Heidegger o el prejuicio antisemita

¿Es posible fragmentar el pensamiento de un filósofo y separar su obra de su compromiso cívico? En términos generales, ¿cabe considerar la aportación de los intelectuales a la cultura como un material separado de su comportamiento como ciudadanos? La publicación en Alemania de los Schwarzen Hefte (cuadernos negros, por el color de sus tapas, de hule negro) del filósofo Martin Heidegger ha puesto una vez más de actualidad ambas preguntas, pues en ellos asoma de nuevo la adscripción de su autor al nazismo durante los 12 años que transcurrieron desde la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933 y la derrota del III Reich en 1945. La comunidad académica se muestra dividida entre los que tienden a ser comprensivos con Heidegger, porque lo conocieron o porque entienden que la dimensión de su obra lo redime de sus errores, y quienes estiman insalvable la incongruencia entre su aportación al pensamiento y su antisemitismo militante. Y hay quien se aventura incluso a afirmar, como hace el profesor alemán Thomas Meyer, que Heidegger “puede imaginar y de hecho imagina un mundo sin judíos”.

Martin Heidegger (Messkirch, 26 de septiembre de 1889-Friburgo, 26 de mayo de 1976).

La discusión no pasaría de ser una digresión reservada a especialistas si no se diese la circunstancia de que la Europa de hoy acoge el renacimiento de algunos de los argumentos manejados por Heidegger para explicar los orígenes de la decadencia de la modernidad a causa de la adulteración de la herencia clásica griega a través de ingredientes tan variados como la romanización, el cristianismo y, claro, el judaísmo. El rebrote antisemita aquí y allá justifica sobradamente la discusión provocada por la publicación de los cuadernos, porque las reflexiones del autor de Ser y tiempo constituyen una mercancía de gran valor para los aventadores del desarraigo de los judíos y su no pertenencia a ninguna comunidad nacional en concreto. Las referencias de Heidegger al “judaísmo internacional” abonan toda clase de prejuicios, pero tendrían un efecto nocivo limitado si su autor no tuviera el prestigio intelectual propio de uno de los grandes filósofos del siglo XX.

Hoy resulta de nuevo necesario analizar si es posible la existencia de un pensamiento fragmentado, en cuyo seno el gran artificio académico de naturaleza discursiva transita por un camino diferente a la praxis en la vida cotidiana. Piénsese en Jean-Paul Sartre y sus grandes construcciones teóricas en El ser y la nada y Crítica a la razón dialéctica, por citar solo dos títulos, y a los ataques a menudo despiadados con los que fue castigado por sus diferentes militancias políticas, casi siempre desconcertantes. Y, en sentido contrario, recuérdese la honda capacidad autocrítica de Albert Camus en el ambiente intelectual del París de la posguerra, con una parte muy significativa de la izquierda dispuesta a pasar por alto las barbaridades del estalinismo.

Hannah Arendt, pensadora judía alemana, discípula y amante de Martin Heidegger, en una imagen de los años 30.

Es preciso hacer recuento de todo eso antes de afirmar que, en efecto, es posible la pirueta de los defensores de Heidegger a pesar de todo o la de sus detractores a causa de la naturaleza por lo menos sectaria de sus juicios políticos. Pero se tengan o no argumentos para disculpar a Heidegger, es difícil soslayar las consecuencias que en la consideración de su pensamiento tienen afirmaciones como la del profesor Peter Trawny, editor de la obra completa del filósofo: a su modo de ver, Heidegger equiparó los objetivos del nacional-socialismo –dominar el mundo– con los de la comunidad judía, “mientras que los verdaderos alemanes van en busca de su auténtica esencia”, una forma de equiparar a víctimas y victimarios. Como es muy difícil olvidarse de que Heidegger nunca se refirió al Holocausto ni tuvo el mayor gesto de proximidad hacia los muertos en los campos de exterminio, un silencio ruidosamente elocuente.

Hay otros datos que llevan a pensar que la militancia nacional-socialista no fue un accidente o un gesto oportunista de quien en 1933 se convirtió en rector de la Universidad de Friburgo. Gaëtan Péguy recuerda que, en el transcurso del año académico 1933-34, Heidegger enardeció a los auditorios de estudiantes y profesores con llamamientos “al exterminio total del enemigo interior, que puede estar incrustado en las raíces más profundas de un pueblo”. ¿De qué enemigo interior se trataba? Sin duda, de los judíos alemanes, a los que desposeyó de su condición de alemanes para transformarlos en adversarios de la nación que hunde sus raíces en el pasado. Los partidarios de una Europa recluida en sí misma, aunque con menos riqueza expresiva que Heidegger, justifican hoy con parecidos argumentos su oposición a los flujos migratorios y al subsiguiente mestizaje cultural.

Puede decirse, incluso, que en la fundamentación del pensamiento de Heidegger con posterioridad a la publicación de Ser y tiempo (1927) alienta cierta predisposición a abrazar el ideario nazi. Sus referencias a la “degeneración de la visión del mundo” datan de 1929, y aunque siempre vio en Mein Kampf una obra de “pensamiento vulgar”, hay una cercanía manifiesta entre el libro de Hitler y algunas de sus manifestaciones públicas inmediatamente anteriores y posteriores a la eclosión del régimen nazi. Esa proximidad lleva al filósofo francés Emmanuel Faye al siguiente razonamiento relativo a la adscripción de Heidegger al nazismo: “Se trata de una versión ontológica y mitificada de la visión del mundo nacional-socialista”. Que el paciente sanara hacia 1950, cuando, según Trawny, las referencias al antisemitismo desaparecen de los cuadernos negros, no quita para que siga sin resolverse la primera de las incógnitas: ¿contaminó el pensamiento nazi la obra del filósofo más allá de la apariencia estrictamente académica, sistemática y especulativa? ¿Escapó Heidegger a la nazificación del pensamiento o, como tantos de sus compatriotas, sucumbió a la nazificación y nunca pudo afrontar la crítica abierta, pública y sin reservas de aquel régimen ominoso?

Herbert Marcuse, aquí en una imagen de 1968, alabó la dignidad de Martin Heidegger al final de su vida después de haber mantenido con él una larga controversia política.

Resulta harto difícil negar sin más el antisemitismo de Heidegger, como lo hace el profesor Silvio Vietta, que lo conoció, recurriendo al simple hecho de que fue profesor admirado de varios jóvenes judíos que acudieron a sus clases y fue amante de Hannah Arendt, asimismo judía, deslumbrada por la inteligencia de su maestro. En alguien que aplicó la Machenschaft (maquinación universal) a la comunidad judía, entendida esta como una estructura supranacional, no hay forma de favorecerle con el beneficio de la duda y suponer que sustentó tal opinión como resultado de una reflexión académica sin consecuencias ulteriores; parece más verosímil suponer que todo fue fruto de un prejuicio estrictamente ideológico, asumido como parte del ideario político personal. Sacar una conclusión más benévola del relato biográfico de Heidegger obligaría por fuerza a aplicar a nuestros días la pregunta del profesor Hadrien France-Lanord referida a los años 30 del pasado siglo: “¿Qué significado tiene una época en la que uno de sus más grandes pensadores se encuadra temporalmente en el movimiento nacional-socialista en el momento de llegar al poder?”

Incluso si la conclusión final es que Heidegger se sumó al nazismo por simple cálculo, habrá que concluir que, por lo menos por comparación con otros nombres ilustres, la conducta del filósofo fue deleznable. Y el silencio político que guardó a partir de la victoria aliada dista mucho de concordar con el peso de su obra. ¿Por qué el verbo concordar? Porque el propio Heidegger eligió el concepto de concordancia como aquel en el que se asienta la verdad, lo auténtico. “Lo verdadero, ya sea una cosa verdadera o una proposición verdadera, es aquello que concuerda, lo concordante”, escribió en cierta ocasión. De lo que es fácil inferir que lo discordante se corresponde con la mentira, con aquello que se tiene por falso. ¿Quiso advertirnos el propio Heidegger de que en él tenía acomodo un fondo discordante barnizado con la solvencia de su obra? Herbert Marcuse fue especialmente enigmático al final de sus días cuando, después de haber mantenido durante años una agria controversia política con Heidegger, rindió un homenaje a la dignidad con la que este vivió el final de su existencia. ¿Animó a Marcuse la necesidad de advertirnos de que en Heidegger no todo fue lo que pareció en su día y no estuvo a salvo de contradicciones? Y, si así fue, ¿es posible establecer algún tipo de conexión entre las contradicciones que le persiguieron y las que ahora encuentran cobijo en las debilidades ideológicas de la posmodernidad?

Günter Grass abre las heridas del Holocausto

Manifestación en Fráncfort

Pancarta de apoyo a Günter Grass en la tradicional manifestación de Pascua en Fráncfort, el 9 de abril.

El poema de Günter Grass Lo que hay que decir ha encendido la polémica. Unos versos del premio Nobel han refrescado la memoria histórica de la tragedia inextinguible del Holocausto a la vez que se ha acusado al escritor alemán de albergar sentimientos antisemitas y se ha recordado su afiliación a las Waffen SS cuando contaba 17 años, en los días postreros de la segunda guerra mundial, algo que ocultó hasta hace solo seis años. En Israel y Alemania se han sucedido las críticas hasta que Eli Yishai, ministro israelí del Interior, ha declarado a Grass persona non grata –entraña la prohibición de visitar Israel– y el Gobierno de Benyamin Netanyahu ha tenido que enfrentar, a su vez, críticas por arremeter contra la libertad de expresión y el derecho a la libre circulación.

Aquello del poema que más ha removido las aguas es la equiparación de Irán e Israel en términos políticos, y las acusaciones dirigidas a este último país de “poner en peligro una paz mundial ya de por sí quebradiza”, de tener en mente la aniquilación del pueblo iraní so pretexto de destruir las instalaciones en las que la república de los ayatolás enriquece uranio. La controversia excede con mucho la que provocó en su día la decisión del director de orquesta Daniel Barenboim de interpretar a Richard Wagner, antisemita furioso, en tierra de Israel, agrandada además por el error manifiesto de Grass de asimilar el Gobierno de Israel al Estado de Israel, pero también porque la crítica a Israel, a su Gobierno, a la tradición política israelí, es obra de un autor alemán, referencia moral en muchos sentidos de la cultura de su país y crítico acérrimo de la unificación. Grass ha rectificado en las páginas del influyente periódico muniqués Süddeutsche Zeitung, el mismo que publicó el poema el 4 de abril, en lo que atañe a la referencia genérica a Israel, pero es ilusorio esperar muchas matizaciones más de un tozudo incorregible de 84 años que, por si faltara poco, es autor de una frase tan reveladora como la siguiente: “Cuando algo es moralmente correcto, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar”.

Pero ¿es moralmente correcto el poema? Tom Segev, un reputado intelectual israelí que forma en el grupo de los llamados nuevos historiadores –impugnan la historia oficial y más difundida de su país–, ha manifestado en las páginas del conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, que las opiniones de Grass son “desmesuradamente egocéntricas y patéticas”, mientras que en las diario progresista israelí Haaretz ha ido al meollo del asunto: “La comparación de Grass de Israel e Irán es impresentable porque, al contrario de Irán, Israel nunca amenazó con borrar a ningún país del mapa”. La situación de sometimiento sin contemplaciones de la comunidad palestina debería inducir a Segev a introducir alguna matización.

Micha Brumlik, profesor de la Universidad de Fráncfort y exdirector del Instituto Fritz Bauer para el Estudio y la Documentación del Holocausto, es del parecer que la demonización de los judíos que contiene el poema de Grass es típica del antisemitismo y comparte el punto de vista de Segev relativo a los objetivos israelís: “El Gobierno de Netanyahu, que políticamente es muy desagradable para mí, no tiene la intención de exterminar al pueblo de Irán”. A Brumlik le parece más criticable pensar lo contrario que sostener que el Gobierno de Israel pone en peligro la paz mundial.

Todo conspira para que suba la temperatura: el antisemitismo, los clérigos de Teherán, las críticas al Gobierno isrelí. A cada paso surgen Alemania y su pasado, los campos de exterminio y la amenaza de la república islámica: “Alemania vive un tiempo extraño –han escrito Giulio Meotti (italiano) y Benjamin Weinthal (alemán) en el diario conservador israelí Yediot Ajronot–. El último mes, la televisión ZDF ha emitido sin objeción una entrevista en la que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, negó el Holocausto. El entrevistador (…) evitó formular preguntas acerca de la represión de los movimientos democráticos en Irán”. Dicho todo esto antes de ocuparse del poema de la discordia: “Con su trabajo, Grass se convierte en el líder antisraelí de la intelligentsia europea. Es una señal inquietante de una enfermedad intelectual, un pensamiento antidemocrático y nihilista”.

Con la caja de Pandora abierta y una multitud dispuesta a sacar partido de la situación, algunos aplausos deben haber sonado a oídos de Grass como truenos que presagian días tormentosos. Así el Partido Nacional Democrático Alemán, neonazi, “por decir en voz alta lo que muchos piensan calladamente”. Así Javad Shamaqdari, viceministro iraní de Cultura, que se ha molestado en enviar una carta al escritor con la esperanza, dice, de que con el poema “despertará a la dormida conciencia occidental”. Cada una de estas adhesiones ha añadido confusión al debate, porque se trata de mensajes emitidos desde la trinchera ominosa del oportunismo sectario y surten de argumentos a cuantos se han movilizado contra el poema de Grass, como el escritor iraní de expresión francesa Chahdortt Djavann, autor en el 2009 de Ne négociez pas avec le régime iranien: “Para responder al escritor Günter Grass, diría que la paz del mundo se puso en peligro cuando el presidente Jimmy Carter sostuvo en el momento de la revolución iraní, en 1979, a aquel integrista terrorista que era el ayatolá Jomeini: aquello cambió la faz del mundo violando todas las reglas, todas las leyes y todas las convenciones internacionales”.

Submarino Dolphin

Submarino de la clase Dolphin que Alemania construye para Israel en los astilleros de Kiel.

El autor de El tambor de hojalata es dueño de una frase contenida en una conferencia que pronunció en marzo de 1970: “La política mira hacia el futuro, pero la mayoría de las veces fracasa en el presente a causa de su pasado”. La idea es perfectamente aplicable a sí mismo y al Gobierno de Israel, que, como sus predecesores –salvo contadas excepciones– sigue pensando que cualquier crítica que se le dirija es un dardo envenenado contra la existencia misma del Estado. Claro que más allá de la moqueta del poder los heterodoxos como el periodista Gideon Levy niegan que el Gobierno de su país disponga de una especie de bula de la santa cruzada que le pone a salvo de críticas y reproches: “Puede y debe decirse que la política de Israel pone en peligro la paz mundial. Su posición (la de Grass) contra el poder nuclear israelí es también legítima. Puede también oponerse al suministro de submarinos a Israel –acordado con Alemania– (…) Pero Grass exagera innecesariamente y por el camino daña su propia posición”.

Cosa parecida piensa el veterano Uri Avnery, 88 años, que militó en el Irgun cuando adolescente, fue diputado, acudió a Beirut en 1982 para entrevistar con Yasir Arafat, asediado en la capital de Líbano por los soldados que mandaba Ariel Sharon, y fundador en 1993 de la organización pacifista Gush Shalom (el bloque de la paz). El trato dispensado a Grass por el Gobierno israelí le ha llevado a declarar: “Es antisemítico, después de esto, insistir en que Israel no puede ser criticado en Alemania”.

El piropo más frecuente con el que la derecha israelí obsequia a Levy y a Avnery es llamarlos propagandistas de Hamás. A saber qué opinión le merece Jakob Augstein, prestigioso periodista alemán, autor de una columna semana en Spiegel Online, donde ha apoyado lo que llama “el realismo de Grass”. Considera necesario que se abra en Alemania un debate sobre Israel, algo que muchos intelectuales y el establishment político evitan todos los días. Prefieren guardar silencio a tener que afrontar el coste de una actitud menos complaciente con los gobiernos israelís casi 70 años después del final del III Reich y de la pesadilla de los campos de exterminio. Evitan, en suma, verse atrapados en la polémica sobre hasta dónde alcanzan la tradición y los sentimientos antisemitas en la Alemania de hoy, como le ha sucedido a Grass. Un gesto de prudencia que quiere soslayar situaciones embarazosas, como cuando se pregunta al profesor Moshe Zimmermann, de la Universidad Hebraica de Jerusalen, si Grass es un antisemita, y responde. “Este es un asunto complejo que requiere respuestas aún más complejas. Por supuesto, Grass no es un antisemita furibundo, que quiere expulsar o matar judíos. Pero el antisemitismo es mucho más complejo que eso. Y Grass utiliza imágenes y mitos que están teñidos de antisemitismo. La manera en que envuelve las opiniones sobre Israel recuerda la forma en que fueron y son arropados los juicios que se emiten sobre los judíos”.

A Zimmermann le gustaría ver en las páginas de cultura de los periódicos la polémica alimentada por Grass, sus detractores y sus defensores para despojarla de la pasión escenoráfica y la coreografía política que la acompaña, pero esto es poco menos que imposible, como presagiaban las palabras pronunciadas en Berlín por el escritor en mayo de 1970 al inaugurarse la exposición Hombres en Auschwitz: “Una y otra vez, y una vez más, ante una explicación a medias suficiente vuelve a haber motivo para criticar más causas. Y ante las causas piden la palabra otras causas: fuimos nosotros. Sin duda no lo quisimos. Pero lo que hicimos, dijimos y escribimos condujo por caminos extraviados a una localidad que se llama Auschwitz, pero también podría llamarse Treblinka”. La herida de la historia sigue abierta en las dos orillas de la matanza: en la de los descendientes de quienes sobrevivieron a la aniquilación y en la de los hijos y nietos inocentes de cuantos la ejecutaron.