El ‘caso Villar’, otro síntoma

La lógica de las finanzas globales se adueñó del deporte de élite hace mucho tiempo. El caso de Ángel María Villar, su hijo Gorka, un vicepresidente de la Federación Española de Fútbol y un ejecutivo de la federación canaria se enmarca en esa nuevo ámbito de actividad, o quizá no tan nuevo, en el que los asientos contables van por un lado y la realidad marcha por otro. Las cifras mareantes del deporte profesional, manejadas por gestores sometidos a controles poco contundentes, cuando los hay, hace posible que cada día sean más las áreas ensombrecidas por comisiones, contratos, prácticas dudosas y coleccionistas de estrellas dispuestos a destinar una ínfima parte de sus ingentes patrimonios para darse caprichos que rara vez no son de ocho cifras.
A todo esto, la televisión de pago ha abierto un nuevo frente en el que las federaciones, los clubes, los intermediarios, los organizadores de eventos y una legión de ejecutantes disponen de una fuente espectacular de ingresos. Por no hablar de los contratos de imagen de las grandes estrellas, con manifiesta propensión a cobijar sus cuentas corrientes en paraísos fiscales. Nada de lo desvelado estos días en el caso Villar escapa a este marco de referencia que envenena el espectáculo con dosis cada vez mayores de sospecha, de que algo profundamente insano mina el deporte de masas.
Después de los escándalos de la FIFA y de la UEFA, de la sorprendente elección de Catar para albergar el Mundial de Fútbol de 2022, del procesamiento de Sandro Rosell, del rompecabezas del fichaje de Neymar y de otros casos menores, pero no menos sintomáticos, el abrupto final del ciclo Villar –29 años en la presidencia– no hace más que subrayar la existencia de una trama de intereses, amiguismo y probables complicidades familiares que escapa a todo control hasta que un día interviene un juez. El economista José María Gay de Liébana insiste en cuanto tiene ocasión en la mala gestión económica de los clubs de fútbol españoles que disputan las ligas de Primera y de Segunda, la mayoría de ellos sociedades anónimas en situación delicada o en manos de empresarios geográficamente muy alejados de las pasiones que desata la competición. Y muchas de las cosas que suceden todos los días en los despachos tienen la apariencia de juegos de manos que se empeñan en dar la razón a Gay de Liébana.
Cuando aparece el propietario de un club dispuesto a pagar 80 millones de euros por Álvaro Morata, suplemente en el Real Madrid y en la selección española, no es que se distorsione el mercado, es que se esfuma en manos de un millonario ruso para quien desprenderse de tal cantidad no plantea mayores problemas, según se desprende de la cuantiosa operación. Cuando Cristiano Ronaldo se siente profundamente ofendido por habérsele reclamado el cumplimiento de sus obligaciones fiscales en el país en el que se ha hecho millonario, es mayúscula la sorpresa para el resto de contribuyentes, modestos o no, que se personan todos los años en la ventanilla de Hacienda. Cuando por una localidad en la final de la última Champions se paga algún millar de euros, el disparate se consuma y todas las sospechas están fundamentadas. Cuando unos pocos futbolistas valen lo mismo para enardecer a multitudes que para anunciar cualquier cosa a cambio de contratos de imagen astronómicos, lo menos que puede decirse es que el río se ha salido de madre y lo de Villar y asociados está en consonancia con la incontrolada circulación de dinero que encubre un deporte cuya belleza e importancia social están sobradamente probadas.
“Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde se espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”, escribió el nobel Albert Camus, un apasionado del deporte, en el artículo Lo que le debo al fútbol. Pier Paolo Pasolini vio en el fútbol un sistema de signos, un lenguaje, un mecanismo de comunicación. Manuel Vázquez Montalbán, entre la política y la ironía, describió el Barça como “el ejército desarmado de Catalunya”. Y Eduardo Galeano colgaba un letrerito a la puerta de su casa, “Cerrado por fútbol”, en cuanto empezaba un Mundial. Hoy muchos domicilios cierran por fútbol con frecuencia, pero el fútbol como valiosa herramienta de socialización corre riesgos ciertos de mutar en algo ajeno al deporte o disfrazado de deporte.
A decir verdad, la desnaturalización o falseamiento o adulteración del deporte, siquiera sea financiera, no es solo un peligro para el fútbol. En torno a otras especialidades o acontecimientos –el boxeo, el baloncesto y el fútbol americano en Estados Unidos, los Juegos Olímpicos, un espectáculo multideportivo de alcance universal– los desafíos no son menores. Hace unas fechas, Juan Antonio Samaranch Salisachs, vicepresidente del COI, explicó la procedencia de los ingresos de la organización y el destino de los mismos: todo perfectamente comprensible, pero evidentemente complicado por una red capilar de supervisión inevitablemente intrincada que se extiende por medios sociales, políticos y culturales muy diferentes, con un muy desigual sentido del rigor y la utilidad pública. Otras veces, por algún motivo especial, entidades gestores del deporte a gran escala han hecho lo mismo que Samaranch, pero siempre ha quedado en el aire la sombra de la duda sobre hasta qué punto lo que figura en los papeles se corresponde con la verdad o, por el contrario, siempre hay resquicios para que circule el dinero extraoficial, poco o mucho, al apagarse los focos.
¿Es posible afirmar que hay demasiado dinero en juego para que todo sea transparente y cristalino? ¿El deporte que moviliza multitudes solo puede funcionar con algún sistema paralelo de ganancias y prebendas? Volvamos a Camus: “Después de muchos años en los que el mundo me ha procurado variadas experiencias, lo que más sé a la larga acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol. Lo que aprendí con el RUA –su club–, no puede morir. Preservémoslo. Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También os vigilará a vosotros”. Sería reconfortante que el párrafo siguiera teniendo sentido.

Banderas en campaña

Solo la creencia de que prohibir la exhibición de estelades durante la final de la Copa del Rey llenaría de votos el zurrón del PP el 26-J explica el despropósito de Concepción Dancausa, delegada del Gobierno en Madrid, de promover tal medida. Las referencias a la ley del deporte del 2007, a la ley contra la violencia, el racismo y la xenofobia y al riesgo de que se vea alterada la seguridad durante la celebración del partido abundan en el disparate y causan estupor porque no son más que cortinas de humo para encubrir el sectarismo de una decisión descabellada. Es innecesario ser independentista para llegar a la conclusión de que la iniciativa de Dancausa establece un límite arbitrario a la libertad de expresión que ningún antecedente justifica: la estelada es, sin duda, la bandera de una facción política, pero hasta la fecha no ha sido sinónimo o coartada para recurrir a la violencia.

La sensata decisión del juez de Madrid Jesús Torres Martínez de invalidar la prohibición debiera sonrojar a quienes la defendieron, de Jesús Tebas, presidente de la Liga de Fútbol Profesional, al orfeón gubernamental. Que a estas alturas de la historia alguien quiera sostener en España que el fútbol es solo fútbol y nada más que fútbol, resulta francamente pintoresco: en un espectáculo deportivo que comporta la interpretación de himnos, flamear de banderas y presencia abundantísima de autoridades en el palco, incluida la del jefe del Estado, pretender que la política no debe estar presente es una distorsión de la realidad que atenta contra la fuerza de los hechos. Si estos fueran otros, no aparecería la bandera española en el Bernabéu y otros campos (los que la enarbolan están en su perfectísimo derecho), y Manuel Vázquez Montalbán nunca hubiese dicho del Barça que es “el ejército de un país desarmado” (¡viva la ironía!).

En todos los nacionalismos, y el español no es una excepción, hay un fondo de fundamentalismo excluyente, y el conflicto asociado a la final no es diferente a otros muchos episodios que responden a una gran simplificación: nosotros y ellos. En el bien entendido de que tal simplificación lleva sin remedio a alguna forma de confrontación irresoluble. Si, además, hay una cita electoral a la vista y prevalece la suposición de que cuanto peor, mejor, entonces la prohibición de Dancausa se inscribe en una estrategia de propaganda y agitación encaminada a presentar al PP como el guardián de las esencias frente a otras opciones debilitadas por la propensión a la conllevancia orteguiana; menos patrióticas dirían los puristas partidarios de envolverse en la bandera.

Claro que luego sucede que entre los compañeros de partido de la promotora de la medida que tumbó el juez surgen no solo las dudas, sino la incomodidad evidente de verse obligados a defender lo indefendible y, por este camino, arrojar piedras contra su propio tejado. Así los dirigentes catalanes del PP de Ciudadanos, nada sospechosos de promover la independencia, pero tan desasistidos por el núcleo duro de los populares. En fin, basta aceptar que dos y dos son siempre cuatro en base diez, como enseñan en la escuela, para llegar a la conclusión de que no hay mejor manera de inyectar dosis extra de entusiasmo a la brega independentista y, quizá, de producir militantes para la causa de nuevo cuño que dar la vara durante unas horas con la prohibición de la estelada en el estadio Vicente Calderón.

Que desde entornos académicos tan diferentes como los de los profesores Francesc Valls, de la Universitat Autònoma de Barcelona, y Javier García Roca, de la Universidad Complutense de Madrid, se llegue a conclusiones coincidentes debiera preocupar a los rigoristas del Gobierno que tantas veces confunden la ley con un texto revelado y ven en toda discrepancia una afrenta. Dice García Roca: “La estelada es un símbolo de independencia, no de violencia. No es, por ejemplo, una cruz gamada nazi. No tiene nada que ver”. Y tal afirmación es tan meridianamente exacta que resulta agotador tener que repetirla ad nauseam, de la misma manera que lo es tener que recordar que el Tribunal Constitucional estableció en 1982 que la libertad de expresión es uno de los fundamentos de la sociedad democrática incluso cuando contiene opiniones que “pueden inquietar al Estado”.

¿Cómo es posible que antes de la resolución del juez Torres Martínez nadie en los despachos del Gobierno cayese en la misma cuenta que quien ha atendido los recursos presentados? Se dice en el texto salido del juzgado que la prohibición impide manifestar de forma pacífica una ideología política “sin que concurran razones y motivos con la entidad suficiente para poder restringir el uso de un derecho fundamental”. Es preocupante que sea preciso tal recordatorio, porque ese derecho fundamental, la libertad de expresión, es indisociable de la calidad de una democracia, resulte de ello algo que pueda “inquietar al Estado” o a quienes lo administran, o genere el ejercicio de tal libertad una atmósfera favorable a los gobernantes. Y es asimismo preocupante el apoyo dado por la fiscalía a la prohibición dictada por Dancausa en nombre de hipotéticos “perjuicios graves a intereses de terceros”, sin que se especifique si esos terceros son los seguidores del Sevilla (no parece), parte de los espectadores que verán el partido por televisión o quienes siguen creyendo que la calle no es de todos y los estadios, tampoco.

Resulta incomprensible que la misma semana que la deuda del Estado supera el valor del PIB, que la Unión Europea considera imponer a España una multa de 2.000 millones por incumplir el déficit –en realidad, se la impondría a los españoles, que sin comerlo ni beberlo sufrirían las consecuencias–, que la Púnica se asemeja a una hidra de siete cabezas y que el incendio de Seseña deja al descubierto la ineficacia de varias administraciones, pueda alguien perder el tiempo con una guerra de banderas. Como si la política de las emociones, si es que de eso de trata, hubiese de ser la piedra sillar sobre la que se asentará la campaña electoral; como si esa trifulca tuviese por objetivo o misión desviar el foco de asuntos menos triviales, más urgentes, más trascendentes, pero también de más difícil y costosa gestión. ¡Ay, las banderas!

 

Hedor insoportable en la FIFA

Es imposible aventurar las dimensiones que finalmente tendrá el escándalo que zarandea a la FIFA desde que varios de sus directivos fueron detenidos en un hotel de Zúrich a raíz de una investigación iniciada por el FBI y desvelada por The New York Times. Después de la dimisión de Joseph Blatter solo cuatro días más tarde de ser reelegido presidente de la organización, es de temer que la carcoma ha llegado hasta la médula ósea del fútbol y el hedor es más insoportable a cada día que pasa. Nadie desconoce que la FIFA es un gran negocio privado, privadísimo cabe decir, que forma parte de las finanzas globales; solo los incautos o los ingenuos pueden sostener que la FIFA no forma parte de la política, no se atiene a criterios políticos; solo los niños pueden creer que un Mundial va a Rusia y otro a Catar por razones objetivas: mejor proyecto, gasto contenido, clima idóneo, etcétera. En suma, casi todo el mundo admite que detrás de la puerta de la FIFA se esconde un misterio envuelto en un enigma cuya única y mejor explicación se encuentra en las cuentas corrientes de algunos –¿muchos, pocos, bastantes?– de sus dirigentes.

Nada es transparente en la FIFA: ni el criterio de adjudicación del Mundial cuatrienal, ni la política de sanciones, ni las preferencias electorales de sus integrantes para prolongar el mandato de los presidentes, ni los contratos publicitarios, ni la negociación de los derechos de televisión ni nada que huela a dólar, euro, franco suizo o cualquier otra divisa fuerte. Todo resulta rematadamente sospechoso cuando una entidad impide a sus miembros recurrir a los tribunales ordinarios bajo amenaza de sanción. Lo realmente sorprendente es que el pastel haya tardado tanto en ocupar las portadas desde que Joao Havelange –mediados de los años 70– estableció un vínculo indisoluble entre fútbol y negocio (en realidad, hizo del fútbol, de la FIFA, un gran negocio a escala mundial); un negocio sin inquietudes éticas, gestionado en la más absoluta y categórica oscuridad, insensible ante la situación interna de países que han acogido mundiales con las cárceles llenas de perseguidos políticos (Argentina 78) o que los acogerán  (Rusia y Catar) a pesar de las dudas más que fundamentadas que despiertan sus gobernantes. El negocio es el negocio y lo demás poco importa.

A raíz de la sanción impuesta a Luis Suárez por el mordisco a Giorgio Chiellini, Ramón Besa escribió en El País: “El máximo organismo futbolístico ha perdido cualquier autoridad moral desde que no sanciona la corrupción de sus miembros y ejemplariza sin criterio los castigos a los jugadores”. Pudiera parecer a alguien exagerado el juicio del periodista, pero otros muchos pensaban como él: así el escritor Eduardo Galeano, que antes del Mundial de Brasil declaró al periódico O Estado de Sao Paulo: “Hay dictaduras visibles e invisibles. La estructura de poder del fútbol en el mundo es monárquica. Es la monarquía más secreta del mundo: nadie sabe de los secretos de la FIFA, cerrados bajo siete llaves. Los dirigentes viven en un castillo muy bien resguardado”. Así consideran muchos una desmesura la reserva media de mil millones de dólares que maneja la FIFA para que no se detenga la máquina.

En todo ello hay algo enfermizo, nocivo, malsano. Cuando un periódico liberal como The Guardian considera a Blatter el “dictador de más éxito”, poco puede añadirse. Aun admitiendo la posibilidad de que el autor del texto lastre su opinión con el disgusto por la concesión del Mundial del 2018 a Rusia y no a Inglaterra, 17 años de presidencia de Blatter y decenios en los pasillos de la FIFA es demasiado tiempo para no temer lo peor. Incluso admitiendo que el celo investigador del FBI no es absolutamente desinteresado, y que el deseo de perjudicar a Rusia forma parte de las pesquisas, esos 10 millones de dólares en sobornos son una razón más que suficiente para que se multipliquen las exigencias de que la FIFA ventile el local y dé cuenta de sus cuentas. Mientras no se regenere la institución de pies a cabeza, irán en aumento la desconfianza y la atmósfera estará cada vez más viciada.

El profesor Mauricio Santoro, de la Universidad de Río de Janeiro, ha recordado en un artículo la opinión vertida hace unos años por el expresidente costarricense Óscar Arias: “El fútbol no trata de la guerra y la paz. Es algo mucho más importante”. Ese algo más es la movilización de fuerzas políticas y económicas a través de un deporte que apasiona a cientos de millones de personas, y que ha dejado de ser, como dijo Galeano en su día, “la más importante de las cosas poco importantes” para transformarse en una de las cosas más importantes entre las importantes. Al mismo tiempo que los futbolistas y los aficionados mantienen encendida la llama de las grandes pasiones, Montoro se ocupa de recordar que comprar un club de fútbol o dirigir una federación nacional “es un pasaporte a la política que proporciona una enorme visibilidad” (véanse los casos de Silvio Berlusconi y Mauricio Macri, entre otros, o el palco del Bernabéu sin ir más lejos). Eso es lo que importa a los ideólogos de la FIFA.

Sería extraordinario que todo en el fútbol se redujera a las emociones en la despedida de Xavi, al baile de entrenadores, a la desmesura en los fichajes y a la pitada de la final de Copa, pero ese escándalo inaudito coloca al fútbol de élite entre los negocios de dudosa estirpe, aquellos que hace falta limpiar a conciencia para que siga el espectáculo sin que nadie tenga mala conciencia. El fútbol ha adquirido tales dimensiones que precisa gestores profesionales –no Diego Armando Maradona, ocurrencia de Nicolás Maduro; no lo quieran los idus de todos los meses del año–, pero también transparentes, que expliquen de dónde viene el dinero, a cuánto asciende, en qué se gasta, para qué se guarda y dónde se guarda. Es algo indispensable, acuciante, inaplazable.

No hacerlo es dar pie a la sospecha, es dejar que vuele la imaginación en busca de explicaciones al comportamiento errático de Ángel María Villar, presidente de la Federación Española de Fútbol, que en pleno escándalo votó la reelección de Blatter. Dejar sin sancionar los partidos amañados, la elección forzada de sedes, los maletines de aquí para allá, no hará más que alimentar la creencia de que la FIFA es una organización dirigida por sospechosos habituales. De la misma manera que mantener según qué castigos –la prohibición al Barça de fichar hasta el 1 de enero del 2016, por ejemplo–, incluso en el supuesto de que obedezcan a razones objetivas y defendibles, quizá a chapuzas administrativas de los sancionados que nunca debieron darse, alentarán la creencia de que la FIFA mantiene la fea costumbre de utilizar diferentes varas de medir o se mueve a instancia de parte para perjudicar a unos (a saber quiénes) en beneficio de otros (a saber quiénes).

Esa es la situación. Cuando The New York Times habla de “corrupción institucionalizada” (27 de mayo), describe una paisaje; cuando L’Équipe (28 de mayo) se refiere a “efluvios pestilentes liberados por la máquina que gobierna el fútbol mundial”, describe un estado moral: el desbordamiento de las alcantarillas de la FIFA, según el mismo periódico. Y que el montaje quede al descubierto es un triunfo del fútbol –final de un editorial de The Guardian (2 de junio)– sobre las tinieblas, pero si estas no se desvanecen, si una cortina de humo oculta las miserias ahora apenas intuidas, será un triunfo pírrico que dará pie como mucho a una reforma lampedusiana destinada a limitar la lista de bajas. No sería la primera vez que tal cosa sucediese en un negocio a escala planetaria.

Una empresa llamada FIFA

“El fútbol es la parte predecible de nuestra vida. Esto significa que sabemos dónde veremos la final de la Champions, pero no dónde nos va a llevar el resultado”.

Juan Villoro, escritor

Los brasileños saben que Juan Villoro está en lo cierto sin asomo de duda desde el 7-1 desgarrador de la noche del martes. Un ambiente de depresión nacional, de incertidumbre colectiva, se ha apoderado de la torcida, que es el país entero, y el Gobierno se tienta la ropa ante el temor de que el desaguisado tenga repercusión en las urnas, aliente de nuevo la protesta social y reactive las preguntas que movilizaron a la calle antes de que empezara la fiesta: ¿está justificado el derroche del Mundial cuando las favelas siguen siendo la imagen doliente de un país profundamente dual?, ¿no se pudo organizar la competición con una mayor y más sensata contención del gasto? A los gobernantes de la FIFA, que nunca han tenido que rendir cuentas más que a sí mismos, y aun con reservas, adónde llevará el resultado solo les importa en la medida en que la cuenta de resultados certifique que el negocio funciona a toda máquina.

Antes de que empezara el Mundial, el escritor uruguayo Eduardo Galeano declaró al diario brasileño O Estado de Sao Paulo: “Hay dictaduras visibles e invisibles. La estructura de poder del fútbol en el mundo es monárquica. Es la monarquía más secreta del mundo: nadie sabe de los secretos de la FIFA, cerrados bajo siete llaves. Los dirigentes viven en un castillo muy bien resguardado”. Y otro uruguayo, Ricardo Peirano, editor del diario El Observador, de Montevideo, destemplado por la sanción impuesta a Luis Suárez a causa de su famoso mordisco, ha escrito: “Todo tiene un precio y la FIFA lo sabe bien. Tan bien maneja la FIFA sus recursos que tiene una pequeña reserva financiera en los bancos. Una reserva que asciende a más de 1.000 millones de dólares. Por las dudas”. Sumadas las palabras de Galeano y las de Peirano se llega a las de Ramón Besa en El País: “El máximo organismo futbolístico ha perdido cualquier autoridad moral desde que no sanciona la corrupción de sus miembros y ejemplariza sin criterio los castigos a los jugadores”.

Peirano sostiene que la FIFA  “representa el cinismo por antonomasia”; Blesa habla de la pérdida de autoridad moral. El caso es grave, salvo que alguien siga creyendo que el fútbol es solo un juego. Dejó de serlo hace mucho, cuando se convirtió en un resorte de movilización universal, en un mecanismo transversal de socialización de una eficacia y trascendencia inusitadas, en un universo en expansión al que nada le es ajeno. El fútbol es la política por otros medios, la identidad con otras banderas, el sentido de pertenencia por razones distintas a las heredadas del nacionalismo romántico. De ahí que su compromiso con la ejemplaridad fuera lo menos que cabría esperar de cuantos lo dirigen; su disposición a garantizar la transparencia con una gestión decorosa, ordenada, precisa, regulada y púbica.

Nada de esto forma parte del ADN de la FIFA. Todo funciona en la opacidad más estricta, así sea la adjudicación del Mundial del 2022 a Catar o la intrincada trama de intereses tejida por los grandes patrocinadores. Mientras nadie duda de que llevar la Copa del Mundo a Catar es un despropósito que solo se explica por las irregularidades en la elección y el poder hipnótico de los petrodólares, la FIFA despacha el asunto con cuatro frases hechas que no hacen más que hinchar el globo de la sospecha. Al mismo tiempo que todas las voces sensatas reclaman incorporar al arbitraje tecnologías de última generación para evitar que lo que se ve en la televisión no se pite en el campo, la FIFA prefiere acogerse a normas y formas del siglo XIX cuando el fútbol, entonces sí, era solo un juego. En tiempos en los que cada vez más la opinión pública exige tener conocimiento de cuál es el origen y el destino del dinero, de todo el dinero, la FIFA gestiona un negocio de 4.000 millones de dólares –el Mundial y sus derivados– de cuya administración, fines y distribución se sabe muy poco por no decir nada.

“Las presiones ejercidas por la FIFA sobre el Gobierno brasileño para que adopte leyes antidemocráticas constituye en particular un precedente inquietante. Este intento de origen exterior, en nombre de los patrocinadores de la Copa del Mundo, subraya la amenaza que representan las multinacionales para sociedades civiles de articulación reciente”, señala la escritora estadounidense Naomi Wolf. Se refiere Wolf al intento torticero de poner límites a los derechos de reunión y manifestación durante el Mundial a fin de silenciar o limitar la protesta social. Pero se refiere también a la vergonzosa rectificación de la ley brasileña que prohíbe la venta de bebidas alcohólicas en los estadios con el único fin de que la cerveza Budweiser, patrocinadora del Mundial, pudiera venderse a los espectadores sin restricciones. Alude, en suma, a la intromisión en la soberanía nacional y al relativismo moral en nombre del negocio.

Caben toda clase de interpretaciones cada vez que Joseph Blatter toma la palabra: que lo hace en nombre de la FIFA, de quienes patrocinan sus competiciones, de ambas partes a la vez o, incluso, de otras razones e intereses no conocidos. El deporte de alta competición se ha convertido en un espacio de negocio apenas regulado por las instancias públicas, que atiende a sus propias reglas y a sus propios códigos de conducta. La FIFA expulsa a quienes recurren a los tribunales ordinarios y no reconoce más autoridad en la dilucidación de conflictos que la que se ha dado a sí misma. Eso es bastante más de lo que los colegios profesionales y otras organizaciones entienden por autorregulación y mucho menos de lo que en términos generales se conoce como seguridad jurídica.

¿También aquí es necesaria la seguridad jurídica? La pregunta es pura retórica porque la única respuesta posible es sí. En primer lugar, la precisan los futbolistas, que sostienen el espectáculo. En segundo lugar, la merecen tener los espectadores que financian el artificio de una forma u otra –comprando una entrada o bebiendo una cerveza–, que aspiran a que el juego sea disputado, tenso y limpio. No es mucho pedir. Tampoco es excesivo esperar de los gobiernos la entereza mínima necesaria para poner límites a los organizadores, por más trascendental y rentable que sea la Copa del Mundo, y quizá el equipo de Dilma Rousseff haya desvelado, aunque no por propia voluntad, qué reglas no escritas no deben aceptarse nunca: hay demasiados ciudadanos disgustados por la dispendiosa construcción de estadios y otras infraestructuras como para no prestarles atención.

La lección merece ser tenida en cuenta de aquí al verano del 2016, cuando Río de Janeiro acogerá los Juegos Olímpicos y el COI oficiará como gran administrador del acontecimiento. “En los últimos años, el fútbol ha perdido aquel brillo mágico que debería marcar cada partido”, dice Eduardo Galeano. Y en la declaración se halla implícito el lamento de cuantos, amantes del fútbol y del deporte en general, ven asomar a cada paso la sombra alargada de intereses creados. Es decir, ven en todos los escenarios la religión diseñada por la FIFA y por las multinacionales que un día vislumbró Manuel Vázquez Montalbán: “Los jugadores ya no son sacerdotes fundamentales, como tampoco los feligreses son los dueños de la iglesia: la llenan, pero el poder condicionante del dinero pasa por las exclusivas de televisión y la publicidad”. Es el signo de los tiempos en el Mundial y en todo lo demás.

Putin exhibe músculo en Sochi

Los XXII Juegos Olímpicos de Invierno se han puesto en marcha en Sochi con la imagen omnipresente de Vladimir Putin, presidente de Rusia, y el doble propósito de consolidar a la gran nación en las autopistas de la economía global y de restaurar el orgullo deportivo colectivo que el hundimiento de la Unión Soviética hizo zozobrar. Los Juegos de Sochi son los de Putin, los de una operación urbanística y logística de alcance internacional y los de un despliegue de seguridad tan apabullante como intimidador. Como ha escrito Brian Cazeneuve en Sports Illustrated, “Sochi parece una fortaleza gigante”, aunque la organización insiste –¡qué remedio!– en que estos Juegos figurarán entre los que han contado “con una seguridad más amigable”, en palabras de su presidente, Dmitri Chernishenko.

Vista aérea del Bolshoi Dome.

Después de los atentados de Volgogrado de los días 29 y 30 de diciembre, perpetrados por fundamentalistas islámicos contra una estación de tren y un trolebús, que dejaron decenas de muertos, el Gobierno ruso decidió ampliar el sistema de seguridad sin dañar la imagen internacional de Putin. Este ha logrado transmitir a la opinión pública de su país, mediante un control manifiesto de los medios de comunicación y éxitos personales recientes –Ucrania, las negociaciones de la crisis siria y la rehabilitación de Irán–, que está en condiciones de ponerse a la altura de Estados Unidos, China y la Unión Europea como actor internacional con una influencia decisiva. Este mecanismo de engorde del orgullo nacional enmascara los desequilibrios de un crecimiento económico que ha dado pie a una trama de corrupción cada vez más tupida, ha mediatizado el pluralismo político de forma escandalosa y ha justificado con frecuencia la definición aplicada a Rusia de “virtual Estado mafioso”, expresión incluida en un despacho diplomático por John Beyrle, embajador de Estados Unidos en Moscú (2008-2012), que fue filtrado por Wikileaks en el 2010.

Lo que no ha logrado el culto a la personalidad de Putin es desvanecer las dudas sobre la rentabilidad de unos Juegos que se desarrollarán en buena parte en las pistas de Krasnaya Poliana, las preferidas por el presidente y hasta donde se desplaza a menudo en helicóptero desde una de sus residencias campestres. Ni los expeditivos métodos seguidos para expropiar terrenos donde construir las instalaciones ni el calendario de trabajos varias veces revisado han permitido que todo estuviese terminado el día D. Algunos periodistas y miembros de la familia olímpica no podrán alojarse en los hoteles que contrataron o que previamente les asignaron, el rodaje de algunas instalaciones ha sido poco más que simbólico y, sobre todo, se acumulan las dudas en cuanto a la utilización futura del complejo invernal. Que el Comité Olímpico Internacional multiplique los comentarios positivos es tan encomiable como lógico, pero es del todo insuficiente para contrarrestar la opinión muy extendida de que el gigantismo y la exhibición de músculo supera en Sochi cualquier precedente en unos Juegos de Invierno: 50.000 millones de dólares gastados para dejar al mundo sin habla.

Vladimir Putin, el mes pasado en Sochi con voluntarios olímpicos.

La desinhibición del orgullo nacional promovida por los Juegos –los de Sochi y cualesquiera otros– convive con la gran duda relativa a la oportunidad del coste de la operación en un país con bolsas de pobreza lacerantes, el riesgo permanente de fractura social, las minorías olvidadas de la periferia y la opacidad de un poder político-económico bajo sospecha permanente. Los Juegos Olímpicos se han celebrado en situaciones políticas de todas clases, frente a líderes del más variado pelaje –piénsese en Adolf Hitler (1936), en Leonid Breznev (1980) o en la China que acogió los Juegos del 2008–, sin que el acontecimiento perdiese brillo. Pero las exigencias democráticas son cada día mayores y la opinión pública no es tan acomodaticia como lo fue en otros tiempos. Dicho de otra forma: la imagen que de Putin tienen probablemente la mayoría de sus conciudadanos está lejos de ser lo tranquilizadora y positiva que conviene a una cita en la que se asocian deporte, juventud, espectáculo, política y economía. Antes al contrario, la foto fija de Sochi se antoja una metáfora de la autocracia rusa.

Estos son los días de Putin y su forma de entender la política. Al mismo tiempo, los Juegos son un gran negocio universal en cuyo seno cuentan tanto los balances contables como los egos nacionales reforzados por las victorias de los deportistas. Y esta regla de oro se cumple a rajatabla en todos los deportes de masas, sin que importen mucho otras consideraciones. La diferencia es que Putin ha planteado los Juegos de Sochi como un mecanismo sustitutivo de su legitimidad política, puesta en duda por los manejos constitucionales que le han permitido regresar a la presidencia, por la represión y encarcelamiento de sus adversarios, por el caso Pussy Riot, por las campañas contra los homosexuales, por el oportunismo de la amnistía de hace unas semanas y por un chauvinismo practicado a todas horas, como explica la profesora Nina L. Khrushcheva, del World Policy Institute.

El escritor ruso Boris Pasternak (1890-1960), mundialmente conocido por su novela ‘Doctor Zhivago’.

En este proceso de legitimación, Putin mira más hacia afuera que hacia dentro, porque en casa, en especial entre la población rusófona del Cáucaso, el presidente quedó políticamente justificado para siempre cuando encaró con determinación y mano dura la situación en Chechenia y Dagestán, primero, y en Osetia del Sur y Abjasia, después (estos dos territorios se declararon estados independientes –puede decirse estados títere– en agosto del 2008 al final de la corta guerra que enfrentó a Georgia con Rusia, cuando el presidente nominal era Dmitri Medvédev). El recuerdo inquietante de la presidencia de Boris Yeltsin, con el Estado al borde del colapso, sigue vivo en la memoria colectiva rusa, especialmente en aquellas regiones donde, a las penurias materiales, se sumó la sensación cotidiana de que su mundo se hundía de forma irremediable, sometido a la presión secesionista y a la yihad de quienes persiguen la entelequia de la instauración de un califato en el Cáucaso. Para muchos rusos, la angustia de aquellos tiempos llenó de significado una frase del gran escritor Boris Pasternak: “Pero todos sufrieron de un modo indescriptible, sufrieron hasta ese grado en que la angustia se transforma en enfermedad mental”. De tal manera que hoy apenas cuenta el resto de materiales que componen el relato cotidiano de la vida en Rusia, tan alejado del compromiso con la democracia y tan cercano a la adhesión incondicional al jefe.

Brasil, más allá del fútbol

“Donde hay sueños, también hay monstruos, hay traumas reprimidos, hay denegaciones, hay sed de venganza, miedos al cambio, necesidades de mantener privilegios, oportunidades vistas para dar frutos y así sucesivamente”.

Francisco Bosco, columnista de ‘O Globo’

Una dinámica de protestas en la calle y desorientación en los salones del poder se ha adueñado de la política brasileña. El compromiso reformista de Lula da Silva, heredado por Dilma Rousseff, ha situado en el disparadero de las reivindicaciones a una clase media recién llegada a la política que desconfía de los partidos, es consciente de que es depositaria de derechos y no se resigna a permanecer callada. “El rostro turbado por la cólera de las clases medias”, como ha escrito Miguel Ángel Bastenier en El País, marca el ritmo de las decisiones tomadas a toda prisa por la presidenta para apaciguar a los descontentos y, de paso, acometer los males que han desencadenado las movilizaciones: servicios insuficientes, corrupción rampante, policía desbocada y todas las contradicciones inherentes a un crecimiento rápido y a menudo descontrolado.

Joaquim Barbosa, presidente del Supremo Tribunal Federal de Brasil: “Sé muy bien que ninguna democracia vive sin partidos”.

Esas son las líneas rojas de la crisis social en curso. El disgusto por el gasto excesivo asociado a la Copa Confederaciones de estos días, el Mundial de fútbol del año próximo y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro del 2016 son otras tantas piezas sin encaje en un rompecabezas de difícil solución. Brasil es el gigante incontestable de América Latina, incluso puede ser el gigante necesario para encauzar un entorno donde con frecuencia prevalece la política de balcón, la sociedad brasileña se proyecta sobre todo el continente con un dinamismo irrefrenable, pero la prosperidad económica y los programas que han rescatado de la pobreza a no menos de 40 millones de ciudadanos durante el último decenio están lejos de ser el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Son más apropiadamente el resorte que ha puesto en marcha el cambio en una estructura social que cobija a un tiempo la favela y las nuevas tecnologías, el auge de los centros financieros con formas de corrupción inamovibles gobierne quien gobierne.

Puede decirse que la corrupción ha sido durante generaciones un mecanismo de socialización más. En todas las etapas democráticas de la historia de Brasil, los partidos han oscilado entre la complicidad manifiesta con los corruptos y la tibieza para combatirlos. Ni siquiera el PT, el partido de Lula, el de la oposición a los desmanes de gobiernos venales, ha escapado a esa lógica, de tal manera que no pueden sorprender opiniones como la Bruno Lima Rocha en las páginas de O Globo: “Después de diez años de coalición del PT y otros partidos que otrora fueron de izquierdas, siempre aliados con lo peor de las oligarquías brasileñas y sus grandes agentes económicos, los movimientos populares casi se desarmaron. Forma parte de la política que las nuevas formas de organización social procedan de frentes sociales no manipulables”.

Lula y Dilma

Lula da Silva y su heredera política, la presidenta Dilma Rousseff, en una imagen de la campaña de las elecciones del 2010.

Sería ingenuo afirmar que ha llegado a Brasil la desconfianza hacia las formas tradicionales de partición política, porque la desconfianza es anterior a la protesta en la calle; en realidad, es uno de los motores que ha unido la masa crítica de la protesta. Y puede que por ese motivo la convocatoria de un plebiscito sea fruto de una intuición al entender que es la forma más adecuada para que el Gobierno recupere la complicidad de la calle en la lucha contra la corrupción, la intervención en servicios esenciales –transportes, educación, sanidad–, la disciplina fiscal y el control de la violencia policial. La propuesta de plebiscito hecha por Rousseff sería así una fórmula para tomar de nuevo la iniciativa y acercar a las voces de la calle el palacio de Planalto, sede de la presidencia.

“Sé muy bien que ninguna democracia vive sin partidos. Pero hay formas de mitigar esa influencia, de introducir trazos de voluntad popular, de consulta directa a la población”, ha declarado Joaquim Barbosa, presidente del Supremo Tribunal Federal y partidario decidido del plebiscito. Pero ¿es suficiente un plebiscito para encarar un proceso constituyente? El perfil de la protesta no da para tener buenos presagios, sino para temer que se enquiste una crisis social con dos frentes perfectamente definidos: el de la política sustentada en el sistema de partidos en circulación y el de los decididos a depositar la confianza en formas organizativas de nuevo cuño, alejadas de las convenciones y del reformismo a la brasileña encarnado por Lula. El objetivo de este cuando fue investido presidente de asegurar tres comidas al día a todos sus compatriotas ya no es suficiente, aunque todavía no se logrado; ahora hay una clase media que pide calidad de vida y derechos sociales después de haber sido redimida de la pobreza.

“Para hablar directamente con la calle, la solución (del plebiscito) sería seguramente la mejor”, ha escrito Zuenir Ventura en O Globo. Pero cuando ni siquiera el fútbol sirve para ahuyentar los demonios familiares de la sociedad brasileña, entonces los frutos del plebiscito son una incógnita. No valen las referencias a otros mundiales, como el de Sudáfrica, que proyectaron a todo el planeta la imagen de un país renovado; no vale el precedente de Barcelona 92, que puso al día una ciudad que hoy recoge los beneficios de la gran empresa de los Juegos Olímpicos; no convence el ejemplo de Pekín, que utilizó el olimpismo para certificar que China es la gran potencia del siglo XXI. Y no valen estas invocaciones porque el origen de la protesta hay que buscarlo en una izquierda que se ha revuelto “contra un desfase entre los avances económicos y las ganancias sociales”, y reclama “una intervención del Estado en el sentido de abrirse a una mayor participación pública en los procesos”, según el análisis de Francisco Bosco.

Niteroi

Manifestación en Niteroi, cerca de Río de Janeiro, el 21 de junio.

Frente al tópico del fútbol como una religión compartida por todos los brasileños y a la creencia de que el culto al cuerpo es una obsesión nacional, que genera una complicidad espontánea con los Juegos Olímpicos, surge la realidad de las tensiones derivadas de una sociedad cambiante. Frente al Brasil alejado de los grandes debates internacionales se concreta otro destinado a ser el gran interlocutor de Estados Unidos en Latinoamérica, a participar activamente en la reforma de las Naciones Unidas, a condicionar el mercado energético con sus ingentes reservas de petróleo en el fondo del océano, a competir con los grandes polos de la industria del ocio y a buscar, en fin, un lugar bajo el sol en el selecto club de las potencias emergentes de este comienzo de siglo. La vecindad inmediata ha dejado de ser el campo de actuación preferente de Brasil porque ahora su condición es la de potencia regional.

El riesgo es que, de no corregirse el desajuste social con medidas concretas y tangibles, crezcan el desapego a la política y la desconfianza en las instituciones. “Una execración de la política tiene cuanto es preciso para degradarse, de una u otra forma, en populismo autoritario”, sostiene el diario O Estado de Sao Paulo, que evoca un peligro que está ahí como suma y compendio de las debilidades del sistema. Al mismo tiempo, una parte de la opinión pública, incluso de tradición progresista, comparte el análisis del comportamiento de la presidenta Rousseff publicado por Hélio Schwartsman en el periódico Folha de Sao Paulo, de orientación conservadora: “Intentó dar contenido y dirección a un movimiento popular que ganó enseguida, pero no sabe hacia dónde camina. Cuando se analizan las propuestas concretas de la mandataria se tiene la sensación de que se incorporó al clima de las manifestaciones y decidió actuar sin pensar”.

Claro que al apuntar directamente a Rousseff, el medio preferido de la muy conservadora burguesía paulista pone las cartas sobre la mesa. ¿Cuáles son estas? Esencialmente, aprovechar el momento para erosionar la imagen de Rousseff, quien a pesar de los acontecimientos de las últimas semanas mantiene su estatus de presidenta respetada, con un alto índice de aceptación y, no se olvide, encargada de administrar la herencia política de Lula. Y para los ideólogos del compromiso social y de la lucha contra la pobreza, para los planificadores de un futuro sin favelas y una Amazonia salvaguardada de una explotación descontrolada, para los defensores de las naciones indígenas, para cuantos esperan que para el 2020 se haya completado una reforma ecuánime en el reparto de las tierras de labor, el mensaje de Lula, sea dicho por él o mediante persona interpuesta –Dilma Rousseff–, sigue siendo la principal fuente de inspiración. Habría que decir, quizá, la referencia principal del reformismo latinoamericano que no ve futuro en la prédica bolivariana de los albaceas de Hugo Chávez.

 

Los Juegos nunca pinchan

El desapego de los ciudadanos de Londres hacia los Juegos Olímpicos es una consecuencia del ciclo depresivo de la economía británica y de las estrecheces que impone. Tiene que ver con eso y con cierto sentimiento de pérdida de la inocencia olímpica que poseyó las citas de 1908, cuando Londres era la capital de un gran imperio colonial, y de 1948, cuando la ciudad se recuperaba del martirio de los bombardeos de la segunda guerra mundial. En ambos casos, el llamado espíritu olímpico todavía cobijaba el legado de aquellos caballeros de mostacho, terno con chaleco y aire distinguido que a finales del siglo XIX dieron en restaurar los Juegos, inspirados en el remoto ejemplo de los deportistas de la Grecia y la Roma clásicas, que se conformaban con una corona de laurel y una oda de Píndaro. Hoy todo tiene el aire inconfundible del gran negocio, y el Comité Olímpico Internacional (COI) se debate entre el citius, altius, fortius y los despachos de presidencia de las multinacionales.

Londres 1908

Un momento de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres de 1908.

Todo esto parece pesar en el ánimo londinense y el dato de desaceleración de la economía británica dado a conocer el miércoles, solo dos días antes de prender la llama en el pebetero. Ahí están los agrios comentarios de la prensa, andanadas dirigidas al canciller del Tesoro, George Osborne, y los euroescépticos dispuestos a dar la gran batalla contra las miserias de la UE mientras la antorcha pasaba de mano en mano por las calles de Londres. El sobrecoste astronómico de la empresa olímpica, los fallos en la organización, los atascos, la ridícula incapacidad de la empresa encargada de la seguridad para cumplir sus compromisos, debilidades detectadas en los prolegómenos del gran espectáculo, tendrían menor relieve si el Reino Unido no encadenara tres trimestres de caída del PIB y nadie viese adónde llevan los programas puestos en marcha por el Gobierno. Pero la realidad es la que es: el PIB español cayó el 0,4% de abril a junio; la contracción en la zona del euro fue del 0,2%; la británica ascendió al 0,7%.

El descontento con el Gobierno ha sumado los grandes medios a la crítica, cuando no al desaliento. “Aparte de los atletas, poca gente, fuera de la construcción y las empresas de seguridad, saca beneficio de los Juegos Olímpicos. Así que los ministros recurren a la mendicidad. Hacen propaganda de los Juegos más allá de toda medida, y contratan consultores para reivindicar una inverosímil herencia en pago por el desembolso de 9.000 millones de libras. Es basura la jactancia del alcalde de que cada día un millón de turistas adicionales invadirá Londres. En cuanto a la promesa de David Cameron de que las empresas británicas ganarán 13.000 millones de libras en los contratos que de otro modo no hubieran obtenido, ello implica el soborno y la trapacería en una proporción olímpica”, ha escrito en el diario progresista The Guardian el comentarista Simon Jenkins.

Londres 1948

La ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de 1948, llamados de la austeridad, celebrada en el estadio de Wembley.

Ni este párrafo demoledor ni otros de parecido tenor publicados aquí y allá, ni siquiera la hipercrítica esparcida por los medios audiovisuales o el enfado de muchos que circula por las redes sociales –“el estadio es muy bonito, pero nuestros trenes son una porquería”– afectan en realidad al éxito –muy probable– o al fracaso –bastante improbable– de los Juegos. Estos han sobrevivido a situaciones de extrema gravedad con apenas unos rasguños, y no es preciso remontarse a principios del siglo pasado, cuando a menudo fueron un caos organizativo y un espectáculo trufado con episodios de gusto más que dudoso. Basta con repasar los acontecimientos que rodearon a los Juegos Olímpicos durante un largo periodo de la segunda mitad del siglo XX:

-México 68. El 2 de octubre, diez días antes de la ceremonia inaugural, se produjo la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. Los Juegos estuvieron a punto de cancelarse, pero finalmente se celebraron.

-Múnich 72. El 5 de septiembre, en pleno desarrollo de los Juegos, terroristas palestinos de la organización Septiembre Negro asaltaron el edificio de la delegación israelí. Murieron once deportistas y cinco asaltantes; otros tres sobrevivieron. Las competiciones continuaron hasta el último día.

-Montreal 76. La negativa del COI de excluir a Nueva Zelanda de los Juegos porque su selección de rugby había jugado un partido contra la de Sudáfrica, expulsada de la familia olímpica a causa de la política de apartheid, llevó a 24 países africanos a no participar. Los Juegos se celebraron sin mayores contratiempos, aunque fueron un desastre económico.

-Moscú 80. Estados Unidos y bastantes de sus aliados boicotearon los Juegos, pero las competiciones que organizaron como alternativa a la cita olímpica no dejaron huella.

-Los Ángeles 84. La Unión Soviética y la mayoría de sus aliados devolvieron la moneda a Estados Unidos con un boicot que, como cuatro años antes, perjudicó a los deportistas que debieron quedarse en casa, pero no a los Juegos.

La vitalidad transformadora de las ciudades que entraña la celebración de los Juegos -véase Barcelona-, los criterios de gestión empresarial que adoptó el COI al ocupar la presidencia Juan Antonio Samaranch, el aumento exponencial de los derechos de televisión, las vías de comercialización y un entramado socio-económico de alcance universal han hecho posible que el estado de ánimo de los anfitriones tenga solo una remota relación con la cuenta de resultados. Afirma Tristam Hunt en el Financial Times: “Lo más sorprendente con relación a anteriores Juegos es el desinterés del público y de la clase política. Estamos acostumbrados a que los Juegos, comandados por los medios de comunicación, sean una forma de geoestrategia de poder blando. Estados Unidos y la Unión Soviética representaron el juego de su guerra fría en los de Moscú y Los Ángeles; España enterró los fantasmas de Franco en Barcelona; China consagró la era de Pekín. La oferta británica fue un intento de forjar una moderna identidad posimperial: el Reino Unido como una nación global, multicultural, capaz de golpear por encima de su peso (una visión cruelmente refutada al día siguiente por los ataques del 7/7) [se refiere a los atentados islamistas del 7 de julio del 2005]”.

Londres 2012

Vista del parque olímpico de Londres. Fuente: Official London 2012 Website.

Todo esto puede ser muy cierto, pero en cuanto lleguen las primeras marcas, un británico se cuelgue una medalla o surja en la densidad competitiva de estos días una singular muestra de sacrificio, la lentitud de los autobuses o los objetivos que movieron a la ciudad de Londres a solicitar los Juegos, y que luego no se han cumplido, ocuparán un modesto y recogido segundo plano. Las alusiones al fracaso del modelo multicultural, las encuestas que vaticinan una debacle conservadora si mañana se celebraran elecciones y el enfado de todos los días de los contribuyentes con un Gobierno desconcertado y desconcertante quedarán para después de estas dos semanas, incluso en el caso más que imaginable de que los medios más influyentes no cejen en la crítica. Este es uno de los secretos de los Juegos Olímpicos: a última hora, por difícil que sea el momento, nadie quiere ausentarse de ellos, nadie está dispuesto a llevar su oposición tan lejos como para quedar completamente al margen de un acontecimiento tocado por el éxito, que nunca pincha, cuya razón de ser es justamente la promesa de disfrutar de los beneficios del éxito de un acontecimiento universal, salvo cataclismo imprevisible. Esta es la cultura del COI, que Samaranch y su equipo llevaron hasta sus últimas consecuencias y que Jacques Rogge y sus colaboradores cultivan sin alterar una coma.

Cuando el muy conservador The Daily Telegraph compara lo hecho en España y en el Reino Unido para enderezar la economía, y de paso suministra munición a los euroescépticos, alimenta la enemiga de una parte de los londinenses con los Juegos, pero este respingo en un sector de la opinión pública empieza y termina en la isla; el resto del planeta solo espera que empiece la gran epopeya en el estadio. “Como suele suceder, el programa de austeridad español es bastante más duro que el del Reino Unido, por lo que no es creíble como se afirma que la causa de nuestros problemas es una prematura reducción del déficit. Por otra parte, España no cuenta con la mitigación de una política monetaria muy acomodaticia o una moneda devaluada. No, el problema es mucho más profundo y estructural. Y tiene que ver también con la deuda pendiente, que sigue siendo inmensa, y con el profundo deterioro de la banca dejado por la anterior Administración”, señala Jeremy Warner en el periódico antes citado. Y eso, ¿qué significa? Porque para el resto del planeta olímpico, para el éxito universal de los Juegos, hoy no son relevantes los aciertos o desaciertos de George Osborne, aunque cuando cese la fanfarria quizá tengan un gran impacto en la economía global.

Los Juegos son la gran evasión transversal, la gran exaltación de los estados-nación y del orgullo colectivo. De momento, no hay forma de competir con ellos y el grado de exigencia impuesto a los organizadores es muy alto porque el beneficio para la ciudad que los acoge suele ser asimismo muy alto. Si pasadas las dos semanas de rigor no se cumple esta regla, es que algo se hizo mal, porque los espectadores estuvieron allí, los deportistas, también, las inversiones se cumplieron y los patrocinadores en sus múltiples modalidades difundieron sin descanso la imagen y la marca de la ciudad olímpica. Y todo esto se produjo fuese más o menos favorable el ambiente local; fuese mayor o menor la complicidad de los ciudadanos con los Juegos disputados a la puerta de sus hogares.

¿Deslegitima o devalúa esa realidad la crítica de los medios? Desde luego que no. El periódico liberal norteamericano The Washington Post publicó un análisis de Jackson Diehl, responsable de las páginas de opinión, al hacerse eco del ambiente en Londres, de los beneficios que reporta la crítica y de algunas frases empleadas por políticos y periodistas: “debacle humillante”, “caos predecible” y otras por el estilo. Diehl escribió bajo el título Medalla de oro para la prensa libre: “Estos juicios no provienen de franceses dispépticos u otros anglófobos, sino de altos funcionarios del Gobierno británico, miembros del Parlamento y, por supuesto, de la prensa londinense (…) Un mundo que estaba impresionado sobre todo por el espectáculo autoritario puesto en escena por Pekín en el 2008 verá una demostración muy diferente (…) En cumplimiento de promesas hechas en el vacío al Comité Olímpico Internacional, Pekín estableció tres áreas para las manifestaciones políticas, y luego se negó a conceder un solo permiso para entrar en ellas. Cuando dos mujeres de 70 años pidieron autorización para protestar por haber sido expulsadas de sus casas, fueron condenadas a pasar un año en un campo de trabajo (…) El Gobierno [británico] ha tenido que recurrir a las unidades militares y policiales. Parece probable que el resultado será una mejora neta de la seguridad en los Juegos gracias a la oleada de noticias y airadas audiencias parlamentarias en las que han sido sometidos a interrogatorio fulminante el secretario británico del Interior y el director ejecutivo de la empresa privada de seguridad”.

Efectivamente, esos son los beneficios de la crítica sin cortapisas. Pero los fallos detectados por los críticos y las correcciones de última hora, ¿afectan al impacto y al éxito universal de los Juegos? Una vez más, la respuesta es no. Valga el relato sucinto de un episodio de los de Seúl 88: el primer o el segundo día de competiciones, el autobús de un grupo de funcionarios olímpicos se extravió de vuelta al hotel donde residían. Un integrante de la organización comunicó el incidente a un miembro del COI que, sin inmutarse, dejó para la posteridad el siguiente comentario: “No se preocupe, no salen en los periódicos”.