Migraciones o la tensión que no cesa

Vuelve Europa a toparse con la gestión de los flujos migratorios sin que ninguna de las experiencias acumuladas en el pasado haya hecho mella en la disposición de muchos gobernantes, cuyas iniciativas en el mejor de los casos no van más allá del simple parcheo. Todo cuanto se hizo en el pasado, especialmente a raíz de la crisis de 2015, y se apunta en el presenta queda muy lejos de la idea de codesarrollo, sistematizada por el politólogo francés Sami Naïr. En cambio, se dan con enorme frecuencia episodios en los que, de una forma u otra asoma el espectro del racismo o la creencia de que el estándar de vida europeo es incompatible con el marco de referencia cultural que traen consigo los recién llegados del sur, una idea prejuiciosa que antepone los factores de identidad a cualesquiera otros.

Sea en la plaza de la República de París, un caso injustificable de arbitrariedad y brutalidad policial; sea en el puerto canario de Arguineguín, con inexplicable trasiego de migrantes; sea en las desventuras de embarcaciones de fortuna dejadas a su suerte que zozobran en el Mediterráneo desde hace demasiados años; sea en cualquier lugar y situación, los estados europeos se resisten a afrontar de forma global, comprometida y efectiva el reto migratorio. Porque los flujos migratorios no cesarán –forman parte de la historia de la humanidad– mientras subsistan las razones que los explican con intensidad seguramente creciente, unas razones que tienen que ver con la desigualdad, la guerra, la existencia de regímenes deleznables, la persecución política, las hambrunas crónicas y la ausencia de un horizonte de futuro razonablemente aceptable.

Frente a la idea de muchos especialistas de que el propósito de la mayoría de los migrantes es alcanzar el estatus de ciudadanos de pleno derecho en los países de acogida, incluidas las obligaciones intrínsecas a la plena ciudadanía, prevalece la conclusión de Edgar Morin: un racismo subyacente se remite a la herencia cultural e identitaria de los migrantes para negar que tal operación es posible. Algo que lleva de forma inexorable a otro convencimiento inquietante: el choque es inevitable. Tal vaticinio prefigura una violencia futura, una confrontación o, cuando menos, una segmentación de la sociedad.

La proliferación de guetos en grandes ciudades de Europa es la imagen última de una profecía autocumplida. Se hace efectivo por defecto lo que en Francia se llama comunitarismo, un mecanismo social divisivo con bastantes de los rasgos distintivos de la multiculturalidad, un modelo cuya matriz se encuentra en el Reino Unido y que delimita el perímetro de cada unidad cultural y poco menos que la blinda frente a las otras. Es lo más parecido a las vías de una terminal de ferrocarril fuera de servicio: las railes nunca llegan a cruzarse más allá de los andenes porque se han cortado para que tal cosa no suceda.

El multiculturalismo excluye el mestizaje o lo condena a ser un dato residual; la convivencia es más propicia al cruce, pero exige para su normalización que la progresiva integración no sea fruto de la tolerancia, una forma más o menos encubierta de condescendencia de la sociedad mayoritaria o dominante. Si es así, se va de vuelta al ciclo perverso de la separación y del multiculturalismo, o de la simple coexistencia, una forma de statu quo que conlleva separación. Vladimir Putin se sumó de manera interesada al pesimismo sobre la imposibilidad de obtener buenos resultados cuando declaró: “El crisol de la integración echa humo y funciona mal, y no es capaz de digerir el creciente flujo migratorio a gran escala. Esto se refleja en la política a través del multiculturalismo, que niega la integración por medio de la asimilación”.

El auge de la extrema derecha no ha hecho más que empeorar la situación. En el discurso ultra solo tiene cabida combatir las migraciones, aunque a la larga sean seguramente el único ingrediente para corregir en Europa los efectos de unas tasas de natalidad raquíticas que, asociadas al aumento de la esperanza de vida, pueden colocar el Estado del bienestar al borde del precipicio. El muro de la frontera con México promovido por Donald Trump es la gran referencia de la ultraderecha que quiere cerrar las fronteras a los inmigrantes. El desentendimiento de Europa en cuanto atañe a su frontera sur se debe en gran medida a la presión sin tregua sobre los partidos conservadores, que endurecen sus propuestas todos los días para evitar que sus votantes tradicionales se dejen seducir por proclamas más radicales.

La pretensión de la mayoría de gobiernos de contener las migraciones mediante la intervención en origen –acuerdos comerciales e inversiones– es, en el mejor de los casos, un gesto cargado de buenas intenciones y en el peor, una mera cortina de humo. Está lejos de ser la traducción práctica de cualquier idea genérica de codesarrollo y en cualquier caso no acabará con la tragedia migratoria de un día para otro. Porque incluso si las operaciones en curso para actuar en las regiones que generan mayores flujos migratorios cuentan con la complicidad efectiva de las autoridades locales y dan resultado, estos tardarán décadas en concretarse. Mientras tanto, quienes más acuciados se sienten por necesidades perentorias que no pueden atender, seguirán poniendo rumbo al norte por cualquier medio y con riesgo de sus vidas.

Esa es la realidad que los europeos no pueden eludir. Ni pueden desentenderse de la presión migratoria ni pueden dejar que el peso de la gestión recaiga en Francia, España, Italia y Malta. El desafío es europeo y requiere la implicación de los Veintisiete. En caso contrario, el riesgo de agravamiento es evidente y el recurso a las migraciones como arma electoral irá en aumento; se instalará en muchas conciencias una moral de situación destinada a justificar lo injustificable. “Un cielo tan turbio pide una tormenta”, escribió William Shakespeare en La tempestad. En nuestros días, cada vez son más densas las nubes que oscurecen el cielo.

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Insolidaridad europea en el Mediterráneo

A la vista de las dimensiones de la tragedia de la inmigración en las costas de Italia y de Malta, lo menos que puede decirse es que la cumbre de la UE del jueves resultó decepcionante. Mientras los especialistas entienden que los aspectos relacionados con la seguridad son solo una parte del problema, los gobiernos se han limitado casi en exclusiva a comprometerse en el reforzamiento de los mecanismos de control de fronteras, pero no se han adentrado en el drama humano, en el espinoso problema de la acogida de refugiados y, en última instancia, en la necesidad de aplicar la solidaridad europea para no dejar a la Europa meridional sola ante una crisis cuya gestión excede con mucho la capacidad de dos estados, de los que uno –Malta– apenas dispone de recursos y el otro –Italia– está desbordado.

Las cifras son por demás elocuentes. Según la Organización Internacional para las Migraciones, los muertos contabilizados en el Mediterráneo en lo que va de año, pasajeros de embarcaciones de fortuna en manos de mafias especializadas en el tráfico de seres humanos, alcanzan los 1.727, una cifra que seguramente es muy superior porque no hay forma de saber cuántos inmigrantes se ha tragado la mar sin que nadie pueda dar noticia de ello. La misma organización calcula que los intentos de entrada a Europa por el sur sumaron 75.000 en el 2012 y 107.000 en el 2013, de lo que es fácil deducir que los datos de 2014 superarán los de años anteriores y los de 2015 serán aún más alarmantes. No se trata solo de una proyección estadística: la desaparición de facto del Estado en Libia y la carnicería siria, más diferentes crisis de subsistencias en África, permiten imaginar un horizonte cada vez más tormentoso.

Frente a esto, reducirlo todo a triplicar los recursos de la Operación Tritón –de tres millones de euros mensuales a nueve millones– y aprobar un programa para acoger 5.000 refugiados –ponerlos “bajo protección”, se dice– no da ni para tranquilizar las conciencias. Cuando se sabe, como recuerda un editorial del diario Le Monde, que Europa se enfrentará en el próximo decenio a la llegada potencial de un millón de inmigrantes procedentes de Libia, Siria, Irak, el África subsahariana y del cuerno de África, lo acordado en Bruselas se asemeja a la pretensión de que una aspirina cure una neumonía.

“La UE no ha tenido una política de inmigración coherente desde siempre, y la situación ha ido a peor desde la primavera árabe”, declaró al International New York Times Camilo Mortera-Martínez, investigador en Londres del Centro para la Reforma Europea. La historia le da la razón: los recursos puestos a contribución de la Operación Tritón en el 2013 fueron los mismos que ahora se han aprobado, pero que en octubre del año pasado fueron drásticamente reducidos por “falta de solidaridad financiera con Italia”, según un funcionario de la UE citado por el diario La Repubblica. Entonces, como ahora, una “tragedia de proporciones épicas”, según la ONU, solo contó con la solidaridad europea en materia de seguridad –control de la frontera meridional de la UE–, y dejó para un mejor momento sin precisar la acogida de los inmigrantes llegados de todas partes a las costas de Lampedusa, Sicilia y, en menor medida, Malta.

La Fundación Migrantes, vinculada a la Conferencia Episcopal Italiana, llega a la siguiente conclusión: “De la cumbre europea de ayer [el jueves] sale la Europa de los nacionalismos. Se aplaza la construcción de la Europa social y solidaria”. En el editorial de Le Monde se llega a idéntica conclusión por cinco motivos:

-El programa Frontex (control de fronteras de la UE) dispone solo de la milésima parte del presupuesto comunitario.

-Los estados no quieren adoptar una política de asilo común.

-Los estados no están de acuerdo en el reparto de inmigrantes en el conjunto de la UE.

-Los estados rechazan la idea de ceder sus competencias en materia migratoria (política de visados).

-La UE carece de una política común para los países de procedencia de los inmigrantes y los países de tránsito.

“De una parte somos Europa como cuerpo político –reflexiona la escritora italiana Paola D’Agostino en Corriere della Sera–, de la otra, una miríada de cuerpos excluidos y fagocitados por el mar”. He aquí la gran decepción: más allá de la solemnidad de algunas declaraciones, el cálculo político, la actitud de una parte de la opinión pública, que recela ante cuanto tiene que ver con los movimientos migratorios, no da para más que para aprobar medidas insuficientes. “No tenemos necesidad de la histeria. La clase política debe asumir su responsabilidad y guiar a los ciudadanos a pesar de que esto no es muy popular”, sostiene la excomisaria europea Emma Bonino. Pero la histeria se adueña con frecuencia de los debates sobre la emigración, y la presión de la extrema derecha xenófoba lleva a muchos gobiernos a hacer equilibrios para que nadie los pueda acusar de favorecer a los de fuera y perjudicar a los de casa.

Esta aproximación al problema es inadecuada, por no decir catastrófica. La UE carece de recursos para ser el apóstol de todas las causas perdidas, pero no puede contentarse con la gestión contenida de un desafío que apela a la conciencia de los europeos. “La cuna de nuestra civilización corre el riesgo de transformarse en un cementerio”, ha dicho Sergio Mattarella, presidente de Italia, al referirse al Mediterráneo, bautizado Mare Mortum por El Roto en su viñeta-editorial de El País. En muchos lugares, al otro lado del mar, no hay con quien hablar porque el Estado –la idea de Estado– se ausentó hace tiempo y las mafias campan a sus anchas, y mientras todo siga así, y seguramente así seguirá por mucho tiempo, los tratamientos homeopáticos están llamados al fracaso, como coinciden en opinar la mayoría de especialistas independientes.

Cuando el primer ministro de Italia, Matteo Renzi, afirma que nos encontramos ante una nueva forma de esclavitud, pues este es el efecto del tráfico de seres humanos, no exagera un ápice. Deryck Browne, de la organización African Health Policy Network le da la razón en las páginas de The Guardian, pero estas reflexiones apenas modifican el curso de los acontecimientos si, al mismo tiempo, no se pasa de la teoría a la acción. Porque, de no darse este salto, puede cumplirse el pronóstico de la Organización Internacional para las Migraciones: que los muertos en el mar lleguen a 30.000 al acabar 2015. Con el riesgo añadido de que la cotidianidad de la tragedia en los telediarios agote la capacidad de asombro de los espectadores que siguen los acontecimientos desde la sala de estar de sus casas y los haga inmunes al desastre.