Turquía y Egipto se atascan, Irán avanza

Turquía, Egipto e Irán ocupan los puestos 53, 114 y 144 en el Índice de Percepción de la Corrupción que anualmente publica Transparencia Internacional desde 1995. Los tres países compiten por subrayar su condición de potencias regionales en un área que se desangra en Siria y que cobija el conflicto palestino-israelí, que se remonta a 1947. Hasta la fecha se prestó poca atención a estos datos inquietantes, pero desde el pasado verano se han sucedido los cambios en los biorritmos de los tres estados, y hoy, al empezar el 2014, se dan una serie de circunstancias nuevas que parten de una paradoja: el menos transparente de los actores en pugna, Irán, es el que más deprisa mejora su estatus internacional mediante la negociación de su programa nuclear, mientras que el teóricamente más asentado en las convenciones internacionales, Turquía, parece haber perdido algo más que el rumbo a causa de una epidemia de casos de corrupción que llegan hasta la sala de estar del primer ministro Recep Tayyip Erdogan.

En medio se encuentra Egipto, sometido a la corrección castrense de su primavera desde que la plaza Tahrir aplaudió el 3 julio que los generales se hicieran cargo de la situación. La resurrección del mubarakismo sin Hosni Mubarak, posible como en el pasado por la contribución a la causa de una parte de los políticos civiles, no deja de ser otra paradoja, una más, porque fue el laicismo sin uniforme el que puso el grito en el cielo a causa del programa emprendido por el islamista Mohamed Mursi, y es hoy el que teme que todo vuelva a su estado primigenio, con la política en los cuarteles. Es decir, con la política reducida a un instrumento de corrupción a gran escala que, desde hace décadas, ha hecho de los centuriones los grandes gestores de la economía y de la relación de Egipto con Israel, sin que los partidos puedan dar su opinión.

El caso es que la estabilidad de la región depende entre otros factores de que el triángulo turco-egipcio-iraní responda a un sistema equilibrado de relaciones. El profesor Fadi Hakura, del think tank independiente británico Chatham House, afirma: “A pesar de que crecen los desafíos para la posición regional de Turquía, el hecho de ser miembro de la OTAN y su situación geoestratégica le aseguran no ser ignorada en Oriente Próximo”. La frase es aplicable a Egipto e Irán, con sus propios desafíos regionales  y con los riesgos inherentes a entramados institucionales en los que pesan tanto o más las relaciones personales que las leyes.

Lo que sucede en Egipto de forma singularmente relevante es que, además, forma parte de la lucha sectaria entre el mundo suní, que se atiene a los designios de los petrodólares saudís, y el mundo chií, agrupado detrás del programa nuclear iraní. Las finanzas públicas egipcias se encuentran técnicamente en quiebra y han sido los petrodólares los que han evitado que, a la caída de Mursi, siguiera la ruina del Estado. El precio para evitarlo ha sido sumarse a lo que el especialista Fanar Haddad reputa guerra sectaria, a la que se han acogido las monarquías del Golfo “como parte de un esfuerzo de propaganda para salvar sus tronos”. Salvarlos, se entiende, de la capacidad de impregnación de las primaveras árabes, que obligaron al petroislam a ponerse en guardia.

Esa disputa confesional, muy presente en la agenda política iraquí, no debiera ser trascendente en Turquía, ajena al conflicto. Pero allí han llegado a las primeras páginas de los periódicos las miserias de un poder venal, entregado a la corrupción, y la incapacidad del primer ministro de escuchar a sus adversarios políticos en el Parlamento y en la calle. Si el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) dejó jirones de su prestigio en las jornadas de junio en la plaza Taksim, y si la actitud de Erdogan dio pie a abrigar toda clase de reservas acerca de su compromiso con los usos democráticos, hoy no hay duda sobre la incapacidad del poder para aceptar que hace falta sanear los cimientos del edificio. Mientras la lira turca se hunde en la bolsa de Estambul –su cotización ha caído más de un 20% en once meses–, Erdogan habla de una “conspiración internacional para hundir a su Gobierno”, pero el análisis del Financial Times resulta bastante más convincente: los inversores extranjeros están preocupados porque el Gobierno “ha tratado de aumentar el control sobre las autoridades judiciales” para detener la investigación por corrupción y temen por la seguridad jurídica de sus negocios.

Las incógnitas planteadas en junio por el islamismo moderado turco se han agrandado. El presunto espejo en el que deben mirarse otras experiencias similares, presentes o futuras, devuelve la imagen elocuente de una estructura de poder sin capacidad de regeneración, encerrada en sus propias convicciones y condicionada por una red de intereses opacos. Que sus competidores regionales exhiban una opacidad aún mayor, fruto de economías fuera de todo control independiente, no es ningún consuelo para cuantos pensaban que de los equilibrios turcos entre religión y Estado podía surgir una tercera vía con capacidad de transformarse en un poder arbitral, no árabe y no contaminado por las debilidades estructurales del mundo árabe y del litigio histórico entre sunís y chiís en el golfo Pérsico.

En sentido contrario, la teocracia iraní hace tiempo que dejó de ser una referencia o fuente de inspiración. Occidente dio por amortizado hace tiempo el fundamentalismo religioso de los ayatolás y, después de la desorientación inicial y la política de sanciones desencadenada por el programa nuclear promovido por los clérigos, ha dado con un interlocutor –el presidente Hasán Rohani– dispuesto a sacar el máximo partido de la situación. Dicho de otra forma: los acuerdos del 24 de noviembre relativos al programa nuclear iraní y la aplicación concreta de los mismos, pactada por Irán con el G5+1 al acabar el 2013, no entrañan ninguna transformación del régimen, sino la incorporación de este a la comunidad internacional sin levantar sospechas o, al menos, sin alarmar como lo hizo hasta fecha reciente. A eso se le puede llarmar política de supervivencia. Nadie piensa que Rohani, salido de las filas del sistema, es un reformista empeñado en cambiar la textura de la república islámica, sino que más bien se ve en él al posibilista dispuesto a mejorar la economía de su país –aumento de las exportaciones del petróleo– y a desempeñar el papel de actor regional necesario tanto en Líbano como en Siria, por más que Israel ve las cosas de forma muy diferente.

Así es como Irán ha transferido a Turquía y Egipto, a pesar del apoyo de Estados Unidos a los generales, el papel de potencias regionales inciertas. No es que se hayan desvanecido por ensalmo las incertidumbres que acompañan la praxis política de los ayatolás, es que estos han aceptado las reglas del juego para tener acceso a los 100.000 millones de dólares en cuentas iranís congeladas en bancos extranjeros y para reactivar los ingresos del petróleo, que hoy son solo la mitad de los posibles a causa de las sanciones impuestas por la comunidad internacional, según cálculos bastante certeros hechos por el diario conservador británico The Times. Los líderes iranís han aceptado la tozuda realidad: solo sometiendo su programa nuclear a tutela internacional podrán recuperar la cartera de clientes perdida durante la presidencia de Mahmud Ahmadineyad, que tanto ha dañado el desarrollo de la economía iraní y, quizá, el apego de una parte de la sociedad urbana a los dictados del líder espiritual Alí Jamenei.

¿Qué reglas del juego están dispuestos a aceptar Erdogan en Turquía y el general Abdul Fatá al Sisi en Egipto para recuperar la confianza internacional en sus peripecias personales. No es suficiente que las encuestas otorguen al primer ministro turco una intención de voto por encima del 45% ni que un coro de civiles sometidos al bastón de mando de Al Sisi anuncie la buena nueva del restablecimiento de la democracia al día siguiente del referendo constitucional del 14 y 15 de enero. Porque en ambos casos prevalece y prevalecerá la sensación de inestabilidad, de divorcio entre las plazas que reivindicaron la modernización y la neutralidad del Estado y los despachos, donde se desarrolla una estrategia destinada a asegurar la permanencia en el poder de quienes ahora lo tienen, cueste lo que cueste.

China induce un nuevo statu quo

La profesora Margaret MacMillan, directora del St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford, publicó el pasado fin de semana en The New York Times un ingenioso ensayo de paralelismos históricos entre las vísperas de la primera guerra mundial y las del año que se avecina, cuando se cumplirá un siglo del inicio de la que fue conocida como Gran Guerra hasta la matanza que se prolongó de 1939 a 1945. La sutileza de la analista, que comparte con Mark Twain la idea de que la historia “no se repite a sí misma, pero tiene rima”, encuentra en la rivalidad entre imperios –hace cien años, el Reino Unido y Alemania; hoy, Estados Unidos y China– el factor común que permite vislumbrar temores y atesorar esperanzas. Y cree adivinar en aquellos inicios del siglo XX rasgos propios de una globalización avant la lettre que lo mismo sirvió para alentar “localismos y nativismos” que para fundamentar los temores de Alemania de convertirse en una potencia sitiada por sus adversarios, un sentimiento que hoy experimenta el establishment político chino.

Artillería de campaña alemana en la primera guerra mundial.

Los sucesos acaecidos en el archipiélago Senkaku –Diaoyu para China–, a solo 70 kilómetros al noreste de Taiwan, con un doble valor económico –cantidades ingentes de petróleo y gas– y estratégico, han proyectado la imagen de una guerra fría de bolsillo entre las dos grandes potencias, aunque la disputa por la soberanía de los islotes deshabitados es entre China y Japón. En esta guerra fría posmoderna Japón desempeña el papel de aliado de Estados Unidos bajo riesgo; el aumento del gasto militar y el incremento de la capacidad naval china, el reservado otrora a la carrera de armamentos; y los cálculos relativos al deseo de China de desafiar a Estados Unidos y convertirse en una potencia en el Pacífico, el de las teorías de la escalada aplicadas a un entorno nuevo. O puede que no tan nuevo si se da marcha atrás en la historia y, como hace MacMillan, se recuerda que de la misma manera que las superpotencias de 1914, antes de sonar el primer disparo, se refirieron a la defensa de su honor, el secretario de Estado, John Kerry, ha invocado la credibilidad y el prestigio de Estados Unidos para movilizar a la flota en el mar de la China.

El trabajo de MacMillan advierte de los riesgos que se corren si, hechas las oportunas distinciones entre el hoy y el ayer, no se extraen lecciones “para construir un orden internacional estable”. Si no el mayor, sí es al menos el más común de los riesgos aceptar el principio según el cual, “gracias a nuestro progreso tecnológico, podemos emprender conflictos armados cortos y de impacto limitado” que reportan victorias decisivas. El desarrollo del conflicto en Afganistán, quizá en Irak, y en Siria con toda seguridad desmienten la efectividad de los conflictos bajo control, con la población a salvo de los males propios de la guerra. Algo parecido sucedió en 1914, cuando los generales creyeron disponer de las herramientas necesarias, pero luego la realidad de la guerra arrastró a la muerte a millones de jóvenes porque el alcance de las armas de teatro había pasado de 100 yardas en tiempos de Napoleón a 1.000, con el aumento consiguiente de su poder de devastación.

Las guerras de efectos limitados, incapaces de contaminar el entorno, son una entelequia elaborada por quienes difunden las teorías de la guerra sin más bajas que las precisas, siempre entre combatientes profesionales. En la práctica, la tecnología y los servicios de inteligencia no han eliminado los daños colaterales, los efectos secundarios y la desestabilización de áreas que exceden con mucho las delimitadas por los generales en los mapas. Y eso es de aplicación tanto en las guerras calientes como en las frías, de ahí que la disputa por las Senkaku-Diaoyu lo sea todo menos un problema menor o una crisis virtual.

Vista aérea del archipiélago de las Senkaku-Diaoyu.

El periodista Ian Buruma, profesor del Bard College, aporta los ingredientes esenciales para comprender los riesgos inherentes al conflicto: “China está en ascenso, Japón es una economía de capa caída y Corea se mantiene como una península dividida. Es natural que China intente restablecer el dominio histórico sobre la región. Y es natural que Japón esté nervioso por la posibilidad de convertirse en una especie de Estado vasallo (los coreanos están más acostumbrados a este papel vis-à-vis con China)”. Hay en todo ello resonancias de añejas rivalidades entre nacionalismos enfrentados a los que no se puede considerar parte del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, expresión acuñada por Sigmund Freud y recordada por MacMillan en su ensayo. Tampoco son nacionalismos construidos a toda prisa por “historiadores, lingüistas y folcloristas que estaban ocupados en crear historias de viejos y eternos enemigos”, según los define MacMillan al hablar de los de 1914, sino más bien otros muy distintos empapados de agravios históricos y tragedias irredentas perfectamente documentadas y a solo una o dos generaciones de distancia de la nuestra.

Para completar la competencia entre egos nacionales y rivalidades regionales, que un día pueden ser mundiales, debe citarse el programa de desarrollo militar de la India, que desde noviembre dispone de un segundo portaviones y aspira a disputar el liderazgo estratégico y económico a China, el gran adversario junto con Pakistán desde los días de la independencia. De forma que frente a quienes piensan que la pulsión aislacionista puede condicionar la diplomacia estadounidense en un futuro no muy lejano, asoman los que creen que la competencia entre China e India otorga a Estados Unidos el perfil de actor indispensable, por no decir de poder arbitral. Dicho en otras palabras: la mayor potencia de Occidente se mantiene como el gran poder global, aunque, como apunta MacMillan, “no es el poder absoluto que fue una vez”. Una afirmación por lo demás discutible, porque la supremacía tecnológica y el control de los flujos de información le garantizan una superioridad indiscutible.

Quizá esta sea la mayor diferencia en la asimetría de la rivalidad en la cuenca del Pacífico: China es una potencia en construcción; Estados Unidos ha sistematizado su influencia. La especialista Martine Bulard ha recogido en Le Monde Diplomatique los desafíos que debe afrontar el gigante asiático, según sus propios dirigentes: desarrollar la economía de mercado, las políticas democráticas, una sociedad armoniosa y una civilización ecológica. Este es un programa para más de doce años, fecha de vencimiento a partir de la cual, según los cálculos más difundidos, el PIB chino superará al estadounidense. Y es, también, un programa cargado de factores adversos habida cuenta del peso inconmensurable del Estado en la economía, del control de la burocracia del partido sobre el funcionamiento de las instituciones, de los peligros de la desigualdad social causada por un desarrollo galopante y de la permisividad de que disfruta la economía productiva.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de China, Xi Jinping, durante su entrevista en Annenberg Retreat (California), el 8 de junio de este año.

Aun así, esta China en construcción se comporta cada día más como una referencia inexcusable de un nuevo mundo bipolar gracias a los excedentes de capital que maneja, su tendencia milenaria a contemplar el mundo desde el interior de su fortaleza y su confianza en la capacidad del partido para dirigir una sociedad disciplinada donde el dúmping social será aún posible durante mucho tiempo a causa de las bolsas de pobreza que surten de mano de obra barata al sector industrial. Decir que la buena salud de los negocios está por encima de todo no es ninguna exageración, sino la certificación de que su propósito es competir con su gran rival en todos los mercados para transformar su potencia económica en poder militar más temprano que tarde. Más todavía: en la última hornada de dirigentes chinos –el presidente Xi Jinping y su equipo– ha arraigado la idea de que el poder militar, instrumento indispensable del poder político, es una derivación directa del poder económico. La muerte por inanición de la Unión Soviética revela hasta qué punto operar en sentido contrario equivale a levantar un edificio sin cimientos.

El alma de historiadora de Margaret MacMillan lleva a la ensayista a preguntarse si es posible sacar conclusiones contemporáneas de los motivos que llevaron a Europa al campo de batalla en 1914; si es posible resistirse a la tentación de comparar las relaciones de Estados Unidos y China con las que mantuvieron el Reino Unido y Alemania antes de que el atentado de Sarajevo que costó la vida al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa (28 de junio de 1914) precipitara la guerra. Y, al hacerlo, se adentra por el camino de las rivalidades nacionales que enturbian los datos concretos de cada momento con la explotación de los sentimientos, un resorte poderoso, ajeno a la razón, tantas veces invocada por René Descartes para evitar estropicios: “Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación, y no te fíes sino de la razón”.

¿Quién puede dudar de que el Partido Comunista Chino, sin necesidad de cambiar de nombre, se ha transformado en una organización nacionalista que es la columna vertebral del Estado? ¿Quién puede dudar de que el sentimiento nacionalista en Estados Unidos está a flor de piel? ¿Estamos en la antesala de una situación de riesgo? En marzo del año pasado, cuando Hu Jintao aún era presidente de China, el exsecretario de Estado Henry Kissinger escribió en su blog lo siguiente: “Aunque la capacidad militar absoluta de China no es formalmente comparable a la de Estados Unidos, Beijing posee la habilidad de plantear riesgos inaceptables en un conflicto con Washington y desarrolla instrumentos cada vez más sofisticados para negar la ventaja tradicional de Estados Unidos”. Aun así, Kissinger subrayó que los objetivos económicos de China atenúan los riesgos y las desavenencias con Estados Unidos no deben ir más allá del “funcionamiento habitual de la rivalidad entre las grandes potencias”. Con todo, cabe preguntarse: ¿cuál es la fecha de caducidad del nuevo statu quo?

Putin tira de Ucrania

La decisión del presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, de suspender la firma del acuerdo de asociación con la UE ha hecho bajar a las calles de Kiev a la oposición europeísta y ha puesta en circulación teorías más o menos verosímiles acerca de los proyectos de futuro del presidente de Rusia, Vladimir Putin. Lo menos que puede decirse es que frente a una sociedad dividida en dos mitades iguales –la partidaria de una Ucrania rusificada y la que sueña con la construcción de una identidad genuinamente ucraniana–, a la UE le ha faltado habilidad para cerrar la negociación y a Rusia le han sobrado recursos para presionar al Gobierno ucraniano. Dicho de otra forma: la condición bipolar o de puente de Ucrania con Europa occidental y Eurasia ha sido mejor explotada por Rusia, que avizora la creación de una zona de libre comercio que incluya algunas de las antiguas repúblicas soviéticas con más posibilidades de desarrollo.

La operación puesta en marcha por Putin pretende dar respuesta económica a las dos grandes preguntas que se formula el universo ruso desde los días de Pedro el Grande (siglo XVIII): cuáles son los límites de Rusia y qué acervo cultural debe prevalecer en la construcción de la identidad rusa, el de raíz europea o el de inspiración asiática. Frente a la búsqueda de soluciones románticas para el crucigrama nacional, Putin ha preferido remitirse a la realidad de un espacio económico y político, con piezas complementarias y dirigido por Rusia, que incluya por lo menos a Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán, sin excluir más incorporaciones a poco que sea posible. Y, ante un proyecto de tales características, se multiplican las voces de alarma que advierten de una eventual reconstrucción del imperio soviético a través de la Unión Euroasiática.

El analista Nicolai N. Petro, que fue en su día asesor especial del presidente George H. W. Bush para la política con la Unión Soviética, desacredita estos temores en las páginas de The New York Times: “Rusia será siempre la fuerza dirigente de la Unión Euroasiática, aunque en menor medida conforme se unan más naciones. Pero la idea de que Rusia está dispuesta a restablecer la antigua Unión Soviética mediante el estrechamiento de los lazos económicos y comerciales es simplemente ridículo. Por una razón: la soberanía de los estados es la piedra angular de la Unión Euroasiática”. Petro estima más intrusivo para las soberanías nacionales el funcionamiento de la Unión Europea que la organización que quiere poner en marcha Putin.

Otros ven en los planes del presidente ruso una versión actualizada de la soberanía limitada y motivos suficientes para perseverar en la occidentalización de Ucrania. Al hacerlo, justifican indirectamente la reacción rusa ante el proyecto de asociación de Ucrania con la UE porque enuncian los objetivos para la región de Estados Unidos y sus aliados. El profesor Damon Wilson, vicepresidente del think tank Atlantic Council, concreta tres grandes referencias generales que explican la oferta de asociación hecha por la UE a Ucrania y también la oposición rusa:

  1. Las relaciones de la UE con seis exrepúblicas soviéticas –Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, Georgia, Azerbaiyán y Armenia– tendrán grandes consecuencias estratégicas para Estados Unidos.
  2. La ampliación de la UE y de la OTAN son los dos grandes pilares de la Europa en paz posterior al final de la guerra fría.
  3. Estados Unidos debe tomar la iniciativa en las preocupaciones en materia de seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas.

Consumo de gas ruso en Europa en el 2011 y gasoductos alternativos a la red que cruza Ucrania. Fuente: Novosti.

Visto desde el lado de Rusia, los objetivos enunciados por Wilson son más que suficientes para comprender que las presiones sobre el Gobierno ucraniano no cesaran hasta que el presidente Yanukovich decidió el 28 de noviembre no firmar en Vilna el acuerdo de asociación con la UE. Pero hay otro factor de presión que atañe a la política de las cosas, y que Putin utilizó sin miramientos: los contratos de suministro de gas a Ucrania y las dudas que ensombrecen la vigencia de los firmados por Gazprom con el Gobierno de Yulia Timoshenko, que cumple una condena de prisión de siete años justamente a causa de las condiciones aceptadas, entiéndase los precios, considerados muy gravosos.

Si Ucrania huele a gas desde el día siguiente a su independencia, el abrazo del oso de Putin del que habla Damon Wilson es más que nunca indisociable de la política gasista que Rusia desarrolla desde la primera gran crisis de distribución, en el 2006. La red de gasoductos que construye Rusia para transportar gas desde el corazón del país hacia los mercados de la UE excluye el territorio de Ucrania y, en consecuencia, la priva de un instrumento de presión –el mantenimiento de la red de distribución– a la hora de negociar los precios de un combustible esencial para Europa occidental. Para el Gobierno de Ucrania no hay otra forma de compensar el debilitamiento ante Rusia que dar preferencia a la zona de libre comercio que promueve Moscú: precios del gas más asequibles a cambio de un trato de privilegio para los productos rusos, dicho de forma resumida.

Las especialistas Melinda Haring y Laura Linderman añaden a lo dicho que Ucrania es un ejemplo de libro de lo que se conoce como basket case, expresión aplicada a aquellos países cuya economía se halla en muy mala situación. Se remiten al estudio realizado por el economista sueco Anders Aslund, reputado analista de la transición de las economías planificadas a las de mercado. A tenor de los trabajos de Aslund, “Ucrania tiene una fuerte dependencia de los subsidios de Rusia y los precios reducidos del gas”, afirman Haring y Linderman, que añaden que Yanukovich necesita mantener al país a flote si quiere tener posibilidades de ganar en las elecciones del 2015, que se decidirán por un estrecho margen, según todos los sondeos.

Claro que para llegar a la cita del 2015, el presidente ucraniano tiene que acallar la protesta de la calle con gestos específicos que vayan más allá de las protocolarias excusas dadas por el primer ministro, Mikola Azarov, por la contundencia policial. Sin una aproximación a la parte de la sociedad ucraniana movilizada para reclamar la asociación a la UE, arraigará más y más la impresión de que está en marcha una operación que forma parte de “un tipo de orden neoimperial”, según expresión acuñada por Stephen Sestanovich, integrante del Council on Foreign Relations. Que se corresponda esto más o menos con la realidad carece de importancia si en el ánimo de la opinión pública se asienta la idea, porque esa opinión pública que desea dar la vuelta a la situación cree que el gas no vale una misa (las exigencias de Putin). Al mismo tiempo, los ucranianos que siguen preguntándose por qué un día tuvieron que dejar de ser rusos, entienden que seguir por la senda política de Putin es la forma adecuada de hacer que las cosas vuelven a su sitio en un litigio irresoluble entre comunidades que miran en direcciones opuestas.

Entre unos y otros se encuentra un Gobierno debilitado, del que la UE esperaba más, según Angela Merkel, al que Rusia exige más y al que los estrategas del futuro quieren situar en el mapa de la comunidad occidental y de la comunidad euroasiática, según los casos. ¿Es posible una solución que complazca a todo el mundo? Resulta harto difícil vislumbrarla porque Ucrania es demasiado importante en el imaginario colectivo ruso, que se remonta al Rus de Kiev (siglos IX al XI), porque Rusia aspira a recuperar su condición de potencia necesaria, porque Ucrania necesita que el gas llegue a todas partes a un precio razonable, porque la UE aspira a ampliar los mercados sin recurrir a aventurados procesos de ampliación y porque, en fin, Estados Unidos quiere seguir siendo la potencia que arbitre en el escenario europeo, como explica el profesor Wilson. Demasiados porqués para atemperar las pasiones.