Realismo de EEUU en Oriente Próximo

Un realismo sin fisuras se impone en la actuación de Estados Unidos en Oriente Próximo, con el desastroso precedente de la presidencia de George W. Bush (2001-2009) para desvanecer la más mínima tentación de agarrar de nuevo el palo y renunciar a la zanahoria. El establishment de Washington y el mundo académico que nutre los think tank han llevado al ánimo de la Administración del presidente Barack Obama y al grueso de los legisladores el riesgo que se oculta detrás de toda intervención armada: repetir los mismo errores cometidos en Afganistán e Irak sin asegurar, por lo demás, ninguna ventaja estratégica sobre el terreno.

Seth G. Jones, profesor de la Universidad John Hopkins e investigador de la Rand Corporation, ha expresado en un artículo colgado en la web de la revista Foreign Affairs, los anhelos que deben guiar a Estados Unidos y sus aliados en relación con los acontecimientos que se desarrollan en Egipto desde el 3 de julio. “Deben pensar en primer lugar en proteger sus intereses estratégicos vitales en Egipto y en la región”, escribe Jones, prototipo del analista armado con dosis inagotables de realismo, dispuesto a reprochar a los diplomáticos occidentales el entusiasmo conque acogieron la caída de Hosni Mubarak y la frustración que les ha invadido a causa del golpe de Estado que ha depuesto al presidente Mohamed Mursi. Resulta imposible imaginar alguien con menos apego al paradigma idealista y más inclinado a la realpolitik de todos los días.

¿Cuáles son los objetivos irrenunciables de Occidente en Egipto y, por extensión, en Oriente Próximo? El profesor Jones enuncia tres:

1º Ayudar a prevenir una guerra civil. Para evitarla, propone inducir al Gobierno egipcio a que facilite la participación en las próximas elecciones a los Hermanos Musulmanes y a otras organizaciones islamistas a fin de conjurar el riesgo de una situación a la argelina (la guerra civil de los años 90 que siguió a la intervención del Ejército para evitar que el Frente Islámico de Salvación llegara al poder a través de las urnas).

2º Trabajar con Egipto para que mantenga el compromiso de combatir el terrorismo fundamentalista, alimentado por Hamás y Ansar Bait al Maqdis en la península del Sinaí, a las puertas de la franja de Gaza.

3º Animar la adopción por Egipto de reformas liberales, apoyar a la sociedad civil y proveer de asistencia técnica para que se revise la Constitución.

Este último punto pudiera llevar a la conclusión de que la democratización del Estado preocupa a los realistas en igual o parecida medida que la recuperación económica, el restablecimiento del principio de legalidad y otros requisitos esenciales para que el nuevo Egipto eche a andar. Habida cuenta de que, de acuerdo con la encuesta elaborada por el Pew Center en mayo de este año, las ansias de democracia en la sociedad egipcia marchan por detrás del deseo de disponer de una economía fuerte, un sistema judicial sólido y un funcionamiento institucional que garantice ley y orden, los analistas del perfil de Jones poco menos que se desentienden del compromiso democratizador de las nuevas autoridades y de llevar la prédica democrática a las calles de El Cairo: “La democracia es virtualmente imposible imponerla desde fuera”.

¿Por qué lo dicho para Egipto vale para otros puntos de la región? En primer lugar, porque Egipto tiene un poder de irradiación sin comparación en el resto del mundo árabe; puede decirse que Egipto dispone de la masa crítica suficiente para desencadenar el efecto dominó, para bien y para mal. En segundo lugar, porque las grandes crisis de Oriente Próximo se abordan en público en Estados Unidos en términos de pérdidas y ganancias, y cada vez menos en términos mesiánicos, como si formara parte del rango internacional de Estados Unidos llevar la buena nueva de la democracia liberal a cualquier parte, por las buenas o a cañonazos. Puesto que “la democracia es virtualmente imposible imponerla desde fuera”, es mejor plegarse a la realidad: “Washington debe conducir su política con el mundo árabe que tiene, no con el mundo árabe que desearía tener”.

Cabe detectar cierto fatalismo social en esa cosmovisión, pero resulta menos arriesgada que la utopía neocon –de un sectarismo ideológico agresivo y costosísima en vidas, material y dinero– y, desde luego, más útil para complementar el multilateralismo enunciado por Obama a continuación del fracaso del mundo unipolar soñado por Bush, que debía ser administrado por la hiperpotencia sin rival. Así se entiende mejor la resistencia de los estrategas de los departamentos de Estado y Defensa a enfangarse en la guerra de Siria, el alejamiento de Irak –julio está siendo el mes más sangriento en lo que llevamos de años–, la nueva coreografía negociadora en el conflicto palestino-israelí, sin más esperanzas de éxito que en ocasiones precedentes, e incluso la disposición a buscar la cara amable del nuevo presidente de Irán, el clérigo Hasán Rohani –léase a Ramin Jahanbegloo en El País–, que pasa por moderado aunque forma parte de la teocracia de los ayatolás. Así se entiende mejor que, antes de tomar cualquier decisión, se formulé siempre la misma pregunta: ¿qué vamos a sacar en limpio?

El general Marty Dempsey, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor de Estados Unidos, ha remitido un memorando a Carl Levin, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, en el que analiza el coste de una eventual intervención en Siria: 1.000 millones de dólares al mes durante el primer año para atacar objetivos de alto valor, lo que requeriría “utilizar cientos de aviones, barcos y submarinos, además del establecimiento de una zona de excusión aérea”, según los párrafos reproducidos por Gordon Lubold en Foreign Policy. Pero lo más significativo del memorando de Dempsey, un militar experimentado y en absoluto alarmista, viene a continuación: “En los diez últimos años hemos aprendido que no es suficiente un simple cambio en el equilibrio del poder militar sin considerar de forma cuidadosa qué es necesario para preservar el funcionamiento del Estado”.

La referencia implícita a la posguerra de Irak no escapa a nadie. Los riesgos que se pueden correr en Siria son de naturaleza similar: desmantelar el Estado, dar alas al islamismo en armas y desalojar a un dictador que se ha ensañado con su pueblo para, acto seguido, tener que hacer frente a la presión de los fundamentalistas adscritos a la guerra de guerrillas. Y esa es una hipótesis que excluye otra tanto o más perturbadora, aquella que admite la posibilidad de que el rearme y la ayuda directa a la resistencia provoque una dinámica de rearme permanente de las partes –Occidente, con la oposición; Rusia, Irán y alguna otra potencia, con Bashar el Asad–, el enquistamiento de la guerra civil y la contaminación de la crisis al entorno (Líbano) con mayor virulencia que hasta la fecha.

La consecuencia de todo ello es lo que la analista de la Chatham House Claire Spencer llama en la revista británica Prospect “el dilema diplomático”. Pudiera hablarse incluso del bloqueo diplomático que lleva a dejar sin efecto, y sin alternativa posible, el propósito reiteradamente expresado por Estados Unidos y sus aliados de apoyar a la oposición armada siria. Spencer cree que si se orientaran “las prioridades hacia los costes humanos a largo plazo en la lucha de Siria”, la diplomacia podría superar las contradicciones que la atenazan. Pero siempre está ahí la pregunta: qué ganamos con chapotear en el barrizal. Y ese realismo descarnado impide entrar en otras consideraciones morales que son, por cierto, las que movilizan a la opinión pública que contempla la degollina en el televisor de la sala de estar.

Pareciera que después de las experiencias afgana e iraquí, cuajadas de muertos, decepciones políticas y ruina económica, la democracia agresiva ha dado paso a la democracia traumatizada. Si el largo recorrido desde la guerra contra el terror global que siguió al 11-S debe terminar en la búsqueda del talibán moderado, con quien el secretario de Estado, John F. Kerry, cree que es posible llegar a un pacto político para poner a salvo la república de Hamid Karzai, y el nuevo Irak no es mucho más que el Estado de los atentados, qué sentido tiene aterrizar en Siria, se preguntan en Washington. Si el sueño democrático egipcio acabó en un golpe de Estado aplaudido por la multitud de la plaza de Tahrir, a qué viene preocuparse por la democratización del país, meditan en los aledaños del Despacho Oval. Los realistas tienen clarísimas las respuestas. Y la suficiencia energética de Estados Unidos hacia el 2020 refuerza las certidumbres.

Efervescencia fundamentalista

“El fundamentalismo es una fe defensiva; se anticipa a la aniquilación inminente”.

Karen Armstrong

La decisión del Tribunal Supremo de El Salvador de prohibir que aborte una mujer de 22 años identificada como Beatriz, a pesar del dictamen de los médicos, partidarios de la intervención, pone de manifiesto una vez más el auge de los fundamentalismos religiosos. Frente al libre albedrío y la libertad consciente del individuo gana terreno el sometimiento de las conciencias, y frente a la gestión de los conflictos en términos estrictamente políticos, a partir de ideologías terrenales, aparece en ellos la intromisión de los hermeneutas o de los emisarios del más allá. Hasta que el Gobierno salvadoreño ha intervenido, Beatriz se ha encontrado atrapada en la red tejida por cuantos “han convertido el mythos de su religión en un logos al insistir en que sus dogmas son científicamente válidos o al transformar su compleja mitología en una ideología modernizada”, en palabras de Karen Armstrong.

Para los magistrados salvadoreños que decidieron que Beatriz debía seguir adelante con el embarazo a pesar de que su vida corre peligro y el feto es anencefálico –le falta parte del cerebro; no vivirá–, la Constitución en la que apoyaron su dictamen no es más que una coartada legal para imponer un criterio moral jaleado por la Conferencia Episcopal y los grupos antiabortistas. Todas esas instancias y organizaciones son perfectamente legales y respetables, pero su comportamiento se adentra en el sendero del totalitarismo ideológico al pretender que todo el mundo se rija por sus ideas, presentadas estas como superiores a las de cuantos disienten de ellas. Es esta una característica muy propia de los fundamentalistas, como es fácil observar del conflicto sirio a la dificultad de dar en China con donantes de órganos.

Hay otros fundamentalismos además del religioso –el ecologista, el estatista, el laicista y muchos más–, pero, en general, carecen de la rigidez formal y material de aquellos que se remiten al mensaje religioso como referencia ineludible. Hay otras herramientas ideológicas que tienden a ocupar la totalidad del espacio social que las contienen, pero ninguna tiene la capacidad de movilización del fundamentalismo religioso, ajeno al dictamen de la razón, aunque teólogos tan destacados de nuestros días como el Papa emérito Benedicto XVI presentan la fe como fruto de la razón. Hay otras actitudes, surgidas del compromiso religioso, que son diametralmente diferentes de las de los fundamentalistas, pero estos las mantienen bajo sospecha cuando no las combaten, como si se tratara de herejías encubiertas.

Manifestación en París

Manifestación en París contra los matrimonios homosexuales, el 26 de mayo.

Los episodios vividos en una calle de Londres y en otra de París con pocos días de diferencia son tributarios de ese fundamentalismo que no tiene otra justificación moral que el criterio poco menos que esotérico que aplica a sus actos. Los dos jóvenes que segaron la vida de un soldado en Londres y el que hirió a otro en París actuaron a partir de la convicción estrictamente mitológica de que con sus actos defienden al islam –sometimiento a Dios– y responden adecuadamente a los atropellos cometidos por Occidente en Afganistán e Irak, en primera instancia, pero que seguramente deben remontarse a las Cruzadas para justificar sus acciones. Es casi imposible imaginar a los dos soldados objeto de sus ataques como algo más que militares profesionales, pero cuando se salta del análisis socio-político a la ensoñación teosófica y al valor simbólico de las víctimas, todo adquiere la apariencia deforme que alimenta la simplificación inherente a cualquier forma de fundamentalismo, y así se impone la mentalidad del sectario y se esfuma la del creyente.

¿Qué decir de las multitudes que desfilan por la calles de Francia para oponerse a los matrimonios entre personas del mismo sexo? ¿Qué decir de las iglesias protestantes más retardatarias de Estados Unidos, que siguen dudando de Barack ObamaHussein, su segundo nombre, es motivo de gran sospecha– en términos más propios de la visceralidad política que del debate democrático? ¿Qué decir de los fundamentalistas mosaicos cuyo mayor argumento de autoridad para instalarse en Cisjordania es la Escritura? ¿Qué pensar de todos ellos y otros muchos que perturban la articulación de sociedades extremadamente complejas, cruzadas por intereses contrapuestos y una gran variedad de puntos de vista? ¿Qué decir de la reaparición en España del debate sobre el aborto, ausente de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos y que Alberto Ruiz-Gallardón vuelve a poner sobre la mesa al hilo de las presiones de la Conferencia Episcopal? ¿Qué decir de esa obsesión poco menos que enfermiza por regular el uso del cuerpo en detrimento de la autonomía del individuo?

Incluso en un conflicto tan endiabladamente trágico como el sirio, los ecos del fundamentalismo religioso suní y chií ocupan cada día una porción mayor en la gestión del problema. Se dice con razón que hasta Siria llega la pugna histórica entre las dos ramas de la fe musulmana, que la oposición en armas acoge la respuesta suní al chiísmo en armas, que se refugia en la protección del Gobierno y de Hizbulá. Se dice que las minorías religiosas no musulmanas confían en la continuidad del régimen, temerosas de que un eventual triunfo de la oposición lo sea también del fundamentalismo suní vinculado a la herencia ideológica de Al Qaeda. Se dice, en fin, que el compromiso timorato de Occidente con la oposición al presidente Bashar el Asad obedece al temor que la ayuda dirigida a combatirle acabe en manos de islamistas radicales fuera de control. Y en este discurso al que podrían añadirse otros muchos enunciados, la religión como coartada de la matanza asoma por todas partes, aunque los sentimientos religiosos tienen poco que ver con las causas iniciales de la guerra y el recuento diario de cadáveres en ambos bandos.

Hasán Nasrala

Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que invoca, entre otros, motivos religiosos para intervenir en Siria al lado de los soldados del presidente Bashar el Asad.

Si en sociedades secularizadas, que consagran la neutralidad de las instituciones del Estado, resulta poco menos que obscena la orientación confesional de algunas políticas, el recurso a la religión en el campo de batalla lo es aún más. Como explica el especialista Brian Whitaker en la web al.bab.com, Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, incluye el combate contra los takfiris, supuestamente emboscados en las filas de la oposición, en la lista de razones para participar en la guerra al lado de los soldados de Asad. Pero ¿qué es un takfir? Un musulmán declarado no creyente por otro musulmán, un concepto que se remonta al califa Abú Bakr, allá por el siglo VII. Es decir que entre las justificaciones de Nasrala pesa tanto el impulso religioso, derivado de la nebulosa de la tradición de los primeros años del islam, como el temor a que Israel invada Líbano después de domeñar a Siria, directamente o través de las potencias occidentales.

Lo menos que puede decirse es que se asiste a una transformación del mensaje religioso: deja de ser una guía moral, aunque formalmente conserva esta condición, para convertirse en una imposición de alcance general. La religión deja de ser “fuente de libertad”, en expresión utilizada por Raimon Ribera en el ensayo El diàleg interreligiós, para transformarse en algo que aliena y oprime, según el mismo autor. Para los no creyentes, el efecto va más allá: se percibe como una forma de totalitarismo moral que violenta sus convicciones más íntimas. Porque el fundamentalismo religioso da la batalla contra cuanto atenta a sus principios, aunque se trate de asuntos sin el menor atisbo de obligatoriedad: el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual son opciones personales; lo único que hacen las leyes es regularlas para cuantos recurren a ellas. En realidad, los fundamentalistas se sienten moralmente superiores, éticamente obligados e históricamente justificados frente a una sociedad acomodaticia por permisiva.

Henry Louis Mencken

El escritor estadounidense Henry Louis Mencken (1880-1956), que se opuso al papel desempeñado en su país por el fundamentalismo cristiano.

Pero, al mismo tiempo, en el fundamentalismo en boga, que a menudo adopta tics puritanos, es fácil detectar una manipulación política de los sentimientos o de la ideología espontánea dominante en cada sociedad. El escritor Henry Louis Mencken definió el puritanismo como “el atormentante miedo de que alguien, en algún lugar, es feliz”, y acaso la manipulación no sea otra cosa que sembrar el desasosiego entre quienes no lo padecían, y se sentían razonablemente capaces de actuar según sus propias convicciones, para llevar a su ánimo la idea de que hay en marcha una operación para socavar el mundo en el que se reconocen. Esa operación de ingeniería social, de naturaleza defensiva frente al temor a una “aniquilación inminente”, es más viable en sociedades en crisis como las de hoy que en aquellas otras, adscritas a la esperanza, que sobrevivieron a la segunda guerra mundial. Quizá sea esa la razón última del éxito in crescendo de predicadores vociferantes que anuncian el apocalipsis si no nos salimos de la senda secular, que se remonta a las Luces.

Incertidumbres árabes a las puertas de Israel

Después de bombardear la instalación militar siria de Jamraya y de obtener la consabida comprensión de Estados Unidos, el Gobierno de Israel ha tomado la iniciativa antes de recibir a finales de mes a John Kerry, secretario de Estado. Este se propone respetar la simetría formal al entrevistarse con el primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu, y cruzar el muro de Cisjordania para hacer lo propio con el presidente palestino, Mahmud Abás. En la práctica, tal simetría no existe, pero es preciso simularla porque la guerra de Siria y la fractura política en Egipto configuran la periferia de Israel como un ecosistema propenso a la inestabilidad, condicionado por las incertidumbres árabes y por la aparición más o menos imprevista de nuevos actores como China.

La política israelí de hechos consumados incomoda a Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, la Casa Blanca se acerca inexorablemente al momento en el cual un presidente cree llegado el día de pasar a la historia por algún hecho notable antes de que su condición de pato cojo –los dos últimos años del segundo mandato– proyecte una imagen de debilidad. El precedente de las negociaciones de Camp David del verano del 2000 –Ehud Barak y Yasir Arafat–, que promovió Bill Clinton y acabaron sin resultado, son el ejemplo más socorrido de las urgencias de un presidente que persigue la gloria histórica urgido por la inexorable marcha del tiempo. Pero hay otro factor que opera a favor de los renovados esfuerzos de Estados Unidos en Oriente Próximo: su deseo de modular su compromiso en la región con la poco menos que total independencia energética que garantizan los últimos yacimientos descubiertos en territorio norteamericano.

Los riesgos que debe medir Barack Obama no son menores. El programa de asentamientos seguido por el Gobierno israelí en Cisjordania amenaza con hacer definitivamente inviable la solución de los dos estados en no más de dos años (Miguel Ángel Moratinos), una situación que invalidaría el posibilismo de la Autoridad Palestina. La guerra en Siria tiene un poder de contaminación que llega hasta la frontera de Israel mediante los milicianos de Hizbulá, asentados en el sur de Líbano. La crisis política y económica en Egipto desgasta el islamismo político y da alas al salafismo, alentado desde los púlpitos de las mezquitas y que atrae a las bases del Partido de la Libertad y la Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes. De todas las rutas trazadas en ese laberinto, la única que Estados Unidos conoce como la palma de la mano es la que lleva a Jerusalén; para las otras carece de una guía de viaje fiable.

El diplomático canadiense Michel Duval, exembajador de su país en la ONU y en el Líbano, sostiene que no es posible encontrar una solución factible al caso sirio fuera del Consejo de Seguridad. Duval habla con conocimiento de causa cuando señala que Rusia y China se oponen a una intervención en Siria autorizada por las Naciones Unidas porque tienen muy presente lo sucedido en Libia, donde la OTAN “fue increíblemente más allá del mandato de la ONU”. Eso debilita a Lajdar Brahimi, el enviado especial despachado al conflicto por la comunidad internacional, porque “lleva dos sombreros incompatibles”, en palabras de Duval a La Presse, el gran periódico centrista de Montreal: el de la ONU, que aspira a la imparcialidad, y el de la Liga Árabe, que ha tomado partido por la oposición siria en armas. Habría que añadir que en la memoria colectiva de la Administración de Obama están muy vivas las desastrosas intervenciones en Afganistán e Irak, que desgastaron la imagen internacional de Estados Unidos y alimentaron las corrientes antioccidentales más radicales en el mundo árabe, incluido el frente yihadista.

Por si esas razones no fueran suficientes, hay una de orden práctico que respetan todas las cancillerías: carece de sentido político intervenir en Siria a cambio de nada. El apoyo que otorgan Rusia y China a Bashar el Asad es a cambio de algo –influencia en la región–; el de Irán está íntimamente relacionado con la praxis del chiismo en tierra hostil y en su pulso con el islam suní del Golfo, más el programa nuclear de la república islámica. La eventual implicación de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido se produciría a cambio de muy poco y sería bastante mal recibida por la calle árabe, que vería la mano de Israel, seguramente con razón, en el compromiso de las potencias occidentales. Las mismas que encabezaron la intervención en Libia después de haber rehabilitado a Muamar Gadafi durante la primera década del siglo. Las mismas que, a falta de otros motivos, esgrimen el temor de que quienes con más atributos mueven los hilos de la oposición son los yihadistas curtidos en mil batallas, que se han adueñado de la dirección de las operaciones y son hoy tan sospechosos de recurrir a las armas químicas (Carla Del Ponte) como el Ejército de Asad.

En Egipto, los presagios no son mucho mejores. El Gobierno mantiene unas interminables negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para obtener un préstamo de 4.800 millones de dólares que le permita tapar agujeros, pero el martes hubo una remodelación de Gobierno que incluyó, entre otros, el nombramiento de un nuevo ministro de Economía, Fayad Abdel Moneim, un perfecto desconocido especialista en finanzas islámicas. Mientras tanto, la inflación interanual supera el 8%, la libra egipcia se ha depreciado con respecto al dólar el 15% desde primeros de año y el Gobierno ha decidido recortar los subsidios a la energía, que representan un quinto del presupuesto. Se supone que esta y otras medidas futuras, como subir los impuestos sobre las ventas, persiguen el equilibrio fiscal y anticiparse al programa de austeridad que impondrá el FMI, pero los funcionarios de la organización se declaran desconcertados con los cambios de responsables políticos. “Cada vez que conocemos el comportamiento de un ministro, este desaparece”, le manifestaron representantes del FMI a Samir Raduan, primer ministro de Economía después de la caída de Hosni Mubarak, según recoge la edición digital en inglés del diario cairota Al Ahram.

En el baile de nombres desencadenado por el presidente de Egipto, Mohamed Mursi, ven algunos la presión del ala menos política de los Hermanos Musulmanes, cuya influencia habría crecido a partir de la crisis de diciembre y el endurecimiento de la oposición. Es posible que se haya producido esa deriva de la Hermandad hacia el radicalismo, pero un especialista como Abdalá Schleifer, profesor emérito de la Universidad Americana de El Cairo, pone en duda que se haya producido una hermanización de Egipto, el diario Daily News Egypt destaca que solo un tercio de los ministros procede de la Hermandad y el profesor Shadi Hamid, director de investigación del Brookings Doha Center, concluye con una afirmación contundente un largo artículo en el último número de la revista Foreign Policy: “Las auténticas batallas ideológicas realmente aún no han empezado”.

Esas batallas venideras interesan directamente a los gobernantes israelís, que hasta la fecha han sorteado la inestabilidad egipcia mediante el acuerdo directo entre generales a un lado y otro de la frontera del Sinaí. Se trata de una solución inconcebible fuera de la militarización de los espíritus en Israel y de los privilegios hors catégorie de los que disfrutan los uniformados en Egipto, pero es una alternativa útil, razonablemente estable y de naturaleza técnica hasta donde cabe aplicar este adjetivo al cometido de militares profesionales, teóricamente sujetos a la política de seguridad diseñada por cada Gobierno. Al mismo tiempo, es una fórmula que puede quebrarse en la medida en que el enconamiento político en Egipto lleve a la mesa del Consejo de Ministros el disgusto de la calle árabe por la gestión del problema palestino, algo que por lo demás se percibe en la base de los Hermanos Musulmanes y en las redes sociales, caja de resonancia de una opinión pública disconforme.

Hasta que se consume el acuerdo con el FMI, la pugna entre las dos grandes ramas del islamismo político conocerá un crescendo lleno de riesgos. Tal como explica Hamid en su artículo, la Hermandad mantiene viva la discusión en cuanto a la prevalencia de la sharia como fuente de derecho, a diferencia del rumbo seguido por el partido Ennahda, que gobierna en Túnez, a pesar de su ideología asimismo islamista. Y está lejos de haber cerrado la discusión referida a cuál es el límite aceptable de las condiciones que impondrá el FMI, un factor de división que también se da en las filas de una oposición aglutinada en torno a la defensa de un Estado laico y bastante menos homogénea en cuanto atañe a la economía, el agravio palestino y las relaciones con los vecinos, así se trate de Israel o de las petromonarquías.

Todo esto importa a Israel y afecta a su estabilidad emocional, dañada todos los días por episodios simbólicos, pero de gran repercusión, como la decisión del físico Stephen Hawking de sumarse al boicot académico y no acudir a una conferencia en Jerusalén para protestar contra la política que el Gobierno de Netanyahu sigue con los palestinos. La efervescencia a las puertas de Israel, bastante fuera del control de sus aliados más sólidos, transita entre la institucionalización de la primavera egipcia y la escalada bélica siria, alienta a agitadores armados como Hasán Nasrala, líder de Hizbulá, que se declara dispuesto a ayudar a Siria para que reconquiste el Golán, y lleva a las opiniones públicas árabe e israelí a radicalizarse. Y en esta atmósfera enrarecida desde siempre por pasiones desbordadas, los partidarios de mantener los equilibrios tienen un margen de maniobra más estrecho a cada día que pasa, como si la única elección posible fuese entre lo malo y lo peor.

Siria, bajo el influjo de ‘El padrino’

Sesenta mil muertos después de la primera escaramuza, la guerra de Siria adquiere las dimensiones de una sangría imparable a causa de las incógnitas políticas que plantea, la indecisión de la comunidad internacional y el temor de Occidente a entregar una pieza fundamental de Oriente Próximo al comportamiento imprevisible del islamismo radical. En un ambiente enrarecido en el mundo árabe por la sensación de crisis que transmiten los principales escenarios de las primaveras árabes –Egipto y Túnez–, el enésimo riesgo de fractura social y el propósito de las petromonarquías –la saudí en primer lugar– de poner el futuro al servicio de sus intereses, el presidente Bashar el Asad se comporta como un reformista incomprendido que lucha en solitario contra la barbarie yihadista. Desde fuera, la república hereditaria de los Asad da toda la impresión de ser una cleptocracia o Estado-negocio, pero los agentes de propaganda sirios pueden seguir con la cantinela de la conspiración internacional y la brega islamista, en parte cierta, porque la presión exterior es ineficaz por insuficiente: el negociador nombrado por la ONU, el argelino Lakhdar Brahimi, se encuentra tan sin fuerzas como su antecesor, Kofi Annan; Rusia sigue a la espera de asegurar algo a cambio de abandonar a Asad; Occidente apoya a la oposición, pero recela de ella, y no quiere repetir la experiencia de intervenir en un país árabe, esta vez a las puertas de Israel.

Idlib

Manifestación de niños contra Bashar el Asad en la ciudad de Idlib.

La idea poco menos que unánime de que el único futuro que aguarda a Asad es el desmoronamiento del régimen que encabeza no es incompatible con otra muy compartida: que la oposición por sí sola es incapaz de acabar con el autócrata y este, por su parte, cuenta aún con una capacidad de resistencia material y emocional considerable. En un brillante comentario de Brian Whitaker al libro The new lion of Damascus, del profesor David Lesch, de la Trinity University de Texas, se recuerda que el autor presenta el perfil psicológico de Asad como el de alguien que aceptó suceder a su padre con la voluntad de reformar al régimen, pero, de la misma manera que los propósitos de Michael Corleone de respetar la ley –primera entrega de El padrino– quedan en nada, arrastrado por la atmósfera y las servidumbres de la mafia de Estados Unidos, el oftalmólogo llegado de Londres que quisó cambiar el sistema autoritario se encontró conque “el sistema autoritario le cambió a él”. Giro trágico en la existencia de Asad que en ningún caso justifica la represión desencadenada, el terror sembrado por los shabiha –escuadrones de la muerte al servicio del régimen– y el acoso indiscriminado a una población a merced de la guerra.

Según el profesor Lesch, Asad se ve a sí mismo como un innovador desautorizado, en particular después de completar la retirada de los soldados sirios de Líbano (2005) –una operación posterior al asesinato en Beirut de Rashid Hariri– y de introducir cambios legales en el régimen –regulación de las manifestaciones, ley de partidos, nueva Constitución, sometida a referendo mientras estallaban las bombas–, todo lo cual presenta como fruto de un plan preconcebido y no como un mecanismo de respuesta forzado por las circunstancias. Puesto que el autor de The new lion… se ha entrevistado con frecuencia con el presidente sirio y el libro rebosa información, no hay que poner en duda el retrato psicológico que, en todo caso, transmite la idea de alguien que se ha despegado de la realidad circundante y ha construido su propia realidad a medida, un dato este que no hace más que complicar la posibilidad de una salida negociada, de por sí poco menos que descartable.

Brahimi Asad

Reunión de Lakhdar Brahimi con Bashar el Asad, el 24 de diciembre del 2012 en Damasco.

El politólogo Ed Husain, entrevistado por el think tank estadounidense Council on Foreign Relations después de la conferencia sobre seguridad celebrada en Múnich esta semana, cree posible que finalmente Asad acepté negociar con emisarios rusos e iranís, pero pone en duda que la gestión dé algún fruto. Con quien da por descontado que no aceptará negociar directamente es con la oposición siria, encabezada por Moaz al Jatib, legitimada por los grandes actores de la política internacional, pero presentada por el régimen de Damasco como la mano que mece la cuna de la conspiración a la que se enfrenta. Puede que incluso Asad se avenga a que el dúo ruso-iraní traslade las propuestas surgidas de la oposición, pero eso solo se producirá a la larga y si el desgaste material del régimen es mucho mayor que el presente. Más improbable es que acepte entrar en el análisis del plan de paz que el enviado de la ONU lleva en la cartera: “No pienso que Brahimi o sus ayudantes tengan mucha credibilidad a ojos del Gobierno sirio –sostiene Husain–, especialmente cuando los compara con sus aliados favoritos, los rusos y los iranís”.

Una serie de factores intrínsecos a la crisis siria facilitan las cosas a Asad. El principal es la deriva imparable hacia la guerra sectaria, con el aditamento de los militantes de Al Qaeda o barrios próximos en las filas de la oposición en armas, aunque no reconoce ningún vínculo con la partida yihadista la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Oposición y la Revolución Siria, el pomposo nombre de la instancia unitaria que dirige Jatib, un suní que fue imán de la mezquita de los Omeyas en Damasco. Pero no hay duda de la presencia de combatientes fundamentalistas islámicos, de que su propósito es implantar la sharia y de que Occidente teme que la suerte de las armas pueda otorgarles algún día el poder a las puertas de los altos del Golán. Y aún hay menos dudas en cuanto a la voluntad de Asad, un chií alauí, de cortar el paso a la mayoría suní, un empeño en el que se enroca porque el perfil de Jatib, que trabajó como geólogo en compañías petroleras occidentales, le induce a considerarle un agente emboscado de los intereses occidentales.

Moaz al Jatib

Moaz al Jatib, líder de la oposición siria reconocida por Occidente.

Incluso el riesgo de libanización, invocado constantemente, opera a favor de Asad porque, en un laberinto bélico de todos contra todos, con alianzas inestables y cambiantes, como sucedió en la guerra civil de Líbano (1975-1990), la mejor logística es la que está a disposición del régimen sirio salvo un cambio espectacular en el tipo de apoyo que Occidente dispensa a la oposición. Por eso Husain cree que el dictador puede mantenerse en la cima a corto plazo, pero cree también que su posición a la larga será insostenible porque no podrá retener el poder “con resistencia militar interna permanente, la desconfianza sectaria, la hostilidad regional y el aislamiento mundial”.  Lo que nadie es capaz de precisar es qué se entiende en este caso por corto y largo plazo, cuánto tiempo debe transcurrir hasta que Asad se sienta desguarnecido.

De momento, a tenor de los últimos acontecimientos en el mundo árabe y del tenor de la Conferencia Islámica, reunida en El Cairo, es imposible prever una presión concertada del mundo musulmán por tres razones encadenadas:

  1. Los problemas internos en Túnez, dividido en la calle y en las instituciones entre los defensores del legado laico de Habib Burguiba y los islamistas de Ennahda, empeñados en sumergir la nueva Constitución en la sharia y contrarios a la formación de un Gobierno de tecnócratas, como ha propuesto el primer ministro, Hamadi Yabali, después del asesinato del líder de izquierdas Chukri Belaid.
  2. El bloqueo de la situación en Egipto, con la oposición laica en la vía pública, la violencia política dueña de varias ciudades y el presidente Mohamed Mursi atascado entre el realismo político, que aconseja un pacto, y la presión de los Hermanos Musulmanes, tutelado todo por los generales.
  3. La división en el seno del mundo musulmán, donde la rivalidad histórica entre sunís y chiís empapa los debates, alimenta la desconfianza y radicaliza las posiciones en el campo de batalla, de donde nadie puede salir victorioso sin el concurso de la diplomacia.
Ahmadineyad Morsi

Mahmud Ahmadineyad, recibido por Mohamed Mursi, el miércoles en el aeropuerto de El Cairo.

La presencia en El Cairo del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, es un acontecimiento histórico; que dé resultados es harina de otro costal. Porque una cosa es autorizar el paso de buques de guerra iranís por el canal de Suez, algo asimismo histórico, y algo muy diferente que, llevado por un entusiasmo sin motivos, el Gobierno egipcio se enfangue en la guerra siria y quiera o más bien pueda mediatizar la asistencia iraní a Asad. Como ha publicado esta semana la versión inglesa del diario cairota Al Ahram, tan importante es la concertación de esfuerzos de Egipto, Turquía e Irán para llevar a Siria a la senda de la pacificación –una fórmula diplomática evanescente– como evitar que la guerra desparrame sus efectos por Oriente Próximo, del Mediterráneo a Mesopotamia, Israel incluido.

He ahí el mayor de todos los riesgos: que la capacidad de resistencia de Asad contamine al vecindario y lleve a Israel a multiplicar su actividad militar, como ha sucedido estos días al ordenar el Gobierno en funciones el ataque aéreo contra un convoy de camiones cargados de armas con destino probablemente a Hizbulá y el bombardeo de un arsenal biológico. “No hay garantías de que Israel no volverá a golpear”, ha publicado Al Ahram, y ningún aliado de Israel puede poner la mano en el fuego y estar seguro de que se impondrá la contención. Ni siquiera Estados Unidos está en condiciones de hacerlo en un clima enrarecido por las suspicacias de Binyamin Netanyahu y su entorno a raíz del nombramiento de Chuck Hagel para dirigir el Departamento de Defensa. La comparecencia de Hagel en el Congreso fue por lo menos desconcertante, no aclaró –puede que fuera su propósito– si es partidario de tolerar una acción preventiva contra las instalaciones nucleares iranís, y desde entonces prevalece la impresión de que, llegado el caso, Estados Unidos se plegará a la política de hechos consumados si Israel decide golpear.

Asad Lavrov

Comitiva de Bashar el Asad y Sergei Lavrov, en las calles de Damasco el 7 de febrero de 2012.

Mientras tanto, una sociedad devastada por sus propios gobernantes, condenada a sembrar de refugiados los países circundantes y sin más meta posible que sobrevivir, asiste atónita a la incapacidad de frenar el desastre. Porque en la madeja de la crisis siria, la tragedia humana rasga todos los días los noticiarios con el espanto de la muerte en cada esquina, pero también con la extraña imposibilidad de poner el punto final a la matanza, a pesar de que incluso un personaje tan próximo a la suerte de Asad como Sergei Lavrov, ministro ruso de Asuntos Exteriores, ha reconocido que la capacidad del presidente de seguir en su puesto es menor a cada día que pasa. La pregunta sin respuesta que quizá muchos sirios se hacen todos los días es esta: entonces ¿quién o quiénes manipulan esta guerra y por qué para prolongarla sine díe?

 

 

Siria, una guerra por poderes

El simulacro de tregua aceptado por el Gobierno sirio con ocasión de la fiesta musulmana del sacrificio (Aid el Kebir o Adha) al final de una extenuante tanda de negociaciones completada por el diplomático argelino Lajdar Brahimi, mediador nombrado por la ONU para que intente que se detenga la carnicería, fue de vida tan breve que nadie se molestó en respetarla. La lógica de la guerra se mantiene en todo su apogeo, la manipulación de la tragedia desde el exterior es más evidente a cada día que pasa y la extensión de la crisis siria a Líbano constituye un riesgo inmediato después del asesinato del general Wisam al Hasán, jefe de los servicios secretos del pequeño país y figura destacada de la comunidad suní. Y así, aunque el miércoles dijese en Barcelona el economista sirio Samir Aita, redactor jefe de la edición árabe de Le Monde Diplomatique, que la sociedad de su país es fuerte, avanza con inusitada rapidez la doble perspectiva de una libanización de la guerra y de una vuelta de Líbano a las luchas sectarias.

Un artículo publicado por Aita en el diario británico The Guardian el 22 de julio planteaba una serie de incógnitas que no permiten responder sí o no sin más matices. Se preguntaba entonces Aita, y sigue en ello: “La verdadera cuestión aquí es si Estados Unidos quiere una Siria estable y unida, incluso después de un largo periodo de transición. ¿Dispone de los medios para influir en el resultado a través de los poderes regionales emergentes de Catar, Arabia Saudí y Turquía? (…) La salida de Asad, ¿es suficiente para los emires de Catar y Arabia Saudí, así como para el gobernante Partido de la Justicia y el Desarrollo en Turquía? ¿O quieren más? En esencia, ¿podrían aceptar una Siria unida que solo es posible que se mantenga sobre la base de un Estado laico con igualdad de ciudadanía? ¿Aceptarían un Estado fuerte, democrático y libre, incluso después e una larga transición? Está por aclarar”.

Samir Aita

Samir Aita, integrante de la oposición laica siria y redactor jefe de la edición árabe de ‘Le Monde Diplomatique’.

Aunque las preguntas las formula un intelectual de la oposición laica siria instalado en París, que cree que la unidad de Siria y la paz civil solo se pueden preservar mediante la neutralidad del Estado, son pertinentes porque tanto en la guerra en curso como en el complejo rompecabezas libanés, se configuran bandos irreconciliables, fruto de alianzas históricas y oportunismos recientes. En la batalla siria, el bloque afecto al presidente lo constituyen, con más o menos nitidez, la minoría alauí –la de la familia del presidente Bashar el Asad–, que controla el Ejército –unos 200.000 combatientes, una vez descontados los desertores–, más las fuerzas paramilitares (shabiha) –otros 100.000 efectivos–, la minoría cristiana, más asustada que movilizada, y la minoría kurda, con parecido estado de ánimo; enfrente, la mayoría suní forma el núcleo de la oposición al régimen, aunque está lejos de ser un bloque compacto y ordenado. En Líbano, la muerte del general Hasán ha hecho asomar todos los demonios familiares del pasado: un Ejército débil e ineficaz, el estado dentro del Estado de Hizbulá y sus milicias, sostenido el andamiaje por Irán, la desconfianza suní, los recelos cristianos y la sensación muy extendida de que el país no es dueño de su destino, sino que se mantiene sujeto al humor de terceros.

A todo esto debe añadirse el diagnóstico de la situación efectuado por Vali Nasr, profesor de la Universidad John Hopkins y exasesor de la Casa Blanca, recogido en su blog por el politólogo francoiraní Milad Jokar: “Si Asad cae mañana, eso no detendrá a los combatientes y la comunidad internacional aún no ha asumido esta realidad”. Jokar añade de su propia cosecha: “No se trata de un movimiento democrático contra una dictadura, ni de una guerra civil que opone a dos bandos. Siria se ha convertido en el teatro de una guerra proxy (o guerra por poderes) que se extiende a sus vecinos, y concentrarse solo en la salida de Bashar el Asad es una estrategia condenada al fracaso, porque no arreglará el conflicto”. El primero en referirse a una “guerra por poderes” fue el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, el 3 de agosto, y entonces a muchos les pareció un diagnóstico excesivo.

Bandar bin Sultán

El príncipe Badar bin Sultán, embajador de Arabia Saudí en Estados Unidos entre 1983 y 2005 y jefe del espionaje saudí desde el pasado verano.

Por aquellas fechas, David Ignatius escribió en el diario liberal estadounidense The Washington Post, después de que el Gobierno saudí nombrara jefe del espionaje al príncipe Bandar bin Sultán, embajador en Estados Unidos de 1983 a 2005: “La instalación de un nuevo jefe de inteligencia muestra cómo Arabia Saudí intensifica su apoyo a los insurgentes en Siria que persiguen derrocar el régimen del presidente Bashar el Asad. En este esfuerzo encubierto, los saudís trabajan con Estados Unidos, Francia, Turquía, Jordania y otras naciones que desean echar a Asad”. Samir Aita amplía las referencias: en el esfuerzo encubierto debe contarse también a Catar y la cadena de televisión Al Jazira, indispensable para difundir el nombre del Consejo Nacional Sirio (CNS) como núcleo político a partir del cual debe forjarse la unidad de la oposición, aunque, en la práctica, el Ejército Sirio Libre (ESL), los salafistas de Al Nosra –suburbio de Al Qaeda que no aceptó desde el principio la tregua negociada por Lajdar Brahimi– y otros contingentes irregulares están lejos de ceñirse a la estrategia del CNS y, con frecuencia, es este el que anda de forma apresurada detrás de la iniciativa de los combatientes.

¿Dónde quedan Irán, Rusia y China en este juego sin reglas escritas? El periodista Ibrahim Musaui, responsable en el seno de Hizbulá de las relaciones con los medios informativos, lo explica con total desinhibición en las páginas de la edición inglesa de Al Manar: “Los distintos actores regionales e internacionales que apoyan a los grupos armados se han estrellado en la roca iraní-ruso-china, ya que estos tres países se han comprometido a hacer todo lo posible para prevenir y resistir cualquier acción militar exterior. Ellos han dado muchos pasos más en la intermediación, el apoyo y la facilitación de las iniciativas políticas dirigidas a que la oposición y los representantes del Gobierno se sienten y alcancen soluciones de carácter nacional, y no dictadas o importadas de fuera”. Musaui advierte que si los arreglos políticos no dejan a salvo el régimen de Asad, seguirá el derramamiento de sangre, y hay que imaginar que habla con conocimiento de causa porque su grupo tiene desde siempre línea directa con Damasco, esto es, con Teherán.

En todo cuanto hace y dice Hizbulá, que controla al Gobierno de Líbano y tiene en un puño al presidente del país, Michel Suleiman, hay grandes dosis de desafío al entorno, incluso cuando se da una situación como el asesinato del general Hasán, seguido del amago de dimisión del primer ministro, Naguib Mikati, y con todos los dedos señalando al Gobierno sirio como inductor del atentado, si no es que fueron directamente agentes sirios quienes perpetraron la fechoría. Sucedió con el bombazo que costó la vida a Rachid Hariri, pasó con otras muertes menos notables, y se repite ahora. La impresión que queda es siempre la misma, algo así como sabemos que lo sabéis, pero no tenéis forma de probarlo. Ibrahim al Amín, editor del diario beirutí Al Akhbar, próximo al universo de Hizbulá, ha enunciado cuatro supuestos para descartar que fuese siria la mano que colocó la bomba que segó la vida de Hasán: que podía beneficiar a fuerzas libanesas con conexiones exteriores, que los autores procedieran del exterior y calcularan que las consecuencias no serían importantes, que los autores del atentado fuesen israelís –asegura Amín que servicios de información árabes habían informado a Hasán de que los israelís estaban molestos con él por cooperar con Hizbulá en el descubrimiento de redes de espionaje israelís en Líbano–, que fuese, en fin, el largo brazo de Al Qaeda el que causara la muerte por la disposición de Hasán de intercambiar información con Estados Unidos relativa a las actividades del grupo islamista en Líbano y Siria. Cuatro razones tan ingeniosas como cualesquiera otras cuatro pergeñadas por profesionales de la intoxicación informativa para apartar las miradas de Siria y dirigirlas hacia otros lugares.

Wisam al Hasán

Funeral del general Wisam al Hasán, jefe del servicio de inteligencia libanés y personalidad de la minoría suní, asesinado el día 19 en Beirut.

Entre quienes quedan atrapados entre dos fuegos, a un lado y otro de la frontera, se encuentran las minorías cristianas, especialmente débiles en Siria. La incertidumbre de la guerra y la experiencia relativamente confortable vivida bajo los Asad ha hecho posible la pasividad, estimulada por la jerarquía religiosa, que disfruta de una situación de privilegio al igual que la de otras confesiones. Aunque el politólogo de ascendencia siria Salam Kawakibi, profesor en París I, ha declarado a la periodista Aude Lorriaux que “los cristianos no han sido nunca pro-Asad”, Fabrice Balanche, profesor en la Universidad de Lyón, tiene una opinión bastante diferente: “Si los cristianos se unieran [a la oposición], sería una señal de que el régimen está verdaderamente perdido”. La ultima ratio de la posición de las comunidades cristianas es que temen que, como por lo demás es fácil presumir, el fundamentalismo islámico que forma en las filas de la oposición cercene la libertad de culto y les someta a presión. ¿Queda muy lejos la guerra confesional? Tanto como días faltan para que se hunda el régimen de Asad, cabe aventurar, salvo que se cumpla el deseo de Samir Aita y el Ejército, a pesar de todo, se mantenga unido, sea capaz de desermar a los shabiha y de incorporar a quienes ahora luchan en las filas del ESL. En caso contrario, el sectarismo, estimulado por los apoyos que vengan de fuera, puede adueñarse de una situación de por sí endiablada.

Los libaneses tienen una larga experiencia en mantener equilibrios inestables más allá de toda lógica, fruto de rivalidades sectarias inextinguibles, algo que Issa Goraieb, editorialista del diario de Beirut de expresión francesa L’Orient le Jour, llama “este cínico e incesante chantaje al que está sometido Líbano después de decenios”. Incluso ahora, con las relaciones intercomunitarias tensadas por la muerte de un general, los combates callejeros en Trípoli y el riesgo de que el país salte por los aires una vez más. “El árbol de la estabilidad no debe ocultar el bosque del crimen”, ha escrito Goraieb, pero lo cierto es que el Gobierno libanés respira la densa atmósfera de la extorsión, que no permite otorgar a la seguridad “el interés primordial que se merece”. Es este ambiente de complicidades encubiertas y silencios elocuentes el que impide desvelar la identidad de quienes pretenden meter a Líbano en el mismo saco de la crisis siria para romper el juego de contrapesos que garantiza la razonable normalidad institucional del país, desgarrado por una guerra civil que se prolongó 15 años (1975-1990).

Brian Whitaker resume en la web al-bab.com el camino que debe seguirse en el laberinto que lleva hasta la conexión siria: “La suposición es que Hasán había cruzado una línea roja fatal (por lo que se refiere a Damasco) con la persecución del exministro de Información libanés Michel Samaha –un aliado muy conocido del régimen de Asad–, quien ha sido acusado de planear ataques terroristas en Líbano y contra quien hay una sustancial prima facie probatoria. Sabiendo que el jefe de seguridad era el blanco, en lugar de la población libanesa en general, el ataque es un poco menos alarmante. Pero solo un poco. La impresión es que el ataque fue un ejemplo más de una larga historia de injerencias sirias, un intento deliberado de enredar a Líbano en el actual conflicto interno de Siria. Incluso si esta vez no se pretendió, aún se mantiene el riesgo de que se intente de nuevo”. Y, en este caso, de tener éxito la operación, la opinión más extendida es que la sociedad libanesa se desharía por las costuras.

Mapas de Oriente Medio

Fuente: Web Mapas de Oriente Medio.

Asad institucionaliza la guerra civil

Los penachos de humo que asoman por encima de los tejados de las ciudades sirias y el recuento incesante de muertos han sepultado bajo un manto de oprobio y repulsa internacional el calendario anunciado la semana pasada por el presidente Bashar el Asad: celebración de un referendo el día 26 de este mes para aprobar una nueva Constitución y elecciones legislativas para 90 días después. Más que adentrarse por la senda de la reforma, las matanzas diarias en todo el país, especialmente en el triángulo suní -con Homs y Hama en primer lugar-, llevan al régimen a institucionalizar la guerra civil como un mecanismo para perpetuarse o, por lo menos, prolongar la agonía. En verdad, nada es demasiado nuevo en la crisis siria, incluido que corra la sangre: en febrero de 1982, Hafez el Asad, padre del dictador ahora en el puente de mando, ordenó un ataque sin piedad contra la ciudad de Hama, donde celebraban una reunión los Hermanos Musulmanos, en el que murieron 20.000 personas.

 

Mural de víctimas

Mural de víctimas de los bombardeos de Hama entre el 2 y el 28 de febrero de 1982.

Las esperanzas de primera hora manifestadas por intelectuales árabes se han desvanecido. Difícilmente el escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, podría escribir hoy en los mismos términos que lo hizo hace un año en las páginas del libro L’étincelle (la chispa): “Desde que Barack Obama evocó el respeto de los derechos humanos ante su visitante chino en enero del 2011, ha dejado de ser fácil hacer que los negocios pasen por delante de los derechos del hombre”. Puede que haya dejado de ser fácil, pero entre el veto ruso-chino en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y los riesgos inherentes a una implicación sin cautelas -hablar de Siria es hablar del Líbano, de Hizbulá, de Irán, de los altos del Golán-, Estados Unidos y la Unión Europea han dejado de ser actores decisivos.

El profesor Mark Lynch, director del Institute of Middle East Studies y coautor de un informe elaborado para el think tank Center for a New American Security, sostiene en las páginas de Foreign Policy: “Fui un partidario decidido de la intervención en Libia. Pero desviar el debate acerca de Siria hacia las opciones militares ha sido contraproducente”. En resumen: Lynch forma parte de la larga lista de politólogos que estiman un despropósito repetir la experiencia de Libia por dos razones: los riesgos son mayores y la oposición a la dictadura está lejos de constituir un bloque histórico sólido.

La debilidad debida a la división es un asunto crucial, el resorte que probablemente da más margen de maniobra al presidente Asad. Al menos, deben tenerse en consideración tres organizaciones opositoras: el Comité Nacional Sirio, mayoritario; la Coordinadora Nacional Siria, que incluye algunos paniaguados del régimen alarmados por la derrota que toman los acontecimientos, y el Ejército Sirio Libre, heteróclita alianza de desertores del Ejército y de partidarios de la acción directa, pobremente armados, cuya adscripción ideológica resulta aventurada. A lo que hay que añadir el mosaico confesional -sunís (mayoritarios), chiís afectos a la secta alauí (la minoría a la que pertenece Asad), cristianos y drusos- y la comunidad kurda, con su propio memorial de agravios.

Todo lo cual lleva al economista libanés y analista de la primavera árabe, Nadim Shehadi, profesor de la Chatham House, a sostener lo que sigue: “Uno de los asuntos más complicados en matemáticas, economía, política, leyes electorales, etcétera… es el método de agrupación de una preferencia individual en el grupo preferente. De hecho, el asunto no está resuelto. La mejor prueba de que es así es la diversidad de sistemas electorales y leyes que intentan sumar el individuo al grupo. Esta es probablemente la cuestión de fondo en el debate sobre el sectarismo”.

Es justamente el temor a una guerra sectaria el gran freno que mantiene a las clases medias de Damasco encerradas en sus casas y lo que explica que, comparativamente, la tensión en la capital sea menor que en otros lugares. El arabista francés Gilles Kepel lo analiza así en Alternatives Internationales Hors-série: “Líbano e Irak han conocido guerras civiles sangrientas estos últimos decenios y una de las razones por las cuales la burguesía suní de Damasco no se ha inclinado del lado de los revolucionarios no es solo el temor a que la masa suní empiece a atacar a una burguesía aliada al régimen de Bashar el Asad, sino que la caída de este último se traduzca en una nueva guerra civil interconfesional”.

Tampoco puede desdeñarse el testimonio recogido en Al Qardaha, la aldea natal de Hafez el Asad, por la periodista Sara Daniel, del semanario progresista francés Le Nouvel Observateur. “Si Bashar no hubiese sido tan popular, hace tiempo que el régimen se habría hundido”, le dijo a Daniel un habitante de Al Qardaha. Desde luego, no es un factor nada desdeñable tener en cuenta la popularidad de que gozó el presidente durante sus primeros años de mandato. Al suceder a su padre en el 2000, hubo quien atisbó señales de cambio que permitían esperar una larga transición desde la república hereditaria recibida por Asad a otra presidencialista y pluripartidista con limitaciones, tutelada por el Ejército y la omnipresencia de los funcionarios del partido Baaz, los dos puntales del régimen. Todo fue un espejismo que se desvaneció en cuanto los blindados abrieron fuego y los escuadrones de la muerte se adueñaron de la calle.

La realidad es hoy la dislocación de la sociedad siria, la fractura en la comunidad internacional a causa de la guerra civil, la utilización que de la crisis hace Irán, con dos buques de guerra en el puerto de Tartus, los paños calientes de la Liga Árabe y el temor a que el conflicto histórico entre el mundo suní, encabezado por Arabia Saudí, y el chií, pilotado por los herederos de la tradición persa, se adueñe de la situación. Abdel Bari Atwan, editor del diario Al-Quds Al-Arabi, que se publica en Londres, describe en el liberal The Guardian, de la capital británica, qué amenazas se ciernen sobre el arco de crisis que va del Mediterráneo oriental a la república de los ayatolás: “El problema es que al aislar al régimen de Asad, la Liga Árabe arriesga una polarización de las alianzas con potencial para ampliarse: el conflicto sectario en Siria puede extenderse más allá de sus fronteras y al resto de la región; en el peor escenario, vemos posible un regreso a la guerra fría, alineando posiciones en el chia -la comunidad chií-, respaldada por Rusia y China, contra los países sunís, apoyados por Occidente”.

Mientras, los muertos superan largamente los 10.000. Entre ellos, siete periodistas, de los que dos perdieron la vida el miércoles, alcanzados por un bombardeo en Homs: la estadounidense Marie Calvin y el francés Rémi Ochlik.