En nombre de la guerra

La catarsis de La Marsellesa sirve para encauzar la política de las emociones en la vía pública o en un estadio, pero tiene fecha de caducidad; cohesiona inmediatamente después de recibir el golpe, pero oculta la verdadera dimensión del desafío que enfrenta Francia desde la noche del día 13 y, con toda seguridad, el resto de Europa. Lo mismo sucede con el recurso habitual a la palabra guerra: el término enmascara todo aquello que más allá del recurso a las armas se antoja más eficaz y duradero, más equilibrado y sostenible que un mero acto de fuerza. Llamar a la guerra también forma parte de la política de las emociones, aunque los atentados sean, grosso modo, actos de guerra que han costado 130 vidas y han sembrado en París, y desde allí en toda Europa, un sentimiento de inseguridad antes nunca visto. Plantear el falso dilema entre seguridad y libertad es, asimismo, fruto de la política de las emociones, cuando no del oportunismo conservador, que pretende aprovechar el momento para hacer realidad una vieja utopía –distopía, más apropiadamente– que figura de forma encubierta o explícita en muchos programas, no solo de partidos de extrema derecha: ganar en seguridad justifica perder en libertad.

Cuando en sociedades equilibradas por una larga tradición democrática se toma la decisión de suspender un partido de fútbol o de cancelar un concierto, la impresión es que la política de las emociones es la única que se ajusta a la realidad, pero se trata de un espejismo. La política de las emociones no aporta soluciones duraderas, sino que enturbia el análisis con hipótesis de futuro sin apenas fundamento. El desafío plateado por el Estado Islámico o Daesh obliga a internarse en un laberinto político real, del que nadie conoce la ruta de salida, pero que a largo plazo solo admite una solución política que atienda a las exigencias de seguridad de Europa, a las circunstancias políticas en Siria e Irak y, de forma más amplia, a la situación en el orbe árabe-musulmán. Bombardear Raqa, declarar el estado de urgencia y anunciar una reforma constitucional, como ha hecho el presidente François Hollande, tiene un coste elevado y ni siquiera sirve para serenar los espíritus de una opinión pública desorientada y asustada.

Mientras la derecha francesa jalea a cuantos exigen mano dura y pocas contemplaciones –y quizá Hollande quiere neutralizarlos con la proclamación de que Francia está en guerra–, el diario Le Monde ha resumido la situación así: “¿De esta forma se vencerá al yihadismo? No es preciso mentir a la opinión pública. No será suficiente desmantelar la logística paraestatal del EI. Puesto que pone de relieve una patología propia del islam, puesto que es una ideología totalitaria, el islamismo será ante todo derrotado por los musulmanes”. De la historia reciente se desprende esta certidumbre y aun otra: seguir los pasos de George W. Bush a partir del 11-S –ya se acusa a Hollande de ello en algunos foros– lleva directamente a la frustración y al fracaso.

No hay atajos ni vías de escape posibles. Recurrir al ingenio para poner en circulación neologismos –así fascislamismo (Bernard-Henri Lévy)– apenas tiene efectos reconocibles sobre el drama. Incluso tiende a falsear la realidad, a proyectarla sobre espejos deformantes como los que hubo en el callejón del Gato (Luces de bohemia, Ramón María del Valle-Inclán). Hay que comprender a qué obedece todo, en París o en la capital de Mali, sacudida por una carnicería en un hotel. Es más fructífero, aunque menos llamativo, abrazar la realidad, fajarse con los datos y recurrir a la historia como ha hecho el filósofo Edgar Morin (94 años) para precisar cuál es la profundidad del problema:

-La fuente de inspiración del Daesh es endógena del islam. Los yihadistas constituyen “una minoría demoníaca que cree luchar contra el demonio que es Occidente”. Pero Estados Unidos actuó como un aprendiz de brujo al liberar al genio de la lámpara con las intervenciones en Afganistán e Irak.

-Los bombardeos de Occidente causan también “matanzas y terror: aquello que golpean drones y bombarderos no son principalmente militares, sino población civil”.

-La victoria sobre el Daesh no se logrará solamente con la paz en Siria, “sino también mediante la paz en las banlieues”. “Nada se ha hecho de forma continuada y en profundidad para una verdadera integración en la nación a través de una escuela que enseñe la naturaleza histórica de Francia, que es multicultural, y en la sociedad a través de la lucha contra la discriminación”, escribe Morin.

Frente a las corrientes de opinión que lo fían todo o principalmente a la solución militar se alzan las voces de quienes reclaman un mecanismo de pacificación para Oriente Próximo, con puntos de partida muy parecidos a los de Morin: esencialmente, el reconocimiento y la rectificación de los errores cometidos en Irak, Siria y otros lugares, pero también en suelo europeo. Eso incluye preguntarse por la viabilidad futura de Irak, por el papel –dudoso– que puede desempeñar Bashar el Asad en un desenlace político consistente en Siria, por las contradicciones inherentes a una gestión internacional de la crisis que incluya a Estados Unidos, Rusia, Irán y Arabia Saudí, actores necesarios e ineludibles. Eso incluye, también, preguntarse seriamente cuáles son las líneas rojas que en ningún caso deben traspasarse en nombre de la seguridad, mejor dicho, en nombre de una falsa idea de seguridad.

Los errores encadenados para no alterar el statu quo en Oriente Próximo han dado pie a situaciones tan chocantes o preocupantes como el silencio sepulcral en Wembley durante el minuto de silencio por las víctimas de París y, a la misma hora, los silbidos y los gritos de Alá es grande mientras se hacía lo propio en un estadio de Estambul. Hay en el islam, al menos en una parte de él, un sentimiento de agravio, una atmósfera viciada por la herencia colonial, por la epopeya palestina, por la invasión de Irak, por la sujeción a los intereses de Occidente; una atmósfera potenciada y aprovechada por los predicadores del califato y de la necesidad de volver al pasado. Nadie puede poner en duda la gravedad y la profundidad social de tal fenómeno.

Estos mismos errores han desencadenado desastres irreversibles como la destrucción de Siria, Irak, Yemen y Libia y han llenado de incertidumbres indescifrables el futuro de Turquía, Egipto, Afganistán y puede que Pakistán. No es un panorama alentador para remitirse cada cinco minutos a la guerra y olvidar otros factores y frentes de actuación: mejorar la labor de inteligencia, poner en práctica mecanismos de cohesión social en las grandes ciudades europeas, cambiar el vínculo económico y político de Europa con los regímenes de los países de mayoría musulmana, lograr que las estrategias rusa y estadounidense en Oriente Próximo dejen de ser las dos versiones de un misma, estéril y peligrosa rivalidad a las puertas del infierno, más allá de las cuales toda esperanza carece de sentido, según los versos de Dante en La divina comedia.

La conmoción causada por los atentados de París no puede ser la excusa o la ocasión propicia para convertir la seguridad de los ciudadanos, un derecho que deben garantizar los poderes públicos, en el pretexto para degradar la democracia, consagrar la venganza como principio de la acción exterior y militarizar un conflicto de gran complejidad, de naturaleza política y social, hasta convertirlo en la versión actualizada del choque de civilizaciones. Los valores cívicos transmitidos por la cultura francesa y la memoria de los muertos merecen que el desenlace sea menos sórdido.

Boko Haram, la obscenidad del sectarismo

Algo profundamente abyecto y obsceno alienta detrás del secuestro de más de 200 niñas y adolescentes nigerianas, la mayoría de confesión cristiana, perpetrado por el grupo islamista Boko Haram. Al asalto a un internado en Chibok, en el noreste del país, el 14 de abril, siguió el 6 de mayo la captura de ocho niñas de entre 12 y 15 años en Warabe, una aldea del norte. El destino de las menores no es otro que el de ser vendidas como esclavas sexuales, tal como ha anunciado el líder del grupo terrorista, Abubakar Shekau, ejemplo acabado de qué es un líder sectario, parapetado en este caso en el Corán para sembrar el odio a través de la religión. “Por Alá que las venderé en el mercado”, ha anunciado Shekau, convencido de ser el depositario único de la verdad, signo común a todas las sectas, sea cual sea su fuente inspiradora.

La organización Boko Haram fue fundada en el 2002 por Mohamed Yusuf, un predicador de la yihad y del odio a Occidente, que se presentó como el regenerador de la política nigeriana mediante la batalla para imponer la sharia. El nombre de la organización en lengua hausa significa “la educación occidental es pecado”, declaración de principios que llevó a la práctica con ataques a centros educativos públicos y privados de credo cristiano, pero también con atentados de toda clase contra civiles en el norte y centro del país. En el 2009, Yusuf fue capturado y ejecutado sin que mediara juicio, y fue sustituido por Shekau, que intensificó las acciones en todas partes, ayudado con toda seguridad por Al Qaeda del Magreb Islámico, una organización yihadista muy activa en el Sahel; en el 2012, Ansaru, una escisión de Boko Haram, internacionalizó la causa del islamismo nigeriano mediante secuestros y ataques a intereses extranjeros, en especial a partir de enero del 2013, cuando el Ejército francés intervino en Mali. Resultado de todo ello en los últimos doce años: ataques en más de 40 lugares diferentes, 160 atentados y al menos 2.600 muertos, de los que dos tercios –gran paradoja– eran musulmanes.

NigeriaLa simplicidad del programa de Boko Haram, establecer un califato en el norte de Nigeria, el desprecio por el género humano y el fanatismo religioso excluyen toda posibilidad de acuerdo. Percibe el laicismo en la enseñanza como “una herramienta para mantener el dominio de las élites sobre las masas”, explica en la publicación Jeune Afrique el analista nigeriano Bala Liman, especialista en la secta. Poco importa que las víctimas escogidas sean militares, policías, funcionarios públicos, los vendedores y clientes de un mercado o niñas y adolescentes de un internado, el caso es alcanzar la meta fijada, envuelta a menudo en el lenguaje que en otro tiempo manejaron revolucionarios y reformistas sociales surgidos –he aquí otra gran paradoja– del desarrollo del pensamiento político en Occidente. A ojos de ese extraño mundo regido por iluminados con un fusil a su alcance, el fin justifica sobradamente los medios, aunque el precio sea la vida de inocentes o la humillación execrable de las escolares que ahora tienen en su poder.

Nadie puede afirmar hoy que la movilización internacional –#BringBackOurGirls– para evitar que se consume la fechoría y vean la luz otras de parecido tenor, además de la ayuda de Estados Unidos y el Reino Unido al Gobierno nigeriano para dar con los yihadistas, arroje algún resultado tangible. Incluso cabe conjeturar que varias de las solidaridades de los últimos días responden más a la exigencia de la opinión pública de que se haga algo que a la disposición real de algunos de los movilizados a poner manos a la obra y afrontar el desafío sin reservas. Pero sí puede afirmarse que frente a un adversario que desconoce los fundamentos del humanismo, el respeto genérico a las otras gentes del libro –judíos y cristianos– que prescribe el Corán y los derechos humanos, entendidos como valores de alcance universal, es imposible albergar siquiera la remota esperanza de vencer por la vía del diálogo y la negociación.

Goodluck Jonathan, presidente de Nigeria.

El Gobierno del presidente Goodluck Jonathan ha ofrecido, por lo demás, un recital de incapacidad, incompetencia e ineficacia que facilita mucho las cosas a Boko Haram en su propósito de sembrar el pánico y desmoralizar a la población. Hay también algo abyecto y obsceno en la falta de resultados que presenta la hoja de servicios de un régimen que gestiona la primera economía de África en cifras absolutas, gracias a las rentas del petróleo, y que debe responder de la suerte de unos 170 millones de habitantes, integrantes de un mosaico cultural cuyas piezas tienden a no encajar. Hay algo decididamente escandaloso e injustificable en la imposibilidad del Estado de garantizar razonablemente la seguridad de los ciudadanos o, si se prefiere, de obstaculizar la vesania de los islamistas, dispuestos a todo, conmuevan o no sus acciones a la comunidad internacional.

El profesor nigeriano Muibi O. Opeloye se acerca con acierto al núcleo del problema de la neutralización por el momento imposible de Boko Haram a causa de las limitaciones del Estado, cuyas instituciones se perciben como una máquina de poder que, al carecer de otros atributos, carece asimismo de prestigio –¿de legitimidad? – y está siempre bajo sospecha. “La percepción nigeriana es –afirma Opeloye– que la política de partido es venenosa; es una política de guerra y no de paz; de acritud, odio y difamación, no de amor y fraternidad; es de anarquía y desacuerdo, no de orden y concordia; es una política de división, facciones y desunión, no de cooperación, consenso y unidad; es una política de hipocresía y charlatanería, no de integridad y patriotismo; es una política de bellaquería, no de madurez; es de chantaje y gansterismo, no de contribución constructiva y honesta”.

No es difícil concluir que los nigerianos se sienten integrantes de una comunidad desvalida, tutelada por gobernantes incompetentes, puede en ocasiones que venales. No es este un estado moral exclusivo de Nigeria, pero las dimensiones del problema que debe afrontar estos días lo hace más visible y la obligación del Estado de reaccionar es más urgente que nunca. Es cierto que los efectos perniciosos de la herencia colonial –división incongruente del territorio, élites acomodaticias, corrupción, explosión demográfica, urbanismo insostenible, rivalidad entre comunidades, litigios religiosos, etcétera– son más visibles en África que en cualquier otro lugar, pero remontarse a la noche de los tiempos para utilizar el pasado como coartada moral de las disfunciones del presente es con frecuencia un ejercicio de cinismo político. Parece más honrado y útil admitir que la ignominia del secuestro de las niñas es el fruto más amargo de un largo proceso de contemporizaciones, debilidad y, por qué no, ausencia del Estado, que ha facilitado la proliferación de un islamismo despiadado en el que las mujeres –niñas, adolescentes, adultas– están condenadas a vivir una minoría de edad permanente y a ser moneda de cambio en cualquier momento.

Si la presencia del Estado fuese en Nigeria una realidad comprobable sobre el terreno, es improbable que la sharia hubiese sido adoptada en la práctica en los territorios del norte, como ahora sucede, porque, como explica el profesor Opeloye, la naturaleza heterogénea del país hace imposible la aplicación de un sistema islámico de gobierno. Tampoco hubiese cosechado tantos adeptos el sueño califal y aún menos la acción directa. En cambio, el proselitismo yihadista apenas ha tenido que vencer obstáculos menores para adueñarse de forma bastante segura de una porción del país y controlar una parte de la frontera con Camerún. Ante esta realidad, la condena del secuestro emitida por la Universidad de Al Azhar en El Cairo, máximo autoridad religiosa de la rama suní del islam, sirve para preservar la dignidad de los musulmanes de buena voluntad, pero para poco más.

El poder de la imagen y los prejuicios acrecentados por la visibilidad de un islam agresivo, unidos a la política occidental posterior al 11 de septiembre de 2001, y aun antes, es infinitamente superior al de las condenas ad hoc. Y la imagen de Shekua y sus secuaces es tan convincente que la de los doctores de la ley islámica apenas les inquieta, porque no afecta a su visión binaria del mundo, antes al contrario, les ratifica en su convencimiento de que solo ellos y sus aliados del orbe musulmán pueden liberar al islam del sometimiento a Occidente, de la pretensión de los reformistas de consagrar la neutralidad del Estado para garantizar la libertad de culto de todas las creencias y el derecho de los no creyentes a manifestarse como tales. Eso también forma parte de la tragedia en un remoto lugar del corazón de África.

Mali, ¿y ahora qué?

El conflicto de Mali se internacionalizó el miércoles, sexto día de la intervención francesa (Operación Serval), cuando una partida islamista tomó más de 600 rehenes –unos 40 extranjeros y los demás, argelinos– en la planta de extracción de gas de In Amenas (Argelia). El sangriento corolario de la operación desencadenada al día siguiente por militares argelinos llenó de sentido la pregunta formulada retóricamente, en cuanto se tuvo noticia del secuestro, por el general Carter F. Ham, el militar estadounidense de mayor rango destinado en África: “El auténtico asunto es, ¿ahora qué?” ¿Cómo se afronta la gestión de una guerra que siembra la inquietud en Occidente y amenaza con ampliar el foco de inestabilidad más allá de las fronteras de Mali y de los límites difusos del Sahel para llegar hasta las puertas de las primaveras árabes? ¿Por qué esa guerra que muchos creen que pudo evitarse? ¿Por qué se acogieron con desgana todos los avisos que llegaban del corazón del desierto después de la desbandada islamista que siguió al final de la guerra civil de Libia?

La guerra era “previsible y evitable”, sostiene Bruno Charbonneau, director del Observatorio sobre las Misiones de Paz y Operaciones Humanitarias y profesor de la Universidad de Quebec, porque plantear la crisis de Mali como una operación antiterrorista abocó a una profecía autorrealizable: “A cada nueva amenaza de intervención militar internacional, los islamistas crecieron en número y se estrechó su control del norte del país”. La duda que expresa Charbonneau, y para la que no tiene respuesta, es tan inquietante como la incógnita puesta sobre la mesa por el general Ham: “Queda por saber si nos dirigimos en Mali hacia otra guerra interminable contra el terrorismo o hacia otra intervención internacional (asimismo interminable) de construcción de la paz y reconstrucción del Estado”.

Guerra de Mali

Según los expertos, las operaciones islamistas en Mali son una acción coordinada de AQMI, el MUYAO y AE, más el golpe de mano de Mujtar Belmujtar en Argelia.

En cuanto se tuvo noticia de la operación islamista en Argelia, The New York Times fue en busca de opiniones para aquilatar la repercusión de lo que estaba sucediendo y la posibilidad de que Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y otras organizaciones similares constituyeran una amenaza inminente para intereses estadounidenses. El general Ham constestó  que “probablemente no”; el secretario de Defensa, Leon Panetta, se manifestó en sentido contrario: “Es una operación de Al Qaeda y es por esta razón que estamos afectados por su presencia en Mali”. En realidad, los islamistas acababan de internacionalizar la guerra mucho antes de que el primer soldado del contingente africano multinacional se presentara en el teatro de operaciones y de que el programa de asistencia aprobado por la Unión Europea movilizara a un solo instructor de los que, en un tiempo inverosímilmente corto, debe convertir el Ejército maliense en un instrumento eficaz.

Mientras esto sucede, y es muy posible que tarde mucho en concretarse la eficacia de la operación de adiestramiento de los soldados de Mali, otra pregunta sobrevuela la crisis: ¿hay detrás de las razones oficiales otras menos confesables para recurrir a las armas? Más allá de la teórica unidad de los grandes partidos franceses detrás del presidente François Hollande, de los riesgos de que el yihadismo se haga con el territorio de un Estado fallido, de las peticiones de ayuda dirigidas a Francia por el tambaleante Gobierno de Mali, es legítimo considerar otros motivos, como las planteados por el cooperante Julio Tapia Yagües en una carta dirigida a ELPERIÓDICO: “Lo que ha provocado el actual conflicto en Malí es la gran bolsa de petróleo y gas de su zona norte (…) La negativa a pagar un céntimo a los tuareg, legítimos propietarios de los recursos allí encontrados, es lo que motivó que la oligarquía maliense, alentada por petroleras americanas (y europeas al acecho) forzara un golpe de Estado en marzo del 2012 que derrocó al presidente legítimo del país, que ya negociaba con los tuaregs”.

Incluso si las razones oficiales de Francia se limitan a las expuestas por Hollande y sus ministros, es harto dudoso que las operaciones en curso sean suficientes para evitar que en el corazón del Sáhara se consolide una situación similar a la afgana (triunfo talibán de 1996), a la somalí o –pesadilla de Occidente– a la que sueña el islamismo radical para Pakistán salvo que se haga realidad el temor a la intervención internacional interminable, expresado por Charbonneau. Cuanto está sucediendo en el desierto tiene un efecto llamada evidente para todos los iluminados de la yihad, de forma que los efectivos con los que ahora cuentan las organizaciones que se han adueñado del norte de Mali pueden crecer sin que, por lo demás, los países circundantes puedan garantizar ni remotamente el control de las fronteras para evitar la infiltración. La impresión es justamente la contraria.

Nina Wallet Intalu

Nina Wallet Intalu,una de las dirigentes del MNLA, advirtió en abril del año pasado de los riesgos que se corrían en Azawad.

Para el especialista de la Universidad de Toulouse Mathieu Guidère, tres grupos islamistas complementarios se encuentran en el teatro de operaciones: AQMI, el Movimiento Unicidad y Yihad en África del Oeste y Ansar Edin (Defensor del Islam). Este último “se mueve en columna como un ejército regular; los otros dos grupos funcionan como comandos y fuerzas de choque”. Hay diferencias entre ellos,  fruto de rivalidades personales, pero de las declaraciones hechas por Guidère a la revista Jeune Afrique se desprende que esta trinidad yihadista constituye un bloque eficaz que amenaza con liquidar Mali como Estado.

El bloque combatiente no es un recién llegado al campo de batalla, pero cuando voces autorizadas advirtieron de la amenaza que se cernía sobre el norte de Mali, muy pocos prestaron atención. Así fue con Nina Wallet Intalou, integrante del comité ejecutivo del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA), independentista tuareg, que el 19 de abril del año pasado declaró al diario Le Monde desde su exilio en Nuakchott: “[los islamistas] combaten contra nuestra cultura y nuestra identidad, y Mali nunca ha hecho nada contra ellos. Quieren borrarnos con la complicidad de Argelia”. Los hechos parecen confirmar que pesó más en el ánimo de los gobernantes malienses y de sus aliados el objetivo de neutralizar el independentismo de los tuaregs, víctimas como tantos otros grupos de la caprichosa división territorial pergeñada por las metrópolis coloniales antes de marcharse de África, que la necesidad de evitar que la emancipación de facto del Azawad emprendida por el MNLA fuese la ocasión propicia para los yihadistas de hacerse con el territorio, como así fue.

Para redondear la falta de reflejos de los gobiernos y la escasa pericia de los servicios de inteligencia, se dio muy escasa importancia a la constitución de la brigada Al Mutalimin (Los Firmantes por la Sangre), encabezada por Mojtar Belmojtar, un histórico del AQMI. Se creyó que no pasaba de ser la guerrilla particular de su jefe, enemistado con la dirección del AQMI, pero Dominique Thomas, especialista en redes islamistas, tiene una opinión menos simple: según él, Belmojtar buscaba desde hacía tiempo legitimarse junto otros grupos islamistas que pululan por el desierto, discípulos aventajados del desaparecido Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, del que surgió el AQMI. Para Thomas no hay duda: “Las divergencias del pasado, relacionadas especialmente con egos incompatibles, se han borrado en provecho de esta operación [In Amenas], realizada de forma coordinada”.

Carter F. Ham

Carter F. Ham, el general estadounidense que se pregunta cuál es el siguiente paso que hay que dar en Mali.

Así pues, el adversario al que se enfrenta Francia puede que no sea muy numeroso, pero conoce hasta la última roca el terreno que pisa, se adapta a él, atesora una probada capacidad de resistencia en las peores condiciones y no tiene más objetivo que combatir y combatir. En cambio, la capacidad de Francia de mantener el esfuerzo de guerra de forma ilimitada choca con las exigencias presupuestarias, obliga a los socios de la UE a plantear con precisión qué objetivos se persiguen y, en última estancia, estará condicionada por la reacción de la opinión pública a poco que se tuerzan las cosas. Bruno Charbonneau impugna la determinación del presidente Hollande de seguir en Mali todo el tiempo necesario. ‘Serval’ o la elección del mal menor, el editorial de primera página del día 14 del diario Le Monde, que suele apoyar al equipo socialista, era concluyente: intervenciones como la de Mali “no se sabe nunca cómo terminan” y “Francia no puede permanecer sola”. “Ayudar a Mali a reconquistar su territorio es en primer lugar un asunto de los estados de África del oeste”, se decía en el mismo texto, en el que se llamaba la atención sobre los riesgos inherentes a emprender la misión de forjar un Estado nuevo al estilo de las ensoñaciones de los think tanks neocon de Estados Unidos.

Pero los riesgos a que se enfrenta Francia, y por extensión el resto de Occidente, sea mucha o poca la implicación de los aliados en la guerra, es resucitar el fantasma de la Françafrique, donde todo se maneja desde París para exclusivo provecho propio y perjuicio de las antiguas colonias, enfangarse en un conflicto interno en tierra del islam y, aún peor, aparecer como la cabeza de playa de un neocolonialismo explícito. Frente a la opinión pública de los países del norte de África, que ha confiado el Gobierno al islamismo político en Marruecos, Túnez y Argelia, que le otorga un apoyo considerable en Libia y no reniega de él en Argelia, prolongar la presencia occidental en Mali podría soliviantar a la calle, ocupada en dar forma estable al movimiento de cambio que se inició con la caída de los dictadores.

Puede ser que Francia haya elegido el mal menor como el único camino posible en un conflicto enrevesado en el que coinciden las debilidades de un Estado a un paso del desmoronamiento, el independentismo tuareg, la brega yihadista, el temor del Gobierno argelino a que el islamismo inclemente arraigue en su territorio y una geopolítica marcada a fuego por el atraso, la pobreza y la debilidad institucional. Pero la guerra tiene su propia lógica, como ha escrito estos días Alain Frachon, y el fundamentalismo yihadista, tributario de una tradición antioccidental perfectamente identificable, también. Hoy, en el conflicto de Mali, es básicamente aplicable la siguiente frase, incluida por el politólogo canadiense Michael Ignatieff en El mal menor, ensayo del 2004 cuya referencia son los atentados del 11 de septiembre del 2001: “Lo que necesitamos explicarnos es por qué las guerras contra el terror se escapan del control político, por qué caen en la trampa que ponen los terroristas, pero también por qué los propios terroristas pierden el control de sus campañas e imponen terribles pérdidas a los de su propio bando antes que reconocer la derrota”. Y, a pesar de todo esto, las guerras contra el terrorismo “legitiman a los radicales”, según el sombrío diagnóstico de Dominique de Villepin, exprimer ministro de Francia.

En el aire enrarecido por los bombardeos, el golpe de mano en Argelia y las incertidumbres de futuro se abren paso, además de los porqués de Ignatieff, las sospechas de las oportunidades perdidas para evitar el desastre. Peter Rutland, profesor de la Universidad de Wesleyan, ha publicado en su blog de The New York Times una serie de consideraciones sobre los clichés aplicados por Estados Unidos a la génesis de la crisis maliense, extensibles a las potencias europeas. Recuerda Rutland que, durante la guerra fría, Occidente separó comunismo de nacionalismo, y aquel error dio pie a “intervenciones desastrosas, de Cuba a Vietman”. “El mismo error se comete ahora en la guerra del terror –prosigue–. Durante muchos años la comunidad internacional ha soslayado permanentemente las peticiones de autodeterminación de los tuaregs que habitan en la mitad norte de Mali, conocida como Azawad”. Un caso de ceguera política –confundir el nacionalismo tuareg con una forma encubierta de islamismo– que ha permitido a los yihadistas adueñarse de las reclamaciones tuaregs para ocupar el territorio e imponer la sharia. ¿Y ahora qué? Todas las respuestas suenan a improvisación.