Conurbaciones vulnerables

Un artículo publicado en Politico.com induce a multiplicar los temores sobre las disparatadas políticas de personajes como Donald Trump y Jair Bolsonaro frente al desafío de la pandemia del covid-19, pero también desnuda el comportamiento reprobable de minorías que, como sucede en Madrid (calle Núñez de Balboa) creen llegado el momento de hacer realidad un estúpido retorno al pasado. Los autores del trabajo subrayan la vulnerabilidad demostrada de las conurbaciones con una densidad de población muy elevada, estructuras sociales y económicas especialmente adecuadas para la propagación de la enfermedad al extremo, aventuran, de que la pandemia puede ser un factor importante en el comportamiento futuro de los flujos migratorios desde regiones rojas-muy densas (alta incidencia del coronavirus) a regiones verdes-menos densas (baja incidencia del mal).

El punto de partida de su análisis es que la pandemia y la anunciada “nueva normalidad”, sin que se sepa muy bien en qué consistirá, no introducirá solo cambios en cómo vivir, sino en dónde vivir. El planteamiento induce a la reflexión frente a la realidad de cifras como esta: el 60% de la población mundial vive en áreas urbanas densamente pobladas, que Parag Khanna y Kailash K. Prasad, del Centre for Policy Research, describen como verdaderas “placas de Petri para la propagación de enfermedades contagiosas” (las placas de Petri son dispositivos circulares de cristal para realizar cultivos en laboratorio). O como esta otra: el índice de expansión de la covid-19 en la ciudad de Nueva York fue cinco veces mayor que la media en Estados Unidos.

El gran problema que se planea es que la futura ciudad sostenible, aquella en la que ningún ciudadano tenga nada esencial a más de quince minutos a pie desde su casa, está bastante lejos de la aldea global, entendida esta como un sistema de ciudades densamente pobladas, que concentran el grueso de los recursos –capacidad de invertir, inteligencia, diversidad y sistemas de comunicación–, inseparablemente asociados al modelo social y al crecimiento económico de los intercambios globales. Basta contemplar las imágenes nocturnas del hemisferio norte que envían los satélites para concluir que efectivamente el mundo desarrollado, las economías emergentes y las que aspiran a serlo descansan sobre un sistema de ciudades: cada punto brillante es el centro de un área de influencia articulada a partir de las convenciones, las necesidades, las servidumbres y los costes de la cultura urbana.

Cada vez que los profetas del desconfinamiento para salvar la economía apoyan desde el púlpito el restablecimiento ilimitado de la actividad provocan un aumento de los costes de la cultura urbana o, por lo menos, corren el riesgo de aumentarlos en forma de más personas contagiadas y más vidas en peligro. La opinión expresada por el escritor estadounidense Richard Ford acerca de la personalidad del presidente de su país –“Donald Trump es un analfabeto funcional”– es o no posible que se corresponda con la realidad y sea aplicable a otros mandatarios, pero lo que sí es seguro es que su comportamiento es el propio de un irresponsable al que guía la sola idea de complacer a sus seguidores o, al menos, a una parte de ellos para llegar al 8 de noviembre con posibilidades ciertas de seguir en la Casa Blanca, algo que tiene poco ver con el combate contra la enfermedad.

¿Son previsibles grandes cambios demográficos en el próximo decenio? ¿Puede la escuela trumpiana contaminar las decisiones de instituciones y políticos guiados hasta ahora por la prudencia? ¿Hay riesgo de que el imperativo moral de salvar vidas se tambalee en algunos entornos? Tales preguntas forman parte del presente en igual o mayor medida que los informes de los epidemiólogos, la intranquilidad de los ciudadanos y la improvisación de los gobernantes, obligados con harta frecuencia a acogerse al método del ensayo y el error y a tomar decisiones no exentas de incertidumbre. Y no ajenas en muchos momentos a los equilibrios políticos y al reparto de cuotas de poder que todo lo enturbian.

La población mundial en 1950 sumaba 2.500 millones de habitantes, de los que solo el 30% vivían en ciudades; hoy supera los 7.700 millones de habitantes, de los que el 60% viven en ciudades. Es decir, en 70 años, los residentes en ciudades han pasado de 750 millones a más de 4.600 millones. El salto en el orden de magnitud es espectacular, el poder de atracción de las grandes conurbaciones no deja de crecer y la fijación de estándares de progreso material y confort relacionados con las sociedades urbanas ha pasado a formar parte de la cultura popular, al mismo tiempo que estas mismas conurbaciones son con frecuencia cobijo de desigualdades lacerantes, un dato por demás relevante porque tales desigualdades acrecientan la vulnerabilidad urbana en cuanto se da una situación como la pandemia en curso y, allí donde lo hay, colocan el pacto social al borde del abismo.

El artículo de Khanna y Prasad llega a una conclusión inquietante: “La humanidad ha pasado los últimos siglos estableciéndose en ciudades densas en las latitudes templadas y tropicales. La pandemia actual es solo una razón más por la que quizá la humanidad ha alcanzado un punto de inflexión”. Las implicaciones asociadas a este hipotético punto de inflexión interesan todos los aspectos del modelo social hegemónico y parecen indisolublemente relacionadas con la mayor de las crisis de presente y de futuro: la emergencia climática. Porque si el riesgo de contraer el virus es mayor en una gran ciudad que en ningún otro lugar, el cambio climático subraya la necesidad de realizar cambios sustanciales en el modelo urbano. Dar con la vacuna contra la covid-19 es tan importante como revisar la viabilidad futura de las grandes ciudades.

 

 

El medioambiente suma enemigos

La Cumbre del Clima (COP25) que se desarrolla en Madrid debe afrontar adversarios poderosos, que niegan la influencia del factor humano y del modelo industrial-energético en la degradación del medioambiente. Desde que se firmó en 2015 el Acuerdo de París, ha decaído el compromiso de varios estados y de grupos financieros para lograr que el aumento de la temperatura media del planeta a finales de siglo sea a lo sumo de 1,5º. La decisión del presidente Donald Trump de retirar a Estados Unidos del acuerdo ha movilizado al frente negacionista; mientras la comunidad académica insiste en que caminamos hacia un futuro inasumible, científicos irreductibles siguen entonando el estribillo de que el cambio climático y los desastres asociados a él son fruto de un fenómeno natural no muy diferente al registrado en otros momentos de la historia de la Tierra. Pero lo cierto es que, al multiplicarse los desastre y cumplirse todos los pronósticos con puntualidad rigurosa, se consolida la impresión de que la comunidad humana del siglo XXI se adentra en la mayor crisis imaginable.

El Global Climate Risk Index para el año 2020 recoge datos alarmantes, por ninguna autoridad científica desmentidos, según los cuales el sector extractivo de combustibles fósiles de Estados Unidos, Canadá, Noruega, Argentina y algún otro país –China, uno de ellos– ha planeado inversiones por un monto total de 1,4 billones de dólares que hacen del todo imposible limitar el calentamiento del planeta. Estas inversiones pretenden perpetuar el modelo económico, incluso dando por descontado que incluyan mejoras en la eficiencia de la combustión, reducción de la emisión de gases de efecto invernadero e incluso su almacenamiento y utilización. De tal manera que las advertencias de los expertos tienen un efecto limitado frente a las decisiones políticas y económicas que se adoptan en el día a día, a espaldas muchas veces de la opinión pública.

Solo cuatro años después de firmarse el Acuerdo de París, Laurent Fabius, el ministro de Asuntos Exteriores de Francia que presidió los debates, reconoce que ahora es más difícil la aplicación de los compromisos suscritos en 2015 y que a partir del próximo año sustituirán al Protocolo de Kioto. “El Acuerdo de París sigue manteniendo toda su fuerza, pero el contexto internacional hace que su aplicación sea más complicada”, opina Fabius, que teme que el género humano se vea a largo plazo en el trance de tener que afrontar una situación irreversible.

Una horizonte posible que niegan quienes se mueven entre la negación y el escepticismo y, al mismo tiempo, ponen en marcha políticas que favorecen la marcha atrás de algunos países, aparentemente dispuestos hasta hace poco a introducir factores de corrección en la agresión y degradación del medioambiente. El caso más patente es el de China, que se dispone a poner en marcha centrales térmicas alimentadas con carbón para abaratar la producción de energía y hacer frente a los efectos del proteccionismo y de la política arancelaria de Estados Unidos. El único y al mismo tiempo enorme perjuicio derivado del programa chino es que recurrir al carbón –el país dispone de grandes reservas– es altamente contaminante y no hará más que agravar la calidad del aire, aumentar las enfermedades provocadas por la atmósfera emponzoñada y quizá llevar a competidores de China a recurrir a fuentes de energía sucias para operar en los mercados en igualdad de condiciones.

El ejemplo de China es especialmente significativo, no solo porque es uno de los grandes focos de contaminación a escala planetaria, sino porque a raíz de los Acuerdos de París apareció como el país paladín del cambio de modelo energético al lado de la Unión Europea. Ni siquiera ha precisado el Gobierno chino buscar un científico ad hoc para negar que la situación sea tan grave como se dice: lo que ha hecho simplemente es anteponer el cálculo económico y la necesidad de crecer a cualquier otra consideración, aunque los episodios de contaminación se multiplican en las grandes ciudades chinas, y la contribución de la industria a la emisión de gases de efecto invernadero es, junto a la de Estados Unidos, India y Rusia, la más alta del mundo.

En términos generales, se diría que muchas empresas con peso específico en el sector energético siguen sin creerse que la transformación del modelo basado en los combustibles fósiles es un nicho de nuevas oportunidades de negocio. La descarbonización plantea un desafío tecnológico enorme, dice Laurent Fabius, pero también está provocando el desarrollo de nuevos sectores, incluso en países con grandes reservas de petróleo y gas. Que cunda el ejemplo es más complejo: mientras personajes como Jair Bolsonaro nieguen que la Amazonia –una formidable depuradora del aire– es patrimonio de la humanidad y Donald Trump eluda toda consideración global en nombre del interés nacional, es improbable que al día siguiente de la clausura de la Cumbre del Clima cambie la atmósfera de compromiso y sensación de urgencia que reclaman los entendidos.

El auge de la extrema derecha europea, casi siempre negacionista, y su impacto en el comportamiento de los partidos conservadores y la demasiado frecuente tibieza de la izquierda convierten la ruta hacia una transformación del modelo económico, de crecimiento y de consumo en un campo de minas, en una interminable sucesión de buenas intenciones que no llegan a puerto o lo hacen manifiestamente recortadas. Al mismo tiempo, la discusión sobre el papel desempeñado por algunos actores da pie a debates insustanciales que enturbian o desvían la atención de los importantes. El tiempo consumido en dilucidar si la joven Greta Thunberg es una líder autónoma o utilizada es quizá el más difundido, sin que, por lo demás, se haya prestado atención a la falta de líderes adultos que sintonicen con la sensibilidad de los jóvenes que ven como día a día, salvo ceguera manifiesta, se oscurece su horizonte de futuro. Parece que todo vale para que, como tantas veces sucede, los árboles no dejen ver el bosque.