Señales de alarma en Europa

La pregunta del millón de dólares que inevitablemente sigue a los resultados del último domingo en la UE es esta: ¿los gobernantes europeos son conscientes de las dimensiones del terremoto? O la pregunta es esta otra: ¿al correr del tiempo, los historiadores escribirán, como ha pronosticado Timothy Garton Ash, que la cita del 25 de mayo “fue la señal de alarma que Europa no oyó”? Si la respuesta a la primera pregunta es afirmativa, aún queda otra por responder no menos comprometida: ¿se conformarán con meros retoques cosméticos, se supone que para ganar tiempo al tiempo? Si la respuesta es, de nuevo afirmativa, los pasos se dirigen inexorablemente hacia la segunda pregunta. Si la respuesta a la primera pregunta es negativa, la estación de llegada es, una vez más, la segunda. Esto es, salvo una vigorosa reacción de los grandes estados de Europa, seguirá creciendo el conglomerado de partidos que impugna la UE realmente existente o, aún peor, es su enemigo declarado y aspira a salirse de ella. A corto plazo, puede suceder una de estas dos cosas: que las elecciones nacionales, con menos abstención, corrijan el sentido del voto en muchos países y el statu quo tenga continuidad, con pequeños retoques al alza para los partidos situados a derecha e izquierda del núcleo democracia cristiana-liberalismo-socialdemocracia y marcas similares o que una mayor participación no haga más que subrayar la dimensión de los cambios apuntados en las elecciones europeas. En el primer caso, los partidos de la casta, en expresión de Pablo Iglesias (Podemos), podrán mantener las políticas dictadas hasta el presente para conllevar la crisis económica; en el segundo supuesto, la crisis de identidad, que ya hoy parece un terremoto, puede hacer de Europa un rompecabezas ingobernable, agitado por un descontento crónico, militante y quién sabe si organizado. Si la opción que toman los gobiernos, y que condicionará los trabajos de la nueva Comisión, es forzar el lenguaje para vender cambios lampedusianos como una rectificación de lo hecho hasta la fecha, entonces habrá que ver la capacidad de resistencia del entramado europeo ante la reacción social. La exprimera ministra de Francia Edith Cresson, a la que nadie puede definir como radical, al analizar la victoria obtenida por el Frente Nacional (extrema derecha) en su país echa mano de algunas ideas que son aplicables a otros muchos estados con la partida políticamente profundamente alterada por las urnas europeas. “[El resultado] traduce la gran decepción de los franceses con relación a los partidos, diría incluso que la desesperación sentida ante los caminos sin salida trazados por las políticas precedentes. Los franceses son capaces –afirma Cresson– de apretarse el cinturón por solidaridad, a la espera de días mejores, pero cuando ven que no llegan, viven este sacrificio como una traición”. ¿Alguien puede dudar de que los sacrificios dictados por Europa no han provocado sentimientos parecidos a los descritos por Cresson no solo en Francia, sino también en el sur europeo en general, que han llevado a muchos ciudadanos a quedarse en casa o a renegar de su decantación política tradicional y emitir un voto de protesta y hartazgo a favor de opciones políticas hasta la fecha marginales y, en muchos casos, perfectamente democráticas? La perspectiva de una gran coalición del PPE y el PSE, encabezada por el luxemburgués Jean-Claude Juncker, que parece la salida más que probable a la aritmética del Parlamento Europeo, puede poner de acuerdo a los estados y alegrar las bolsas, pero es dudoso que sirva para atenuar la desafección, cuando no desconfianza, de muchos europeos. Es decir, no de los euroescépticos o los eurófobos, que desean darse de baja del club, sino de aquellos europeístas que han llegado a la conclusión de que esta Europa no va con ellos. Redundar en la austeridad, los recortes, la mutilación del Estado del bienestar, el empobrecimiento de las clases medias y las exigencias de la economía financiera, que ha sido la constante del último quinquenio, defendida con entusiasmo por la Comisión presidida por José Manuel Durao Barroso, acrecentará el descontento y agravará la imagen que devuelve la UE cuando se mira al espejo: una superestructura insensible a cuanto queda fuera de los balances contables. Si la gran coalición sale adelante sin contrapartidas para suturar las heridas del paro juvenil, del crédito ausente, de las empresas dejadas a su suerte y de otras lacras de la crisis, no se hará realidad uno de los requisitos para el futuro: disponer de una Comisión que, como reclama el exeurodiputado francés Philippe Herzog, presidente del think tank Confrontations Europe, esté “rehabilitada y reformada para servir al interés general”. Porque, he ahí la gran decepción de muchos europeos, cada día está más extendida la creencia de que la UE ha dejado a un lado el interés general para abordar una reforma radical del pacto social que hasta la fecha ha distinguido el modelo europeo. Para los sistemas de partidos surgidos de este modelo o autores de este modelo, la quiebra del mismo entraña la del propio sistema, y cuando un sistema consolidado de partidos salta por los aires, lo que sigue es una profunda crisis de confianza con alternativas personalistas. El ejemplo del hundimiento de la Cuarta República en Francia, que fue sustituido por un orden político que orbitó alrededor del general Charles de Gaulle y sus herederos ideológicos hasta la victoria de François Mitterrand en 1981, más de veinte años más tarde, y la crisis del sistema de partidos en Italia, que hizo de Silvio Berlusconi la referencia permanente de la marcha de la política, son precedentes dignos de tenerse en cuenta. Con la particularidad en nuestro azaroso presente de que la tendencia es la fragmentación política, la existencia de parlamentos multicolor que, como el que salió elegido el día 25, vaticina un futuro llenó de dificultades para constituir mayorías estables y cohesionadas para gobernar. Es del todo lícito quedarse en el formalismo de la gran coalición en Bruselas, y de otras grandes coaliciones a escala nacional, como la que gobierna en Alemania, ateniéndose a las sumas y restas de votos y al juego de las mayorías y de las minorías, pero hacerlo es no prestar atención a las preferencias apuntadas en las urnas. La pérdida de diputados experimentada por el PPE y el PSE es una tendencia a escala europea, el éxito del UKIP en el Reino Unido lo es también en un entorno profundamente receloso de la construcción política de Europa; el resultado de Podemos e Izquierda Unida, en España, y el de Syriza, en Grecia, indica una dirección; el resultado, en sentido contrario, del FN, en Francia, y Amanecer Dorado, en Grecia, autoriza toda clase de preocupaciones; la proliferación de agrupaciones variopintas –pro y anti, progresistas o radicalmente reaccionarias– induce a suponer que la política refleja cada vez más la fragmentación social. Las grandes corrientes de pensamiento tradicionales en la política europea de los últimos sesenta o setenta años aparecen zarandeadas por otras de nuevo cuño que, liberadas del compromiso y el desgaste de gobernar, cuentan sus apariciones por éxitos. Al mismo tiempo, la desinhibición de algunos líderes subidos en la cresta de la ola de los sondeos favorables les pone a resguardo de situaciones que, en otras condiciones, les saldrían carísimas en votos. Así se explica que Marine Le Pen haya cosechado un resultado espectacular a los pocos días de que su padre afirmara que el señor Ébola puede solucionar en tres meses los problemas demográficos de África. Ha dejado de ser eficaz la invocación de la responsabilidad para justificar algunas medidas incluidas en los programas de austeridad europeos. Mientras los gobernantes que las han llevado a la práctica recurren a su sentido de la responsabilidad para dar contenido ético a las medidas adoptadas, quienes sienten sus efectos han llegado a la conclusión de que son víctimas de un despropósito, cuando no de un engaño, de un juego en el que no quieren participar o en el que han decidido participar como adversarios de quienes suponen son los causantes de sus desventuras. Quizá, en último término, el mejor resultado derivado de la transformación social inducida por la crisis económica sea el final de los cheques en blanco, de esa tendencia cada vez más extendida en virtud de la cual los partidos tienden a guardar sus programas electorales bajo siete llaves en cuanto llegan al poder. ¿Han captado el mensaje los líderes europeos?

‘Dies irae’ a causa de Chipre

La torpeza de muchos parece encaminada a dar la razón al economista José Carlos Díez: Europa no da muestras de albergar vida inteligente. Entendámonos: la referencia a Europa engloba a cuantos forman parte de la maquinaria que gestiona la crisis y que, a poco que se empeñen, pueden empeorarla con esa sucesión de desatinos inquietantes. Resulta que mientras el 0,5% del PIB europeo –Chipre– pone a todo el mundo contra las cuerdas, el denostado neokeynesianismo de Barack Obama es útil para reactivar incluso el sector inmobiliario de Estados Unidos, según información destacada del jueves en The New York Times. Resulta que casi al mismo tiempo que Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca, vaticina que el 2013 será “un año puente hacia la recuperación”, aparece en Bruselas Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y amenaza con retorcer las condiciones de austeridad –miseria sobre miseria– a aquellos países que pidan el alargamiento de los plazos para sanear las cuentas. Sucede, en fin, como ha escrito Joan Tapia, que la desconfianza entre la Europa del norte y del sur crece todos los días, depositaria una de la ética protestante y de los dies irae, inclinada la otra a cultivar cierto relativismo escéptico.

El paseante

Cartel de la película titulada en España ‘El paseante del Champ de Mars’.

Ese galimatías se completa con temores y rivalidades entre aliados más atentos a la prima de riesgo que a los padecimientos de sociedades deprimidas que albergan a ciudadanos convencidos de que el sistema financiero les ha birlado el Estado del bienestar y, puede, el futuro de una generación obligada a oír promesas sin fundamento sobre la salida de la crisis. Por este camino se ha llegado a la absurda información diaria en la que se compara la mejora o empeoramiento de la prima de riesgo española con la italiana, como si un eventual sorpasso de la de Italia fuese un gran triunfo de la de España, cuando en realidad se trata de una carrera sin meta final entre dos corredores empobrecidos, por no decir arruinados. Lleva razón el François Mitterrand de El paseante del Champ de Mars, de Robert Guidiguian, cuando, más o menos, le dice a un periodista: “Yo soy el último presidente de Francia; los que vendrán a partir de ahora serán contables”.

Ahí están los contables con todas las trazas de que, Alemania mediante, el Bundesbank mediante o lo que sea mediante, oscilan entre la improvisación y los ultimátums. Andan con sus modelos matemáticos en la faltriquera, son inmunes a la tragedia humana y se sienten liberados de contestar a algunas preguntas que cualquier estudiante de primer año de facultad es capaz de formular:

  1. ¿Cómo es posible que la diminuta Chipre, mitad meridional de una isla dividida, reuniera siquiera aproximadamente las condiciones para ingresar en la UE con toda clase de garantías?
  2. ¿Cómo es posible que alguien creyera la fantasía de que Chipre podía adoptar el euro sin mayores problemas?
  3. ¿Cómo es posible que no se atajara la conversión de la banca chipriota en uno de los lavaderos de dinero procedente de Rusia?
  4. ¿Cómo es posible que quieran que creamos que la UE no dispone de recursos para solucionar el problema chipriota sin ponerlo todo patas arriba?
  5. ¿Cómo es posible que nadie cayese en la cuenta de que la quita de Grecia abría una herida en el costado de los bancos chipriotas?
  6. ¿Cómo es posible que cunda el rumor de que todo obedece al deseo de imponer un castigo ejemplar a Chipre por haberse echado en brazos de Vladimir Putin y nadie lo desmienta?
  7. ¿Cómo es posible que el Eurogrupo y Alemania digan que no tienen arte ni parte en el corralito chipriota –confiscación parcial, si se prefiere– aprobado en primera instancia?
  8. ¿Cómo es posible que se osara provocar una enorme inseguridad jurídica que perjudicará las inversiones en la periferia de la UE porque el Eurogrupo ha sentado un precedente alarmante en cuanto a la volatilidad de los depósitos bancarios?

Nadie en su sano juicio cree que el futuro dependa del medio por ciento del PIB europeo cuando se ha movilizado un billón de euros en rescates y otros parches. Es tan desmesurado que no hace falta acudir al servicio de estudios de un gran banco para comprender dentro de qué límites nos movemos. Para ser exacto, nadie cree que su futuro dependa del medio por ciento de sus ingresos; nadie cree que de ello dependa su capacidad de producir, de generar riqueza. Si así fuese, la mayoría de empresarios habrían echado el cerrojo, la mayoría de los trabajadores habrían sucumbido a los tajos en cascada y apenas quedaría piedra sobre piedra. No, no, el rescate de Chipre se ha transformado en un bochornoso espectáculo injustificable porque la fórmula para sanear las finanzas responde solo a la lógica desastrosa que ha condenado al continente al estancamiento o, aún peor, a la recesión, mientras en Alemania se desarrolla una larga campaña preelectoral en la que Angela Merkel resalta todos los días el perfil de dama de hierro que, se supone, le otorgará la victoria.

ChipreEs la misma lógica que lleva a afirmar al economista Hans Werner Sinn, presidente del instituto Ifo, con sede en Múnich, que Mariano Rajoy “debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja”, a imagen y semejanza de lo que en su día hizo Gerhard Schröder, canciller socialdemócrata que, prosigue Sinn, “eliminó el salario mínimo y laminó el Estado del bienestar, privando a millones de personas de sus ayudas sociales”. Aunque no hacía falta recordarlo, es evidente que a los contables que quieren salvar el euro a machetazos, el Estado del bienestar les resulta un incordio insoportable, aunque el modelo europeo y la dignidad de millones de personas dependen de su existencia. Es tan grande la distancia entre Hans Werner Sinn y alguien como Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca –“no vamos a poder salir de la crisis si los ciudadanos no salen de la crisis”–, que el proyecto europeo se vislumbra condenado a la falta de equidad, quizá de vertebración.

¿Por qué está en riesgo la vertebración de Europa? Porque la creencia de que, a falta de la institucionalización solvente de un poder colegiado supranacional, bien está la dirección germánica del continente, aparece ante la opinión pública no alemana como un diktat insoportable. Cada vez que se dice que la solución a los males presentes es más Europa, la calle entiende que se dice más Alemania y menos de todo lo demás. Y así crecen la desafección, los nacionalismos extravagantes, el euroescepticismo y la creencia de muchos de que Europa y el euro han resultado ser una trampa para elefantes. El lenguaje hermético, falsamente académico, de los eurócratas ha situado la construcción de Europa en el terreno de la economía sin alma y el sueño de los padres fundadores y de algunos de sus herederos se desvanece en los ordenadores de los operadores financieros. ¿Quedan aún apóstoles de las crisis europeas como barro moldeable o motor para avanzar en la construcción política de Europa?

A nadie puede sorprender que la reacción visceral, inmediata, de una parte de la calle chipriota haya sido pedir la salida de la UE, el abandono del euro y la asociación con Rusia, que en el pasado prestó más de 2.000 millones a Chipre para tapar agujeros. Si sucediese algo así, la UE haría un triple mal negocio: perdería toda posibilidad de participar en la administración de los yacimientos de gas que duermen bajo el lecho marino, abriría a Rusia la posibilidad de negociar en suelo chipriota la instalación de una base militar que, llegado el caso, sustituyera a la de Tartus (Siria) y apartaría a Europa más de lo que ahora lo está de un área estratégica –el Mediterráneo oriental– donde coinciden una primavera árabe (Egipto), el conflicto palestino-israelí, la guerra civil siria y el afianzamiento de Turquía como potencia regional.

El negocio sería ruinoso. ¿O no? ¿O hay quien barrunta que es más rentable ser intermediario en el negocio del gas que gestionar los yacimientos? ¿O resulta que no está claro quiénes tienen derecho a extraer el gas y Turquía y Grecia pedirán su parte del pastel? Es capital dar una respuesta creíble a estas preguntas, siquiera sea para ahuyentar el fantasma de un nuevo batacazo, que tantos temen cada vez que analizan los datos de crecimiento –mejor, decrecimiento– del último trimestre del 2012. Lo temen algunos grandes inversores, que no se fían de las componendas europeas, pero también los analistas sociales que observan a lo lejos –tampoco tanto– la formación de una borrasca. Así Susan Sontag, que ve indicios de que un huracán es posible: “La falta de control del sector financiero ha incrementado el riesgo de un nuevo crash financiero mundial cuyas consecuencias podrían ser peores que el anterior”. No hay eurócrata capaz de asegurar que se trata de una alarma injustificada.

Makarios III

El arzobispo Makarios III, primer presidente de Chipre (1960-1977).

Recordatorio. No debiera sorprender la oferta de la Iglesia chipriota, de rito ortodoxo griego, de poner sus bienes a disposición de los gestores de la crisis. Se trata de una Iglesia nacional que es, en la práctica, la organización más sólida, potente y bien estructurada de la república, con intereses importantísimos en el sector bancario. Y, además, es una constante histórica la intervención del clero en la política de la isla: el caso más significativo fue el del arzobispo Makarios III (1913-1977), primer presidente del Chipre indepediente (1960-1977), salvo entre julio y diciembre de 1974, cuando ocupó la presidencia Nikos Sampson. Al arzobispo Makarios se le relacionó al final del periodo colonial con la EOKA, organización armada partidaria de la enosis (unión con Grecia).

 

Desplante electoral en Italia

Después de la sacudida emocional provocada por las elecciones legislativas celebradas en Italia el domingo y lunes últimos resulta tan revelador el marcador al final del partido como desentrañar contra qué y contra quién han votado los italianos, sometidos a una cura de austeridad dictada por Alemania, telegrafiada por Bruselas y ejecutada por el Gobierno de tecnócratas encabezado por Mario Monti. El desplante electoral italiano ha agudizado la crisis de “la democracia como sistema de regulación social”, algo evocado por Josep Borrell en las páginas de EL PERIÓDICO, pero es improbable que haya sorprendido a los timoneles de la nave europea, advertidos en infinidad de ocasiones por las encuestas de que la cura impuesta a la periferia ha convertido a los gobernantes en victimarios cuyo único destino verosímil es caer derrotados, mientras el populismo más descarnado e inconsistente –la palabrería de Silvio Berlusconi– y las nuevas formas de intervención social –Beppe Grillo– tienen mucho margen de maniobra y están en mejores condiciones de hacer promesas que las marcas más convencionales, el centroizquierda de Pier Luigi Bersani y el centroderecho que resguardaba la figura de Mario Monti. Como twiteó el martes el periodista Miguel Ángel Bastenier, “lo fácil sería escandalizarse, pero [los italianos] han votado con razón contra lo falsamente respetable”, este listado inmoral de medidas que adelgaza todos los días el Estado del bienestar, perdona los dislates del sector financiero, atenaza a la clase media y ha entregado la política a los tenedores de libros.

Los electores italianos no son unos incautos, entre sus más arraigadas tradiciones figura una probada capacidad para sobrevivir a toda clase experiencias inquietantes y, por esta razón, es prudente no precipitarse cuando hay que sacar conclusiones. Pero los primeros síntomas poselectorales hacen temer justo lo contrario: que la burocracia bruselense, el Banco Central Europeo y asociados se lancen rápidamente a promover una nueva cita electoral con la esperanza de que el miedo a lo desconocido lleve a los italianos a rectificar. El espectáculo ofrecido por Peer Steinbrück, candidato socialdemócrata a ocupar la cancillería de Berlín, va en esta dirección, porque al declararse “asustado por la victoria de los dos payasos”, no solo alarmó con su léxico grosero al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, un hombre honrado que canceló la entrevista que tenían prevista, sino que se convirtió en el banderín de enganche inesperado de cuantos creen que los italianos están equivocados y deben corregirse cuanto antes. Y, ya puestos, confirmó lo que es un secreto a voces: que la campaña socialdemócrata solo introducirá matices a la dieta impuesta por Alemania al sur; la esencia, el fundamentalismo fiscal de Angela Merkel, llegará a las elecciones de otoño sin dar señales de agotamiento en combate.

Nada de lo dicho hasta aquí es ni por asomo un gesto de comprensión hacia Berlusconi y su antieuropeísmo, que no es más que oportunismo unido a la estrategia de defensa de los abogados que lo acompañan a todas partes. Pero los resultados alcanzados por el Il Cavaliere, solo medio punto por debajo de los de Bersani, son inseparables de la imposición por los tecnócratas de la Unión Europea de uno de los suyos, Monti, para llevar por el camino de la verdad la rectificación neoliberal del Estado del bienestar italiano. No es que a Berlusconi le importen demasiado los amortiguadores sociales, pero en el momento que entregó el testigo a Monti se parapetó detrás de las quejas de una clase media exhausta y, paradojas del destino, pudo montar su artificio electoral sobre la idea de que hubo de abandonar el Gobierno porque no quiso aceptar nuevas podas del Estado del bienestar y, de regresar, dice estar dispuesto a desandar el camino recorrido por Monti. Así fue como apareció por los canales de Mediaset, como el caballero San Jorge dispuesto a plantar cara a la cancillera Merkel y, de paso, a cruzarse en el camino de los herederos de la izquierda histórica de Italia, agavillados por Bersani, y de los antisistema –un término bastante inapropiado– de Grillo.

Un artículo tan corto como rotundo de Cécile Chambraud en el periódico progresista Le Monde resume las razones de lo sucedido hace unos meses en Grecia, de lo acontecido esta semana en Italia y de lo que puede estar por venir en otros lugares: “Por todas partes, en los países del sur de la Unión, el rigor corroe los sistemas políticos. Surgen listas de candidatos hostiles a la ortodoxia presupuestaria promovida como remedio a la crisis de la deuda”. Esta ortodoxia presupuestaria con acento alemán que pasa de puntillas sobre los costes sociales que entraña es la que lleva a gobernantes como Mariano Rajoy a mostrarse satisfechos por haber cumplido con su deber aun a costa de no haber cumplido su programa, que es justamente por lo que le votaron los electores. Más que nunca, cobra actualidad una frase del libro de Tony Judt ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, publicado en 1996: “El desequilibrante peso de Alemania en los asuntos europeos  no es nada nuevo, por supuesto. Pero, a diferencia de épocas anteriores, ahora esto supone tanto un problema para la propia Alemania como para sus ansiosos vecinos”.

Aquellos ansiosos vecinos de 1996 eran los países de la Europa central y oriental, recién liberados de la tutela soviética y deseosos de ingresar en la UE cuanto antes para modernizar sus economías y penetrar en nuevos mercados. Hoy los límites de la Europa ansiosa llegan hasta las playas del Mediterráneo. Y cuando se dan situaciones de intromisión directa de la UE en la soberanía política de los ciudadanos de un Estado miembro –Italia–, fundador para más señas de la organización, las consecuencias son imprevisibles, porque la sociedad percibe que la injerencia no persigue otra cosa que rectificar la orientación dada a la gestión de los asuntos públicos después de celebrarse elecciones libres y transparentes. En este caso, el primer beneficiado ha sido Berlusconi, pero en otra situación, en otro país, el beneficiado por la intromisión puede ser otro. Con lo cual, la UE no ha hecho más que debilitar a los partidos y gobernantes con los que pretendía entenderse, pero que, de acuerdo con el resultado de las elecciones, más de la mitad de la opinión pública puso bajo sospecha a pesar de que Monti obtuvo el voto de investidura del Parlamento italiano y así quedó a salvo la legitimidad de la maniobra.

¿Qué decir de Grillo? Por razones no intercambiables con las que han cimentado el éxito de Berlusconi, pero igualmente comprensibles, la austeridad a todas horas le ha procurado las adhesiones que en otras circunstancias difícilmente hubiera acumulado. Los jóvenes en paro, la clase media urbana, los pequeños empresarios, los profesionales de todas clases que otean el horizonte sin vislumbrar oportunidades se han sentido atraídos por un mensaje sin ataduras, con propuestas arriesgadísimas –salir del euro y volver a la lira– y la promesa de no dañar más el Estado del bienestar. Grillo no es un ideólogo, pero si es un político con un sentido profesional del espectáculo, de los medios a través de los cuales se establece la complicidad entre el actor y el patio de butacas, y ninguno de estos medios es más convincente hoy que prometer que no habrá un recorte más, que nadie volverá a decir que hay que podar otra rama para salvar el árbol. Grillo es un lector avezado de ¡Indignaos!, aunque carece de la fundamentación teórica y las referencias intelectuales del desaparecido Stéphane Hessel, una circunstancia que, contra lo que se pueda pensar, facilita su labor. Al mismo tiempo, la simplificación programática de Grillo autoriza a poner en duda la viabilidad de cuanto predica por más que Siena, capital del Movimiento Cinco Estrellas, sea ejemplo de buena administración.

Cuando se alude al desprestigio de la política, a la distancia cada vez mayor entre las instituciones y los ciudadanos, se está haciendo referencia a las razones que han permitido a Berlusconi levantar cabeza, emerger a Grillo, dejar a Bersani instalado en la debilidad y zarandear a Monti. Si los ejecutores de la germanización de Europa llegan a otras conclusiones, acaso logren vencer la crisis económica a costa de condenar a la pobreza más rigurosa a millones de ciudadanos y de extender las desigualdades sociales más allá de todos los límites imaginables, pero antes deberán afrontar otras muchas Italias. Volvamos a Cécile Chambraud: “Si, además, la desgracia de unos aumenta la felicidad de otros, es posible que un día la felicidad de estos otros se convierta en insoportable”. Hessel seguramente preguntaría dónde hay que firmar en apoyo de este vaticinio.

España es más problema que Grecia

¿Será posible que algún día nos enteremos de verdad de qué sucede o los que realmente lo saben no están dispuestos a soltar prendan? Puesto que a cada episodio presuntamente tranquilizador le sucede otro profundamente perturbador, no queda otra a los ciudadanos que temer un gran engaño colectivo al que nuestros gobernantes contribuyen por acción o por omisión dependiendo del momento. Si se ajusta a la verdad el sombrío pronóstico de Eugenio Scalfari, mente lúcida y fundador del diario progresista italiano La Repubblica, y “el éxito del voto griego no puede ser utilizado por los especuladores como pretexto, con toda seguridad encontrarán otros para proseguir su ataque a la Eurozona, a las deudas soberanas más expuestas y a los bancos más frágiles”. En resumen: no hay salida.

La sospecha de Scalfari se extiende como epidemia incurable, y mientras se suceden las representaciones y los viajes, la farfolla tecnocrática cubre la realidad con un manto de frases indescifrables. “Lo que sigue ya ha empezado, primero con España y después con Italia –afirma Scalfari–. El objetivo final es la desarticulación de la Eurozona, el aislamiento de Alemania, la cancelación de cualquier regla que tienda a encauzar la globalización en un cuadro de capitalismo democrático y de mercado social”. En suma, el sistema financiero y el Estado del bienestar son incompatibles y la acometida neoliberal pretende reducir el Estado redistribuidor en un ente caritativo destinado solo a atender los casos terminales y dejar el resto en manos del mercado que todo lo puede.

Si Scalfari lleva razón, y no hay grandes argumentos para rechazar su punto de vista, las elecciones griegas del 17 de junio, destinadas a domeñar la opinión pública de un país devastado, la mayoría absoluta de François Hollande en Francia, las largas discusiones del G-20 en Los Cabos (México), el compromiso para rescatar a la banca española doliente y lo que se dice y cuece todos los días apenas importan porque el sistema financiero internacional ha puesto la proa al euro para descoyuntar el pacto social que siguió al final de la segunda guerra mundial. Puede habérsele ido la mano al financiero estadounidense Donald Trump, dado al histrionismo y a los excesos verbales, pero no anda muy desencaminado cuando asegura que es el momento de acudir a Europa para encontrar “suelo barato y ofertas exclusivas” –“hay que aprovecharse de que España tiene fiebre”–, pero esa es una opinión muy extendida. Tanto como la que, con los datos en la mano, manifiesta que Grecia no podrá cumplir nunca las condiciones del famoso memorando.

El helenista español Pedro Olalla, que gasta buena memoria, recuerda que ni siquiera a Alemania después de arruinar a Europa con una guerra de seis años se le impusieron condiciones de reparación tan duras como las que obligan hoy a Grecia. Es más, Grecia se sumó a los países que a principios de los 90 dieron su acuerdo a Alemania para que prolongara la cancelación de las deudas de guerra. Hoy, sin embargo, un pequeño país que representa solo el 2% del PIB de la UE debe hacer frente a unas condiciones de rescate insólitamente exigentes o aceptar que su lugar está extra limes del sistema si se hace cargo del Gobierno alguien que discute el diktat. Lo que importaba en mayo –primeras elecciones–, importa en junio –segundas elecciones– e importará en el futuro es que las urnas consagren y legitimen el statu quo, aunque quienes se hagan cargo de la situación sean los mismos que desacreditaron el país amañando las cuentas (Nueva Democracia, derecha) o fueron incapaces de acabar con un sistema corrupto y sanear el Estado sin provocar su quiebra (Pasok, centroizquierda).

En la víspera de las elecciones griegas, Albert Sáez escribió en EL PERIÓDICO que Alexis Tsipras, líder de Syriza (izquierda), pudo haber sido el Lula griego. Lo pudo ser si él hubiese querido y la UE le hubiese dejado. No se dio ninguna de esas situaciones: Tsipras solo pasó del programa máximo a la realidad incontestable al final de la campaña y a la UE le aterroriza revisar su manual de medidas procíclicas, sometidas al plan de trabajo de Alemania. Al final, los votantes griegos sintieron que debían decidir entre los de siempre y el caos, y muchos optaron por el mal menor que, al mismo tiempo, es el mayor de todos los males. Fue el triunfo del miedo del que habló Pedro Olalla en su blog al día siguiente de las elecciones: “El miedo del bipartidismo secular a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabe el juego, el miedo de unos y otros a que se abran procesos y se depuren responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente se interponga en el camino de su, hasta ahora, implacable plan de conquistas a través de la deuda”.

“Nadie puede alegar ignorancia sobre el hecho de que la nación está en un lío terrible. Nadie puede permitirse el lujo de ser irresponsable solo porque el electorado lo envió a la oposición. Estamos todos en el mismo barco”, afirma Alexis Papachelas, editor del diario Kathimerini, el más próximo al establishment griego, y director general de la Fundación Helénica para la Política Europea y Exterior. Se trata de una verdad a medias porque las consecuencias del naufragio no son las mismas para todos los integrantes de la tripulación y el pasaje, porque es posible que, como en el Titanic, no haya botes salvavidas para todo el mundo; en realidad, todo el mundo sabe que no los hay y, aun así, se consagra el argumento desvergonzado de que solo cabe un camino para salir del embrollo.

El resumen de los temores de los de siempre figura en esta frase de Nikos Konstandaras, coeditor de Kathimerini: “Todas las partes se adhieren a sus propias políticas, ya sea porque se sienten justificados por el resultado de las elecciones o porque sienten que han perdido votos por no defender sus políticas con suficiente energía. Esto dará lugar a un conflicto interminable. En un momento en el que las decisiones difíciles se necesitan para aplicar las reformas en Grecia y llevar a cabo negociaciones con nuestros socios, es muy poco probable que veamos el consenso nacional necesario. En su lugar, es muy probable que tengamos inestabilidad y otra elección. Esperemos que las partes se sobrepongan y demuestren que estamos equivocados”. El artículo de Konstandaras soslaya un aspecto fundamental del rompecabezas griego: ¿es posible el consenso cuando el empobrecimiento de la sociedad griega avanza de forma insólitamente rápida y se multiplican los casos de trágico desespero?, ¿qué consenso puede construirse en un país condenado a no tener futuro?

Si el Gobierno que encabeza Antonis Samaras desde el miércoles sirviera al menos para serenar los espíritus en el resto de Europa, podrían decir los griegos que han sido el chivo expiatorio de todos los males europeos, de la Eurozona y de lo que haga falta. Pero está bastante extendida la impresión de que la catástrofe griega no conjura ninguna de las que asoman en el horizonte. “Se engañan una vez más quienes ensueñan que, cautiva y desarmada la protesta de los griegos ante los ajustes sufridos, los mercados se tranquilizarán tras haber alcanzado sus objetivos militares. Esta historia no ha acabado”, afirma Juan Fernando López Aguilar, vicepresidente del Partido Socialista Europeo. Lo ratifica Gideon Rachman en su blog en el Financial Times, metrónomo de la City de Londres: “Sin embargo, un respiro en la parte griega de la crisis del euro no significa que Europa se ha desenganchado. Por el contrario, es cada vez más claro que Grecia ya no está en el centro del problema. El destino del euro se decidirá en España y, sobre todo, en Italia”.

Esta es la otra cara de la enfermedad griega: es suficientemente aguda para dañar el edificio, pero menos de lo necesario para lograr que se hunda. A Grecia le falta masa crítica, incluso para los agoreros de la City deseosos de que la historia del euro se salde con un fracaso sin precedentes. En cambio, la suma de los males españoles e italianos tendría los efectos de un terremoto de intensidad nueve en la escala de Richter. Por esta razón son cada vez menos los que ven el núcleo del problema en la agonía griega y cada vez más en el agravamiento de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona. Así lo ve Georges Ugeux, una analista especializado en la banca de negocios al calibrar el resultado de las elecciones en Grecia: “La espiral de las tasas de interés que alimentan el déficit presupuestario no puede detenerse solo a golpe de buenas intenciones: la situación de España, y sobre todo de Italia, nos recuerda que el riesgo aumenta todos los días”.

A efectos prácticos, los datos objetivos de la economía española –y de la italiana– importan menos que otros ingredientes que sazonan el sopicaldo cocinado por Berlín, Bruselas y las inconcreciones-dudas de Madrid. The Wall Street Journal, metrónomo de la bolsa de Nueva York, se ha molestado incluso en poner negro sobre blanco algunos parámetros públicos de la economía española para demostrar que su situación no es ni mucho menos la peor de las imaginables y publicar el siguiente resumen del momento hecho por Matt Phillips: “No importa cuál sea el resultado electoral en Grecia, conocedores sofisticados de los mercados ya han pasado a fijar su fuego sobre el próximo gorila del grupo euro: España. Cuarto grande de la Eurozona, su economía tiene en realidad una mucho mejor relación deuda-PIB que las demás naciones arrastradas por la vorágine de la crisis. Pero la situación de su economía y sus bancos parece que son motivo de grave preocupación”. Phillips podía haber añadido, sin que le pudieran acusar de exagerado, que la propensión del Gobierno a secuestrar el lenguaje y dejar siempre cabos suelto detrás de sus cortinas de humo no ayuda precisamente a paliar la presión de los mercados. La operación de Mariano Rajoy destinada a presentar el rescate bancario como una operación especialmente benevolente con España, gracias a no se sabe exactamente qué razones, ha disipado los efectos de la inyección de vitaminas del primer momento –cuando se supo que había hasta 100.000 millones de euros para el rescate– y han reaparecido los amagos de la anemia perniciosa que puede declararse al menor descuido.

El perfil del hidalgo herido en su orgullo es incompatible con la defensa hecha hasta la fecha de una salida –lentísima– de la crisis mediante raciones dobles y triples de austeridad más unas gotas de crecimiento suministradas por la presión de Barack Obama a la Eurozona, en general, y a Alemania, en particular, y el pequeño margen de maniobra de que dispone François Hollande para aparentar algún cambio de Francia en su relación con la cancillera Angela Merkel. El retraso anunciado el jueves por el ministro de Economía, Luis de Guindos, para solicitar el rescate bancario no es “una mera formalidad” porque emite una señal equívoca, ininteligible –incluso si la descifran los ministros de Economía de la Eurozona–, profundamente inconsistente; es un gesto incompatible con el pulso de los mercados, que con gran facilidad proyectan sobre la deuda pública la insolvencia de la banca española que debe sanearse con fondos europeos porque el Estado no pueden hacerlo por sus propios medios. Es inútil que insistan los agitprop del Gobierno: el desbocamiento de la prima de riesgo española se debe al dosier griego solo en una pequeña medida; la parte del león del problema obedece a causas autóctonas. No reconocerlo es incompatible con la lógica más elemental, tal como se puede certificar sobre el terreno.

Es igualmente comprobable de forma empírica que la insistencia en tomar la ruta diseñada por Alemania para salir del atolladero sin entrar en mayores discusiones resulta fructífera para Alemania y asfixiante para los demás. “Lo que comienza a inquietarme –ha escrito en Cinco Días José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España–, partiendo del paso a paso que recomendaba la cancillera alemana hace unos días para completar la Unión Europea, es que estos pasos a tomar son cada vez mayores cuando su efecto tranquilizador dura cada vez menos. En definitiva, el mercado (los inversores… los agentes económicos) ya no tienen tabús a la hora de valorar el escenario futuro del euro. Todo es cuestionable y objeto de debate, lo que no ayuda a recuperar la calma”. En realidad, no todo alimenta dudas: según han recogido Der Spiegel y Financial Times Deutschland, el Kiel Institute for the World Economy calcula que Alemania habrá ahorrado alrededor de 19.000 millones de euros en el 2011 y el 2012 como resultado de los bajos intereses de los títulos de deuda y, gracias a este ahorro, tendrá un presupuesto equilibrado el próximo año. ¿Sería posible el mismo resultado si Berlín aflojara las clavijas a los otros, todos ellos clientes, por cierto, de la industria alemana?