El aborto divide Estados Unidos

La discusión sobre si el derecho al aborto forma o no parte de los derechos humanos ha llegado al Tribunal Supremo de Estados Unidos a través de la causa Dobbs contra Jackson Women’s Health Organization, nombre de la única clínica que practica abortos en el estado de Misisipi, de mayoría republicana. El conglomerado de organizaciones políticas, religiosas y de todo tipo que vieron en Donald Trump el ejecutor capaz de hacer realidad sus ensoñaciones, sostiene que el derecho al aborto es inexistente y atenta contra los derechos del no nacido. Los defensores del derecho de la mujer a abortar, y con ellos las democracias avanzadas, que han aprobado regulaciones liberales del aborto, se cogen a la doctrina de las Naciones Unidas que estima que la revocación por los jueces estadounidenses de la sentencia Roe contra Wade, año 1973, sería irreconciliable con el derecho internacional, que considera un derecho humano el de las mujeres a abortar.

En la práctica, afrontar el asunto desde esta doble perspectiva no es más que un falseamiento de la realidad y de la repercusión que puede tener que el Tribunal Supremo deje sin efecto la sentencia que emitió hace casi medio siglo. Porque como ha explicado de forma convincente en las páginas de The New York Times Mary Fitzgerald, responsable de comunicación de Open Society Foundations, los argumentos que manejan los recurrentes ante el Supremo “nos dicen cosas preocupantes tanto sobre la salud de la democracia estadounidense como sobre lo que podría suceder si el tribunal revoca Roe contra Wade el próximo año”. Y dichos argumentos quizá constituyen una amenaza futura en manos de los agitadores de todas las formas y mensajes de la extrema derecha a escala planetaria, que ha encontrado en la herencia del trumpismo aquello que durante décadas anduvo buscando.

La composición del Tribunal Supremo hace temer lo peor: seis conservadores y tres progresistas; tres mujeres y seis hombres. Pero eso no es todo: Trump nombró a jueces rematadamente conservadores –Neil Gorsuch, Brett Kavanaugh y Amy Barrett– con la promesa de que ayudarán a revocar la sentencia que garantiza el aborto en todos los estados. Es poco menos que innecesario añadir que los argumentos morales del expresidente son una mera cortina de humo o pretexto habida cuenta su trayectoria manifiestamente amoral; lo que importa es mantener unida a la extrema derecha con la inestimable ayuda de diferentes facciones fundamentalistas cristianas.

El debate abierto se prolongará durante meses, probablemente hasta bien entrada la primavera de 2022, pero la impresión es que los seis jueces conservadores están lejos de compartir la opinión de la británica Helena Kennedy, una respetada defensora de los derechos humanos: obligar a una mujer a soportar nueve meses de embarazo es “un trato cruel e inhumano”. Porque si el Tribunal Supremo revoca la sentencia que reconoce el aborto como un derecho a escala federal, cada estado podrá legislar según su conveniencia, prejuicios o necesidades electorales, y en algunos de ellos puede quedar el aborto prohibido casi por completo.

La columnista de The Guardian Moira Donegan cree que a lo máximo que cabe aspirar que salga del Supremo es “un derecho disminuido al aborto” que dejará a criterio de los estados fijar límites que, cabe suponer, imitarán en muchos casos leyes restrictivas como las de Polonia, Hungría y Brasil. Por no hablar de la extravagancia de la doctrina del primer latido –estado de Texas–, que limitaría la posibilidad de abortar a seis semanas, cuando muchas mujeres ni siquiera saben que están embarazadas. Todo lo cual abunda en la idea de que hay un riesgo cierto de dañar la calidad de la democracia en Estados Unidos y de revisar algo consustancial a la autonomía de las mujeres: decidir sobre su cuerpo, algo que incomoda por no decir que enerva a los profetas de la tradición, de una configuración patriarcal y sectaria de la sociedad.

No deja de ser paradójico que todo esto suceda al mismo tiempo que México y Argentina, dos países con una larga y consolidada militancia católica, autorizan el aborto. Pues si no se trata de estados confesionales, como tampoco lo es Estados Unidos, no cabe imponer en el siglo XXI aquello que, en gran medida, se sustenta en convicciones morales de raíz religiosa, respetables, pero que solo obligan a quienes las profesan. Las leyes que regulan el aborto pautan un derecho al que se pueden acoger las mujeres, pero no establece ninguna obligación ineludible: depende solo de la decisión autónoma e intransferible de cada mujer. De la misma manera que la maternidad es una posibilidad, pero no una obligación, llevar adelante un embarazo no deseado tampoco lo es; ese es el criterio inmensamente mayoritario en el feminismo se le den las vueltas que se le den.

No deja de ser chocante que las autodenominadas organizaciones provida de todas partes presenten el aborto como algo que no tiene la trascendencia que en realidad tiene para cuantas mujeres deciden acogerse a él. Lo cierto es que todos los especialistas coinciden en señalar que repercute en el doble plano físico y emocional. Pero los adversarios de la ley del aborto en Estados Unidos lo desconocen o lo soslayan y esperan que el Supremo les dé la razón; esperan que criterios de orden religioso se impongan al laicismo consagrado en la Constitución.

Finalmente, todo emite una señal más de la tajante división de una sociedad que parece empeñada en afilar un poco más cada día las aristas de la confrontación. Los espacios para la tregua y la coexistencia se reducen al mismo tiempo que la sociedad liberal y la conservadora tienen enormes dificultades para reconocerse mutuamente como parte de una misma comunidad. En el caso del aborto, además, la arremetida de sus adversarios en las redes sociales ha adquirido la naturaleza de un gran desafío, un anticipo de lo que puede ser la campaña de las elecciones de noviembre en términos de violencia, confiemos en que solo verbal. El problema es que con los agitadores del trumpismo nunca se sabe cómo puede acabar la fiesta.

La campaña se cruza con el 8-M

Salvo que Pablo Casado y compañía acaben de leer Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, de Alexandra Kollontai, comunista rusa para más señas, y tal lectura les haya alarmado, no se entiende el jardín en el que se metieron para desacreditar el manifiesto del 8-M y su decisión de darse de baja de la manifestación. Kollontai escribió: “Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan. Para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores”. Pero esto lleva tanto tiempo impreso que no intranquiliza a nadie; es decir que no es de creer que esta sea la razón.

Puede ser que les parezca sospechoso el entusiasmo del PSOE y de Podemos al apoyar el manifiesto, la manifestación y lo que haga falta, pero tampoco debe mover a alarma o intranquilidad porque son partidos constitucionales, con mujeres inteligentes en puestos relevantes. Quiere decirse que no hay forma de imaginar a Carmen Calvo e Irene Montero al frente de una multitud enardecida, masculina y femenina, seguramente, dispuesta a tomar el Palacio de Invierno que quede más a mano.

Nada de esto se insinúa o deduce de los textos más acreditados –El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, tan alabado siempre, uno de ellos– ni de las declaraciones de relevantes feministas, respetadas por todo el mundo, así Simone Veil, Emma Bonino y otras ilustres difusoras de ideas innovadoras y liberalizadoras. Parece más bien que aprieta el zapato por donde no debiera, porque andar de la manita de Vox tiene un precio y hay que pagarlo so pena de caer en grave contradicción o, aún peor, poner en riesgo el acuerdo o pacto o colaboración parlamentaria con quienes creen que la violencia de género no existe, es una fantasía con un trasfondo ideológico y hay que someter a depuración o tamizado a los funcionarios que se ocupan de la cosa en Andalucía, no fuese a darse el caso de que sean de mentalidad peligrosamente progresista.

La escritora Montserrat Roig dejó dicho: “Que no me pidan que en mis novelas aparezcan mujeres maravillosas, mujeres de una pieza. Las mujeres no somos ni maravillosas ni de una pieza. ¡Estamos llenas de miedos, de angustias, igual que los hombres!” Tampoco aquí hay forma de dar con un asomo de riesgo, de asalto a palacio alguno o de sectarismo irredento, sino más bien un reconocimiento de la igualdad en la vulnerabilidad de hombres y mujeres.

Lo que no hay, no existe y probablemente no puede existir es un feminismo neutral, aséptico, en el que todo el mundo pueda sentirse a gusto. No hay forma de separar el feminismo de la ideología, aunque las proclamas en el momento de la defección del PP de la manifestación del viernes reclamaran un feminismo transversal, válido para cualquier opción política. La transversalidad es una excepción en la política, en la economía, en los proyectos sociales, y la pretensión conservadora de meter a todas en el mismo programa de futuro resulta ser entre pueril y prelógico; es un objetivo imposible de encajar en la historia del género humano.

Al menos los de Ciudadanos colocaron el adjetivo liberal al lado del sustantivo feminismo para subrayar que el suyo es diferente a otros feminismos, es de suponer que aquellos tributarios de la tradición de izquierdas. Esto es, no les gustó el manifiesto, lo pusieron bajo sospecha, pero entendieron que no era motivo suficiente para quedarse en casa o montar una marcha paralela, inevitablemente minoritaria (la foto en los periódicos y en los telediarios hubiese hecho un pésimo servicio a su campaña electoral, tan enconada). Otra cosa es dilucidar qué es o por dónde anda ese feminismo liberal enunciado por Albert Rivera en las vigilias del 8-M, no hay manera de saber si los vientres de alquiler forman parte de la etiqueta o son cada uno de ellos corpus separatum (la traducción es innecesaria por obvia).

Si las elecciones no estuvieran a la vuelta de la esquina quizá nos habríamos ahorrado esta macedonia de palabras, pero el voto de las mujeres –la mitad del censo– anda en juego, y eso son palabras mayores. Tal dato, la disputa por el voto femenino entre opciones ideológicas diferentes desmiente la posibilidad de un feminismo transversal que antes y después de la manifestación a nadie incomode y a todas las opciones complazca. De hecho, hubiese proyectado la imagen de una unidad forzada o artificial un 8-M de concordia transversal seguido de la reanudación de las hostilidades al acabar la manifestación, cada cual con sus convicciones a cuestas.

¿Acaso siguen incomodando entre la parroquia conservadora las palabras de Clara Campoamor: “El feminismo es una protesta valerosa de todo un sexo contra la positiva disminución de su personalidad”? Puede ser: nada ha cambiado tanto en menos de 90 años como para que las palabras de la insigne activista recluten efectivos en todas partes. Flota en el ambiente un desquiciamiento de los debates con la vista puesta en el 28 de abril, una fecha que impone gestos rotundos para subrayar la distinción entre izquierda y derecha, entre nosotros y ellos, entre españoles ensordecidos por el himno nacional, envueltos en la bandera, y aquellos otros dispuestos a desacralizar la política, entre fundamentalistas y relativistas. A todo eso no pudo escapar el 8-M porque el feminismo está en campaña, forma parte de los eslóganes y es un poderoso instrumento de movilización, aunque no haya forma de desvanecer la sospecha de que con demasiada frecuencia las palabras y los gestos son fruto de un impostado compromiso con las mujeres, inducidos gestos y palabras por los mensajes que llegan de la calle.