Rato agrava la enfermedad

“Los discursos y los escritos políticos son hoy esencialmente una defensa de lo indefendible”. La frase es del escritor británico George Orwell y figura en su ensayo Los políticos y la lengua inglesa, que data de 1946. Hoy es tan vigente como entonces o acaso más porque los mecanismos de retorsión del lenguaje han evolucionado espectacularmente en manos de especialistas en convertir la política en un manual de eslóganes más o menos ingeniosos, más o menos ocultadores de la realidad, de las miserias de la vida pública, de cuanto sucede y no se quiere que se sepa.

Otro británico, el historiador Timothy Garton Ash, 70 años después de Orwell, ha dado con los mismos mecanismos de mixtificación. “Todas las frases ingeniosas las preparan con antelación los asesores de comunicación. Como dijo hace poco el antiguo fiscal general conservador [del Reino Unido] Dominic Grieve, son ‘sesiones llenas de indignación pero con muy escaso contenido’”, escribió hace unas semanas en El País Garton Ash, alarmado por el espectáculo a menudo infantiloide que ofrecen los diputados en la Cámara de los Comunes, una forma bastante grosera de ocultar el presente detrás de un telón de improperios altisonantes, broncas, aplausos y otros jolgorios. En el fondo, como sucedía en los días de Orwell, se trata de eludir la verdad y de defender lo indefendible; se diría, quizá, de secuestrar el lenguaje.

Llevado todo al teatro español –no al de la plaza Santa Ana de Madrid, por demás respetable–, el alcance o repercusión del secuestro del lenguaje se agudiza con la gravedad del momento. Una gravedad realzada por esa lista de 705 o de Rodrigo Rato y otros 704 –a no ser que aparezca un cabeza de cartel de más altura– que pudieran haber aligerado sus conciencias mediante el blanqueo de dinero gracias a la amnistía fiscal establecida por el Gobierno. Esos 705 o Rodrigo Rato y otros 704 suman un nuevo pudridero a otros cinco que han llenado la política de pestilencia: la madeja Gürtel-Bárcenas, el ovillo de los ERE de Andalucía, el crucigrama Urdangarín, el laberinto de Bankia (tarjetas negras incluidas) y la trama Pujol. Y al difundirse el aroma de corrupción en todas direcciones han obligado a ciudadanos atónitos a descifrar el alcance de los hechos encubiertos por el lenguaje cuando estos se abordan a la vista del público en los parlamentos, en los juzgados, en esas declaraciones a las puertas de los palacios de justicia cuya función exclusiva es exaltar la inocencia de los encausados o de quienes seguramente lo serán al cabo de unos días.

Orwell dejó dicho en Los políticos y la lengua inglesa: “A propósito de cada frase que escribe, un autor escrupuloso se planteará al menos cuatro preguntas: ¿Qué pretendo decir? ¿Cuáles son las palabras que pueden expresarlo? ¿Qué imagen o locución puede hacerlo de forma más clara? ¿Esta imagen es lo bastante expresiva para ser eficaz? Y probablemente se planteará otras dos: ¿Podré expresarlo de manera más concisa? ¿Hay en esta formulación alguna fealdad que podría evitarse?”

De estas seis preguntas, la primera es fundamental: ¿qué pretendo decir? Es tan determinante que en la epidemia de corrupción que padece el país ha sido sustituida por esta otra: ¿qué debo decir? O por esta otra, igualmente inquietante: ¿qué conviene que diga? Pudiera añadirse que es preciso dilucidar qué conviene decir para que no afecte mucho a las encuestas, para que quede claro que alguien metió mano en la caja, pero el partido no tuvo forma de saberlo, o el Gobierno, o ambos a la vez, defraudados a causa de la confianza depositada en sus más íntimos y apreciados colaboradores, militantes y amigos, a quienes presuponían el partido, los partidos, el Gobierno o todos a la vez libres de toda sospecha. Este es el punto de partida, la necesidad de poner en marcha un mecanismo de disculpa que sea, al mismo tiempo, exculpatorio, que haga olvidar lo dicho con anterioridad –“Luis. Lo entiendo. Sé fuerte” (la sintaxis es de Mariano Rajoy, autor del mensaje a Luis Bárcenas”–, que deje a salvo la marca, el márketing político, para no perder en el lance carros y carretas.

La ironía que gastaba Eugeni d’Ors con sus alumnos, a quienes a menudo decía “oscurezcámoslo un poco” cuando algo estaba claro, ha pasado a ser la piedra sillar de las técnicas pergeñadas por los especialistas en dar con explicaciones políticamente correctas para que los líderes o sus portavoces tranquilicen al auditorio. Pero, claro, el auditorio está escamado y ya no se cree casi nada de lo que le dicen; tiende, en cambio, a desconfiar de todo y de todos, un estado de ánimo lógico, pero fatal para salvaguardar la complicidad indispensable entre poder y ciudadanos para que los sistemas democráticos funcionen de forma razonablemente eficaz. En medio de la oscuridad, cuando la opinión pública puede guiarse solo por el olfato que detecta los vapores que suben de la alcantarilla, no hay complicidad posible entre administradores y administrados.

Resulta incomprensible que, en medio de la función, el PSOE tenga que forzar una votación en el Congreso para que el Gobierno publique la lista de los más de 30.000 contribuyentes que se acogieron a la amnistía fiscal, esto es, el elenco de cuantos antes de la amnistía no pagaron a Hacienda en la forma y los plazos debidos. Resulta un insulto a la inteligencia que mientras se registra el domicilio de Rodrigo Rato alguien busque argumentos en la ley o en la confusión reinante para no suministrar tal información y dejar a oscuras –otra oscuridad más– a cuantos todas las primaveras pasan por la ventanilla de Hacienda. Resulta, en fin, un bochorno colectivo que los estrategas y agitprop de los partidos, del Gobierno o de ambos a la vez busquen tres pies al gato a cuantos quieren aclarar lo sucedido, sean estos periodistas, magistrados, jueces o políticos con el expediente limpio, que por fortuna los hay.

“Cuando se abre un abismo entre los objetivos reales y los objetivos declarados, de forma casi instintiva se recurre a las palabras interminables y a las expresiones trilladas, tal como un calamar lanza su tinta”, dijo Orwell. El comportamiento del calamar obedece a su deseo de ocultarse, de zafarse sin daño de sus adversarios; persigue lo mismo este sopicaldo de declaraciones que nada dicen a pesar de la solemnidad con que se dicen. Sin que pareciera tener mayor importancia el daño que causa esa ceremonia del disimulo, de la evasión –no fiscal en este caso–; como si no minara el sistema, la confianza en él, la dignidad de la política y de los políticos. Como si lo más importante no fuese saber si los presuntos corruptos lo son de verdad, sino cómo afectará la corrupción a sus partidos en las próximas elecciones; como si lo que en verdad importase fuese saber quiénes y cómo se salvan de la quema aunque el aire siga siendo irrespirable.

El coste de cuanto pasa es incalculable para un sistema democrático. El historiador Tony Judt lo definió en dos sucintas frases. Primera: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Segunda: “Si los ciudadanos activos o preocupados renuncian a la política, están abandonando su sociedad a sus funcionarios más mediocres y venales”. Demasiados riesgos para seguir mareando la perdiz y apuntarse a un relativismo moral que devuelve la imagen, seguramente falseada por la decepción de ahora mismo, de unos políticos más inclinados al oportunismo que al compromiso con la transparencia y que, como dice Timothy Garton Ash, dilucidan sus diferencias en una “pelea a gritos propia de un patio de colegio”.

Bárcenas se adueña del micrófono

Resumen de lo publicado entre poco antes y poco después de que Luis Bárcenas saliera de la cárcel previo pago de una fianza de 200.000 euros, que a muchos les parecen pocos menos que simbólicos, pero que se ajustan a derecho según conviene decir en aras de la corrección política y los buenos modales. Vayamos al resumen:

Los bancos andorranos no quieren testificar en el Parlamento catalán sobre las cuentas de Pujol, los dineros de los Pujol o al menos de algunos de los Pujol.

Carlos Floriano, del PP, dice de Luis Bárcenas: “Este señor nos engañó”. Pero el tal señor recibió el aliento decidido de Mariano Rajoy para que resistiese como un jabato.

No pasa un día sin un Gürtel ni semana sin imputación.

Juan Carlos Monedero, de Podemos, promete aclarar cuanto convenga de sus ingresos por trabajos facturados si se lo autoriza… Venezuela.

Tania Sánchez, de IU, tendrá que renunciar a su candidatura por Madrid si resulta imputada en un confuso caso de subvención pública de actividades privadas en las que aparece su hermano.

Susana Díaz, del PSOE andaluz, con el lío de los ERE de por medio (una burrada de millones), sopesa convocar elecciones para obtener la legitimación de las urnas antes de disputar el despacho del PSOE en Madrid a Pedro Sánchez.

Un juez requisa los contratos con la red Púnica en varias dependencias del Gobierno de la Comunidad de Madrid (las sospechas alcanzan a colaboradores directos de Ignacio González, presidente madrileño).

El matrimonio Urgandarín-Borbón vende por seis millones de euros el palacete de Pedralbes, en parte embargado.

Oriol Pujol da a entender que todos son inocentes (entiéndase, los Pujol).

El llamado caso Palau anda atascado en un galimatías procesal que quizá tenga justificación técnica, pero carece de justificación social.

Artur Mas se dispone a aprobar un presupuesto, apoyado por ERC, que incluye ingresos virtuales (dependen de la caja del Estado).

Mariano Rajoy y su séquito están exultantes con las cifras de empleo del 2014, pero resulta que hay más de cinco millones de desocupados, la tasa de paro se mantiene en el 23,7% y en 1,7 millones de hogares nadie tiene un puesto de trabajo.

Y así se podría seguir muchas líneas más a riesgo, claro, de sembrar el aburrimiento cuando no la depresión.

Datos de Transparencia Internacional correspondientes al año 2013.

Datos de Transparencia Internacional correspondientes al año 2013.

El filósofo Daniel Innerarity dice: “Si ponemos el foco en la corrupción, existe el riesgo de pensar que, si no la hay, la política funciona bien. Y a mí me preocupa más la política que no funciona bien cuando no hay corrupción. La política es un instrumento para dar solución a los problemas, por lo que no se trata tanto de un problema de rearme moral, sino de construir un sistema inteligente de gobierno”. El razonamiento resulta impecable, pero a la opinión pública, a los electores, a los contribuyentes, a los ciudadanos, a los votantes, a los administrados les resulta cada día más difícil comprender o aceptar que los administradores son servidores abnegados en su inmensa mayoría; los administrados circulan con la reserva de confianza bajo mínimos y cada día les viene más cuesta arriba admitir que eso de la corrupción es un submundo en el que se ha refugiado una minoría para enriquecerse a costa de la mayoría y de expandir el desprestigio de la política.

Innerarity sostiene, además, a propósito de la corrupción: “Se erosiona la única autoridad por encima de los técnicos, de los expertos. Indirectamente, esa crítica furibunda contra la clase política, a la que algunos quisieran ver fuera de juego, otorga una autoridad a técnicos y expertos que no deberían tener”. Eso está sucediendo ahora, y es un refugio ideal para que gobernantes mediocres y gestores osados se apareen y arrinconen la política, el viejo arte de afrontar los retos de cada época más allá de los libros de contabilidad y de las estadísticas interesadas. Cuanta menos política, más tecnocracia; cuanta menos política, más hojas de Excel, más Fondo Monetario Internacional y desmantelamiento del Estado de bienestar bajo el epígrafe de reformas.

Nada del todo nuevo bajo el sol. Maquiavelo escribió en los Discursos: “Adviértase también la facilidad con que los hombres se corrompen, y cambian de costumbres, aunque sean buenos y bien educados, trocando en malas sus buenas costumbres. Bien estudiados tales sucesos por los legisladores en las repúblicas o en los reinos, les inducirán a dictar medidas que refrenen rápidamente los apetitos humanos y quiten toda esperanza de impunidad a los que cometan faltas arrastrados por sus pasiones”. Lo que sucede hoy –los días de Maquiavelo no fueron muy diferentes en ese aspecto– es que quienes dicen ocuparse de atajar la corrupción albergan, al mismo tiempo, la preocupación de salir trasquilados, de que aquello pensado para sanear la vida pública se vuelva contra ellos o sus allegados políticos a través de una trama de intereses que quizá no controlan o de la que simplemente desconocen la existencia (es último es poco creíble).

Maquiavelo cree incluso preferible confiar en “hombres montaraces” –de nuevo, los Discursos– para fundar una república (entiéndase un Estado de nueva planta) que aquellos de “corrompidas costumbres” que acumulan la experiencia de quienes están avezados en ejercer el poder. A saber si al autor de El príncipe tendría por adecuado cambiar los “hombres montaraces” por recién llegados sin mayor experiencia de gestión política que las tertulias y las aulas universitarias ni más avales que sus promesas bien intencionadas, para el caso Pablo Iglesia y su equipo de Podemos. Pareciera que es ese un ropaje muy sucinto para afrontar el rearme moral que Innerarity no cree primordial, aunque quizá los votantes lo estiman indispensable para superar la insoportable levedad del ser que se ha adueñado de una comunidad decepcionada, desencantada, quizá desesperanzada, aunque Luis de Guindos coseche en Davos felicitaciones de muy variada procedencia, tributarias la mayoría del recetario contra la crisis redactado por los economistas del Bundesbank.

El filósofo Emilio Lledó declaró a El País el 15 de noviembre del 2011, cuando ya llovían chuzos de punta a causa de la corrupción, aunque menos que hoy: No podemos dejar el país en manos de una política con una parte regida por oportunistas y por indecentes. Que el imperio de la indecencia domine en la política es intolerable; ese imperio es fruto del dominio de ciertas oligarquías que piensan que lo único que hay que hacer es ganar dinero y crear ideologías aptas para que esa oligarquía siga con poder”. Pero al escuchar los noticiarios y leer los periódicos desde que Luis de Bárcenas agarró el micrófono a las puertas de la cárcel es difícil sustraerse a la idea de que la agenda política la marca la indecencia de quienes están dispuestos a poner el plato de detritus frente al ventilador para ensuciar a todo el mundo y, de paso, aligerar su cargamento de porquería. Porque al sembrar la sospecha en todas direcciones y socavar el prestigio de todo el mundo, con fundamento o sin él, todos los Bárcenas que hoy se pasean por los juzgados inducen a una opinión pública aturdida a concluir que todos son lo mismo, que ellos no han hecho ni más ni menos que lo que han hecho los demás: llenarse los bolsillos con comisiones, concursos amañados, black cards, cuentas en paraísos fiscales o cualquier otra desvergüenza imaginable o por descubrir.

Esa idea de que todos son lo mismo, de que todos frecuentan la misma alcantarilla, es profundamente reaccionario, antidemocrático e inmoral, pero suma cada día más adeptos y no hay otra forma de salirse de ella que atender a quienes como Antonio Sitges-Serra en este periódico reclaman a los políticos, a los que hasta ahora han dispuesto del poder y a cuantos puedan verse en el futuro en parecida situación, “un propósito de enmienda” que les autorice a ganarse “nuestra confianza y nuestro voto”. Esta petición o ruego tan sencillo, manifestar “un propósito de enmienda”, se halla en las antípodas de la peor versión de la charcutería política que asoma por todas partes, de la política de bajos vuelos pergeñada por gabinetes de asesores encargados de buscar la forma de retener el poder o de conquistarlo mediante las encuestas, los sondeos y los programas que se olvidan en cuenta se apagan los focos al final de cada campaña y empieza el recuento de votos. Se halla, asimismo, en las antípodas del rictus forzado de Rajoy al llegar a la convención del PP mientras Bárcenas seguía con sus declaraciones envenenadas y marcaba el tempo a la orquesta.

“El conformismo es una ideología peligrosa”, declaró el gran periodista y pensador francés Jean Daniel en el 2008. Y el conformismo, debe añadirse, es una forma de pesimismo o de sometimiento, puede que de fatalismo, que alimenta en gran medida el rumbo tomado por la política, sometida a las exigencias implacables de los finanzas globales y al diagnóstico de los tecnócratas. Pero alimentado también por la sensación de impunidad –quizá inexacta o exagerada, pero sensación al fin– de la que disfrutan los Bárcenas de toda ralea, una sensación acrecentada por la salida de la cárcel del exsenador, cuya justificación jurídica, en principio, no hay que poner en duda, aunque mueva a muchos a ver en ella un trato de favor o una mayor comprensión que no alcanza a otros procesados en causas que provocaron menor escándalo, alarmaron menos o simplemente no llegaron a conocimiento de la opinión pública. Serían un gran logro que antes de las elecciones de mayo se impusiera la movilización regeneradora al conformismo para evitar que sean los Bárcenas de turno quienes dicten las reglas de campaña.

Una empresa llamada FIFA

“El fútbol es la parte predecible de nuestra vida. Esto significa que sabemos dónde veremos la final de la Champions, pero no dónde nos va a llevar el resultado”.

Juan Villoro, escritor

Los brasileños saben que Juan Villoro está en lo cierto sin asomo de duda desde el 7-1 desgarrador de la noche del martes. Un ambiente de depresión nacional, de incertidumbre colectiva, se ha apoderado de la torcida, que es el país entero, y el Gobierno se tienta la ropa ante el temor de que el desaguisado tenga repercusión en las urnas, aliente de nuevo la protesta social y reactive las preguntas que movilizaron a la calle antes de que empezara la fiesta: ¿está justificado el derroche del Mundial cuando las favelas siguen siendo la imagen doliente de un país profundamente dual?, ¿no se pudo organizar la competición con una mayor y más sensata contención del gasto? A los gobernantes de la FIFA, que nunca han tenido que rendir cuentas más que a sí mismos, y aun con reservas, adónde llevará el resultado solo les importa en la medida en que la cuenta de resultados certifique que el negocio funciona a toda máquina.

Antes de que empezara el Mundial, el escritor uruguayo Eduardo Galeano declaró al diario brasileño O Estado de Sao Paulo: “Hay dictaduras visibles e invisibles. La estructura de poder del fútbol en el mundo es monárquica. Es la monarquía más secreta del mundo: nadie sabe de los secretos de la FIFA, cerrados bajo siete llaves. Los dirigentes viven en un castillo muy bien resguardado”. Y otro uruguayo, Ricardo Peirano, editor del diario El Observador, de Montevideo, destemplado por la sanción impuesta a Luis Suárez a causa de su famoso mordisco, ha escrito: “Todo tiene un precio y la FIFA lo sabe bien. Tan bien maneja la FIFA sus recursos que tiene una pequeña reserva financiera en los bancos. Una reserva que asciende a más de 1.000 millones de dólares. Por las dudas”. Sumadas las palabras de Galeano y las de Peirano se llega a las de Ramón Besa en El País: “El máximo organismo futbolístico ha perdido cualquier autoridad moral desde que no sanciona la corrupción de sus miembros y ejemplariza sin criterio los castigos a los jugadores”.

Peirano sostiene que la FIFA  “representa el cinismo por antonomasia”; Blesa habla de la pérdida de autoridad moral. El caso es grave, salvo que alguien siga creyendo que el fútbol es solo un juego. Dejó de serlo hace mucho, cuando se convirtió en un resorte de movilización universal, en un mecanismo transversal de socialización de una eficacia y trascendencia inusitadas, en un universo en expansión al que nada le es ajeno. El fútbol es la política por otros medios, la identidad con otras banderas, el sentido de pertenencia por razones distintas a las heredadas del nacionalismo romántico. De ahí que su compromiso con la ejemplaridad fuera lo menos que cabría esperar de cuantos lo dirigen; su disposición a garantizar la transparencia con una gestión decorosa, ordenada, precisa, regulada y púbica.

Nada de esto forma parte del ADN de la FIFA. Todo funciona en la opacidad más estricta, así sea la adjudicación del Mundial del 2022 a Catar o la intrincada trama de intereses tejida por los grandes patrocinadores. Mientras nadie duda de que llevar la Copa del Mundo a Catar es un despropósito que solo se explica por las irregularidades en la elección y el poder hipnótico de los petrodólares, la FIFA despacha el asunto con cuatro frases hechas que no hacen más que hinchar el globo de la sospecha. Al mismo tiempo que todas las voces sensatas reclaman incorporar al arbitraje tecnologías de última generación para evitar que lo que se ve en la televisión no se pite en el campo, la FIFA prefiere acogerse a normas y formas del siglo XIX cuando el fútbol, entonces sí, era solo un juego. En tiempos en los que cada vez más la opinión pública exige tener conocimiento de cuál es el origen y el destino del dinero, de todo el dinero, la FIFA gestiona un negocio de 4.000 millones de dólares –el Mundial y sus derivados– de cuya administración, fines y distribución se sabe muy poco por no decir nada.

“Las presiones ejercidas por la FIFA sobre el Gobierno brasileño para que adopte leyes antidemocráticas constituye en particular un precedente inquietante. Este intento de origen exterior, en nombre de los patrocinadores de la Copa del Mundo, subraya la amenaza que representan las multinacionales para sociedades civiles de articulación reciente”, señala la escritora estadounidense Naomi Wolf. Se refiere Wolf al intento torticero de poner límites a los derechos de reunión y manifestación durante el Mundial a fin de silenciar o limitar la protesta social. Pero se refiere también a la vergonzosa rectificación de la ley brasileña que prohíbe la venta de bebidas alcohólicas en los estadios con el único fin de que la cerveza Budweiser, patrocinadora del Mundial, pudiera venderse a los espectadores sin restricciones. Alude, en suma, a la intromisión en la soberanía nacional y al relativismo moral en nombre del negocio.

Caben toda clase de interpretaciones cada vez que Joseph Blatter toma la palabra: que lo hace en nombre de la FIFA, de quienes patrocinan sus competiciones, de ambas partes a la vez o, incluso, de otras razones e intereses no conocidos. El deporte de alta competición se ha convertido en un espacio de negocio apenas regulado por las instancias públicas, que atiende a sus propias reglas y a sus propios códigos de conducta. La FIFA expulsa a quienes recurren a los tribunales ordinarios y no reconoce más autoridad en la dilucidación de conflictos que la que se ha dado a sí misma. Eso es bastante más de lo que los colegios profesionales y otras organizaciones entienden por autorregulación y mucho menos de lo que en términos generales se conoce como seguridad jurídica.

¿También aquí es necesaria la seguridad jurídica? La pregunta es pura retórica porque la única respuesta posible es sí. En primer lugar, la precisan los futbolistas, que sostienen el espectáculo. En segundo lugar, la merecen tener los espectadores que financian el artificio de una forma u otra –comprando una entrada o bebiendo una cerveza–, que aspiran a que el juego sea disputado, tenso y limpio. No es mucho pedir. Tampoco es excesivo esperar de los gobiernos la entereza mínima necesaria para poner límites a los organizadores, por más trascendental y rentable que sea la Copa del Mundo, y quizá el equipo de Dilma Rousseff haya desvelado, aunque no por propia voluntad, qué reglas no escritas no deben aceptarse nunca: hay demasiados ciudadanos disgustados por la dispendiosa construcción de estadios y otras infraestructuras como para no prestarles atención.

La lección merece ser tenida en cuenta de aquí al verano del 2016, cuando Río de Janeiro acogerá los Juegos Olímpicos y el COI oficiará como gran administrador del acontecimiento. “En los últimos años, el fútbol ha perdido aquel brillo mágico que debería marcar cada partido”, dice Eduardo Galeano. Y en la declaración se halla implícito el lamento de cuantos, amantes del fútbol y del deporte en general, ven asomar a cada paso la sombra alargada de intereses creados. Es decir, ven en todos los escenarios la religión diseñada por la FIFA y por las multinacionales que un día vislumbró Manuel Vázquez Montalbán: “Los jugadores ya no son sacerdotes fundamentales, como tampoco los feligreses son los dueños de la iglesia: la llenan, pero el poder condicionante del dinero pasa por las exclusivas de televisión y la publicidad”. Es el signo de los tiempos en el Mundial y en todo lo demás.

Heidegger o el prejuicio antisemita

¿Es posible fragmentar el pensamiento de un filósofo y separar su obra de su compromiso cívico? En términos generales, ¿cabe considerar la aportación de los intelectuales a la cultura como un material separado de su comportamiento como ciudadanos? La publicación en Alemania de los Schwarzen Hefte (cuadernos negros, por el color de sus tapas, de hule negro) del filósofo Martin Heidegger ha puesto una vez más de actualidad ambas preguntas, pues en ellos asoma de nuevo la adscripción de su autor al nazismo durante los 12 años que transcurrieron desde la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933 y la derrota del III Reich en 1945. La comunidad académica se muestra dividida entre los que tienden a ser comprensivos con Heidegger, porque lo conocieron o porque entienden que la dimensión de su obra lo redime de sus errores, y quienes estiman insalvable la incongruencia entre su aportación al pensamiento y su antisemitismo militante. Y hay quien se aventura incluso a afirmar, como hace el profesor alemán Thomas Meyer, que Heidegger “puede imaginar y de hecho imagina un mundo sin judíos”.

Martin Heidegger (Messkirch, 26 de septiembre de 1889-Friburgo, 26 de mayo de 1976).

La discusión no pasaría de ser una digresión reservada a especialistas si no se diese la circunstancia de que la Europa de hoy acoge el renacimiento de algunos de los argumentos manejados por Heidegger para explicar los orígenes de la decadencia de la modernidad a causa de la adulteración de la herencia clásica griega a través de ingredientes tan variados como la romanización, el cristianismo y, claro, el judaísmo. El rebrote antisemita aquí y allá justifica sobradamente la discusión provocada por la publicación de los cuadernos, porque las reflexiones del autor de Ser y tiempo constituyen una mercancía de gran valor para los aventadores del desarraigo de los judíos y su no pertenencia a ninguna comunidad nacional en concreto. Las referencias de Heidegger al “judaísmo internacional” abonan toda clase de prejuicios, pero tendrían un efecto nocivo limitado si su autor no tuviera el prestigio intelectual propio de uno de los grandes filósofos del siglo XX.

Hoy resulta de nuevo necesario analizar si es posible la existencia de un pensamiento fragmentado, en cuyo seno el gran artificio académico de naturaleza discursiva transita por un camino diferente a la praxis en la vida cotidiana. Piénsese en Jean-Paul Sartre y sus grandes construcciones teóricas en El ser y la nada y Crítica a la razón dialéctica, por citar solo dos títulos, y a los ataques a menudo despiadados con los que fue castigado por sus diferentes militancias políticas, casi siempre desconcertantes. Y, en sentido contrario, recuérdese la honda capacidad autocrítica de Albert Camus en el ambiente intelectual del París de la posguerra, con una parte muy significativa de la izquierda dispuesta a pasar por alto las barbaridades del estalinismo.

Hannah Arendt, pensadora judía alemana, discípula y amante de Martin Heidegger, en una imagen de los años 30.

Es preciso hacer recuento de todo eso antes de afirmar que, en efecto, es posible la pirueta de los defensores de Heidegger a pesar de todo o la de sus detractores a causa de la naturaleza por lo menos sectaria de sus juicios políticos. Pero se tengan o no argumentos para disculpar a Heidegger, es difícil soslayar las consecuencias que en la consideración de su pensamiento tienen afirmaciones como la del profesor Peter Trawny, editor de la obra completa del filósofo: a su modo de ver, Heidegger equiparó los objetivos del nacional-socialismo –dominar el mundo– con los de la comunidad judía, “mientras que los verdaderos alemanes van en busca de su auténtica esencia”, una forma de equiparar a víctimas y victimarios. Como es muy difícil olvidarse de que Heidegger nunca se refirió al Holocausto ni tuvo el mayor gesto de proximidad hacia los muertos en los campos de exterminio, un silencio ruidosamente elocuente.

Hay otros datos que llevan a pensar que la militancia nacional-socialista no fue un accidente o un gesto oportunista de quien en 1933 se convirtió en rector de la Universidad de Friburgo. Gaëtan Péguy recuerda que, en el transcurso del año académico 1933-34, Heidegger enardeció a los auditorios de estudiantes y profesores con llamamientos “al exterminio total del enemigo interior, que puede estar incrustado en las raíces más profundas de un pueblo”. ¿De qué enemigo interior se trataba? Sin duda, de los judíos alemanes, a los que desposeyó de su condición de alemanes para transformarlos en adversarios de la nación que hunde sus raíces en el pasado. Los partidarios de una Europa recluida en sí misma, aunque con menos riqueza expresiva que Heidegger, justifican hoy con parecidos argumentos su oposición a los flujos migratorios y al subsiguiente mestizaje cultural.

Puede decirse, incluso, que en la fundamentación del pensamiento de Heidegger con posterioridad a la publicación de Ser y tiempo (1927) alienta cierta predisposición a abrazar el ideario nazi. Sus referencias a la “degeneración de la visión del mundo” datan de 1929, y aunque siempre vio en Mein Kampf una obra de “pensamiento vulgar”, hay una cercanía manifiesta entre el libro de Hitler y algunas de sus manifestaciones públicas inmediatamente anteriores y posteriores a la eclosión del régimen nazi. Esa proximidad lleva al filósofo francés Emmanuel Faye al siguiente razonamiento relativo a la adscripción de Heidegger al nazismo: “Se trata de una versión ontológica y mitificada de la visión del mundo nacional-socialista”. Que el paciente sanara hacia 1950, cuando, según Trawny, las referencias al antisemitismo desaparecen de los cuadernos negros, no quita para que siga sin resolverse la primera de las incógnitas: ¿contaminó el pensamiento nazi la obra del filósofo más allá de la apariencia estrictamente académica, sistemática y especulativa? ¿Escapó Heidegger a la nazificación del pensamiento o, como tantos de sus compatriotas, sucumbió a la nazificación y nunca pudo afrontar la crítica abierta, pública y sin reservas de aquel régimen ominoso?

Herbert Marcuse, aquí en una imagen de 1968, alabó la dignidad de Martin Heidegger al final de su vida después de haber mantenido con él una larga controversia política.

Resulta harto difícil negar sin más el antisemitismo de Heidegger, como lo hace el profesor Silvio Vietta, que lo conoció, recurriendo al simple hecho de que fue profesor admirado de varios jóvenes judíos que acudieron a sus clases y fue amante de Hannah Arendt, asimismo judía, deslumbrada por la inteligencia de su maestro. En alguien que aplicó la Machenschaft (maquinación universal) a la comunidad judía, entendida esta como una estructura supranacional, no hay forma de favorecerle con el beneficio de la duda y suponer que sustentó tal opinión como resultado de una reflexión académica sin consecuencias ulteriores; parece más verosímil suponer que todo fue fruto de un prejuicio estrictamente ideológico, asumido como parte del ideario político personal. Sacar una conclusión más benévola del relato biográfico de Heidegger obligaría por fuerza a aplicar a nuestros días la pregunta del profesor Hadrien France-Lanord referida a los años 30 del pasado siglo: “¿Qué significado tiene una época en la que uno de sus más grandes pensadores se encuadra temporalmente en el movimiento nacional-socialista en el momento de llegar al poder?”

Incluso si la conclusión final es que Heidegger se sumó al nazismo por simple cálculo, habrá que concluir que, por lo menos por comparación con otros nombres ilustres, la conducta del filósofo fue deleznable. Y el silencio político que guardó a partir de la victoria aliada dista mucho de concordar con el peso de su obra. ¿Por qué el verbo concordar? Porque el propio Heidegger eligió el concepto de concordancia como aquel en el que se asienta la verdad, lo auténtico. “Lo verdadero, ya sea una cosa verdadera o una proposición verdadera, es aquello que concuerda, lo concordante”, escribió en cierta ocasión. De lo que es fácil inferir que lo discordante se corresponde con la mentira, con aquello que se tiene por falso. ¿Quiso advertirnos el propio Heidegger de que en él tenía acomodo un fondo discordante barnizado con la solvencia de su obra? Herbert Marcuse fue especialmente enigmático al final de sus días cuando, después de haber mantenido durante años una agria controversia política con Heidegger, rindió un homenaje a la dignidad con la que este vivió el final de su existencia. ¿Animó a Marcuse la necesidad de advertirnos de que en Heidegger no todo fue lo que pareció en su día y no estuvo a salvo de contradicciones? Y, si así fue, ¿es posible establecer algún tipo de conexión entre las contradicciones que le persiguieron y las que ahora encuentran cobijo en las debilidades ideológicas de la posmodernidad?

Marc, un tipo indispensable

“La primera víctima de la guerra es la verdad”

Hiram Warren Johnson, político estadounidense

Los tipos como Marc Marginedas son indispensables. En su mochila de campaña, de aquí para allá, de guerra en guerra y de matanza en matanza, guardan un manual no escrito que les permite distinguir con diáfana claridad entre víctimas y verdugos, entre sometidos y victimarios, entre multitudes honorables y sinvergüenzas escondidos en sus torres de marfil. Sin Marc y quienes hasta el último domingo fueron sus compañeros de cautiverio, andamos a tientas, faltos de referencias, sometidos a los manejos de la propaganda que enturbia los hechos y los aleja de la realidad (de la verdad).

Por esa simple y sencilla razón secuestraron a Marc Marginedas el 4 de septiembre y le sometieron a la peor de las postraciones: privarle de su libertad durante casi medio año en nombre del sectarismo político y el fundamentalismo religioso adscrito a la prédica de Al Qaeda y sus franquicias. Y, al hacerlo, dañaron irremediablemente la causa de la oposición al régimen de Bashar el Asad, y aun reforzaron a este, de acuerdo con el análisis del especialista Brian Whitaker aplicado a otros momentos calamitosos de la calamidad siria: “La ironía de todo esto es que da como resultado el éxito de la propaganda del régimen para persuadir a sus partidarios de que el conflicto tiene que ver con el terrorismo patrocinado desde el extranjero y no tiene nada que ver con la política interna de Siria”.

Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”.

Una vez más, la lógica de la guerra ha acabado por deslegitimar a los bandos enfrentados. En medio de la matanza, los matarifes se han impuesto y se ha hecho dolorosa realidad la sentencia de Henry Miller: “Cada guerra es una destrucción del espíritu humano”. En el seno de la destrucción, la propaganda desdibuja el relato de la tragedia y la suerte de las víctimas queda emborronado por los movimientos tácticos de los contendientes y de sus aliados. Marc Marginedas fue justamente a Siria a neutralizar la propaganda mediante la narración de los hechos; su bloc de notas se llenó de datos extraídos de los dramas de la vida cotidiana, y esa libreta, el ordenador cuyas tripas guardan los detalles de la carnicería, puso en movimiento a sus captores. Cuando la ONU confirmó que régimen y oposición andan a la par en cuanto a crueldad y bajeza, hacía tiempo que todos sabíamos que esta es la situación.

Cicerón escribió hace 2.000 años: “Cuando hablan los tambores de guerra, las leyes callan”. El resto, el léxico manejado por los expertos para hablar de guerras de necesidad, guerras de elección, guerras justas, guerras inevitables y otras guerras hasta llenar los manuales con un largo etcétera, no deja de ser un pretexto para justificar lo injustificable. ¿Quién puede poner hoy en duda la idea de Frank Herbert de que “una buena causa no hace que la guerra sea justa”? ¿Quién puede dudar de la conclusión de François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”?

Frank Herbert: “Una buena causa no hace que la guerra sea justa”.

En sus andanzas de testigos de las guerras de nuestro tiempo, los periodistas que van al frente movidos por una gama muy personal de sentimientos, descubren enseguida que las guerras honorables no resisten la prueba del nueve. Pueden encontrarse en plena refriega a personas honorables, pueden asistir a gestas honorables, pero lo que en verdad prevalece es el objetivo aniquilador de eliminar al adversario. El periodista que presencia una batalla es lo menos parecido al entomólogo que observa un hormiguero desde fuera y saca conclusiones; el periodista sumergido en la desolación es una hormiga más a la que las otras han confiado la tarea de contar sus penalidades, de transmitir el riesgo que corren de ser aniquiladas. El periodista cercado por el desmoronamiento de una sociedad en armas es con frecuencia el Godot a quien las víctimas aguardan a la puerta de sus casas destruidas.

Hay en todo esto unas gotas de ingenuidad, un punto de idealismo y mucho de respeto al ser humano, un concepto que no admite el distanciamiento crítico, sino que obliga a la crítica comprometida. Ninguna guerra ha sido el punto de partida para la construcción de un paraíso. Cuando Emil Cioran sostiene que “el sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”, no se comporta como un pesimista incorregible, sino como el lúcido desmitificador de los falsos paraísos, tarea para la que hace falta ser depositario de cierta gallardía. Quienes retuvieron a Marc quieren vender a la opinión pública que pretenden alumbrar el paraíso, pero he aquí que él impugna con su bloc de notas la veracidad de sus eslóganes publicitarios.

François Fénelon: “La guerra es un mal que deshonra al género humano”.

Tragedia sobre la tragedia: el arte de la crueldad ya no se reduce a las armas químicas del bando de Bashar el Asad, a los ataques con bidones bomba y a otras tropelías. En Raqa, fundamentalistas islámicos se dedican a encarcelar y golpear a quienes lucharon a su lado para hacerse con la ciudad; en otros lugares del país, los libros sagrados influyen más en el ánimo de los guerreros que el llanto de los desposeídos. En realidad, influye una versión esquemática y zafia del compromiso religioso y desaparece la fundamentación “del principio de la acción moral y social sobre el principio teológico de la justicia y de la libertad del hombre” (Henry Corbin en Historia de la filosofía islámica). Solo cuenta la mitología de la guerra, del presunto héroe esclarecido que en lo alto de una montaña de cadáveres señala con el dedo el camino a seguir para liberar a la multitud oprimida.

La guerra civil siria se atiene a esa norma. Todo cuanto ha seguido al ataque con armas químicas del 21 de agosto del año pasado rezuma la peor versión del realismo, que es el conformismo: puesto que pinta que la guerra será larga y extenuante, gestionémosla con el menor coste político posible, aunque el precio en vidas se haya desbocado; puesto que nadie quiere enfangarse en un litigio que alimente los sueños de Al Qaeda y adláteres, dejemos que el desgaste de los combatientes convierta un trastorno multiorgánico en una dolencia crónica más o menos llevadera. Si de vez en cuando surge un comentario que humilla a las víctimas –la comunidad alauí reprocha a la ONU que esté más preocupada por llevar alimentos y medicinas a la población civil y a los rebeldes que por dar con el paradero de 740 de los suyos, desaparecidos (The Wall Street Journal)–, encajémoslo como un inevitable daño colateral de orden moral que el tiempo sanará.

Emil Cioran: “El sentimiento de maldición solo se siente verdaderamente cuando se sueña que se padece en medio del paraíso”.

Por eso hacen falta testigos in situ: para dejar el engaño al descubierto, para rasgar la cortina que oculta el oportunismo de unos, el cinismo de otros y el conformismo de la mayoría en la comunidad internacional mientras hablan las armas. Sin ellos, sin esos testigos armados con un bloc de notas y una idea esclarecida de la decencia, no hay forma de saber qué pasa de verdad en Siria y de desacreditar a los propagandistas, a los especialistas en construir un mundo virtual, como si la guerra fuese un juego de rol. Aquí estamos, Marc, esperando leerte.

 

La Corona, en la rampa del juzgado

Todas las monarquías tuvieron, tienen y tendrán en el futuro sus annus horribilis, según expresión rescatada del olvido por Isabel II, soberana del Reino Unido. Es el signo de los tiempos y de una modalidad de Estado que ha dejado de serlo por designio divino y que, se mire por donde se mire, tiene todas las trazas de constituir un anacronismo histórico, aunque en varios países goza de una envidiable buena salud. Es el signo de los tiempos porque los días de las testas coronadas que vivían a años luz de sus súbditos se extinguieron con todas las revoluciones –la industrial, la tecnológica, la social, la de los medios de comunicación, la de la aldea global y otras muchas– que han cambiado a Occidente y han rasgado la cortina detrás de la cual se ocultaban las flaquezas de las familias reales, así fueran de alcoba, de dineros o de cualquier otra naturaleza, siempre imposible de confesar. Repásese la muy restringida lista de familias entronizadas y se dará en ella con triángulos imposibles difundidos con desenfado por el papel cuché –Diana-Carlos-Camila, por ejemplo–, comisionistas con el título de príncipe –Bernardo de Holanda–, reyes sin asomo de respeto hacia el prójimo –Leopoldo I de Bélgica–, y así hasta nuestros días.

José Ortega y Gasset, autor del artículo ‘El error Berenguer’, publicado el 15 de noviembre de 1930 en el diario ‘El Sol’ de Madrid, que contiene la frase “delenda est monarchia”.

Desde el “delenda est monarchia” de José Ortega y Gasset en el diario El Sol (15 de noviembre de 1930) al paso de la infanta Cristina por un juzgado de Palma de Mallorca (8 de febrero del 2014) han transcurrido casi 84 años en los que la Monarquía española ha pasado del tormento del exilio de Alfonso XIII y su descendencia al éxtasis de la restauración, del juancarlismo desbordado que siguió al 23-F al martirio del caso Urdangarin-Nóos, según diagnóstico emitido por Rafael Spottorno, jefe de la Casa Real. Eso también forma parte del signo de los tiempos. Como ha explicado en EL PERIÓDICO el catedrático Javier Perez Royo, “en el Estado, la familia carece de relevancia constitucional” salvo que se trate de la familia real, porque en su seno funciona el mecanismo sucesorio que inviste a uno de sus miembros con la jefatura del Estado. No por derecho divino, claro está, sino de acuerdo con la decisión adoptada en su día por quienes redactaron la Constitución, aprobada por las Cortes y directamente por el pueblo español mediante referendo posterior.

Quiere decirse que la familia real posee un carácter singular que sí tiene relevancia constitucional, y la legitimación del papel desempeñado por esta familia depende directamente de su comportamiento público y privado. Y ahí se entra en el meollo del asunto: la legitimación está íntimamente relacionada con la probidad con la que el Rey y su familiares directos desempeñan las funciones que tienen asignadas; tiene que ver con la neutralidad política, con el cumplimiento de sus obligaciones cívicas y con la discreción de sus apariciones públicas y en los quehaceres privados de los que se tiene noticia. En una comunidad angustiada por los efectos de la crisis económica, la opinión pública acoge peor los manejos económicos a oscuras que la profusión de pamelas en una fiesta o las sesiones de bronceado en la cubierta de un yate. Esto último deriva de una cierta tradición mundana que la sociedad –al menos, una parte de ella– es capaz de metabolizar; los líos con Hacienda llegan directamente al alma y los bolsillos de contribuyentes exhaustos.

Alfonso XIII, segunda figura a la izquierda, detrás del coche, parte al exilio desde Cartagena.

Así están las cosas, y mientras tanto las encuestas presentan la institución en caída libre y sin que haya forma humana de desvanecer las dudas sobre qué curso seguirán los acontecimientos en el futuro si el caso Urdangarin-Nóos no lleva a la infanta Cristina a renunciar a sus derechos como integrante de la familia real para defenderse como cualquier otro ciudadano, de acuerdo con el argumento jurídico expuesto por Pérez Royo en el artículo citado antes. “La Monarquía se somete a un plebiscito popular diario de aprobación”, afirma el constitucionalista Fernando Rey, y la situación de la infanta interfiere en el mecanismo de aprobación, por no decir que lo hace imposible. La imputación de Cristina de Borbón lastra el cometido simbólico de un Rey físicamente debilitado y que tiene que superar, además, las nefastas consecuencias de sus propios errores.

Esa rampa que desciende desde la calle a la puerta del juzgado donde José Castro cita a los imputados para interrogarlos es una metáfora del momento; ese perfil de caída se asemeja mucho al que dibujan los sondeos. Ha dejado de tener vigencia el mecanismo de protección a toda costa que rodeó a la Casa Real durante por lo menos treinta años, con el Rey y su entorno librados de críticas mayores. Y la rueda de la historia ha girado de esta forma porque la maduración democrática de los hábitos sociales y la dimensión de los problemas han hecho imposible que se mantuviese el pacto de caballeros –¿de silencio?– que todo lo cubría bajo un manto de campechanía no siempre bien entendida. En los regímenes de opinión pública, los tratos de privilegio tienen siempre fecha de caducidad.

El príncipe Bernardo de Holanda, esposo de la reina Juliana, se vio envuelto en varios escándalos, entre otros del cobro en 1974 de una comisión de 1,1 millones de dólares de la compañía aeronáutica Lockheed.

¿Puede una institución meramente simbólica, según fija la Constitución, cumplir con sus funciones en esta situación? La pregunta entronca con la afirmación contenida en el artículo publicado por Fernando Rey en El País el 26 de abril del año pasado: “Ahora bien, esta impronta simbólica de la Monarquía la hace, al mismo tiempo, extraordinariamente vulnerable. El secreto de su éxito es su potencial punto débil. La Monarquía se alimenta de la confianza ciudadana de un modo más acuciante que el resto de instituciones porque los titulares de estas pueden ser cesados, sancionados o no reelegidos, pero el Rey no”. El juancarlismo era, en cierta medida, la concreción social de la confianza ciudadana, pero aquel mecanismo de apoyo o complicidad con la persona ha decaído y, para sustituirlo, no ha surgido ningún otro ismo coronado o en condiciones de poder serlo, sino más bien el cansancio colectivo enmarcado por la desconfianza hacia las instituciones y la política, los casos de corrupción sin desenlace y el desgaste del entramado surgido de la transición. Tan urgente resulta revisar la Constitución de 1978 para poner al día el modelo territorial, por más que el PP diga lo contrario, como actualizar el funcionamiento de la Corona si la meta es conseguir para ella una larga, venturosa y confortable vida. Dejar las cosas tal cual están sería tanto como olvidar la proclama que William Shakespeare puso en boca del rey Lear: “Armado está el arco y tendida la cuerda; evitad la flecha”.

 

 

 

Hollande, una vida poco privada

El descubrimiento de la relación secreta del presidente de Francia, François Hollande, con la actriz Julie Gayet induce a reflexionar una vez más acerca de cuáles son los límites de la vida privada y en qué condiciones debe quedar a salvo cuando al menos uno de los implicados tiene una proyección pública evidente. En el análisis de lo que hoy sucede en Francia vuelve a plantearse el asunto central de la suplantación o enturbiamiento de las cuestiones de Estado a causa de una relación amorosa, vuelven a abordarse las posibles consecuencias en el plano de la seguridad y, al mismo tiempo, se alienta la discusión sobre el derecho de los ciudadanos a estar informados, el de los cargos públicos a preservar su intimidad de los curiosos y el de los medios de comunicación a informar verazmente de cuanto sucede. Lo singular en el affaire Hollande-Gayet es que la opinión pública asumió desde hace mucho que no cabe poner en discusión la separación tajante entre vida pública y privada, fruto de una larga tradición que considera los secretos de alcoba y las relaciones sentimentales asuntos estrictamente personales.

Otra cosa es que Closer, la publicación que dio la noticia, haga el negocio de su vida –ha pasado de una venta media de 330.000 ejemplares a otra de 550.000 y sus ingresos en una semana han aumentado en 300.000 euros– y que, como dice el sociólogo Jean-Claude Kaufmann, “la curiosidad de la gente sea insaciable”. Pero los curiosos sin freno debieron sentirse francamente decepcionados el martes con la conferencia de prensa de Hollande, que remitió los asuntos privados a una gestión privada. Una cosa es que una parte no menor de los consumidores de información lo quieran saber todo “de François y Julie”, como dice Kaufmann, y otra bien distinta, que deban poner su vida íntima en el escaparate y que su relación afecte al futuro político del presidente, en horas bajas, pero espoleado por la complejidad del momento, como lo resume un comentarista del diario Le Monde: “Como si la adversidad, tanto política como personal, fuera para él el mejor carburante de la serenidad”.

Anne-Aymone y Valéry Giscard d’Estaing, cuando este era presidente de Francia.

Es inconcebible una reacción similar en el mundo anglosajón, y singularmente en Estados Unidos, cuyo ADN político exige del presidente un comportamiento ejemplar en todos los ámbitos. Eso excluye el recurso a la mentira para preservar los ámbitos más íntimos de la vida personal –recuérdese el caso Clinton-Lewinsky–, quizá porque la moral puritana que los pioneros llevaron a Nueva Inglaterra sigue siendo una seña de identidad del estadounidense medio. Desde luego, pocos son los periodistas de Estados Unidos dispuestos a admitir el recurso a la mentira como una opción comprensible o al menos explicable para defender la intimidad en según qué casos, como hace la periodista Nathalie Rheims en el semanario Le Point. Bien es verdad que en los días de John F. Kennedy, la prensa mejor informada eludió discretamente las alusiones a los devaneos amorosos del presidente y en especial su relación con Marylin Monroe, pero debe entenderse que se trató de una excepción.

Danielle Mitterrand (izquierda), con sus dos hijos, y Anne Pingeot (con sombrero negro) y su hija Mazarine, en el entierro de François Mitterrand.

La prueba más fehaciente de la distancia que separa el tratamiento anglosajón y francés de asuntos tan particulares es el comentario deslizado por un editorialista del semanario conservador estadounidense Time: “Estos días se ha escuchado tanto la expresión vida privada que se podría añadir al tríptico libertad, igualdad, fraternidad”. Hay en la frase un punto de ironía y otro de exageración, pero no deja de reflejar una realidad que se concreta en las biografías no políticas de los últimos cuatro presidentes que ha tenido Francia. A Valéry Giscard d’Estaing (1974-1981) el semanario satírico Le Carnard Enchaîné le llegó a llamar Valéry la Nuit, un mote tan elocuente que hace innecesario añadido alguno. François Mitterrand (1981-1995) vivió una doble vida familiar con Danielle, su esposa, y con Anne Pingeot, con quien tuvo una hija, Mazarine, cuya existencia se desveló en 1994. De la vida galante de Jacques Chirac (1995-2007), París se hizo lenguas desde sus días de joven y prometedor ministro. Nicolas Sarkozy (2007-2012) se divorció de Cécilia cuando ya mantenía una relación amorosa con Carla Bruni. En cuanto a François Hollande, presidente desde mayo del 2012, las complicaciones de su vida afectiva antes y después de separarse de Ségolène Royal y de unirse a la periodista Valérie Trierweiler forman parte ahora mismo de la crónica política y del papel cuché.

Los dos hijos del primer matrimonio de Nicolas Sarkozy, en los extremos izquierdo y derecho, Cécilia Sarkozy, sus dos hijas y su hijo llegan al palacio del Eliseo el día de la toma de posesión del presidente.

Ni siquiera la promesa hecha por el candidato Hollande en el debate televisado con Sarkozy, el 2 de mayo del 2012 –“en tanto que presidente, haré que mi comportamiento sea ejemplar en todo momento”–, parece dañar el modelo francés de respeto a la vida privada. La exigencia de ejemplaridad empieza y acaba en el cometido político para el que el presidente es elegido, y cuanto queda fuera del campo estrictamente institucional, no parece formar parte del balance de las actuaciones llevadas a cabo por el personaje. Así se comprende que con ocasión de la campaña que precedió a la reelección de Mitterrand, con un currículo amoroso ciertamente variado, a nadie sorprendiera el éxito de la llamada tontonmanía –de tonton, familiarmente tío en francés– ni se viese en Francia contradicción alguna entre la imagen pública del presidente que se proyectaba en ella y las abruptas complejidades de su vida privada. “Se puede ser el tío más veterano de la familia y, al mismo tiempo, tener una vida activa con iniciativa”, manifestó uno de los autores de la campaña, y no hay duda de que Mitterrand tenía una vida activa en todos los sentidos o al menos esta era la especie que circulaba.

La herencia de Mitterrand, que hoy se menciona a todas horas, tuvo su momento de consagración en su funeral, al coincidir en él las dos familias. “El reconocimiento público, que no jurídico, de su hija, y sobre todo la presencia de la amante el día del entierro oficial al lado de la esposa legítima demostraron que la frontera entre la vida pública y la vida privada era porosa”, sostiene el sociólogo François de Singly. Al otro lado del Atlántico, tal porosidad no se concibe más que como una adulteración del papel confiado al presidente, del que se espera que sea ejemplo de conducta pública y privada. Y esta exigencia se remonta a periodos cruciales de la historia del país: en los años que siguieron al asesinato de Abraham Lincoln, arraigó en muchos la convicción de que el presidente nunca había mentido ni como abogado ni como político, algo que hoy se antoja sorprendente.

Valérie Trierweiler y François Hollande poco después de la llegada de este al Eliseo.

¿Qué papel desempeñan los medios en este entramado? Jean-Claude Kaufman se acoge a la idea de que Occidente entró hace 50 años en “la era del individuo, dueño de su vida privada”, lo que implica aceptar una separación radical entre la vida pública y la privada. Nathalie Rheims entiende, en cambio, que, en la era de internet, “no hay sitio para lo íntimo, todo se ha convertido en éxtimo”, un palabro con el que quiere significar que todo es público en el imperio de la red. Si al primero se atiende, tendrían poca justificación ética las porfías de Closer y del paparazzo a quien compró las fotos de las escapadas de Hollande por 30.000 euros, según versión publicada por el diario conservador Le Figaro. Si se presta oídos a la segunda, no hay en la existencia de Hollande espacio para la vida privada en tanto sea presidente de Francia y aun después, y en igual situación se encuentran Trierweiler, pareja oficial de Hollande, y Gayet, supuesta amante de este. Pero esa simplificación de la vida privada, diluida en la era global, casa mal con la percepción muy extendida de que, en todo aquello que no constituye delito, todos los ciudadanos, incluido Hollande, tienen derecho a la intimidad. Dicho de otra forma: la relación Hollande-Gayet es un acontecimiento relevante sobre el que los ciudadanos tienen derecho a estar informados, pero esta circunstancia no legitima someter a los implicados  a un marcaje permanente y, aún menos, a juicios morales.

Serge Raffy lo resumió en el semanario progresista Le Nouvel Observateur: “En estos tiempos de grandes inquietudes y de diferentes miedos, saber que el jefe, que vive una penosa prueba personal, tiene los nervios templados, no es un detalle. Es una especie de garantía. Los próximos sondeos dirán si esta postura del hombre inflexible en la adversidad ha tenido un precio político. Ser digno en la tempestad es una fuerza, venga de donde venga. Y un gesto elegante”. La frase es aplicable a Valérie Trierweiler,  hospitalizada en París, cuyo estatuto personal ha sido puesto en discusión frecuentemente al no estar casada con François Hollande y carecer la figura de la primera dama de Francia de un marco de referencia similar al de la esposa del presidente de Estados Unidos, conocida como Flotus (first lady of the United States). Otra diferencia, una más, sobre cómo se entienden los requisitos del poder en dos viejas democracias cuando asoman en ellas las humanas pasiones.

Mandela, un punto de apoyo

“La verdadera paz no es simplemente la ausencia de tensión; es la presencia de justicia”.

Martin Luther King

Los admiradores de Nelson Mandela, los seguidores del pensamiento del gran líder, los inspirados por él, se multiplican a gran velocidad, espectacularmente, con una prodigalidad muy por encima de la que se recoge en el pasaje evangélico de los panes y de los peces. Se trata de la una extraordinaria ceremonia de la confusión consistente en que nadie quiere perderse la foto al lado del féretro, la gloria de la frase redonda reproducida en letras de molde, difundida por la red en la aldea global. La densidad de políticos registrada en la ceremonia del martes en el Soccer City de Johannesburgo tiene poco que ver con la emotividad a flor de piel del homenaje popular que continuó luego en Sudáfrica a través de una manifestación de luto bulliciosamente sincera. Su significado se entiende mejor a la luz de lo que cabe considerar un culto a la personalidad post mortem organizado a beneficio, como es obvio, de quienes rinden el homenaje y no del homenajeado.

El titular de portada dice:

El titular de la portada dice: “El conquistador de la Sudáfrica del ‘apartheid’ como luchador, prisionero, presidente y símbolo”.

Todo esfuerzo es poco en las prisas por incorporar referentes morales a la biografía de cada gobernante para, acto seguido, proyectar sobre multitudes desorientadas –las de cada país– una guía moral actualizada. Claro que no todo fue oportunismo aquel martes lluvioso, pero se dio en dosis considerables, que quizá al propio Mandela le hubiesen movido a risa, como apunta Simon Jenkins, del periódico progresista británico The Guardian, en uno de los artículos más provocadores publicados a raíz de la agenda funeraria oficial que se sigue en Sudáfrica. “Ya es suficiente –escribe Jenkins–. La publicidad de la muerte y el funeral de Nelson Mandela se han convertido en un absurdo. Mandela fue un líder político africano con cualidades adecuadas para una coyuntura crucial en los asuntos de su nación”. Y añade: “Secuestrado por políticos y celebridades, de Barack Obama a Naomi Campbell y Sepp Blatter , ha tenido que ser deificado a fin de sacar el polvo a los demás con su gloria. En el proceso se le ha deshumanizado. Oímos hablar mucho de la banalidad del mal. A veces hay que destacar la banalidad de la bondad”.

El articulista no duda del gran líder fallecido, duda de muchos de quienes se han sumado al homenaje fúnebre; abomina de presencias irritantes a contar a partir de Robert Mugabe, presidente de Zimbabue. ¿Por qué se da una situación tan paradójica: un hombre que evitó siempre el gesto presuntuoso de ponerse como ejemplo es la referencia ideal para una multicolor variedad de perfiles ideológicos: gestores honrados, dirigentes llenos de contradicciones, muñidores del poder, luchadores abnegados y a saber cuántos registros más? ¿Acaso se debe a la escasez de referencias morales transparentes y a un superávit angustioso de moralistas estomagantes? Quizá esta sea la razón.

"Mandela, el combatiente de la libertad", títuló 'Le Monde'

“Mandela, el combatiente de la libertad”, títuló ‘Le Monde’.

La última entrega del International Herald Tribune Magazine, distribuida antes de la muerte de Nelson Mandela, recoge la respuesta de varios personajes notables en su área de actividad acerca de quiénes son los líderes morales de nuestro tiempo. Solo uno de ellos, Salam Fayad, expresidente del Gobierno de la Autoridad Palestina, menciona a Mandela, y lo hace además para relacionarlo con la siembra de la no violencia realizada por Martin Luther King en los años 60. Otros entrevistados transitan por caminos muy distantes de la praxis política de Mandela: la escritora turca Elip Shafak cita a Rumi, poeta de expresión persa del siglo XIII, que en su funeral reunió a cristianos, judíos y musulmanes; el obispo anglicano Rowan Williams menciona a Dag Hammarskjold, segundo secretario general de la ONU, porque “ofreció una perspectiva sin la que todo político está vacío”; el poeta chino Liao Yiwn se remite a Confucio y se acoge a una frase de Mencio, su seguidor más preclaro, para quien “si Confucio no hubiese nacido, la larga noche no tendría ninguna lámpara brillante”.

¿Puede aventurarse que Shafak, Williams y Liao no sienten interés o aprecio por la epopeya de Mandela? No, con toda seguridad, pero a diferencia de muchos de los gobernantes que viajaron a Johannesburgo, no tienen necesidad de hacer ostentación de ello. La remisión al icono es una operación de cirugía estética tentadora, porque tras la imagen del héroe desaparecido, libre de toda sospecha, reconocido por todos, se concentra una masa crítica de utilidad política aún más tentadora: Andrei Sajarov, Václav Havel, las revueltas en las antiguas repúblicas soviéticas, la primavera árabe, la resistencia sin aspavientos de la birmana Aung San Suu Kyi, la teocracia posmoderna del dalái lama y la escuela pacifista que, puestos a citar símbolos ilustres, se remonta a Mahatma Gandhi. 

Para 'The Independent', el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: "

Para ‘The Independent’, el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: “Ser libre no es simplemente librarse uno de las cadenas, sino vivir de forma que se respete y realce la libertad de los otros”.

A eso se refiere la directora del diario francés Le Monde, Natalie Nougayrède, al enumerar la descendencia civil más conocida de Mandela, el autor de frases redondas del estilo “la libertad no se negocia porque solo un hombre libre puede negociar”. Escribe Nougayrède: “Las aspiraciones a la dignidad y a los valores universales deben encarnarse para superar los peores obstáculos”. Y al seguir por esta línea es fácil tener la impresión de que una cierta religiosidad cívica envuelve los elogios fúnebres suministrados estos días por los redactores de discursos, al mismo tiempo que cobra sentido la prevención que expresa Simon Jenkins ante todo lo visto y leído: “El concepto de bondad en un líder político ha fascinado a los estudiosos, de Platón a Nietzsche y más allá. Tenemos que creer en él, no sea que nos deslicemos por el cinismo, pero hemos de tener cuidado para no deslizarnos hacia la idolatría”.

¿Es todo una gran farsa televisada en directo? No lo es, pero la banalización de la bondad de la que habla Jenkins ahí está. ¿Hay que practicar el escepticismo ante todos los discursos? Sin duda, no, pero al beatificar a Mandela en el altar de los grandes valores universales, la peripecia personal se convierte en un relato mágico del que desaparecen algunas referencias obligadas para comprender que entre la condena a cadena perpetua del abogado Nelson Mandela y la elección del primer presidente negro de Sudáfrica transcurren decenios de sinsabores, sacrificios, periodos de ostracismo, contradicciones personales, errores, ausencias, tragedias familiares y, al mismo tiempo, acontecimientos políticos en el plano interior e internacional que hacen posible el gran momento de gloria de la liberación en 1990. El relato mágico acelera la construcción del mito, al que se le otorgan todos los atributos, pero desaparece la historia; la exaltación de la ejemplaridad desdibuja al ser humano.

Las multitudes que se han movilizado para acudir a Pretoria a despedir a Madiba no precisan recurrir a la exaltación de lo sobrehumano. Han rendido tributo a quien sienten que le deben algo, que fue como ellos, que pasó por las mismas angustias que ellos, del apartheid a las matanzas en los suburbios, de la violencia de todos los días al largo olvido a que fueron condenados por la realpolitik durante la guerra fría. En esas largas colas del último adiós la mayoría sabía, desde mucho antes de que lo dijera Barack Obama en Johannesburgo, que Mandela no solo fue su libertador esclarecido, sino el libertador de los carceleros. Y en este gesto supremo se labró su derecho a pasar a la historia como un gobernante sin ira.

 

 

 

 

Berlusconi, penúltimo acto

Entre las posibles conclusiones derivadas de la exclusión de Silvio Berlusconi del Senado de Italia, la más precipitada es anunciar un saneamiento institucional inmediato. Que Il Cavaliere haya quedado desprovisto del paraguas protector de la inmunidad parlamentaria, que el renacimiento de Forza Italia se haya producido como resultado de una defección de Angelino Alfano, mezcla indigesta de todos los vicios de la política italiana, que el presidente de la República haya conjurado el intento de Berlusconi de manipularlo, que hayan sucedido todas estas cosas y al final haya prevalecido el Estado de derecho, no significa que se imponga la sensatez y se diluyan los males acumulados por el sistema. Desde antes de la votación del miércoles en el Senado, la lucidez de los analistas independientes ha excluido una regeneración exprés; los agitadores a sueldo del hólding de medios de comunicación propiedad de Berlusconi adelantan de forma más o menos encubierta lo que su jefe ha dicho con claridad meridiana: salir a la calle es solo el primer paso para reconquistar el poder.

Como tantas veces ha sucedido con situaciones de excepción en las cuales el poder, todas las formas de poder, se encarnan en una persona, la herencia del berlusconismo no se extingue con la caída en desgracia de su creador porque la mayor repercusión social del sistema berlusconiano es la berlusconización efectiva de una parte de la sociedad. Sin caer en comparaciones históricas sin sentido, bueno es recordar la herencia dejada por el nazismo –la nazificación de la sociedad alemana, perceptible durante la posguerra– y por el franquismo –el llamado franquismo sociológico, que se adecuó a la transición– para entender que el legado del culto a la personalidad sobrevive siempre al personaje de referencia, más aún cuando este llega al poder a través de las urnas y no como resultado de una gran degollina.

“No lo habéis matado”, recuerda Barbara Spinelli que escribió en 1944 el periodista Herbert Matthews acerca del fascismo cuando este ya había perdido el poder. La hija del eminente europeísta Altiero Spinelli va incluso más allá cuando se acoge al diagnóstico del escritor Sylos Labini en el 2004: “No hay un poder político corrupto y una sociedad sana”. “Todos estamos inmersos en la corrupción”, sostuvo Labini, aunque solo una parte de la sociedad italiana le riese las gracias a Berlusconi, a la mezcla de vulgaridades formales, chistes fáciles y desprecio por las instituciones. Esa inmersión fue el mecanismo que permitió a Berlusconi aprovecharse de una situación tan volátil como el vacío institucional y la crisis de identidad desencadenados por la operación Manos Limpias –primeros 90– para, a su vez, blindar sus intereses, rescatar sus negocios de las sombras de sospecha que se cernían sobre ellos y construir un “círculo mágico de egolatría propio de un dictador”, según afortunada frase de Eugenio Scalfari, fundador del diario progresista La Repubblica.

Desmontar el andamio que cubre la fachada institucional y abrir las ventanas para que circule el aire será largo y penoso. El berlusconismo ha hecho escuela al acogerse a un relativismo moral sin límites. Se ha adueñado de muchas conciencias la creencia de que la moral fija unas reglas ajenas a la política, cuando no contrapuestas a ella, de forma que la preocupación moral “es motivo de desprecio”, escribe Barbara Spinelli, porque es un instrumento poco práctico para hacer política. En este ambiente, la pérdida de la inmunidad parlamentaria de Berlusconi es un triunfo de la decencia, pero la herencia que deja el exsenador justifica la preocupación del político y periodista Antonio Polito en las páginas del Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán: “Se confirma la maldición de la historia italiana, en la que parece imposible cerrar una era política sin un trauma y un rastro de odio”.

En el punto de vista de Spinelli, de Polito, de las declaraciones del presidente de la República, Giorgio Napolitano, alienta el temor a que Berlusconi opte por la política de tierra quemada al igual que hasta ahora mantuvo un pulso con las instituciones para lograr un trato de favor después de veinte años en los que consiguió adaptar a sus necesidades el principio de legalidad. Claudio Tito sostiene que en la pugna de Berlusconi con los jueces, que le condenaron por fraude fiscal, y con el Senado, que le desposeyó de su escaño, quiso forzar la aplicación del principio necessitas non habet legem (la necesidad carece de ley), incluido en Código Penal italiano, aunque esto significara “arrastrar al abismo de la irresponsabilidad el mínimo de cultura de la legalidad que ha sobrevivido a estos veinte años de total destrucción del sistema normativo y ético del país”. Intentó, en suma, escribir un nuevo capítulo en el relato de las situaciones de excepción por las que siempre transitó desde que en 1994 ocupó por primera vez la jefatura de Gobierno, unas excepciones en las que mezcló política y negocios, intereses privados y necesidades públicas; un conflicto de intereses de nunca acabar que adulteró el juego político.

Dice Barbara Spinelli que para superar la herencia berlusconiana solo hay un camino: “De un veinteno amoral, inmoral e ilegal solo saldremos si al mirar en el espejo nos vemos a nosotros mismos detrás del monstruo. En caso contrario, deberemos decir, parafraseando a Remarque: nada nuevo en el frente italiano”. Será este un camino complejo, no exento de trampas, porque está por demostrar que Berlusconi sea un juguete político roto cuando, a pesar de la crisis provocada por su condena, las perspectivas electorales de Forza Italia andan por encima del 20%, cuando la primera fortuna de Italia dispone de un formidable entramado de medios de comunicación a su entero servicio. Y será también un camino complejo porque no está ni mucho menos garantizada la estabilidad del Gobierno de Enrico Letta, aunque la escisión de berlusconianos que Angelino Alfano, viceprimer ministro, ha encuadrado en el Nuevo Centroderecha se presenta como el aliado seguro para gestionar la salida de la crisis.

Frente al anuncio hecho por Eugenio Scalfari de que “ha nacido la derecha republicana”, la de Alfano y otros antiguos berlusconianos pasados al campo del conservadurismo moderado, surge la posibilidad de que la presión extramuros de Il Cavaliere afecte a la cohesión del Gobierno. Frente al deseo de que el país se halle a las puertas de una segunda República bis, al quedar Berlusconi fuera del entramado institucional, asoma el fantasma de un Berlusconi sin otro objetivo que desgastar a todo el mundo mediante la movilización de la base social que en un pasado muy reciente le dio el poder, mediante una política de balcón sin nada que le frene. Berlusconi “vive en el terror de su desaparición”, ha escrito Ugo Magri en La Stampa, el gran periódico de Turín; el interesado le da la razón al sentirse víctima, en frase suya, de una damnatio memoriae (desaparecer de la memoria), pena aplicada en la Roma imperial a quienes caían en desgracia.

Pudiera pensarse que la pieza tragicómica representada por Il Cavaliere durante las últimas semanas no confunde a nadie. Pero esa percepción, fruto de una lógica política elemental, queda bastante lejos de la realidad porque Berlusconi ha adulterado la política hasta tal punto que para muchos ciudadanos, convencidos de que se hallan ante el italiano por antonomasia, darle el voto es poco menos que una responsabilidad nacional. El embrutecimiento de la política a través del culto a la personalidad de un líder carismático que encarna el espíritu de la nación no es una novedad en ninguna parte, y en Italia menos. Porque la gran nación de la imaginación desbordante, la renovación permanente y la reverencia ante los maestros del arte de todos los tiempos, forjada sobre el telón de fondo de la cultura clásica en la que todos nos reconocemos, es, al mismo tiempo, la de la marcha sobre Roma, la del éxtasis fascista, la de las ejecuciones de Benito Mussolini y Chiara Petacci y la de la política en las sombras de la primera República. Y esa amalgama de precedentes históricos opera a favor de Berlusconi, aunque el deseo de muchos es que ese argumento lleno de episodios truculentos haya llegado a su fin y la política deje de ser cuanto antes un cometido para caudillos vociferantes.

 

 

 

 

Camus, una referencia vigente

“Ahora sé aún mejor que no se puede ser libre contra los otros”

Carta de Albert Camus dirigida a Louis Guilloux

Al cumplirse cien años del nacimiento de Albert Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre de 1913-Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960) las miradas se vuelven hacia el legado ético del gran escritor, la vigencia de sus inquietudes y la valentía de su determinación para ir contracorriente, tal como se tituló en España hace tres años la traducción del ensayo que le dedicó su amigo Jean Daniel: Camus, a contracorriente. Pues si algo resalta en su biografía es la decisión con la que rectificó, cómo sometió sus opiniones a la duda y, en suma, cómo se enfrentó a sí mismo, en un combate personal que entrañó rupturas intelectuales y personales que le provocaron un enorme desgaste. Qui témoignera pour nous? Albert Camus face à lui-même (¿Quién testificará por nosotros? Albert Camus frente a sí mismo) se titula el ensayo que le ha dedicado el filósofo Paul Audi.

Albert Camus.

En una época atenazada por el determinismo económico, las recetas políticas fabricadas en gabinetes de estudio a partir de las conclusiones derivadas de sondeos de opinión, la proliferación de predicadores que exaltan toda clase de remedios sociales sin asomo de duda y la tendencia cada vez mayor al sectarismo ideológico, sorprende la contundencia de alguien dispuesto a ir contra el espíritu de su época, a anteponer la ética a cualquier otra consideración y a rebatir las simplificaciones: “Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría” (1957). Resumido en palabras de Jean Daniel al presentar en Madrid el libro citado más arriba: “Una de las claves de su pensamiento era no aceptar la humillación, no someterse a ese absolutismo, a ese fanatismo”. Lo moral en Camus pesó tanto desde la publicación de El extranjero (1942) hasta la última línea de la inconclusa El primer hombre (1960), publicada en 1994, que hoy sigue siendo una referencia capital y, en cambio, muchos de sus detractores no han superado la prueba del paso del tiempo.

Resulta francamente revelador contraponer la obstinación de la praxis política y social presente, acuciada por los efectos de una crisis económica sin fecha de caducidad, con las observaciones de Camus. “La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos –escribió–, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo, inmersos en una vida uniforme y gris”. Por ese camino llegó a la fórmula “me rebelo, por lo tanto, soy”, adaptación contemporánea del “pienso, luego existo” de René Descartes, pero no se le ocultaron los riesgos de ese nuevo punto de partida y rechazó el recurso a la violencia, incluso en casos extremos, porque consideró que destruye “el ideal originario de la revolución”.

De la misma manera que el general Charles de Gaulle inició sus memorias con la famosa frase “toda mi vida me he hecho una cierta idea de Francia”, confesión grandilocuente de un nacionalista conservador, bien pudiera haber escrito Camus la primera línea de sus memorias con una declaración de principios del siguiente tenor: toda mi vida he tenido una cierta idea de la moral. Y esa cierta idea, que en De Gaulle suena a obra terminada y en el nobel, a empresa inacabada, es otro elemento que contrastó en su tiempo y contrasta en el presente con el dogmatismo de las ideas dominantes, que en la izquierda europea de los años 50 del siglo XX permanecían sujetas al prontuario estalinista y en el posibilismo sonrosado de nuestros días se someten a los requisitos contables y a la ingeniería social.

Jean-Paul Sartre, sentado en el suelo, a la izquierda, y Albert Camus, de cuclillas a su lado, en el domicilio de Michel Leiris, junto con Pablo Picasso, en el centro, y varios intelectuales franceses el 18 de marzo de 1944.

El filósofo Roger-Pol Droit destaca tres momentos cruciales de rectificación y crítica personal en el último decenio de la existencia de Camus. El ciclo se inició en 1951, cuando publicó El hombre rebelde, donde rechaza el nihilismo revolucionario y el totalitarismo soviético, que consagra su ruptura con Jean-Paul Sartre; siguió en 1956, cuando publicó La caída, donde deja constancia del precio que debe pagarse por soportar “el juicio de los hombres”; y acabó en 1959, cuando escribió: “Debo reconstruir una verdad después de haber vivido toda mi vida en una especie de mentira”. En cada una de estas etapas planteó el problema de los medios para alcanzar un fin moralmente defendible, pero las ecuaciones resultaron ser tan extremadamente complicadas que, como sostiene Jean Daniel, no logró desenredar la madeja. ¿Cabe, entonces, pensar en un filósofo llamado Albert Camus? En todo caso, fue autor de la siguiente frase, no exenta de ironía: “Si quieres ser filósofo, escribe novelas”.

Puede decirse que Camus, al desarrollar su obra, abordó las exigencias del compromiso ético, de la moral colectiva, de la función del escritor y de la integridad del intelectual, de su función social, si se quiere. Lo hizo en un mundo fracturado por la guerra fría, en una Francia marcada a fuego por la guerra de Argelia, que le llevó a condenar a un tiempo la violencia del Ejército francés, que reprimía al FLN, y a este, que abrazó el terrorismo; lo hizo en una Europa en retroceso frente al auge de las dos superpotencias y los procesos de descolonización en África y Asia; en un universo que experimentó por primera vez los efectos de la cultura de masas, de la industria del ocio y de la sociedad de consumo. Camus fue testigo conmovido de la modernidad que se construyó sobre las cenizas de la segunda guerra mundial; una modernidad contemporánea de la carrera armamentista, la consolidación del complejo militar-industrial, los bandazos de la Cuarta República francesa y el sueño europeísta apenas esbozado. Todo eso pesó y formó parte del trabajo de Camus hasta que un accidente de carretera segó su vida.

‘Combat’, que nació en la clandestinidad como el periódico de la Resistencia y en el trabajó Albert Camus, da cuenta de la muerte del escritor el 4 de enero de 1960.

De ahí la vigencia de Camus, pues en su obra se abordan los problemas de su tiempo, que son los de hoy. Aunque su legado es mucho más que una aproximación meramente política a la realidad, el compendio de sus títulos mayores –El extranjero (1942), El mito de Sísifo (1942), Calígula (1944), La peste (1947), Estado de sitio (1948), El hombre rebelde (1951), La caída (1956) y El primer hombre (1960)–, su labor de periodista, de “narrador incansable de mundos”, en palabras de su hijo Jean, justifica la elección hecha por Miguel Mora, en El País, del siguiente pasaje del discurso de Camus en Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura de 1957: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. ¿Alguien se atreve a asegurar que se han esfumado los riesgos?

Quizá en el cumplimiento de esa misión, impedir que el mundo se deshaga, fundamentó Camus su idea de compromiso, de complicidad generacional, de solidaridad, si así puede describirse el rumbo fijado por el escritor. En todo caso, a pesar de la atmósfera poco propicia que con frecuencia respiró en París, se atuvo a una obligación contraída consigo mismo: “Tras haberme sondeado, puedo asegurar que entre mis numerosas debilidades nunca estuvo el defecto más extendido entre nosotros, me estoy refiriendo a la envidia, auténtico cáncer de las sociedades y las doctrinas”. No es por casualidad que la declaración suena como una paráfrasis de la sentencia que Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote: “¡Oh, envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de las virtudes!”