Grecia se entrega a la derecha

El revolcón electoral sufrido por el partido Syriza en las elecciones legislativas celebradas en Grecia el domingo último es el resultado de varios factores concatenados que llevaron a una parte importante de los votantes a confiar el futuro a quienes son en gran medida responsables de los quebrantos del presente. La victoria con mayoría absoluta de Nueva Democracia, el resorte político de las élites conservadoras, no es indicativo de un cambio sociológico, sino más bien consecuencia de la decepción sembrada por la izquierda radical, que en 2015 precisó solo medio año para pasar de prometer auxilio a los afligidos a aplicar el programa de austeridad más duro impuesto por la UE a uno de sus socios. Alexis Tsipras, a la sazón primer ministro, hizo un rápido viaje al realismo desde las promesas inalcanzables, presionado por Bruselas, por los acreedores, por el encarecimiento inasumible de los intereses de la deuda y por el riesgo de tener que sacar al país del euro y devastar su economía mucho más de lo que fue devastada en los años siguientes.

La aplicación de una cirugía de hierro al caso griego a pesar de no representar más que el 2% del PIB de la UE operó como un aviso para navegantes –especialmente meridionales– y desactivó uno de los frentes más dinámicos de la nueva izquierda europea. Al mismo tiempo, fijó un modelo de salida de la crisis –la UE, el BCE y el FMI, todas las siglas a una– que tuvo mucho de austericidio y puso al frente de las operaciones a gestores guiados por la ortodoxia económica germánica, mientras Paul Krugman publicaba un libro titulado ¡Acabad ya con esta crisis!, casi un grito desesperado Una especie de teoría de la redención soslayó el coste social que iba a tener el tratamiento prescrito a Grecia o, lo que es peor, hubo especial empeño en negar la toxicidad de la cura.

Que el presidente saliente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, diga ahora “no fuimos solidarios con Grecia, la insultamos”, de poco vale. En los peores momentos de la crisis, Tsipras y el ministro de Economía, Yanis Varoufakis, a menudo un provocador, fueron presentados ante la opinión pública europea como depositarios de todos los malos imaginables, como políticos que se negaban a aceptar la realidad: el país había quebrado. Tan cierto era que la situación de la economía griega era un caso clínico de libro como que los dos gobiernos que precedieron al de Syriza –de Nueva Democracia y del Pasok– eran los grandes responsables de la situación heredada por la nueva izquierda. Pero se impuso la idea del castigo ejemplar –la “austeridad irreflexiva”, dice Juncker– para evitar quizá que otras heterodoxias aquí y allí, en especial en el sur, siguieran los pasos de Syriza.

La gran paradoja hoy es que uno de los responsables del desastre, Nueva Democracia, que se dedicó a falsear el déficit y engañó a Bruselas mientras estuvo en el Gobierno, está de vuelta, dirigido por Kyriakos Mitsotakis, un apellido habitual en el conservadurismo griego. Al mismo tiempo, no deja ser lógico el retorno de la derecha habida cuenta de la decepción de los electores con la izquierda, el escepticismo creciente –la abstención superó el 40%– y la necesidad imperiosa de salir del agujero, sea cual sea la complejidad del problema y sea quien sea el ejecutante. Si los predicadores de la utopía se vieron forzados a aceptar el empobrecimiento sin límites, quizá los divulgadores del realismo, los líderes de la derecha, sean capaces de atenuar los efectos de una miseria invasiva que ha dejado al país en los huesos, piensan quienes con su voto hicieron posible el bandazo.

Cosa distinta es si es factible rescatar a Grecia de los rescates –un triste juego de palabras– con un programa que pone por delante la bajada de impuestos y de los tipos de interés, la paulatina recuperación de las pensiones y la dinamización de una economía que en 2018 creció el 1,8%, puede que un buen dato para un país encauzado, pero modestísimo en un entorno de pobreza extrema. El hecho de que las condiciones para los tres rescates que ha precisado Grecia se hayan traducido en una caída del PIB del 40%, un programa de privatizaciones a marchas forzadas y una caída permanente de la renta disponible inducen a pensar que aquello que ofrece Nueva Democracia a una población exhausta no se traducirá en la práctica en mucho más de lo ofertado los últimos cuatro años por un partido como Syriza, convertido en administrador ortodoxo de la crisis.

“Las ideologías llevan inevitablemente a la decepción, porque tienden a lo perfecto, que luego el contacto con la vida real hace imposible”, sostenía Enrique Tierno Galván. De tal manera que el mismo defensor de la utopía como una meta irrenunciable, entendía que la realidad, los datos de la realidad, son ineludibles. La gran lección griega es que, como temía el más heterodoxo de los alcaldes que ha tenido Madrid, si todo se fía en la utopía, lo más probable es que el despertar a la realidad, a la correlación de fuerzas, dé paso a una decepción desmovilizadora que alimente el pesimismo social, tan característico del pensamiento conservador y tan ajeno a la base electoral de la izquierda.

Un analista del diario conservador ateniense Kathimerini estima que la victoria de Nueva Democracia “confirma el regreso a la normalidad después de una larga década de crisis que dividió al país penosamente”. Lo que no detalla el articulista es qué entiende por normalidad, en qué se traducirá y a quién beneficiará. Acaso no puede hacerlo ni aventurar cifras porque, como en el hundimiento del Titanic, en la salida de la crisis griega, si la hay, coincidirán más náufragos que salvavidas y, en consecuencia, a muchas de las víctimas no les aguarda más futuro que el de ser víctimas crónicas. Alguien debía haber dicho esto durante la campaña y aportar cifras para un mayor esclarecimiento de la realidad; otra vez la realidad que no se puede eludir.

Italia, en manos de Salvini

Vuelve Italia a las andadas mediante la propensión de sus dirigentes de poner el sistema de partidos al borde del abismo como si la acumulación de experiencias negativas no pudiera tener mejor destino que caer en el olvido. El resultado cosechado por los socios de Gobierno en las elecciones europeas del último domingo ha engrandecido la figura y las ambiciones de Matteo Salvini, el líder de La Liga, que es tanto como decir de la extrema derecha, y ha sumido en la depresión al Movimiento 5 Estrellas (M5E), a Luigi Di Maio, su jefe de filas, y en general a la corriente populista y antisistema que engordó merced a la cadena de errores cometidos por el Partido Democrático (PD), que coronó el cupo de desaciertos con el malhadado referéndum de 2016, convocado por Matteo Renzi para reformar la Constitución.

Es harto difícil que la extraña pareja de estrellados y ultras pueda llevar mucho más allá en el tiempo su complicidad para arremeter contra el sistema desde posiciones teóricamente antagónicas. Frente al confuso euroescepticismo del M5E se alza la eurofobia de La Liga, que entronca con la tradición política de la extrema derecha italiana desde los años 20; frente a la pretensión de construir una nueva versión, seguramente inviable, del Estado del bienestar que alienta hasta la fecha en la brega de los seguidores de Di Maio surge el nacionalismo rampante de los ligueros, apoyados por un electorado procedente en gran parte de caladeros de la izquierda, decepcionados con la ineficacia del Estado, el empobrecimiento de la clase media y el aumento de las desigualdades.

Basta repasar la pérdida de votos de las últimas décadas desde el Partido Comunista al Partido Democrático de la Izquierda, y de éste al Partido Democrático, para comprobar que el auge de dos formas contrapuestas de plataformas antisistema han sido las grandes beneficiadas de la crisis de la izquierda tradicional. Y en idéntico sentido, de acuerdo con el resultado del domingo, resulta evidente que el deshinchamiento del M5E obedece tanto a la recuperación del PD como al corrimiento de papeletas hacia la opción ultra, que ha hecho bandera del bloqueo de los flujos migratorios y de la oposición a la exigencia de rigor económico reclamado por la Unión Europea. Quizá deba decirse que el M5E ha sido derrotado en el campo de los símbolos, muy trabajado por la extrema derecha, y en el de la herencia ideológica de la izquierda clásica, que asume la dirección del PD, encabezada por Nicola Zingaretti.

El apoyo a Di Maio expresado por la militancia estrellada y la voluntad de este de seguir en el Gobierno apenas desvanece la sensación de que su entendimiento con la otra mitad del Gabinete es más que complicada. El 34% de la extrema derecha en las europeas y el vaticinio de los sondeos operan contra la posibilidad de recoser el Ejecutivo: en los cálculos de Salvini pesa tanto la euforia del momento como la posibilidad de reagrupar a los herederos políticos de Silvio Berlusconi para ahormar una nueva alianza, prescindir del M5E y resaltar más si cabe el nacionalismo exacerbado y reaccionario de su partido.

Como ha escrito un analista de La Repubblica, el gran periódico del centroizquierda italiano, Salvini aparenta haber optado por la moderación y el sentido común, “pero la mano tendida a Di Maio exige un precio”. ¿Cuál puede ser este? Obligar al M5E a aceptar que el líder ultra es de facto el primer ministro, convertido Giuseppe Conte en mero gestor del programa salviniano, figura necesaria si se quiere para atenuar los temores de Bruselas referidos a Italia, al riesgo permanente de que una de las grandes economías europeas y del euro sucumba en el altar de la heterodoxia –la prima de riesgo roza los 300 puntos, muy cerca de la griega–, el déficit imparable y las alegrías presupuestarias.

Detrás de estos temores se ocultan otros no menos preocupantes como los efectos de una fractura social que divide al país en dos, con Roma en la divisoria, y que, al mismo tiempo, siembra de desigualdad en las grandes conurbaciones. Al mismo tiempo, la propaganda demagógica de La Liga para cerrar las fronteras a los flujos migratorios y castigar, perseguir o boicotear a quienes acuden en su auxilio –onegés y autoridades locales– dibuja un futuro para Italia cada vez más alejado de la gestión ordenada de los grandes problemas que debe afrontar Europa como comunidad y cada uno de los estados por separado.

Así las cosas, tiene todo el sentido la pretensión de Matteo Salvini de hacerse con el liderazgo de la extrema derecha europea en compañía de Marine Le Pen, que a diferencia del viceprimer ministro de Italia no ha logrado traducir su peso en votos en poder político real. Claro que para completar la operación le urge que caiga el Gobierno y se convoquen elecciones, que el M5E se debilite aún más y que el PD no tenga tiempo de completar su recuperación, supuesto que el resultado que obtuvo el domingo marcó una tendencia y no fue flor de un día. La mano tendida de Salvini es en realidad una trampa para elefantes.

Con este previsible marco de referencia, cobra todo su sentido esta frase de Eugenio Scalfari: “A menudo, los medios efectivos son tan profundamente inmorales que deterioran sus objetivos. En ese caso no se pueden utilizar y este es el límite que la moral impone a la autonomía de la política”. ¿Qué respuesta corresponde a la pregunta fundamental: cuánta inmoralidad y desprecio de los derechos humanos se cobija en el programa de La Liga? Tan inquietante resultará que la opinión pública eluda o soslaye la respuesta como que llegue a la conclusión de que estarán justificados los daños colaterales si el país sale del laberinto, una nueva versión del fin justifica los medios y de una Realpolitik sin fisuras, moralmente indefendible.

 

 

Lo peor del ‘brexit’ está por llegar

Las dimisiones de David Davis y Boris Johnson han dado carta de naturaleza a la impresión muy extendida desde hace tiempo de que la eurofobia fija la agenda de las negociaciones para la salida ordenada de la UE del Reino Unido. Colegir de la inmediata sustitución de ambos por Dominic Raab y Jeremy Hunt que la primera ministra, Theresa May, se mantiene en el puente de mando y controla la situación carece de fundamento: se desmorona el plan discutido el pasado fin de semana en Chequers para un brexit sin estridencias y el Gobierno británico aparece perdido en un laberinto de incongruencias y contradicciones. El artículo publicado el jueves en The Guardian por Henry Newman, director de Open Europe, en forma de carta dirigida a los embajadores y comisarios de la UE no hace más que subrayar algo por demás sabido: los europeos deben tomarse en serio el brexit blando defendido por May porque no hay alternativa mejor, menos hiriente.

Al recordar Newman que el interés británico por ingresar en la UE estuvo siempre relacionado con los intercambios económicos, y que esto es lo que pretende ponerse a salvo –“siempre hemos estado más interesados en las relaciones comerciales que en el proyecto político”–, no hace más que dar la razón a cuantos se alarman en la City con el brexit. ¿Por qué? Por el sencillo argumento de que incluso en el mejor de los desenlaces posibles, los británicos quedarán al margen de las decisiones que tomen los socios de la UE en el ámbito de la economía, pero deberán actuar en los términos aprobados en Bruselas, y aun estarán sujetos a lo que dictaminen o sentencien los tribunales europeos.

Es cierto, como afirma Newman en su carta-artículo, que si fracasa el brexit blando salido de Chequers, y por ahí van los tiros ahora, los perjuicios se percibirán a ambos lados del Canal en “el crecimiento económico y en la futura cooperación en materia de seguridad”, pero acaso la capacidad de reacción de las economías europeas sea mayor y más rápida, especialmente en la zona euro, y acaso también las políticas de seguridad se atengan a nuevos parámetros –una cooperación reforzada–, menos dependientes en todo caso de la estrategia de la OTAN. Y ahí también teme la City que la libra zozobre, el independentismo escocés se rearme, con efectos económicos inmediatos, y finalmente quede al descubierto la naturaleza fantasiosa de las ventajas de la salida proclamadas por los promotores del referéndum de 2016, aquel que nunca debió celebrase, según también opinan los gurús de la City.

La obsesión por la recuperación de cotas de soberanía exhibida por los brexiters más radicales apenas importa en una economía globalizada en la que el desarrollo de las potencias emergentes, un crecimiento raquítico de la demografía europea y el desafío tecnológico obligan a perseverar en los mecanismos de cooperación y en reducir el concepto clásico de soberanía a los asuntos con una repercusión estrictamente estatal o local, si es que tal cosa es posible (hay dudas sobre ello). La UE está minada por los achaques, las rivalidades entre gobernantes y el griterío nacionalista, pero es la única salida que tienen los viejos estados europeos para no caer en la irrelevancia o el servilismo.

Si el Gobierno británico sucumbe a la presión de los eurófobos, será aún más débil de lo que lo es ahora, quizá encadenará varias crisis y por último caerá. En este caso o con esta posibilidad en el horizonte inmediato, cabe preguntarse cuál es la alternativa verosímil. ¿Arreglarían algo unas elecciones anticipadas que dividirían a los conservadores más de lo que ya lo están? ¿Puede el Partido Laborista salir al rescate? ¿Es posible un nuevo referéndum? Ninguna de estas preguntas puede responderse con una afirmación: nada bueno presagian para el Gobierno unas elecciones anticipadas; nada se sabe de una alternativa laborista para destensar la negociación con la UE –Jeremy Corbyn, tan silencioso o contemplativo–; más impensable es aún abrir el melón de un nuevo referéndum después de asegurarse ad nauseam que no lo habrá.

Entonces, qué. Entonces está Donald Trump y su empeño de debilitar a Europa cuanto antes, de dividirla si es posible, de liquidar el statu quo y encabezar un nuevo sistema de alianzas que minimicen el papel de la UE. En esto cuenta con la cooperación inestimable de Vladimir Putin, con los propagadores de falsas estadísticas –las cifras manejadas por el presidente en la cumbre de la OTAN de esta semana eran completamente falsas– y con los teóricos del vínculo especial que debe unir al Reino Unido con Estados Unidos. Que esto suponga recuperar algunas migajas de soberanía es harina de otro costal, incluso es posible simular que tal cosa sucede con tal de reforzar la prédica eurófoba. Pero tal posibilidad sigue siendo un factor de preocupación de la City –el proteccionismo de Trump no tiene vuelta de hoja–, del mundo académico, de cuantos creen que el canal de la Mancha es un accidente geográfico, pero no la línea divisoria, el muro, la frontera culturalmente infranqueable entre ellos y nosotros.

“Un gobierno realmente sensato habría elaborado un plan sobre cómo abandonar la Unión Europea antes de convocar un referéndum”, se dice en el último número de The Economist. Incluso para este semanario, comprensivo con el brexit, el último plan discutido en Chequers “profundiza el caos”, y aunque reclama de los europeos, en igual medida que a los negociadores de May, sensatez para evitar la anarquía, admite que exigirán más de lo que la primera ministra ofrece para seguir en el mercado único. Y no le sorprende habida cuenta del enfoque dado a la negociación por Michel Barnier desde que Jean-Claude Juncker afirmó tajante: “Brexit is brexit”.

Diríase que lo peor del brexit está por llegar. Cuando un articulista del Financial Times compara la posible relación futura del Reino Unido con la UE con la que ahora tiene Ucrania, no hace más que emitir un diagnóstico realista y perturbador para las finanzas británicas, para el comercio exterior, para los consumidores y para cuantos piensan que la economía británica es suficientemente grande como para poner condiciones y suficientemente dependiente como para necesitar de sus socios europeos para no gripar el motor. Lo peor está por llegar, pero los profetas de la salida no cejarán en su empeño de acosar al sector más templado del Gobierno, porque para ellos, como ha dicho Boris Johnson en su carta de dimisión, “el sueño se está muriendo”, aunque para otros muchos tal sueño se asemeje enormemente a una pesadilla.

 

Europa aguarda a Macron

Los primeros pasos de Emmanuel Macron han hecho de él la nueva esperanza blanca de la Unión Europea, necesitada de iniciativa, unidad de acción y capacidad para competir con los grandes actores internacionales. Entre la espada del auge eurofóbico y la pared del brexit, la activación del eje franco-alemán, motor histórico de la construcción europea, vuelve a aparecer en todos los análisis como el núcleo realmente duro que puede rescatar a la UE de la atonía depresiva que con tanta frecuencia se adueña de la discusión. Pero esa presumible activación es poco más que un objetivo genérico lleno de incógnitas por despejar, especialmente en cuanto al alcance real que pueda tener: ¿reducirá sus efectos a los dos lados del Rin?, ¿será capaz de movilizar a los 27 en un programa común?, ¿alcanzará solo a unos pocos países y consagrará la Europa de dos velocidades?

Sobre la mesa están el papel futuro del Banco Central Europeo, el desarrollo de una estructura europea de defensa, las políticas de convergencia, el efecto del brexit sobre el presupuesto y una lista interminable de problemas propios de la complejidad del proyecto y también de las tensiones entre estados. Y por encima de todo está el debate sobre el papel de Alemania, su iniciativa política, especialmente reforzada a partir de la crisis económica y de la ineficacia de Nicolas Sarkozy y de François Hollande para equilibrar el renombrado eje, cada día más germánico y menos francés.

Poco se sabe del programa de Macron, de su concreción y de la respuesta social que pueden desencadenar actuaciones como la reforma del mercado de trabajo, tan contestado en la calle en la recta final del mandato de Hollande y uno de los resortes que movilizó a los insumisos de Jean-Luc Mélenchon. Menos se sabe aún del papel que puede desempeñar Francia como contrapeso de las políticas de estabilidad recetadas por Alemania, de su capacidad de corregir los excesos de la austeridad dictados por diferentes gobiernos de Angela Merkel desde 2010, con un coste social de sobra conocido. Como afirma Héctor Sánchez Margalef, investigador del Cidob, “la irrupción de Emmanuel Macron ha resucitado el euroentusiasmo, aunque no sabemos si por verdadero amor o como rechazo a las ideas de Marine Le Pen”.

Es preciso remitirse al resultado de las elecciones legislativas (18 de junio) y a las características de la mayoría absoluta obtenida por La República en Marcha, el partido de Macron, para sacar alguna conclusión acerca de si el euroentusiasmo es fruto de una cosa o de la otra o, quizá, de ambas al mismo tiempo. La mayoría aplastante lograda por el presidente en la Asamblea Nacional no debe distorsionar la realidad: se sustenta en el 16% del censo electoral, en una abstención que superó largamente el 50% y en el hundimiento del sistema tradicional de partidos de la Quinta República, especialmente en el campo de la izquierda (el adiós de la patria socialista, ha escrito Jean Daniel), aunque no solo en él, porque el tutti frutti ideológico macroniano ha dividido al conservadurismo francés clásico (la herencia del gaullismo).

“Mayoría absoluta, victoria relativa”, tituló Le Monde, progresista, para resumir el resultado de las legislativas. “Jamás un poder presidencial tan fuerte había descansado sobre una base tan exigua”, subrayó Le Figaro, conservador. “La nueva mayoría solo representa una pequeña parte de Francia”, dijo un analista en televisión la noche del escrutinio. Se trata de tres aproximaciones complementarias a un mismo fenómeno: la representatividad social de los diputados de Macron es débil y el triunfo de la abstención el 18 de junio presagia una posible reacción de la calle en cuanto el presidente pase de la palabra y las promesas a los hechos.

De tal manera de que quizá la consagración de Emmanuel Macron como líder europeo depende de la respuesta social que eventualmente desencadene la aplicación en Francia de grandes reformas estructurales. Significa que la activación del eje franco-alemán no podrá ser eficaz o útil si el presidente debe afrontar la impugnación de su programa en la vía pública o si las elecciones legislativas en Alemania (24 de septiembre) recortan la iniciativa de Angela Merkel, algo que hoy nadie prevé. La idea de que Macron puede ser un líder europeo, aunque no lo sea en su país, es poco realista y se contradice con la inmensa mayoría de precedentes en la historia del eje, esa estructura de facto que condiciona las políticas europeas desde la firma del Tratado de Roma.

Escribe Héctor Sánchez Margalef: “Desear que la UE funcione de otra manera no te convierte automáticamente en un fervoroso seguidor de Marine Le Pen. De la misma manera que el euroentusiasmo de Emmanuel Macron no garantiza por sí solo el regreso de la confianza en el proyecto europeo”. Porque la hiperactividad europeísta del presidente de Francia no se ha traducido por el momento en ninguna medida concreta; se ha limitado a ser una mezcla de declaraciones que aconseja practicar el viejo principio de esperar y ver a falta de elementos de juicio concretos.

Jean d’Ormesson, miembro de la Academia Francesa, hizo pública una carta de apoyo a Macron entre la primera y la segunda vuelta de la elección presidencial, no sin recordar al entonces candidato que disentía de él en muchos apartados y que su apoyo no era –no es– un cheque en blanco. Lo que el veterano conservador subrayaba era la necesidad de contener al Frente Nacional, pero, alcanzado este objetivo, prevalece la idea de que el voto de aluvión que ha llevado a Macron al Eliseo y la mayoría parlamentaria en que se apoya no es garantía de nada, sino un formidable desafío para un país a menudo ensimismado, asustado o desorientado, donde el escepticismo suma adeptos cada día. Y el dosier europeo no es inmune a la atmósfera de desconfianza en el futuro que aconseja esperar y ver.

 

Daños irreversibles en la UE

Algo parecido al arrepentimiento se ha adueñado de una parte de la opinión pública británica que votó alegremente a favor del brexit envuelta en la Union Jack y ahora se percata de que todo será más complejo fuera que dentro de la UE. Ni siquiera las reflexiones de Timothy Garton Ash acerca de la división de los europeos para diseñar el futuro sirven como bálsamo reparador. Aquí y allá aparecen en todos los medios votantes que lamentan haberse inclinado por la salida mientras el contador de los electores que piden que se repita la consulta (para dar una segunda oportunidad al remain) ha superado las previsiones. Y a pesar de todo, hay quien cree ver en la presidencia eslovaca de la UE, que empezó el viernes, la confirmación post mortem de la Europa grata al Reino Unido, aquella con poca ambición política y una recuperación por los gobiernos de los estados de atributos de soberanía que, en nombre de la integración, deberían gestionar las instituciones europeas.

La suposición de que Eslovaquia carece de entidad política y económica para inclinar la balanza del lado del europeísmo atemperado es tan cierta como que el grueso de los socios de Europa Oriental nunca aspiraron a otra cosa que no fuera una zona de libre cambio para oxigenar y modernizar sus economías; eso y solo eso. La construcción de un entramado político, con instituciones potentes, no formaba parte del futuro que vislumbraban, y mucho del interés británico por ampliar hacia el este la UE, deprisa y sin entrar en detalles –salvo para Bulgaria y Rumanía, ¡qué remedio!–, obedeció a la voluntad del Reino Unido de neutralizar el reforzamiento político de Europa.

La creencia de David Cameron de que la desorientación de unos y la confusión de otros le permiten establecer el calendario de la desconexión no deja de tener sentido, aunque los seis países fundadores de la UE han exigido celeridad y no un largo compás de espera hasta septiembre, cuando el Reino Unido tendrá un nuevo primer ministro o primera ministra, más probable esto último con la pugnaz Theresa May. “Fuera es fuera”, dijo Jean-Claude Juncker en la vigilia del referéndum, aunque aún hoy hay quienes piensan en Londres que bien pudiera ser el brexit el punto de partida de un estado intermedio, ni sólido ni líquido, ni frío ni caliente, ni dentro ni fuera. Una solución o salida tan inconcreta sería insostenible, reforzaría a los euroescépticos de toda clase y haría del principio de pertenencia a la carta, tan ajena al europeísmo, un mecanismo de descomposición de la UE en manos de quienes quieren acabar con ella. O persiguen, al menos, dejarla irreconocible.

Son demasiadas las incertidumbres que se han adueñado de la UE –el crucigrama del euro, la crisis de los refugiados, la efervescencia nacionalista, el euroescepticismo, la competencia de las economías emergentes, entre otras– como para añadir un interrogante de futuro más. Las guerras fratricidas que se han desencadenado en el seno de los partidos Conservador y Laborista, profundamente divididos, no pueden ser la razón última de un aplazamiento de decisiones acuciantes: la comunicación por el Gobierno británico de que desea abandonar la UE, la aplicación del artículo 50 del Tratado de la Unión y el diseño de un mecanismo de vinculación del Reino Unido a la UE a través seguramente del mercado único, como Noruega y Suiza. Ir por otro camino, no activar el artículo 50, “sería bastante dañino”, dice Grégory Claeys, del think tank alemán Bruegel; eso mismo piensan el presidente de Francia, François Hollande, y la cancillera de Alemania, Angela Merkel, que inmediatamente después del triunfo del brexit fue cautelosa en exceso.

A la cumbre informal del 16 de septiembre en Bratislava, anunciada por Donald Tusk, es de desear que los jefes de Estado y de Gobierno lleguen con el ánimo resuelto para no convertir la salida británica en una subasta a la baja de las condiciones para pertenecer al mercado único. Los 27 están políticamente obligados a transmitir la imagen de unidad que tantas veces se ha echado en falta, pero están también obligados en el plano económico a serenar los mercados y a dar garantías de que el brexit será un proceso ordenado, sin improvisaciones y sin gestos oportunistas. Marek Dabrowski, profesor de la London School of Economics, se cuenta entre los muchos que estiman que la salida no entrañará ningún beneficio para los británicos, pero tampoco para los europeos, y solo un proceso pautado puede limitar los daños (nunca eliminarlos).

Esta es la realidad: los daños son inevitables y cuantificarlos de antemano es francamente aventurado. ¿Por qué, entonces, ganó el brexit? ¿Por qué tantas falsas hipótesis de independencia nacional sedujeron a la mayoría de Inglaterra y Gales? ¿Dónde radica el poder de atracción de personajes tan poco convencionales como Boris Johnson y Nigel Farage? ¿Por qué sigue viva en las islas la impresión de que el invento europeo no es cosa suya? Al buscar respuestas se mezclan los tópicos del british way of life con el peso de la historia, la cercanía de lo que fue el Reino Unido y ya no es, la convicción británica desde antiguo de que es preferible arbitrar en las disputas continentales antes que participar en ellas y la sensación cada vez mayor en la Inglaterra profunda de que la cultura propia corre grave riesgo de disolverse en un magma multicultural, impresión agrandada por la crisis de los refugiados. Nada de todo ello remite a la economía, al pulso de la City, alterado por el brexit, salvo quizá la supervivencia de la libra, tan seña de identidad para muchos británicos como la monarquía o la Premier League.

Este es un buen caldo de cultivo para el desarrollo de los populismos. Hans Kundnani, de la German Marshall Found, sostiene en The New York Times que “estamos en territorio desconocido”, y reprocha a los gestores europeos haber insistido en la integración, mientras la opinión pública –la británica ahora– no se reconoce en el andamiaje, no acierta a comprender por qué debe someterse a una estructura de poder confusa y con evidentes déficits democráticos. Pero ese arrepentimiento o congoja poselectoral de algunos o bastantes de los que apoyaron el brexit en las urnas pone de manifiesto la confusión sembrada por la demagogia antieuropeísta, que ha llevado los europeos, continentales e insulares, a preguntarse sin obtener respuesta: ¿en qué incierto desafío nos han metido?

 

 

Un desafío llamado ‘Brexit’

Basta leer el artículo del diputado conservador David Davis recogido por la edición británica de The Huffington Post para comprender la arremetida de los euroescépticos de las islas y adláteres al divulgarse la propuesta transmitida a David Cameron por Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo. Y es suficiente porque en él aparecen recogidos los puntos de partida que orientan desde siempre a quienes consideran que la Unión Europea pretende imponer al Reino Unido un modelo que lesiona los atributos de soberanía de la nación más allá de toda medida, lastra su economía y la somete a los dictados de la Eurozona, al enfoque político del núcleo franco-alemán y a las servidumbres de un modelo en crisis. Entre Nigel Farage, el altisonante líder del United Kingdom Independence Party (UKIP) y la prosa de David Davis la mayor diferencia es el tono; en el fondo, sus mensajes son muy semejantes.

Habría que empezar por preguntarse si alguna vez se sintieron los conservadores británicos a gusto con el paso dado en su día por Edward Heath o si, a las primeras señales de politización de la empresa europea, la sensación de incomodidad se adueñó de ellos y empezaron los gestos desaprobatorios, el deseo de corregir el rumbo o modificar la vinculación con los socios mediante un trato excepcional, cortado a su medida, con mucho libre cambio y pocos compromisos políticos. Habría que empezar por ahí para entender en toda su hondura diagnósticos como el de Davis: “En 1975, la UE era el futuro brillante, una visión de un mundo mejor. Ahora es una reliquia en ruinas de un pasado sombrío. Hay que levantar la mirada al resto del mundo”.

¿Por qué es precisa tal operación? Porque para los euroescépticos cobijados en el UKIP, sentados en la Cámara de los Comunes –conservadores y laboristas, empezando por su líder, Jeremy Corbyn– y que se agitan en la prensa todos los días, mirar al resto del mundo significa más desregulación, menos política y más mercado; más fronteras para gestionar los flujos migratorios y menos derechos adquiridos para los no británicos de cuna; más libra y menos obligaciones y condicionantes a causa del euro; más soberanía nacional y menos cesiones de soberanía.

A ojos de cuantos se han movilizado para exigir más concesiones a la UE bajo la amenaza de promover el Brexit en el referéndum que Cameron se ha comprometido a celebrar, la UE es hoy, por exceso de reglas, menos democrática, menos competitiva y más disfuncional, lo que la ha condenado al declive, castigada por el lento crecimiento, el desempleo alto y una influencia menguante. Nada dicen los euroescépticos de la necesidad de poner a salvo el Estado del bienestar, aunque pudiera deducirse de sus ideas que creen poder ir tras ello evitando la institucionalización política de la UE, pero la realidad constatada es que allí donde se manifiestan las inquietudes sociales, el programa euroescéptico pasa de puntillas. En cambio, se extienden en recriminaciones a las obligaciones impuestas por la UE, más o menos como hace Cameron cuando critica el proteccionismo social comunitario, muy menguado por la crisis económica y la austeridad, pero aún en vigor.

La llegada a Europa de más de un millón de refugiados durante el 2015 ha exacerbado la movilización con voces tan potentes como la de Rupert Murdoch, que ha puesto sus cabeceras a disposición del Brexit o de un cambio sustancial, profundo, que puede dejar irreconocible a la UE. Los editoriales de The Times, el buque insignia de Murdoch, proponen poco menos que una mutación genética de la UE para que, siquiera sea en el caso británico, acepte ser algo así como un club que admite socios a la carta: Londres pone las reglas y Bruselas las da por buenas. Llevado a la práctica: aquello que se decida para el caso de los refugiados o para preservar la libre circulación de los ciudadanos comunitarios no será efectivo en el Reino Unido.

El analista Matthew d’Ancona en The Guardian ha escrito que las instituciones europeas tal como funcionan en la actualidad “están fallando frente a la movilidad de la población del siglo XXI”. Tan cierto como que la forma de afrontar el desafío por el primer ministro permite vislumbrar un futuro con tres categorías de ciudadanos: de primera, los británicos y los comunitarios con más de cuatro años de residencia; de segunda, los comunitarios con menos de cuatro años de residencia; y de tercera, los refugiados, si es que queda abierto algún resquicio en la frontera después de denostar el tratado de Schengen, del que el Reino Unido no forma parte.

Nadie duda de que Cameron quiere seguir en la UE, entre otras razones de peso porque la City lo desea fervientemente, aunque sus portavoces se manifiesten en términos muy contenidos. Pero el de Cameron es un deseo de quedarse lleno de condiciones para frenar la dinámica de los euroescépticos –un tercio de los diputados conservadores y al menos cinco ministros lo son– y convocar el referéndum con suficientes garantías para alcanzar la victoria, y, al mismo tiempo, para sentar un precedente que sirva para poner freno y aun marcha atrás a la construcción política de Europa. Y aun así, los euroescépticos no se dan por satisfechos porque, según creen adivinar, nada de cuanto Tusk ha ofrecido al primer ministro altera sustancialmente el engranaje institucional y normativo de la UE, como recoge el semanario conservador The Spectator en un artículo significativamente titulado Todo les ha salido bien a los euroescépticos. Entonces ¿por qué están en crisis?

La respuesta está en el comentario de George Eaton en New Statesman, el viejo semanario de centroizquierda: no hay forma de que los euroescépticos lleguen a un acuerdo sobre cómo sería la vida al día siguiente del Brexit. Dicho de otra forma: ¿es factible y viable el Brexit más de 40 años después del ingreso en la UE o es poco menos que un sueño nacionalista tardío, alejado de la realidad y el pragmatismo tan propios de la cultura anglosajona? En este punto, se acumulan las dudas, desfallecen las quimeras y se imponen las certidumbres, el hecho indiscutible de que la economía británica está indisolublemente unida a las ventajas y a las exigencias del mercado europeo, guste más o guste menos. Pocas dudas caben en cuanto a los efectos poco deseables que el Brexit tendría en la articulación de Europa, pero el día siguiente a la salida no sería menos dañino para el Reino Unido, para su influencia económica y para su cohesión política (el Brexit seguramente movilizaría al independentismo escocés, del todo europeísta).

¿Qué pesará más de aquí a junio, cuando se celebre el referéndum: el desapego de los euroescépticos o la determinación de los votantes de aferrarse a lo seguro; la nueva relación del Reino Unido con la UE o un particularismo caduco? En el imaginario colectivo británico tiene aún mucha fuerza la idea de que el viejo corcho se ha mantenido siempre a flote merced a su voluntad de quedar al margen de las disputas en el continente, pero en el seno de la economía global es cada día más difícil actuar en solitario. Y acaso esa característica de nuestros días es la que juega más en contra del euroescepticismo y más a favor del realismo de los votantes.

El ‘establishment’ presiona al PSOE

La movilización del panteón de vivos ilustres, jarrones chinos y otros clásicos retirados de la política no es más que la punta de lanza de otra movilización, esta de europeos ilustres en activo, encaminada a encarrilar la formación de una mayoría de gobierno en España a gusto del establishment. El enigmático deseo manifestado por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, “quiero que España esté a la altura”, es en realidad poco enigmático: confía en que el desenlace se ajuste a lo que se espera en los despachos de la UE. Que se atenga a la manifiesta voluntad de cambio expresada por los electores el 20 de diciembre pasado es menos importante; lo que realmente cuenta es que nada perturbe la ortodoxia.

La proclama o manifiesto de la Fundación España Constitucional, donde se exalta la necesidad de que las negociaciones en curso garanticen “la unidad de España, la igualdad de los españoles, la estabilidad política, el progreso económico, el desarrollo social y la regeneración democrática” mediante una coalición de dos o más “partidos constitucionalistas” –es innecesario enumerarlos–, desprende el mismo aroma que las palabras de Juncker. Habida cuenta de la procedencia de los integrantes de la fundación, exministros de UCD, del PSOE y del PP, no es exagerado concluir que estar a la altura consiste justamente en cumplir con los objetivos prefijados en el texto: la gran coalición o algo parecido, una reforma constitucional contenida para parchear el problema catalán y un enfoque de la economía que respete hasta la última coma la voluntad de los llamados mercados.

Otra proclama en forma de artículo, esta de Luis Solana en elplural.com, completa la de la fundación. Dice su autor que compete al PSOE educar a Podemos, “un partido imposible de encajar en una democracia europea”, pero necesario, “porque es imposible llegar a mayorías democráticas de cambio sin Podemos y porque el PSOE sabe muchísimo de cómo hay que educarse para lograr una izquierda eficaz para los desfavorecidos”. ¿Se refiere Luis Solana al PSOE de la chaqueta de pana de Felipe González o al de Alfonso Guerra cuando amenazaba –no le faltaba razón– con aplicar a algunos latifundistas la ley de fincas manifiestamente mejorables? Porque si se remonta a aquel PSOE, el que sometió a Adolfo Suárez a una moción de confianza sin posibilidades, el de La OTAN de entrada, no y otros eslóganes osados, hay que decir que no le pudo ir mejor su falta de educación política: en 1982 obtuvo 202 diputados, una mayoría absoluta nunca igualada ni de lejos.

Esto es, quizá las presiones para encauzar las cosas mientras se educa a Podemos sea el modo más directo para que este partido llene con más votos el zurrón en el próximo asalto, puede que dentro de un par de años, cuando, consumada la reforma constitucional, según se prevé, se disuelva el Parlamento y se convoquen elecciones. La inquietante idea expresada en su día por Artur Mas a tenor de la cual había que corregir aquello que las urnas no habían otorgado, se diría que hace escuela, gana adeptos que desoyen a quienes advierten de que forzar las cosas más allá de toda lógica puede ser pan para hoy y hambre para mañana (Gobierno para hoy, oposición dentro de un tiempo). Podemos es un conglomerado ideológico con frecuencia imprevisible, pero con una capacidad de movilización que no permite hacer vaticinios sobre cuál es su techo electoral si, mientras se le educa, se mantienen algunas constantes en la reforma económica vigente: crecimiento de las desigualdades, desregulación del mercado de trabajo, aumento de la frustración entre los más jóvenes e insensibilidad social de los gobernantes, trufado todo con una corrupción endémica.

Las presiones para esa coalición de lo previsible soslayan esos datos; sus urdidores se remiten a las cifras macroeconómicas, tan engañosas con frecuencia, a las estadísticas y a la actuación de la policía y los jueces para dejar al descubierto a los corruptos. Pero al parapetarse detrás de tales muros dejan sin respuesta la pregunta formulada por Tony Judt en el 2009: “En nuestro tiempo, ¿cómo hemos llegado a pensar en términos exclusivamente económicos?” Porque detrás de la opinión de cuantos creen, con Felipe González a la cabeza, que ni el PP ni el PSOE deben impedir que el otro gobierne, se adivina la convicción no confesa de que lo que más importa es poner a salvo el statu quo –el económico en primer lugar– y, en cambio, es menos acuciante ser eficaz en auxiliar a los desfavorecidos, el término elegido por Luis Solana.

Claro que no hay forma de situar la multiplicación de gestos y declaraciones de Podemos en el terreno de lo razonable, sino más bien en el de la prepotencia, cuando no de la burla o del desprecio, pero promover su aislamiento no hace más que alentar el discurso fácil, aquel que, prescindiendo de la realidad, desgasta al adversario. Desde la descalificación de la casta a la reclamación de todos los ministerios importantes en una hipotética coalición con el PSOE ha transcurrido muy poco tiempo, suficiente en todo caso para que, guste a no a Pablo Iglesias y su equipo, Podemos se haya adecuado a los peores hábitos de la charcutería política o educado según ella demanda. De ahí que resulte particularmente sorprende que Albert Rivera diga con gesto convincente que no se puede arrinconar al partido que ha obtenido más de siete millones de votos (el PP) a pesar de las últimas pestilencias –el gang valenciano, Acuamed– y, al mismo tiempo, actúe convencido de que sí se puede arrinconar al que ha obtenido más de cinco millones (Podemos), tan acogido a las reglas del sistema, aunque se le tilde de fuerza radical, de extrema izquierda o de antisistema.

Todo lo cual lleva a suponer que las presiones de los poderes fácticos, es decir, financieros, para un pronto desenlace aspiran a que cuanto tenga que suceder no vaya más allá de un reformismo lampedusiano o cosmético para que nada cambie demasiado, aunque vaya en ello la supervivencia de algunas siglas venerables como las del PSOE. ¿Por qué el PSOE? Cuando se invoca la gran coalición que gobierna en Alemania para justificar aquí la conveniencia de imitar el modelo se parte de dos falsos supuestos: que la CDU que fundó Konrad Adenauer es equiparable al PP que creó Manuel Fraga y que el SPD responde a la misma peripecia histórica que el PSOE. No hace falta ser doctor en ciencias políticas para comprender que lo que en Alemania resulta más o menos útil, aquí tiene todas las trazas del abrazo del oso, de una operación que defraudaría al grueso de los votantes socialistas, más de cinco millones también, integrantes de la izquierda clásica española hasta donde alcanza la memoria. A modo de resumen: para el PSOE, la gran coalición pudiera ser una inmolación; la gran coalición de hoy pudiera ser causa primera del desfondamiento de mañana.

“El poder es como un explosivo: o se maneja con cuidado o estalla”, opinaba Enrique Tierno Galván, mente lúcida. El poder no es una entelequia, es algo concreto, tangible, expresión de una compleja trama de intereses y presiones, y lo que se negocia en este cursillo acelerado de pactismo que realizan los partidos para resolver el crucigrama del 20 de diciembre es exactamente eso, el poder. Para algunos, correr el riesgo de que le estalle en las manos puede significar un viaje hacia la nada; para otros, contemplar el estallido desde el patio de butacas puede ser una inyección de votos para pasmo del establishment que ahora presiona desde Bruselas y más acá.

Reclamaciones de Cameron a la UE

Después de saberse el punto de partida de David Cameron para defender el mantenimiento del Reino Unido en la Unión Europea vuelve a tener sentido la pregunta tantas veces formulada: ¿qué es menos deseable: la aceptación por la UE de las exigencias británicas o una UE sin los británicos? Y lo es porque el premier ha abierto la precampaña del referéndum del 2017 que deberá decidir la permanencia o no del Reino Unido en la UE presentando a Bruselas una serie de condiciones o modificaciones en las relaciones británico-comunitarias que interesan el acervo jurídico paneuropeo y, al mismo tiempo, desnaturalizan futuras etapas en la construcción política de Europa. Así sucede en los campos de la libre circulación de personas, de la relación de la economía de la libra con la del euro y en los atributos administrativos y de Gobierno de las instituciones europeas so pretexto de que las cesiones de soberanía deben acabarse.

La realidad es que Cameron se comprometió en su momento a convocar un referéndum que desea ganar, pero que, en parte por convicción propia y en parte por la presión del euroescepticismo histórico británico –más el posmoderno del UKIP–, ha de plantear como una disputa con la UE de la que salga vencedor con algunos triunfos para contrarrestar la brega de sus adversarios. “La jugada es enormemente arriesgada”, opina el profesor Christopher Tulloch, de la Universitat Pompeu Fabra, quizá porque el primer ministro cree equivocadamente que “puede manejar las cartas de la misma manera que las jugó en Escocia” con ocasión del referéndum independentista. Esta vez la historia va en contra de la propensión de Cameron a practicar las habilidades propias de un judoca, adiestrado para aprovechar la fuerza de sus contrincantes en beneficio propio.

A diferencia de John Major, que entendió que no podía condicionar permanentemente la política europea al toque británico, el conservadurismo que ganó con extraordinaria holgura las últimas elecciones legislativas entiende que es la hora de poner condiciones a la UE. El objetivo es preservar la unidad del partido, con un bloque de euroescépticos nada desdeñable –quizá más de cien diputados en la Cámara de los Comunes– y, de paso, dejar sin argumentos al correoso Nigel Farage, el líder del UKIP, tan propenso a la demagogia como imprevisible. No hay nada genuinamente nuevo en el programa de Farage, sino más bien una remisión al pasado, a aquella creencia muy extendida durante la era victoriana de que todo lo no británico era por lo menos sospechoso, se tratase de una manufactura o de un programa político, pero sigue teniendo aceptación y resonancia en la Inglaterra profunda, más alejada de Londres mentalmente que físicamente.

“En realidad, el referéndum será sobre nuestra identidad nacional”, ha escrito Rachel Sylvester en las páginas del muy conservador The Times. O, lo que es lo mismo, desde el conservadurismo histórico se ve la europeización de la política y la economía como una desnaturalización del toque británico. Como si, frente a la intromisión de los europeos, aún fuese posible publicar titulares como el que apareció en un periódico de Londres el 22 de octubre de 1957 a raíz de un episodio de niebla muy espesa en el canal de la Mancha: Heavy fog in Channel. Continent cut off (Densa niebla en el Canal. El continente, aislado). Si en 1957 el titular podía entenderse como una boutade o una extravagancia ocurrente, hoy se consideraría un gesto de suficiencia injustificable a pesar del peso de la libra, de la influencia de la City y de la densidad histórica del vínculo atlántico por no decir hermandad atlántica (la sintonía de Londres con Washington).

El general Charles de Gaulle, tan conservador como nacionalista, astuto y culto, entendió con admirable anticipación cuál sería el papel del Reino Unido en el seno de la Europa unida esbozada en el tratado de Roma, y así se opuso con obstinación a su ingreso en lo que entonces se conocía como Mercado Común. Esa incomodidad manifiesta y permanente de atenerse a la política comunitaria, unida a la fidelidad británica a la política europea de Estados Unidos, fue adelantada por el general, y cada vez que ha surgido el desacuerdo o el desapego británico a los designios europeos se ha hecho memoria de los vaticinios gaullistas. El presente no es una excepción y el recuerdo del general no está de más.

“Si este es el modelo del primer ministro tory ofreciendo la paz para nuestro tiempo, preparémonos para la guerra civil”, afirma con fina ironía Rafael Behr en The Guardian, un periódico de tradición progresista y europeísta. En la carta de Cameron a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, donde se detallan los cambios que desea introducir en el estatus británico en la UE, el articulista adivina varias maniobras al mismo tiempo encaminadas a neutralizar a los antieuropeístas y euroescépticos de su propio partido y a desmovilizar a una parte del electorado del UKIP. En suma, en la pretensión de revisar la europeidad del Reino Unido ve Behr algo por demás repetido: desactivar el Brexit y los riesgos que conlleva. Claro que si Cameron no consigue acallar a los díscolos se expone a llegar al día del referéndum con la opinión pública dividida y, lo que sería aún peor, con el establishment conservador fragmentado y su liderazgo sometido a discusión.

En Bruselas está muy extendida la impresión de que la propuesta del primer ministro no tiene cabida en la ordenación de la UE, pero, en cambio, un semanario con tanta audiencia como The Economist se atreve a titular así uno de sus análisis: David Cameron está jugando bien una mala mano elegida por él mismo. El problema real es que, como se reconoce en el artículo, el primer ministro debe lograr un acuerdo que mantenga equilibrada la balanza entre quedarse e irse, y ese equilibrio topa de entrada con dos grandes obstáculos: la suspicacia de los europeístas continentales, que consideran incompatibles los tratados de la UE y las exigencias de Cameron y, al mismo tiempo, la convicción de los euroescépticos británicos de que ninguna alternativa es mejor que dejar la UE. Y si es posible que un retoque meramente cosméticos del estatus británico sea aceptable para el europeísmo militante, nunca lo será para los partidarios del repliegue a las islas o para quienes, más contenidos, transigen con permanecer en la UE si se deja de veleidades políticas –institucionalizar y reforzar la unión política– y se limita a ser una zona de libre cambio con mecanismos reguladores comunes.

El historiador Tony Judt dejó escrito en Posguerra: “Europa no es tanto un concepto geográficamente absoluto –que define dónde se encuentran un país o un pueblo– como relativo, es decir, aquel en el que sus habitantes se sitúan con relación con los demás”. En el Reino Unido, en lo que cabe considerar cultura espontánea de muchos británicos, ese sentimiento de pertenencia europeo es difuso, cuando no, inexistente. Es difícil discernir si la crisis ha revitalizado o no tal sensación o estado de ánimo, pero los casi cuatro millones de votos logrados por el UKIP en las últimas elecciones certifica que sigue muy vivo y la apuesta de Cameron no está exenta de riesgos si la política de los sentimientos o la demagogia populista se imponen al realismo y la visión de futuro que guiaron los pasos de Edward Heath, conservador, al negociar la adhesión hace más de 40 años.

 

‘Realpolitik’ a la griega

Las elecciones legislativas que este domingo se celebran en Grecia pueden ser un ejercicio de realismo político o un reflejo de la decepción acumulada por una parte de la opinión pública, movilizada por el ala izquierda de Syriza para hacer frente a las exigencias de la Unión Europea y finalmente defraudada por las condiciones aceptadas por el ala moderada del partido para disponer de los fondos de un tercer rescate. Las últimas encuestas reflejan una ventaja apenas apreciable de Nueva Democracia (derecha) frente a Syriza, resultado probable de un aumento de la abstención en el electorado progresista y de mejora de la imagen conservadora gracias a su nuevo líder, Vangelis Meimarakis. Pero prevalece la creencia en el empate técnico y en el desenlace en un pañuelo, con el resto de candidaturas condenadas a desempeñar el papel de comparsas, ocasionalmente imprescindibles si no es posible la gran coalición –Syriza no la quiere– y es viable alguna otra fórmula de Gobierno.

La mayor paradoja es que después de meses de litigio, Alexis Tsipras se ha convertido en casi imprescindible para la UE pues solo él, respetado aún por una parte considerable de las víctimas inmediatas de la crisis, puede dar garantías razonables no solo de que serán atendidos los compromisos pactados –algo por lo demás insalvable–, sino que lo serán en un clima entre moderadamente hostil y moderadamente favorable. Por el contrario, una coalición de las derechas, incluso con el aditamento improbable del Pasok (socialdemócrata), de ser suficiente –es improbable–, podría ser también el punto de partida de un nuevo periodo de agitación social. Ese es el temor de Bruselas, y no faltan pruebas de que el desencanto causado por la realpolitik no llega al extremo de desear “la vuelta de lo de siempre”, en afortunada frase de un editorialista griego.

En un artículo por demás interesante publicado en el periódico ateniense I Kathimerini (centrista) por Konstantinos Tasoulis, profesor del American College de Atenas, el autor afirma: “En esta orgullosa piedra angular de Europa, muchos ciudadanos se sienten avergonzados al escuchar los llamamientos que piden ‘dar a Grecia una oportunidad’. Parafraseando a [Nikos] Kazantakis, si Grecia se pierde, será culpa nuestra”. Al mismo tiempo, el autor reprocha que Europa haya tratado a Grecia como el garbanzo negro de la UE y a los gobiernos conservadores, haberse comportado como padres que castigan el mal comportamiento. Pero en esa doble vertiente, el comportamiento propio y el trato recibido, en la percepción de las dos caras de un mismo momento, se decidirá la elección del domingo, porque todas las debilidades, flaquezas, imposiciones e injusticias que soportan los griegos tendrían efectos aún peores fuera de la UE. O es esa al menos la creencia más extendida como parte de esa vuelta previsible, no segura, de la calle a la realpolitik.

Alexis Tsipras ha planteado la cita con las urnas como un plebiscito: a favor o en contra de su persona y de su política, convencido de que los griegos ni quieren volver al pasado, a la alternancia en el poder de partidos y familias, ni quieren rehuir su cuota de responsabilidad colectiva para sacar al país de la maraña en que se encuentra. Tsipras comparte con Tasoulis la seguridad de que los electores (una mayoría de ellos) saben que dar con la salida requiere primero aceptar que el futuro inmediato no es el deseado, pero no hay ninguna alternativa mejor. Y si es este el estado de ánimo, ¿cómo se explica el resultado del referéndum del 5 de julio, el rechazo frontal a las condiciones impuestas por la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo para un nuevo rescate?

Pareciera que aquel fue el último acto de la utopía, de la ilusión, y el de la elección de un nuevo Parlamento será el primero del realismo impuesto por los poderes de facto de las finanzas globales, aquel que causó la escisión de Syriza, menos dañina para el futuro del partido como instrumento de Gobierno de lo que se previó en un principio. “Nada diferencia hoy fundamentalmente a los partidos de gobierno en Grecia –afirma el asesor financiero Christopher Dembik–. Han aceptado el tercer plan de ayuda y se han comprometido a aplicarlo en sus líneas maestras. Serán la virginidad política y el carisma los que desempeñarán un papel primordial para impulsar una dinámica positiva”. Y en este apartado, como dice Dembik, Tsipras parte con la doble ventaja de conservar una cuota de popularidad resaltable y de no haberse visto salpicado por los escándalos que ensombrecen la historia reciente de sus adversarios.

¿Puede Unidad Popular alterar sustancialmente los pronósticos? Parece improbable que sea una misión al alcance de la escisión de Syriza concretada el pasado agosto con la formación del nuevo partido. Las encuestas le otorgan un resultado modesto, con una presencia en el Parlamento poco más que testimonial, porque la creencia de su líder, Panaiotis Lafazanis, de que puede atraer a muchos de los votantes del no en julio, que se sintieron estafados con el pacto por el tercer rescate, no tiene en cuenta la heterogeneidad del electorado. Esto es, muchos de los partidarios del no están lejos de la radicalidad de Unidad Popular; su voto fue, por así decirlo, de protesta contra las exigencias de Bruselas más que de apoyo a la línea representada hasta entonces por Yanis Varoufakis. En consecuencia, es poco verosímil imaginar un desplazamiento significativo del voto de izquierdas hacia un programa que a la postre se reveló tan atrevido como inviable frente a las exigencias inclementes de los eurócratas dictadas desde Berlín.

Después de vivir durante varias semanas el ahogo del control de capitales, de temer el hundimiento del sistema bancario y de no dar con las ventajas de la resurrección de la dracma, el primer objetivo de los votantes es garantizarse algunas certidumbres. En términos de calidad de vida y de confianza en el futuro, Grecia ha retrocedido 15 años desde que se aprobó el primer rescate, y la disposición de los grandes partidos –Syriza también– de atenerse a lo acordado con la UE, limita el alcance de las incógnitas que plantea toda elección. Y aunque una sociedad moderna puede adaptar su funcionamiento a la ausencia de comodidades, según un reportaje aparecido en The Economist, lo cierto es que después de siete meses de sobresaltos, la sociedad griega aspira a estabilizar sus biorritmos a pesar de la tasa de paro, por encima del 24%, la jibarización de los servicios públicos y los recortes en todas partes. Las grandes preguntas han pasado a segundo término; lo que realmente importa hoy es sobrevivir de la forma más decorosa posible, sin que por lo demás nadie pueda garantizar que este es el buen camino o que ni con ella –la UE– ni sin ella tienen sus males remedio.

 

La Europa de la desconfianza

Una de las peores señales que emite el acuerdo in extremis impuesto a Grecia por los acreedores es que en él es de aplicación la opinión vertida por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a propósito del compromiso de Irán con el grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania), con la Unión Europea de mensajera de la paz: “El pacto no se basa en la confianza, sino en la verificación”. Y es una de las peores señales porque Irán aparece en las convenciones políticas de Occidente como un adversario y Grecia, en cambio, no debiera serlo para los otros miembros del Eurogrupo, que la tratan como tal. O como algo peor, como un siervo (Joan Manuel Perdigó, el martes en EL PERIÓDICO), como un ente extraño obligado a pasar por las horcas caudinas e inclinar la cabeza,  jaleados los victimarios por un coro de voces que creen que solo hay futuro en la germanización de Europa y la tradición puritana protestante.

Ese empeño de desarmar a Syriza ante sus electores para que no cunda el ejemplo y otras Syrizas pongan la casa patas arriba es más que una declaración de intenciones: manifiesta el propósito de no tolerar más heterodoxias que las previamente pactadas o consentidas por los eurócratas, habida cuenta de que en cualquier momento un partido socialdemócrata puede salir vencedor aquí o allá y no se le puede dejar indefenso ante las patas de los caballos. Para las demás heterodoxias solo vale la receta impuesta a Grecia, esa consideración de que el deudor debe plegarse sin rechistar a lo que dicten los acreedores, sin consideraciones morales ni digresiones ideológicas que valgan, convencida la derecha europeísta de que no hay más Europa viable que la suya. No hay otra forma de analizar los cuatro folios del acuerdo del Eurogrupo con el Gobierno griego, “lo que para algunos es el documento de rendición más humillante desde que Alemania firmó la paz de Versalles en 1919” (Perdigó), de infausto recuerdo, dicho sea de paso, porque fue el primer eslabón de la cadena de errores que culminaron con la gran carnicería (1939-1945).

Carlos Elordi ha recurrido a la pregunta de Lenin “¿Libertad para qué?” para plantear una incógnita no menos inquietante: “Esta Europa, ¿para qué?”. Las respuestas son asimismo inquietantes: el euro se reduce a un simple mecanismo de tipo de cambio sin mayor futuro, los ciudadanos cada vez ven menos claro qué sacan en limpio de sus sacrificios y “Merkel pasará a la historia como la política que se cargó un sueño, porque le venía grande”. Las conclusiones de Elordi son todo lo matizables que se quiera, pero están en sintonía con la muy extendida opinión de que la componenda griega es lo más parecido a un castigo jupiterino y lo más alejado que imaginarse pueda de los propósitos que animaron a los padres fundadores.

Decir esto no es justificar la disparatada gestión de la economía perpetrada por sucesivos gobiernos griegos desde tiempo inmemorial sin distinción de colores e ideologías, conocida con más o menos detalle desde antiguo en los despachos de Bruselas, pero consentida por razones no siempre evidentes. Decir esto no es considerar la convocatoria del referéndum hecha por Alexis Tsipras como la mejor de las iniciativas posibles. Decir esto es subrayar que la construcción de la Europa política, si así se la puede llamar, ha quedado definitivamente sometida a las exigencias de las finanzas globales y al nuevo eje franco-alemán, que es nuevo porque es alemán siempre y sin descanso y solo franco de vez en cuando y a media voz.

El panorama resulta desolador salvo que se profese una inmoderada veneración al establishment europeo. “Tomado en su conjunto –se dice en un editorial del diario francés Le Monde–, se ofrece el retrato de una zona euro totalmente disfuncional, incapaz de encauzar la cuestión de la deuda de un país que pesa menos del 2% de la riqueza del club [el Eurogrupo]. Falto de presupuesto propio, falto de un mecanismo rodado de resolución de los conflictos, no consiente transferencias en provecho de algunos de sus miembros si no es en la amargura, el psicodrama y la división. Hubo un tiempo en el que el espíritu europeo rimaba con inteligencia, pero esto fue hace mucho tiempo”. Quizá el mismo tiempo que Europa anda en manos de políticos que no están a la altura del proyecto o que entienden que el proyecto debe arrojar inevitablemente un saldo de vencedores y vencidos; sobre todo de ciudadanos vencidos –hoy griegos, mañana, ¿quién sabe?–, sometidos a la lógica implacable de un europeísmo que haría caer los palos del sombrajo de los propagadores del ideal europeo, va para 60 años.

Ese acuerdo, trágala o castigo impuesto a Grecia vaticina, en el mejor de los casos, un futuro sin futuro para una generación o más. Si las cosas van a peor, y abundan quienes creen que empeorarán, puede darse en Grecia un estallido social que a la vuelta de no muchos meses lleve la crisis a la casilla de salida una vez más. Salvo en los modelos matemáticos, las hojas de Excel y otras herramientas virtuales, las condiciones del tercer rescate –unos 86.000 millones de euros– más las deuda acumulada hasta la fecha hacen “altamente insostenible” la factura que se exige a los griegos que paguen, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), que puede ser muchas cosas, pero no, desde luego, un aliado encubierto del Gobierno griego. El caso es que la doctrina de la quita y un periodo de gracia de 30 años, que el FMI enumera como condiciones sine qua non para que Grecia pueda afrontar sus compromisos, están en las antípodas del credo económico de un fundamentalista de la austeridad luterana como Wolfgang Schäuble, ministro alemán de Finanzas.

¿Nos hallamos en alguno de aquellos momentos tan nuestros en los que los europeos nos volvemos contra nosotros mismos? ¿Vuelve a tener sentido, aunque sin guerras de por medio, la frase de Salvador de Madariaga “cuando Ortega nos había convencido de imitar a Europa, la modelo se volvió loca?” A saber. Lo cierto es que la falta de realismo de cuantos están implicados en el galimatías griego –deudores y acreedores, tecnócratas y políticos, ideólogos y funcionarios– transmite malas vibraciones, pone en duda la esencia misma de los compromisos democráticos y de la autonomía de los ciudadanos, margina la ética en el apartado de las utopías y pone en entredicho la solidaridad de Europa con los europeos más vulnerables, sometidos a las exigencias de una política deshumanizada. Signos todos de una debilidad estructural oculta bajo las negociaciones a cara de perro de las últimas semanas.

Cuando entre socios no hay confianza, la asociación tiene fecha de caducidad. Cuando todo queda supeditado a un sistema de vigilancia intensiva para comprobar que discurre según lo pactado, cobran más sentido que nunca las dudas sobre el objetivo político que persigue la Europa de nuestros días, si es que avizora alguno. Cuando la cesión de soberanía responde a un acuerdo entre iguales, el cambio está legitimado; cuando es resultado de una rendición inevitable con armas y bagajes, entonces reúne todos los ingredientes de una imposición a quien, siendo un socio en los orígenes, se ha convertido en un subordinado o siervo –¿molesto? – al que se aplica cirugía de hierro (valga aquí más que nunca el léxico prusiano).

Ahora que una de las modas más difundidas es echar todas las culpas de los males del euro a François Mitterrand, Helmut Kohl y Giulio Andreotti por lo poco preocupados que anduvieron en precisar el marco institucional y la cohesión interna del grupo de países que adoptaron posteriormente la moneda única, conviene tener presente que quienes han hecho gala de una falta de visión de futuro no fueron ellos, sino quienes, con escasa fortuna, les han sucedido en la aventura. Un periódico tan poco sospechoso de eurofobia como The Guardian insiste estos días en que el gran error, inducido por Alemania y vitoreado por sus incondicionales, fue fiarlo todo a la austeridad mientras en Estados Unidos se ponía en marcha un programa de expansión monetaria para favorecer el crecimiento y el consumo. Es decir, se equivocaron los gestores de hoy, no quienes, 20 años atrás, pusieron los cimientos, y siguen equivocándose al no aceptar que no está al alcance de los griegos pagar lo que se les reclama, salvo que acepten sumergirse por tiempo indefinido en una pobreza lacerante.

Nadie es inocente al caer el telón de esa representación inclasificable e incalificable, y menos que nadie el Gobierno griego, que creyó que podía ganar la prueba de resistencia a la Unión Europea realmente existente. Si alguien se siente satisfecho con el desenlace, es que es insensible a los padecimientos que van a soportar quienes desde el 2010 viven a un paso de la asfixia; si alguien se siente vencedor, es que desconoce cuál es el verdadero sabor de la victoria. Nadie podía ganar en este litigio entre socios, pero sí podían salir todos vencidos de él, puede que deslegitimados. La construcción de Europa como entidad política vive una de sus peores horas, olvidada junto con otras muchas la afirmación hecha en su día por Edmund Husserl y recordada por George Steiner: “Europa designa la unidad de una vida, de una actividad, de una creación espiritual”.