Trump caliente Oriente Próximo

La decisión de Donald Trump de retirarse del acuerdo nuclear con Irán y de restablecer la política de sanciones ha crispado el ambiente en Oriente Próximo con la intensidad y profundidad temidas de antemano, ha alarmado a los aliados de Estados Unidos y ha proyectado sobre las cuentas del petróleo la sombra de un encarecimiento de los precios inducido por la incertidumbre, la desconfianza y el riesgo de una escalada bélica en diferentes frentes. Mediante el gesto de Trump, desastroso para preservar los equilibrios regionales en la medida de lo posible, la Casa Blanca persevera en el unilateralismo, impugna el statu quo y acentúa su perfil nacionalista –aislacionista–, alentado por el electorado ultraconservador, los ideólogos continuadores de la prédica del Tea Party y la necesidad de llegar a noviembre con una hoja de servicios suficiente para conservar la mayoría republicana en el Congreso.

Al mismo tiempo que los allegados a Trump, la cadena Fox News y los adictos al programa presidencial jalean la decisión, los analistas desapasionados coinciden en por lo menos tres conclusiones: Estados Unidos pierde influencia como actor internacional y degrada su solvencia como aliado, la pretensión de forzar un cambio político en Irán es un objetivo insensato y la Administración carece de una alternativa para afrontar los riesgos en materia de seguridad asociados a la denuncia del tratado. Cuando el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declara que “Estados Unidos le está dando la espalda a las relaciones multilaterales con una ferocidad que solo puede sorprendernos”, y añade que “le corresponde a la UE asumir el control”, no hace mucho más que manifestar en público lo que opinan la mayoría de think tank a ambos lados del Atlántico; se hace eco de la opinión del presidente de Francia, Emmanuel Macron, de la cancillera de Alemania, Angela Merkel, y del secretario del Foreign Office, Boris Johnson.

Así se manifiesta también Suzanne Maloney, del Centro para la Política en Oriente Próximo (Brookings Institution), convencida de que la abdicación de Estados Unidos del liderazgo internacional “no tiene parangón en la historia reciente”. Así se expresan la mayoría de columnistas de la prensa liberal de Estados Unidos, que observan con preocupación cómo la decisión adoptada por Trump “no mejora los parámetros de seguridad” del país, un concepto acuñado por la comunidad de inteligencia para referirse a eventuales amenazas exteriores (terrorismo global).

¿Puede la Unión Europa, enzarzada con harta frecuencia en bizantinismos indescifrables, ocupar el espacio vacío presuntamente dejado por Estados Unidos? ¿Puede el dispositivo de seguridad europeo operar como una herramienta de equilibrio en Oriente Próximo? ¿Puede una europeización de la crisis minimizar el parte de daños que presumiblemente causará la estrategia de confrontación elegida por el equipo de Trump? La respuesta a tales preguntas no puede soslayar el hecho de que, como afirma Sanam Vakil, de la Universidad Johns Hopkins, la Casa Blanca ha hecho un regalo al ala dura del régimen iraní, la misma que puso en marcha el programa nuclear, que sostuvo la altivez irreflexiva del presidente Mahmud Ahmadineyad, antecesor de Hasán Rohani, y que observó con recelo el acuerdo de este con Barack Obama en 2015. La misma, en fin, que entiende que la única garantía de futuro para la República Islámica es disponer de un arsenal nuclear suficiente para disuadir a sus adversarios de cabecera, Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí, de llevar a la práctica un programa encaminado a acosarla a todas horas en todas partes.

Queda poco margen para la esperanza al unir todos estos ingredientes. El simple hecho de que Israel atacó con misiles posiciones iranís en Siria poco después de que desde ellas se hubiesen bombardeado los altos del Golán, ocupados por el Ejército israelí desde junio de 1967, pone de relieve la volatilidad de la situación. Si se admite como un dato incontestable que Irán es un actor político determinante en Oriente Próximo, que la seguridad de Israel antecede a cualquier otra consideración en los análisis estadounidenses y que Arabia Saudí, con el apoyo de Estados Unidos, disputa la hegemonía regional a los ayatolás, es muy aventurado suponer que Europa puede serenar los ánimos sin la complicidad transatlántica. “Oriente Próximo es un polvorín de tensiones a medida que los conflictos arrecian en Siria, Yemen, Irak y Líbano, e Irán es el motor de gran parte de esa toxicidad”, recuerda Sanam Vakil.

Dicho de otra forma: al erosionar el programa de la facción posibilista del régimen iraní se pone a Irak y Líbano en la antesala de problemas mayores a los habituales, y a Siria y Yemen se los condena a soportar la carnicería por tiempo indefinido. Es este un panorama desolador, pero inmejorable para que proliferen los radicalismos de todo pelaje y condición, confesionales y laicos, indefectiblemente inclinados a solventar las crisis en el campo de batalla. Son demasiados los precedentes sombríos como para imaginar una evolución diferente de los acontecimientos, menos inquietante, más apegada a buscar el equilibrio estratégico entre adversarios en un espacio relativamente pequeño; un equilibrio en el que la controversia religiosa no sirva para encubrir la rivalidad militar y política, de las playas de Líbano a las del golfo Pérsico.

El alcance de esta crisis perseguida y manufacturada por Trump, deseada por Israel y aplaudida por Arabia Saudí no es regional, sino mundial. Lo es porque se produce en el área más inestable del mundo, enfrenta a Estados Unidos con los europeos, daña la trama de intereses económicos de estados y empresas que han normalizado su relación comercial con Irán y amenaza con envenenar el mercado del petróleo, salvo que surta efecto el propósito de China e India de seguir importando crudo iraní y mantenga Rusia su compromiso de comercializar una parte de la producción de la República Islámica, algo que da por seguro Frank A. Verrastro, especialista en la materia. Y es mundial en última instancia porque el rumbo fijado por Trump sitúa a Estados Unidos fuera del terreno de juego de las convenciones internacionales, del respeto por lo acordado y firmado, de cuanto se entiende que garantiza una seguridad razonable mediante la salvaguarda de los compromisos contraídos.

¿Cree el presidente Trump, como lo creyó George Kennan de la Unión Soviética, que Irán “es insensible a la lógica de la razón, pero es altamente sensible a la lógica de la fuerza”? Si este es el caso, cabe preguntarse por la naturaleza futura de las relaciones de Estados Unidos con China y Rusia, por qué lógica aplicará en ambos casos y por la capacidad de Trump de descoyuntar el sistema, convertido en un actor político cada vez más peligroso.

Trump-Macron, una relación paradójica

A nadie puede sorprender que el intercambio de gestos afectuosos entre Donald Trump y Emmanuel Macron quedara matizado por el discurso pronunciado por el presidente de Francia en el Congreso de Estados Unidos. La distancia ideológica y programática de ambos mandatarios es demasiado grande como para no manifestarse en toda su magnitud. Si Trump es proteccionista, duda del cambio climático y denuesta el acuerdo con Irán siempre que puede, Macron es defensor del comercio global, asume los vaticinios científicos sobre los efectos del calentamiento incesante del planeta y admite como mal menor, y sin demasiado convencimiento, que quizá convenga retocar el acuerdo con los ayatolás para ampliarlo, pero en ningún caso revocarlo. Como ha quedado escrito en político.com, el discurso de Macron lo podrían suscribir Barack Obama o Hillary Clinton, pero está en las antípodas del eslogan American First, que orienta todas las decisiones de la Casa Blanca.

Todo encaja en esta historia de apariencias y realidades. La candidata preferida por Trump en las elección presidencial del año pasado en Francia fue Marine le Pen, por afinidades evidentes de pensamiento y porque su victoria habría debilitado el proyecto europeo de forma clamorosa, mientras que Obama manifestó en púbico su apoyo a Macron, convertido en artífice de una nueva tercera vía europea que quiere acudir al rescate de la decadencia, la confusión y la crisis de identidad de la UE. Nada más elocuente que esta disparidad de criterios para llegar a una conclusión parecida a la del periódico Le Monde: la bondad de los gestos y la divergencia de las ideas tienen todas las trazas de un oxímoron o de un abuso de la paradoja.

El recuerdo de la simplicidad escenográfica de la visita de Charles de Gaulle a Dwight D. Eisenhower en 1960 –dos generales que siempre se respetaron, pero que a menudo disintieron, según se desprende de las Memorias de esperanza del francés– no ha dejado de ser una referencia estos días. Porque aquellos dos veteranos soldados no intentaron disimular sus diferencias, sino subrayar sus coincidencias para preservar un orden internacional estable. Algo que queda lejos del proyecto de Trump y que inquieta a Macron, contrario a la retirada estadounidense de entornos clave por el riesgo subsiguiente de que Rusia y China ocupen el vacío dejado. Así debe entenderse en parte la diatriba del inquilino del Eliseo en el Congreso contra el nacionalismo y el aislacionismo, dos vectores de fuerza que mantienen cohesionado al electorado de Trump, pero impugnan un posible orden internacional basado a la vez en la globalización y el multilateralismo.

Los detractores de la política económica de Trump entienden que su proteccionismo renuncia a poner en marcha políticas convenientes a medio y largo plazo a causa de sus intereses inmediatos. La “inconsistencia temporal”, mencionada en un artículo por Dani Rodrik, profesor de la Universidad de Harvard, condiciona la estrategia de la Casa Blanca, mientras que lo que se antoja poco consistente en el frente europeo es penalizar el flujo exportador en sectores tan sensibles como el acero y el aluminio, amenazar con hacer lo propio en el mercado automovilístico y quién sabe si en otras áreas. Para Macron, en igual o mayor medida que para Angela Merkel, poner trabas al comercio es amenazantemente pernicioso a ambos lados del Atlántico; no hace falta ser un defensor sin fisuras del TTIP, desaparecido en combate, para llegar a esta conclusión.

El entusiasmo con el que los escaños demócratas acogieron el discurso de Macron mientras los republicanos miraban al techo fue por demás elocuente. Will Marshall, una referencia del pensamiento demócrata renovado, llama al presidente de Francia “líder del mundo libre” al entender que recupera la mejor tradición del pensamiento liberal reformista, y en sentido parecido se han manifestado los analistas de los principales medios estadounidenses. Algo que contrasta con los recelos que Macron suscita en las filas de la izquierda europea, no solo en Francia, y en las del populismo conservador de Estados Unidos –Trump, su líder–, donde el modelo europeo es tachado siempre de socialista incluso si su defensor es alguien tan alejado del calificativo como Macron.

En una sociedad cada vez más dividida y crispada como la estadounidense no debe sorprender el recurso a la exageración y el éxito de proclamas que a menudo chocan con la realidad. La victoria ultraconservadora encarnada en Trump alienta desde noviembre de 2016 un pensamiento profundamente reaccionario y esquemático, que simplifica al máximo el enunciado de los problemas y las posibles soluciones. Que tales problemas –en el ámbito que sea– tengan una dimensión mundial y, por consiguiente, requieran de actuaciones mundiales pesa menos en la Administración de Trump que la necesidad de tomar decisiones que cumplan con las expectativas más elementales de una parte considerable de quienes votaron al presidente, seducidos por su verborrea de rompe y rasga. Eso es, además, lo que espera el establishment neoconservador –posneoconservador puede decirse–, que invirtió grandes cantidades de dinero en la campaña de Trump y espera un achicamiento del Estado suficiente para que no interfiera en sus negocios.

El nombramiento de Mike Pompeo, un halcón militante, para dirigir la Secretaría de Estado, es el mayor síntoma de una realidad: el intercambio de buenas palabras entre Trump y Macron es un fenómeno de recorrido limitado. Lo mismo sucede entre Merkel y Trump por más encubrimientos que diseñen ambas partes, alarmada la industria alemana por los eventuales efectos del proteccionismo de Estados Unidos sobre sus exportaciones, un asunto central en el viaje de la cancillera a Washington. El margen de maniobra es mínimo, además, porque en noviembre habrá elecciones legislativas de midterm y para la Casa Blanca sería poco menos que desastroso perder la mayoría en una de las dos cámaras del Congreso a causa del retraimiento de una parte del electorado que en 2016 confió en las promesas de Trump.

Es improbable que afecte a los impulsos electorales de los de seguidores de Trump el caos sin precedentes, por grave que este sea, de una Administración “desorganizada y contradictoria” (The Washington Post) en la que los nombramientos y las destituciones no cesan. Es más verosímil, por el contrario, que defrauden las muestras de debilidad o europeización del programa, siquiera sea en dosis hemeopáticas, a cuantos a la hora de ir a votar apostaron por un candidato que se presentó como defensor de los sacrificados en el altar de la salida de la crisis. Una imagen publicitaria que sigue vigente aunque sea otra paradoja separar del establishment la figura de Trump, un millonario con domicilio en la torre de Manhattan que lleva su nombre.

 

Otra vez la guerra fría

El cruce de expulsiones entre los aliados occidentales de un lado y Rusia del otro ratifica el calentamiento de la nueva guerra fría, tantas veces citada y desmentida. Cuando Sergei Narishkin, jefe de los servicios secretos rusos, alerta del riesgo de una escalada que desemboque en “una nueva crisis como la de Cuba” (la de los misiles, octubre de 1962) no hace más que abundar en la gravedad de la situación y los riesgos que entraña. El caso del envenenamiento del espía ruso –doble agente– Sergei Skripal y de su hija Yulia en suelo inglés ha emponzoñado la atmósfera, ahora más volátil que nunca, y ha resucitado los usos y costumbres a los que Estados Unidos y la Unión Soviética se atuvieron durante décadas.

El caso Skripal y sus consecuencias inmediatas semeja a los refinados argumentos de las novelas de Graham Green y remite a precedentes inquietantes, en especial el envenenamiento con polonio-210 y muerte de Alexander Litvinenko en Londres (2006). Nunca desde el hundimiento de la URSS se había degradado el clima político entre Este y Oeste con tan rápida y amenazante velocidad, con decenas de diplomáticos expulsados de ambos bandos. Nunca tampoco en el último cuarto de siglo un conflicto de estas características se había desarrollado con dos personajes tan poco convencionales como Vladimir Putin y Donald Trump al frente de las operaciones, adscritos ambos a una jerga nacionalista tan a menudo beligerante.

El hecho de que el escenario del suceso sea el Reino Unido y de que los primeros capítulos los escribiera Theresa May, tan discutida dentro y fuera de su partido, no es determinante. Sí lo es que la estrategia a seguir se acoja al modelo de la tensión entre bloques antagónicos, de acuerdo con el diseño general guardado en un armario por Estados Unidos en los no tan lejanos días en que creyó ser la única superpotencia realmente existente, con Rusia en caída libre y China en pleno aggiornamento. Sí lo es también la enésima debilidad mostrada por la Unión Europea, con solo la mitad de sus miembros unidos a la estrategia de las expulsiones y la otra mitad instalada en una confortable neutralidad: esperar y ver. No, por cierto, porque la estrategia de confrontación les parezca la peor de todas las posibles, sino porque los euroescépticos hallan en situaciones como el caso Skripal el mejor ecosistema para subrayar su autonomía y minar la unidad política de la UE.

Un diario como The Guardian, tan poco afecto a los planes de May, ha puesto de manifiesto esta división europea, apenas encubierta por la declaración conjunta de apoyo de Estados Unidos y de los aliados europeos más cercanos al Reino Unido –Francia y Alemania– a la gestión británica de la crisis, toda vez de que, al mismo tiempo, países como Austria –la extrema derecha instalada en el Gobierno– han apelado a su neutralidad so pretexto de preservar su condición de “constructores de puentes entre el Este y el Oeste, manteniendo abiertos canales de comunicación”.

El renacimiento del nacionalismo ruso, que compensa las debilidades estructurales de la nación, con planes de rearme y gestos desafiantes, ha pillado casi por sorpresa a Occidente, convencido hasta hace poco de que Rusia se había convertido en una potencia de segundo orden y bajo control. Que el país sea un Estado-continente con graves problemas de sostenibilidad –la economía depende por completo de la exportación de gas y petróleo– y una demografía en rápido retroceso, no afecta de momento a su disposición de seguir siendo una gran potencia militar con el segundo arsenal nuclear más importante del planeta después del de Estados Unidos, y la voluntad manifiesta de renovarlo. Como se ha dicho en alguna ocasión, los analistas de la OTAN equivocaron por completo sus vaticinios en cuanto a la evolución de la Rusia surgida del final de la URSS, y la nueva versión de la guerra fría lo confirma.

Poco importa que resulte inescrutable cuál es la relación personal de Trump con algunos políticos –Putin entre ellos– y oligarcas rusos si en momentos de crisis se desentierra el léxico de la guerra fría, la lógica de la escalada, los obstáculos clásicos en la coexistencia pacífica y otros pormenores de un pasado que parecía haber quedado solo como materia de análisis para los historiadores. Mientras hasta fecha recientísima los jóvenes estudiantes de relaciones internacionales, diplomacia y otras disciplinas pedían dedicar menos tiempo a la guerra fría, poco menos que liquidada, y más horas a lo que la siguió, la realidad oculta era que nuevos ingredientes de confrontación se sumaban a la configuración de un presente con muchas reminiscencias del pasado, incluido un catálogo inagotable de gestos intemperantes.

El hecho de que el laboratorio militar británico de Porton Down reconozca que no ha podido demostrar que el agente nervioso Novichok, causante del envenenamiento, ha sido fabricado en Rusia, recuerda otros muchos casos en los que la simple sospecha ha puesto en marcha la maquinaria de la tensión fría. La acusación rusa de que Estados Unidos y el Reino Unido urdieron el ataque contra Skripal y su hija se ha ceñido a la misma lógica, y la oferta posterior de una investigación conjunta –hoy de factura imposible–, ha seguido el mismo camino. El resultado de este libro de estilo, compartido por ambas partes, es una situación bloqueada en la que, como en tantas otras ocasiones, incluida la crisis de los misiles en Cuba, solo es posible un desenlace en el que prevalezca la apariencia de que nadie cede a cambio de nada.

“Como estadista, uno tiene que obrar con la suposición de que los problemas se tienen que resolver”, declaró Henry Kissinger en cierta ocasión. Y Andrei Gromico, ministro de Asuntos Exteriores de la URSS y tantas veces contrincante de Kissinger, hizo hincapié en la necesidad de “dejar siempre una puerta abierta”. Uno y otro contribuyeron decisivamente a convertir la guerra fría en un sistema estable, donde las sorpresas eran infrecuentes. ¿Es este el futuro que nos aguarda? Quizá valga como respuesta esta frase de Willy Brandt: “Las barreras mentales sobreviven por lo general más tiempo que las de hormigón”. A ambos lados de la barrera, del muro si se quiere.

 

 

 

 

La gran coalición divide al SPD

Alemania tiene un Gobierno en funciones desde las elecciones legislativas del 24 de septiembre del año pasado, cuando el desgaste de los dos grandes partidos, el SPD (socialdemócrata) y la CDU (democristiano), y el ascenso de la extrema derecha –Alternativa para Alemenia (AfD) – dieron como resultado una enrevesada aritmética parlamentaria. La decisión inicial de los socialdemócratas, muy castigados en las urnas, de abandonar la gran coalición y pasar a la oposición, y la de Angela Merkel de armar una coalición de Gobierno con liberales y ecologistas pareció dar una salida relativamente rápida a la complejidad del momento y cubrir dos objetivos: condenar a la AfD a ser el segundo partido de la oposición, por detrás de la socialdemocracia, y atender a la mayor brevedad las urgencias europeas y los requerimientos del presidente de Francia, Emmanuel Macron.

Nada de esto vio la luz. La retirada de los liberales de las negociaciones sentenció la posibilidad de un tripartito –la coalición Jamaica– y la negativa de la dirección del SPD de resucitar la gran coalición condenó el Gobierno a la provisionalidad, a ser solo un Ejecutivo de gestión y a prolongar la crisis salvo que Martin Schulz accediese a cambiar el paso y a comprometer a los socialdemócratas con un nuevo Gobierno encabezado por Merkel. No había más piezas sobre el tablero y en la tradición política alemana no tiene sitió la idea de formar un Gobierno en minoría; no había otra forma de salir del laberinto que resucitar la Grosse Koalition o convocar nuevas elecciones, algo totalmente ajeno a los usos políticos alemanes, tan arraigado en los salones del poder y en la calle el convencimiento de que la estabilidad lo es todo. Puede decirse incluso que para muchos electores la obligación primera de los diputados electos es garantizar la estabilidad.

La decisión de Schulz de aceptar finalmente la coalición salvadora de la estabilidad responde a esa tradición, a la evitación a toda costa de un Gobierno obligado a pactar todos los días con sus adversarios políticos –la geometría variable no gusta en el Bundestag–, incluso cuando se tratara de asuntos relacionados con el liderazgo europeo, hasta llegar a algún cruce de caminos, cualquier día por cualquier asunto más o menos importante, y tener que adelantar las elecciones. Pero la búsqueda de la estabilidad ha hecho que se alzaran voces discrepantes en el campo socialdemócrata con la consiguiente crisis de dirección, la crítica lógica a un pragmatismo acaso excesivo y el temor a que, de nuevo, el SPD sea el partido más perjudicado en las urnas venideras por la operación en marcha. De hecho, alguna encuesta ya refleja la decepción de una parte del electorado socialdemócrata, tan menguado desde septiembre.

Este domingo un congreso extraordinario del SPD decidirá en Bonn si se inician las negociaciones con Merkel o se entierra el proyecto de la gran coalición. Será un episodio fratricida en la historia del partido porque los primeros aliados con los que contó Schulz cuando decidió disputar la carrera por la cancillería son hoy sus más acerados críticos: las juventudes socialdemócratas, 70.000 militantes –los Jusos–, encabezadas por el estudiante Kevin Kühnert, un orador electrizante. En realidad, la militancia joven no es la única alarmada por el paso dado por Schulz, pero sí la más activa en oponerse al proyecto, en parte porque se siente traicionada y en parte porque siempre se sintió incómoda al lado de los democracia cristiana, cuyo apéndice bávaro –la CSU– es extremadamente conservador. Como escribió hace años un editorialista del semanario Der Spiegel, tiempos de Franz Josef Strauss, “la CDU no puede dejar de cumplir todos los días un gran servicio: moderar a la CSU”.

Cuantos se oponen al acuerdo coinciden en un temor o vaticinio partidista: si se concreta la gran coalición, el SPD puede quedar reducido a una representación muy disminuida en las siguientes elecciones. Y se inquietan, además, ante un hecho incontrovertible: la extrema derecha xenófoba y vociferante pasará a ser la primera fuerza de la oposición; la extrema derecha, coloreada de azul en su actividad pública y vestida de “color pardo de puertas para adentro, como el uniforme nazi” (Heribert Prantl en el Süddeutsche Zeitung), será el primer partido en impugnar el trabajo del Gobierno. Sin ningún coste político, la AfD podrá utilizar la tribuna del Bundestag para difundir su mensaje, obligado el SPD a moderar siempre el tono de sus discrepancias en el seno de la gran coalición, a acatar el programa de Merkel con retoques a pesar de lo prometido a sus militantes y votantes al día siguiente de las elecciones.

Si la noche del 24 de septiembre se aventuró que quizá el resultado de aquel día era el final de la carrera política de Schulz en el partido, ahora es razonable afirmar que se juega su futuro al someter a votación en un congreso el restablecimiento de la gran coalición y, de lograr que se apruebe, seguirá jugándoselo a causa de su vecindad con Merkel y del desgaste político que esto entrañará. El líder socialdemócrata dejó la presidencia del Parlamento Europeo con fama de ser un político inteligente, brillante, eficaz, buen analistas y paciente negociador. Salvo que el porvenir le sea muy propicio, siempre una incógnita, los pasos dados desde que cambió de opinión pueden haber adelantado el final de su recorrido.

¿Podía hacer otra cosa Schulz, podía haberse mantenido en su propósito inicial de pasar a la oposición? El frente pragmático socialdemócrata cree que no, que la obligación de Merkel de formar un Gobierno minoritario o de disolver el Bundestag –una hecatombe, según la prensa conservadora– hubiese tenido un coste electoral inasumible porque la opinión pública, sostiene el entorno de Schulz, no hubiese considerado razonable una salida a la española, dicho sea para simplificar la situación. Kühnert es tajante: “La renovación del SPD solo es posible fuera de la gran coalición”; la consolidación de un perfil ideológico y programático propio solo tiene cabida sin compromisos con la derecha, con la política económica y social activada por Merkel a raíz de la crisis económica.

En el fondo de esta controversia asoma la crisis de identidad no resuelta por la socialdemocracia europea, que creyó ver en Schulz hasta no hace demasiado al líder dispuesto a promover el cambio o la actualización del mensaje. La austeridad recetada por el Bundesbank e impuesta por la cancillera dentro y fuera de Alemania ha erosionado la confianza en el centroizquierda de una parte importante de su electorado en toda Europa, que ha visto cómo o bien contribuía a aplicar la austeridad desde el Gobierno o la aceptaba como irremediable aun en la oposición. Algo que ha dado pie al nacimiento y desarrollo de partidos de perfil inconcluso –Podemos, en España–, diseñados para ocupar una parte significativa del espacio socialdemócrata tradicional, o a la aparición de populismos ultraderechistas, pensados para atraer a sociedades alarmadas, envejecidas, escenario de varias crisis sociales al mismo tiempo (la migratoria, entre ellas). Este es el caso de Alemania y de esa AfD que observa encantada como muy pronto puede ser la gran voz discrepante, el gran adversario del establishment político castigado en las urnas hace cerca de cuatro meses.

Un puzle para Macron y Merkel

La activación del eje franco-alemán por enésima vez para ordenar la Unión Europea y rescatarla de diferentes crisis de identidad y cohesión choca con los desafíos inmediatos que deben afrontar el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la cancillera en funciones de Alemania, Angela Merkel. Macron ve cómo se agita la calle a causa de la reforma del Código de Trabajo, Merkel debe lograr una variopinta mayoría en la que convivan bajo un mismo techo democristianos, liberales y ecologistas (la coalición Jamaica). En ambos casos, se ha abierto un paréntesis que oscurece el futuro, pendiente todo de que la estabilidad social en Francia y la política en Alemania queden a salvo o de que la inestabilidad sea lo menos dañina posible.

Ambos problemas son ineludibles e interesan directamente el futuro de la UE. La reforma de Macron pone a prueba la capacidad de la economía francesa de adaptarse a los requisitos de la globalización, la cintura de un modelo envejecido y a menudo ineficaz, pero característico de la Quinta República e inseparable de ella. “No es la revolución copernicana prometida por Emmanuel Macron, pero es una renovación profunda, sin precedentes, del derecho del trabajo”, se dijo en Les Échos, el diario económico de París, cuando se dio a conocer el proyecto. “Al adoptar el modelo californiano [empresarios de nuevo cuño vinculados a sectores emergentes: las nuevas tecnologías, las tecnofinanzas, las redes sociales, etcétera], el presidente de la República quiere una Francia de empresarios”, publicó el mismo medio en defensa de la propuesta promovida por el Eliseo cuando los sindicatos ya le habían puesto la proa y los insumisos de Jean-Luc Mélenchon protestaban en la calle a voz en grito.

El encaje de bolillos alemán requiere tiempo, paciencia y, quizá, la aceptación de periódicas inestabilidades. “Más allá de la gran coalición nada es demasiado duradero”, sostiene uno de los analistas del Frankfurter Allgemeine Zeitung. Pero la gran coalición ha fallecido para siempre o al menos para una legislatura, es inimaginable alguna forma de acuerdo o transacción con los ultras de Alternativa para Alemania, eurófobos y xenófobos, y solo cabe un acuerdo multicolor, con contradicciones aparentemente insalvables, para mirar luego a Europa. ¿Cómo se conjuga la disposición de la cancillera a suavizar las aristas más cortantes de la austeridad con las exigencias de los liberales en sentido contrario? ¿Cómo comprometer a los Verdes, que reclaman una actualización a fondo de la Europa social, en un Gobierno de mayoría conservadora?

La gran coalición fue una fórmula electoralmente desastrosa para los socialdemócratas, pero muy útil para salvaguardar la centralidad de Alemania en la UE. Lo que salga de las negociaciones tripartitas en curso, seguramente largas, habrá que ver hasta qué punto es asimismo útil y eficaz. Las apariencias dan a entender que Macron lo tiene más fácil –dispone de una holgadísima mayoría en la Asamblea Nacional–, pero el dinamismo de la calle, con gran tradición en Francia, contrarresta en parte la aritmética parlamentaria. “La balanza está demasiado desequilibrada en favor de la flexibilidad para equilibrarse mediante un compromiso entra la patronal y los sindicatos”, ha escrito un editorialista de Le Monde, una realidad fácilmente detectable: los empresarios alaban la reforma de Macron, los sindicatos temen que sirva para puentearlos en las empresas de menos de 50 trabajadores y aun para dejarlos fuera de juego para siempre en los tratos que las empresas hagan directamente con asalariados encubiertos (lo que en España se conoce como autónomos dependientes). El diagnóstico de Libération, altavoz de las izquierdas, es tajante: la reforma del mercado de trabajo se atiene a las reivindicaciones más antiguas de la patronal, “más trasnochadas”, precisa.

Sumados y restados todos los factores aparecen por lo menos cuatro diseños diferentes para Europa: el de Macron, bastante alejado del legado gaullista que siempre alienta en la Quinta República; el de Merkel, muy conocido, pero necesariamente precisado de correcciones para ser compatible con el proyecto macroniano –de ahí el envío a la presidencia del Bundestag del fundamentalista de la austeridad Wolfgang Schäuble–; el de los liberales alemanes, partidarios de seguir apretando las tuercas a los meridionales, y el de los Verdes, que parte de la convicción de que hay que revisar de arriba abajo el modelo económico europeo. No es una gran novedad, porque siempre convivieron premisas diferentes en la construcción europea, pero frente a las forzosas revisiones que exige el futuro frente al brexit, al euro discutido, a los desafíos a la seguridad, a los gobernantes en rebeldía –los de Polonia y Hungría, por lo menos–, al auge de los populismos, al euroescepticismo y a la figura imprevisible de Donald Trump, la cohesión del eje franco-alemán es el primer y principal requisito (en realidad, lo ha sido siempre desde los días fundacionales).

En el horizonte macroniano aparece el propósito de refundar la UE para luchar contra la tentación nacionalista de los estados. Para ello precisa a Alemania, en la que confía como asociada en la gran travesía: “Como cada vez que su país se enfrenta a un desafío histórico, [Merkel] sabrá mantener la audacia y el sentido de la historia. Y esto es lo que yo le ofrezco”, afirmó el 26 de septiembre el presidente de Francia durante un discurso en la Sorbona. Sucede, sin embargo, que la proclama no seduce a todos los socios, alarma abiertamente a algunos y aun contiene un enigma: ¿la refundación tendrá en cuenta los intereses de todos, los problemas de todos los estados, o solo los de los dos integrantes del eje?

Desde los días del Tratado de Roma (1957) y más aún desde los del Tratado del Eliseo (1963) –Konrad Adenauer y Charles de Gaulle, los firmantes–, el grueso de las políticas europeas gira en torno a la complicidad de dos viejos adversarios, y con frecuencia enemigos, convertidos en aliados. A partir de 2001, el proceso de Blaesheim estableció el rito de las reuniones periódicas de representantes de París y Berlín, pero el paso que pretende dar Macron, y que secunda Merkel, como culminación de la salida de la crisis económica desencadenada en 2008 y de las tensiones sociales que la siguieron, debe superar un sinfín de inseguridades y desconfianzas, que pueden resumirse en tres enunciados: es mejor consolidar lo logrado y no ser más ambicioso, es preciso poner el freno a la institucionalización política de la UE o, en sentido contrario, hace falta que la integración económica se refuerce y las cesiones de soberanía política también mediante el desarrollo de un modelo federalizante.

La imagen se asemeja más a la de un puzle que a la de un tablero de ajedrez geométricamente ordenado. Es, de hecho, la imagen de una diversidad compleja, de intereses muchas veces divergentes y de gobernantes con un ojo en Bruselas y otro en las urnas, también en Alemania y en Francia. Esa imagen o realidad compleja es la que permite prever que entre el proyecto refundador y su concreción se levantan obstáculos, incoherencias y rivalidades que a nadie pueden escapar, ni siquiera a los promotores, aunque es posible que esta vez, a diferencia de otras, parecen capaces de hacer de la necesidad virtud. Aunque no está de más recordar que Nicolas Sarkozy anunció la necesidad de refundar el capitalismo en pleno vendaval financiero y finalmente fueron las finanzas globales las que impusieron las nuevas reglas del juego, tan reciente todo en la memoria de las víctimas.

 

Alemania, frente al espejo

Los 94 diputados sobre 709 obtenidos el último domingo por Alternativa para Alemania (AfD por sus siglas en alemán) confirma el auge de la extrema derecha en Europa, con precedentes muy sonoros en Holanda y en Francia más el desafío populista en Polonia y Hungría, de facto en estado de rebeldía frente a las políticas que marca la Unión Europea para los 27 y el Reino Unido hasta la sentencia de divorcio. Varias fobias superpuestas –al europeísmo, a la emigración y a los refugiados, al islam– han movilizado a un electorado conservador atraído por un nacionalismo a todo volumen que dice estar en disposición de restaurar el orgullo patrio, cerrar las fronteras y rescatar del abandono los länder del este, víctimas de una unificación precipitada y mal resuelta, algo que, entre otros, denunció Günter Grass en su día y que lo hizo acreedor de toda clase de críticas. Un programa vago, pero suficiente ha valido para erosionar a la democristiana CDU y para condenar al socialdemócrata SPD a conseguir los peores resultados de su historia.

Ni siquiera la fractura entre posibilistas y radicales, que ha llevado a Frauke Petry, la exlíder del partido, a renunciar al escaño para iniciar una aventura en solitario para un “nuevo comienzo conservador”, degrada la importancia política y social del éxito electoral de la AfD. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial se sentarán en el Bundestag defensores desinhibidos de los méritos contraídos por la Wehrmacht, negacionistas del Holocausto y quién sabe si añorantes de la ensoñación del Reich milenario. Que la cohesión interna de la AfD pase por una crisis no evita que varios de los problemas que las próximas semanas o meses se acumularán en la mesa de la cancillera Angela Merkel sean fruto de esa sacudida electoral, que por de pronto ha sepultado la gran coalición, obliga a organizar un tripartito de democristianos, liberales y verdes y acaso liquide la carrera política del brillante Martin Schulz (SPD), que perdió 40 diputados el 24 de septiembre.

En mitad de la remodelación y puesta al día del eje francoalemán, surge un proceso susceptible de generar inestabilidad e incertidumbres, las servidumbres de un problema nacional se cruzan en el camino de Angela Merkel y del presidente de Francia, Emmanuel Macron, y acaso no sea eso lo más grave, sino el robustecimiento de las fuerzas disgregadoras que amenazan el proyecto europeo. Cuando analistas de prestigio como Anatole Kaletsky, autor del libro Capitalismo 4.0, subrayan que las reformas económicas en Francia solo son factibles si Alemania “acuerda un régimen fiscal más generoso y apoya políticas monetarias que beneficien a los miembros más débiles de la eurozona”, no hacen más que citar una de las fronteras que probablemente los liberales no están dispuestos a violar –la austeridad a todas horas– y que los ecologistas, en cambio, desdeñan.

“Europa podría muy bien sucumbir al nacionalismo si fracasa el plan de Macron”, afirma Philippe Legrain, de la London School of Economics, pero el éxito de Macron, contestado en la calle y con la popularidad en declive, depende en gran medida de la capacidad de Merkel para aligerar el recetario que ha defendido hasta la fecha. Con el riesgo añadido de que la tensión social provocada por su reforma laboral alimente en igual o parecida proporción a los insumisos de Jean-Luc Mélenchon y a la extrema derecha que lidera Marine Le Pen. Al lado de Merkel, el europeísmo de Macron parece razonablemente a salvo; cuanto más tiempo tarde la cancillera en ordenar la política interna alemana, más dificultades encontrará Macron para defender su programa.

Guste o no, el renacimiento de la extrema derecha con las siglas AfD y el hundimiento de la gran coalición condicionan el futuro inmediato de Alemania y de Europa. La gran pregunta o incógnita a desvelar es cómo, después de décadas de democratización y saneamiento de la política, una parte de Alemania vuelve a mirarse en el peor espejo de su historia. Quizá la crisis migratoria, las tensiones del euro y los efectos de la economía global sean causas directas del éxito de la AfD, pero quizá también deba darse la razón a cuantos sostienen que la desnazificación en la República Federal de Alemania (RFA), intensiva y sin tregua durante los 30 o 40 años que siguieron al final de la guerra, no existió o no tuvo la misma profundidad en la República Democrática Alemana (RDA), fundada sobre la creencia de que era expresión de la sociedad alemana que se opuso y venció al nazismo. En realidad, tal suposición no fue nunca mucho más que un eslogan propagandístico porque la victoria a sangre y fuego fue de la Unión Soviética, impulsora y protectora de la Alemania Oriental desde el primer día de su existencia hasta la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1989).

Quedó en la tierra alemana al este de la divisoria un núcleo de población sometido a un régimen comunista, pero que nunca acometió la empresa de ventilar la casa ni se prestó a revisar la historia porque el socialismo real instalado en el poder creyó que su sola autoridad y magisterio ahuyentarían los fantasmas. Una parte de la sociedad se acomodó simplemente a un tiempo diferente y, al resquebrajarse el muro, unificarse el país y ponerse de manifiesto las diferencias de todo tipo entre el próspero oeste y el empobrecido este, optó por volver la vista al pasado y desenterrar todos los demonios familiares que Occidente creyó sepultados para siempre. Nunca tuvo la RFA un gran partido de extrema derecha –ni siquiera lo fue el Partido Nacionaldemócrata Alemán (NPD)–, acogidos los nostálgicos en la posguerra por la CDU (en Baviera la CSU) sin hacer ruido, pero el pensamiento ultra se ha consagrado ahora, después de una cadena de experimentos políticos fallidos, cuando en los antiguos territorios de la RDA han coincidido la frustración política y la crisis social.

Como tantas veces ha sucedido, el establishment no quiso aceptar la posibilidad no tan remota de que aquí estaba la extrema derecha para quedarse y, lo que es aún peor, se negó a admitir que había una relación directa entre la austeridad, los microjobs y otras formas de precariedad laboral y la proletarización de la militancia ultra, atraída por el discurso populista, la simplificación de los problemas y la acusación dirigida a Europa de ser culpable de todo. Si en Francia Marine Le Pen anduvo a vueltas durante años con la resurrección del franco y la renuncia al euro, ahora en Alemania los partidarios de regresar al marco se han visto reforzados; si aumenta la movilización alemana contra la Europa de Schengen, cobrará vigor la oposición al tratado de Schengen en los Países Bajos y en Francia, e incluso los partidarios del brexit sentirán que sopla viento a su favor y no navegan solos.

Willy Brandt dijo: “El futuro no va a estar dominado por aquellos que están atrapados en el pasado”. ¿Manifestó un deseo o estuvo convencido de que el pasado ominoso se quedaría sin seguidores? En todo caso, fue un pensamiento honorable, compartido por muchos de cuantos tuvieron la responsabilidad de rescatar Alemania y su cultura política del lodazal en el que habían quedado sumergidas. Al observar hoy el ascenso de la AfD y el envalentonamiento de sus líderes, surge el temor de que los fantasmas del pasado reclamen tener un papel relevante en el escenario.

Europa aguarda a Macron

Los primeros pasos de Emmanuel Macron han hecho de él la nueva esperanza blanca de la Unión Europea, necesitada de iniciativa, unidad de acción y capacidad para competir con los grandes actores internacionales. Entre la espada del auge eurofóbico y la pared del brexit, la activación del eje franco-alemán, motor histórico de la construcción europea, vuelve a aparecer en todos los análisis como el núcleo realmente duro que puede rescatar a la UE de la atonía depresiva que con tanta frecuencia se adueña de la discusión. Pero esa presumible activación es poco más que un objetivo genérico lleno de incógnitas por despejar, especialmente en cuanto al alcance real que pueda tener: ¿reducirá sus efectos a los dos lados del Rin?, ¿será capaz de movilizar a los 27 en un programa común?, ¿alcanzará solo a unos pocos países y consagrará la Europa de dos velocidades?

Sobre la mesa están el papel futuro del Banco Central Europeo, el desarrollo de una estructura europea de defensa, las políticas de convergencia, el efecto del brexit sobre el presupuesto y una lista interminable de problemas propios de la complejidad del proyecto y también de las tensiones entre estados. Y por encima de todo está el debate sobre el papel de Alemania, su iniciativa política, especialmente reforzada a partir de la crisis económica y de la ineficacia de Nicolas Sarkozy y de François Hollande para equilibrar el renombrado eje, cada día más germánico y menos francés.

Poco se sabe del programa de Macron, de su concreción y de la respuesta social que pueden desencadenar actuaciones como la reforma del mercado de trabajo, tan contestado en la calle en la recta final del mandato de Hollande y uno de los resortes que movilizó a los insumisos de Jean-Luc Mélenchon. Menos se sabe aún del papel que puede desempeñar Francia como contrapeso de las políticas de estabilidad recetadas por Alemania, de su capacidad de corregir los excesos de la austeridad dictados por diferentes gobiernos de Angela Merkel desde 2010, con un coste social de sobra conocido. Como afirma Héctor Sánchez Margalef, investigador del Cidob, “la irrupción de Emmanuel Macron ha resucitado el euroentusiasmo, aunque no sabemos si por verdadero amor o como rechazo a las ideas de Marine Le Pen”.

Es preciso remitirse al resultado de las elecciones legislativas (18 de junio) y a las características de la mayoría absoluta obtenida por La República en Marcha, el partido de Macron, para sacar alguna conclusión acerca de si el euroentusiasmo es fruto de una cosa o de la otra o, quizá, de ambas al mismo tiempo. La mayoría aplastante lograda por el presidente en la Asamblea Nacional no debe distorsionar la realidad: se sustenta en el 16% del censo electoral, en una abstención que superó largamente el 50% y en el hundimiento del sistema tradicional de partidos de la Quinta República, especialmente en el campo de la izquierda (el adiós de la patria socialista, ha escrito Jean Daniel), aunque no solo en él, porque el tutti frutti ideológico macroniano ha dividido al conservadurismo francés clásico (la herencia del gaullismo).

“Mayoría absoluta, victoria relativa”, tituló Le Monde, progresista, para resumir el resultado de las legislativas. “Jamás un poder presidencial tan fuerte había descansado sobre una base tan exigua”, subrayó Le Figaro, conservador. “La nueva mayoría solo representa una pequeña parte de Francia”, dijo un analista en televisión la noche del escrutinio. Se trata de tres aproximaciones complementarias a un mismo fenómeno: la representatividad social de los diputados de Macron es débil y el triunfo de la abstención el 18 de junio presagia una posible reacción de la calle en cuanto el presidente pase de la palabra y las promesas a los hechos.

De tal manera de que quizá la consagración de Emmanuel Macron como líder europeo depende de la respuesta social que eventualmente desencadene la aplicación en Francia de grandes reformas estructurales. Significa que la activación del eje franco-alemán no podrá ser eficaz o útil si el presidente debe afrontar la impugnación de su programa en la vía pública o si las elecciones legislativas en Alemania (24 de septiembre) recortan la iniciativa de Angela Merkel, algo que hoy nadie prevé. La idea de que Macron puede ser un líder europeo, aunque no lo sea en su país, es poco realista y se contradice con la inmensa mayoría de precedentes en la historia del eje, esa estructura de facto que condiciona las políticas europeas desde la firma del Tratado de Roma.

Escribe Héctor Sánchez Margalef: “Desear que la UE funcione de otra manera no te convierte automáticamente en un fervoroso seguidor de Marine Le Pen. De la misma manera que el euroentusiasmo de Emmanuel Macron no garantiza por sí solo el regreso de la confianza en el proyecto europeo”. Porque la hiperactividad europeísta del presidente de Francia no se ha traducido por el momento en ninguna medida concreta; se ha limitado a ser una mezcla de declaraciones que aconseja practicar el viejo principio de esperar y ver a falta de elementos de juicio concretos.

Jean d’Ormesson, miembro de la Academia Francesa, hizo pública una carta de apoyo a Macron entre la primera y la segunda vuelta de la elección presidencial, no sin recordar al entonces candidato que disentía de él en muchos apartados y que su apoyo no era –no es– un cheque en blanco. Lo que el veterano conservador subrayaba era la necesidad de contener al Frente Nacional, pero, alcanzado este objetivo, prevalece la idea de que el voto de aluvión que ha llevado a Macron al Eliseo y la mayoría parlamentaria en que se apoya no es garantía de nada, sino un formidable desafío para un país a menudo ensimismado, asustado o desorientado, donde el escepticismo suma adeptos cada día. Y el dosier europeo no es inmune a la atmósfera de desconfianza en el futuro que aconseja esperar y ver.

 

Elección moral en Francia

El titulado como gran debate de la segunda vuelta de la elección presidencial en Francia fue, en realidad, el miércoles pasado, el ruidoso debate o el atropellado debate. Al sentar en el estudio de France 2 a la última representante de la peor tradición política de Francia, la confrontación de programas dejó de serlo y la pantalla devolvió a los espectadores la imagen de un país dividido entre el oportunismo sin escrúpulos de la ultraderecha recalcitrante y el posibilismo europeísta del establishment. Al arreciar la discusión salió a la superficie la versión más abrupta de dos Francias, de dos Europas, de dos futuros posibles que se enfrentan elección tras elección en sociedades descoyuntadas por el astronómico coste social de la crisis económica, el terrorismo global, la crisis migratoria y las proclamas milagreras de diferentes formas de populismo.

Sentados frente a frente, Emmanuel Macron y Marine Le Pen representaron una pugna planteada en términos parecidos y con propósitos similares a las habidas antes en Austria y en Holanda, y es de prever que habrá en septiembre en Alemania. Envuelto todo en esta sensación inevitable de que Macron está en condiciones de utilizar pulcramente la pala de pescado mientras Le Pen maneja el cubierto como un instrumento adecuado para arremeter contra un comensal en caso de necesidad. Aun sin ver en Macron la gran esperanza blanca para rescatar a Francia del estancamiento, es fácil descubrir en su contrincante el torvo rostro de un pasado indecente, de la más deshonrosa hora de Europa y de Francia, de las algaradas callejeras de Action Françaises en los prolegómenos de la gran hecatombe, de aquel antisemitismo encubierto más tarde con la negación del Holocausto. Después de escuchar la otra noche a la candidata del Frente Nacional no hace falta recurrir a grandes digresiones para concluir una vez más que el huevo de la serpiente ha vuelto a ser fecundado y puede eclosionar en cualquier lugar, en cualquier momento.

Nada queda de la tradición de los grandes debates con argumentos elaborados. En una discusión en la que Marine Le Pen acusa a su adversario, sin asomo de prueba, de ocultar dinero en un paraíso fiscal –una forma de posverdad– y Emmanuel Macron tacha de indigna a su contrincante no queda espacio para la justa versallesca. Nada se tiene en pie sobre el tapiz político de la habilidad dialéctica y la frase justa tantas veces admirada en los debates televisados franceses: hoy la discusión se desarrolla en un ring en el que una de las partes se siente a gusto y la otra debe reconocer que si no acepta las reglas del juego, puede caer en la lona, vencida por la simplificación dual típica de los populismos tabernarios: el pueblo frente a la casta, la nación frente a los inmigrantes, el legado cristiano frente a la invasión musulmana, la nación frente a Europa, la gente frente al sistema (todas las ideologías metidas en el mismo saco). El griterío ensordecedor de la camada ultra ha logrado imponer un código de conducta, una agenda, si se quiere, que ha contaminado la política francesa y a un sector importante –el 40%, puede que más– de los electores que este domingo acuden a votar.

A la vista de la ausencia de Jean-Luc Mélenchon, estandarte de la nueva izquierda –los insumisos–, en los esfuerzos para movilizar al electorado contra Le Pen más que en favor de Macron, nadie diría que la confrontación tiene un componente moral evidente, en defensa de la dignidad de la política, en contra de la demagogia y de los eslóganes hirientes. Toda elección tiene un ingrediente moral, pero en este caso se trata de un factor capital en la discusión en curso para evitar que la autoridad quede en manos de la cultura política del odio. El hecho de que hasta el griego Yanis Varoufakis, un radical sin reservas, alerte acerca de los riesgos de la abstención y del voto en blanco descalifica de por sí a Mélenchon, afecto a un oportunismo electoral –la vista puesta en las legislativas de junio– demasiado cercano a la muy difundida creencia en según qué ambientes de que cuanto peor, mejor.

Basta repasar la historia del Frente Nacional desde las elecciones de 1974, cuando la candidatura de Jean-Marie Le Pen no pasó de ser una curiosidad pintoresca a pie de página, para entender que ha mutado en amenaza auténtica para el pacto republicano, los usos democráticos y la implicación de Francia en un futuro proyecto político europeo más seductor que el actual. Pero basta también comparar la situación presente con la de la primavera del 2002, cuando la unidad republicana garantizó la reelección de Jacques Chirac frente a Le Pen, para medir hasta qué punto la descomposición del bloque a izquierda (seguidores de Mélenchon) y derecha (seguidores de François Fillon), siembra el escepticismo y alimenta toda clase de dudas. Y basta, en fin, recordar el pobrísimo resultado obtenido en la primera vuelta por Benoît Hamon, el candidato del PS dejado a su suerte por François Hollande y Manuel Valls, para calibrar hasta qué punto la descomposición de la izquierda clásica es un hecho irreversible, víctima la socialdemocracia de su apego a la Realpolitik sin matices en plena degradación del Estado del bienestar.

La victoria más que previsible de Macron no cambiará esencialmente los enunciados: los pilares de la Quinta República serán a partir de ahora otros, serán los de una intuida Sexta República sin mayorías concluyentes en el Parlamento, una extrema derecha robustecida, nuevas siglas en el centro –En Marche!– y en la izquierda alternativa, y la obligación inaplazable en el campo conservador y en el socialista de refundar aquello que hasta hace poco se antojaba inamovible. Como dice el politólogo Olivier Duhamel, las cosas seguirán cambiando, porque la llegada al Eliseo de un presidente con un partido recién fundado, la presumible mezcla de tecnócratas, independientes y algunas caras conocidas en el Gobierno que forme y la incógnita por despejar en las elecciones legislativas de junio configurarán un ecosistema político nuevo, seguramente menos estable, más deliberativo, menos articulado en torno a la figura del jefe del Estado.

Hace demasiado tiempo que funciona por inercia la Quinta República como para pensar que el próximo presidente podrá eludir los cambios que urgen para evitar males mayores a los presagiados durante una campaña tan encrespada. Ahí está en todas las esquinas de Francia la imagen de Marine Le Pen para recordar que el país afronta un final de ciclo plagado de riesgos extensivos a toda Europa.

Francia corre riesgos

La victoria de Emmanuel Macron, exministro liberal en un Gobierno socialista, solo dos puntos por encima de Marine Le Pen, extrema derecha xenófoba y antieuropeísta, no permite banalizar el éxito de esta última en la primera vuelta de la elección presidencial en Francia, sino subrayarlo con tinta roja. Solo 15 años después de que Jean-Marie Le Pen disputara a Jacques Chirac la presidencia de Francia, la hija del viejo caudillo ultra ha obtenido 2,8 millones de votos más que los que él logró en la primera vuelta del 2002 y, tanto o más importante que este dato, ha conseguido proletarizar el Frente Nacional (FN), hacerlo más transversal y agravar la división latente en una sociedad desorientada por dos presidencias sin logros –las de Nicolas Sarkozy y François Hollande–, por el descrédito de los grandes partidos, por el coste social de la crisis económica y por el desafío yihadista. Las bolsas europeas respiraron tranquilas el lunes, pero los vaticinios de una segunda vuelta en la que el voto ultra puede acercarse al 40% configuran una Francia nueva, con más de un tercio de los electores movilizados contra la tradición republicana y europeísta, conquistados por el nacionalismo primario “de un clan familiar cínico y sin escrúpulos” (Le Monde).

La presunta sutileza de los análisis que consideran un fracaso del FN no haber alcanzado el 30% en la primera vuelta, requisito mínimo para aspirar a la presidencia con fundamento en la segunda, no hace más que ocultar los riesgos que corre Francia, y por extensión Europa. Nada hay más alejado de las convenciones políticas, del pacto republicano y del equilibrio social que el populismo vociferante de Marine Le Pen envuelta en la bandera. Ese recurso a las emociones o a las esencias nacionales ha sido útil, por el momento, para dejar en ruinas el sistema de partidos característico de la Quinta República, puede serlo para hipotecar la gestión de futuros gobiernos si en las legislativas de junio alcanza el FN una representación significativa en la Asamblea de la República y puede serlo aún más si deja vía libre a los partidarios de agitar la calle, que los hay.

Marine Le Pen se refiere a la necesidad de una “unión nacional” para pedir el apoyo en las urnas el 7 de mayo, una apelación a la identidad antes que a los valores. Emmanuel Macron reclama la “unidad republicana” y, con ella, la del abanico político que va de los posgaullistas de François Fillon a la izquierda clásica, que se remite a los valores del pacto republicano más que a una nación en abstracto. No es esta una diferencia menor o secundaria, o al menos no debiera serlo cuando lo que está en juego no es solo la presidencia de Francia, sino la complicidad del país para rescatar a la Unión Europea de la lógica diabólica de la crisis permanente, de la herencia del Brexit y de diferentes modalidades de euroescepticismo, sazonado todo con las múltiples fobias estimuladas por la crisis de los refugiados, el terrorismo global y la lejanía de los tecnócratas de Bruselas.

De ahí que resulten sorprendentes las reservas de Jean-Luc Mélenchon, candidato de la izquierda emergente, para pedir el voto para Macron, como si fuese posible una alternativa, como si abstenerse o votar en blanco no fuese casi tanto como apoyar a Le Pen. Esa doctrina expresada en España por Podemos, según la cual la nueva izquierda no quiere de presidente ni a Macron ni a Le Pen, es una incongruencia, una contradicción en términos o una falta manifiesta de madurez política. Basta revisar las hemerotecas para comprobar que en el 2002, con bastantes menos riesgos a la vista, la izquierda votó sin fisuras a Chirac con una pinza en la nariz para cortar el paso a la demagogia intemperante de la ultraderecha. Fue un voto sin ilusión, pero fue un voto necesario o voto útil, que hoy vuelve a serlo a la luz del desafío a la decencia que plantea el FN en el seno de una sociedad crispada.

Quizá los cálculos para junio (elecciones legislativas), que serán el ser o no ser de conservadores y socialdemócratas, pero también la prueba del nueve de la fuerza electoral del FN y de la nueva izquierda, hayan llevado a Mélenchon y a los insumisos a abrazar la ambigüedad. Si es así, solo cabe concluir que son insensibles al “perfume nauseabundo” (Paul Quinio en L’Obs) que desprende el pulso de Le Pen al sistema, que lo es también a la viabilidad de la UE y a la gestión de los desequilibrios sociales. En la práctica, la actitud de Mélenchon se suma a la indefinición de muchos electores de Fillon, que acaso prefieran el 7 de mayo el nacionalismo sectario de Le Pen antes que el realismo europeísta de Macron. Esto es, en su afán por llegar a un puerto aceptable para llevar a la práctica un programa clásico de izquierdas, el progresismo de nuevo cuño acepta imprudentemente correr el riesgo de que la caverna desacredite el próximo domingo todas las encuestas con una victoria.

Es cierto que nada hace prever que esto suceda, pero tampoco creyó nunca el establishment que Donald Trump llegaría a la Casa Blanca y allí está, convertido en líder de la internacional populista, que impugna la vigencia de las sociedades abiertas, del mestizaje cultural y del auxilio a los más vulnerables. El desmantelamiento de facto de un sistema de partidos que ha dejado de ser reflejo de la estructura social de Francia hace posible cualquier cosa, incluida una fragmentación acelerada del bloque conservador y del bloque de centroizquierda, sumidos en una doble crisis, programática y de liderazgo, que solo en parte remedia el entusiasmo movilizador de En Marche!, el conglomerado que debe llevar a Macron al Eliseo. No es este un momento de reconstrucción del andamiaje partidista de la Quinta República, sino de protección de lo que de él queda, sin más complicidades entre viejos adversarios que proteger el sistema de quien lo desprecia.

Como aconsejó Paul Quinio la madrugada del escrutinio de la primera vuelta, Emmanuel Macron debe desconfiar de una victoria el 7 de mayo anunciada de antemano por los sondeos. “Es el primer síntoma de esta impalpable indiferencia que envuelve desde este momento el peligro Le Pen”, escribió el periodista, avisado de que el ambiente que se respira es el menos favorable de los imaginables para que prevalezca la tradición política heredada del diseño del Estado hecho por el general Charles de Gaulle. Vive sus últimos días aquel sistema basado en la alternancia entre socialistas y liberal-conservadores a partir de la victoria de François Mitterrand en 1981, y el Parlamento que saldrá de las elecciones de junio acaso esté insólitamente dividido con nuevos actores políticos ocupando una parte de los escaños. De ahí la importancia de que Francia cuente con un presidente que responda al nuevo espectro y, al mismo tiempo, defienda el anclaje del país en la UE para dar continuidad al eje franco-alemán, esencial en la marcha de los asuntos europeos desde los días de los padres fundadores. Un ejercicio de compromiso político ajeno a la demagogia de Le Pen.

 

Victoria europea a los puntos

Pasadas las elecciones holandesas, poco hay para celebrar salvo que Geert Wilders sigue en la reserva. Es poco realista presentarlo como el gran vencido después de ganar cinco escaños –de 15 pasa a 20– en el mismo envite en el que los liberales, a pesar de su derechización, han perdido ocho –de 41 a 33– y los socialdemócratas han descendido a los infiernos al dejarse por el camino 29 escaños –de 38 a 9–, todo lo cual obliga al primer ministro en funciones, Mark Rutte, ha articular una variopinta coalición de Gobierno. La idea de que la movilización de los votantes ha detenido a la ultraderecha xenófoba a las puertas del poder es solo parcialmente cierta, porque la presión del antieuropeísmo sobre el comportamiento de los partidos seguirá siendo muy grande, y ni Marine Le Pen en Francia ni Frauke Petry en Alemania se sienten impugnadas por el resultado holandés. Antes al contrario, las ratifica en sus convicciones: crecen las adhesiones al nacionalismo destemplado y decae la influencia de los partidos clásicos.

Tampoco es un gran éxito de la tradición liberal europea que en este juego de pérdidas y ganancias, el resultado de Rutte, menos malo de lo esperado, se deba en parte a la crisis con Turquía de los últimos días de campaña, tan poco edificante y llena de un indiscutible valor simbólico. Porque ese desahogo in extremis ha puesto de manifiesto que el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, está en condiciones de marcar la agenda mediante su recurso a un nacionalismo islamizado, y ha confirmado que la Unión Europea hizo el peor de todos los negocios posibles al convertir Asia Menor en un contenedor de refugiados y pagar por el servicio a un dirigente cada día más imprevisible. Da la impresión de que Europa es rehén de su disparate y Turquía, la gran beneficiada, en disposición de utilizar la suerte de tres millones de refugiados en defensa o apoyo de sus intereses.

Si lo políticamente correcto es alegrarse después de cada convocatoria electoral porque no ha salido ganador un adversario de la UE, sin hacer nada para neutralizar las causas del ascenso ultra, es de temer que finalmente alguno de los nuevos profetas de la nación excluyente se instale en la cima. De hecho, Viktor Orbán reina en Hungría y tiene un creciente poder de convocatoria entre los socios del este, la primera ministra de Polonia, Beata Szydlo, es una nacionalista sectaria, y aquí y allá asoman aprendices de brujo que ven en Europa una buena oportunidad para hacer negocios, pero no quieren saber nada de consolidar estructuras políticas supranacionales. Solo es cuestión de tiempo que el populismo ultra dé el sorpasso en un gran Estado para que la crisis de identidad europea se agrave, salvo que antes los llamados ahora cuatro grandes –Alemania, Francia, Italia y España– reaccionen para suturar las heridas de la crisis social, rescatar el proyecto de una lógica meramente economicista y volver a la política.

Mientras la reacción no se produzca, el programa neolibreal apoyado por los líderes europeos seguirá provocando deserciones, alimentará el discurso antieuropeísta y dará facilidades a terceros para utilizar la debilidad europea en interés propio (hoy, Erdogan; mañana, Donald Trump; al siguiente, ya se verá). Cuando Jean-Claude Juncker acude en apoyo de Rutte en su disputa con Turquía –“es Turquía la que quiere unirse a Europa, no Europa a Turquía”–, logra llamar la atención un momento, pero en el segundo siguiente se impone la realidad: Europa ha decidido que necesita a Turquía para no encarar con sus propios recursos y el consiguiente precio político la gestión de los flujos migratorios, esa crisis de los refugiados que es un compendio de todas las incapacidades imaginables, un baldón en la historia reciente de la UE. Cuando se invoca la cohesión social, el auditorio aplaude, pero luego el castigo infligido a Grecia, condenada a la depauperación, trae de vuelta la realidad. Cuando se habla de ciudadanía europea se hace como si nadie la discutiera, pero es solo un espejismo: enseguida piden la palabra los partidarios de que prevalezcan las identidades nacionales, los poderes nacionales.

Resulta francamente desmoralizador comprobar que, para neutralizar el ascenso populista, la táctica seguida ha sido derechizar los programas de los partidos que más directamente se sienten amenazados. Mark Rutte no es una excepción. Ahí está François Fillon, atascado en las encuestas a causa de su nepotismo exarcebado y su imputación en los tribunales, o la rectificación sobre la marcha de Angela Merkel para contener a Alternativa por Alemania –nacionalismo germánico enardecido– y a la socialdemocracia renacida de Martin Schulz a través de una versión restrictiva de su estrategia para acoger a los refugiados. Ahí está la incapacidad compartida por la mayoría de gobernantes para movilizar a la opinión pública frente a ofertas políticas ultraderechistas, un fenómeno que mantiene viva la sospecha de que, a decir verdad, la floración de demagogos en todas partes configura un escenario idóneo para radicalizar los programas conservadoras poscrisis so pretexto, se dice, de salvaguardar el modelo europeo, cualquiera que este sea.

Hay demasiados precedentes ominosos en la historia europea como para conformarse con esta victoria a los puntos en Holanda. Basta recordar que las encuestas otorgan la victoria a Marine Le Pen en la primera vuelta de las presidenciales en Francia, que un candidato xenófobo quedó a un paso de convertirse en presidente de Austria, que la Liga Norte en Italia tiene viento de popa. Estos datos, unidos al hecho de que en la próspera, culta y liberal Holanda un millón de electores no han tenido mayor reparo en votar por Wilders, son un mal presagio; por lo menos son una inquietante advertencia: ninguna comunidad está a salvo de poner su futuro en manos de los peores demonios familiares. Sobre todo cuando se siente amedrentada por un futuro indescifrable.