Rusia, condenada a una crisis

“Si Rusia no empieza hoy su modernización, corre el riesgo de convertirse mañana en un país del Tercer Mundo”, vaticinó en el 2012 el analista IgorYurgens. Dos años antes, varios líderes políticos, exdirigentes de la Unión Soviética, economistas y empresarios habían dado público apoyo a un proceso de modernización acelerada de la economía rusa, excesivamente dependiente de la exportación de energía y, por esa razón, de las fluctuaciones de un mercado sometido o influido a todas horas por los vaivenes de la política. La caída de los precios del petróleo a finales de 2008 puso en evidencia la debilidad de los países dependientes del monocultivo del petróleo, fuente principal de los ingresos en dólares, y hoy como ayer vuelven a cernirse sobre la economía rusa los peores presagios –la caída en picado del rublo, la escalada inflacionista y la contracción del mercado interior–, agravados por las sanciones de Occidente a causa de la crisis de Ucrania.

En realidad, el rosario de datos concatenados que determinan las dificultades de la economía rusa revelan hasta qué punto es esta vulnerable. No solo porque carece de alternativas rentables e inmediatas para compensar el efecto de las sanciones impuestas por Occidente, sino porque está a merced de las fluctuaciones del precio del petróleo, que está condicionado por la capacidad de producción y distribución de la OPEP y la acumulación de reservas en todo el mundo. Por utilizar la terminología al uso, Rusia tiene una muy limitada capacidad de resistencia, aunque durante la presidencia de Dmitri Medvédev, gracias al buen momento de las relaciones ruso-estadounidenses, la impresión fuese otra.

Según un artículo de William E. Pomeranz distribuido por la agencia Reuters, “la espectacular caída del precio del petróleo supone un descenso de las rentas del Estado y menos dinero para los ambiciosos proyectos de gasto militar y social de Putin”, que debe unirse a la fuga de capitales, cuya cuantía es imposible calcular. En cualquier otro escenario que no fuera el ruso, se diría que se dan las condiciones para una crisis social o, al menos, hay el riesgo cierto de que se produzca, pero en el proceso de rearme moral colectivo emprendido por el Kremlin a raíz de la crisis ucraniana y del consiguiente distanciamiento de Estados Unidos y de la Unión Europea, es posible que, a pesar de los pesares, siga influyendo más el reflejo nacionalista que el efecto inmediato de la crisis económica.

Eso es, al menos, lo que daban a entender las encuestas de hace solo un mes, que otorgaban a Putin un índice de aceptación de alrededor del 80%. Cosa distinta es que el restablecimiento de la grandeza de Rusia como gran potencia sea viable sin una economía que no dependa solo de las fluctuaciones del precio del petróleo y de la exportación de gas. Porque cuando la propaganda rusa amenaza con buscar otros clientes para sustituir a los recelosos europeos, oculta un dato: solo China puede compensar una disminución significativa de las ventas en el mercado europeo, como ha entendido Vladimir Putin, que ha firmado acuerdos de suministro con los gobernantes chinos que empezarán a aplicarse en el 2018. E incluso así, la falta de acuerdo para el gaseoducto South Stream, que debe conectar la red rusa a la de la UE por Bulgaria después de cruzar el lecho del mar Negro, daña sin remisión la política de ventas diseñada por Gazprom, la primera empresa rusa, para evitar el paso del combustible por Ucrania.

De ahí a concluir que la decisión de la OPEP de mantener la producción –30 millones de barriles diarios– está relacionada con la situación de Rusia media solo un paso. A pesar de los datos que reflejan una caída del consumo, un aumento de las reservas y un descenso de las importaciones en Estados Unidos a raíz de la explotación de los yacimientos de esquisto, indicadores todos ellos que aconsejarían una disminución de las extracciones, la reacción ha sido justamente la contraria y el barril de Brent se ha situado por debajo de los 70 dólares –llegó en junio a los 115 dólares–, con grave perjuicio para monocultivadores de energía como Venezuela o Irán, sin otro producto que exportar, o para aquellos con una presencia muy limitada en otros campos, caso de Rusia. Dicho de otro modo: la decisión impuesta a la OPEP por Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo es hija seguramente de la determinación de Estados Unidos y sus aliados de presionar indirectamente a Rusia sin sufrir o afrontar el desgaste político de un nuevo motivo de tensión después del de Ucrania.

Hay en este relato ingredientes suficientes para vislumbrar una nueva guerra fría posmoderna en la que ya no cuentan tanto la ocupación de áreas específicas, con la consiguiente parafernalia nuclear y la rivalidad entre modelos económicos diferentes, sino el recurso a la economía global para domeñar voluntades. La economía rusa dejó de ser, con el hundimiento del bloque socialista, la isla no contaminada o no relacionada con la red de intereses de la economía occidental, y no puede sostener por tiempo ilimitado la situación actual so pena de aceptar un empobrecimiento acelerado de la clase media surgida de las privatizaciones, las inversiones extranjeras y la exportación de energía como instrumento casi exclusivo para financiar la modernización del país. Las compras de propiedades hechas en dólares y euros, que son ahora inasumibles a causa de la devaluación incesante del rublo hasta perder un 40% de su valor, constituyen el ejemplo más llamativo de una situación que puede llegar a ser insostenible para el grupo social que ha asentado en el poder el nacionalismo encarnado por Putin.

En el trabajo Rusia en el siglo XXI. Una visión para el futuro, del año 2010, varios autores insisten en que las élites no lograron llevar a la práctica el programa de modernización necesario para no ser un país diferente. Pero enseguida surgió en aquel entonces la respuesta del bando contrario a cambiar las coordenadas políticas rusas con el argumento harto discutible de que los fracasos en materia económica no significan que sea necesario un cambio en el sistema. Por el contrario, el artilugio constitucional que llevó a Medvédev a la presidencia para permitir luego el regreso de Putin al frente del Estado se entendió como una garantía de progreso, cuando en la práctica cegó las vías de acceso a cambios políticos significativos, a la alternancia en el poder de diferentes opciones y a la competencia entre programas. Que esto fuese útil en un primer momento, final de la década de los 90, para atajar la decadencia sin remisión de la Rusia de Boris Yeltsin no significa que lo sea ahora para guardar los estandartes en el cuarto de banderas, abordar la crisis ucraniana con realismo y dar con una solución equilibrada que no sea una claudicación, pero que permita acabar con la incertidumbre de una economía en caída libre.

Es posible que en algún momento pensara Putin que podía derrocar al Gobierno de Ucrania, como ha escrito Paul Krugman, pero tal ensoñación se desvaneció en cuanto se multiplicaron en Occidente los valedores del Gobierno de Kiev. Se trató de un gesto lleno de oportunismo, de un desafío a la convicción de Putin de que sólo él tiene derecho a mantener ordenado y a su conveniencia el vecindario más inmediato, pero fue un acontecimiento decisivo para consagrar la división ucraniana, hacer de la guerra una enfermedad crónica y abrir un paréntesis para reflexionar. Lo que se cruzó luego en el camino del presidente ruso fue el cambio acelerado en el mercado de la energía, la falta de alternativas para cobrar en otros caladeros los dólares de menos obtenidos en los yacimientos de gas y petróleo.

Aun así, no creía Krugman este último verano que se diesen en el libro de ruta de las finanzas globales las condiciones necesarias para la concreción de una nueva guerra fría. Aludía el economista a la probada capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de situaciones, pero, y siempre hay un pero, en aquel tan cercano como lejano último agosto no ensombrecía las murallas del Kremlin la densa nube de la crisis social que ahora se teme o se presiente. Y Occidente no estaría libre de culpa si se cumpliera la sabia creencia de que cualquier situación siempre es susceptible de empeorar.

Paraísos perdidos en Ucrania

Al cumplirse un siglo del inicio de la primera guerra mundial y observar el état d’esprit de los europeos que el verano de 1914 sintieron que la tierra se hundía bajo sus pies, se comprende por qué cuatro años más tarde cundió la impresión de que, hasta el primer cañonazo, el continente era un paraíso, perdido para siempre en los campos de batalla. El escritor Henry James, con 70 años cumplidos, vio en cuanto sucedía “un colapso de nuestra civilización”. Mientras se alzaban algunas voces para alertar de la tragedia, se desbocó la emotividad, la defensa de la nación, la lucha por preservar la identidad propia por encima de cualquier otra consideración. Nadie era capaz de explicar muy bien cómo se había llegado a aquella situación explosiva, pero el entusiasmo y la fe en la victoria se adueñaron de las multitudes hasta que la guerra de las trincheras, los millones de muertos, la destrucción de las ciudades y la quiebra económica revelaron la auténtica naturaleza de la catástrofe.

Hoy no hay uniones sagradas como la que alumbró en Francia la fe en la guerra y sumó al Gobierno lo mejor de la nómina política, incluido Léon Blum, sucesor en la dirección socialista de Jean Jaurès, asesinado en París el 31 de julio de 1914, cuando la guerra iba por su tercer día. En nuestro tiempo, los nacionalismos agresivos son vistos con desconfianza, cuando no con temor. La lección de la segunda guerra mundial y la construcción de la Unión Europea han sofocado las rivalidades entre estados. Nadie, en fin, está dispuesto a subir a la tribuna para pronunciar un discurso incendiario que apele a las armas, pero Europa está lejos de disfrutar de la paz perpetua kantiana, puesta al servicio de la prosperidad y de la buena marcha de los negocios.

Henry James vio en el estallido de la primera guerra mundial “un colapso de nuestra civilización”. Retrato del escritor pintado en 1913 por John Singer Sargent.

Como ha subrayado estos días Timothy Garton Ash, profesor de la Universidad de Oxford, el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania adquirió una dimensión mundial –“estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”– en el momento en que un misil derribó el vuelo MH-17 y segó la vida a 298 personas que viajaban de Amsterdam a Kuala Lumpur. El orden de magnitud de la crisis ucraniana creció de tal forma que una vez más los problemas de Europa pusieron en guardia al resto del planeta, y adquirió todo su sentido el temor expresado por algunos laboratorios de ideas estadounidenses de que la pasividad o la contención europeas pueden agravar el conflicto. Y en esas estamos. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, entre tanto, se encuentra ante el dilema de dar por perdido para su causa el este de Ucrania o aumentar su implicación con los secesionistas “hasta el punto de que será evidente para el resto del mundo que asistimos a una guerra entre Ucrania y Rusia”, como explica Andrew C. Kuchins en la web del Centro Internacional de Estudios Estratégicos.

Aunque nada es seguro en una atmósfera tan volátil como la de las relaciones entre Occidente y Rusia, no es desmesurado esperar que alguna consecuencia de calado tendrá el derribo del avión. Si no fuese así, los riesgos futuros serían mucho mayores que los del presente porque la comunidad internacional dejaría impune un crimen que alimenta los peores sentimientos a un lado y otro del conflicto. La falta de acción ayudaría a incubar el huevo de la serpiente –euroescepticismo, nacionalismos desbocados, agravios comparativos, ensoñaciones panrusas, añoranza del pasado, crisis energética y muchos etcéteras– y a decepcionar a una opinión pública asustada y a la vez indignada por el derribo del avión de Malaysia Airlines.

En la muerte de 298 inocentes no hay sitio para un desenlace prefabricado que deje a salvo a todos los actores determinantes de la situación en el este de Ucrania. Si así fuera, si el objetivo fuese construir un relato de lo sucedido tan improbable como tranquilizador, habría que girar la vista un siglo atrás para contemplar hasta qué punto el falseamiento de la realidad puede empeorar las cosas. Aunque la primera guerra mundial fuese una guerra de elección, por aplicar a la contienda el léxico hoy en vigor, lo cierto es que los adversarios reunieron la suficiente masa crítica de agravios sin solución, tensiones territoriales, rivalidades económicas, nacionalismos exacerbados y falta de realismo como para llegar al día D convencidos de que todas las respuestas estaban en el campo de batalla. Acaso como sucede en nuestros días en Ucrania entre una parte de la nación que mira a Occidente, porque persigue el sueño de la prosperidad, aunque requiera someterse a los dictados de la economía global, y otra que echa en falta aquellos tiempos de la existencia de la URSS en los que Ucrania era una de las piezas de una entidad política de influencia planetaria que coadministraba con Estados Unidos los destinos del mundo.

El profesor Timothy Garton Ash sostiene que “estamos ante una amenaza contra todo el orden internacional”.

Para los ucranianos que hablan ruso y sueñan en el pasado, la URSS es el paraíso perdido en el que, además, nadie impugnaba el uso de su lengua y la proyección de su cultura. Para el nacionalismo ruso que encarna Putin, sigue en vigor el principio según el cual los límites de Rusia llegan hasta donde se habla ruso. Ambos sentimientos se complementan y constituyen la piedra sillar sobre la que se asienta la sublevación de los ucranianos de estirpe rusa; en ambos discursos hay dosis desmedidas de populismo, pero son de una eficacia manifiesta y quienes mejor los entienden –utilizan– son los diferentes nacionalismos europeos que reclaman un castigo ejemplar a Rusia y sus protegidos y, de paso, acuden a Bruselas con el único propósito de demostrar que la UE no es más que un proyecto inviable que atenta contra los derechos históricos de las naciones a escribir su futuro.

Pudieran enumerarse más ingredientes para completar el cuadro de riesgos que agavilla la crisis ucraniana, pero con una muestra es suficiente para comprender que no es poco lo que está en juego en términos de seguridad colectiva y equilibrio de poder entre las dos Europas. Estamos ante la rapidísima liquidación de un proyecto vislumbrado por Occidente que incluía el sometimiento de Rusia a sus designios, debilitada la gran nación por la quiebra del comunismo y una economía desvencijada. Incluso el tipo de sanciones estudiadas estos días por la UE, encaminadas a dañar el aparato económico ruso, remiten a esa idea solo cierta en parte de que los desafíos de Putin son los de un nacionalista con pies de barro. Pero desde la debilidad de la Rusia surgida del desmembramiento de la URSS –tiempos de Boris Yeltsin– a la república de los oligarcas que administra Putin hay un corto y a la vez intenso recorrido histórico que ha engranado los intereses rusos con los de la economía global, ha vinculado la banca y la industria alemanas a la economía rusa y ha hecho de Gazprom, sin comparación posible, el primer exportador de energía.

Esa realidad pone en peligro el empeño europeo de no diluir en los asientos contables de las multinacionales la indignación por la suerte corrida por el vuelo MH-17. De la misma manera que permite albergar toda clase de dudas en cuanto a la disposición de poner barreras a la exportación a Rusia de tecnologías de doble uso como sucedía en el pasado –tiempos de la guerra fría–, cuando el tratado Cocom, suscrito por los socios de la OTAN, prohibía la exportación al Este de toda mercancía de uso a la vez civil y militar. ¿O es que la guerra fría es otro paraíso perdido en donde la seguridad quedó garantizada a partir de octubre de 1962 –crisis de los misiles de Cuba– y resultaba más fácil la gestión de cualquier imprevisto sin comprometer la seguridad mundial? ¿Acaso hay que echar de menos aquel tajante reparto de papeles entre Estados Unidos y la URSS, que desviaban sus disputas hacia conflictos regionales que garantizaban la paz a las superpotencias y a sus aliados más próximos?

El escritor Albert Camus compartió con muchos la opinión de que “los mitos tienen más poder que la realidad”.

“Los mitos tienen más poder que la realidad”, decía el escritor francés Albert Camus, y puede que en el ánimo de muchos ucranianos rusohablantes el mito de los bienes prodigados por el pasado soviético, reflejado por Marc Marginedas en una información publicada por EL PERIÓDICO, pese más de lo que en realidad fueron aquellos tiempos. Porque esa realidad pasada, aunque no tan lejana, se atiene a otra sentencia de Camus: “He comprendido que hay dos verdades, una de las cuales jamás debe ser dicha”. Esa verdad que debe permanecer oculta permite realzar la otra, la que ahora conviene a la causa de los separatistas ucranianos y del nacionalismo de Putin: que la comunidad rusa, protegida por la URSS, dejó de estarlo al independizarse Ucrania y, en consecuencia, es deber de Rusia acudir al rescate de los agraviados. ¿Es posible encajar esa política de las emociones en la obligación inexcusable de esclarecer quiénes derribaron el avión? Y, si no lo es, ¿cabe temer una burda mixtificación de la realidad para que no zozobre la nave de los intereses creados y siga su curso hasta alcanzar las costas del paraíso de la economía global? ¿O, como dice Timothy Garton Ash, “debemos explicar con más claridad qué es legítimo” para afirmar luego, sin asomo de duda, que si la comunidad internacional, Rusia incluida, no es capaz de llevar ante la justicia a los canallas que derribaron el avión, la desvergüenza habrá suplantado a la política?

Todo ha fallado en Irak

Los peores presagios se han hecho realidad en Irak, al borde del abismo a causa de la irrupción irrefrenable de los yihadistas sunís del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), el sectarismo del primer ministro Nuri al Maliki (chií) y el alejamiento de Estados Unidos del campo de batalla. Lo que se apuntó como una posibilidad en el 2003 a raíz de la invasión anglo-estadounidense, la quiebra del Estado y el desmembramiento de la comunidad iraquí, se avizora hoy en un horizonte sembrado de cadáveres, rivalidades regionales, enfrentamiento religioso y la sensación de que se está en el comienzo de un proceso paulatino de desestabilización cocinado a fuego lento por la guerra de Siria, que en marzo cumplió tres años, y la incapacidad de los gobernantes iraquís de salirse del comunitarismo para asentar el Estado. Todo cuanto ha sucedido en Irak desde que el EIIL tomó Mosul se ajusta a un guion donde el punto de partida es la ausencia de un Estado eficaz: la huida en desbandada del nuevo Ejército iraquí, el concurso de antiguos baazistas en el bando suní para combatir a los gobernantes de Bagdad, el llamamiento desgarrado del ayatolá Alí al Sistani para que la grey chií se sume a la lucha contra los islamistas sunís, el apoyo de los peshmergas –combatientes kurdos– a la ofensiva y una serie prodigiosamente variada de matrimonios de conveniencia que solo se sostienen en la atmósfera de la guerra.

De todas estas uniones por interés, la más razonada, razonable y previsible es la de Estados Unidos y Occidente en general con Irán. La rehabilitación a toda máquina de la república teocrática es posible porque, en el descoyuntamiento de la región, los ayatolás pueden desempeñar el papel de aliados estables en el golfo Pérsico, aunque sea a costa del disgusto de los saudís (sunís muy conservadores), que mantienen una pugna histórica con los chiís –los iranís– por la hegemonía en medio de un mar de petróleo. A punto de acotarse el alcance del programa atómico impulsado con entusiasmo por el anterior presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el pragmatismo de su sucesor, Hasán Rohani, puede transformar a Irán en el socio necesario para desespero del frente neocon, que en el 2002 colocó a Irán en el eje del mal.

Barack Obama “habla de cambio climático mientras Irak vive a sangre y fuego”, clama Dick Cheney, vicepresidente con George W. Bush y primer promotor de la invasión de Irak en el 2003. “La intervención del 2003 no es responsable del caos iraquí”, ha escrito el exprimer ministro británico Tony Blair en las páginas del diario francés Le Monde. Algunos diputados conservadores alarman al establishment al buscar algún resquicio legal para llevar a Blair ante el juez por haberse sumado a la campaña del 2003. El escritor franco-marroquí Tahar Ben Jelloun se lamenta de que “Bush hijo no sea procesado por sus crímenes”. Y Dominique de Villepin, ministro francés de Asuntos Exteriores en los aciagos días de la invasión que se opuso a ella sin concesiones, se permite señalar tres fracasos en aquella operación que cambió el semblante de Oriente Próximo: la guerra contra el terrorismo, el cambio de régimen y la ausencia de una construcción nacional según la pensaron la Casa Blanca y el Departamento de Estado al poner en marcha la maquinaria militar.

Quizá sea cierto que hay en marcha una operación para desmembrar Irak, como ha declarado Al Maliki a la emisora de televisión Al Manar, instrumento del movimiento chií libanés Hizbulá, pero al emitir ese diagnóstico soslaya su propia responsabilidad en la crisis y, al mismo tiempo, refuerza la idea de los fracasos enumerados por Villepin. La publicación progresista británica New Statesman se refiere sin tapujos a la “desgracia de tener a Nuri al Maliki de primer ministro”. “Los chiís que dominan el Gobierno –explica– han trabajado de forma asidua para alienar la minoría suní y su mal gobierno ha contribuido profundamente a las presentes dificultades”. Y la decepción que transmiten los diplomáticos y funcionarios extranjeros que han estado en Irak abunda en mensajes de parecido tenor, como si la crisis de las mezquitas de 2006-2007 y la fractura social después de tres guerras –contra Irán (1980-1988), la intervención internacional de 1991 y la invasión del 2003– no hubiesen emitido suficientes señales de alarma para buscar un punto de encuentro de las tres comunidades que engloba Irak: sunís, chiís y kurdos.

Pero quizá la señal más elocuente del estrepitoso fracaso cosechado por Al Maliki y, de rebote, por Estados Unidos sea la debilidad de un Ejército que ha respondido a la presión islamista ausentándose del campo de batalla y dejando armas y bagajes a disposición del enemigo. Si alguien dudó alguna vez de que uno de los grandes errores cometidos por la Administración de George W. Bush fue desmantelar el Ejército de Sadam Husein, la suerte de los combates en Mosul, Tikrit y otros lugares no puede ser más esclarecedora: llevaban razón quienes dijeron que asentar un Ejército de nueva planta requiere un mínimo de 20 años; es una labor que no se puede improvisar aunque Estados Unidos se encargue de la operación y destine a ella grandes cantidades de dinero en forma de instructores y material de última generación. Lo que sucedió al desvanecerse el Ejército de Sadam Husein fue que creció exponencialmente la capacidad de resistencia al invasor de diferentes formas de guerrilla y, al mismo tiempo, las nuevas fuerzas armadas aparecieron ante una parte muy importante de la opinión pública iraquí como el brazo represor de un régimen impuesto, sometido a intereses foráneos. Y esa percepción sigue vigente.

La posibilidad de que se pase del rompecabezas a una guerra civil ahora incipiente depende de varios factores. El primero de ellos es comprobar hasta qué punto la calle iraquí, no las milicias organizadas de sunís y chiís, se suma a la lucha en cada bando con sus propios medios, como aventura que podría suceder Hayder al Khoei, investigador asociado al think tank británico Chatham House. Solo una intervención significativa de Estados Unidos puede evitar o al menos limitar una escalada cualitativa como la apuntada por Al Khoei, algo que, por lo demás, queda bastante lejos de las intenciones del presidente Obama, partidario que apoyar al Gobierno iraquí sin que un solo soldado ponga pie a tierra, y previo abandono del sectarismo por parte de Al Maliki. ¿Acaso se está ante una nueva muestra de que los tiempos de la unipolaridad y de la hiperpotencia han pasado a la historia? La respuesta del politólogo francés Dominique Lagrange se acerca bastante a la realidad: “No hay un polo en el sentido de un líder con capacidad de atracción, ni siquiera varios. Hay una centralidad de Estados Unidos en la estructuración de lo internacional”. Nunca la posguerra fría estuvo más lejos de constituir un sistema estable de relaciones entre los estados.

Al favor de esos vientos de guerra que de Siria han llegado a Irak, y acaso sigan su curso en busca de nuevos horizontes, se concretan dos realidades que, no por esperadas, resultan menos deplorables. La primera es el reforzamiento de Bashar el Asad, que combate a una oposición en la que el EIIL es de largo el grupo armado más dinámico, mejor instruido y que dispone de mejor material. La segunda es la tensión en los mercados energéticos, con un ojo puesto en la suerte final del gas ruso que debe fluir hacia Europa Occidental a través de Ucrania y otro atento al futuro de los pozos de petróleo iraquís. Resulta tan escabrosa la hipótesis de una tolerancia indirecta del régimen sirio, por tratarse de un mal menor, como la probabilidad de que las víctimas más vulnerables de la crisis económica vean agravada su situación por la arrogancia de cuantos se sumaron a la soberbia del trío de las Azoras para desmantelar Irak.

Por más recursos que dediquen los gabinetes de propaganda a deformar la realidad política presente, es improbable que gane adeptos el estado de ánimo de Blair: “Debemos desprendernos de la idea de que nosotros hemos provocado esta situación. No es cierto”. A cada muerto que se suma al parte de bajas crece la convicción de que el relato de la guerra de Irak partió de una falsedad –la existencia de armas de destrucción masiva–, dio pie a otra falsedad –el apoyo popular a la edificación de un nuevo régimen– y se ha instalado en una tercera falsedad –la viabilidad del nuevo Estado–, que ha quedado al descubierto en cuanto los fundamentalistas islámicos han dado la orden de ataque. Y esa construcción en paralelo a la versión oficial es tan convincente que es imposible imaginar que pueda imponerse la otra, la que pretende desviar el foco hacia causas y circunstancias locales.

¿Qué ha fallado en Irak? fue el título de la edición española de un libro firmado por el general estadounidense Wesley K. Clark. La respuesta hoy no puede ser más simple: todo. Las palabras pronunciadas por el presidente Bush poco antes de empezar la guerra suenan hoy a dramático sarcasmo: “Un Irak liberado puede poder de manifiesto el poder que tiene la libertad para transformar una región tan importante”. En la práctica, la liberación adquirió la naturaleza de guerra preventiva y la transformación llevó al país al desorden. La capacidad de contagio de ese desorden es inconmensurable.

Putin mira a China sin olvidar Europa

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha encontrado el mejor antídoto a las sanciones acordadas por Occidente a raíz de la crisis de Ucrania: la firma de un contrato para suministrar gas a China durante 30 años a partir del 2018 por un valor de 300.000 millones de euros. Si ya era muy limitada la disposición europea de imponer sanciones a Rusia antes de suscribirse el acuerdo, a partir de entonces aún es menor. Mientras en las cancillerías de la Unión Europea se sigue sin disponer de una respuesta clara a la gran incógnita del impacto que la situación en Ucrania tendrá en el suministro de gas y en el precio, el contrato firmado por Putin y por el presidente de China, Xi Jinping, a razón de unos 260 euros los mil metros cúbicos, induce a pensar que se avecinan tiempos difíciles. O, quizá, días de pactos inaplazables para evitar que el gas se convierta en un elemento de presión recurrente.

Aunque en la campaña de las legislativas europeas se ha hablado a veces de Ucrania, pero casi nunca del gas, es obvia la íntima relación entre los dos dosieres. Los candidatos que han aludido a Ucrania en sus discursos se han quedado, en general, en las vaguedades clásicas del derecho que asiste al Gobierno ucraniano a que se cumpla la Constitución y se respete su integridad territorial, pero apenas han ido más allá: el primer exportador de gas para la UE es Rusia, y una parte muy importante del suministro cruza territorio ucraniano. Con lo que, en manos de Putin está no solo una eventual revisión de las tarifas, que siempre es posible, aunque ahora parece improbable, sino el riesgo de que, según evolucione la situación, en algún momento se cierre la espita de Gazprom –no sería la primera vez que sucede–, con el consiguiente perjuicio para empresas y particulares.

“El impacto económico de una confrontación profunda con Rusia es una de las razones por las que los países fundamentales de la Unión Europea están más interesados en disminuir las tensiones con Rusia que en ampliar las sanciones”, ha afirmado en el diario Moscow Times el asesor de inversiones Chris Weafer. Se trata de una conclusión que avalan los hechos: la desgana europea para castigar la osadía de Putin en Ucrania y la determinación del presidente ruso, capaz de pasar del nacionalismo duro al poder blando según sea el día de la semana. Cuando Rusia se anexionó Crimea en un suspiro, Putin echo mano de las más viejas tradiciones de la santa Rusia y del líder ungido; cuando simuló no manejar las hilos de la trama en Donetsk y otros lugares –vigilia de la elección presidencial en Ucrania–, se ejercitó en una forma de poder blando sui géneris no exenta de habilidad. La UE transmitió, por el contrario, la misma imagen de desunión y debilidad cuando acordó sanciones en dosis homeopáticas que cuando se presentó como el adalid de su propia versión del poder blando, dispuesto a influir en el desarrollo de los acontecimientos mediante la persuasión.

Nadie piensa que de repente, como por ensalmo, la vieja rivalidad ruso-china se ha tornado luna de miel, sino que Putin y Xi han hecho de la necesidad virtud para contrarrestar los efectos de sus problemas en otros frentes. La Rusia emergente que mira con recelo a Occidente y recuerda los fundamentos de la política de contención puesta en práctica durante la guerra fría, busca una alternativa en Asia, al tiempo que la China que mantiene litigios territoriales con sus vecinos, apoyados por Estados Unidos, se afana por encontrar aliados que se sumen a su causa. Ni para Rusia es suficiente recuperar el orgullo perdido a causa del desmembramiento de la URSS, si no incorpora contrapartidas económicas, ni para China es útil mirarse en el espejo de la historia y perseverar en la tradición del imperio del centro, una visión aristocrática y etnocéntrica del mundo, incompatible con la globalización. Esta alianza del gas, como todas las alianzas, es fruto de intereses cruzados y complementarios, servidos con la retórica grandilocuente que conviene al caso.

Media un mundo de ahí a considerar el contrato sino-ruso un gesto oportunista. Cuando se cierra un compromiso por 30 años que implica una ingente movilización de recursos financieros y tecnología –construcción de un gaseoducto en Siberia y de otro en suelo chino conectado a la red de distribución–, lo menos que puede hacerse es dar por descontado el deseo de dar continuidad a la alianza. En el caso de Rusia, se trata, otra vez, de sacar el máximo partido a las necesidades más perentorias de crecimiento económico y de distanciamiento del dólar. La profesora Meghan L. O’Sullivan, de la Universidad de Harvard, lo ha subrayado en un comentario recogido por el Atlantic Council: si la economía rusa quedara expuesta a nuevas sanciones y mantuviera una dependencia excesiva del dólar, podría ver frustrado su deseo de convertirse en un gran operador financiero internacional.

¿Pueden los europeos conformarse con contemplar el paisaje a distancia? Lo menos que puede decirse es que no debieran caer en la tentación del conformismo con el único objetivo de proteger los negocios en marcha con Rusia, muchos de ellos pilotados desde Alemania. Los antecedentes sobre los efectos de crisis energéticas recientes, con el gas en el centro del problema, obliga a dar un enfoque realista a la crisis de Ucrania y a evitar las simplificaciones. La certidumbre cada vez mayor de que cuanto sucede es fruto de una lucha enconada entre dos oligarquías enfrentadas, dispuestas a manipular a la opinión pública y a sacar partido de las emociones colectivas, obliga a prescindir de la división entre buenos y malos, si es que alguna vez estuvo justificada, y aun autoriza a buscar el equilibrio para garantizar que nadie tiritará el próximo invierno por falta de gas a causa de la crisis ucraniana de esta primavera y de lo que esté por venir.

La realidad es que la economía rusa, a efectos prácticos, depende en todo y por todo de la exportación de energía; en cierto sentido, es un monocultivo que estará a expensas de las necesidades de sus clientes occidentales durante los próximos cuatro años, por lo menos. Hacer efectivo el contrato de exportación de gas a China obliga a una inversión inicial de decenas de miles de millones de euros, que deberán salir en parte de la venta de gas y petróleo a sus clientes tradicionales –europeos–, sin alternativas de suministro a corto plazo, pero si a medio (importación de gas del Magreb a través de la red española y desarrollo de otras conexiones con el norte de África). Esos son datos que se han manejado solo de pasada en la campaña de las europeas, pero que están sobre la mesa y que debieran ser suficientes para ahuyentar el fantasma de los problemas de suministro a corto plazo, como se insinúa con demasiada frecuencia.

Sacar otras conclusiones precipitadas del contrato de Rusia con China resulta tan arriesgado como estéril. La facilidad pasmosa con la que algunos han querido ver la decantación definitiva de Rusia por la parte asiática de su alma en detrimento de la europea, carece de rigor porque pretende que el desenlace de un debate que dura siglos se ha producido justamente ahora mediante un acuerdo económico inscrito en la mundialización de la economía. Más atinado se antoja el diagnóstico de quienes entienden que la dualidad rusa, europea y asiática a un tiempo, es una realidad ineludible, impuesta por la geopolítica de un Estado-continente que se extiende desde la frontera este de la UE al Pacífico Occidental, y los europeos deben amoldarse a convivir con ella.

 

 

Pugna en Crimea de identidades europeas

El historiador Tony Judt afirmó en 1995, en una conferencia pronunciada en Bolonia: “Los analistas occidentales siempre se han mostrado ambivalentes frente a la europeidad de Rusia, como muchos de los propios rusos”. A pesar de que, según el mismo Judt, “hay muchas Europas, todas ellas con derecho a reclamar el título”, solo los países situados al oeste del Elba “han sido durante mucho tiempo Europa, mientras que las tierras al este (…) siempre están de alguna manera inmersas en el proceso implícito de llegar a serlo”. El análisis de Judt se atiene al hecho de que Rusia y lo que Vladimir Putin llama el extranjero próximo son tierras de frontera entre la Europa que se reconoce a sí misma como tal y aquella otra cuya europeidad geográfica no se completa con otros factores de identidad común.

En este sutil juego de identidades y referencias históricas, algunos casos son especialmente significativos y, a la vez, conflictivos: durante siglos, Polonia hubo de pechar con el coste político de hallarse entre Rusia y Alemania; hoy el papel de nación bisagra recae en Ucrania, con el futuro dividido entre la vinculación a la UE, al que aspira el nacionalismo ucraniano, y la vuelta a casa con el que se sueña la minoría rusa, especialmente en la península de Crimea. Las formalidades procesales en curso –declaración de independencia de Crimea, modificación de la ley rusa para incorporar comunidades que decidan acogerse a la autoridad de Moscú, referendo en Crimea y finalmente anexión de la península por Rusia– son útiles para comparecer ante la opinión pública y defender posiciones favorables y contrarias al desgajamiento de Crimea de la Ucrania surgida de la caída de Viktor Yanukóvich, pero lo que realmente ocupará a medio y largo plazo el análisis de los acontecimientos son tres factores íntimamente relacionados entre sí:

-La ausencia de un liderazgo global, capaz de articular un universo político global, a causa de la pérdida de parte de los resortes coactivos que suministró el desmembramiento de la Unión Soviética a la hiperpotencia –Estados Unido– del pasado más reciente.

-Las limitaciones del poder blando para gestionar situaciones extremas que desembocan en periodos de inestabilidad y desconfianza entre los grandes actores internacionales.

-El renacimiento ruso impulsado por Vladimir Putin, convertido en restaurador del orgullo nacional perdido durante el desbarajuste que siguió a la liquidación del régimen comunista y al final de la guerra fría, que el presidente ruso considera “la mayor catástrofe” de la historia de su país.

Con relación al primero de los factores, Ali Wyne, profesor asociado de la Universidad de Harvard, hace notar en The New York Times que incluso en los periodos considerados de hegemonía de Estados Unidos –algo discutible en el mundo bipolar de la posguerra– se dieron episodios que impugnan el concepto mismo de hegemonía. “¿Cómo se puede conciliar esta idea –se pregunta Wyne–con la pérdida de China, el estancamiento de la guerra de Corea, la invasión soviética de Checoslovaquia, la caída de Saigón y la ascensión del ayatolá Ruhollá Jomeini, por citar solo unos pocos contratiempos estratégicos?” Acaso la respuesta sea que las reglas del juego de la guerra fría incluían la predeterminación de áreas de influencia en cuyo seno el éxito estaba reservado a la potencia administradora: Estados Unidos, en Occidente; la URSS, en el Este. Pero acaso sea cierta también la impresión de Wyne de que reacciones muy enérgicas en un primer momento “crean expectativas poco razonables y desalientan a los aliados [Europa] para que desempeñen un papel más activo” en encrucijadas en las que predomina el realismo.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos.

Vladimir Putin recomienda a sus colaboradores que lean las obras de estos tres filósofos rusos.

La estrategia de respuesta contenida está lejos de colmar las pretensiones de los hegemonistas convencidos o de los que adoptan este perfil por estricta necesidad de supervivencia política. En el Partido Republicano, incluso entre los moderados, abundan las críticas dirigidas al presidente Barack Obama, cuya política exterior le parece irresponsable al senador John McCaine y al congresista Mike Rogers le da para realizar una comparación hiriente: “Rusia juega al ajedrez y pienso que nosotros jugamos a las canicas”. Para el profesor Joseph S. Nye, analista y precursor del poder blando, la determinación de la política que deben seguir los líderes “depende, en parte, de la colectividad a la que se sienten moralmente obligados”. Y es indudable que la complejidad y la lejanía de la crisis ucraniana no figura entre las preocupaciones inmediatas de la opinión pública de Estados Unidos, que, en el mejor de los casos, sigue los acontecimientos como algo que atañe a los europeos.

Estos, a su vez, dan muestras de desorientación ante la agilidad de Putin para fortalecer su perfil de regenerador del orbe ruso. Ni las amenazas de sanciones ni las invocaciones del derecho internacional ocultan el dato de que Rusia lleva la iniciativa, la UE cometió un error de apreciación al creer que podía firmar un acuerdo con Viktor Yanukóvich sin importunar a Rusia y la historia europea está llena de lances poco respetuosos con el principio de legalidad, incluida la intervención en Kosovo, aunque la cancillera Angela Merkel sostenga lo contrario. Putin se ha procurado una guía ideológica y moral en la que pesa el legado de pensadores como el ruso blanco Iván Ilyin, un filosófo que al final de su vida denostó por igual los totalitarismos y la democracia, y propuso una tercera vía de características difusas para levantar un Estado en la Rusia que él abandonó a raíz de la revolución de 1917.

En un artículo publicado en El País, Nathan Gardels, director de The WorldPost, se refiere a las fuentes en las que beben los filósofos de cabecera de Putin –Nikolai Berdiaev, Vladimir Soloviev y el propio Ilyin– cuando vislumbran la Rusia que desean: “Al estilo de Dostoievski, y más tarde de Aleksandr Solzhenitsyn, todos ellos se consideraban custodios del modo de vida ruso. Místicos cristianos ortodoxos, les preocupaba que la democracia aplastara la noble alma rusa –preferían la monarquía o la autocracia como guardianes familiares de la sociedad– y que la cultura cosmopolita del Occidente materialista contaminara su espíritu. Además, tenían una fe mesiánica en el destino eurasiático de Rusia como civilización situada entre Oriente y Occidente”. La utilidad práctica de estas referencias para alentar el sentimiento nacional es evidente, y si todo se envuelve en la misión trascendental de devolver a la nación el brillo que ostentó en el pasado, aunque fuese bajo las siglas de la URSS, es improbable que se alcen voces que se opongan a las operaciones en curso en Crimea.

La movilización del Ejército en la cercanía de Ucrania y el recurso a la prédica religiosa con tintes nacionalistas –la apelación a la santa Rusia es casi un tópico–  completan la estrategia de movilización de las conciencias. De la misma manera que Lenin entendió que el despotismo de la nobleza y la burocracia zaristas eran los mejores instrumentos para sumar multitudes a su causa, así también hoy el enfrentamiento verbal con Occidente pone sordina a las carencias del Estado, al déficit democrático de un sistema que alienta el culto a la personalidad, a la corrupción y a tantas otras debilidades de la nueva Rusia, y otorga a Putin la posibilidad de convertirse en el líder indiscutido, dispuesto a corregir la marcha de la historia mediante una operación de riesgo calculado.

¿Esta patina de nacionalismo renacido es la señal definitiva para entender que, detrás de él, llega una nueva versión de la guerra fría, corolario inevitable la de paz fría que ha caracterizado durante los últimos años las relaciones de Estados Unidos y Rusia? ¿Cabe la lógica de la guerra fría en la economía global? Al formular estas preguntas se admite como seguro el objetivo de Rusia de disponer y gestionar un área de influencia propia, pero, al mismo tiempo, cobra sentido una afirmación de Tony Judt de 1995: “Los vínculos que les importan [a los europeos del este], y las conexiones que buscan, son con las civilizaciones y las potencias que quedan al oeste de ellos”. Y pasan a formar parte del presente los reproches dirigidos a Occidente por Mijail Gorbachov en el 2005, cuando se lamentó de que el compromiso de 1989 para no llevar los límites de la OTAN y de la UE a las puertas de Rusia, a cambio de que la URSS no se opusiera a la unificación de Alemania, fue sistemáticamente incumplido por Estados Unidos y los europeos.

Claro que, al mismo tiempo que Crimea llama a Rusia y el nuevo Gobierno de Ucrania, a la UE; al mismo tiempo que algunas voces consideran el episodio crimeo como el más grave desde la anexión de los Sudetes por la Alemania nazi (1938), Gazprom, el gigante ruso de la energía, patrocina la UEFA Champions League y nadie se rasga las vestiduras, y la superestructura conocida como economía financiera tiende a limar aristas para mantener los balances saneados. Nada de esto se le escapa a Putin, de nuevo más decidido que sus competidores-adversarios, que se ha apresurado a recordar que, si se imponen sanciones a Rusia, los perjuicios se extenderán a los sancionadores. Y no hay duda de que está en lo cierto, porque para la UE es imprescindible tener garantizado el suministro de gas en las condiciones de regularidad, eficacia y precio ahora vigentes, 6.000 empresas alemanas operan en Rusia y, cuando llega el verano, los turistas rusos son de los más dispendiosos, por citar solo algunos de los vínculos más conocidos entre las economías rusa y occidental. ¿Puede saltar por los aires esa trama de intereses a causa de Crimea?

El futuro divide a Ucrania

La paz fría que siguió a la euforia de Estados Unidos como única potencia global puede ser menos gélida de lo que los teóricos previeron. La concreción de China como la otra gran potencia del futuro inmediato y la pretensión del presidente de Rusia, Vladimir Putin, de restaurar el orgullo nacional y la influencia política de la que disfrutó en su día el Kremlin comunista conduce inexorablemente a una nueva forma de rivalidad entre los grandes del planeta, que en Ucrania se ha traducido en una crisis de identidad de consecuencias quizá continentales. Ucrania se enfrenta a los fantasmas de su historia, real o imaginaria, con la dramática radicalidad de los muertos en la plaza de la protesta y el choque de dos comunidades acaso irreconciliables, ambiente ideal para que medren cuantos creen que Ucrania bien vale un pulso.

La movilización del Ejército ruso en la vecindad ucraniana, el ballet diplomático representado por Europa y el perfil bajo mantenido hasta la fecha por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que deja la gestión del problema en manos europeas, no hacen más que subrayar las mil caras de un conflicto del que todo el mundo quiere salir con la cabeza alta. El presidente Putin, porque entiende que Ucrania es un asunto de Rusia, del patio trasero ruso, de la historia y la tradición de la Rusia ortodoxa e imperial, de su geopolítica, de aquella URSS presente en todas partes y de la legitimación de su papel de restaurador del orgullo patrio; Europa, porque se siente obligada a atender los requerimientos del occidente ucraniano, que fía su futuro en el manto protector y la relación con la UE; la Casa Blanca, porque supone que, sin una Ucrania sometida a sus designios, Putin será menos Putin.

Para que nadie pierda en el envite, la salida menos mala es aplicar los principios de la neutralidad política y estratégica al territorio en disputa, así como la URSS la exigió para Finlandia y Austria y las potencias occidentales la aceptaron al final de la segunda guerra mundial. La partición –un Occidente ucraniano vinculado a Europa y un oriente incorporado a Rusia–, posible, pero arriesgada, podría tener efectos desestabilizadores de larga duración. “¿Conflicto de valores? Menos que de pasiones nacionales y materialidades geopolíticas. El interrogante es: ¿qué Ucrania es la que sale de todo esto, y si son dos, cómo se reparten?”, se pregunta Miguel Ángel Bastenier en El País. El analista parte de una doble constatación: “El nacionalismo ruso vería como traición histórica la europeización exprés de sus hermanos ucranios, y, aun más, habida cuenta de que, según la versión oficial de Moscú que Washington desmiente, Mijail Gorbachov se plegó a la unificación de Alemania a condición de que la OTAN no se extendiera hacia el Este. Lo contrario de lo ocurrido. Y el otro nacionalismo, el ucraniano, no tiene tanto que ver con los llamados valores europeos”. Un cruce de caminos históricos demasiado enrevesado para depositar esperanzas en un desenlace sereno.

Cuando historiadores de la entidad de Tony Judt vaticinaron, mediados los años 90, que era bastante improbable que los antiguos estados comunistas se encuadraran en la UE (Una gran ilusión, 1996), se dejaron llevar por las inercias políticas procedentes del pacto entre las potencias que derrotaron a la Alemania nazi. Judt y otros dieron por seguro que una Europa verdaderamente unida era algo “demasiado improbable como para que insistir en ello no resulte insensato y engañoso”, pero la gran ampliación de la UE a principios del siglo XXI desmintió pronósticos seguramente apresurados. Al mismo tiempo, pocos ahondaron en la realidad cierta de que la heterogeneidad cultural de la URSS degeneraría en tensiones sociales crecientes en las repúblicas surgidas del gran imperio comunista. Y así es como hoy el choque de identidades en Ucrania se antoja un rompecabezas sobre el que se proyectan intereses y realidades enfrentadas.

Para Rusia, más allá de desencadenar emociones, el nombre de Ucrania es sinónimo de dos ingredientes igualmente importantes: los contratos de suministro de energía (gas), esenciales para una economía en quiebra como la ucraniana, y la base naval de Sebastopol, donde fondea la flota rusa del mar Negro. Ambos factores son igualmente útiles a Putin para presionar a los nuevos gobernantes de Kiev, pero allí donde los vínculos de sangre y las fidelidades de familia se ponen más de manifiesto es en Sebastopol, en la península de Crimea, tierra rusa regalada a Ucrania por Nikita Jruschov en 1954 y en la que, contra la política ficción de la novela La isla de Crimea, de Vasily Aksiomov, la población exige la integración en la madre patria, mientras en Kiev la calle clama por cortar amarras.

Nina L. Khrushcheva, profesora del World Policy Institute y descendiente de Jruschov, disculpa a su antepasado, nacido en Ucrania, por haber regalado la península: de hecho, fue solo un gesto porque siguió en el seno de la URSS, que todo lo englobaba. Al mismo tiempo, cita la novela de Aksiomov como uno de tantos vaticinios poco meditados, y llega a una conclusión mediante la cual da un salto de la geopolítica a la legitimación moral de Putin ante la opinión pública rusa para actuar con energía en apoyo de aquellos hermanos de idioma y cultura que sienten su identidad amenazada por una más que previsible Ucrania solo ucraniana. Frente a la retórica de la Europa unida exhibida por la task force encargada por Bruselas de ocuparse de la crisis, la emotividad en nombre de la solidaridad eslava tiene una capacidad de movilización que acaso fue enmascarada por los concentrados en la plaza de Maidan hasta la huida-caía del presidente Viktor Yanukóvich.

“Ucrania es un país dividido entre su pasado y su futuro”, ha escrito Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group, en el semanario estadounidense Time. En el pasado, durante nada menos que tres siglos y medio, el destino de Rusia y de Ucrania fueron una misma cosa; incluso el desmoronamiento de la URSS y la fundación de un ectoplasma político conocido como Comunidad de Estados Independientes (CEI) contó con una activísima participación de los políticos ucranianos que en aquel momento (1991) se hicieron cargo de la situación, todos ellos rusófonos. En el futuro, como Bremmer subraya, Ucrania seguirá necesitando que fluya la energía desde Rusia, con tanta o más urgencia que los estados de Europa occidental. Y si las cosas son así, cabe formular dos preguntas:

– ¿Es viable una Ucrania desligada de Rusia y gobernada solo por los depositarios del capital político acumulado en la plaza de Maidan por una multitud hostil a Rusia?

– ¿Cabe pensar que el compromiso de la UE con las nuevas autoridades ucranianas será tal que ponga en riesgo el cumplimiento de los contratos suscritos con Rusia –con Gazprom– que garantizan el suministro?

Para Bremmer, “los líderes políticos y las instituciones europeas (…) están lejos de desear una confrontación con Rusia por un país cuya potencia es insuficiente para unirse a la UE”. ¿Significa que quienes aplaudieron a Yulia Timoshenko de regreso del cautiverio pueden comprobar más temprano que tarde que se quedaron sin apoyos importantes? ¿Significa que la capacidad de Putin para ocuparse de su patio trasero desborda la capacidad de respuesta europea? ¿Significa que, como sucedía durante la guerra fría, Ucrania es a todos los efectos territorio político ruso y, en última instancia, la realpolitik se impondrá a cualquier otra consideración? Significa, quizá, que es de aplicación una reflexión de Tony Judt: “La falta de confianza es claramente incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad”. Y en la crisis de Ucrania, al menos en las apariencias, solo Putin confía en sí mismo.

 

 

 

Putin marca los tiempos en Ucrania

Ucrania tiene dos almas y una de ellas habla ruso. He ahí la razón primera, que no la única, de la fractura social y la crisis política que soporta el país desde hace meses. A partir de ahí, la Ucrania surgida en 1991 de la descomposición de la URSS se debate en un mar de confusiones, dudas y medias verdades en el que se entrecruzan el choque de identidades, diversas formas de nacionalismo, a veces xenófobo, el oportunismo de políticos cuya notoriedad obedece a una situación desquiciada, europeístas convencidos y el temor de las comunidades ucraniana y rusa de quedar al margen de la historia si no logran imponer su punto de vista. El paisaje forma parte del álbum familiar de los pueblos situados en la periferia de Rusia, de la tensión multisecular entre la herencia asiática y la impronta europea, de la opinión muy extendida en el nacionalismo ruso de que el territorio ruso no puede tener otro límite admisible que el del área rusohablante.

Para completar la complejidad del problema no puede soslayarse la realidad histórica de que el origen común de Rusia y Ucrania a partir del rus de Kiev –siglos IX y X–, una referencia que incorpora a veces relatos improbables, pero invocados con frecuencia por la comunidad rusófona para argumentar que la asociación con Rusia debe tener preferencia por encima de cualquier otra. Algunos analistas comparan la relación emotiva del nacionalismo ruso con Ucrania con el del nacionalismo serbio con Kosovo, pues fue en Kosovo Polje, cerca de la Pristina moderna, donde fue derrotado el último zar serbio en 1389 por el sultán otomano Murad I, episodio capital en la construcción del imaginario colectivo de la identidad nacional serbia. Y, como sucedió en Kosovo con Serbia, resulta poco menos que sacrílego para el nacionalismo ruso –el papel político desempeñado por la Iglesia ortodoxa rusa no es menor– imaginar una Ucrania alejada de los intereses rusos y mediatizada por Occidente.

Claro que los ingredientes emotivos del caso no son los únicos, aunque pesan mucho. Además de la creencia muy extendida en la comunidad académica de que “Rusia sin Ucrania es un país, pero Rusia con Ucrania es un imperio”, el presidente Vladimir Putin tiene razones políticas y económicas de peso para oponerse a una vinculación comercial preferente de Ucrania con la UE. La primera es garantizar que el gas ruso fluirá sin problemas por la red de gaseoductos ucraniana hasta que estén en pleno funcionamiento canales de distribución alternativos. La segunda es la necesidad de mantener una posición preferente en un mercado de más de 40 millones de consumidores que las empresas exportadoras rusas entienden que forma parte de su patio trasero. La tercera razón, tan importante como las dos anteriores, es la existencia en el puerto de Sebastopol de la base en régimen de arrendamiento de la flota rusa en el mar Negro.

Cuatro mapas elaborados por ‘The Washington Post’ en los que queda reflejada la delimitación de las áreas de cultura ucraniana (oeste) y rusa (este). Arriba, a la izquierda, el reparto del país entre ambas comunidades; arriba, a la derecha, la división étnico-lingüística; abajo a la izquierda, el resultado de la elección presidencial del 2004, y a la derecha, el del 2010.

Aun así, algunos analistas rusos dudan de que Putin haya optado por la mejor de todas las alternativas posibles para defender los intereses rusos. “De hecho, el acuerdo de asociación UE-Ucrania podría beneficiar a la vez a Ucrania y Rusia, especialmente en mayores intercambios comerciales, sociales y culturales”, han escrito dos analistas rusos en The Moscow Times. Oleh Havrylyshyn y Svitlana Kobzar recuerdan que a partir del ingreso de Polonia en la UE las cifras de negocio no solo no cayeron, sino que “crecieron desde los 4.000 millones de dólares en el 2004 a más de 10.000 millones”. Y, en el mismo periódico, otro análisis de la situación publicado con anterioridad se tituló significativamente La estupidez ilimitada de Yanukóvich, en alusión a las salidas a la crisis cegadas por el presidente ucraniano para proteger a su hijo mayor y al círculo de amigos que le acompaña, “todos asquerosamente ricos”, a quienes se identifica como los verdaderos gobernantes del país.

La torpeza de Viktor Yanukóvich para enderezar la situación da la razón a cuantos ven en él a alguien incapaz de comprender las consecuencias de sus acciones a largo plazo. Las etapas quemadas por el presidente ucraniano desde que rechazó la asociación con la UE, el 21 de noviembre del año pasado, han transmitido la imagen de alguien obligado a improvisar, forzado por las circunstancias, enfrentado a una oposición cada vez más envalentonada, aunque también más desdibujada a causa del aterrizaje en la vía pública de los portavoces de un nacionalismo radical y excluyente, bastante alejado del ideario europeísta y que, contra lo que pudiera pensarse, apenas han hecho referencia al encarcelamiento de la exprimera ministra Yulia Timoshenko, condenada en un oscuro proceso sin garantías. De forma que los rostros de quienes dirigen a la oposición en la calle destacan más por la determinación en la acción directa y el acoso al Gobierno hasta lograr su dimisión que por la defensa de un programa viable que evite sumir al país en el caos.

Esa doble realidad –un presidente debilitado y una oposición sin proyecto– agudiza en la sociedad los efectos de la división. El diario liberal The Washington Post ha comprobado sobre el terreno la profundidad de la fractura entre las comunidades ucraniana y rusa. La división es categórica: al oeste habita la población que se siente más apegada a la herencia ucraniana; al este, la que se siente parte integrante del universo ruso. “La viabilidad del futuro ucraniano supera la idiosincrasia de los gobernantes porque deben conjugar dos enfoques totalmente diferentes e irreconciliables”, según un bloguero ruso cuyo diagnóstico es fácil compartir.

Aunque, a decir verdad, no hay una incompatibilidad insalvable entre el proyecto original de Yanukóvich de acercarse a la UE y la pretensión rusa de mantener a Ucrania en su órbita.Pero las apariencias engañan si, como piensa el profesor Zbigniew Brzezinski, que fue consejero de Seguridad Nacional del presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, existe algún tipo de acuerdo secreto ruso-ucraniano. En este caso, el margen de maniobra de Yanukóvich sería muy pequeño y estaría obligado a atenerse a los dictados del Kremlin con la disciplinada obediencia de los últimos meses. Según Brzezinski, Rusia necesita a Ucrania y, por añadidura, quiere desterrar del pensamiento europeo la hipótesis de un futuro con una extensión por el este de los límites de la UE y de la OTAN.

George F. Kennan (1904-2005), diplomático estadounidense.

Que el 40% de la población ucraniana quiera acercarse a Europa es un dato a tener en cuenta, pero dista de ser un argumento concluyente en el proyecto ruso a medio plazo de recuperar la influencia perdida, condicionar la orientación política de algunos de los estados que un día fueron repúblicas de la Unión Soviética y contrarrestar el despliegue en Europa del escudo antimisiles. La sensación rusa de vivir cercada por adversarios reales o potenciales forma parte de la tradición histórica de la gran nación, esforzada siempre en la empresa de garantizarse salidas al mar y delimitar su área de influencia política, económica y cultural. Putin bebe en las fuentes de esta tradición, subrayada por un estilo autoritario, a menudo despótico, que entronca con otra tradición, la del zar bueno, duro, justo y magnánimo, cuya consagración internacional en nuestros días depende de episodios tan distintos como la liberación del explutócrata Mijail Jodorkovski, el dispendio asociado a la celebración de los juegos olímpicos de Sochi o las exhibiciones de músculo y valentía en prácticas deportivas de riesgo.

Pero no solo la tradición alimenta y explica la sintonía entre Putin y la mayoría social rusa. También cuenta la poca habilidad exhiba por la UE para presentar el acuerdo con Ucrania como un paso más en el acercamiento de las fronteras económicas comunitarias a las occidentales de Rusia. La visita de Putin a Bruselas para entrevistarse con Herman Van Rompuy y José Manuel Durao Barroso tenía que ser forzosamente un compendio de frialdades porque el presidente ruso considera que es él quien debe marcar los tiempos en la crisis ucraniana; la mediación de Catherine Ashton en Kiev entre Gobierno y oposición no tiene mejor pronóstico. Quizá no se haya extinguido por completo en el pensamiento ruso –tampoco en el occidental– la cultura de la guerra fría, y Ucrania solo pueda ser cosa de Rusia después del periodo de desbarajuste que siguió a la quiebra de la URSS; quizá aún sea útil el realismo practicado por el diplomático estadounidense George F. Kennan, autor de frases tan rotundas como la siguiente: “La mejor cosa que podemos hacer si queremos que los rusos nos dejen ser americanos es dejar a los rusos ser rusos”.

Todo el mundo sabía cuáles eran sus límites en el mundo de la guerra fría, hasta dónde podía inmiscuirse en los asuntos de su adversario y cuándo debía levantar el pie del acelerador. Aquel era un mundo cargado de sobreentendidos y ajustado a unos rituales estrictos, pero la estabilidad de las relaciones entre las grandes potencias fue en aumento a partir de la crisis de los misiles de Cuba (octubre de 1962), incluso en épocas difíciles; aquel era un mundo dotado de vías de escape cuando las relaciones entre las superpotencias empeoraban; aquel era, al mismo tiempo, un mundo que consagró la injusticia y sacrificó grandes áreas geoestratégicas en aras de la estabilidad y de la seguridad. ¿Saben hoy cuáles son sus límites los implicados en la gestión de la aldea político-económica global?  No hay formar de contrarrestar la sensación de que, demasiado a menudo, manca finezza.

China induce un nuevo statu quo

La profesora Margaret MacMillan, directora del St. Anthony’s College de la Universidad de Oxford, publicó el pasado fin de semana en The New York Times un ingenioso ensayo de paralelismos históricos entre las vísperas de la primera guerra mundial y las del año que se avecina, cuando se cumplirá un siglo del inicio de la que fue conocida como Gran Guerra hasta la matanza que se prolongó de 1939 a 1945. La sutileza de la analista, que comparte con Mark Twain la idea de que la historia “no se repite a sí misma, pero tiene rima”, encuentra en la rivalidad entre imperios –hace cien años, el Reino Unido y Alemania; hoy, Estados Unidos y China– el factor común que permite vislumbrar temores y atesorar esperanzas. Y cree adivinar en aquellos inicios del siglo XX rasgos propios de una globalización avant la lettre que lo mismo sirvió para alentar “localismos y nativismos” que para fundamentar los temores de Alemania de convertirse en una potencia sitiada por sus adversarios, un sentimiento que hoy experimenta el establishment político chino.

Artillería de campaña alemana en la primera guerra mundial.

Los sucesos acaecidos en el archipiélago Senkaku –Diaoyu para China–, a solo 70 kilómetros al noreste de Taiwan, con un doble valor económico –cantidades ingentes de petróleo y gas– y estratégico, han proyectado la imagen de una guerra fría de bolsillo entre las dos grandes potencias, aunque la disputa por la soberanía de los islotes deshabitados es entre China y Japón. En esta guerra fría posmoderna Japón desempeña el papel de aliado de Estados Unidos bajo riesgo; el aumento del gasto militar y el incremento de la capacidad naval china, el reservado otrora a la carrera de armamentos; y los cálculos relativos al deseo de China de desafiar a Estados Unidos y convertirse en una potencia en el Pacífico, el de las teorías de la escalada aplicadas a un entorno nuevo. O puede que no tan nuevo si se da marcha atrás en la historia y, como hace MacMillan, se recuerda que de la misma manera que las superpotencias de 1914, antes de sonar el primer disparo, se refirieron a la defensa de su honor, el secretario de Estado, John Kerry, ha invocado la credibilidad y el prestigio de Estados Unidos para movilizar a la flota en el mar de la China.

El trabajo de MacMillan advierte de los riesgos que se corren si, hechas las oportunas distinciones entre el hoy y el ayer, no se extraen lecciones “para construir un orden internacional estable”. Si no el mayor, sí es al menos el más común de los riesgos aceptar el principio según el cual, “gracias a nuestro progreso tecnológico, podemos emprender conflictos armados cortos y de impacto limitado” que reportan victorias decisivas. El desarrollo del conflicto en Afganistán, quizá en Irak, y en Siria con toda seguridad desmienten la efectividad de los conflictos bajo control, con la población a salvo de los males propios de la guerra. Algo parecido sucedió en 1914, cuando los generales creyeron disponer de las herramientas necesarias, pero luego la realidad de la guerra arrastró a la muerte a millones de jóvenes porque el alcance de las armas de teatro había pasado de 100 yardas en tiempos de Napoleón a 1.000, con el aumento consiguiente de su poder de devastación.

Las guerras de efectos limitados, incapaces de contaminar el entorno, son una entelequia elaborada por quienes difunden las teorías de la guerra sin más bajas que las precisas, siempre entre combatientes profesionales. En la práctica, la tecnología y los servicios de inteligencia no han eliminado los daños colaterales, los efectos secundarios y la desestabilización de áreas que exceden con mucho las delimitadas por los generales en los mapas. Y eso es de aplicación tanto en las guerras calientes como en las frías, de ahí que la disputa por las Senkaku-Diaoyu lo sea todo menos un problema menor o una crisis virtual.

Vista aérea del archipiélago de las Senkaku-Diaoyu.

El periodista Ian Buruma, profesor del Bard College, aporta los ingredientes esenciales para comprender los riesgos inherentes al conflicto: “China está en ascenso, Japón es una economía de capa caída y Corea se mantiene como una península dividida. Es natural que China intente restablecer el dominio histórico sobre la región. Y es natural que Japón esté nervioso por la posibilidad de convertirse en una especie de Estado vasallo (los coreanos están más acostumbrados a este papel vis-à-vis con China)”. Hay en todo ello resonancias de añejas rivalidades entre nacionalismos enfrentados a los que no se puede considerar parte del “narcisismo de las pequeñas diferencias”, expresión acuñada por Sigmund Freud y recordada por MacMillan en su ensayo. Tampoco son nacionalismos construidos a toda prisa por “historiadores, lingüistas y folcloristas que estaban ocupados en crear historias de viejos y eternos enemigos”, según los define MacMillan al hablar de los de 1914, sino más bien otros muy distintos empapados de agravios históricos y tragedias irredentas perfectamente documentadas y a solo una o dos generaciones de distancia de la nuestra.

Para completar la competencia entre egos nacionales y rivalidades regionales, que un día pueden ser mundiales, debe citarse el programa de desarrollo militar de la India, que desde noviembre dispone de un segundo portaviones y aspira a disputar el liderazgo estratégico y económico a China, el gran adversario junto con Pakistán desde los días de la independencia. De forma que frente a quienes piensan que la pulsión aislacionista puede condicionar la diplomacia estadounidense en un futuro no muy lejano, asoman los que creen que la competencia entre China e India otorga a Estados Unidos el perfil de actor indispensable, por no decir de poder arbitral. Dicho en otras palabras: la mayor potencia de Occidente se mantiene como el gran poder global, aunque, como apunta MacMillan, “no es el poder absoluto que fue una vez”. Una afirmación por lo demás discutible, porque la supremacía tecnológica y el control de los flujos de información le garantizan una superioridad indiscutible.

Quizá esta sea la mayor diferencia en la asimetría de la rivalidad en la cuenca del Pacífico: China es una potencia en construcción; Estados Unidos ha sistematizado su influencia. La especialista Martine Bulard ha recogido en Le Monde Diplomatique los desafíos que debe afrontar el gigante asiático, según sus propios dirigentes: desarrollar la economía de mercado, las políticas democráticas, una sociedad armoniosa y una civilización ecológica. Este es un programa para más de doce años, fecha de vencimiento a partir de la cual, según los cálculos más difundidos, el PIB chino superará al estadounidense. Y es, también, un programa cargado de factores adversos habida cuenta del peso inconmensurable del Estado en la economía, del control de la burocracia del partido sobre el funcionamiento de las instituciones, de los peligros de la desigualdad social causada por un desarrollo galopante y de la permisividad de que disfruta la economía productiva.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el de China, Xi Jinping, durante su entrevista en Annenberg Retreat (California), el 8 de junio de este año.

Aun así, esta China en construcción se comporta cada día más como una referencia inexcusable de un nuevo mundo bipolar gracias a los excedentes de capital que maneja, su tendencia milenaria a contemplar el mundo desde el interior de su fortaleza y su confianza en la capacidad del partido para dirigir una sociedad disciplinada donde el dúmping social será aún posible durante mucho tiempo a causa de las bolsas de pobreza que surten de mano de obra barata al sector industrial. Decir que la buena salud de los negocios está por encima de todo no es ninguna exageración, sino la certificación de que su propósito es competir con su gran rival en todos los mercados para transformar su potencia económica en poder militar más temprano que tarde. Más todavía: en la última hornada de dirigentes chinos –el presidente Xi Jinping y su equipo– ha arraigado la idea de que el poder militar, instrumento indispensable del poder político, es una derivación directa del poder económico. La muerte por inanición de la Unión Soviética revela hasta qué punto operar en sentido contrario equivale a levantar un edificio sin cimientos.

El alma de historiadora de Margaret MacMillan lleva a la ensayista a preguntarse si es posible sacar conclusiones contemporáneas de los motivos que llevaron a Europa al campo de batalla en 1914; si es posible resistirse a la tentación de comparar las relaciones de Estados Unidos y China con las que mantuvieron el Reino Unido y Alemania antes de que el atentado de Sarajevo que costó la vida al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa (28 de junio de 1914) precipitara la guerra. Y, al hacerlo, se adentra por el camino de las rivalidades nacionales que enturbian los datos concretos de cada momento con la explotación de los sentimientos, un resorte poderoso, ajeno a la razón, tantas veces invocada por René Descartes para evitar estropicios: “Despréndete de todas las impresiones de los sentidos y de la imaginación, y no te fíes sino de la razón”.

¿Quién puede dudar de que el Partido Comunista Chino, sin necesidad de cambiar de nombre, se ha transformado en una organización nacionalista que es la columna vertebral del Estado? ¿Quién puede dudar de que el sentimiento nacionalista en Estados Unidos está a flor de piel? ¿Estamos en la antesala de una situación de riesgo? En marzo del año pasado, cuando Hu Jintao aún era presidente de China, el exsecretario de Estado Henry Kissinger escribió en su blog lo siguiente: “Aunque la capacidad militar absoluta de China no es formalmente comparable a la de Estados Unidos, Beijing posee la habilidad de plantear riesgos inaceptables en un conflicto con Washington y desarrolla instrumentos cada vez más sofisticados para negar la ventaja tradicional de Estados Unidos”. Aun así, Kissinger subrayó que los objetivos económicos de China atenúan los riesgos y las desavenencias con Estados Unidos no deben ir más allá del “funcionamiento habitual de la rivalidad entre las grandes potencias”. Con todo, cabe preguntarse: ¿cuál es la fecha de caducidad del nuevo statu quo?

Putin tira de Ucrania

La decisión del presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, de suspender la firma del acuerdo de asociación con la UE ha hecho bajar a las calles de Kiev a la oposición europeísta y ha puesta en circulación teorías más o menos verosímiles acerca de los proyectos de futuro del presidente de Rusia, Vladimir Putin. Lo menos que puede decirse es que frente a una sociedad dividida en dos mitades iguales –la partidaria de una Ucrania rusificada y la que sueña con la construcción de una identidad genuinamente ucraniana–, a la UE le ha faltado habilidad para cerrar la negociación y a Rusia le han sobrado recursos para presionar al Gobierno ucraniano. Dicho de otra forma: la condición bipolar o de puente de Ucrania con Europa occidental y Eurasia ha sido mejor explotada por Rusia, que avizora la creación de una zona de libre comercio que incluya algunas de las antiguas repúblicas soviéticas con más posibilidades de desarrollo.

La operación puesta en marcha por Putin pretende dar respuesta económica a las dos grandes preguntas que se formula el universo ruso desde los días de Pedro el Grande (siglo XVIII): cuáles son los límites de Rusia y qué acervo cultural debe prevalecer en la construcción de la identidad rusa, el de raíz europea o el de inspiración asiática. Frente a la búsqueda de soluciones románticas para el crucigrama nacional, Putin ha preferido remitirse a la realidad de un espacio económico y político, con piezas complementarias y dirigido por Rusia, que incluya por lo menos a Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán, sin excluir más incorporaciones a poco que sea posible. Y, ante un proyecto de tales características, se multiplican las voces de alarma que advierten de una eventual reconstrucción del imperio soviético a través de la Unión Euroasiática.

El analista Nicolai N. Petro, que fue en su día asesor especial del presidente George H. W. Bush para la política con la Unión Soviética, desacredita estos temores en las páginas de The New York Times: “Rusia será siempre la fuerza dirigente de la Unión Euroasiática, aunque en menor medida conforme se unan más naciones. Pero la idea de que Rusia está dispuesta a restablecer la antigua Unión Soviética mediante el estrechamiento de los lazos económicos y comerciales es simplemente ridículo. Por una razón: la soberanía de los estados es la piedra angular de la Unión Euroasiática”. Petro estima más intrusivo para las soberanías nacionales el funcionamiento de la Unión Europea que la organización que quiere poner en marcha Putin.

Otros ven en los planes del presidente ruso una versión actualizada de la soberanía limitada y motivos suficientes para perseverar en la occidentalización de Ucrania. Al hacerlo, justifican indirectamente la reacción rusa ante el proyecto de asociación de Ucrania con la UE porque enuncian los objetivos para la región de Estados Unidos y sus aliados. El profesor Damon Wilson, vicepresidente del think tank Atlantic Council, concreta tres grandes referencias generales que explican la oferta de asociación hecha por la UE a Ucrania y también la oposición rusa:

  1. Las relaciones de la UE con seis exrepúblicas soviéticas –Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, Georgia, Azerbaiyán y Armenia– tendrán grandes consecuencias estratégicas para Estados Unidos.
  2. La ampliación de la UE y de la OTAN son los dos grandes pilares de la Europa en paz posterior al final de la guerra fría.
  3. Estados Unidos debe tomar la iniciativa en las preocupaciones en materia de seguridad de las antiguas repúblicas soviéticas.

Consumo de gas ruso en Europa en el 2011 y gasoductos alternativos a la red que cruza Ucrania. Fuente: Novosti.

Visto desde el lado de Rusia, los objetivos enunciados por Wilson son más que suficientes para comprender que las presiones sobre el Gobierno ucraniano no cesaran hasta que el presidente Yanukovich decidió el 28 de noviembre no firmar en Vilna el acuerdo de asociación con la UE. Pero hay otro factor de presión que atañe a la política de las cosas, y que Putin utilizó sin miramientos: los contratos de suministro de gas a Ucrania y las dudas que ensombrecen la vigencia de los firmados por Gazprom con el Gobierno de Yulia Timoshenko, que cumple una condena de prisión de siete años justamente a causa de las condiciones aceptadas, entiéndase los precios, considerados muy gravosos.

Si Ucrania huele a gas desde el día siguiente a su independencia, el abrazo del oso de Putin del que habla Damon Wilson es más que nunca indisociable de la política gasista que Rusia desarrolla desde la primera gran crisis de distribución, en el 2006. La red de gasoductos que construye Rusia para transportar gas desde el corazón del país hacia los mercados de la UE excluye el territorio de Ucrania y, en consecuencia, la priva de un instrumento de presión –el mantenimiento de la red de distribución– a la hora de negociar los precios de un combustible esencial para Europa occidental. Para el Gobierno de Ucrania no hay otra forma de compensar el debilitamiento ante Rusia que dar preferencia a la zona de libre comercio que promueve Moscú: precios del gas más asequibles a cambio de un trato de privilegio para los productos rusos, dicho de forma resumida.

Las especialistas Melinda Haring y Laura Linderman añaden a lo dicho que Ucrania es un ejemplo de libro de lo que se conoce como basket case, expresión aplicada a aquellos países cuya economía se halla en muy mala situación. Se remiten al estudio realizado por el economista sueco Anders Aslund, reputado analista de la transición de las economías planificadas a las de mercado. A tenor de los trabajos de Aslund, “Ucrania tiene una fuerte dependencia de los subsidios de Rusia y los precios reducidos del gas”, afirman Haring y Linderman, que añaden que Yanukovich necesita mantener al país a flote si quiere tener posibilidades de ganar en las elecciones del 2015, que se decidirán por un estrecho margen, según todos los sondeos.

Claro que para llegar a la cita del 2015, el presidente ucraniano tiene que acallar la protesta de la calle con gestos específicos que vayan más allá de las protocolarias excusas dadas por el primer ministro, Mikola Azarov, por la contundencia policial. Sin una aproximación a la parte de la sociedad ucraniana movilizada para reclamar la asociación a la UE, arraigará más y más la impresión de que está en marcha una operación que forma parte de “un tipo de orden neoimperial”, según expresión acuñada por Stephen Sestanovich, integrante del Council on Foreign Relations. Que se corresponda esto más o menos con la realidad carece de importancia si en el ánimo de la opinión pública se asienta la idea, porque esa opinión pública que desea dar la vuelta a la situación cree que el gas no vale una misa (las exigencias de Putin). Al mismo tiempo, los ucranianos que siguen preguntándose por qué un día tuvieron que dejar de ser rusos, entienden que seguir por la senda política de Putin es la forma adecuada de hacer que las cosas vuelven a su sitio en un litigio irresoluble entre comunidades que miran en direcciones opuestas.

Entre unos y otros se encuentra un Gobierno debilitado, del que la UE esperaba más, según Angela Merkel, al que Rusia exige más y al que los estrategas del futuro quieren situar en el mapa de la comunidad occidental y de la comunidad euroasiática, según los casos. ¿Es posible una solución que complazca a todo el mundo? Resulta harto difícil vislumbrarla porque Ucrania es demasiado importante en el imaginario colectivo ruso, que se remonta al Rus de Kiev (siglos IX al XI), porque Rusia aspira a recuperar su condición de potencia necesaria, porque Ucrania necesita que el gas llegue a todas partes a un precio razonable, porque la UE aspira a ampliar los mercados sin recurrir a aventurados procesos de ampliación y porque, en fin, Estados Unidos quiere seguir siendo la potencia que arbitre en el escenario europeo, como explica el profesor Wilson. Demasiados porqués para atemperar las pasiones.