Mali, ¿y ahora qué?

El conflicto de Mali se internacionalizó el miércoles, sexto día de la intervención francesa (Operación Serval), cuando una partida islamista tomó más de 600 rehenes –unos 40 extranjeros y los demás, argelinos– en la planta de extracción de gas de In Amenas (Argelia). El sangriento corolario de la operación desencadenada al día siguiente por militares argelinos llenó de sentido la pregunta formulada retóricamente, en cuanto se tuvo noticia del secuestro, por el general Carter F. Ham, el militar estadounidense de mayor rango destinado en África: “El auténtico asunto es, ¿ahora qué?” ¿Cómo se afronta la gestión de una guerra que siembra la inquietud en Occidente y amenaza con ampliar el foco de inestabilidad más allá de las fronteras de Mali y de los límites difusos del Sahel para llegar hasta las puertas de las primaveras árabes? ¿Por qué esa guerra que muchos creen que pudo evitarse? ¿Por qué se acogieron con desgana todos los avisos que llegaban del corazón del desierto después de la desbandada islamista que siguió al final de la guerra civil de Libia?

La guerra era “previsible y evitable”, sostiene Bruno Charbonneau, director del Observatorio sobre las Misiones de Paz y Operaciones Humanitarias y profesor de la Universidad de Quebec, porque plantear la crisis de Mali como una operación antiterrorista abocó a una profecía autorrealizable: “A cada nueva amenaza de intervención militar internacional, los islamistas crecieron en número y se estrechó su control del norte del país”. La duda que expresa Charbonneau, y para la que no tiene respuesta, es tan inquietante como la incógnita puesta sobre la mesa por el general Ham: “Queda por saber si nos dirigimos en Mali hacia otra guerra interminable contra el terrorismo o hacia otra intervención internacional (asimismo interminable) de construcción de la paz y reconstrucción del Estado”.

Guerra de Mali

Según los expertos, las operaciones islamistas en Mali son una acción coordinada de AQMI, el MUYAO y AE, más el golpe de mano de Mujtar Belmujtar en Argelia.

En cuanto se tuvo noticia de la operación islamista en Argelia, The New York Times fue en busca de opiniones para aquilatar la repercusión de lo que estaba sucediendo y la posibilidad de que Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y otras organizaciones similares constituyeran una amenaza inminente para intereses estadounidenses. El general Ham constestó  que “probablemente no”; el secretario de Defensa, Leon Panetta, se manifestó en sentido contrario: “Es una operación de Al Qaeda y es por esta razón que estamos afectados por su presencia en Mali”. En realidad, los islamistas acababan de internacionalizar la guerra mucho antes de que el primer soldado del contingente africano multinacional se presentara en el teatro de operaciones y de que el programa de asistencia aprobado por la Unión Europea movilizara a un solo instructor de los que, en un tiempo inverosímilmente corto, debe convertir el Ejército maliense en un instrumento eficaz.

Mientras esto sucede, y es muy posible que tarde mucho en concretarse la eficacia de la operación de adiestramiento de los soldados de Mali, otra pregunta sobrevuela la crisis: ¿hay detrás de las razones oficiales otras menos confesables para recurrir a las armas? Más allá de la teórica unidad de los grandes partidos franceses detrás del presidente François Hollande, de los riesgos de que el yihadismo se haga con el territorio de un Estado fallido, de las peticiones de ayuda dirigidas a Francia por el tambaleante Gobierno de Mali, es legítimo considerar otros motivos, como las planteados por el cooperante Julio Tapia Yagües en una carta dirigida a ELPERIÓDICO: “Lo que ha provocado el actual conflicto en Malí es la gran bolsa de petróleo y gas de su zona norte (…) La negativa a pagar un céntimo a los tuareg, legítimos propietarios de los recursos allí encontrados, es lo que motivó que la oligarquía maliense, alentada por petroleras americanas (y europeas al acecho) forzara un golpe de Estado en marzo del 2012 que derrocó al presidente legítimo del país, que ya negociaba con los tuaregs”.

Incluso si las razones oficiales de Francia se limitan a las expuestas por Hollande y sus ministros, es harto dudoso que las operaciones en curso sean suficientes para evitar que en el corazón del Sáhara se consolide una situación similar a la afgana (triunfo talibán de 1996), a la somalí o –pesadilla de Occidente– a la que sueña el islamismo radical para Pakistán salvo que se haga realidad el temor a la intervención internacional interminable, expresado por Charbonneau. Cuanto está sucediendo en el desierto tiene un efecto llamada evidente para todos los iluminados de la yihad, de forma que los efectivos con los que ahora cuentan las organizaciones que se han adueñado del norte de Mali pueden crecer sin que, por lo demás, los países circundantes puedan garantizar ni remotamente el control de las fronteras para evitar la infiltración. La impresión es justamente la contraria.

Nina Wallet Intalu

Nina Wallet Intalu,una de las dirigentes del MNLA, advirtió en abril del año pasado de los riesgos que se corrían en Azawad.

Para el especialista de la Universidad de Toulouse Mathieu Guidère, tres grupos islamistas complementarios se encuentran en el teatro de operaciones: AQMI, el Movimiento Unicidad y Yihad en África del Oeste y Ansar Edin (Defensor del Islam). Este último “se mueve en columna como un ejército regular; los otros dos grupos funcionan como comandos y fuerzas de choque”. Hay diferencias entre ellos,  fruto de rivalidades personales, pero de las declaraciones hechas por Guidère a la revista Jeune Afrique se desprende que esta trinidad yihadista constituye un bloque eficaz que amenaza con liquidar Mali como Estado.

El bloque combatiente no es un recién llegado al campo de batalla, pero cuando voces autorizadas advirtieron de la amenaza que se cernía sobre el norte de Mali, muy pocos prestaron atención. Así fue con Nina Wallet Intalou, integrante del comité ejecutivo del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), independentista tuareg, que el 19 de abril del año pasado declaró al diario Le Monde desde su exilio en Nuakchott: “[los islamistas] combaten contra nuestra cultura y nuestra identidad, y Mali nunca ha hecho nada contra ellos. Quieren borrarnos con la complicidad de Argelia”. Los hechos parecen confirmar que pesó más en el ánimo de los gobernantes malienses y de sus aliados el objetivo de neutralizar el independentismo de los tuaregs, víctimas como tantos otros grupos de la caprichosa división territorial pergeñada por las metrópolis coloniales antes de marcharse de África, que la necesidad de evitar que la emancipación de facto del Azawad emprendida por el MNLA fuese la ocasión propicia para los yihadistas de hacerse con el territorio, como así fue.

Para redondear la falta de reflejos de los gobiernos y la escasa pericia de los servicios de inteligencia, se dio muy escasa importancia a la constitución de la brigada Al Mutalimin (Los Firmantes por la Sangre), encabezada por Mojtar Belmojtar, un histórico del AQMI. Se creyó que no pasaba de ser la guerrilla particular de su jefe, enemistado con la dirección del AQMI, pero Dominique Thomas, especialista en redes islamistas, tiene una opinión menos simple: según él, Belmojtar buscaba desde hacía tiempo legitimarse junto otros grupos islamistas que pululan por el desierto, discípulos aventajados del desaparecido Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, del que surgió el AQMI. Para Thomas no hay duda: “Las divergencias del pasado, relacionadas especialmente con egos incompatibles, se han borrado en provecho de esta operación [In Amenas], realizada de forma coordinada”.

Carter F. Ham

Carter F. Ham, el general estadounidense que se pregunta cuál es el siguiente paso que hay que dar en Mali.

Así pues, el adversario al que se enfrenta Francia puede que no sea muy numeroso, pero conoce hasta la última roca el terreno que pisa, se adapta a él, atesora una probada capacidad de resistencia en las peores condiciones y no tiene más objetivo que combatir y combatir. En cambio, la capacidad de Francia de mantener el esfuerzo de guerra de forma ilimitada choca con las exigencias presupuestarias, obliga a los socios de la UE a plantear con precisión qué objetivos se persiguen y, en última estancia, estará condicionada por la reacción de la opinión pública a poco que se tuerzan las cosas. Bruno Charbonneau impugna la determinación del presidente Hollande de seguir en Mali todo el tiempo necesario. ‘Serval’ o la elección del mal menor, el editorial de primera página del día 14 del diario Le Monde, que suele apoyar al equipo socialista, era concluyente: intervenciones como la de Mali “no se sabe nunca cómo terminan” y “Francia no puede permanecer sola”. “Ayudar a Mali a reconquistar su territorio es en primer lugar un asunto de los estados de África del oeste”, se decía en el mismo texto, en el que se llamaba la atención sobre los riesgos inherentes a emprender la misión de forjar un Estado nuevo al estilo de las ensoñaciones de los think tanks neocon de Estados Unidos.

Pero los riesgos a que se enfrenta Francia, y por extensión el resto de Occidente, sea mucha o poca la implicación de los aliados en la guerra, es resucitar el fantasma de la Françafrique, donde todo se maneja desde París para exclusivo provecho propio y perjuicio de las antiguas colonias, enfangarse en un conflicto interno en tierra del islam y, aún peor, aparecer como la cabeza de playa de un neocolonialismo explícito. Frente a la opinión pública de los países del norte de África, que ha confiado el Gobierno al islamismo político en Marruecos, Túnez y Argelia, que le otorga un apoyo considerable en Libia y no reniega de él en Argelia, prolongar la presencia occidental en Mali podría soliviantar a la calle, ocupada en dar forma estable al movimiento de cambio que se inició con la caída de los dictadores.

Puede ser que Francia haya elegido el mal menor como el único camino posible en un conflicto enrevesado en el que coinciden las debilidades de un Estado a un paso del desmoronamiento, el independentismo tuareg, la brega yihadista, el temor del Gobierno argelino a que el islamismo inclemente arraigue en su territorio y una geopolítica marcada a fuego por el atraso, la pobreza y la debilidad institucional. Pero la guerra tiene su propia lógica, como ha escrito estos días Alain Frachon, y el fundamentalismo yihadista, tributario de una tradición antioccidental perfectamente identificable, también. Hoy, en el conflicto de Mali, es básicamente aplicable la siguiente frase, incluida por el politólogo canadiense Michael Ignatieff en El mal menor, ensayo del 2004 cuya referencia son los atentados del 11 de septiembre del 2001: “Lo que necesitamos explicarnos es por qué las guerras contra el terror se escapan del control político, por qué caen en la trampa que ponen los terroristas, pero también por qué los propios terroristas pierden el control de sus campañas e imponen terribles pérdidas a los de su propio bando antes que reconocer la derrota”. Y, a pesar de todo esto, las guerras contra el terrorismo “legitiman a los radicales”, según el sombrío diagnóstico de Dominique de Villepin, exprimer ministro de Francia.

En el aire enrarecido por los bombardeos, el golpe de mano en Argelia y las incertidumbres de futuro se abren paso, además de los porqués de Ignatieff, las sospechas de las oportunidades perdidas para evitar el desastre. Peter Rutland, profesor de la Universidad de Wesleyan, ha publicado en su blog de The New York Times una serie de consideraciones sobre los clichés aplicados por Estados Unidos a la génesis de la crisis maliense, extensibles a las potencias europeas. Recuerda Rutland que, durante la guerra fría, Occidente separó comunismo de nacionalismo, y aquel error dio pie a “intervenciones desastrosas, de Cuba a Vietman”. “El mismo error se comete ahora en la guerra del terror –prosigue–. Durante muchos años la comunidad internacional ha soslayado permanentemente las peticiones de autodeterminación de los tuaregs que habitan en la mitad norte de Mali, conocida como Azawad”. Un caso de ceguera política –confundir el nacionalismo tuareg con una forma encubierta de islamismo– que ha permitido a los yihadistas adueñarse de las reclamaciones tuaregs para ocupar el territorio e imponer la sharia. ¿Y ahora qué? Todas las respuestas suenan a improvisación.

Mahoma solo es la excusa

La película La inocencia de los musulmanes es un producto deleznable realizado en Estados Unidos, pensado solo para perturbar a cuantos profesan la fe del islam, pero la libertad de expresión es un derecho indivisible, un legado de las Luces cuya acotación debe limitarse a garantizar el derecho a la intimidad –véase el caso del top-less de la duquesa de Cambridge– y poco más. Todas las religiones, creencias e ideologías no violentas tienen derecho a ser respetadas, pero la libertad de crítica es también un derecho fundamental, una de las herramientas básicas para el progreso moral y material del género humano. Resulta fatigoso tener que recordar tan elementales y sumarios principios, así como la posibilidad irrevocable en los estados de derecho de acudir al juzgado de guardia para denunciar a quienes se estima que han causado grave perjuicio, pero la campaña de protestas contra sedes diplomáticas de Estados Unidos en países de mayoría musulmana, con la tragedia añadida de varios muertos, incluidos el embajador norteamericano en Libia, Christopher Stevens y otros tres funcionarios, obliga a hacerlo. El director, los financiadores y los difusores de La inocencia de los musulmanes abrigan propósitos inconfesables y son depositarios de un sectarismo repulsivo, pero cualquiera que sea la operación que barruntan quedaría desactivada si no se les prestara atención por más que colgaran su zafiedad en YouTube.

Ciudadanos libios

Ciudadanos libios se manifiestan para protestar por el asesinato del embajador Christopher Stevens, perpetrado por manifestantes salafistas que el 11 de septiembre asaltaron el Consulado de Estados Unidos en Bengasi.

La decisión del semanario francés Charlie Hebdo de caricaturizar al profeta Mahoma al hilo del levantamiento salafista en curso no es en ningún caso la mejor y más prudente de todas las decisiones posibles, pero está en su derecho hacerlo y, en última instancia, como ha dejado escrito el diario Le Monde en su editorial del último miércoles, “desde un lado quieren hacer reír y vender; desde el otro se lanzan anatemas”. Si se tiene por insuficiente este razonamiento, basta preguntarse dónde habría quedado la dignidad de Salman Rushdie si después de publicar Los versículos satánicos se hubiese plegado al totalitarismo vociferante de los ayatolás que emitieron la fatua que lo condenó a muerte. Y esta pregunta puede hacerse extensiva al dogmatismo exacerbado de los cristianos que pusieron el grito en el cielo cuando se estrenaron películas como La vida de Brian, de los Monty Python, y La última tentación de Cristo, la adaptación de Martin Scorsese de la novela de Nikos Kazantzakis.

“La libertad de expresión, y de información, es un principio universal –recuerda Christophe Deloire, director general de Reporteros sin Fronteras, aunque acepta que nadie se sirve de ella “a la perfección”–. Si la exijo para mí, la quiero para los otros. Si la rechazo para los otros, ellos me la negarán a mí”. En cambio, cuando un especialista en el mundo árabe como Robert Fisk admite en el diario progresista británico The Independent que “hay un espacio para una discusión seria entre musulmanes acerca, por ejemplo, de una reinterpretación del Corán”, pero que “la provocación occidental” ciega esta posibilidad, excluye la posibilidad de que desde fuera del islam –desde otras religiones, desde el pensamiento agnóstico o simplemente desde el ateísmo– quepa la crítica, el análisis, la discusión universal relativa al mensaje moral, la escala de valores y los fundamentos de la fe musulmana. En un mundo globalizado por internet, este punto de vista resulta sorprendente.

También lo es reducir la discusión de la crisis de las embajadas al ejercicio de la libertad de expresión, aunque este es el resorte más poderoso que el Gobierno de Estados Unidos ha encontrado para manifestar la imposibilidad de prohibir o censurar la película desencadenante del levantamiento, como reclaman los fundamentalistas a sabiendas de que se trata de algo imposible. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, es consciente de que este no es el quid de la cuestión, y aun así prefiere no entrar en el fondo del problema: la ocasión que se le ha presentado al salafismo de reavivar la prédica antioccidental, sobre todo antiestadounidense, y poner en un brete a los islamistas moderados que han ganado el poder en las urnas y persiguen un modus vivendi política y económicamente provechoso con Estados Unidos y la Unión Europea. Ese es el quid, pero Clinton prefiere remontarse a los grandes principios: “Sé que es difícil para algunos comprender por qué Estados Unidos no puede prohibir esta clase de vídeos. Subrayo que en el mundo de hoy, con la tecnología de hoy, esto sería imposible. Pero, incluso si lo fuera, nuestra Constitución lo impediría”.

Olivier Roy

Olivier Roy: "No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda".

Estos argumentos, la invocación de la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que consagra la libertad de expresión, son suficientes y convincentes en las páginas del semanario conservador estadounidense Time y en la pluma de profesores como Adam Cohen, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale –“Vivir en un mundo en el que el discurso del odio queda sin castigo está lejos de ser ideal, pero es peor vivir en un mundo donde el Gobierno decide lo que no podemos decir”–, pero en el ámbito estrictamente político, el artículo publicado en Le Monde por Alain Frachon resulta más ilustrativo: “Barack Obama rechaza la idea de una guerra de civilizaciones. Quizá lleva razón, pero hay al menos un desafío. En la ONU, los países musulmanes se baten para imponer su concepción de los derechos del hombre: en ella se excluye la libertad de denigrar una religión. En Teherán, el régimen acaba de renovar su llamamiento para dar muerte a Rushdie”. Y, entre tanto, el discurso de Obama en El Cairo de junio de 2009, que se interpretó como el final de los recelos entre Estados Unidos y los países árabes, la retirada de Irak, la determinación de una fecha para salir de Afganistán y el apoyo a la primavera árabe parecen haber tenido solo un efecto –limitado– en las élites, pero apenas apreciable en la calle.

Es verdad que “con los medios de comunicación en el mundo árabe mayoritariamente controlados por el Estado, resulta inexplicable para muchos musulmanes que el Gobierno de Estados Unidos rehúse censurar material antiislámico ofensivo en nombre de la libertad de expresión”, como subrayó un editorial del International Herald Tribune. Tan verdad como que los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, con diferentes muestras de debilidad o de falta de asentamiento se enfrenten a una situación sumamente comprometida para dejar sus primaveras a salvo del discurso incendiario en algunas mezquitas. Esa es la opinión del arabista Olivier Roy: “La violencia contra las embajadas estadounidenses, por minoritaria que sea, es muy política. (…) No son los autores de la primavera árabe los que han atacado las embajadas, no son siquiera los primeros beneficiarios de las elecciones, los Hermanos Musulmanes y Ennahda; son, por el contrario, aquellos para quienes la primavera árabe ha desviado a los países árabes de su verdadero combate. (…) La calle árabe, de Alepo a Trípoli, tiene otros combates que librar que el de las caricaturas del profeta”.

Tahar ben Jelloun

Tahar ben Jelloun: "Lo vulnerable en el islam no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias".

El escritor marroquí de expresión francesa Tahar ben Jelloun, autor de L’étincelle (la chispa), uno de los primeros libros consagrado a las revueltas árabes, diagnostica una decantación del islamismo político moderado hacia posiciones menos contenidas a causa de la presión y la competencia de los salafistas, que tienen su mejor base de operaciones en las masas iletradas y empobrecidas a las que pretenden movilizar. “Lo vulnerable en el islam –escribe Ben Jelloun en Le Monde– no son ni su espíritu ni sus valores, sino poblaciones mantenidas en la ignorancia y manipuladas en sus creencias. Cuantos han intentado leer el Corán con el corazón de la razón han fracasado, y han ganado terreno la irracionalidad, lo absurdo y el fanatismo. Recordemos, en fin, que el islam es sumisión a la paz, a una forma superior de paciencia y de tolerancia; al menos es lo que a mí me enseñaron”.

En los puntos de vista de Oliver Roy y de Tahar ben Jelloun se concretan varias realidades complementarias:

1. Una minoría ha encendido la llama del paroxismo antiestadounidense.

2. Los gobiernos de mayoría islamista se encuentran en la tesitura de reprimir a los levantiscos sin dañar las convicciones religiosas de unas sociedades en las que, como afirma el politólogo Sami Naïr, el islam constituye el núcleo de la cultura tradicional.

3. La suerte de los países de la primavera árabe depende en buena medida de que las relaciones con Estados Unidos sean fluidas y estén exentas de sorpresas.

4. El salafismo dispone de arraigo social suficiente para plantar cara al posibilismo político de los islamistas moderados.

5. En última instancia, el salafismo siempre podrá invocar el agravio palestino para fustigar las relaciones del mundo árabe con Estados Unidos, algo en lo que están de acuerdo todos los especialistas.

La gran diferencia entre esta crisis y la desencadenada en el 2006 por la publicación de caricaturas de Mahoma en un diario danés es que, en aquel entonces, Zine el Abidine ben Alí (Túnez), Muamar Gadafi (Libia) y Hosni Mubarak (Egipto) vigilaban la calle hasta el último peatón, Bashar el Asad gobernaba Siria sin adversarios, Irak era un país ocupado, Pakistán se sometía a las directrices del general Pervez Musharraf y George W. Bush tenía a su disposición mecanismos de control de los que ahora carece Obama. La ofensa al profeta era la misma, pero sus exaltados defensores apenas podían respirar. Hoy Al Qaeda es mucho menos de lo que fue, pero el salafismo recalcitrante es bastante más de lo que nunca se pensó, y donde antes se impuso el totalitarismo del Estado, sustituto del espíritu tribal, ahora renace la utopía de la umma (comunidad de creyentes) en ambientes donde “el yo del individuo permanece diluido en un borroso nosotros comunitario”, según la explicación que el rector de la mezquita de Burdeos, Tareq Oubrou, da a la implantación del salafismo en algunas franjas de población. “El problema del islam lo son ante todo estos musulmanes –señala Oubrou–. Y, como dice el proverbio árabe, el ignorante es más peligroso consigo mismo que su peor enemigo”.

Hay quien ve en la defensa desbocada del honor del profeta la manifestación más rotunda de una lógica regresiva que no es nueva en el orbe musulmán. Varias veces desde el siglo XVI ha asomado en él la tentación de la vuelta a los orígenes, volver a la literalidad del Corán a despacho de los cambios en el entorno; en esas anda hoy el salafismo de nuevo cuño. “Algo ha ido mal en el seno del islam –se lamenta en Le Monde Salman Rushdie, que estos días presenta su autobiografía–. Es bastante reciente. Recuerdo que, cuando era joven, muchas ciudades en el mundo musulmán eran lugares cosmopolitas, de gran cultura. Se apodaba a Beirut el París de Oriente. El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad. Para mí es una tragedia que esta cultura retroceda de tal manera, como una herida autoinfligida. Y pienso que hay un límite más allá del cual no se puede seguir culpando a Occidente”.

Salman Rushdie

Salman Rushdie: "El islam en el que crecí era abierto, influido por el sufismo y el hinduismo; esto no es lo que hoy se expande a toda velocidad".

Las palabras de Rushdie, víctima él mismo de la intransigencia, se recogen estos días en medios de todo el mundo. Pero aunque el escritor, muy a su pesar, se ha convertido en un símbolo de los peligros derivados del fundamentalismo despiadado, está lejos de resultar convincente para comentaristas como Seumas Milne, del diario progresista británico The Guardian. Dice Milne: “Sería absurdo no reconocer que la magnitud de la respuesta no se debe solo a un vídeo repulsivo o a reverenciar al profeta. Como es evidente a partir de las consignas y objetivos fijados, estas protestas encendidas obedecen al hecho de que el daño a los musulmanes se ve una vez más que procede de una superpotencia arrogante que ha invadido, subyugado y humillado al mundo árabe y musulmán desde hace décadas. Los acontecimientos de la semana pasada son un recordatorio de que un mundo árabe despojado de dictaduras será más difícil de mantener en la esclavitud por las potencias occidentales”.

El columnista soslaya que el embajador Stevens, muerto en el asalto de los fanáticos al Consulado de Estados Unidos en Bengasi, era un estudioso y admirador de la cultura árabe. Además, apoyó el levantamiento libio contra Gadafi y luego se comprometió con la democratización del país. Salvo que esté muy extendida la idea de que su desaparición fue un daño colateral imprevisible en el combate por una causa superior, hay que concluir que análisis del tenor del de Milne quedan lejos de los parámetros esenciales del conflicto que afronta el mundo árabe-musulmán: una inestabilidad permanente azuzada por el islam retrógrado, la pugna histórica entre sunís y chiís y la capacidad de contaminarlo todo inherente a la guerra civil siria.