El nacionalismo alienta el ‘brexit’

La convocatoria de unas elecciones anticipadas, presuntamente esclarecedoras del sentir de los británicos frente al brexit, es la última baza que juega Boris Johnson antes de cerrar el Parlamento durante cinco semanas. Ni la oposición ni los sublevados del Partido Conservador, que se oponen tajantemente a un divorcio a las bravas, quieren hacer más indescifrable el jeroglífico y dar al primer ministro más instrumentos políticos, de intoxicación o persuasión de la opinión pública, sometida a insólitos bandazos de la clase dirigente y al espectáculo transmitido en directo por las televisiones. Después de cuatro derrotas consecutivas del premier, con una sociedad dividida y desorientada, más allá de las encuestas aparentemente favorables a los tories brexiters, se acumulan los riesgos de que, llegado el 31 de octubre, con el Reino Unido en un callejón sin salida, se consume un brexit sin acuerdo y el proceso se adentre por un territorio más desconocido e imprevisible que el de ahora.

Si el clima no fuese el de una tormenta desbocada, cabría hablar de nuevo de la convocatoria de un segundo referéndum, con más y mejor información del significado de la salida de la UE en poder de los electores. Como la tempestad no mengua y la demagogia nacionalista no cesa, es poco menos que impensable una nueva consulta con la atmósfera serena que requiere el caso. Fue posible en cuanto se concretaron las dificultades que entraña la operación de salida y, aún más, cuando quedaron en evidencia las falsedades difundidas por Nigel Farage y sus secuaces, pero la tibieza de la dirección laborista –Jeremy Corbyn y los veteranos del partido– y de los conservadores disidentes lo hizo inviable. Esa inviabilidad ha ido en aumento, de forma que se antoja inevitable que el brexit se produzca, y ahora lo que importa es lograr que sea lo menos dañino posible para el Reino Unido y para los Veintisiete.

Al mismo tiempo, ha calado en la estrategia de los promotores del brexit a toda costa la convicción de que una parte sustancial del electorado británico ve en la salida de la UE la ocasión de realizar el viaje de vuelta a un pasado ideal o mitológico. La analista Lynsey Hanley lo desmiente en un artículo publicado en el periódico The Guardian, europeísta, y se remite para ello a las conclusiones del libro Me, Me, Me?, del profesor Jon Lawrence, un recorrido por los comportamientos de la gente corriente desde el final de la segunda guerra mundial. Según Hanley, la “guerra cultural” planteada por Boris Johnson “para ganar votos cruciales” entre los trabajadores es un error. Y añade: “La mayoría de los partidarios de la salida no ansían una comunidad mítica perdida. Solo quieren una mejor calidad de vida”.

La gran incógnita, aquella más presente en todos los debates, en las conversaciones a pie de calle, en las preocupaciones de la City, entre los británicos que residen en países de la UE y entre quienes anuncian toda suerte de perjuicios es si, en efecto, “una mejor calidad de vida” es posible sin el vínculo europeo. O si, por el contrario, el debilitamiento del engarce entre las islas y el continente, sustituido o alentado por una relación económica preferente con Estados Unidos, perjudicará a la libra, constreñirá las exportaciones, debilitará la bolsa y, en términos generales, empeorará las perspectivas de futuro de los ciudadanos. De momento, no hay un solo informe o estudio solvente que prevea una mejora objetiva con el brexit y, por el contrario, todos vaticinan descensos del PIB, desvalorización de la libra y dificultades de toda índole para mantener los flujos comerciales.

La determinación de la UE de no tocar una coma del pacto firmado con Theresa May en noviembre del año pasado abunda en la idea de que es el mejor de todos los acuerdos posibles, limita el parte de daños y pone a salvo la paz en Irlanda. Las alusiones a la plena soberanía hechas por Boris Johnson, Jacob Rees-Mogg y un elenco muy extenso de brexiters para oponerse al mantenimiento de la frontera blanda entre las dos Irlandas (backstop) responde a un nacionalismo caduco, a la necesidad de mantener a los unionistas norirlandeses en el bando conservador y a la incomodidad manifiesta de los tories más retrógrados con los acuerdos de Viernes Santo de 1998, que apaciguaron el Ulster. Esta falta de realismo no obedece a la incapacidad del Gobierno británico para analizar la situación, sino a la decisión de recurrir a la política de las emociones para mantener unido el bando brexiter.

Quizá la gran sorpresa para Boris Johnson ha sido la unidad y unanimidad de los Veintisiete en esta larga crisis, en ocasiones indescifrable. Lo cual no quiere decir que conforme se acerque el 31 de octubre y se radicalicen las posiciones en el Reino Unido no surjan disidentes partidarios de revisar algunos extremos del acuerdo de noviembre. Porque aunque es de forma indirecta, el conflicto provocado por la salida del Reino Unido ha reforzado el perfil político de la institución, algo combatido a menudo por la mayoría de los socios más recientes de la UE y aun por algunos veteranos que han abierto el Gobierno a partidos de extrema derecha –Italia y Austria, los casos más recientes–, siempre dispuestos a presentar Bruselas como el origen de todos los males nacionales.

He ahí un asunto capital en la crisis en curso: la preminencia de la idea de Europa frente a la de las naciones, el cosmopolitismo de los Veintiocho o Veintisiete frente a las políticas identitarias, al retorno al pasado, entendido este como un estado ideal de plenitud cultural y cohesión social. Un mito más que un programa político en un mundo globalizado, sumergido en el cambio tecnológico y en la emergencia medioambiental. Pero un eficaz canto de sirena que en Estados Unidos llevó a Donald Trump  a la presidencia y en el Reino Unido dio el triunfo al brexit en junio de 2016, de ahí la enorme dificultad de deshacer la madeja de los nacionalismos exaltados, incluido el británico, que quiere agrandar la anchura del Canal.

 

Italia, en manos de Salvini

Vuelve Italia a las andadas mediante la propensión de sus dirigentes de poner el sistema de partidos al borde del abismo como si la acumulación de experiencias negativas no pudiera tener mejor destino que caer en el olvido. El resultado cosechado por los socios de Gobierno en las elecciones europeas del último domingo ha engrandecido la figura y las ambiciones de Matteo Salvini, el líder de La Liga, que es tanto como decir de la extrema derecha, y ha sumido en la depresión al Movimiento 5 Estrellas (M5E), a Luigi Di Maio, su jefe de filas, y en general a la corriente populista y antisistema que engordó merced a la cadena de errores cometidos por el Partido Democrático (PD), que coronó el cupo de desaciertos con el malhadado referéndum de 2016, convocado por Matteo Renzi para reformar la Constitución.

Es harto difícil que la extraña pareja de estrellados y ultras pueda llevar mucho más allá en el tiempo su complicidad para arremeter contra el sistema desde posiciones teóricamente antagónicas. Frente al confuso euroescepticismo del M5E se alza la eurofobia de La Liga, que entronca con la tradición política de la extrema derecha italiana desde los años 20; frente a la pretensión de construir una nueva versión, seguramente inviable, del Estado del bienestar que alienta hasta la fecha en la brega de los seguidores de Di Maio surge el nacionalismo rampante de los ligueros, apoyados por un electorado procedente en gran parte de caladeros de la izquierda, decepcionados con la ineficacia del Estado, el empobrecimiento de la clase media y el aumento de las desigualdades.

Basta repasar la pérdida de votos de las últimas décadas desde el Partido Comunista al Partido Democrático de la Izquierda, y de éste al Partido Democrático, para comprobar que el auge de dos formas contrapuestas de plataformas antisistema han sido las grandes beneficiadas de la crisis de la izquierda tradicional. Y en idéntico sentido, de acuerdo con el resultado del domingo, resulta evidente que el deshinchamiento del M5E obedece tanto a la recuperación del PD como al corrimiento de papeletas hacia la opción ultra, que ha hecho bandera del bloqueo de los flujos migratorios y de la oposición a la exigencia de rigor económico reclamado por la Unión Europea. Quizá deba decirse que el M5E ha sido derrotado en el campo de los símbolos, muy trabajado por la extrema derecha, y en el de la herencia ideológica de la izquierda clásica, que asume la dirección del PD, encabezada por Nicola Zingaretti.

El apoyo a Di Maio expresado por la militancia estrellada y la voluntad de este de seguir en el Gobierno apenas desvanece la sensación de que su entendimiento con la otra mitad del Gabinete es más que complicada. El 34% de la extrema derecha en las europeas y el vaticinio de los sondeos operan contra la posibilidad de recoser el Ejecutivo: en los cálculos de Salvini pesa tanto la euforia del momento como la posibilidad de reagrupar a los herederos políticos de Silvio Berlusconi para ahormar una nueva alianza, prescindir del M5E y resaltar más si cabe el nacionalismo exacerbado y reaccionario de su partido.

Como ha escrito un analista de La Repubblica, el gran periódico del centroizquierda italiano, Salvini aparenta haber optado por la moderación y el sentido común, “pero la mano tendida a Di Maio exige un precio”. ¿Cuál puede ser este? Obligar al M5E a aceptar que el líder ultra es de facto el primer ministro, convertido Giuseppe Conte en mero gestor del programa salviniano, figura necesaria si se quiere para atenuar los temores de Bruselas referidos a Italia, al riesgo permanente de que una de las grandes economías europeas y del euro sucumba en el altar de la heterodoxia –la prima de riesgo roza los 300 puntos, muy cerca de la griega–, el déficit imparable y las alegrías presupuestarias.

Detrás de estos temores se ocultan otros no menos preocupantes como los efectos de una fractura social que divide al país en dos, con Roma en la divisoria, y que, al mismo tiempo, siembra de desigualdad en las grandes conurbaciones. Al mismo tiempo, la propaganda demagógica de La Liga para cerrar las fronteras a los flujos migratorios y castigar, perseguir o boicotear a quienes acuden en su auxilio –onegés y autoridades locales– dibuja un futuro para Italia cada vez más alejado de la gestión ordenada de los grandes problemas que debe afrontar Europa como comunidad y cada uno de los estados por separado.

Así las cosas, tiene todo el sentido la pretensión de Matteo Salvini de hacerse con el liderazgo de la extrema derecha europea en compañía de Marine Le Pen, que a diferencia del viceprimer ministro de Italia no ha logrado traducir su peso en votos en poder político real. Claro que para completar la operación le urge que caiga el Gobierno y se convoquen elecciones, que el M5E se debilite aún más y que el PD no tenga tiempo de completar su recuperación, supuesto que el resultado que obtuvo el domingo marcó una tendencia y no fue flor de un día. La mano tendida de Salvini es en realidad una trampa para elefantes.

Con este previsible marco de referencia, cobra todo su sentido esta frase de Eugenio Scalfari: “A menudo, los medios efectivos son tan profundamente inmorales que deterioran sus objetivos. En ese caso no se pueden utilizar y este es el límite que la moral impone a la autonomía de la política”. ¿Qué respuesta corresponde a la pregunta fundamental: cuánta inmoralidad y desprecio de los derechos humanos se cobija en el programa de La Liga? Tan inquietante resultará que la opinión pública eluda o soslaye la respuesta como que llegue a la conclusión de que estarán justificados los daños colaterales si el país sale del laberinto, una nueva versión del fin justifica los medios y de una Realpolitik sin fisuras, moralmente indefendible.

 

 

El ‘brexit’, más y más indescifrable

La concreción de la debilidad de Theresa May en el seno de su propio partido ha superado todas las previsiones habidas y por haber: se trata de la mayor derrota de un primer ministro en la Cámara de los Comunes durante el último siglo. Nadie dudaba de que la premier quedaría en minoría, pero los 432 votos contrarios al acuerdo con la Unión Europea –entre ellos los de más de 100 diputados conservadores– provocó una situación de verdadero asombro, alimentó todos los vaticinios para un futuro imprevisible y transmitió corregida y aumentada la imagen de una sociedad irremediablemente fracturada. El empeño de May de allegar fuerzas mediante una carta de última hora remitida desde Bruselas, sin valor jurídico alguno, asentó la convicción de que, más que nunca, los Veintisiete se mantienen en la idea de que puesto que fue el Reino Unido el que desencadenó la crisis es el Reino Unido el que debe pechar con el grueso del precio económico y político del divorcio.

El recurso a las palabras y a los gestos teatrales propios de la tradición shakespeariana poco sirven para encubrir la cadena de errores cometidos por los dirigentes conservadores desde que David Cameron, un remainer, puso en marcha el mecanismo perverso del referéndum para suturar la división en las filas tories y silenciar a los brexiteers. Durante la campaña de junio de 2016, fueron estos últimos, estimulados por Nigel Farage, líder del UKIP, un demagogo de carnadura ultranacionalista, los que llevaron la iniciativa –lo que ahora se llama la construcción del relato–, y después de obtener la victoria fue May, tan remainer como Cameron, la encargada de negociar con la UE un acuerdo que evitara un desastre mayor del pronosticado por la mayoría de los analistas. Fue así como se instaló en el imaginario colectivo la mayor de las estupefacciones: un partidario de seguir en la UE provocó indirectamente la salida y una partidaria de mantener al Reino Unido en la UE se vio en el trance de dirigir la negociación de un futuro en el que no cree, que queda bastante lejos de su punto de vista de siempre.

La invocación de un texto de John F. Kennedy hecha por dos diputadas laboristas en las páginas del diario progresista The Guardian abunda en la vertiente más trágica del brexit, pero no hace más que encubrir o por lo menos difuminar la naturaleza de lo sucedido, mezcla heterogénea de nacionalismo, añoranzas de un pasado sin billete de vuelta, charcutería política, ambiciones personales y falta de liderazgo o determinación en los dos grandes partidos. Que el presidente asesinado escribiera en Profiles in courage que “rara vez sucede que toda la verdad, y toda la razón, y todos los ángeles están en el mismo bando” tiene una solemnidad que casa mal con la realidad: la salida de la UE, por más apoyos que obtuviera en la consulta de junio de 2016, es un disparate sin paliativos que dañará gravemente la economía y la proyección exterior del Reino Unido salvo arreglo de última hora, por lo demás harto difícil.

El aterrizaje en la realidad de los ciudadanos británicos se presagia lleno de riesgos y de decepciones. Las proclamas de Theresa May para “identificar qué podría requerirse –se supone que en Bruselas– para asegurar el apoyo de la Cámara” al acuerdo para la salida tienen todas las trazas de un deseo que difícilmente se puede convertir en algo concreto. Su derrota tampoco cambia los datos esenciales que ensombrecen el panorama porque del fracaso de la premier no se deduce que habrá “un cambio en este estado de cosas”, según uno de los muchos analistas que teme lo peor.

En condiciones normales, después del revolcón del martes, May debería presentar la dimisión. Pero es todo tan anormal en esta historia que los mismos que un día votaron en contra suya prometen ahora mantenerla en el puesto, sea frente a los laboristas, siempre tan indecisos, o frente a cualquier artimaña que pretenda provocar un adelanto electoral o lo que resulta aún más indeseado por los brexiteers: la convocatoria de un nuevo referéndum. Citarse en las urnas entraña demasiados riesgos tanto si se trata de unas elecciones generales, con la posibilidad cierta para conservadores y unionistas del Ulster de pasar a la oposición, como si –del todo improbable por el momento– una conjunción astral permite abrir la caja de los truenos de una nueva consulta que dé la victoria a los partidarios de la permanencia.

A falta de la dimisión de la premier se instala en los espíritus un sentimiento de provisionalidad, así en Londres como en Bruselas, donde no salen de su desconcierto los funcionarios más próximos a Michel Barnier, el responsable de negociar el brexit con los enviados de Theresa May. Mientras Erik Jones y Anand Menon, analistas del think tank británico Chatham House, se preguntan si la unidad de Europa fue “siempre un sueño al tiempo que la división se mantiene como una realidad”, lo cierto es que la unidad de acción de los Veintisiete se mantiene porque todos saben que, sea cual sea el desenlace final, los socios de la UE no saldrán indemnes de la prueba, sometidos los vínculos económicos y políticos con el Reino Unido a un stress test que ninguno de ellos deseó.

La disposición bruselense a prolongar el plazo fijado por el artículo 50 del Tratado de Lisboa para que se consume el divorcio tiene mucho que ver con el temor de los Veintisiete a que una separación sin acuerdo degeneré en un caos o galimatías a ambos lados del canal de la Mancha, con un precio del desaguisado cada vez más difícil de calcular. El caso es que el alargamiento del calendario, con el problema añadido de las elecciones al Parlamento Europeo sin participación británica, no garantiza que cambien sustancialmente los datos esenciales de la crisis. Pueden incluso adquirir una complejidad superior a la que ya tienen si el último cartucho de May para “hablar con todo el mundo”, David Lidington, secretario del Cabinet Office (equivalente a un ministro de la Presidencia o viceprimer ministro), choca contra dos muros: la intransigencia de los conservadores a favor del brexit duro y la negativa de los laboristas a negociar nada que no garantice la unión aduanera y probablemente el mantenimiento provisional en los términos actuales de la frontera blanda entre las dos Irlandas.

Theresa May quizá se daría por satisfecha con lograr la unificación tory mediante la gestión de Lidington, pero ¿es esto posible y suficiente? Seguramente, no si el restablecimiento de la unión perdida exige la renegociación con la UE, a lo que los Veintisiete se oponen, o si la facción brexiteer, muy crecida desde el martes, le recuerda a la primera ministra, esclava de sus palabras, que es preferible una salida sin acuerdo que con un mal acuerdo, o lo que ellos consideran que lo es. Y así, vuelta a empezar metidos en un bucle doblemente demoledor, para el futuro del Reino Unidos y de la UE, indisolublemente unidos en la desventura.

Guerra sin cuartel entre ‘tories’

Después de cuarenta años de guerra civil en el seno del Partido Conservador del Reino Unido, la batalla del brexit lleva camino de convertirse en el episodio que debe dilucidar si el partido puede seguir unido o si la unidad es imposible. La victoria de Theresa May en la votación de confianza a la que hubo de someterse el miércoles ha debilitado extraordinariamente a la primera ministra ante sus correligionarios y ha robustecido el frente brexiter. Los 117 votos obtenidos por los adversarios de May frente a los 200 de apoyo a la premier han permitido conocer a cuánto equivale el descontento en las filas conservadoras: más de un tercio del grupo parlamentario es contrario a que May siga al frente de las operaciones.

Por lo demás, la victoria no tiene efectos sobre el asunto principal: aprobar el pacto con Bruselas para el periodo transitorio comprendido entre el 29 de marzo de 2019 y el 31 de diciembre de 2020. Los diputados díscolos no se sienten obligados a apoyar lo que en primera instancia rechazaron, sino que se mantienen en sus trece, secundados por los unionistas norirlandeses y quién se sabe si, llegado el momento, fortalecidos –algo más que posible– por el voto laborista contra el texto que May llevará en enero a la Cámara de los Comunes. Tampoco tiene mayor trascendencia en plena tempestad que la primera ministra haya renunciado a presentarse en unas próximas elecciones: el ala brexiter coincide con todos los analistas en que se trata de un lame duck (pato cojo) sin futuro político. En Estados Unidos, de donde procede el apelativo, referido al presidente durante sus dos últimos años de mandato, la cojera ha sido en ocasiones un resorte liberador que ha dado pie a decisiones inesperadas o atrevidas –Barack Obama, el último precedente–, pero en el Reino Unido no es más que sinónimo de pura y simple debilidad.

Por encima del asunto concreto que de forma divisiva alarma a los partidarios de la salida de la UE sin contemplaciones –la frontera blanda entre las dos Irlandas, un apartado con enormes implicaciones políticas–, lo que realmente importa a la facción disidente es hacerse con las riendas del poder. Si el propósito de acabar con la guerra civil tory indujo a David Cameron a convocar el referéndum de junio de 2016, el resultado de la consulta no hizo más que avivar el fuego del desacuerdo entre los europeístas y los deseosos de cortar el vínculo con Bruselas, herederos de quienes no dejaron de denostar la adhesión a las instituciones comunitarias desde el ingreso en 1973. La incomodidad de una franja muy importante del conservadurismo para insertarse en el entramado europeo nunca se moderó, coincidiendo demasiado a menudo con similar incomodidad en el Partido Laborista, tan desaparecido o poco resolutivo en la crisis en curso.

La analista Gaby Hinsliff sostiene en el progresista The Guardian que el dinamismo de “los tigres de papel de Jacob Rees-Mogg aún pueden dividir la fiesta tory” de forma poco menos que irreconciliable. Rees-Mogg es con Boris Johnson, Sajid Javid, Jeremy Hunt, Amber Rudd, Dominic Raab, David Davis y algún otro profeta del brexit menos activo la voz que clama en los Comunes contra el acuerdo con Bruselas. Sus intervenciones, escritos y proclamas apelan a una supuesta recuperación de la soberanía plena, liberado el Reino Unido de la intromisión bruselense, y soslaya o silencia el parecer de los expertos, que vaticinan un desaguisado económico. Y su beligerancia tiene una capacidad manifiesta de fracturar el partido de forma irremediable al final de más de cuarenta años de peleas cainitas que el referéndum de 1975 –67% de votos a favor de la integración en Europa– apenas sirvió para mucho más que para oficializarlas y el de 2016 ha llevado al paroxismo.

¿Qué opciones le quedan a May en medio de la escalada? Solo tres: convocar elecciones, algo que seguramente llevaría a los conservadores a la oposición y a los laboristas al Gobierno (se desconoce cuál es su propuesta para sacar al país del atolladero); dejar las cosas como están y exponerse a una derrota sonora en Westminster cuando someta a votación el compromiso negociado con la UE o amenazar a la congregación brexiter con convocar un nuevo referéndum y paralizar el proceso de salida hasta conocer el resultado. Nadie puede decir ahora, en medio de la confusión, si tal camino es o no transitable, pero el analista Thomas Wright lo presenta en Politico.com como aquel que más puede alterar el pulso a los brexiters y en cierta medida puede convertir a los remainers en aliados ocasionales de la premier. May “puede hacer el siguiente cálculo –escribe Wright–: aunque detestan el acuerdo, los rebeldes lo respaldarán para evitar el riesgo de una reversión (que ganaran los partidarios de quedarse en la UE)” si una segunda consulta se celebrara y se cumplieran los vaticinios de los sondeos.

Incertidumbre sobre incertidumbre, la City se agita ante la imposibilidad de adivinar siquiera remotamente qué deparará el futuro. Los think tanks, el Banco de Inglaterra, los gabinetes de análisis de riesgo de las multinacionales y el mundo académico solo se atreven a aventurar que el brexit equivaldrá en su caso a una contracción de la economía que, si se consuma a las buenas, recortará el PIB el 4% y si se hace a las bravas, caerá no menos del 8%. Por no hablar de los aspectos más directamente relacionados con el futuro que aguarda a los jóvenes británicos en sus expectativas profesionales si su país no tiene con la UE un vínculo sólido y estable. Porque las garantías para los ciudadanos del Reino Unido que viven al otro lado del canal y para los europeos en territorio británico se limitarán al censo actual de residentes, pero nada aseguran en el futuro.

Solo los promotores entusiastas del divorcio han salido enaltecidos de este enésimo asalto del disparate. Mientras, el fuego amigo a discreción y el paso de los días acucian a May para encontrar una vía de escape, pacto o compromiso con la UE que no lleve directamente el proceso a una separación dura; confía May en sacar un conejo de la chistera en el tiempo de descuento y se arrepiente todos los días de haber dicho que es preferible una salida sin acuerdo que un mal acuerdo. Pero este coup de magie que la primera ministra busca a todas horas pretende comprometer a los Veintisiete, unidos como nunca en la gestión del brexit con una sola voz como quedó patente el jueves. Jean-Claude Juncker y Donald Tusk han advertido que queda fuera de sus cálculos toquetear lo aprobado: caben aclaraciones sobre aquello que se antoje más oscuro o impreciso a ambas partes, pero no se revisará una coma de un documento reputado el único posible. Esto es, cualquier modificación solo puede empeorarlo sin que con ello se apacigüe la belicosidad de cuantos defienden la ruptura.

 

 

Ceremonia del caos en el ‘brexit’

La tramitación del brexit ha dejado de ser solo un desafío insólito para la UE y para el futuro del Reino Unido para convertirse además en un escenario caótico en el que se desarrolla una doble función: el cumplimiento de la opción ganadora en el referéndum de 2016 y la guerra entre familias políticas en el seno del Partido Conservador, una batalla despiadada para descabalgar del poder a Theresa May. Un espectáculo lamentable cuyo primer acto se representó el martes, cuando la premier afirmó con satisfacción desmedida que se había llegado a un acuerdo de principio en la negociación para una salida ordenada de la UE, siguió el miércoles con el anuncio del presunto apoyo del Gobierno británico a lo pactado y escaló el jueves hasta altas cotas de desconcierto cuando el goteo de dimisiones ministeriales se hizo incontenible y los brexiters se presentaron en formación de combate para impedir que una mayoría parlamentaria secunde lo dispuesto en Bruselas para que el divorcio sea amistoso.

Acuciada por el calendario y prisionera de sus palabras –“es mejor una salida sin acuerdo a un mal acuerdo”–, May se ha quedado sin apoyos suficientes en su partido, en extremo dividido y con los brexiters marcando el tempo político, ha puesto en un grito a los unionistas del DUP al aceptar una frontera blanda entre las dos Irlandas y ha abonado la pasividad del laborismo, sumido en una crisis de identidad cuya imagen más elocuente la ofreció el último congreso del partido. Seguramente, y también paradójicamente, la única complicidad sólida con la que cuenta May es la de Bruselas, con el negociador Michel Barnier en primer lugar, y la disposición de los 27 de dar por bueno lo inicialmente acordado. Pero entre los ideólogos del brexit, si así se les puede llamar, prevalece la idea de que el pacto de May es poco menos que una rendición, un atentado a la soberanía y un cheque en blanco para la UE que, dicen, puede prolongar indefinidamente la inclusión del Reino Unido en la unión aduanera (Iain Martín en el conservador The Times).

Mientras tanto, la opinión pública se divide, crece el número de los que votaron a favor del brexit que ahora se opondrían a él y la City maniobra para que, de haberlo, sea lo menos lesivo posible para una economía que emite señales manifiestas de desconfianza en el futuro. Y con ser estos elementos capitales para calibrar hasta qué punto dejar la UE es un mal negocio, la peor de las señales es la fractura generacional, con el grueso de los jóvenes a favor de la permanencia y la mayoría de los más veteranos a favor de la salida, una situación más preocupante si cabe que la fractura emocional entre la cultura urbana –la conurbación de Londres, los grandes polos industriales–, el mundo académico y el de la cultura, de una parte, y de la otra, el universo de la tradición y las viejas convenciones sociales con cobijo en las pequeñas ciudades y en el campo.

El analista Rafael Behr se pregunta en el europeísta The Guardian si la primera ministra está en condiciones de cerrar un acuerdo y, de hacerlo, si puede presentarlo “como un éxito a su partido y al Parlamento” o, posibilidad aún peor, que no pueda lograrlo, en cuyo caso la pregunta que formula es “qué será de ella y del país”. Sin embargo, estas incógnitas nucleares han desaparecido de los debates, incluso se ha esfumado en buena medida la posibilidad de adaptar al caso británico la solución noruega –permanecer fuera de la UE, pero formar parte del Espacio Económico Europeo– porque los promotores del brexit duro se sienten con fuerzas para imponer su criterio y, de paso, lograr que alguien más afín a su pensamiento se instale cuanto antes en el 10 de Downing Street. Envuelto todo en la teoría del vasallaje impuesto por la UE al Reino Unido, desarrollada por el tan brillante como excéntrico e imprevisible Boris Johnson, el exministro de Asuntos Exteriores que considera inaceptable seguir en el marco económico europeo porque supone aceptar unas reglas del juego en cuya redacción el Gobierno británico no podrá participar una vez se consume la salida.

Una verdadera ceremonia del caos, la improvisación y la falta de liderazgo para defender una de estas tres opciones: un brexit ordenado, que siempre será menos pernicioso, dar el portazo y poner la economía y las relaciones entre europeos patas arriba o, tercera posibilidad, organizar una nueva consulta, con todos los datos sobre la mesa, para comprobar si efectivamente los remainers siguen siendo una minoría. Ni siquiera quienes han puesto a May contra las cuerdas disfrutan de un liderazgo efectivo: simplemente, disparan contra cuanto se mueve sin ofrecer un proyecto político acabado y viable, favorecidos en su estrategia por la ausencia en el Parlamento de un núcleo europeísta consolidado y multipartidista (el papelón del laborista Jeremy Corbyn pasará a la historia de la pasividad política, rehén de su euroescepticismo).

Siempre el establishment británico ha tenido dificultades para adaptarse al eurpeísmo, pero nunca pareció tan incapaz como ahora de encontrar la salida del laberinto. El brexit ha sentado a los políticos del Reino Unido frente a un espejo que devuelve imágenes de ineficacia, prejuicios atávicos y falta de realismo. Creer el mantra de que sin las ataduras de la UE todo funcionará mejor, el ejercicio pleno de la soberanía será una fábrica de progreso y de cohesión social, es tanto como suponer que el país sigue siendo lo que en realidad dejó de ser hace décadas y llevó al conservador Edward Heath a cruzar el canal de la Mancha en 1973 para vincular el futuro al de los demás estados europeos. Aquella operación sigue teniendo todo el sentido aunque los euroescépticos, los eurófobos y otras camadas crean que aquello fue poco menos que una capitulación.

 

 

Bolsonaro alinea a los duros

La configuración del núcleo del bolsonarismo demuestra que estaba del todo justificado que sonaran las alarmas en cuanto el recuento del 28 de octubre confirmó la victoria del candidato de la extrema derecha en la carrera para presidir Brasil. El perfil ideológico de los primeros escogidos por Jair Bolsonaro confirma la preferencia del vencedor por los muy duros, aquellos que entienden que los males del país y la competencia de la izquierda solo pueden combatirse con puño de hierro, admiradores algunos del legado de la dictadura y de la política de los blancos a pesar de la realidad multicolor de la nación. Nada de cuanto lleva decidido Bolsonaro en su primera semana de presidente electo se separa un milímetro de tal desarrollo argumental mientras la izquierda se lame las heridas y advierte del peligro inminente que se cierne sobre el sistema de libertades.

Cabía esperar cuanto sucede a poco que se hubiese seguido la andadura de Bolsonaro, pero aun así alimenta la inquietud y vaticina un cambio radical que alcanzará a toda Latinoamérica porque cuenta el antiguo capitán con la bendición de Donald Trump, y de presidentes con tanta influencia en los medios como Mauricio Macri (Argetina), Sebastián Piñera (Brasil) e Iván Duque (Colombia), que se han apresurado a resaltar sus coincidencias con el presidente electo. Había en todo lo que difundió Bolsonaro a través de las redes sociales un toque inequívocamente autoritario, de político sin contemplaciones; lo hay ahora en sus primeras decisiones para formar un equipo de fieles adscritos a la mano dura que antes prefieren cometer errores por exceso que por defecto.

Paulo Guedes, el ministro de Economía in péctore, es un seguidor de la escuela de Chicago, que vivió en el Chile de Augusto Pinochet de los años ochenta y admiró la obra de los promotores de la hiperliberalización de la economía, un programa que saneó las cifras macroeconómicas, pero incrementó las desigualdades sociales. Sérgio Moro, el juez que desveló el caso Lava Jato, metió en la cárcel a Lula da Silva y persiguió con saña al Partido de los Trabajadores (PT), será el responsable de Justicia y Seguridad Pública al precio de poner en duda la independencia de sus juicios y su complicidad con el mundo conservador, obsesionado en erosionar el PT. Joao Campos será el próximo presidente de la Cámara de Diputados, impregnará su quehacer con el fundametalismo cristiano que exhiben las iglesias evangélicas –es pastor de una de ellas– y quién sabe si dará una base doctrinal al programa de control-acoso-represión de las minorías tantas veces enunciado por Bolsonaro.

Cualquier posible asomo de transversalidad debe descartarse. No hay en la voluntad de cuantos auparon al vencedor el más mínimo propósito de escuchar al segmento social que no lo votó o que prefirió quedarse en casa. Al igual que Trump hace dos años, el círculo de Bolsonaro interpreta el triunfo como un valor absoluto que lo legitima para tomar cualquier medida en cualquier momento. Ciertamente, no se trata de una forma de pensar ajena a la ambición misma de muchos gobernantes al alcanzar el poder, pero en el caso de Brasil, históricamente sometido a las lacras de la desigualdad extrema, al arraigo de la pobreza y a la doble pandemia de la inseguridad y de la corrupción, la aplicación de cualquier programa exento de matices está irremediablemente condenado a dejar un reguero de víctimas por el camino.

La sentencia de Tácito “el poder nunca es estable cuando es ilimitado” no forma parte del ideario bolsonariano, sino más bien la convicción de que la herencia recibida legitima la aplicación de soluciones extremas. La bolsa de Sao Paulo aplaude este principio, pero el mapa de carreteras que lleva al ganador hasta el palacio de Planalto atiende más a los efectos que a las causas de la crisis social brasileña. Y sin embargo, nada puede deslindarse de la pobreza visible por doquier; de las pretensiones de los grandes propietarios agrícolas, señores de un sistema productivo que cabe considerar indigno; de la codicia que amenaza la explotación de la Amazonia; de la dualidad sin límites de las comunidades urbanas (opulencia máxima y miseria absoluta separadas muchas veces solo por la anchura de una calle).

Nada en Brasil tiende al equilibrio y a la sostenibilidad. Quizá Lula logró materializarlos en parte durante algún tiempo, pero los poderes reales no dejaron nunca de manejar los resortes decisivos de la economía y de la política –dos caras de un mismo dios– y de aprovechar el clima de confusión creado por el caso Lava Jato y sus ramificaciones –Petrobras, un nido de corrupción– para neutralizar el auge del PT. Hoy eso se traduce en una economía emergente estancada por sus propios errores y por el desafío de Trump a la globalización, y por unas clases medias que han buscado el auxilio de un cirujano de hierro capaz de restaurar el orden –no se especifica cuál–, sin que importen mucho los métodos, el coste y la erosión del régimen de libertades.

De los discursos de Bolsonaro y de sus seguidores no se deriva preocupación alguna por la calidad de la democracia en el futuro ni por la posibilidad de cohesionar una sociedad dividida. Se ha impuesto la idea de Thomas Hobbes, quizá muy anterior a él, primum vivere, deinde philosophari, en su peor acepción, como si el riesgo inherente a situar a la extrema derecha en el puente de mando estuviese plenamente justificado vista la situación que hay que superar. Una reacción comprensible entre los electores que añoran los años de la dictadura o del tejemaneje de los gobiernos conservadores, pero no tanto entre el resto de los votantes de la mayoría que se decantó por Bolsonaro, ciudadanos instalados en un pragmatismo lleno de riesgos.

Así se ha concretado la supuesta disputa por el centro después de que los dos candidatos que concurrieron en la segunda vuelta lo hicieran en la primera sin hacer guiños a este espacio político templado, sino al extremismo. Con una ventaja manifiesta para Bolsonaro: él pudo comparecer como potencial reparador de la catástrofe nacional mientras Fernando Haddad apareció como el heredero de los desastres del pasado. Fuese o no cierto esto último, nunca logró convencer a los votantes centristas de lo contrario y solo consiguió movilizar el sufragio militante que, por lo demás, siempre vio en Haddad un sucedáneo de Lula, el gran ausente, el único al que las encuestas daban como posible ganador frente a Bolsonaro, convertido hoy en el triunfador que Donald Trump siempre deseó.

El programa de Macron, en duda

El debilitamiento de la presidencia de Emmanuel Macron después de menos de año y medio en el palacio del Eliseo pone de manifiesto las dificultades para configurar experimentos políticos que pretenden ser una versión poscrisis de las en otro tiempo llamadas terceras vías. La República En Marcha (LREM), el partido creado por Macron para convertirse en jefe del Estado, es un conglomerado heterogéneo en el que conviven exsocialistas, centristas, ecologistas templados, liberales y aspirantes a políticos sin adscripción ideológica precisa. Es también un recinto en el que junto a debutantes en el oficio figuran veteranos en la brega política diaria –Édouard Philippe, Gerard Colomb, ministro del Interior hasta que dimitió el miércoles–, con claro predominio de la familia europeísta liberal, dispuesta a hacer pasar a Francia por un proceso de reformas guiadas por la austeridad presupuestaria, un cambio radical del mercado de trabajo y una revisión no menos radical de los privilegios de que disfrutan los empleados de la función pública.

El compromiso europeísta de los integrantes de LREM nadie lo discute, pero el corte merkeliano del programa de Macron para Francia, tampoco. Bruno Le Maire, un enarca clásico, es el ejecutor de este programa, apegado al rigor económico y poco dado a girar la vista atrás y adaptarse a algunas de las más arraigadas tradiciones políticas francesas: la fuerza de los sindicatos, el conservadurismo católico con inquietudes sociales, el legado comunista, las referencias de Charles de Gaulle y François Mitterrand para quienes conservan una “cierta idea de Francia” –la frase es del general en sus memorias–, el poder de facto de los funcionarios y otros factores esenciales en la configuración del perfil de la república. Muchos de estos ingredientes son lastres objetivos para la modernización del Estado, de la economía y de la viabilidad de los programas sociales, pero arramblar con todos es una empresa inmoderada, por no decir perniciosa para preservar la cohesión social y dejar a salvo el pacto republicano.

La pérdida de popularidad sin freno de Macron es consecuencia directa de esta idea de renovación del Estado desde la trinchera liberal –¿neoliberal quizá?–, que persigue la modernidad, pero alarma a los jóvenes sin trabajo o con empleos precarios, a las rentas más bajas de las sociedades urbanas, a una parte del mundo académico y las fuerzas en orden disperso que un día se sintieron representadas por las izquierdas clásicas y el nacionalismo socializante concretado en el gaullismo. Como escribía un editorialista a raíz de la dimisión del ministro de Transición Ecológica, Nicolas Hulot, Macron ha hecho demasiados enemigos en demasiado poco tiempo y ahora, cuando se impone una renovación del Gobierno –Colomb es el séptimo en dejar su cartera–, la pregunta de la portada del progresista Le Monde, “¿qué remodelación para salir de la crisis?”, es casi una forma encubierta de preguntar si el presidente y su Gobierno están en condiciones de salir de la crisis (de esta y de las futuras y previsibles).

El debilitamiento de Macron enardece a la extrema derecha, suministra argumentos a Marine Le Pen para calentar sus proclamas eurófobas y mantiene a Francia en la lista de países en los que el desafío del populismo ultra puede alterar el perfil del Parlamento Europeo que se elegirá en mayo. Esto es, la crisis francesas es, al mismo tiempo, una crisis europea en potencia, o acaso no tan en potencia habida cuenta de que coincide con las dificultades cada vez mayores que afronta Angela Merkel en Alemania, donde debe torear con las tensiones lógicas en toda coalición con las menos lógicas con los aliados históricos de la CDU, los democristianos bávaros de la CSU. Dicho de otra forma: sin estabilidad para que funcione la complicidad franco-alemana, con el brexit sin un desenlace tranquilizador y demasiados socios de la UE dispuestos a saltarse las reglas básicas del club, la debilidad de la pareja Macron-Merkel es, al mismo tiempo, la debilidad de Europa.

La energía y audacia que observa Jack Lang, exministro de Educación y Cultura de Mitterrand, en el comportamiento de Macron se antojan insuficientes para salvar el momento sin graves daños. Como el propio Lang reconoce en una entrevista con el periódico conservador Le Figaro, en un régimen parlamentario, después de la renuncia de Colomb, la crisis de Gobierno estaría servida y acaso zozobrara la cohesión de la mayoría con una composición tan variada como la de LREM. Una reflexión que no le impide alabar el “estilo de acción” del presidente, algo que apreció en Nicolas Sarkozy el establishment francés, del que Lang forma parte, y que echó en falta en François Hollande.

La pregunta que cabe formular en relación con la crisis francesa, entre otras muchas, es si una maquinaria electoral de perfil ecléctico, que pretende ser una herramienta política de renovación sin entrar en demasiados detalles ideológicos, puede ser también un instrumento de gestión política cohesionado, en cuyo seno sean más numerosas las certidumbres y los cambios viables que las contradicciones. La misma o parecida pregunta se planteó a las terceras vías, barridas por la victoria de George W. Bush en 2000, la complicidad británica en la estrategia de seguridad de Estados Unidos –la guerra de Irak– y el desastre aún no superado de la crisis iniciada en 2008, entre otros muchos sucesos que dejaron desnudos a los teóricos de aquella no tan lejana propuesta.

La modernidad de Macron presta muy poca atención al recuento de posibles víctimas provocadas por un pretendido cambio de paradigma que acaso tenga justificación contable, incluso puede ser necesario para salvar los muebles del Estado del bienestar, pero también puede dejar a muchos en la cuneta de la historia. Por lo demás, bastantes de los objetivos del presidente de Francia suenan a cosa sabida, bajo sospecha, apegados a las indicaciones de los think tank, pero alejados del pulso de la calle, instalada en la decepción y donde es tan importante el voto a favor de alguien como el voto contra alguien. Algo cada vez más frecuente cuya consecuencia inmediata es que apenas existe complicidad e identificación con el ganador –Macron en 2017– y al primer contratiempo se rompe el tenue hilo que une a los votantes con el candidato que votaron. Eso sucede en Francia y no hay pistas para creer que se corregirá la tendencia.

 

Lo peor del ‘brexit’ está por llegar

Las dimisiones de David Davis y Boris Johnson han dado carta de naturaleza a la impresión muy extendida desde hace tiempo de que la eurofobia fija la agenda de las negociaciones para la salida ordenada de la UE del Reino Unido. Colegir de la inmediata sustitución de ambos por Dominic Raab y Jeremy Hunt que la primera ministra, Theresa May, se mantiene en el puente de mando y controla la situación carece de fundamento: se desmorona el plan discutido el pasado fin de semana en Chequers para un brexit sin estridencias y el Gobierno británico aparece perdido en un laberinto de incongruencias y contradicciones. El artículo publicado el jueves en The Guardian por Henry Newman, director de Open Europe, en forma de carta dirigida a los embajadores y comisarios de la UE no hace más que subrayar algo por demás sabido: los europeos deben tomarse en serio el brexit blando defendido por May porque no hay alternativa mejor, menos hiriente.

Al recordar Newman que el interés británico por ingresar en la UE estuvo siempre relacionado con los intercambios económicos, y que esto es lo que pretende ponerse a salvo –“siempre hemos estado más interesados en las relaciones comerciales que en el proyecto político”–, no hace más que dar la razón a cuantos se alarman en la City con el brexit. ¿Por qué? Por el sencillo argumento de que incluso en el mejor de los desenlaces posibles, los británicos quedarán al margen de las decisiones que tomen los socios de la UE en el ámbito de la economía, pero deberán actuar en los términos aprobados en Bruselas, y aun estarán sujetos a lo que dictaminen o sentencien los tribunales europeos.

Es cierto, como afirma Newman en su carta-artículo, que si fracasa el brexit blando salido de Chequers, y por ahí van los tiros ahora, los perjuicios se percibirán a ambos lados del Canal en “el crecimiento económico y en la futura cooperación en materia de seguridad”, pero acaso la capacidad de reacción de las economías europeas sea mayor y más rápida, especialmente en la zona euro, y acaso también las políticas de seguridad se atengan a nuevos parámetros –una cooperación reforzada–, menos dependientes en todo caso de la estrategia de la OTAN. Y ahí también teme la City que la libra zozobre, el independentismo escocés se rearme, con efectos económicos inmediatos, y finalmente quede al descubierto la naturaleza fantasiosa de las ventajas de la salida proclamadas por los promotores del referéndum de 2016, aquel que nunca debió celebrase, según también opinan los gurús de la City.

La obsesión por la recuperación de cotas de soberanía exhibida por los brexiters más radicales apenas importa en una economía globalizada en la que el desarrollo de las potencias emergentes, un crecimiento raquítico de la demografía europea y el desafío tecnológico obligan a perseverar en los mecanismos de cooperación y en reducir el concepto clásico de soberanía a los asuntos con una repercusión estrictamente estatal o local, si es que tal cosa es posible (hay dudas sobre ello). La UE está minada por los achaques, las rivalidades entre gobernantes y el griterío nacionalista, pero es la única salida que tienen los viejos estados europeos para no caer en la irrelevancia o el servilismo.

Si el Gobierno británico sucumbe a la presión de los eurófobos, será aún más débil de lo que lo es ahora, quizá encadenará varias crisis y por último caerá. En este caso o con esta posibilidad en el horizonte inmediato, cabe preguntarse cuál es la alternativa verosímil. ¿Arreglarían algo unas elecciones anticipadas que dividirían a los conservadores más de lo que ya lo están? ¿Puede el Partido Laborista salir al rescate? ¿Es posible un nuevo referéndum? Ninguna de estas preguntas puede responderse con una afirmación: nada bueno presagian para el Gobierno unas elecciones anticipadas; nada se sabe de una alternativa laborista para destensar la negociación con la UE –Jeremy Corbyn, tan silencioso o contemplativo–; más impensable es aún abrir el melón de un nuevo referéndum después de asegurarse ad nauseam que no lo habrá.

Entonces, qué. Entonces está Donald Trump y su empeño de debilitar a Europa cuanto antes, de dividirla si es posible, de liquidar el statu quo y encabezar un nuevo sistema de alianzas que minimicen el papel de la UE. En esto cuenta con la cooperación inestimable de Vladimir Putin, con los propagadores de falsas estadísticas –las cifras manejadas por el presidente en la cumbre de la OTAN de esta semana eran completamente falsas– y con los teóricos del vínculo especial que debe unir al Reino Unido con Estados Unidos. Que esto suponga recuperar algunas migajas de soberanía es harina de otro costal, incluso es posible simular que tal cosa sucede con tal de reforzar la prédica eurófoba. Pero tal posibilidad sigue siendo un factor de preocupación de la City –el proteccionismo de Trump no tiene vuelta de hoja–, del mundo académico, de cuantos creen que el canal de la Mancha es un accidente geográfico, pero no la línea divisoria, el muro, la frontera culturalmente infranqueable entre ellos y nosotros.

“Un gobierno realmente sensato habría elaborado un plan sobre cómo abandonar la Unión Europea antes de convocar un referéndum”, se dice en el último número de The Economist. Incluso para este semanario, comprensivo con el brexit, el último plan discutido en Chequers “profundiza el caos”, y aunque reclama de los europeos, en igual medida que a los negociadores de May, sensatez para evitar la anarquía, admite que exigirán más de lo que la primera ministra ofrece para seguir en el mercado único. Y no le sorprende habida cuenta del enfoque dado a la negociación por Michel Barnier desde que Jean-Claude Juncker afirmó tajante: “Brexit is brexit”.

Diríase que lo peor del brexit está por llegar. Cuando un articulista del Financial Times compara la posible relación futura del Reino Unido con la UE con la que ahora tiene Ucrania, no hace más que emitir un diagnóstico realista y perturbador para las finanzas británicas, para el comercio exterior, para los consumidores y para cuantos piensan que la economía británica es suficientemente grande como para poner condiciones y suficientemente dependiente como para necesitar de sus socios europeos para no gripar el motor. Lo peor está por llegar, pero los profetas de la salida no cejarán en su empeño de acosar al sector más templado del Gobierno, porque para ellos, como ha dicho Boris Johnson en su carta de dimisión, “el sueño se está muriendo”, aunque para otros muchos tal sueño se asemeje enormemente a una pesadilla.

 

Trump-Macron, una relación paradójica

A nadie puede sorprender que el intercambio de gestos afectuosos entre Donald Trump y Emmanuel Macron quedara matizado por el discurso pronunciado por el presidente de Francia en el Congreso de Estados Unidos. La distancia ideológica y programática de ambos mandatarios es demasiado grande como para no manifestarse en toda su magnitud. Si Trump es proteccionista, duda del cambio climático y denuesta el acuerdo con Irán siempre que puede, Macron es defensor del comercio global, asume los vaticinios científicos sobre los efectos del calentamiento incesante del planeta y admite como mal menor, y sin demasiado convencimiento, que quizá convenga retocar el acuerdo con los ayatolás para ampliarlo, pero en ningún caso revocarlo. Como ha quedado escrito en político.com, el discurso de Macron lo podrían suscribir Barack Obama o Hillary Clinton, pero está en las antípodas del eslogan American First, que orienta todas las decisiones de la Casa Blanca.

Todo encaja en esta historia de apariencias y realidades. La candidata preferida por Trump en las elección presidencial del año pasado en Francia fue Marine le Pen, por afinidades evidentes de pensamiento y porque su victoria habría debilitado el proyecto europeo de forma clamorosa, mientras que Obama manifestó en púbico su apoyo a Macron, convertido en artífice de una nueva tercera vía europea que quiere acudir al rescate de la decadencia, la confusión y la crisis de identidad de la UE. Nada más elocuente que esta disparidad de criterios para llegar a una conclusión parecida a la del periódico Le Monde: la bondad de los gestos y la divergencia de las ideas tienen todas las trazas de un oxímoron o de un abuso de la paradoja.

El recuerdo de la simplicidad escenográfica de la visita de Charles de Gaulle a Dwight D. Eisenhower en 1960 –dos generales que siempre se respetaron, pero que a menudo disintieron, según se desprende de las Memorias de esperanza del francés– no ha dejado de ser una referencia estos días. Porque aquellos dos veteranos soldados no intentaron disimular sus diferencias, sino subrayar sus coincidencias para preservar un orden internacional estable. Algo que queda lejos del proyecto de Trump y que inquieta a Macron, contrario a la retirada estadounidense de entornos clave por el riesgo subsiguiente de que Rusia y China ocupen el vacío dejado. Así debe entenderse en parte la diatriba del inquilino del Eliseo en el Congreso contra el nacionalismo y el aislacionismo, dos vectores de fuerza que mantienen cohesionado al electorado de Trump, pero impugnan un posible orden internacional basado a la vez en la globalización y el multilateralismo.

Los detractores de la política económica de Trump entienden que su proteccionismo renuncia a poner en marcha políticas convenientes a medio y largo plazo a causa de sus intereses inmediatos. La “inconsistencia temporal”, mencionada en un artículo por Dani Rodrik, profesor de la Universidad de Harvard, condiciona la estrategia de la Casa Blanca, mientras que lo que se antoja poco consistente en el frente europeo es penalizar el flujo exportador en sectores tan sensibles como el acero y el aluminio, amenazar con hacer lo propio en el mercado automovilístico y quién sabe si en otras áreas. Para Macron, en igual o mayor medida que para Angela Merkel, poner trabas al comercio es amenazantemente pernicioso a ambos lados del Atlántico; no hace falta ser un defensor sin fisuras del TTIP, desaparecido en combate, para llegar a esta conclusión.

El entusiasmo con el que los escaños demócratas acogieron el discurso de Macron mientras los republicanos miraban al techo fue por demás elocuente. Will Marshall, una referencia del pensamiento demócrata renovado, llama al presidente de Francia “líder del mundo libre” al entender que recupera la mejor tradición del pensamiento liberal reformista, y en sentido parecido se han manifestado los analistas de los principales medios estadounidenses. Algo que contrasta con los recelos que Macron suscita en las filas de la izquierda europea, no solo en Francia, y en las del populismo conservador de Estados Unidos –Trump, su líder–, donde el modelo europeo es tachado siempre de socialista incluso si su defensor es alguien tan alejado del calificativo como Macron.

En una sociedad cada vez más dividida y crispada como la estadounidense no debe sorprender el recurso a la exageración y el éxito de proclamas que a menudo chocan con la realidad. La victoria ultraconservadora encarnada en Trump alienta desde noviembre de 2016 un pensamiento profundamente reaccionario y esquemático, que simplifica al máximo el enunciado de los problemas y las posibles soluciones. Que tales problemas –en el ámbito que sea– tengan una dimensión mundial y, por consiguiente, requieran de actuaciones mundiales pesa menos en la Administración de Trump que la necesidad de tomar decisiones que cumplan con las expectativas más elementales de una parte considerable de quienes votaron al presidente, seducidos por su verborrea de rompe y rasga. Eso es, además, lo que espera el establishment neoconservador –posneoconservador puede decirse–, que invirtió grandes cantidades de dinero en la campaña de Trump y espera un achicamiento del Estado suficiente para que no interfiera en sus negocios.

El nombramiento de Mike Pompeo, un halcón militante, para dirigir la Secretaría de Estado, es el mayor síntoma de una realidad: el intercambio de buenas palabras entre Trump y Macron es un fenómeno de recorrido limitado. Lo mismo sucede entre Merkel y Trump por más encubrimientos que diseñen ambas partes, alarmada la industria alemana por los eventuales efectos del proteccionismo de Estados Unidos sobre sus exportaciones, un asunto central en el viaje de la cancillera a Washington. El margen de maniobra es mínimo, además, porque en noviembre habrá elecciones legislativas de midterm y para la Casa Blanca sería poco menos que desastroso perder la mayoría en una de las dos cámaras del Congreso a causa del retraimiento de una parte del electorado que en 2016 confió en las promesas de Trump.

Es improbable que afecte a los impulsos electorales de los de seguidores de Trump el caos sin precedentes, por grave que este sea, de una Administración “desorganizada y contradictoria” (The Washington Post) en la que los nombramientos y las destituciones no cesan. Es más verosímil, por el contrario, que defrauden las muestras de debilidad o europeización del programa, siquiera sea en dosis hemeopáticas, a cuantos a la hora de ir a votar apostaron por un candidato que se presentó como defensor de los sacrificados en el altar de la salida de la crisis. Una imagen publicitaria que sigue vigente aunque sea otra paradoja separar del establishment la figura de Trump, un millonario con domicilio en la torre de Manhattan que lleva su nombre.

 

Raúl Castro se va, pero se queda

El cambio generacional que supone el relevo en la presidencia de Cuba no puede equipararse a un cambio en la orientación política del Estado. En primer lugar, porque el presidente saliente, Raúl Castro, conserva hasta 2021 la dirección del Partido Comunista de Cuba (PCC), columna vertebral de la Administración, y la jefatura de las Fuerzas Armadas, tan implicadas en la gestión económica del país y en el dispositivo de seguridad. En segundo lugar, porque la figura del nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, no puede desvincularse de la peripecia histórica del PCC, de su orientación ideológica y de los recelos que las reformas suscitan en la vieja guardia. Para la gerontocracia que vivió la epopeya de la guerrilla al lado de los Castro, del Che, de Camilo Cienfuegos y de otros nombres insignes del panteón cubano sigue vigente la máxima de Fidel: “Con la revolución todo, sin la revolución nada”.

Recurriendo al léxico clásico, cabe aplicar a Díaz-Canel la consideración de apparátchik: toda su carrera profesional y política se ha desarrollado al servicio del partido, condición sine qua non para escalar en las instituciones. En consecuencia, su implicación y apoyo a la propuesta reformista se atiene a la necesidad imperiosa de modernizar la economía y rescatar a millones de ciudadanos de la mera subsistencia, pero resulta exagerada toda comparación con otros líderes del universo comunista que en su día llegaron a la conclusión de que no cabía otra que ponerse al día o sucumbir. En cambio, es muy posible que comparta con la mayoría de veteranos de la revolución algo resumido en una sola frase por el periodista francés Renaud Lambert: “Cuba quiere el mercado… sin el capitalismo”.

La decisión de ir más allá y actuar como acelerador de la historia es algo que se antoja bastante alejado de los planes de Díaz-Canel. Su propósito confeso de dar continuidad a lo hecho hasta ahora lo pone de manifiesto por más que una sociedad exhaustas y progresivamente más escéptica requiere un esfuerzo suplementario de realismo y de acercamiento a las necesidades más acuciantes. Seguir como hasta ahora equivale a dar marcha atrás, con el agravante para el sucesor de Raúl Castro de que, aun habiendo llegado a vicepresidente con él, carece del carisma y el “pasado heroico” de la generación del Granma, como dice Arturo López-Levy, profesor de la Universidad de Texas. Y esa aureola heroica que amortigua por lo general los brotes de descontento en los momentos de mayor dificultad, crea complicidades entre la élite dirigente y la comunidad, pero no se transmite a los sucesores de los padres fundadores, a quienes han progresado en el seno de las instituciones.

Cuantos quieren ver en Díaz-Canel a una figura reformista al estilo de Deng Xiaoping se anticipan imprudentemente a los acontecimientos. Pues si algunas veces se ha dicho que el ejemplo mejor para Cuba para salir del marasmo es la vía china –un capitalismo tutelado por el partido–, en la práctica se han multiplicado los obstáculos internos y externos para imitarla. Acaso porque remitirse a China y su demografía desorbitada no tiene sentido en una pequeña comunidad que no llega a los 12 millones de habitantes en un solar de poco más de 100.000 kilómetros cuadrados. O acaso también porque los ingredientes constitutivos de la sociedad cubana tienen muy poco que ver con los de la china. ¿Es imaginable un programa reformista en Cuba que, como ha sucedido en China, liquide sin contemplaciones la dimensión social del Estado?

“Incluso si Díaz-Canel tiene deseos secretos de aplicar reformas, tendrá poco margen de maniobra para cambiar la revolución”, sostiene Christopher Sabatini, profesor de la Universidad de Columbia en las páginas de The New York Times, una idea que comparte el periodista Fernando Ravsberg, profundo conocedor del universo cubano, que detecta en la resistencia a las reformas del núcleo duro del partido el temor a que conduzcan del “modelo socialista a la soviética” al capitalista. Ravsberg cita en Le Monde Diplomatique al diplomático cubano Carlos Alzugaray, uno de los convencidos de que el paso dado por Raúl Castro llevará a otros veteranos a imitarle, algo posible, pero no determinante porque la fuente de poder está en la capacidad determinante del PCC de imponer el programa en cada momento. Se trata de un esquema clásico transmitido por el modelo leninista: el partido único controla todas las instituciones, fija el rumbo a seguir y las medidas a aplicar.

El cambio en la relación con Cuba decidido por Donald Trump no hace más que alimentar los recelos de la nomenklatura y estimular a la comunidad cubana instalada en Estados Unidos, de corte conservador. Mientras los guardianes de las esencias del PCC temen una vuelta a los peores días, los profetas del apocalipsis castrista instalados en Miami desde hace décadas rescatan el espíritu de la operación de Bahía de Cochinos o Playa Girón (abril de 1961). Esto es, al mismo tiempo que la ortodoxia revolucionaria en el interior se alinea en formación de combate para resistirse al cambio, los alentadores del espíritu de revancha hacen lo propio para impugnar por completo la reanudación de relaciones diplomáticas alentada por Barack Obama en las postrimerías de su presidencia.

No hay duda de que ese esquema de confrontación va camino de afectar la apertura económica de la isla, que siempre será incompleta si Estados Unidos no la secunda o, peor aún, si la dificulta. Después de que Venezuela haya reducido a la mitad el flujo petrolero con destino a Cuba, la estructura productiva, el funcionamiento de servicios esenciales y la economía privada han acusado el golpe, y la única compensación que le queda a la isla es atraer inversores, mejorar las estadísticas de turismo y poner en marcha un cambio global. Las adhesiones políticas en la calle a cambio de un futuro prometedor, pero indeterminado, han pasado a mejor vida y la comparación con otras realidades latinoamericanas, viva imagen de la postración y el atraso, han dejado de tener el efecto taumatúrgico que tuvieron en otro tiempo.