La austeridad alimenta el desapego a Europa

La hora de la verdad se acerca a toda prisa, asegura el economista alemán Hans-Werner Sinn. Lo que no precisa es cuál es esa verdad que tan cercana está, que produce euroescépticos a la velocidad de la luz, somete la periferia de la UE a las prescripciones del centro y consagra un ambiente de angustiosa decrepitud en el que rivalizan el fundamentalismo neoliberal de unos con el populismo de otros, la inoperancia de bastantes con las voces de alarma de cuantos ven más cerca un estallido social de dimensiones impredecibles. La última encuesta difundida por el Real Instituto Elcano recoge un dato inquietante: la mitad de los alemanes creen que España no es un país de fiar. El clima en España con relación a la UE no es mejor: según el último Eurobarómetro, el 72% de los españoles están más bien en contra de la UE; en 2007 eran solo el 23%.

Cada vez que se suben a la tarima personajes como el comisario Olli Rehn, compendio de todas las ortodoxias que han condenado a la desesperanza a millones de europeos, esas cifras evolucionan a peor. Solo una desfachatez tecnocrática ilimitada explica cómo alguien que es partidario de que la austeridad se aplique a todas horas a mayor gloria del cuadro macroeconómico, aunque conlleve la destrucción masiva de empleos, puede luego decir que el gran empeño de España ha de ser crear puestos de trabajo para cortar la hemorragia del paro. Hace tiempo que en las facultades de Economía se enseña que el paro es consecuencia directa de la austeridad, que yugula la inversión e impide la creación de empleo, como se han hartado de demostrar algunas de las mejores cabezas de la economía mundial, ignoradas desde luego por el Banco Central Europeo, los estrategas de la campaña electoral de Angela Merkel y otros gestores de la crisis.

Si en este clima tormentoso aparecen en España las cifras de la encuesta de población activa (6,2 millones de parados), entonces suena a conclusión insostenible que “la única opción que queda es, por desagradable que pueda ser para algunos países, endurecer las restricciones presupuestarias en la zona del euro”, como sostiene Han-Werner Sinn, integrante del consejo asesor del Ministerio alemán de Economía. Porque el propio Sinn admite que “no es probable que los griegos y los españoles puedan soportar la presión de la austeridad económica durante mucho más tiempo”, pero es incapaz de fijar un techo a la austeridad. Más bien parece dejar este dato crucial al libre criterio de los acreedores que, no se olvide, fueron los primeros en engordar el perro del crédito barato y las plusvalías alocadas cuando la prosperidad parecía no tener fin.

El sanedrín europeo ha olvidado las enseñanzas de los padres fundadores, de mentes esclarecidas como la de Jacques Delors y de pragmáticos capaces de aplicar a Europa su sentido de Estado –François Mitterrand, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi– para dejar el día a día en manos de funcionarios de una grisura alarmante y, al mismo tiempo, reservar las grandes decisiones para las conferencias intergubernamentales, donde prevalece el nacionalismo de todos y el diktat de los poderosos (de Berlín en todo cuanto atañe a la economía). Es esta una realidad comprobable día a día que alimenta dos fenómenos:

-Un populismo euroescéptico vociferante y sin otro programa que decir no a todo –escúchese a Beppe Grillo–, pilotado por personajes cuya única virtud es haber pergeñado un recetario que atrae a las víctimas de la crisis, aunque probablemente es irrealizable; personajes que dicen hablar el lenguaje de la calle –a saber si es cierto–, dotados de un desparpajo ilimitado en la tribuna y de una simplicidad apabullante en cuanto han de bajar al detalle de la letra pequeña. A ese populismo se suma otro, encubierto y oportunista, con clásicos del engaño reconocidos como Silvio Berlusconi.

-La extrema derecha, asimismo euroescéptica, dispuesta a desempolvar las esencias patrias, librar el combate contra el extranjero, contra todo aquello que se sale de los apolillados programas identitarios y que, llegado el caso, está dispuesta a defender que la letra con sangre entra. Ahí están los matones de Amanecer Dorado en Grecia, la demagogia de Marine Le Pen en Francia, que se remonta nada menos que al legado de Juana de Arco para salir al rescate de la clase media, y quién sabe si la recién nacida Alternativa para Alemania, que de momento propone la disolución ordenada de la zona del euro.

Comportamientos irresponsables como el del semanario Der Spiegel y otros medios alemanes, que propalaron el infundio de que los ciudadanos de los socios meridionales de la UE son más ricos que los del norte, incrementan la propensión a que el encaje de las piezas europeas resulte imposible. La mentira de la pobreza. Cómo los países europeos en crisis esconden su riqueza, este fue el titular que alarmó incluso a la cancillera Merkel y la obligó a desmentir al semanario, que cambió de dirección a principios de abril para envolverse inmediatamente en la bandera y publicar una sarta de disparates y de estadísticas sesgadas.

En igual o mayor medida contribuyen al creciente desapego europeísta las maniobras orquestales dirigidas a complacer a quien haga falta, aunque sea a costa de cambiar las previsiones y los programas, acordar nuevos recortes y poner en  entredicho las cifras de hace apenas unas semanas. Ahí están la última corrección de Luis de Guindos y la última improvisación del Gobierno para que finalmente sea posible un alargamiento de los plazos para reducir el déficit, ahí está la llamativa rectificación introducida en las previsiones económicas, que incorpora los vaticinios hechos por instituciones internacionales –un decrecimiento del 1,5% para el 2013– y multiplica por tres los cálculos de la recesión adelantados por el Gobierno al empezar el año. Esa sensación de actuar à bout de souffle, sin más iniciativa que decir a todo que , sin más explicaciones que el argumentario manejado por los agitprop de turno, suministra munición a cuantos han comprendido que la batalla contra la idea de Europa puede rendir buenos réditos en un ambiente irrespirable.

Para cambiar el signo de los tiempos, haría falta corregir por lo menos cuatro déficits estructurales, que no son los que todos los días asoman en los telediarios:

  1. Déficit doble de soberanía. Los ciudadanos-contribuyentes perciben que los gobiernos han dejado de ser soberanos en la medida en que sus programas están sometidos a requisitos externos, pero, al mismo tiempo, tienen la certeza de que no existe una soberanía europea, sino la imposición innegociable de políticas decididas por algunos gobiernos europeos que, por la fuerza de los hechos –más exactamente, por medio de la coacción–, se convierten en políticas europeas que aplican sin rechistar funcionarios-políticos presos en una red de intereses (léase José Manuel Durao Barroso y su equipo de comisarios).
  2. Déficit democrático. La celebración regular de elecciones al Parlamento Europeo está lejos de constituir una gran ceremonia europea de la democracia. Ni la Comisión Europea responde a la aritmética parlamentaria ni la Cámara de Estrasburgo dispone de los poderes habituales de cualquier parlamento democrático. Por el contrario, el Parlamento Europeo es una institución gigantesca y carísima a cuyo control escapa el funcionamiento de una tecnocracia que actúa de espaldas a los europeos. Los contribuyentes no saben qué hacen, en nombre de qué o de quién, en función de qué intereses y al servicio de qué programas. “Ha desaparecido una parte importante de la democracia nacional que no se ha sustituido a escala europea”, han escrito Mark Leonard y José Ignacio Torreblanca en varios diarios europeos.
  3. Déficit de tolerancia financiera. En los cinco años de crisis económica se ha pasado de la refundación del capitalismo, publicitada por Nicolas Sarkozy, la creación de una agencia europea de calificación y una reestructuración equilibrada de la zona del euro, a una aceleración de la unión económica, la unión bancaria y la cohesión fiscal dictadas por el Banco Central Europeo, previo paso por el Bundesbank, que consagran el empobrecimiento del sur, sin que, por lo demás, esté asegurado el cumplimiento de los programas de rescate y la devolución de la deuda. Antes al contrario, son mayoría los pronósticos que dan por seguro que los rescates, los ajustes y todo lo demás solo garantizan una cosa: que los deudores nunca se pondrán al día.
  4. Déficit de simetría. Muchas de las medidas aplicadas en el proceso de cambios aplicados en los países de la Eurozona han entrañado en la práctica un trato diferenciado. Cuando el profesor Sinn dice que una eventual salida de Alemania del euro “restablecería la línea del Rhin como frontera entre Francia y Alemania”, lleva razón, pero puede que esta frontera, incluso con el euro, se concrete a través del trato diferenciado de un país a otro. Basta recordar el blindaje de los bancos alemanes medianos y pequeños, en una situación comprometida en muchos casos, que escapan al control europeo. En términos generales, el equilibrio europeo ha descansado en el eje franco-alemán, pero ese eje se forjó con un material que emite señales de agotamiento a causa de la supremacía alemana y de la desorientación francesa. Por ahí empieza la asimetría.

Como afirma Tony Judt en Pensar el siglo XX, “el equilibrio para Keynes era un objetivo” que solo se podía hacer realidad si intervenía el Gobierno. Ese supuesto no es muy diferente a lo expresado varias veces por financieros como George Soros, convencidos de que el capitalismo solo es eficaz si funciona ordenadamente. Lo que está sucediendo en Europa es que los grandes actores de los mercados se han adueñado de una parte de los atributos de soberanía cuyo ejercicio estuvo tradicionalmente reservado a los gobiernos, con lo que se agravan los efectos de los déficits enumerados. Las preocupaciones sociales se han convertido en un incordio para el funcionamiento de unas finanzas globalizadas y los estados europeos, debilitados por la crisis, se han plegado a las exigencias y los objetivos de los actores financieros, que manejan modelos matemáticos en los que, invariablemente, el trabajo figura como una mercancía barata, favorecida la estrategia general por el escandaloso aumento del paro. En esas estamos.

‘Dies irae’ a causa de Chipre

La torpeza de muchos parece encaminada a dar la razón al economista José Carlos Díez: Europa no da muestras de albergar vida inteligente. Entendámonos: la referencia a Europa engloba a cuantos forman parte de la maquinaria que gestiona la crisis y que, a poco que se empeñen, pueden empeorarla con esa sucesión de desatinos inquietantes. Resulta que mientras el 0,5% del PIB europeo –Chipre– pone a todo el mundo contra las cuerdas, el denostado neokeynesianismo de Barack Obama es útil para reactivar incluso el sector inmobiliario de Estados Unidos, según información destacada del jueves en The New York Times. Resulta que casi al mismo tiempo que Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca, vaticina que el 2013 será “un año puente hacia la recuperación”, aparece en Bruselas Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, y amenaza con retorcer las condiciones de austeridad –miseria sobre miseria– a aquellos países que pidan el alargamiento de los plazos para sanear las cuentas. Sucede, en fin, como ha escrito Joan Tapia, que la desconfianza entre la Europa del norte y del sur crece todos los días, depositaria una de la ética protestante y de los dies irae, inclinada la otra a cultivar cierto relativismo escéptico.

El paseante

Cartel de la película titulada en España ‘El paseante del Champ de Mars’.

Ese galimatías se completa con temores y rivalidades entre aliados más atentos a la prima de riesgo que a los padecimientos de sociedades deprimidas que albergan a ciudadanos convencidos de que el sistema financiero les ha birlado el Estado del bienestar y, puede, el futuro de una generación obligada a oír promesas sin fundamento sobre la salida de la crisis. Por este camino se ha llegado a la absurda información diaria en la que se compara la mejora o empeoramiento de la prima de riesgo española con la italiana, como si un eventual sorpasso de la de Italia fuese un gran triunfo de la de España, cuando en realidad se trata de una carrera sin meta final entre dos corredores empobrecidos, por no decir arruinados. Lleva razón el François Mitterrand de El paseante del Champ de Mars, de Robert Guidiguian, cuando, más o menos, le dice a un periodista: “Yo soy el último presidente de Francia; los que vendrán a partir de ahora serán contables”.

Ahí están los contables con todas las trazas de que, Alemania mediante, el Bundesbank mediante o lo que sea mediante, oscilan entre la improvisación y los ultimátums. Andan con sus modelos matemáticos en la faltriquera, son inmunes a la tragedia humana y se sienten liberados de contestar a algunas preguntas que cualquier estudiante de primer año de facultad es capaz de formular:

  1. ¿Cómo es posible que la diminuta Chipre, mitad meridional de una isla dividida, reuniera siquiera aproximadamente las condiciones para ingresar en la UE con toda clase de garantías?
  2. ¿Cómo es posible que alguien creyera la fantasía de que Chipre podía adoptar el euro sin mayores problemas?
  3. ¿Cómo es posible que no se atajara la conversión de la banca chipriota en uno de los lavaderos de dinero procedente de Rusia?
  4. ¿Cómo es posible que quieran que creamos que la UE no dispone de recursos para solucionar el problema chipriota sin ponerlo todo patas arriba?
  5. ¿Cómo es posible que nadie cayese en la cuenta de que la quita de Grecia abría una herida en el costado de los bancos chipriotas?
  6. ¿Cómo es posible que cunda el rumor de que todo obedece al deseo de imponer un castigo ejemplar a Chipre por haberse echado en brazos de Vladimir Putin y nadie lo desmienta?
  7. ¿Cómo es posible que el Eurogrupo y Alemania digan que no tienen arte ni parte en el corralito chipriota –confiscación parcial, si se prefiere– aprobado en primera instancia?
  8. ¿Cómo es posible que se osara provocar una enorme inseguridad jurídica que perjudicará las inversiones en la periferia de la UE porque el Eurogrupo ha sentado un precedente alarmante en cuanto a la volatilidad de los depósitos bancarios?

Nadie en su sano juicio cree que el futuro dependa del medio por ciento del PIB europeo cuando se ha movilizado un billón de euros en rescates y otros parches. Es tan desmesurado que no hace falta acudir al servicio de estudios de un gran banco para comprender dentro de qué límites nos movemos. Para ser exacto, nadie cree que su futuro dependa del medio por ciento de sus ingresos; nadie cree que de ello dependa su capacidad de producir, de generar riqueza. Si así fuese, la mayoría de empresarios habrían echado el cerrojo, la mayoría de los trabajadores habrían sucumbido a los tajos en cascada y apenas quedaría piedra sobre piedra. No, no, el rescate de Chipre se ha transformado en un bochornoso espectáculo injustificable porque la fórmula para sanear las finanzas responde solo a la lógica desastrosa que ha condenado al continente al estancamiento o, aún peor, a la recesión, mientras en Alemania se desarrolla una larga campaña preelectoral en la que Angela Merkel resalta todos los días el perfil de dama de hierro que, se supone, le otorgará la victoria.

ChipreEs la misma lógica que lleva a afirmar al economista Hans Werner Sinn, presidente del instituto Ifo, con sede en Múnich, que Mariano Rajoy “debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja”, a imagen y semejanza de lo que en su día hizo Gerhard Schröder, canciller socialdemócrata que, prosigue Sinn, “eliminó el salario mínimo y laminó el Estado del bienestar, privando a millones de personas de sus ayudas sociales”. Aunque no hacía falta recordarlo, es evidente que a los contables que quieren salvar el euro a machetazos, el Estado del bienestar les resulta un incordio insoportable, aunque el modelo europeo y la dignidad de millones de personas dependen de su existencia. Es tan grande la distancia entre Hans Werner Sinn y alguien como Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca –“no vamos a poder salir de la crisis si los ciudadanos no salen de la crisis”–, que el proyecto europeo se vislumbra condenado a la falta de equidad, quizá de vertebración.

¿Por qué está en riesgo la vertebración de Europa? Porque la creencia de que, a falta de la institucionalización solvente de un poder colegiado supranacional, bien está la dirección germánica del continente, aparece ante la opinión pública no alemana como un diktat insoportable. Cada vez que se dice que la solución a los males presentes es más Europa, la calle entiende que se dice más Alemania y menos de todo lo demás. Y así crecen la desafección, los nacionalismos extravagantes, el euroescepticismo y la creencia de muchos de que Europa y el euro han resultado ser una trampa para elefantes. El lenguaje hermético, falsamente académico, de los eurócratas ha situado la construcción de Europa en el terreno de la economía sin alma y el sueño de los padres fundadores y de algunos de sus herederos se desvanece en los ordenadores de los operadores financieros. ¿Quedan aún apóstoles de las crisis europeas como barro moldeable o motor para avanzar en la construcción política de Europa?

A nadie puede sorprender que la reacción visceral, inmediata, de una parte de la calle chipriota haya sido pedir la salida de la UE, el abandono del euro y la asociación con Rusia, que en el pasado prestó más de 2.000 millones a Chipre para tapar agujeros. Si sucediese algo así, la UE haría un triple mal negocio: perdería toda posibilidad de participar en la administración de los yacimientos de gas que duermen bajo el lecho marino, abriría a Rusia la posibilidad de negociar en suelo chipriota la instalación de una base militar que, llegado el caso, sustituyera a la de Tartus (Siria) y apartaría a Europa más de lo que ahora lo está de un área estratégica –el Mediterráneo oriental– donde coinciden una primavera árabe (Egipto), el conflicto palestino-israelí, la guerra civil siria y el afianzamiento de Turquía como potencia regional.

El negocio sería ruinoso. ¿O no? ¿O hay quien barrunta que es más rentable ser intermediario en el negocio del gas que gestionar los yacimientos? ¿O resulta que no está claro quiénes tienen derecho a extraer el gas y Turquía y Grecia pedirán su parte del pastel? Es capital dar una respuesta creíble a estas preguntas, siquiera sea para ahuyentar el fantasma de un nuevo batacazo, que tantos temen cada vez que analizan los datos de crecimiento –mejor, decrecimiento– del último trimestre del 2012. Lo temen algunos grandes inversores, que no se fían de las componendas europeas, pero también los analistas sociales que observan a lo lejos –tampoco tanto– la formación de una borrasca. Así Susan Sontag, que ve indicios de que un huracán es posible: “La falta de control del sector financiero ha incrementado el riesgo de un nuevo crash financiero mundial cuyas consecuencias podrían ser peores que el anterior”. No hay eurócrata capaz de asegurar que se trata de una alarma injustificada.

Makarios III

El arzobispo Makarios III, primer presidente de Chipre (1960-1977).

Recordatorio. No debiera sorprender la oferta de la Iglesia chipriota, de rito ortodoxo griego, de poner sus bienes a disposición de los gestores de la crisis. Se trata de una Iglesia nacional que es, en la práctica, la organización más sólida, potente y bien estructurada de la república, con intereses importantísimos en el sector bancario. Y, además, es una constante histórica la intervención del clero en la política de la isla: el caso más significativo fue el del arzobispo Makarios III (1913-1977), primer presidente del Chipre indepediente (1960-1977), salvo entre julio y diciembre de 1974, cuando ocupó la presidencia Nikos Sampson. Al arzobispo Makarios se le relacionó al final del periodo colonial con la EOKA, organización armada partidaria de la enosis (unión con Grecia).

 

Desplante electoral en Italia

Después de la sacudida emocional provocada por las elecciones legislativas celebradas en Italia el domingo y lunes últimos resulta tan revelador el marcador al final del partido como desentrañar contra qué y contra quién han votado los italianos, sometidos a una cura de austeridad dictada por Alemania, telegrafiada por Bruselas y ejecutada por el Gobierno de tecnócratas encabezado por Mario Monti. El desplante electoral italiano ha agudizado la crisis de “la democracia como sistema de regulación social”, algo evocado por Josep Borrell en las páginas de EL PERIÓDICO, pero es improbable que haya sorprendido a los timoneles de la nave europea, advertidos en infinidad de ocasiones por las encuestas de que la cura impuesta a la periferia ha convertido a los gobernantes en victimarios cuyo único destino verosímil es caer derrotados, mientras el populismo más descarnado e inconsistente –la palabrería de Silvio Berlusconi– y las nuevas formas de intervención social –Beppe Grillo– tienen mucho margen de maniobra y están en mejores condiciones de hacer promesas que las marcas más convencionales, el centroizquierda de Pier Luigi Bersani y el centroderecho que resguardaba la figura de Mario Monti. Como twiteó el martes el periodista Miguel Ángel Bastenier, “lo fácil sería escandalizarse, pero [los italianos] han votado con razón contra lo falsamente respetable”, este listado inmoral de medidas que adelgaza todos los días el Estado del bienestar, perdona los dislates del sector financiero, atenaza a la clase media y ha entregado la política a los tenedores de libros.

Los electores italianos no son unos incautos, entre sus más arraigadas tradiciones figura una probada capacidad para sobrevivir a toda clase experiencias inquietantes y, por esta razón, es prudente no precipitarse cuando hay que sacar conclusiones. Pero los primeros síntomas poselectorales hacen temer justo lo contrario: que la burocracia bruselense, el Banco Central Europeo y asociados se lancen rápidamente a promover una nueva cita electoral con la esperanza de que el miedo a lo desconocido lleve a los italianos a rectificar. El espectáculo ofrecido por Peer Steinbrück, candidato socialdemócrata a ocupar la cancillería de Berlín, va en esta dirección, porque al declararse “asustado por la victoria de los dos payasos”, no solo alarmó con su léxico grosero al presidente de Italia, Giorgio Napolitano, un hombre honrado que canceló la entrevista que tenían prevista, sino que se convirtió en el banderín de enganche inesperado de cuantos creen que los italianos están equivocados y deben corregirse cuanto antes. Y, ya puestos, confirmó lo que es un secreto a voces: que la campaña socialdemócrata solo introducirá matices a la dieta impuesta por Alemania al sur; la esencia, el fundamentalismo fiscal de Angela Merkel, llegará a las elecciones de otoño sin dar señales de agotamiento en combate.

Nada de lo dicho hasta aquí es ni por asomo un gesto de comprensión hacia Berlusconi y su antieuropeísmo, que no es más que oportunismo unido a la estrategia de defensa de los abogados que lo acompañan a todas partes. Pero los resultados alcanzados por el Il Cavaliere, solo medio punto por debajo de los de Bersani, son inseparables de la imposición por los tecnócratas de la Unión Europea de uno de los suyos, Monti, para llevar por el camino de la verdad la rectificación neoliberal del Estado del bienestar italiano. No es que a Berlusconi le importen demasiado los amortiguadores sociales, pero en el momento que entregó el testigo a Monti se parapetó detrás de las quejas de una clase media exhausta y, paradojas del destino, pudo montar su artificio electoral sobre la idea de que hubo de abandonar el Gobierno porque no quiso aceptar nuevas podas del Estado del bienestar y, de regresar, dice estar dispuesto a desandar el camino recorrido por Monti. Así fue como apareció por los canales de Mediaset, como el caballero San Jorge dispuesto a plantar cara a la cancillera Merkel y, de paso, a cruzarse en el camino de los herederos de la izquierda histórica de Italia, agavillados por Bersani, y de los antisistema –un término bastante inapropiado– de Grillo.

Un artículo tan corto como rotundo de Cécile Chambraud en el periódico progresista Le Monde resume las razones de lo sucedido hace unos meses en Grecia, de lo acontecido esta semana en Italia y de lo que puede estar por venir en otros lugares: “Por todas partes, en los países del sur de la Unión, el rigor corroe los sistemas políticos. Surgen listas de candidatos hostiles a la ortodoxia presupuestaria promovida como remedio a la crisis de la deuda”. Esta ortodoxia presupuestaria con acento alemán que pasa de puntillas sobre los costes sociales que entraña es la que lleva a gobernantes como Mariano Rajoy a mostrarse satisfechos por haber cumplido con su deber aun a costa de no haber cumplido su programa, que es justamente por lo que le votaron los electores. Más que nunca, cobra actualidad una frase del libro de Tony Judt ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, publicado en 1996: “El desequilibrante peso de Alemania en los asuntos europeos  no es nada nuevo, por supuesto. Pero, a diferencia de épocas anteriores, ahora esto supone tanto un problema para la propia Alemania como para sus ansiosos vecinos”.

Aquellos ansiosos vecinos de 1996 eran los países de la Europa central y oriental, recién liberados de la tutela soviética y deseosos de ingresar en la UE cuanto antes para modernizar sus economías y penetrar en nuevos mercados. Hoy los límites de la Europa ansiosa llegan hasta las playas del Mediterráneo. Y cuando se dan situaciones de intromisión directa de la UE en la soberanía política de los ciudadanos de un Estado miembro –Italia–, fundador para más señas de la organización, las consecuencias son imprevisibles, porque la sociedad percibe que la injerencia no persigue otra cosa que rectificar la orientación dada a la gestión de los asuntos públicos después de celebrarse elecciones libres y transparentes. En este caso, el primer beneficiado ha sido Berlusconi, pero en otra situación, en otro país, el beneficiado por la intromisión puede ser otro. Con lo cual, la UE no ha hecho más que debilitar a los partidos y gobernantes con los que pretendía entenderse, pero que, de acuerdo con el resultado de las elecciones, más de la mitad de la opinión pública puso bajo sospecha a pesar de que Monti obtuvo el voto de investidura del Parlamento italiano y así quedó a salvo la legitimidad de la maniobra.

¿Qué decir de Grillo? Por razones no intercambiables con las que han cimentado el éxito de Berlusconi, pero igualmente comprensibles, la austeridad a todas horas le ha procurado las adhesiones que en otras circunstancias difícilmente hubiera acumulado. Los jóvenes en paro, la clase media urbana, los pequeños empresarios, los profesionales de todas clases que otean el horizonte sin vislumbrar oportunidades se han sentido atraídos por un mensaje sin ataduras, con propuestas arriesgadísimas –salir del euro y volver a la lira– y la promesa de no dañar más el Estado del bienestar. Grillo no es un ideólogo, pero si es un político con un sentido profesional del espectáculo, de los medios a través de los cuales se establece la complicidad entre el actor y el patio de butacas, y ninguno de estos medios es más convincente hoy que prometer que no habrá un recorte más, que nadie volverá a decir que hay que podar otra rama para salvar el árbol. Grillo es un lector avezado de ¡Indignaos!, aunque carece de la fundamentación teórica y las referencias intelectuales del desaparecido Stéphane Hessel, una circunstancia que, contra lo que se pueda pensar, facilita su labor. Al mismo tiempo, la simplificación programática de Grillo autoriza a poner en duda la viabilidad de cuanto predica por más que Siena, capital del Movimiento Cinco Estrellas, sea ejemplo de buena administración.

Cuando se alude al desprestigio de la política, a la distancia cada vez mayor entre las instituciones y los ciudadanos, se está haciendo referencia a las razones que han permitido a Berlusconi levantar cabeza, emerger a Grillo, dejar a Bersani instalado en la debilidad y zarandear a Monti. Si los ejecutores de la germanización de Europa llegan a otras conclusiones, acaso logren vencer la crisis económica a costa de condenar a la pobreza más rigurosa a millones de ciudadanos y de extender las desigualdades sociales más allá de todos los límites imaginables, pero antes deberán afrontar otras muchas Italias. Volvamos a Cécile Chambraud: “Si, además, la desgracia de unos aumenta la felicidad de otros, es posible que un día la felicidad de estos otros se convierta en insoportable”. Hessel seguramente preguntaría dónde hay que firmar en apoyo de este vaticinio.

Sucesión sin sucesor en el Vaticano

La renuncia de Benedicto XVI ha desatado las especulaciones sobre el futuro que aguarda al gobierno de la Iglesia católica porque en la última monarquía absoluta, pero también electiva, los ingredientes de misterio, liturgia –religiosa y laica– y universalidad del cónclave dan mucho juego. El empeño en las quinielas es dar con el hombre y el nombre, acercarse al máximo al perfil del posible vencedor, cuando quizá es esta una aspiración mayor poco menos que inalcanzable a la luz de la historia, que ha consagrado la convicción de que cuantos entran en el cónclave como papas in péctore, salen de la asamblea confirmados en su oficio de cardenales. En el presente, ni siquiera se vislumbra el sucesor preferido por el Papa, es difícil calibrar el peso de cada facción y, aún más, cuál será el marco de referencia que hará posible consolidar una mayoría, recaiga o no el ministerio pietrino en un europeo.

En un artículo de John L. Allen Jr. colgado en la web del National Catholic Reporter, se citan hasta tres razones para que la Iglesia cambie de rumbo después de la política de masas de Juan Pablo II y de la conspiración permanente que se ha adueñado del pontificado de Benedicto XVI y que, finalmente, le ha llevado a renunciar:

  1. El recordatorio de que, a pesar del apego a la tradición de la Iglesia católica, se trata de una institución “capaz de dar sorpresas de vez en cuando”.
  2. La necesidad que tiene la institución de empezar de nuevo con ideas nuevas.
  3. La decisión del Papa saliente, si así se le puede llamar, pretende separar el fin del papado de la muerte de su titular, de tal forma que el próximo cónclave “estará libre del efecto funeral”, del tributo hagiográfico al fallecido y otros factores emocionales.

Basta recordar el clima de ferviente culto a la personalidad que siguió a la muerte de Juan Pablo II para comprender a qué se refiere Allen. El próximo cónclave se reunirá sin banderolas en los aledaños de San Pedro con mensajes tan acuciantes como Juan Pablo II, santo enseguida, que en el 2005 saludaron a los purpurados llamados a elegir sucesor. Hubo en aquella escenografía abigarrada una invitación implícita a la continuidad, a dar con alguien capaz de seguir por la senda de las multitudes movilizadas, como si tratara de rodar la continuación de una película dirigida por Cecil B. DeMille. En realidad, el sucesor bendecido con la fumata bianca fue alguien más inclinado a la introspección de Ingmar Bergman, con pocos personajes en escena, que a las grandes epopeyas al aire libre; el Papa polaco anduvo siempre muy cerca del personaje encarnado por Anthony Quinn en Las sandalias del pescador, mientras que el alemán nunca aspiró a cruzar Baviera al galope.

Habermas Ratzinger

Jürgen Habermas y el cardenal Josef Ratzinger, durante el diálogo público que mantuvieron en Múnich el 19 de enero del 2004.

Lo dicho por Allen no debe llevar a la conclusión de que se avecinan mutaciones radicales porque son muy improbables. Hasta la fecha, los cambios de pontífice han dado pie a las crisis típicas de los periodos transitorios, recuerda Etienne Fouilloux en Le Monde. Hay que añadir que el legado de Benedicto XVI es muy anterior a su elección, porque se trata de un sólido intelectual conservador, “héroe para los católicos tradicionales” (Laurie Goodstein, The New York Times), teólogo de cabecera de Juan Pablo II y autor de una obra tan controvertida como extensa. Josef Ratzinger es a un tiempo el pensador que vincula razón y fe, el agudo polemista que sostiene un diálogo de gran altura con el filósofo alemán Jürgen Habermas, pero también el religioso que recela del debate sobre los valores y lo convierte en relativismo moral, el indagador de la contemporaneidad depositario de un “sentimiento trágico de la historia”, no muy alejado del sentimiento trágico de la vida unamuniano, y el estudioso poseído por un pesimismo que fundamenta en el pensamiento agustiniano.

“Papa en un mundo marcado por la pérdida de influencia de la Iglesia católica, el multiculturalismo y una oferta religiosa multiplicada por la mundialización, Benedicto XVI ha desarrollado durante su pontificado, como lo había hecho antes en sus escritos y discursos, una visión extremadamente inquieta, por no decir pesimista, de la Iglesia, del mundo y de su porvenir”, ha escrito Stéphanie Le Bars. Una visión alimentada por el hecho de que “la Iglesia se encuentra además en un momento en el que el islamismo avanza en Asia y África, como los evangélicos en América Latina, considerada la reserva espiritual del catolicismo, mientras la cristiana Europa se seculariza” (Juan Arias, El País). Un pesimismo confirmado en última instancia por los escándalos a los que ha tenido que hacer frente mientras, al mismo tiempo, los poderes fácticos vaticanos se defendían con uñas y dientes: “La Vaticalia eterna, esa espesa gelatina formada por cardenales y civiles que confunden los intereses de Italia y los del Vaticano y hacen negocios cruzados en los dos estados mientras deciden las cosas importantes –explica Miguel Mora en el mismo periódico–, se ha empleado a fondo en estos siete años para mantener sus privilegios e impedir al mismo tiempo la renovación de la Curia y la modernización de Italia, especialmente en dos sectores, las finanzas y la información, los imperios donde más poder e intereses tienen el Opus Dei y Comunión y Liberación, los movimientos ultracatólicos que más medraron, junto a los Legionarios [de Cristo], durante el largo papado de Wojtyla”.

Eugenio Scalfari

Eugenio Scalfari entiende que la renuncia del Papa es una forma de incorporar criterios laicos en “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”.

Por todo lo dicho hasta ahora es improbable un cambio radical y es imposible adelantar quién entrara en el cónclave con más respaldos. Es menos ambicioso, pero más apegado a la realidad seguir el hilo argumental de Eugenio Scalfari en el diario La Repubblica de Roma, recogido oportunamente por Rosa Massagué en las páginas de EL PERIÓDICO del jueves: la renuncia del Papa es una forma de secularizar y laicizar “la distribución del poder en el interior de la Iglesia”. Y ahí si hay una pista acerca de qué desea Benedicto XVI para el futuro o cuál ha de ser uno de los propósitos a priori de su sucesor: ahondar en lo que los católicos progresistas llaman gobierno colegiado de la Iglesia, con menos atributos para la Curia omnipresente y más para los ordinarios de cada diócesis. Se trata de algo verdaderamente más terrenal, menos florentino, menos propio del gran guiñol vaticano, pero de indudable peso para el futuro del orbe católico. El teólogo Federico Pastor lo ve como algo poco menos que ineludible: “La renuncia por agotamiento –así se podría llamar– es un indicio más de la obsoleta estructura de la Iglesia. Que hoy día, teniendo presentes los medios de comunicación, todo esté tan centralizado es simplemente inhumano. Y no contribuye a la evangelización”. En otras palabras: la monarquía absoluta es ineficaz por distante y, como sucede en la Unión Europea, el aprecio por la institución depende en gran medida de que persevere en la subsidiaridad.

El otro propósito a priori del sucesor de Benedicto XVI ha de ser restablecer la unidad, ahora baqueteada, según reconoció el Papa el miércoles de forma explícita: “El rostro de la Iglesia aparece muchas veces desfigurado. Pienso en particular en las culpas contra la unidad, en las divisiones del cuerpo eclesial”. Se trató de una afirmación categórica y la confirmación de una realidad que, no por sabida, resultó menos elocuente. Al dar carta de naturaleza a la división, la pregunta inmediata fue si puede superarla la institución mediante una política de continuidad. ¿Puede alguien con el perfil muy conservador de Angelo Scola, por citar un nombre, domeñar el caos entre sombras de los últimos años? ¿Puede una facción por sí sola acabar con las luchas intestinas por el poder y las redes de intereses opacos que han llevado al Papa a acogerse a un discreto retiro? Las respuestas no atañen solo a la Iglesia como institución religiosa, sino a su prestigio internacional, al peso político que tiene, a su tarea de intermediación social en la aldea global.

Curia

Benedicto XVI preside en la Capilla Sixtina una reunión con la Curia el 21 de diciembre del 2012.

“[El Papa] tiene en cuenta consideraciones terrestres” al cambiar la naturaleza del papado, ha declarado el profesor Etienne Fouilloux, después de que durante siglos haya prevalecido “la concepción sagrada de la elección”, un concepto que incluye que el ministerio se ejerce hasta la muerte, aunque, al mismo tiempo, el Derecho Canónico prevé la renuncia y los mecanismos que se ponen en marcha para garantizar la sucesión. Pero esta condición terrena de la decisión tomada por Josef Ratzinger no mengua un ápice la naturaleza enigmática del personaje. “No se puede comprender su visión trágica de la historia, su combate contra el relativismo moral, su fidelidad a la liturgia antigua, sin trazar el itinerario de un intelectual más atormentado de lo que dicen las caricaturas”, ha escrito el periodista Henri Tincq, un especialista del universo vaticano que ha publicado un esbozo de referencia del personaje que va del punto de partida del pensamiento de Benedicto XVI a la estación de llegada: “Este Papa puso en guardia al hombre contra toda servidumbre de la fe a la razón de Estado y de la razón de Estado a una fe. En este sentido, entendió que prevenía al mundo contra toda forma de extremismo”. Cabe añadir del extremismo del que quizá él mismo fue víctima en cuanto se apartó del statu quo para renovar el aire viciado de los despachos.

Casi al final del debate que sostuvo con el profesor Habermas en la Academia Católica de Múnich, el 19 de enero del 2004, el cardenal Ratzinger afirmó: “Hemos visto que en la religión existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar con la luz divina de la razón como una especie de órgano de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión”. Es poco menos que imposible desligar la idea de patología de los escándalos de pederastia, mala administración y filtración de documentos (caso Vatileaks), y aún lo es menos desligar la renuncia del Papa de la luz de la razón en la que se fundamenta la lógica. Todo eso pesará en el cónclave y apartará a muchos candidatos de la carrera por la silla de Pedro, asustados por la modernidad, atrapados en el secretismo o sin ánimos para fajarse con los problemas que han llevado a Benedicto XVI a la renuncia. Pero, incluso así, el número de aspirantes seguirá siendo lo suficientemente alto como para que se mantenga la incógnita hasta la hora decisiva de la fumata bianca y para que todas las quinielas tengan algún punto de apoyo. A fin de cuentas, la tradición es la tradición.

 

Pasaje a Tangentópolis

Tangente. Palabra italiana que se aplica a la propina o soborno percibido por un político a cambio de favores.

Tangentópolis. Nombre con el que se conoce las redes de corrupción política puestas al descubierto por los tribunales de Italia en los años 90.

 

Salvo que alguien esté en condiciones de demostrar que una mano negra ha colocado el plato de porquería delante del ventilador para que salpique a todo el mundo, la multiplicación de casos de corrupción en España nos conduce directamente a una crisis del Estado y de los valores democráticos. Es insoportable la pestilencia que emana de los basureros y no hay teoría conspirativa de la historia capaz de desviar la atención acerca del hecho cierto de que los partidos –al menos, muchos de ellos– en todos los peldaños del poder se deslizan por la pendiente de la deslegitimación. La sospecha generalizada se ha adueñado del argumento de la tragedia, y no hay forma de dejar a salvo a los inocentes si antes no se produce la condena de los culpables; no hay manera de que el deshonor quede acotado a los tramposos si los partidos no actúan con diligencia, limpian la casa de parásitos y se dejan de circunloquios para salvar los muebles.

Es profundamente reaccionario sostener que todos los políticos son iguales –como asegurar que todas las mujeres son iguales, que todos los hombres son iguales, que todos los empresarios son iguales, y así sucesivamente–, porque niega la originalidad genuinamente única de cada individuo, pero una de las consecuencias inmediatas en un ambiente dominado por la sospecha universal es que justamente los pareceres más reaccionarios son los que finalmente se adueñan de la opinión pública y la manipulan a su antojo. Desde luego, no todos los políticos son iguales, pero hace falta saber hasta el último apellido de cuantos deshonran al colectivo en el Gobierno, los partidos, los sindicatos, los ayuntamientos, las comunidades autónomas y cualquier otra instancia de poder en la que quepan el latrocinio, la comisión, el favor, el escándalo, la doble contabilidad con su correspondiente doble moral: la ejemplar, que forma parte de la propaganda y la labor de los agitprop; la de situación, que se extiende como una epidemia en los salones del poder y aledaños.

Innerarity

Daniel Innerarity vaticina que en un mundo sin política “perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.

Daniel Innerarity ha escrito esta semana en El País: “En un mundo sin política nos ahorraríamos algunos sueldos y algunos espectáculos bochornosos, pero perderían la representación de sus intereses y sus aspiraciones de igualdad quienes no tienen otro medio de hacerse valer”.  Un mundo sin política sería profundamente injusto, arbitrario y asimétrico porque, como dice el articulista, la política es el único salvoconducto del ciudadano medio hacia un orden social equitativo, garantizado por las leyes, la neutralidad del Estado y la honradez de los gobernantes. Lo que ocurre es que la misma sociedad necesitada de la política y de los políticos, reniega de estos cuando los bochornos se repiten con frecuencia diaria, cuando quienes un día prometieron dimitir si les alcanzaba algún escándalo, se niegan a hacerlo cuando les ha alcanzado, cuando no hay forma de saber dónde acaba la verdad y empiezan las maniobras de intoxicación, cuando los partidos se cierran como las valvas de un molusco para evitar el escrutinio público, cuando los tribunales son tan parsimoniosamente lentos que dejan de cumplir con uno de los requisitos básicos: que la justicia se administre de la forma más rápida posible. Y así resulta que se contabilizan en España más de 400 políticos imputados, pero muchos de ellos siguen en sus puestos, otros hibernan en una especie de limbo condescendiente con los pecadores y solo unos pocos han sido condenados, y penan por ello, o han sido exonerados de toda culpa.

En Italia saben bastante de todo esto. A principios de los años 90, la primera república reventó por las costuras y a aquel régimen construido a la medida de las miserias de la guerra fría, las exigencias de la Mafia y la necesidad de levantar la economía a toda prisa para neutralizar el ascenso de la izquierda y los sindicatos se lo llevó la riada provocada por los jueces y fiscales reunidos en lo que se denominó Mani Pulite –nada que ver con el nombre del minisindicato de extrema derecha Manos Limpias que acude con frecuencia a los juzgados de guardia–, el Estado zozobró, en plena tempestad dejaron de existir la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, un primer ministro, Bettino Craxi, se exilió en Túnez, donde murió en el 2000, y, en medio de todo aquello, un financiero bajo sospecha fijó la agenda política de los siguientes 20 años, desde el Gobierno o desde la oposición. Así empezó el reinado de Silvio Berlusconi, durante la digestión de Tangentópolis y el alumbramiento de la segunda república; así fue como un populismo zafio se impuso a las grandes corrientes ideológicas de la posguerra. Y así es como hoy el berlusconismo es capaz de meter en la campaña de unas elecciones cruciales (24 y 25 de febrero) el fichaje de Mario Balotelli por el Milan, propiedad de Il Cavaliere, como una variable que puede elevar hasta dos puntos la intención de voto del Pueblo de la Libertad.

Paolo Flores

Paolo Flores d’Arcais: “Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la democracia”.

El comportamiento observado en Italia se asemeja mucho al que parece imponerse aquí; la lógica de Tangentópolis también era muy parecida a las tramas de corrupción, comisiones, intercambio de favores, financiación irregular de los partidos y fuentes de ingresos inconfesables. La infección en Italia dañó la espina dorsal del Estado y el relato de los acontecimientos en España va por el mismo camino. En vez de hacer limpieza, se intenta limitar los daños y, mientras tanto, la opinión pública asiste atónita a la multiplicación de explicaciones que a nadie convencen, sino que, por el contrario, abonan la desconfianza y la sospecha y, de paso, inducen a algunos a buscar soluciones milagrosas, caldo de cultivo del populismo. Por eso Berlusconi se atreve a decir que “Mussolini hizo cosas buenas”, porque no afecta a sus expectativas electorales.

“Ahora ya está claro para todo el mundo que Berlusconi y su partido (como, por lo demás, la Liga Norte, una vez más aliada suya) nada tienen que ver con la  democracia, ni tan siquiera en su acepción de derechas, sino que constituyen, por el contrario, la versión italiana del lepenismo (o del putinismo, si se prefiere): la agresión populista, alimentada incluso de racismo, y si es necesario de clericalismo, contra la constitución republicana”,  afirma el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais. Pero antes el Estado se vio sometido a la demagogia y al escándalo, al desprestigio y a la burla, sin que Italia pudiera evitar en buenas condiciones una sola de las epidemias desencadenadas por la crisis económica. Por el contrario, la política proyectó sobre la sociedad la sombra de un individualismo recalcitrante, obsceno, y el Gobierno dejó de tutelar los valores y principios de la democracia que Norberto Bobbio incluyó en su día en El futuro de la democracia.

¿Cómo es posible salir con daños asumibles de un laberinto así? María Dolores de Cospedal se queda corta cuando se remite a “que cada palo aguante su vela”. Se queda muy corta porque, en realidad, debiera haber dicho “que cada partido, institución o similar aguante su vela”. Porque no es un problema de individuos que campan por sus respetos: la corrupción se difunde a la velocidad de la luz cuando, como es el caso, dispone de redes complejas gestionadas por desaprensivos que, en los casos menos graves, buscan recursos donde sea para financiar al partido y, en los más sonrojantes, buscan la forma de llenarse los bolsillos. Cuando coinciden ambos objetivos, el índice de podredumbre crece en progresión geométrica. Si a ellos se suma la utilización oportunista de una institución a la que la Constitución confiere una naturaleza excepcional –la Corona–, se pasa en un suspiro de la sorpresa y el desagrado al vértigo.

Cacciari

Massimo Cacciari: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”.

Del caso Palau al caso Bárcenas, del caso Pallarols al caso Mulas, del caso Gürtel a la operación Clotilde, del embargo preventivo de la sede de CDC al caso de los ERE en Andalucía, del caso Urdangarín al caso Matas, del caso… Demasiados casos para no recordar estas palabras de Massimo Cacciari, otro brillante pensador italiano, pronunciadas en 2001, durante la campaña de las legislativas de aquel año: “La discusión no ha de versar solo sobre quién va a ganar, sino sobre los peligros que amenazan al sistema”. El mayor de todos ellos es que finalmente se produzca un pacto implícito en el seno del establishment político que arrincone el imperativo categórico kantiano y ponga en su lugar un relativismo moral destinado a justificar las peores lacras del sistema. Agravado en el caso español por las debilidades estructurales puestas de manifiesto por la crisis económica y la tensión centro-periferia concretada en el soberanismo de una parte del arco parlamentario catalán.

Este agravamiento pesa tanto en la conciencia colectiva de la sociedad española, enfrentada a la peor crisis moral de los tres últimos decenios, como en la imagen exterior que proyecta, empeorada por el silencio de Mariano Rajoy. No es ni mucho menos episódico que la portada de la edición digital del Financial Times del jueves colocara en lo alto la información publicada aquel mismo día por El País. Fácil es concluir que las grandes preguntas subyacentes estaban meridianamente claras: ¿se puede confiar en un Gobierno bajo sospecha obligado a tomar cada día decisiones impopulares?, ¿cuál es la solvencia de unos gobernantes que pueden sentirse tentados a rebajar la tensión interior mediante la relajación de la austeridad?, ¿qué sorpresas nos aguardan?, ¿qué fuerzas políticas pueden sacar partido del escándalo que zarandea al PP? No hace falta decir que el altavoz de la City no es precisamente un entusiasta de la unión política de Europa y desconfía por principio del sur, pero, aun así, no le faltan razones al periódico para abrir interrogantes llenos de sentido común, compartidos por el resto de las grandes cabeceras de la aldea global. En este caso no vale decir que “el infierno son los otros” (el sufrimiento viene de fuera), como se afirma en el famoso pasaje de A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre.

Tom Wicker

Tom Wicker retrató a Richard Nixon como alguien que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública.

El periodista Tom Wicker publicó en 1991 Uno de los nuestros: Richard Nixon y el sueño americano, un libro donde, según Carlos Fuentes en su ensayo póstumo Personas, se retrata al presidente como alguien que “no era extraño al bien y al mal –la ética– de Estados Unidos, sino un hombre eternamente insatisfecho que ascendió mediante la mentira y la teatralidad pública”, y que “involucró a la nación entera en el caso Watergate”. Esa es quizá la peor consecuencia de la corrupción, real o presunta: que al multiplicarse y extenderse lleva a todo el mundo a compartir la sensación de que vive en un lodazal, de que forma parte de una estructura política moralmente indefendible en la que solo tiene sentido preocuparse de las necesidades e intereses de uno mismo y olvidarse de la comunidad. Ese es el riesgo que se corre aquí y ahora en esa ceremonia de la confusión y de las medias verdades donde no solo está en juego el prestigio de algunas personas, sino el del entramado institucional sobre el que descansan la democracia como sistema y la solidaridad como compromiso moral.

 

 

 

Europa mira hacia delante con temor

“El mundo está enfermo de sus bancos” es el mejor resumen de los males que nos afligen. El cambio de año ha dado pie a los acostumbrados diagnósticos y vaticinios de futuro, pero esta frase contundente y escueta de Josep Borrell, incluida en el artículo que publicó el miércoles en EL PERIÓDICO, llega al meollo del asunto, al núcleo del problema, al desasosiego que nos hace mirar hacia atrás con ira y hacia delante con toda clase de temores. El muro que se levanta entre la sociedad y el sistema financiero, entre la mundialización de la economía y la economía doméstica, es cada vez más alto, resulta más amenazante y, a cada día que pasa, degrada la gestión política de los problemas. La debilidad de la política frente a los mercados es abrumadora, las carencias de las instituciones son asimismo apabullantes; en Europa se extienden el pesimismo y la desesperanza de la mano de la austeridad, y en Estados Unidos todo pende de un hilo hasta el último minuto merced al secuestro del Partido Republicano por la derecha montaraz, enfrentada a un presidente ilustrado, pero falto de mayoría en la Cámara de Representantes.

Harry Reid

Harry Reid (izquierda) y John Boehner, durante la negociación ‘in extremis’ para evitar el abismo fiscal.

Lo de Estados Unidos es visceral; lo de Europa, estructural. Los padres fundadores crearon un sistema de contrapoderes para que ni la Casa Blanca ni el Congreso pudieran hacer de su capa un sayo, para que el pacto se impusiera al diktat; los forjadores de la Europa unida confiaron en que sus herederos levantarían un edificio institucional, pero estos, acuciados por los intereses nacionales, quedaron muy por debajo de las expectativas. El presidente Barack Obama ha ganado un asalto, pero en febrero deberá subirse de nuevo al ring; los europeos no bajan del cuadrilátero desde nadie recuerda qué día. Europa vive en una maraña puede que peor que el exabrupto dirigido por John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, a Harry Reid, líder demócrata en el Senado: “¡Que te jodan!”

En un artículo significativamente titulado En 2013 será preciso desconfiar aún de la docta ignorancia de los expertos, firmado por el sociólogo Edgar Morin en las páginas de Le Monde, se citan hasta cuatro condiciones para afrontar la renovación política que precisa Europa en general y, de forma más concreta, la izquierda europea. Una renovación que debe antes superar un espejismo: “Todo nuestro pasado, incluso el más reciente, abunda en errores e ilusiones; ilusión de un progreso infinito de la sociedad industrial, ilusión de la imposibilidad de nuevas crisis económicas, ilusión soviética y maoísta, y hoy reina todavía la ilusión de una salida de la crisis merced a la economía neoliberal, a pesar de haber producido esta crisis. Reina también la ilusión de que la única alternativa se encuentra entre dos errores: el error de que el rigor es el remedio a la crisis y el error de que el crecimiento es el remedio al rigor”.

Edgar Morin

El sociólogo Edgar Morin aconseja desconfiar de la “docta ignorancia de los expertos”.

La primera condición es protegerse de la ignorancia de los expertos: “Nuestra máquina de producir conocimientos, incapaz de proporcionarnos la capacidad de enlazar los conocimientos, produce en los espíritus miopías y cegueras”. La miopía lleva a la “docta ignoracia”, un estado anímico “incapaz de percibir el vacío pavoroso del pensamiento político (…) en Europa y en el mundo”.

El segundo requisito es que la izquierda emerja de la atonía intelectual que la atenaza y elabore un discurso propio que afronte los grandes desafíos de la globalización. “La izquierda es incapaz de extraer de las fuentes libertarias, socialistas, comunistas, un pensamiento que responda a las condiciones actuales de la evolución y la mundialización. Es incapaz de integrar el caudal ecológico necesario para salvaguardar el planeta”.

En tercer lugar, Morin menciona la necesidad de revisar el concepto de laicidad, tan íntimamente vinculado a la tradición política francesa y, por extensión, a la contribución ideológica de Francia al pensamiento político europeo: “Hoy sabemos que el progreso humano no es ni seguro ni irreversible. Conocemos las patologías de la razón y no podemos tachar de irracional cuanto atañe a las pasiones, los mitos, las ideologías”.

Por último, el ilustre pensador reclama una profunda reflexión acerca del individuo y el valor de la solidaridad. “Estamos en una civilización donde se han degradado las antiguas solidaridades, donde la lógica egocéntrica se ha desarrollado en demasía y donde la lógica del nosotros colectivo se ha subdesarrollado. Por este motivo, además de la educación, debe desarrollarse una gran política de solidaridad que comporte el servicio cívico de solidaridad de los jóvenes, chicos y chicas, y la instauración de casas de solidaridad encargadas de socorrer las angustias y las soledades”.

Entra aquí en juego una condición mencionada por Josep Borrell: “La aceptación democrática del esfuerzo colectivo solo se mantiene si se considera justamente distribuido”. ¿Tiene algún ciudadano europeo zarandeado por la crisis la sensación siquiera remota de que sus estrecheces guardan proporción con las de los que desencadenaron la hecatombe? Ciertamente, no. Los buenos propósitos del G-20 para acabar con los paraísos fiscales duermen el sueño de los justos, los escándalos bancarios se suceden, el lavado de dinero y la ocultación de patrimonios son moneda corriente, y todos estos ingredientes y otros más, citados por Borrell, siembran una profunda desazón y abren un precipicio insalvable, con la superestructura financiera y los gestores políticos, de un lado, y el resto de la sociedad, del otro.

Joschka Fischer

Joschka Fischer: “Sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”.

El programa de Morin es un punto de partida, pero queda por elaborar la parte más compleja: un pensamiento renovado que se presente como alternativa al desastre social en curso y que sea capaz de afrontar de forma imaginativa aquello que el texto de Borrell identifica. Puede decirse que el sociólogo francés echa en falta en Europa un plan de largo alcance en el que tengan cabida el rigor presupuestario, el crecimiento, la cohesión social y la renovación intelectual. Joschka Fischer, exministro alemán de Asuntos Exteriores, coincide a grandes rasgos con Morin cuando afirma en Falta de resolución del año nuevo de Europa que las medidas tomadas por Angela Merkel y otros líderes europeos durante 2012, encaminadas a cimentar la homogeneidad fiscal, el control de los bancos y la unidad de la política económica, no obedecen a una estrategia preexistente, sino que son respuestas a la crisis. Sin ella no las habrían adoptado y hubiera seguido la confusión a causa de una doble carencia: la falta de un marco político de referencia para la unión monetaria y la falta de liderazgo para crearlo.

Fischer identifica tres riesgos contra los que la Unión Europea apenas tiene armas para neutralizarlos:

  1. La situación económica de Estados Unidos, donde el galimatías del abismo fiscal pudo acabar en tragedia, con repercusiones en todo el mundo, especialmente en Europa.
  2. La posibilidad de una guerra caliente en Irán, promovida por Israel –más improbable es que Estados Unidos prenda la mecha–, que repercutiría en un aumento generalizado de los precios de la energía.
  3. La posibilidad de que los “intereses contradictorios” aumenten la separación entre los ricos del norte de Europa y los golpeados por la crisis del sur, lo que también hará crecer la distancia entre la Eurozona y el resto de la UE.

Además, Fischer menciona en su artículo dos requisitos ineludibles: que Francia aborde las reformas que debe aplicar a un modelo económico envejecido y que Alemania acepte la institucionalización –mutualización– del papel que desempeña en el euro. Si François Hollande no se decide a reformar, esto afectará al futuro de la UE, porque “sin una pareja fuerte franco-alemana, no se puede superar la crisis de Europa”, escribe Fischer. Pero es difícil que el presidente de Francia se pliegue a según qué exigencias si Alemania no cede en su fundamentalismo economicista. Y resulta que Alemania estará en campaña electoral hasta septiembre y Angela Merkel desayuna todos los días con encuestas que recogen dos datos inamovibles: obtendrá la victoria, pero seguramente deberá constituir una vez más una gran coalición con los socialdemócratas, habida cuenta del más que probable desplome de los liberales.

Mario Monti

Mario Monti aspira a regresar al poder sin pasar por las urnas.

En tierra de nadie queda otro riesgo: la resurrección de la figura del rey-filosofo platónico que aspira a gobernar y aplicar su programa sin pasar por las urnas, parapetado detrás de una agrupación de fieles reunidos para la ocasión. Este es el caso de Mario Monti, cuyo regate electoral analiza Miguel Ángel Bastenier en El País. La legitimación de Monti mediante una investidura parlamentaria en una situación de emergencia financiera –noviembre de 2011– y el recurso a un Gobierno tecnocrático fue aceptado como un mal menor; el gesto aristocrático de soslayar el enojoso trámite de las elecciones para regresar al puente de mando sin empeñar mayores compromisos con los ciudadanos, degrada la democracia y pone en duda el valor de las urnas. Pero la operación está en marcha y puede ganar adeptos en otros lugares a poco que la crisis divida a la opinión pública entre los partidarios de un populismo de corte antieuropeo y los proclives a la figura del gestor esclarecido, bendecido por Berlín y Bruselas a un tiempo. De proliferar los Montis, ¿dónde quedarán la tradición política europea, el debate ideológico y la confrontación de programas? Viene el 2013 tan parecido al 2012 que no hay forma de dar en qué se diferencian las miserias pasadas de las futuras, aunque Mariano Rajoy anuncie días benignos para la segunda mitad del año sin que se sepa muy bien a qué se deberán.

 

Berlusconi se somete a referendo

Vuelve Silvio Berlusconi. Vuelven la astracanada, el chiste fácil, la comicidad decadente y hortera del peor cine italiano, la cochambre de Mediaset y un mundo exento de grandeza y propósitos honrados. Pero vuelve, por encima de todo, la manipulación de los mecanismos democráticos, utilizados por un político convicto para salvar la piel, aunque para ello tenga que recurrir al catálogo de artimañas que le han hecho famoso. La decisión de Berlusconi de competir en las elecciones de febrero y la dimisión de Mario Monti, privado del apoyo de los parlamentarios del Pueblo de la Libertad (PdL, por sus siglas en italiano), abren la puerta al populismo desenfrenado y las opiniones alocadas –“la prima de riesgo es una estafa que no importa a nadie”–, el oportunismo de los mercados y la desconfianza de todo el mundo con relación al euro, aunque las encuestas pronostiquen un batacazo de Il Cavaliere.

Lo único que cuenta en Italia a partir de ahora y hasta el día de las elecciones es “de parte de quién se está, no qué se hace (…) se juega a berlusconianos contra antiberlusconianos por sexta vez consecutiva”, como ha escrito Antonio Polito en el Corriere della Sera, el gran diario conservador de Milán. “Berlusconi dice que ha vuelto para vencer. Que crea o no sus propias palabras es irrelevante. Lo que cuenta es que la última cruzada berlusconiana se traduce en un elemento de fuerte desestabilización del cuadro político”, añade Stefano Folli en Il Sole 24 Hore, barómetro de la economía italiana. Y en el seno de esta polarización radical, preñada de comportamientos ajenos a las muy a menudo indescifrables sutilezas de la política italiana, alienta algo aún peor: la pretensión de Berlusconi de convertir las elecciones legislativas en un referendo sobre su persona, sobre Europa, sobre el funcionamiento de las estructuras de la UE, sobre las exigencias hechas a Italia por la Eurozona; alienta la pretensión de Berlusconi de utilizar las elecciones como el instrumento de una vendetta por su salida del Gobierno en noviembre del año pasado y la llegada de Monti.

Mario Monti y Silvio Berlusconi

Mario Monti y Silvio Berlusconi, el 15 de noviembre del 2011, día del traspaso de poderes.

“La lucha nunca es entre el bien y el mal; es la de lo preferible contra lo detestable”, sentenció en su día el pensador francés Raymond Aron. En esas se encuentra Italia. Europa no es el mejor de los ejemplos posibles de cómo afrontar una crisis sin dañar irreversiblemente a los más débiles; la legitimidad del Gobierno tecnocrático de Monti, votado en su día en el Parlamento, establece un precedente inquietante porque no se puede desligar de la presión ejercida por el sistema financiero sobre la economía italiana; la germanización de la economía europea, en fin, tiene consecuencias desastrosas. Pero Berlusconi es el peor de todos los agentes políticos imaginables para abrir el debate: carece de la probidad mínima exigible a cualquier dirigente para presentarse como alternativa a los que ahora pilotan la nave.

¿Facilita eso las cosas a sus adversarios? Las encuestas dicen que sí. Según los datos que maneja Ilvo Diamanti en La Repubblica, el diario de referencia de la Italia progresista, el PdL ha perdido en dos años 12 puntos en intención de voto –del 30% al 18%–, Angelo Alfano, sucesor de Berlusconi al frente del partido, ha sido incapaz de “nadar solo” y de evitar la división y, lo que es aún peor, solo el 44% de los electores del PdL quieren ver a Berlusconi en el sillón de primer ministro. Al mismo tiempo, los sondeos concluyen que el PdL “no tiene raíces en el territorio”, sino que es el partido personal de Berlusconi, “donde las relaciones entre el líder y su pueblo son por identificación personal y a través de los medios”. “Imposible para otros interpretar el mismo papel”, sostiene Diamanti. Aun así, siempre hay un pero: no ha dado tiempo de reformar el sistema electoral pergeñado por Berlusconi y cabe la posibilidad de que una victoria del Partido Democrático (PD) –38% de intención de voto– no sea suficiente para constituir una mayoría estable en alianza con algún otro partido.

Berlusconi Merkel

Angela Merkel y Silvio Berlusconi, en el último Consejo Europeo al que este asistió, en octubre del 2011.

El horizonte de una Italia inestable, sometida a la charcutería política que tanto agrada a Berlusconi, pone los vellos como escarpias a los gestores europeos. “El mensaje es claro: a Alemania y al resto de la UE le gustaría ver a Monti continuar. Y los aterroriza que Berlusconi pueda volver a tomar las riendas del Gobierno italiano”, afirman en su blog de Der Spiegel Carsten Volkery y Philipp Wittrock, que recuerdan la animadversión de la cancillera Angela Merkel “por los machos en general” (la palabra machos figura en español en el original). Aquello que para muchos italianos durante bastantes años ha sido suficiente para llevarlo al palacio Chigi, el éxito en los negocios de Berlusconi, no lo es para el resto de gobernantes europeos, según se destaca en un perfil del exprimer ministro emitido por la BBC. El apoyo unánime dispensado el jueves a Monti en Bruselas por el Partido Popular Europeo, internacional del pensamiento conservador, no ofrece dudas en cuanto a la opinión que le merece Berlusconi, presente en la reunión: es un cuerpo extraño que induce los peores presagios.

¿Qué puede hacer Monti después de presentar la dimisión? “Se puede decir que el presidente del Gobierno técnico ha salido de escena y ha nacido el Monti hombre político. Porque el gesto, por cómo se ha formalizado y por el contexto en el que ha madurado, está sin duda lleno de significados políticos. Consolida el centroizquierda, se ha dicho, contra el peligro de que lo haga antes el berlusconismo lepenista”, afirma Stefano Folli. “Se ha convertido en el actor protagonista”, sostiene el articulista de La Repubblica. Pero –un pero más– pudiera suceder que el laberinto italiano fuese demasiado complejo incluso para un italiano –Monti– más habituado al rigor académico y a los registros contables que a la esgrima palaciega.

En el Corriere della Sera vislumbran tres alternativas posibles para Monti:

  1. Retirarse de igual modo a como lo hizo el general Charles de Gaulle, aislado de los partidos de la Cuarta República francesa, “a la espera de que una nueva emergencia lo reclame”.
  2. Convertirse en garante de un futuro Gobierno de la izquierda, que “tendrá necesidad de hacerse avalar, visto que sus credenciales en Europa y en los mercados no son suficientes”.
  3. Apostar que detrás suyo hay “una Italia que considera este año un inicio, no un paréntesis”, en cuyo caso debería participar en las elecciones por cuenta propia y no de terceros.
Bersani Monti

Pier Luigi Bersani y Mario Monti pueden ser el eje del Gobierno de centroizquierda posterior a las elecciones legislativas de febrero.

Cada una de las opciones entraña riesgos ciertos. Emular a De Gaulle podría apartar a Monti para siempre de la vanguardia política; dicho sea de paso, quizá lo desea. Ser el introductor de un Gobierno de centroizquierda inspirado en el programa del PD podría obligarle a perseverar en un funambulismo bastante alejado de la imagen que se tiene de Monti. Debutar en las urnas a pecho descubierto sería una jugada llena de riesgos. Pero Pier Luigi Bersani, líder del PD, que se forjó como ministro en gobiernos encabezados por políticos poco dados a la grandilocuencia –Masimo D’Alema, Giuliano Amato y Romano Prodi–, es seguramente el compañero de aventura más atemperado para que renuncie a la retirada, desista de la aventura en solitario y pruebe suerte, en cambio, en el reformismo contenido.

“Tendremos la mayoría, dialogaremos con el centro”, ha dicho Bersani a la CNBC, definiéndose él mismo como un dirigente de centroizquierda que comprende que debe contenerse el gasto. ¿Necesidad de tranquilizar, realismo sin más? Un poco de ambas cosas: el PD ha sido el punto de apoyo más firme de Monti para sacar adelante su programa técnico, pero Berlusconi ha desenterrado el hacha de guerra y los medios que le son afines volverán con la cantinela de que, detrás de Bersani, están los comunistas, el Estado depredador y la persecución de los jueces. Una respuesta de Bersani a una pregunta sobre el presunto germanocentrismo de Monti, invocado por Berlusconi, resume la previsible orientación de la campaña del PD y los guiños al primer ministro en funciones: “Me parece una estupidez, francamente. Pienso que la prima de riesgo es preocupante, pienso que es preciso discutir con Alemania como amigos, de igual a igual, de forma amistosa”.

Los sondeos dicen que la alianza del centroizquierda, con Monti de valedor, más el apoyo mayoritario de la comunidad católica y el debilitamiento de Italia de los Valores (IdV, por sus ligas en italiano), de Antonio Di Pietro, es el bloque con más posibilidades de neutralizar el 15% que ahora mismo le dan las encuestas a Berlusconi, pero… Un tercer pero: no hay forma de saber cuál es la dimensión real del voto berlusconiano oculto, que lo mismo se puede encontrar en la clase media deprimida de las grandes ciudades que en las filas de los decepcionados por la Liga Norte, los votantes resentidos con el posibilismo del PD y aun entre los votantes católicos que siguen viendo en Bersani y los suyos a los descendientes de Enrico Berlinguer en primer grado de consanguinidad. Es decir, hay un margen de error que puede ser favorable a Il Cavaliere.

“Si los italianos eligen otra vez a Berlusconi, entonces es que se merecían a Mussolini a pesar de que quieren hacerlo olvidar”, ha escrito en un twit Pierre Bergé, accionista del diario Le Monde y de Le Huffington Post, la versión francesa del portal fundado en Estados Unidos. La frase resulta ocurrente, pero es acaso en exceso desabrida. Hila más fino Massimo Cacciari, filósofo y exalcalde de Venecia: “Este personaje es digno de un autor de verdad. Un autor que entiende la relación íntima con los aspectos trágicos de nuestro tiempo, porque el personaje cómico debe poderlos revelar a través de su propio comportamiento. Y este es el caso, si reflexionamos seriamente, de los rasgos narcisistas, hasta cierto punto delirantes, del tipo Berlusconi. Todo parece dispuesto por él en términos de valor de uso y de cambio. Cada cosa existe para adquirirse y disfrutarse despreocupadamente, lista para pasar a otro. El ritmo de la vida es el del movimiento del dinero, de la ‘puta universal de la humanidad’, en palabras de Shakespeare”. La patria de la commedia dell’arte no merece un bufón tan zafio.

Europa, atrapada en el laberinto

Si algún ingrediente faltaba para que la depresión emocional completara la material, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha llegado dispuesto al descabello para alertarnos de que España no recuperará los índices económicos del 2008 hasta el 2018. La década perdida, la confirmación de nuestros peores presagios; la consagración del fatalismo y el determinismo económicos, aunque el ministro de Economía, Luis de Guindos, se haya apresurado a decir que los modelos macroeconómicos solo “tienen cierta capacidad predictiva”. ¿Quiere decirse que, puesto que el vaticinio se remite a cinco o seis años vista, su fiabilidad es discutible? Nadie lo sabe. La única certidumbre realmente existente es que el horizonte se llena de restricciones, recortes, vueltas de tuerca y más miserias cotidianas; el Estado del bienestar es una entelequia en la acepción de “cosa irreal”; por el desagüe de la economía posindustrial se deslizan la seguridad jurídica de los ciudadanos y la esperanza en el futuro.

“¿Cuál es la resistencia de la sociedad? -se pregunta Iñaki Gabilondo– ¿Cuál es el coste social que la sociedad puede resistir?”. No es una pregunta retórica porque la crisis social forma parte de la vida diaria y no hay un solo síntoma que induzca a pensar que dejará de agravarse en los próximos años. Al contrario, el mismo FMI teme que si no se adoptan soluciones rápidas, la prima de riesgo española escale hasta los 750 puntos y el PIB disminuya el 3,1% en el 2013, con la consiguiente inviabilidad de todo el modelo, si es que tal modelo existe. ¿Cabe, pues, pensar en que es posible la hecatombe en nuestras cuentas públicas y privadas? Nadie lo sabe. Lo único que si saben bastantes –dentro y fuera del área de gestión de la crisis– es que, “sin cambios económicos, habrá fractura social” (Àngels Guiteras, presidenta de la Taula d’Entitats del Tercer Sector Social de Catalunya, en el desayuno de Primera Plan@ del 5 de octubre).

FMI

Sesión de la asamblea del Fondo Monetario Internacional, celebrada en Tokio.

Son un mal presagio la mezcla de realismo académico y cinismo social exhibidos por el profesor Jürgen Donges, asesor de varios gobiernos alemanes, en el programa Salvados del último domingo. Y lo son porque las víctimas meridionales de la crisis hace tiempo que se hartaron de recibir lecciones de ética y de buen comportamiento, los analistas temen que la vía germánica para la salvación de Europa lleve a una vía muerta y, entre tanto, el orbe financiero se debate entre la necesidad de salvar al euro del estallido y la necesidad de imponer la ley de los mercados, si es que existe tal ley o, por el contrario, la única ley es la ausencia de leyes. A todo eso, ¿dónde quedan España y su Gobierno? En tierra de nadie, entre las pocas ganas de Alemania de que se acoja al rescate y la resistencia a pedirlo de Mariano Rajoy, atrapado en la maraña de la duda hamletiana, el patetismo del hidalgo arruinado y las elecciones a la vista en Galicia, el País Vasco y Catalunya, más la degradación de la calificación de la deuda española decidida por Standard & Poor’s.

¿Dónde está la salida de ese laberinto para que la crisis no descoyunte los equilibrios sociales sin asegurar, por lo demás, el futuro político y económico de Europa? “En última instancia, se trata de esbozar conjuntamente una visión política de Europa”, opina el joven analista francés Cyril Novakovic. En caso contrario, Novakovic describe una situación de pesadilla: “En ausencia de tal esclarecimiento, los hombres políticos del Viejo Continente estarán condenados a ser gestores de la crisis, hundiéndose irremediablemente en las arenas movedizas del corto plazo, ahogados hasta el punto de no poder pensar un proyecto y anticipar el futuro”.

Esta visión política conjunta incluye necesariamente la reclamación hecha por José Viñals, responsable del departamento de finanzas del FMI: “El Mecanismo Europeo de Estabilidad y el programa de compra de bonos deben ser percibidos por los mercados como reales, no virtuales”. Lo de Viñals es de una lógica aplastante, sobre todo porque la crisis espolvorea la miseria de forma nada virtual, pero el léxico de cuanto se relaciona con el antedicho mecanismo se acoge a la exuberancia barroca de un lenguaje herméticos, de elucubraciones indescifrables, de conceptos que se anulan entre sí y que ningún ciudadano ajeno a los entresijos de la crisis es capaz de comprender. Sí entienden los afectados de qué se les habla cuando se menciona la década perdida, sí saben qué significa que, incluso si se reactiva la economía, la tasa de desempleo seguirá siendo terrorífica, pero se ven incapaces de sacar conclusiones de la confusión terminológica reinante. Solo tienen por seguro, y hacen bien, que cuanto se avecina será peor de lo que ahora viven.

“Espíritu empresarial, religión, justicia, información, partidos, sindicatos… son vistos hoy más que nunca con la tristeza y agotamiento de una sociedad desilusionada y traicionada”, escribe en su blog un empresario italiano, Guiseppe Iudici, atrapado en la crisis. Y sigue: “El elenco merece ser repudiado y con él, el engaño: con la excusa de que la prioridad era salvar las cuentas públicas, han olvidado el verdadero significado de la economía real, y aún peor, con sus políticas irresponsables de ayer y restrictivas de hoy han determinado el cierre de muchas empresas. Muchos empresarios han muerto en la indiferencia y soledad absolutas, y es triste que se les haya olvidado”. ¿Cuántos empresarios españoles que dejaron de serlo suscribirían esas palabras? ¿Cuántos trabajadores sin trabajo estamparían su firma al pie de esas frases?

Europa consolida a toda velocidad su condición de enfermo del planeta y, en su seno, algunos organismos emiten señales ininterrumpidas de agravamiento. El resultado es la viva imagen de la decadencia, con efectos secundarios en todas partes, incluidas las economías emergentes, que hasta la fecha han sorteado la crisis. “Para calmar la ansiedad sobre el despilfarro gubernamental, el BCE ha impuesto condicionalidad en su programa para compra de bonos. Pero si las condiciones tienen efectos como las medidas de austeridad –impuestas sin grandes medidas de crecimiento que las acompañen–, será algo parecido al derramamiento de sangre: el paciente arriesgará la muerte antes de recibir una verdadera medicina”, asegura el nobel de Economía Joseph E. Stiglitz en el artículo colgado en la web Project Syndicate, una plataforma de opinión estadounidense que acoge firmas consagradas.

Los analistas que publican en Project Syndicate ven pocas alternativas para que Europa se recupere. Ashoka Mody, de la Universidad de Princeton, solo vislumbra tres opciones: “Más austeridad para los países muy endeudados, la socialización de la deuda en Europa o un creativo nuevo perfil de la deuda, con los inversores dispuestos a aceptar pérdidas antes o después”. En el primer caso, sociedades exhaustas -entre ellas, España- se verían condenadas a la inanición o poco menos. En el segundo, el Bundesbank debería cambiar por completo su código genético y Angela Merkel dejar de ser Angela Merkel. El último atajo se adivina inviable salvo cambios imprevisibles en el comportamiento de los grandes tenedores de deuda.

Kemal Dervis, vicepresidente de la Brooking Institution y exministro de Economía de Turquía, observa que si los políticos conservadores del norte de Europa insisten en sus políticas macroeconómicas, pueden “provocar el fin de la Eurozona y con él, el fin del proyecto europeo de paz e integración [el que ha ganado el Premio Nobel de la Paz] que hemos conocido durante décadas”. Dervis no soslaya la necesidad de introducir reformas estructurales en las economías europeas del sur, sino que resalta las consecuencias resultantes de su fracaso. El profesor de la Universidad de Harvard Dani Rodrik va más allá: “Si los líderes europeos quieren conservar la democracia, deberán elegir entre la unión política y la desintegración económica. O bien renuncian explícitamente a la soberanía económica o bien comienzan a emplearla activamente en beneficio de sus ciudadanos. Lo primero supone sincerarse con los respectivos electorados y construir un espacio democrático por encima del nivel de los estados-nación. Lo segundo, renunciar a la unión monetaria y poner en marcha políticas monetarias y fiscales de nivel nacional que sirvan a una recuperación sostenida”.

Así de simple y así de rotundo. Según sea la salida de la crisis, los cimientos de la democracia pueden verse dañados más allá de toda previsión. ¿Estamos ante una exageración o ante una proyección verosímil? Parece que ante lo segundo. En realidad, el agravamiento de España marca la frontera entre lo gestionable y lo insostenible por el entramado europeo, incluso dando por supuestos los costes sociales de la manejabilidad de la crisis. Megan Greene, colaboradora del economista Nouriel Roubini, el enfant terrible del claustro de la Universidad de Nueva York, lo plantea en términos meramente académicos en la web del think tank Council on Foreign Relations a partir de cifras bastante incontestables: el rescate completo de España ascendería a 200.000 millones de euros, y entonces todos los ojos mirarían a Italia, otra gran economía, pero “los fondos de rescate disponibles no son lo suficientemente grandes para rescatar a España e Italia”. Según Greene, “en realidad, España es la puerta de entrada de la crisis para pasar de sostenible y manejable –cuando solo había alcanzado a países más pequeños como Grecia, Portugal e Irlanda– a ser compleja e inmanejable”. A decir verdad, es imprevisible qué puede suceder si España cruza la puerta con una tasa de paro próxima al 25% y el 20% de la población por debajo del umbral de la pobreza.

Edgar Morin

Portada de 'La vía para el futuro de la humanidad', último libro del filósofo francés Edgar Morin.

Cuando la directora general del FMI, Christine Lagarde, pide más tiempo para que España cumpla con sus compromisos no hace otra cosa que reclamar medidas para que el parte de bajas no alcance cifras escandalosas. Lagarde va bastante más allá que la cancillera Merkel al acudir a Atenas: reconoce que los griegos andan con la lengua fuera, pero, al mismo tiempo, sostiene que deben agravar su estado para cumplir con sus compromisos o con los que les impusieron. Pero Lagarde se queda también mucho más acá que el filósofo francés Edgar Morin, que invoca el “humanismo global” para oponerlo a la crisis, porque Morin antepone la suerte de los condenados por la crisis a la de quienes les han condenado. ¿Utopía, caridad, justicia? Un poco de todo para impedir que Europa se suma en un largo invierno de pobreza y desigualdades.

La inefable levedad de Rajoy

Tribunal Constitucional alemán

Inicio de la sesión celebrada el miércoles por el Tribunal Constitucional de Alemania, que dio el visto bueno a la participación alemana en el Mecanismo Europeo de Estabilidad, aprobada previamente por las dos cámaras del país.

El Tribunal Constitucional de Alemania dijo , dijo que la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) no vulnera la soberanía del país, y pareció que escampaba la tormenta porque bajaron las primas de riesgo, repuntó el euro y las bolsas de la Europa doliente mantuvieron el buen tono de los días precedentes. En realidad, la inquietud creciente a la espera de la sentencia no hizo más que subrayar la debilidad de las instituciones europeas, sujetas a la lógica de las instituciones de los estados, que, cuando se trata de Alemania, resulta determinante. Mientras el presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, predica la necesidad de que la UE evolucione rápidamente hacia una federación de estados, la hegemonía germánica apunta hacia una asociación condicionada por los intereses alemanes y una opinión pública que recela cada día más de la bondad de acudir al rescate del euro –“el euro es irreversible”, se dice–, de reflotar a los bancos en estado catatónico y de salvar de paso las finanzas de los meridionales.

La cancillera Angela Merkel debe convivir con esa doble realidad: la hegemonía alemana precisa que se salve la Eurozona, pero una parte importante de sus compatriotas añora el marco y la libertad de movimientos de antaño. En apoyo del planteamiento del Gobierno ha acudido la sentencia de los magistrados y en auxilio de los contribuyentes desconfiados se mantiene siempre alerta el Bundesbank (Buba), el banco central alemán, contrario a la compra de deuda pública de los estados, anunciada por el Banco Central Europeo (BCE), “estrictamente condicionada” y si la reclaman las tesorerías con problemas. Dos caras de una misma realidad: nada es posible sin el compromiso alemán, pero la sociedad alemana está lejos de apuntar en una sola dirección. Como escribió en El País Xavier Vidal-Folch con ocasión del viaje de la cancillera a Madrid, el peor enemigo del euro no es anglosajón, es el Bundesbank, “pero no es Alemania”. El recorrido por las decisiones del Buba de los últimos decenios, base argumental del artículo de Vidal-Folch, no deja lugar a dudas en cuanto a la orientación seguida por los gestores del banco frente al europeísmo de cancilleres de referencia –Helmut Schmidt (socialdemócrata) y Helmut Kohl (democristiano)– y a la lectura de la Constitución abierta a las innovaciones realizada por los magistrados de Karlsruhe.

¿Cuánto hay de desinhibición nacionalista y cuánto de fundamentalismo monetarista en los economistas del Buba? La historia del banco no es ejemplar en cuanto al esfuerzo para mantener apartados de los despachos a los tecnócratas que durante el nazismo se acomodaron a la vesania, pero seguir por este camino podría llevar a conclusiones tan superficiales como precipitadas. Es más fácilmente demostrable que forma parte del ADN de los responsables del banco central alemán no dar ni medio cuerpo de ventaja a la inflación, controlar la masa monetaria hasta el último céntimo y liquidar las deudas mediante la contención a toda costa del gasto. Por eso le parece insuficiente que el presidente del BCE, Mario Draghi, se comprometa a retirar del mercado tantos euros como deuda compre, pero la cancillera Merkel acepta el mecanismo de compra de deuda anunciado por el BCE gracias precisamente a la promesa de Draghi.

Jean Maxime, un experto en gestión de activos, ha colgado en su blog un comentario titulado El euro, ¿divisa esquizofrénica? donde justamente aborda los efectos inmediatos de lo que otros presentan como una posible política expansiva: “Al abrir la perspectiva de la monetarización de una parte de la deuda de la zona (emisión de dinero), el BCE aumentaría la oferta de euros, lo que debería afectar teóricamente al valor de la divisa… al menos mientras los otros bancos centrales, adeptos a la misma receta, no retomaran la iniciativa. En este sentido, el probable lanzamiento en el futuro [se concretó el jueves] de una tercera ola de QE por la FED (Quantitative Easing, un programa que permite al banco central estadounidense monetarizar parcialmente las deudas públicas) es materia de reflexión”. Ni que decir tiene que queda fuera de los cálculos del banco central alemán un QE a la europea que, por lo demás, escapa del todo a las atribuciones del BCE.

Weidmann Merkel

Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, y Angela Merkel defienden dos enfoques diferentes del papel que debe desempeñar Alemania para acabar con los movimientos especulativos en la Eurozona.

Al mismo tiempo, crece la inquietud entre los empresarios alemanes cuyos clientes tienen cada día más problemas para comprarles a causa de la restricción del consumo, la contracción del crédito y las dudas acerca de qué futuro aguarda a una Europa sumida en la austeridad sin miramientos. Al equipo de Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, le apoya una corriente de opinión muy consolidada en los grandes medios y de carácter transversal. Así, el columnista Joachim Jahn, del conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, recurrió al mismo lenguaje de Weidmann al analizar la sentencia del Tribunal Consitucional, en especial el límite de 190.000 millones de euros impuesto a la contribución alemana al MEDE, salvo votación expresa de las dos cámaras (Bundestag y Bundesrat) para aumentarla: “Los jueces han reducido por lo menos el daño potencial a los contribuyentes”. Pero Wolfgang Janisch, Heribert Prantl y Ronen Steinke, tres analistas prestigiosos del Süddeutsche Zeitung, diario de Múnich en la órbita de la socialdemocracia, no se alejaron mucho de la reflexión de Jahn: “Europa está cada vez más cerca de grandes riesgos financieros y políticos. (…) El Parlamento alemán debe seguir siendo el lugar donde se deciden de forma independiente los ingresos y gastos, en particular con respecto a los compromisos europeos”.

¿Por dónde anda el Gobierno de España en medio de esos debates? Lo menos que puede decirse es que el equipo de Mariano Rajoy amaga, pero no se decide, de forma que la inefable levedad del presidente del Gobierno se impone a la urgencia del momento, aunque en periódicos como Le Monde, europeísta sin fisuras, se afirma que la ocasión es bastante propicia a los intereses españoles. “El Bundestag está formalmente en posición de fuerza frente al Gobierno español, pero tiene todas las de perder la batalla. Explicación: los alemanes han exigido garantías para que no se repita el episodio del verano del 2011, cuando Silvio Berlusconi enterró a toda prisa sus promesas de reformas después de que el BCE acudió en su ayuda –escribe Armand Leparmentier–. Se han tomado precauciones: la ayuda del MEDE debe acompañarse de compromisos firmes y de un control por los europeos de la política española. En cuando Rajoy adopte sus compromisos, el Bundestag se encontrará en la casi imposibilidad de desentenderse, al igual que el BCE”.

Por eso causa asombro la resistencia a dar el paso de pedir al BCE que compre deuda española, so pretexto de que el Gobierno desconoce qué condiciones nuevas se derivarán de la petición. La “condicionalidad estricta” a la que ha aludido Draghi remite más al cumplimiento escrupuloso de los compromisos adquiridos que a la imposición de medidas suplementarias, algo que sabe el Gobierno tan bien como los comisarios de la UE que hablan de ello –Joaquín Almunia y Olli Rehn, entre otros–, que no se cansan de alabar la presteza de Rajoy cuando se trata de empuñar el podón. En cambio, sí muestran cierta fatiga ante la indeterminación española –esperemos al próximo Consejo Europeo, esperemos a que pasen las elecciones gallegas y vascas, esperemos…– y algunas explicaciones exóticas para justificarla, como la caída de la prima de riesgo en cuanto el BCE dijo estar dispuesto a comprar deuda y antes de que Rajoy haya dicho esta boca es mía. “El riesgo país disminuye porque los mercados están convencidos de que habrá rescate y de que este es factible, pero no por una mejora de la resistencia española a las operaciones en los mercados”, ha escrito un editorialista del semanario británico The Economist.

Merkel, Rajoy, Hollande y Monti

Reunión de Angela Merkel con Mariano Rajoy, François Hollande y Mario Monti celebrada en Roma el 22 de junio para abordar la crisis del euro y la presión sobre las deudas de España e Italia.

“Todos los dedos apuntan hacia España, pero Madrid pone el freno”, subrayó Antonio Pollio Salimbeni en Il Sole 24 Hore, el gran periódico económico de Italia, en cuanto se supo que el BCE estaba dispuesto a intervenir en el mercado secundario. Las prisas de Italia para que Rajoy se pronuncie tienen una razón inequívoca: “Si la intervención del BCE tiene un sentido, el objetivo principal es despegar a Italia de España, intentar el decoupling (desacoplamiento) en la percepción de los inversores, de los mercados, e incluso en los hechos”, precisó el articulista. Hay solo un paso de ahí a diagnosticar la agonía, frente a las exigencias alemanas, del tándem Mario Monti-Mariano Rajoy, François Hollande mediante.

Las proyecciones de futuro juegan a favor de Italia y contra los riesgos que corre España. “Si puede, el rescate ha de evitarse. Nadie quiere ver a la tercera mayor economía de la eurozona [Italia] con respiración asistida. En los intereses actuales, la deuda italiana parece al menos sostenible: Roma necesitaría un crecimiento nominal del 2,4% del PIB y un superávit primario del 3% del PIB, que el FMI espera para este año”, destaca Neil Unmack, columnista del servicio Breakingviews de la agencia Reuters. Para España, las cosas pintan menos bien: según el boletín de septiembre del BCE, si las operaciones en curso no surten efecto, incluida la reducción del déficit por debajo del 3% del PIB, la cuantía de la deuda en el 2016 podría equivaler al 104% del PIB –la de Italia está ahora en torno al 125%–, más de 20 puntos por encima de su valor actual.

Cuando un periódico tan puesto a disposición de Rajoy como La Razón publica un comentario de Julián Lirola, analista de Self Bank, en el que se subraya que, en caso de que los magistrados alemanes hubiesen dicho no, “las consecuencias habrían sido dramáticas, ya que la ayuda al sector bancario dependía de la aprobación del instrumento”, la parsimonia del Gobierno resulta aún más incomprensible a cada día que pasa. Porque, entiéndase bien, El plan alemán no cambia, según tituló su último artículo el economista Pierre Briançon: “Por encima de todo, Merkel cree que el principal problema de Europa es que los países con déficits no cambiarán. La corte ha hablado. Y la crisis perdura”. Y el convencimiento de que en la austeridad está el remedio de los males de la Eurozona sigue siendo la doctrina oficial en Berlín, aunque luego los hechos siembren dudas todos los días por razones éticas y prácticas: el empobrecimiento a toda máquina de los deudores, sin obtener ningún resultado a cambio, obliga una y otra vez a zurcir lo ya zurcido. En Portugal, sin ir más lejos; en Grecia, en medio de una descomposición social galopante. ¿Hasta dónde y hasta cuándo?

España es más problema que Grecia

¿Será posible que algún día nos enteremos de verdad de qué sucede o los que realmente lo saben no están dispuestos a soltar prendan? Puesto que a cada episodio presuntamente tranquilizador le sucede otro profundamente perturbador, no queda otra a los ciudadanos que temer un gran engaño colectivo al que nuestros gobernantes contribuyen por acción o por omisión dependiendo del momento. Si se ajusta a la verdad el sombrío pronóstico de Eugenio Scalfari, mente lúcida y fundador del diario progresista italiano La Repubblica, y “el éxito del voto griego no puede ser utilizado por los especuladores como pretexto, con toda seguridad encontrarán otros para proseguir su ataque a la Eurozona, a las deudas soberanas más expuestas y a los bancos más frágiles”. En resumen: no hay salida.

La sospecha de Scalfari se extiende como epidemia incurable, y mientras se suceden las representaciones y los viajes, la farfolla tecnocrática cubre la realidad con un manto de frases indescifrables. “Lo que sigue ya ha empezado, primero con España y después con Italia –afirma Scalfari–. El objetivo final es la desarticulación de la Eurozona, el aislamiento de Alemania, la cancelación de cualquier regla que tienda a encauzar la globalización en un cuadro de capitalismo democrático y de mercado social”. En suma, el sistema financiero y el Estado del bienestar son incompatibles y la acometida neoliberal pretende reducir el Estado redistribuidor en un ente caritativo destinado solo a atender los casos terminales y dejar el resto en manos del mercado que todo lo puede.

Si Scalfari lleva razón, y no hay grandes argumentos para rechazar su punto de vista, las elecciones griegas del 17 de junio, destinadas a domeñar la opinión pública de un país devastado, la mayoría absoluta de François Hollande en Francia, las largas discusiones del G-20 en Los Cabos (México), el compromiso para rescatar a la banca española doliente y lo que se dice y cuece todos los días apenas importan porque el sistema financiero internacional ha puesto la proa al euro para descoyuntar el pacto social que siguió al final de la segunda guerra mundial. Puede habérsele ido la mano al financiero estadounidense Donald Trump, dado al histrionismo y a los excesos verbales, pero no anda muy desencaminado cuando asegura que es el momento de acudir a Europa para encontrar “suelo barato y ofertas exclusivas” –“hay que aprovecharse de que España tiene fiebre”–, pero esa es una opinión muy extendida. Tanto como la que, con los datos en la mano, manifiesta que Grecia no podrá cumplir nunca las condiciones del famoso memorando.

El helenista español Pedro Olalla, que gasta buena memoria, recuerda que ni siquiera a Alemania después de arruinar a Europa con una guerra de seis años se le impusieron condiciones de reparación tan duras como las que obligan hoy a Grecia. Es más, Grecia se sumó a los países que a principios de los 90 dieron su acuerdo a Alemania para que prolongara la cancelación de las deudas de guerra. Hoy, sin embargo, un pequeño país que representa solo el 2% del PIB de la UE debe hacer frente a unas condiciones de rescate insólitamente exigentes o aceptar que su lugar está extra limes del sistema si se hace cargo del Gobierno alguien que discute el diktat. Lo que importaba en mayo –primeras elecciones–, importa en junio –segundas elecciones– e importará en el futuro es que las urnas consagren y legitimen el statu quo, aunque quienes se hagan cargo de la situación sean los mismos que desacreditaron el país amañando las cuentas (Nueva Democracia, derecha) o fueron incapaces de acabar con un sistema corrupto y sanear el Estado sin provocar su quiebra (Pasok, centroizquierda).

En la víspera de las elecciones griegas, Albert Sáez escribió en EL PERIÓDICO que Alexis Tsipras, líder de Syriza (izquierda), pudo haber sido el Lula griego. Lo pudo ser si él hubiese querido y la UE le hubiese dejado. No se dio ninguna de esas situaciones: Tsipras solo pasó del programa máximo a la realidad incontestable al final de la campaña y a la UE le aterroriza revisar su manual de medidas procíclicas, sometidas al plan de trabajo de Alemania. Al final, los votantes griegos sintieron que debían decidir entre los de siempre y el caos, y muchos optaron por el mal menor que, al mismo tiempo, es el mayor de todos los males. Fue el triunfo del miedo del que habló Pedro Olalla en su blog al día siguiente de las elecciones: “El miedo del bipartidismo secular a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabe el juego, el miedo de unos y otros a que se abran procesos y se depuren responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente se interponga en el camino de su, hasta ahora, implacable plan de conquistas a través de la deuda”.

“Nadie puede alegar ignorancia sobre el hecho de que la nación está en un lío terrible. Nadie puede permitirse el lujo de ser irresponsable solo porque el electorado lo envió a la oposición. Estamos todos en el mismo barco”, afirma Alexis Papachelas, editor del diario Kathimerini, el más próximo al establishment griego, y director general de la Fundación Helénica para la Política Europea y Exterior. Se trata de una verdad a medias porque las consecuencias del naufragio no son las mismas para todos los integrantes de la tripulación y el pasaje, porque es posible que, como en el Titanic, no haya botes salvavidas para todo el mundo; en realidad, todo el mundo sabe que no los hay y, aun así, se consagra el argumento desvergonzado de que solo cabe un camino para salir del embrollo.

El resumen de los temores de los de siempre figura en esta frase de Nikos Konstandaras, coeditor de Kathimerini: “Todas las partes se adhieren a sus propias políticas, ya sea porque se sienten justificados por el resultado de las elecciones o porque sienten que han perdido votos por no defender sus políticas con suficiente energía. Esto dará lugar a un conflicto interminable. En un momento en el que las decisiones difíciles se necesitan para aplicar las reformas en Grecia y llevar a cabo negociaciones con nuestros socios, es muy poco probable que veamos el consenso nacional necesario. En su lugar, es muy probable que tengamos inestabilidad y otra elección. Esperemos que las partes se sobrepongan y demuestren que estamos equivocados”. El artículo de Konstandaras soslaya un aspecto fundamental del rompecabezas griego: ¿es posible el consenso cuando el empobrecimiento de la sociedad griega avanza de forma insólitamente rápida y se multiplican los casos de trágico desespero?, ¿qué consenso puede construirse en un país condenado a no tener futuro?

Si el Gobierno que encabeza Antonis Samaras desde el miércoles sirviera al menos para serenar los espíritus en el resto de Europa, podrían decir los griegos que han sido el chivo expiatorio de todos los males europeos, de la Eurozona y de lo que haga falta. Pero está bastante extendida la impresión de que la catástrofe griega no conjura ninguna de las que asoman en el horizonte. “Se engañan una vez más quienes ensueñan que, cautiva y desarmada la protesta de los griegos ante los ajustes sufridos, los mercados se tranquilizarán tras haber alcanzado sus objetivos militares. Esta historia no ha acabado”, afirma Juan Fernando López Aguilar, vicepresidente del Partido Socialista Europeo. Lo ratifica Gideon Rachman en su blog en el Financial Times, metrónomo de la City de Londres: “Sin embargo, un respiro en la parte griega de la crisis del euro no significa que Europa se ha desenganchado. Por el contrario, es cada vez más claro que Grecia ya no está en el centro del problema. El destino del euro se decidirá en España y, sobre todo, en Italia”.

Esta es la otra cara de la enfermedad griega: es suficientemente aguda para dañar el edificio, pero menos de lo necesario para lograr que se hunda. A Grecia le falta masa crítica, incluso para los agoreros de la City deseosos de que la historia del euro se salde con un fracaso sin precedentes. En cambio, la suma de los males españoles e italianos tendría los efectos de un terremoto de intensidad nueve en la escala de Richter. Por esta razón son cada vez menos los que ven el núcleo del problema en la agonía griega y cada vez más en el agravamiento de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona. Así lo ve Georges Ugeux, una analista especializado en la banca de negocios al calibrar el resultado de las elecciones en Grecia: “La espiral de las tasas de interés que alimentan el déficit presupuestario no puede detenerse solo a golpe de buenas intenciones: la situación de España, y sobre todo de Italia, nos recuerda que el riesgo aumenta todos los días”.

A efectos prácticos, los datos objetivos de la economía española –y de la italiana– importan menos que otros ingredientes que sazonan el sopicaldo cocinado por Berlín, Bruselas y las inconcreciones-dudas de Madrid. The Wall Street Journal, metrónomo de la bolsa de Nueva York, se ha molestado incluso en poner negro sobre blanco algunos parámetros públicos de la economía española para demostrar que su situación no es ni mucho menos la peor de las imaginables y publicar el siguiente resumen del momento hecho por Matt Phillips: “No importa cuál sea el resultado electoral en Grecia, conocedores sofisticados de los mercados ya han pasado a fijar su fuego sobre el próximo gorila del grupo euro: España. Cuarto grande de la Eurozona, su economía tiene en realidad una mucho mejor relación deuda-PIB que las demás naciones arrastradas por la vorágine de la crisis. Pero la situación de su economía y sus bancos parece que son motivo de grave preocupación”. Phillips podía haber añadido, sin que le pudieran acusar de exagerado, que la propensión del Gobierno a secuestrar el lenguaje y dejar siempre cabos suelto detrás de sus cortinas de humo no ayuda precisamente a paliar la presión de los mercados. La operación de Mariano Rajoy destinada a presentar el rescate bancario como una operación especialmente benevolente con España, gracias a no se sabe exactamente qué razones, ha disipado los efectos de la inyección de vitaminas del primer momento –cuando se supo que había hasta 100.000 millones de euros para el rescate– y han reaparecido los amagos de la anemia perniciosa que puede declararse al menor descuido.

El perfil del hidalgo herido en su orgullo es incompatible con la defensa hecha hasta la fecha de una salida –lentísima– de la crisis mediante raciones dobles y triples de austeridad más unas gotas de crecimiento suministradas por la presión de Barack Obama a la Eurozona, en general, y a Alemania, en particular, y el pequeño margen de maniobra de que dispone François Hollande para aparentar algún cambio de Francia en su relación con la cancillera Angela Merkel. El retraso anunciado el jueves por el ministro de Economía, Luis de Guindos, para solicitar el rescate bancario no es “una mera formalidad” porque emite una señal equívoca, ininteligible –incluso si la descifran los ministros de Economía de la Eurozona–, profundamente inconsistente; es un gesto incompatible con el pulso de los mercados, que con gran facilidad proyectan sobre la deuda pública la insolvencia de la banca española que debe sanearse con fondos europeos porque el Estado no pueden hacerlo por sus propios medios. Es inútil que insistan los agitprop del Gobierno: el desbocamiento de la prima de riesgo española se debe al dosier griego solo en una pequeña medida; la parte del león del problema obedece a causas autóctonas. No reconocerlo es incompatible con la lógica más elemental, tal como se puede certificar sobre el terreno.

Es igualmente comprobable de forma empírica que la insistencia en tomar la ruta diseñada por Alemania para salir del atolladero sin entrar en mayores discusiones resulta fructífera para Alemania y asfixiante para los demás. “Lo que comienza a inquietarme –ha escrito en Cinco Días José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España–, partiendo del paso a paso que recomendaba la cancillera alemana hace unos días para completar la Unión Europea, es que estos pasos a tomar son cada vez mayores cuando su efecto tranquilizador dura cada vez menos. En definitiva, el mercado (los inversores… los agentes económicos) ya no tienen tabús a la hora de valorar el escenario futuro del euro. Todo es cuestionable y objeto de debate, lo que no ayuda a recuperar la calma”. En realidad, no todo alimenta dudas: según han recogido Der Spiegel y Financial Times Deutschland, el Kiel Institute for the World Economy calcula que Alemania habrá ahorrado alrededor de 19.000 millones de euros en el 2011 y el 2012 como resultado de los bajos intereses de los títulos de deuda y, gracias a este ahorro, tendrá un presupuesto equilibrado el próximo año. ¿Sería posible el mismo resultado si Berlín aflojara las clavijas a los otros, todos ellos clientes, por cierto, de la industria alemana?