Marc, un tipo indispensable

“La primera víctima de la guerra es la verdad”

Hiram Warren Johnson, político estadounidense

Los tipos como Marc Marginedas son indispensables. En su mochila de campaña, de aquí para allá, de guerra en guerra y de matanza en matanza, guardan un manual no escrito que les permite distinguir con diáfana claridad entre víctimas y verdugos, entre sometidos y victimarios, entre multitudes honorables y sinvergüenzas escondidos en sus torres de marfil. Sin Marc y quienes hasta el último domingo fueron sus compañeros de cautiverio, andamos a tientas, faltos de referencias, sometidos a los manejos de la propaganda que enturbia los hechos y los aleja de la realidad (de la verdad).

Por esa simple y sencilla razón secuestraron a Marc Marginedas el 4 de septiembre y le sometieron a la peor de las postraciones: privarle de su libertad durante casi medio año en nombre del sectarismo político y el fundamentalismo religioso adscrito a la prédica de Al Qaeda y sus franquicias. Y, al hacerlo, dañaron irremediablemente la causa de la oposición al régimen de Bashar el Asad, y aun reforzaron a este, de acuerdo con el análisis del especialista Brian Whitaker aplicado a otros momentos calamitosos de la calamidad siria: “La ironía de todo esto es que da como resultado el éxito de la propaganda del régimen para persuadir a sus partidarios de que el conflicto tiene que ver con el terrorismo patrocinado desde el extranjero y no tiene nada que ver con la política interna de Siria”.

Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.

Una vez más, la lógica de la guerra ha acabado por deslegitimar a los bandos enfrentados. En medio de la matanza, los matarifes se han impuesto y se ha hecho dolorosa realidad la sentencia de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. En el seno de la destrucción, la propaganda desdibuja el relato de la tragedia y la suerte de las víctimas queda emborronado por los movimientos tácticos de los contendientes y de sus aliados. Marc Marginedas fue justamente a Siria a neutralizar la propaganda mediante la narración de los hechos; su bloc de notas se llenó de datos extraídos de los dramas de la vida cotidiana, y esa libreta, el ordenador cuyas tripas guardan los detalles de la carnicería, puso en movimiento a sus captores. Cuando la ONU confirmó que régimen y oposición andan a la par en cuanto a crueldad y bajeza, hacía tiempo que todos sabíamos que esta es la situación.

Cicerón escribió hace 2.000 años: “Cuando hablan los tambores de guerra, las leyes callan”. El resto, el léxico manejado por los expertos para hablar de guerras de necesidad, guerras de elección, guerras justas, guerras inevitables y otras guerras hasta llenar los manuales con un largo etcétera, no deja de ser un pretexto para justificar lo injustificable. ¿Quién puede poner hoy en duda la idea de Frank Herbert de que “una buena causa no hace que la guerra sea justa”? ¿Quién puede dudar de la conclusión de François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”?

Frank Herbert: “Una buena causa no hace que la guerra sea justa”.

En sus andanzas de testigos de las guerras de nuestro tiempo, los periodistas que van al frente movidos por una gama muy personal de sentimientos, descubren enseguida que las guerras honorables no resisten la prueba del nueve. Pueden encontrarse en plena refriega a personas honorables, pueden asistir a gestas honorables, pero lo que en verdad prevalece es el objetivo aniquilador de eliminar al adversario. El periodista que presencia una batalla es lo menos parecido al entomólogo que observa un hormiguero desde fuera y saca conclusiones; el periodista sumergido en la desolación es una hormiga más a la que las otras han confiado la tarea de contar sus penalidades, de transmitir el riesgo que corren de ser aniquiladas. El periodista cercado por el desmoronamiento de una sociedad en armas es con frecuencia el Godot a quien las víctimas aguardan a la puerta de sus casas destruidas.

Hay en todo esto unas gotas de ingenuidad, un punto de idealismo y mucho de respeto al ser humano, un concepto que no admite el distanciamiento crítico, sino que obliga a la crítica comprometida. Ninguna guerra ha sido el punto de partida para la construcción de un paraíso. Cuando Emil Cioran sostiene que “el sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”, no se comporta como un pesimista incorregible, sino como el lúcido desmitificador de los falsos paraísos, tarea para la que hace falta ser depositario de cierta gallardía. Quienes retuvieron a Marc quieren vender a la opinión pública que pretenden alumbrar el paraíso, pero he aquí que él impugna con su bloc de notas la veracidad de sus eslóganes publicitarios.

François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”.

Tragedia sobre la tragedia: el arte de la crueldad ya no se reduce a las armas químicas del bando de Bashar el Asad, a los ataques con bidones bomba y a otras tropelías. En Raqa, fundamentalistas islámicos se dedican a encarcelar y golpear a quienes lucharon a su lado para hacerse con la ciudad; en otros lugares del país, los libros sagrados influyen más en el ánimo de los guerreros que el llanto de los desposeídos. En realidad, influye una versión esquemática y zafia del compromiso religioso y desaparece la fundamentación “del principio de la acción moral y social sobre el principio teológico de la justicia y de la libertad del hombre” (Henry Corbin en Historia de la filosofía islámica). Solo cuenta la mitología de la guerra, del presunto héroe esclarecido que en lo alto de una montaña de cadáveres señala con el dedo el camino a seguir para liberar a la multitud oprimida.

La guerra civil siria se atiene a esa norma. Todo cuanto ha seguido al ataque con armas químicas del 21 de agosto del año pasado rezuma la peor versión del realismo, que es el conformismo: puesto que pinta que la guerra será larga y extenuante, gestionémosla con el menor coste político posible, aunque el precio en vidas se haya desbocado; puesto que nadie quiere enfangarse en un litigio que alimente los sueños de Al Qaeda y adláteres, dejemos que el desgaste de los combatientes convierta un trastorno multiorgánico en una dolencia crónica más o menos llevadera. Si de vez en cuando surge un comentario que humilla a las víctimas –la comunidad alauí reprocha a la ONU que esté más preocupada por llevar alimentos y medicinas a la población civil y a los rebeldes que por dar con el paradero de 740 de los suyos, desaparecidos (The Wall Street Journal)–, encajémoslo como un inevitable daño colateral de orden moral que el tiempo sanará.

Emil Cioran: “El sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”.

Por eso hacen falta testigos in situ: para dejar el engaño al descubierto, para rasgar la cortina que oculta el oportunismo de unos, el cinismo de otros y el conformismo de la mayoría en la comunidad internacional mientras hablan las armas. Sin ellos, sin esos testigos armados con un bloc de notas y una idea esclarecida de la decencia, no hay forma de saber qué pasa de verdad en Siria y de desacreditar a los propagandistas, a los especialistas en construir un mundo virtual, como si la guerra fuese un juego de rol. Aquí estamos, Marc, esperando leerte.