que se remonta a los orígenes mismos de la Grecia surgida de la guerra civil (1946-1949). La primera incompatibilidad afecta al programa de rescate (a su aceptación y ejecución en términos durísimos); la segunda interesa el coste asociado al reparto de papeles en la estructura social griega, donde forma parte de la tradición el absentismo fiscal de la Iglesia ortodoxa, de los oligarcas del sector naviero y, en general, de cuantos son titulares de una parte sustancial de la riqueza de la nación.

Quizá el enfado sin disimulo del presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, al final de su estancia del viernes en Atenas sea la primera manifestación concreta de esa incompatibilidad casi genética entre los fundamentalistas de la austeridad y los sacrificios para salir de la crisis y los partidarios de proceder a un reparto equitativo de las cargas para evitar que los dislates presupuestarios de gobiernos como los de Grecia de distinto signo –practicaron alegremente el deporte de amañar los libros de cuentas– caigan en exclusiva sobre las espaldas del ciudadano medio, vulnerable por definición cuando se esfuman los salvavidas sociales. Por no hablar de la doble o triple vara de medir de los gestores de la crisis, que lo mismo aprietan las tuercas a Grecia que perseveran en la comprensión con Francia e Italia, cuyo PIB es, respectivamente, 6,5 veces y 8,5 veces mayor que el griego (unos 215.000 millones de euros). Pues si no hay más senda por la que transitar que la de la austeridad para Grecia, según se desprende de las apreciaciones de Angela Merkel filtradas a la opinión pública, pero no así para otros países, cuya importancia sistémica, como ahora se dice, nadie discute, habrá que concluir que la descohesión social europea es algo más que un riesgo en un futuro no deseado.

Dicho todo lo cual no queda más que admitir que Grecia solo puede salir del laberinto del minotauro europeo mediante un acomodo de su programa a las exigencias de sus socios de la UE, quizá mediante un hilo de Ariadna que, a la manera de Teseo, guíe sus pasos hacia la salida sin sufrir mayores males de los ya soportados por una población a un paso de la inanición. Ese hilo, esa pista a seguir, ha de tener la forma de pacto entre Grecia y aquello que, aun siendo la troika, no lo parezca o no se llame así, pero sirva para suavizar las condiciones de la devolución de la deuda –así en los plazos como en las condiciones y cantidades a pagar– a cambio de encarar con determinación las reformas estructurales de la economía griega, adormecida en el sueño del turismo y retrasada en todo lo demás: combatir el fraude fiscal, elaborar un catastro, aumentar la competitividad y así hasta completar un largo etcétera. Ese trueque, según el término utilizado por el profesor Josep Oliver en estas páginas, no es el gran hallazgo que sanará al enfermo en un abrir y cerrar de ojos, pero sí puede ser la fórmula que evite más sufrimientos a una sociedad doliente y, al mismo tiempo, apacigüe a los acreedores más exaltados, aquellos que ven en Syriza un compendio de todas las radicalidades a través de su propia radicalidad de defensores implacables de las exigencias de la troika.

Si esa salida o remiendo hace saltar por los aires las reglas del juego en el seno de la Unión Europea y da alas a los partidos o coaliciones que pueden salir más baratos a los ciudadanos –Podemos en el caso español–, de acuerdo con una idea expresada por Josep Piqué en Barcelona esta misma semana, es algo que está por ver, pero el pacto es ineludible si tiene que casar la decisión democrática de los griegos de dar el Gobierno a Syriza con la exigencia europea de que las deudas son de pago obligado. Cualquier otra alternativa se antoja imposible, cuando no arriesgada y profundamente desestabilizadora tanto para Grecia como para Europa en su conjunto, así sea la grexit (salida del euro), el bloqueo sine díe del último tramo del segundo rescate o alguna maniobra encaminada a convencer a los griegos de que votaron en un sentido equivocado y conviene que rectifiquen. Sería tanto como someter a una revisión violenta, apresurada y arbitraria el acervo político de la UE que, en este caso sí, tendría consecuencias: alimentaría las expectativas de los euroescépticos, de los nacionalismos exacerbados, de la extrema derecha rampante y de cualesquiera otros adversarios de la unión, dispuestos a sacar partido a cualquier crisis en cualquier momento.

 

 

La sobriedad, una necesidad europea

Dice José Mujica, presidente saliente de Uruguay, que prefiere hablar de sobriedad antes que de austeridad, desnaturalizada esta por el austericidio cometido en Europa, revalorizada aquella como guía moral. Al hilo del austericidio, puede afirmarse asimismo que el sueño europeísta de la unión se ha visto modificado por el sueño alemán de la hegemonía en Europa por otros medios, diferentes a aquellos que llevaron al continente a las puertas del Armagedón. Cabe sostener incluso que en el cruce de caminos entre la austeridad empobrecedora y la germanización de Europa, millones de personas, jóvenes en su mayoría, han sido condenadas a sobrevivir sin certidumbres de futuro, salvo la viabilidad, improbable a largo plazo, de fórmulas redentoras. Todo eso merece ser tenido en cuenta cuando se dobla el cabo del año nuevo y sin que venga a cuento, a no ser electoral, se anuncia la buena nueva de que se acabó la crisis (Mariano Rajoy para mayor precisión).

Si se hubiese acabado la crisis, no proliferaría la idea de que, mediante toda clase de austeridades, la situación económica es mala o muy mala (véanse las encuestas). Ni contaminaría la atmósfera la impresión de que los costes sociales de la salida de la crisis, de ser esta cierta, superan con mucho los beneficios aportados, dejada esa contabilidad inevitable entre costes e ingresos en manos de tenedores de libres cuya única misión es cuadrar las cuentas cueste lo que cueste, sin echar la vista atrás para redactar el parte de bajas. Porque si no fuese esta su misión, no tendrían el arraigo que tienen estados de ánimo colectivos de corte depresivo, que lo mismo se remiten a la inanición de Grecia, que a la sumisión de España; que lo mismo desembocan en la condena de Francia a la decadencia, si no renuncia a algunas de sus más viejas convicciones, que en la insistencia de que en Italia, más que en ninguna otra parte, cualquier situación es susceptible de empeorar.

“A la justicia la atemoriza siempre la magnitud, la desborda la superabundancia, la inhibe la cantidad”, en ‘Así empieza lo malo’, de Javier Marías.

“A la justicia la atemoriza siempre la magnitud, la desborda la superabundancia, la inhibe la cantidad”, escribe Javier Marías en Así empieza lo malo (página 397 para mejor referencia). Por eso no hay quien esté dispuesto a mirar hacia atrás con ira o sin ella y, por lo menos, pedir disculpas; lamentar los daños, la lista de damnificados y los campos de ruinas que surgen aquí a allá, fruto de lo sujeción de los líderes políticos a las finanzas globales, consecuencia de la justificación tecnocrática de diferentes escuelas, no todas ellas conservadoras, que consagran y aplican el tratamiento de choque dictado por los profetas de la utopía neoliberal (ya distopía a juzgar por los estragos causados durante el último quinquenio y los que son de temer en el futuro). Por eso las operaciones de rescate de la clase media son mera simulación –al contrario de Estados Unidos– y se apodera con frecuencia del grueso de la opinión pública el vértigo de una corriente que arrastra su forma de vida hacia el sumidero.

Qué extraño, sorprendente y ajeno a la realidad resulta escuchar sin más que acabó la crisis; qué hiriente e inmoral suena oír esta afirmación mientras a la puerta de los supermercados las onegés recolectan comestibles para que la crisis lo sea menos para muchos azotados por ella hasta la extenuación. A no ser que quienes anuncian el final de la crisis observen el entorno inmediato a través de los espejos deformantes del callejón del Gato (el esperpento de Valle siempre tan cerca de la realidad). Si no es así, si todo obedece a un cálculo electoral, y eso parece, entonces es preciso reclamar a los propagadores de infundios el decoro que exige la situación y la precisión en el diagnóstico: que las cuentas se ajusten a lo previsto o sean aún mejores –por el precio del petróleo, por la depreciación del euro, por la inflación desaparecida camino, puede, de la deflación, por una décima de aquí y una prima de riesgo de allá–, no significa que hayamos despertado de la pesadilla.

Hay un dato que abunda en la sensación de que seguimos atrapados en el laberinto de un sueño inquietante: en la Europa doliente, disponer de un trabajo razonablemente remunerado se ha convertido en un privilegio; trabajar por un salario insuficiente es una afrenta frecuente; encadenar los años sin remuneración alguna constituye una epidemia muy extendida (léanse las estadísticas del INE). Frente a la consagración del trabajo como un derecho recogido en las constituciones se impone la realidad del trabajo mal pagado hecho milagro, y hay además algunos expertos en gestionar la catástrofe –entre ellos, economistas a los que escucha Angela Merkel– que anuncian como necesario, inevitable o conveniente, según las escuelas, que la inseguridad en el trabajo, o el trabajo a tiempo parcial, o el trabajo cuando lo haya sean la norma de futuro (la literatura a tal fin difundida es abundantísima).

Joschka Fischer: “Vista la incapacidad manifiesta de las autoridades europeas para poner fin a la enfermedad, muchos países miembros no pueden soportar la austeridad por más tiempo. Algunos de ellos afrontan una sublevación política”.

Así que, al contrario de lo afirmado, la crisis sigue y persevera en sus desajustes inadmisibles, aunque parece que las cifras dicen que ya pasó o está a punto de pasar. Y si es así, puesto que los efectos no se notan en parte alguna o apenas menguan, hay que concluir que Europa se ha instalado en la injusticia y no se deduce utilidad mayor de los instrumentos anunciados por el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, para paliarla y cauterizar las heridas. No solo por modestos y contenidos, sino porque los observan con hostilidad manifiesta los guardianes custodios del Bundesbank y, con ellos, cuantos insisten en que la austeridad es el camino y no hay otro (si lo hay o lo conocen, no lo dicen).

El exministro alemán de Asuntos Exteriores Joschka Fischer no ve señales del final de la crisis ni en la Unión Europea, en general, ni en la Eurozona, en particular, y aún menos en los socios meridionales del club. “Se nos dice que la crisis del euro quedó atrás –escribe Fischer–. Los mercados financieros han encontrado la calma, mientras que las autoridades europeas, especialmente el BCE, aseguran que la unión monetaria está a salvo. Pero los países de sur de Europa siguen en depresión, la zona euro en conjunto sufre un crecimiento átono, sometida a presiones deflacionistas, y en los países en crisis, el paro se mantiene a un nivel insoportable”. Y sigue: “Vista la incapacidad manifiesta de las autoridades europeas para poner fin a la enfermedad, muchos países miembros no pueden soportar la austeridad por más tiempo. Algunos de ellos afrontan una sublevación política”.

¿En quién pensará Fischer cuando habla de paro insoportable? Diríase que en España, puede que en Grecia o en algún otro país en estado catatónico. ¿A qué se refiere cuando menciona “una sublevación política”? Es verosímil que piense en Podemos, en Syriza, por el populismo de diseño y por la izquierda; en el Frente Nacional francés, en el UKIP, en Amanecer Dorado, por el flanco nacionalista vociferante, por la extrema derecha desabrida y aun por el ideario neonazi. Sí, en efecto, piensa en esa nueva constelación de partidos que pueden sembrar el desconcierto en la zona euro y poner en duda la viabilidad del statu quo que ha hecho bandera de la austeridad. “Observar la UE desde el exterior es un poco como ver un tren al ralentí que va directo hacia una colisión, un accidente anunciado”, afirma Fischer, que no acierta a dar con el final de la crisis (ve el 2015 como el año de “todos los peligros para Europa”).

Paul Krugman sostiene que Europa se dirige hacia la doble trampa de la deflación y el estancamiento.

Cuando resulta, además, que un pequeño país como Grecia, con un PIB inferior al 25% del de España, es capaz de alterar el pulso de los mercados europeos hasta la histeria ante la posibilidad de que Syriza gane las elecciones del 25 de enero, entonces es que, como dice Fischer, el convoy va derecho a la colisión sin que nadie esté dispuesto a echar el freno. Pues si una victoria de Syriza pone en guardia a todo el mundo, entonces resulta que la debilidad del ecosistema político europeo, con receta alemana o sin ella, es mayor de lo presentido, se comporta como un organismo sin defensas que puede pasar en horas 24 del resfriado común a la neumonía. Y puesto que el castigo infligido a los griegos por la famosa troika carece de fundamentación moral y parece muy a menudo un acto de ensañamiento indefendible, puede que Syriza consiga lo que el resto de Europa no desea y, dada esa situación, Europa deba decidir entre la desvergüenza de perseverar en el ensañamiento o admitir que hacen falta medidas correctoras para hacer frente a la rebelión de los desesperados, de cuantos el 25 de enero voten en igual medida contra los gestores de la crisis y a favor de quienes prometen la catarsis, entendida esta como figura definida en la quinta acepción del diccionario de la Real Academia Española: “Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo”.

De lo que es fácil deducir que es preferible seguir los pasos de Fischer que los de quienes han realizado el anuncio navideño del final de la crisis, siquiera sea porque el primero no ha de renovar ningún mandato y los segundos aspiran a ello. Los segundos contemplan la consolidación de esa bolsa de desheredados condenados por la austeridad, a los universitarios obligados a liar el petate para probar fortuna en otras partes, a esa lacerante administración de la injusticia que consiste en interferir en la justicia para controlar las causas múltiples y variadas que hacen cada vez más impenetrable las tramas de la corrupción, y, consumada la indagación visual o estadística, prefieren negar la realidad y anunciar que el 2015 serán el de la reparación de daños.

Incluso si el desenlace en Grecia es menos categórico de lo temido por los fundamentalistas de la economía global, persistirá “el conflicto vinculado a la austeridad” al que se refiere Fischer en un pasaje de su artículo. Porque seguirá ahí la trampa para elefantes de la deflación y el estancamiento hacia el que se dirige Europa, según el diagnóstico emitido el pasado verano por Paul Krugman en las páginas de The New York Times. Según Krugman, François Hollande, presidente de Francia, perdió la ocasión de oponerse a Alemania en compañía de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona, para someter a revisión la austeridad. Muy pronto se plegó a la ortodoxia implacable de la contención del gasto, la contracción de la economía pública y el recorte de los programas sociales; su disposición a decir no fue a menos y se esfumó después del nombramiento de Manuel Valls, ejecutante convencido de que nada cabe fuera de la austeridad.

Pero es preciso decir no alguna vez, reconocer que las deudas deben saldarse, pero no a costa de dejar exhausto al deudor, sin aliento para seguir el camino y avizorar un futuro decente. Ahí radica la sobriedad, en ajustar las necesidades, las obligaciones y los compromisos a una supervivencia sin servilismos, en el equilibrio sostenible entre estos tres factores. No es nada seguro que la Europa del 2015 sea precisamente esta, sino más bien aquella otra no deseable de la austeridad inclemente en la que el nacionalismo y el euroescepticismo sigan arraigando, visto el sueño de la unión por muchos europeos como un insoportable descoyuntamiento de los equilibrios sociales que se dio Europa después de la segunda guerra mundial, como una imposición coactiva. La crisis no se ha acabado (no se desvanecerá por mucho que se repita); seguimos en compañía de ese desajuste asfixiante, hijo de los errores cometidos por gobernantes que alguna vez debieron decir no y no lo hicieron.

 

El espectro de la recesión asusta a Europa

“Hoy no hay un partido único, sino un pensamiento mediante el cual los depositarios de este pensamiento estiman que hay una única solución, la que aporta el mercado para la totalidad de actividades de nuestra sociedad”.

Ignacio Ramonet, en el documental ‘L’encerclement’

Vuelven las dudas existenciales a Europa después de una semana de incertidumbres, con las bolsas aquejadas de una epidemia de números rojos y el mercado de la deuda sometido a vaivenes especulativos que han hecho repuntar la prima de riesgo de las economías periféricas. Nadie puede llamarse a engaño: todos los datos estadísticos referidos al 2014 incluían las palabras recesión y deflación, a las que se ha unido durante los últimos días el nombre de Grecia, uno de los enfermos más graves en el seno de una Europa asimismo enferma. No fueron alarmismo las advertencias difundidas desde diferentes instancias políticas y económicas a la vista del estancamiento de las grandes economías de la eurozona –Alemania y Francia–, del desacuerdo manifiesto entre los gobiernos de Berlín y París acerca de cómo salir del laberinto, de la indeterminación de Matteo Renzi en Italia y de la dependencia de España del clima circundante para asentar el modesto crecimiento de su economía herida. Pero hasta el desconcierto de estos días fueron demasiados los que pensaron que temer una tercera recesión a la europea era propio de agoreros.

Cuando el vicecanciller de Alemania, Sigmar Gabriel, comunicó el último miércoles que la tasa de crecimiento de la primera economía de Europa iba a quedarse en el 1,2% en lugar del 1,8% al cerrar las cuentas del 2014 y que para el 2015 la previsión es que crezca el 1,3% y no el 2%, como se dijo a principios de año, se adueñó del ambiente la sensación de que los riesgos han dejado de ser una hipótesis académica para convertirse en una realidad palpable. No obstante, el titular de la cartera de Economía se cuidó muy mucho de matizar la apuesta por la austeridad de la cancillera Angela Merkel, un camino que puede haber sido fructífero para Alemania, pero ha resultado desastroso para la periferia de la UE. Gabriel se mantuvo en la idea de que solo hay una salida, seguir por la senda neoliberal de la contención del gasto a toda costa, a lo que hay sumar temores atávicos alemanes –la inflación, el crecimiento de la deuda– y la tradición de los economistas del Bundesbank, un apego a la ortodoxia que disgustó a los operadores financieros y a los grandes inversores.

Pudiera aplicarse a Gabriel la dualidad de pensamiento resumida por Arthur Brooks, presidente del American Enterprise Institute, en la fórmula perfume liberal –para el caso el término adecuado es socialdemócrata–, pensamiento conservador. Algo que no es privativo del político alemán, sino que alcanza a la mayoría de gestores de las finanzas públicas de Europa, plegados a la germanización de la Eurozona sin que, por lo demás, se atisbe la resolución de la crisis siquiera sea a largo plazo. Ni Francia, con una previsión de recorte del gasto público de 50.000 millones de euros hasta el 2017, ni Italia, acostumbrada al regate en corto y los juegos de manos, pueden tenerse por excepciones a esa norma de conducta paneuropea. ¿O puede que sí?

La respuesta quizá se encuentra en la profusión de opiniones críticas recogidas por la prensa alemana y en la impresión de que el país se aísla al obstinarse con la austeridad y desoír las voces que reclaman programas de crecimiento, inversión pública y mecanismos de reducción acelerada del paro diferentes a la economía de supervivencia encarnada por los minijobs y otras fórmulas parecidas. La respuesta también se halla en la posición de Francia, en ese disenso conceptual entre Manuel Valls y la cancillera que recuerda añejas disputas franco-alemanas. Puede incluso darse con la respuesta en los difusos compromisos de Matteo Renzi, que aplica a pies juntillas el viejo principio de que la mano derecha no tiene por qué saber lo que hace la izquierda.

Algo de todo ello está suspendido en el aire, aunque prevalecen el desasosiego y el miedo al espectro de una recesión que inutilizaría los sacrificios hechos por la periferia europea y acaso descoyuntaría a Francia e Italia, sin que sea posible determinar qué consecuencias tendría tal situación. Y en esa atmósfera contaminada por la crisis reaparece la discusión sobre el papel reservado al Estado para ordenar el mercado y no dejarlo todo a la lógica de su funcionamiento sin interferencias. Frente a quienes militan en la creencia de que el Estado es esencialmente ineficaz, de acuerdo con teóricos como James M. Buchanan, el nobel de Economía de 1986, se alzan las voces de analistas como el sociólogo francés François Denord, que no dudan en presentar la propuesta neoliberal y el Estado mínimo como “la utopía de los más fuertes”, o el punto de partida de una distopía si las conclusiones derivadas del escrutinio del presente desembocan en los trabajos de otro francés, el economista Thomas Piketty, que subrayan el aumento de las desigualdades a lomos de la desregulación de los mercados.

Hay demasiados indicios de que el momento se asemeja mucho al del verano de hace dos años, cuando solo el compromiso de Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, de garantizar la supervivencia del euro salvó a Europa de un descalabro sin precedentes. Pero, como dice Gemma Hurtado en el diario Cinco Días, nadie hoy hace caso a Draghi, sino que más bien se da por descontado que, de saltar las alarmas, obtendrá el permiso de Alemania para, en una situación límite, evitar el incendio. Pero esta es una suposición sin fundamento habida cuenta del empecinamiento de Merkel, que ha repetido ante el Bundestag que “todos los países deben cumplir las reglas fiscales”. Es decir, frente a la exhortación de Draghi a abrir la mano para dinamizar la economía se eleva la pretensión alemana de que nadie se salga de la senda marcada, aunque tal planteamiento alarme por igual al Fondo Monetario Internacional, al G-20 y a la Reserva Federal de Estados Unidos, que temen los efectos de una borrasca europea cada vez más profunda.

Si el simple anuncio del propósito del Gobierno griego de salir del programa de rescate antes de los previsto y la posibilidad de una victoria electoral de Syriza, el movimiento de izquierdas que lleva en su programa renegociar los plazos de devolución de la deuda, han contaminado durante un par de días las primas de riesgo meridionales ¿qué podría suceder si Francia e Italia, concertadas o sin estarlo, dijeran basta a Alemania? Si una simple encuesta con datos favorables para Syriza tiene esa capacidad desestabilizadora, ¿qué pasaría –cabe preguntarse– si se ahondan las divergencias entre Merkel, Valls y Renzi, que representan las tres primeras economías de la eurozona?

“A los griegos hay que explicarles que fuera del euro no hay salida y que el euro no es el culpable de sus males, más bien al revés. Hay que pedirles que comparen los sacrificios actuales con los que arrostrarían si terminan saliendo de la moneda única. Y, ante todo, hay que pedir a Bruselas que les convenza poniendo fin de una vez a la política de austeridad por la austeridad con una política que combine crecimiento y austeridad, como Francia o Italia reclaman”, ha escrito Carlos Carnero, director de la Fundación Alternativas. El análisis resulta tan sensato que realza aún más el disparate de seguir sin cambiar nada y no salvar la situación de forma decorosa.

“Que nadie dude de que Europa continuará apoyando a Grecia en todo lo que sea necesario para garantizar que se puede financiar en condiciones razonables”, asegura el comisario de Asuntos Económicos, Jyrki Katainen. Pero en una Europa poseída por las dudas, habituada a la desconfianza entre socios y al diktat de Berlín, incluso ese compromiso de solvencia poco discutible resulta insuficiente para serenar los ánimos. Se dan, en cambio, todos los ingredientes para sostener que la crisis tiende a convertirse en una enfermedad crónica, con recaídas periódicas, tratada por médicos apegados a un fundamentalismo clínico que hasta la fecha ha puesta varias veces al sur de Europa a los de los caballos. Ni siquiera queda la esperanza de que el impacto de la crisis en la economía alemana lleve a corregir las medidas más claramente mejorables. Entonces, ¿a quién puede extrañar que cada día sean más los euroescépticos que seducen al electorado y los europeos que ven a la UE como un escenario de pesadilla? ¿A quién puede sorprender el desprestigio del proyecto europeo en segmentos de población cada vez más numerosos, castigados por el rigor de una austeridad asfixiante, cuando finalmente otra recesión, la tercera, está más cerca que nunca?

Señales de alarma en Europa

La pregunta del millón de dólares que inevitablemente sigue a los resultados del último domingo en la UE es esta: ¿los gobernantes europeos son conscientes de las dimensiones del terremoto? O la pregunta es esta otra: ¿al correr del tiempo, los historiadores escribirán, como ha pronosticado Timothy Garton Ash, que la cita del 25 de mayo “fue la señal de alarma que Europa no oyó”? Si la respuesta a la primera pregunta es afirmativa, aún queda otra por responder no menos comprometida: ¿se conformarán con meros retoques cosméticos, se supone que para ganar tiempo al tiempo? Si la respuesta es, de nuevo afirmativa, los pasos se dirigen inexorablemente hacia la segunda pregunta. Si la respuesta a la primera pregunta es negativa, la estación de llegada es, una vez más, la segunda. Esto es, salvo una vigorosa reacción de los grandes estados de Europa, seguirá creciendo el conglomerado de partidos que impugna la UE realmente existente o, aún peor, es su enemigo declarado y aspira a salirse de ella. A corto plazo, puede suceder una de estas dos cosas: que las elecciones nacionales, con menos abstención, corrijan el sentido del voto en muchos países y el statu quo tenga continuidad, con pequeños retoques al alza para los partidos situados a derecha e izquierda del núcleo democracia cristiana-liberalismo-socialdemocracia y marcas similares o que una mayor participación no haga más que subrayar la dimensión de los cambios apuntados en las elecciones europeas. En el primer caso, los partidos de la casta, en expresión de Pablo Iglesias (Podemos), podrán mantener las políticas dictadas hasta el presente para conllevar la crisis económica; en el segundo supuesto, la crisis de identidad, que ya hoy parece un terremoto, puede hacer de Europa un rompecabezas ingobernable, agitado por un descontento crónico, militante y quién sabe si organizado. Si la opción que toman los gobiernos, y que condicionará los trabajos de la nueva Comisión, es forzar el lenguaje para vender cambios lampedusianos como una rectificación de lo hecho hasta la fecha, entonces habrá que ver la capacidad de resistencia del entramado europeo ante la reacción social. La exprimera ministra de Francia Edith Cresson, a la que nadie puede definir como radical, al analizar la victoria obtenida por el Frente Nacional (extrema derecha) en su país echa mano de algunas ideas que son aplicables a otros muchos estados con la partida políticamente profundamente alterada por las urnas europeas. “[El resultado] traduce la gran decepción de los franceses con relación a los partidos, diría incluso que la desesperación sentida ante los caminos sin salida trazados por las políticas precedentes. Los franceses son capaces –afirma Cresson– de apretarse el cinturón por solidaridad, a la espera de días mejores, pero cuando ven que no llegan, viven este sacrificio como una traición”. ¿Alguien puede dudar de que los sacrificios dictados por Europa no han provocado sentimientos parecidos a los descritos por Cresson no solo en Francia, sino también en el sur europeo en general, que han llevado a muchos ciudadanos a quedarse en casa o a renegar de su decantación política tradicional y emitir un voto de protesta y hartazgo a favor de opciones políticas hasta la fecha marginales y, en muchos casos, perfectamente democráticas? La perspectiva de una gran coalición del PPE y el PSE, encabezada por el luxemburgués Jean-Claude Juncker, que parece la salida más que probable a la aritmética del Parlamento Europeo, puede poner de acuerdo a los estados y alegrar las bolsas, pero es dudoso que sirva para atenuar la desafección, cuando no desconfianza, de muchos europeos. Es decir, no de los euroescépticos o los eurófobos, que desean darse de baja del club, sino de aquellos europeístas que han llegado a la conclusión de que esta Europa no va con ellos. Redundar en la austeridad, los recortes, la mutilación del Estado del bienestar, el empobrecimiento de las clases medias y las exigencias de la economía financiera, que ha sido la constante del último quinquenio, defendida con entusiasmo por la Comisión presidida por José Manuel Durao Barroso, acrecentará el descontento y agravará la imagen que devuelve la UE cuando se mira al espejo: una superestructura insensible a cuanto queda fuera de los balances contables. Si la gran coalición sale adelante sin contrapartidas para suturar las heridas del paro juvenil, del crédito ausente, de las empresas dejadas a su suerte y de otras lacras de la crisis, no se hará realidad uno de los requisitos para el futuro: disponer de una Comisión que, como reclama el exeurodiputado francés Philippe Herzog, presidente del think tank Confrontations Europe, esté “rehabilitada y reformada para servir al interés general”. Porque, he ahí la gran decepción de muchos europeos, cada día está más extendida la creencia de que la UE ha dejado a un lado el interés general para abordar una reforma radical del pacto social que hasta la fecha ha distinguido el modelo europeo. Para los sistemas de partidos surgidos de este modelo o autores de este modelo, la quiebra del mismo entraña la del propio sistema, y cuando un sistema consolidado de partidos salta por los aires, lo que sigue es una profunda crisis de confianza con alternativas personalistas. El ejemplo del hundimiento de la Cuarta República en Francia, que fue sustituido por un orden político que orbitó alrededor del general Charles de Gaulle y sus herederos ideológicos hasta la victoria de François Mitterrand en 1981, más de veinte años más tarde, y la crisis del sistema de partidos en Italia, que hizo de Silvio Berlusconi la referencia permanente de la marcha de la política, son precedentes dignos de tenerse en cuenta. Con la particularidad en nuestro azaroso presente de que la tendencia es la fragmentación política, la existencia de parlamentos multicolor que, como el que salió elegido el día 25, vaticina un futuro llenó de dificultades para constituir mayorías estables y cohesionadas para gobernar. Es del todo lícito quedarse en el formalismo de la gran coalición en Bruselas, y de otras grandes coaliciones a escala nacional, como la que gobierna en Alemania, ateniéndose a las sumas y restas de votos y al juego de las mayorías y de las minorías, pero hacerlo es no prestar atención a las preferencias apuntadas en las urnas. La pérdida de diputados experimentada por el PPE y el PSE es una tendencia a escala europea, el éxito del UKIP en el Reino Unido lo es también en un entorno profundamente receloso de la construcción política de Europa; el resultado de Podemos e Izquierda Unida, en España, y el de Syriza, en Grecia, indica una dirección; el resultado, en sentido contrario, del FN, en Francia, y Amanecer Dorado, en Grecia, autoriza toda clase de preocupaciones; la proliferación de agrupaciones variopintas –pro y anti, progresistas o radicalmente reaccionarias– induce a suponer que la política refleja cada vez más la fragmentación social. Las grandes corrientes de pensamiento tradicionales en la política europea de los últimos sesenta o setenta años aparecen zarandeadas por otras de nuevo cuño que, liberadas del compromiso y el desgaste de gobernar, cuentan sus apariciones por éxitos. Al mismo tiempo, la desinhibición de algunos líderes subidos en la cresta de la ola de los sondeos favorables les pone a resguardo de situaciones que, en otras condiciones, les saldrían carísimas en votos. Así se explica que Marine Le Pen haya cosechado un resultado espectacular a los pocos días de que su padre afirmara que el señor Ébola puede solucionar en tres meses los problemas demográficos de África. Ha dejado de ser eficaz la invocación de la responsabilidad para justificar algunas medidas incluidas en los programas de austeridad europeos. Mientras los gobernantes que las han llevado a la práctica recurren a su sentido de la responsabilidad para dar contenido ético a las medidas adoptadas, quienes sienten sus efectos han llegado a la conclusión de que son víctimas de un despropósito, cuando no de un engaño, de un juego en el que no quieren participar o en el que han decidido participar como adversarios de quienes suponen son los causantes de sus desventuras. Quizá, en último término, el mejor resultado derivado de la transformación social inducida por la crisis económica sea el final de los cheques en blanco, de esa tendencia cada vez más extendida en virtud de la cual los partidos tienden a guardar sus programas electorales bajo siete llaves en cuanto llegan al poder. ¿Han captado el mensaje los líderes europeos?

Europa precisa un rostro humano

El anodino debate del jueves por la noche entre Miguel Arias Cañete (PP) y Elena Valenciano (PSOE) no hubiese pasado de ser una incursión superficial por el laberinto de la política española, con la variedad del debatiente-lector de apuntes, si no hubiese sido por “el error no forzado” –Montserrat Domínguez en El Huffington Post– del susodicho al soltar al día siguiente en Antena 3 una perla para la historia de las perlas: “Si haces abuso de superioridad intelectual, parece que eres un machista que está acorralando a una mujer indefensa”. Este disparate cósmico ha salvado el debate del olvido, aunque no ha remediado la ausencia de Europa del sumario intercambio de pareceres, como si la posibilidad de recurrir a Europa como excitativo de entusiasmos políticos fuese una batalla perdida y solo los asuntos de casa fuesen un caladero seguro para cobrar algunos votos el día 25.

Pero hubo algún momento en que los adversarios se salieran del guion nacional, en especial cuando la candidata socialista se refirió a la necesidad de dar a Europa un rostro humano. Los espectadores más veteranos y soñadores debieron dejar que la imaginación volara hasta el socialismo con rostro humano al que aspiró Alexander Dubcek en la Checoslovaquia de 1968; los más pesimistas debieron dejarse llevar por los recuerdos del desastre final, con los tanques del Pacto de Varsovia en las calles de Praga. Los más jóvenes quizá se acordaron de las primaveras más recientes, de desenlace desigual, especialmente de las árabes, de futuro muy incierto. Todos, en cualquier caso, tuvieron ocasión de sopesar, aunque solo fuera por un instante, la necesidad y la conveniencia de una primavera europea que acabe con la sensación cada vez mayor de que la institucionalización de Europa es un proceso hecho a espaldas de los ciudadanos, al servicio de la economía global y destinado a descoyuntar el Estado del bienestar.

En esa hipotética primavera, los gestores europeos estarían obligados a reconocer los errores cometidos, la angustia provocada por una austeridad asfixiante y la desafección estimulada por la imposición de programas de efectos insoportables. Humanizar Europa debería ser una forma de acabar con la coartada de los recortes o la ruina, utilizada por el establishment conservador para imponer un modelo que liquida el pacto social con las clases medias y deja a los ciudadanos más vulnerables frente a las patas de los caballos. Si, como ha dicho el profesor Henry Kissinger, “la demonización de Vladimir Putin no es una política, es una coartada a falta de una política”, la austeridad sin contrapartidas oxigenantes es también una coartada a falta de una política capaz de diseñar un futuro creíble y capaz de generar complicidades.

Hay, en cambio, una obcecación destemplada en la derecha europea cuando, por boca del candidato del PPE a presidir la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, insiste en la necesidad de dar continuidad a las políticas que devastan la Europa social y en la conveniencia aún mayor de perseverar en la austeridad. Como si no existiera otra forma de desenredar la madeja; como si las advertencias y los análisis con otra orientación no fueran más que digresiones académicas para discutir en un seminario de verano. “El éxito económico no asegura la paz, pero el fracaso económico y la desintegración casi garantizan el conflicto. Les corresponde a los líderes de las principales naciones resolver cómo lograr un crecimiento económico más rápido y sostenido”, afirma Lawrence Summers, exsecretario del Tesoro de Estados Unidos, en un artículo publicado en El País. No parece que sus opiniones tengan muchos adeptos en Europa a juzgar por la contumacia en aceptar un crecimiento raquítico y un paro catastrófico.

Lo peor del caso es que los socialdemócratas, principales adversarios del PPE, parecen fundamentalmente resignados a pasar por las horcas caudinas a pesar de contar con un candidato a presidir la Comisión, Martin Shulz, casi siempre brillante y con un acendrado espíritu crítico. Esa es al menos la sensación que transmiten a un electorado cansado de generalizaciones y que no encuentra en ellos el impulso renovador, de humanización de Europa, invocado por Valenciano. Se trata de un estado de ánimo de alcance europeo, no solo español, que parte de una convicción que nadie ha sido capaz de demostrar que no se ajusta a la realidad: existen unas reglas del juego económico, unos apriorismos financieros, que nadie modificará sea cual sea la futura mayoría parlamentaria.

Se da así un problema de credibilidad en el conjunto de la UE, que estos días es especialmente visible en Francia. “Austerófilos en Francia (pero chitón, no es preciso pronunciar la palabra, es tabú), austerófobos en Europa, he aquí la gran diferencia a la que deben entregarse los socialistas”, escribe Roland Greuzat en Le Nouvel Observateur, el gran semanario de la izquierda europea, muy crítico con el programa puesto en marcha por el socialista Manuel Valls. ¿Quién puede imaginar que el mismo partido que se ha entregado a la poda presupuestaria en París, urgido por Alemania y allegados, exigirá programas expansivos en Bruselas junto con los otros partidos socialdemócratas? Si eso hace, entrará en flagrante contradicción consigo mismo, salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que unas mismas siglas pueden defender a la vez dos programas diferentes e incompatibles, y aun aplicarlos.

Como el propio Summers ha escrito para reclamar un compromiso a las grandes potencias destinado a defender el orden internacional, estas “nunca pueden ir de farol”. “Cuando lo hacen –ha subrayado–, cuando sus intenciones son inciertas, se las somete a examen. Cuando se las somete a examen, surgen las preguntas, y la posibilidad de conflicto aumenta”. Puede aplicarse esta regla a los partidos que utilizan dos varas de medir, dos barajas o eslóganes diferentes según sea la obra que representan.

Si las votaciones habidas en el Parlamento Europeo durante la última legislatura sirven de orientación, resulta que el grupo socialista disiente del popular solo en el 30% de lo hecho, un porcentaje muy pequeño a poco que se piense en algunos de los momentos vividos durante los últimos cinco años: rescates, primas de riesgo estratosféricas, destrucción acelerada de empleo, osadía de los defraudadores fiscales a pesar de todo, presión migratoria, debilidad exterior y varios etcéteras para que los rellene cada lector a su gusto. Pareciera que la Europa esotérica, de los pactos entre bambalinas y los intereses creados desde siempre, se impone a la exotérica, la de las declaraciones en los debates y los grandes principios del humanismo que inspiraron a los padres fundadores, pero que inquietan bastante poco a sus nietos.

Mientras el economista francés Thomas Piketty ha abierto un gran debate intelectual y político con su libro El capital en el siglo XXI, donde desarrolla la idea de que las fuerzas dominantes del capitalismo causan desigualdad e inestabilidad, y no pocas mentes brillantes se han sumado a la discusión, en la Europa política se desaprovecha una campaña crucial para abrir el melón de la asimetría en la distribución de ingresos y rentas, meollo de los problemas de la Unión Europea. Uno de los lectores de Piketty más crítico con su obra, Robert J. Schiller, nobel de Economía el año pasado, le reconoce el mérito de haber dado un grito de alarma convincente en cuanto a los riesgos que entraña la generalización de la desigualdad. Y otros seguidores de Piketty se preguntan si puede Europa ser una gran potencia sin enfocar la salida de la crisis de forma diferente a como lo ha hecho hasta ahora, el ahondamiento en una economía dual, con un norte rico y un sur relativamente pobre, sometido a la lógica y las necesidades del norte.

No hay forma de que se oiga hablar de esto en la campaña en curso salvo en aquellas candidaturas que de antemano saben que su peso en el Parlamento Europeo será pequeño. Y, sin embargo, es esta la base de cualquier proyecto que permita a Europa tener un rostro humano. La vaguedad argumentativa, por el contrario, no compromete a nada, convierte los debates en un pimpampum de barraca de feria y aleja a los ciudadanos de las urnas o los tienta a ir con sus penas a candidaturas que fían su éxito en el empeoramiento de Europa. He aquí otro riesgo, como lo describe Ian Buruma: “El atractivo del populismo es su afirmación de que bastaría con que pudiéramos ser otra vez dueños de nuestros propios países para que mejorara sin lugar a dudas la situación”. Se trata de una falacia, pero gana adeptos todos los días.

Crisis de identidad europea

Las elecciones europeas del día 25 pueden agravar la crisis de identidad de la UE si, como se prevé, la participación es muy baja y las candidaturas euroescépticas y las de extrema derecha logran visibilidad política y minutos en la tribuna de oradores del Parlamento Europeo. Una encuesta difundida por Pollwatch, una web que computa los sondeos a escala nacional para elaborar un pronóstico de cuál puede ser la composición del nuevo Europarlamento, no deja lugar a dudas en cuanto a la igualdad entre socialdemócratas y centristas (208 a 217), que impide aventurar un vencedor, y da por hecho que la suma de eurófobos, euroescépticos y la alianza de siete partidos de extrema derecha, que oscilan entre el nacionalismo a gritos, la xenofobia y la ideología neonazi, superará seguramente los 70 diputados, suficientes para acentuar la desorientación de no pocos europeístas. La nacionalización de las campañas facilita las cosas a los agitadores que se oponen a la idea de una Europa con identidad política. Les basta con descargar en la interferencia, la incompetencia o la tutela de UE el origen de los males de la nación en crisis, sin necesidad de comprometerse con programas y datos concretos; les basta con exigir la vuelta a los orígenes, el regreso al Estado-nación con todos los resortes de la soberanía a su alcance. Les es suficiente una simple remisión de los problemas presentes a la incapacidad de los dirigentes europeos para reconocer que han estado lejos de acertar en muchas de sus decisiones. Como ha manifestado un funcionario de la UE, “no hay ningún mea culpa en las instancias dirigentes”, y eso facilita las cosas a sus adversarios.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

El profesor Christoph Meyer, del King’s College de Londres, al analizar las expectativas electorales del United Kingdom Independence Party (UKIP), eurófobo, se refiere a la nacionalización de las campañas promovida por los grandes partidos para explicar el ascenso de los candidatos que aspiran a deseuropeizar la política. A pesar de que, más que en ninguna otra ocasión desde 1979, las próximas elecciones tienen una gran importancia política e institucional porque el nuevo Parlamento será el encargado de elegir al presidente de la Comisión de entre los candidatos que compiten, los partidos depositarios del statu quo político europeo han diseñado campañas cuya referencia son los problemas específicos de cada Estado. De tal manera que su proyecto europeo, de existir, queda oculto detrás de la charcutería política del día a día, del corto plazo y de la supervivencia de los estados mayores de los partidos y de los gobiernos. Es así como Europa se difumina y la única crítica acerca de ella es una crítica destructiva, sin alternativas, que muy a menudo toma prestados argumentos que manejan con sentido bien diferente los europeístas decepcionados con la marcha de la UE. “Con los líderes europeos que tenemos hoy, divididos, lentos y nada estimulantes, no me hago ninguna ilusión de que vayamos a poder detener la cascada [de los candidatos antieuropeístas]”, admite Timothy Garton Ash, un europeísta decepcionado con la marcha de los asuntos europeos. “Los partidos antieuropeos nacionalistas y xenófobos seducen a electores descorazonados por una Europa que estiman incapaz de protegerlos”, han escrito en el diario progresista francés Le Monde los analistas Claire Gatimois y Alain Salles. En esa desazón, en ese desánimo provocado por el comportamiento de los gobernantes europeos, subyace la sensación de que el pacto social de la posguerra –si se quiere, la preocupación social compartida con intensidad variable por socialdemócratas y democristianos– ha caído en el olvido a raíz o a causa de la globalización de la economía financiera. La austeridad se ha convertido en el estribillo machacón de los gestores de Europa de forma similar a como los predicadores de antaño prometían el paraíso en la otra vida a cambio de pasarlas canutas en esta. Cuando es posible que un partido político afirme sin mayor empacho –para el caso, el PP español– que España sale de la crisis, pero la Encuesta de Población Activa fija la tasa de paro en el 25,9%, cobra visos de realidad la impresión que tienen muchos de que han sido abandonados a su suerte, y las exigencias de las instituciones europeas, guiadas por las exigencias del modelo macroeconómico, tienen bastante de castigo inhumano, de cura de adelgazamiento que,a partir del propósito inicial de combatir la obesidad, provoca una anemia perniciosa. ¿A quién puede extrañar, entonces, que en siete países –Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Holanda, Hungría, Italia y Reino Unido– tenga la extrema derecha posibilidades ciertas de ganar las elecciones europeas o quedar en segundo lugar? La alianza cerrada hace un par de meses por Marine Le Pen (Frente Nacional, Francia) y Geert Wilders (Partido por la Libertad, Holanda) ha atraído a otras formaciones nacionalistas radicales y xenófobas, dispuestas a explotar los sentimientos políticos más primarios de segmentos sociales hartos de esperar una bonanza que nunca llega. Lo sorprendente no es esto, sino que los amortiguadores sociales que han sobrevivido a la poda del Estado del bienestar y la solidaridad familiar hayan evitado una extensión del fenómeno a otros países europeos, especialmente a España, donde la composición social del electorado del PP –con una facción muy conservadora, poco europeísta y muy influyente– quizá haya sido determinante para evitar la eclosión del huevo de la serpiente. Aun así, si se concreta en las urnas un ascenso de la extrema derecha como el que se pronostica, habrá que concluir, como hace Le Monde, que se tratará de “una honda de choque comparable a la provocada por la presencia de Jean-Marie Le Pen, dirigente entonces del Frente Nacional, en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa del 2002”. Entonces, la alarma de los demócratas sumó votos para apoyar la reelección de Jacques Chirac, pero el coste fue altísimo: la batalla de las ideas, esencia de los sistemas deliberativos, se diluyó en las urgencias del momento. Hoy, un Parlamento Europeo colonizado por varias decenas de diputados antieuropeos puede inducir a los grandes partidos a cerrar filas –la gran coalición– a costa de renunciar al debate de los programas, de las propuestas de futuro que determinarán qué Europa nos espera, a quiénés beneficiará y quiénes deberán esperar por tiempo indefinido a ser rescatados del marasmo de la crisis. La esperanza de Garton Ash de que “quizá el éxito de esos partidos [la extrema derecha] movilice por fin a una generación de europeístas más jóvenes y les anime a defender unos logros que ahora dan por descontados”, diseña un futuro estimulante, pero ese quizá al principio de la frase justifica abrigar todo tipo de dudas. El distanciamiento de los europeos de las instituciones de la UE, recogido en las encuestas, es suficientemente expresivo como para temer que tenga reflejo en las urnas: con una alta abstención, signo inequívoco de que millones de ciudadanos entenderán el 25 de mayo que importa poco quien encabece a partir de entonces el Gobierno europeo; con el ascenso del tutti frutti antieuropeo, porque hay una corriente de opinión de fondo que favorece el voto contra la idea misma de la unidad europea. “Europa ha de ser fundamental”, dijo hace poco Javier Solana en un coloquio organizado por Esade, pero cada día son más los que lo ponen en duda, mientras que cada día son menos los que confían en que Europa sea capaz de ser “una especie de laboratorio de lo que pudiera ser un sistema de Gobierno mundial”, en frase del mismo conferenciante. Es cierto, como asegura Herman Van Rompuy, que el populismo antieuropeo no nació con la crisis del euro, derivada de la crisis económica general, pero fue esa crisis, inmersos en la cual aún vivimos sin que nadie sepa cuál es su fecha de vencimiento, el resorte principal que ha acelerado la crisis de identidad y ha suministrado argumentos a los propagandistas del nacionalismo destemplado. Nada es nuevo del todo en ese decorado, pero nunca antes unas elecciones europeas se celebraron en un momento menos propicio para la reflexión y más viciado por la incertidumbre social. Porque solo admitiendo que el clima de inseguridad social se ha adueñado de Europa es posible entender cómo los sondeos otorgan la victoria al Frente Nacional en Francia, el segundo lugar al UKIP en el Reino Unido y el mismo resultado al Movimiento 5 Estrellas en Italia, por citar los pronósticos en tres de los grandes estados y de las grandes economías de la UE. Hablar, en suma, de crisis de identidad en la empresa europea hacia la unidad no es solo una frase: responde a una realidad precisa con efectos potencialmente muy lesivos para el futuro, porque el funcionamiento institucional de Europa será extremadamente débil si, al mismo tiempo, una parte significativa de los europeos no desean ser cómplices, sino que, antes al contrario, prefieren ser reconocidos como contrarios al proyecto político llamado Europa.

La Corona, en la rampa del juzgado

Todas las monarquías tuvieron, tienen y tendrán en el futuro sus annus horribilis, según expresión rescatada del olvido por Isabel II, soberana del Reino Unido. Es el signo de los tiempos y de una modalidad de Estado que ha dejado de serlo por designio divino y que, se mire por donde se mire, tiene todas las trazas de constituir un anacronismo histórico, aunque en varios países goza de una envidiable buena salud. Es el signo de los tiempos porque los días de las testas coronadas que vivían a años luz de sus súbditos se extinguieron con todas las revoluciones –la industrial, la tecnológica, la social, la de los medios de comunicación, la de la aldea global y otras muchas– que han cambiado a Occidente y han rasgado la cortina detrás de la cual se ocultaban las flaquezas de las familias reales, así fueran de alcoba, de dineros o de cualquier otra naturaleza, siempre imposible de confesar. Repásese la muy restringida lista de familias entronizadas y se dará en ella con triángulos imposibles difundidos con desenfado por el papel cuché –Diana-Carlos-Camila, por ejemplo–, comisionistas con el título de príncipe –Bernardo de Holanda–, reyes sin asomo de respeto hacia el prójimo –Leopoldo I de Bélgica–, y así hasta nuestros días.

José Ortega y Gasset, autor del artículo ‘El error Berenguer’, publicado el 15 de noviembre de 1930 en el diario ‘El Sol’ de Madrid, que contiene la frase “delenda est monarchia”.

Desde el “delenda est monarchia” de José Ortega y Gasset en el diario El Sol (15 de noviembre de 1930) al paso de la infanta Cristina por un juzgado de Palma de Mallorca (8 de febrero del 2014) han transcurrido casi 84 años en los que la Monarquía española ha pasado del tormento del exilio de Alfonso XIII y su descendencia al éxtasis de la restauración, del juancarlismo desbordado que siguió al 23-F al martirio del caso Urdangarin-Nóos, según diagnóstico emitido por Rafael Spottorno, jefe de la Casa Real. Eso también forma parte del signo de los tiempos. Como ha explicado en EL PERIÓDICO el catedrático Javier Perez Royo, “en el Estado, la familia carece de relevancia constitucional” salvo que se trate de la familia real, porque en su seno funciona el mecanismo sucesorio que inviste a uno de sus miembros con la jefatura del Estado. No por derecho divino, claro está, sino de acuerdo con la decisión adoptada en su día por quienes redactaron la Constitución, aprobada por las Cortes y directamente por el pueblo español mediante referendo posterior.

Quiere decirse que la familia real posee un carácter singular que sí tiene relevancia constitucional, y la legitimación del papel desempeñado por esta familia depende directamente de su comportamiento público y privado. Y ahí se entra en el meollo del asunto: la legitimación está íntimamente relacionada con la probidad con la que el Rey y su familiares directos desempeñan las funciones que tienen asignadas; tiene que ver con la neutralidad política, con el cumplimiento de sus obligaciones cívicas y con la discreción de sus apariciones públicas y en los quehaceres privados de los que se tiene noticia. En una comunidad angustiada por los efectos de la crisis económica, la opinión pública acoge peor los manejos económicos a oscuras que la profusión de pamelas en una fiesta o las sesiones de bronceado en la cubierta de un yate. Esto último deriva de una cierta tradición mundana que la sociedad –al menos, una parte de ella– es capaz de metabolizar; los líos con Hacienda llegan directamente al alma y los bolsillos de contribuyentes exhaustos.

Alfonso XIII, segunda figura a la izquierda, detrás del coche, parte al exilio desde Cartagena.

Así están las cosas, y mientras tanto las encuestas presentan la institución en caída libre y sin que haya forma humana de desvanecer las dudas sobre qué curso seguirán los acontecimientos en el futuro si el caso Urdangarin-Nóos no lleva a la infanta Cristina a renunciar a sus derechos como integrante de la familia real para defenderse como cualquier otro ciudadano, de acuerdo con el argumento jurídico expuesto por Pérez Royo en el artículo citado antes. “La Monarquía se somete a un plebiscito popular diario de aprobación”, afirma el constitucionalista Fernando Rey, y la situación de la infanta interfiere en el mecanismo de aprobación, por no decir que lo hace imposible. La imputación de Cristina de Borbón lastra el cometido simbólico de un Rey físicamente debilitado y que tiene que superar, además, las nefastas consecuencias de sus propios errores.

Esa rampa que desciende desde la calle a la puerta del juzgado donde José Castro cita a los imputados para interrogarlos es una metáfora del momento; ese perfil de caída se asemeja mucho al que dibujan los sondeos. Ha dejado de tener vigencia el mecanismo de protección a toda costa que rodeó a la Casa Real durante por lo menos treinta años, con el Rey y su entorno librados de críticas mayores. Y la rueda de la historia ha girado de esta forma porque la maduración democrática de los hábitos sociales y la dimensión de los problemas han hecho imposible que se mantuviese el pacto de caballeros –¿de silencio?– que todo lo cubría bajo un manto de campechanía no siempre bien entendida. En los regímenes de opinión pública, los tratos de privilegio tienen siempre fecha de caducidad.

El príncipe Bernardo de Holanda, esposo de la reina Juliana, se vio envuelto en varios escándalos, entre otros del cobro en 1974 de una comisión de 1,1 millones de dólares de la compañía aeronáutica Lockheed.

¿Puede una institución meramente simbólica, según fija la Constitución, cumplir con sus funciones en esta situación? La pregunta entronca con la afirmación contenida en el artículo publicado por Fernando Rey en El País el 26 de abril del año pasado: “Ahora bien, esta impronta simbólica de la Monarquía la hace, al mismo tiempo, extraordinariamente vulnerable. El secreto de su éxito es su potencial punto débil. La Monarquía se alimenta de la confianza ciudadana de un modo más acuciante que el resto de instituciones porque los titulares de estas pueden ser cesados, sancionados o no reelegidos, pero el Rey no”. El juancarlismo era, en cierta medida, la concreción social de la confianza ciudadana, pero aquel mecanismo de apoyo o complicidad con la persona ha decaído y, para sustituirlo, no ha surgido ningún otro ismo coronado o en condiciones de poder serlo, sino más bien el cansancio colectivo enmarcado por la desconfianza hacia las instituciones y la política, los casos de corrupción sin desenlace y el desgaste del entramado surgido de la transición. Tan urgente resulta revisar la Constitución de 1978 para poner al día el modelo territorial, por más que el PP diga lo contrario, como actualizar el funcionamiento de la Corona si la meta es conseguir para ella una larga, venturosa y confortable vida. Dejar las cosas tal cual están sería tanto como olvidar la proclama que William Shakespeare puso en boca del rey Lear: “Armado está el arco y tendida la cuerda; evitad la flecha”.