Señales de alarma en Europa

La pregunta del millón de dólares que inevitablemente sigue a los resultados del último domingo en la UE es esta: ¿los gobernantes europeos son conscientes de las dimensiones del terremoto? O la pregunta es esta otra: ¿al correr del tiempo, los historiadores escribirán, como ha pronosticado Timothy Garton Ash, que la cita del 25 de mayo “fue la señal de alarma que Europa no oyó”? Si la respuesta a la primera pregunta es afirmativa, aún queda otra por responder no menos comprometida: ¿se conformarán con meros retoques cosméticos, se supone que para ganar tiempo al tiempo? Si la respuesta es, de nuevo afirmativa, los pasos se dirigen inexorablemente hacia la segunda pregunta. Si la respuesta a la primera pregunta es negativa, la estación de llegada es, una vez más, la segunda. Esto es, salvo una vigorosa reacción de los grandes estados de Europa, seguirá creciendo el conglomerado de partidos que impugna la UE realmente existente o, aún peor, es su enemigo declarado y aspira a salirse de ella. A corto plazo, puede suceder una de estas dos cosas: que las elecciones nacionales, con menos abstención, corrijan el sentido del voto en muchos países y el statu quo tenga continuidad, con pequeños retoques al alza para los partidos situados a derecha e izquierda del núcleo democracia cristiana-liberalismo-socialdemocracia y marcas similares o que una mayor participación no haga más que subrayar la dimensión de los cambios apuntados en las elecciones europeas. En el primer caso, los partidos de la casta, en expresión de Pablo Iglesias (Podemos), podrán mantener las políticas dictadas hasta el presente para conllevar la crisis económica; en el segundo supuesto, la crisis de identidad, que ya hoy parece un terremoto, puede hacer de Europa un rompecabezas ingobernable, agitado por un descontento crónico, militante y quién sabe si organizado. Si la opción que toman los gobiernos, y que condicionará los trabajos de la nueva Comisión, es forzar el lenguaje para vender cambios lampedusianos como una rectificación de lo hecho hasta la fecha, entonces habrá que ver la capacidad de resistencia del entramado europeo ante la reacción social. La exprimera ministra de Francia Edith Cresson, a la que nadie puede definir como radical, al analizar la victoria obtenida por el Frente Nacional (extrema derecha) en su país echa mano de algunas ideas que son aplicables a otros muchos estados con la partida políticamente profundamente alterada por las urnas europeas. “[El resultado] traduce la gran decepción de los franceses con relación a los partidos, diría incluso que la desesperación sentida ante los caminos sin salida trazados por las políticas precedentes. Los franceses son capaces –afirma Cresson– de apretarse el cinturón por solidaridad, a la espera de días mejores, pero cuando ven que no llegan, viven este sacrificio como una traición”. ¿Alguien puede dudar de que los sacrificios dictados por Europa no han provocado sentimientos parecidos a los descritos por Cresson no solo en Francia, sino también en el sur europeo en general, que han llevado a muchos ciudadanos a quedarse en casa o a renegar de su decantación política tradicional y emitir un voto de protesta y hartazgo a favor de opciones políticas hasta la fecha marginales y, en muchos casos, perfectamente democráticas? La perspectiva de una gran coalición del PPE y el PSE, encabezada por el luxemburgués Jean-Claude Juncker, que parece la salida más que probable a la aritmética del Parlamento Europeo, puede poner de acuerdo a los estados y alegrar las bolsas, pero es dudoso que sirva para atenuar la desafección, cuando no desconfianza, de muchos europeos. Es decir, no de los euroescépticos o los eurófobos, que desean darse de baja del club, sino de aquellos europeístas que han llegado a la conclusión de que esta Europa no va con ellos. Redundar en la austeridad, los recortes, la mutilación del Estado del bienestar, el empobrecimiento de las clases medias y las exigencias de la economía financiera, que ha sido la constante del último quinquenio, defendida con entusiasmo por la Comisión presidida por José Manuel Durao Barroso, acrecentará el descontento y agravará la imagen que devuelve la UE cuando se mira al espejo: una superestructura insensible a cuanto queda fuera de los balances contables. Si la gran coalición sale adelante sin contrapartidas para suturar las heridas del paro juvenil, del crédito ausente, de las empresas dejadas a su suerte y de otras lacras de la crisis, no se hará realidad uno de los requisitos para el futuro: disponer de una Comisión que, como reclama el exeurodiputado francés Philippe Herzog, presidente del think tank Confrontations Europe, esté “rehabilitada y reformada para servir al interés general”. Porque, he ahí la gran decepción de muchos europeos, cada día está más extendida la creencia de que la UE ha dejado a un lado el interés general para abordar una reforma radical del pacto social que hasta la fecha ha distinguido el modelo europeo. Para los sistemas de partidos surgidos de este modelo o autores de este modelo, la quiebra del mismo entraña la del propio sistema, y cuando un sistema consolidado de partidos salta por los aires, lo que sigue es una profunda crisis de confianza con alternativas personalistas. El ejemplo del hundimiento de la Cuarta República en Francia, que fue sustituido por un orden político que orbitó alrededor del general Charles de Gaulle y sus herederos ideológicos hasta la victoria de François Mitterrand en 1981, más de veinte años más tarde, y la crisis del sistema de partidos en Italia, que hizo de Silvio Berlusconi la referencia permanente de la marcha de la política, son precedentes dignos de tenerse en cuenta. Con la particularidad en nuestro azaroso presente de que la tendencia es la fragmentación política, la existencia de parlamentos multicolor que, como el que salió elegido el día 25, vaticina un futuro llenó de dificultades para constituir mayorías estables y cohesionadas para gobernar. Es del todo lícito quedarse en el formalismo de la gran coalición en Bruselas, y de otras grandes coaliciones a escala nacional, como la que gobierna en Alemania, ateniéndose a las sumas y restas de votos y al juego de las mayorías y de las minorías, pero hacerlo es no prestar atención a las preferencias apuntadas en las urnas. La pérdida de diputados experimentada por el PPE y el PSE es una tendencia a escala europea, el éxito del UKIP en el Reino Unido lo es también en un entorno profundamente receloso de la construcción política de Europa; el resultado de Podemos e Izquierda Unida, en España, y el de Syriza, en Grecia, indica una dirección; el resultado, en sentido contrario, del FN, en Francia, y Amanecer Dorado, en Grecia, autoriza toda clase de preocupaciones; la proliferación de agrupaciones variopintas –pro y anti, progresistas o radicalmente reaccionarias– induce a suponer que la política refleja cada vez más la fragmentación social. Las grandes corrientes de pensamiento tradicionales en la política europea de los últimos sesenta o setenta años aparecen zarandeadas por otras de nuevo cuño que, liberadas del compromiso y el desgaste de gobernar, cuentan sus apariciones por éxitos. Al mismo tiempo, la desinhibición de algunos líderes subidos en la cresta de la ola de los sondeos favorables les pone a resguardo de situaciones que, en otras condiciones, les saldrían carísimas en votos. Así se explica que Marine Le Pen haya cosechado un resultado espectacular a los pocos días de que su padre afirmara que el señor Ébola puede solucionar en tres meses los problemas demográficos de África. Ha dejado de ser eficaz la invocación de la responsabilidad para justificar algunas medidas incluidas en los programas de austeridad europeos. Mientras los gobernantes que las han llevado a la práctica recurren a su sentido de la responsabilidad para dar contenido ético a las medidas adoptadas, quienes sienten sus efectos han llegado a la conclusión de que son víctimas de un despropósito, cuando no de un engaño, de un juego en el que no quieren participar o en el que han decidido participar como adversarios de quienes suponen son los causantes de sus desventuras. Quizá, en último término, el mejor resultado derivado de la transformación social inducida por la crisis económica sea el final de los cheques en blanco, de esa tendencia cada vez más extendida en virtud de la cual los partidos tienden a guardar sus programas electorales bajo siete llaves en cuanto llegan al poder. ¿Han captado el mensaje los líderes europeos?

Crisis de identidad europea

Las elecciones europeas del día 25 pueden agravar la crisis de identidad de la UE si, como se prevé, la participación es muy baja y las candidaturas euroescépticas y las de extrema derecha logran visibilidad política y minutos en la tribuna de oradores del Parlamento Europeo. Una encuesta difundida por Pollwatch, una web que computa los sondeos a escala nacional para elaborar un pronóstico de cuál puede ser la composición del nuevo Europarlamento, no deja lugar a dudas en cuanto a la igualdad entre socialdemócratas y centristas (208 a 217), que impide aventurar un vencedor, y da por hecho que la suma de eurófobos, euroescépticos y la alianza de siete partidos de extrema derecha, que oscilan entre el nacionalismo a gritos, la xenofobia y la ideología neonazi, superará seguramente los 70 diputados, suficientes para acentuar la desorientación de no pocos europeístas. La nacionalización de las campañas facilita las cosas a los agitadores que se oponen a la idea de una Europa con identidad política. Les basta con descargar en la interferencia, la incompetencia o la tutela de UE el origen de los males de la nación en crisis, sin necesidad de comprometerse con programas y datos concretos; les basta con exigir la vuelta a los orígenes, el regreso al Estado-nación con todos los resortes de la soberanía a su alcance. Les es suficiente una simple remisión de los problemas presentes a la incapacidad de los dirigentes europeos para reconocer que han estado lejos de acertar en muchas de sus decisiones. Como ha manifestado un funcionario de la UE, “no hay ningún mea culpa en las instancias dirigentes”, y eso facilita las cosas a sus adversarios.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

Reparto de los 751 escaños del Parlamento Europeo de acuerdo con el cómputo global de las encuestas nacionales.

El profesor Christoph Meyer, del King’s College de Londres, al analizar las expectativas electorales del United Kingdom Independence Party (UKIP), eurófobo, se refiere a la nacionalización de las campañas promovida por los grandes partidos para explicar el ascenso de los candidatos que aspiran a deseuropeizar la política. A pesar de que, más que en ninguna otra ocasión desde 1979, las próximas elecciones tienen una gran importancia política e institucional porque el nuevo Parlamento será el encargado de elegir al presidente de la Comisión de entre los candidatos que compiten, los partidos depositarios del statu quo político europeo han diseñado campañas cuya referencia son los problemas específicos de cada Estado. De tal manera que su proyecto europeo, de existir, queda oculto detrás de la charcutería política del día a día, del corto plazo y de la supervivencia de los estados mayores de los partidos y de los gobiernos. Es así como Europa se difumina y la única crítica acerca de ella es una crítica destructiva, sin alternativas, que muy a menudo toma prestados argumentos que manejan con sentido bien diferente los europeístas decepcionados con la marcha de la UE. “Con los líderes europeos que tenemos hoy, divididos, lentos y nada estimulantes, no me hago ninguna ilusión de que vayamos a poder detener la cascada [de los candidatos antieuropeístas]”, admite Timothy Garton Ash, un europeísta decepcionado con la marcha de los asuntos europeos. “Los partidos antieuropeos nacionalistas y xenófobos seducen a electores descorazonados por una Europa que estiman incapaz de protegerlos”, han escrito en el diario progresista francés Le Monde los analistas Claire Gatimois y Alain Salles. En esa desazón, en ese desánimo provocado por el comportamiento de los gobernantes europeos, subyace la sensación de que el pacto social de la posguerra –si se quiere, la preocupación social compartida con intensidad variable por socialdemócratas y democristianos– ha caído en el olvido a raíz o a causa de la globalización de la economía financiera. La austeridad se ha convertido en el estribillo machacón de los gestores de Europa de forma similar a como los predicadores de antaño prometían el paraíso en la otra vida a cambio de pasarlas canutas en esta. Cuando es posible que un partido político afirme sin mayor empacho –para el caso, el PP español– que España sale de la crisis, pero la Encuesta de Población Activa fija la tasa de paro en el 25,9%, cobra visos de realidad la impresión que tienen muchos de que han sido abandonados a su suerte, y las exigencias de las instituciones europeas, guiadas por las exigencias del modelo macroeconómico, tienen bastante de castigo inhumano, de cura de adelgazamiento que,a partir del propósito inicial de combatir la obesidad, provoca una anemia perniciosa. ¿A quién puede extrañar, entonces, que en siete países –Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Holanda, Hungría, Italia y Reino Unido– tenga la extrema derecha posibilidades ciertas de ganar las elecciones europeas o quedar en segundo lugar? La alianza cerrada hace un par de meses por Marine Le Pen (Frente Nacional, Francia) y Geert Wilders (Partido por la Libertad, Holanda) ha atraído a otras formaciones nacionalistas radicales y xenófobas, dispuestas a explotar los sentimientos políticos más primarios de segmentos sociales hartos de esperar una bonanza que nunca llega. Lo sorprendente no es esto, sino que los amortiguadores sociales que han sobrevivido a la poda del Estado del bienestar y la solidaridad familiar hayan evitado una extensión del fenómeno a otros países europeos, especialmente a España, donde la composición social del electorado del PP –con una facción muy conservadora, poco europeísta y muy influyente– quizá haya sido determinante para evitar la eclosión del huevo de la serpiente. Aun así, si se concreta en las urnas un ascenso de la extrema derecha como el que se pronostica, habrá que concluir, como hace Le Monde, que se tratará de “una honda de choque comparable a la provocada por la presencia de Jean-Marie Le Pen, dirigente entonces del Frente Nacional, en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa del 2002”. Entonces, la alarma de los demócratas sumó votos para apoyar la reelección de Jacques Chirac, pero el coste fue altísimo: la batalla de las ideas, esencia de los sistemas deliberativos, se diluyó en las urgencias del momento. Hoy, un Parlamento Europeo colonizado por varias decenas de diputados antieuropeos puede inducir a los grandes partidos a cerrar filas –la gran coalición– a costa de renunciar al debate de los programas, de las propuestas de futuro que determinarán qué Europa nos espera, a quiénés beneficiará y quiénes deberán esperar por tiempo indefinido a ser rescatados del marasmo de la crisis. La esperanza de Garton Ash de que “quizá el éxito de esos partidos [la extrema derecha] movilice por fin a una generación de europeístas más jóvenes y les anime a defender unos logros que ahora dan por descontados”, diseña un futuro estimulante, pero ese quizá al principio de la frase justifica abrigar todo tipo de dudas. El distanciamiento de los europeos de las instituciones de la UE, recogido en las encuestas, es suficientemente expresivo como para temer que tenga reflejo en las urnas: con una alta abstención, signo inequívoco de que millones de ciudadanos entenderán el 25 de mayo que importa poco quien encabece a partir de entonces el Gobierno europeo; con el ascenso del tutti frutti antieuropeo, porque hay una corriente de opinión de fondo que favorece el voto contra la idea misma de la unidad europea. “Europa ha de ser fundamental”, dijo hace poco Javier Solana en un coloquio organizado por Esade, pero cada día son más los que lo ponen en duda, mientras que cada día son menos los que confían en que Europa sea capaz de ser “una especie de laboratorio de lo que pudiera ser un sistema de Gobierno mundial”, en frase del mismo conferenciante. Es cierto, como asegura Herman Van Rompuy, que el populismo antieuropeo no nació con la crisis del euro, derivada de la crisis económica general, pero fue esa crisis, inmersos en la cual aún vivimos sin que nadie sepa cuál es su fecha de vencimiento, el resorte principal que ha acelerado la crisis de identidad y ha suministrado argumentos a los propagandistas del nacionalismo destemplado. Nada es nuevo del todo en ese decorado, pero nunca antes unas elecciones europeas se celebraron en un momento menos propicio para la reflexión y más viciado por la incertidumbre social. Porque solo admitiendo que el clima de inseguridad social se ha adueñado de Europa es posible entender cómo los sondeos otorgan la victoria al Frente Nacional en Francia, el segundo lugar al UKIP en el Reino Unido y el mismo resultado al Movimiento 5 Estrellas en Italia, por citar los pronósticos en tres de los grandes estados y de las grandes economías de la UE. Hablar, en suma, de crisis de identidad en la empresa europea hacia la unidad no es solo una frase: responde a una realidad precisa con efectos potencialmente muy lesivos para el futuro, porque el funcionamiento institucional de Europa será extremadamente débil si, al mismo tiempo, una parte significativa de los europeos no desean ser cómplices, sino que, antes al contrario, prefieren ser reconocidos como contrarios al proyecto político llamado Europa.

Berlusconi, penúltimo acto

Entre las posibles conclusiones derivadas de la exclusión de Silvio Berlusconi del Senado de Italia, la más precipitada es anunciar un saneamiento institucional inmediato. Que Il Cavaliere haya quedado desprovisto del paraguas protector de la inmunidad parlamentaria, que el renacimiento de Forza Italia se haya producido como resultado de una defección de Angelino Alfano, mezcla indigesta de todos los vicios de la política italiana, que el presidente de la República haya conjurado el intento de Berlusconi de manipularlo, que hayan sucedido todas estas cosas y al final haya prevalecido el Estado de derecho, no significa que se imponga la sensatez y se diluyan los males acumulados por el sistema. Desde antes de la votación del miércoles en el Senado, la lucidez de los analistas independientes ha excluido una regeneración exprés; los agitadores a sueldo del hólding de medios de comunicación propiedad de Berlusconi adelantan de forma más o menos encubierta lo que su jefe ha dicho con claridad meridiana: salir a la calle es solo el primer paso para reconquistar el poder.

Como tantas veces ha sucedido con situaciones de excepción en las cuales el poder, todas las formas de poder, se encarnan en una persona, la herencia del berlusconismo no se extingue con la caída en desgracia de su creador porque la mayor repercusión social del sistema berlusconiano es la berlusconización efectiva de una parte de la sociedad. Sin caer en comparaciones históricas sin sentido, bueno es recordar la herencia dejada por el nazismo –la nazificación de la sociedad alemana, perceptible durante la posguerra– y por el franquismo –el llamado franquismo sociológico, que se adecuó a la transición– para entender que el legado del culto a la personalidad sobrevive siempre al personaje de referencia, más aún cuando este llega al poder a través de las urnas y no como resultado de una gran degollina.

“No lo habéis matado”, recuerda Barbara Spinelli que escribió en 1944 el periodista Herbert Matthews acerca del fascismo cuando este ya había perdido el poder. La hija del eminente europeísta Altiero Spinelli va incluso más allá cuando se acoge al diagnóstico del escritor Sylos Labini en el 2004: “No hay un poder político corrupto y una sociedad sana”. “Todos estamos inmersos en la corrupción”, sostuvo Labini, aunque solo una parte de la sociedad italiana le riese las gracias a Berlusconi, a la mezcla de vulgaridades formales, chistes fáciles y desprecio por las instituciones. Esa inmersión fue el mecanismo que permitió a Berlusconi aprovecharse de una situación tan volátil como el vacío institucional y la crisis de identidad desencadenados por la operación Manos Limpias –primeros 90– para, a su vez, blindar sus intereses, rescatar sus negocios de las sombras de sospecha que se cernían sobre ellos y construir un “círculo mágico de egolatría propio de un dictador”, según afortunada frase de Eugenio Scalfari, fundador del diario progresista La Repubblica.

Desmontar el andamio que cubre la fachada institucional y abrir las ventanas para que circule el aire será largo y penoso. El berlusconismo ha hecho escuela al acogerse a un relativismo moral sin límites. Se ha adueñado de muchas conciencias la creencia de que la moral fija unas reglas ajenas a la política, cuando no contrapuestas a ella, de forma que la preocupación moral “es motivo de desprecio”, escribe Barbara Spinelli, porque es un instrumento poco práctico para hacer política. En este ambiente, la pérdida de la inmunidad parlamentaria de Berlusconi es un triunfo de la decencia, pero la herencia que deja el exsenador justifica la preocupación del político y periodista Antonio Polito en las páginas del Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán: “Se confirma la maldición de la historia italiana, en la que parece imposible cerrar una era política sin un trauma y un rastro de odio”.

En el punto de vista de Spinelli, de Polito, de las declaraciones del presidente de la República, Giorgio Napolitano, alienta el temor a que Berlusconi opte por la política de tierra quemada al igual que hasta ahora mantuvo un pulso con las instituciones para lograr un trato de favor después de veinte años en los que consiguió adaptar a sus necesidades el principio de legalidad. Claudio Tito sostiene que en la pugna de Berlusconi con los jueces, que le condenaron por fraude fiscal, y con el Senado, que le desposeyó de su escaño, quiso forzar la aplicación del principio necessitas non habet legem (la necesidad carece de ley), incluido en Código Penal italiano, aunque esto significara “arrastrar al abismo de la irresponsabilidad el mínimo de cultura de la legalidad que ha sobrevivido a estos veinte años de total destrucción del sistema normativo y ético del país”. Intentó, en suma, escribir un nuevo capítulo en el relato de las situaciones de excepción por las que siempre transitó desde que en 1994 ocupó por primera vez la jefatura de Gobierno, unas excepciones en las que mezcló política y negocios, intereses privados y necesidades públicas; un conflicto de intereses de nunca acabar que adulteró el juego político.

Dice Barbara Spinelli que para superar la herencia berlusconiana solo hay un camino: “De un veinteno amoral, inmoral e ilegal solo saldremos si al mirar en el espejo nos vemos a nosotros mismos detrás del monstruo. En caso contrario, deberemos decir, parafraseando a Remarque: nada nuevo en el frente italiano”. Será este un camino complejo, no exento de trampas, porque está por demostrar que Berlusconi sea un juguete político roto cuando, a pesar de la crisis provocada por su condena, las perspectivas electorales de Forza Italia andan por encima del 20%, cuando la primera fortuna de Italia dispone de un formidable entramado de medios de comunicación a su entero servicio. Y será también un camino complejo porque no está ni mucho menos garantizada la estabilidad del Gobierno de Enrico Letta, aunque la escisión de berlusconianos que Angelino Alfano, viceprimer ministro, ha encuadrado en el Nuevo Centroderecha se presenta como el aliado seguro para gestionar la salida de la crisis.

Frente al anuncio hecho por Eugenio Scalfari de que “ha nacido la derecha republicana”, la de Alfano y otros antiguos berlusconianos pasados al campo del conservadurismo moderado, surge la posibilidad de que la presión extramuros de Il Cavaliere afecte a la cohesión del Gobierno. Frente al deseo de que el país se halle a las puertas de una segunda República bis, al quedar Berlusconi fuera del entramado institucional, asoma el fantasma de un Berlusconi sin otro objetivo que desgastar a todo el mundo mediante la movilización de la base social que en un pasado muy reciente le dio el poder, mediante una política de balcón sin nada que le frene. Berlusconi “vive en el terror de su desaparición”, ha escrito Ugo Magri en La Stampa, el gran periódico de Turín; el interesado le da la razón al sentirse víctima, en frase suya, de una damnatio memoriae (desaparecer de la memoria), pena aplicada en la Roma imperial a quienes caían en desgracia.

Pudiera pensarse que la pieza tragicómica representada por Il Cavaliere durante las últimas semanas no confunde a nadie. Pero esa percepción, fruto de una lógica política elemental, queda bastante lejos de la realidad porque Berlusconi ha adulterado la política hasta tal punto que para muchos ciudadanos, convencidos de que se hallan ante el italiano por antonomasia, darle el voto es poco menos que una responsabilidad nacional. El embrutecimiento de la política a través del culto a la personalidad de un líder carismático que encarna el espíritu de la nación no es una novedad en ninguna parte, y en Italia menos. Porque la gran nación de la imaginación desbordante, la renovación permanente y la reverencia ante los maestros del arte de todos los tiempos, forjada sobre el telón de fondo de la cultura clásica en la que todos nos reconocemos, es, al mismo tiempo, la de la marcha sobre Roma, la del éxtasis fascista, la de las ejecuciones de Benito Mussolini y Chiara Petacci y la de la política en las sombras de la primera República. Y esa amalgama de precedentes históricos opera a favor de Berlusconi, aunque el deseo de muchos es que ese argumento lleno de episodios truculentos haya llegado a su fin y la política deje de ser cuanto antes un cometido para caudillos vociferantes.

 

 

 

 

El PP opta por la ‘omertà’

“Sin partidos políticos, el funcionamiento de la representación policía, es decir, de la base misma de las instituciones liberales, es imposible”.

(‘Instituciones políticas y derecho constitucional’, Maurice Duverger, 1970)

Los partidos pillados en falta que se obstinan en guardar silencio y confían en que el tiempo todo lo curará suelen acabar pagando lo que en buena ley les toca más cuarto y mitad. Salvo enjuagues inconfesables con el poder judicial, esa es una regla no escrita de la democracia, pero que se repite con machacona insistencia en los regímenes de opinión pública desde tiempo inmemorial. Por idéntica razón, la reacción del PP de aislar a Mariano Rajoy y blindarlo para que no tenga que dar explicaciones en el Parlamento es un error táctico de manual porque concede a Luis Bárcenas el privilegio de fijar los ritmos. Aunque María Dolores de Cospedal sostenga en público que “las mentiras no se documentan”, los documentos originales publicados por el diario El Mundo y a disposición del juez Pablo Ruz son lo más parecido a armas de destrucción masiva (el Financial Times ha aludido a una bomba atómica).

Es sorprendente que alguien como Rajoy, tan propenso a invocar el sentido común, no haya llegado a la conclusión de que es de sentido común dar explicaciones cuando, lisa y llanamente, el extesorero del partido afirma con papeles que pagó sobresueldos a él y a otros. Que algunos tertulianos en el Canal 24 h de TVE defiendan la posición del presidente del Gobierno, so pretexto de que en febrero se explicó y no hay novedades, solo demuestra que con esos amigos no hacen falta enemigos, porque cambios sí los ha habido: se ha pasado de las fotocopias publicadas por El País a los originales; se ha pasado de no disponer de la contabilidad del PP de 1990 a 1994 a estar colgada en la red, Anonymous mediante; se ha pasado del todo es mentira “salvo algunas cosas” a billetes de curso legal en cajas de puros, gestionadas por Bárcenas y dirigidas a significados dirigentes del PP.

El parecer de Jesús Maraña en infolibre.es está más apegado a la realidad del momento que los partidarios de la omertà (ley del silencio siciliana): “Por muy convencido que esté Rajoy de que el silencio lo cura todo, un presidente del Gobierno no puede mirar al infinito cuando las acusaciones de su extesorero le señalan (al menos) como conocedor y por tanto encubridor de actuaciones que han ido ligadas a la posible comisión de delitos muy graves”. Así de simple, sencillo y sensato. A no ser que vivamos en una democracia de ínfima calidad, en cuyo caso Maraña da doblemente en el clavo con ese otro juicio igualmente simple, sencillo y sensato: “Cuesta imaginar que en cualquier democracia decente no hubieran ocurrido ya un montón de cosas que aquí aún se esperan con notable escepticismo.

Ante las sombras de sospecha cada vez mayores de que desde Rosendo Naseiro hasta nuestros días el PP se ha financiado de forma irregular a través de donaciones opacas, ante la más que verosímil proliferación de sobres para redondear el sueldo de altos cargos, ante el chantaje amenazante que se ejerce desde una celda de la cárcel de Soto del Real sobre el gran partido de la derecha española, la ley del silencio es la peor de todas las alternativas. El silencio no hace más que alimentar las dudas acerca de la libertad de movimientos del presidente del Gobierno y sus colaboradores más próximos, pendientes de que alguien como Garganta Profunda en el caso Watergate diga a otro alguien que siga el rastro del dinero para dejar al descubierto el gran guiñol. Si a causa de unas fiestas celebradas en un ambiente orgiástico se acusó a Silvio Berlusconi de arriesgar la seguridad del Estado, ¿qué decir cuando la atmósfera se enrarece con el intercambio de favores y dinero?

Ni siquiera la debilidad de la oposición, con su propia porquería en la trastienda –eres, palaues, iteuves y otras lindezas–, permite dar con un solo gramo de lógica democrática en esa opción por el silencio. El sistema de partidos surgido de la transición está en riesgo, no solo por lo que vaticinan las encuestas. El riesgo obedece a que el más importante de todos ellos, porque es el que sustenta al Gobierno, calla o confunde, mientras a cada poco surge un portavoz ad hoc que recuerda que los presuntos delitos han prescrito –una cosa es que hayan prescrito y otra, que no se hayan cometido–, y aquí paz y después gloria. El riesgo, en fin, es que el bipartidismo imperfecto salte por los aires porque deje de ser una herramienta útil para garantizar la normalidad institucional en un país sometido a las servidumbres y debilidades de una crisis económica atroz y varios litigios territoriales –de estructura del Estado– cada día más retorcidamente complejos.

Hay precedentes sobrados de procesos político-judiciales que, como una riada, se llevaron por delante cuanto encontraron a su paso. El caso Manos Limpias en Italia es el más conocido y cercano, pero la quiebra del bipartidismo venezolano, con todas las diferencias que se quieran subrayar, no es mala fuente de inspiración para sopesar hasta qué punto la incuria de los estados mayores de los partidos puede poner toda la arquitectura institucional de un Estado en el disparadero de una crisis ingobernables. En Italia y en Venezuela, como ahora aquí, los partidos se entregaron a un intercambio estéril de invectivas mientras se pudría la situación; cada formación creyó estar en disposición de ejercer el monopolio de la ética, pero la soberbia de los moralistas no pudo detener la rotundidad de los hechos, la deserción de los votantes hacia otras siglas y el escepticismo generalizado.

Cuando una periodista tan identificada con la derecha-derecha se expresa en los términos que lo hizo el jueves Isabel San Sebastián en las páginas de Abc, es que la gravedad de la situación no está muy lejos de lo dicho hasta ahora. “Cualquier extorsionador es, por definición, un ser de naturaleza infame, lo cual no invalida necesariamente la veracidad de sus afirmaciones –ha escrito San Sebastián–. La gente así no muta de la noche a la mañana y el extesorero de la calle Génova trabajó para el partido durante más de dos décadas. ¿Nadie se dio cuenta del tipo de persona que les llevaba las cuentas o le asignaron esa función precisamente por su carencia de escrúpulos? ¿Les ha pillado por sorpresa esta actuación del antiguo senador cántabro o ya apuntaba maneras y por eso prescindió Cospedal de sus servicios (aunque siguiera pagándole un generoso estipendio) cuando se hizo cargo de la secretaría general? Estaría muy bien que ella lo explicara con el detalle que merece la dignidad de los once millones de votantes que hace apenas año y medio depositaron su confianza en las siglas que representa”.

Lo peor no es que “el ridículo que estamos haciendo en Europa no tiene precedentes”, como afirma en elplural.com el abogado Fernando Silva, porque sí hay precedentes, lo peor es que la simulación y el pago diferido a Bárcenas, de los que en su momento dio cuenta De Cospedal durante una comparecencia balbuciente y confusa, parecen ahora pecata minuta al lado del festival de cuentas en Suiza, pagos encubiertos, contabilidades B y el link entre los famosos papeles del extesorero y la no menos famosa trama Gürtel. Aunque el PP es muy reacio a ejercitarse en la memoria histórica, debería por una vez practicarla y ponerse al día, explorar en las hemerotecas y dar con los desmentidos proporcionados por el entorno del presidente Richard Nixon: el montaje se vino abajo en dos años y Nixon dejó la Casa Blanca sumido en el deshonor.

El tiempo que ha ganado el PP en la diputación permanente del Congreso para que Rajoy no tenga que subir a la tribuna de la Cámara durante los dos próximos meses está lejos de ser un triunfo de la estrategia parlamentaria. Antes bien, se antoja una muestra de debilidad que da sentido a la ausencia de la oposición de la comisión que debe dar forma a la ley de transparencia. ¿Cómo se puede hablar de transparencia, siquiera sea en términos jurídicos, cuando la orden impartida por el PP ha sido apagar la luz así caigan chuzos de punta? ¿Cómo se puede hablar de transparencia cuando los presumibles afectados por un escándalo político inabarcable no sueltan prenda y se remiten a cuanto se derive de las actuaciones judiciales en curso? La oposición no es un coro de espíritus puros, como ha quedado dicho antes, pero discutir la ley de transparencia en esas condiciones hubiese sido una mascarada.

Añádase a todo eso el espectáculo de la lucha por el poder desencadenada en el PP para sumar a las preguntas anteriores esa otra: ¿cuánto pueden dar de sí las costuras del sistema antes de rasgarse? La periodista Rosa María Artal describe el campo de batalla en eldiario.es: “Un Rajoy cementado a su roca –que resistirá hasta el final– se enfrenta a quienes postulan a Esperanza Aguirre como sustituta. (…) Gallardón maniobra por su cuenta, apoyado por Aznar. Sáenz de Santamaría y Cospedal –enfrentadas en la carrera– moviendo sus equipos”. No es muy difícil aceptar que la disposición de los contendientes se asemeja mucho a la de ese relato, como si todos ellos entendieran que pueden salir victoriosos del sórdido episodio. Como si de la omertà más la pugna en los despachos pudiera surgir, contra todo pronóstico, algo nuevo y decente.

Reflejos esperpénticos de Europa


“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento”.

(‘Luces de bohemia’, escena duodécima)

La representación en el teatro Goya de Barcelona de Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, mueve a reflexión no porque aquellas miserias en las que malviven Max Estrella y Latino de Hispalis, más una corte de perdedores, sean las mismas de hoy, sino porque mucho de cuanto acontece con la crisis de nunca acabar que soportamos se antoja un reflejo esperpéntico de la realidad. Pareciera que volvemos a miranos en los espejos cóncavos del callejón del Gato, aturdidos por un entorno de desastres ingobernables, confiada la suerte de muchos a la impericia de unos pocos, los intereses de otros pocos más y la cantinela tecnocrática de que no hay otra forma de salir de la ciénaga que pasándolas canutas.

Portada de la primera edición de 'Luces de bohemia', del año 1924.

Portada de la primera edición de ‘Luces de bohemia’, del año 1924.

Los cómicos aluden en el escenario a aquellos espejos deformantes que devolvían la imagen contrahecha de una España en perpetua decadencia, y mucho de lo que hoy soportamos nos remite a un mundo grotesco, de valores precarios y episodios vergonzosos. Ahí están el cierre en nombre del ahorro de la televisión pública griega, la reacción histérica de las bolsas al iniciar el Tribunal Constitucional de Alemania el análisis de la compra de deuda de los estados a cargo del Banco Central Europeo, el IVA desbocado en España que arruina la cultura sin otra explicación que la necesidad de ser cumplidores obedientes de los dictados de la troika, el secuestro del lenguaje para subvertir la realidad y llamar reformas a lo que no es más que una destrucción acelerada del Estado social. Ahí está la ocurrencia bárbara del Gobierno irlandés de considerar la supresión del Senado para ahorrar 20 millones de euros. Ahí está todo eso, expuesto a la luz pública y sometido a la matraca de los propagandistas de la más sesgada de todas las explicaciones: todos somos culpables de la situación.

Los dioses del desorden, identificados por Emilio Trigueros en un artículo publicado en El País, son los traders y los altos ejecutivos que manejan los mercados –una quincena de instituciones financieras– y se desenvuelven en un juego con todas las cartas marcadas. “¿Qué ocurriría –se pregunta Trigueros– en una liga de fútbol donde los árbitros fueran los mayores apostantes de quinielas, tuvieran además acceso exclusivo a las listas de jugadores lesionados y pudieran cambiar el calendario de los partidos?” La pregunta es retórica porque solo una respuesta es posible: ganarían siempre quienes quisieran los árbitros, la competición estaría adulterada desde el primer partido y a lo que asistirían los espectadores sería a un esperpento fruto de una realidad deformada. Más o menos, en esas estamos.

Aquello que Trigueros propone para romper los espejos deformantes parece una empresa titánica: “Necesitamos sobre todo encontrar palabras y tomar decisiones para ser más sociedad, más democracia, más Europa”. Ser más sociedad significa sobreponerse al descoyuntamiento social que impregna cuanto se hace; perseverar en la democracia implica regresar a la política y atar corto a los tecnócratas; disponer de más Europa requiere encarar una doble meta: corregir los reflejos nacionalistas y limitar la hegemonía alemana. Nada de eso parece posible a corto plazo. El armazón institucional europeo se ha instalado en el diktat innegociable y no acepta siquiera el mea culpa del Fondo Monetario Internacional (FMI), que no previó en toda su magnitud los efectos sociales y económicos de las condiciones del rescate griego, como resalta Barry Eichengreen, profesor en Berkeley y exasesor del FMI. “Preocupada por la situación de los bancos franceses y alemanes, (la Comisión Europea) sigue argumentando que la reestructuración de la deuda aplazada era lo que debía hacerse. No se arrepiente de haber lanzado Grecia a los lobos”, lamenta Eichengreen.

Incluso aceptando que la admisión de culpa del FMI forma parte del esperpento, cabe preguntarse si es posible imaginar mayor empecinamiento en el error que el de la Comisión, cuyo único motivo de reiterada satisfacción es comprobar que los países cumplen unos programas de austeridad que los condenan a la ruina irrevocable. Y, lo que resulta doblemente esperpéntico, los gobiernos de los países condenados a toda suerte de privaciones, se ufanan con ceñirse al diktat sin asomo de resistencia efectiva. Antes al contrario, acumulan cerebros en los gabinetes de comunicación para construir una realidad virtual mediante análisis forzados, proyecciones estadísticas de dudosa solvencia y argumentos simplificados hasta la caricatura.

“Tenemos una economía desbocada y una política impotente, y nos dedicamos muchas veces a repartir las culpas y no pensamos cómo articularlas de manera que estén equilibradas”, opina el filósofo Daniel Innerarity, último premio Príncipe de Viana. Articular el reparto de las culpas sería una empresa peligrosa y, por esa razón, no se hace. Si se hiciese, el grueso de la reparación caería en espaldas diferentes a las que soportan la mayoría de los costes del desaguisado; no se habría caído en ese otro esperpento trágico de dejar a las víctimas de la crisis a los pies de los caballos. Si se hiciese un reparto equilibrado, habría que sanear los cimientos del entramado europeo, de los entramados nacionales, del funcionamiento habitual de las instituciones, de unas sociedades en las que crecen las desigualdades y se ensancha a distancia entre las convenciones políticas y las pulsiones de la calle.

Las elecciones locales celebradas en Italia han vuelto a dejar esa foto fija de la abstención galopante, fruto del desapego hacia cuanto se entiende como parte de la política. Pero, al mismo tiempo, las elecciones han dejado constancia de la corta esperanza de vida que atesoran las soluciones milagrosas, por muy vociferantes que sean: el Movimiento 5 Estrellas, que encabeza Beppe Grillo, ha perdido nada menos que la mitad del porcentaje de votos atesorados en las legislativas de febrero. Es decir, el electorado italiano ha avisado en voz alta de que recela tanto de lo conocido como de quienes se llenan la boca de promesas y no ofrecen resultados, adscritos a un discurso apocalíptico y estéril.

El próximo año, la solvencia y el arraigo de las instituciones de la UE pasará por una prueba difícil: las elecciones al Parlamento Europeo. Si, como es de temer, el partido mayoritario es el de la abstención, más incluso que en otras convocatorias, irá en aumento la debilidad de la Cámara frente a la conferencia intergubernamental y los eurócratas. En la práctica, el Parlamento de Estrasburgo consumará esa condición no deseada de ser el reflejo de la movilización electoral de una minoría de ciudadanos europeos, mientras que cuantos se ausenten de las urnas repetirán una vez más que no saben cuál es la utilidad de la Cámara. De tal situación no deberá deducirse que el Parlamento Europeo es un mero recurso estético para poner a salvo la división de poderes, sino que el viento italiano sopla por doquier y el hastío gana terreno a la reflexión. Y una pregunta capital inquietará con fuerza renovada: ¿para qué sirve mi voto si todo sigue igual?

Puede que ese sea el mayor de todos los costes de la crisis: que la decepción por lo que sucede suma adeptos a la idea de que todos los políticos son iguales, uno de los lugares comunes más reaccionarios y alejados de la lógica. La extrema derecha recurre a esa idea a todas horas y, con harta frecuencia, lo hacen indirectamente las demás corrientes ideológicas cuando, en el fragor de la pugna partidista, recurren al consabido y tú más, último de los esperpentos. Porque al disculpar las propias miserias con las del adversario se difunde un gran equívoco: dar por supuesto que, efectivamente, gobierne quien gobierne, el relato político no cambiará. Una convicción que lleva a prever que nadie con poder real aludirá a cómo debieran ser las cosas y se mantendrá el pesimismo social que alienta detrás de una única consigna: las cosas son como son.

La austeridad alimenta el desapego a Europa

La hora de la verdad se acerca a toda prisa, asegura el economista alemán Hans-Werner Sinn. Lo que no precisa es cuál es esa verdad que tan cercana está, que produce euroescépticos a la velocidad de la luz, somete la periferia de la UE a las prescripciones del centro y consagra un ambiente de angustiosa decrepitud en el que rivalizan el fundamentalismo neoliberal de unos con el populismo de otros, la inoperancia de bastantes con las voces de alarma de cuantos ven más cerca un estallido social de dimensiones impredecibles. La última encuesta difundida por el Real Instituto Elcano recoge un dato inquietante: la mitad de los alemanes creen que España no es un país de fiar. El clima en España con relación a la UE no es mejor: según el último Eurobarómetro, el 72% de los españoles están más bien en contra de la UE; en 2007 eran solo el 23%.

Cada vez que se suben a la tarima personajes como el comisario Olli Rehn, compendio de todas las ortodoxias que han condenado a la desesperanza a millones de europeos, esas cifras evolucionan a peor. Solo una desfachatez tecnocrática ilimitada explica cómo alguien que es partidario de que la austeridad se aplique a todas horas a mayor gloria del cuadro macroeconómico, aunque conlleve la destrucción masiva de empleos, puede luego decir que el gran empeño de España ha de ser crear puestos de trabajo para cortar la hemorragia del paro. Hace tiempo que en las facultades de Economía se enseña que el paro es consecuencia directa de la austeridad, que yugula la inversión e impide la creación de empleo, como se han hartado de demostrar algunas de las mejores cabezas de la economía mundial, ignoradas desde luego por el Banco Central Europeo, los estrategas de la campaña electoral de Angela Merkel y otros gestores de la crisis.

Si en este clima tormentoso aparecen en España las cifras de la encuesta de población activa (6,2 millones de parados), entonces suena a conclusión insostenible que “la única opción que queda es, por desagradable que pueda ser para algunos países, endurecer las restricciones presupuestarias en la zona del euro”, como sostiene Han-Werner Sinn, integrante del consejo asesor del Ministerio alemán de Economía. Porque el propio Sinn admite que “no es probable que los griegos y los españoles puedan soportar la presión de la austeridad económica durante mucho más tiempo”, pero es incapaz de fijar un techo a la austeridad. Más bien parece dejar este dato crucial al libre criterio de los acreedores que, no se olvide, fueron los primeros en engordar el perro del crédito barato y las plusvalías alocadas cuando la prosperidad parecía no tener fin.

El sanedrín europeo ha olvidado las enseñanzas de los padres fundadores, de mentes esclarecidas como la de Jacques Delors y de pragmáticos capaces de aplicar a Europa su sentido de Estado –François Mitterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi– para dejar el día a día en manos de funcionarios de una grisura alarmante y, al mismo tiempo, reservar las grandes decisiones para las conferencias intergubernamentales, donde prevalece el nacionalismo de todos y el diktat de los poderosos (de Berlín en todo cuanto atañe a la economía). Es esta una realidad comprobable día a día que alimenta dos fenómenos:

-Un populismo euroescéptico vociferante y sin otro programa que decir no a todo –escúchese a Beppe Grillo–, pilotado por personajes cuya única virtud es haber pergeñado un recetario que atrae a las víctimas de la crisis, aunque probablemente es irrealizable; personajes que dicen hablar el lenguaje de la calle –a saber si es cierto–, dotados de un desparpajo ilimitado en la tribuna y de una simplicidad apabullante en cuanto han de bajar al detalle de la letra pequeña. A ese populismo se suma otro, encubierto y oportunista, con clásicos del engaño reconocidos como Silvio Berlusconi.

-La extrema derecha, asimismo euroescéptica, dispuesta a desempolvar las esencias patrias, librar el combate contra el extranjero, contra todo aquello que se sale de los apolillados programas identitarios y que, llegado el caso, está dispuesta a defender que la letra con sangre entra. Ahí están los matones de Amanecer Dorado en Grecia, la demagogia de Marine Le Pen en Francia, que se remonta nada menos que al legado de Juana de Arco para salir al rescate de la clase media, y quién sabe si la recién nacida Alternativa para Alemania, que de momento propone la disolución ordenada de la zona del euro.

Comportamientos irresponsables como el del semanario Der Spiegel y otros medios alemanes, que propalaron el infundio de que los ciudadanos de los socios meridionales de la UE son más ricos que los del norte, incrementan la propensión a que el encaje de las piezas europeas resulte imposible. La mentira de la pobreza. Cómo los países europeos en crisis esconden su riqueza, este fue el titular que alarmó incluso a la cancillera Merkel y la obligó a desmentir al semanario, que cambió de dirección a principios de abril para envolverse inmediatamente en la bandera y publicar una sarta de disparates y de estadísticas sesgadas.

En igual o mayor medida contribuyen al creciente desapego europeísta las maniobras orquestales dirigidas a complacer a quien haga falta, aunque sea a costa de cambiar las previsiones y los programas, acordar nuevos recortes y poner en  entredicho las cifras de hace apenas unas semanas. Ahí están la última corrección de Luis de Guindos y la última improvisación del Gobierno para que finalmente sea posible un alargamiento de los plazos para reducir el déficit, ahí está la llamativa rectificación introducida en las previsiones económicas, que incorpora los vaticinios hechos por instituciones internacionales –un decrecimiento del 1,5% para el 2013– y multiplica por tres los cálculos de la recesión adelantados por el Gobierno al empezar el año. Esa sensación de actuar à bout de souffle, sin más iniciativa que decir a todo que , sin más explicaciones que el argumentario manejado por los agitprop de turno, suministra munición a cuantos han comprendido que la batalla contra la idea de Europa puede rendir buenos réditos en un ambiente irrespirable.

Para cambiar el signo de los tiempos, haría falta corregir por lo menos cuatro déficits estructurales, que no son los que todos los días asoman en los telediarios:

  1. Déficit doble de soberanía. Los ciudadanos-contribuyentes perciben que los gobiernos han dejado de ser soberanos en la medida en que sus programas están sometidos a requisitos externos, pero, al mismo tiempo, tienen la certeza de que no existe una soberanía europea, sino la imposición innegociable de políticas decididas por algunos gobiernos europeos que, por la fuerza de los hechos –más exactamente, por medio de la coacción–, se convierten en políticas europeas que aplican sin rechistar funcionarios-políticos presos en una red de intereses (léase José Manuel Durao Barroso y su equipo de comisarios).
  2. Déficit democrático. La celebración regular de elecciones al Parlamento Europeo está lejos de constituir una gran ceremonia europea de la democracia. Ni la Comisión Europea responde a la aritmética parlamentaria ni la Cámara de Estrasburgo dispone de los poderes habituales de cualquier parlamento democrático. Por el contrario, el Parlamento Europeo es una institución gigantesca y carísima a cuyo control escapa el funcionamiento de una tecnocracia que actúa de espaldas a los europeos. Los contribuyentes no saben qué hacen, en nombre de qué o de quién, en función de qué intereses y al servicio de qué programas. “Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea”, han escrito Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca en varios diarios europeos.
  3. Déficit de tolerancia financiera. En los cinco años de crisis económica se ha pasado de la refundación del capitalismo, publicitada por Nicolas Sarkozy, la creación de una agencia europea de calificación y una reestructuración equilibrada de la zona del euro, a una aceleración de la unión económica, la unión bancaria y la cohesión fiscal dictadas por el Banco Central Europeo, previo paso por el Bundesbank, que consagran el empobrecimiento del sur, sin que, por lo demás, esté asegurado el cumplimiento de los programas de rescate y la devolución de la deuda. Antes al contrario, son mayoría los pronósticos que dan por seguro que los rescates, los ajustes y todo lo demás solo garantizan una cosa: que los deudores nunca se pondrán al día.
  4. Déficit de simetría. Muchas de las medidas aplicadas en el proceso de cambios aplicados en los países de la Eurozona han entrañado en la práctica un trato diferenciado. Cuando el profesor Sinn dice que una eventual salida de Alemania del euro “restablecería la línea del Rhin como frontera entre Francia y Alemania”, lleva razón, pero puede que esta frontera, incluso con el euro, se concrete a través del trato diferenciado de un país a otro. Basta recordar el blindaje de los bancos alemanes medianos y pequeños, en una situación comprometida en muchos casos, que escapan al control europeo. En términos generales, el equilibrio europeo ha descansado en el eje franco-alemán, pero ese eje se forjó con un material que emite señales de agotamiento a causa de la supremacía alemana y de la desorientación francesa. Por ahí empieza la asimetría.

Como afirma Tony Judt en Pensar el siglo XX, “el equilibrio para Keynes era un objetivo” que solo se podía hacer realidad si intervenía el Gobierno. Ese supuesto no es muy diferente a lo expresado varias veces por financieros como George Soros, convencidos de que el capitalismo solo es eficaz si funciona ordenadamente. Lo que está sucediendo en Europa es que los grandes actores de los mercados se han adueñado de una parte de los atributos de soberanía cuyo ejercicio estuvo tradicionalmente reservado a los gobiernos, con lo que se agravan los efectos de los déficits enumerados. Las preocupaciones sociales se han convertido en un incordio para el funcionamiento de unas finanzas globalizadas y los estados europeos, debilitados por la crisis, se han plegado a las exigencias y los objetivos de los actores financieros, que manejan modelos matemáticos en los que, invariablemente, el trabajo figura como una mercancía barata, favorecida la estrategia general por el escandaloso aumento del paro. En esas estamos.

‘Dies irae’ a causa de Chipre

La torpeza de muchos parece encaminada a dar la razón al economista José Carlos Díez: Europa no da muestras de albergar vida inteligente. Entendámonos: la referencia a Europa engloba a cuantos forman parte de la maquinaria que gestiona la crisis y que, a poco que se empeñen, pueden empeorarla con esa sucesión de desatinos inquietantes. Resulta que mientras el 0,5% del PIB europeo –Chipre– pone a todo el mundo contra las cuerdas, el denostado neokeynesianismo de Barack Obama es útil para reactivar incluso el sector inmobiliario de Estados Unidos, según información destacada del jueves en The New York Times. Resulta que casi al mismo tiempo que Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca, vaticina que el 2013 será “un año puente hacia la recuperación”, aparece en Bruselas Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y amenaza con retorcer las condiciones de austeridad –miseria sobre miseria– a aquellos países que pidan el alargamiento de los plazos para sanear las cuentas. Sucede, en fin, como ha escrito Joan Tapia, que la desconfianza entre la Europa del norte y del sur crece todos los días, depositaria una de la ética protestante y de los dies irae, inclinada la otra a cultivar cierto relativismo escéptico.

El paseante

Cartel de la película titulada en España ‘El paseante del Champ de Mars’.

Ese galimatías se completa con temores y rivalidades entre aliados más atentos a la prima de riesgo que a los padecimientos de sociedades deprimidas que albergan a ciudadanos convencidos de que el sistema financiero les ha birlado el Estado del bienestar y, puede, el futuro de una generación obligada a oír promesas sin fundamento sobre la salida de la crisis. Por este camino se ha llegado a la absurda información diaria en la que se compara la mejora o empeoramiento de la prima de riesgo española con la italiana, como si un eventual sorpasso de la de Italia fuese un gran triunfo de la de España, cuando en realidad se trata de una carrera sin meta final entre dos corredores empobrecidos, por no decir arruinados. Lleva razón el François Mitterrand de El paseante del Champ de Mars, de Robert Guidiguian, cuando, más o menos, le dice a un periodista: “Yo soy el último presidente de Francia; los que vendrán a partir de ahora serán contables”.

Ahí están los contables con todas las trazas de que, Alemania mediante, el Bundesbank mediante o lo que sea mediante, oscilan entre la improvisación y los ultimátums. Andan con sus modelos matemáticos en la faltriquera, son inmunes a la tragedia humana y se sienten liberados de contestar a algunas preguntas que cualquier estudiante de primer año de facultad es capaz de formular:

  1. ¿Cómo es posible que la diminuta Chipre, mitad meridional de una isla dividida, reuniera siquiera aproximadamente las condiciones para ingresar en la UE con toda clase de garantías?
  2. ¿Cómo es posible que alguien creyera la fantasía de que Chipre podía adoptar el euro sin mayores problemas?
  3. ¿Cómo es posible que no se atajara la conversión de la banca chipriota en uno de los lavaderos de dinero procedente de Rusia?
  4. ¿Cómo es posible que quieran que creamos que la UE no dispone de recursos para solucionar el problema chipriota sin ponerlo todo patas arriba?
  5. ¿Cómo es posible que nadie cayese en la cuenta de que la quita de Grecia abría una herida en el costado de los bancos chipriotas?
  6. ¿Cómo es posible que cunda el rumor de que todo obedece al deseo de imponer un castigo ejemplar a Chipre por haberse echado en brazos de Vladimir Putin y nadie lo desmienta?
  7. ¿Cómo es posible que el Eurogrupo y Alemania digan que no tienen arte ni parte en el corralito chipriota –confiscación parcial, si se prefiere– aprobado en primera instancia?
  8. ¿Cómo es posible que se osara provocar una enorme inseguridad jurídica que perjudicará las inversiones en la periferia de la UE porque el Eurogrupo ha sentado un precedente alarmante en cuanto a la volatilidad de los depósitos bancarios?

Nadie en su sano juicio cree que el futuro dependa del medio por ciento del PIB europeo cuando se ha movilizado un billón de euros en rescates y otros parches. Es tan desmesurado que no hace falta acudir al servicio de estudios de un gran banco para comprender dentro de qué límites nos movemos. Para ser exacto, nadie cree que su futuro dependa del medio por ciento de sus ingresos; nadie cree que de ello dependa su capacidad de producir, de generar riqueza. Si así fuese, la mayoría de empresarios habrían echado el cerrojo, la mayoría de los trabajadores habrían sucumbido a los tajos en cascada y apenas quedaría piedra sobre piedra. No, no, el rescate de Chipre se ha transformado en un bochornoso espectáculo injustificable porque la fórmula para sanear las finanzas responde solo a la lógica desastrosa que ha condenado al continente al estancamiento o, aún peor, a la recesión, mientras en Alemania se desarrolla una larga campaña preelectoral en la que Angela Merkel resalta todos los días el perfil de dama de hierro que, se supone, le otorgará la victoria.

ChipreEs la misma lógica que lleva a afirmar al economista Hans Werner Sinn, presidente del instituto Ifo, con sede en Múnich, que Mariano Rajoy “debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja”, a imagen y semejanza de lo que en su día hizo Gerhard Schröder, canciller socialdemócrata que, prosigue Sinn, “eliminó el salario mínimo y laminó el Estado del bienestar, privando a millones de personas de sus ayudas sociales”. Aunque no hacía falta recordarlo, es evidente que a los contables que quieren salvar el euro a machetazos, el Estado del bienestar les resulta un incordio insoportable, aunque el modelo europeo y la dignidad de millones de personas dependen de su existencia. Es tan grande la distancia entre Hans Werner Sinn y alguien como Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca –“no vamos a poder salir de la crisis si los ciudadanos no salen de la crisis”–, que el proyecto europeo se vislumbra condenado a la falta de equidad, quizá de vertebración.

¿Por qué está en riesgo la vertebración de Europa? Porque la creencia de que, a falta de la institucionalización solvente de un poder colegiado supranacional, bien está la dirección germánica del continente, aparece ante la opinión pública no alemana como un diktat insoportable. Cada vez que se dice que la solución a los males presentes es más Europa, la calle entiende que se dice más Alemania y menos de todo lo demás. Y así crecen la desafección, los nacionalismos extravagantes, el euroescepticismo y la creencia de muchos de que Europa y el euro han resultado ser una trampa para elefantes. El lenguaje hermético, falsamente académico, de los eurócratas ha situado la construcción de Europa en el terreno de la economía sin alma y el sueño de los padres fundadores y de algunos de sus herederos se desvanece en los ordenadores de los operadores financieros. ¿Quedan aún apóstoles de las crisis europeas como barro moldeable o motor para avanzar en la construcción política de Europa?

A nadie puede sorprender que la reacción visceral, inmediata, de una parte de la calle chipriota haya sido pedir la salida de la UE, el abandono del euro y la asociación con Rusia, que en el pasado prestó más de 2.000 millones a Chipre para tapar agujeros. Si sucediese algo así, la UE haría un triple mal negocio: perdería toda posibilidad de participar en la administración de los yacimientos de gas que duermen bajo el lecho marino, abriría a Rusia la posibilidad de negociar en suelo chipriota la instalación de una base militar que, llegado el caso, sustituyera a la de Tartus (Siria) y apartaría a Europa más de lo que ahora lo está de un área estratégica –el Mediterráneo oriental– donde coinciden una primavera árabe (Egipto), el conflicto palestino-israelí, la guerra civil siria y el afianzamiento de Turquía como potencia regional.

El negocio sería ruinoso. ¿O no? ¿O hay quien barrunta que es más rentable ser intermediario en el negocio del gas que gestionar los yacimientos? ¿O resulta que no está claro quiénes tienen derecho a extraer el gas y Turquía y Grecia pedirán su parte del pastel? Es capital dar una respuesta creíble a estas preguntas, siquiera sea para ahuyentar el fantasma de un nuevo batacazo, que tantos temen cada vez que analizan los datos de crecimiento –mejor, decrecimiento– del último trimestre del 2012. Lo temen algunos grandes inversores, que no se fían de las componendas europeas, pero también los analistas sociales que observan a lo lejos –tampoco tanto– la formación de una borrasca. Así Susan Sontag, que ve indicios de que un huracán es posible: “La falta de control del sector financiero ha incrementado el riesgo de un nuevo crash financiero mundial cuyas consecuencias podrían ser peores que el anterior”. No hay eurócrata capaz de asegurar que se trata de una alarma injustificada.

Makarios III

El arzobispo Makarios III, primer presidente de Chipre (1960-1977).

Recordatorio. No debiera sorprender la oferta de la Iglesia chipriota, de rito ortodoxo griego, de poner sus bienes a disposición de los gestores de la crisis. Se trata de una Iglesia nacional que es, en la práctica, la organización más sólida, potente y bien estructurada de la república, con intereses importantísimos en el sector bancario. Y, además, es una constante histórica la intervención del clero en la política de la isla: el caso más significativo fue el del arzobispo Makarios III (1913-1977), primer presidente del Chipre indepediente (1960-1977), salvo entre julio y diciembre de 1974, cuando ocupó la presidencia Nikos Sampson. Al arzobispo Makarios se le relacionó al final del periodo colonial con la EOKA, organización armada partidaria de la enosis (unión con Grecia).

 

Desplante electoral en Italia

Después de la sacudida emocional provocada por las elecciones legislativas celebradas en Italia el domingo y lunes últimos resulta tan revelador el marcador al final del partido como desentrañar contra qué y contra quién han votado los italianos, sometidos a una cura de austeridad dictada por Alemania, telegrafiada por Bruselas y ejecutada por el Gobierno de tecnócratas encabezado por Mario Monti. El desplante electoral italiano ha agudizado la crisis de “la democracia como sistema de regulación social”, algo evocado por Josep Borrell en las páginas de EL PERIÓDICO, pero es improbable que haya sorprendido a los timoneles de la nave europea, advertidos en infinidad de ocasiones por las encuestas de que la cura impuesta a la periferia ha convertido a los gobernantes en victimarios cuyo único destino verosímil es caer derrotados, mientras el populismo más descarnado e inconsistente –la palabrería de Silvio Berlusconi– y las nuevas formas de intervención social –Beppe Grillo– tienen mucho margen de maniobra y están en mejores condiciones de hacer promesas que las marcas más convencionales, el centroizquierda de Pier Luigi Bersani y el centroderecho que resguardaba la figura de Mario Monti. Como twiteó el martes el periodista Miguel Ángel Bastenier, “lo fácil sería escandalizarse, pero [los italianos] han votado con razón contra lo falsamente respetable”, este listado inmoral de medidas que adelgaza todos los días el Estado del bienestar, perdona los dislates del sector financiero, atenaza a la clase media y ha entregado la política a los tenedores de libros.

Los electores italianos no son unos incautos, entre sus más arraigadas tradiciones figura una probada capacidad para sobrevivir a toda clase experiencias inquietantes y, por esta razón, es prudente no precipitarse cuando hay que sacar conclusiones. Pero los primeros síntomas poselectorales hacen temer justo lo contrario: que la burocracia bruselense, el Banco Central Europeo y asociados se lancen rápidamente a promover una nueva cita electoral con la esperanza de que el miedo a lo desconocido lleve a los italianos a rectificar. El espectáculo ofrecido por Peer Steinbrück, candidato socialdemócrata a ocupar la cancillería de Berlín, va en esta dirección, porque al declararse “asustado por la victoria de los dos payasos”, no solo alarmó con su léxico grosero al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, un hombre honrado que canceló la entrevista que tenían prevista, sino que se convirtió en el banderín de enganche inesperado de cuantos creen que los italianos están equivocados y deben corregirse cuanto antes. Y, ya puestos, confirmó lo que es un secreto a voces: que la campaña socialdemócrata solo introducirá matices a la dieta impuesta por Alemania al sur; la esencia, el fundamentalismo fiscal de Angela Merkel, llegará a las elecciones de otoño sin dar señales de agotamiento en combate.

Nada de lo dicho hasta aquí es ni por asomo un gesto de comprensión hacia Berlusconi y su antieuropeísmo, que no es más que oportunismo unido a la estrategia de defensa de los abogados que lo acompañan a todas partes. Pero los resultados alcanzados por el Il Cavaliere, solo medio punto por debajo de los de Bersani, son inseparables de la imposición por los tecnócratas de la Unión Europea de uno de los suyos, Monti, para llevar por el camino de la verdad la rectificación neoliberal del Estado del bienestar italiano. No es que a Berlusconi le importen demasiado los amortiguadores sociales, pero en el momento que entregó el testigo a Monti se parapetó detrás de las quejas de una clase media exhausta y, paradojas del destino, pudo montar su artificio electoral sobre la idea de que hubo de abandonar el Gobierno porque no quiso aceptar nuevas podas del Estado del bienestar y, de regresar, dice estar dispuesto a desandar el camino recorrido por Monti. Así fue como apareció por los canales de Mediaset, como el caballero San Jorge dispuesto a plantar cara a la cancillera Merkel y, de paso, a cruzarse en el camino de los herederos de la izquierda histórica de Italia, agavillados por Bersani, y de los antisistema –un término bastante inapropiado– de Grillo.

Un artículo tan corto como rotundo de Cécile Chambraud en el periódico progresista Le Monde resume las razones de lo sucedido hace unos meses en Grecia, de lo acontecido esta semana en Italia y de lo que puede estar por venir en otros lugares: “Por todas partes, en los países del sur de la Unión, el rigor corroe los sistemas políticos. Surgen listas de candidatos hostiles a la ortodoxia presupuestaria promovida como remedio a la crisis de la deuda”. Esta ortodoxia presupuestaria con acento alemán que pasa de puntillas sobre los costes sociales que entraña es la que lleva a gobernantes como Mariano Rajoy a mostrarse satisfechos por haber cumplido con su deber aun a costa de no haber cumplido su programa, que es justamente por lo que le votaron los electores. Más que nunca, cobra actualidad una frase del libro de Tony Judt ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, publicado en 1996: “El desequilibrante peso de Alemania en los asuntos europeos  no es nada nuevo, por supuesto. Pero, a diferencia de épocas anteriores, ahora esto supone tanto un problema para la propia Alemania como para sus ansiosos vecinos”.

Aquellos ansiosos vecinos de 1996 eran los países de la Europa central y oriental, recién liberados de la tutela soviética y deseosos de ingresar en la UE cuanto antes para modernizar sus economías y penetrar en nuevos mercados. Hoy los límites de la Europa ansiosa llegan hasta las playas del Mediterráneo. Y cuando se dan situaciones de intromisión directa de la UE en la soberanía política de los ciudadanos de un Estado miembro –Italia–, fundador para más señas de la organización, las consecuencias son imprevisibles, porque la sociedad percibe que la injerencia no persigue otra cosa que rectificar la orientación dada a la gestión de los asuntos públicos después de celebrarse elecciones libres y transparentes. En este caso, el primer beneficiado ha sido Berlusconi, pero en otra situación, en otro país, el beneficiado por la intromisión puede ser otro. Con lo cual, la UE no ha hecho más que debilitar a los partidos y gobernantes con los que pretendía entenderse, pero que, de acuerdo con el resultado de las elecciones, más de la mitad de la opinión pública puso bajo sospecha a pesar de que Monti obtuvo el voto de investidura del Parlamento italiano y así quedó a salvo la legitimidad de la maniobra.

¿Qué decir de Grillo? Por razones no intercambiables con las que han cimentado el éxito de Berlusconi, pero igualmente comprensibles, la austeridad a todas horas le ha procurado las adhesiones que en otras circunstancias difícilmente hubiera acumulado. Los jóvenes en paro, la clase media urbana, los pequeños empresarios, los profesionales de todas clases que otean el horizonte sin vislumbrar oportunidades se han sentido atraídos por un mensaje sin ataduras, con propuestas arriesgadísimas –salir del euro y volver a la lira– y la promesa de no dañar más el Estado del bienestar. Grillo no es un ideólogo, pero si es un político con un sentido profesional del espectáculo, de los medios a través de los cuales se establece la complicidad entre el actor y el patio de butacas, y ninguno de estos medios es más convincente hoy que prometer que no habrá un recorte más, que nadie volverá a decir que hay que podar otra rama para salvar el árbol. Grillo es un lector avezado de ¡Indignaos!, aunque carece de la fundamentación teórica y las referencias intelectuales del desaparecido Stéphane Hessel, una circunstancia que, contra lo que se pueda pensar, facilita su labor. Al mismo tiempo, la simplificación programática de Grillo autoriza a poner en duda la viabilidad de cuanto predica por más que Siena, capital del Movimiento Cinco Estrellas, sea ejemplo de buena administración.

Cuando se alude al desprestigio de la política, a la distancia cada vez mayor entre las instituciones y los ciudadanos, se está haciendo referencia a las razones que han permitido a Berlusconi levantar cabeza, emerger a Grillo, dejar a Bersani instalado en la debilidad y zarandear a Monti. Si los ejecutores de la germanización de Europa llegan a otras conclusiones, acaso logren vencer la crisis económica a costa de condenar a la pobreza más rigurosa a millones de ciudadanos y de extender las desigualdades sociales más allá de todos los límites imaginables, pero antes deberán afrontar otras muchas Italias. Volvamos a Cécile Chambraud: “Si, además, la desgracia de unos aumenta la felicidad de otros, es posible que un día la felicidad de estos otros se convierta en insoportable”. Hessel seguramente preguntaría dónde hay que firmar en apoyo de este vaticinio.

Sucesión sin sucesor en el Vaticano

La renuncia de Benedicto XVI ha desatado las especulaciones sobre el futuro que aguarda al gobierno de la Iglesia católica porque en la última monarquía absoluta, pero también electiva, los ingredientes de misterio, liturgia –religiosa y laica– y universalidad del cónclave dan mucho juego. El empeño en las quinielas es dar con el hombre y el nombre, acercarse al máximo al perfil del posible vencedor, cuando quizá es esta una aspiración mayor poco menos que inalcanzable a la luz de la historia, que ha consagrado la convicción de que cuantos entran en el cónclave como papas in péctore, salen de la asamblea confirmados en su oficio de cardenales. En el presente, ni siquiera se vislumbra el sucesor preferido por el Papa, es difícil calibrar el peso de cada facción y, aún más, cuál será el marco de referencia que hará posible consolidar una mayoría, recaiga o no el ministerio pietrino en un europeo.

En un artículo de John L. Allen Jr. colgado en la web del National Catholic Reporter, se citan hasta tres razones para que la Iglesia cambie de rumbo después de la política de masas de Juan Pablo II y de la conspiración permanente que se ha adueñado del pontificado de Benedicto XVI y que, finalmente, le ha llevado a renunciar:

  1. El recordatorio de que, a pesar del apego a la tradición de la Iglesia católica, se trata de una institución “capaz de dar sorpresas de vez en cuando”.
  2. La necesidad que tiene la institución de empezar de nuevo con ideas nuevas.
  3. La decisión del Papa saliente, si así se le puede llamar, pretende separar el fin del papado de la muerte de su titular, de tal forma que el próximo cónclave “estará libre del efecto funeral”, del tributo hagiográfico al fallecido y otros factores emocionales.

Basta recordar el clima de ferviente culto a la personalidad que siguió a la muerte de Juan Pablo II para comprender a qué se refiere Allen. El próximo cónclave se reunirá sin banderolas en los aledaños de San Pedro con mensajes tan acuciantes como Juan Pablo II, santo enseguida, que en el 2005 saludaron a los purpurados llamados a elegir sucesor. Hubo en aquella escenografía abigarrada una invitación implícita a la continuidad, a dar con alguien capaz de seguir por la senda de las multitudes movilizadas, como si tratara de rodar la continuación de una película dirigida por Cecil B. DeMille. En realidad, el sucesor bendecido con la fumata bianca fue alguien más inclinado a la introspección de Ingmar Bergman, con pocos personajes en escena, que a las grandes epopeyas al aire libre; el Papa polaco anduvo siempre muy cerca del personaje encarnado por Anthony Quinn en Las sandalias del pescador, mientras que el alemán nunca aspiró a cruzar Baviera al galope.

Habermas Ratzinger

Jürgen Habermas y el cardenal Josef Ratzinger, durante el diálogo público que mantuvieron en Múnich el 19 de enero del 2004.

Lo dicho por Allen no debe llevar a la conclusión de que se avecinan mutaciones radicales porque son muy improbables. Hasta la fecha, los cambios de pontífice han dado pie a las crisis típicas de los periodos transitorios, recuerda Etienne Fouilloux en Le Monde. Hay que añadir que el legado de Benedicto XVI es muy anterior a su elección, porque se trata de un sólido intelectual conservador, “héroe para los católicos tradicionales” (Laurie Goodstein, The New York Times), teólogo de cabecera de Juan Pablo II y autor de una obra tan controvertida como extensa. Josef Ratzinger es a un tiempo el pensador que vincula razón y fe, el agudo polemista que sostiene un diálogo de gran altura con el filósofo alemán Jürgen Habermas, pero también el religioso que recela del debate sobre los valores y lo convierte en relativismo moral, el indagador de la contemporaneidad depositario de un “sentimiento trágico de la historia”, no muy alejado del sentimiento trágico de la vida unamuniano, y el estudioso poseído por un pesimismo que fundamenta en el pensamiento agustiniano.

“Papa en un mundo marcado por la pérdida de influencia de la Iglesia católica, el multiculturalismo y una oferta religiosa multiplicada por la mundialización, Benedicto XVI ha desarrollado durante su pontificado, como lo había hecho antes en sus escritos y discursos, una visión extremadamente inquieta, por no decir pesimista, de la Iglesia, del mundo y de su porvenir”, ha escrito Stéphanie Le Bars. Una visión alimentada por el hecho de que “la Iglesia se encuentra además en un momento en el que el islamismo avanza en Asia y África, como los evangélicos en América Latina, considerada la reserva espiritual del catolicismo, mientras la cristiana Europa se seculariza” (Juan Arias, El País). Un pesimismo confirmado en última instancia por los escándalos a los que ha tenido que hacer frente mientras, al mismo tiempo, los poderes fácticos vaticanos se defendían con uñas y dientes: “La Vaticalia eterna, esa espesa gelatina formada por cardenales y civiles que confunden los intereses de Italia y los del Vaticano y hacen negocios cruzados en los dos estados mientras deciden las cosas importantes –explica Miguel Mora en el mismo periódico–, se ha empleado a fondo en estos siete años para mantener sus privilegios e impedir al mismo tiempo la renovación de la Curia y la modernización de Italia, especialmente en dos sectores, las finanzas y la información, los imperios donde más poder e intereses tienen el Opus Dei y Comunión y Liberación, los movimientos ultracatólicos que más medraron, junto a los Legionarios [de Cristo], durante el largo papado de Wojtyla”.

Eugenio Scalfari

Eugenio Scalfari entiende que la renuncia del Papa es una forma de incorporar criterios laicos en “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”.

Por todo lo dicho hasta ahora es improbable un cambio radical y es imposible adelantar quién entrara en el cónclave con más respaldos. Es menos ambicioso, pero más apegado a la realidad seguir el hilo argumental de Eugenio Scalfari en el diario La Repubblica de Roma, recogido oportunamente por Rosa Massagué en las páginas de EL PERIÓDICO del jueves: la renuncia del Papa es una forma de secularizar y laicizar “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”. Y ahí si hay una pista acerca de qué desea Benedicto XVI para el futuro o cuál ha de ser uno de los propósitos a priori de su sucesor: ahondar en lo que los católicos progresistas llaman gobierno colegiado de la Iglesia, con menos atributos para la Curia omnipresente y más para los ordinarios de cada diócesis. Se trata de algo verdaderamente más terrenal, menos florentino, menos propio del gran guiñol vaticano, pero de indudable peso para el futuro del orbe católico. El teólogo Federico Pastor lo ve como algo poco menos que ineludible: “La renuncia por agotamiento –así se podría llamar– es un indicio más de la obsoleta estructura de la Iglesia. Que hoy día, teniendo presentes los medios de comunicación, todo esté tan centralizado es simplemente inhumano. Y no contribuye a la evangelización”. En otras palabras: la monarquía absoluta es ineficaz por distante y, como sucede en la Unión Europea, el aprecio por la institución depende en gran medida de que persevere en la subsidiaridad.

El otro propósito a priori del sucesor de Benedicto XVI ha de ser restablecer la unidad, ahora baqueteada, según reconoció el Papa el miércoles de forma explícita: “El rostro de la Iglesia aparece muchas veces desfigurado. Pienso en particular en las culpas contra la unidad, en las divisiones del cuerpo eclesial”. Se trató de una afirmación categórica y la confirmación de una realidad que, no por sabida, resultó menos elocuente. Al dar carta de naturaleza a la división, la pregunta inmediata fue si puede superarla la institución mediante una política de continuidad. ¿Puede alguien con el perfil muy conservador de Angelo Scola, por citar un nombre, domeñar el caos entre sombras de los últimos años? ¿Puede una facción por sí sola acabar con las luchas intestinas por el poder y las redes de intereses opacos que han llevado al Papa a acogerse a un discreto retiro? Las respuestas no atañen solo a la Iglesia como institución religiosa, sino a su prestigio internacional, al peso político que tiene, a su tarea de intermediación social en la aldea global.

Curia

Benedicto XVI preside en la Capilla Sixtina una reunión con la Curia el 21 de diciembre del 2012.

“[El Papa] tiene en cuenta consideraciones terrestres” al cambiar la naturaleza del papado, ha declarado el profesor Etienne Fouilloux, después de que durante siglos haya prevalecido “la concepción sagrada de la elección”, un concepto que incluye que el ministerio se ejerce hasta la muerte, aunque, al mismo tiempo, el Derecho Canónico prevé la renuncia y los mecanismos que se ponen en marcha para garantizar la sucesión. Pero esta condición terrena de la decisión tomada por Josef Ratzinger no mengua un ápice la naturaleza enigmática del personaje. “No se puede comprender su visión trágica de la historia, su combate contra el relativismo moral, su fidelidad a la liturgia antigua, sin trazar el itinerario de un intelectual más atormentado de lo que dicen las caricaturas”, ha escrito el periodista Henri Tincq, un especialista del universo vaticano que ha publicado un esbozo de referencia del personaje que va del punto de partida del pensamiento de Benedicto XVI a la estación de llegada: “Este Papa puso en guardia al hombre contra toda servidumbre de la fe a la razón de Estado y de la razón de Estado a una fe. En este sentido, entendió que prevenía al mundo contra toda forma de extremismo”. Cabe añadir del extremismo del que quizá él mismo fue víctima en cuanto se apartó del statu quo para renovar el aire viciado de los despachos.

Casi al final del debate que sostuvo con el profesor Habermas en la Academia Católica de Múnich, el 19 de enero del 2004, el cardenal Ratzinger afirmó: “Hemos visto que en la religión existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar con la luz divina de la razón como una especie de órgano de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión”. Es poco menos que imposible desligar la idea de patología de los escándalos de pederastia, mala administración y filtración de documentos (caso Vatileaks), y aún lo es menos desligar la renuncia del Papa de la luz de la razón en la que se fundamenta la lógica. Todo eso pesará en el cónclave y apartará a muchos candidatos de la carrera por la silla de Pedro, asustados por la modernidad, atrapados en el secretismo o sin ánimos para fajarse con los problemas que han llevado a Benedicto XVI a la renuncia. Pero, incluso así, el número de aspirantes seguirá siendo lo suficientemente alto como para que se mantenga la incógnita hasta la hora decisiva de la fumata bianca y para que todas las quinielas tengan algún punto de apoyo. A fin de cuentas, la tradición es la tradición.

 

Pasaje a Tangentópolis

Tangente. Palabra italiana que se aplica a la propina o soborno percibido por un político a cambio de favores.

Tangentópolis. Nombre con el que se conoce las redes de corrupción política puestas al descubierto por los tribunales de Italia en los años 90.

 

Salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que una mano negra ha colocado el plato de porquería delante del ventilador para que salpique a todo el mundo, la multiplicación de casos de corrupción en España nos conduce directamente a una crisis del Estado y de los valores democráticos. Es insoportable la pestilencia que emana de los basureros y no hay teoría conspirativa de la historia capaz de desviar la atención acerca del hecho cierto de que los partidos –al menos, muchos de ellos– en todos los peldaños del poder se deslizan por la pendiente de la deslegitimación. La sospecha generalizada se ha adueñado del argumento de la tragedia, y no hay forma de dejar a salvo a los inocentes si antes no se produce la condena de los culpables; no hay manera de que el deshonor quede acotado a los tramposos si los partidos no actúan con diligencia, limpian la casa de parásitos y se dejan de circunloquios para salvar los muebles.

Es profundamente reaccionario sostener que todos los políticos son iguales –como asegurar que todas las mujeres son iguales, que todos los hombres son iguales, que todos los empresarios son iguales, y así sucesivamente–, porque niega la originalidad genuinamente única de cada individuo, pero una de las consecuencias inmediatas en un ambiente dominado por la sospecha universal es que justamente los pareceres más reaccionarios son los que finalmente se adueñan de la opinión pública y la manipulan a su antojo. Desde luego, no todos los políticos son iguales, pero hace falta saber hasta el último apellido de cuantos deshonran al colectivo en el Gobierno, los partidos, los sindicatos, los ayuntamientos, las comunidades autónomas y cualquier otra instancia de poder en la que quepan el latrocinio, la comisión, el favor, el escándalo, la doble contabilidad con su correspondiente doble moral: la ejemplar, que forma parte de la propaganda y la labor de los agitprop; la de situación, que se extiende como una epidemia en los salones del poder y aledaños.

Innerarity

Daniel Innerarity vaticina que en un mundo sin política “perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.

Daniel Innerarity ha escrito esta semana en El País: “En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.  Un mundo sin política sería profundamente injusto, arbitrario y asimétrico porque, como dice el articulista, la política es el único salvoconducto del ciudadano medio hacia un orden social equitativo, garantizado por las leyes, la neutralidad del Estado y la honradez de los gobernantes. Lo que ocurre es que la misma sociedad necesitada de la política y de los políticos, reniega de estos cuando los bochornos se repiten con frecuencia diaria, cuando quienes un día prometieron dimitir si les alcanzaba algún escándalo, se niegan a hacerlo cuando les ha alcanzado, cuando no hay forma de saber dónde acaba la verdad y empiezan las maniobras de intoxicación, cuando los partidos se cierran como las valvas de un molusco para evitar el escrutinio público, cuando los tribunales son tan parsimoniosamente lentos que dejan de cumplir con uno de los requisitos básicos: que la justicia se administre de la forma más rápida posible. Y así resulta que se contabilizan en España más de 400 políticos imputados, pero muchos de ellos siguen en sus puestos, otros hibernan en una especie de limbo condescendiente con los pecadores y solo unos pocos han sido condenados, y penan por ello, o han sido exonerados de toda culpa.

En Italia saben bastante de todo esto. A principios de los años 90, la primera república reventó por las costuras y a aquel régimen construido a la medida de las miserias de la guerra fría, las exigencias de la Mafia y la necesidad de levantar la economía a toda prisa para neutralizar el ascenso de la izquierda y los sindicatos se lo llevó la riada provocada por los jueces y fiscales reunidos en lo que se denominó Mani Pulite –nada que ver con el nombre del minisindicato de extrema derecha Manos Limpias que acude con frecuencia a los juzgados de guardia–, el Estado zozobró, en plena tempestad dejaron de existir la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, un primer ministro, Bettino Craxi, se exilió en Túnez, donde murió en el 2000, y, en medio de todo aquello, un financiero bajo sospecha fijó la agenda política de los siguientes 20 años, desde el Gobierno o desde la oposición. Así empezó el reinado de Silvio Berlusconi, durante la digestión de Tangentópolis y el alumbramiento de la segunda república; así fue como un populismo zafio se impuso a las grandes corrientes ideológicas de la posguerra. Y así es como hoy el berlusconismo es capaz de meter en la campaña de unas elecciones cruciales (24 y 25 de febrero) el fichaje de Mario Balotelli por el Milan, propiedad de Il Cavaliere, como una variable que puede elevar hasta dos puntos la intención de voto del Pueblo de la Libertad.

Paolo Flores

Paolo Flores d’Arcais: “Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la democracia”.

El comportamiento observado en Italia se asemeja mucho al que parece imponerse aquí; la lógica de Tangentópolis también era muy parecida a las tramas de corrupción, comisiones, intercambio de favores, financiación irregular de los partidos y fuentes de ingresos inconfesables. La infección en Italia dañó la espina dorsal del Estado y el relato de los acontecimientos en España va por el mismo camino. En vez de hacer limpieza, se intenta limitar los daños y, mientras tanto, la opinión pública asiste atónita a la multiplicación de explicaciones que a nadie convencen, sino que, por el contrario, abonan la desconfianza y la sospecha y, de paso, inducen a algunos a buscar soluciones milagrosas, caldo de cultivo del populismo. Por eso Berlusconi se atreve a decir que “Mussolini hizo cosas buenas”, porque no afecta a sus expectativas electorales.

“Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la  democracia, ni tan siquiera en su acepción de derechas, sino que constituyen, por el contrario, la versión italiana del lepenismo (o del putinismo, si se prefiere): la agresión populista, alimentada incluso de racismo, y si es necesario de clericalismo, contra la constitución republicana”,  afirma el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais. Pero antes el Estado se vio sometido a la demagogia y al escándalo, al desprestigio y a la burla, sin que Italia pudiera evitar en buenas condiciones una sola de las epidemias desencadenadas por la crisis económica. Por el contrario, la política proyectó sobre la sociedad la sombra de un individualismo recalcitrante, obsceno, y el Gobierno dejó de tutelar los valores y principios de la democracia que Norberto Bobbio incluyó en su día en El futuro de la democracia.

¿Cómo es posible salir con daños asumibles de un laberinto así? María Dolores de Cospedal se queda corta cuando se remite a “que cada palo aguante su vela”. Se queda muy corta porque, en realidad, debiera haber dicho “que cada partido, institución o similar aguante su vela”. Porque no es un problema de individuos que campan por sus respetos: la corrupción se difunde a la velocidad de la luz cuando, como es el caso, dispone de redes complejas gestionadas por desaprensivos que, en los casos menos graves, buscan recursos donde sea para financiar al partido y, en los más sonrojantes, buscan la forma de llenarse los bolsillos. Cuando coinciden ambos objetivos, el índice de podredumbre crece en progresión geométrica. Si a ellos se suma la utilización oportunista de una institución a la que la Constitución confiere una naturaleza excepcional –la Corona–, se pasa en un suspiro de la sorpresa y el desagrado al vértigo.

Cacciari

Massimo Cacciari: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”.

Del caso Palau al caso Bárcenas, del caso Pallarols al caso Mulas, del caso Gürtel a la operación Clotilde, del embargo preventivo de la sede de CDC al caso de los ERE en Andalucía, del caso Urdangarín al caso Matas, del caso… Demasiados casos para no recordar estas palabras de Massimo Cacciari, otro brillante pensador italiano, pronunciadas en 2001, durante la campaña de las legislativas de aquel año: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”. El mayor de todos ellos es que finalmente se produzca un pacto implícito en el seno del establishment político que arrincone el imperativo categórico kantiano y ponga en su lugar un relativismo moral destinado a justificar las peores lacras del sistema. Agravado en el caso español por las debilidades estructurales puestas de manifiesto por la crisis económica y la tensión centro-periferia concretada en el soberanismo de una parte del arco parlamentario catalán.

Este agravamiento pesa tanto en la conciencia colectiva de la sociedad española, enfrentada a la peor crisis moral de los tres últimos decenios, como en la imagen exterior que proyecta, empeorada por el silencio de Mariano Rajoy. No es ni mucho menos episódico que la portada de la edición digital del Financial Times del jueves colocara en lo alto la información publicada aquel mismo día por El País. Fácil es concluir que las grandes preguntas subyacentes estaban meridianamente claras: ¿se puede confiar en un Gobierno bajo sospecha obligado a tomar cada día decisiones impopulares?, ¿cuál es la solvencia de unos gobernantes que pueden sentirse tentados a rebajar la tensión interior mediante la relajación de la austeridad?, ¿qué sorpresas nos aguardan?, ¿qué fuerzas políticas pueden sacar partido del escándalo que zarandea al PP? No hace falta decir que el altavoz de la City no es precisamente un entusiasta de la unión política de Europa y desconfía por principio del sur, pero, aun así, no le faltan razones al periódico para abrir interrogantes llenos de sentido común, compartidos por el resto de las grandes cabeceras de la aldea global. En este caso no vale decir que “el infierno son los otros” (el sufrimiento viene de fuera), como se afirma en el famoso pasaje de A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre.

Tom Wicker

Tom Wicker retrató a Richard Nixon como alguien que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública.

El periodista Tom Wicker publicó en 1991 Uno de los nuestros: Richard Nixon y el sueño americano, un libro donde, según Carlos Fuentes en su ensayo póstumo Personas, se retrata al presidente como alguien que “no era extraño al bien y al mal –la ética– de Estados Unidos, sino un hombre eternamente insatisfecho que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública”, y que “involucró a la nación entera en el caso Watergate”. Esa es quizá la peor consecuencia de la corrupción, real o presunta: que al multiplicarse y extenderse lleva a todo el mundo a compartir la sensación de que vive en un lodazal, de que forma parte de una estructura política moralmente indefendible en la que solo tiene sentido preocuparse de las necesidades e intereses de uno mismo y olvidarse de la comunidad. Ese es el riesgo que se corre aquí y ahora en esa ceremonia de la confusión y de las medias verdades donde no solo está en juego el prestigio de algunas personas, sino el del entramado institucional sobre el que descansan la democracia como sistema y la solidaridad como compromiso moral.