Ucrania, una guerra mundializada

Si alguna duda quedaba del poder transformador del status quo internacional que tiene la guerra de Ucrania, la voluntad manifestada por el presidente y la primera ministra de Finlandia de acelerar el ingreso de su país en la OTAN, a la que más temprano que tarde seguirá una declaración similar de Suecia, certifica que el cambio de ciclo en los equilibrios geoestratégicos es un hecho. Porque a pesar de que era esperada la decisión de Helsinki y de Estocolmo de abandonar la neutralidad, un rasgo característico de la historia contemporánea de ambos países, las prisas por concretarla, seguramente en la conferencia de Madrid del mes próximo, no deja de incorporar un factor de desafío a Rusia mientras la suerte de la guerra pasa por una fase de estancamiento, cuando no de retroceso de la potencia invasora. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, lo ha resumido en una frase: “La ampliación de sus fronteras [las de la OTAN] no hacen el mundo y nuestro continente más estable y más seguro”.

Esa mutación genética, que Rusia interpreta como una amenaza efectiva para su seguridad, no hace más que acentuar el argumento fundamental que llevó al presidente Vladimir Putin a dar la orden de ataque el 24 de febrero. Pero hay en la sociedad ucraniana quienes no creen que esta sea la razón fundamental de la invasión, sino más bien “afirmar la identidad rusa”, como explica en Le Monde el académico Mykola Riabchuk. Sin soslayar las razones de índole militar, de respuesta preventiva frente a la expansión del dispositivo de defensa occidental, cree Riabchuk que la desconfianza de Rusia frente a una Ucrania independiente, democrática e inclinada hacia Occidente obedece al convencimiento de Putin y de su entorno de que puede ser una amenaza futura para la supervivencia de su régimen, basado en un autoritarismo sin concesiones y en el enclaustramiento de la oposición en la cárcel o en el exilio.

El hecho mismo de que Putin presente Ucrania como un ingrediente inseparable de la historia rusa o no diferenciado de ella tiene algo más que un valor simbólico: forma parte de la tradición imperialista rusa por lo menos desde el siglo XVIII, alentada con frecuencia por Occidente hasta que en 1991 la descomposición de la URSS dio pie a la aparición de nuevos estados, entre ellos Ucrania, reconocidos por la comunidad internacional. Solo desde entonces Ucrania habita en el espíritu de Occidente, dice Riabchuk, y solo a partir de 1991 presta atención al choque de identidades, agravado con la determinación ucraniana de los últimos años de desgajarse del poder tutelar ejercido por Rusia, que interpreta tal cambio de orientación como un debilitamiento de su dispositivo de seguridad, primero con la pretensión de Kiev de sumarse a la OTAN, algo a lo que ya ha renunciado, después con la movilización de Estados Unidos y sus aliados para ayudar al régimen del presidente Volodimir Zelenski a contener el ataque ruso.

Una vez más la identidad rusa y el territorio que le corresponde, la discusión inacabable sobre la materia, vuelve a la casilla de salida o se blinda con un viejo argumento: los límites del universo ruso son aquellos más allá de los cuales deja de hablarse ruso. Tal argumento es, por cierto, una falacia porque dentro de la lógica imperial no se pone nunca límites a la capacidad expansiva del imperio. El nacimiento de la Unión Soviética, la rusificación a marchas forzadas emprendida por Stalin y las características de la superpotencia comunista cancelaron momentáneamente el debate sobre los límites, pero hoy regresa con Ucrania, con Moldavia, con Georgia y con Bielorrusia, un artificio político sostenido por una dictadura sometida a los designios del Kremlin.

Sucede, sin embargo, que ese discurso sobre el alcance del orbe ruso tributa en lo que Bertrand Badie, profesor emérito del Instituto de Ciencias Políticas de París, y otros analistas consideran un vocabulario anticuado, que incluye referencias constantes a un regreso a la guerra fría, lo que en la práctica no se compadece con la realidad, sino que es una ilusión, la búsqueda de una equivalencia en el pasado de concreción imposible porque los elementos del presente son radicalmente diferentes y no explican, desde luego, a qué se debe que una gran potencia no alcance sus objetivos después de más de dos meses y medio de guerra. Hay que preguntarse, sostiene Badie, por qué “la potencia se convierte en impotencia”.

La respuesta a tal pregunta la dio él mismo en un seminario organizado esta semana en Barcelona: se trata del fracaso de los instrumentos militares clásicos por la resistencia social. Con un elemento genuinamente nuevo en la guerra moderna: el propósito de los aliados del Estado agredido de excluir al agresor de todo –de dejarlo al margen del resto del mundo, puede decirse– si continúa la guerra, una circunstancia que se da por primera vez mediante la imposición de sanciones económicas destinadas a bloquear las finanzas rusas en el seno de la economía global. En ese contexto poco importa dilucidar cuál es el limes ruso legítimo porque no tiene cabida la discusión identitaria de orden emocional, sino que pasa al campo del cálculo de riesgos –un agravamiento de la escala– y a la capacidad de resistir a la marginación de una potencia venida a menos, empeñada en recuperar el rango y la influencia de la Unión Soviética.

El canciller alemán Olaf Scholz considera la guerra de Ucrania un suceso que cambia una época (Zeitenwende). Lo dijo por primera vez el 27 de febrero en el Bundestag y ciertamente el poder transformador del conflicto es más evidente conforme se prolonga la guerra. Se asiste a una mundialización de la guerra que modifica el papel de los estados –el final de la neutralidad de Finlandia y Suecia–, decenios de cultura pacifista –Alemania se ha implicado en el conflicto con el envío a Ucrania de ayuda militar– y los esquemas de seguridad en entornos muy alejados del campo de batalla –el primer ministro de Japón, Fumio Kishida, estima que el ataque ruso “sacude el orden mundial, incluida Asia”–, de tal manera que ningún actor político puede sustraerse a factores condicionantes, consecuencia de la guerra, que operan en todas direcciones.

¿La mundialización de la guerra aleja el riesgo de que el conflicto degenere en una guerra mundial? La conclusión a la que ha llegado el filósofo Jürgen Habermas no es especialmente tranquilizadora porque entiende que depende del criterio de Vladimir Putin decidir en qué momento la ayuda a Ucrania deja de ser tal cosa y se convierte en participación en la guerra. Es decir, depende de las necesidades estratégicas del presidente ruso determinar en qué momento la OTAN es un actor directamente implicado en la guerra, una situación fácilmente equiparable a una escalada del conflicto. Una incertidumbre que suma inestabilidad a un sistema de por sí inestable, imprevisible y de alto riesgo en una guerra convencional que según las estimaciones a priori del Estado Mayor ruso debió terminar a los pocos días del primer disparo.

 

Rusia regresa a las esencias

Las maniobras de la OTAN en Polonia han dado renovados bríos al léxico de la guerra fría, tantas veces enterrada. Frente a la idea más común de que la atmósfera de recelos y confrontación entre el Este y el Oeste se desvaneció en el momento en que la URSS dejó de existir y el modelo occidental ganó el envite, se alza la realidad: la reaparición de formas bastante abruptas en las relaciones de dos mundos poco o nada reconciliados. Frente a la estrategia de la OTAN de llevar sus fronteras hasta el límite occidental de Rusia se alza el renacimiento de un nacionalismo ruso que otorga a Vladimir Putin los atributos de guía predestinado que en el pasado, por diferentes razones, fueron patrimonio de los grandes líderes de la consolidación de Rusia, primero, y de la URSS, después.

¿O no hubo tal consolidación y el universo ruso no dejó de emitir señales de debilidad incluso en sus periodos más resplandecientes? Esa es la tesis que sostiene Stephen Kotkin, profesor de las universidades de Princeton y Stanford, en el último número de Foreign Affairs, idea reforzada a partir de diciembre de 1991 por una menor influencia a causa del desmoronamiento soviético, la pérdida de territorios, la adhesión a la OTAN de los antiguos aliados y de las pequeñas repúblicas bálticas (antes parte de la URSS), la frecuente marginación en las crisis internacionales y, en última instancia, por las dificultades económicas derivadas de las sanciones impuestas por Occidente y por el hundimiento de los precios del petróleo. Pero también por la sensación de vulnerabilidad o de acoso provocada por el despliegue del escudo antimisiles, por su relativa incomparecencia en las crisis encadenadas en Oriente Próximo hasta que decidió intervenir en Siria y por su ausencia de Asia central, salvo unas pocas bases militares.

Si es una constante histórica de Rusia por los menos desde Pedro el Grande (siglos XVII y XVIII), sino antes, que se pregunte a sí misma cuáles deben ser sus límites, hoy es cada vez más frecuente plantear una segunda incógnita: ¿a partir de qué momento la seguridad del país está en juego? Que en ambos casos el nacionalismo sea el punto de partida ideológico no quita importancia a esa especie de duda existencial permanente que Putin ha puesto al día y que su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, ha resumido en una sola frase: “No ocultamos nuestra actitud negativa al movimiento de infraestructura militar de la OTAN hacia nuestras fronteras y a la inclusión de nuevos estados [Suecia, Finlandia y Ucrania] en la actividad militar del bloque”.

No es menor la importancia de la OTAN en la configuración de ese escenario de referencia. Desde la anexión de Crimea por Rusia y la guerra en Ucrania, ahora en fase letárgica, el cálculo de riesgos elaborado por Estados Unidos y sus aliados se concentra en las tres repúblicas bálticas y en el flanco sur. Ese es el análisis de los generales que, al mismo tiempo, niegan que el escudo antimisiles debilite la capacidad de disuasión del arsenal estratégico ruso (armas nucleares), una opinión diametralmente diferente a la manifestada por los analistas del Kremlin.

El multilateralismo practicado por la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama tampoco es ajeno al éxito de Putin como defensor de las esencias, de una determinada concepción de la Rusia eterna o de la santa Rusia, citada a menudo por el clero ortodoxo y bendecida por él. Con razón o sin ella, los dirigentes rusos se han sentido marginados en la revisión del sistema de relaciones internacionales, han recordado la debilidad enfermiza del país en tiempos de Boris Yeltsin y su repliegue de todas partes y a toda prisa y han optado por prometer a la opinión pública que la Rusia inexpugnable está de vuelta. Favorecido todo por un fenómeno de despolitización de la calle, que acepta sin asomo de duda un proyecto de renacimiento nacional que, por lo demás, debiera ser compatible con una economía aquejada de anemia y minada por la corrupción. “Ahora las autoridades creen que no tienen necesidad de cambiar sus políticas a no ser que la popularidad de Putin caiga dramáticamente. Pero es precisamente su profunda aversión a cambiar lo que mantiene altos estos índices”, ha escrito Gleb Pavlovsky en The Moscow Times.

Al mismo tiempo que no son pocos los análisis relativos a la viabilidad futura de la política de Putin, una sociedad conservadora y que en el pasado se sintió humillada cree llegado el momento de recuperar el tiempo perdido, y esa nueva guerra fría o diplomacia fría con Occidente le parece la mejor señal de que el presidente hace lo debido. Los éxitos alcanzados por la aviación rusa en apoyo del régimen de Bashar al Asad, el derribo de un caza que violó el espacio aéreo turco, las medidas anunciadas por Lavrov, aunque no detalladas, para contrarrestar las maniobras en Polonia son episodios que dan pie a una permanente política de las emociones y evitan hacer frente a datos tan definitivos y determinantes como que el PIB nominal ruso equivale a la trigésima parte de los 36 billones de dólares que suman Estados Unidos y la Unión Europea.

“Rusia lleva razón al pensar que la posguerra fría fue desequilibrada, incluso injusta. Pero no fue a causa de ninguna humillación intencionada o traición. Fue el resultado inevitable de la victoria decisiva de Occidente en la contienda con la Unión Soviética. En una rivalidad multidimensional global –política, económica, cultural, tecnológica y militar–, la Unión Soviética perdió en todos los ámbitos”, subraya Stephen Kotkin. Pero son justamente los desequilibrios que llevaron a la humillación, fuese o no intencionada, los que han permitido a Putin ser la última encarnación del nacionalismo y han animado a los nuevos teóricos del eurasianismo, doctrina o escuela que ni considera europea ni asiática la cultura rusa, sino una fusión de ambas. Lo que lleva directamente a considerar acuciante la necesidad de que la relación de Rusia con su entorno no se atenga a la lógica europea, sino que sea independiente de esta y le discuta la hegemonía. Con maniobras o sin ellas; vaya la economía mejor o peor.

Crisis de identidad europea

Las elecciones europeas del día 25 pueden agravar la crisis de identidad de la UE si, como se prevé, la participación es muy baja y las candidaturas euroescépticas y las de extrema derecha logran visibilidad política y minutos en la tribuna de oradores del Parlamento Europeo. Una encuesta difundida por Pollwatch, una web que computa los sondeos a escala nacional para elaborar un pronóstico de cuál puede ser la composición del nuevo Europarlamento, no deja lugar a dudas en cuanto a la igualdad entre socialdemócratas y centristas (208 a 217), que impide aventurar un vencedor, y da por hecho que la suma de eurófobos, euroescépticos y la alianza de siete partidos de extrema derecha, que oscilan entre el nacionalismo a gritos, la xenofobia y la ideología neonazi, superará seguramente los 70 diputados, suficientes para acentuar la desorientación de no pocos europeístas. La nacionalización de las campañas facilita las cosas a los agitadores que se oponen a la idea de una Europa con identidad política. Les basta con descargar en la interferencia, la incompetencia o la tutela de UE el origen de los males de la nación en crisis, sin necesidad de comprometerse con programas y datos concretos; les basta con exigir la vuelta a los orígenes, el regreso al Estado-nación con todos los resortes de la soberanía a su alcance. Les es suficiente una simple remisión de los problemas presentes a la incapacidad de los dirigentes europeos para reconocer que han estado lejos de acertar en muchas de sus decisiones. Como ha manifestado un funcionario de la UE, “no hay ningún mea culpa en las instancias dirigentes”, y eso facilita las cosas a sus adversarios.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

El profesor Christoph Meyer, del King’s College de Londres, al analizar las expectativas electorales del United Kingdom Independence Party (UKIP), eurófobo, se refiere a la nacionalización de las campañas promovida por los grandes partidos para explicar el ascenso de los candidatos que aspiran a deseuropeizar la política. A pesar de que, más que en ninguna otra ocasión desde 1979, las próximas elecciones tienen una gran importancia política e institucional porque el nuevo Parlamento será el encargado de elegir al presidente de la Comisión de entre los candidatos que compiten, los partidos depositarios del statu quo político europeo han diseñado campañas cuya referencia son los problemas específicos de cada Estado. De tal manera que su proyecto europeo, de existir, queda oculto detrás de la charcutería política del día a día, del corto plazo y de la supervivencia de los estados mayores de los partidos y de los gobiernos. Es así como Europa se difumina y la única crítica acerca de ella es una crítica destructiva, sin alternativas, que muy a menudo toma prestados argumentos que manejan con sentido bien diferente los europeístas decepcionados con la marcha de la UE. “Con los líderes europeos que tenemos hoy, divididos, lentos y nada estimulantes, no me hago ninguna ilusión de que vayamos a poder detener la cascada [de los candidatos antieuropeístas]”, admite Timothy Garton Ash, un europeísta decepcionado con la marcha de los asuntos europeos. “Los partidos antieuropeos nacionalistas y xenófobos seducen a electores descorazonados por una Europa que estiman incapaz de protegerlos”, han escrito en el diario progresista francés Le Monde los analistas Claire Gatimois y Alain Salles. En esa desazón, en ese desánimo provocado por el comportamiento de los gobernantes europeos, subyace la sensación de que el pacto social de la posguerra –si se quiere, la preocupación social compartida con intensidad variable por socialdemócratas y democristianos– ha caído en el olvido a raíz o a causa de la globalización de la economía financiera. La austeridad se ha convertido en el estribillo machacón de los gestores de Europa de forma similar a como los predicadores de antaño prometían el paraíso en la otra vida a cambio de pasarlas canutas en esta. Cuando es posible que un partido político afirme sin mayor empacho –para el caso, el PP español– que España sale de la crisis, pero la Encuesta de Población Activa fija la tasa de paro en el 25,9%, cobra visos de realidad la impresión que tienen muchos de que han sido abandonados a su suerte, y las exigencias de las instituciones europeas, guiadas por las exigencias del modelo macroeconómico, tienen bastante de castigo inhumano, de cura de adelgazamiento que,a partir del propósito inicial de combatir la obesidad, provoca una anemia perniciosa. ¿A quién puede extrañar, entonces, que en siete países –Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Holanda, Hungría, Italia y Reino Unido– tenga la extrema derecha posibilidades ciertas de ganar las elecciones europeas o quedar en segundo lugar? La alianza cerrada hace un par de meses por Marine Le Pen (Frente Nacional, Francia) y Geert Wilders (Partido por la Libertad, Holanda) ha atraído a otras formaciones nacionalistas radicales y xenófobas, dispuestas a explotar los sentimientos políticos más primarios de segmentos sociales hartos de esperar una bonanza que nunca llega. Lo sorprendente no es esto, sino que los amortiguadores sociales que han sobrevivido a la poda del Estado del bienestar y la solidaridad familiar hayan evitado una extensión del fenómeno a otros países europeos, especialmente a España, donde la composición social del electorado del PP –con una facción muy conservadora, poco europeísta y muy influyente– quizá haya sido determinante para evitar la eclosión del huevo de la serpiente. Aun así, si se concreta en las urnas un ascenso de la extrema derecha como el que se pronostica, habrá que concluir, como hace Le Monde, que se tratará de “una honda de choque comparable a la provocada por la presencia de Jean-Marie Le Pen, dirigente entonces del Frente Nacional, en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa del 2002”. Entonces, la alarma de los demócratas sumó votos para apoyar la reelección de Jacques Chirac, pero el coste fue altísimo: la batalla de las ideas, esencia de los sistemas deliberativos, se diluyó en las urgencias del momento. Hoy, un Parlamento Europeo colonizado por varias decenas de diputados antieuropeos puede inducir a los grandes partidos a cerrar filas –la gran coalición– a costa de renunciar al debate de los programas, de las propuestas de futuro que determinarán qué Europa nos espera, a quiénés beneficiará y quiénes deberán esperar por tiempo indefinido a ser rescatados del marasmo de la crisis. La esperanza de Garton Ash de que “quizá el éxito de esos partidos [la extrema derecha] movilice por fin a una generación de europeístas más jóvenes y les anime a defender unos logros que ahora dan por descontados”, diseña un futuro estimulante, pero ese quizá al principio de la frase justifica abrigar todo tipo de dudas. El distanciamiento de los europeos de las instituciones de la UE, recogido en las encuestas, es suficientemente expresivo como para temer que tenga reflejo en las urnas: con una alta abstención, signo inequívoco de que millones de ciudadanos entenderán el 25 de mayo que importa poco quien encabece a partir de entonces el Gobierno europeo; con el ascenso del tutti frutti antieuropeo, porque hay una corriente de opinión de fondo que favorece el voto contra la idea misma de la unidad europea. “Europa ha de ser fundamental”, dijo hace poco Javier Solana en un coloquio organizado por Esade, pero cada día son más los que lo ponen en duda, mientras que cada día son menos los que confían en que Europa sea capaz de ser “una especie de laboratorio de lo que pudiera ser un sistema de Gobierno mundial”, en frase del mismo conferenciante. Es cierto, como asegura Herman Van Rompuy, que el populismo antieuropeo no nació con la crisis del euro, derivada de la crisis económica general, pero fue esa crisis, inmersos en la cual aún vivimos sin que nadie sepa cuál es su fecha de vencimiento, el resorte principal que ha acelerado la crisis de identidad y ha suministrado argumentos a los propagandistas del nacionalismo destemplado. Nada es nuevo del todo en ese decorado, pero nunca antes unas elecciones europeas se celebraron en un momento menos propicio para la reflexión y más viciado por la incertidumbre social. Porque solo admitiendo que el clima de inseguridad social se ha adueñado de Europa es posible entender cómo los sondeos otorgan la victoria al Frente Nacional en Francia, el segundo lugar al UKIP en el Reino Unido y el mismo resultado al Movimiento 5 Estrellas en Italia, por citar los pronósticos en tres de los grandes estados y de las grandes economías de la UE. Hablar, en suma, de crisis de identidad en la empresa europea hacia la unidad no es solo una frase: responde a una realidad precisa con efectos potencialmente muy lesivos para el futuro, porque el funcionamiento institucional de Europa será extremadamente débil si, al mismo tiempo, una parte significativa de los europeos no desean ser cómplices, sino que, antes al contrario, prefieren ser reconocidos como contrarios al proyecto político llamado Europa.