La inefable levedad de Rajoy

Tribunal Constitucional alemán

Inicio de la sesión celebrada el miércoles por el Tribunal Constitucional de Alemania, que dio el visto bueno a la participación alemana en el Mecanismo Europeo de Estabilidad, aprobada previamente por las dos cámaras del país.

El Tribunal Constitucional de Alemania dijo , dijo que la creación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) no vulnera la soberanía del país, y pareció que escampaba la tormenta porque bajaron las primas de riesgo, repuntó el euro y las bolsas de la Europa doliente mantuvieron el buen tono de los días precedentes. En realidad, la inquietud creciente a la espera de la sentencia no hizo más que subrayar la debilidad de las instituciones europeas, sujetas a la lógica de las instituciones de los estados, que, cuando se trata de Alemania, resulta determinante. Mientras el presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, predica la necesidad de que la UE evolucione rápidamente hacia una federación de estados, la hegemonía germánica apunta hacia una asociación condicionada por los intereses alemanes y una opinión pública que recela cada día más de la bondad de acudir al rescate del euro –“el euro es irreversible”, se dice–, de reflotar a los bancos en estado catatónico y de salvar de paso las finanzas de los meridionales.

La cancillera Angela Merkel debe convivir con esa doble realidad: la hegemonía alemana precisa que se salve la Eurozona, pero una parte importante de sus compatriotas añora el marco y la libertad de movimientos de antaño. En apoyo del planteamiento del Gobierno ha acudido la sentencia de los magistrados y en auxilio de los contribuyentes desconfiados se mantiene siempre alerta el Bundesbank (Buba), el banco central alemán, contrario a la compra de deuda pública de los estados, anunciada por el Banco Central Europeo (BCE), “estrictamente condicionada” y si la reclaman las tesorerías con problemas. Dos caras de una misma realidad: nada es posible sin el compromiso alemán, pero la sociedad alemana está lejos de apuntar en una sola dirección. Como escribió en El País Xavier Vidal-Folch con ocasión del viaje de la cancillera a Madrid, el peor enemigo del euro no es anglosajón, es el Bundesbank, “pero no es Alemania”. El recorrido por las decisiones del Buba de los últimos decenios, base argumental del artículo de Vidal-Folch, no deja lugar a dudas en cuanto a la orientación seguida por los gestores del banco frente al europeísmo de cancilleres de referencia –Helmut Schmidt (socialdemócrata) y Helmut Kohl (democristiano)– y a la lectura de la Constitución abierta a las innovaciones realizada por los magistrados de Karlsruhe.

¿Cuánto hay de desinhibición nacionalista y cuánto de fundamentalismo monetarista en los economistas del Buba? La historia del banco no es ejemplar en cuanto al esfuerzo para mantener apartados de los despachos a los tecnócratas que durante el nazismo se acomodaron a la vesania, pero seguir por este camino podría llevar a conclusiones tan superficiales como precipitadas. Es más fácilmente demostrable que forma parte del ADN de los responsables del banco central alemán no dar ni medio cuerpo de ventaja a la inflación, controlar la masa monetaria hasta el último céntimo y liquidar las deudas mediante la contención a toda costa del gasto. Por eso le parece insuficiente que el presidente del BCE, Mario Draghi, se comprometa a retirar del mercado tantos euros como deuda compre, pero la cancillera Merkel acepta el mecanismo de compra de deuda anunciado por el BCE gracias precisamente a la promesa de Draghi.

Jean Maxime, un experto en gestión de activos, ha colgado en su blog un comentario titulado El euro, ¿divisa esquizofrénica? donde justamente aborda los efectos inmediatos de lo que otros presentan como una posible política expansiva: “Al abrir la perspectiva de la monetarización de una parte de la deuda de la zona (emisión de dinero), el BCE aumentaría la oferta de euros, lo que debería afectar teóricamente al valor de la divisa… al menos mientras los otros bancos centrales, adeptos a la misma receta, no retomaran la iniciativa. En este sentido, el probable lanzamiento en el futuro [se concretó el jueves] de una tercera ola de QE por la FED (Quantitative Easing, un programa que permite al banco central estadounidense monetarizar parcialmente las deudas públicas) es materia de reflexión”. Ni que decir tiene que queda fuera de los cálculos del banco central alemán un QE a la europea que, por lo demás, escapa del todo a las atribuciones del BCE.

Weidmann Merkel

Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, y Angela Merkel defienden dos enfoques diferentes del papel que debe desempeñar Alemania para acabar con los movimientos especulativos en la Eurozona.

Al mismo tiempo, crece la inquietud entre los empresarios alemanes cuyos clientes tienen cada día más problemas para comprarles a causa de la restricción del consumo, la contracción del crédito y las dudas acerca de qué futuro aguarda a una Europa sumida en la austeridad sin miramientos. Al equipo de Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, le apoya una corriente de opinión muy consolidada en los grandes medios y de carácter transversal. Así, el columnista Joachim Jahn, del conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, recurrió al mismo lenguaje de Weidmann al analizar la sentencia del Tribunal Consitucional, en especial el límite de 190.000 millones de euros impuesto a la contribución alemana al MEDE, salvo votación expresa de las dos cámaras (Bundestag y Bundesrat) para aumentarla: “Los jueces han reducido por lo menos el daño potencial a los contribuyentes”. Pero Wolfgang Janisch, Heribert Prantl y Ronen Steinke, tres analistas prestigiosos del Süddeutsche Zeitung, diario de Múnich en la órbita de la socialdemocracia, no se alejaron mucho de la reflexión de Jahn: “Europa está cada vez más cerca de grandes riesgos financieros y políticos. (…) El Parlamento alemán debe seguir siendo el lugar donde se deciden de forma independiente los ingresos y gastos, en particular con respecto a los compromisos europeos”.

¿Por dónde anda el Gobierno de España en medio de esos debates? Lo menos que puede decirse es que el equipo de Mariano Rajoy amaga, pero no se decide, de forma que la inefable levedad del presidente del Gobierno se impone a la urgencia del momento, aunque en periódicos como Le Monde, europeísta sin fisuras, se afirma que la ocasión es bastante propicia a los intereses españoles. “El Bundestag está formalmente en posición de fuerza frente al Gobierno español, pero tiene todas las de perder la batalla. Explicación: los alemanes han exigido garantías para que no se repita el episodio del verano del 2011, cuando Silvio Berlusconi enterró a toda prisa sus promesas de reformas después de que el BCE acudió en su ayuda –escribe Armand Leparmentier–. Se han tomado precauciones: la ayuda del MEDE debe acompañarse de compromisos firmes y de un control por los europeos de la política española. En cuando Rajoy adopte sus compromisos, el Bundestag se encontrará en la casi imposibilidad de desentenderse, al igual que el BCE”.

Por eso causa asombro la resistencia a dar el paso de pedir al BCE que compre deuda española, so pretexto de que el Gobierno desconoce qué condiciones nuevas se derivarán de la petición. La “condicionalidad estricta” a la que ha aludido Draghi remite más al cumplimiento escrupuloso de los compromisos adquiridos que a la imposición de medidas suplementarias, algo que sabe el Gobierno tan bien como los comisarios de la UE que hablan de ello –Joaquín Almunia y Olli Rehn, entre otros–, que no se cansan de alabar la presteza de Rajoy cuando se trata de empuñar el podón. En cambio, sí muestran cierta fatiga ante la indeterminación española –esperemos al próximo Consejo Europeo, esperemos a que pasen las elecciones gallegas y vascas, esperemos…– y algunas explicaciones exóticas para justificarla, como la caída de la prima de riesgo en cuanto el BCE dijo estar dispuesto a comprar deuda y antes de que Rajoy haya dicho esta boca es mía. “El riesgo país disminuye porque los mercados están convencidos de que habrá rescate y de que este es factible, pero no por una mejora de la resistencia española a las operaciones en los mercados”, ha escrito un editorialista del semanario británico The Economist.

Merkel, Rajoy, Hollande y Monti

Reunión de Angela Merkel con Mariano Rajoy, François Hollande y Mario Monti celebrada en Roma el 22 de junio para abordar la crisis del euro y la presión sobre las deudas de España e Italia.

“Todos los dedos apuntan hacia España, pero Madrid pone el freno”, subrayó Antonio Pollio Salimbeni en Il Sole 24 Hore, el gran periódico económico de Italia, en cuanto se supo que el BCE estaba dispuesto a intervenir en el mercado secundario. Las prisas de Italia para que Rajoy se pronuncie tienen una razón inequívoca: “Si la intervención del BCE tiene un sentido, el objetivo principal es despegar a Italia de España, intentar el decoupling (desacoplamiento) en la percepción de los inversores, de los mercados, e incluso en los hechos”, precisó el articulista. Hay solo un paso de ahí a diagnosticar la agonía, frente a las exigencias alemanas, del tándem Mario Monti-Mariano Rajoy, François Hollande mediante.

Las proyecciones de futuro juegan a favor de Italia y contra los riesgos que corre España. “Si puede, el rescate ha de evitarse. Nadie quiere ver a la tercera mayor economía de la eurozona [Italia] con respiración asistida. En los intereses actuales, la deuda italiana parece al menos sostenible: Roma necesitaría un crecimiento nominal del 2,4% del PIB y un superávit primario del 3% del PIB, que el FMI espera para este año”, destaca Neil Unmack, columnista del servicio Breakingviews de la agencia Reuters. Para España, las cosas pintan menos bien: según el boletín de septiembre del BCE, si las operaciones en curso no surten efecto, incluida la reducción del déficit por debajo del 3% del PIB, la cuantía de la deuda en el 2016 podría equivaler al 104% del PIB –la de Italia está ahora en torno al 125%–, más de 20 puntos por encima de su valor actual.

Cuando un periódico tan puesto a disposición de Rajoy como La Razón publica un comentario de Julián Lirola, analista de Self Bank, en el que se subraya que, en caso de que los magistrados alemanes hubiesen dicho no, “las consecuencias habrían sido dramáticas, ya que la ayuda al sector bancario dependía de la aprobación del instrumento”, la parsimonia del Gobierno resulta aún más incomprensible a cada día que pasa. Porque, entiéndase bien, El plan alemán no cambia, según tituló su último artículo el economista Pierre Briançon: “Por encima de todo, Merkel cree que el principal problema de Europa es que los países con déficits no cambiarán. La corte ha hablado. Y la crisis perdura”. Y el convencimiento de que en la austeridad está el remedio de los males de la Eurozona sigue siendo la doctrina oficial en Berlín, aunque luego los hechos siembren dudas todos los días por razones éticas y prácticas: el empobrecimiento a toda máquina de los deudores, sin obtener ningún resultado a cambio, obliga una y otra vez a zurcir lo ya zurcido. En Portugal, sin ir más lejos; en Grecia, en medio de una descomposición social galopante. ¿Hasta dónde y hasta cuándo?

España es más problema que Grecia

¿Será posible que algún día nos enteremos de verdad de qué sucede o los que realmente lo saben no están dispuestos a soltar prendan? Puesto que a cada episodio presuntamente tranquilizador le sucede otro profundamente perturbador, no queda otra a los ciudadanos que temer un gran engaño colectivo al que nuestros gobernantes contribuyen por acción o por omisión dependiendo del momento. Si se ajusta a la verdad el sombrío pronóstico de Eugenio Scalfari, mente lúcida y fundador del diario progresista italiano La Repubblica, y “el éxito del voto griego no puede ser utilizado por los especuladores como pretexto, con toda seguridad encontrarán otros para proseguir su ataque a la Eurozona, a las deudas soberanas más expuestas y a los bancos más frágiles”. En resumen: no hay salida.

La sospecha de Scalfari se extiende como epidemia incurable, y mientras se suceden las representaciones y los viajes, la farfolla tecnocrática cubre la realidad con un manto de frases indescifrables. “Lo que sigue ya ha empezado, primero con España y después con Italia –afirma Scalfari–. El objetivo final es la desarticulación de la Eurozona, el aislamiento de Alemania, la cancelación de cualquier regla que tienda a encauzar la globalización en un cuadro de capitalismo democrático y de mercado social”. En suma, el sistema financiero y el Estado del bienestar son incompatibles y la acometida neoliberal pretende reducir el Estado redistribuidor en un ente caritativo destinado solo a atender los casos terminales y dejar el resto en manos del mercado que todo lo puede.

Si Scalfari lleva razón, y no hay grandes argumentos para rechazar su punto de vista, las elecciones griegas del 17 de junio, destinadas a domeñar la opinión pública de un país devastado, la mayoría absoluta de François Hollande en Francia, las largas discusiones del G-20 en Los Cabos (México), el compromiso para rescatar a la banca española doliente y lo que se dice y cuece todos los días apenas importan porque el sistema financiero internacional ha puesto la proa al euro para descoyuntar el pacto social que siguió al final de la segunda guerra mundial. Puede habérsele ido la mano al financiero estadounidense Donald Trump, dado al histrionismo y a los excesos verbales, pero no anda muy desencaminado cuando asegura que es el momento de acudir a Europa para encontrar “suelo barato y ofertas exclusivas” –“hay que aprovecharse de que España tiene fiebre”–, pero esa es una opinión muy extendida. Tanto como la que, con los datos en la mano, manifiesta que Grecia no podrá cumplir nunca las condiciones del famoso memorando.

El helenista español Pedro Olalla, que gasta buena memoria, recuerda que ni siquiera a Alemania después de arruinar a Europa con una guerra de seis años se le impusieron condiciones de reparación tan duras como las que obligan hoy a Grecia. Es más, Grecia se sumó a los países que a principios de los 90 dieron su acuerdo a Alemania para que prolongara la cancelación de las deudas de guerra. Hoy, sin embargo, un pequeño país que representa solo el 2% del PIB de la UE debe hacer frente a unas condiciones de rescate insólitamente exigentes o aceptar que su lugar está extra limes del sistema si se hace cargo del Gobierno alguien que discute el diktat. Lo que importaba en mayo –primeras elecciones–, importa en junio –segundas elecciones– e importará en el futuro es que las urnas consagren y legitimen el statu quo, aunque quienes se hagan cargo de la situación sean los mismos que desacreditaron el país amañando las cuentas (Nueva Democracia, derecha) o fueron incapaces de acabar con un sistema corrupto y sanear el Estado sin provocar su quiebra (Pasok, centroizquierda).

En la víspera de las elecciones griegas, Albert Sáez escribió en EL PERIÓDICO que Alexis Tsipras, líder de Syriza (izquierda), pudo haber sido el Lula griego. Lo pudo ser si él hubiese querido y la UE le hubiese dejado. No se dio ninguna de esas situaciones: Tsipras solo pasó del programa máximo a la realidad incontestable al final de la campaña y a la UE le aterroriza revisar su manual de medidas procíclicas, sometidas al plan de trabajo de Alemania. Al final, los votantes griegos sintieron que debían decidir entre los de siempre y el caos, y muchos optaron por el mal menor que, al mismo tiempo, es el mayor de todos los males. Fue el triunfo del miedo del que habló Pedro Olalla en su blog al día siguiente de las elecciones: “El miedo del bipartidismo secular a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabe el juego, el miedo de unos y otros a que se abran procesos y se depuren responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente se interponga en el camino de su, hasta ahora, implacable plan de conquistas a través de la deuda”.

“Nadie puede alegar ignorancia sobre el hecho de que la nación está en un lío terrible. Nadie puede permitirse el lujo de ser irresponsable solo porque el electorado lo envió a la oposición. Estamos todos en el mismo barco”, afirma Alexis Papachelas, editor del diario Kathimerini, el más próximo al establishment griego, y director general de la Fundación Helénica para la Política Europea y Exterior. Se trata de una verdad a medias porque las consecuencias del naufragio no son las mismas para todos los integrantes de la tripulación y el pasaje, porque es posible que, como en el Titanic, no haya botes salvavidas para todo el mundo; en realidad, todo el mundo sabe que no los hay y, aun así, se consagra el argumento desvergonzado de que solo cabe un camino para salir del embrollo.

El resumen de los temores de los de siempre figura en esta frase de Nikos Konstandaras, coeditor de Kathimerini: “Todas las partes se adhieren a sus propias políticas, ya sea porque se sienten justificados por el resultado de las elecciones o porque sienten que han perdido votos por no defender sus políticas con suficiente energía. Esto dará lugar a un conflicto interminable. En un momento en el que las decisiones difíciles se necesitan para aplicar las reformas en Grecia y llevar a cabo negociaciones con nuestros socios, es muy poco probable que veamos el consenso nacional necesario. En su lugar, es muy probable que tengamos inestabilidad y otra elección. Esperemos que las partes se sobrepongan y demuestren que estamos equivocados”. El artículo de Konstandaras soslaya un aspecto fundamental del rompecabezas griego: ¿es posible el consenso cuando el empobrecimiento de la sociedad griega avanza de forma insólitamente rápida y se multiplican los casos de trágico desespero?, ¿qué consenso puede construirse en un país condenado a no tener futuro?

Si el Gobierno que encabeza Antonis Samaras desde el miércoles sirviera al menos para serenar los espíritus en el resto de Europa, podrían decir los griegos que han sido el chivo expiatorio de todos los males europeos, de la Eurozona y de lo que haga falta. Pero está bastante extendida la impresión de que la catástrofe griega no conjura ninguna de las que asoman en el horizonte. “Se engañan una vez más quienes ensueñan que, cautiva y desarmada la protesta de los griegos ante los ajustes sufridos, los mercados se tranquilizarán tras haber alcanzado sus objetivos militares. Esta historia no ha acabado”, afirma Juan Fernando López Aguilar, vicepresidente del Partido Socialista Europeo. Lo ratifica Gideon Rachman en su blog en el Financial Times, metrónomo de la City de Londres: “Sin embargo, un respiro en la parte griega de la crisis del euro no significa que Europa se ha desenganchado. Por el contrario, es cada vez más claro que Grecia ya no está en el centro del problema. El destino del euro se decidirá en España y, sobre todo, en Italia”.

Esta es la otra cara de la enfermedad griega: es suficientemente aguda para dañar el edificio, pero menos de lo necesario para lograr que se hunda. A Grecia le falta masa crítica, incluso para los agoreros de la City deseosos de que la historia del euro se salde con un fracaso sin precedentes. En cambio, la suma de los males españoles e italianos tendría los efectos de un terremoto de intensidad nueve en la escala de Richter. Por esta razón son cada vez menos los que ven el núcleo del problema en la agonía griega y cada vez más en el agravamiento de Italia y España, tercera y cuarta economías de la Eurozona. Así lo ve Georges Ugeux, una analista especializado en la banca de negocios al calibrar el resultado de las elecciones en Grecia: “La espiral de las tasas de interés que alimentan el déficit presupuestario no puede detenerse solo a golpe de buenas intenciones: la situación de España, y sobre todo de Italia, nos recuerda que el riesgo aumenta todos los días”.

A efectos prácticos, los datos objetivos de la economía española –y de la italiana– importan menos que otros ingredientes que sazonan el sopicaldo cocinado por Berlín, Bruselas y las inconcreciones-dudas de Madrid. The Wall Street Journal, metrónomo de la bolsa de Nueva York, se ha molestado incluso en poner negro sobre blanco algunos parámetros públicos de la economía española para demostrar que su situación no es ni mucho menos la peor de las imaginables y publicar el siguiente resumen del momento hecho por Matt Phillips: “No importa cuál sea el resultado electoral en Grecia, conocedores sofisticados de los mercados ya han pasado a fijar su fuego sobre el próximo gorila del grupo euro: España. Cuarto grande de la Eurozona, su economía tiene en realidad una mucho mejor relación deuda-PIB que las demás naciones arrastradas por la vorágine de la crisis. Pero la situación de su economía y sus bancos parece que son motivo de grave preocupación”. Phillips podía haber añadido, sin que le pudieran acusar de exagerado, que la propensión del Gobierno a secuestrar el lenguaje y dejar siempre cabos suelto detrás de sus cortinas de humo no ayuda precisamente a paliar la presión de los mercados. La operación de Mariano Rajoy destinada a presentar el rescate bancario como una operación especialmente benevolente con España, gracias a no se sabe exactamente qué razones, ha disipado los efectos de la inyección de vitaminas del primer momento –cuando se supo que había hasta 100.000 millones de euros para el rescate– y han reaparecido los amagos de la anemia perniciosa que puede declararse al menor descuido.

El perfil del hidalgo herido en su orgullo es incompatible con la defensa hecha hasta la fecha de una salida –lentísima– de la crisis mediante raciones dobles y triples de austeridad más unas gotas de crecimiento suministradas por la presión de Barack Obama a la Eurozona, en general, y a Alemania, en particular, y el pequeño margen de maniobra de que dispone François Hollande para aparentar algún cambio de Francia en su relación con la cancillera Angela Merkel. El retraso anunciado el jueves por el ministro de Economía, Luis de Guindos, para solicitar el rescate bancario no es “una mera formalidad” porque emite una señal equívoca, ininteligible –incluso si la descifran los ministros de Economía de la Eurozona–, profundamente inconsistente; es un gesto incompatible con el pulso de los mercados, que con gran facilidad proyectan sobre la deuda pública la insolvencia de la banca española que debe sanearse con fondos europeos porque el Estado no pueden hacerlo por sus propios medios. Es inútil que insistan los agitprop del Gobierno: el desbocamiento de la prima de riesgo española se debe al dosier griego solo en una pequeña medida; la parte del león del problema obedece a causas autóctonas. No reconocerlo es incompatible con la lógica más elemental, tal como se puede certificar sobre el terreno.

Es igualmente comprobable de forma empírica que la insistencia en tomar la ruta diseñada por Alemania para salir del atolladero sin entrar en mayores discusiones resulta fructífera para Alemania y asfixiante para los demás. “Lo que comienza a inquietarme –ha escrito en Cinco Días José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España–, partiendo del paso a paso que recomendaba la cancillera alemana hace unos días para completar la Unión Europea, es que estos pasos a tomar son cada vez mayores cuando su efecto tranquilizador dura cada vez menos. En definitiva, el mercado (los inversores… los agentes económicos) ya no tienen tabús a la hora de valorar el escenario futuro del euro. Todo es cuestionable y objeto de debate, lo que no ayuda a recuperar la calma”. En realidad, no todo alimenta dudas: según han recogido Der Spiegel y Financial Times Deutschland, el Kiel Institute for the World Economy calcula que Alemania habrá ahorrado alrededor de 19.000 millones de euros en el 2011 y el 2012 como resultado de los bajos intereses de los títulos de deuda y, gracias a este ahorro, tendrá un presupuesto equilibrado el próximo año. ¿Sería posible el mismo resultado si Berlín aflojara las clavijas a los otros, todos ellos clientes, por cierto, de la industria alemana?